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Una niña que se baña a oscuras. Un padre que le dice «llámame tío». Un hotel en el que la comida no sabe a nada. Un pueblo que no existe en el mapa. Una tía que se pinta el pelo de rojo y reclama amor. Un cantinero que cría cerdos. Un señor flaco que vende tintos. Una casa naranja. Un perro guardián. Una loca que cuenta casas y hace limpias al son de Cucurrucucú paloma. Un padre que viene y va como un huésped. Una niña a la que le duele la tripa. Porque tiene maldeniña. Maldeniña. Puro maldeniña. Tras la celebrada Esta herida llena de peces, Lorena Salazar Masso vuelve a regalarnos una historia hermosa y desgarradora, hecha de silencios y asunciones, que conmueve y admira a partes iguales y que, sobre todo, confirma a su autora como una de las mejores escritoras de su generación.
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Lorena Salazar Masso, 2023
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2023
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Carlos López
IMPRESIÓN: KADMOS
Impreso en España – Printed in Spain
IBIC: FA
ISBN: 978-84-126528-2-6
DEPÓSITO LEGAL: M-19140-2023
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lorena salazar masso
Para Andrés, «mi flor total»
«Cuando se da a los objetosla amistad que les corresponde,no se abre el armariosin estremecerse un poco».GASTON BACHELARD
«No puedo dejar de buscarni de asistira estos nacimientos deslumbrantes».MAROSA DI GIORGIO
«En un momento dado,pienso que en un rincón de mínacerá una planta».FELISBERTO HERNÁNDEZ
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Muy temprano suena el teléfono de la habitación. Papá le pide que vaya a la recepción, allí le da instrucciones: Quédese aquí. La deja a cargo del Hotel. La recepcionista —tarde, como siempre— la encuentra dormida sobre el escritorio. Bajo la cabeza de la niña: facturas sin pagar, babas, tinta azul.
Y Papá también la deja a cargo a las siete, a las nueve, a las once de la noche y se va quién sabe adónde, y cuando dan las dos de la mañana, las malqueridas aprovechan para pedirle a través de la reja que les abra: ¡Sí, ahí está la muchachita!, murmuran, y luego: ¡Isaaa! Zarandean todo a su paso. Atraviesan el zaguán con los tacones en la mano, la risa cansada, distendido el cuerpo y las ganas. La ropa pasada a cigarrillo y a jazmín. Trabajar cansa, dicen nomás entrar. Isa las deja quedarse un rato en la primera habitación, no les cobra. A veces se acuesta con ellas: todas en la misma cama con los pies levantados, pegados a la pared, hablan del sabor a cartón de la comida de la calle, de cuánto les gustaría tener una habitación con balcón, una cámara instantánea, un telescopio: mirar de todas las formas posibles. La que queda junto a Isa en la cama le dice: Niiiña, tienes las orejas sucias. Y no se va sin antes limpiárselas bien con un pedazo de papel higiénico, que se enrolla en el dedo meñique. Isa pone la cabeza sobre las piernas de Aurora o Lourdes o Liz o la que le toque de vecina en la cama ese día, y se deja hacer.
Por la tarde le pesan los ojos, quiere acostarse en el sofá, pero Papá la manda a pagar la energía. Están a punto de cortar el servicio en el Hotel, que Isa preferiría llamar hostal, pensión o residencia. O mejor: dormidero. Pero el Papá insiste en llamarlo Hotel. Mientras él entretiene al trabajador de la empresa de energía con comida —viene de otro pueblo, de hacer otros cortes—, Isa regresa a la habitación, se cambia las sandalias por un par de zuecos y sale con la plata entre la factura.
Mucho frío. Ahí está el sol, pero hace frío. Apura el paso, no corre. ¿Y si se cae, quién la va a curar? Papá no querría a una niña rota. Tendría que untarse saliva, otra vez, pero eso no funciona, y menos cuando la tierra se mete entre la herida. Antes corría como loca por las calles con la esperanza de que, al regresar, Papá dijera: «Tan rápida, tan ágil, casi parece un niño». Corría hasta que una tarde se cayó de camino a la farmacia y se le puso la rodilla como un tamal y Papá se quedó sin las pastillas para la garganta que había encargado y por un tiempo largo no le volvió a pedir favores. Él no siempre le pide que haga mandados, lo hace cuando está de buen genio por un pago que le llegó o porque el Hotel está lleno. Isa se siente importante cuando él le pide algo, cuando le confía la compra de un bombillo, una escoba o un sobre para guardar un documento. Le gusta que la mande a cambiar billetes por monedas. Isa va de negocio en negocio: verdulerías, ferreterías, el minimercado; se cuela entre bultos de arroz y azúcar, pregunta a la cajera si tiene monedas de doscientos y de quinientos, para cambiar. La cajera le recibe los billetes y le entrega dos o tres bolsas de monedas que no puede contar allí mismo, imposible hacer pilas de diez en diez para luego sumar, con tanto ruido se equivocaría. Aprende a confiar. Cuando no encuentra quien le cambie monedas, se queda un rato en el zaguán, ahí sí hace tiempo antes de contárselo a Papá.
Adentro, en la central de pago, el sol atraviesa el ventanal y cambia el color de los ojos que hacen fila: los cafés parecen ámbar; los verdes, algas marinas o monte; y los negros, pues negros se quedan. Una vieja que iba de última —ahora penúltima— voltea, mira a Isa y bosteza lágrimas claritas de sol, murmura: Tan pequeña y ya hace fila. Isa se muerde la lengua, piensa que la vieja no debería criticar, pues anda con las medias veladas rotas y un vestido que ya está para trapo de cocina. Y seguro allí también hay personas sin bañar, mujeres peludas e infieles, maridos que no saben la fecha de nacimiento de sus hijos: una fila de olores, miedos e intimidades. Al rato se le pasa la rabia, incluso se alegra cuando le toca el turno a la vieja porque detrás va ella, y pocas veces está tan pegada a otros como cuando hace fila. Le toca el turno, Isa estira el cuello frente al cajero, pone la plata y la factura en la ventanilla y mira hacia otro lado, no quiere que le calcule la edad. La mirada del cajero, en los billetes.
Vuelve al Hotel con el sello de pagado y algunas monedas. Papá no da las gracias, pero sí dice: Cuarenta y cinco minutos. Y dice: Quince minutos, cuando la manda por pan; Siete minutos, cuando Isa tiene que ir a la tienda del lado por leche o café, y ella todavía no sabe si eso es mucho o poco para él porque pone una cara inexpresiva, como la del cajero de la central de pago, y no le dice que tan rápida, que tan ágil, que casi parece un niño.
El hombre de la empresa de energía termina de comer y se va satisfecho con las pinzas de corte entre el bolso.
El Hotel es una casa a la que se entra atravesando un zaguán que termina en la recepción y luego da paso a un patio interno rodeado de habitaciones y plantas y un sofá. Después del patio, una sala grande que funciona como restaurante, más allá la cocina y un corredor que lleva a más habitaciones. De última, la habitación de Papá. En la habitación, Isa tira los zuecos al rincón y se acuesta en la cama donde duerme junto a Papá. Afuera: Ya me canso de llorar y no amanece / Ya no sé si maldecirte o por ti rezar… ¿Cuántas veces ha sonado esa canción hoy?, piensa de cara a la pared, la mirada siempre sobre la humedad que despega la pintura como una vieja a la que no le caben más arrugas y está pronta a descascararse. Una pared blanca, de bahareque, como todas las del pueblo. Y qué pocas cosas cuelgan de ella: un televisor pequeño, un espejo. Nomás. Es que ni siquiera un almanaque vencido. Bueno, la habitación tiene un ventanuco por el que entra el naranja rosa del atardecer. Visto así, Isa tiene un cuadro diferente a cada hora: a veces azul, a veces rosa-naranja, y a la noche, negrísimo negro.
Pero ella quiere poner clavos, cambiar las cosas de lugar, colgar el bolso del colegio, dejar un espacio para cuando se gane una medalla, aunque sabe que nunca gana nada. Quiere hacerse un espacio en las paredes, pero cree imposible que Papá le deje poner algo. Estira la mano desde la cama, saca un collar de la mesa tocador sobre la que siempre hay perfume de hombre, crema de afeitar de hombre, talco de hombre y, en los cajones, entre cables enredados y controles sin baterías, collares de Isa, anillos de plástico y lápices de colores. Se pone el collar y entra al baño.
A veces se encierra a lavar la ropa interior en el lavamanos, se encierra y se sienta en un cojín recostada a la puerta, y duerme. Otras veces recorta personas de revistas y las pega en las paredes. Papá no le dice nada; para él, el baño es como un aeropuerto: vas de paso. Entra cuando ella se está bañando, orina sin chispear la taza, se aclara la garganta y sale después de lavarse las manos.
Isa se baña con la luz apagada: a oscuras y sin ropa no siente el hueco que le ha empezado a crecer en la barriga. Allí adentro, como no ve nada, podría ser una pájara o una nube o el agua misma que se evapora y hace que las personas y las montañas y los soles pegados a la pared se caigan o se borren y tenga que reemplazarlos por otros. Se tarda mucho en el baño.
El agua de la ducha corre con Isa al lado, se moja las manos y los pies, y a veces un poco el resto del cuerpo. Cuelga en la puerta de la ducha la ropa que había lavado antes. Sale envuelta en la toalla, tiritando. Pero mis ojos se mueren sin mirar tus ojos / y mi cariño con la aurora te vuelve a esperar… El sábado ponen la música más fuerte: Ya agarraste por tu cuenta las parrandas… Y la gente se queda en la cantina hasta más de las doce de la noche. La arrullan las historias de las canciones que dan vueltas toda la noche: Paloma negra, paloma negra, dónde, dónde andarás… Cuando una canción suena más de una vez, sabe quién la pidió: tanto tibiar silla en la cantina, tanto mirar, la hizo conocedora de borrachos y viejos aciagos que manosean letras de canciones y muchachas hasta dejarlas borrosas. Se recuesta en la cama, del lado de Papá, con la cabeza todavía mojada. Sus dedos de los pies juegan. Desespera. Isa siente aversión por las tardes, cuando todo quema. Prefiere las mañanas y el final del día, el atardecer, que es una mañana al revés: frescura quemada. Todo eso piensa sobre la cama, aún sin vestirse, hasta que escucha los pasos de Papá, sus botas. Isa se amarra bien la toalla, agarra una revista vieja y se sienta en el sofá. Él entra, saca algo pequeño de un cajón del tocador y sale de nuevo. Ni la mira. Ignora a Isa, a esa hija suya.
Los días que se escapa del colegio, como hoy, antes que ir a la habitación, prefiere ayudarle a Bere con el almuerzo, aunque ella no se lo pida. Entra a la cocina, Isa entra a la cocina y agarra la canasta de papas, agarra un cuchillo y se sienta en una banca larga recostada a la pared. Qué grande se siente con el cuchillo en la mano, se mira en él como si fuera un espejo, luego Bere se lo cambia por un pelapapas. Frente a la banca, una mesa pequeña sobre la que pone una vasija con agua tibia y la canasta. A su ritmo, agarra una papa y pasa el pelador de arriba abajo, como si la peinara: Un, dos, tres, cuatro, pero en vez de peinarla está desnudándola, como hace con ella misma cuando se encierra en el baño, tan vulnerables la papa y ella. La acuna en la mano izquierda, la papa más grande que su mano, pero la mano más viva que la papa. Un, dos, tres, cuatro, suspira aburrida: con el pelador no hay riesgo de cortarse. La gira de a poco, entierra el pelador lo justo para que, con el movimiento y la presión, quede solo la carne redonda. Descansa. Papa y pelador sobre la mesa, se desabotona la falda porque de verdad la barriga no le aguanta más. Naturalmente, la ropa empieza a quedarle pequeña, pero en el Hotel nadie se pregunta por eso, hay mucho quehacer: sopas por calar, camas destendidas y huéspedes de una sola noche que obligan a cambiar unas sábanas casi limpias, algunas sin sueños ni babas. Agarra la papa que dejó encima de la cama de cáscaras y sigue. Un, dos, tres, cuatro, le saca un ojo a la papa con la punta del pelador. El secreto está en sentarse tan cómoda y tan rica como si se fuese a comer la papa, o a escribir encima de ella. Un, dos, tres, cuatro, ¿qué diferencia hay entre pelar una papa y escribir una carta? Ambas son un despojo. Querida papa: hoy nos hicieron un examen de historia y como no había estudiado, le hice una carta a mi Papá. Querido Papá: la próxima semana entregan el boletín de calificaciones y no quiero que vaya mi tía José, hará que me pregunten quién es ella, por qué lleva vestidos tan cortos con este frío. Tú no irás porque hay mucho quehacer, porque desde hace un tiempo pareces otro huésped del Hotel. Iré yo. Niña, las papas, apura Bere. Isa le da una vuelta a la última, la remoja un poco y la deja junto a las otras ya peladas, como manos desnudas. Isa le dice que la deje estar más cerca del fogón, revolver el arroz o hervir la leche, Bere responde que necesita ayuda, y mucha, pero que dos manos metidas en la misma olla matan la sazón. Pica las papas en cuadritos y las echa en una olla grande que ocupa dos hornillas del fogón. Esa olla. Nunca hay tantos huéspedes, si la usa es porque Bere, Gil y la recepcionista se cobran horas extras con comida, parecen rotos; Isa se queda mirándolos desde la puerta de la cocina y ellos mirándola junto a la olla dominguera, cuchara en mano, pero nadie dice nada. Isa sabe que Papá es tacaño, les roba a sus empleados; aun así, le da rabia verlos comer alrededor de la olla. Bere sigue con el canturreo de que mejor sería que la niña ayude a lavar los trastos. Y ella que no, que odia el jabón de platos, preferiría el fogón o amasar maíz, pero no entiende qué más se le puede matar al sabor insípido y aguachento de la comida del Hotel.
Las lentejas son comida triste, dice Isa más tarde, al darse cuenta de que peló papas para una sopa de lentejas. Caprichosa, da media vuelta, no sin escuchar el grito de Bere: Quédate y come, niña, o te vas a desaparecer, algún mal seguro ya tienes. El regaño la atrae. Deja el morral en una silla y se sienta con desdén junto a la tía José, hermana de Papá, que últimamente se la pasa en el restaurante. Isa, en silencio, espera su plato mientras José apura el de ella sin importar lo caliente que está, dice que, cuando come por fuera, se asegura de quedar bien llena porque en casa no cocina, puede pasar semanas comiendo pan con huevo o pan con queso o pan con pastillas de chocolate. Lo dice con orgullo, como si a fin de año le fueran a dar un premio por ello. Cuando Bere la regaña —no escatima en edades para regañar—, José se pone sentimental y cuenta que come mal desde que el marido la dejó, él llevaba la comida, cocinaba y lavaba los platos. Ahora, cuando tiene hambre —hambre de sal—, come en el Hotel, pero no es por lo único que viene. También vengo por la niña sola, Isa, por ti vengo. Bere le lleva el plato hirviendo, apenas para el frío que baja de las montañas: Come, niña, le dice, y vuelve a la cocina. Cuando Isa agarra la cuchara, José dice bajito: Sopla, sopla bien, miniña, y se levanta y camina hacia la recepción. Todos le dan órdenes y luego se van. No le gusta que le diga «miniña», cosa que hace desde que come en el Hotel, como si hubiera comprado ese «mi» en una tienda de regalos. Miniña. Ella no es de nadie, ni de ella misma, solo de Papá. Aunque él nunca la haya llamado así, ni tampoco le haya dicho que ojalá le vaya bien en el colegio o que se cuide o que qué le pasó en las piernas, que las tiene en cascarita. Tampoco ha escuchado que le diga a alguien: «Esa es la hija mía». Isa recuerda que una vez, cuando era más pequeña, Papá tuvo que llevarla al médico del pueblo vecino: una mañana le salieron unas ronchas rojas en la cara, en el cuerpo, y no podía respirar. Papá se dio cuenta por el ruido que la niña hacía al rascarse, lo irritaba. Vio las ronchas, de sobra evidentes, y como las señoras —José y Bere— estaban ocupadas, tuvo él que hacerse cargo. Antes de salir hacia el hospital, bien le dijo: No me llames «Papá», llámame «tío». Y cuando la enfermera le iba a aplicar la inyección y a la niña estaba a punto de explotarle esa palabra en la boca, apretó los labios para que la pe no saliera, porque luego saldrían las demás como un camión sin frenos. Él, al lado. Y la enfermera: Te entiendo, las agujas asustan. Pero no, a Isa no le importaba la aguja, la podía chuzar cien veces; la asustaba la palabra filosa que ahora en público le estaba prohibida. No me llames «Papá», llámame «tío». De ahí en más, Isa prefirió no llamarlo de ninguna manera fuera del Hotel. Aunque poco salen juntos, cuando hay personas desconocidas cerca, huéspedes, ella se guarda la palabra y parece que le hablara al cielo o a un fantasma. Mira a la pared o al techo y dice: Es que necesito pinturas de colores para el colegio. Pero cuando no hay nadie y puede decirle «Papá», siente que la palabra le pesa, que ya no es del todo suya. A perder se empieza, también, desde la palabra.
Aunque detesta las lentejas, para Isa el problema son las ollas, que no son de casa, sino de Hotel: muy grandes, el sabor no les cala. Pollo, puré de papa, sopa de fideos o lentejas, todo le sabe igual, a niña sola. No como las pocas veces que ha hecho tareas por fuera, en casa de alguna compañera, y la comida sabe a familia, salada muchas veces, pero a familia.
Sentada todavía en el restaurante del Hotel, Isa se imagina que en cada mesa hay hermanos suyos: niñas, niños; y ella, la mayor. Todos comen lentejas, todos las odian, pero no quieren desaparecer. Con la boca llena, se pelean por el turno del compu, deciden quién jugará con el balón y quién con el hula-hula. Son tantos niños que las lentejas tienen que hacerlas en una olla más grandísima que la dominguera, y para que rinda le echan más papa que grano. Comen, ríen, todos paridos por la misma barriga. Una nube tapa el sol, que ya no sale más, y el frío se le mete a Isa bajo la falda. Se da cuenta de que, en vez de hermanos, las mesas con manteles rojos y servilleteros de plástico están ocupadas por vendedores de galletas, de máquinas de afeitar, gestores bancarios y algún policía. Come, niña, o te vas a desaparecer. Ja, ojalá fuera tan fácil desaparecer, piensa ella, que se come todo y se levanta de la mesa. José va tras ella, la invita a la calle, le promete un globo, un algodón de azúcar.
—Ay, José —dice Isa con vergüenza, con pereza.
¿Es que su tía no sabe cuántos años tiene? Imposible ocultar las costuras del desespero. Antes, Isa era una bruma pequeña que daba vueltas por el Hotel. Pero últimamente esa bruma ha tomado cuerpo, cuerpo de «miniña». La quiere, ¿la quiere? Isa acelera el paso, fácil la deja atrás, metida en esos zapatos de plataforma que últimamente usa para verse más alta, para alejarse del suelo donde estuvo llorando por semanas. Otro cambio fue pintarse el pelo: ahora rojo, rojo tía. Cuando José llega a la puerta de la habitación, la encuentra cerrada.
En la cama duerme Papá, ronca Papá desde el centro de la barriga, esa parte del cuerpo que Isa no entiende. No es que sea gordo, pero cuando duerme se infla como si dentro
