Luzbel - Sofía Ramos Wong - E-Book

Luzbel E-Book

Sofía Ramos Wong

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Beschreibung

En las profundidades de una selva ancestral, donde los secretos se entrelazan con la herejía, Azrael, portadora de la luz, encuentra a una aliada en Luzbel, el ángel caído que ha tomado una forma humana. Juntas deben rescatar el Libro del Destino, una reliquia que contiene los hilos que tejen las historias de todos los seres en el planeta. Sin embargo, los antiguos dominios de Luzbel se encuentran desolados, sumergidos en el silencio. El tiempo apremia, pero la alianza ya está sentenciada. Una serie de criaturas acechan en el crepúsculo, buscando romper la conexión ancestral y desatar el caos durante su viaje. Cada paso las acerca al preciado tesoro, pero las fuerzas oscuras harán todo lo posible para detener a una poderosa mujer que busca su lugar en el limbo.

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Seitenzahl: 360

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Luzbel

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Marzo 2024

© Sofía Ramos Wong

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: José Canales

Corrección de textos: Aldo Berríos

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

© Áurea Ediciones

Errázuriz 1178 of #75, Valparaíso, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6183-67-9

ISBN digital: 978-956-6183-78-5

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

- Primer movimiento (Allegro de sonata) Actun Tunichil Muknal -

Azrael caminó el trayecto de ida a paso calmo y sin acelerar. Bajó sin problemas la colina que conocía como “de los reyes malditos” hasta llegar a la entrada de la caverna de Actun Tunichil Muknal. Las aguas estaban más tranquilas que nunca y el reflejo de la luna hacía resaltar la belleza natural de esa maravilla arquitectónica. Giró para adentrarse en un estrecho pasadizo escondido antes del sendero de los esqueletos y la doncella de cristal. Avanzó hasta el fin de la pared de cerámica y cristales rosados hasta llegar a una cámara enorme. A pesar de su larga ausencia, recordaba muy bien el recorrido a través de las cavernas coloreadas con piedras preciosas desconocidas para el ser humano; cual pinturas en un museo, con brillos tornasoles iluminando cada rincón y hasta la sala decorada con huesos calcificados antes de llegar al río. Azrael continuó sin detenerse hasta el final de la gruta.

—¡Alto ahí! —se escuchó desde dentro de la cámara. Azrael detuvo su paso y le hizo frente a la sombra—. No tienes autorización para estar en este lugar.

—Vete al Edén, maldito querubín. No tengo tiempo para tus juegos —respondió Azrael.

Entonces un ser vestido con una capucha de color burdeo se asomó por el borde del túnel. Portaba escondido en una mano un puñal y en la otra un pequeño cristal.

—Azrael, tanto tiempo sin ver ese cabello fulgurante —preguntó el misterioso ser bajo la túnica—. ¿Qué haces aquí?

— Necesito verle.

—A quien tú buscas no se encuentra en este lugar. Yo soy el celador.

—Querrás decir, protegiendo lo que usurparon —se apresuró en responder Azrael.

—La interpretación de un arcángel no cambia la realidad. Estos son ahora sus aposentos.

—Te haré tragar tus palabras —dijo Azrael, haciendo reaccionar al querubín, quien aferró el puñal con más fuerza y se colocó en posición de ataque—. No sería la primera vez que te derribo, Kasbel.

—Querida —dijo el querubín, mordiendo su orgullo—, sabes que estoy más arriba que tú y mi poder es mucho mayor. Solo un arcángel se aferraría tanto a una victoria pasada.

—Si estás tan seguro de tu poder, no temblaría la mano sobre ese puñal —respondió Azrael, sorprendiendo a Kasbel—. Pero no he venido a perder el tiempo contigo. ¿Dónde está?

—Dejó este lugar hace milenios, adornó este jardín artificial repleto de luces, estrellas y piedras para no extrañar tanto mi hogar —le confesó el querubín—. Pero a fin de cuentas todos vamos a desaparecer hasta transformarnos en una sola luz.

—No te compadezco.

—Azrael, tú sabes lo que está pasando. Estás más cerca de Hashem que cualquiera de nosotros. Casi has alcanzado el Clara. ¿Aún no sabes dónde está?

—No puedo sentir su presencia.

—Nosotros nunca hemos podido sentir la presencia de otro ángel, pero sí de los seres humanos. —Azrael se quedó asombrada con la respuesta del querubín—. Vaya, veo que no te esperabas eso.

—Si juegas conmigo, prometo que te llevaré personalmente al Edén para que enfrentes a Hashem. Tendrás que mirarla a los ojos, y desearás volver a esta tierra asquerosa a la que llamas hogar. Y eso es peor que cortarte la cabeza o despellejarte.

—¿Por qué necesitas de su presencia tan urgente? —Kasbel cambió de tema.

—Se ha roto el sello del tiempo. Sigma Elyon ha perecido… y tarde o temprano los ángeles y los demonios van a ir de cacería —respondió Azrael, dejando al otro sin palabras.

El querubín se sacó la capucha, dejando ver un hermoso ser de cabellos rojos como el fuego y largos como su altura, de su cabeza sobresalían dos mechones elevados sobre los demás, dando la forma de cuernos.

—Es imposible. Estás mintiendo. Azrael —le dijo incrédulo, caminando a paso lento hacia ella—. ¿Tú sabes lo que eso significa?

—Sí. Por ese motivo necesito encontrar a Luzbel —respondió Azrael—. Sácate ese traje, te ves ridículo, pareces un diablo —agregó, para luego dejar atrás la cueva y al querubín, quien solo se limitó a observar cómo el arcángel desaparecía en la oscuridad.

El camino de vuelta fue más rápido que el de ida. Los pasos fluidos y acelerados aumentaban con las ganas salir de lugar para ir en busca de quien le interesaba. Dobló en las esquinas correctas a ciegas hasta llegar a la abertura escondida en la pared. Cuando por fin salió del laberinto y de la cueva afuera ya se asomaba el sol, se elevó y avanzó con cuidado entre las piedras del lugar hasta llegar al claro del río. Observó el reflejo de los rayos de sol asomándose por los cerros y que poco a poco se acercaban a su cuerpo, aún con una luna llena completa sin desaparecer del cielo. Quedó inmóvil, observando por primera vez aquel espectáculo de la naturaleza, hasta que el sonido de ramas quebrarse a lo lejos hizo que volviera en sí. Giró su cabeza con rapidez y dirigió su mirada hacia el lugar de donde provenían aquellos ruidos.

—¿Esa es la forma de recibir a una visita? —dijo Azrael sin mostrar ninguna emoción.

—Lo que yo haga y como te afecte no es mi problema, es tuyo —respondió Luzbel—. Mi querida hermana, pareciera que fuera ayer que nos vimos por última vez —le dijo viéndose como una mujer que no superaba los treinta años de edad, vestida con una polera sin mangas blanca, un pantalón corto verde, calcetas, botines cafés y una mochila en la que atravesaba una chaqueta. El gorro de explorador dejaba asomar sus cabellos grises violáceos que caían por sus hombros hasta la mitad de su espalda. Llevaba lentes de sol que ocultaban sus ojos grises, los cuales dejó descubiertos a los intensos ojos negros de Azrael.

—Luzbel, cariño. Qué gusto de verte —dijo Azrael justo en el momento en que el sol comenzaba a abrigar la vegetación. Una sombra se marcaba en el suelo, pero no era la suya.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a preguntarte algo —respondió Azrael—. ¿Quieres dar un paseo?

La muchacha reaccionó a la respuesta con una sonrisa, la misma que se dibujó en el rostro de Azrael.

- Media luna en un café -

Corría el décimo día del octavo mes del año 1987. Azrael caminó por la avenida hasta llegar al lugar acordado semanas atrás. La muchacha del cabello gris violáceo amarrado en una cola la esperaba fuera del local, esta vez vestida con un pantalón negro, botines cafés y un abrigo verde. Entraron juntas y ella se sentó en uno de los asientos, el que daba a la ventana al resto de la ciudad. Azrael la siguió y se sentó en el asiento del frente. El frío se apoderaba de las calles y a ratos se dejaban caer algunas gotas. La muchacha observaba por la ventana el espectáculo de nubes danzantes que se veía en el cielo, sintiendo pena por la gente que siempre caminaba a pasos acelerados, para llegar a sus destinos sin nunca avanzar; los autos iban y venían como hormigas mecánicas y el viento se llevaba las hojas mientras Azrael admiraba los ojos de Luzbel, intentando descifrar sus pensamientos.

—¿Recuerdas cuando Ella nos dio la vida? — preguntó de improviso la muchacha.

—Sí, lo recuerdo muy bien — respondió Azrael.

—Nos dijo que éramos su creación más hermosa, pero yo no he vuelto a ver algo tan hermoso como el Edén —dijo Luzbel con melancolía—. Los jardines, Azrael, todo sin límites y con un brillo que provocaba pura paz.

—Nada ha cambiado —comentó Azrael, primero viendo una luz y luego escuchando el trueno.

—No sabes lo que hablas, porque tú no estabas ahí —respondió Luzbel, molesta por el comentario de la otra—. Cuando Ruaj apareció, investido bajo el poder celestial y su absurda obsesión por crear nuevos seres para que fueran las baterías de adoración de Dios, me pareció una actitud egoísta: tanta superioridad solo para cumplir un capricho. —De pronto se largó a llover—. Sentí pena por ellos, porque ya había fracasado anteriormente con los seres humanos de Kenorland y el Panthalassa. Solo necesita un diluvio para borrarlos de la historia. Un experimento tras otro… —Una lluvia vertical sin viento formaba bandas de agua en el vidrio—. Entonces subí a sus aposentos para transmitirle mi sentir, pero Ruaj nunca me dejó verla. Hizo que los querubines sintieran aversión hacia mí…

—¿Por qué me estás contando esto? —la interrumpió Azrael.

—Querida, me halaga que hayas venido, pero eso también significa que tú has creído todo lo que te han dicho de mí. Nunca tuviste reales intenciones de buscarme hasta ahora.

—No —respondió Azrael en un tono seco—. Reconozco que creí lo que me dijeron. Bajé el espiral de los caudales para verte, pero no estabas. Cada cierto tiempo iba al mismo lugar, hasta que entendí que no querías ser encontrada. Y así fue, hasta mi viaje a la cueva de la Princesa. —La lluvia bajó su intensidad—. Debo admitir que se me hace muy difícil verte con ese disfraz que llevas.

—No es un disfraz, esta soy yo —dijo la muchacha sin desviar su mirada de la ventana.

—No eres tú. Estas jugando a mimetizarte con los humanos. Tú eres hermosa. Este traje irá envejeciendo. Es la ley natural. Créeme, tengo experiencia en eso. —La muchacha alzó su mano y acarició el rostro de Azrael, quien por primera vez sintió algo, denotándose en su rostro la sorpresa—. Luzbel…

—Luci —la corrigió—. Prefiero que me llames Luci.

—Lu… ci —pronunció Azrael, modulando lento y pausado—. El más hermoso y poderoso ángel de la creación, la más cercana y devota a Dios, portadora de la luz y el conocimiento jugando a ser humana y adquiriendo un nombre terrenal. —La muchacha sonrió al escuchar esas palabras—. No te rías, no es un cumplido.

—Para mí sí lo es. Es raro escucharte decir cosas lindas.

Su charla fue interrumpida por el mesero del local. Un joven alto y de pelo corto, vestido de blanco con una pañoleta en su mano, le preguntó a Luci qué iba a consumir. Azrael permaneció en silencio en todo momento mientras la muchacha ordenaba su comida. Luego de tomar el pedido, el joven se alejó de la mesa.

—Siempre derrochaste alegría y felicidad. Qué bueno que hayas encontrado la forma de seguir haciéndolo —comentó Azrael, mientras la muchacha la observaba y sonrería con amabilidad—. Puedes continuar con tu historia, si quieres… antes de que nos interrumpan.

—Bien, querida —dijo Luci, al tiempo que se levantaba de la mesa para acomodar de otra manera el pañuelo negro que Azrael llevaba en su cuello—. Sucedió así…

- El relato de Luci -

Estaba en los terrenos del Oriente admirando los brillos de los serafines al volar, sus alas provocaban una música que me hacía sentir abrazada. La Luz Divina se transformaba en fractales repletos de formas y colores. Entonces sentí una presencia fuerte que me sacó de mi contemplación: Ruaj se me acercó y me comentó su idea de crear nuevas formas de vida para que existieran en función a Hashem. Ya había fracasado en un experimento anterior con el mismo propósito, pero tuvo que destruir ese mundo. Eran seres demasiado grandes y toscos, no muy maleables y con una naturaleza belicosa. La visión de Ruaj era tener un campo de almas, una especie de ejército de súbditos que me pareció incorrecta. ¿Por qué debían ellos nacer para cumplir solo un objetivo? Para eso ya estábamos nosotros. Unos más que otros, claro. Por ejemplo, Miguel y su extrema devoción. El asunto es que nadie pudo persuadirlo, aunque yo no era la única que pensaba así. Muchos se sintieron abandonados y algunos tenían planes de bajar al jardín una vez que estuviese listo para enseñarles los secretos del Reino y pudiesen crear cosas nuevas. Nos importaba que no sucumbieran como sus predecesores.

Recuerdo que me dirigí a sus aposentos para hacerla entender, pero los querubines me negaron la entrada: a su parecer en mi aura ya no existía suficiente pureza y devoción como para verla de frente y fui expulsada del gran salón. Samael, el ángel de la muerte, me ayudó a levantar y volví hacia arriba enfrentándome con los querubines, gritándole a Hashem el error que cometía. Qué injusticia para esos seres nuevos nacer con un sino. Miguel, cegado como de costumbre, apareció al frente con su ejército de cien ángeles para enfrentarnos. El ejército negro de los Grigori llegó junto con su líder, Samyaza, para defendernos. Fue una real carnicería lo que ocurrió en el mismo palacio, pero Ella nunca apareció, mientras otras clases de serafines y ángeles continuaban con sus existencias, ignorando nuestro dolor. Miles de luces extintas volando en todas direcciones sin rumbo fijo, pequeñas plumas rotas y rostros perdidos. Ruaj apareció caminando entre las huestes moribundas, cortando las alas de los ángeles caídos como castigo por rebelarse en contra de su “ama”. Los Grigori sacaron la peor parte. Cuando Miguel arrojó a Samyaza, también lo hizo con su ejército de doscientos ángeles sin ningún tipo de compasión: lo tomó desde su nuca, y con un solo movimiento de su espada le cortó sus preciadas alas. Yo me defendía de los ataques e intentaba detener esa batalla, pero no había caso. El ejército de la luz de oro solo quería destruirnos. Rafael acudió en mi ayuda con su escudo, pero Miguel lo apartó sin mucho esfuerzo, abalanzándose sobre mí con su brillante espada. Iba directo a mis alas, pero fue detenido por Metatrón, él único capaz de parar aquella batalla. Me impresionó verlo aparecer, ya que normalmente no se inmiscuía en nuestros asuntos, su imponente presencia sobrepasaba a la nuestra, incluso más que Ruaj. Los ángeles rebeldes fueron castigados y enviados al abismo custodiados por Samsiel, un ángel menor. Miguel me quitó el sello y Metatrón me llevó al Occidente del Edén para dejarme caer. Aunque impidió que mis alas fueran cortadas, no evitó que Miguel las quebrara. La caída hacia el Tártaro fue dolorosísima. Pasé eones en ese lugar olvidado hasta que me recuperé, arrastrándome por todo el vasto lugar y no hablo de manera figurativa. Luego de años pude salir de ese paraje, aceptando la oscuridad. Estuve vagando por los universos y las dimensiones que antes contemplaba con tanta distancia, y ahora era parte de ellos; la melodía era distinta porque los serafines estaban demasiado lejos: todo llegaba como por goteos, lo cual me desesperaba y me hacía sentir indefensa. Pero fui afortunada en ver cómo esa semilla de Hashem floreció de la forma más violenta jamás vista, conformando los distintos estadios de la nueva vida, una mucho más definida que la anterior. La vi crecer ante mis ojos y alrededor mío. Para mi sorpresa no era la única, muchos otros se escondían acá…

***

—Y fue así que llegué a pasear de cueva en cueva. Intenté adornarlas tanto como el Edén, para no extrañar a mi hogar. Pero nada se le compara.

—Siempre te gustaron ese tipo de flores —alcanzó a responder Azrael antes de que el mesero llegara con el pedido. Ordenó todo en la mesa y luego se marchó—. Pero me queda una duda, cariño —le dijo a Luci, quien tomaba la taza para dar el primer sorbo de café—. Si fuiste expulsada y castigada como los demás, ¿cómo pudiste viajar por las dimensiones, sin tener tu sello divino?

—Metatrón me lo devolvió antes de expulsarme.

—Lo suponía, sentí la energía de tu cristal cuando vi a Kasbel. ¿Por qué lo hizo? ¿Te dio alguna indicación?

—Solo me dijo que lo necesitaría eventualmente. También me advirtió que sería castigada de las peores maneras y mi nombre sería sinónimo de aberración, que nunca se haría justicia. Que era lo mínimo que podía hacer —contestó Luci sacando una pequeña flor, brillante como el sol, que colgaba en su cuello junto con otra piedra—. Además, me entregó esto. Me hizo prometer que lo protegería con mi vida de ser necesario.

Azrael observó aquel objeto con cautela y sorpresa.

—Así que tú tienes el cubo. Me preguntaba dónde estaría —replicó Azrael, restándole importancia al asunto.

—Mi nombre ha sido manchado en la historia. Me lo advirtieron. Le debo parte de mi vida a Metatrón, proteger su trabajo es lo mínimo que puedo hacer. Y seguir, ¿no?

—Luci, cariño, creo que Metatrón intuía lo que iba a pasar —comentó Azrael. Luci miró directo a sus ojos, ofreciéndole una risa soberbia—. Los ángeles van a salir de cacería y esta vez no estoy segura si haré lo correcto.

- 20:54 p. m. -

Luci llegó a su hogar seguida muy de cerca por Azrael. Un pequeño departamento ubicado frente al parque central de la ciudad y que tenía una vista hacia uno de los jardines principales. La ventana de su habitación dejaba ver la calle: el bandejón en donde la gente caminaba con rapidez y un inmenso parque que se perdía en dirección a la costa. Entraron cuando el reloj de la pared marcaba las ocho cincuenta y cuatro de la tarde. El sol recién se había ocultado y el cielo estaba cubierto de nubes crepusculares que auguraban una posible lluvia. Luci dejó sus cosas en el perchero ubicado al lado de la puerta de entrada y se dirigió a la cocina a calentar un poco de agua. Azrael observaba todo con detención y detalle, sin entender mucho el comportamiento de ella ni por qué le conversaba sobre las cosas que había hecho durante los siglos anteriores. Cuando salió de la cocina se dirigió a la habitación principal, se sacó los botines y caminó descalza hasta la sala.

— Me cuesta acostumbrarme a tu nueva forma —dijo Azrael—. Y esta rutina tan… peculiar que tienes.

—No te imaginas lo que se siente andar con tacos todo el día.

—¿De quién es ese cuerpo? — Luci sonrió al escuchar la pregunta.

— Es mío.

— ¿Y por qué luces tan diferente a tu forma original?

— Es la gracia de la transmutación, aunque no entiendo muy bien cómo funciona. Solo sé que uno no elige su cuerpo.

—Yo te conozco y esa no eres tú.

—Azrael, nunca cuestiones la creación de algo tangible a partir de algo etéreo.

— Nosotros no somos etéreos. Somos reales.

— En este mundo prácticamente no existimos, a menos que usemos disfraces.

—¿Entonces este es tu disfraz?

—No, esta soy yo —respondió Luzbel a secas—. Un ángel tan antiguo como tú debería tener la agudeza como para distinguir entre un disfraz y una esencia. Supongo que eso ocurre cuando siempre permaneces al margen de todo.

— Cumplo mi función como debe ser —la interrumpió Azrael.

— Oh sí. Así eres tú, un ángel obsecuente. Pues yo no tengo ninguna función en este lugar, así que me he dedicado a pasarla bien y aprender de ellos. Son una especie única, ¿lo sabías? Muy afectivos y al mismo tiempo en extremo autodestructivos —comentó Luci mientras le mostraba a Azrael su biblioteca personal, que cubría una pared entera —. Mira esto: son seres fabulosos, fuertes como las raíces y frágiles como los pétalos de las flores, espontáneos como la brisa matutina…

—Asumo que esa faceta poética tuya la adquiriste de sus malos hábitos —intervino Azrael.

—La poesía es una forma de expresar sentimientos. Una sola palabra tiene la capacidad de decir muchas cosas, de liberarte o encontrar desahogo.

—No tengo por qué aprender. No me interesan esas nimiedades. Yo solo los transporto.

—Querida, podrás engañar a todos menos a mí —dijo Luci mientras se sentaba a su lado para jugar con su cabello. Azrael la observó seria y sin realizar ningún gesto—, aunque hayan pasado milenios te conozco y sé que hay algo más, de lo contrario no me habrías salido a cazar, ¿no? —dijo antes de levantarse del sillón y dirigirse a la cocina.

—Cazar… suena vil —musitó Azrael.

—¿Qué pasó esta vez? ¿Ruaj volvió a hacer de las suyas? ¿Ha nacido un nuevo Iesus? Me acuerdo de él —dijo Luci mientras se hacía un café—: alto, moreno, lleno de pelos, tenía unos ojos preciosos que combinaban con su ancha nariz, era muy galán, locuaz e inteligente. Es una pena que haya nacido en una época equivocada. —Tomó la taza y se dirigió a la sala para sentarse de nuevo a su lado—. Tenía una gran personalidad, era un hombre atractivo, tenía la gracia del espíritu santo, como dicen aquí. Era un gran poeta y contador de historias, aunque nunca fue el salvador que todos esperaban. Era solo un hombre, solo que sus seguidores lo vieron como algo más y lo convencieron de eso.

—Siempre estuve cerca de él y nunca te vi. ¿Dónde estabas en ese tiempo?

—Ya había descubierto cómo alejarme del radar de los ángeles, sin invocarlos. Solo me dedicaba a experimentar los placeres de la vida. ¿Y te digo algo, querida? Ese hombre besaba muy bien —manifestó Luci con voz seductora. Azrael se quedó observándola sorprendida por lo que decía—. ¿Por qué me miras así? Ay vamos, era un ser humano con necesidades. ¿Por qué frenar un deseo carnal? Además, todos sabían que su estadía iba a ser corta en este lugar. Tenía una larga fila de mujeres hipnotizadas por sus encantos. No se iba a ir de aquí sin al menos sentir lo que es estar vivo, ¿no?

— ¿Fuiste tú? ¿Lo que pasó en el desierto? —preguntó Azrael.

Luci rio a carcajadas.

—No —contestó dejando la taza de café en la mesa—, debe haber sido alguno de los caídos. Pero ya sabes. Todos los males del mundo son de mi autoría, como si fuera yo la única que tiene problemas con ellos —se quedó un momento en silencio para luego proseguir—: aunque debo reconocer que hay muchas cosas de las cuales me hubiese gustado ser la gestora, al menos para vanagloriarme de algo.

—¿Como ese ridículo traje que lleva Kasbel? —acotó Azrael.

Luci se mordió el labio para contener la risa. Azrael permanecía seria.

—¡Se ve lindo! Era de un sacerdote que conocí poco antes de su muerte. Estaba muy angustiado por saber que pronto fallecería, así que conversamos durante veinte días sobre el universo, la vida y sus secretos y cada noche se encerraba a dibujar. Incluso le enseñé el lenguaje universal. Escribió hasta que su alma se tranquilizó y luego de dos días ya estaba listo para partir. Dejó una gran enciclopedia. Es una pena que la registró en una lengua que nadie conoce. Debería haber sido como Gottfried, un amigo que tuve que registraba en la lengua nativa. Me declaraba su amor incondicional y sus ansias del sabor carnal ad portas de su muerte. Escribía bastante bonito, algo que aprendió directo de otros gouliard. Es una pena que los hayan perseguido y asesinado.

—Has estado rondando la muerte y yo nunca pude encontrarte.

—Nunca quisiste encontrarme… hasta ahora —replicó Luci, tomando un sorbo de café —. Ya dime, ¿qué es lo que quieres?

—Sigma ha muerto —respondió Azrael.

Luci dejó la taza en la mesa de centro, sin terminarse el café. El ambiente se comenzó a sentir cada vez más frío, incluso las maderas del techo crujieron.

—Oh, vaya —exclamó Luzbel mientras Azrael asentía—. Eso es muy jodido. Sí que está complicada la cosa ahora.

—Luzb… Luci… aunque me cueste creerlo, tú eres la más poderosa creación de Hashem, incluso podrías equipararte frente a ella si lo quisieras.

—Ve al grano, Azrael —interrumpió Luci.

—Necesito que hagas todo lo que yo no puedo hacer por las reglas que me atan —respondió Azrael. Luci se quedó en silencio y pensando por un momento.

—Tú quieres… que busque y tome su sello. ¿Acaso perdiste la cordura? ¿Sabes lo que harían si se enteran? ¿Lo que me harían a mí?

—Pensé que tenías el poder suficiente para realizarlo…

—No juegues conmigo, Azrael. Por si no lo recuerdas, a mí me expulsaron del Edén. ¿Por qué querría hacer algo por Hashem si no evitó mi exilio?

—Según recuerdo, lloraste tanto por la creación del nuevo experimento cuando Ruaj te dijo su plan, que tus lágrimas cayeron a la oscuridad y se transformaron en estrellas, de tu llanto desesperado brotaron cometas y de la desesperación de tu corazón los agujeros negros. Sé que estás apegada a la raza humana, no serías nada sin ellos.

—¿Por qué tengo que hacer el trabajo sucio de Hashem?

—Si alguien más sabe que Sigma no está y toma su sello, el equilibrio de los universos se romperá y todo esto desaparecerá.

—Si ese es el destino, entonces acéptalo.

—Sigma…

—¡Te digo que no me interesa! —grito Luci.

—Luci… —dijo Azrael con calma.

—Olvídalo.

—Te vanaglorias con tus falsas palabras, pero no eres capaz de hacer nada por ellos.

—He hecho más de lo que creí que podía hacer. ¡Incluso mucho más que ustedes!

—¿Entonces por qué no me quieres ayudar? —preguntó Azrael ofuscada.

—Solo te estaba fastidiando. —Luci terminó de beberse el café—. Así somos las hermanas.

—¿Entonces lo harás?

—Voy a tener que renunciar a mi trabajo y dejar este departamento —dijo sin que Azrael entendiera mucho a qué se refería—. ¿Puedo ir acompañada de alguien?

—Preferiría que fueras sola.

—Está bien. ¡Abracemos la locura y dirijamos nuestras naves hacia tierras desconocidas! —dijo Luci haciendo gestos con sus manos igual que un pirata. Azrael la observó sin entender—. Vamos, eres tan aburrida.

—Yo no siento.

—Oh, eso lo dudo… de otra forma no hubieses venido por mí —contestó guiñándole el ojo y levantándose del sillón para dirigirse a la habitación, dejando a Azrael sentada y confundida—. ¡Esto se va a poner jodidamente bueno, hermanita!

Marcus/Marcus & Asociados

Al día siguiente de su encuentro con Azrael, Luci llegó a su trabajo a las ocho de la mañana. Caminó las siete cuadras que separaban su hogar de su oficina en la calle 54, en donde se desempeñaba como abogado asociado. Iba vestida distinta a todos los otros. Por primera vez en mucho tiempo llegó al edificio con sus altos botines de charol negro combinando una falda acampanada del mismo tono, una blusa amarilla abotonada al cuello adornada con un lazo y un blazer marengo. Ocultaba sus ojos grises bajo enormes lentes oscuros y llevaba su cabellera gris violácea peinada con una cola de caballo, anudada con un lazo amarillo del tono de la blusa. Saludó a cada persona que se le cruzó, desde el portero hasta la encargada del aseo en el piso donde trabajaba. Cuando llegó le informó a la secretaria que necesitaba hablar con Franz, Vincent o Claudio, los tres socios del bufete.

Llevaba trabajando en ese lugar cerca de diez años, comenzando como una abogada inexperta y fue ganando casos a medida que pasaba el tiempo. Se especializaba en derechos humanos. Franz y Vincent compartían su visión humanitaria en asuntos corporativos, pero no su tendencia a interpretar la ley a su favor. Contratarla era un acto arriesgado, pero era tan buena en lo que hacía, que se vieron en la necesidad de contar con sus servicios para hacer crecer aquel pequeño buffet; con las ganancias de sus casos, se hicieron de una reputación en la ciudad. Aunque esto no libró a Luzbel de verse envuelta en conflictos y líos por su personalidad, incluso estuvo en prisión en varias ocasiones por desacato.

Cuando Franz entró al salón de reuniones, Luzbel ya se encontraba sentada en uno de los sitiales con su renuncia en una carpeta. Conversaron un rato acerca de cosas sin mucho fin, hasta que llegó Vincent seguido por su secretaria, quien dejó una bandeja con galletas y café.

—Espero que no me malinterpretes, Luci, pero estás que ardes —dijo Vincent refiriéndose a su inusual atuendo.

—Eres muy gentil. Hoy es una ocasión especial.

—¿A qué se debe esta cordial e inesperada reunión? Y tan temprano —preguntó Franz, como sospechando algo extraño antes de tomar una galleta.

—Bien —suspiró Luzbel—, con el dolor de mi corazón les vengo a entregar mi carta de renuncia.

Franz se ahogó con un trozo de galleta, mientras que Vincent la miraba con suspicacia.

—Espera… ¿qué? —exclamó Franz sorprendido—. ¡No!

—Te contactó ese maldito de Luis Mateo —dijo Vincent—. Lo sabía.

—Tranquilos, solo es un cambio de rubro —contestó Luzbel con una sonrisa—. Verán, tengo una hermana que necesita de mi ayuda.

—No sabía que tenías una hermana —dijo Franz, masticando la galleta con insistencia.

—Pues sí. Es más, tengo ocho hermanos —dijo Luzbel, viéndose un poco melancólica—. Tenemos una relación bastante complicada…

—¿Ocho? —preguntó Vincent—. ¿Qué religión profesan?

—No me hagas hablar de eso —dijo Luzbel.

—¿Hasta cuándo te quedas? —preguntó Franz.

—Hasta mañana —respondió ella.

—¡¿Mañana?! —comentaron a dúo ambos hombres.

—Espera un poco, no… o sea… no, no podemos permitir eso —dijo Franz con un tono desesperado—. Quiero decir, hay casos en los que tú has estado trabajando y no tenemos todos los detalles.

—Lo sé, pero Florentino está al tanto. Él me ha acompañado en todos los casos que he llevado este año, conoce las historias de nuestros clientes.

—¿Florentino? —preguntó Vincent—. ¿Ese mocoso que llegó el año pasado? —Luci asintió con su cabeza.

—¡Es un pelmazo! —agregó Franz, llevando a su boca la séptima galleta.

—Si se dieran el tiempo de conocerlo, se darían cuenta de que es un chico muy inteligente —dijo Luci, defendiendo a su protegido.

—Tiene hasta la facha de perdedor —exclamó Franz.

—Como lo veo en este momento, él es su única salida. Además, ya le entregué todos los registros —replicó Luci, sacando de su carpeta una hoja con su firma—. Acá está mi renuncia, chicos.

—Veo que no hay forma de convencerte —dijo Franz, recibiendo el documento—. Vas a perder toda indemnización con esto.

—No vamos a tener tiempo ni siquiera de realizar una despedida —dijo Vincent muy triste, mientras Franz dejaba el plato vacío y leía la renuncia, buscando algún error para sacarle provecho—. A menos que aceptes una cena hoy por la noche.

Luzbel se quedó pensativa por un momento.

—Podría ser mañana. Hoy tengo asuntos que resolver —respondió ella.

—Qué manera de empezar el día, hombre… —dijo Franz.

—Te extrañaremos mucho, Luci —agregó Vincent al tiempo que se levantaba de su silla para abrazarla—. Eres una gran abogada.

—Sí… hemos pasado muchas cosas juntos —confesó Franz, suavizándose.

Luci dejó que la abrazaran esta vez, ya que normalmente evitaba el contacto físico.

—Fueron unos buenos amigos —reconoció Luzbel.

—Tú sabes que las puertas siempre estarán abiertas para ti —le aseguró Franz.

—Si alguna vez necesito esconder un cadáver, les voy a tomar la palabra —respondió ella, y los tres rieron a carcajadas.

La reunión se dio por finalizada y cada uno volvió a su despacho. Luzbel se llevó a Florentino con ella para entregarle todos los documentos de sus casos.

***

La noche siguiente, todos acudieron a la despedida de Luzbel: los tres socios y sus respectivas secretarias, dos administrativos, una encargada de aseo, Florentino y el chico de los mandados. Una noche que no pasó desapercibida por las constantes muestras de afecto hacia la muchacha. Hubo discursos de despedida, buenos deseos, anécdotas de casos y eventos pasados, bromas internas y Luzbel lo escuchó todo con mucha atención, disfrutando bastante aquella jornada.

Al finalizar la velada, Florentino se ofreció a llevarla a su departamento. Se estacionó frente al pórtico del edificio y ambos se bajaron del automóvil.

—¡No la jodas, Florentino! ¿Me escuchaste? Es una gran oportunidad, no la desperdicies —le dijo Luzbel.

—Pierda cuidado, jefa —contestó Florentino, mientras la tomaba para abrazarla—. Cuídese mucho y ya sabe dónde nos puede encontrar.

—Claro que sí. Tienes que estar atento, hay cosas que están sucediendo más rápido de lo que crees.

—Así lo haré. Que le vaya bien, jefa —comentó Florentino, sacando un pequeño saco de su bolsillo—. Tome. Se lo devuelvo. Presiento que lo necesitará.

Luci observó la bolsita y sonrió.

—Espero que te equivoques —dijo ella.

—¡Buena fortuna en todo! —gritó Florentino.

Dicha la última frase, Luzbel se encaminó hacia el ascensor.

Florentino esperó a que la muchacha entrara para poner en marcha su automóvil y dirigirse a su hogar, ubicado solo a unas cuantas cuadras de allí. Estacionó en su lugar y caminó hacia la entrada del edificio, cuando se detuvo de golpe por una voz que le habló.

—¿“Buena fortuna en todo”? —Florentino se asustó por aquella voz que le hablaba desde las sombras—. Deberías aprender a hablar bien si no quieres llamar la atención.

—¿Quién eres? —preguntó el muchacho con voz temblorosa.

Acto seguido, la voz se personificó en una mujer alta, vestida con un abrigo burdeo y botas rojas de taco que se ubicó tras de él, colocando un puñal en su cuello.

—Te dije que vendría por tu cabeza si me mentías. ¿No, Kasbel? Siempre supiste dónde estaba Luzbel —musitó Azrael mientras el muchacho observaba impávido—. ¿Dónde quieres el corte? —Movió el puñal bajando por su cuello—. O prefieres que te despelleje. —Azrael dejó libre al muchacho, aunque no sin antes realizar un rápido movimiento que le arrebató la oreja—. Esto me lo llevo por engañarme.

—Gracias, Azrael… supongo.

—Hazlo bien en su nombre —sentenció Azrael, para luego desaparecer entre las sombras.

- Peón B2 (Bar) -

El día siguiente a la despedida improvisada, Luci se dedicó a ordenar cada uno de los libros que tenía en la estantería. Con dedicación los limpió y los volvió a poner en el librero, ordenados por tamaño y color, salvo algunos libros que guardó en su bolso, entre ellos, Alicia a través del espejo. Luego hizo lo mismo con sus ropas, sus zapatos y accesorios. Ordenó y limpió cada lugar de su departamento, incluido el balcón que tenía transformado en un jardín improvisado, con bellas dalias y plantas pequeñas. Para cuando el reloj de campana de la sala marcó las dos de la tarde tomó sus cosas y salió con rumbo incierto. Bajó caminando los trece pisos que la separaban de la calle y luego siguió por la vereda para entrar en un negocio. Compró un café sin azúcar ni nada y un sándwich de carne con queso, para luego continuar hasta llegar al parque. A esa hora jugaban muchas familias con sus hijos, a pesar del helado clima. Llegó hasta uno de los bancos ubicado en diagonal a la pérgola principal y se sentó a observar. El viento acompañaba al lúgubre escenario creado por la tenue luz que las nubes dejaban pasar como en un día típico de invierno y despeinaba sus cabellos que el gorro de lana no alcanzaba a cubrir. Bebía sorbos de café entre persona y persona. Tomó un libro de su bolso, un lápiz y comenzó a leerlo, marcando palabras, dibujando en las hojas o agregando notas en los márgenes. Luego dejó el café a su lado y sacó el sándwich y una naranja que peló con mucha dedicación, se levantó y caminó en dirección a un mendigo que dormía bajo un árbol. Estaba cubierto por un abrigo maltrecho por los años y algunos harapos. A su lado tenía un libro, unas latas de cerveza y la compañía de dos gatos. Luci lo movió lo suficiente como para despertarlo.

—Vamos, hombre, despierta. Debes comer algo. —El mendigo despertó entre reclamos y balbuceos—. Deberías dejar de beber esa porquería, nubla tu juicio.

—¡Señorita Luz! —exclamó él—. ¡Ay ay ay! Mi cabeza es una locura. —Vio que Luci se sentó frente a él para entregarle una naranja y un sándwich—. ¡Pero mi niña, no tenía que hacerlo! —Dejó su rostro descubierto, cubierto de polvo y suciedad, maltratado por los años y una enorme barba blanca y negra.

—Quizás sí. Pero bueno, disfruta porque cuando yo no esté, nadie hará estas cosas por ti.

—¿Piensa ir de viaje, mi niña? —preguntó mientras le daba una gran mordida al sándwich.

—Algo por el estilo. Presiento que voy a estar ausente mucho tiempo —respondió Luzbel.

—Parece que no tiene mucho ánimo de ir, se nota en sus ojos —replicó el hombre, Luzbel lo miró de vuelta y sonrió.

—¿Eres un experto en psicología?

—Recuerde que fui profesor por muchos años, sé lo que la gente piensa con ver sus miradas —contestó mientras volvía a morder el sándwich—. Era parte de mi trabajo el intentar pensar como cada uno de mis alumnos.

—Aún no entiendo cómo… un prestigioso maestro como tú, una mente brillante, termina aquí, en este cuadro barroco pintado por un corazón roto y botellas de alcohol.

—Todos tenemos una debilidad, mi niña. El suyo es el amor… el mío es el alcohol —dijo mientras desgajaba la naranja—, y si eso no lo sabemos manejar, nos controla.

—Así veo —replicó Luzbel levantando una ceja, observando cómo el hombre masticaba la naranja con la boca abierta.

—¿Y cuándo se va, mi niña?

—Cuando mi hermana me venga a buscar.

—Ah, entiendo —dijo el hombre al tiempo que terminaba de comer la naranja—. Cuando la sangre llama, no hay mucho que hacer.

—Sí —respondió Luzbel sonriendo—, pero hay familias y familias. La mía va por el orden de las súper complicadas.

—Todas son complicadas, no hay una familia que sea perfecta, pero se hace lo que se puede. Al final son los únicos que van a estar siempre, pese a todo.

—¿Y en qué parque está tu familia?

—Mi niña, no se preocupe por mí. Solo preocúpese de que su corazón esté bien —respondió el hombre.

—Bien, señor Milos, si no nos vemos mañana, ha sido un gusto conocerlo. No beba tanto.

Luego de eso estrecharon sus manos y Luzbel volvió al banco en donde había dejado sus cosas para sumergirse otra vez en su libro. Cuando el sol comenzó a dar de frente se levantó y caminó sin rumbo, llegando hacia el borde del mar, en donde se encontraba el paseo y el muelle. Se movió entre los paseantes que visitaban ese lugar, predilecto para familias, amantes y deportistas, hasta que el sol se escondió, dejando su mirada fija en un pequeño velero, intentando predecir el rumbo que tomaría.

—Dentro de todas tus capacidades no está la clarividencia. ¿Lo sabías? —dijo Azrael apareciendo desde un sutil vapor y sentándose en una fuente con agua congelada. Luzbel sonrió.

—Y dentro de las tuyas no está la sutileza, querida hermana. Al menos déjame disfrutar del mar antes de partir.

—Intento comprender esta absurda obsesión tuya con todo este experimento, en serio que lo hago y sigo sin poder hacerlo. No sé qué le encuentras a este lugar —comentó Azrael.

Luzbel se encaminó hacia la fuente de hielo y se sentó a su lado.

—Estos seres tan imperfectos y al mismo tiempo tan poderosos en sí. Son indefensos frente a la magnificencia de los dioses y, sin embargo, tienen el poder de destruirlos. No saben vivir y no quieren morir. Les enseñan que la vida es larga y en ese breve lapso de tiempo son capaces de sentir algo que tú nunca vas a saber en toda tu existencia. Un sentimiento genuino y único. Nacieron en este lugar y morirán aquí, sin saber que viven en un espacio controlado, un nicho entre tantas realidades. No saben que hay tantos universos como cabellos en sus cabezas y sin saber tanto, son felices, o al menos lo intentan. —Al ver el rostro de desagrado de Azrael, sonrió—. Cuando los veo siento pena por ellos, por su sino de encierro, pero también siento envidia, porque son algo que tal vez yo nunca seré…

—Tu lamento casi hace que en este espacio vacío de mi pecho suene algo como un tambor, pero no tengo tiempo para eso —se burló Azrael. Luzbel la miró muy seria—. Poderosos, ¿no? Veremos qué tanto poder muestran cuando su creador se aburra de ellos y los quiera destruir. No sobrevivirá ninguno.

—Bueno, para eso estamos tú y yo acá —dijo Luzbel guiñándole un ojo.

—Vamos, tenemos que partir. Sácate ese disfraz.

—No es un disfraz y no lo haré. —Azrael observó ofuscada a Luzbel frente a su respuesta—. Si estoy dejando esta vida, al menos dame el gusto de hacerlo a mi manera. Mañana tomaré un vuelo a donde tú me digas. Estos inventos de los humanos me parecen de lo más genial —replicó Luzbel.

—Ay, por favor… no lo puedo creer.

—Tranquilízate, ¿quieres? No te pongas dramática. Además, nunca he viajado en avión. Me han dicho que es excitante —agregó Luzbel, observando el rostro serio y enfadado de Azrael, quien se limitó solo a pestañear en un par de ocasiones.

—Bien. Será a tu modo. Concéntrate —ordenó Azrael.

Luzbel cerró sus ojos y las imágenes volaron desde sus pensamientos. Ahora sabía con exactitud hacia dónde tenía que ir.

—¿Es en serio? —preguntó Luzbel mirando con desconfianza a Azrael.

—Es el lugar más seguro. Nadie se atreve a entrar.

—¿Y tú lo supiste siempre?

—Al menos desde que…

—Eso es un sí, bribona —la interrumpió Luzbel—. ¡Pues genial! Te veré allá en un par de días —dijo, levantándose del lugar para caminar de vuelta a su departamento.

—En serio que no lo puedo creer —exclamó Azrael antes de desaparecer como parte de la niebla que comenzaba a salir.

- Petre pater patrum papissae prodito partum.-

¿Qué haces por las noches cuando no puedes dormir?¿Miras la gran bóveda esperando tu perdón?¿Buscas en aquellas constelaciones listas para morir?¿Las explicaciones correctas de tu inocente creación?

Luzbel recordó las palabras de aquella mujer, rimas dichas siglos atrás. La conoció en las calles de Atenas, en un pasaje atestado de público circulante en las ferias populares, lejanas de las grandes bibliotecas de la ciudad y la acrópolis misma. A pesar de tener solo unos pocos miles de años experimentando con las sensaciones humanas, aquello había bastado para afinar su intuición. Toda la ciudad la conocía. Su forma elocuente de hablar, su encanto al expresarse y los conocimientos que manejaba no la hacían pasar desapercibida, salvo por un detalle: a los ojos del mundo era un hombre.

Durante sus largas caminatas por los jardines, solía observarla, siempre en una de las bancas acompañada de un hombre mayor y decenas de curiosos. Sujetaba los libros con sus dedos casi como si los hiciera levitar. Mantenía siempre un sombrero negro en su cabeza, a tono con una gonela, la calza gris y borceguís en sus pies. La calidad de la tela era muy codiciada, debían tener buenos contactos para obtener aquella vestimenta. Durante la mañana acudía a los monasterios a aprender con los más sabios hombres y en las tardes le era muy común verle conversar con la gente que se apostaba a escuchar. Era verdaderamente una persona sabia, erudita e inteligente.