Macabros 3 - César Biernay Arriagada - E-Book

Macabros 3 E-Book

César Biernay Arriagada

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Beschreibung

Las sectas religiosas son grupos cerrados que siguen una interpretación particular de una doctrina espiritual. Suelen tener líderes carismáticos y sus miembros adhieren fervientemente a sus enseñanzas. A menudo, buscan controlar la vida de sus seguidores y pueden generar un aislamiento social. De ahí que en su interior se comentan prácticas abusivas y comportamientos extremos. La atracción hacia las sectas puede surgir de la búsqueda de significado, pertenencia o soluciones a problemas existenciales, pero su impacto puede variar desde experiencias positivas hasta situaciones perjudiciales para la salud mental y emocional de sus miembros. En esta tercera entrega de Macabros, César Biernay investiga en los hechos policiales emblemáticos asociados a líderes, sectas y adoradores de Satán que han ocurrido en Chile. Junto a los mediáticos y aterradores crímenes del cura Piccardo en Puerto Montt y del padre Gazziero en la catedral metropolitana, desclasifica homicidios tétricos cometidos bajo el influjo diabólico en víctimas tan inocentes como dos religiosas en Temuco, un lactante en Colliguay y una joven gótica en Rancagua, quienes sucumbieron maquinados por sectas y por adoradores de Lucifer. «Este trabajo tiene además un aditivo que lo hace diferente y único en este ámbito; todos los relatos tienen como denominador común la presencia de un personaje que aflora entre las sombras, que deambula por la cornisa del mal, y a todos aquellos que han perdido su tutor en la vida, que se encuentran extraviados, les ofrece revertir de inmediato y sin intermediarios su desencanto. Por cierto, en agradecimiento a esa lealtad, les hace firmar un contrato que les abrirá las puertas de su universo: el de las tinieblas.» Carlos Pinto

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Seitenzahl: 439

Veröffentlichungsjahr: 2023

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BIERNAY ARRIAGADA, CÉSAR

MACABROS3Crímenes de religiosos, sectas y adoradores de satán

Santiago de Chile: Catalonia, 2023

244 pp. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-066-6

CRIMINOLOGÍA

364

HISTORIA DE CHILE

983

Diseño de portada: Mateo Infante Vergara

Diagramación: Salgó Ltda.

Corrección de textos: Genaro Hayden Gallo

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo, ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: noviembre, 2023

ISBN: 978-956-415-066-6

ISBN digital: 978-956-415-067-3

RPI: código trámite ytdqb5 (6/11/23)

© César Biernay Arriagada, 2023

© Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks [email protected]

A Jessica y Katherine.

Diablas de armas tomar.

Índice

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓNLucifer, Baphomet, Belcebú y otras caras de la demonología

ROJO AMANECEREl crimen de las monjas de Temuco (1995)

Votos perpetuos

Oración matutina

Denuncia y empadronamiento

El hogar de los Bernier

El Mandinga

Detectives y peritos

Carpe diem y los poetas muertos

Escalofrío

Informe psicológico y grafológico

Reconstitución de escena

Condena

El bien y el mal

Referencias bibliográficas

SOTANA PARDO ROJIZAAsesinato en la Catedral Metropolitana (2004)

Misa sabatina

Rodrigo lee y escucha

Ofrenda macabra

Al filo de la daga

Siervo de María

666: el número de la bestia

Rodrigo no estaba solo

Deicide por Frédéric Chopin

Alfa y omega

Referencias bibliográficas

EL ABOGADO DEL DIABLOEl crimen de la hija del pastor (2006)

La rubia de la mandolina

Día cero

Rastreo telefónico

David y Elizabeth

Un abogado para Lucifer

En busca de la verdad jurídica

Psiquis criminal

Defendiendo lo indefendible

Condena

Epílogo

Referencias bibliográficas

EL CURA QUE PORTABA UNA COLTEl caso del sacerdote Piccardo (2006)

Capellán castrense

Campana delatora

El forastero y el florista

La crucifixión

Iracundo

Puerto Montt llora

Golpe de mallete

Al maestro con cariño

Referencias bibliográficas

EL BAÚL DE JUAN BAUTISTAEl anticuario de Lolol (2012)

Lolol

El ciclista y su compañero

La agrupación oculta

Rumores del fin del mundo

La profesora de Vitacura

El crimen enluta a Lolol

La secta

La cabeza

Autopsia psicológica

Moisés

Tres muertos, dos animitas

Referencias bibliográficas

ANTARES DE LA LUZEl caso de la secta de Colliguay (2012)

Razón y fe

Ramón Castillo Gaete

El despertar de Pablo

Doce apóstoles

El adefesio

El fin del mundo

Luz y oscuridad

La exhumación

GAIA

Cicatrices

Referencias bibliográficas

BRUJAS Y DRAGONES EN LA TINARitual de sanación en Machalí (2015)

En el principio era el verbo

La primogénita

Dulce o travesura

Sábado de vigilia

La hoguera

Poseída por el demonio

Ritual bajo la lupa

Purificación por el agua

Perito inexperto

Juicio penal

¿Ignorancia o fanatismo? Un uróboro dogmático

Referencias bibliográficas

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

El acto criminal que tiene como resultado la muerte de una persona, esconde entre sus fauces un endémico atractivo. Seguramente el apetito por saber qué acontece en los insondables recodos de la mente humana, o simplemente por mera curiosidad, nos atrevemos a correr el velo de todas las historias policiales.

¿Qué tan lejos o cerca estamos de ser protagonistas de actos de esta índole? ¿El mundo se divide entre los buenos y los malos? ¿Los criminales nacen o se convierten?

Si bien los estudiosos en la materia han escudriñado con agudeza en la conducta humana y han llegado a importantes conclusiones que nos dan luces para entender qué puede tener en su cabeza un asesino que no posee el resto de los mortales, aun para la ciencia policial el misterioso móvil que lleva a los criminales a desdeñar el valor de la vida, continúa siendo incomprendido.

En este bregar, sin duda conocer –metafóricamente– en qué momento de su crecimiento el árbol pierde su tutor, es un dato no menor. Si es muy temprano, es evidente que a partir de allí el tronco comenzará a crecer en otra dirección llevado por los vientos. Los seres humanos también comenzamos a crecer en otra dirección al momento de abandonar, de eludir, de traicionar nuestra escala de valores. Es en cierto modo el instante en que sin darnos cuenta comenzamos a perder la esencia de lo que fue nuestra existencia. Padres ausentes, matrimonios disgregados, familias virulentas. Hijos sin referentes, sin estudios, sin derecho a soñar, son seres humanos que han perdido el tutor y que, sin preguntárselo siquiera, quedan en condiciones de optar por caminos que no están pavimentados.

Macabros III, no solo es la aguda compilación de hechos criminales de cierta relevancia, sino que es una mirada en 360 grados a cada historia policial que nos presenta este libro. Rescata con certeza y prolijidad los alcances del crudo hecho policial, para luego llevarnos de la mano y con delicada humanidad al mundo desconocido de la víctima, para culminar con una rigurosa y creativa investigación de la vida de los victimarios y por sobre todo a los momentos previos, a la antesala del crimen.

El acucioso trabajo de César Biernay, ofrece a los lectores todas las herramientas necesarias para contextualizar y entender lo que existe tras las bambalinas de un hecho de sangre que compromete la vida de una persona. Pero este trabajo tiene además un aditivo que lo hace diferente y único en este ámbito. Todos los relatos que componen esta imperdible lectura, tienen como denominador común, la presencia de un personaje que aflora entre las sombras, que deambula por la cornisa del mal, y a todos aquellos que han perdido su tutor en la vida, que se encuentran extraviados, les ofrece revertir de inmediato y sin intermediarios su desencanto. Por cierto, en agradecimiento a esa lealtad, les hace firmar un contrato que les abrirá las puertas de su universo: el de las tinieblas.

Carlos Pinto

INTRODUCCIÓN

Lucifer, Baphomet, Belcebú y otras caras de la demonología

Los rumores del fin del mundo se han expandido cíclicamente en la historia de la humanidad generando alarma entre paganos y creyentes. Con relativa frecuencia e intensidad, sobre todo al acercarse fechas importantes como el cambio de siglo o decenio, e incluso ante la repetición de números en el calendario anual, proliferan rápidamente los anuncios de desastres naturales, tragedias y hecatombes. De este modo un aluvión, lluvia de meteoritos o algún incendio desmedido se asocian con el fin de los tiempos.

Sobre ello, la llegada del 2000 tuvo eco en informáticos computacionales que confirmaron un eventual descontrol mundial en equipos y bases de datos, por anomalías de programación y mala configuración atribuidas al cambio de fecha. Más de algún cristiano caviló en los misiles de la Guerra Fría y su fortuita activación cuando el reloj marcara las 00:00 del año 00. Sumar a ello las creencias particulares de la mítica figura de Satanás —y sus variantes diablo, Belcebú, Beliar, Mefistófeles, demonio, Lucifer, maligno, ángel caído, cola de flecha, Baphomet, genio del mal o el Mandinga— significó que muchas personas, y de diferentes culturas, esperaran con incertidumbre la llegada del nuevo milenio.

Con estos antecedentes, los historiadores recordaron el paso al año 1000 en la Edad Media, que provocó un similar nerviosismo en las comunidades de Occidente, con gente saltando al vacío o bebiendo pócimas que les quitaban la vida rápidamente, evitando así la agonía que les podía provocar el maléfico cambio de año. Al narrador Mark Twain se le atribuye la frase “la historia no se repite, pero rima”, cuyos fundamentos quedan a la vista en el miedo generalizado que se genera cada vez que la numerología anuncia una fecha de temer. Las profecías de Nostradamus y sus rumores del fin del mundo son otras historias que alimentaron, y alimentan, la suspicacia de la feligresía, que colmadas de personajes, sucesos y vaticinios anuncian la invasión de plagas, erupción de volcanes y la llegada del maligno. “El dragón de las siete mil cabezas” fue una de ellas, considerada por muchos como la analogía de Internet, que a mediados de los noventa amenazaba con cambiarlo todo desde cada uno de los computadores conectados a la gran red. La masificación del trabajo en redes, que para algunos confirmaba la hipótesis planteada por Alvin Toffler en 1979 en su obra La tercera ola, para otros era tecnología extraterrestre que llegó para acabar con el mundo.

Este torrente de especulaciones se complementa con pasajes bíblicos del Apocalipsis que, avivados por la prensa sensacionalista, alimentan tétricas imaginaciones en el pueblo creyente. Cielos rojos, rayos de fuego y calor insoportable, eran predicciones interpretadas por la inspiración divina de pitonisas que describían trágicamente el fin de la humanidad. Todo pecador pagaría en la Tierra sus actos de impureza y desobediencia, augurio que la historia revelaría con señales como el primer papa de raza negra o líderes mundiales con oscura ascendencia, junto a un sinfín de personificaciones del diablo. Las sagradas escrituras referencian a Satanás con sus sinónimos coloquiales, aparte de los ya mencionados, como demogorgón, padre de mentira, el tentador, señor de la muerte, príncipe de la potestad del aire, entre otros. Una de las máscaras del maléfico lo muestra como el amo del remordimiento, asumiendo que Satanás no se condice solamente con crimen o delito, sino más bien con cierto sentido humano de culpabilidad y autocastigo. Asimismo, la sociedad atribuye al diablo los bajos instintos y las conductas culpables de los seres humanos. Para los estudiosos del tema, él es la formulación demoníaca de la muerte y la violencia, instigador de calumnias y traiciones, personificación de la mentira y la locura del orgullo.

Agrupaciones como la secta Moon, que en sus matrimonios masivos casaban parejas adineradas y pobres desde los dieciocho hasta los noventa años, evidencian que las sectas y adoradores de Satán no responden a un segmento social o etario, sino a un estado de madurez emocional y perfilamiento espiritual. Ser un líder sectario requiere características y dones especiales. Además de la oratoria y persuasión, el líder debe ser convincente con la víctima adecuada en el lugar adecuado, mantener un lugar para las reuniones, alejado del mundo y su ruido, disponer de un sistema de subsistencia y de reclutamiento de fieles. Toda persona en situación de soledad, de angustia, de tristeza incontenible, o en búsqueda de respuestas en alguna cosmovisión difícil de calzar en algunas de las tantas religiones, porta el perfil de seguidor de los líderes carismáticos. Estos, circulan libres por las veredas y calles de la ciudad, y de los pueblos, buscando adeptos para salvar al mundo a cambio de sus penitencias que, de paso, los librarán de la hecatombe del fin de los tiempos.

Al escenario de clarividencias se suma la mitología contemporánea que vincula el tercer secreto de Fátima, los agujeros negros y el triángulo de las Bermudas con la germinación de catástrofes, tragedias y desastres naturales. El paso por la Tierra del cometa Halley en 1986 también nutrió de falsas advertencias a una población temerosa de ver ante sus ojos como el universo explotaba en una gran masa de fuego. En la década reciente, los supuestos flagelos anunciados por el calendario maya, que registraba los días del mundo solo hasta el 21 de diciembre del 2012, constituyó el insumo perfecto para que los medios de comunicación volvieran a sembrar el pánico entre los humanos.

Ante este tipo de amenazas, la búsqueda de respuestas y de salvación ha decantado siempre en la generación de agrupaciones —minoritarias para algunos, mayoritarias para otros— esotéricas y muy reservadas, unidas por el deseo del rescate divino. Ya sea desde conglomerados internacionales que sustentan su doctrina en un llamado celestial, hasta pequeños grupos autosuficientes y autónomos que sobreviven en una alejada parcela de provincia, pasando por agrupaciones de coaching coercitivo y místicas, sometidas al dolor, el castigo y la penitencia, lo que se busca es la invocación suprahumana que los proteja de un fatal destino. Tanto estas agrupaciones —muchas de ellas ocultas bajo el indefenso cartel de comunidades ecológicas—, como el amplio abanico de adoradores de Satán, han operado al borde de lo aceptado, presentando excesos en su fanatismo hasta rayar en el crimen y el homicidio.

En el plano internacional mucho se ha escrito sobre estas mentes perversas. Charles Manson, por ejemplo, fue condenado por siete macabros homicidios en 1969, cuya figura fue el centro de muchos estudios sociológicos; lo propio con Jim Jones y su secta Jonestown, como fue denominado el Proyecto Agrícola del Templo del Pueblo al norte de Guyana, en cuya comunidad apocalíptica 913 miembros se suicidaron el 18 de noviembre de 1978 —homicidio masivo para algunos—, además de la ejecución de cinco personeros de gobierno, incluido un congresista de Estados Unidos; o Rasputín, el brujo ruso y taumaturgo que a comienzos del siglo XX, protegido por el duque Nicoláyevich, logró la confianza de los zares siendo acusado de conspirar en favor de Alemania. Nuestro país no está exento del impacto que las sectas provocan en la sociedad ni de la percepción de inseguridad que genera la muerte de religiosos.

En la presente entrega de Macabros, la tercera de la saga, se relatan los hechos del asesinato, frío y aterrador, de dos monjas en un convento de Temuco que sembró el pánico en el marco de la relación entre anticristianismo y crimen. Ya en el presente siglo, el asesinato del sacerdote Gazziero en la Catedral Metropolitana abrió el debate sobre la fuerza de Satanás y su influencia en los jóvenes. El robo con homicidio del padre Piccardo en el sur de Chile avivó los temores respecto a los crímenes de religiosos, dejando una herida abierta en el pueblo de Dios que cuestionó la moral del clero. La muerte de una joven gótica en Rancagua, hija de un pastor, puso en la palestra el fuerte vínculo entre homicidio y el consumo de Internet. El espeluznante crimen de una niña en un rito de sanación enmudeció a la opinión pública nacional pero no a los habitantes de Machalí, exhibiendo la delgada línea entre fanatismo e ignorancia.

En 2012, en el marco del supuesto fin del mundo, anunciado en base a los guarismos del calendario maya, el caso del monstruo de Lolol posicionó a esta campesina y apacible comuna como estandarte de la crueldad. Y para el corolario, el caso de la secta de Colliguay, sustentada en el carisma de Antares de la Luz y su macabro crimen que mantuvo en vilo a la sociedad chilena y peruana.

El carácter repetitivo de este fenómeno delictual, que se alimenta de la prensa sensacionalista y del morbo televisivo ante fechas emblemáticas de la agenda, prospecta la concreción de nuevos homicidios bajo el alero del ideario satánico. Una sociedad cada vez más individualista y consumista, obnubilada por la teleserie de turno, con adolescentes solitarios, matrimonios enfermos y abuelos abandonados, poco ayuda a revertir la escena delictual actual. Con instituciones religiosas cuestionadas, controvertidos líderes mundiales y gobiernos inciertos, pareciera ser que la familia, ladrillo fundacional de la sociedad, es quien debe velar por revitalizar los valores. Muchos flagelos nacen de la mentira y la competitividad. Es allí donde las madres, padres, hermanos y abuelos, estamos llamados a apagar la televisión, abrir los libros y revivir las sobremesas.

Por ello justifico este esfuerzo documental y literario, en pro del diálogo sobre los beneficios y desventajas del dogma, de las creencias sobre el cielo y el infierno, y sobre lo que está en el medio entre la vida y la muerte. Desde una mirada ortodoxa, el atentado a las torres gemelas fue provocado por una agrupación secreta dominada por un agudo sentido religioso. Lo mismo con los kamikazes de la segunda guerra mundial, que derramaron mucha sangre y provocaron cuantiosas pérdidas entregando sus vidas bajo un convincente modelo espiritual de servir a la patria. A ello se suma la idiosincrasia popular que mezcla la masonería, los clanes universitarios y las zíngaras gitanas, con los adolescentes rebeldes que matan gatos en los faldeos cordilleranos. La ley no da estatus a estas agrupaciones, siendo el derecho penal el que exige de las policías sus mejores procedimientos para esclarecer la verdad. Con todos los miedos y temores que la prensa y los canales de televisión se han encargado de propagar, y en tiempos tan difíciles como el actual post estallido social y post pandemia, permanentes virus que amenazan con nuevas alertas sanitarias, bajo el pulso de guerras en Oriente y ensayos de bombas nucleares que explotan en el mar cada vez más cerca de la costa, propician un estado colectivo de incertidumbre, escenario ideal para que Satanás meta su cola. Como hombre de ciencia y de literatura, no creo en brujos, pero como dicen por ahí, de que los hay… los hay. El que no crea, que se adentre en las páginas de este libro.

Rojo amanecer

El crimen de las monjas de Temuco (1995)

Carpe diem

(Vive la vida, vive el momento)

Votos perpetuos

En el sur de Chile los inviernos son fríos, pero no su gente. El sureño es amable y empático, en cuya interacción cotidiana logra ver en el otro su propia condición humana. Quizás el propio clima, adverso en la tempestad, promueve la sana convivencia entre sus pares para levantar juntos la comunidad.

Temuco es una ciudad con historia. Desde la impronta de sus aborígenes que durante trescientos años defendieron su territorio, se reconoce a su gente por su lucha y defensa permanente de sus raíces. También se comprueba la calidez de su feligresía católica, amparada en cientos de parroquias e iglesias que domingo a domingo colman sus salones para escuchar la prédica semanal. La Catedral de Temuco es referente nacional tanto por su arquitectura como por la fuerza de sus peregrinos, cuya noble proclama les ha significado ilustrar más de algún atlas en las páginas dedicadas a la Región de la Araucanía.

En el tejido de instituciones católicas que dieron forma y vida al espíritu religioso temuquense, se encontraba hacia 1995 la congregación religiosa Hermanas Misioneras Catequistas de Boroa. Esta unidad, de espiritualidad franciscana fundada por el sacerdote capuchino Wolfgang de Kochel, en frecuentes visitas de acción solidaria y en rigurosas jornadas de meditación promovían la fe católica en los valles del Ñielol. Desde el 17 de febrero de 1928, estas servidoras de Cristo cumplían su voto perpetuo con estricto apego a la doctrina, en el marco de privaciones, penitencias y sacrificios propios de quienes entregan su vida al servicio religioso.

En calle Uruguay 954, en una modesta construcción de dos pisos, se emplazaba el hogar de las misioneras. Junto al acceso de la casa se encontraba el recibidor, adornado con imágenes sagradas y floreros con crisantemos siempre vivos. Una mampara separaba la cocina del comedor y tras unos peldaños se accedía al fondo de la casa donde estaban los baños, dormitorios y un pequeño taller. El día se iniciaba muy temprano y las tareas colmaban el horario desde la madrugada hasta la noche. Con roles definidos y actividades asignadas para todas las hermanas, la unidad religiosa cumplía la función social y espiritual declarada en su orgánica fundacional sin sospechar que en sus nobles afanes ofrendarían hasta la vida.

Oración matutina

Corrían los primeros días de septiembre de 1995. El invierno en Temuco había sido duro, con fuertes vientos, lluvia intermitente y mañanas heladas. La noche anterior al miércoles 6 se dejó caer un aguacero en abundancia, cuyas gotas repiqueteaban en las tejas de greda, en el zinc y en planchas metálicas, en interminable orquesta de sonidos. El reloj despertador de la hermana Isabel Prado sonó a las 06:15, pero como de costumbre ya estaba despierta. A sus 61 años mantenía el hábito de iniciar muy temprano su servicio al Señor.

Tras el aseo personal se vistió su atuendo albinegro, con su toca, su cadena en el cuello, y se dirigió a la capilla del hogar para la oración diaria. Con religiosa puntualidad, abrió las puertas del salón litúrgico a las 06:45 para iniciar el madrugador ritual, pero el agua de lluvia filtrada por las goteras inundó la dependencia. Con este panorama, las oradoras debieron trasladarse al recibidor para realizar la oración.

Dispuestas en el salón alternativo, las hermanas de Boroa dieron inicio a la primera oración del día haciendo la señal de la cruz. Un ruido sonó al fondo de los dormitorios y la hermana Isabel giró su cabeza sin interrumpir el rezo. Nada extraño había alrededor. Concentró sus pensamientos en la plegaria y tan solo minutos después, cuando aún no eran las 07:00 horas, por el rabillo del ojo vio descorrer una cortina más allá de la mampara. Volteó instintivamente pero todo estaba en su lugar. El alba despuntaba lenta, la luz entraba tenue por los cristales de la fachada cuando una sombra, fugaz y extraña, se proyectó por el pasillo. Al mirar, había desaparecido. Cuando Isabel vio levantarse a su compañera Alicia notó que no era la única monja del salón que había visto lo mismo.

En efecto, la hermana Alicia del Carmen Pilquimán Ulloa interrumpió su oración para dirigirse hacia los dormitorios. Avanzó discretamente con sus manos recogiendo la falda, como evitando que los charcos de la capilla humedecieran la basta de su plegada tenida. A segundos de su ausencia, las misioneras que participaban de la oración sintieron un fuerte grito que venía desde el pasillo. La hermana Isabel se puso de pie para socorrer a su hermana, pero ya era tarde. Al empujar la puerta de la mampara vio a su compañera Alicia tendida sobre el flexit, y sus lentes tirados junto a un charco de sangre al costado de la cabeza.

Mientras intentaba reanimarla, la hermana Alfonsa que también acudió en su ayuda manifestó que quizás se había caído de la escala o resbaló en el piso mojado, pero la hermana Isabel sospechó otra cosa. Un extraño podría estar dentro del recinto. Al tiempo de esta sospecha unos pasos presurosos se sintieron a sus espaldas. Al mirar hacia el fondo, en una distancia aproximada de tres metros, vio junto al muro a una persona de cabello largo y negro que salió por una ventana rota en dirección hacia la entrada por el patio lateral. La monja dirigió su mirada hacia el lado opuesto a fin de identificarlo cuando cruzara por fuera del ventanal de la fachada, pero no lo vio. Había escapado por otro lugar.

Los carabineros se apersonaron rápidamente tras la llamada telefónica de la hermana Isabel. Ella, cuando el resto de las monjas gestionaban en vano asistencia médica y narraban lo ocurrido a los efectivos policiales, caminó frente a los dormitorios buscando respuestas. Evidenció que los vidrios rotos estaban dentro del hogar. Luego, vio entreabierta la puerta de una habitación y descubrió que la hermana Angelita Muñoz Segura seguía acostada. Al mirar con detenimiento observó sangre sobre la ropa de cama y manchas rojas esparcidas en el suelo, además de una funda de cuchillo tirada a los pies de la cama. Su grito de espanto alertó a los carabineros que infructuosamente intentaron reanimar a la malograda religiosa que se encontraba muerta en su lecho.

La escena era inexplicable. Los objetos de valor de las hermanas estaban en su sitio. El dinero de la unidad religiosa seguía en su caja de fondos. Los cuerpos de las hermanas violentadas no tenían signos de abusos sexuales. Solo una certeza daba pie a las primeras diligencias. La muerte de las religiosas no fue un accidente y las sospechas caían sobre la persona intrusa a quien se debía rápidamente localizar.

Denuncia y empadronamiento

Directamente desde la Vicepresidencia de la República emanó la orden a ambas policías de enviar a Temuco a sus mejores funcionarios, a fin de trabajar junto a los efectivos locales en pos del esclarecimiento del salvaje doble crimen (Sandoval, 1995, p. A-9). Con este marco, fue el propio sacerdote Jaime Villalobos Farrán, chileno nacido en Huepín en 1950, quien realizó la denuncia en la Policía de Investigaciones (PDI). Se desempeñaba en el área sacerdotal sirviendo en distintos lugares de la región desde hacía quince años. Al momento de los hechos ocupaba el cargo de director del Instituto Teológico de la Universidad Católica de Temuco, director diocesano de Caritas Temuco, capellán de las Carmelitas Descalzas y capellán de las Hermanas Franciscanas del colegio San Francisco de Asís de la ciudad de Temuco.

Respecto a los hechos investigados afirmó en su declaración que el miércoles 6 de septiembre, mientras oficiaba una misa en dependencias de las religiosas franciscanas, fue informado que habían ultimado a dos monjas de la congregación misionera catequista de Boroa, cuyas instalaciones se encuentran ubicadas en su jurisdicción. Se trasladó rápidamente al lugar constatando el brutal atentado, sin portar sospechas de la causa de los homicidios, verificando que no existían especies sustraídas. Ante los hechos, el seminarista Jorge Ruiz declaró a un diario local “es un ataque a la unidad de la Iglesia y un hecho impresionante por la violencia y el odio desatado (…) la sangre de los mártires de la Iglesia es la semilla que siembra para dar vida a nuevos fieles” (El Diario Austral, 1995a, p. A-8).

La inusual presencia de carabineros, detectives y periodistas durante esa mañana en las calles, ramificó rápidamente la noticia en el vecindario. Incluso, antes de las 10:00 horas se emitió un extra por televisión dando cuenta de lo sucedido, despertando las más suspicaces teorías. Tras el empadronamiento a los vecinos, la primera hipótesis fue vincular a un individuo con trastornos mentales que escapó desde un recinto psiquiátrico. La segunda consideró la eventual participación de un varón con antecedentes esquizofrénicos que el día del crimen llegó a su casa visiblemente alterado alrededor de las 08:30 horas, cuya denuncia fue interpuesta por la propia madre mediante una llamada telefónica al 133. La tercera hipótesis consideró a un joven drogadicto del vecindario que se encontraba desaparecido, en tanto la cuarta correspondió a una pareja de hombres a quienes se les vio merodeando el lugar. La quinta línea de investigación policial daba cuenta de un joven de mediana estatura, que vestía ropas oscuras, cuyo paradero era conocido pero se estaba a la espera de las evidencias que dieran respaldo a tal suposición. Las cinco hipótesis consideraban un amplio radio de acción que cubría las localidades de Temuco, Loncoche y Pitrufquén, lo que requirió el trabajo mancomunado de 340 agentes policiales, tanto de Carabineros como de la PDI, que se abocaron a la búsqueda de el o los responsables del doble asesinato (El Diario Austral, 1995c, p. A-7).

Lidia del Carmen era vecina de la comunidad de hermanas y vivía precisamente en la calle de los asesinatos. Tras un tiempo de vida en pareja, cuando su conviviente se fue ella quedó en la casa del pasaje Uruguay, con su abuelo y sus tres hijos. La noche previa al crimen Lidia se acostó a las 22:30 horas y se levantó aproximadamente a las diez de la mañana. Salió al patio con dirección a la leñera a fin de buscar unos maderos para entibiar la casa. Sobre un ladrillo, que junto a otros dibujaba un sendero en el jardín, vio botado un cuchillo de asa negra, serrucho en el filo y manchas de sangre en la hoja cerca de la empuñadura, y más adelante en el patio, divisó sobre el pasto un ensangrentado guante de chiporro de color café. Como ninguna de las pertenencias eran de la casa, preguntó al jefe de hogar por su procedencia al momento que él veía en la televisión el extra informativo que pormenorizaba el cruento asesinato de las dos monjas en ese mismo pasaje. Ante ello el hombre recomendó contactar a la policía y dar aviso del hallazgo.

Así, Lidia se dirigió al hogar de las religiosas y avisó a los detectives que trabajaban en el lugar respecto a las especies encontradas. Los investigadores acudieron a su domicilio y revisaron el jardín, la cocina y los dormitorios en busca de evidencias. Nada de relevancia encontraron, salvo un detalle en el patio: descubrieron una redondela ploma más un adminículo pequeño envuelto en un nailon. En una segunda inspección ocular, realizada por la PDI ese mismo día, se encontró un diminuto artefacto redondo junto a la ventana, que mantenía correspondencia con los objetos descritos con antelación. La interpretación de este hallazgo daba cuenta que el cuchillo fue lanzado desde una casa vecina, que según la orientación y disposición de los elementos vendría desde el hogar de los Bernier Anguita.

Ramón Mondaca era zapatero y vecino cercano al hogar señalado. En su declaración policial señaló que el jefe de familia de la casa de los Bernier se encontraba permanentemente bajo la influencia del alcohol, incluso en las mañanas cuando frecuentaba visitarlo en el taller de calzado. Era tal su inclinación por la bebida alcohólica que el declarante afirmó haber realizado gestiones para conseguirle un trabajo, como chofer, para mantenerlo ocupado en una rutina laboral. Un día lunes debía presentarse en una entrevista pero no llegó por estar bebido.

Sin perjuicio de lo anterior, y a fin de completar los reconocimientos del sitio del suceso y de cadáveres, en horas de la tarde del mismo día de los asesinatos se efectuaron nuevas inspecciones oculares a cargo de un equipo multidisciplinario conformado por oficiales policiales de la Brigada de Homicidios Metropolitana y personal del Laboratorio de Criminalística. Se desempeñó como perito fotógrafo forense Washington Barría, perito planimetrista Pablo Garrido, perito mecánico Ricardo Moreno, perito químico María Soledad Perschen, perito balístico detective Fernando Rojas y como médico criminalístico José Belleti.

El informe científico-técnico del servicio de turno del 6 al 7 de septiembre, de la Brigada de Homicidios de Temuco, detalló de lo general a lo particular los hechos vinculados a los asesinatos, aportando certezas a la investigación policial. La bajada al detalle y al más mínimo detalle, según lo dictan los principios de la criminalística, lo aportó el informe planimétrico y fotográfico. Así, la huella plantar de la marca de zapatos modelo Caterpillar, el retrato hablado de un sujeto con pelo negro y largo, las características particulares del guante hallado en el jardín de la vecina y del cuchillo, segmentado en partes en el patio, que encajaba perfectamente con la funda encontrada a los pies de la cama de la malograda monja, hacían muy necesaria la investigación en el domicilio indicado por las evidencias. Hasta allá se dirigieron los efectivos policiales.

El hogar de los Bernier

Los padres de la casa de los Bernier Anguita eran Nemesio y Ana Luisa. Se casaron en 1973. Con veintidós aniversarios juntos vivían una normal cotidianidad. Buscando criar una niña tuvieron cuatro varones, tras lo cual decidieron cerrar el clan familiar. El mayor era Cristian con veinte años, le seguía Marcos con diecisiete, Robert con ocho y Gustavo con solo cuatro.

Los primeros años de matrimonio los vivieron en Punta Arenas. Ana Luisa era dueña de casa y Nemesio suboficial de Ejército. Ingresó a la institución en 1968 y tras diez años vistiendo el uniforme gris perla se retiró por motivos personales. De allí en adelante se desempeñó como funcionario municipal en la alcaldía de la ciudad magallánica y luego fue tripulante en buques pesqueros, oficio que le exigía abandonar la familia cada cierto tiempo, embarcado generalmente en naves extranjeras. Por razones de mejor calidad de vida, economía familiar y la oportunidad que les brindó una pequeña herencia, ese año 1995 la familia se mudó a Temuco. Sin embargo, para muchos el furtivo traslado a la Región de La Araucanía, que incluyó un periplo por Valdivia, se explicaría por un confuso incidente entre el jefe de hogar y su hermano, hecho que le costó la vida al tío de la familia Bernier. Dicha situación habría generado también el excesivo consumo de alcohol de Nemesio, que lo llevó a ingerir cerveza, vino y destilado con frecuencia diaria, hábito que compartía también con sus hijos.

El martes 5 de septiembre, en la noche previa al crimen, Ana Luisa y Nemesio invitaron a su casa a Ramón el zapatero y su señora. El panorama era ver juntos una pelea de box por televisión. Mientras se encontraban instalados en el living, departiendo unos tragos de cerveza siguiendo la programación deportiva, el joven Marcos pidió permiso a sus padres para participar de una junta nocturna con sus amigos. Al despedirse, y vistiendo una gruesa chaqueta oscura y guantes de chiporro, el segundo hijo de la familia aseguró que se iba a portar bien.

La gala boxeril transcurrió por televisión mientras las mujeres conversaban de lo humano y lo divino. Finalizada la transmisión a las 23:30 horas, el matrimonio amigo se retiró y el clan Bernier se fue a acostar. A las 04:00 de la mañana Ana Luisa bajó desde su pieza en el segundo piso al dormitorio de Marcos para verificar si había llegado, pero encontró la cama estirada. Pasadas las 06:00 horas, el bebé del hogar la despertó reclamando su mamadera. En ese momento sintió la cerradura de la reja.

En el patio, y tratando de no hacer ruido, Marcos llegaba a su casa después del trasnochado encuentro. Antes de entrar al living se fue derecho a la pandereta, se acercó a la pared, descorrió el cierre de su pantalón, se sacó un guante y se dispuso a orinar. Luego entró a la cocina, abrió el refrigerador, tomó una fruta y se preparó un sándwich. En ese instante apareció su mamá y lo increpó duramente por llegar a esa hora. Marcos se limitó a decir que estaba bien y la abrazó. Ana Luisa sintió su hálito alcohólico y vio en sus ojos que venía bebido.

Cuando Marcos se acostó, su madre inspeccionó la ropa mojada y embarrada. Robert se despertó con la reprimenda que Ana Luisa le daba a su hermano y decidió levantarse. Nemesio, que también estaba despierto, le pidió a Robert que fuera a comprar el diario. En el quiosco, y ante el singular ajetreo en el barrio temuquense, el suplementero le informó que habían matado a dos monjas y por eso había aquel despliegue policial en la calle. Cuando el hijo regresó a casa con la noticia, un escalofrío y mal presentimiento le anunció a la madre que quizás Marcos estaría involucrado en ello.

Presurosa, Ana Luisa subió a su pieza y deslizó con sigilo el visillo de su ventana. Carabineros, detectives y curiosos transitaban por la calle en diferentes direcciones, dando cuenta de la gravedad del hecho. Guió su mirada a las casas vecinas y divisó cuando los policías levantaban desde un patio vecino un cuchillo con las mismas características que el de Nemesio. El ofuscado padre quiso despertar a Marcos para salir de la duda pero la madre se negó argumentando que estaba trasnochado y que necesitaba dormir. Lo cierto es que la apesadumbrada madre bajó hasta la puerta de la pieza y con los ojos apretados se llevó las manos a la boca. Prefería no saber la verdad ni compartir sus conjeturas.

A las 09:20 horas efectivos de Carabineros se apersonaron en el hogar de los Bernier pidiendo acceder al patio del fondo, argumentando que en la casa de atrás habían encontrado algunas especies de importancia en el marco de una investigación policial. Nemesio los dejó entrar, al igual que a un camarógrafo de la televisión que solicitó autorización para filmar.

Pasaron las horas y los nervios consumieron a la madre. No dejó pasar más tiempo y golpeó la puerta. Marcos estaba despierto, sacó el seguro y la dejó entrar.

—Oye Marcos ¿sabes que mataron a dos monjas acá arriba?

—¿Y yo qué tengo que ver en eso? —exclamó el joven.

—¿Dónde está el cuchillo del papá? Porque los policías encontraron uno igual al nuestro en el patio del lado.

—¡El Pablo lo tiene! —intentó explicar el hijo, interponiendo a su mejor amigo.

—¿Y las manchas de sangre en la chaqueta? ¿Y los piquetes en los puños?

—Fue un rasguño del perro —Ana Luisa le creyó, o al menos eso quiso creer.

La madre se fue a la cocina para servirle el almuerzo. A esa hora ya todos habían comido. Marcos se sentó solo en el comedor y comenzó a comer sin apetito, mientras su padre le formuló una y otra vez las mismas preguntas de su progenitora. Nemesio recibió las mismas respuestas, pero esta vez Marcos estaba visiblemente enojado por la desconfianza generada. Así, después de comer volvió a su pieza a acostarse. La abnegada madre, con su infinito amor, procedió a lavar la chaqueta no sin antes zurcir las rasgaduras.

Tres horas más tarde, aproximadamente a las 17:00 horas, dos amigos de Marcos, Pablo y “el Luxor”, con quienes compartió la noche anterior, fueron a visitarlo. Estuvieron los tres encerrados en la pieza durante veinte minutos. Hubieran seguido conversando sobre lo ocurrido con las monjas asesinadas, pero súbitamente el papá entró en la habitación y textualmente les dijo “no quiero más guerra” y los echó.

Tras la partida de sus amigos, Marcos se volvió a levantar y se dirigió a la pieza de cemento ubicada en el primer piso frente a su dormitorio. Allí dormía el perro, pero no fue esa la razón que lo llevó al cuarto. Con ayuda de un encendedor prendió un pequeño fuego. Su madre se percató del humo que salía por la ventana, abrió la puerta y vio a Marcos parado quemando algo que no supo lo que era. Solo observó una masa negra humeante que con ayuda de una escoba y una pala echó dentro de un cambucho de papel de diario, que luego depositó en el basurero de la cocina. Tras lo ocurrido, el segundo hijo de los Bernier se fue al living a ver televisión.

En minutos llegó la PDI exhibiendo una orden amplia del Juzgado procediendo a revisar la casa. En todo momento la madre afirmó que sus hijos eran “ubicados” y tranquilos, respetuosos con sus mayores y colaboradores con el orden de la casa. Pero tras el débil manto de moralidad que muchos progenitores superponen sobre su núcleo familiar, se puede esconder una disfuncionalidad difícil de sobrellevar. Marcos, el segundo hijo del clan, arrastraba un oscuro velo antisocial. ¿Sería capaz de cometer tan crueles asesinatos?

El Mandinga

El 10 de julio de 1978, en la región más austral del país nació Marcos Bernier Anguita. Tras cursar su enseñanza básica en la escuela Portugal de la magallánica ciudad, realizó su primer año de enseñanza media en 1994 en el Centro de Educación Integral de Adultos (CEIA), paralelo a su trabajo como empaquetador de un céntrico supermercado de Punta Arenas. Aunque era un alumno regular, de notas buenas y malas, dejó el curso a fines de 1994 cuando junto a su grupo familiar emigraron en busca de una mejor calidad de vida. En enero de 1995, se trasladaron a Niebla en Valdivia. Vivió momentáneamente en casa de la tía Susana, mientras su padre tramitaba la venta de una casa heredada de sus abuelos paternos.

Cuando se concretó el traspaso de la propiedad, por una suma cercana a los cinco millones de pesos, la familia Bernier Anguita se trasladó a Temuco con el propósito de radicarse. Primero arrendaron por dos meses una casa ubicada en la esquina de calles O’Higgins y Uruguay. Luego se cambiaron poco más al sur a una vivienda en calle Uruguay 1027. Así, conocido por sus apodos de “el pepo” o “el tomate”, en 1995 Marcos se encontraba soltero y sin oficio, viviendo en la población Dreves a menos de cien metros del hogar de las hermanas misioneras.

Si bien no registraba antecedentes ni cargos pendientes en los archivos policiales, mientras vivía en Punta Arenas fue detenido por problemas de conducta. En aquella ocasión se encontraba en la vía pública en estado de ebriedad. En Valdivia, además, fue detenido por carabineros por el delito de robo de cigarrillos en un negocio de abarrotes. Tras ser enviado al tribunal fue declarado sin discernimiento y dejado en libertad por ser menor de edad. Del mismo modo, aunque no documentaba antecedentes clínicos, ni tampoco padecía enfermedades o patologías, en un accidente de tránsito en 1987 Marcos resultó lesionado cuando un trozo de vidrio del parabrisas se incrustó en su hígado. Desde entonces presentaba problemas para ingerir algunos alimentos y especialmente bebidas alcohólicas. Pese a esta secuela, el joven magallánico era un regular bebedor que gustaba de brindar con sus amigos, instancia en que además consumía marihuana.

En el vecindario Marcos no fue una persona sociable. Comenzó a relacionarse con algunos vecinos solo al correr el tiempo. Supo que en Temuco se encontraba Pablo, un viejo amigo de Punta Arenas, a quien contactó y empezaron a salir juntos. Con él compartían intereses desde pequeños, como la afición al rock pesado. Pablo tocaba en una banda de Victoria, por cuyo intermedio conoció a “el Luxor”, un joven que estudiaba técnico forestal en el Inacap de esa ciudad. En ellos se afianzó una estrecha amistad que decantó en constantes reuniones, donde conversaban de música, ingerían alcohol y consumían drogas.

Marcos era propenso a pasar gran parte del día en la soledad de su habitación, momentos en que con lápiz y papel en mano frecuentaba dibujar logos de sus bandas de rock predilectas. Junto a guitarras, letras puntiagudas y vocalistas de abultada melena, sentía especial inclinación por bocetos con el rostro de Satán. Para mayor tranquilidad se encerraba a puerta cerrada y bajo llave, para dar curso a su afición, dejando sonar de fondo las notas de un agudo teclado, golpes de batería y voces roncas declamando versos en idioma inglés.

Dedos largos que terminaban en punta, rostros con ojos hundidos y sonrisas prominentemente dentadas, adornaban las hojas de sus cuadernos y las puertas de su ropero. Acompañaba sus dibujos con signos y siglas de tendencia satánica, cruces y estrellas invertidas. El símbolo nazi por ejemplo, o retratos de Baphomet, ilustraban sus croqueras y apuntes escolares, con trazos inspirados al son de estrofas agresivas y violentas de sus bandas favoritas, pudiendo pasar horas dibujando la simbología sectaria.

Considerando el breve círculo en que se movía a sus diecisiete años, su reciente traslado al norte y el perfil de su familia, es posible determinar que fueron las preferencias musicales de Marcos las que despuntaron su interés e inclinación por el satanismo. El segundo hijo del clan Bernier nunca participó en una secta ni tampoco afirmó portar un mensaje divino, pero sus amistades vinculadas a este tipo de bandas musicales despertaron la curiosidad por conocer más sobre esta tendencia diabólica.

Etimológicamente, el término secta proviene del verbo sequi (seguir) y estaría designado a un grupo de discípulos de un profeta, o líder carismático y que adopta las creencias y normas de vida que esta proclama como verdaderas, únicas y necesarias (Lagos, 2004, p. 10). Otra variante proviene del verbo secare (sectar, cortar) o secedere (separarse), caso en el cual secta evocaría la secesión de un grupo minoritario de uno más grande, como una iglesia u otra agrupación religiosa, al que considera corrupto y/o inconsecuente con la normativa doctrinal (Lagos, 2004, p. 10). Ninguna acepción calzaba con la dinámica del joven temuquense.

Sin embargo, Marcos comenzó a adquirir folletines y literatura que respondían a sus gustos y expectativas, se dejó crecer el cabello y sus vestimentas se volvieron oscuras. Así, junto a sus pertenencias y elementos personales, lucía de manera visible diversos objetos con simbología satánica. A saber, una figura de plomo con el signo satánico posaba al costado de su lámpara de noche; en su caja porta-casete, destacaban álbumes ilustrados con el signo de Satán, y en su velador guardaba un estuche de lana de color verde con el logo de la cruz invertida. Con todo, sus dibujos de figuras diabólicas sobre papel blanco y manuscritos con escrituras asociadas al satanismo, decoraban las repisas de su habitación junto a cajas vacías de whisky.

Detectives y peritos

Angelita Muñoz Segura nació en Vilcún el 29 de octubre de 1915. Tuvo seis hermanos. Sus padres fueron José Alejo Muñoz y Rufina Segura. Ingresó a la congregación el 10 de junio de 1935, con veinte años. Tres años después realizó sus votos religiosos, momento en que pasó a llamarse sor Bernardina. Al momento del crimen tenía 57 años de entrega a Dios y brindó servicios religiosos en ciudades como Villarrica, Osorno, Hueñivales, Santiago, Maquehue, Hualpín y Talcahuano. Hizo gala de su vocación en el leprosario de Rapa Nui ayudando y atendiendo enfermos.

Alicia Pilquimán Ulloa, en tanto, nació en Temuco el 1 de junio de 1944. Hija de Manuel Pilquimán y Ema Ulloa, tuvo tres hermanos. Ingresó a la congregación el 20 de marzo de 1963, con apenas diecinueve años. Cuatro años después realizó sus votos religiosos, momento en que pasó a llamarse sor Alicia del Carmen. Al momento del crimen tenía veintiocho años de entrega al Señor. Brindó servicios religiosos en Radal, Lota y Santiago. Se preparó como auxiliar paramédico y se desempeñó durante veintiún años en el Hospital Regional de Temuco.

Ambas religiosas de la congregación Hermanas Misioneras Catequistas de Boroa, de la diócesis de Villarrica, dejaron este mundo y cesaron su servicio a Dios en un hecho sin antecedentes en la historia criminal chilena. Con las evidencias recogidas por los detectives en la escena del crimen, y tras el análisis pericial de laboratorio, los efectivos policiales de la PDI se apersonaron en el domicilio de Marcos Bernier el mismo día de los hechos. Lo primero fue entrevistar a los padres de familia.

Ana Luisa Anguita Morgado declaró desconocer si su hijo estaba vinculado a los hechos investigados. Confirmó que la noche previa al crimen ella estuvo compartiendo una velada junto a sus vecinos mientras veían una pelea de box por televisión. Señaló que su hijo pidió permiso para compartir con unos amigos y que había llegado de madrugada, sin nada que pudiera hacerlos sospechar de algo anómalo.

Respecto a la chaqueta que Marcos usó la noche de los hechos, Ana Luisa afirmó que tuvo que lavarla. Cuando el detective le inquirió las razones que la llevaron a tal decisión, ella argumentó que hace días quería hacerlo y además estaba manchada con sangre, pero de la mascota, según la información que su propio hijo le había entregado. En el mismo sentido, respecto a las motivaciones que la llevaron a zurcir los puños rasgados, afirmó que se debía a lo mismo y que lo hizo para enmendar los daños ocasionados por las mordeduras del perro.

Respecto a la inclinación que su hijo demostraba por la tendencia diabólica confirmó que los dibujos aludidos eran confeccionados por su hijo, manifestando textualmente “he sido testigo de dibujos medios extraños que no me constan que sean satánicos, tampoco estoy en conocimiento acerca de que Marcos pertenezca a algún grupo anticatólico”. También confirmó que el cuchillo fue comprado en la tienda temuquense Toto Sport, de calle Aldunate 1408, y que su costo fue menos de $1.000 de la época.

Nemesio en tanto declaró en perfecta sintonía con lo dicho por la madre. El martes 5 de septiembre invitó al zapatero Ramón y su señora a ver una pelea de box por televisión. A las 23:30 se fueron. Antes de acostarse fue a la pieza de su hijo y como siempre estaba con llave. En la mañana carabineros lo despertaron, pidiendo acceder al patio del fondo porque en la casa de atrás habían encontrado algunas especies de importancia en el marco de una investigación.

En cuanto a lo que él pensaba respecto al crimen de las religiosas, atribuyó el violento acto a la ingesta de alcohol del homicida que andaban buscando. Asimismo, señaló que debido a su trabajo, en el cual estaba ausente por muchos meses embarcado, Marcos demostró una alteración de tipo violenta, tanto dentro del hogar, como con sus amistades y en actividades escolares. Afirmó que esa tarde no pudo almorzar por la preocupación y que tampoco vio noticias “ya que no quería saber nada sobre lo ocurrido”; en su lugar abrió una cerveza de las que quedaron de la noche boxeril. Cerró su declaración afirmando que a la fecha se encontraba buscando empleo para sus hijos, sin éxito.

Respecto al cuchillo, declaró que le preguntó a su hijo en razón a que el encontrado donde la vecina era idéntico al suyo, pero este se descartó. En ese momento se percató de que su hijo había bebido. Los detectives de la PDI le exhibieron la foto de un guante diestro de gamuza, forrado en cuero con chiporro en su interior y afirmó que era de su hijo. Complementó que lo habían comprado en Punta Arenas y manifestó ignorar donde se encontraba el guante zurdo.

Al retirarse, los detectives se llevaron a Cristian y Marcos en compañía del papá. En la madrugada llegaron a casa solo el papá y Marcos. Cristian quedó allá. La mamá fue al día siguiente a la PDI y a las 10:30 horas le entregaron a su hijo. Ya en casa conversaron como familia y ante las dudas que despertaba el cuchillo encontrado, acordaron negar que fuera de ellos.

Pero aquel día nuevamente llegaron los detectives de la PDI, manifestando que necesitaban realizar otro registro. Tras revisar minuciosamente la casa, los detectives se llevaron algunas pertenencias para examinarlas, según consta en el acta de retiro de especies fechada el 8 de septiembre. Los elementos retirados por la Brigada de Homicidios de Temuco, en respuesta a la orden de investigar del Tercer Juzgado del Crimen, fueron la figura de plomo con el signo satánico, un trozo de género rectangular color blanco con dos signos nazis y la leyenda “Junkers 52-3”, dos porta-casete de plástico con cartulina interior ilustrada con el signo satánico y una cruz invertida, un estuche de lana color verde con el logo de la cruz invertida, un dibujo en papel blanco con una figura diabólica, una tapa de cartón de caja de zapatos con la figura de la cruz invertida, cinco manuscritos en papel blanco con escrituras y dibujos asociados al satanismo. También se llevaron su chaqueta junto a un particular bulto: la bolsa de basura.

Si bien prácticamente todos los medios de prueba estaban reunidos, las declaraciones brindadas por la familia descartaban la participación de alguno de ellos en el macabro doble crimen de las religiosas. Se debía entonces agotar todas las instancias por brindar más y mejores antecedentes al juez que llevaba el caso. Faltaba aún encontrar un elemento fundamental para confirmar la participación del principal sospechoso en la secuencia de hechos reconstruida por los sabuesos de la policía civil. Con ese afán, despuntó en los sagaces detectives la vocación pura y noble de quienes han decidido entregar su vida a la investigación policial. Tal como en cientos de diligencias consignadas en la historia, era necesario hurguetear en uno de los lugares más propensos para desenredar la madeja: la basura.

Con las manos enguantadas, cubrecabeza y mascarilla en el rostro, los peritos del laboratorio forense vaciaron en su mesa de trabajo el bulto de basura recogido desde el recipiente de la cocina de los Bernier. Junto a desechos domésticos, cáscaras y otros residuos orgánicos, se encontró un paquete de papel de diario que en su interior escondía un objeto cortado y quemado. Con ayuda de pinzas, lupas y microscopios confirmaron que se trataba del guante zurdo. El caso estaba policialmente resuelto.

Carpe diem y los poetas muertos

Tras apenas dos días del macabro crimen, con la información levantada en las primeras diligencias, y verificada con los informes periciales, mientras se encontraba en su pieza, Marcos Bernier Anguita fue detenido en horas de la tarde por el subcomisario Jaime Cifuentes en compañía de los inspectores Williams Contreras y Eric Maturana. Respecto a las investigaciones policiales e indagatorias forenses desarrolladas contra reloj por efectivos de la PDI, que permitieron la detención del homicida, el intendente de la región Oscar Eltit afirmó “se ha actuado con diligencia, con seriedad por parte de las instituciones policiales para esclarecer un caso que ha consternado a la opinión pública y que se ha hecho con mucha aplicación profesional y con responsabilidad hacia la comunidad” (El Diario Austral, 1995i, p. A-8). Por su parte, las religiosas misioneras catequistas de Boroa no emitieron declaraciones sobre la detención del criminal, argumentando mantenerse en oración por la captura del homicida y evitar injusticias sobre inocentes. Ante un llamado telefónico realizado por un periodista para conocer las impresiones de las hermanas sobre la fructífera gestión de la policía, solo se limitaron a declarar “alabado sea Jesucristo”.

A las 15:00 horas de aquel 8 de septiembre, en dependencias de la Brigada de Homicidios de la PDI de Temuco, el joven confesó con detalles y pormenores el espeluznante crimen. Declaró que en su casa la tarde del martes 5, se preparaba para salir donde su amigo Pablo mientras su padre estaba en el living en compañía de un vecino amigo que oficiaba de zapatero, con quien se disponía a ver una pelea de box por la televisión. Se vistió con sus habituales zapatos de media caña marca “Caterpillar” de color café oscuro, jeans marca “American” de color negro, polera manga larga, polerón azul y una chaqueta de color café oscuro con capuchón en tono blanco. Ante el frío y la lluvia inminente, en los bolsillos de la chaqueta guardó sus guantes café oscuro con chiporro en su interior.

Marcos adoptó el hábito de salir siempre a la calle con un cuchillo ante la amenaza de un asalto o una agresión. En su dormitorio mantenía guardada el arma de propiedad de su padre, que juntos compraron en el centro de la ciudad en una tienda de caza. Portaba una brújula en su parte superior, la cual se había dañado y no marcaba los puntos cardinales, pero mantenía en buen estado la sierra y el filo. Así, por seguridad, antes de salir de su casa, cerca de las siete de la tarde, instaló su puñal en la espalda dentro de la cartuchera y fijado al cinturón.

Se dirigió caminando a la casa de Pablo. Vivía cerca así que demoró menos de veinte minutos. Su amigo se encontraba solo y ocupaba la tarde en componer una canción. Conversaron un rato charlando acerca de qué hacer durante la noche, decidiendo visitar al “Luxor” en su pensión ubicada a pasos del lugar, cercana a una bencinera. Alrededor de las 20:00 horas arribaron a su aposento y juntos iniciaron un ameno diálogo.

Mientras la plática fluía, por televisión se proyectaba la película La sociedad de los poetas muertos