Lucha eterna - Marisol Belén Grade - E-Book

Lucha eterna E-Book

Marisol Belén Grade

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Beschreibung

«Una risa cruel y estremecedora se oyó en la sala principal y desde aquel día, la ciudad de Voda se sumió en la oscuridad». Cuando recobré la conciencia y me encontré en aquella habitación oscura no supe que mis días estarían contados y que cada decisión sería muy importante. Grité a los cuatro vientos, liberando mis miedos. Porque nada era lo que parecía y la venganza… estaba más cerca que nunca. «Por favor, escapa; y hazlo antes de que él te encuentre».

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Ilustración de escudo: Candela Lourdes Insaurralde.

Mapa: Inkarnate.

Corrección de interior: Ailín Calire.

Grade, Marisol Belén

Lucha eterna : fuego y agua 1 / Marisol Belén Grade. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

210 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-886-1

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Grade, Marisol Belén

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Para todos aquellos que creen en la magia de la vida, y que no se rinden ante la adversidad.

Pruébale al mundo de qué eres capaz.

La suerte está echada.

Bienvenidos

No hay ningún lugar seguro para esconderse

no puedo escapar de las consecuencias.

Siente el fuego llover

y ve las sombras que se elevan por todas partes.

No puedo escapar de las consecuencias.

Fallout. UNSECRET; Neoni

Prólogo

El amplio salón se encontraba helado por las frías temperaturas de la estación. A través de los ventanales se filtraba una luz grisácea, como si el clima supiera que ese día sería trágico.

Al fondo de aquella habitación unos pasos, nerviosos, resonaban en el mármol pulido del suelo.

—Ya está hecho, señor —dijo un hombre que portaba el uniforme azul de la guardia real.

—Tráiganlo aquí. ¡Ya! —vociferó.

El varón se limitó a asentir en un gesto rápido y se retiró del lugar, cumpliendo las órdenes de su superior.

Minutos más tarde, el uniformado regresó a la sala en compañía de otro guardia quien le ayudaba a arrastrar a un hombre, de quien solo se podía distinguir su cabello rubio manchado de sangre, dado que su rostro se trataba de una masa amorfa y amoratada, producto de los golpes recibidos.

—Miren a quién tenemos aquí —dijo el cabecilla de aquella violenta situación.

Los guardias arrojaron al joven al suelo, quien de inmediato comenzó a levantarse.

Una vez de pie, escupió aquel líquido carmesí que emanaba de sus heridas y miró hacia delante, enfrentando a su mayor enemigo.

—¡Eres un desgraciado! —gritó.

—¡Cállate! Yo sí tendré la capacidad de portar el título que a ti te sobra, no tienes poder ni decisión.

El hombre, ya malherido, recibió un último golpe que lo arrojó al suelo otra vez, como si se tratase de una bolsa de papas.

—Enciérrenlo, allí permanecerá hasta el día de mi muerte, o, mejor aún, de la suya —ordenó.

Una risa cruel y despiadada se oyó en la sala principal.

Desde aquel día, la ciudad de Voda se sumió en la oscuridad.

Lucha eterna

Capítulo 1

La música sonaba estruendosa en aquel lugar, en tanto yo me arrepentía de ceder a los insistentes pedidos de Vanesa de que la acompañara al Club Déjà Vú; todo fuera por no dejarla sola en su primera cita. En ese momento, ella bailaba con su chico, mientras yo me aburría como un hongo en un jardín sin humedad.

Todos se encontraban en la pista, cuerpo con cuerpo, bailoteando sin cesar. Cuánto odiaba todo aquello. Me gustaba bailar, pero en ese momento tenía otras cosas en mente que no me permitían relajarme por completo y disfrutar del lugar.

Acababa de culminar mi último año de colegio y solo restaba buscar mi diploma para comenzar la «vida adulta». El próximo paso sería inscribirme en alguna Universidad, sin embargo, aún no había decidido cuál.

Por otro lado, faltaban tan solo dos días para que se cumplieran seis años del asesinato de mi padre, un hecho que aún me dolía recordar.

Suspiré y miré la pulsera que decoraba mi muñeca derecha; el último regalo que él me había hecho. Se trataba de una simple cadenita plateada, la cual poseía una especie de placa rectangular con la palabra «princesa» grabada en ella, cuyos finos trazos estaban rodeados por diminutas piedrecitas azules. Desde que tenía memoria, él me llamaba de esa manera: su pequeña princesa; la niña dulce que, poco a poco, se había transformado en una joven un tanto insegura y rencorosa con la vida por haberle arrebatado a su héroe.

Dolía recordar la escena de aquellos hombres bajando de un coche, para luego llevárselo a rastras. Dolía rememorar a mi madre corriendo para sacarnos a mi hermanito y a mí de ese lugar. Pero, sobre todo, me destrozaba pensar en la última mirada que él me había dirigido y aquel «lo siento» que sus labios habían articulado.

Pero, aun así, allí me encontraba, rodeada de personas con más alcohol que sangre en las venas.

Hastiada, comencé a caminar, alejándome de la sobrepoblación humana que reinaba en aquel pequeño salón. Me quedé parada cerca de la barra y miré mi celular, constatando que apenas eran las tres de la mañana. Con total aburrimiento, miré mis redes sociales, hasta que me sentí molesta…, intimidada.

Alguien me observaba.

Alcé la vista, buscando, entre todas aquellas personas, a quien me tenía en su mira. Mi sexto sentido jamás fallaba.

En una zona alejada de la muchedumbre, cerca de los sanitarios, se hallaba de pie un chico alto. Si las luces no me engañaban, su cabello era castaño o, quizás, negro. Sus ojos oscuros observaban mis movimientos y parecía no molestarle el hecho de que lo hubiera descubierto. No me dedicó una sonrisa ni tampoco una mirada atrevida, típica de aquellos que deseaban invitarte a bailar, sino que me observaba con seriedad, quizás hasta con… ¿preocupación?

Miré mi celular en cuanto lo sentí vibrar. Se trataba de una notificación sobre cómo estaría el clima durante los próximos días. Bufé, aburrida.

Alguien se paró frente a mí y me tomó por el antebrazo, antes de que pudiera levantar la mirada. Sonreí al reconocer aquel reloj negro en su muñeca. Se trataba de Ignacio, el hermano mayor de mi amiga.

—Mer, vuelve a casa; yo me encargo de llevar a Vanesa. No pienso dejarla sola por muy simpática que parezca esa«rata»—dijo, acercándose a mí.

Reí y negué con la cabeza, divertida por la expresión que había utilizado para referirse a la pareja de Vanesa. A veces era demasiado sobreprotector y me divertía escuchar los apodos que les daba a todos aquellos que se acercaran a su «hermanita».

Pasé mi brazo sobre su hombro, en un cálido abrazo, y susurré un «gracias» cerca de su oído. Estaba salvándome de una desgraciada noche. Ignacio sonrió y se alejó, perdiéndose entre la multitud mientras buscaba a sus amigos.

De inmediato, le envié un mensaje a mi hermano, para que pasara a recogerme. Tomás tenía quince años, pero ya conducía, por lo que era él quien solía sacarme de estas situaciones.

Para mi suerte, Tomás contestó de inmediato, comunicándome que en diez minutos estaría por allí, ya que se hallaba en la casa de unos compañeros, que se encontraba bastante cerca. Perfecto.

Con la mirada, busqué a mi amiga entre aquel tumulto, pero no logré hallarla, por lo que decidí enviarle un mensaje a Nacho, antes de salir al exterior.

Cuando el aire fresco de la noche primaveral me abrazó, agradecí haberme vestido con un jean y una remera de mangas cortas.

Caminé por la calle de asfalto, pateando un par de piedras que encontraba en mi camino, y me detuve a unos cincuenta metros de la puerta del club. Los guardias aún se encontraban en su posición habitual, controlando a las personas que ingresaban.

Miré mi celular de nuevo, descubriendo que eran casi las cuatro de la madrugada, en el mismo instante en el que me percataba de que alguien caminaba detrás de mí.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

Sentí miedo.

Me giré hacia la izquierda y un hombre enorme tapó mi boca con un paño, impidiéndome pedir ayuda. Desesperada, busqué auxilio con la mirada, notando que todos estaban en su mundo; al día siguiente se enterarían de la desaparición de otra joven en la ciudad y se lamentarían por ello, aun cuando podrían haber hecho algo para impedirlo.

El miedo invadía cada célula de mi cuerpo, mientras luchaba por liberarme, sin embargo, para aquel mastodonte, mi peso era el de una pluma.

Entre el caos vertiginoso que mi mente producía, percibí que alguien corría hacia mí. Se trataba de un ¿hombre?, ¿un chico? No tenía ni la más mínima idea.

Lo último que recuerdo es que sentí un fuerte impacto en mi cabeza, antes de que mi cuerpo golpeara el helado pavimento, mientras un joven tomaba mi rostro y gritaba con desesperación:

—¡Merlía, despierta!

Capítulo 2

Cuando recobré la consciencia, un dolor punzante atravesó mis sienes. Me removí incómoda, percatándome de que me hallaba en una superficie mullida y suave, mientras que el ambiente se sentía cálido. Abrí mis párpados y noté que me encontraba sumida en la oscuridad.

Estiré mi brazo, intentando desperezarme, y sentí una molestia del lado derecho de mi torso. Fruncí el ceño, desconcertada, pensando que quizás me había lesionado la noche anterior al salir del club. De inmediato, pequeños pantallazos de imágenes surcaron en mi mente.

¡Habían intentado raptarme!

Entonces, ¿dónde estaba?

A pesar del cansancio y la pesadez que notaba en mi cuerpo, me senté al borde de la cama. Los dedos de mis pies rozaron la fría cerámica del suelo.

Levanté mi rostro para ver a mi alrededor y me sobrevino un mareo. Apoyé mi mano en la parte trasera de mi cráneo, en donde sentía una molestia latente, y percibí que tenía una especie de chichón. Había recibido un golpe y, al parecer, el autor de ese impacto había descargado en mí la ira que había acumulado por Dios sabe cuánto tiempo.

Miré hacia ambos lados y vi un poco de claridad a mi izquierda, en donde se notaban unas cortinas. Me levanté y me acerqué al lugar, dubitativa. Una vez allí, aparté la tela, dejando al descubierto unos afiches que habían sido pegados al vidrio, impidiendo que la luz entrase en la habitación. Quité un trozo de papel y miré hacia el exterior con curiosidad, comprobando que la habitación en la que me encontraba daba a una calle poco transitada. Miré la acera de enfrente, descubriendo una casa rodeada por un jardín cuidado, con enormes árboles y flores de todo tipo.

Si habían intentado secuestrarme, ¿quién en su sano juicio me encerraría en una casa en medio de la ciudad, con las ventanas descubiertas y sin rejas?

Me dije que algo de todo aquello no tenía sentido.

Con esta última reflexión dando vueltas en mi cabeza, forcé mi mente al máximo, tras lo cual pude recordar un poco más de la noche anterior. La última imagen que pude evocar era la de un joven que corría hacia mí, gritando algo que no podía recordar con claridad.

Me giré, dándole la espalda a la ventana y notando como mis pupilas comenzaban a dilatarse, buscando«algo» entre las sombras. Luego de que mi vista se acostumbrara a la penumbra, me percaté de que un haz de luz se proyectaba en el suelo. Había encontrado la puerta, detalle que antes me había pasado desapercibido.

Me acerqué con lentitud, mis pies ya se habían acostumbrado a la cerámica, y a tientas logré asir aquel picaporte que moví hacia abajo, comprobando que la puerta se encontraba sin ningún tipo de traba. Con cuidado, empujé la oscura madera y las bisagras emitieron un leve chirrido al moverse, tras lo cual un rayo de claridad me dio la bienvenida a un pasillo de paredes azules y un suelo de un blanco amarillento.

Giré la mirada hacia mi derecha, observando que había dos puertas; una, casi frente de donde me encontraba, que debía dar acceso a una habitación, y, otra, hacia el final del corredor, que resultó ser la entrada a un baño; algo que pude saber con certeza gracias a que alguien había dejado la puerta abierta y podía divisar la silueta de un lavamanos.

A mi izquierda, el corredor se abría, dando paso a la cocina, hacia donde me dirigí. Al llegar al umbral, observé todo lo que allí había. Las paredes y el suelo eran idénticos a los del pasillo que acababa de atravesar, en una esquina había un pequeño refrigerador, mientras que el resto del espacio era ocupado por un horno, un armario y una mesa estrecha, rodeada por cuatro sillas. En una de las paredes había una abertura que debía comunicar con la sala de estar. Pude deducir esto dado que se oía el sonido de un televisor encendido. Al parecer, estaba sintonizado en un canal en el que pasaban una película. Me dirigí hacia allí y pude ver que se trataba de una habitación pequeña con un sillón para dos personas, una mesa ratona, dos butacas individuales y el televisor anclado a la pared.

—Por fin despiertas —dijo una voz grave, sobresaltándome y haciéndome volver la vista en su dirección.

Un joven se encontraba de pie mirando a través de un ventanal, antes de girarse hacia mí, permitiéndome reconocerlo al instante.

—¿Tú? ¿Quién eres y por qué estoy aquí? —pregunté.

—Primero, de nada. Si no hubiera llegado a tiempo, ahora quizás estarías muerta —contestó, apático.

Miré en detalle su rostro ovalado, analizándolo. Tenía el cabello castaño, tal como había notado la noche anterior; sus ojos eran de un extraño tono: mezcla de marrón y cobre y era unos centímetros más alto que yo. Esta vez llevaba una remera roja y unos pantalones deportivos.

—Gracias —susurré.

—Ahora sí, perfecto. Respondiendo a tu pregunta, me llamo Valentín Fierse, estás aquí porque te salvé de un secuestrador que te golpeó y te dejó inconsciente.

—¿Cómo sé que no eres uno de ellos y piensas matarme? —indagué, recelosa.

—Linda, con la cantidad de preguntas que haces, créeme que ya estarías muerta —respondió con sorna.

Me quedé muda ante tal afirmación. Este chico me había salvado, pero vaya que tenía un humor de perros.

—¿Puedo irme? —inquirí.

—¿En serio lo preguntas? Por supuesto, en la habitación están tus zapatillas y tu celular, pensé que lo habías visto. La puerta está en la cocina, abierta —explicó.

Recorrí la distancia que me separaba de la habitación en la que había despertado, encendí la luz, con una tecla que antes no había visto, y agarré mis cosas. Miré la pantalla de mi celular, constatando no tenía ningún mensaje de mi familia, lo cual me resultaba demasiado extraño.

—Me tomé la libertad de llamar a tu hermano. Usé tu huella dactilar para desbloquearlo. Tu madre piensa que estás en casa de tu amiga —dijo Valentín, apoyado en el marco de la puerta.

—¿Así de simple? —interrogué, extrañada.

El chico asintió, con una expresión impasible. Me parecía extraordinario que mi madre no hubiera hecho demasiadas preguntas acerca de mi paradero; sin embargo, eso significaba que mi hermano había planeado una buena mentira.

—¿Dónde estamos?

—A cuatro manzanas de tu casa. Puedes ir caminando, ¿o necesitas que te acompañe? —preguntó, alzando una ceja.

Me negué y le agradecí de nuevo, antes de dirigirme hacia donde me había indicado que se encontraba la salida.

—Una última cosa, ¿por qué me observabas anoche en Déjà Vú? —pregunté, girándome, al llegar a la puerta.

Mi duda pareció tomarlo por sorpresa, pero pronto recuperó la compostura.

—Me atraías —respondió, con simpleza.

—Ah, bien…, adiós —dije, tajante.

Cerré la puerta y caminé por la vereda. Tenía razón, me encontraba cerca de mi casa. ¿Cómo era posible que nunca lo hubiera visto por allí? Sin embargo, esa pregunta fue rápidamente reemplazada por otra: ¿en serio le había parecido guapa o veía algo más? Su respuesta no podría haberme dejado más desconcertada.

Pero ¿por qué me preocupaba?, al fin y al cabo, ¿quién rayos eran Valentín Fierse?

Capítulo 3

Luego de caminar por un par de minutos, llegué a la entrada de mi casa. Cansada, abrí la pequeña valla de rejas que daba paso al jardín y atravesé el estrecho sendero hasta la puerta de caoba, decorada con pequeñas ondas en los bordes; abertura que mi padre había encargado a un tallador que se hallaba de paso en una feria, hacía varios años.

Giré la manija dorada y entré, esperando encontrar a mi madre en la sala como cualquier otro domingo. Pero no estaba allí.

—¿Mamá? —susurré.

Nadie respondió, sin embargo, percibí un ruido de pasos en las escaleras. Una vez que el dueño de las pisadas llegó al último escalón, pude ver que se trataba de mi hermano, que llevaba una mochila en las manos.

—¡Hey! —saludó al verme.

—Tomi, ¿dónde está mamá? —pregunté.

—En la cocina, viendo los diarios online. Después tengo que hablar contigo —murmuró.

Me dedicó una mirada cómplice y se giró, echando a correr por el pasillo mientras yo me encaminaba hacia la amplia entrada de la cocina. Y allí estaba mamá, sentada a la mesa, con su cabello castaño suelto, la computadora frente a ella y sus lentes de lectura.

—Cariño, ¡has llegado! —exclamó, percatándose de mi presencia.

—Sí, ¿cómo estás, mamá?

—Bien, revisando las noticias del día. ¿Qué tal estuvo anoche? —interrogó, mirándome por encima de los lentes.

—¡Excelente! Nacho también había salido, así que él nos acercó hasta su casa. Estábamos muertas de sueño, por lo que nos acostamos enseguida —respondí, animada.

—Algo me comentó Tomás, estaba dormida así que apenas recuerdo a qué hora volvió —contestó, dejando escapar una risa.

—Sí, le avisé a él porque supuse que estarías cansada por el trabajo —expliqué, con mi mejor sonrisa—. Mamá, iré a darme una ducha —comenté, señalando hacia arriba, en donde se encontraba mi habitación.

Ella asintió, sonriendo, con el cansancio grabado en su mirada. Trabajaba en su pastelería de lunes a sábados, y, a veces, los domingos por la mañana atendía algún pedido especial. Tener un emprendimiento resultaba agotador.

Tras un último vistazo a mi madre, giré sobre mis talones y me encaminé hacia las escaleras. Sentía una punzada en mi pecho, pero le resté importancia, asumiendo que se debía a un vestigio de nerviosismo por lo ocurrido la noche anterior. Me faltaba una parte de la historia, sin embargo, estaba segura de que pronto la descubriría. Lo haría, costase lo que costase.

•••

Me recosté en la cama, aún con el cabello mojado y revuelto, y prendí la computadora, dejándola en mi regazo. En cuanto se encendiera comenzaría con mi búsqueda.

Mientras esperaba que el ordenador iniciara sesión, tomé el peine que se hallaba en la mesa de luz y comencé a desenredar aquellas extensas hebras rubias que adornaban mi cabeza. Tenía el cabello bastante largo y hacía meses que no pisaba una peluquería, ya había aprendido a cortarme las puntas por mi cuenta.

Me paré, busqué una toalla y terminé de secarlo, dejando que las ondas se acomodaran a su gusto sobre mi pecho y espalda.

Cuando regresé a la cama, la computadora ya estaba encendida, abrí el buscador, teniendo como punto de partida los diarios locales.

No encontré nada referido al intento de secuestro, lo cual me llevaba a pensar en que nadie se había enterado, o bien hacían la vista gorda ante hechos como aquel.

Un poco decepcionada, entré a las redes sociales. En la página de inicio no hallé nada interesante, tan solo algunas fotos de adolescentes que habían salido la noche anterior, chistes y canciones un poco melancólicas.

Ingresé al buscador e introduje aquel nombre que no dejaba de resonar en mi mente: Valentín Fierse; sin embargo, no había nada que coincidiera con lo que buscaba. Presioné la tecla de resultados aproximados y me aparecieron varios «Valentines», que al parecer se hallaban en la ciudad.

Comencé a bajar por la página hasta que un usuario llamó mi atención. Valentín AFs. Me sonaba muy familiar, por lo que hice clic en el nombre y, de forma automática, la página me redirigió a su perfil.

Mi intuición no me había fallado. En la imagen del usuario se veía la silueta lejana de un joven apoyado contra un árbol, con un atardecer de fondo. Profundicé en la página hasta que me topé con una foto tomada desde un ángulo más cercano. ¡Lo había encontrado!

Observé la fotografía en detalle, su rostro de facciones marcadas no tenía hoyuelos ni grandes pómulos, sus ojos eran de un color cobrizo, extraño, y que le sentaba divino. Me detuve en seco, parpadeé repetidas veces y meneé la cabeza, alejando de forma brusca aquel pensamiento. No era momento para adular su belleza.

Cerré la imagen y busqué algo de información que pudiera servirme. No había manifestación de colegios o tipo de estudios y tampoco aparecía la edad. Aquello me llevó a pensar que no era nada tonto; sus datos personales, al parecer, los mantenía en privado.

Al pasar la vista por una foto, me frené en seco, al comprobar que tenía un tatuaje.

Valentín se encontraba de espaldas y en su nuca se podía ver una extraña línea sobresaliente. Saqué captura de esto y, acto seguido, abrí un editor de imágenes. En mis tiempos libres, osaba tomar la cámara de mamá y sacaba —por lo general— primeros planos o detalles. Utilicé una herramienta de enfoque y agudicé mi vista, ya que la calidad no era muy buena, sin embargo, pude distinguir una curvatura, como si se tratara de una letra en cursiva.

Un poco desanimada por el escaso descubrimiento, regresé a su perfil y me detuve en algo de lo cual no me había percatado hasta ese momento: los amigos en común.

¡Bingo! Por una gran casualidad, lo llamaré así por puro sarcasmo, mi hermano lo tenía entre sus amistades, al igual que mi mejor amiga. Ya sabía cuál sería mi próximo paso: interrogarlos.

Cerré sesión y apagué el ordenador, el cual estaba bastante caliente por culpa de que había olvidado darle un espacio de ventilación. La dejé sobre el escritorio y corrí escaleras abajo. Tomás me debía una gran —y deseaba que así fuera— y útil conversación.

Descendí con un trote rápido y me asomé a la cocina.

—¿Mamá?

—¿Sí? Espera un segundo, Mer, déjame terminar con esto —pidió.

Puso las verduras en una olla negra y se dio vuelta mientras secaba sus manos en el delantal lila que pendía desde su cuello hasta las caderas. Sus ojos grises me escrutaron con detenimiento y curiosidad.

—Mami, ¿Tomás está en casa? No he visto que fuera a su habitación.

—No, salió con sus amigos al parque —comentó.

—Oh, vaya, no hay problema, quería pedirle algo prestado —expliqué, con mi mejor mueca de niña inocente.

—Tómalo de su habitación, no se enterará —dijo, sonriendo con picardía.

Le devolví la sonrisa y, tras girarme hacia el pasillo, subí las escaleras hacia la habitación de mi hermano en busca de aquel objeto que no necesitaba, mientras rogaba que volviera temprano, si no, la curiosidad terminaría matándome.

Miré la ropa que se encontraba sobre la silla de mi habitación y decidí ordenar y limpiar todo, una tarea que solía hacer los fines de semana.

Ya casi era el mediodía cuando terminé mis quehaceres y me propuse ir a la cocina y pasar más tiempo con mi madre. Al bajar, sentí un exquisito aroma a sopa, para ser más concretos, de lentejas. Amaba esa comida y mi madre lo sabía.

Cuando entré en la cocina, la encontré revolviendo aquel manjar con una cuchara de madera, para que no rayara la olla; había escuchado aquello tantas veces que no podía evitar recordarlo siempre. En cuanto se percató de mi presencia, se giró hacia mí y, con la mirada, me invitó a ayudarla.

Me acerqué a la mesada, separé los residuos orgánicos en una fuente verde y tomé la esponja, para limpiar la tabla de picar y otros cubiertos.

—Entonces, ¿todo bien anoche? Te veo un poco cansada —preguntó.

—Sí, todo estuvo genial. Cuando salimos del lugar, tenía una migraña horrible. No creo que pueda acostumbrarme al ambiente nocturno —expliqué.

—No dudo que lo haces por Vane, nunca sentiste interés por ir a esos sitios —dijo, en tono comprensivo.

Asentí, mientras guardaba unos cuchillos en el cajón de la mesada.

—¿Y no había ningún chico guapo? ¿Bailaste sola? —preguntó, con interés, mientras yo me giraba hacia el comedor, dispuesta a poner los platos, aprovechando aquello para ocultar mi rostro enrojecido, el cual podía delatarme y sintiendo un nudo en mi estómago.

—Nadie. Bailé un rato con Vane, otro rato con Nacho y después me senté en una esquina con mi mejor cara de «no se me acerquen».

La escuché reír ante ese último comentario. Nunca les había dado chances a los chicos de mi edad; mucho menos, cuando solo pensaban en salir a bailar y tomar. Eso me desagradaba. Mi «partido ideal» eran los chicos nerds, con miles de temas de conversación; sin embargo, tampoco había encontrado a nadie con esas características.

Tenía expectativas altas y de eso solo podía culpar a los libros, los cuales estaban repletos de hombres increíbles y detallistas.

Aunque…, quizás, Valentín tenía «ese» algo que a veces se veía en las novelas juveniles. Un aire de misterio y seguridad constante. Pero —siempre había un «pero»—su tono irónico y a la defensiva le quitaba todo el encanto.

Me reí sola. Entendía muy bien por qué me chocaba esa parte de él: porque yo también era así.

Mi madre y yo nos sentamos a la mesa y comimos mientras conversábamos de su trabajo y de los encargos que debía entregar la próxima semana.

Una vez que terminamos, tomé los platos y me encaminé a lavarlos y guardarlos en el sitio que les correspondía, mientras mi madre ordenaba un poco el comedor, antes de revisar las cuentas de su negocio.

Sequé mis manos con el trapo de cocina y me dirigí en silencio a mi habitación. Deseaba dormir.