Los violentos - José Ángel Barrueco - E-Book
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Los violentos E-Book

José Ángel Barrueco

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Beschreibung

Madrid, segunda década del siglo XXI, poco antes de la pandemia de covid. Una huelga de limpieza ha dejado la ciudad llena de basuras y desperdicios que se apilan en las calles. En este entorno, dos hombres que viven en el barrio de Lavapiés cruzan sus caminos y empiezan a odiarse por un tropiezo absurdo: Izan Arroyo, padre de familia de clase media-baja, maltratador psicológico y consumidor ocasional de speed; y Tranquilino Peón, también cabeza de familia, maltratador físico y alcohólico, quien vive en un diminuto almacén junto a su mujer, su hijo y otros dipsómanos que recalan por allí a diario. Cuando, tras una de las escaramuzas, Arroyo salga con heridas en la piel, un nuevo virus arraigará en ellas, dejándole la carne macilenta y repleta de una especie de moho. Esa infección y las bolsas de detritus que asolan las calles serán el marco donde estos dos hombres se enfrenten.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Los violentos

Una historia de Lavapiés

José Ángel Barrueco

Los violentos

Una historia de LavapiésPrólogo de Mario Crespo

El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido

fabricado a partir de madera procedente de bosques y

plantaciones gestionadas con los más altos estándares ambientales,

garantizando una explotación de los recursos sostenible

con el medio ambiente y beneficiosa para las personas.

© José Ángel Barrueco

© De esta edición: Bunker Books, 2024

Ilustración de cubierta: © Rubencio

Diseño de cubierta: © Bunker Books

Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39, 2º - 15007 A Coruña

www.bunkerbooks.es

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,

http://www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-128919-9-7

Depósito legal: CO 962-2024

Prólogo Por Mario Crespo

No suelo leer los prólogos de los libros. Al menos en las obras de ficción. A menudo los interpreto como epílogos, y me pongo con ellos nada más finalizar la novela. Aunque, a decir verdad, cuando son demasiado extensos, los obvio y me los salto.

Si detallo mi experiencia con las introducciones, es, sobre todo, para reafirmar la importancia de esta. Y no precisamente debido a su autoría, sino a la gravedad de la novela a la que antecede, pues Los violentos es una obra que exige ser buceada, explorada como si fuera una cueva y el lector un espeleólogo. Debido a ello, el autor deseaba un prefacio que sirviera de somera explicación a un texto que contiene, si el lector es avezado y está atento a los detalles, una profundidad que puede pasar desapercibida bajo la velocidad de la trama.

José Ángel Barrueco retorna a su vecindario, Lavapiés, tras su Vivir y morir en Lavapiés (2011), para construir, con su realismo sobrio y su prosa con reminiscencias de Miguel Delibes y Tomás Sánchez Santiago, un retrato social de uno de los barrios más multiculturales de España. Aunque en esta ocasión, en vez de una crónica fragmentaria, el autor construye, con precisión de cirujano, una ficción que parte de un simple incidente: un choque de hombros cualquiera, un episodio accidental que se produce a diario en infinidad de lugares, quizá de forma simultánea, y que no suele tener consecuencias. En muchos casos se piden disculpas. A veces incluso mutuas. Y ahí se acaba la historia. Aunque también uno se puede cruzar con la persona equivocada, con el matón, con el macarra, con el abusón de la clase. En esas ocasiones lo más inteligente es seguir adelante sin dar pie a que se inicie una discusión. Poca gente está dispuesta a pelear por semejante minucia. Pero ¿qué ocurre cuando dos personas en similares circunstancias de exclusión social se chocan, literalmente, en la calle?

En Los violentos una colisión como esta desata una espiral de violencia a la que contribuyen también factores como el calor del verano, el miedo a lo desconocido y una huelga de basura que desemboca en una epidemia. Para construir este ambiente ballardiano, el autor recrea un Madrid apocalíptico, que, más que una distopía, resulta una mera exageración de la realidad, puesto que no solo es posible que algo así pueda ocurrir, sino que sucesos similares ya se han producido en la historia reciente (de hecho, la huelga de basura que tuvo lugar en Madrid en el año 2013 inspiró la composición de esta obra).

La forma en que la novela está narrada la hace parecer por momentos un relato largo, con su ritmo de sucesos y su trama veloz. Sin embargo, el autor zamorano es capaz de desarrollar, dentro de este espacio, unos personajes que dejan huella tras la lectura; seres marginales, víctimas de la violencia del sistema, y transmisores de esta. Gente que se juega mucho cada día a pesar de no tener nada que perder.

Por otro lado, la obra, escrita en 2017, preconiza una epidemia causada por un virus. Barrueco se convierte de este modo en un autor visionario que anticipa algunos de los grandes males y peligros de la sociedad actual, como las pandemias. Y lo hace desde una observación minuciosa que mezcla instinto y vivencias personales con una excelente técnica narrativa.

Los violentos es una novela que aborda el interior del ser humano, sus peores pulsiones, el odio enquistado en la sociedad como un virus. Cada detalle es una referencia, una metáfora, un símbolo. Una obra que establece analogías constantes entre los hombres y las plagas, entre la sociedad y la basura; un paisaje urbano desolador que actúa como un tatuaje, pues sirve para tenerlo siempre presente. Se trata, en definitiva, de un texto que retrata lo abstracto de la violencia. Y solo los buenos autores son capaces de materializar lo intangible representándolo por medio de su ausencia.

a mis hijos:

David y Martín

«Una vez perturbado el orden, el caos era inevitable.

Se había producido la brecha por la que irrumpía

lo imprevisto, esparciendo el miedo»

Hermann Ungar, Los mutilados

«Y pensé: da igual quién eres o qué haces,

la vida es una guerra»

William T. Vollmann, El Atlas

«La mayoría de las personas

no se dan cuenta de lo violentas que son.

O de lo valientes que son cuando están acorraladas»

J. G. Ballard, Bienvenidos a Metro-Centre

INTRO

Este relato de crueldades y pestilencias sucede en Madrid, en aquellos días de agosto en que se repitieron los patrones de la huelga de limpieza de noviembre de 2013, con la ciudad convertida en zona bélica de tensiones callejeras y marejada de hedores y putrefacción.

En sórdidas noches de verano que ya no eran apacibles, en mañanas perdidas y borrosas donde los vagabundos se despertaban entre desperdicios y las ratas convertían cada minuto en un festín, donde a los trabajadores se les pegaban en las suelas de sus zapatos los restos pegajosos de alimentos en mal estado, ricos en moho y en gusanos, donde los padres y las madres se alteraban al pasar con los cochecitos de bebé por las aceras en las que se amontonaban las bolsas reventadas, las cajas de fruta podrida de los supermercados, las latas de refrescos maltrechas por el óxido y los golpes, los váteres ruinosos que arrojaban los vecinos de La Latina y de Lavapiés y de Embajadores y que no recogía nadie, los colchones mustios y agujereados por quemaduras de cigarrillo que aprovechaban los borrachos ocasionales para tumbarse durante un rato, allá entre montañas de detritus y de manantiales de infecciones y enfermedades.

El escenario perfecto para que surgiesen las pendencias urbanas, las riñas ocasionales, los bofetones secos y los puñetazos servidos en la bandeja de una excusa cualquiera. El calor conseguía que, en los termómetros, las temperaturas rondaran los 40º: el sol y el bochorno recalentaron las basuras y reblandecieron la comida perecedera y atrajeron a los insectos, a los roedores y a los buscones de despojos. En las aceras y junto a los contenedores desbordados se apilaban las colinas y los valles y los montículos de escoria y residuos, como si la calle fuera un paisaje apocalíptico nacido de una novela de J.G. Ballard. Los restos se desperdigaban más allá de las orillas, invadiendo la calzada, dispersándose por el acceso a los portales y los dominios de los tenderos, que trataban de empujar cada mañana con sus cepillos aquella carga intolerable de moscas, papeles, mierda, botellas y frutas rancias.

LA BASURA

En ese ambiente de batalla, casi idéntico al de cualquier vertedero de las afueras, cruzaron sus caminos dos hombres y sus respectivas familias: Izan Arroyo, de unos treinta años, y Tranquilino Peón, que frisaba la cincuentena. Un choque entre los valores de la clase media-baja del presente y los de la miseria del pasado. Ambos vivían en la calle de San Cosme y San Damián, barrio de Lavapiés. Entonces ignoraban su vecindad. Los Arroyo eran inquilinos recientes de la zona. El cruce de rutas se produjo en la vía paralela, en la calle de Salitre o del Salitre (el odónimo es distinto en cada placa, lo que indica la desidia o la negligencia de los encargados municipales de urbanismo), no muy lejos del Chinaski e Il Morto Che Parla, dos de las cantinas del distrito.

Resulta difícil caminar por las aceras estrechas de estas vías empinadas. Hay que eludir los retrovisores de los coches aparcados, los camiones de reparto de bebidas que se suben al bordillo, los muebles con desperfectos que arrojan los ciudadanos, las bostas y las micciones de los perros y, dependiendo del lugar, los bolardos. A veces hay que sortear cómodas, inodoros e incluso frigoríficos y bañeras.

La tarde en la que se encontraron, la huelga de limpieza estaba a punto de entrar en su tercera semana. Moverse por Salitre, angosta y con uno de sus laterales siempre invadido por los coches aparcados en línea, no resultaba tarea sencilla. En la margen derecha según se sube, donde los vehículos estacionaban, se había configurado una especie de río de bolsas de basura con algunos cortafuegos dispersos: se veían claros, zonas diminutas despejadas de desperdicios porque los vecinos, al franquear sus portales, pateaban las botellas, los envases rotos y los periódicos arrugados. La peña de paso también depositaba sus orines y sus heces en estos espacios.

Esa acera rebosaba de tapones de bazofia, así que los vecinos y los hosteleros empezaron a poner sus despojos en la orilla de enfrente, dando pie a discusiones imposibles con los habitantes de ese lado, donde estaba prohibido aparcar y, por tanto, había más huecos disponibles. Cuando se trata de porquería y rebañaduras, las personas suelen aparcar el civismo y la responsabilidad. Los residuos se iban amontonando en mitad de la calzada, donde los conductores pasaban por encima con sus vehículos, ya sin miramientos, y los neumáticos reventaban las cajas de cartón y los recipientes de zumo y de leche.

Esto sucedió un viernes por la tarde, en torno a las nueve, cerniéndose el crepúsculo sobre la ciudad. Jornada de bochorno insoportable, de nubes de hedor, de atmósfera cuajada de tensiones. Al ser agosto, muchos habitantes de Madrid se habían ido de vacaciones y en los pocos bares abiertos escaseaban los parroquianos.

Fuera como fuese, la gente, si no estaba trabajando, quería embriagarse.

Izan Arroyo, catadura de jincho sin serlo, bajaba solitario y con apremio por la margen sin vehículos de Salitre. Había concluido su turno de mozo de carga y descarga en una empresa de reparto, empleo que le reportaba en torno a mil doscientos pavos al mes, un sueldo escaso para vivir en el centro de Madrid. Antes de regresar a casa había hecho unos recados y volvía con urgencia por dos motivos de peso: se acababa de meter una raya de speed por cada túnel nasal y a su vejiga le urgía descargar un litro de orina (cálculo orientativo). Avanzaba pisando mondas de naranja y de plátano, temiendo resbalarse, sorteando colchones y botes de plástico. ¡Su puta madre, que me mato!

Llevaba una gorra calada hasta las cejas, en plan redneck ibérico, lo que no impedía que el sudor descendiese en pequeños chorros y regueros por sus sienes y se le juntara con las rodelas de la camiseta, empapada por culpa del severo calor de aquel día infernal. En el frontispicio de la prenda negra con visera se veía impreso Stranger Things en letras rojas. De Izan contaban que, a pesar de ser un hortera con hechuras de chav, a veces tenía buen gusto. Igual lo uno no está reñido con lo otro, vaya usted a saber.

Tranquilino Peón, pelaje de trapero mustio y origen español, caminaba por la misma acera en dirección contraria. Un observador de las conductas cívicas sostendría que no iba por su derecha, sino por su izquierda, y por lo tanto era proclive a recibir una mala contestación o a darse de bruces con otro transeúnte.¡A mí me la pela lo que diga el prójimo, oiga!

Junto a Tranquilino marchaba Néstor Ferragut: viejo y rijoso cubano alcohólico, de frondosa barba pródiga en costras y pelo tan desgreñado y traje tan sucio que algunos lo confundían con El Chivo de Amores perros. Néstor era mulato de melena encanecida y sonrisa de diablo cojuelo. «¡No te rías, que te mato!», acostumbraba a proferir si intuía burla en el trato.

Unos metros atrás, entreteniéndose con los tesoros que encontraba entre las inmundicias, iba el hijo del primero: Rubén Darío Peón, de unos nueve años. Feliz en su jaula de ingenuidad.

Los hombres no caminan por las ciudades con la pericia militar de las hormigas: el ser humano choca, atropella a otros y a veces se enzarza en escaramuzas porque no siempre pide disculpas. ¡Mire usted por dónde va, tarugo! Y tal.

Tranquilino, Néstor y Rubén Darío regresaban del kiosco paquistaní de la esquina entre Salitre y La Fe tras comprar un par de litronas San Miguel para que los adultos pudieran refrescarse el gaznate y satisfacer las exigencias del alcoholismo. Quien vive del morapio y la cerveza y otros licores no debe negar su sed porque entonces se seca por dentro y de ahí, amigo, vienen los sudores fríos y el apocalipsis mental.

Antes de volver a su guarida, donde tenían planeado bebérselas para evitar a los gorrones de la Plaza de Lavapiés, a Tranquilino se le ocurrió subir primero por Salitre hasta la calle de Santa Isabel, caminar unos pocos metros y luego coger San Cosme y San Damián a la derecha y hacia abajo, al domicilio de padre e hijo. Trataba de encontrar calderilla entre las basuras porque la gente, cuando se le caía al suelo alguna moneda, optaba por no agacharse a rebuscarla entre los restos, por escrúpulos y repulsión. «Pero nosotros no tenemos escrúpulos», decía él.

El señor Peón no gozaba de los beneficios económicos de un sueldo base mensual. La recolecta de trapajos y material usado para reventa contiene unas oscilaciones monetarias que a veces se gana mucho y casi siempre nada. Esa inestabilidad, es obvio, garantizaba sobresaltos anímicos, habitual mala hostia y cierta angustia asfixiante. En otras palabras: quien no es capaz de confirmar las lentejas del mañana, es proclive a los arrebatos de furia y amargura. Si eres de clase menos baja puedes caer en la depresión, quizá porque tus expectativas no alcanzan las de tus amigos y miembros del mismo nivel social.

Néstor Ferragut bebía más que nadie en el barrio y probablemente en toda la ciudad. Dueño de cogorzas legendarias, a esas horas ya iba haciendo eses por la calle, y en aquel momento no imaginaba cómo el destino le iba a coger por el gañote en la denominada Choza Okupa próxima al Rastro. Aún nos falta mucho para llegar a ese punto. No nos precipitemos.

A un situacionista le hubiera fascinado marcar sobre un mapa su trayectoria errabunda y serpenteante, similar a la de una mosca atrapada en un tarro de cristal.

Le costaba enfocar al personal. Discernir a la gente era una proeza, y además disponía de unas gafas de miope con una graduación pretérita, anteojos que apenas usaba, salvo si se sentía fresco y con una resaca menos atroz de lo ordinario. Néstor no tenía dinero para ir a la óptica, graduarse la vista rica en dioptrías y comprar cristales nuevos. Cuando iba muy bebido, al borde del colapso etílico, se dedicaba a insultar por la calle: insultaba al aire, a los espacios vacíos, a los amigos y a los enemigos, a los vecinos que se asomaban a los balcones y a las señoras que hacían guardia en los portales para prender algún cotilleo, a los turistas y a los desconocidos.

—¡Me cago en todo, copón!

—Diga usted que sí.

—Pues no.

Néstor insultaba al mundo entero con rabia, con energía, con desesperación.

Insultaba con el furor de quien emplea las palabras como cuchillos.

Izan, no tan acostumbrado a las basuras, descendía con cautela y disgusto, llenándose las deportivas de salpicaduras de tomate frito con sombrero de moho, escamas de pescado maloliente y granos de arroz de tono verdoso. Bajaba deprisa, a paso ligero, casi a la carrera. Es decir, como un ser humano empujado por una necesidad fisiológica de urgencia. ¡Que me meo, tía!

Peón y Ferragut subían con parsimonia, uno de ellos oteando las bolsas destripadas y el otro riéndose por nada en especial, tratando de enfocar a su alrededor sin éxito. El niño iba casi en cuclillas, surtiéndose las piernas de manchas y lamparones. Izan levantó la cabeza para vislumbrar en el último segundo el bigotazo de Tranquilino y no hubo tiempo de florituras corporales ni de frenazos, y el hombro izquierdo de Arroyo chocó con el hombro izquierdo de Peón, y durante un par de segundos los cuerpos rotaron, la física hizo su trabajo, la psicomotricidad cumplió su cometido y ambos se miraron a los ojos el tiempo suficiente para calibrarse y proseguir el recorrido, al menos el más joven, porque el otro se quedó atónito.

Izan siguió en movimiento.

Peón se detuvo en seco. Casi se le cae la litrona con el choque: imperdonable.

—¡Cuidao, que voy! —gritó Izan.

—¡Cagoenlaputa! ¡Ve por otro lado, gilipollas! —interpeló Tranquilino, la voz ronca de vino malo, noches de embriaguez e intemperie y gritos en trifulcas de beodos.

Izan también detuvo su marcha y giró el cuello. Dijo:

—¿De qué vas, verbenas?

—¿No hay calle pa’ pasar, que me tienes que empujar a mí? ¡Pringao!

—¡Aquí el único que ha empujado a alguien eres tú, tío viejo! ¡Yo solo quiero irme a mi puta casa!

Tranquilino alzó el brazo derecho para apuntarle con un dedo sucio de uñas como conchas de mejillón. Los músculos del brazo izquierdo, en cuya mano sujetaba la litrona, se le tensaron. Se veía ahí la rabia de siglos, la pobreza de años.

—¡Pues lárgate a tu puta casa, chaval! ¡Y que te aproveche!

—¿Qué dices? —Izan atajó el espacio entre ambos avanzando un par de pasos.

Aquí intervinieron el orgullo macho, el afán de mantener la meada donde el otro pudiera ver que no te puede comer terreno, que tu zona de marcaje varonil es tuya y que nadie te va a arredrar.

Tranquilino le puso la mano diestra en el pecho para que no se le acercara.

—¡Que te vayas pa’ casa, pirao! ¡Que te esfumes! ¡Aire!

—¡Yo voy a hacer lo que me salga de los cojones!

—¿Quieres que te mande caliente pal sobre, giñao?

En ese instante de duda que media entre el deshonor y la violencia, cuando los dos adversarios se calibraban inmersos en sus respectivas nebulosas de droga y alcohol y calor y perfume de vertedero, cuando cavilaban si había que soltar puños o no, ocurrieron dos cosas que adjudicaron un fin a la pendencia.

En primer lugar, Néstor metió su cabeza entre los oponentes mirando al joven con desafío, con malas pulgas, su risa de bufón y su sonrisa de calavera trocadas por el anuncio de una tormenta de insultos y el ceño fruncido, y abrió su bocaza, en la que solo se discernían dos o tres dientes a salvo de las bacterias cariogénicas, para proferir:

—¿Qué te pasa a ti? ¡Payacho! ¡Maricón! ¡Hijueputa!

En segundo lugar, Rubén Darío, hasta entonces dedicado a la búsqueda de tesoros, se aproximó a ver qué pasaba, metiendo su cabeza por el otro flanco, con la boca entreabierta de un bebé.

Y a la amenaza de los insultos, y a la constatación de la superioridad numérica de sus contendientes, y a la actitud de intensa violencia de aquel cubano briago, Izan añadió el rostro del chaval, del niño, y le dio tiempo a entender, con un rápido vistazo, que padecía algún tipo de tara o minusvalía mental: una cicatriz le partía el belfo superior, dejándole un labio leporino reseco que el muchacho se humedecía a menudo con la lengua, y unos ojos muy separados, como si fuera un extraterrestre del cine, y unas dimensiones craneales más excesivas de lo normal y, en definitiva, una cara que estimulaba la pena y que Izan no fue capaz de expresar: no era Síndrome de Down, pero tampoco el autismo de Rain Man ni el gesto distraído de Forrest Gump. Guardaba más similitudes con Sloth: heridas faciales, gestos surrealistas, muecas involuntarias. Había visto en casa esas películas, aunque no le gustaba mucho el cine. ¡Mi madre, esta cara da como canguelo!

Transcurrieron dos segundos entre el último improperio de Néstor y la mirada al muchacho, que le embargó de piedad aunque este no era un término con el que Arroyo estuviese familiarizado.

Y, con un visaje de rabia contenida, apretando los labios, y también un poco temeroso, Izan se dio la vuelta y continuó calle abajo.