Luces de Taipéi - Georgina Matamoros - E-Book

Luces de Taipéi E-Book

Georgina Matamoros

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Beschreibung

Valeria, Rebeca y Alexandra son tres amigas expatriadas en Taiwán, que llegaron a la isla para estudiar y que ahora se encuentran adentrándose a la vida adulta, haciendo malabares para sobrevivir a un año lleno de cambios, amor, crisis políticas y existenciales, tequila y amistad. Este libro nos habla de la vida en Asia, de las similitudes de las distintas culturas latinas, de la dureza de emigrar, de los sentimientos más secretos, de la complejidad del ser humano, del paso del tiempo, de la muerte, del amor y del poder de la amistad cuando se decide crear nido fuera del país de origen. Luces de Taipéi se lee a veces con una sonrisa en la boca y otras con una lágrima queriendo escapar. Este libro es un viaje al corazón de tierras lejanas con regusto a Europa y Latinoamérica.

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Seitenzahl: 553

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Georgina Matamoros Sérvulo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Zaïra Jovells

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-969-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mis padres

Capítulo 1. Rebeca

Más seguido de lo que tal vez deberíamos, Alex y yo hacíamos noche de chicas, lo hacíamos antes y lo seguíamos haciendo ahora, años después. Nuestras noches de chicas no debían confundirse con las ladies nights. Las noches de chicas eran reuniones de ella y yo, solas, y debían incluir siempre vino tinto, queso y también tabaco sabor melón (meloncitos, como nosotras los llamábamos). Nuestras noches de chicas también tenían que estar cargadas de sentimientos contradictorios, llantos, confesiones y secretos, y su telón de fondo siempre tenía que ser música francesa y pijamas de quinceañera.

Empezamos a hacer esto cuando estábamos en la universidad y ella empezó a venir a mi diminuta casa para estudiar, luego nos contábamos la vida, nos emborrachábamos y nos quedábamos dormidas. Creímos que era una buena tradición, y aunque ya no teníamos veinte años, seguíamos viéndonos para llorar, emborracharnos juntas y quedarnos dormidas. Era como tener una ventana a la juventud, un rinconcito donde respirar, donde sentirse cómoda. Era seguridad, cargada de inseguridad a veces. Era sentir que tenías a alguien con quien podías contar siempre. Y cantar, cantar fatal. Alguien a quien abrazarte fuerte y dejarte llevar, porque vos sabías que pasara lo que pasara, esa persona no te dejaría caer.

La casa donde vivía en Taipéi era chiquita, vivía en un rooftop de las afueras. Y digo rooftop porque no era un ático, sino que era una construcción muy típica que se da en las grandes ciudades de Taiwán. Se trata de edificaciones ilegales construidas en la azotea, de modo que no aparecen en documentos oficiales y el Gobierno local no las contempla, las considera azoteas y, por eso, se las llama rooftops y no penthouses1.Muchos extranjeros, sobre todo estudiantes o jóvenes nómadas, alquilan ese tipo de vivienda mediante contratos verbales o contratos redactados en una servilleta. Acceder a una de estas casas es toda una aventura, porque normalmente se ubican en edificios en los que no hay ascensores, así que tenés que subir por estrechas y empinadas escaleras de peldaños desiguales durante un mínimo de cuatro pisos, pero las vistas y el precio del alquiler hacen que valga la pena.

Después de obtener mi título de máster en Ingeniería Industrial y Dirección de Plantas me mudé a ese rooftop, que más que una casa era una habitación, con baño y terraza. Y creo que esto último fue lo que me convenció de que ese debía ser mi hogar por un tiempo. Mi terraza no era muy grande, pero era sólo mía, mi rincón de pensar. No tenía grandes vistas, desde ahí sólo se veían tejados rojizos y verdes, ventanas escondidas entre rejas y alguna planta que salía mal diestra entre tanto enredo. Pero por la noche podía salir con una copa de vino y bebérmela poco a poco viendo el cielo e imaginando que estaba en el patio de la casa de mis papás en Honduras. Si solamente hubiera podido sentir el olor a mangles y saborear un puñado de curiles...

Capítulo 2. Alexandra

Si hay algo que me apasionara de Taiwán era su melodía. El idioma, la música, los sonidos de la calle... En Taiwán hasta los camiones de la basura avisan de su llegada al son de Für Elise de Beethoven.

Esa tarde estaba en el metro de camino a casa Becs y, después de tantos años viviendo en Taipéi, todavía me sorprendía escuchar todas las canciones y ruiditos del MRT2, que si una musiquita para cuando pasas la EasyCard3, que si otra para cuando llega el tren, que si otra porque se abren las puertas, otra porque se cierran, otra porque llegamos a la siguiente parada. Y así todo el trayecto, que no era corto. Para ir a casa Becs desde mi casa tenía que cruzar prácticamente toda la ciudad. Yo vivía cerca de la estación Taipower Building, en el barrio donde había vivido durante los últimos cinco años y donde me sentía en casa. Rebeca vivía en el distrito de Xizhi y esto es New Taipei, por tanto, así como su nombre indica, Rebeca ni siquiera vivía realmente en Taipéi, pero eso no era algo que nos impidiera hacer nuestros tradicionales encuentros casi semanales cargados de sentimientos y vino, y a eso iba aquella tarde.

Rebeca es la persona en quien más confío en este mundo. Nos conocimos cinco años atrás en la universidad. Las dos habíamos recibido la beca M.O.F.A (Ministry of Foreign Afairs)4 y, aunque ella es ingeniera industrial y yo estudié marketing, coincidimos en las clases extracurriculares de chino y de salsa. Fue amistad a primera vista y, cinco años después, así estábamos, quedando para beber y llorar, y yo corriendo hacia Xizhi un jueves corriente, inconsciente y fingiendo que no sabía que al día siguiente tenía que madrugar.

Cuando bajé del MRT la calle olía a tierra mojada y a humedad. Unos metros más andando y ya llegaría a su casa, esa casa que tenía algo mágico: el ambiente, la compañía... ¿Quién sabe? Pero entrar allí era como regresar al hogar. Sentía casi lo mismo que sentía cuando era pequeña y, cansada de todo el día en el colegio, llegaba a casa de mi abuela. Cuando llegaba a casa de Rebeca me sentía segura y arropada. Puede que sólo fuera su amistad y esas sábanas calientes que compró a unos lugareños de los Andes, la alfombra de Georgia, la luz cálida de esa lámpara tailandesa o esa bandera hondureña ya casi hecha jirones.

Rebeca era poética y siempre hacíamos broma de lo poético de su baño, que lo era tanto como ella y la vida misma. Era un baño taiwanés típico, eso significa que no había diferencia entre la ducha y lo demás, por eso, cada vez que te duchabas, se llenaba todo de agua y las salpicaduras llegaban hasta el techo. Así que antes de entrar debías dejar la toalla afuera y salir corriendo a buscarla cuando terminabas. Pero, además, si hay algo en Taiwán que esté todavía más presente que la música, es la humedad, que no se acaba nunca, así que el baño nunca se terminaba de secar, por lo que debías tener siempre unas chancletas junto a la puerta y esa toalla que tenías que rescatar en pelotas. Por si la experiencia de ducharse en estas circunstancias no fuera poco poética, en el caso del baño de Becs todavía lo era más. El grifo de la ducha tenía un defecto y el agua salía hirviendo o heladísima, pero era imposible encontrar el punto medio y si lo encontrabas, duraba menos de un minuto, así que, al final, las duchas se convertían en un ir y venir de quemaduras y chorros helados, como la vida, que por mucho que ajustes las cosas, por mucho que intentes encontrar el equilibrio, nunca, nunca, nunca, podrás controlarlo y ella seguirá un curso inconstante y volátil, porque la vida en sí es indomable e impredecible.

Me abrió la puerta con una sonrisa en la boca y un bol de chips de plátano frito en la mano. Su casa no tenía cocina, su escritorio hacía la función: sobre él había un fuego pequeño, como de camping gas, que llevaba siendo su compañero desde el primer año en Taiwán, y a su lado, un hervidor de agua. Debajo del escritorio había una pequeña neverita, como las de los hoteles. Y con sólo esto, por inimaginable que parezca, se las arreglaba. Esa noche había queso, Zambos (que son esas chips de plátano frito) y un par de huevos revueltos con setas.

Salimos a la terraza cargadas con los platos y yo dejé sobre ella la botella de vino australiano que traía en el bolso. Me miró asustada y me cogió del brazo.

—Cerdis, necesito contarte algo de Ahmad. —Hizo una pausa, como esperando a que yo le dijera algo más. Se sentó y entonces lo soltó—. Creo que está casado.

—¿Por qué piensas eso?

Su mirada empezó a bailar de acá para allá, como buscando una respuesta.

—Mirá, se comporta muy raro. Es como que me cela y me da a entender que le importo, pues. Pero luego hace cosas extrañas y siento que me anda escondiendo algo. Lo intuyo, no sé. No hay una evidencia. Puede que sólo me esté volviendo loca, que todo esté pasando sólo en mi cabeza, porque soy una overthinker5, y luego pienso que tal vez el problema lo tengo yo.

—Pero. O sea. Lo entiendo. —Mis palabras salían a trompicones—. Pero ¿por qué piensas que está casado?

—No sé, vos, pero lo intuyo. No tiene Facebook ni nada, no puedo encontrar nada de él de afuera de la empresa. Cada vez que regresa de Jordania cambia completamente su actitud. Vos, ese maje…

Y le empezó a temblar la voz, y en sus ojos, ese dolor intenso, mil lágrimas a punto de estallar.

—Nena, ¿cuánto tiempo hace que te ves con él? Si hasta pensasteis en ir a vivir juntos... ¿Por qué no se lo preguntas? Enfréntalo a la realidad y analiza qué te dice.

En ese mismo instante empezó a llorar. Inmediatamente me levanté y la abracé muy fuerte, tanto que casi podía sentir su corazón en mi pecho y sus mejillas llenas de lágrimas mojaban la mecha de pelo que me caía sobre la clavícula izquierda.

—¡Eh! Si al final tienes razón y está casado, tranquila, porque todo se pasa y dentro de un tiempo te reirás de esto.

Nos comimos todo lo que había en la mesa y luego pusimos las sillas una al lado de la otra, poniendo los pies sobre la mesa. Cogió dos cigarrillos del paquete de meloncitos que había al lado de la botella de vino y me tendió uno. Me sentía relajada y tranquila. Encendí mi cigarrillo y le sonreí. Cogió mi mano y la apretó muy fuerte, me devolvió la sonrisa, giró su mirada hacia el frente, le dio una calada larga a su cigarro, cerrando los ojos, y luego, sacó el humo lentamente, mirando las lucecitas que salían de las ventanas de los vecinos, todavía con los ojos llorosos y, seguramente, con el corazón en un puño.

Capítulo 3. Valeria

Salí a la calle con la energía con la que siempre celebro mis cumpleaños, pero ese día era todavía más increíble, porque cumplía treinta y porque era viernes. Hacía un tiempo genial y esa noche teníamos un planazo: cena con amigos y M Taipei. «Hoy sí, hoy salimos con todos los juguetes», me dije.

Iba prácticamente corriendo, sabiendo que volvía a llegar tarde a esa pega donde sentía que no encajaba, como no encajaba en la ropa conchesumadre talla XS y como no encajaba en esa empresa donde me miraban mal cada vez que me veían pasar por esa puerta, con sus ojos chiquitos acusándome por no cumplir con la imagen de marca que querían vender, y es que yo era el antítesis de aquello que mostraban en sus anuncios: la gorda del departamento de publicidad intentando convencer a las mujeres taiwanesas de lo bonitas que se verían con esos vestidos bien apretados de talla infantil.

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que aguantar. A veces ser valiente es simplemente aguantar. ¿O no? Puede que no, puede que ser valiente sea justo lo contrario, sea levantarse en un acto de revolución y gritar fuerte, tanto que te oigan en Chile. Pero aquel no era el día en el que yo fuera a gritar.

Ocho horas después, salía de la oficina camino a la casa, corriendo casi tanto como en el trayecto de ida al trabajo. Tenía un par de horas para bañarme, ponerme ese jumpsuit6 de brillantinas, pintarme los labios de color morado y arreglar mi melena morena.

Agotada llegué a la casa y saludé rápidamente a René, mi compañero de piso, que se estaba fumando un pucho en el balcón. «Aren’t you coming to the party, weón?»7. Sonrió, apagó el pucho y se fue hacia su habitación, pero antes me tocó la cabeza como si fuera aún una niña.

Tres horas más tarde estábamos esperando el MRT, aunque, en realidad, podríamos haber ido andando, porque desde nuestra casa hasta la de Alex sólo había una estación de MRT, pero sobre esas chalas de tacos con las que andaba, ¡qué flojera!, y ya íbamos una hora tarde.

Capítulo 4. Alexandra

Deduje que los invitados estarían al caer, porque ya había pasado una hora de la acordada. Faltaban Vale y su compañero de piso, René, José y Pam, Ernesto, Karina y Will.

Al principio me costó adaptarme al ritmo de los latinos, esa facilidad que tienen para llegar siempre tarde, sus «ahoritas» que pueden significar cinco o cincuenta minutos y que siempre suelen significar lo segundo. Pero había algo en ellos que me atrapaba. Su simplicidad, sus sonrisas, su hospitalidad, su pasión, su humor... Desde el primer instante sentí que yo formaba parte de aquello, que yo, a pesar de no ser latinoamericana, era latina a mi manera, a la manera mediterránea, y me aferré a todo aquello que compartían nuestras culturas y me enamoré de todo aquello que nos diferenciaba, pero me fascinaba.

Antonio estaba en el sofá escogiendo la música para la noche. Carlos y José estaban en la terraza haciendo las brasas con Leo. Becs y yo estábamos entretenidas con los últimos preparativos: poner la mesa, encender las lucecitas de fiesta de la terraza, sacar algunas bebidas... Y entonces llegó Manuel con el regalo. ¿A quién se le pasó por la cabeza que justamente él se encargara de eso?

—¿En serio? ¿En serio, Manuel, que le has comprado unos calcetines a Vale para su treinta cumpleaños?

Soné demasiado enfadada, pero Becs se unió a mis quejas con un «¡¿En serio, maje?!» que sonó todavía más fuerte y ambas estallamos en una carcajada.

—¡Ah, la madre! Ahora... Las dignas... ¡Pero si se regalaron unos calcetines de chanchos rosa! —replicó él.

—¡Pero no era nuestro treinta cumpleaños, reloco! —soltó Becs todavía riéndose.

—¡Este tío es la hostia! A ver, tal vez tengo algo en mi cuarto que podamos darle...

Manuel puso cara de incredulidad y Antonio se burlaba desde el sofá: «¡Ay, cerote!», decía sin parar de reír. Fui directa a mi cuarto y empecé a buscar qué podía regalarle a Vale. Encontré unos pendientes que compré en Ximen y todavía no había usado, corrí a buscar a Antonio.

—Oye, ¿tenemos mesa en M? —le pregunté.

—Sí, obvio. ¿Por?

—La pagamos entre todos, que Vale no pague nada.

—Dale.

Y empezó a reír.

—¿Qué? —pregunté riendo por inercia.

—¿A quién putas se le ocurre darle esa tarea a Manuel?

Antonio era mi mejor amigo. Me gusta recordar con cariño que fue la primera persona que conocí en Taiwán, bueno, de hecho, lo conocí incluso antes de ni siquiera aterrizar. Antonio era mi buddy8 asignado por la universidad. Se presentó como voluntario para acoger y apoyar a los nuevos estudiantes extranjeros y, como compartíamos lengua materna, alguien decidió que podía ser una buena idea que fuera mi buddy.

El primer día que llegué a Taiwán estaba asustada y emocionada a la vez. Sentía mil cosas en mi cuerpo. Estaba cansada, mareada, nerviosa, feliz... Un taxi me llevó del aeropuerto a la universidad y allí estaba él, con sus casi dos metros, su piel morena y su sonrisa enorme. ¿No te ha pasado nunca que has visto a alguien y has sabido enseguida que esa persona es buena y honesta? Pues eso me pasó cuando vi a Antonio por primera vez. Me abrazó como si supiera que eso me hacía falta. Cogió mi maleta enorme e insistió unos minutos en coger mi mochila, pero al final desistió y desde entonces supo lo cabezota que soy. Me acompañó a mi casa, una residencia de chicas que quedaba justo detrás de la universidad. No era la residencia oficial del campus, sino que era un edificio privado donde había pequeñas habitaciones reservadas a chicas que estudiaran en NTNU9. Era más caro que la residencia de la universidad, pero valía la pena, tenía mi propia habitación, con mi propio baño y una pequeña nevera, con eso me bastaría. Antonio me ayudó a subir todas las cosas hasta mi habitación y luego me llevó a cenar cheese danbings (起司蛋餅)10, que en realidad se comen en el desayuno, pero a esas horas ya estaba todo cerrado y sólo quedaba una tiendecita 24h donde vendían cheese danbings, baozi (包子)11y cosas por el estilo. Esa noche me enamoré de esas crepestaiwanesas de queso y huevo, y esa misma noche conocí a mi mejor amigo.

Capítulo 5. Rebeca

Contra cualquier pronóstico, a Valeria le encantaron los calcetines. Sus ojos se agrandaron y su boca se abrió con un gesto de sorpresa y empezó a reír a carcajadas. «¡Me encantan! ¡Me encantan! Siempre había querido unos calcetines con orejas...», gritó muerta de la risa. «¡Qué geniales! Estos calcetines son la prueba de que tener treinta años no me convierte en adulta. Todavía puedo llevar calcetines de un oso panda con orejas». Y no podía parar de reír. Puede que Manuel la conociera más de lo que pensábamos.

Los aros también le gustaron. Se quitó los que llevaba y se puso los que le regalamos, bueno, los que le regaló Alex. Se miró en el «cel» y se quedó viendo a Alex. «Estos los elegiste tú, ¿va?». Alex sonrió y asintió, Vale guiñó un ojo y puso cara de mala. «¡Esta noche cojo!», espetó levantando su copa llena de vino, y Manuel, sin dejar que la cosa se enfriara y fingiendo ser Maluma, le contestó cantando «Aquí estoy yo, yo, para darte lo que tú quieras, bebé». Vale se levantó enseguida y empezó a decir que quería música. Antonio agarró la «compu», prendió los parlantes y empezó a sonar No te creas tan importante de Damas Gratis. Vale se arremangó los pantalones del jumpsuit y empezó a voltear la tela como si se tratara de una falda. Manuel se levantó unos segundos después para acompañarla en su actuación, y ella comenzó a entonar esa canción, mientras todos aplaudíamos a su potente voz. Y es que su voz es increíble. Manuel la intentó agarrar y ella le hizo que no con el dedo índice, poniendo cara de sorpresa, y acto seguido, dio un paso atrás y movió su cuerpo voluptuoso graciosamente, mientras sus labios le sonreían y sus ojos desfilaban por su cuerpo. Llegó el turno de Manuel y siguió cantando la parte de Pablo Lescano: «No te confundas, yo no camino para atrás como un cangrejo». René y José empezaron a gritar «¡OU, OU, OU!» animándolos y los dos siguieron con su actuación particular, llena de versos de rencor y los aullidos de mariachi de Antonio. Unos minutos después, una ovación final de todos nosotros, de pie y sonriendo embriagados de la juventud, la espontaneidad del momento... y del alcohol, ¿por qué no decirlo?

Flor de Caña, micheladas y Doritos, todos ellos a raudales. Diez minutos más así y ya nunca llegaríamos a M Taipei. Suerte que Antonio puso orden y salimos todos atrás de él, cantando por la calle y hablando a gritos. No te creas tan importante fue el ritmo de la noche, por lo menos hasta llegar a nuestro nightclub12favorito.

Cuando llegamos seguimos tomando, ¿cómo no? Nada más llegar nos sirvieron un par de botellas de champán y brindamos con nuestras mejores sonrisas. Nadie se acordaba de las cosas malas, yo no pensaba en Ahmad, ni Vale debía pensar en lo infeliz que le hacía su trabajo, Antonio no debía sentir nada por Alex, ni ella podía imaginar lo que viviría después. Tampoco Manuel se preocupaba por Valeria. Todos derrochábamos felicidad bañada en tequila.

Seguimos bailando y riendo, y entonces los vi. Bailando. A simple vista podías ver que eran la historia de amor más bonita del mundo. Esa noche ella llevaba un vestido de flores, porque siempre dice que quiere que la recuerden como la chica del vestido de flores, dice que le gustaría que los desconocidos con los que coincida en una fiesta, luego se puedan referir a ella como «La chica del vestido de flores», y por eso, llevaba uno de esos vestidos de flores, porque esa noche podía pasar. Pero sinceramente creo que en ese instante nadie la hubiera recordado por nada que no fuera esa sonrisa teñida de rojo carmín y el brillo de sus ojos cada vez que se miraban el uno al otro. Y yo, viendo bailar a mi mejor amiga con su novio, me di cuenta de que mi relación con Ahmad nunca sería así y que, como ella me había dicho el día anterior, debía enfrentarme a él y a todos mis miedos. ¿Existía un mundo en el que él y yo pudiéramos amarnos de verdad, o, por lo menos, tener una historia normal?

Capítulo 6. Alexandra

Me encantaban los domingos en Taiwán, porque hacía cosas de película. Leo y yo nos despertábamos tarde, desayunábamos en un sitio donde servían brunch13 inglés y, luego, nos acercábamos a Da’an Park, el Central Park de Taipéi. A veces, en lugar de ir a Da’an íbamos a Yuanshan Park porque solían hacer conciertos, festivales gastronómicos o festivales en general. Nuestra primera cita fue en ese parque para el festival de linternas de 2016. Pero no salieron las cosas como esperábamos. Después de la universidad fui directa a encontrarlo para celebrar juntos el año del mono. El parque estaba precioso, decorado con un montón de linternas representando los signos del zodíaco chino y en medio una linterna enorme, la del mono. Cenamos fajitas en un puesto del parque y estaba tan nerviosa que casi me desmayé después de cenar. De camino a casa en el metro me puse a llorar, sentí que había salido todo tan mal que seguramente nunca más volveríamos a vernos. ¡Qué tonta! Cada vez que me acuerdo de esa noche me río.

Llamé a Antonio y me recogió en la estación de MRT de Dongmen. Me esperaba montado en su bicicleta y cuando me vio llegar se rio de mí, luego me llevó en bicicleta hasta su casa y dormimos juntos.

Cuando estaba en la universidad tenía la mala manía de ir a dormir a su casa cuando las cosas se complicaban o yo pensaba que se complicaban, como era el caso de esa noche. Cuando tenía un mal día había dos opciones: hacer noche de chicas con Becs o dormir en el piso de Antonio. Creo que, en realidad, era dependiente. Si sentía que él me abrazaba, todo parecía estar bien. Me tocaba el pelo hasta que me dormía y al día siguiente me traía cheese danbings a la cama. Nunca encontré un chico que pudiera comprender esa relación y ninguna de sus novias me tragó realmente. De hecho, una me tiró un cubata encima poco después de enterarse. Pero no sé si hacíamos algo malo. ¿Lo hacíamos? Si hubiéramos sido dos mujeres, ¿alguien lo habría visto mal?

Pero volviendo al hilo, ese domingo Leo y yo fuimos a Da’an Park y nos tumbamos sobre el césped boca arriba. Puse mi cabeza sobre su pecho y sentía su corazón. Vivo y fuerte. Empezó a acariciarme la cara. El clima era genial y, a pesar de que se oían niños jugar a lo lejos, me sentía relajada y en paz.

—He pensado que este año podríamos ir a Europa —dijo.

Todos los años íbamos a Europa, un año a cada país, me sorprendió que lo dijera como si fuera algo nuevo, a no ser que quisiera visitar otro país.

—¿Qué pasa? ¿No quieres ir a Roma?

—No es eso. —Y cambió de tema rápidamente—. ¡Oye! —dijo enérgicamente incorporándose—. ¡Esta noche podríamos cenar en el restaurante de la anguila!

—¿Reservo para las 18:30 h? —contesté sonriendo ilusionada.

Ese era posiblemente mi restaurante favorito de Taipéi, estaba cerca de la estación de metro Zhongixao Dunhua y hacían cocina típica taiwanesa, su especialidad eran los fideos, que amasaban enfrente tuyo siguiendo el método tradicional. El nombre real del restaurante era Du Hsiao Yueh pero lo llamábamos el restaurante de la anguila porque siempre que íbamos allí pedíamos un plato de anguila ahumada que estaba de rechupete, y bueno, también lo llamábamos así porque el nombre real era mega difícil de recordar.

En la segunda cita con Leo las cosas salieron mejor que en la primera. Misteriosamente, después de que casi me desmayara en el festival de linternas, Leo me escribió preguntando si quería ir a cenar con él «esta vez sin incidentes». Acepté y le dije que lo llevaría al mejor sitio que conocía en la ciudad. Un amigo taiwanés que conocí en mi época de Erasmus en Inglaterra me había recomendado ese sitio para cuando vinieran mis padres en Navidades. Así que en diciembre llevé a mis padres y, unos meses más tarde, llevé a Leo. Nuestra segunda cita juntos fue genial. Era un viernes por la noche y yo tenía pensado ir a M Taipei después de la cena, pero nunca fui. Después de cenar en el restaurante de la anguila, cogimos el metro camino a un bar que estaba cerca de la universidad y de mi casa, pero yendo para allá decidimos parar en un diminuto parque que quedaba justo detrás del campus y que yo ni siquiera había apreciado las otras mil veces que había pasado por delante. Fuimos a un 7-Eleven que había cerca y compramos dos Taiwan Beer 101, como los estudiantes llaman a las cervezas de medio litro por ser las más grandes, haciendo homenaje al edificio más alto de Taiwán, el 101. Cogimos nuestras birras y nos sentamos en un banco del parque. Sonriendo, las abrimos y brindamos. Empezamos a hablar de la vida, de nuestros países, nuestras familias, la comida, el universo, el horóscopo chino y no sé de cuántas cosas más. Y de repente Leo me besó. Fuimos a por más cerveza y seguimos hablando y riendo. Hasta que se puso a llover y salimos corriendo a resguardarnos en el portal de una casa. Recuerdo su cabello mojado cayendo sobre su frente, esa sonrisa traviesa y el beso que le sucedió después.

Capítulo 7. Valeria

Los domingos eran los días oficiales de marcar a Chile, pero ese viernes mi mamá y mi hermana se habían saltado nuestra rutina y se habían adelantado al viernes para así poder felicitarme. La diferencia horaria entre Chile y Taiwán es de doce horas, fácil de recordar y difícil de vivir. Mi hermana siempre decía que llamaba al futuro.

Nací en la capital de la Primera Región de Tarapacá, Iquique. Una ciudad que nadie sabe decir si es bella u horrible pero que nunca deja indiferente, puede que la odies o que te enamores de ella, pero siempre despertará algo en ti. Es una ciudad costera y, de hecho, tiene uno de los puertos libres más importantes de Sudamérica, pero, como si se tratara de una contradicción casi imposible, Iquique está custodiada por el cerro Dragón, una duna que se eleva quinientos metros por encima de la ciudad y que la convierte, no sólo en la puerta al mar, sino también en la puerta al desierto de Atacama.

Antes de que llegaran los españoles vivían allí los camanchacos, un pueblo de pescadores que hacían balsas con pieles de lobo marino. Tenemos mil historias y leyendas de sus costumbres y cultura, como las hay del desierto y las cosas mágicas que pasan en él.

Me gusta pensar que nací en un paraíso con regusto a salitre

que descansa bajo las dunas hostiles y extremas del desierto,

que se elevan imponentes y levantan el polvo maldito del desierto.

Yo nací en el oasis de la niebla.

Quiero creer que por mis venas corre sangre changa,

que mis antepasadas llevaban el pelo decorado con

regalos de las olas,

abalorios de estrellas marinas, erizos y choritos.

Soy salvaje y libre, guerrera.

La hija de las dunas, la niebla, la sal y el mar.

Capítulo 8. Alexandra

Después de cenar en el restaurante de la anguila, fuimos en metro hasta Dongmen y desde allí anduvimos hasta nuestra casa, recorriendo ese camino que hicimos en nuestra segunda cita, la noche en la que fuimos a parar a ese parque de detrás de la universidad.

Cuando llegamos a casa, Leo se fue a buscar una botella de chardonnay australiano de la nevera y yo me quedé esperando en la terraza. Trajo el vino, dos copas y un plato con uvas. Las luces de la ciudad a nuestros pies. Me miró sonriendo y empezó a hablar:

—He tenido una charla con el embajador y he pensado que este verano cuando vayamos a Roma podemos aprovechar para visitar a tu familia en lugar de que vengan ellos a Roma unos días.

—¡Vale, genial! Pero ¿qué tiene que ver el embajador con que vayamos a ver a mi familia? ¿Necesitarás más vacaciones?

Tardó unos segundos en contestar, se pasó la mano por el pelo y sentí que algo iba mal. ¿Lo habían echado del trabajo? ¿Cerraban tratos diplomáticos con Taiwán? ¿Teníamos que regresar a Europa? Busqué sus ojos con los míos y supe que pasaba algo. Tragó saliva y me miró con una cara que no había visto antes. Me asusté, puse mis manos sobre mi estómago instintivamente, protegiéndome de lo que pudiera venir.

—Quiero casarme contigo.

Y sacó un anillo de su bolsillo.

Creo que nunca había sentido nada igual. Sentía que toda yo temblaba, no podía parar de llorar y sonreír, asintiendo frenéticamente con la cabeza. Nos levantamos los dos y nos abrazamos muy fuerte. Sus manos me agarraban por la cintura y las mías le acariciaban el pelo y las mejillas. Pensé que en mi vida nunca habría un instante tan bonito como ese y nos sentí invencibles y eternos. Tan nuestros...

Capítulo 9. Rebeca

Salí de su casa dando un portazo y mis pasos se aceleraban hacia mi apartamento, o no sé hacia dónde. Si llegaba a la casa, se me caería el cielo encima. Necesitaba andar rápido, sin ningún rumbo. Mientras en mi cabeza centenares de pensamientos daban tumbos en todas las direcciones.

Me quiero morir.

Me doy pena a mí misma. Y me doy lástima a mí misma.

No sé que siento. Y lo siento todo a la vez.

Me siento engañada, por mí y por él.

Quiero cerrar los ojos

y, en abrirlos,

perder todo sentimiento,

toda emoción,

todo pesar,

todo afecto.

Quiero dejar de sentir, de pensar, de respirar.

Me quiero morir.

Ahmad me había estado engañando durante todos esos meses. Estaba casado desde hacía ocho años con una mujer de su país. Me dijo que había sido un matrimonio arreglado y que era infeliz, que de quien estaba enamorado era de mí. ¿Lo estaba? ¿Cómo había podido caer en una trampa como esa? ¿Cómo no lo había visto antes? Las llamadas, los secretos, los cambios de humor repentinos... ¿En qué estaba pensando?

Hacía un par de años conocí a Ahmad en un viaje de negocios en Georgia. Corrían rumores de que lo ascenderían y me lo presentaron como ese posible futuro jefe. Me pareció un hombre inteligente, amable, correcto y profesional. Unos meses después lo ascendieron y se convirtió en el jefe de mi jefe. Luego de que yo cerrara un trato importante en Nairobi pidió mi traslado a su departamento y pasó a ser mi jefe directo.

Luego pasó. Todo empezó en un viaje a Japón. Teníamos que ir a Tokio para pactar con una empresa japonesa con la que cooperábamos en un proyecto conjunto en Indonesia. Nuestro último día de viaje de negocios, cerramos el acuerdo con una cena y dos botellas de sake. Un taxi nos llevó al hotel y, cuando llegamos, enfrente de mi habitación me apretó contra la pared y me besó fuerte y salvaje, como si desatara un instinto ancestral e impulsivo. Entramos en la habitación y empezamos a desnudarnos como animales, relinchando y jadeando de placer. Sentí cómo le daba la vuelta a mi mundo. Estaba perdida en sus ojos negros y pequeños. Gotas de sudor recorrían su pecho y caían sobre mi barriga desnuda. Lo quería todo.

Y ahora, aquí estábamos, queriendo no querer nada.

Capítulo 10. Valeria

Siempre me imaginé las mujeres camanchacas como seres independientes y libres, creo que nuestras antepasadas eran menos sumisas de lo que lo somos nosotras y de lo que lo habían sido nuestras madres y nuestras abuelas. La verdad es que no lo sé con certeza, pero lo que sí sé es que ser mujer en Chile no es fácil, como no lo es en la mayoría de países.

Ese domingo mi familia me llamó y mi papá volvió a preguntarme por hombres. Mi mamá y él estaban empezando a temer por su futuro como abuelos. Su hija ya tenía treinta años y parecía que no tuviera ningún interés en asentar cabeza, pero ellos ignoraban mi poca fe en el matrimonio y menos aún en los hombres. No estaba segura de si mis padres eran felices juntos, creo que no.

Cuando terminamos de hablar, vi que tenía un mensaje de Manuel preguntándome si me apetecía salir a tomar algo. ¡Tan insistente ese cabro! Conocí a Manuel por Alexandra, Antonio les presentó, se cayeron bien y ahora compartían apartamento. Nació en el seno de una familia pudiente de Guatemala y su posición de hijo único hizo que todavía estuviera más consentido. Fuera de su familia, Manuel no entendía de relaciones afectivas, temía al compromiso, le gustaban todas las mujeres, todas, y le encantaba el sexo, llegar tarde, la fiesta y no cumplir con su palabra. Mucha gente lo odiaba por muchas cosas, pero sobre todo por dos: era muy guapo y era apariencia pura, alardeo y hablar de todo lo que amaba, que eran coches, minas y sexo. Ahora que lo pensaba supongo que a mí también me debía de odiar mucha gente porque éramos igualitos en muchos aspectos, sobre todo en lo de guapos y desvergues, lo cual hacía perfecta nuestra relación, que se basaba en mucha amistad y sexo esporádico, sin compromisos, sin ataduras, sin pedir perdón, sin preocuparse de si al día siguiente llegaría un mensaje o si estábamos diciendo o haciendo algo incorrecto. Además, no existían celos entre nosotros. Miles de veces vi a Manuel jotear en festivales como el Spring Break14en Kenting y él me vio a mí hacer lo mismo en Bali o en cualquier garito de Taipéi.

El viernes de mi cumpleaños durmió acá conmigo, pero ese domingo no tenía ganas de verlo. Me acababa de inscribir a una aplicación para conocer gente y hacer planes y justo ese domingo hacían un multicultural language exchange15. Nunca había participado en algo así, de hecho, sabía que era la idea de hacer language exchange, o sea, quedar con alguien y que te enseñe su idioma a cambio de que tú le enseñí el tuyo, pero eso sólo lo había visto en anuncios en la universidad y siempre se basaba en el encuentro de dos personas que, además, normalmente terminaban jodiendo. Ese encuentro era distinto, en la app explicaban que era un grupo de gente que quedaba para hablar distintos idiomas, en cada mesa se hablaba un idioma distinto y parecía un buen lugar para conocer a desconocidos. No es que mis amigos y conocidos me parecieran insuficientes pero la mayoría de ellos tenían una vida ordenada en la que yo no entraba en sus planes de domingo, y no lo critico, pero sentí que debía buscar mis propios planes de domingo, aunque sólo fuese por una vez.

Cuando llegué al sitio que salía en la app, me encontré con una taiwanesa gorda, sí, GORDA, y me encantó. Me sonreía muy amable mientras me preguntaba qué idiomas hablaba, cuál era mi nombre y de qué país era. «Mi nombre es Benita», dijo en un español muy raro, y me tendió su mano sonriente. ¡Me encantó! Por primera vez no me sentí juzgada por una mujer taiwanesa, mi talla parecía no importarle, porque, de hecho, la suya era mayor. En sus ojos sólo había optimismo, amabilidad y ¿hogar? Era como si su mirada me trasmitiera paz y me trasladara a un sitio tranquilo, cómodo, donde me pudiera sentir segura. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Seguía borracha?

Benita me preguntó qué idioma quería practicar ese domingo, me dijo que ese día tenían mesa de alemán, inglés, francés y mandarín. Me decanté por el francés, aunque la Vale seria gritaba «MANDARÍN» con todas sus fuerzas, pues hubiera sido lo correcto, empezar a aprender ese idioma weón después de cinco años viviendo en Taiwán. Pero ahí, como siempre, mi lado indomable en contra de todo lo correcto, llevándome de patitas a la mesa francesa.

La dinámica era la siguiente: la sala tenía cuatro mesas, una siempre estaba reservada al mandarín y la otra al inglés, las otras dos variaban cada domingo. Una persona que tenía esa lengua como materna dirigía la mesa, donde se sentaban hasta diez personas más. El nativo empezaba haciendo preguntas del tipo «¿Cómo te llamái?, ¿De dónde erí?» a los que iban por primera vez y luego empezaba una conversación sobre cualquier tema, desde religión hasta costumbres, viajes, familia, trabajo... Cualquier cosa. En el centro de la mesa había papeles, bolígrafos, té y galletas saladas. El nativo además tenía una pequeña pizarra blanca y un rotulador para poder apuntar palabras o expresiones.

¡Me encantó la idea! ¡Quería ir cada domingo! Unos minutos luego de empezar, Benita se sentó a mi lado y me preguntó: «Y ¿te gusta venir?». Asentí con entusiasmo y le sonreí. «Me alegra muy. ¡Luego hablamos!», dijo, se levantó, me dio un golpecito en el hombro y se fue. Me quedé viendo cómo se iba, era un ser de luz, seguro que era Cáncer o Piscis.

Cuando terminó la sesión, fui a buscar a Benita, que estaba en la puerta despidiendo a la gente.

—¡Hey! ¡Estuvo piola la tarde! Está bacán eso que armaron.

—¿Sí? ¿Te ha gustado? Hizo unos meses teníamos mesa de español.

—¡Qué choro! ¿Quién la llevaba? Puede que lo conozca…

—Era una chica de España, creo que su ciudad se decía Lomoño o algo así, muy difícil de pronunciar... ¡Ah! ¡Y tienen vino famoso! Rioja…

—Ni idea. ¡Sólo tomo vino chileno! —dije bromeando y ella se rio, aunque dudé de si entendió la broma o si conocía el vino chileno, a pesar de que en Taiwán hay bastante vino de importación.

—Oye, si quieres puedes hacer tú la mesa española.

—¡Sí, po! ¿La próxima semana?

—¡Genial! Te doy mi Line y podemos quedar esta semana para beber café y te digo cómo funciona.

—¡Cool! Ahí me escribí y nos miramos. Chao y mucho gusto, Benita.

Nos sonreímos y me fui a mi casa cargada de positividad y energía. Tenía una nueva amiga taiwanesa y planes para los domingos.

Capítulo 11. Alexandra

Cuando estoy contenta me despierto sin que suene el despertador y eso pasó ese lunes, a pesar de que el día anterior nos habíamos acostado tarde. Me quedé mirando mi mano con el anillo puesto, sonriendo como una boba. No sabía que se podía estar tan enamorada, llegando al borde de sentirme ridícula. Me duché, me puse un vestido business16y me fui a la cocina a preparar el desayuno. Leo todavía dormía y pensé en sorprenderlo con un buen desayuno. Cuando llegué a la cocina Manuel estaba sentado comiendo un bol de cereales con leche, me miró sonriendo con la boca llena de cereales.

—¿Y? ¿Qué putas ayer? —dijo levantando las cejas, demostrando que había escuchado nuestra sesión de sexo.

Levanté la mano, enseñándole el anillo y me reí. Se levantó de un salto y me abrazó.

—¡Felicidades, hermanita! ¡Nos vamos a Italia!

Y me sacudió entre sus brazos.

—No sé, todavía no sabemos detalles. Supongo que algo haremos aquí también.

—Obvio, lo celebramos en todo el mundo. Mirá, acá hacemos una fiesta para anunciar, luego la despedida, luego una cenita de celebración de la boda…

—¡Eh, sí! —le corté—. Buena idea, podríamos hacer una cena esta semana para anunciarlo.

Diciendo esto entró Leo. Manuel fue corriendo a abrazarlo. «¡Felicitati amigui!», le dijo con un acento italiano forzado, como si fuera Tony El Gordo. Leo le dio dos golpes de hombre en la espalda y luego le cogió la cara con ambas manos; «tanti auguri», dijo pronunciando cada una de las sílabas para que Manuel entendiera cómo se dice felicidades en italiano.

Llegué tarde al trabajo, pero a José no le importó, ritmo latino. Y eso que aquel día teníamos un montón de reuniones, estábamos negociando para introducir nuestro café en Starbucks, pero el precio no se correspondía con la calidad del producto. «No se puede pagar café volcánico de alta altura a precio de un robusto de mala calidad», decía José negando con la cabeza y andando de un lado a otro con un cigarro en la mano. Todos sabíamos que Starbucks no era una prioridad para la empresa, la dirección dudaba mucho de esta operación, pero tener a ese monstruo como cliente nos aseguraba un buen número fijo de contenedores anuales.

En un par de horas teníamos la reunión con Starbucks en Taipéi y por la tarde teníamos que visitar la planta torrefactora que trabajaba para nosotros. Siempre que íbamos allá, José se discutía con el gerente, pero luego lo arreglaban con un par de tragos de kaoliang (高粱酒), un destilado de sorgo que puede llegar a tener hasta un 63% de alcohol. Cada vez que alguien abría una botella de ese licor me entraban unas ganas terribles de vomitar, pero dedicarse a la industria cafetalera en Taiwán no es fácil, así que todo el mundo debía hacer esfuerzos.

Exportar café es complicado y si el destino es Asia, la cosa puede complicarse todavía más. La industria es compleja y el mercado internacional del café está regido por unos drivers17 que ejercen un poder muy fuerte. Unos pocos años atrás José había decidido llevar el negocio familiar al siguiente nivel, aunque no era directamente el siguiente, sino que se había dejado un par de pasos por el camino. José en un viaje a Guatemala convenció a toda su familia de llevarse a Taiwán una maleta entera cargada de café en verde para intentar venderlo y así es como a sus veinticinco años José emprendió su odisea cafetalera. Su nivel de chino era muy bueno y eso rompía la barrera idiomática, además era muy buen vendedor y trabajaba más que nadie, puede que esto fuera porque se crio en una zona rural de Guatemala y vio cómo sus padres pasaron de ser unos humildes cafetaleros a construir una respetada empresa productora y comercializadora de café. José admiraba el trabajo duro de su familia y sentía que, si ellos habían sido capaces de producir y vender su propio café a nivel regional, él podría llevarlos directamente a Asia. Los convenció de que era importante registrar una marca comercial para su café y dejar de venderlo bajo el nombre de la finca principal de la familia, así su café se empezó a comercializar bajo la marca Café Cachiquel haciendo homenaje a los indígenas de esa parte del país. Una vez tomado ese rumbo, la familia, ahora constituida bajo una sociedad, consolidó su relación con ANACAFÉ, la asociación nacional del café de Guatemala, y dejaron de vender únicamente en su región, pasando a vender por todo el país. El hermano de José era el encargado de las ventas nacionales y él gestionaba el mercado asiático.

José y su hermano eran gemelos, pero no se parecían en nada, su hermano no había ido a la universidad, cuando terminó el bachillerato se quedó trabajando en la finca con el resto de su familia. Le gustaba la vida tranquila, en el pueblo, tenía unos valores muy tradicionales y a sus veinticinco años, justo cuando José persuadió a todo el mundo con su idea de negocio, su hermano se convertía en padre.

La familia de José era humilde, y si él había podido acceder a estudiar en la universidad de Taiwán fue porque le concedieron una beca M.O.F.A. Así que no se trataba de un niño rico, como Manuel y Antonio, él era más bien un hijo pródigo. José era inteligente y luchador, seguía manteniendo sus ideales y sus principios. Sus valores católicos eran firmes, como los de muchos latinos, y entre sus frases más repetidas se encontraba «primero Dios», una expresión que nunca entendí muy bien pero que, según los contextos que le daba, podía venir a significar «gracias a Dios» o «si Dios quiere».

Cuando José decidió meterse de lleno en el café, a la primera persona que le propuso que se uniera fue a mí. Dijo que había tres cosas de mí que necesitaba: mi inteligencia, mis conocimientos y mi color. «Vos sabés, una chelita como vos acá en Asia vende más». Es curioso cómo siempre nos quedamos con lo malo o políticamente incorrecto. No reparé casi en que alabara mi inteligencia, todos los idiomas que sabía o mis estudios. A mí lo que más me impactó fue que me dijera algo que en realidad yo ya sabía pero que me gustaba ignorar. A pesar de esto, me encantó que José confiara en mí para su proyecto, y poco después me di cuenta de que adoraba mi trabajo. Al principio sólo estábamos él y yo en la «oficina» de Taipéi y digo «oficina» entre comillas porque en realidad trabajábamos en el comedor de su casa. Durante el primer y el segundo año trabajamos como fieras y tres años más tarde ya nos habíamos trasladado a una pequeña oficina y éramos cuatro personas en el equipo de Taiwán. Como era la mano derecha de José y había estado desde el principio con él, mi trabajo en Café Cachiquel era muy diverso, igual podía asistir a una reunión con Starbucks, como tostar café, ir a comprar tazas para la siguiente feria o ayudar en el cálculo de la rentabilidad de una operación, pero en las tarjetas y en LinkedIn constaba como «Directora de Comunicación y Marketing». Y con esto y el olor que se quedaba impregnado en casa cada vez que tostaba café, tenía más que suficiente.

Capítulo 12. Valeria

En esa época yo era pura locura. Martes 30 de abril y precelebrando el día del obrero con una cita de Tinder. Mi filosofía de vida en aquel entonces dictaba que la noche anterior a un festivo, se salía. Esa tarde salí de compras con Alex, Pam y Karina, Rebeca no vino porque tenía que trabajar hasta tarde. Me compré un brasier de encaje para la cita de la noche y un poco de ropa para salir de fiesta.

Odiaba ir de compras por Taiwán, casi no había nada de mi talla y me sentía todavía más gorda de lo que realmente estaba. A mí no me importaba tener pechos y nalgas, de hecho, me gustaba, pero a la sociedad taiwanesa parecía que la molestaba y la gordura era algo que querían erradicar. Supongo que alguien pensó que, si no se vendían tallas de gorda, las gordas dejarían de existir, viéndose obligadas a hacer dieta y adelgazar para poder caber en todas esas prendas diminutas. Aquí quiero puntualizar, yo no era gorda, en Chile nadie hubiera dicho que estaba gorda, pero la unificación de tallas no es algo global y una talla L chilena prácticamente no existe en Asia. Encontrar ropa era difícil, pero no imposible. Siempre encontraba ropa que me quedaba genial, pero tenía que buscar mucho, y lo peor, tenía que soportar las miradas que intentaban culpabilizarme de algo por lo que no tenía que sentir vergüenza. A mí me encantaba mi cuerpo y no renunciaría a nada que me diera placer, inclusive la comida.

Después de comprar, fuimos a una tienda de shaved ice, una delicia que debería existir en todo el mundo. Se trata de «helado afeitado», en realidad es como un kebab, pero de helado. Un bloque grande de helado se pone en una máquina que lo afeita, lo corta a finas capas. Luego se sirve en boles gigantes junto con gelatina, pedazos de caramelo, chocolate, frutas o chucherías.

Nos sentamos en una mesa de cuatro y pedimos nuestro helado favorito: el shaved ice extra grande de chocolate con una bola de helado de avellanas, pedazos de caramelo y gelatina de café.

—¿Y pues, qué ondas, mamis? —dijo Karina bien alegre—. Llevamos toda la tarde comprando y no salió ningún chisme.

—¡Ya van los cotilleos! —contestó Alex riendo—. M... Hemos pensado en hacer una comida el sábado en casa. Puedo cocinar paella.

—¡Epa! ¿Y eso? —preguntó Pam mientras daba palmaditas de emoción—. Cuenten con José y conmigo. Otro día hacemos asado argentino, pero igual les traigo Fernet el sábado. Me quedan unas botellas de cuando vino mi hermano de visita.

—¡Genial! Entonces el sábado os quiero a todas en casa —dijo fingiendo seriedad y señalándonos con el dedo índice—. Así planificamos el viaje de este año.

Cada año nos íbamos todos de vacaciones a un sitio distinto. Empezamos el primer año yendo a Sun Moon Lake, un lago precioso en el centro de Taiwán, y poco a poco fuimos subiendo el listón. Este año las opciones eran Bali o Filipinas.

—¡Yo voto por Bali! —dije yo, que ya había estado en Filipinas con los compañeros de la «u».

—Yo soy proFilipinas, pero todo me parece bien... —dijo Alex.

—¡Eh! ¡Acá llega nuestro helado! —Pam levantando las manos y haciendo gestos como si despejara la mesa.

Todas agarramos nuestras cucharas deprisa y Karina tomó la palabra.

—Oye, Alex... ¿Y Rebeca por qué no vino hoy?

—M… Tiene mucho trabajo. O sea, hace días que no hablo en serio con ella, pero me escribió diciendo que tenía mucho trabajo.

—Bueno… Ustedes en el café también tienen un buen quilombo y acá estás vos —salió Pamela.

Esa mujer era odiosa cada vez que salía el tema del trabajo. Ella no trabajaba realmente, estudiaba chino y participaba en ferias latinas, vendiendo productos argentinos y platos que preparaba ella misma, pero siempre actuaba como si la empresa del café fuera suya, sólo por el hecho de andar con José, y olvidaba que Alex mandaba mucho más que ella. Además, le encantaba hablar mal de todo el mundo a sus espaldas, igual si eran sus amigas, sus familiares o quien fuera. No pude con sus palabras impertinentes, ¿era ironía? ¿Estaba diciendo que Alexandra tenía que estar trabajando veinte horas diarias? ¿O es que ponía en duda las palabras de Rebeca? Ambas cosas me enfurecían por igual, porque si algo no soporto es que se hable mal de mis amigas.

—¿Qué querí decir? ¿Es ironía o estái criticando a Rebeca? —le espeté.

—No, no es ironía. Digo que ok, puede que Rebeca tenga mucho trabajo, pero no jodás, ¡ché! ¿No tiene una tarde para pasar con sus amigas? —me contestó a la defensiva.

—Bueno, no todo el mundo prioriza la amistad. No hay nada malo en ello. Yo esta noche me miro con un chico de Tinder, puede que ella tenga una cita ahora mismo. ¿Lo vai a criticar?

—¡Hey, hey, hey! —dijo Karina en tono conciliador—. Ya está. Déjense de discusiones. Venimos a hablar de chisme y acá salió uno. —Y empezó a reír.

—¡Eso! —siguió Alex, y me lanzó una mirada seductora—. ¿Quién es tu amante bandido?

Me reí.

—Un francés. No sé qué tal... Seguro termina siendo un one night stand18, pero justo es lo que busco.

—Pensaba que no te gustaban los franceses.

—Bueno, no me gustan los franceses blancos, este es moreno.

Y esto arrancó una carcajada en la mesa.

—Once you go black you never go back 19—dijo Alexandra poniendo voz sexi y todas seguimos riendo.

La anécdota de mi cita de esa noche animó el ambiente y nos fuimos todas alegres y cargadas de bolsas camino al MRT. Unas estaciones más tarde nos quedamos Alex y yo solas y entonces me agarró del brazo y apoyó su cabeza sobre mi hombro, dejando ir un suspiro de felicidad.

—Así que nuestra soltera de oro tiene una cita hoy...

No podía verla, pero intuía una sonrisa en su voz.

—Ajá. ¿Te alegrai por tu amiga, cariño?

—¡Pues claro, tonta! No todos los días se tiene una cita con un francés negro, piensa que cumple con las fantasías de un montón de mujeres. Acento francesito, mon amour, y pollón.

Y empezamos a reír las dos a carcajadas.

—¡Erí lo peor! Por eso erí una de mis mejores amigas. ¡Reloca! —dije entre risas.

—Exacto, estábamos destinadas ya al nacer. ¡Por cierto! —Se separó un poco para poder mirarme a los ojos—. El sábado es la cena, pero oye, antes quiero veros a ti y a Rebeca. ¿Cenamos esta semana en el NCISushi?

—¡Oh, Dios! ¿Estái embarazada? —le contesté tapándome la boca y casi gritando.

—No, no estoy embarazada. Sólo que hace días que no estamos las tres juntas y creo que a Becs le vendrá bien... Lleva días desaparecida.

—¿Veí? No me ha gustado cuando Pamela lo ha dicho... Yo creo que le pasa algo... ¿Tú no sabí nada?

—No. Creo que tiene mucho trabajo, pero me extraña que no me haya llamado. Sólo contestó a mis mensajes... La verdad es que me tiene un poco preocupada.

Suspiré e hice una mueca de preocupación mezclada con dudas.

—¿Bajái en la siguiente conmigo o tení que bajar en la de tu casa? —le pregunté cambiando de tema.

—Bajo contigo mejor. Así ando y estamos un rato más juntas.

Cuando llegamos cerca de mi casa le pregunté si quería subir y así me ayudaba con la ropa para la cita. Alexandra nunca dice no. Literal. Nada más entrar en casa, puso las bolsas de ropa sobre la mesa, sacó un par de cervezas, agarró un puñado de manís y se dejó caer en el sofá.

—¡Vale, va! ¡Pase de modelos!

—¿Estái preparada para ver a la mina más sexi de todo Chile?

—¡Venga! ¡Que salga ya esa divinidad!

Dio algunas palmadas y dejó soltar un aullido.

Después de probarme algunos conjuntos, salimos al balcón a fumar.

—¿Sabí qué? Os he buscado sustitutas, po.

—¿Cómo?

Se rio levantando las cejas con incredulidad.

—Bueno, los domingos siempre estái con Leo y Becs siempre tiene algo que hacer. Así que recién empecé a ir a un language exchange, pero no es el típico para ligar. Es grupal.

—Eh, ¡qué guay! ¿Y la gente que va es maja?

—Sí, sí. Conocí a una chica taiwanesa y nos miramos este viernes por la tarde para tomar algo.

—Te vendrá bien conocer personas que no sean hombres —dijo en broma.

—¡Erí bien idiota! —le contesté riendo y le di un pequeño golpe en el brazo, al que respondió con una mueca.

Capítulo 13. Rebeca

Esa semana no fui a trabajar. El lunes escribí un email diciendo que me encontraba mal. No quería ver a Ahmad, ni a nadie. Las niñas habían quedado para ir de compras, pero no tenía ganas de estar con ellas y menos sabiendo que no estaríamos solas las tres. Recién recibí un whatsapp de Alex con una foto de ella y Vale brindando sonrientes. «Faltas tú, cerdis». No sabía qué contestar. Sólo me quería esconder, cerrar los ojos y dejar de sentir. ¿Por qué tenía que amar tanto? ¿Por qué me tenían que doler tanto las cosas?

Mi «cel» no dejaba de sonar. Ahmad había llamado varias veces desde que me fui de su casa. Hasta había dejado un mensaje en el contestador. No esperaba que en el siglo XXI todavía se hiciera eso. Sonó el «cel» una vez más. Alexandra.

—¿Sí? —me temblaba la voz.

—¿Estás bien?

No pude hablar, respondí rompiendo a llorar.

—¡Becs! ¿Qué pasa? ¿Vengo a tu casa? ¿Quieres venir tú?

Seguía sin contestar a sus preguntas. Sólo lloraba y sollozaba, hasta que, por fin, le pedí que viniera.

Media hora más tarde sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta y nos abrazamos de un sólo.

—¿Qué pasa? —me preguntó asustada.

—¡Está casado! ¡Está casado! ¡El hijo de puta está casado!

Y me aferré a ella llorando y berreando como si fuera un bebé recién nacido. Alexandra me acarició la espalda y el pelo unos minutos y dejó que llorara en sus brazos, mientras intentaba calmarme con un ssh. Cuando me relajé un poco, nos sentamos en la cama.

—Oye, ¿tienes vino o es una mala idea?

—Agárralo de la «refri». He bebido bastante estos días sola, pero creo que estando las dos no me hará mal.

Salimos a la terraza con la botella y un par de tazas. Había dejado que mis únicas dos copas se apilaran en el lavamanos junto con el resto de platos y utensilios sucios. «Cuéntame», me dijo tranquila, mientras servía el vino en las tazas. Suspiré.

—Te hice caso y le pregunté sobre nosotros y le dije que no me sentía cómoda con nuestra relación, que había un montón de cosas que no me quedaban claras... Cosas que no veía bien. —Hice una pausa, agarré aire y seguí—: Al principio me dijo que él no me puede amar, que todo es bien complicado... y... luego me dijo que yo soy la primera, su amor. Pero que él está casado con una mujer de su país desde hace ocho años.

—¿Ocho años? ¿Tienen hijos?

—Sí. Tienen dos niños, varones... —Apreté mis labios y miré al cielo intentando aguantar las lágrimas—. Me dijo que es un matrimonio de conveniencia, que sus familias lo habían acordado pero que él es infeliz y que está enamorado de mí. Dice que ni siquiera duerme con ella cuando va para allá.

La cara de Alex era un poema. Estaba claro que no se creía ni una palabra de lo que me dijo Ahmad y no sabía qué responder. Al final, habló.

—Puede que sí, que tenga razón. Tampoco son tan inusuales los matrimonios arreglados en su país, pero lleváis más de un año de relación y hay cosas que no me cuadran. Te lo hubiera podido decir antes, por ejemplo. O podría empezar a venir a alguna de nuestras cenas... ¡Ni siquiera nos conoce!

—Lo sé... ¡Hay tantas cosas! Y no quiero sentir todo esto por él. Estoy mal. Pienso cosas que nunca me hubiera imaginado que pensaría. Lo amo. Ahora lo tengo claro, cerdis. No estaría así si no lo amara.

—Entiendo que lo quieras, pero yo también me he enamorado de gente que no merecía la pena. ¿Te acuerdas cuando tuve algo con ese capullo de la «uni»? Yo pensaba que estaba enamorada de él, pero ahora creo que no, que sólo es que me dolió tanto lo mierda que fue conmigo que llegué a pensar que sentía algo por él. Pero no, no lo quería, no estaba enamorada de él, sólo me hizo daño y puede que a ti te pase igual. El dolor no significa que lo ames, sólo significa que te ha hecho daño, que te quieres a ti misma y que por eso te duele cuando alguien juega contigo y te trata mal, porque sabes que no te mereces esto y que has perdido tu tiempo con un tío que no vale la pena.

—¡Pero no es un amigo con derechos de la «u»! Ya no somos niños, no estamos jugando, vos. Llevo un año perdiendo el tiempo con él. ¡Me hizo hacer un test de E.T.S.20!

—¡Ahora sabes por qué!

Estaba siendo dura conmigo, pero necesitaba un golpe de realidad.

—¿Creés que dejará a su esposa por mí? ¿Creés que él siente lo mismo o ha estado jugando conmigo?

Mis ojos iban de acá para allá intentando detectar algo en su cara, pero ella sólo suspiró, se pasó la mano por los ojos, pensó unos segundos y luego contestó.

—No creo ni que se pueda divorciar... —Y negó lentamente con la cabeza. Me agarró de la mano—. No sé si siente lo mismo que tú. Esto sólo lo sabe él. Lo único que sé es que estás mal y que esta relación es tóxica para ti. Sé que soy dura contigo, pero alguien tiene que enfrentarte a lo que está pasando. Te lo digo porque yo sí te quiero. Eres como una hermana para mí y no quiero que llores por algo como esto. Jode, claro que jode. Y claro que te duele esta situación, pero piensa que has perdido mucho tiempo ya…No pierdas más. Aléjate de él.

—Pero no quiero alejarme de él —contesté mientras mis mejillas se inundaban de lágrimas.

—Aléjate de él. Por lo menos sentimentalmente. Sé que es tu jefe. Sé que te lo seguirás tirando. Porque te conozco y sé que lo harás. Pero corta cualquier vínculo emocional. Piensa como Valeria.

Y esto último provocó una suave sonrisa en mi cara, que contrastaba con las lágrimas y los ojos rojos.

Estuvimos toda la noche hablando de eso. Alex estuvo escuchando todo lo que tenía que contarle. Sentí que, por fin, todo el dolor que llevaba dentro brotaba. Todos mis sentimientos salían a la luz y poco a poco me iba sanando.

«Puede que sí, puede que al final me recupere de esto», pensé.

Capítulo 14. Valeria

Vivir en Asia para terminar comiendo sushi californiano y otras cosas sin sentido que hacíamos en Taiwán, el título de nuestra película. Quedamos en la salida 5 de la estación de metro Nanjing Fuxing para ir a cenar a nuestro restaurante de sushi favorito, donde hacían sushi occidental y patatas fritas con doble de queso y cebolla caramelizada. Todo muy asiático...

Llegué la primera, Alex ya había adoptado encantada algunas de las tradiciones más latinas y llegó la última. Cuando estuvimos las tres, fuimos a NCISushi y pedimos todos los rollitos más picantes y calóricos del restaurante.

—Bueno, ¿qué tal la cita con el francés? —me preguntó Alexandra.

—¡Genial! Muy bien... —contesté alargando la u y agrandando mis ojos.

—¿En serio? ¿Con un francés te fue muy bien? —preguntó Becs, que no se había enterado de nada y sabía de la aversión que sentía por los franceses.

—Es que era moreno —dije en voz bajita y riendo, como si le contara una travesura.

Y todas reímos. Me encantaban las cenas a tres. Era una ocasión perfecta para ponernos al día, reír, comer, beber y, en definitiva, cargarnos de buenas vibras.

—¡Oh, oh! ¿Vieron el horóscopo de esta semana?

Se rieron.

—¡Vale! Léenos el horóscopo, va —contestó Alex sonriendo con las mejillas rojas de la cerveza.

Saqué mi «cel» y empecé a leer qué les deparaba para esa semana. Empecé por Becs, porque salió antes y luego leí el horóscopo de Alex.

—Vaya… El horóscopo no dice nada de por qué quería veros antes del sábado —dijo fingiendo estar sorprendida y conteniendo su sonrisa.

—Oh… Señor oráculo. ¿Está Alex embarazada? —siguió Becs, con los brazos abiertos y mirando al cielo.

—Parece que no se ha enterado el oráculo. Creo que va con delay21 por el Internet o algo. Bueno... —Hizo una pausa dramática—. ¡Leo y yo nos casamos!