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¿Correcto comportamiento o salvaje abandono? Modelo de virtudes, la señorita Lillian Davenport poseía una reputación sin igual. Pero entonces ¿por qué se ofreció a pagar a Lucas Clairmont, el peligroso americano, por un simple beso? Lucas se negaba a dejarse moldear por la sociedad y a menudo bordeaba el lado oscuro de la justicia, pero la bondad y vida impecable de Lillian lo fascinaban. Él había ya intuido que detrás de aquellos exquisitos modales se ocultaba una mujer de extraordinaria sensualidad. Para Lillian, comprar un beso de Lucas significó liberar algo salvaje en su interior. Su ordenado y virtuoso existir nunca volvió a ser el mismo…
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Seitenzahl: 315
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2009 Sophia James
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Mágico encuentro, n.º 577 - junio 2015
Título original: Mistletoe Magic
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6314-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Nota de la autora
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
La Navidad es un tiempo de familia, risas y alegría, un tiempo en que todas las cosas buenas del mundo parecen juntarse en un crescendo de felicidad.
¿Pero qué sucede cuando la gente se queda sin familia o cuando los secretos que arrostran pegados a la piel les privan de la capacidad de disfrutar del azaroso caos que con frecuencia significa la Navidad?
En esta historia he querido dibujar dos personajes extremadamente solitarios y añadir niños, mascotas, color y villancicos. He querido ver si la magia de estas fiestas poseía su propio poder y si un beso robado bajo una rama de muérdago podía cambiar dos vidas para siempre.
Me gustaría dedicar este libro a mi amiga Jane, cuya elegancia y estilo inspiraron el personaje de Lillian.
Richmond, Virginia. Julio de 1853
Lucas Clairmont encontró la carta por casualidad, envuelta en un paño de terciopelo y oculta en el hueco que había detrás de la fuente de la capilla familiar.
Una carta de amor remitida a su esposa por un hombre al que apenas había conocido y que le había hecho buscar el banco que tenía detrás y sentarse en él.
De golpe.
Sabía que su matrimonio había sido, en el mejor de los casos, una unión poco convencional, pero lo inesperado fue la traición que traslucían los últimos renglones de la misiva. Las tierras de su tío eran mencionadas en relación con la intención de la Compañía de Gas de Baltimore de desarrollar su negocio. Luc sacudió la cabeza. Sabía que Stuart Clairmont no había tenido la menor idea de aquellos planes y que sus tierras, compradas a precio muy barato por el amante de Elizabeth, habían sido vendidas por una fortuna apenas unos meses después.
El dolor y la culpa teñían la emoción más dura de la furia. ¡Jesús! Stuart había muerto arruinado y amargado.
—Encuentra a ese canalla, Luc —había pronunciado en los últimos momentos de su vida— y mátalo.
En aquel entonces Luc había considerado la orden exagerada, pero en ese instante, con la evidencia de la otra verdad en la mano…
Arrugó el papel, que escapó de entre sus dedos para caer al frío suelo de piedra, con sus palabras escritas burlándose todavía de él a través del tiempo.
Su matrimonio había sido una farsa, todo apariencia y sin sustancia alguna, pero el amor que había profesado a su tío nunca había flaqueado.
Meneando la cabeza, sintió la aguda punzada de la sobriedad. El acre sabor del whisky de la noche anterior y las pocas horas robadas de olvido le pasaban factura esa mañana mientras sus demonios susurraban venganza.
Allí, en la capilla, sin embargo, había la clase de silencio que solo la morada de Dios podía ofrecerle, con la luz filtrándose a través de la vidriera.
¡Cristo crucificado!
Los dedos de Luc apretaron el duro y liso banco de roble, pensando que su propia corona de espinas resultaba mucho menos visible.
—Señor, ayúdame —suplicó, contemplando los azules ojos de un ángel pintado en el techo, de cabello rubio plateado y ropaje blanco cuyos pliegues caían sobre un cercano pecador, al que deslumbraba con su luz.
Un pecador como él, pensó Luc, mientras los últimos efectos del licor se desvanecían y la resaca empezaba a martillearle la cabeza.
Elizabeth. Su esposa.
Había distado mucho de la clase de marido que debería haber sido, pero la verdad de su matrimonio se reveló de manera casi tan inesperada como la muerte de su esposa seis meses atrás. Sus pensamientos de dolor se desenredaban en una cruda ira que a él mismo lo sorprendía. El engaño y las mentiras estaban ocultos en cada palabra.
No debería importarle. Debería arrojar la evidencia de la infidelidad de su esposa al fuego, pero descubrió que no podía porque una incuestionable verdad se estaba infiltrando en su ser.
¡Venganza! Uno de los siete pecados capitales. Ese día, sin embargo, no resultaba todo tan claro. Porque eso significaría volver a Inglaterra. Otra vez.
A su antiguo hogar.
Quizá pudiera volver a hacerlo suyo por un tiempo, porque, aparte de sus tierras, nada lo retenía allí. Además, Hawk y Nathaniel le habían pedido repetidas veces que volviera a Londres, y de repente sentía la necesidad de la compañía de sus más íntimos amigos.
—Ah, Stuart… —susurró el nombre y le gustó su eco. El canalla que había engañado a su tío estaba en Londres, viviendo sin duda de sus ilícitas ganancias.
Daniel Davenport. El nombre estaba grabado en su mente como un hierro al rojo que le hubiera quemado la piel.
¿Pero matarlo? Las moribundas miradas de los otros a los que había despachado al otro mundo asaltaron su recuerdo.
¡Otra vez no! Se recostó en el banco y suspiró profundamente, intentando determinar la exacta dosis de violencia que emplearía para hacer que el amante de Elizabeth se arrepintiera de lo que había hecho.
Londres, noviembre de 1853
—La señorita Davenport es una joven de la que cualquier madre se sentiría orgullosa, ¿verdad, Sybil?
—Sin duda, dado que nunca da pie a escándalo alguno. Una reputación impecable en todos y cada uno de los aspectos de su vida, un dechado de sensatez, buen gusto y buen comportamiento.
Lillian Davenport escuchaba los cumplidos desde un rincón del tocador de damas, consciente de que las dos damas mayores no tenían ni la menor idea de que ella estaba allí. Pero alertarlas de que las estaba escuchando solo les produciría una gran turbación, así que permaneció sentada, alisando con los dedos las arrugas de la seda blanca de su falda.
—Ojalá mi Jane fuera tan elegante como ella, es lo que le digo siempre a Gerald. Si la hubiéramos instruido adecuadamente en los códigos sociales como hizo Ernest Davenport, quizá habríamos sido bendecidos con una hija muy diferente.
—A veces pienso que eres demasiado dura con tu hija, Sybil. Ella tiene sus virtudes, después de todo, y…
Se estaban ya alejando, fuera del tocador de damas. Lillian oyó cerrarse la puerta y ladeó la cabeza.
Un minuto. Les daría un minuto más antes de abrir la puerta y marcharse.
«Un dechado de sensatez, buen gusto y buen comportamiento».
Una sonrisa empezó a formarse en sus labios, pero la reprimió de golpe. El orgullo era un pecado y ella no quería que la tomaran por vanidosa.
Aun así… era difícil no sentirse complacida por tan inesperado elogio y, aunque sus buenas maneras eran mencionadas con no poca frecuencia, no solía ocurrir todos los días que las palabras fueran tan directas o tan sinceras.
Lavándose las manos, se las sacudió y contempló el reflejo de la luz cenital en el oro blanco de su pulsera, regalo de cumpleaños. Sus veinticinco años, cumplidos el día anterior. Su euforia se marchitó un tanto, aunque ahuyentó la inquietante sensación mientras regresaba al salón de los Lennington para asistir, o mejor dicho, escuchar, una suerte de discusión.
—Creo que habéis hecho trampas, canalla —el tono de su primo Daniel no era en absoluto civilizado, y procedía de un cuarto cercano.
—Entonces desafiadme a duelo. Me encuentro igual de cómodo con espadas que con pistolas.
—¿Y hacer que me matéis?
—Vida o muerte, lord Davenport. Escoged o dejad de lloriquear.
Se oyó el rumor de un forcejeo y los dos discutidores aparecieron de repente ante su vista, con la cabeza de Daniel aprisionada en una llave por el brazo flexionado de un hombre alto y moreno. A su primo le saltaban los ojos por la presión y tenía el húmedo cabello rubio pegado a la frente.
Lillian se quedó muda cuando alzó la mirada hacia el rostro del hombre. Con la chaqueta desabrochada y la corbata torcida, la mandíbula del desconocido estaba sombreada por una oscura barba. Se quedó paralizada por la mirada de aquellos ojos dorados que en ese momento estaban directamente clavados en ella. Implacables. Contumaces. Rabia en estado puro en un hombre con sangre en el labio y el peligro impreso en cada línea de su cuerpo.
Tuvo la sensación de que se ahogaba con aquel contacto, con el corazón martilleando contra sus costillas y dejándola sin aliento. Un calor que nunca antes había experimentado se extendió fluidamente desde su vientre, haciendo que le ardieran hasta las puntas de los dedos, y con ellas alguna innombrable parte de su cuerpo, como el eco de un conocimiento antiguo como el tiempo. Fue una sensación impactante. Apartó la mirada y giró sobre sus talones, pero no antes de que lo viera saludarla con una inclinación de cabeza y lanzarle un desvergonzado y licencioso guiño.
Un grosero, decidió, y americano. Había más de una decena de hombres y mujeres contemplando la escena, de manera que el rumor de la pelea se extendería enseguida, irrefrenable.
Abriendo de nuevo la puerta del tocador de las damas, regresó al mismo lugar que había abandonado hacía apenas unos minutos.
La furia la consumía.
Y el miedo.
¿Quién era él? Alzó una mano y vio que le temblaba antes de apoyarla en su regazo y cerrar los ojos. Un dolor de cabeza había empezado a formarse y, detrás del dolor, acechaba un mucho más salvaje e indómito anhelo.
—Para —se dijo en un susurro, llevándose los fríos dedos a los labios para ahogar el sonido cuando se abrió la puerta y entró otro par de mujeres, esa vez jóvenes, riendo.
—Me encantan estos bailes. Me encanta la música, los colores, los vestidos…
—Y de todos los vestidos, el que más me gusta es el de Lillian Davenport. Me pregunto de dónde sacará esa ropa. Ester Hamilton dice que de Londres, pero yo apostaría por Francia. ¿Una modista de París, quizá, y una sombrerera de Florencia? Con todo el dinero que tiene, podría traérselas de cualquier parte.
—¿Has visto la pulsera tan preciosa que tiene? Su padre se la regaló por su cumpleaños. ¡Su vigésimo quinto cumpleaños!
—¡Veinticinco años! Pobre Lillian —secundó la otra—. ¡Y sin marido ni hijos! Dios mío, si no encuentra novio pronto…
—Oh, yo no iría tan lejos, Harriet. A algunas mujeres les gusta vivir solas.
—A ninguna mujer le gusta vivir sola. ¡Qué simple eres! Además, lord Wilcox-Rice le está dedicando una gran atención esta noche. Quizá ella se enamore de él y tengamos la boda del año para la primavera.
La otra muchacha rio nerviosa mientras las dos abandonaban el tocador, dejando a Lillian sin habla.
¡Pobre Lillian!
¿Pobre Lillian?
De dechado de virtudes a pobre Lillian en cinco minutos, y con un desconocido fuera que le aceleraba el pulso de una manera preocupante.
—¿Mamá? —dijo, y se puso a rezar—. Por favor, Señor, no me dejes ser como mamá —ahuyentó aquel pensamiento. Ella no volvería a ver a aquel rufián de las colonias; más aún, si su comportamiento de aquella noche era representativo, dudaba que volvieran a invitarlo a ninguna casa respetable. El pensamiento la tranquilizó. ¡Después de todo, esa era la única clase de casas que frecuentaba!
Pasándose una mano por la frente, se levantó. Se sentía ya mejor y más ella misma. Rara vez se ponía nerviosa, casi nunca se ruborizaba y la aceleración de su corazón había sido insólita. Quizá hubiera sido la pelea lo que la había vuelto tan inquieta y confusa, porque no podía recordar una sola ocasión en que hubiera oído a alguien levantar la voz con tanta furia, o visto a hombres peleándose. Y ciertamente no había visto a ninguno en tal estado de desarreglo.
Ridículamente esperó que el desconocido hubiera tenido el buen sentido de arreglarse la corbata y la chaqueta antes de entrar en el salón principal.
¡No! Su mente racional rechazó tal pensamiento. Que lo echaran a la calle y lo expulsaran de la ciudad. Se preguntó por lo que habría sucedido para haber provocado aquella reacción tan fuerte. ¡Naipes, probablemente, y bebida! La había olido en sus ropas y últimamente el comportamiento de su primo había sido cada vez más irresponsable, con su sentido del humor mancillado por una salvaje furia desde que regresó a Inglaterra.
«¡Pobre Lillian!»
No volvería a pensar en eso. Aquellas estúpidas muchachitas no habían sabido de lo que hablaban y ella estaba más que contenta con la vida que llevaba.
Lucas Clairmont apoyó las piernas en el taburete y contempló el fuego que ardía en la chimenea de la casa de Nathaniel Lindsay, en Mayfair.
—Mi cara estará mejor mañana —dijo Lucas levantando su copa para beber un trago de agua helada. La botella se enfriaba en un cubo con hielo, a su lado.
—Davenport siempre ha tenido muy mal genio, así que yo me andaría con cuidado cuando vuelvas a casa por las noches. Sobre todo después de una buena racha en las mesas de juego.
Luc se echó a reír. Ruidosamente.
—Me gustaría ver cómo lo intenta.
—No es un don nadie, Luc. El nombre de su familia le proporciona una posición… muy segura.
—Ya lidiaré con eso, Nat —repuso, alegrándose cuando su amigo asintió con la cabeza.
—Su prima, la señorita Lillian Davenport, por otro lado, es extremadamente bien educada y escrupulosa.
—¿Es la mujer del vestido blanco?
Ya le había preguntado a Nat por su nombre mientras se dirigían al coche que los esperaba y aquella le pareció la ocasión adecuada para averiguar más. Sus ojos azul claro y su cabello rubio le recordaban las flores de lirio que crecían con tanta profusión en Richmond, Virginia.
—¿Está casada?
—No. Es famosa no solo por sus buenas maneras, sino también por su capacidad para rechazar las proposiciones de matrimonio, y créeme que han sido muchas.
Luc se tocó el labio inferior, que todavía le dolía.
—La alta sociedad de Londres te considera un réprobo y una cabeza loca, Luc. Más peleas como la de esta noche y puede que te prohíban la entrada hasta en las casas de juego.
Lucas meneó la cabeza.
—Apenas lo he tocado, y si encajé un puñetazo fue porque no me lo esperaba. ¿Dónde vive Lillian Davenport, por cierto?
—Volvemos otra vez a ella. Dios mío, es tan peligrosa para ti como su primo y bastante más inteligente que él. Una mujer que todos los hombres querrían poseer y que al final no se quedará con ninguno.
Cassandra entró en ese momento en el salón, con un chocolate caliente.
—No hagas caso a mi marido, Lucas. Habla por propia, y pobre, experiencia.
—¿Tú te contaste entre sus pretendientes, Nat?
—Hace ya sus buenos siete años. Era su primera Temporada, de hecho, mucho antes de que yo pusiera los ojos en mi Cassie.
—¿Y ella te rechazó?
—Incondicionalmente. Esperó a que yo le enviara la única carta de amor que he escrito en mi vida y luego me la devolvió.
—Peor habría sido que se la hubiera quedado, imagino.
Él asintió.
—Y aquellas famosas buenas maneras relegaron cualquier asunto personal a la caja de «eso no volverá a mencionarse», algo que encuentro bastante estimulante.
—¿Así que ella no es carne de cotilleos?
—Oh, lejos de ello —Cassie tomó parte en la conversación—. Ella es la última palabra en familia de buena cuna e impecable comportamiento. A cada joven que es presentada en la corte se le recuerda su conducta para que la tome como modelo.
—Suena impresionante.
Cassandra soltó una risita y Nathaniel interrumpió a su esposa cuando iba a añadir algo.
—Dios mío, Cassie, basta ya —la tomó del brazo y la acercó hacia sí—. Luc solo estará en Londres hasta finales de diciembre y tenemos mucho de qué hablar.
—Brindo por eso, Nat —alzando su copa, bebió un trago. Estaba planeando ya una segunda salida con el objetivo de descubrir el verdadero carácter de Daniel Davenport.
Lillian abrió la cama y se acostó con un suspiro. Había dejado las cortinas ligeramente abiertas y la luz de la luna se filtraba entre medias. Una luna llena, cuyos rayos bañaban de plata la habitación.
Se sentía… excitada, y no podía explicarse esa sensación. El sueño, que tanto le habría gustado alcanzar, se le escapaba. Deslizó la mano por su vientre bajo la fina seda de su camisón.
John Wilcox-Rice se había mostrado de lo más atento con ella esa noche, pero era otro rostro el que buscaba. Un semblante más sombrío y peligroso, de ojos dorados de mirada burlona y una voz como de otro mundo. Sus dedos se deslizaban por su piel con dulzura y suavidad, como la caricia de una pluma.
Recogiendo las manos cuando se dio cuenta del lugar donde se habían detenido, cerró los ojos e intentó dormir. Pero la urgencia no se atenuaba, más bien se encrespaba por culpa de la luna de plata y de algo sobre lo que no tenía ningún control. Una solitaria lágrima resbaló por su sien y su pelo. Húmeda. Real. Tenía veinticinco años y estaba esperando… ¿qué?
Aquel desconocido la había saludado con un movimiento de cabeza, con su pelo largo y negro recogido en una coleta como un hombre de otro siglo. ¡Despreocupado de la moda actual!
Evocó sus manos morenas y fuertes, esculpidas por el trabajo. ¿Cómo sería sentir unas manos así tocando su cuerpo? Una manos nada suaves, ni finas. ¡Manos que habían trabajado la dura tierra o amado bien a una mujer!
Se sonrió ante ese pensamiento. No fue capaz de ahuyentarlo.
—Por favor… —susurró a la noche, pero su propio ruego la sorprendió—. Haz que encuentre a alguien a quien amar, a quien cuidar, y que me ame a su vez a mí.
Y no por su dinero o por el color de su pelo, que tanto admiraban los hombres. No por aquellas cosas.
—Por mí. Solo por mí —las palabras se fundieron con el silencio de la noche mientras el viento de invierno azotaba la casa y la luna llena desaparecía detrás de unos nubarrones de lluvia.
Su padre estaba desayunando a la mañana siguiente, una costumbre que se estaba volviendo cada vez más rara debido al tiempo que pasaba en sus clubes y a su nueva afición por los caballos, que lo alejaba de Londres por periodos cada vez más largos.
—Buenos días, Lillian —la saludó alegre, con lo que su perplejidad creció aún más—. Sé de buena fuente que lo pasaste espléndidamente en casa de los Lennington anoche…
¿Espléndidamente? No sabía en absoluto a qué se refería.
—Lord Willcox-Rice me visitó ayer por la tarde para preguntarme si podría cortejarte con vistas a comprometerse para finales de este mes, y sé por Patrick que pasaste buena parte de la velada a su lado.
Lillian esbozó una mueca por la manía que tenía su primo de inventarse historias.
—Si estuve con él fue solamente en calidad de amiga.
Pronunció las palabras con furia y su padre alzó las cejas con expresión de asombro.
—¿Wilcox-Rice no te ha dicho nada todavía? Quizá el muchacho sea tímido, o quizá tú no lo hayas animado como habría sido prudente hacer.
—Yo no estoy buscando que se me insinúe. Ni siquiera puedo imaginar…
—Los mejores matrimonios empiezan así. Con una amistad que se convierte en amor y dura toda la vida.
Palabras sin pronunciar flotaron entre ellos. «Al contrario que tu matrimonio. El caso de mamá: una rápida alianza con un hombre inadecuado y luego la muerte. Con arrepentimiento y todo, y sin absolución alguna».
—Lord Wilcox-Rice desea conocerte mejor. Quiere que pases algún tiempo con él en su propiedad de Kent. Con carabina, por supuesto, pero bien lejos de Londres para que así puedas tener la oportunidad de…
—No, papá.
Su padre se quedó paralizado. Posó cuidadosamente el cuchillo sobre el plato, con el jamón todavía por cortar.
—Pienso, Lillian, que hemos llegado a un punto muerto, tú y yo. Tú eres una muchacha de carácter decidido, pero los años pasan y con cada cumpleaños disminuyen tus oportunidades de fundar una familia y un hogar propios.
Lillian odiaba aquella discusión. Los veinticinco años se habían abatido sobre ella con todo el peso de las expectativas y las conjeturas: año inicuo en el que las mujeres dejaban de ser jóvenes y no podían ya agarrarse a la excusa de la difícil elección.
—John Wilcox-Rice pertenece a una buena familia y ha recibido una educación tan ventajosa como la tuya. Se ha fijado en ti y sería un padre admirable, algo que deberías considerar al menos.
—Pero yo no siento nada por él. Nada que pudiera conducir al matrimonio de una manera natural.
Con un rápido chasquear de dedos, su padre despachó a los sirvientes que esperaban a su espalda. Una vez que se quedaron solos, Lillian alcanzó a escuchar el tictac del reloj del abuelo en un rincón de la habitación, conforme se prolongaba el silencio.
Finalmente su padre empezó:
—Estoy cerca de los cincuenta, Lillian, y mi salud ya no es la que era. Necesito saber que estás bien instalada antes de que envejezca mucho más. Necesito nietos y la posibilidad de un heredero para Farley Manor.
—Hablas como si yo tuviera más de treinta, padre, y de salud te veo bastante bien —no le importó el tono áspero de su propia voz.
—Entonces, si no puedes entender el sentido de mis palabras, me preocupas todavía más.
Había alzado la voz, desaparecido su mesurado tono de lógica y buen sentido, y Lillian se acercó a la ventana para contemplar Hyde Park, cuyos senderos recorrían algunos jinetes. Allí era todo como debía ser, mientras que en casa…
—Te daré de plazo hasta Navidad.
—¿Perdón? —se volvió para mirarlo.
—Te daré de plazo hasta Navidad para que encuentres un hombre de tu gusto con el que quieras casarte, y si para entonces no tuvieras otro candidato, debes prometerme que considerarás la opción de Wilcox-Rice sin prejuicio alguno.
Tenía el rostro salpicado de manchas rojas. ¿Padecería alguna afección? Había visto al médico la semana anterior. Quizá había descubierto que tenía algo malo…
La tristeza y el remordimiento la acometieron simultáneamente, pero no le preguntó al respecto. Su padre era un hombre que escondía sus secretos y rara vez divulgaba sus pensamientos. Como ella, supuso, lo que la entristeció aún más.
Estaba acorralada, por la autoridad paternal y por aquella parte de su corazón que quería ver envejecer felizmente a su padre, al precio que fuera.
—No es tan fácil encontrar un hombre que cumpla todas mis expectativas.
—Entonces encuentra uno con el que te conformes, Lillian —fue su rápida réplica—. Con niños, la felicidad vendrá, y Wilcox-Rice es un buen hombre. Al menos concédeme el beneficio de la sabiduría de la edad.
—Muy bien, entonces. Te prometo que reflexionaré sobre tu consejo.
Media hora después se encontraba en el salón de la mañana tomando el té con Anne Weatherby, una vieja amiga, e intentando simular interés por el tópico de los niños y la familia, un tema que generalmente solía ocupar todo el tiempo de su visita. Ese día, sin embargo, tenía otros asuntos que tratar con ella.
—Anoche ocurrió un contratiempo en casa de los Lennington. ¿No te has enterado?
La atención de Lillian se vio inmediatamente atraída.
—Parece que tu primo Daniel y un desconocido de América se pelearon. Yo lo vi cuando abandonaba después el salón. No parecía inglés: llevaba las marcas de los bajos fondos impresas en su ropa, en sus manos, en su cara. Un hombre salvaje y peligroso —empezó a sonreír—. Pero también terriblemente guapo.
—Yo no vi nada.
—Pues corre el rumor de que sí.
—Bueno, vi el final de la escena cuando salía del tocador. Pero no fue más que una riña —intentó parecer aburrida con el tema, esperando que Anne cambiara de tema, pero no tuvo esa suerte.
—Se dice que su reputación en América es poco recomendable. Virginiano, según me han dicho. Su esposa murió de una manera que… resulta, como poco, sospechosa.
—¿Sospechosa?
—Alice, la condesa de Horsham, no dijo más sobre el asunto, pero me pareció por su tono que el hombre había tenido algo que ver con su fallecimiento —meneó la cabeza antes de continuar—: Aunque el rumor corre ya por toda la ciudad, las jóvenes se enamoran de él y se le entregan con la esperanza de recibir al menos una sonrisa. Tiene un hoyuelo en la mejilla derecha, algo que siempre he encontrado muy atractivo en un hombre —se llevó una mano a la boca y sonrió entre los dedos—. Dios mío, me estoy perdiendo… A mis treinta años debería tener el buen sentido de no dejarme influir por una cara bonita.
Lillian se sirvió otra taza de té, mientras que Anne apenas había probado la suya. Esperó que su amiga no se diera cuenta de que había derramado parte del líquido sobre el blanco mantel de encaje. ¡Así que la esposa del americano había muerto! Estaba pues disponible…
Ningún hombre la había impresionado durante los siete años transcurridos desde su primera Temporada, e imaginar que aquel tuviera incluso la propensión a hacerlo le parecía absurdo. Era evidente que un hombre con el aspecto del americano nunca sería el compañero adecuado para ella, con su rabia, sus maneras groseras y sus peligrosos ojos. La promesa que le había hecho a su padre menos de una hora atrás resurgió de pronto y Lillian ahuyentó aquellos ridículos anhelos.
«¡Prometida para Navidad!», exclamó para sus adentros mientras derivaba la conversación a otros temas. A malas, John Wilcox-Rice era al menos un hombre dócil y ella había pasado ya de los veinticinco…
Aquella tarde Lillian coincidió con John en una fiesta que se celebraba en Belgrave Square y supo que estaba en problemas tan pronto como lo vio. Parecía excitado y nervioso, con una sonrisa protectora y preocupada a la vez. Cuando él le tomó la mano, ella se alegró de llevar guantes y se alegró también de que en aquel momento se encontraran detrás de los maceteros de plantas que había junto a la orquesta. Eso le permitiría escapar a las miradas de curiosidad de los demás mientras intentaba explicárselo todo.
Cuando el volumen de la trompa, el violín y el chelo fue ya excesivo, ella lo sacó a la terraza, donde la luz se estaba ya desvaneciendo.
—Recibiste entonces el mensaje que le envié a tu padre, comentándole mi interés por… —empezó él, pero ella no le dejó hablar más.
—Ciertamente, y te agradezco el cumplido, pero no veo que podamos…
—Tu padre piensa de otra manera —replicó él, y una sospecha empezó a anidar en el pecho de Lillian.
—¿Has visto a mi padre hoy?
—Sí, y me dijo que al menos habías consentido en considerar mi propuesta.
—Pero yo no albergo por ti la clase de sentimientos que tú esperas, y tampoco hay garantía de que pueda albergarlos algún día.
—Lo sé —volvió a tomarle la mano, acariciando esa vez la fina seda del guante, y le besó la muñeca.
Lillian retiró la mano y se la limpió sin querer en la tela de la falda, pensando que quizá aquel lugar de encuentro no hubiera sido el más inteligente, después de todo.
—Solo quiero que por lo menos lo intentes. Quiero la oportunidad de hacerte feliz y creo que los dos podríamos llevarnos muy bien.
—Bueno —repuso ella con tono enérgico—, yo valoro ciertamente tu amistad y detestaría perderla, pero en cuanto el resto…
Él se inclinó ante ella.
—Lo entiendo y estoy dispuesto a darte más tiempo para pensarlo, Lillian, porque, como personas de similar nacimiento y opiniones, estoy convencido de que una unión semejante nos beneficiaría a ambos.
Ella asintió y vio que daba un taconazo y se marchaba. Un hombre alto y delgado, pasablemente atractivo e infinitamente conveniente. Un marido con el que ella podría envejecer perfectamente compartiendo una satisfactoria relación.
Suspirando, se dirigió a la barandilla de la terraza. La misma luna de la noche anterior parecía burlarse de ella, evocándole recuerdos.
—¡Deja de hacerlo! —se recriminó en voz alta.
—Que dejéis de hacer… ¿qué? —le respondió otra voz, y el americano salió de detrás del gran macetero que había a su espalda. Su largo cigarro era lo único que destacaba en lo oscuro de su silueta.
—¿Cuánto tiempo lleváis ahí?
—El suficiente,
—Un caballero se habría retirado.
Él desvió deliberadamente la mirada hacia la barandilla.
—La caída de cinco metros resultaba disuasoria.
—O se habría callado hasta que yo me hubiese marchado —el latido de su corazón era angustiado, errático, violento—. La mayoría de los ingleses se habrían sentido mortificados solo de verse en una situación así… —dejando la frase sin terminar, forzó una carcajada que resonó vibrante en el aire de la noche.
—¿Mortificado? —repitió él—. Hace mucho tiempo desde la última vez que sentí algo así —su acento era esa noche menos acusado y su voz más suave, hasta el punto de que a veces apenas se oía. Una voz diferente de aquella que tanto la había afectado en la casa de los Lennington, con su cadencia de Virginia.
Se alegraba de no poder verle los ojos, sombreados todavía por la vegetación del macetero. Aunque en la posición en que ella se encontraba, él debía de verla perfectamente.
Quizá hubiera orquestado aquella escena…La vista del anillo de oro que llevaba en el anular izquierdo le provocó un sobresalto. ¡Una alianza de matrimonio! Intentó disimular la dirección de su mirada.
—No nos han presentado, señor. Esta situación no es nada correcta. Debéis corregirla en este mismo instante,
Él seguía sin moverse, con el hoyuelo del que le había hablado Anne Weatherby bailando en su mejilla.
—Lucas Clairmont, de Richmond, Virginia —dijo al fin—. Y vos sois la señorita Davenport, una mujer de exquisitas maneras y buen gusto, aunque… no puedo decir lo mismo de vuestra prudencia al elegir a Wilcox-Rice como prometido.
—No es mi prometido. Vos mismo me habréis oído decírselo.
—Vuestro padre y él parecen pensar otra cosa.
En ese momento se situó bajo la luz y los ojos dorados que habían acosado sus sueños la dejaron paralizada. Lillian tragó saliva y pegó las manos a los muslos para evitar que le temblaran. Pero cuando él cortó una ramita del espino de fuego del arbusto del macetero y se la ofreció, ella se estiró para aceptarla.
—Gracias —no se le ocurrió otra cosa que decir. Una espina del tallo se le clavó en la base del pulgar.
—Me alegro de tener esta oportunidad de disculparme por haberos asustado ayer, en casa de los Lennington.
—Disculpa aceptada —por primera vez, parte de la tensión anterior desapareció con el simple razonamiento de que un criminal no solicitaría perdón alguno—. Me doy cuenta de que a veces mi primo Daniel puede resultar agotador.
Los dientes blancos del americano destacaron contra el bronceado de su rostro y Lillian volvió de golpe a la realidad cuando su mirada se oscureció y, por un instante, casi no reconoció su rostro.
Un hombre peligroso. Un hombre que no se dejaría moldear o domesticar por la sociedad.
Y tan diferente de ella… Retrocedió un paso, temerosa en aquel momento de una sensación para la que no tenía nombre, y se preguntó qué le habría hecho su primo para suscitarle semejante inquina.
—No tengáis miedo, señorita Davenport. No lo mataré porque no merece la pena que me cuelguen en Newgate por él.
¿Matarlo? «Dios mío», exclamó para sus adentros.
La suave mediocridad de John Wilcox-Rice había empezado a parecerle mucho más atractiva hasta que Luc Clairmont le tomó la mano. La impresión del contacto la dejó muda, de manera que se vio atraída hacia él contra su voluntad.
¿Contra su voluntad? Eso era difícil de afirmar…
Su dedo delineó las arrugas de su palma y luego las venas que se transparentaban en la blanca piel de su muñeca.
—Una anciana india me leyó una vez la mano, en Richmond. Me dijo que la vida es como un río y que estamos destinados a que la corriente nos lleve siempre al lugar al que tiene que llevarnos.
Sus ojos ambarinos se clavaron en los suyos, recuperado su humor.
—¿Es este vuestro lugar, señorita Davenport?
El tiempo pareció detenerse, congelado en la luz de la luna, en el deseo y en el calor. Cuando ella retiró rápidamente la mano y regresó casi corriendo dentro, pudo haber jurado que era una risa lo que oyó a su espalda, siguiéndola desde la terraza.
Dejó de caminar con la misma rapidez una vez que se encontró entre los demás, encontrando en la multitud una seguridad cuya necesidad nunca había experimentado antes. ¿Volvería el americano para hablar con ella? ¿Montaría un escándalo? El simple pensamiento la hizo sacar el abanico del bolsito, para refrescarse. El aire que se dio la calmó un tanto. Guardó la ramita con las bayas anaranjadas en su bolso de terciopelo, deseosa de desprenderse de ella antes de que alguien le hiciera algún comentario al respecto.
—Estás subida de color, Lillian —le comentó su tía Jean cuando se reunió con ella—. Espero que no vayas a ponerte enferma cuando están tan cerca las Navidades. Mira, la señora Hugh me estaba diciendo el otro día que su hija había contraído una afección bronquial y…
Pero Lillian ya no estaba escuchando, porque Lucas Clairmont acaba de entrar procedente de la terraza: un hombre alto y de anchos hombros, a cuyo lado los otros caballeros parecían mezquinos petimetres. ¡Pero no, no debía pensar eso! Concentrándose en lugar de ello en la marca de su labio, que sugería otra pelea, intentó ignorar la manera en que lo miraran las mujeres a su paso, disimuladamente.
Se marchaba con el conde de Saint Auburn y un hombre al que había reconocido. Lord Stephen Hawkhurst. Hombres bien situados y con el mismo aire amenazador que él. El dato le interesó y se preguntó por el grado de amistad que compartirían.
Cuando ya habían llegado a la puerta, sin embargo, Lucas Clairmont la miró directamente a los ojos y la saludó con una inclinación de cabeza, como ella le había visto hacer en el baile de los Lennington. Detestando la manera en que se le disparó el pulso, Lillian abrió su abanico y escondió el rostro. Había empezado un juego de cuyas reglas no tenía la menor idea.
Una vez en casa, colocó la medio aplastada ramita de espino de fuego en un florero que colocó sobre la mesilla, junto a la cama. Tanto el color como la forma contrastaban con todo lo demás en la habitación. Parecía tan fuera de lugar como el propio Lucas Clairmont, un verdadero intruso en la alta sociedad. Tocó con cuidado las duras espinas que salpicaban su tallo. Una planta intimidante, que se protegía a sí misma. ¡E inesperada con el estallido de color de sus bayas!
Se arrepintió de no haber dejado la ramita de espino en la terraza, o haberla arrojado al suelo, que era lo mismo que debería estar haciendo con los pensamientos del hombre que se la había regalado. Pero no lo había hecho, y allí estaba en ese momento, colocada en un orgulloso lugar de su habitación como si contuviera el aliento de nerviosismo. Recorrió con la mirada las cortinas de la cama, la colcha de punto de color verde lima y la lámpara de la mesilla, con su base blanca coronada por una antigua y cara pantalla bordada del siglo XVIII. La decoración de aquel dormitorio no tenía nada que ver con la moda dominante, con su énfasis en las rayas, los estampados y los tonos rojos y morados. Pero a ella le gustaba.
Todo había sido cuidadosamente escogido y resultaba perfectamente apropiado, como la ropa que llevaba y las amistades que tenía. Como su vida. Nada arriesgada o azarosa. Ni arbitraria ni desorganizada.
Una vez sí que lo había sido, aquella tarde en que su madre volvió a casa para decirles que se marchaba, «en busca de excitación y aventura en los brazos de un hombre apasionante». La palabras exactas que había usado todavía conseguían ponerla ligeramente enferma, por lo mucho que había idolatrado a su madre. Pero ella no había sido «apasionante» y por eso había sido abandonada, hija única que desde entonces se había empeñado en hacer feliz a su padre siendo exactamente la hija que él había deseado. Había destacado en las lecciones y en conducta, y más tarde, cuando se estrenó en la Temporada con dieciocho años, se había convertido en un modelo de comportamiento: su sentido de la elegancia y su callada discreción habían sido imitados por todas las jóvenes damas de la corte.
Por lo general, eso le gustaba. Pero ese día, con las bayas naranjas del espino de fuego destacando y contrastando en la habitación, la sensación de inquietud persistía.
La «pobre» Lillian. John Wilcox-Rice y su proposición eminentemente razonable. Su padre haciéndose cada vez mayor.
Las piezas de su vida no parecían componer ya un todo coherente, y ella atribuía la sensación directamente a Lucas Clairmont, con su sonrisa fácil y sus ojos de peligroso depredador.
De pie ante la ventana, contempló su rostro reflejado en el cristal. Tan pálido como los colores de su habitación, quizá, apagado incluso. ¿Encontraría ella, como su madre, su propio hombre «excitante e inapropiado»? Apoyó la palma de la mano en el vidrio y, nada más retirarla, escribió en el vaho las iniciales de su madre.
