Mala onda - Myriam Gurba - E-Book

Mala onda E-Book

Myriam Gurba

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Beschreibung

«Una reflexión sobre la raza, la clase, la sexualidad y los límites de la amabilidad». —Meghan Daum, The New York Times El debut de Myriam Gurba es el relato audaz y fragmentario de su entrada a la vida adulta como mujer chicana queer en California. Con un humor agudo y descarado, la autora desgrana en estas páginas el proceso de asumirse lesbiana y las brutales secuelas del racismo, las agresiones sexuales, la misoginia y la homofobia. Y todo esto lo hace —y quizá eso sea lo más interesante de su planteamiento— reivindicando la maldadcomo forma de resistencia política. Mala onda, un texto autobiográfico que transita géneros y desafía el binarismo sexual y lingüístico, consagra a Myriam Gurba como una de las voces contemporáneas más poderosas de la escritura chicana.  Finalista del Premio Literario Lambda de No Ficción LGBTQ «Un libro poderoso y vital sobre el daño y los fantasmas del abuso». —LA Review of Books «Con una escritura sin restricciones, ingeniosa y sorprendente, Gurba reivindica que hay júbilo, libertad y quizás, sobre todo, verdad en la mezquindad». —Booklist

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Seitenzahl: 263

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título original: Mean

© Myriam Gurba, 2017

First published in the United States by Coffee House Press, Minneapolis, MN, USA / First published in the United States as part of the Emily Books imprint of Coffee House Press, Minneapolis, MN, USA / Reprinted with permission of Coffee House Presss, Minneapolis, MN, USA

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2023

© de la traducción, Elisa Díaz Castelo, 2023

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Geoff Cordner

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-126039-1-0

eISBN: 978-84-126528-6-4

DEPÓSITO LEGAL: M-28086-2022

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Todos los derechos reservados. No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.

MALA ONDA

myriam gurba

Contenido

Sabiduría

El inglés es español

Los blancos

Judas e Ícaro

El problema del mal

Gúgolplex

Señorita

Interludio cubano

Bellota

Mamase Mamasa Mamakusa

Mormonse Mormonsa Mamakusa

Martillo

Bonnie

Via Dolorosa

Algo sobre lo cual reflexiono con frecuencia como mujer adulta

La insoportable blancura de ciertas chicas

Crack

El verano en Sumeria

Cyndi Lauper

OMG

Residencia

Primer semestre 1995

Credencial

Magdaleno

c c cummings

Nicole

Erecciones estéticas

Semestre de primavera 1996

Hart Crane

Babilonia

Una arruga en el Time After Time

Hella Ukiyo-e

Omnipresencia

Recolectora de fresas

Cadáver exquisito

Siluetas

Vagué solitaria como una nube disociada

Jeans

Semestre de otoño 1996

Transcripción de una llamada al 9-1-1. 15 de noviembre, 1996

Encuentran mujer asesinada a golpes en una escuela: llamada telefónica misteriosa alerta a las autoridades

Burrito

El albatros

Página 17

Segundo semestre 1997

La otra mujer

Curso de verano 1997

Otoño 1997

Semestre de primavera 1998

Semestre de otoño 1998

Semestre de primavera 1999

Semestre de otoño 1999

El regreso de Elizabitch

El coleccionista

La perra postraumática y el mar

Trabajos

Hacer donas

Asesinato capital

La niña de las flores

Radio

Para las inquietas.Pero no las jóvenes.

«Lo mejor que te puedo desear es que te vaya mal».

JENNI RIVERA

Sabiduría

Volvámonos un sitio sobre el cual brille la luz aciaga de la luna.

Volvámonos esa noche.

Volvámonos ese parque.

Absorbe y gotea. Somos granos de arena húmedos. Somos césped despojado de color. Somos gradas de béisbol. Somos la oscuridad de noviembre. Somos el sedimento del campo. Durante el día, albergamos partidos de las Ligas Menores. Durante la noche, nos convertimos en un altar azteca.

Abrimos los ojos. Permitimos que se acostumbren al lugar y a las cosas descritas.

Prevalece un silencio estacional.

Nada cruje, nada se queja.

Nada zumba.

En un túnel bajo las gradas, un topo sueña despierto. Las raíces suspiran. Los gusanos se ocupan de sus cosas a ciegas.

Una chica de cabello oscuro camina sola.

Sus pies caen sobre el césped. Podemos ver por debajo de su falda. No usa ropa interior, así que podemos ver esa parte especial suya. Es el agujero en el que cayó Perséfone. También algún cerdo cayó por ahí.

Su ropa es larga. La chamarra azul oscuro le llega a las rodillas.

Se encorva. Camina como en duelo.

Entra al campo.

Se detiene.

—¿Quién anda ahí? —pregunta en español.

Le responde el silencio.

Toma con fuerza su bolso blanco. Sus dedos toquetean la correa.

Se acerca al montículo de lanzamiento, lo atraviesa, se dirige hacia home y lo atraviesa también. Se agazapa y cruza por un agujero la malla de protección de fondo.

Mete la mano en el bolso. Su cabello mexicano cae sobre su cara.

No se verá así mucho más tiempo.

Un hombre vestido de blanco da la vuelta con cautela a la esquina de la cafetería. Se acerca furtivamente a la chica y la golpea con un tubo. Le pega en la cabeza y las rodillas de la chica se doblan. El hombre levanta su arma, batea otra vez y la golpea de nuevo.

Se mete la mano en los pants. Se acaricia el pene.

Al atardecer, un vendedor con un sombrero de vaquero empujaba su carrito por la banqueta a unos metros de distancia. Bajaba por Western Avenue mientras decía a voces: «¡Elote! ¡Elote! ¡Elote con mantequilla! ¡Elote con mayonesa!».

El hombre había escuchado los gritos del elotero.

No había comprado ninguno.

Con amor, se soba la mazorca. Tiembla. La suelta y sigue con su persecución.

Ella trepa las gradas sin aliento. Sangra sobre las gradas. Sangre sobre el concreto. Lo escucha acercarse. Se resbala, su bolso se voltea y dos recibos salen volando. Se cae una lima para uñas. Su cepillo de dientes golpea el piso con las cerdas hacia el suelo. Avanza a tientas por la banca. Se desliza y cae. El peso de su cuerpo cae sobre su codo.

Gatea. Las huellas húmedas de sus manos se extienden detrás de ella. La sangre mancha su ropa. Dibuja oscuras siluetas de Rorschach en diversas superficies.

La tierra compacta se frota contra sus rodillas.

El hombre de blanco está parado junto a ella. Su camiseta está moteada con sangre.

La patea. Ella se voltea de espaldas. Él extrae un cuchillo de su bolsillo, da un paso y se para a horcajadas sobre su cintura. Se inclina sobre su pecho, se pone en cuclillas y acerca su rostro al de ella. Presiona la daga contra su piel y la desliza sobre su pómulo. Negro se derrama del tajo. Destruirla lo hace sentir como si ella le perteneciera. Podríamos sentir que participar de este naufragio hace que nos pertenezca a nosotros también, pero no es así.

La obliga a abrir las piernas. Se saca la mazorca y se hinca. La sangre se derrama de su mejilla, su nariz y su cabeza mientras él se alimenta con su cuerpo. La penetra al ritmo de su estertor de muerte. Su agonía sustenta su erección, la sostiene.

Él se congela. Se queja y tiembla. Su mazorca flácida se desliza, saliéndose de ella. Su venida rezuma de entre sus piernas. Brilla como poesía impronunciable.

////

Un reportero describió el asesinato así: «Matan a golpes a una mujer de paso en Oakley Park».

Es una descripción cruel. La reduce a alguien transitorio, como si personificara la impermanencia, e ignora su nombre. Su nombre importa. Es una palabra que ha enamorado a los filósofos.

Aparece muchas veces en la Biblia: Sophia. En griego, sophia significa «sabiduría».

Le doy vueltas a su nombre una y otra vez en mi cabeza. Mi cerebro lo frota hasta volverlo liso, de la S a la a.

Sophia.

En mi ensueño macabro, pienso: «Ella es la capital de Bulgaria. Amo el yogur búlgaro. Tan delicioso, tan agrio, tan mala onda. Tan adulto».

Mi mente sigue frotando su nombre. Un reloj de arena colma mi imaginación: Sophia Loren.

Enciendo una vela votiva, observo a la llama saltar y susurro su nombre en voz alta.

Suena como respirar. Una sibilancia transitoria lo atraviesa.

////

Sophia siempre está conmigo. Me atormenta.

La culpa es un fantasma.

////

A veces, en mi coche, me doy cuenta de que he estado escuchando música mexicana que en realidad no me gusta. Una ranchera a todo volumen, donde un hombre de voz nasal y quejumbrosa canta sobre tener el corazón roto, y un acordeonista le hace segunda.

Yo pienso: «¿Por qué estoy escuchando esto? Ni si quiera me gusta». Luego recuerdo: Sophia…

////

Algunos fantasmas escuchan el radio utilizando el cuerpo de los vivos. Nos usan como conductos de dolor, placer, música y significado. Nos cargan con sentimientos que son tanto nuestros como suyos.

El inglés es español

Empecé siendo una hija única con un lenguaje único. Este lenguaje era inglés y español.

Mi inglés y español vino de un pacto que hicieron mis padres. Mi padre, un estadounidense de ojos verdes, acordó hablarme en inglés. Mi madre, mexicana de nacimiento y feminista por convicción, prometió hablarme en su idioma materno, un idioma romance sazonado con náhuatl.

Su pacto me dio muchas palabras. Folger’s crystals. Asshole. Aguacate. Tiliche. Cadillac. Smart. Girl. Sangüich. Así se dice «sándwich» en mexicano.

Dije mis primeras palabras en un lugar más gringo que Appomattox, en el McDonald’s frente a la estación de camiones Greyhound. Esto me vuelve una patriota, aunque las palabras mismas fueran francófilas.

«Papa francesa», dije con un quejido, extendiendo la mano.

Papa francesa: esas son muchas consonantes para una boca pequeña.

Papa francesa. French fry. Pomme frite. Juana de Arco.

Mientras mamá sacaba sangre en el hospital y papá trabajaba como maestro de cuarto grado, yo me divertía en la guardería. Desde su patio infantil, columbraba tumbas, monumentos y una bandera estadounidense sacudiéndose en el cementerio. Me puse a cuatro patas e hinqué las rodillas en el polvo junto a los columpios. Miré el agujero del topo, queriendo deslizar mi puño por ahí. El agujero resultó demasiado tentador para un pequeño. Lo agredió sexualmente y se lo llevaron en una ambulancia.

Disfrutaba de la gastronomía en la escuela; tenía un dejo metálico, pues todo provenía de latas, incluso el jugo. Odiaba la hora de la siesta.

La hora de la siesta era una tortura.

Quería moverme y hablar durante la siesta, pero no podía. Me obligaba a permanecer quieta, con los ojos cerrados. Escuchaba a los otros niños respirar. Entreabría los ojos para ver el techo y la luz que bajaba, atravesando las rendijas diminutas entre las cortinas. Me preguntaba por el cementerio. Los tapetes eran suaves y olían a niños que beben jugo.

A papá se le olvidó recogerme una vez. No me importó. Se acercaba el atardecer y una maestra de guardería y yo esperábamos sentadas en una mesa pequeña. Mirábamos un reloj de pared.

Le sonreí y dije:

—Me pregunto qué sucede aquí por la noche —imaginaba juguetes, libros, cobijas, sillas y latas encantadas, actuando para mí en la oscuridad—. ¿Crees que los objetos toman vida y se mueven?

La maestra de guardería soltó una carcajada.

—Puede ser —dijo.

Se abrió la puerta. Ahí estaba papá.

—¡Perdón! —exclamó. Me distraje mientras explicaba por qué había llegado tarde, fantaseaba con objetos encantados, decepcionada, pues dormiría en mi propia cama y no en el armario de una guardería.

La forma en la que me trataban las maestras hacía reír a papá.

Se les escapaba mi paradoja lingüística.

No entendían que mi lengua materna era dos veces la suya.

Papá descubrió este malentendido mientras poníamos la mesa para la cena una noche. Yo señalé y anuncié en tono didáctico:

—This is a plate. This is a cup. This is a spoon. This is a fork —señalé las cosas y seguí—. This is a chair. This is a table. This is the kitchen.

Papá frunció el ceño. Miraba y escuchaba. Tomé su mano y recorrí con él la casa, presentándole los sustantivos más domésticos:

—This is a lamp. This is a television. This is dust. This is a sofa.

Terminó por reírse.

Mamá estaba en la cocina.

—Guess what? —le gritó.

—¿Qué?

—¡Las chicas de la guardería piensan que Myriam no sabe hablar inglés y están intentando enseñarle! ¡La convirtieron en un perico!

Papá tenía razón. Eso era exactamente lo que había sucedido.

En mi primer día, I spoke with my nursery school teachers usando palabras como estas because I assumed we all teníamos las mismas palabras. No sabía que hablaba en una clave cifrada que una extranjera me había enseñado. No sabía que los mexicanos eran mexicanos, una categoría que algunos confunden con subhumanos, una categoría que mi abuelo confunde con lo divino. Me consideraba una persona y entendía a las personas. Las personas eran personas y hablaban y el habla era para todos. Hoy en día, entiendo que las words are for everyjuan, pero que no todo everyjuan es para todas las palabras, así que, por favor, querida lectora, if it’s not too big a bother, pásame las patatas fritas metafóricas mientras susurras las que desearías que fueran tus primeras palabras no estadounidenses formándose en tus labios incorruptos.

Los blancos

Me tardé años en darme cuenta de que la gente blanca es gente blanca y eso no necesariamente es algo bueno.

Mis vecinos blancos echaron a andar el proceso. Su modo de vida era distinto al nuestro.

Su apariencia era distinta a la nuestra. Mamá, papá y yo teníamos el cabello castaño. Los blancos tenían el cabello amarillo. Usaban menos palabras que nosotros.

A veces mamá los visitaba para practicar su inglés.

Se sentaba a la mesa de centro frente a la mamá blanca. En el contraste entre ellas, cada una se volvía Otra. Una madre de otra Otra.

Durante la visita, mamá tomaba café negro. Dejaba manchas de besos borgoña en la taza. Su cabello, que se peinaba con raya en medio, llegaba hasta los bolsillos de su blusa. El delineador líquido, que se estrechaba hacia los bordes, subrayaba sus ojos castaños. Su estructura ósea era superior por mucho a la de la madre blanca. Sus pómulos estaban tan ahí, esculpidos con tal lujo que, en comparación, la cara de la mamá blanca parecía un puré de papas enlatado. No es que la madre blanca fuera fea. Es solo que su cara no exudaba la sensualidad extranjera de la mía. La cara de la madre blanca exudaba puritanismo. Margarina. Austeridad. Falta de diversión.

Mamá conoció a papá años atrás, cuando él tenía el cabello largo y usaba pantalones acampanados. La primera vez, lo vio mientras atravesaba un cementerio en Guadalajara y entonces supo. Volteó a ver a su hermana mayor y le dijo:

—¿Ves al jipi ese que está atravesando la calle? Me voy a casar con él.

—Pero si tienes novio —le recordó su hermana.

—¿Y? —dijo mi mamá.

Mamá se separó de su novio y cortejó a papá con caléndulas. Le propuso matrimonio y se casaron en una iglesia católica que un tío de mamá había diseñado. Papá trabajaba en el Colegio Americano, enseñaba inglés y música a los hijos de políticos y magnates, y sus alumnos llenaron las bancas en la boda. Como regalo, un alumno les ofreció a mis padres recién casados un gran danés. Papá declinó el regalo, explicándole que no podría alimentarlo con un salario de maestro.

Papá solicitó a posgrados en los Estados Unidos y lo aceptaron a uno en Tucson. Entonces, dejó el Colegio Americano, mamá dejó su trabajo como química y viajaron a Arizona, donde me hicieron en el calor seco.

Supongo que los monstruos de Gila y los saguaros son afrodisíacos.

Papá terminó la maestría en Lingüística y mamá y él dejaron el suroeste. Se mudaron a Santa Maria, California, un lugar supersilencioso donde se cultivaban fresas y se necesitaban maestros.

Fresas y brócoli crecían al otro lado de la calle frente a nuestra casa. Al final de la calle vivía un burro.

Las personas blancas vivían a nuestra izquierda.

El color de su piel era casi el mismo que el de su cabello.

Estacionaban en su cochera una larga camioneta RV. Comían mucha gelatina Jell-O. La mamá blanca se encrespaba el cabello para que se abriera en dos alas de cisne amarillo. Se le veía muy bien. El papá blanco se parecía a mi tío, que fumaba mucha mota. Su hijo blanco era superrelajado y me la pasaba bien con él. Lo seguía por su jardín, mirando con detenimiento su cabello metálico, añorando alguna muestra de afecto. Una sonrisa. Mientras tanto, su hermanita actuaba como una perra.

Una vez, mientras jugaba con ella en nuestra cochera, papá le dijo:

—Qué lindo vestido.

Ella miró a mi papá con desenfado.

—Ya lo sé —le respondió.

Su respuesta lo mortificó. A la mesa esa noche, decía una y otra vez:

—Tendría que haber dado las gracias. Tendría que haber dado las gracias.

Por fin logré convencer al niño blanco, Josh, de que jugara conmigo. Lo quería todo para mí solita, así que cuando su hermana, Emily, preguntó: «¿Puedo jugar yo también?», le contesté: «No».

Su labio inferior tembló y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Cayeron en su vestido hecho en casa.

—Cómete tu brillo labial —le dije.

Metí la mano en su bolsillo y saqué su latita de brillo labial. Abrí la tapa y sumergí mi dedo en la pasta púrpura. Tomé una porción, la froté en mis labios gruesos y chupé lo que sobraba en mi dedo.

Tenía tres, quizá cuatro años.

El maquillaje para niños siempre es un buen almuerzo.

////

—En vivo desde Nueva York…

////

Esto debió haber sido un presagio: mamá entró en trabajo de parto mientras papá veía Saturday Night Live. Se reía tan fuerte de John Belushi vestido de abeja que no escuchó los gritos. La perra Yorkie de mi madre le mordió el tobillo y ladró. Él frunció el entrecejo, se incorporó y la siguió a la habitación. Desde el umbral, papá miró a mi mamá. La cama brillaba roja con su sangre. Papá la envolvió en las sábanas mojadas y la lanzó dentro del Pinto. Manejó al hospital a toda velocidad, donde un doctor vestido con ropa de deportes hincó su escalpelo en el abdomen de mamá. Hizo una rajadura, metió la mano entre los labios de la herida, me sacó y sostuvo mi cuerpo azul. Me dio una nalgada. Yo respiré sin mucho entusiasmo.

Esto marcó la pauta del resto de mi vida.

Mamá se había embarazado de nuevo antes de que yo empezara el kínder. Papá me dio la noticia en la mesa de la cocina. Tomaba café negro.

—Eso huele bien, papi —le comenté.

—Dale un traguito —dijo, y me tendió la taza.

La tomé y le di un trago. Me supo a masculinidad.

—Mami va a tener un bebé —dijo papá—. ¿Qué quieres, un hermano o una hermana?

—Sí —profeticé.

Por complicaciones, los doctores tuvieron que abrir a mamá tres meses antes y sacar a los gemelos, un niño y una niña. Un piloto llevó a mamá en helicóptero al hospital en Palo Alto y papá empacó descuidadamente mis cosas en una maleta mientras su frente y la tonsura de su calva exudaban una fina condensación. Mi frente estaba seca. Yo estaba bien. No me molestaba la ausencia de mamá y que papá necesitara ir con ella. Entendí que era importante para papá estar con mamá y adiviné a medias que algo muy malo podría estar sucediendo, algo que podría evitar que mi madre volviera, pero esto no me entristecía. Me emocionaba. El abandono se sentía como una aventura. Mis padres me estaban dejando. Esto sería nuevo y divertido. Un poco como ser huérfana.

Cualquier persona que no sea huérfana ha tenido fantasías con serlo.

Papá nos dejó, a mi maleta y a mí, a cargo de la mamá blanca.

Ella sonrió.

—Te quedarás con Emily —dijo.

Pensé en las implicaciones de eso.

Eso significaba que dormiría en el cuarto de Emily.

Emily vivía en un cuarto destinado a un objeto. Las orillas de su colcha y de sus cortinas estaban rematadas con encaje. Los muebles tallados de caoba con botones de rosa brillaban. Piezas rosas nos acechaban desde todos lados. Su alfombra era de un color cercano a la entrepierna. La feminidad del cuarto era innegable. Desde una cuna victoriana junto a la cama, los ojos de porcelana de una muñeca miraban el techo gotelé. Los objetos en su cuarto le enseñaban a Emily cómo ser una mujer.

Me metí a gatas en la cama de Emily y me sentí en falta. Llevaba puesto un camisón áspero con manchas de un sangrado nasal. Emily estaba deleitándose con un albornoz tan blanco como su raza. Similar al de Nellie Oleson en ese episodio de La casita de la pradera donde finge ser una parapléjica y se sienta en esa hermosa silla de ruedas. Mirando las cortinas de Emily, no contemplé la muerte inminente de mi madre. Pensé en cómo podría apropiarme de las cosas de Emily.

Me daba mucha curiosidad la aproximación de los blancos a la comida. En casa, solíamos hacer comida fusión. Mamá cocinaba hamburguesas, meat loaf y costillas de cerdo, pero profanaba estas comidas de maneras étnicamente específicas. Espolvoreaba rábanos y metía rebanadas de aguacate donde no pertenecían.

Andaba holgazaneando en la cocina cuando la mamá blanca me dijo:

—Ya que te quedarás con nosotros hasta que… —hizo una pausa para escoger sus palabras— regresen tus padres, vas a echarnos una mano. Hoy, vas a ayudarnos con la cena.

—¿Qué vamos a cenar?

La madre blanca sonrió.

—Ya que estás de visita, comida mexicana.

Imaginé la comida mexicana que a veces preparaba mi mamá. Enchiladas gratinadas en contenedores de vidrio. Chuletas encebolladas flotando en salsa roja. Tacos de pollo fritos en aceite de maíz. Pozole. Machaca. Mamá nunca hacía mole. En inglés, el mole es un animal. Un topo. Un animal ciego.

—¿Qué vamos a comer? —repetí.

—Una cacerola mexicana.

«Cacerola» era, para mí, una nueva palabra. Me intrigaba. Tenía algo de musical.

La mamá blanca empezó a hacer sandeces en la cocina: partía, escaldaba y masajeaba cosas en un recipiente de vidrio que metió al horno, deslizándolo sobre la rejilla. Cerré la puerta y observé cómo se calentaba la cacerola a través del vidrio grasiento.

La mamá blanca tomó cinco copas de una estantería y las puso sobre la barra. La ayudé a poner en capas crema y gelatina Jell-O roja, mamá la pronunciaba «yellow». Nada similar a estos parfaits seductores había pasado jamás por nuestra cocina. La nuestra era una cocina de pudín de chocolate.

No podía con la emoción que me ocasionaba la idea de explorar estos postres geniales con una cuchara fría.

Llegó la hora de cenar y nos sentamos alrededor de la mesa del comedor, que básicamente era una extensión de la cocina, pero un escalón más arriba. El diseño de la casa era por niveles. La mamá blanca acuchilló la cacerola con la espátula. Su vigor hizo que le temblaran las alas de cisne. Sirvió una porción cuadrada en cada uno de nuestros platos y utilizó un cucharón para extraer de otro contenedor de vidrio unas coles de Bruselas blandas. Cuatro pelotas verdes rodaron junto a mi trozo de cacerola.

Acuchillé con el tenedor la cacerola y llevé un trozo a mi boca. Lo dejé caer sobre mi lengua. No tenía nada de mexicano. Sus especias contaban historias ajenas, pero utilicé la leche para bajar los bocados y logré tragarlo sin vomitar. Las coles de Bruselas fueron otra historia. Me llevé una a la boca y me di cuenta de su sabor: condena eterna. Abrí los labios y dejé caer la mandíbula. El vegetal rodó por mi lengua y cayó de vuelta al plato. Brillaba con mi saliva.

—No puedo comerlas —le dije a la mamá blanca.

—¿Por qué no?

—No quiero hablar al respecto. Solo no puedo comerlas.

—Si no te las comes, no te toca postre.

No podía creer su descaro. Me estaba chantajeando y ya le había hecho el enorme favor de comerme su cacerola de nacionalidad embustera.

—No puedo hacerlo.

La mamá blanca se levantó y se pavoneó a través del comedor y hasta la cocina.

Abrió la puerta del refri, sacó la bandeja con los parfaits y los trajo. Colocó uno frente a su esposo, uno frente a Emily y uno frente a Josh. Dejó el que sería mío segregado sobre la encimera. Junto a él colocó una cuchara larga. Su metal contra la baldosa casi decía «ni lo creas».

—Cuando te termines las coles de Bruselas —dijo—, puedes comer tu postre.

—¡Pero ayudé a preparar la cena! ¡Ayudé a prepararlos!

—Tienes que comer tus verduras.

Miré a los otros devorar sus parfaits y chupar las cucharas. Miré a la madre levantar los trastos. Miré su nuca y su cabeza amarilla mientras lavaba y secaba. Miré hacia abajo a sus coles de Bruselas. Se veían frías y malintencionadas. Parecían presidentes estadounidenses. Confié en mis instintos. Les negué la entrada a mi cara. Se quedaron en mi plato, sin amor.

La mamá blanca miró el reloj que colgaba de la pared junto a la puerta corrediza de vidrio. La mano grande descansaba en el número once. La mano chica descansaba en el doce.

—Ve a ponerte la piyama —concedió al fin.

Mi victoria me alegraba, pero ¿a qué costo?

Mamá diciendo «yellow», una copa de Jell-O.

Judas e Ícaro

La primera vez que me tocaron fue un hombre blanco que me dio de nalgadas.

Mi primer amor fue mi vecino blanco Josh.

Mi primera amiga, mi mejor amiga, también era blanca.

Nos conocimos en kínder, y la amé a los cinco, la amé a los seis, la amé a los siete, la amé a los ocho, la amé a los nueve, la amé a los diez, la amé a los once, la amé a los doce y la amé a los trece años. La he amado hasta hoy en día y la he amado en el futuro.

Una vez fumó crack por accidente. Pensó que era heroína.

////

A veces imagino a Cracovia llena de pintorescos fumaderos polacos de crack.

////

La chica blanca que fumó crack por accidente se llama Ida.

Nos conocimos en la guardería del Montessori. No me cayó bien de inmediato. Se me parecía demasiado. Una perra. Una librepensadora. Una vagabunda.

La escuela Montessori es excelente si eres una persona liberada. Es un gran lugar donde estar si eres terca y no te gusta que te digan qué decir, pensar, sentir o hacer. La escuela Montessori es privada y todo en ella es del tamaño de los niños. Yo pasé dos años en este mundo miniatura y cada día de escuela podía escoger lo que haría. Si quería sentarme sobre un puf y hojear un libro de sinónimos durante horas, podía. Si quería mostrarle libros animados a nuestra mascota escolar, una serpiente del maíz aburrida llamada Ivan, podía. Podía encorvarme sobre divisiones largas, desglosar los números hasta que fuera la hora del recreo o el lunch. Durante el lunch, paseaba bajo el árbol ginkgo del patio, coleccionaba hojas y subrepticiamente me olía los dedos.

La escuela Montessori me echó a perder para la escuela normal y, en general, para la vida. Solo quería hacer cosas que me importaran o me intrigaran. Lo cual es muy difícil si tienes que vivir en la realidad.

Ida y yo migramos a la escuela pública en segundo de primaria. A mis padres no les gustaba que nuestra Montessori se volvía más tradicional con cada grado y decidieron que mejor nos meterían a una escuela normal de una vez.

Nos asignaron a la misma clase y fue ahí donde nuestro amor realmente empezó a florecer. Reorganizamos nuestras identidades una en función de la otra. Nos reconocimos como refugiadas. Ambas éramos nuevas en la tierra de levantar la mano para ir al baño.

Esta era una cultura más engañosa.

Pero todavía estaba bien.

El segundo grado espejeaba el Montessori. No podíamos vagar libres por la escuela, pero podíamos vagar por el salón. Podíamos hablar y pasear cuanto quisiéramos. Nadie me dijo que me callara o escribió mi nombre en el pizarrón por portarme mal. Mi maestra, compañeros y mascotas de clase toleraban mi locuacidad. Me sentaba al lado de Ida.

Leíamos libros juntas.

Llegó tercer grado y todo cambió.

Nuestra maestra, la señora De Leon, esperaba que permaneciéramos en nuestras bancas. Teníamos que levantar la mano para obtener el permiso de ir a sacarle punta a nuestros lápices, un gran lugar para pedorrearse. Una pintura amateur del cielo nocturno colgaba junto a la puerta de nuestro salón. Con frecuencia la miraba y pensaba: «He visto mejores». Más tarde me di cuenta de que esa pintura del cielo nocturno estaba en un libro de pinturas de Van Gogh.

Gracias al Montessori y a mi genética, no sabía guardar silencio. Me sentía compelida a convertir todo aquello que sucedía en mi cabeza en palabras con tal intensidad que me daba cosquillas y me quemaba. Tenía que darle a alguien mis palabras, y eso hice, se las di a todo el mundo, y la señora De Leon no lo aprobaba. Hablaba sin levantar la mano y ella escribía mi nombre en el pizarrón. Me iba poniendo marcas junto al nombre conforme más hablaba. Me cambiaba de escritorio en escritorio en escritorio. Me sentaba junto a introvertidos y alumnos recién llegados de Sinaloa. Sus cambios de sitio no me hacían nada. Los tímidos se convertían en mi audiencia. Podía entenderme con los mexicanos. A todos les contaba cuentos fantásticos y discutía con ellos sobre sucesos de actualidad en los Estados Unidos… en español.

Ida y yo pasábamos los recreos en el banquillo de la cancha de béisbol. Se encontraba en la esquina sureste del campo alrededor del cual trotábamos o caminábamos durante Educación Física. Ahí zumbaban las abejas. Ahí se morían las ranas. Una valla metálica le daba la vuelta al campo y, del otro lado, los jardines traseros de casas en serie colindaban apretadamente contra un extremo mientras un bosque de pinos sembrados crecía a lo largo del otro. Las agujas de pino formaban una alfombra que crujía bajo nuestros tenis de velcro.

Ida y yo nos sentábamos en la banca de madera de la cancha, imaginando. Otras tres niñas, Emiko, Madi y Espie, nos acompañaban en nuestras aventuras mentales. Pasábamos tanto tiempo en la banca convirtiendo la imaginación en un deporte que nuestras mentes se volvieron una. Formamos una comunidad. Un día dije: «Esto es un club».

Se sentía bien pertenecer a un club. Durante el club, nos contábamos historias, buscábamos tréboles, matábamos abejas, inventábamos tierras fantásticas inspiradas en Dragones y Mazmorras y creábamos rituales. Sacrificábamos caracoles y metíamos su carne en galletas Ritz. Ida me retó: «Cómetelo».

Me metí el escargot a la boca. Mastiqué y tragué.

Las cinco la pasábamos tan bien en nuestras juergas del banco que atrajimos al género más estúpido. Algunos llegaron hasta nuestro punto de encuentro.

Un niño me interrumpió.

—¿Puedo estar en su club? —preguntó.

—No —respondí—. Es solo para niñas.

—No se vale —protestó Steve, el niño en cuestión. Era mexicano y tenía unos ojos cuyo color suele compararse con el azul del mar. Puede pasar.

—Tiene razón —reconoció Emiko—. No es justo.

—Bueno —dije, con la mirada fija en Emiko y luego en Steve. Observé fijamente sus ojos azules con entereza—. Tú y tus amigos pueden unirse a nuestro club si logran trepar esto hasta arriba.

Señalé el fondo de tela metálica de varios pisos de alto.

—Y luego saltan.

Los chicos razonables del grupo de Steve suspiraron. Aquellos con altos niveles de testosterona corrieron hasta la tela metálica. Sus dedos se doblaron en torno al metal y sus tenis se deslizaron, entrando y saliendo de los agujeros. Conforme avanzaban más y más alto, el sonido de los silbatos nos obligó a mirar al otro lado del campo, al patio de recreo. Las encargadas gesticulaban con los brazos. La de tetas gigantes trotó hacia nosotros. Sus pechos nadaban de perrito en su muumuu. Comenzó a desacelerar cuando llegó a la segunda base.

—¡Alto! —les gritó a los alpinistas—. ¡BÁJENSE!

Reymundo, uno de los alpinistas cuyo nombre significa REY DEL MUNDO, cuánta soberbia en un nombre, se congeló. Se quedó colgando. Basculó su cabeza y me miró por encima de su hombro derecho. Miró a la encargada. Parpadeó. Con un pie detrás de otro bajó a tientas a la tierra.

Steve estaba colgado a la mitad de la tela metálica. Miró hacia abajo. Nos observó a nosotros y a la encargada. Volvió a mirar el cielo. Apuró su ascenso.

Tenía la esperanza de que Steve se lastimara y muriera para no estar obligada a dejarlo entrar en mi club. Esa había sido mi estrategia. Darle a su género una iniciación insuperable. Como los exámenes de alfabetización que se les hacían a los negros en el sur de los Estados Unidos antes de que se pasara la Ley de Derecho al Voto.

Yo era una feminista precoz.

Steve llegó a la corona en ángulo agudo de la malla metálica. Se detuvo.