Lunes - Eli Ríos - E-Book

Lunes E-Book

Eli Ríos

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Beschreibung

Nerea tiene la vida organizada. Puede considerarse una mujer de éxito según el estándar que marca la sociedad: es funcionaria, madre y está casada, además de tener casa propia. Sin embargo, un lunes recibe un diagnóstico de cáncer de mama que lo cambia todo. Se va a morir y tiene apenas dos meses por delante y mil cosas pendientes que no pueden quedarse sin resolver. Muy poco tiempo y, a la vez, suficiente para darse cuenta de que su realidad no le permite encontrar un modo de enfrentarse a esta situación. Con la certeza de la muerte agazapada en todos los rincones, toma consciencia de una realidad que no siempre es lo que parece. Una realidad oculta a plena luz. Lunes está escrita con una técnica arriesgada, valiente e innovadora que prescinde de ornamentos y consigue hacernos partícipes del día a día de su protagonista. Esta obra, ganadora del Premio Torrente Ballester de narrativa en lengua galega 2016, nos llega ahora traducida al castellano para seguir conmoviendo a quien la lea.

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Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2022

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«Orgánico. Macizo. Vibrante. Una caja de resonancia para los rugidos que día tras día se nos coagulan en las entrañas». —Miren Amuriza

«La prosa percutidora de Eli Ríos dibuja esa lucha frenética, visceral, sin concierto, contra el avance inexorable de la muerte. En esa tensión, Nerea revisará no solo las razones de su existencia, sino también su condición de mujer». — La Voz de Galícia

«Una novela intensa, como se ve, poseedora de un ritmo vertiginoso que desvela muchos abismos. Esta prosa de Eli Ríos hiere como si se hubiera escrito con el filo de una navaja. Siempre son muy necesarios este tipo de libros». —Ramón Nicolás

«Este libro es tremendamente necesario, no porque nos vaya a dar respuestas, pero sí porque hará que nos cuestionemos muchas cosas». —La Farmacia Literaria

«Luns no es un libro más. Es imposible pasar por él sin heridas o sin reflejarse en alguno de sus personajes o situaciones. Una novela que es necesario leer para abrir los ojos a la realidad y que muestra la figura de una mujer desde la subalternidad que le ha otorgado la historia falocéntrica. El final, de una potencia desgarradora, pone el cierre a una obra visceral, carente de didactismo expreso y lamentablemente realista». —Palabra de Gatsby

«Nere, la protagonista, es un personaje femenino perfilado con solvencia que se echa un pulso a sí misma ante una situación vital dramática». —El Ideal Gallego

«Una narrativa subyugante, frenética, visceral y revulsiva que se asienta en la cotidianeidad de una mujer con cáncer. Pero esto no es todo, Luns se erige en espejo de nuestra sociedad en el que mirarse. Sin edulcorantes. Para moverse. Para movernos». —Belén Bouzas, Nós Diario

«En mi valoración, creo que muy pocos narradores de nuestra literatura han utilizado con tanta destreza estrategias narrativas como el flujo de conciencia y el monólogo interior». —Francisco Martínez, Faro de Vigo

«Muy poco tiempo y al mismo tiempo el suficiente para darse cuenta de que su verdad no le permite encontrar la forma de afrontar la situación. Con la certeza del asesinato rondando cada esquinazo, toma conciencia de una verdad que no siempre es lo que parece. Una verdad escondida a plena luz del día. Luns, premio Torrente Ballester de novelística en 2016, está escrito con una técnica arriesgada, robusto e innovadora, que va sin adobe y logra conmover, logrando involucrar a quienes lo leen en las circunstancias que ocurren en el día a día de Nerea». — Libro mundo

Lunes

Eli Ríos. Poeta, novelista, escritora de LIJ, ensayo e integrante de la Plataforma de Crítica Literaria A Sega. Ha recibido varios premios como el Premio Modesto R. Figueiredo por su novela Remexido de patacas, el Premio Pura y Dora Vázquez por la obra juvenil Bicha o el Premio de Poesía Gonzalo López Abente por Culpable. Lunes, novela publicada originalmente en galego como Luns, recibió el Premio Torrente Ballester.

Fotografía: Laia Ríos

Lunes

Eli Ríos

Traducción de María Reimóndez

Autoría Eli Ríos

Traducción María Reimóndez

Corrección Beatriz Morales Bastos y Miguel Alpuente

Diseño de colección y maquetación Rosa Llop

Imagen de cubierta Susana Talayero

Producción ePub Bookwire

Edición consonni

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición en español:

octubre de 2022, Bilbao

eISBN: 978-84-19490-03-2

Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObra-Derivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.

Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.

Edición original en galego: Luns de Eli Ríos, Editorial Xerais, 2017

Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco y una subvención de la Consellería de Cultura, Educación y Universidad de la Xunta de Galicia.

Y este ebook es un proyecto financiado por Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte.

consonni es una editorial con un espacio cultural independiente en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación, ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él.

A ti, que ya sabes quién eres.

Lunes

Lunes, 18 de marzo. Planta baja. Oncología de Día. 10.13 h. Consulta.

—¿Ha venido usted acompañada de algún familiar?

—No.

—Mire, le voy a ser sincera. El dolor que tiene usted en el pecho es debido a un cáncer de mama bastante serio. Es un tipo IV que le ha afectado los ganglios de la axila y las primeras pruebas indican que se ha extendido a los huesos. Estos días concretaremos más los resultados de las analíticas y de la gammagrafía. Por ahora, ¿ve estas manchas en la costilla?

La radiografía extendida en el atril luminoso muestra un arcoíris hermoso de negros, grises y blancos. La doctora intenta señalarme las partes duras en la fotografía de mi teta, pero no consigo ver nada más allá de la palabra cáncer.

—Sí.

—Pues eso quiere decir que tiene la segunda y la cuarta afectadas, por lo que, sin duda, también encontraremos lesiones en el hígado y en los pulmones. No quiero ser alarmista, pero tampoco le puedo mentir. Intentaremos aplicar el tratamiento que su cuerpo nos permita.

—¿Cuánto tiempo?

—Su esperanza de vida no supera los dos meses, abril y mayo como mucho. Como es usted una persona joven, puede que incluso junio.

—¿Me dolerá?

—Hoy en día existen grandes avances en los tratamientos paliativos que le permitirán afrontar esto sin sufrir.

Ni una lágrima, Nere. Te has portado como una auténtica señora. No me dolerá. Además, dos meses son muchos días para terminar de organizar la casa y dejar a los niños bien atendidos. Peor sería morirse en un accidente de tráfico, sin poder hacer la declaración de la renta. O con los platos sin fregar. Como dice la señora Lola… No hay mal que por bien no venga. La sala de espera empieza a estar a tope. Me siento cerca de la ventana. Recojo, sin prisa, los impresos rojos. La cartilla de la seguridad social. La de la consulta. Reviso todos los teléfonos a los que me ha explicado la doctora que voy a tener que llamar. Cierro la cartera. Apuntar en el iPad. Comprar una carpeta para mantener un orden. Evitar olvidar las cosas importantes. La mujer que está a mi lado me dedica un guiño. ¿Por qué en estos lugares todo el mundo se asemeja tanto a las noticias del telediario? ¿Por qué parece que debería existir un sentimiento universal de complicidad? Le devuelvo el cumplido con solemnidad.

—Se le ha caído una foto.

En el suelo, Marcos sonríe.

—Es mi hijo, que siempre se escapa.

En la silla la señora sonríe. Recuerdo que Marcos está con la vecina. Que va a ser la hora de comer. Que todavía no he terminado de limpiar la merluza. Que como no me dé prisa se me va a echar el tiempo encima. No sé por qué el cuerpo me funciona tan despacio. Como a cámara lenta. Siento el movimiento de los tendones con la tranquilidad de la brisa, como si dieran vueltas alrededor de sí mismos sin conseguir llegar a ningún puerto. Las neuronas adquieren la velocidad de alma que lleva el diablo. Si por ellas fuera, ya estaría en la parada del autobús. Hay una disfunción clara que no alcanzo a resolver. La misma señora me pregunta si estoy bien y, como me han enseñado a ser educada, le digo que sí cuando quiero decir que no. Debería contarle que los músculos son piedras. Las piernas, estalactitas. La ansiedad ya está en la línea de salida. Digo sí. No se preocupe. De repente, el abrigo está sobre mi espalda sin saber cómo ha llegado ahí. Me olvido de la señora. De la sala de espera. Me subo al bus rojo. Me apoyo en el cristal. Me voy a morir. Repito. Me voy a morir. Repito. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir. Me voy a morir y no consigo que me importe. Los coches en la carretera avanzan rabiosos con gente dentro que se enfurece y grita. Gesticulando. Los puentes se van quedando atrás. La ría, a la derecha. Los anónimos, cada vez más pequeños en la distancia. El paquete de pipas de aquella marquesina ha volado al medio de la carretera y ha sido atropellado por un camión de pescado del puerto. Scrachtttsss intenso. Las semillas, aplastadas antes de nacer. O he imaginado escucharlas, porque el barullo de las comadres con sus cestos, llenos de fruta y plásticos de tomates, es demasiado grande como para que pueda sentir la agonía de una semilla. A lo mejor es el resultado de saber que te vas a morir. Hay quien dice que en estos estados estás perceptiva a las cosas que antes no intuías. Deja de pensar tonterías, Nere. Tranquilízate. Céntrate en lo que estás haciendo. ¿Qué hago? Ir en bus. Sentada al lado de la ventana a recoger a tu hijo que está con la vecina y terminar de limpiar la merluza. El aire entra en los pulmones. Recito de memoria los ingredientes de la salsa de pescado. Perejil. Nata. Limón. Sal. Pimienta y, si no se ha terminado, un poquito de laurel. Las patatas chascadas, cocidas y con aceite de oliva virgen. Sin quitarles el agüilla. En otra olla hierves la zanahoria cortada en rodajas grandecitas. Unos guisantes. Unas coles de Bruselas. Coles, coles de las que le gustan a Manuel. Redonditas y blandas. De las que te da la señora Lola. De las que se deshacen en la boca con solo tocar el paladar. Las congeladas no saben a nada. Son todo agua y son pequeñas como perro ladrador, mucho ruido y pocas… Pocas… Bajarme en la esquina de la calle. La misma calle de siempre. Con las casas de la misma gente. Número veinte. En el primero, los Vázquez. En el segundo, los Pérez. En el tercero, los Cebei. En el cuarto, los Curuto. Del otro lado. Diecinueve. En el primero, los García. En el segundo, los Ferreiro. En el tercero, los Mirás. El cuarto está vacío porque el pobre señor se murió de un infarto. En el quinto, los López. En el sexto, los Rodríguez. Del otro lado. Dieciocho. En el primero, Manuel. Nerea. Sofía. Marcos. Siempre los mismos. Alguna vez aparece alguna pareja despistada y se queda unos meses. Alguna vez hasta se tiran años y alguna vez se quedan hasta que ya no se marchan. En el segundo, Rosa que bebe los vientos por Marquitos. Abre la puerta y el niño se pone a gritar porque no quiere bajar al piso. Anda…, que enseguida viene tu padre y si no estás se enfada. Y el niño que no, que no quiere ir. Rosita pregunta por el médico. Parece ser que tengo cáncer, Rosita. ¡Venga! ¡Venga! Chiquilla no te alteres, que hoy en día… Hoy en día nada, Rosita, de aquí a mayo y luego ya veremos. ¡Venga! Pues da gracias…, que al del diecinueve no le dio tiempo ni a despedirse de sus hijos. El tiempo dirá, Rosita. Ahora tengo que irme a preparar la merluza que Manuel tiene la hora de comer muy justa y sabes que si no duerme sus cinco minutitos no hay quien lo aguante. Hasta pienso a veces que ha salido algo japonés. Trabajar, es cierto que trabaja a destajo. Como un burro. Comer, es cierto que no come mucho, pero lo de la siesta es sagrado. ¿Quieres que vaya yo a preparar la merluza y tú te quedas aquí descansando un ratito? Seguro que te sienta bien. Debes de estar muerta. No, para muerta todavía queda. Mejor no, que Manuel las pilla al vuelo, se da cuenta de si he cocinado yo o es congelado, imagínate si viene de otra mano. Déjalo, Rosita. Te lo agradezco. Voy yo y después vengo a tomarme un café contigo. Rosita es de las que llegó para unas semanas a vivir en el piso de sus suegros porque estaban ahorrando para comprarse una casa en las afueras. En algún momento, que ya no recuerda, decidió instalarse para siempre. Marcos se ha quedado con ella. Me lo bajará en cuanto lo convenza. Tendré algo de margen para poder cocinar sin tener al chiquillo pegado a los fogones. Está en la edad, pobre. Ya tiene un añito y ganas de descubrir el mundo. Pongo el agua a hervir. Enciendo el horno. Limpio la merluza. Lavo las patatas. Las corto. El agua hierve. Pongo el aceite. La sal. Corto las patatas. Las echo en la olla. El horno ya está caliente. Meto el pescado. Mezclo la salsa. La distribuyo por encima. Antes de poner la mesa preparo la papilla del niño. Dos ollas. Una para las zanahorias con guisantes y coles. La otra, para las patatas. Guisantes. Coles y dos rodajas de merluza limpitas. Aceite y sal para la primera y aceite para la segunda. Es tan familiar y relajante este sonido de burbujas hirviendo… El gas en los fogones. Las cazuelas calientes. El calor del horno. El tintinear de los cubiertos. Los platos. Los vasos. El cuchillo que corta pan y crepita en la corteza. La lavadora que sigue con su monotonía, a lo lejos, centrifugando sin parar en esta tierra donde secar la ropa es casi como andar novenas. Los fines de semana aprovecho para disfrutar de esta tranquilidad. La calma mansa de los alimentos en sus cantidades justas transformándose en comida. En los platos decorados con hojas cristalizadas de nébeda o cebollas caramelizadas. El grifo que gotea los restos de las manos lavadas y limpias de tripas. La leche caliente con cola-cao. Y hoy, que sé que tengo cáncer, celebro mi día libre entre sartenes. Entre botes de especias. Entre el pescado sin ojos de la pescadería. Y el niño en el segundo. Pobre. Mete los deditos en las llaves del gas y mamá grita: ¡noooo! Y él se asusta pero a la media hora no lo recuerda y repite y mamá le da golpecitos en las uñas y él no puede evitar llorar. El pundonor herido duele tanto como una quemadura fresca. A veces más. Las ollas hierven y aprovecho para apuntar en el iPad lo que no debo olvidar. Preguntar por la excedencia. La reunión con la profesora el miércoles. La camisa de lino de la tintorería. La cita de la biopsia. Redactar las bases de la subvención de las artes escénicas. El laurel… Se ha acabado el laurel. Hoy en día no es fácil encontrarlo del bueno. En el súper solo tienen de ese que viene en cajas de cartón y ni siquiera huele a laurel, como mucho a planta marchita y seca. De esas que no hay que regar. Hasta el perejil está metido en bolsas. El pobre tan apagado sin su vaso al lado de san Pancracio y las ocho monedas. La señora Lola siempre sabe dónde encontrar todo lo que vuele, ande o nade y se lleve a la boca. El perejil ni anda ni vuela ni nada pero ella sabe igual. Apunto en el iPad. Laurel. Perejil. Coles. Lo dejo en el cargador. Después me lo meteré en el bolso. Me he olvidado de anotar pedirle el teléfono a la señora Lola para pegarlo en la nevera. Estas cosas hay que irlas preparando porque nunca se sabe cuándo va a ser el momento. Sofía ya sabe ir hasta el puesto de la plaza pero no puede cruzar sola. Cinco añitos todavía no son suficientes para mirar a ambos lados de la carretera. Y los coches de la ciudad van como locos. No se paran ni en los semáforos. Sofía no ha visto los nuevos. Apuntar en el iPad. El alcalde quiere aparentar igualdad y ha cambiado los semáforos. Fuera el hombre rojo. Dentro la muñeca de coletitas y falda. En cualquier momento vienen los de cualquier colectivo a liarla diciendo que la muñeca roja incita a la prostitución nabokoviana. Lolitas de coletas y minifaldas metidas en las luces rojas encendiéndose y apagándose. Y los indigentes sentados en las aceras babeando en dirección a las muñequitas estilizadas. Sin un gramo de más. Pero Sofía no entiende de estas cosas. A ella o le gusta o no le gusta. Les quita la ropa a las barbies y no filosofa sobre los contenidos. O le gusta o no le gusta. Si le gusta le da un beso y si no le gusta le corta el pelo. Ni más ni menos. Al pan pan. Y al vino vino, murmuraría la señora Lola como si fuera tonta y no entendiera nada de tener hijos. Para eso ella, que tuvo doce. Tres nacieron muertos y de los casi vivos quedan cinco y de los vivos solo la más pequeña, Cecilia, que es quien la cuida. O ella a Cecilia. Nunca se sabe. En el verano los hijos de Cecilia se pasan el día en la plaza. Gritan abuela esto, abuela lo otro o abuela lo de más allá. La señora Lola nunca les grita. Eso no me lo perdona. Las mujeres de hoy en día no imponéis respeto, Nerea. Solo sabéis mandar al aire. Del mimbre se hacen cestos pero si retuerces el mimbre el cesto te sale retorcido. Nunca he hecho un cesto. No sé de qué mimbres me habla. Asiento con la cabeza y la dejo que desvaríe. Todo el mundo necesita desahogarse de lo que nos remueve en algún momento. Y la señora Lola tiene las mejores coles de la ciudad. No estés tan encima de la niña, Nerea, que la aturullas. Ella sabe perfectamente lo que se hace. Si le cortó la pelambrera al chisme sería porque tenía calor, ¿a que sí, mi niña? Mete el brazo en el fondo del saco de los guisantes y le pone en la mano a Sofía uno de los más tiernos, de los que guarda para los más pequeños. Sofía se lo lleva con la lengua hasta el interior de la mejilla y espera a que vaya soltando su agua dulce. Después separa el centro de la piel con los dientecillos y se lo traga mientras escupe esta última en el pañuelo de papel. La señora Lola tiene mano para los niños. Cada uno viene a por su guisante, naranja o manzana. Todos saben su nombre aunque ella no despache chuches. Ni pasteles. Ni gominolas. Sobre el cuarenta de mayo la señora Lola se carga todos sus años y nietos a la espalda. Se van a la casa del pueblo a recoger peros que esconde bajo el mostrador. Las señoras quieren que se los venda y ella siempre dice que no son más que habladurías. Que ella no se va a encaramar a los árboles a su edad. Habrase visto cosa al paso. Y entonces llegan los niños del colegio. Los que saben su nombre y los que no. Saca la bolsita de algodón a cuadros rojos. Los chiquillos cogen puñados y puñados de peros. Se sientan en las escaleras de la plaza a comérselos. Y la señora Lola sonríe. Sofía prefiere los guisantes. Y la señora Lola sonríe. Sienta a la niña en su taburete. Le coloca el pañuelo de papel en el regazo con sus dedos finos poblados de arrugas. Anda, Nerea, vete tranquila a comprar el pescado. La niña se queda aquí haciéndome compañía. Pórtate bien, ¿vale, cariño? No marees a la señora Lola, que tiene mucha faena. Anda. Vete. Deja a la niña tranquila que es más buena que el pan. Deja de enredar. Al paso que vas va a llegar Manuel y tú todavía dando vueltas. Y la señora Lola sonríe. Sabe que no es cierto. Que todavía tengo que llevar al niño a la guardería. Irme a trabajar. Manuel no entra por la puerta hasta la hora de comer. Y, a pesar de ello, todos los días dice lo mismo. Y, a pesar de ello, le devuelvo la sonrisa agradecida. Sofía se frota los ojos y extiende la palma pidiendo más guisantes. Sentada muy recta. Mi niña. Se levanta al amanecer y el día se le hace larguísimo. En invierno es peor porque no sale el sol. No calienta. La plaza desprende olor a humedad. Y ella no se queja. Bonita, se limpia los mocos con su clínex de Winnie the Pooh y continúa masticando guisantes. Desayunamos. Nos vestimos. Subimos a Marcos al piso de arriba. Vamos a la plaza. A las ocho esperamos a que suene el timbre para entrar en el colegio. Allí le darán un zumo de naranja. Un poco de leche. Pan con mermelada. Y vuelve a desayunar porque el día es largo y su estómago ya no recuerda los cereales que se ha tomado al levantarse. Después irá a clase. Al comedor. A las cuatro menos cuarto estaré en la puerta esperándola. Recogeremos a Marcos en la guardería. Subiremos a casa. Se echarán una siesta mientras les preparo la merienda. Bajaremos al parque a comérnosla. Subiremos a casa. Los bañaré y les daré de cenar. Leeremos un cuento y cuando ya estén dormidos como lirones me perderé en los rumores y las letanías de la comida de mañana y de la cena de Manuel. Debe de estar a punto de llegar. Ojalá se liara un poco más con los amigos tomándose una cervecita, así me daría tiempo a planchar la ropa… Pero eso será mañana… Ahora tengo la olla al fuego. El niño con Rosita. La niña en el colegio y mil cosas por hacer. Por anotar. Pendientes. Sin resolver… La merluza de Manuel. La certeza de que me voy a morir antes de lo que pensaba. Por lo menos llegaré al cumpleaños de Sofía… A ver si el cuerpo aguanta hasta mayo. Solo hasta el día uno y luego ya veremos. Solo hasta el día uno y luego… A lo mejor me pido el día libre y aviso a la profesora de que la niña no va a ir al colegio. Lo celebramos por la mañana por si acaso no llego a la noche… O me cojo un día de vacaciones porque total este año no me van a hacer falta. Y además qué sentido tiene regalarle tres semanas al Estado. De todas formas las próximas vacaciones van a ser eternas y no estaré allí para saber qué ha sido de mis días libres. Si se los pudiera pasar a alguien… Ese timbre cada día está más ronco. Tendremos que cambiarlo o nos van a denunciar por agresión a la estética auditiva. Seguro que en los chinos hay de esos con musiquilla. Aquí te traigo el niño. Ya ha comido. Solo falta darle la leche y a la cama. Gracias, Rosita. De nada, guapa. Cuando se marche Manuel a trabajar si quieres súbemelo un poco y lo llevo al parque. No te apures, que tengo que ir a por la niña al colegio y aprovecho para darles la merienda antes de subir. Para un día que puedo… ¡Venga! Tú si ves que estás cansada no lo dudes, ¿eh? No, qué va, quédate tranquila. Marquitos se abraza al cuello de Rosa y se revuelve un poquito cuando lo cojo. Está