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Mapas inútiles sigue a José Ángel, un joven quien a partir del descubrimiento de una novela titulada Los cosmonautas del fin del mundo, escrita por su padre, emprende un viaje impulsándolo a investigar a un hombre que nunca conoció, pero cuya influencia parece definirlo. Acompañado por Itzel, una joven astrónoma con sus propios fantasmas, José Ángel se dirige hacia Tampico, una ciudad famosa por los avistamientos ovni y hogar de su padre, con la idea de encontrar respuestas. En esta novela, el road trip es el trasunto de algo más: los temores, dudas y el peso de las relaciones familiares fracturadas de ambos personajes. Itzel, más pragmática y desencantada, lo empuja a enfrentar los miedos que lo paralizan, mientras ella misma busca reconciliarse con su propio pasado. Carlos Ferráez es dueño de una destreza narrativa y un tono que oscila entre el humor ácido y la reflexión profunda, evocando el estilo irónico de Roberto Bolaño, Kurt Vonnegut o José Agustín. La Ciudad de México y los paisajes de Tampico son entes vivos que vibran con intensidad. Ferráez despliega personajes y situaciones como quien está seguro de su mano de póker. Y aunque a menudo absurdos, José Ángel e Itzel están impregnados de una verdad universal: el anhelo de pertenencia y sentido.
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CARLOS FERRÁEZ
Derechos reservados
© 2024 Carlos Ferráez
© 2024 Almadía Aljosan S.L.
Calle Alberto Bosch, 9
28014, Madrid, España
www.almadiaeditorial.com
@EdAlmadiaEs
@edalmadiaes
Edición digital: enero de 2025
ISBN: 978-607-2631-02-1
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Hecho en España.
Adrift in a white ocean of doubt.
Malcom Lowry
…tengo la impresión de que ahora somos dos dibujosanimados recortados sobre un fondo real.
O tal vez no tan real.
Roberto Bolaño
Cuando nació Paula, la trajeron a casa en una caja de vidrio grueso, porque era muy frágil. Ven a conocer a tu hermanita, dijo mamá entrando al departamento en silla de ruedas. Entonces yo no sabía que Paula era mi media hermana ni hubiera sabido qué significaba el concepto. Eso lo supe algunos años después, cuando mamá y Pedro me dieron cita en la mesa del comedor mientras atardecía. Yo había estado jugando futbol en el patio y creí que me iban a regañar por darle de balonazos a la pared del vecino de la planta baja. Ya tenía preparada la justificación. No, mamá, es que los tiros de esquina me salen muy fuertes. Así me enseñaron en educación física y si no los hago así, después, cuando juguemos de verdad, vamos a perder. Pero antes de que pudiera hablar, mamá me dijo Siéntate y me senté, y dijo ¿Quieres agua? Y yo dije Agua no, pero te acepto un Seven-up, y habían hecho unas quesadillas y olía a tortilla quemada aunque no había quesadillas en la mesa, solo vasos con agua, y Pedro fue por el Seven-up a la cocina y después solo habló mamá mientras Pedro permanecía parado detrás de ella con las manos sobre sus hombros, marcando desde entonces una asimetría en lo que habría de convertirse en la relación con mi padrastro y la de él con mamá respecto a mí. Mamá empezó haciéndome un cumplido. Dijo que ya estaba grande y que tenía que empezar a saber cosas de grandes y entender que el mundo y el amor son complejos, que no hay caminos buenos ni malos en la vida, solo caminos recorridos. Yo no entendía nada, pero me pareció lindo el paralelismo entre la vida y el amor, y mamá siguió hablando mucho rato sobre la familia y los vínculos y el significado de la convivencia y me dijo muchas veces cuánto me quería, creo que ocho, y que Pedro me quería también. Y Pedro solo cerraba los ojos y movía la cabeza diciendo que sí, como si se hubiera quedado mudo, y a veces me veía a mí y otras solo se miraba los dedos o las agujetas, aunque ahora que lo pienso, en aquel entonces seguro que ya usaba esos mocasines azul marino que todavía andan dando tumbos por la casa. Y así seguimos, o siguió ella, mientras yo trataba de hacerme el entendido, hasta que dejó de dar vueltas y fue al asunto medular con una frase que me pareció interesante e interpreté como información que yo ya conocía, o por lo menos así lo recuerdo. Pedro es tu papá porque te quiere y está en tu vida, pero no es tu papá de verdad. Así lo dijo o así lo recuerdo, y después rectificó Más bien sí es tu papá de verdad, pero no es tu papá biológico. Y yo cada vez entendía menos y tenía más preguntas, pero quería aparentar que lo entendía todo y que estaba a la altura y que no se tenían que preocupar por mí. Entonces no pregunté nada de nada y mamá concluyó Bueno, ahora démonos todos un abrazo y vamos a cenar, y los dos me abrazaron. Luego bajó Paula que seguro no se había enterado de nada y comimos quesadillas y Pedro se comió la que se había quemado, mientras contaba la historia de unos niños que se perdían en una cueva y no podían encontrar la salida.
Ahora todo me parece una especie de entrevista de trabajo, la primera de mi vida, en la que me entrevistaban a la vez para la posición de hijastro, medio hermano, hijo bastardo, fuereño o foráneo o forastero, y con el tiempo, lejos de asimilarlo, lo interpreté como que había fallado en la entrevista y solo me quedaba la opción de caer en el molde de desadaptado, hijo rebelde, hijo sin padre, hijo de padre ausente. Un clásico de la literatura y la silver screen.
Creo que mamá y Pedro tenían un acercamiento muy moderno en su estilo de crianza, no me imagino a ninguna otra familia dándole esa cantidad de información a un niño de once años. Me parece casi una transferencia de responsabilidad sobre un hecho consumado. Quiero decir, ¿qué esperaban de mí? ¿que entendiera por qué Pedro era más cariñoso con Paula que conmigo? No es que me queje, solo me cuesta trabajo entender.
Pedro nunca me trató mal. El único violento en la casa fui yo. Algunos años después de esa conversación, cuando cumplí quince, fue la primera vez que quiso regañarme y yo le respondí con el cliché peliculesco Tú no eres mi papá, y le agregué, para darle un toque chilango y salir del lugar común, un Pendejo, y me ahorré, por una casualidad universal el, Nalgasmeadas que se me formaba en los labios, por lo cual, en retrospectiva, me merecía una buena cachetada. Pero Pedro solo me miró un buen rato y me dijo Bueno, José, nos vemos para cenar. No olvides que te toca traer pan. Y se largó. Después me miré un buen rato en el espejo del baño y también me largué y no llevé pan ni regresé a la casa en dos días.
–¿Ese güey escribió una novela? –le pregunté.
–Es más como un cuento largo.
–¿Y cuál es la diferencia? Pudo haber escrito el Quijote mexicano y sería igual de irrelevante para mí. –Mi hermana me miró de arriba abajo y luego se puso a ver su celular, evidentemente incómoda. Me recordó al día en que le conté que estaba saliendo con su mejor amiga, Lola. En las dos ocasiones adoptó una actitud que no sabría decir si era de decepción, de incomodidad o de indignación; como si desaprobara todas las elecciones que hacía en mi vida.
–Cuéntame cómo me beneficia leerlo, o dime por favor cómo mejoraría mi vida sabiendo algo de la suya –insistí por joder, y entonces explotó–: haz lo que quieras, José Ángel. Al final yo no le pedí a mamá que me enseñara el pinche librito ese. Yo creo que ni ella sabía que lo tenía ahí arrumbado, pero ya que lo encontré, me pareció que tenía que hablarlo contigo antes que con ella. Ya ves cómo se pone.
Cuando Lola, su ex mejor amiga, me sacó definitivamente de su vida, también le dejó de hablar a Paula y yo creo que mi hermana nunca me lo perdonó. Aunque en mi opinión le hice un favor.
–Ta bueno. Lo entiendo, pero no tengo ningún interés en leerlo, muchas gracias.
–Mira, yo te lo voy a dejar aquí y ya tú decidirás qué carajo haces con él y si quieres platicarlo con mamá o no… Por mí quémalo o regálaselo a tus amiguitos poetas. Me da igual. Yo ya lo leí… y creo que está bien, o más bien creo que te haría bien leerlo. –Pensé en seguir con el drama, aventarle el libro antes de que pudiera cerrar la puerta, pero me sentí mal por ella. Al final del día se preocupa por mí y el hecho de que yo no conozca a mi padre, y mamá sea una secretiva, no es culpa suya. Dejé el libro sobre la cama. No me atreví ni a tocarlo.
Cuando éramos niños, Paula y yo inventamos el ñolespá para poder hablar sin ser entendidos por Mamá y Pedro. Consistía en pasar la última sílaba de cada palabra al principio de la misma. Eso lograba que nuestras conversaciones fueran lo suficientemente encriptadas como para poder comunicarnos solo entre nosotros. Los monosílabos solo se decían al revés. Nos decíamos cosas como ¿Ay tevis eq Drope netie al sacami vesalre? o Et sopa sim teschayo y em saspa sut casespina? o Mamá on requie eq gasal noc al cibi, ledi eq et velle la quepar. Paula siempre me ayudaba a salirme con la mía y nunca me pedía ayuda. Más bien nunca tuvo el impulso de hacer las cosas a escondidas. O nunca tan intensamente como lo tuve yo.
En la tarde fui al Teatro Lúcido a ver a quién me encontraba. Estaba vacío, se había cancelado un concierto y terminé tomándome un mezcal con Malena, que se encarga de la agenda cultural y es medio bruja. Ese día no me animé a que me leyera el tarot, y cuando digo que no me animé es porque me quería cobrar quinientos varos. Acabé contándole lo del libro, lo de mamá y lo de Paula. Ella me dijo que la energía familiar estaba rara, que la luna en Tauro estaba pasando por la quinta casa, o algo así. Y después me dijo que no debería darle el poder de afectar mis relaciones actuales a alguien que no está en mi vida por elección propia, y que ser parte de una familia es un privilegio que se gana, no se da solo por ser consanguíneo de alguien. Me pareció muy sabia con todo y lo de lo de la quinta casa y luego hasta me invitó el mezcal, muy buena onda.
Regresé a casa y el libro seguía ahí, sobre la cama. Solo de verlo me regresó el mal humor. En vez de guardarlo en el cajón y seguir con mi vida, lo dejé donde estaba, sin siquiera tocarlo y me fui al sillón de la sala e intenté pensar en otra cosa. Los cosmonautas del fin del mundo. El título ya me parecía pretencioso y además plagiado.
Desde que atropelló al Gummo, mamá y yo no habíamos hablado. Sé que fue un accidente, pero ese perro fue mi único amigo mientras viví en esa casa. El día que se me ocurre encargárselos se lo cargan. No me chingues. Y Pedro, en vez de pedir disculpas, excusó a mamá. Estaba cansada. Ha tenido mucho trabajo.
Todos tenemos problemas, Pedrito, y no vamos por la vida atropellando perros ajenos. En fin. Gummo está muerto y yo no le hablo a mamá.
El día que comí con ellos estaban particularmente complacientes. Paula se había ido a casa de una amiga y solo estábamos los tres. Mamá iba y venía de la sala a la cocina a la mesa. Me pareció que evitaba estar conmigo demasiado tiempo. Pensé que Paula le había contado el incidente del libro y la entendí a la perfección. Es un tema que yo tampoco quiero tratar con ella.
Al final fue Pedro quien se atrevió a sacar el tema a colación y lo hizo de la manera más incómoda posible.
–Josecito –así me dijo, así decidió empezar la conversación–. Nos contó Paula que estás leyendo el cuento de tu papá.
–Es una novela corta –me sorprendí respondiendo–.
–Ten cuidado con esas cosas. Yo no lo he leído, pero creo que la mesura y la precaución son importantes… No te voy a decir que no lo hagas, solo te voy a aconsejar prudencia. Además, está tu madre, y ya sabes cómo se pone.
No entendí qué carajo quería decirme con “prudencia, mesura y precaución” y tampoco con “ya sabes cómo se pone”. Estoy seguro de que si mamá lo hubiera escuchado diciendo esas palabras, tampoco le parecería gracioso.
–Es como decía Whitman, –continuó–. Mantén la cara hacia el sol y las sombras caerán detrás de ti. –Yo creo que esa frase ni es de Whitman. Y quién chingados cita a Walt Whitman en una conversación casual. Me surgió esta duda: ¿Whitman era Whitman por su capacidad inventiva? Quiero decir, ¿venía de un largo linaje de Wit-mans?
–No te preocupes. No tengo ninguna intención de leerla –respondí casi al tiempo que aparecía mamá viniendo de la cocina. Evidentemente había estado escuchando toda la conversación.
–Mejor así, mijo. Son puras fantasías. No sé ni por qué guardé esa chingadera.
En YouTube uno puede investigar cómo hacer beatboxing con el traductor de Google, cómo masajear debidamente a una zarigüeya y escuchar un mix de cinco horas de “Música relajante para conejos, hámsteres, perros y gatos”. Google tiene registros de búsquedas como “¿Dios es celoso?”, “Por qué me gusta comer tierra” y “Mi madre es un duende”. Esto solo me conduce a la conclusión de que en internet se exacerban las rarezas de la humanidad y se vuelven mucho más accesibles, tanto, que se puede encontrar casi cualquier excentricidad en la que se pueda pensar, no importa qué tan de mal gusto sea, creo que por eso, al teclear en el buscador “Los cosmonautas del fin del mundo” y escrolear un par de resultados, encontré un grupo en Facebook de fanáticos de la novela. La foto de perfil era la portada del libro y había seis miembros registrados.
El grupo parecía llevar dos años inactivo. Tres de los miembros no tenían foto, ni información más allá del nombre de pila. En realidad, parecía que la página no había arrancado nunca, porque además de la foto de perfil no tenía ninguna publicación relacionada con el libro ni con literatura. Tuve que llegar hasta la primerísima publicación histórica del perfil para encontrarme con lo que intuí era la primera frase del libro “Anoche soñó con huracanes…”. La persona que había posteado la frase era una estudiante de astronomía en la unam. Se llamaba Itzel.
¿Qué se sentirá tener nombre de corrido revolucionario? ¿O de novela de Ibargüengoitia? La verdad ese es un chiste que le robé al propio Pedro, que se llama Pedro Aguilar. Una vez lo escuché diciéndole a mi madre que en una oficina lo trataron mal por tener nombre de judicial.
Yo creo que me hubiera caído bien hace veinte años, en otro contexto y si no fuera tan mandilón. Lee un montón de poesía, tiene fotos de joven haciendo teatro, y en mítines estudiantiles y políticos y en el equipo de atletismo de la unam. Conoció a mamá en la universidad, pero no se casaron hasta que Paula cumplió ocho años y yo once, poco después de la conversación sobre los padres falsos y los verdaderos, quizá mi madre puso esa conversación como un hito que debían de hacer antes de casarse. No tengo ningún recuerdo de mi vida antes de que él y mamá estuvieran juntos. Creo que hay buen material para alguna tesis sobre los que tenemos papás militantes, sobre todo en México. Algo como: Mis papás fueron militantes de izquierda y ahora defienden el gran capital: una tesis posdoctoral. O quizá: Destinos trágicos de la izquierda mexicana: Lecumberri o dos hijos y un departamento en la Nápoles, un acercamiento.
Siempre me ha parecido patético ligar por internet. Me cuesta mucho trabajo hilar conversaciones que no se sientan o se lean forzadas en la pantalla del teléfono, peor si es por la pantalla de la computadora. No sé si el proceso es más sencillo en persona, definitivamente no usaría ese calificativo, pero es menos ridículo.
La primera vez que le escribí a Itzel no supe qué decirle. Solo puse “Hola” y esperé a que me contestara. Me quedé esperando tres días. Obviamente, si llegó a abrir el mensaje, pensó que era un güey cualquiera que vio a una morra guapa en Facebook y le escribió para mandarle fotos fálicas, esos comportamientos también se exacerban con el internet. Aunque, es cierto que si no me hubiera parecido guapa, probablemente no le habría escrito para preguntarle su opinión/relación con el libro. Escribí otro mensaje que envié en paralelo con una solicitud de amistad. El mensaje era mucho más elaborado, innecesariamente explicativo, revelador y, ultimadamente, mucho más freak. Tanto, que me arrepentí después de haberlo mandado y estuve seguro de que no iba a obtener respuesta. Después de un par de horas, le mandé un tercer mensaje y ya no pude parar:
01/05 – 15:15
Hola
04/05 – 22:13
Hola, Itzel. Sé que no nos conocemos. Me llamo José Ángel y te escribo con una pregunta un poco extraña ¿Conoces el libro Los cosmonautas del fin del mundo? Recientemente llegó a mis manos una copia y me pareció interesante. Me gustaría saber tu opinión.
04/05 – 00:20
El güey que lo escribió es mi papá.
04/05 – 13:00
Déjame empezar de nuevo y contarte la verdad, o algo parecido a la verdad… El libro no me parece interesante, me parece patético, la ciencia ficción me parece infantil y aburrida. Pero mi juicio debe ser tomado como lo que es: una opinión sesgada, porque al tiempo que descubrí el libro me enteré de que el autor es mi padre biológico, de quien solo conozco las evasivas explicaciones de mi madre. La verdad es que no me atrevo a leerlo y prefiero preguntarle a una desconocida en Facebook su opinión. Nada más. Si tienes tiempo/ganas, avísame y platicamos sobre el fin del mundo y los padres ausentes. Saludos.
04/05 – 13:05
No sé por qué terminé el mensaje anterior como correo de oficina, sustitúyelo mentalmente por un: Si tienes tiempo/ganas, avísame y platicamos sobre el fin del mundo y los padres ausentes. Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos.
04/05 – 13:09
Saludos.
04/05 – 13:11
José Ángel.
La última vez que vi a mamá, pasó por mi cuarto y me dijo ¿Cómo vas en la escuela, flaquita? ¿Te molestan los otros niños? Yo le dije que no, estaba medio dormida. Ella me dio un beso en la frente y la abracé sin entender bien qué estaba pasando. No volví a pensar en ese momento hasta años después, cuando me propuse recordar qué nos habíamos dicho esa noche. Se lo conté a Dani, a ver si su experiencia había sido similar, pero evadió la pregunta, como es su costumbre.
A veces siento mucha simpatía por mamá, y la imagino viviendo su mejor vida, donde sea que esté. Otras veces me duele mucho pensar que me dejó sola con ellos; con papá y con Dani, que van por la vida y se creen que nadie les va a decir nada. Que nadie les va a señalar sus actitudes nocivas y lo desubicados que pueden llegar a ser (En pocas palabras, son súper idiotas y parece que no lo saben). Mi hermano va por ahí, con bandera de progresista, pero se para de la mesa después de comer y no hace el más mínimo amago de hacerse cargo de sus platos. Papá por lo menos lava el suyo, pero no le dice nada a Dani, y tampoco lo recoge él. Los dos dan por hecho que, porque se fue mamá, es responsabilidad mía hacerme cargo del desmadre de ese señor, porque ya es un señor. Mamá recogía nuestros platos, los de los dos, cuando éramos niños, pero Dani dejó de ser niño hace más de una década.
La tarde en que me quejé por enésima vez, papá dijo que si era tanto problema para mí, él lavaba el plato, como si el problema fuera ese plato en específico. No quise desperdiciar más saliva discutiendo. Saqué el celular y vi que me habían llegado muchos mensajes de un desconocido en Facebook, un tal José Ángel. Ni idea. Me había escrito hace días y yo lo había ignorado porque sus mensajes parecían los de un loco. O sea, los primeros eran más o menos normales: un Hola, que pasé por alto porque llegó a una sección de solicitudes de mensaje que yo ni conocía. Después (tres días después), y solo entonces me di cuenta de que me había escrito, me preguntó sobre un libro que yo leí hace mil años. Finalmente, una debacle. Un discurso sin sentido en el que hablaba mal de su mamá, mencionaba un padre de alguna manera ausente y a un padrastro. Yo lo leí toda perpleja y solo pensaba tipo: No te conozco.
No sé bien por qué le contesté, si por buena onda o por lástima. Me pareció triste no hacerlo porque había expuesto mucho su situación familiar y porque la gente está muy sola y eso a veces me pone triste. Siendo completamente honesta, tiró un chistecito al final que me pareció tierno y me dieron ganitas de conocerlo. Así que le contesté:
Hola, José. Yo leí ese libro hace muchos, muchos años. Me acuerdo de muy poco y no sé qué le pasó a la copia física. Qué mal lo de tu papá, ojalá que lo encuentres.
Intercambiamos algunos mensajes más y ahí empezó a caerme bien. Estuvimos unos días hablando on and off primero por Facebook, luego por Instagram y finalmente por Whatsapp. Hicimos todo el recorrido digital y me gustaron algunos de sus tuits y sus fotos. Ya sabía bien cuál era su situación familiar cuando me invitó a tomar un café en la San Rafael.
Fui, aunque tenía muy claro que yo no iba a poder ayudarlo. Tal vez fui porque me gusta conocer gente nueva, la sensación de que aún existen posibilidades abiertas. Soy enemiga del determinismo. De niña me encantaba cuando llegaba un alumno nuevo al salón. Era divertido ver cómo cambiaba la dinámica. Me sentía como si nos hubieran puesto a todos en medio de un experimento social. Tanto mis compañeros como los maestros se comportaban distinto, medio misteriosos. Se repensaban sin explicitarse las dinámicas entre personas que llevábamos varios años de convivencia diaria. La figura desconocida lograba, sin proponérselo, que todo se moviera alrededor de ella. Se creaba un aura de misterio que conllevaba un pequeño tufo de desconfianza o de cautela, de mucha observación. Casi podía escuchar los pequeños engranajes de los cerebritos infantiles de mis compañeritos tratando de clasificar, de descomponer en elementos básicos y entendibles la complejidad de un niño asustado y expuesto a nuestras garritas depredadoras. Después de un poco la novedad se disipaba. Triunfábamos en clasificar al individuo, alguna tribu lo adoptaba y, como pasa siempre, el misterio se convertía en cotidianidad.
Llegué al café quince minutos más temprano de la hora acordada. Me dediqué a observar, a imaginar posibles cuadros (el club sándwich a medio terminar sobre un plato con una colilla de cigarro fue mi imagen favorita: naturaleza muerta, casi un cuento visual).
Cuando llegó José Ángel, se veía agitado. Venía medio despeinado y con la chamarra mal acomodada. Me sorprendió admitir que se veía guapo. Más que en las fotos de sus redes sociales, donde me pareció meh. Lo primero que hice fue burlarme de sus mensajes, para diluir la tensión.
–Qué onda. ¿Cómo estás? Gracias por venir. No estaba seguro de que fueras a venir –dijo.
–¿Qué, por tus ochenta mensajes de asesino serial?
–Bueno, entre otras cosas.
–Ah, ¿sí? ¿Cuáles?
–Bueno, no sé. Principalmente por los mensajes. Fueron medio raros ¿no?
–¿Medio?
–Bueno. Fueron raros, lo admito. Pero conocer gente siempre es un proceso extraño, ¿no crees?
–Puede ser.
–Sí, puede ser.
–También se me pasó por la cabeza que no ibas a ser tú…
–¿Cómo? ¿Creíste que te estaban catfisheando?
–Sí, o no sé. Tuve un momento de paranoia. ¿A ti no se te pasó por la mente?
–Obvio, ¿quieres que te relea tus primeros mensajes?
–Mejor no –dijo sonriendo–. ¿Entonces por qué viniste?
–Por curiosidad.
Luego se sentó y pidió un té de manzanilla con leche y canela, que me pareció una elección extrañísima. Algo que tomaría mi abuela. Encima de todo le puso endulzante. Yo pedí un americano y no sé en qué momento pasamos a hablar de películas y de lugares bonitos de nuestras colonias. La verdad me cayó bastante bien considerando lo extraño de nuestro primer encuentro digital. Yo estaba esperando a que sacara el tema del libro, aunque ya le había adelantado que no sabía mucho. Creí que iba a estar tipo, interesado de verdad. En un momento sospeché que quizá lo del libro era una excusa y estábamos en una cita. Como si nos hubiéramos conocido en Tinder. Qué bien.
Tuve mi primer novio a los diecisiete años. No fui tan precoz como el resto de mis compañeras de la prepa. Me interesó esa parte de la vida muy tarde, según ellas. Me acuerdo perfecto que a los catorce mi mejor amiga, Brenda, me dijo que le había dado un beso a un güey que iba dos años arriba que nosotras. Qué puto asco, fue lo que pensé, porque para decir groserías sí fui muy precoz.
Después fue como si quisiera recuperar el “tiempo perdido”. Muchos novios en poco tiempo, muchas malas experiencias, mucho sufrimiento adolescente. Mi primera experiencia sexual “real” fue a los dieciocho y con Brenda. Tuvimos una relación breve, muy hermosa y muy terrible, siempre a escondidas de nuestros papás. Aunque para ese tiempo mamá ya se había ido y papá no prestaba mucha atención a lo que nos pasaba. Así que fue más bien a escondidas de sus papás y de mi hermano, que siempre ha sido un chismoso. Sus papás eran súper cristianos, o son… siguen vivos. Yo creo que no les hubiera caído bien enterarse de que a su hija le gustaban las morras. Yo no sé si me interesaban las morras, a mí me gustaba Brenda. Y la quería muchísimo. Ahora ya no nos hablamos.
Me fascinan las figuras trágicas. Los futuros prometedores que terminan en un llanto solitario en algún estacionamiento. Como Prince (el artista anteriormente conocido como Prince) muerto en un elevador o José José intentando cantar con esa voz destartalada que le dejaron tantos años de Bacardí y concierto tras concierto sin descanso. Mi favorito yo creo que es Gorbachov, que nos regaló, y esto lo digo intentando no sonar exagerada, la oportunidad de la vida sin un holocausto nuclear. Me parece trágico que todo el mundo lo recuerde, si es que lo recuerdan, como el gordito blandengue que no pudo mantener unida a la urss. Sé por un documental muy bien hecho que, de toda la historia de su vida, solo lamenta la prematura muerte de su esposa… un estoico hecho y derecho, o tal vez el arquetipo andante del ser soviético.
Hubo unos meses (un año entero en realidad) en el que me dio por pintar sus retratos. Compré unos lienzos chiquitos y unas pinturas acrílicas y me puse a pintar a mis íconos trágicos favoritos. Como el único requisito era que a mí me parecieran trágicos, me daba bastantes licencias. Mi papá dice que siempre he sido buena para dibujar. A los doce o trece, después de que mamá por fin se decidió a dejarnos, hasta me metió a clases. Solo conservo un bloc de dibujo con bocetos de figuras humanas y animales. Es de mi época más emo, entonces todo son mujeres o figuras andróginas con flecos largos y rímel exagerado y tatuajes, o corazones anatómicamente correctos que botan sangre y la sangre se convierte en textos cursis, poemas sobre amor y soledad y otras temáticas adolescentes, demasiado cursis para andar repitiendo. Papá opinó que mis dibujos se parecían a mamá y que no le gustaban. Yo creo que soy yo la que le recuerda a ella y no sé qué conclusión sacar al respecto.
Me hice de una pequeña colección de cuadros. Primero solo medios planos, o sea, retratos del pecho para arriba que copiaba de fotos que encontraba en internet. Después me puse más creativa y pop y pinté a Juan Gabriel cayéndose del escenario, a Lolita Ayala ahogándose con un gallo a medio noticiero (por aquella vez, la famosa, la del video viral), y luego hice una pequeña historieta en la que destruía su traje de satín y quedaba medio desnuda, medio amazónica, y luchaba a muerte contra un gallo que a veces parecía animal y otras un moco con forma animal. El gallo, que se llamaba Phil Barrera y era narco, quería impedir que Lolita terminara de dar la información que (intuíamos) lo incriminaba.
La pelea tenía lugar mientras ella, fiel a su oficio periodístico, se esforzaba por mantener la profesionalidad y llegar al final de la nota.
También hice uno de José Agustín recluido en su casa en Cuautla y otro de Octagón gordo y desempleado (ese lo saqué de un sueño). Pero mi favorito era (y sigue siendo) el de Gorbachov tomando del brazo a Mimí. Me enteré hace poco que solo en México le decimos Mimí a Minnie Mouse, incluso en el resto de Latinoamérica le dicen Minnie o de otras formas que ahora no recuerdo.
Ese cuadro lo tengo todavía en mi librero. Junto a la sección de astronomía. No está colgado, solo recargado contra la pared y lo miro antes de dormir. Si todavía rezara, le rezaría a ese par porque me parecen poéticos, el encuentro de dos mundos. La representación gráfica del final de la Guerra Fría y el inicio del capitalismo tardío, todo eso, poquita cosa, resumido en una imagen.
A veces quisiera retomar el hábito de pintar. Creo que para hacerlo solamente me hace falta otra temática como lo fue “figuras trágicas de los dosmiles”, quizá ahora pueda empezar mi colección de astrónomos que se volvieron locos. También me parecen fascinantes.
No aguanto a papá. Yo creo que ni él se aguanta. Se pone súper intenso de repente. Se toma solamente un vasito de tequila o de ron y me pregunta si me ha escrito mamá últimamente, que si sé de ella y que si le diría si supiera. Eso me enoja por dos razones. La primera, porque está tan perdido que cree que todo gira alrededor de él, y la segunda, por asumir que mamá me escribiría. Esa es la que más me duele, porque no sé ni cuánto tiempo llevo sin hablar con ella. Otras veces, apenas vuelve del trabajo prende la televisión y se pasa horas ahí. Con la mente en un trance. Dani por lo menos finge no vivir aquí. Se la vive con sus amigos y dice que se paga un estudio, pero es un cuartucho en la colonia Guerrero. Yo creo que a veces duerme en el taller de coches con tal de no llegar a casa. Y mejor, porque cuando viene se la pasan gritándose. Papá fluctúa entre esos dos estados: el maniático depresivo con toques de megalomanía; y la completa disociación que lo lleva a pasar horas y horas sentado viendo cualquier cosa en la tele. No recuerdo un momento de mi vida donde haya sido de otra manera. Quiero pensar que sí, que en algún otro momento fue distinto, que cuando estaba con mamá era más feliz, más él mismo, pero la verdad es que por más que intento recordar no puedo. A veces pienso que mis recuerdos familiares empiezan cuando se fue mamá, tampoco me acuerdo mucho cómo era nuestra vida antes. ¿Fuimos felices? ¿En algún momento fuimos una familia que hacía viajes y se abrazaba?
