Mandarino - Ezequiel Pérez - E-Book

Mandarino E-Book

Ezequiel Pérez

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Hay que pasar el tiempo de la espera. Como si el nuestro cuerpo se empastara con el río y no hubiese más que mirar: están las olas y los jirones de camalotes y los remos que descansan en los nuestros muslos y La Almiranta que añuda las sus velas para dejarse estar. Ante la hambruna y la escasez de la pesca, todo un pueblo decide partir en expedición en busca del pez dorado y se aventura por el río Paraná. Comandados por la Mansa, recorren diferentes costas en las que intentan establecerse. Cuando la última esperanza parece agotarse, la voz de Mandarino, Cronista Mayor del Desamparo y Cartógrafo de una Sola Línea, cobra una fuerza inusitada que permite ver futuro a pesar del frío y del desasosiego. Ezequiel Pérez se apropia de los tópicos característicos de las crónicas de indias para fundar un nuevo territorio y escribir un relato decididamente singular. Con una sintaxis trastocada que inventa una nueva lengua, se detiene en los vínculos que se construyen hacia el interior de un grupo de personas que en apariencia solo comparten la búsqueda de un lugar donde asentarse y paliar las necesidades más básicas, mientras se reconocen en la belleza que habita en el paisaje.

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Seitenzahl: 122

Veröffentlichungsjahr: 2023

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MANDARINO

EZEQUIEL PÉREZ

 

Hay que pasar el tiempo de la espera. Como si el nuestro cuerpo se empastara con el río y no hubiese más que mirar: están las olas y los jirones de camalotes y los remos que descansan en los nuestros muslos y La Almiranta que añuda las sus velas para dejarse estar.

 

Ante la hambruna y la escasez de la pesca, todo un pueblo decide partir en expedición en busca del pez dorado y se aventura por el río Paraná. Comandados por la Mansa, recorren diferentes costas en las que intentan establecerse. Cuando la última esperanza parece agotarse, la voz de Mandarino, Cronista Mayor del Desamparo y Cartógrafo de una Sola Línea, cobra una fuerza inusitada que permite ver futuro a pesar del frío y del desasosiego.

Ezequiel Pérez se apropia de los tópicos característicos de las crónicas de indias para fundar un nuevo territorio y escribir un relato decididamente singular. Con una sintaxis trastocada que inventa una nueva lengua, se detiene en los vínculos que se construyen hacia el interior de un grupo de personas que en apariencia solo comparten la búsqueda de un lugar donde asentarse y paliar las necesidades más básicas, mientras se reconocen en la belleza que habita en el paisaje.

Mandarino

EZEQUIEL PÉREZ

A Irene, este viaje

Voy a dejar este poema acáporque la mano se me enredóen lo que expulsa el río.

JULIÁN LÓPEZ

Aprendimos a escribir bajo el aliento húmedo del Paraná.

MARÍA TERESA LEÓN

Así es como empieza la relación de la vez que nos hicimos río adentro y de todos los sucesos que arrinconaron nuestros ánimos y de los padecimientos que nos aquejaron cuando salimos en busca del pez dorado. Quise guarecer de la humedad del Tiempo aquello que los mis ojos miraron y las mis orejas escucharon. Tengo para mí que algo daquella vida a la intemperie me respira en las palabras.

I. FUNDACIONES

DEL NACIMIENTO[QUE TRATA DE LOS DÍAS EN QUE LOS NOMBRES SE PEGARON A LOS NUESTROS CUERPOS]

Nací en el año sin Señor. El año de ningún Señor en el que decidimos dejar nuestro pueblo para ir en busca daquellas otras islas que solaceaban un tajo guacho en el cuero del río. Los montes que clareaban a lo lejos figuraban la ilusión de una costa.

El deseo se halla a tiro de piedra cuando se despliegan las velas de la hambre. La cosa está, aprendimos más tarde, en no escatimar el pie de plomo cuando la tormenta arrecia.

Nací en el año de ningún Señor en el que todo estaba a punto de hacerse madera y endurecerse en el fierro y astillarse en los remos de quienes construyen con agua barrosa un paraíso en la tierra.

No los juzgo.

No soy quién.

Nací en el año de ningún Señor.

 

 

Me bautizó el Loco Tréllez. Me dicen Mandarino porque tengo el mi pecho partido en gajos.

Con una de las mis manos detengo la mi lengua y marco los límites de lo que desespera nombrarse. Con la mi otra mano señalo el momento en que decidimos dejar las casas. Hago presente la noche en que solo se oían los chasquidos del chapadur consumiéndose debajo de la parrilla. Retén de huesos en la churrasquera y, ahí nomás, la voz firme del Abuelo, único firme en todo este pueblo, diciendo que ya iba a estar la comida.

Ya va estar.

Así es como dijo.

Prepará la mesa.

Escuché.

Pero esta vez era la voz de mi viejo, mi pobre viejo querido, que se parecía mucho a la del Abuelo, aunque menos nítida: la voz titilante de mi viejo, quien nunca prendió el fuego por respeto a los mayores.

La churrasquera trinó de berenjenas y camotes y unos yuyos hediondos que mi viejo juntó de cerquita la cuneta. Comimos hambre aquella noche. Los nuestros dientes crujieron más que las nuestras tripas. Tengo para mí que ese fue el comienzo del tiempo náufrago. El instante en que las patas de la araña hicieron cosquillas debajo del nuestro pecho, clavaron las uñas y soltaron lo estrujado: alimaña herida dentre los nuestros huesos.

Furia de carne del dorado esquivo que había partido hacia costas mejores.

 

 

Cuando el Loco Tréllez me vio volver de la pesca con las alpargatas agujereadas y las redes vacías, dijo que mi nombre, de ahora en más, iba a ser Mandarino. Un sudor dulce cruzó dentre los mis ojos.

 

 

Yo soy Mandarino: el que nació con hambre.

DE LA PESCA [QUE TRATA DE CÓMO LA DESAZÓN ES UN MONSTRUO ALIMENTADO DENTRE DOS O TRES O VARIOS MÁS]

Así era como hace un tiempo trajinábamos balsas al oleaje. El frío de la mañana calaba en la sangre. Me recuerdo abandonado a la intemperie de la canoa. Yo tenía los mis músculos flacos de la hambruna y mi Tío el Laucha remaba adelante con las últimas carnes que le quedaban. De vez en vez se daba vuelta para asegurarse de que los espineles siguieran amarrados a la proa. Las tanzas parecían dibujar en la superficie la torsión de una yarará.

Nos habíamos acostumbrado a que los anzuelos emergieran vacíos de dorados. Había veces en que alguna mojarra quedaba prendida por pura distracción y mi Tío el Laucha se enroscaba los sus pelos como insultando para adentro a aqueste río tan desgraciado.

 

 

Una de esas tardes mi Tío el Laucha acurrucó su embarcación a la boya y fumó un rato largo mientras yo hacía equilibrio en la canal. Vimos pasar un pesquero con todos los sus huesos al aire. Llevaba la su piel oxidada. Mi Tío el Laucha soltó de un escupitajo el cigarro.

¿Ves?

Me dijo. Y yo me dejé estar en la corriente.

¿Ves ahí esos hombres?

Y pude ver lo que me decía: unos cuerpos marrones acodados en las balaustradas, gimiendo al son de las olas.

¿Oís cómo chillan los sus corazones?

Y ahí no supe si mi Tío el Laucha me hacía una pregunta o en verdad creía escuchar la rompiente en los pescadores.

Tenemos que zafarnos de todo aquesto.

Así dejó de decir.

 

 

Aquel día volvimos de la pesca con las nuestras manos vacías. Amarramos en la costa. Los hombros de mi Tío el Laucha rozaban la tierra de tan desilusionado que andaba. Dejamos los espineles en las canoas porque pensamos que a nadie se le ocurriría robarnos aquella herramienta inútil. Para qué ensuciarse las manos con un montón de tanzas carcomidas por las palometas.

Trepamos la barranca tanteando las piedras y en la cima nos esperaba el Loco Tréllez.

Mañana pescamos de lo lindo.

Dijo.

Fuera, fuera, Tréllez.

Mañana pescamos todo lo que le queda al río.

Pero si no le queda nada.

El Loco Tréllez sacó del morral una botella enredada en hilos y sogas y unos requechos de tanzas de diferentes colores.

Me armé un barrilete.

Es lo que dijo.

Le encastró una quilla y simuló el movimiento del barrilete en el Paraná. Recordé al dorado adosándose a los anzuelos y se me vino el gusto a la mi boca, tan cerca que casi lo pude tocar. Al instante, el sabor se me hizo igual al de la carne grasosa del pacú que por aquellos días comía los nuestros hígados.

Esa noche me acosté junto al fuego y soñé con el barrilete del Loco Tréllez. Era otro más lindo, hecho de tanzas firmes y enceradas. El paso recto del barrilete seguía a la canoa de mi Tío el Laucha y viboreaba en unas aguas turbias como la piel de los pescadores. Una madera hermosa, bien lijada, que se me deshacía cuando la tocaba.

Todos los sueños se me deshacen.

DE LA PRIMERA FUNDACIÓN [QUE TRATA DE LA AUSENCIA]

Son el fuego y la noche y la mansedumbre de los sauces cuando arisca la brisa.

El barrilete fracasó como todo lo que intentaba el Loco Tréllez. No prendió un solo dorado y de nuevo tuvimos que calmar las hambres con berenjenas y papas y unos tomatitos medio verdes que el Abuelo pescó dentre los camalotes. Lo peor eran las cebolletas, rudas como el cuero del anochecer.

Mi viejo, mi pobre viejo querido, anduvo un poco retraído por aquellos días. Se había decidido por una ausencia triste y yo lo picaba para que me contara cuán frustrado estaba con toda la podredumbre que nos rodeaba.

Mi viejo callaba, callaba.

Y yo meta que te pico, que te pico.

Pero también se nos caía la noche y el fuego de las nuestras tripas amenazaba con salirse del nuestro cuerpo. Recuerdo que para calmar la angustia el Abuelo masticaba la corteza de un níspero. Cada mordida era un gesto de dolor. Pobre Abuelo, tantos años con el su lomo en crudo cargando redes y arrebatando azotes al sol para volverse, más tarde, aquella baba blanquecina que se maceraba dentre las sus comisuras.

No es que no me dolieran aquestas cosas: la distancia, la noche, el fuego debajo de la chapa que ennegrecía las cebolletas. ¿Cómo no me iban a doler? Pero yo andaba medio distraído y mi pensamiento viajaba hasta el barrilete del Loco Tréllez, emergiendo maravilla desde la profundidad de un río espeso, y me lo figuraba como una sirena corcoveando el atardecer: una sirena de agua dulce, tan hermosa como las pintan los descubridores de manatíes.

Y otra vez era la noche abriéndose paso, el fuego que empuja lo que resta de cuerpo.

Ahí quedan unas hojas secas.

Dijo el Abuelo entre bocados.

Mi viejo, mi pobre viejo querido, removió las brasas con un palo de escoba y por fin se nos vino un trozo de calor. Frotamos las nuestras manos como esperando que algo nuevo saliera de la desolación.

¿Un fuego?

Apenas asomó una chispa dentre las piedras, roída por la hambre que arrastrábamos.

Esa noche aparecieron los cuentos del Abuelo para remedar la ausencia de postre. Siempre relataba con voz solemne y grave y trataba de acompañar con las sus manos la dificultad de las palabras. Nos hacía tanta gracia que es la única voz que le recuerdo.

ASÍ ES COMO DIJO EL ABUELO SOBRE NUESTRA FUNDACIÓN [EN TINTA VERDE]

Allá por el centro, de cerquita la canal, anda el dorado como en su cuna, mecido por el compás de las sus branquias, arropado en las profundidades y hambriento de espineles. Si lo hubiesen conocido como lo hicimos hace tanto, este pueblo sería un molino que arrasa la intemperie con el batir del jolgorio. Si hubiesen visto al dorado en aquellos tiempos: ¡qué palabras! Un lomo dulce como las semillas de la sandía haciéndose agüita dentre los nuestros dientes.

Dicen las voces de los viejos más viejos que yo que antes, bien antes, llegaron unos hombres de pelo en pecho. Venían medio disfrazados, como para ir a una fiesta. Las canoas eran tan gruesas que les entraban vacas y toros y unas batarazas que se alimentaban de galletas. Eran amigos de ratas y otras alimañas que seseaban en los toneles. El mundo era ancho para los sus pies. Los mismos pies que vinieron a dar con el barro del Paraná.

Puro estanque de río.

Se ve que dijeron.

Porque lo único en que podían pensar era en el ancho río que se abre hacia el sur.

Qué asco el barro que se mete dentre los nuestros dedos.

Se ve que dijeron.

Porque no había más que mosquitos y unos campos cubiertos de matas y porquería.

Venían en unos barcos con detalles de mármol y cosas lindas adentro. Mucho más grandes que nuestras piraguas. Daba admiración ver cómo a su paso movían las olas de nuestro pobre río. Y por ahí salió uno que tenía un telescopio para ver de lejos y cantó “¡tierra!” como quien canta un triunfo.

 

 

Todas son palabras del Abuelo.

ASÍ ES COMO DIJO EL LOCO TRÉLLEZ SOBRE NUESTRA FUNDACIÓN [EN TINTA ROJA]

Habría que bajarlos a tiros a todos aquestos mierdas que vinieron a saquearnos las costas. Qué barriletes ni barriletes. No harían falta tantos trabajos ni tanta hambre de no ser por esos malandras asesinos de niños y viejos. Me gustaría figurar con palabras toda la sangría que extendieron por los montes y los arroyos: cascadas de sangre, si es que se me permite la expresión.

Lo cierto es que el río era para nosotros. El monte y los brazos más fuertes para abrazarlo eran nuestros. Hasta que nos ganó el derrumbe. Nos sacaron las últimas gotas de sudor de la nuestra frente y cada vez que me acuerdo, Mandarino, me da una bronca que se me sube por acá. Como para ir a buscarlos y romperles el alma, si es que la tienen.

Plantaron bandera, como quien dice aquesto es mío. Y hay que verlos ahora, todos remolones en sus ranchitos de material, haciéndose grandes a costa de las nuestras espaldas que se inclinan hasta el suelo para caranchear un trocito de espina y roerla con los nuestros dientes de muerto que nos deja el agua del Paraná. Se me entrecorta el aire de decirlo. Ahí están los muy señoritos, tan felices, sonriendo con todas las sus muelas y nosotros hundiéndonos en este pueblo de momias.

Así nos plantaron bandera.

Es lo que somos.

 

 

Todas son palabras del Loco Tréllez.

ASÍ ES COMO DIJO MI VIEJO, MI POBRE VIEJO QUERIDO, SOBRE NUESTRA FUNDACIÓN [EN TINTA AGUADA]

Yo soy un hombre muy triste, Mandarino. Apenas me acuerdo de los días pasados en que tu mamá juntaba gajitos al sol. Vienen como esquirlas los recuerdos. Soy un hombre triste y solo, Mandarino, y ni siquiera puedo darte consejos para una vida que se me hace lejos.

Quien dice la palabra memoria me hace entrar en desconfianza. Hace tanto tiempo que ya no puedo asegurar quiénes éramos los otros. Los lugares no son claros. Nos hicimos de fragmentos, como quien quiere nombrar las cosas y dejarse arrastrar por ellas. Lo único que me queda es este modo de hablar al galope: un traqueteo gargariento que me humilla cada vez que desato la mi lengua. Se me dificulta la habla si me largo a contar. Por eso me quedo chito la mi boca y prefiero y elijo y decido que no.