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¿Cómo un intento de suicidio puede cambiar tu vida? ¿Puede cualquiera convertirse en un modelo publicitario? ¿Cuán peligroso es llevar una raqueta de tenis a un partido de fútbol? ¿Cómo humillar a tu familia con un caño de striptease? Advertencia: Intento de suicidio / Spoilers de Star Wars / Violencia / Bullying severo / Muchas referencias de los 90'S/ Distorsión de imagen corporal.
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Seitenzahl: 496
Veröffentlichungsjahr: 2022
MACHO BETAAutor: Carlos Otondo Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: noviembre, 2022. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2022-A-9082 ISBN: Nº 978-956-338-608-0 eISBN: Nº 978-956-338-609-7
Comme on fait son lit, on se couche.
Hoy se cumplen trece años desde la última vez que intenté suicidarme. Claro que esta vez iba en serio, no era para llamar la atención. Armé un plan digno de película que requería una cabeza demasiado fría para un fin tan macabro. Como se imaginarán, no resultó. Pero estuve casi a punto, hasta que un lanza curicano me salvó la vida.
Estaba en Santiago, por el día, un lunes de julio y tenía que matarme pronto. Recién me habían echado de mi segunda universidad en seis meses y no podía volver a Curicó a enfrentar a mis papás en esas condiciones. Pero a la vez, quería mucho a mi familia (aún los quiero) y tenía ganas de que mi muerte fuera lo menos traumática y lo más conveniente posible.
Pensé en muchas formas, cuchillos, pastillas, saltar desde algún lado, pero era muy cobarde para llevar a cabo un plan así. Entonces se me ocurrió un método efectivo, indoloro, en el lugar preciso y no muy espectacular.
Iba a requerir dos ciudades, tres clínicas, falsear un examen, sonreír mucho y hasta usar maquillaje. Ya me sentía en La gran estafa.
Desde el colegio siempre fui el más callado, el más tímido, el último pelo de la cola. Intentaba pasar lo más inadvertido posible. Aparte de eso, siempre y hasta ese día fui gordo, llegué a rozar la obesidad en varios momentos, lo que no ayudaba para salir de esta timidez extrema. Iba a tener que actuar, armar un personaje para engañar a las enfermeras. Tenía que sacar la voz por primera vez o mi plan fallaría. Mi plan era sencillo, donar sangre hasta la muerte. Tenía experiencia dando sangre, tengo un grupo raro, O4 negativo, así que siempre me llamaban (y me llaman aún, bueno al menos lo harán hasta que se publique este libro) a donar, conocía los exámenes, las entrevistas, podía engañar a todo el mundo y manejar la situación como quisiera. Iba a donar sangre en dos clínicas en Santiago, tomar un bus y hacer la última donación en Curicó, donde, con un litro y medio menos de sangre, me mataba sí o sí. Morir en una cama de clínica en la ciudad donde vivían mis papás era, según yo, lo más cómodo para todos. Mi única ventaja era mi tipo de sangre. Es el más raro que hay, entonces cuando uno llega a un centro de donación se convierte en el rockstar del lugar. Cuando se enteran de tu grupo, te ofrecen café, jugo, comida, lo que necesites. Esta sangre vale plata, ese era mi ticket ganador.
La entrevista era lo que más miedo me daba. Estaba en un momento negrísimo, aún en shock, y tenía que contestar las preguntas sin levantar sospechas y, como si fuera poco, odiaba hablar con gente nueva. Por lo mismo me habían echado dos veces de la escuela de derecho, primero de la UC y, seis meses después, de la UAI. Exámenes orales en donde había que pasar frente al curso, sacar la voz y defenderse de un profesor preparado en Europa, amigo del presidente, para “sorprenderlo y ganarle”. Yo no era capaz ni de levantarme en clases para ir al baño.
Bajé del campus de Peñalolén de la Adolfo Ibáñez, me había venido temprano a Santiago desde Curicó, el último lunes de vacaciones, porque no podía inscribirme en ningún ramo por Internet y tenía que ver qué pasaba. Me acerqué a secretaría a preguntar qué onda y salió una vieja que me hubiera pegado un combo solo por sacarla del lado de la estufa.
–Hola, vengo a preguntar por qué no puedo tomar ramos.
–Nombre –me dijo.
–Carlos Otondo.
–Veamos –dijo, y se metió al computador.
–Está eliminado de acá.
–¿¡Perdón!?
–Que ya no es alumno.
–¡Pero, ¿por qué?!
–Por flojo yo creo.
Quedé en shock. Yo en esa época no reclamaba. No me atrevía. Otra secretaria me confirmó lo mismo. Ni siquiera pedí explicaciones, había reprobado varios ramos y por eso debía ser. Empecé a ver todo blanco. No me acuerdo cómo terminé en Providencia.
Lo que sí recuerdo es que desperté en el McDonald’s de Lyon con Once de Septiembre, corazón de Providencia, con la determinación de matarme. Como si no hubiera otra alternativa. Me hice una especie de última cena, donde me comí varios combos, al menos tres, ya pensando en mi plan, si bien tenía la presión alta porque era gordo, tenía que subirla al máximo para que cuando me la midieran en las tres donaciones de sangre, nunca la encontraran demasiado baja.
Eran las once de la mañana cuando entré a la Clínica Indisa, la primera que se me cruzó en el camino, yo iba con un pase escolar de otra persona parecida a mí que había comprado por Deremate.com a identificarme y así todo me dejaron donar porque, como les contaba, mi sangre vale oro. Entrevistas y mediciones de presión. Mis dos pánicos. Encontré el banco de sangre y avisé que venía a donar de forma altruista. Seguía con la mente clara, solo quería que mi plan funcionara para no tener que enfrentar a nadie por mis fracasos. A pesar de estar tranquilo, me tiritaba la mano cuando le entregué el pase escolar a la secretaria.
Quería usar nombres falsos por si, por algún motivo, las clínicas estuvieran en línea. En la época uno tenía varios pases escolares falsos ya que solo había que mostrarlos y, como a todos se nos pasaban permanentemente las fechas para sacar la foto, entonces se compraban por Deremate.com Tenía que estar bien claro para no confundir mis nombres ficticios.
Me llamaron a la sala de entrevistas. Una señora con cara de pocos amigos que quería hacerla corta, me preguntó si había dado sangre antes y cuando le dije que sí, se saltó el cuestionario. Me hizo un corte en el dedo (es normal) y me revisó la sangre. Listo, aprobado, luego me recosté en la camilla, me devolvieron mi pase y primera bolsa de sangre del día extraída sin ningún problema.
Partí a la clínica Santa María, apurado ahora que el plan ya estaba en marcha. Yo tenía la adrenalina disparada porque iba por el litro de sangre y ya la cosa era en serio.
En el trayecto por el Mapocho me acordé que alguna vez había leído que la risa sube la presión, así que me fui riendo y saltando, parecía psicópata, el día en que me estaba suicidando... suena bastante enfermo todo. Y así era.
Otro detalle que tenía que cuidar, el pinchazo anterior. Claro que en esa época tenía acné, y no solo en la cara; entonces, tenía muchas marcas en los brazos, mezcladas con celulitis, pero igual hice algo al respecto.
Entré a la Clínica Santa María y me fui al casino ahí con vista parcial al cerro, sin la Virgen María a la vista, eso sí. Me compré un sándwich, luego me saqué el algodón que me habían dejado en la Indisa, después la costra y me eché sal para que cerrara pronto. Se secó en instantes. Me dolió un poco, más que el pinchazo de hecho. Ni se notaba la herida.
Entré al segundo banco de sangre. Pasé mi carnet, altruista, entrevista, ningún problema. Acá me hicieron el cuestionario completo: si había pagado por relaciones sexuales, si era gay, si me había acostado con un gay, si conocía algún gay, si había visto a algún gay en la tele...Les recuerdo que era el año 2006, y en esa época los gais se iban al infierno, al menos para la Clínica Santa María.
Se me pasó por la mente. De chico me dijeron que los que se suicidaban eran peores que los gais... (insisto, otra época) y que se iban al infierno. ¿Y si me iba al infierno? Mientras pensaba que podía estar almorzando con don Sata en las siguientes horas, me metieron la aguja y me sacaron otro medio litro. Pensé que iba a sentir algo, pero estaba perfecto, tal como antes de la Indisa.
Seguí bajando por la Alameda camino al terminal de buses y pasé por la UC, mi primera universidad. Ahí se me ocurrió, otro medio litro acá y luego a Curicó. Fui a la clínica de la UC pasando por la calle Portugal porque no quería encontrarme con nadie de mis excompañeros de la escuela de derecho y lo hice nuevamente, en menos de dos horas pasé mi carnet o alguno de los pases escolares por tercera vez y ya estaba con un litro y medio menos.
Ahora lo sentí. Estaba mareado, no podía caminar bien, el plan estaba funcionando. Ya eran las tres de la tarde y solo tenía que llegar a Curicó, al hospital. Cerraba a las siete. Me tomé el bus de las cuatro y esperaba alcanzar a llegar. Estaba pésimo, sentía que me iba a desmayar cada dos pasos, me dolía el pecho, era una de las sensaciones más extrañas, llegar a tiempo a morirme, no caer en el camino... si es que me moría, quizá quedaría vivo. Mi pánico era caer desmayado y despertar estabilizado en cualquier clínica.
Iba en el bus con el asiento sin reclinar, mirando al frente. Pensé en hacer cartas de despedida pero quería que todos creyeran que di sangre y me morí porque me hizo mal, tenía que parecer accidente.
Llegué a Curicó y crucé el centro esperando no encontrarme con nadie. Estaba pésimo, ya no podía caminar, menos saltar y reírme para hacer subir la presión. No podía enfocar y me costaba hablar. Caminaba como caballo. Me caí un par de veces. Sabía que si lograba que me sacaran sangre por cuarta vez en el día me moría sí o sí.
Iba por Membrillar, a punto de llegar, cuando se me paró un ladrón al frente, y me puso en la guata lo que yo creía que era un cuchillo de pan, sin punta.
–Pásame las hueás –me dijo el lanza.
Yo no le pude contestar, no podía hablar, de hecho quizá me lo imaginé. El lanza cachó que yo me estaba muriendo y me ayudó, me trató de levantar y llamar a un familiar... no, mentira, en vez de ayudarme, me revisó los bolsillos y se llevó mi billetera, creo. Cuando me di cuenta de que ahí se acababa mi plan, me rendí y me desmayé.
Desperté un rato después y había recuperado la conciencia, llegué a mi casa, dormí y al día siguiente les conté, relativamente, lo que había pasado. Me apoyaron y ahí me di cuenta del cagazo que me estaba mandando.
Me quedé en Curicó el semestre entero. Tuve mucho tiempo para reflexionar y me propuse bajar de peso, y cuando lo logré me subió la autoestima, empecé por primera vez en mi vida a hablar fuerte, y decidí que iba a salir de mi zona de confort cada vez que pudiera.
La primera vez que humillé a mi familia en un medio de comunicación fue el año 93, allá en Curicó. Después, y con los años, vendrían tres más, todas más grandes que esta.
Yo tenía nueve años y veía cómo en algunas casas empezaba a llegar la televisión por cable. Ya era adicto a la tele y en Curicó recién había solo dos canales un poco antes de eso, TVN y el 13. Un día, poco antes de que llegara el cable, yo estaba jugando en mi casa ahí en Benedicto León 290 cuando escuché sonar el teléfono. Era una tía preguntando por mi mamá. Estaba agitada, era verano y algo grande estaba pasando.
Mi mamá le dio las gracias y se fue corriendo a la tele. Puso Megavisión, como por arte de magia, Julito Videla conversándonos sobre la vida en su programa “Acompáñeme” y nosotros, allá lejos de Santiago, viéndolo como si estuviéramos en el futuro.
Dejamos puesto Megavisión todo el día, dieron las noticias, después una teleserie, tenía un nombre con María, era verano así que fuimos a la piscina del Estadio Español, como todos los días, pero ese día había que volver más temprano, a las siete y cuarto empezaba Cara Sucia. Después de las noticias “El tiempo y algo más” y no me acuerdo bien si ese día fue cuando dieron “Viste, viste cómo se hace”.
La tele era un tema en esa época, así veíamos todo lo que pasaba en el mundo, por eso cuando llegó el cable a Curicó yo no lo podía creer. Fui a la panadería a ver a mi aitechi (significa abuelo en vasco y así le decíamos, aunque se dice en realidad aitiche pero mi aitechi era tan vasco que decía las cosas como quería), estaba la panadería abajo y su casa gigante arriba, ahí en Camilo Henríquez con O’Higgins, y había un par de técnicos instalando cable, mi abuelo quería ver TV española y cuando supo del cable los llamó altiro.
Mi aitechi puso Televisión Española un rato y se quedó dormido en su silla. Agarré el control y empecé a mirar. En el 2 estaba TVE, en el 3 seguía TVN, el canal 4 era un canal de Curicó, donde había unos gráficos más pobres que los de Atari, donde la gente podía poner auspiciadores. En ese canal tenía que haber habido en total unos quinientos píxeles y cuatro o cinco colores. Luego en el 5 se mantenía el 13 y en el 6, lo que sería mi adicción por años, Cartoon Network.
Cuando vi por primera vez Cartoon Network estaban dando Don Gato. Ya daban monitos en el 13 y TVN, pero acá lo que me fascinaba eran los comerciales. Si buscan “Tanda comercial Cartoon Network 1993” en YouTube podrán entender y recordar de qué les estoy hablando. Yo lo hago bien seguido.
Empecé a acompañar a mi papá a la panadería todos los días en las tardes. Me adueñaba del control apenas mi aitechi se quedaba dormido y me instalaba ahí hasta la hora de irnos.
Con nueve años ya les hinchaba las pelotas a mis papás. Con mi hermano empezamos a pedir cable en la casa, todos los días, a cada rato, pero a ellos, que estoy seguro de que sí querían instalar, les daba pánico mi nivel de adicción a la tele y como no me podrían separar de ella, bajaría las notas en el colegio, tendrían que meterme a un centro de rehabilitación, honestamente creo que ese era su miedo, que yo me empezara casi a drogar con la luz de la tele mirando Cartoon Network. Pero estaban equivocados, eso sería con el Super Nintendo que nos regalaron para Navidad un año después. Ah, la humillación masiva, verdad. Les conté del canal 4, este con gráficos de Atari donde la gente ponía sus anuncios curicanos. No confundir con el canal que empezó después, Televisión Regional de Curicó, ese partió en el canal 11 para la gente que veía con antena el año 2000. En el que yo les digo, noventero, un par de veces al día aparecía en ese canal un programa hecho en Curicó, con una mina y un hombre conduciendo, ahí en la calle Carmen, en un estudio pequeño que creo que la gente vio la primera o segunda vez que se emitió, por la novedad de tener un programa curicano, rápidamente quedó en el olvido.
Había pasado el semestre, yo estaba en cuarto básico del Colegio San Martín y empezaban las vacaciones de invierno. En el programa curicano iban a hacer un especial de vacaciones de invierno y como mi mamá conocía a la gente del programa (que para mí eso ya era increíble), nos invitaron a mí, a mi primo Felipe y a un par de compañeros más a hablar de qué íbamos a hacer en nuestras vacaciones.
Yo estaba muy nervioso. Tanto que no pude dormir la noche anterior. El programa se emitía en vivo tipo ocho de la noche. Pasó el día, fui a la panadería a ver tele y luego tipo seis me fue a buscar mi mamá allá para llevarme al programa.
Mi abuelo se sentó con mi papá en la panadería, también les avisaron a unos tíos y se empezó a correr la voz en el círculo cercano que yo aparecería en este programa. La gente que me conocía y tenía cable puso el canal 4, mientras empezaba la programación. Creo que mi abuela materna, Maruja, la Mary Rose McGill curicana como le decían, también estaba viendo en su casa.
Llegamos al lugar. Una casa antigua en Membrillar. Ahí estaban mis compañeros conociendo a los conductores. Todos nerviosos. Estábamos jugando y mirando las cámaras con mucha sorpresa. En la época, no había cámaras por todos lados como ahora, una casera podía costar varios millones de pesos, eran mucho más chicas que éstas que estábamos viendo en vivo y como cree la gente en Curicó, las cosas mientras más grandes son mejores.
Nos llevaron a maquillarnos uno por uno. Harto polvo en la cara, tanto que nos dejaron amarillos. Nos echaron delineador, cosas en los labios, en los ojos y el pelo. Yo no sabía si éramos alumnos de cuarto básico o parte del elenco de Locomía. (Locomía era importante en esa época).
Nos hicieron esperar un rato más y empezamos a hacernos desafíos, quién se atrevía a hacer qué cosa al aire. Pensamos en hacer caras chistosas, en pelearnos ahí en la tele, algo irreverente solo porque sí, como uno actuaba cuando tenía nueve años.
Nos llamaron al “set”. Nos presentaron con nombre y apellido. Empezó una entrevista, tal como se la pueden imaginar, estábamos en un sofá contestando preguntas muy genéricas.
Todos explicaban que en sus vacaciones irían a jugar fútbol, otros que iban a salir al campo y cuando dije que me sentaría a ver tele todos los días sin parar se empezaron a reír.
Me piqué, había al menos veinte personas viendo el programa pero valían millones porque todos me conocían. Yo, entonces, no era tímido, me empecé a quedar callado cuando me fui al año siguiente a la Alianza Francesa, tema del cual hablaremos en extenso, pero hasta el 93 yo era un niño normal y por eso empecé a hacer caras a la cámara.
Saqué la lengua, me empecé a tirar el pelo, morisquetas sin parar y como la cámara era fija no me podían sacar de cuadro. Empecé a hacer ruidos de peos, y justo cuando iba a gritar “¡pico!” se acabó el programa.
Mi mamá estaba furiosa. Me retó todo el camino a la casa. Mi papá también. A mi abuelo le dio lo mismo. Y ni me atrevía a pensar en qué diría mi abuela, la señora más elegante de todo Curicó.
Esto fue un día de semana, no me acuerdo cual, pero el domingo fuimos a almorzar a su casa. Mi abuela estaba enojada pero no tanto, claro que me dio un regalo de vacaciones, me pasó un lápiz y un cuaderno y tuve que escribir más de mil veces “No debo hacer morisquetas en TV”, lección que aún mantengo grabada en la mente y me ha servido bastante a la fecha.
Pusimos cable el 95, estaban dando Adrenalina y empezamos a cambiar los canales a ver qué había en los 46 que llegaban a Curicó, o al menos que mi tele mostraba. Me levantaba a las 3 a.m. para ver Cartoon Network. Nadie sabía, porque veía en la sala de estar con audífonos hasta las 6 a.m. cuando mi papá se levantaba. Entre el Super Nintendo y la tele, era adicto sin saberlo.
Después del intento de suicidio me quedé en Curicó el segundo semestre del 2006. Pasó mi “episodio” y ahí estaba, de vuelta en la panadería, con veintidós años, sin carrera, gordo, y empezando todo de nuevo. Digo en la panadería porque ahí vivíamos desde el 99, en un departamento gigante en el segundo piso de la panadería de mi papá, ahí en Camilo Henríquez con O’Higgins, en Curicó. Era un lugar mucho más grande de lo que necesitábamos, tenía unas seis piezas, cuatro baños, dos comedores, dos salas de estar y casi necesitaba tomar una micro para ir a ver a mis papás a su pieza, onda absurdo.
Vine a Santiago por el día a buscar mis cosas, entregar mi pieza providenciana en nuestro departamento de Lyon, donde vivía con amigos y volver definitivamente a mi pueblo. A ellos les mentí, solo les dije que me iba a Curicó porque tenía que ayudar a mi papá, no quería dar lástima. Ya era mucho.
Me instalé de vuelta en Curicó tal como antes de irme en marzo del 2003 a estudiar derecho. Puse mis cosas de nuevo en mi pieza y a ver qué pasaba conmigo. Al día siguiente, me levanté a las seis a.m. a abrir la panadería y luego salí a repartir, y así armé una rutina que me evitaba pensar tonterías.
Ya en septiembre estaba bien. Muy metido en la panadería tal como cuando era chico, de nuevo manejaba los códigos del campo y llevaba pan a la cordillera todos los días. Era retroceder cuatro años, pero yo estaba en paz conmigo mismo así que no me importaba. Claro que todos los días pensaba en qué hacer al año siguiente. Y honestamente sentía que, si el lanza me había salvado la vida, tenía que ir por algo grande.
Tenía que hacer lo que me gustaba y como les conté, yo tenía (y tengo) una obsesión con la tele. Me empezó de chico, pero se reafirmó cuando conocí a una señora por allá por el 2000, cuando estaba en el 2x1 (ya les contaré esa historia) mientras le llevaba pan y tenía el logo de Canal 13 quemado en una tele CRT antigua. Era el único canal que llegaba a ese lugar, por allá pasado Cordillerilla, y la señora repetía todo lo que decía Paulina Nin.
Me imaginaba cómo gente en todo Chile veía a Paulina Nin, conocida presentadora de los noventa en Chile, y se conectaban con ella, la tenían ahí, en una tele pegada al comedor, desayunando con ellos y eso me obsesionaba. Esto de aparecer en una tele en todo Chile. Literalmente, al menos en esa época, en todo el país.
Pero mi obsesión no solo iba por el lado de aparecer, yo me preguntaba quién armaba todo el circo. Quién se sentaba en un escritorio e inventaba un programa como “¿Quién quiere ser millonario?”, creaba reglas, inventaba preguntas, le decía qué hablar al conductor, o quién inventaba una serie como Lost, una locura sin pies ni cabeza, y me preguntaba todos los días cómo alguien era capaz de inventar y vender algo así.
Y mientras me preguntaba todas estas interrogantes andaba allá en Potrero Grande, bien resfriado, buscando a Erasmo (Q.E.P.D.), un huaso que nos vendía leña. Me había dado instrucciones el día anterior para ir a ver una leña pasada la “pajarera”. Yo, pensando en qué hacer con mi vida y cómo enfocar mis sueños, iba manejando una camioneta cuesta arriba en la cordillera en agosto con un frío de animales, buscando como loco una pajarera, que honestamente nunca había visto por ahí.
Me imaginaba una jaula gigante, no sé, mientras seguía subiendo ya a punto de rendirme. Empecé a dar la vuelta y tuve una pequeña epifanía, tal como la de Homero en la película de los Simpson. Iba a volver a Santiago en marzo a tocar puertas en todos los canales de TV, iba a estudiar periodismo y así tener una excusa para volver a Santiago e iba a empezar a escribir para practicar y así aprender.
Para mí, un gordo en Curicó sin estudios que repartía pan y buscaba pajareras en la cordillera, decir que quería trabajar en la tele era como decir que iba a ir a Houston a tocar la puerta de la Nasa para ver si me llevaban a la Luna. Pero pasó algo increíble que me iluminó para siempre.
Iba bajando de la cordillera, me metí por el camino que sale a Lontué a ver si pillaba al huaso Erasmo, con su metro noventa y unos ciento cincuenta kilos, a pesar de andar enfermo y querer irme a mi casa, y por fin lo encontré allá parado al lado del camino, cerca de la carretera, con cara larga porque me había demorado mucho.
Le dije que busqué la pajarera por toda la cordillera y se empezó a reír, me apuntó una pasarela que cruzaba el camino y a eso se refería. Después me bajé de la camioneta y empezamos a ver la leña que estaba bien bonita, súper seca (lo que es bueno) y empezamos a negociar mientras sus dos empleados, más huasos que él, seguían cortando un árbol. La leña se negocia por carga, cada carga son sesenta y cuatro palos de un metro.
Erasmo se preocupó porque me dijo que cuando se resfriaba, salía a buscar un gato negro, le sacaba la piel, se la ponía en la espalda, le cortaba la cabeza y le comía el cerebro crudo. Se me pasó el resfrío de solo escuchar la historia. Por eso les paso el dato, le cuentan a un cabro chico el consejo del huaso Erasmo y se va a mejorar de puro asco.
No me acuerdo en cuánto me dejó la carga, pero era barata y le pagué altiro, en billetes como les gusta a los huasos. Estaba en plena transacción cuando se cayó un árbol recién cortado y salieron un montón de ratones corriendo para todos lados. A uno de los empleados se le metió un guarén por el pantalón hacia la ingle, y el pobre hombre se puso a gritar en shock, mientras el otro lloraba de la risa. Erasmo agarró una escopeta y le disparó al ratón en el pantalón. Voló la sangre y el otro se seguía riendo. Eché al baleado y al ratón atrás de la camioneta, todo ensangrentado y me lo llevé al hospital. Lo dejé ahí, le pusieron puntos y le sacaron las municiones. Me dijo que me llevaba la leña en una semana.
Me reí todo el día y pensé en convertir esa historia en un guion. Almorcé, me metí a internet a investigar mientras hacía hora para las tres y tuve que bajar a abrir la panadería de nuevo. Encontré unos templates para Word con forma de guion y los empecé a rellenar esa noche.
Me quedó una cosa sin pies ni cabeza, partía cuando veía a Erasmo y lo escribí casi como si fuera un reencuentro de comercial de té, con abrazos y cosas. Luego en mi guion dejaba al tipo en el hospital y me iba.
No había más historia y no sé cómo llegué a las cuarenta y dos páginas de libreto. Escribí tanta cosa, describí hasta los parpadeos del señalizador de la camioneta, no cuando iba al hospital, que ahora que lo pienso doce años después, podría haber tenido sentido si es que iba de emergencia al hospital pisteando como un campeón, aunque no fue así, yo era muy tímido para andar a lo Toretto por la calle. También hice mucho hincapié en los ojos del ratón mientras subía por el pantalón.
Año 2006, primera vez que escribía un guion y se notaba. Lo dejé ahí en mis documentos hasta que se me ocurriera un final, porque si bien honestamente no había nada, ni historia, yo estaba consciente de que no había final y todas las historias que yo veía, fueran series o películas, tenían un clímax y un final.
Llegó el empleado que se reía y el baleado a entregarme la leña una semana después como habían prometido. Eran veinte cargas y yo siempre las recibía, desde que tengo memoria. Hacía pasar el camión al fondo del patio y empezaban a descargar. Cada sesenta y tres palos se tiraba uno a una pila que estaba un poco más lejos y eso marcaba una carga. Cuando me pillaban distraído me tiraban dos palos juntos y me cagaban con una carga.
Yo ese día andaba distraído. Estaba esperando que pasara algo ahí mientras tiraban los palos, a ver si se le metía otro ratón y le rajaba los puntos, no sé, algo divertido para escribir unas treinta o cuarenta hojas más y tener una historia de un par de minutos.
Estaba pensando en puras huevás, cuando me di cuenta de que habían bajado una carga menos. Habían tirado dos palos juntos a la pila chica. Creo. Empecé a discutir con ellos y cuando se empezó a calentar la cosa, lo hice subir todos los palos y llevárselos de vuelta a Lontué. Por suerte, no había más leña que la que ellos traían. Esa noche usamos la última leña que ya estaba en el salón y al día siguiente tuve que ir a hablar con el huaso Erasmo de nuevo.
Como no estaba seguro de lo que había pasado, iba con la cola entre las piernas. Pero cuando llegué, Erasmo había echado a los dos tipos por ladrones. Él mismo llevó la leña de nuevo a la panadería y la descargamos juntos. Por fin tenía una historia. La escribí pero se perdió en un disco duro viejo. Por suerte.
Pasó el semestre, luego el verano 2007 y en marzo me inscribí en la Universidad Gabriela Mistral, con veintitrés años, en primer semestre de periodismo, mientras todos mis compañeros de Derecho UC estaban egresando. Por lo menos ya había vuelto a Santiago, a mi casa en Lyon, con mis amigos y sin nada que perder, después de todo, me podría suicidar cuando quisiera.
La primera vez que estuve a punto de morirme fue vomitando sangre, intoxicado con veneno para ratones, en una cama llena de juguetes, a eso de las dos de la mañana, en la tele daban una versión grabada de “Salvado por la campana” mientras yo me empezaba a apagar de a poco.
Viernes 28 de mayo de 1993 y yo figuraba colgando de una máquina para hacer tallarines en una fábrica de fideos en Curicó. Claro, si uno de mis mejores amigos era nieto de uno de los dueños y gerente de la fábrica. Ahí hacíamos de todo. Nos metíamos en las máquinas, jugábamos con el computador, manejábamos grúas ale, y así, lo que quisiéramos. Íbamos sagradamente los viernes después del colegio, ese era mi último año en el Instituto San Martín, el Colegio Marista curicano, y con mi amigo contábamos los días para irnos a la fábrica. En esta época yo aún era extrovertido, justo antes de irme a la Alianza.
La rutina siempre era igual. El viernes salíamos a la una de clase. Cada uno a almorzar a su casa y luego pasaba el abuelo de mi amigo a buscarme con él arriba del auto ya. Nos quedábamos dando vueltas en la fábrica hasta las cinco y ahí partíamos a la casa del abuelo a tomar té, que en esa época vivía en la Alameda. Después vuelta a la fábrica a seguir jugando y mandándonos cagadas hasta las ocho, que me pasaban a dejar, llegaba a ver tele y esperar que empezara Video Loco en canal 13. Mejor día de la semana por lejos.
El viernes 28 de mayo del 93 fue un día común y corriente, claro que con una gran diferencia. Tampoco qué bruto que me acuerdo de qué almorcé ni nada, pero el té era igual que siempre, leche y pan con mantequilla y mermelada. Esa noche me empecé a sentir mal y mi mamá, cuando me vio vomitar explosivamente, llamó a la mamá de mi amigo, y se enteró de que él estaba igual que yo.
¿Qué había pasado? Con mi amigo encontramos una bolsa con harina y decidimos hacer guerra de harina. El problema es que no estábamos jugando con harina. Era veneno para ratones. Y nos tirábamos puñados, al nivel de llegar a la casa con susto por lo cochino que estábamos, porque me iban a retar. Yo ya tenía una estrategia inventada, iba a decirle a mi mamá que había ido a ver a mi papá a la panadería y me había caído en el salón donde se hacía el pan. Claro que me hubieran retado igual porque en cuarto básico, si bien me dejaban cruzar Curicó solo, había que avisar en ambos lados para que me estuvieran esperando. Pero jugando el resto de la tarde nos fuimos limpiando y no hubo necesidad de excusas. Por suerte no nos fuimos a jugar a las máquinas, les hubiera caído veneno a los tallarines y ahí sí que hubiera quedado la cagada. Qué bueno que nos cayó en la boca y narices nomás.
El veneno para ratones tiene un sabor bien amargo. No sé cómo se lo comen los ratones. Aunque no huele tan mal, tiene un olor como a ajo. Me acuerdo de que sentí ese olor raro toda la tarde. No sé cómo no me hizo efecto de inmediato, se demoró como una hora, me sentía mareado pero no era tan terrible.
En mi casa eran buenos para la sopa de verduras. Norma, la señora que trabajó en mi casa muchos años y era la encargada de todo lo que se hacía en el hogar, agarraba todas las verduras que quedaban y hacía sopa de verduras los viernes. Lo que nunca me calzó es que siempre eran verduras distintas pero siempre la sopa quedaba igual. Me gustaba creer que era brujería. Bueno, Norma, cuando se enojaba era de temer, así que mejor no preguntar mucho.
Llegué a mi casa ahí en Benedicto León 290, a las 20:51 me instalé en una mesita frente a la tele en la pieza de mis papás a ver unos VHS que había grabado de la misma tele tomando sopa de verdura. A las 20:54 exploté en vómito y cuando mi mamá llegó a la casa a las 21:02, yo tenía todo vomitado en su pieza y empezó a ponerse rara la cosa.
Me mandaron a acostar de inmediato, cosa que era normal para los otros días pero no para un viernes. Luego me tomaron la temperatura y me dejaron reposando porque no tenía fiebre. A las 21:20 vomité de nuevo, el resto de la sopa, iba un pedazo de brócoli entremedio. Mi mamá llamó al tío Hernán Grez, mi doctor de la época, que llegó a mi casa a eso de las 22:15 y me examinó. A las 22:31, con el tío aún en la casa, vomité de nuevo pero venía una gota de sangre.
23:40 y llegó a mi casa el tío Norman Merchack, el otro doctor de Curicó, mientras el tío Hernán aún estaba en mi casa. Estaba muy raro todo. Yo volví a vomitar otra gota de sangre tipo 12 de la noche y me levanté de la cama porque escuchaba mucha gente en el living, cosa que era extrañísima en mi casa en la noche. Todos los mayores de veinte años eran tíos para mí.
Ahí estaba lleno de gente, todos con tono lúgubre, mirándome cómo si tuviera cáncer terminal. Todos tenían juguetes y habían llegado enpatota. Cuando la cosa estaba cada vez más rara, me mandaron a acostar y los amigos de mis papás empezaron a pasar de a uno a mi pieza a decirme cuánto me querían, lo bueno que yo era, y se iban al borde de las lágrimas. Pero me dejaban un juguete, que, honestamente, no sé de dónde habían sacado si les habían avisado tan tarde, un viernes, y se iban y me dejaban de huevear así que yo feliz.
Es raro haber vivido eso, que la gente se despida de uno. Claro que no tuve mucho tiempo para meditar nada porque me puse a vomitar sangre de nuevo y cada vez era más. Honestamente, no entiendo por qué no me estaban llevando a la UCI, acá a Santiago, a alguna parte. ¿Quizá me estaban desahuciando? ¿Cómo nadie me hizo un lavado de estómago? ¿Quizá tenía heridas en la guata por el mismo veneno y no podían hacerlo? Tantas dudas de ese momento. Igual morirme no hubiera sido tan terrible, al menos hubiera evitado todo lo que vendría el resto de los noventa.
Me daba risa porque tenía mucho sueño y cada vez que me empezaba a quedar dormido todos se angustiaban y me obligaban a despertar, mientras las tías rezaban al lado mío y había mucha lágrima también. Un par de veces me hice el dormido a propósito, solo por molestar.
Pasó la noche y desperté al otro día ya sin vómitos. Si hubiera sabido lo que se venía al año siguiente, habría preferido morirme.
El año 2007 empecé primer año de periodismo con 23 años, era el más viejo del curso y eso me alejaba bastante de mis compañeros. La Universidad Gabriela Mistral me sirvió para justificar mi vida en Santiago mientras empezaba a tocar puertas. Por primera vez me sentía inteligente en mi experiencia con la educación superior.
En mis ratos libres empecé a mandar contenidos a un sitio que se llamaba porlaputa.com. Estaba en eso desde el año anterior, pero ahora lo hacía cada vez más seguido. Me puse en contacto con un tipo que se hacía llamar Dr. Phaser y era muy buena onda.
No pasó ni una semana en la U y conocí a un crack, papá de un conductor de TV chileno, era profesor de la UGM, daba la impresión que era el más seco de la escuela y me habían dicho que tenía hartos contactos. Lo esperé afuera de la sala donde hacía clases y lo atajé cuando salió. Me moría de vergüenza por esperar gente, pero me tenía que obligar a hacerlo. Le gustó mi actitud, conversamos más de media hora, y me armó la que sería mi primera reunión en un canal de televisión, con una productora del noticiario de Canal 13 ese mismo día.
Partí corriendo a las oficinas del canal ahí en Inés Matte Urrejola, pero no me dejaron entrar porque andaba sin carnet de identidad. La mujer salió a verme afuera y me invitó a volver al día siguiente muy temprano en la mañana. Me fui a cortar el pelo, compré una camisa y al día siguiente a las 8 de la mañana ya estaba en el lobby del canal, aunque me habían citado a las 9:30.
Esperé una hora y media en la pileta de la calle y avisé que estaba ahí en el mesón. Entré y llegué al departamento de prensa. Era increíble, una cantidad de equipos caros que daban ganas de empezar a toquetear, había imágenes de todo el mundo, los pandas que nacían, los aviones que se caían, y la mujer que me recibió me explicó que era cosa de elegir las imágenes y mostrarlas mientras el conductor las comentaba desde el estudio.
Me presentó al segundo famoso chileno que conocí en mi vida, la primera ya aparecerá más adelante. O sea no es chileno pero es famoso en Chile. Un conocido conductor de noticias del canal, un grande de la TV, me adoptó esa mañana y me mostró cómo funcionaba el equipo de prensa. Fue súper honesto conmigo, me dijo algo que no se me olvidó más, “momento correcto, lugar correcto”. El momento llegaba con suerte, pero el lugar se buscaba.
El tipo me contó que el año 2001, estaba a punto de que lo echaran del canal por un par de razones y justo pasó lo de las Torres Gemelas. Estuvo en pantalla casi una semana todos los días por horas al aire, se lució haciendo esa pega, y se salvó.
Y vaya cómo busqué ese momento quedándome en el lugar correcto casi a palos, años más tarde, pero eso no viene al caso.
Llegó la hora del primer enlace con el matinal y estaba otra conductora bien famosa también presentando las noticias. En el matinal estaban bailando y ella le dio el pase al que me había adoptado invitándolo, insistentemente, a intentar el pasito que hacían en el matinal. El señor estaba molesto, pero lo hizo, y luego, cuando se acabó el enlace, le fue a poner una parada de carros que aún tengo grabada.
Me mandó para la casa con una sonrisa, aunque no fui capaz de armar un vínculo ahí para seguir hinchando las pelotas más adelante, pero fue una bonita experiencia.
Llegué a mi casa y seguí mandando contenido a Porlaputa.com, jugando con un simulador de ski en mi computador y aun conociendo lo que era Facebook, viendo cómo mis excompañeros de la UC estaban a punto de egresar.
Y así estuve todo el año, tranquilo, esperando la película de los Simpson que se estrenó en julio, tratando de meterle mano al guion que había escrito el año anterior, Pico del empleado del huaso Erasmo en Lontué (ese era el nombre de la historia), y tratando de concentrarme en la U, donde ya agarraba vuelo.
Llegó diciembre y como les voy a contar más adelante, me fui a Isla de Pascua hasta los últimos días de febrero y el 29 de marzo de 2008, día del joven combatiente, recibí una invitación que empezaría de frentón mi carrera.
Dr. Phaser de Porlaputa.com me estaba invitando a jugar Rock Band, la nueva versión de Guitar Hero, a Canal Copano, el programa que conducían los hermanos del mismo nombre en Vía X. Le dije que bueno altiro, aunque nunca había jugado ni siquiera Xbox 360.
Nos juntamos en su casa el día viernes tipo 3, nos presentamos en persona porque yo no lo conocía, me explicó el juego, jugamos un rato, fuimos a tomar unas cervezas y partimos a Vía X con el juego desarmado.
Ahí conocí a Nicolás y Fabrizio. Llegó la hora del programa, yo estaba nervioso, jugamos, había un retraso entre la tele y el Xbox así que salió todo pésimo, pero no tan malo como lo que iba a pasar minutos después. Nos íbamos yendo y avisaron que se acababa de cancelar Canal Copano. Los hermanos estaban bien tristes, así que atiné y los llevé a todos a mi casa, nos fuimos con Rock Band y jugamos en el living de mi casa hasta las 5 a.m. Aún hay fotos en mi cuenta de Facebook.
Esa noche acordaron grabar un video para YouTube, que aún era una plataforma nueva, respondiendo a Vía X, lo llamaron Conspiración Copano y era bastante más rústico que Canal Copano. Yo sabía la hora y el lugar, así que el lunes partí y toqué el timbre muerto de vergüenza. Me dejaron pasar y grabaron un rato. Salió en varios medios. Tenía que estar en el lugar correcto cuando fuera el momento correcto, como me dijo el conductor de noticias del 13.
Al día siguiente, hicieron otro y yo estaba ahí, aunque cada día me costaba más tocar el timbre. Llegó un día en que habían suspendido la grabación y llegué igual a “mirar cómo editaban”.
Estaba todo el equipo de Canal Copano y todo lo que hacían en Conspiración era hablar de Canal Copano. Así se mantuvo hasta que por ahí por el cuarto o quinto capítulo empezaron a hacer contenidos para el mismo programa que hacían.
Cuando iban cerca de veinte capítulos de YouTube, se hizo la clásica elección de los Reyes Guachacas, en La Piojera, y ganó Nicolás, que partió volando para allá. Nos quedamos sin nada que hacer y Fabrizio me pasó el micrófono y me dijo que hiciéramos una sección contradiciendo guachacas.cl, iba a llamarse rotos.cl y era un cuico contrario a los guachacas.
Grabé mi primera participación en el programa de YouTube. Solo un fondo verde y un par de frases. Pasó piola, pero yo estaba feliz. Esperé que lo subieran y después estaba pegado en los comentarios del video. Había algunos por ahí que hablaban de rotos.cl.
Ese fin de semana le pedí al Leo, un amigo, que subiéramos a la nieve. Fui con antiparras y grabé, por mi cuenta, con una cámara de fotos, el segundo capítulo de rotos.cl. Llegué el lunes con el video y lo metieron al principio del programa. Ya había más comentarios hablando del tema, aunque no le movía el piso a nadie.
Rotos.cl creció un poco más en abril del 2008 cuando fui a molestar a las niñas que iban a protestar por la aprobación de la píldora del día después en el centro de Santiago. Hicimos una nota donde les preguntaba puras tonteras y me las contestaban felices. Les decía si conocían el “sexo por el ombligo”, “por la oreja”, entre otras preguntas más idiotas y las dejé no muy bien paradas. A veces me acuerdo y me da un poco de pena, pero honestamente se lo merecían.
Ahí ya me metí al grupo. Era parte de la pauta, hacíamos más notas, fuimos a cubrir un casting masivo de Amor Ciego 2, carreteábamos harto y nos hicimos amigos.
En la U seguía todo igual. Tenía mis clases medio botadas porque me lo llevaba grabando con los Copano, pero igual seguía pasando mis ramos. Llegó julio del 2008 y salí de vacaciones. Como era costumbre y como había pasado el verano en Isla de Pascua, agarré mis cosas y me fui a Curicó.
Siempre que estaba en mi pueblo me ponía a trabajar en la panadería. No podía despertar después de las 6, bajaba, contaba el pan del reparto y me lo llevaba a la cordillera. Me acuerdo haber estado en eso cuando me llamó Nicolás y me contó que Telecanal había comprado el programa y que íbamos a hacerlo de forma más profesional. Nico me pidió que volviera a Santiago y, después de diez días en Curicó, me vine.
Ahora, por fin, empezaba mi primera pega en la tele.
Nunca entendí muy bien por qué mis papás me llamaron a su pieza, en octubre del 93, ahí en la casa de Benedicto León, para contarme que habían decidido cambiarme a la Alianza Francesa.
Yo había llegado a kínder el 89 al Instituto San Martín y seguía ahí en cuarto básico, tenía clase solo en las mañanas, era ideal porque mi hermano estaba al lado en el colegio Inmaculada, en el primer curso que incluía hombres con un horario parecido al mío y era bien conveniente. Mi papá se estacionaba ahí en Villota, fuera del Preuniversitario Cervantes, justo a la salida del colegio de Andrés, y yo caminaba la cuadra y media para juntarme con ellos. Luego subíamos por Villota, que, después de unas cuadras, se convertía en Bilbao y llegábamos directo a la casa.
El Instituto tenía sus fallas, claro, era un colegio súper estricto, había curas que eran bien complicados. A pesar de que nunca nos relacionábamos directamente con ellos porque eran inspectores y profesores de los grandes, nosotros éramos comandados en la clase por puras “tías” que, tengo entendido, siguen ahí treinta años después.
Yo tenía mi grupo de amigos, sobre todo Felipe, mi primo, y Raúl, con el que casi nos morimos juntos, y me acuerdo haber sido bien extrovertido porque no dejaba que nadie me pasara a llevar.
De hecho, el Instituto tenía un espacio cerca de mi casa, el Estadio Marista, que de estadio no tenía mucho pero era un lugar al aire libre que se alejaba del centro de Curicó. Los viernes, en Educación Física, nos llevaban caminando para allá, haciendo la misma ruta que les comentaba que hacíamos con mi papá y Andrés, y claro, pasábamos por mi casa. El profesor hacía una parada y empezaba a molestarme con que quería desayuno para todo el curso.
Yo sacaba la voz y le contestaba con una respuesta que me había dado mi papá, haría desayuno para todos si la próxima vez Felipe lo hacía, ya que vivía a una cuadra mía, y así nos iríamos turnando. Les contestaba a los profesores sin problemas, frente a todo el curso, y me daba lo mismo. No me portaba muy bien en clase e incluso tenía un par de anotaciones 44A, las más temidas, por desorden.
Me gustaba el colegio aunque me acuerdo de que mi mamá se peleó un par de veces con los curas, parece que por culpa mía, algo hice y un hermano, como se les decía a los curas, me levantó la mano o algo así, aunque no me acuerdo del incidente. Pero sé que pasó porque movimos unos arcos de fútbol en el patio y se me cayó el lado que yo llevaba en el pie de un cura. Perdón, ya me acordé, el hermano estaba furioso y me levantó a garabatos. No me acuerdo de que me haya pegado, pero yo me lo tomé a la personal.
Ahora que escribo esto entiendo perfecto por qué mis papás me llamaron a su pieza en octubre del 93 para avisarme que me iban a cambiar de colegio.
¿Por qué la Alianza Francesa? Quizá porque nuestros amigos e hijos de las familias más cercanas estaban todos ahí, o quizá era el que estaba más cerca de la casa, tenía un poco más de estatus que el Instituto y no era el Vichuquén, donde ya había estado en prekínder y al parecer no me había ido en los mejores términos. ¿Pero quién puede meterse en problemas en prekínder? Irónicamente terminaría entrando dos veces más al Vichuquén, el 99 y el 2001, ya a terminar el colegio.
Pero ahora la meta era la Alianza Francesa y había que aprender francés para poder entrar, dar un examen en un idioma del que no sabía nada, en dos meses más. No había tiempo que perder, las pruebas eran en diciembre, así que ese mismo día de octubre me mandaron donde una profesora que vivía irónica, o quizá simbólicamente, en la calle Marcelino Champagnat, el clásico hermano marista, y, para peor, la calle colindaba con la Alianza Francesa.
Todo esto en un sector bien conocido allá, un par de cuadras que se llaman Rucatremu, que parten y terminan en la avenida España. No me acuerdo muy bien del nombre de la profe, creo que era Patricia Atal, lo que sí me acuerdo bien es que no me costó nada aprender. Suena arrogante, lo sé, pero bueno, así era yo en la época. En el colegio les conté a todos que me iba, aún no había ni quedado en la Alianza pero no me importaba, era una forma de llamar la atención y sabía que si no quedaba podía vender la pomada del “espíritu marista”, la lealtad al colegio, el mismo chanterío que le tocó vender a más gente que se fue a la Alianza y después volvió.
Ese mes, en diciembre, hicimos el típico paseo de curso al Estadio Marista. Era genial porque marcaba hartas cosas. Navidad, que a mí me ponía sumamente ansioso porque mis papás nunca fallaron con los regalos, así tuvieran que sacarse la cresta trabajando, el comienzo de las vacaciones de verano, y claro, una aventura nueva, llegar a otro colegio a conocer gente que yo ubicaba de cara pero con la que nunca había hablado, en fin, un primer gran cambio en mi vida, que esta vez sentiría directamente.
No sabía qué iba a pasar conmigo, solo estaba seguro de que me había echado el francés al bolsillo y las pruebas de ingreso no me hicieron ni cosquillas. Había entrado con dos mujeres del mismo colegio pero del B, seríamos todos compañeros y bueno, ahora sería un poco más independiente porque podría irme a pie a la casa, ya que mi papá se enfocaría más en mi hermano y eso era exactamente para el otro lado. Jamás me imaginé lo que se me venía encima.
Año Nuevo del 2008 y yo estaba literalmente en el ombligo del mundo, pasándolo pésimo. Ah, verdad, no les he aclarado que este libro contiene casi puras pataletas.
Un año y medio después del intento de suicidio, decidí hacer algo que me sacara de mi zona de confort por primera vez. Era noviembre y se acercaba el verano, yo había vuelto a Santiago a estudiar periodismo, pero me iba a ir a Curicó a pasar los tres meses de vacaciones. Tenía en mi velador un paquete de billetes con cien mil pesos amarrados con un elástico, los tomé y fui a la oficina de Lan (hoy Latam) en Pedro de Valdivia a comprar un pasaje que me llevara por todo el verano a un lugar nuevo.
Claro que cien lucas no es mucha plata y no me alcanzaba para ningún destino exótico, me hablaban de Buenos Aires, de Lima, Punta Arenas y de verdad sentía que iba a perder la única plata que había ganado escribiendo en el diario gringo que ya les contaré, en un viaje a un lugar con la misma cultura, sin impacto, que no me sacaría de mi zona de confort.
De repente, la señora que atendía en Lan se acordó de que había una promoción a Isla de Pascua en la que estaría saliendo el diez de diciembre y volviendo el quince de marzo. Me alcanzaba y la compré sin pensarlo. Claro que debería haberle dado una vuelta aunque fuera un poco: dentro de diez días me iba a Isla de Pascua sin ningún peso en el bolsillo, cosa que a los pascuenses no les agrada mucho, y pucha que me lo harían saber.
Llegó el día, fui al Aeropuerto vía Pajaritos porque no tenía plata para hacerlo de otra forma, llegué a la puerta del avión y, cuando iba caminando por la manga, me di cuenta de lo irresponsable que estaba siendo. Me invadió el pánico y pensé en devolverme, pero mi adicción a los programas del cable sobre aeropuertos me enseñó que a cualquier persona que cambia el rumbo normal, (sea checkin, seguridad, manga, avión), la agarran y la revisan bajándole los pantalones y metiéndole el dedo en el poto.
En una de esas decisiones que te marcan para siempre, entre subirme al avión o arriesgarme a que me metieran dedos en el poto, llegué a mi asiento y miré por la ventana mientras nos íbamos del conti rumbo a la isla.
Aterrizamos y ahí me entró el pánico. Tenía mil pesos en el bolsillo y veinte tarros de atún en la mochila. Nada más para sobrevivir. El avión venía lleno de gente ansiosa, un tipo le dijo a su mujer, con los ojos emocionados: “Llegamos por fin, mi amor”. Todos ilusionados con conocer los moais, recorrer la isla, todos menos yo. Yo quería volver. El avión quedó vacío y yo no me paraba de mi asiento. Una azafata me solicitó que descendiera. Yo le pedí que me llevara de vuelta a Santiago. Sin contestarme, se fue a buscar al piloto. El tipo, amable, me dijo que tenía que bajarme del avión inmediatamente o que iba a ir a buscar a Carabineros.
Carabineros... y me acordé de algo que me salvó. Cuando estuve en Curicó el semestre completo, hubo unos días en que llovió demasiado, el río Teno se salió del cauce y dos carabineros se perdieron cuando se los llevó el río por salvar a un cabro chico, según me acuerdo. A los carabineros los mandaron a Isla de Pascua como premio por su valentía.
Me bajé del avión y lo primero que hice fue partir a la comisaría. Llegué y pregunté por los carabineros curicanos. Somos nosotros –me dijeron los dos cabos (no sé bien el rango, nunca he entendido el tema de las estrellas en los hombros) que estaban sentados en el living del lugar. Les conté mi historia y se molestaron bastante, me trataron con entera justicia de “cabro huevón”, “cabro irresponsable”, “cabro idiota” y ahí me dio un poco de rabia pero no podía reclamar.
Me estuvieron retando cerca de una hora mientras uno de los dos llamaba a la oficina de Lan a ver si me podían devolver de inmediato. De Lan contestaron que era imposible, que “la huevá no anda al lote” (dixit), así que me tenía que quedar ahí. Como éramos todos de Curicó, los carabineros me ofrecieron un sofá para dormir, ahí en lo que entiendo era la cárcel de Isla de Pascua.
Todo lo que es Orden y Patria está cerca del aeropuerto allá en la isla, así que me subieron a una camioneta y nos fuimos a la cárcel. Había como diez camas y seis presos. Los gendarmes eran mucho más simpáticos que mis coterráneos, me mostraron el sofá y me explicaron que podía estar ahí un par de noches, pero no más que eso. Dejé mis cosas ahí en la cárcel, y los gendarmes me invitaron a ir a dar una vuelta a la isla. Me fui a conocer Tahai, lo más cercano al pueblo, y volví a la cárcel a dormir, tal como si fuera reclusión nocturna. Comí tallarines con los presos mientras hacían artesanías y luego a dormir al sofá. El único problema era que la gendarme nocturna tenía que tener la luz prendida, le pregunté si podía dormir en una de las camas de las celdas pero me dijo que no, que tenía que ser preso para estar ahí. Una lástima. Pensé en ir a robar algo, cama gratis.
Al día siguiente, los gendarmes me ofrecieron dos alternativas para pasar el día. La primera era que me fuera por las mías a recorrer, me prestaron un mapa incluso, pero todo era caro, salir del pueblo al “campo” como le llaman allá al resto de la isla era plata, plata, plata. Acepté la alternativa más económica, ir con los presos a pintar la oficina de Sernatur.
Ahí pasamos el día, nos dieron comida, bebida, nos quedó bien bonita, le cambiamos el color de verde a blanco y el alcalde mandó una carta dando las gracias a los presos y a Carlos por los servicios prestados. Fue bacán. Dormí nuevamente en el sofá, profundamente, porque estaba raja.
Empezaron a pasar los días y no encontraba pega. Busqué en restaurantes, hoteles, pero todos querían gente de la isla. Y con los días que pasaban ya estaba molestando en la cárcel y levantando sospechas entre los isleños, porque apenas pasa más de una semana, ya te empiezan a preguntar altiro qué andas haciendo por allá.
Llegué un día a la casa, perdón cárcel, y la gendarme, mi amiga, me explicó que me tenía que ir, pero que me podía prestar una carpa para irme a algún lado. Le agradecí el préstamo y me fui a buscar un rincón para dormir en el campo.
La cosa se puso Bruja Blair cuando me había instalado en un lugar lejano, a unos kilómetros de Hanga Roa, y casi me morí de un infarto cuando, a las 4a.m., me abren la carpa. Eran mis coterráneos, me tenía que ir de ahí.
La isla se empezó a poner todos los días peor. Me gritaban en la calle que me fuera de vuelta, tenía que andar cargando la carpa a todos lados o me la rompían si la dejaba sola. No tenía comida ni pega. Sacaba cosas para comer de los basureros afuera de los restaurantes y con eso vivía.
