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"La protagonista de esta virtuosa primera novela permanece un año peregrinando por la India profunda. Pertenece a una familia acomodada y ha dejado un futuro promisorio para buscar aquello que se busca en la India: sentido. A diferencia de la mayoría de los extranjeros que esporádicamente la acompañan, todos occidentales, entregados al turismo religioso —tan consumista y bizarro como cualquier turismo—, ella cumple con todos los rituales del ascetismo y la desnudez: horas interminables de meditación por día, infinitos viajes en trenes atestados, cruces de fronteras para renovar la visa y quedarse, siempre, un poco más. Narrada como una crónica, casi un diario de viajes, la novela describe el contexto y al mismo tiempo la protagonista se observa actuar en el seno de esas comunidades donde "todo está bien, desde días de mutismo y ayuno hasta un brote psicótico". Tan honda es su inmersión en aquel mundo otro que, antes de partir, alguien debe recomendarle comprarse un par de ojotas para no ir descalza en el avión. Con la misma desnudez de su vestidura, expuesta siempre a la torridez del paisaje humano y natural, este libro es un minucioso camino iniciático; lo más apasionante es que jamás deja de ponerlo en duda. ¿Encuentra el sentido que buscaba? Con elegancia y despojamiento, esta admirable novela es una posible respuesta a esa pregunta" (Gabriela Massuh).
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2016
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COLECCIÓN PRIMEROS LIBROS
MAMÁ INDIA
SOLEDAD URQUIA
Urquia, Soledad
Mamá India / Soledad Urquia. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tenemos las Máquinas, 2016.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3633-11-9
1. Literatura. I. Título.
CDD A863
© Soledad Urquia, 2016
© Tenemos las Máquinas, 2019, 2021
EDICIÓN
Julieta Mortati
DISEÑO
Julián Villagra
CORRECCIÓN
Martín Vittón
RETRATO DE CUBIERTA
Ana Carucci
EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS
Av. Independencia 2765 (1225), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
www.tenemoslasmaquinas.com.ar
Hecho el depósito que establece la Ley 11723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Conversión a formato digital: Libresque
Para Santiago y Aurora
El camino es difícil, cruzarlo es como andar sobre el agudo filo de una navaja.
KATHA UPANISHAD III
Nunca llegué a saber del todo de dónde era, cuántos años tenía o si Siva era su verdadero nombre. Tampoco entendía por qué hablaba perfecto en inglés y con acento de Inglaterra si en realidad nunca había salido de India. Lo único claro era que hacía años que vivía en el pueblo de la Montaña: decía que había llegado hacía siete, pero los occidentales que llevaban mucho tiempo ahí comentaban que había estado desde siempre. Hablar era su principal talento, no sólo en ese inglés tan raro sino también en hindi, tamil y a veces en sánscrito. Quizá sea por eso que cuando me acuerdo de él, lo primero que aparece en mi cabeza no es una imagen sino el sonido de su voz.
“Fortalezco mi cuerpo, estudio los Vedas, medito y me preparo para el cambio de era”, le dijo a un austríaco curioso y amable que le preguntó qué hacía durante el día. Yo sabía que no trabajaba pero, lejos de ser un sadhu entregado a la contemplación, era algo así como un lumpen demasiado cómodo para vagabundear en serio. En ese pueblo, muchos sabios y buscadores de la Verdad comían todos los días gracias a la caridad y dormían en la calle, pero Siva nunca quiso sumarse a ese grupo. Incluso rechazabamis invitaciones a los puestos callejeros donde yo cenaba porque él sólo consumía alimentos acordes a una dieta ayurvédica estricta que él mismo se había inventado. Incluía dos o tres litros de leche por día, un coco cada tres horas, todas las almendras que podía conseguir y pollo una vez por semana, lo que se complicaba bastante porque en esa parte de India todos eran vegetarianos.
Siva no tenía ningún ingreso pero se las arreglaba para que algún occidental financiara su vida. Igualmente, a veces se quejaba de que estaban a punto de desalojarlo de su habitación. Cuando yo insinuaba que podría conseguirse un trabajo y ahorrarse este tipo de problemas, él me miraba indignado y se iba.
La primera vez que se me acercó, me asusté. Tenía los dientes manchados, las uñas de las manos y de los pies muy largas, y usaba su única muda de ropa: un pantalón marrón y una camisa manga corta verde militar, gastados y con manchas de aceite. Pero después de que me hablara un poco confié en él, no sé si por intuición, soledad o porque me estaba tomando muy en serio el tema de la aceptación total. Lo importante es que a partir de ese momento nos convertimos en algo así como aliados: sellamos un pacto de incondicionalidad y protección mutua. Siva empezó a llamarme little sister y a ayudarme con cuestiones prácticas. Con el fin de gestionarme alquileres baratos, esparcía por el pueblo rumores de que mi pobreza sólo era comparable a la intensidad de mi búsqueda espiritual. También le decía a quien quisiera escucharlo que yo tenía menos necesidades y deseos que cualquier persona, cualidades exaltadas al máximo en ese pueblo de yoguis. Otra cosa que inventaba era que mi familia, que siempre había vivido en un pueblo cordobés, pertenecía a la casta de los chatrias. Cuidaba mi alimentación, mi compañía y mi lectura.
—A eso tenés que leerlo en dosis, vos que sos vata —me decía cuando me encontraba en el puesto de té con un libro de algún gurú indio.
Prestaba una especial atención a mi salud y cada vez que me veía me tomaba el pulso, chequeaba mi temperatura y me pellizcaba para ver si había aumentado mi resistencia al dolor.
—No entiendo por qué sos estructuralmente débil —me repetía después de revisarme.
Una noche, caminábamos uno al lado del otro cuando, de repente, detuvo su verborragia por unos segundos:
—Recién me doy cuenta de que no dijiste más de veinte palabras en estas seis semanas. Y todos monosílabos —me dijo.
—No me molesta que vos hables —respondí—, aunque muchas veces no tengo la menor idea de lo que estás diciendo.
A él no le importó y empezó a hablar sobre lo que él llamaba “nuestro proyecto”. La idea era que mi papá nos financiara desde la Argentina una granja orgánica para que él pudiera tomar toda la leche que su cuerpo necesitaba. De paso, yo también me fortalecería.
Cerró la conversación con el consejo de siempre:
—Nunca te cases con un musulmán ni aceptes hacer belly dancing por plata.
Yo me reí y él se enojó un poco.
Los dos pensábamos que el celibato era la forma de no desperdiciar la energía necesaria para acceder a niveles de conciencia más elevados. Pero Siva, de tanto en tanto, intentaba romper su abstinencia y, pese a nuestros esfuerzos conjuntos, no cosechaba más que negativas. Llegó a tener alguna chance con una mujer irlandesa, en los cincuenta, un poco gorda y con el pelo naranja. Le compré sahumerios y unas flores para que le regalara, pero él se las arregló para cambiarlas por una bolsita de castañas de cajú.
—Nunca hay que desperdiciar la oportunidad de comer grasas de las buenas —me dijo serio.
—No me siento bien —balbuceó Siva una tarde en el chai shop. Esperé unos segundos pensando que iba a seguir hablando pero se quedó callado.
—¿Qué te pasa? —pregunté.
—Mi cuerpo se está por romper, ya lo sé, y siento una energía que me está por hacer explotar la cabeza —respondió mirando hacia abajo.
Cuando le pedí que me explicara mejor, me respondió en tamil. Su alteridad me sorprendió de repente, como si lo viera por primera vez. Me dio miedo darme cuenta de que no conocía del todo a Siva, con quien me había hermanado.
Así comenzó lo que él llamaba una mala época. Desapareció por unos días y la siguiente vez que lo vi estaba ojeroso, más flaco y tenía la boca torcida. Empezó a hablarme en sánscrito y reconocí algunas palabras como “liberación total” y “beatitud”.
—En inglés, por favor —le dije con tanta vehemencia que me pareció que no era yo quien hablaba.
—Hace tres días que no duermo ni como, viste cómo es la Iluminación —me explicó—. Sentí que algo denso y oscuro, como viscoso, se le había adherido a la piel y lo separaba del resto del mundo.
Pedí a la Montaña que Siva volviera a hablarme de los Vedas, a citar textos espirituales y Maestros o a explicarme de Ayurveda, pero él siguió fumando en silencio.
Una de esas noches fue a mi habitación. Entró agitado y nos sentamos en el piso, él sobre mi colchoneta y yo apoyada contra la pared, abrazando mis rodillas. Sus ojos brillaban, su voz sonaba más aguda de lo normal, estaba barbudo y sucio y gesticulaba con las manos mirando hacia arriba mientras hablaba. No entendía nada de lo que me decía, así que presté más atención y lo miré fijo, pero su letanía se me seguía escapando. De tanto en tanto decía que realmente me quería y valoraba nuestra amistad. Enseguida volvía a las palabras sueltas, las frases inconexas y la mezcla de idiomas. Yo no sabía qué hacer. Me largué a llorar y, casi en silencio, empecé a repetir “Siva Siva Siva Shambo, Siva Siva Siva Shambo…”.
A los diecinueve años Joaquín se fue de Estados Unidos y a los treinta y ocho todavía no había regresado. No era especialmente misántropo, depresivo ni irritable, pero miraba todo con cierta reserva, como si tuviera una capacidad de dudar mayor que la media. Había encontrado algunas respuestas caminando India de norte a sur durante casi veinte años, pero mantenía su tendencia a la incertidumbre prácticamente intacta.
Llegó al pueblo en pleno verano, en un momento en el que nadie se hubiera quedado ahí por más de una hora. Los casi cincuenta grados de sensación térmica hacían que el tiempo pasara lento; los brazos y las piernas se volvían más pesados que lo usual y cada movimiento implicaba un esfuerzo desmedido. Todos reducíamos nuestras acciones físicas a lo imprescindible, y como en ese pueblo casi nadie trabajaba, el mundo se volvía quieto y silencioso. Pasábamos las horas mirando la hipnótica Montaña que no nos dejaba partir. A la sofocación sin tregua se sumaba la invasión de mosquitos, hormigas y pulgas, lo que nos hacía sentir que todo el tiempo nos estaba picando algo. En uno de esos días vi a Joaquín por primera vez. Alto, incluso para parámetros occidentales, parecía un gigante flaco y totalmente erguido: su cuerpo y el piso formaban un ángulo de noventa grados. Iba vestido con el típico dhoti naranja que usan los sadhus, llevaba su pelo largo en un rodete por encima de la cabeza que le sumaba unos diez centímetros de estatura y como bastón usaba un palo de madera. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos: cuando te miraba, parecía que veía todo tu pasado y presente y que ya no te quedaba ningún secreto.
Todas sus pertenencias mundanas cabían en un recipiente pequeño de acero inoxidable con varios compartimentos; él lo llevaba siempre colgando del hombro. Me sorprendí cuando vi lo que había adentro: hilo dental y cepillo de dientes, lujos excesivos para un sadhu, un set de pastillas homeopáticas y un pedazo de torta, autoindulgente e inconseguible, que iba comiendo en disciplinadas raciones. De ese recipiente sacó la estampita de la Virgen de Guadalupe. Yo estaba en un puesto callejero, sentada con las piernas cruzadas sobre una silla de plástico, y cuando me escuchó pidiendo un chai, enseguida se dio cuenta de mi acento latino. Aún sin conocerme, me pidió que tradujera el texto de la estampita. Mi cerebro tardó en arrancar, pero finalmente pude pronunciar esas palabras que me remontaban a mi infancia y a un mundo anterior: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”.
Nostálgica, le pregunté de dónde la había sacado y me contó que se la había dado su abuela, que había nacido en México. Me habló un poco de su familia, norteamericanos ricos a los que no les divertía demasiado tener un hijo asceta caminando descalzo por India.
Su maestro lo había aceptado como discípulo al poco tiempo de llegar. Lo había iniciado en la meditación y en la filosofía vedanta y le había dado la esperanza de que el tormento de su incertidumbre podría terminarse algún día. También le dijo que incluso en el mundo espiritual todo tenía un precio, y que para encontrar la Verdad, o al menos acercarse, tenía que ceder en algunas cosas. Desde ese momento iba a tener que vivir en austeridad total, durmiendo en la calle y comiendo sólo lo que la gente le daba sin que él pidiera, ya que los renunciantes no pueden mendigar, hay que confiar en que el Universo proveerá. Y en India, el Universo provee. En los templos se ofrecen alimentos a los dioses pero las personas que van a la ofrenda pueden comérselos, los ashrams suelen dar una comida diaria a todo el que se moleste en ir a buscarla y las personas respetan a los sadhus, así que les compran tés y talis porque está claro que el trabajo espiritual es el más importante de todos los trabajos. Además, Joaquín podría ir cambiando de lugar de acuerdo con la estación. En ese sentido la India también es generosa y siempre hay un lugar un poco más al sur en el que hace unos grados más de temperatura. A los veinte años, a Joaquín le pareció romántico vivir así. Sólo después se daría cuenta de que la vida de asceta era dura y de que las comodidades y lujos de los que había disfrutado durante su infancia habían dejado una marca en su temperamento. Pero con el tiempo aprendió a vivir más allá de estos placeres y aversiones menores, aunque había algo que desde el primer día le había resultado tortuoso: su voto de castidad. Si bien había podido dejar ir a las mujeres de su vida en el plano físico, nunca se habían marchado del todo de su cabeza. Durante dieciocho años Joaquín lo había soportado, sin caer en sus impulsos en pos de un bien mayor, pero ahora sentía que no podía más.
Me contó todo esto sin mucho preámbulo, apenas terminé de traducir su estampita. “En realidad mis necesidades no son físicas, sino más bien emocionales porque meditando puedo lograr el mismo placer que cuando estoy con una mujer.”
Lo miré incrédula, conocía los milagros de la meditación Vipassana, tántrica y zen, pero tener un orgasmo sentado inmóvil en posición de loto me pareció demasiado incluso para un yogui full time como él. Sin embargo, sus ojos disiparon mis dudas y me di cuenta de que siempre hablaba en serio.
