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Una historia de amor que cruza el mar en tiempos de descubrimiento y conquista. Rodrigo Lope de Orbaneja, español de noble cuna, se embarca en una aventura precipitada, sumido en un profundo dolor. En su viaje hacia lo desconocido, le acompaña una fina talla en madera de Santa Úrsula. En esta, él busca protección y guía, sin saber que en realidad ella es testigo de sus pensamientos, sus más profundas emociones y sus terribles secretos. En la gran Tenochtitlan conocerá a una joven indígena. El corazón de Rodrigo se debatirá entre un nuevo amor, y aquel que le arrebataron dejándolo marcado para siempre. Madera de virgen explora desde la imaginación, las profundas emociones y conflictos que surgen al unirse, en un acto mitad amor y mitad odio, dos grandes culturas que engendran «El Nuevo Mundo».
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Seitenzahl: 647
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Diseñadora de cubierta: Renata Biernat
Edición eBook, febrero 2025
Madera de virgen
© Guillermo Sierra Berumen
© Éride ediciones, 2024
Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid
ISBN: 979-13-87643-11-9
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
eBook producido por Vintalis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorizaciónde sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitafotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
...nacióen la ciudad de Mexico en 1967. Su carrera como comunicador y ejecutivó́en los medios lo han llevado a desarrollar y dirigir señales y contenidos de televisión para marcas reconocidasinternacionalmente incluyendo BBC, Discovery, Universal, Paramount, Metro Goldwyn Mayer, TwentiethCentury Fox, y PBS entre otras.
Ha dirigido los únicos dos canales nacionales de televisión pública en idioma espanol de los Estados Unidos;̃
VME (una sociedad entre estaciones de la cadena nacional PBS y el Grupo Prisa), y el canal HITN que alcanzamás de 35 millones de hogares en todo el país.
En paralelo, Guillermo ha creado una empresa que investiga y desarrolla modelos digitales para la promociónde la salud y el bienestar.
Madera de virgenes su primera novela.
Este libro está dedicado a mis hijos Rodrigo y Valentina, quienes como el sol, que todo lo ilumina; y la mariposa monarca que va pintando los bosques de color, me recuerdan todos los días lo afortunado que soy de que sean lo más importante en mi vida.
* * *
Madera de Virgen no es una novela histórica, se trata de un simple cuento en el que algunos nombres, lugares y hechos pueden resultar vagamente familiares, pero sin que la narración tenga demasiado apego a la realidad. Explora, desde la mirada de la imaginación, las emociones y los conflictos que se podrían haber generado cuando dos culturas, grandes cada una en su propia dimensión, pero muy alejadas una de la otra por el tiempo y por el espacio, se entrelazan en un acto, mitad amor y mitad odio, para engendrar un nuevo mundo. El alma de esta nueva criatura surge de la fusión de la profunda espiritualidad que ambas culturas aportan y en la que cada una lucha por mantener la verdad, su verdad, a salvo. Una verdad que algunos dudan en privado, pero que defienden con la vida en público. Una verdad en la que cada uno simplemente busca un camino para ser feliz.
* * *
Esta nota no estaría completa sin mi enorme agradecimiento para la escritora Leonor Ordoñez, quien, con sus siempre acertadas correcciones, y sobre todo con su paciencia, y amistad incondicional, me ayudó a mantener la dedicación y la fe que se requirieron, todos estos años para poder plasmar esta historia en papel.
¡La puerta! La maldita puerta de madera ennegrecida que se cierra de golpe chasqueando sus fríos herrajes. La puerta que castiga sin tregua de forma interminable como el mar azota las rocas de un acantilado. La puerta que separa el mundo de los vivos del de los muertos. La puerta que se burla de lo que tenía por destino ser un gran amor. La puerta que se cruza una sola vez, sin posibilidad de retorno, y que cierra la vida a un después.
* * *
Rodrigo abre los ojos y se descubre con la camisa empapada en sudor y un sabor amargo en la boca que intenta enjuagar tomando un sorbo de agua. Ha tenido una vez más la recurrente pesadilla.
Mira por la escotilla y ve como allá lejos, muy lejos, el horizonte comienza a pintarse de violeta con el primer anuncio de que pronto saldrá el sol. Últimamente ha visto muchos amaneceres. Las noches se le han vuelto cortas. Sin embargo, la luz que comienza a delinear el horizonte le da consuelo y le recuerda que la vida se reinventa todas las mañanas y que cada día que nace representa una nueva oportunidad para encontrar lo que se busca.
Su corazón le recuerda que, a pesar de lo que se ha vivido, lo que todavía habrá de llegar no tiene por qué ser un espejo del pasado.
Se lava la cara en una vasija y, mientras se frota los párpados con el agua fría, se entrega a soñar despierto con su amada Sara. Es la única medicina que conoce contra este eterno tormento. Recuerda su sonrisa, su suave piel aceitunada, su cabello rizado de niña traviesa. Recuerda su voz juguetona y esas palabras inconclusas que han hecho volar la imaginación.
Intenta enjuagarse el dolor permanente que le causa el que se la hayan arrancado y, al secarse con un lienzo blanco, intenta sanarse recordando las suaves caricias que de ella lleva en la piel.
Enciende una vela y se sienta en la pequeña mesa. Abre las piernas y planta los pies en el suelo para compensar el suave vaivén del barco.
Mira la pila de mapas amontonados, como sus ilusiones, que por fin tienen uso y destino. Vuelve a revisar las notas que ha hecho la noche anterior y se asegura de que nada se haya omitido. Tiene planeada cada legua del largo viaje. Si todo sale como lo ha plasmado en el papel, en unas cuantas semanas tocarán tierra y él iniciará una vida nueva.
Siente en el vientre la anticipación del momento que se acerca. No puede dejar de pensar, sin embargo, en que él estaba seguro de que haría este viaje con ella. Pudo verse cruzando el mar y respirando nuevos aires al lado de su única y verdadera compañera. Después, el destino le cerró la puerta de golpe y todo cambió. Sin embargo, ese eterno fuego que lleva en el alma le había hecho planear esta enorme aventura por mucho tiempo. Los acontecimientos tan solo lo han obligado a acelerar los planes. Hace un esfuerzo por sobreponerse. Tiene que seguir adelante. Su corazón late, y mientras haya vida, hay rumbo y oportunidad. Su amor por ella es ahora el impulso que hinchará sus velas para cruzar el mar.
—¡Por ti, bonita! —dice en voz baja, al tiempo que besa el cuaderno de notas donde ha trazado su ruta y su destino.
La despertó algo húmedo que lamía su cara. Poco a poco las imágenes se van aclarando y puede distinguir la cara de un hombre que, a pocos centímetros de la suya, la estudia con cuidado y le acaricia la mejilla con un pincel. El hombre acerca una de las velas que iluminan la habitación para poder verla mejor y sonríe complacido.
—¡Vaya! —dice en voz alta—. No va nada mal ese tono para la piel. ¡Ahora sí parece que ya respiras!
Para Bartolomé Bejarano esa es una sensación familiar y un importante motivo de orgullo. Su padre comenzó a enseñarle el arte de tallar santos en madera cuando era tan solo un niño, tal y como su abuelo lo había hecho con él. Durante tres generaciones los Bejarano se habían forjado un lugar de prestigio en el arte eclesiástico. Sus obras adornan iglesias y capillas por toda Europa.
Su padre le había repetido muchas veces: «Nosotros no hacemos santos, Bartolomé. ¡Los liberamos!». Y es que para los Bejarano cada talla debía ser prácticamente perfecta.
Su abuelo había logrado darle fama a un pequeño taller que había instalado a las afueras de Sevilla, aprovechando lo que había aprendido durante los años que trabajó como aprendiz de un famoso tallador de maderas en Florencia. Ahí había escuchado decir a un joven y talentoso escultor que cada bloque de mármol escondía dentro una escultura y que a él solo le tocaba sacarla de ahí. Había hecho esa frase suya y la había convertido en su fuente de inspiración personal. Si cada madero tenía un santo adentro, él dedicaría su vida a liberarlos. Tenía una habilidad extraordinaria y cuando sus instrumentos rozaban la madera, más que tallarla, parecían estarla modelando. Había desarrollado sus propias técnicas de pintura, y la combinación de la delicada talla con el enorme cuidado que ponía en cada detalle de color otorgaba a sus obras un realismo inigualable. Rápidamente había logrado vender sus primeras piezas a buen precio y unos años después ya había conseguido una posición modesta pero estable. En cuanto su hijo mayor cumplió los seis años comenzó a llevarlo al taller todos los días, en donde le daba un pequeño bloque de madera y una navaja de tallar para que empezara a practicar.
Cuando, a su vez, Bartolomé cumplió seis años, su padre repitió nuevamente la tradición con él. Para entonces el taller ya había adquirido cierta importancia e incluso se podían dar el lujo de escoger las obras que aceptaban tallar. Cuando cumplió dieciséis años murió su abuelo y unos años después su padre decidió dejar de trabajar porque una creciente ceguera ya no le permitía ver lo suficiente. Así, Bartolomé se encontró al frente del taller y con la obligación de mantener viva la tradición y en alto el prestigio familiar antes de cumplir los veinte años. Ahora, cuarenta años más tarde, no quedaba ninguna duda de que no solo había logrado mantener el prestigio del apellido, sino que lo había consolidado de manera definitiva. Sus obras eran muy apreciadas por la Iglesia y por la realeza. Pero era la reacción de los fieles lo que a él verdaderamente lo motivaba. No eran pocas las imágenes que había creado que eran consideradas «milagrosas». Bartolomé nunca entendió bien el fenómeno, y la verdad era que él nunca presenció ningún milagro ni estaba seguro de que existieran. Había algo que sí tenía muy claro, y eso era que en algún momento durante el proceso de tallar las piezas ocurría súbitamente un fenómeno casi mágico. Él lo llamaba «respirar». Nunca lo había comentado con nadie y, francamente, para como estaban las cosas con el Santo Oficio, más valdría que jamás nadie lo escuchara decir semejante cosa; sin embargo, en la mayoría de sus piezas él sentía que este fenómeno se presentaba, y a partir de ese momento la escultura dejaba de ser un objeto y él creía ver que la figura cobraba vida. Hacía unos instantes que el fenómeno se había repetido una vez más, ahora con esta pieza en la que trabajaba. Le había dedicado las últimas semanas con especial esmero. Estaba casi terminada y le daba los últimos toques a la pintura del rostro.
A pesar de que estaba acostumbrado y de hecho ansiaba ese instante en que sus piezas «respiraban», él no podía haber sospechado que, efectivamente, en ese mismo momento, estaba siendo observado por su más reciente creación. Ella miraba con curiosidad su maltratada cara y la precisión con la que sus manos se movían. Para ser un hombre de más de sesenta años se veía todavía muy fuerte y sus movimientos eran firmes y estables. La tocaba con suavidad y sentía el roce del pincel que se deslizaba con seguridad sobre su piel.
El hombre tomó un fino punzón metálico y lo colocó sobre una vela para calentarlo al rojo vivo. Lo sacó del fuego, lo sopló y, después de esperar unos segundos para que se enfriara, lo clavó con cuidado en la palma de su mano izquierda. Después pellizcó los costados de la pequeña herida para estimular el sangrado. En un pequeño cuenco recogió las gotas de sangre que escurrían abundantemente, y cuando tuvo lo suficiente, tomó un trapo limpio para envolver su mano y detener el sangrado de la herida, al tiempo que mezclaba la sangre que había depositado en el cuenco con laca transparente. Era uno de los toques que él siempre daba a sus creaciones especiales. Había descubierto que ningún pigmento se parecía más al color sangre que la propia sangre y que si lo mezclaba con una combinación de lacas transparentes que él mismo había desarrollado, podía preservar el color aun cuando se secara.
Tomó la mezcla sanguinolenta y la aplicó cuidadosamente en el pecho de la figura. En ella había tallado la herida de una flecha y lo único que restaba era ponerle el detalle de la sangre que brotaba de la lesión. La aplicó cuidadosamente con una pequeña espátula.
Ella lo observaba con la solemnidad de quien participa en un ritual. Sintió el calor del pigmento en el pecho y observó cómo Bartolomé Bejarano contemplaba con satisfacción su obra.
—Ya está —exclamó con el alivio que solo otorga el deber cumplido. La miró nuevamente por unos segundos. Limpió cuidadosamente con una esquina del trapo una pequeña gota de pigmento que había quedado fuera de lugar y dio por terminada su obra. Sopló las velas que iluminaban el taller, dejando solo una para iluminar su camino. Mientras salía del taller volteó con orgullo nuevamente hacia la escultura y le dijo en voz alta:
—Buenas noches..., ¡guapa!
Muy temprano esa mañana, escuchó voces que se acercaban al taller. De pronto la puerta se abrió y Bartolomé apareció acompañado de dos monjas. Las invitó a pasar y, señalando a la mesa de trabajo, le dijo a la de mayor edad:
—Ahí la tiene usted, reverenda madre, santa Úrsula, herida de muerte por la flecha de Atila, eleva la mirada al cielo justo antes de perecer.
—¡Dios mío! —exclamó la monja al tiempo que se aproximaba a la mesa para mirarla detenidamente—. Son impresionantes los detalles en esta escultura.
—Gracias, madre, espero haber captado lo que usted me pidió —agregó Bartolomé, en un tono de falsa modestia.
—¡Increíblemente! —respondió la superiora—. Es tan palpable el sufrimiento, pero también la devota alegría de la santa. Está entregando su alma al Señor. Sabe que va a morir, pero no tiene miedo. Es una sagrada inspiración para todas las mujeres —agregó.
—¿Pero por qué la mataron, madre? —preguntó la religiosa más joven.
—¡Por defender su santa virtud, hermana! Es una historia muy bonita —responde la madre superiora.
—Y no muere sola —agregó Bartolomé—. Mueren con ella ¡once mil doncellas!
—Así es —continúa la madre superiora—. Atila y los bárbaros hunos capturan a santa Úrsula y a sus doncellas. Intentan desposarlas y ellas no lo permiten. Habían prometido su pureza al Señor. Entonces Atila ordena que las maten a todas y él personalmente mata a santa Úrsula, quien se entrega al martirio con la dulce sonrisa de quien se sabe santa.
—¡Once mil vírgenes muertas al mismo tiempo! Qué horrible tragedia, madre —le dice la joven religiosa—. Pero al mismo tiempo… ¡qué ejemplo de pureza y de virtud!
—Así es, hermana —responde la superiora—. Por ello su ilustrísima, el señor obispo, me ha pedido encomendar esta imagen con la que desea obsequiar a su sobrino, quien se encuentra en las Indias propagando el santo Evangelio. Ahí, en tierra de salvajes, las mujeres no conocen virtud. Piense usted qué importante es, hermana, el que puedan conocer y tomar como ejemplo a santa Úrsula; seguramente las inspirará para rectificar su vida y encomendar su alma a nuestro Señor Jesucristo.
Mientras escuchaba a las monjas y a Bartolomé hablar sobre ella, la escultura trataba de entender qué relación tenía ella con santa Úrsula y a qué se refería la monja con eso de que sería enviada a «las Indias». Sin embargo, después de pensarlo unos segundos se alegró. Por lo menos ya tenía un nombre: Úrsula. Sabía que ella no era la misma santa Úrsula de la sangrienta historia que acaba de escuchar, pero por lo menos ya comenzaba a tener una identidad. También se alegró de saber que tenía un destino. Hasta hacía unos minutos no sabía ni quién era ni qué estaba haciendo ahí. Todas sus memorias ocupaban apenas un lapso de doce horas.
La madre superiora se acercó aún más para poder ver el rostro de la escultura con detalle.
—Qué hermosos ojos, don Bartolomé. Parecería que nos quieren decir algo —dijo la monja.
Úrsula sintió muy cerca el aliento de la anciana y pudo percibir su rancio olor mientras la religiosa la observaba a pocos centímetros de distancia. Si de verdad hubiera podido hablar, lo que le hubiera gustado decirle habría sido que, por favor, se alejara un poco.
—Reverenda madre, ¿quiere usted que la empaque y la envíe al palacio del señor obispo esta misma tarde? —preguntó Bejarano.
—Si nos hace el favor —respondió la reverenda—. Va usted a preparar una caja que le permita viajar hasta el otro lado del mar sin dañarse, ¿verdad, don Bartolomé?
—Ya estoy esperando que me la traigan, reverenda madre —contestó él—. Mi hijo ha ido ya a buscarla a casa del carpintero.
—Muy bien —respondió la religiosa—. Entonces, sí, háganos la caridad de enviarla esta tarde. Yo veré al señor obispo antes de la cena para hacerle entrega de su encargo. Seguramente estará muy satisfecho. No se preocupe por su pago, don Bartolomé, el señor obispo será muy generoso.
—Madre, me ofende usted —respondió Bejarano—. No tengo ninguna preocupación al respecto, mi único deseo es servir a su ilustrísima y a nuestra madre la santa Iglesia. El señor obispo siempre ha sido muy generoso con este humilde taller.
—Es usted un ejemplo de bondad y caridad —dijo la superiora al tiempo que le tocaba el brazo con solemnidad. Bejarano respondió con una exagerada caravana. Después de tantos años de tratar con los representantes del clero y la realeza, sabía que un poco de solemnidad y adulación siempre eran útiles para mantenerse en gracia con sus mecenas. Cuando ya se disponían a retirarse la joven monja preguntó:
—Don Bartolomé, los detalles de la escultura son tan reales; de hecho, no puedo dejar de mirar la sangre que brota de su pecho. ¿Cómo ha logrado usted ese efecto? Parecería que de verdad está sangrando.
Bejarano respondió sin titubear.
—Eso es, hermana, porque no es pintura. Es sangre verdadera.
No bien hubo pronunciado estas palabras, la madre superiora se dejó caer de rodillas enfrente de la imagen sobresaltando a Úrsula, que escuchaba la conversación entretenida. Bartolomé y la hermana imitaron el gesto de la anciana en un acto reflejo. La madre superiora levantó los brazos al cielo y exclamó ahogada de emoción:
—¡Bendita sea la gloriosa misericordia de nuestro Señor!
* * *
La madre superiora cruzó apresurada el huerto que separaba el convento del palacio del obispo. Quería estar en el comedor antes de que su ilustrísima llegara a cenar para entregarle la imagen que le había encomendado. Entró por una de las puertas de servicio, atravesó la cocina sin poner demasiada atención a los saludos de la servidumbre y llegó hasta el pasillo del comedor.
Al entrar vio que ya habían entregado la caja y que, tal como ella lo había instruido, la habían colocado sobre una pequeña tarima a un costado de la gran mesa del imponente comedor. Los sirvientes trabajaban arduamente colocando frutas, quesos, panes y salchichón en el centro de la mesa. Parecía que habría varios invitados esa noche para la cena.
El obispo le había insistido en que tuviera su encargo listo cuanto antes. La superiora se había esmerado mucho en cumplir con la encomienda. Su relación con el obispo se había tornado un poco tensa a partir de una serie de incidentes que se habían suscitado cuando él había tomado como pupila a una de sus novicias. Ella sospechaba que había algo inapropiado en la relación, pero no tenía cómo demostrarlo ni poder para impedirlo. Había cometido el error de intentar prevenir a la muchacha y ella, evidentemente, se lo había contado a su protector. De eso hacía ya varios meses y sin embargo el obispo la seguía tratando con una respetuosa pero distante frialdad.
Para la madre superiora era muy importante que él quedara satisfecho con su primer encargo significativo desde el incidente. Tal vez este sería el comienzo de una mejoría en una relación indispensable. El convento requería del constante apoyo del obispo para su manutención.
Todo pintaba de maravilla. Mucho mejor de lo que ella había esperado. No solo había conseguido que el taller de los Bejarano pospusiera otros trabajos para darle prioridad a terminar a tiempo esta bella imagen mucho antes de lo previsto, sino que además Dios se había apiadado de ella y se había manifestado un milagro. El obispo seguramente estaría más que satisfecho del importante regalo que enviaría a su sobrino a las nuevas tierras.
La madre superiora sabía que el tema del sobrino era otra historia truculenta. Nadie se explicaba a ciencia cierta cuál era la relación familiar del señor obispo con la madre del joven. En alguna ocasión escuchó decir que eran primos. Lo que sí era cierto es que habían mantenido una relación muy cercana y que cuando ella había muerto, muy joven, víctima de las fiebres, el niño había sido protegido por su ilustrísima y puesto bajo el cuidado directo de un sacerdote jesuita que se había encargado personalmente de su educación. No bien había cumplido 14 años, el joven había ingresado a un monasterio y, en cuanto se dio la oportunidad, había sido enviado a las nuevas tierras para ayudar a propagar la palabra del Señor. Ahora este generoso obsequio venía a confirmar que definitivamente el señor obispo tenía mucho interés en el muchacho, aunque por alguna razón prefiriera tenerlo lejos.
Úrsula escuchaba desde dentro de la caja el chasquido provocado por las copas, la vajilla y los cubiertos que estaban siendo cuidadosamente desplegados en la mesa. De pronto la tapa frontal de la caja se abrió. Ahí estaba la anciana que había visitado el taller esa mañana. Vio que se encontraban en un austero pero imponente comedor en el que varios sirvientes se esmeraban por tener todo listo para lo que seguramente sería un festín.
La superiora acercó dos candelabros encendidos y los colocó a los flancos de la caja, buscando iluminar la imagen para la presentación oficial. Úrsula se sintió importante sin saber muy bien por qué. Era obvio que la monja estaba pasando mucho trabajo para hacerla lucir lo mejor posible.
La superiora la observó desde el otro lado de la mesa. No estaba satisfecha. Había que sacarla de la caja para que se viera mejor. Pero ya era tarde, y el obispo aparecería en cualquier momento. Decidió que era muy arriesgado tratar de moverla ella sola cuando los sirvientes estaban ocupados dando los últimos toques a la mesa. Así que tuvo que conformarse con mantenerla en la caja y buscar la manera de que luciera mejor. La monja tomó, bajo la mirada de reproche de uno de los sirvientes, uno de los arreglos florales que adornaban las mesas laterales del salón y lo puso a los pies de la escultura a manera de ofrenda.
Por un instante Úrsula se sintió completa. Iluminada por las velas y enmarcada por las flores, se convertía en el centro visual del salón y parecía que pronto sería admirada por importantes personalidades. Para ser solo un madero tallado esto no pintaba tan mal.
De pronto la puerta principal del comedor se abrió y varios caballeros vestidos de negro entraron al salón conversando.
—Entre usted y yo, su señoría, ¿no le parece que su majestad el rey está corriendo riesgos innecesarios? —dijo uno de ellos a su acompañante.
—Yo no me atrevería a decir eso, su excelencia —le respondió el otro con cautela—. Su majestad es un hombre iluminado. Él sabe lo que más conviene para el beneficio del imperio.
—Dios lo escuche, su señoría, Dios lo escuche —dijo el primero—. He de ver a su majestad en unos días y sé que me pedirá una opinión. No sé todavía lo que habré de decirle.
Úrsula escuchaba la conversación con curiosidad, intentando descifrar el delicado asunto que discutían los nobles caballeros. Más hombres entraron al salón y comenzaron a tomar su lugar en la mesa, manteniéndose de pie junto a la silla que ocuparían. Para entonces ya había varias conversaciones simultáneas y una que otra carcajada. La madre superiora esperaba de pie, tratando de no llamar mucho la atención en el oscuro fondo del salón. Algunos caballeros la habían saludado solo con una inclinación de cabeza, a lo que ella había respondido con mucha discreción desde su refugio.
Úrsula nunca había escuchado más ruido que el de las herramientas en el taller. Esa mañana había sido metida en una oscura caja y, después de un prolongado ajetreo, había aparecido en este salón. Desde su caja observaba a todos con curiosidad y se sintió contagiada por el ambiente, mezcla de solemnidad y animada conversación.
De pronto, la puerta principal del comedor se abrió y entró el obispo acompañado por un joven pero distinguido caballero en uniforme naval con el que charlaba amistosamente. La concurrencia guardó un respetuoso silencio mientras su ilustrísima los saludaba y les presentaba a su invitado.
—Buenas noches, señorías, qué placer el que nos acompañen en esta su casa —dijo el señor obispo con cálida familiaridad.
Los asistentes respondieron al unísono mientras inclinaban respetuosamente la cabeza. Los más cercanos al obispo se acercaron a él, realizaron una breve genuflexión y besaron su anillo, en protocolo. Su ilustrísima se tomó el tiempo de dar la vuelta a la mesa para que todos pudieran saludarlo apropiadamente. No le corría ninguna prisa cuando se trataba de que le rindieran los honores que tanto su investidura como su fama y poder le merecían. Cuando hubo saludado a todos, señaló con la mano abierta al caballero que lo acompañaba y que respetuosamente se había quedado en la entrada del salón y les dijo en voz alta:
—Señorías, tengo el gusto de presentarles al honorable capitán don Rodrigo Lope de Orbaneja, quien nos hace el honor de acompañarnos esta noche.
Rodrigo saludó con una reverencia de cabeza, que le fue correspondida por el grupo de caballeros.
—El capitán partirá mañana mismo rumbo a las nuevas tierras, las ahora llamadas Indias, y ha venido a despedirse y a pedir nuestra bendición. Le he persuadido para que nos haga el honor de obsequiarnos con su última noche en la ciudad compartiendo esta cena —dijo el obispo con parsimonia.
—El honor es todo mío, su ilustrísima —se apresuró a responder el capitán—. No puedo pensar en una mejor manera de pasar esta última noche en Sevilla —agregó.
—Pues muy bien —dijo el obispo—. Pasemos a la mesa, entonces.
Mientras su ilustrísima cruzaba el salón rumbo a su silla, vio de reojo la caja con la imagen y se acercó entusiasmado.
—¿Pero qué tenemos aquí? ¿Es esto lo que yo creo que es? —preguntó.
La madre superiora supo que ese era el momento que estaba esperando y salió de entre las penumbras del fondo del salón. El obispo no se había percatado de su presencia hasta ese instante.
—Así es su ilustrísima —le dijo la anciana con orgullo—. Esta es la imagen de santa Úrsula que me ha pedido usted que encomendara a los Bejarano.
—¡Dios santo!, reverenda madre, ¿dónde estaba usted escondida, que no la he visto? —le preguntó el obispo, divertido ante la súbita aparición de la monja.
—Disculpe, su ilustrísima, no he querido importunar mientras presentaba usted a su invitado —le respondió la anciana.
Úrsula, que se encontraba totalmente absorta con la escena, sintió de pronto todas las miradas sobre ella.
El obispo se acercó y comenzó a estudiarla cuidadosamente. Tomó uno de los candelabros y lo acercó para poder ver mejor el rostro de la imagen. Úrsula percibió el calor de las velas cerca de su cara y se sintió intimidada.
—¡Es magnífica! —dijo el obispo con satisfacción—. Verdaderamente una pieza perfecta.
—Eso mismo he pensado yo, su ilustrísima —agregó la monja—. Pareciera tener vida, ¿no es así? —preguntó.
El obispo se tornó hacia sus invitados y comenzó a explicar en tono magistral:
—Santa Úrsula, sus señorías, era la líder de las once mil vírgenes que fueron capturadas por Atila y los hunos en Colonia. Estoy seguro de que el capitán recordará la historia de Atila.
Aquel de quien se decía que donde su caballo pisaba no volvía a crecer la hierba —agregó mientras volteaba la mirada hacia Rodrigo.
—Sin duda, su ilustrísima —respondió el capitán, rogando al cielo que no se le fuera a ocurrir al obispo preguntarle más y dejar en evidencia su ignorancia sobre el tema. Había escuchado hablar sobre Atila y sus despiadadas costumbres bélicas, pero hasta ahí llegaba su conocimiento sobre el tema.
Úrsula observaba la escena deseosa de que el obispo siguiera con la historia. Hasta ahora tan solo había repetido lo mismo que le había escuchado decir esa misma mañana a la madre superiora y a don Bartolomé en el taller. Ella quería saberlo todo. Debería haber una importante razón para que se tomaran tantas molestias convirtiendo un pedazo de madera en la imagen de una mujer asesinada.
Como si hubiera escuchado sus deseos, el obispo profundizó en los detalles de la historia.
—Todo ocurrió en el siglo cuarto —comenzó a decir al grupo de caballeros, quienes, deseosos de comida y vino, hubieran preferido que el obispo contara la historia ya sentados a la mesa.
—Santa Úrsula era una princesa cristiana de Britania. Su padre, el rey, promete su mano a un noble señor, pero ella no desea casarse con él porque es pagano. Su padre la envía en un barco a conocer a su futuro marido. Ocurre una milagrosa tormenta y el barco llega a su destino en un solo día. Aprovechando la sorpresa de lo ocurrido, santa Úrsula anuncia que ha decidido que antes de casarse debe ir en peregrinación a Roma a ver al papa. El viaje le llevará tres años y la acompañarán once mil jóvenes vírgenes. Su prometido acepta y ella emprende el viaje cruzando toda Europa.
—¡Un viaje muy conveniente para posponer el matrimonio! —bromeó uno de los caballeros. El obispo le reprochó la interrupción con la mirada justo antes de que alguno de los otros asistentes pudiera reírse del comentario. Continuó el obispo con la historia:
—Cuando vienen ya de regreso se encuentran a Atila y a su ejército de hunos en Colonia. Las toman prisioneras y Atila autoriza a sus hombres para que hagan con ellas lo que sus instintos les dicten —dijo el obispo mirando a la madre superiora directamente a los ojos. Ella, abochornada por la audacia del comentario, bajó la mirada, haciendo un esfuerzo por disimular cualquier reacción. El obispo continuó con la historia, visiblemente satisfecho por haber incomodado a la anciana—: Las mujeres se defienden y no permiten que las mancillen. Entonces Atila pierde la paciencia y ordena que las maten a todas. Después él mismo mata a santa Úrsula disparándole una flecha. Por ello —señaló el obispo— es que nuestra bella imagen aquí presente está sangrando en el pecho.
Desde su caja, Úrsula se llenó de emoción al escuchar la historia. Pensó que seguramente la verdadera Úrsula había sido una mujer extraordinaria para lograr que tantas mujeres la siguieran y para dejarse matar por defender su honor.
—Muy bella historia, su ilustrísima —dijo otro de los comensales—. ¿No es en honor a esta historia que don Cristóbal Colón le ha dado el nombre de Islas Vírgenes a un grupo de islas que descubrió en las Indias?
—¡Muy bien, don Diego! —respondió el obispo—. Como siempre es usted un dechado de conocimiento. Efectivamente, así es —continuó el obispo—. Y es precisamente hasta las Indias a donde es mi deseo enviar esta bella imagen que he encomendado tallar. Es un obsequio para mi querido sobrino fray Augusto Benavides, hijo de mi prima, a quien he querido tanto y a quien Dios tenga en su santa gloria. Ella era muy devota de santa Úrsula y me ha parecido que su hijo debería recibir esta bella imagen y las bendiciones que su devoción por ella le confieran.
—Señorías —dijo finalmente el obispo—, pasemos a la mesa, donde podremos seguir conversando, ya bastante los he hecho esperar por su cena esta noche.
Mientras los invitados tomaban sus lugares, la madre superiora se adelantó para poder hablar con el obispo en privado.
—Si su ilustrísima me permite unas palabras —le dijo la anciana—, quisiera informarle...
—Muchas gracias por su servicio, reverenda madre —la interrumpió el obispo—. Ha cumplido usted maravillosamente con esta delicada encomienda. Ya no le quito más su tiempo. Estará usted cansada. Buenas noches —agregó el hombre con frialdad.
Ante la abrupta interrupción, la madre superiora hizo una genuflexión, preparándose para abandonar el salón. Sin embargo, cuando el obispo le presentó la mano para que ella pudiera besar su anillo, ella no pudo controlar la emoción por lo ocurrido y ahí, hincada frente al obispo y sosteniendo su mano, le dijo en voz baja:
—¡Ha ocurrido un milagro, su ilustrísima!
El obispo la observó sorprendido y un poco abochornado ante las miradas del resto de los invitados, que observaban intrigados desde la mesa lo que ocurría.
—¿Cuál milagro, reverenda madre? ¿De qué habla usted? —le preguntó el obispo un poco exasperado.
—¡La imagen, su ilustrísima! ¡La imagen es milagrosa!
Para entonces ya la escena se había prolongado y el obispo estaba perdiendo la paciencia. Le pidió que se pusiera de pie y soltó su mano. Cuando él se disponía a despedirla nuevamente, ella dijo en voz alta:
—¡La herida en la escultura ha sangrado, su ilustrísima! Me lo ha confirmado su creador, don Bartolomé Bejarano quien, de rodillas junto a mí, ha dado gracias a nuestro Señor por esta bella señal de su infinita misericordia.
El obispo se detuvo un instante sin saber cómo reaccionar ante la noticia. Se acercó despacio hacia la escultura. Lo siguieron varios de sus huéspedes, quienes se colocaron detrás de él. Uno de ellos acercó aún más uno de los candelabros para que pudieran ver mejor. Para sorpresa de todos, efectivamente, la mancha que tenía en el pecho la escultura parecía ser sangre fresca.
Úrsula los observó incrédula.
—¿De verdad están pensando que un pedazo de madera puede sangrar?
Sentía todas las miradas en su pecho y notó la cara de preocupación del obispo, que ahora ya fingía seguir observando la herida detenidamente mientras en realidad se daba tiempo para pensar cómo reaccionar. La preocupación del obispo no era para menos. En los últimos años la ciudad se había visto sumergida en el terror de la Inquisición. Ya eran miles los que habían sido detenidos y muchos habían perecido abrasados en la hoguera. El mismo obispo había tolerado que el tribunal del Santo Oficio actuara de manera autónoma e indiscriminada en supuesta defensa de la fe. No estaba de acuerdo con los horrores cometidos, pero no se hubiera atrevido jamás a pronunciarse en contra de lo que ocurría. El obispo sabía que en la mente de los inquisidores todo acto inexplicable solo podía tener dos orígenes. Así también este milagro podría tratarse de una señal divina, o bien podría ser interpretado como un acto del mismísimo demonio, que siempre está buscando artimañas para confundir a los hombres y arrastrarlos al infierno. Una mala interpretación podría inmiscuirlo en un gravísimo problema. Al final de cuentas, en estos tiempos nadie estaba a salvo. Ni siquiera él.
En ese momento uno de los caballeros le dio la salida que necesitaba. Se trataba de un respetado y educado mercader que había acumulado una gran fortuna y que solía apoyar al obispo con grandes sumas de dinero para alguna de sus muchas necesidades. El hombre se persignó y se dirigió al obispo hablando con absoluta devoción:
—Su ilustrísima, demos gracias a Dios, nuestro Señor, que ha querido bendecir la sagrada labor de nuestros misioneros para quienes usted ha encargado la creación de esta bella imagen. No cabe duda de que Dios se debe sentir complacido con la lucha que ha emprendido nuestra patria para mostrarles el camino de la verdad a los primitivos salvajes que habitan las Indias y que han infectado esas tierras con el pecado, convirtiéndolas en un lugar en donde se idolatra a los demonios. Las oraciones de su ilustrísima han sido escuchadas y recompensadas por la mano divina de nuestro Señor. ¡Demos gracias a Dios! — agregó en voz alta con toda devoción. Los asistentes respondieron a coro: «Amén». Algunos incluso se persignaron.
El obispo respiró aliviado. No había sido necesaria su propia interpretación del milagro. Si todos estos importantes señores habían podido ver la señal divina, ciertamente no le correspondía a él cuestionarla. Al contrario, su lugar como pastor espiritual de la región era reforzar esos devotos sentimientos.
—Demos gracias a Dios en verdad señorías por esta señal que nos ha enviado —dijo el obispo—. Me llena sin duda de alegría el saber que somos gratos a los ojos del Señor. Reverenda madre, muchas gracias por habernos comunicado este importante mensaje y por haber supervisado la creación de esta bella imagen. Puede retirarse —agregó dirigiéndose a la anciana monja sin demasiada calidez.
Úrsula observó cómo la anciana intentaba disimular su alegría. La vio nuevamente besar el anillo del obispo y notó que antes de salir del salón había dirigido una última mirada hacia la caja. Descubrió en ella orgullo y satisfacción.
El obispo invitó nuevamente a sus invitados a que pasaran a ocupar sus lugares.
—Acompáñenme, sus señorías, tenemos mucho que festejar esta noche. ¡Yo creo que hasta nos merecemos un vaso de vino! —les dijo bromeando.
Los comensales ocuparon sus lugares y de inmediato comenzó el desfile de sirvientes que iban y venían con distintos platillos y jarras de vino.
Úrsula podía ver la mesa completa desde su caja y se divertía observando cuidadosamente a los asistentes. Sin embargo, uno en particular llamaba poderosamente su atención. Con su colorido uniforme militar y sentado a la derecha del obispo, el joven capitán don Rodrigo Lope de Orbaneja era sin duda el centro de todas las miradas y había acaparado una muy buena parte de la conversación.
—Díganos cuál es el objetivo de su viaje a las Indias capitán —le preguntó uno de los caballeros.
—He decidido establecerme en el lugar y ayudar en el propósito de poblar las nuevas tierras de su majestad. Sé que hay mucho trabajo y grandes posibilidades de hacer fortuna —respondió Rodrigo con entusiasmo.
—He escuchado que los indios son verdaderos salvajes. Para conquistar el lugar nuestros soldados tuvieron que aniquilar a muchos de ellos que no querían someterse al servicio de su majestad. Adoraban ídolos demoníacos, hacían sacrificios humanos y hasta se comían a sus enemigos. Gracias a Dios, hemos comenzado a civilizarlos —agregó otro de los asistentes.
—Así es, su señoría —respondió el capitán—. Pero también es cierto que algunos de ellos, incluyendo su rey, habían ya entregado el territorio sin resistencia. Reconocieron de inmediato la superioridad de nuestras fuerzas y la de nuestra raza. Incluso recibieron al capitán Cortés como si se tratase de un dios. Eso lo escuché directamente de boca de uno de sus oficiales, quien regresó recientemente a Sevilla. Me contó que cuando ya estaban prácticamente rendidos y habían aceptado a los nuestros como sus amos y señores, el capitán Cortés tuvo que alejarse de la gran ciudad a la que llaman Tenochtitlan. Fue a la costa a enfrentarse con quienes habían ido a buscarlo para someterlo por haber iniciado una guerra de conquista cuando solo tenía autorización para explorar las nuevas tierras. Durante su ausencia dejó a Pedro de Alvarado al cargo del orden de la ciudad. Los indios habían organizado una gran fiesta que al parecer realizaban cada año. Durante la fiesta Alvarado perdió la cordura, y aterrorizado al ver a tanta gente reunida, decidió atacarlos antes de que pudieran organizarse en contra de él y sus soldados. Cercó la plaza en la que festejaban los indios y organizó una carnicería. Murieron miles de hombres, mujeres y niños al filo de las armas españolas. Cuando Cortés regresó a la ciudad la encontró en pie de guerra y no tuvo más remedio que enfrentar a los nativos con violencia para someterlos. Después de muchas semanas de guerra abierta, Cortés logró vencer a los indios definitivamente y estableció el gobierno de su majestad en el territorio. Ahora, cinco años después, se está construyendo una nueva ciudad. Han tenido que destruir los templos de los indios para convencerlos de que ya sus ídolos no valen nada, y sobre de sus ruinas y con las mismas piedras se están construyendo iglesias para servir a nuestro Señor —explicó Rodrigo mientras los asistentes lo escuchaban con atención.
—He escuchado historias muy encontradas del capitán Cortés —añadió el obispo—. Parece ser que actuó por iniciativa propia, arriesgando a sus hombres en una misión que nadie les había encomendado, ignorando las órdenes que había recibido. Dicen que puede ser muy violento y que sus soldados acostumbran a dejar un largo rastro de sangre por donde quiera que pasan. Al mismo tiempo sé que en la corte de su majestad hay quienes lo ven con buenos ojos, ya que ha enviado grandes cantidades de oro y ha extendido el Imperio con nuevos territorios que no habían sido explorados. La historia que usted nos cuenta, capitán, la había leído antes en alguna de las cartas de mi sobrino. Efectivamente le enviaron desde Cuba a don Pánfilo de Narváez para poder someterlo. Cortés no solo logró vencerlo, sino hasta se quedó con sus hombres, a quienes convenció de que lo apoyaran en su causa. ¡Parece que de una u otra manera siempre encuentra cómo salirse con la suya! —terminó de decir el obispo mientras movía la cabeza en señal de reproche.
—Pues indudablemente está usted por embarcarse hacia una tierra donde se viven grandes aventuras, capitán —concluyó otro de los asistentes—. Brindemos por el éxito de su viaje —le dijo alzando un vaso con vino.
—¡Salud y gloria! —respondieron los asistentes al tiempo que alzaban sus vasos para participar del brindis.
—Ruego a Dios, nuestro Señor, que lo acompañe en este duro viaje y que lo mantenga a salvo de todo lo malo que pueda ocurrirle —agregó el obispo levantando dos dedos en señal de bendición.
—¡Amén! —respondieron los asistentes al tiempo que el capitán se persignaba.
—Su ilustrísima —comenzó a decir Rodrigo mientras volteaba a ver a la escultura en su caja—, estaba pensando que si su ilustrísima me lo permitiera, me honraría mucho ser el portador de este bello obsequio que ha encomendado usted para su sobrino. Sería para mí una gran bendición y señal de buen augurio el que me acompañase esta milagrosa imagen en el viaje y sobre todo poder así servir a su ilustrísima y a nuestra madre, la santa Iglesia, en las tareas de evangelización.
Úrsula sintió un estremecimiento. Cuando parecía que ya se habían olvidado de ella, era de pronto nuevamente el centro de todas las miradas.
—Capitán —respondió el obispo—, qué generosa y piadosa su oferta. Por supuesto que le agradecería enormemente si nos hiciera ese servicio. Yo había pensado enviarla con un nuevo grupo de frailes franciscanos que partirán pronto para las Indias. Sin embargo, eso no será hasta dentro de varias semanas. En cambio, si usted nos hace el favor, llegará a su destino mucho antes. Prepararé esta misma noche una carta de dedicatoria para mi sobrino contándole el milagro que se ha suscitado.
Seguramente lo llenará de alegría e inspiración. Le haremos llegar la carta y la escultura a primera hora mañana donde usted nos indique —dijo el obispo mientras volteaba a ver a uno de sus sirvientes, quien de inmediato entendió la instrucción y, después de hacer una reverencia con la cabeza, se apresuró a traer del fondo del salón la tapa de la caja que la madre superiora había ocultado detrás de una cortina.
Úrsula escuchaba la conversación sobresaltada. Parecía que todo estaba por cambiar nuevamente. Lo último que alcanzó a ver, mientras el sirviente le colocaba a la caja la tapa que la sumergió nuevamente en la oscuridad, fue la sonrisa de Rodrigo Lope de Orbaneja, agradeciendo a su eminencia el haber aceptado su oferta. Había algo en el joven capitán que ella percibía como un profundo dolor. No entendía bien por qué, pero sentía que detrás de la animada conversación sobre aventuras y tierras, Rodrigo tenía la mente en otra parte y estaba profundamente inquieto por algo.
Úrsula presintió que sería una escena que no olvidaría jamás. La tapa la sumió en la oscuridad y ella supo que esa había sido la última vez que vería luz en Sevilla, la tierra donde don Bartolomé Bejarano la había liberado del grueso tronco que la tenía cautiva.
Úrsula tenía un largo rato sintiendo fuertes sacudidas que la hacían chocar con los costados de su caja. La protegía el acolchado que el carpintero había dispuesto en el interior, de lo contrario seguramente su esmalte se habría dañado. Hacía varios días que el movimiento había sido constante. Sin embargo, en las últimas horas se había tornado violento e incontenible.
Sintió como la caja era arrastrada y escuchó voces muy cerca de ella.
—Ayúdenme a poner esta caja aquí y déjenme solo —ordenó una voz agitada que a ella le pareció que era la del joven capitán.
Úrsula sintió que la recostaban y, después de escuchar cómo extraían los clavos que mantenían su caja cerrada, vio que la tapa se apartaba y, por primera vez en muchos días, volvió a ver luz.
Rodrigo estaba arrodillado frente a ella. Se encontraban en una pequeña habitación iluminada por una lámpara que colgaba del techo y que se movía con violencia de un lado a otro. Él, visiblemente asustado, trataba de mantener el equilibrio sosteniéndose de donde podía. Úrsula sentía que su caja raspaba contra el suelo, moviéndose unos cuantos centímetros en todas direcciones mientras el barco se mecía con fuerza.
Rodrigo comenzó a rezar en voz alta.
—Santa Úrsula, te lo imploro, sálvanos, por favor. No permitas que esta terrible tormenta hunda nuestro navío. No permitas que perezcamos ahogados en el mar. ¡Santa Úrsula, te lo ruego! ¡Sálvanos! Tú, que lograste que una tormenta milagrosa te llevara en un solo día a tu destino —le dijo, recordando la historia que les había contado el obispo en la cena—. ¡Ordena a esta tormenta también que se detenga!
Úrsula no entendía bien por qué le pedía ayuda. Qué podría hacer ella por aliviar las circunstancias en las que se encontraban. Observó el pálido y desencajado rostro del capitán, quien se acercó para besarla en la frente, y se preguntó cómo sería posible que este experimentado aventurero tuviera de pronto tanto miedo.
El barco se mecía violentamente y el capitán se deslizaba de rodillas, junto con la caja, de un lado a otro del camarote en el que se encontraban. Había una escotilla en el techo a la que se subía por una escalera de mano. Úrsula vio como grandes bocanadas de agua entraban por ella.
Rodrigo, rápidamente, volvió a colocar la tapa en la caja y gritó a sus hombres:
—¡Vengan a ayudarme! ¡No permitan que se moje esta escultura!
Los hombres bajaron rápidamente al auxilio del capitán e intentaron, con gran esfuerzo, cumplir la orden. Pero les resultaba prácticamente imposible mantenerse en pie. El barco se mecía violentamente y el agua seguía entrando por la escotilla. Úrsula sintió cómo movían su caja con dificultad y por un momento pensó que la dejarían caer. Una vez que la colocaron sobre otras cajas que la mantendrían a salvo del agua, que ya inundaba el suelo, el capitán se acercó y le dijo a través de la caja en voz baja, para que sus hombres no lo pudieran escuchar:
—Te lo ruego, santa Úrsula, ¡sálvanos! ¡No nos dejes morir esta noche!
Úrsula escuchó nuevamente desde su oscuro refugio los ruegos del capitán.
—Sé que eres una imagen muy milagrosa. ¡Sálvanos, santa Úrsula bendita! ¡Te juro que si nos salvas de esta dura prueba, dedicaré mi vida a ser tu devoto servidor y cuidaré de esta escultura hecha en tu imagen hasta el mismo momento de mi muerte!
De pronto el barco se inclinó violentamente y todos cayeron al suelo. La caja con la escultura se deslizó y quedó atrapada entre otra carga que estaba cerca de ella. El capitán se golpeó violentamente la cabeza con una trabe de la estructura del barco y un instante después todo se sumergió en una profunda oscuridad al apagarse la única lámpara que iluminaba el camarote.
Úrsula escuchó gritos y el crujido de la madera del barco, que parecía estar a punto de estallar. Los hombres trataban de encontrarse unos a otros y pedían ayuda para los que se encontraban lesionados. Luego escuchó que uno de ellos daba la orden de sacar al capitán de allí antes de que se inundara la bodega. Los gritos se alejaron mientras los hombres subían a Rodrigo a cubierta con gran esfuerzo. Úrsula pensó que todo había terminado y que de un momento a otro se la tragaría el mar. Sintió desilusión por no haber podido llegar a su destino.
En la obscuridad y sumida en el violento ajetreo se resignó a lo que pudiera ocurrir y esperó lo peor.
Cuando amaneció todo estaba en silencio. La tormenta había pasado y el barco parecía haber resistido. Úrsula despertó dentro de su caja. Le sorprendió ver luz. Probablemente el capitán no había colocado la tapa de su caja correctamente y por una hendidura que tenía en un costado pudo ver el techo del camarote iluminado por los primeros rayos de sol que entraban por la escotilla. Apenas y se percibía un muy ligero movimiento. El mar estaba tranquilo y el barco flotaba suavemente. No escuchó voces. Se preguntó si la tripulación habría abandonado la nave o si se habrían caído al mar.
En realidad, todos dormían agotados después de luchar toda la noche por mantenerse a bordo y para tratar de salvar el barco. Horas después la vida comenzó a regresar poco a poco. Escuchó los leves quejidos de alguien que cerca de ella despertaba para descubrirse todo adolorido por los golpes.
Úrsula se preguntó si Rodrigo estaría bien. Lo último que había visto antes de que su tapa se cerrara había sido el momento en que él se golpeaba fuertemente la cabeza contra una de las trabes del barco. Recordó los gritos de alguno de los marineros pidiendo ayuda para sacarlo. No tuvo que esperar mucho para conocer la respuesta. Al poco rato vio la cara de un muy maltratado capitán aparecer enfrente de ella. Se había llevado un tremendo golpe en un costado de la cabeza y una masa de pelo pegado con sangre ya seca le cubría la oreja. Por lo menos estaba vivo y parecía que se recuperaría sin problemas. De hecho, había comenzado a apartar con energía los objetos que habían atrapado la caja de Úrsula para poder liberarla. Cuando lo consiguió, quitó la tapa y besó a la escultura en la frente.
—Gracias, santa Úrsula, por habernos salvado, bendita seas por habernos concedido este milagro —le dijo con devoción. Después puso su mano sobre el pecho de la imagen y agregó en voz baja—: Como te lo prometí, de ahora en adelante tendrás en mí a tu humilde y perpetuo servidor. Cuidaré de tu imagen hasta el día de mi muerte.
Rodrigo cargó la caja con agilidad y pidió a los hombres que lo ayudaran a sacarla a cubierta.
Cuando se acostumbró a la brillante luz, Úrsula pudo ver por primera vez el sol. El mar estaba muy tranquilo y brillaba en un azul intenso que se fundía con el color del despejado cielo. Le resultó abrumador estar por primera vez, desde su creación, al aire libre. Observó que, en la cubierta, un grupo de hombres trataban de organizar la situación. El barco había sufrido graves daños y la cubierta estaba tapada por una madeja de cuerdas y por largos trozos de madera que hasta hace unas horas habían sido parte de los mástiles. Algunos de los hombres estaban heridos y sus compañeros los habían recostado en una plataforma que habían tapado con una de las velas, a manera de improvisado toldo, para protegerlos del sol. Otros, a pesar de sus heridas y de moverse con dificultad, trabajaban para comenzar a reparar la embarcación y poder reanudar el viaje. Aunque el inminente peligro de la tormenta había pasado, aún flotaban a la deriva en medio del mar. Necesitaban izar cuando menos una de las velas para retomar el control del barco.
Rodrigo y el hombre que lo ayudaba, sacaron con mucho cuidado a Úrsula de su caja y la colocaron de pie en una cornisa, con la vista hacia el centro del barco, donde los hombres trabajaban a marchas forzadas. Ella sintió un gran alivio al sentirse fuera de la caja. Era la primera vez que salía de ella desde que Bejarano y su hijo la habían empacado en el taller, y de eso hacía ya muchas semanas.
Cuando la hubo colocado donde todos pudieran verla, Rodrigo gritó a su tripulación:
—Vengan todos. Acompáñenme a dar gracias a santa Úrsula por el milagro de habernos salvado de esta infernal tormenta. Roguemos también para que nos permita llegar a puerto sanos y salvos, ya sin más contratiempos.
Los marinos dejaron por unos momentos lo que estaban haciendo y se acercaron a venerar la imagen. Algunos se arrodillaron y otros simplemente agachaban la cabeza en señal de respeto y devoción. Espontáneamente, uno de ellos se acercó y besó sus pies. Algunos lo siguieron haciendo una pequeña fila esperando su turno. Úrsula observaba conmovida la escena y se preguntó por qué sería que estos hombres creerían que ella realmente había podido ayudarlos. Al final de cuentas ella también había temido lo peor. Sin embargo, poco a poco comenzaba a entender cuál era su lugar. Tal vez solo era un madero tallado y pintado con laca, pero, a pesar de no poder hacer milagros, sí podía ser una inspiración y un consuelo para quienes lo necesitaban.
Ante la devoción de los hombres que pasaban a besarla uno por uno, pensó que con su simple presencia podía hacerlos sentir mejor y comprendió que ella estaba ahí para ser vista y ser tocada, porque en la fe de estos hombres hacía falta un objeto físico que los conectara con el mundo espiritual. Aquel que no podían ver ni tocar. Sintió el agradable calor del sol sobre su esmalte y el contraste del suave viento tibio que le acariciaba el rostro. Ahí, en la mitad de la nada, se sintió feliz. Hacía tan solo unas semanas que había conocido su nombre. Finalmente comenzaba a entender también su propósito.
Rodrigo se asomó por la escotilla y se alegró de ver que un viento muy favorable hinchaba las velas. Habían logrado reparar un par de ellas y si todo continuaba así, pronto alcanzarían tierra. No estaba seguro de qué tanto los había desviado la tormenta. Tenía la esperanza de que sus cálculos fueran correctos. En las condiciones en las que estaba el barco y la tripulación sería un problema tocar tierra demasiado lejos de su objetivo original, la isla de Cuba.
En los mapas aparecían varias islas cercanas. En cuanto pudieran ver tierra podrían comprobar su posición. No quedaban muchas provisiones y los hombres estaban agotados. Tenía un par de marinos con huesos rotos, víctimas de la tormenta, que seguían postrados en uno de los camarotes esperando llegar a tierra, donde seguramente tardarían meses en recuperarse. Incluso parecía que uno de ellos no volvería a caminar. Sintió pena por él, pero ante las difíciles circunstancias se alegró de que por lo menos todos podrían llegar a su destino con vida.
Estaría en Cuba solo unos días. Tiempo suficiente para reparar el barco y reabastecerse, después continuaría su viaje hasta la nueva tierra. Se había propuesto llegar hasta la gran Tenochtitlan lo más pronto posible.
Mientras más se acercaban a su destino, más comenzaba a preocuparle el problema en el que se había metido. Tarde o temprano se encontraría con fray Augusto, el sobrino del obispo, y tendría que cumplir con el encargo. Caminó hacia uno de los rincones de la habitación, donde colgaba una bolsa de cuero. La abrió y vio que ahí estaba sana y salva la carta que debería entregar acompañando a la imagen. Sabía que el obispo la había escrito la misma noche de la cena y se imaginó que seguramente incluiría todos los detalles sobre el milagro de la sangre.
Había fijado la caja con la imagen con grandes clavos a la mesa de su camarote, para que no pudiera caerse en caso de una nueva sacudida del mar. Quitó la tapa y observó el rostro de la santa.
Úrsula se alegró de ver un poco de luz y sintió el aire fresco que entraba por la escotilla. Se quedó observando a Rodrigo, quien parecía estarla contemplando, cuando en realidad estaba absorto en sus pensamientos. El capitán se preguntaba cómo salir del problema. Le había prometido a santa Úrsula que cuidaría de su imagen por el resto de su vida. En el arrebato del miedo, la noche de la tormenta había decidido ignorar el vital hecho de que la escultura no era suya. Él era solo un mensajero.
En un primer momento le surgió la idea de no buscar al sobrino y continuar su camino hasta la gran ciudad. Si alguna vez apareciera el dichoso fraile, podría decirle que había intentado localizarlo sin éxito. Sin embargo, se dio cuenta de que esa no era una opción viable. No podía simplemente ignorar el encargo y no cumplir con la promesa que le había hecho al obispo después de todo lo que este había hecho por él. Además, las Indias eran ahora una extensión de España y el obispo tenía gran influencia y muchos conocidos. Más temprano que tarde lo encontrarían y le reclamarían el hurto. Sumergido en remordimientos, incluso pensó que el Santo Oficio podría acusarlo de ocultar la milagrosa imagen para estorbar los trabajos de evangelización y así beneficiar al demonio. Con sus antecedentes, eso era lo último que necesitaba. ¡Lo quemarían vivo! Se dio cuenta de que estaba divagando y permitiendo que su imaginación y su conciencia lo atormentaran. ¿Qué opciones tenía? Todos los hombres la habían visto y tocado en la cubierta. Seguramente contarían la historia de su milagrosa salvación en cuanto llegaran a tierra. Sería imposible ocultar su existencia. Pensó en el renovado significado de la imagen. No solo había sangrado milagrosamente, sino que además, en el camino a las Indias, había salvado a una tripulación completa atrapada en una mortal tormenta.
Tal vez podría contarle la verdad al joven fraile y pedirle que le permitiera cumplir su juramento haciéndolo custodio de la imagen. Finalmente sería un estorbo para el sobrino tener que viajar con una caja como esta. Seguramente tenía que ir de poblado en poblado y no podría ir cargando la escultura. «No, esa tampoco era opción», pensó. La carta seguramente contenía instrucciones específicas sobre los deseos del obispo con respecto al destino que el joven fraile tendría que darle a la imagen. El joven no se atrevería jamás a desobedecer a su tío.
Menudo problema. Rodrigo no correría el riesgo personal de faltar a su juramento divino, pero tendría que encontrar una solución pronto. Estaba seguro de que llegarían a Cuba de un momento a otro, y después continuaría su viaje hacia el puerto que los conquistadores españoles habían bautizado como la «Villa Rica de la Vera Cruz», el cual sería su entrada a tierra firme. Era muy probable que ahí mismo, en Veracruz o en sus alrededores, se encontrará con el sobrino. No tenía mucho tiempo para resolver lo que iba a hacer.
Resignado, Rodrigo suspiró y le susurró a la imagen:
—No te preocupes, no voy a faltar a mi promesa. Estarás bajo mi protección. Solo ilumíname para encontrar una solución que no me cueste la vida —agregó riendo nerviosamente.
Úrsula adivinó a lo que él se refería y se sintió en complicidad con él. De hecho, ella ya también se había preguntado cómo haría el capitán para salir de alguna de las dos promesas. En el fondo, a ella también le llamaba más la atención acompañarlo en su aventura que imaginarse empotrada en el oscuro nicho de alguna iglesia de pueblo.
En ese momento se escuchó un fuerte grito proveniente de la cubierta:
—¡Tierra! ¡Tierra a la vista! ¡Tierra, capitán! Rodrigo escuchó el anuncio seguido por los gritos de celebración de la tripulación. Se apresuró a tapar la caja y subió tan rápido como pudo la escalera que conducía al exterior.
En la cubierta se encontró con uno de sus hombres, que miraba al horizonte tratando de comparar lo que veía con el mapa que tenía en las manos. Lope vio la tenue silueta de montañas en el horizonte.
El hombre le dijo:
—Creo que estamos muy cerca, capitán. Esa isla grande podría ser Cuba. Mire usted —le señaló en el
mapa.
Rodrigo observó cuidadosamente las imágenes en el horizonte y las comparó con lo que veía impreso. Podía ser. Tal vez la tormenta no los había desviado tanto como él había temido. En un par de horas lo tendrían más claro. Señaló hacia la isla y le dio instrucciones a la tripulación para que enfilaran hacia allá. Si alcanzaban a llegar con la luz del día podrían ubicarse mejor. Por suerte, el viento soplaba a favor.
Ya solo había que esperar un poco más. Respiró aliviado y sintió como una ola de optimismo revitalizaba a su exhausta tripulación.
Rodrigo tomó su sombrero y salió de la habitación. Le habían dado alojamiento en casa de otro capitán al que había conocido en la academia naval y quien había llegado a estas tierras hacía ya un par de años.
La noche anterior habían atracado finalmente en el puerto de La Habana, y después de asegurarse de que sus hombres estuvieran bien atendidos, había dado una moneda a un chico que merodeaba en el muelle para que lo guiara hasta la casa de su amigo. Había desembarcado solo con lo indispensable y, antes de abandonarlo, había encadenado la caja con la imagen de santa Úrsula para evitar que algo pudiera pasarle.
Había sido una noche reparadora. Finalmente, en tierra y ya sin la constante presión de estar atento las veinticuatro horas del día a lo que pudiera ocurrir en el mar, había podido descansar.
Despertó en una cómoda habitación de la gran casa que atendían varios esclavos y sirvientes. Estaba cerca del centro de la ciudad y desde ahí su amigo se había enriquecido en poco tiempo aprovechándose del constante tráfico de mercancías entre las nuevas tierras y la madre patria.
Al verlo salir de su dormitorio, una de las esclavas, una joven mujer de bonita figura y grandes dientes blancos, se acercó respetuosamente y le preguntó si le había gustado el desayuno que le habían llevado a su habitación y si se le ofrecía algo más. Él le agradeció amablemente y enfiló hacia la calle. Estaba ansioso por recorrer la ciudad y descubrir todo lo que estas tierras tenían que ofrecer. Había escuchado hablar mucho sobre las tierras de Indias, sus muchos atractivos y sus enormes misterios, pero esta era la primera vez que podría verlas con sus propios ojos.
