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ZPU fue consciente de lo que era el mundo el día que su madre le despertó a media noche temiendo por su vida por los golpes de su padre. Él era solo un niño. Le sucedieron peleas callejeras, adicción al alcohol y más noches que días en un bucle que le hizo perder la noción del tiempo. En este libro no solo se recogen poemas y fotografías de la vida del rapero, sino que por primera vez, en una decena de capítulos, ZPU nos invita a dar un paseo por parte de su vida, en la que nos cuenta en primera persona quién es, qué pasó, cómo y por qué.
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Primera edición: noviembre 2018
Textos: © ZPU
Diseño portada: © Fabio Trevisan
Fotografía solapa: © Laura Norte Bartolomé
© MueveTuLengua
ISBN: 978-84-17284-72-5
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muevetulengua.com
El dolor no es parte de la vida,
se puede convertir en la vida misma.
Frida Kalho
PRÓLOGO ZPU
Este sí es un libro de poemas
Aunque no solo. Es mucho más.
Es cierto que se trata de mi primer poemario al uso y que en él podrás bucear reflexiones y visiones poéticas, versos que dan forma a mis puntos de vista y vivencias reales, a los sentimientos y emociones de los episodios de mi vida, pero, hace un tiempo me di cuenta, con una claridad cristalina, de que mi relación con aquellxs que me leen o me escuchan es diferente a la habitual. Hay quien me pone en un pedestal e idealiza la figura pero, en general, vosotrxs me sentís de otro modo. Y a mí me sucede igual.
En estos años he percibido que, francamente, nos une un vínculo auténtico, una experiencia común repleta de refugios, sueños, inquietudes, temores y deseos.
De esta sincera y aguda huella que nos dejamos nace el planteamiento de que en esta ocasión puedo aprovechar para contarte cara a cara, hoja a hoja, quién soy, qué me ha pasado, cómo y por qué. Creo que debemos sentarnos a charlar en confianza, como hago con las personas de mi círculo más cercano y diario, y explicarte mi historia sin las limitaciones de un ritmo o los recursos literarios de la poesía.
Cuando escribo siempre (me) comparto tal como es, o como fue, pero hasta hoy no ha dejado de perseguirme la sensación de que en algún punto, por minúsculo que fuera, tropezaba con un recóndito escondite, una diminuta guarida en la que contener un matiz, un grado.
Este sí es un libro de poemas, y de imágenes y capítulos de mi vida contados con honestidad, sin subterfugios. Los escribo tal y como los recuerdo, siendo consciente de que el tiempo, las maletas repletas, hambrientas de olvido de algunos acontecimientos, y la degradación y distorsión natural de la memoria, logran deformar la exactitud de los pasajes que hoy comparto contigo.
A pesar de ello, cualquier parecido con la realidad es pura circunstancia.
He vestido heridas sangrantes que anhelan sanar. Esta es mi venda. Mi hilo.
1. La llegada
Dicen que no me movía al nacer. Que tal como aparecí en este mundo estaba completamente quieto. Y que se asustaron. El doctor, las enfermeras, los anestesistas, mi padre… No tengo duda de que mi madre fue la que sintió el mayor de los miedos. Su nombre es María del Carmen, pero ya tendré ocasión más adelante para hablaros de ella, más allá de su nombre.
De primeras creyeron que había nacido paralítico. No me hago a la idea de lo que debió sentir, tras haberme llevado largos meses en su interior y haberme querido desde que supo que iba a venir. Me ha contado esta historia varias veces, y lo que durante estos años quedó en una anécdota vital que compartir en familia tuvo que ser una experiencia tremenda en aquel momento.
En seguida me cogieron de sus brazos y me hicieron una visita guiada por aquel hospital para hacerme pruebas. Un ser tan pequeño que ya de entrada estaba por ahí dando tumbos, en manos ajenas y sintiendo el tacto de desconocidos. Nunca me había parado a pensar qué debí sentir.
Por suerte, en una de esas pruebas dieron con la razón de que no me moviera, de que hubiera saludado al planeta sin siquiera zarandear una mano, un dedo. Supongo que estaba demasiado a gusto dentro de mi madre, bien cuidado, calentito… así que durante el parto tuvieron que ayudarse de fórceps para hacerme salir, y en ese proceso me rompí la clavícula derecha. El instinto hizo el resto, y dije «Hola» tratando de protegerme del dolor de ese hueso roto, sin agitar un ápice de mi ser.
De los fórceps me queda una marca, un pequeño hoyo en el pómulo derecho que me he observado miles de veces a lo largo de mi vida y que me dice que sí, que soy real, que nací. Obviamente, no recuerdo vivir la rotura de mi clavícula, pero desde que conocí la historia se grabó en mí el pensamiento de que ya vine con tara de fábrica.
Adiós
Las asas de una pequeña maleta.
La arrastras por el pasillo de nuestro piso,
pretendiendo que, de alguna forma,
se ancle al suelo y te obligue a quedarte.
Pesa demasiado.
Carga con mis errores,
mis culpas
y un amor inaudito para Eros.
El que nos profesamos.
Tu equipaje cincela la cerámica
en dos surcos hondos,
insuficientes para frenarte.
Le grito a mi boca que hable,
a mis labios que se muevan,
a mis pies que me aúpen y corran,
a mis manos que se tiendan en tu hombro
y te convenzan de que merecemos
otra oportunidad.
Tu figura empequeñece en cada pisada
y carezco de capacidad de reacción.
Vas a cruzar esa puerta y vas a conocer a alguien.
A un chico.
Quizá a un camarero,
a un compañero de trabajo,
a un amigo de una amiga
...
y te va a gustar.
Os vais a gustar.
Y volveréis a veros a menudo.
Usarás las charlas con él como refugio cuando nos
[recuerdes.
Y te enamorarás.
No de golpe, lo harás como debe ser:
poco a poco y profundamente.
Han pasado años desde aquella puerta
y te he seguido pensando cada día,
has seguido dentro de mí.
Y eso me ha pasado factura.
He tenido otros amores, grandes amores,
pero que siguieras dentro de mí ha impedido
que los haya amado como debe ser: incondicionalmente.
Porque nunca me despedí,
nunca te dije adiós.
Adiós. Te quiero. Mucho.
La ciudad
Me va mejor por la derecha.
Por la vía lenta
en la que la pausa y el sosiego
son la norma.
La del que le cuesta,
la del torpe que cree saber más de lo que sabe.
Pero alcé la mano
y en lugar de un taxi
apareciste tú. Con vestido amarillo, bolso negro
y un cartel que desconocía hasta entonces,
en el que se leía: «Semiocupado».
Se puede estar libre o no.
Pero paraste igual.
Voy a CORRER a máxima velocidad
por el carril derecho de tus piernas. ME.
Estoy pisando el acelerador con tanta fuerza
que los bordes del metal candente
empiezan a marcar bajorrelieves en tu piel.
Carreteras que te cruzan,
venas que dibujan rotondas
en las que me extravío,
de las que no sé salir. Círculos.
Hay badenes en tu pecho que me incitan,
casi me obligan,
a bajar de marcha y deslizarme
lentamente sobre ellos. O me empujan
en saltos que apenas elevan unos centímetros del suelo,
pero me hacen sentir que vuelo.
Se puede estar libre o no.
Verde de completamente libre,
abierta, de ENTRA con todo, completo. ME.
De que te acomodes, de que hay espacio,
de «te llevo donde desees, no solo donde quieras ir».
Rojo de triángulo, de mírame desde la distancia
y acércate, como mucho, a cincuenta metros.
De «ni siquiera estoy dispuesta»
a que ABRAS. Ni para convertirte en un amasijo
de acero cálcico, presa de la prensa de tu alma. ME.
Ámbar sería lo más parecido, supongo,
a las indicaciones de tu cartel.
De «sí, pero no, pero sí». De «hasta aquí».
De «ándate con ojo». De «aviso».
De «me estoy guardando».
De «si decides pasar atente a las consecuencias».
De «el riesgo asúmelo tú».
De «sabía que ese muro estaba justo después»,
pero no tenías por qué saberlo.
Un leve crash en forma de onomatopeya
es incapaz de describir el golpe,
la profundidad de las heridas,
las formas inverosímiles que tomaron
mis articulaciones tras estrellarme contra él,
la piel en carne viva tras resbalar quince segundos
sobre tu cintura. Sal.
En sexta a fondo.
Inhalo tres caladas profundas
del humo blanco que nace en las fraguas de tus
[chimeneas,
que espiran tus labios
y huele a dulce de tres leches:
cacao, alquitrán y uranio.
Llego tarde y es la primera ocasión
en que me preocupa. Quiero fichar.
Un horario fijo. Y flexible.
Todo el horario. Caminar deprisa por tus aceras.
Y a media mañana detenerme
a no saber del mundo,
a leer las noticias en los pliegues de papel
de tus manos,
aprendiendo morse en los surcos y cicatrices
de tus yemas.
Se puede estar libre o no.
Estabas tan ocupada como libre eras,
eras tan hermética como suelta estabas.
No te construiste en un día
y tengo veinticuatro horas
para recoger el cobre de tus cubos,
vomitar con su olor,
regarte los jardines
y recolectar su miel con la punta de mi lengua.
Me va mejor por la derecha.
Por el carril lento.
Pero no tengo tiempo que PERDER. ME.
Protocolo
El número mágico es uno.
Decir que del amor sé poco
es insinuar generosamente
que hubo fecha en que me quise.
A mí.
Así que no sé si te quiero
pero sé que me da completamente igual.
Quizá seas mi media naranja,
mi alma gemela,
mi fragante limón,
remo de mi bote,
arena de mi naufragio.
Y me importa un rábano,
un pimiento,
un bledo,
un comino,
un huevo.
Tú y yo en una cocina diminuta
preparamos la mejor
ensalada de pasta
del mundo.
Yo pongo el michelín,
tú la estrella.
Soy un hombre de palabra(s)
que ejerce el veto
a que nos llamen
usando un término,
el que sea,
a que un vocablo
nos dé un nombre
que no elegimos
y nos ponga de rodillas
o nos acompañe con pasos
pequeños y lentos
hacia la pared,
donde estaremos obligados
a juntar las manos en la espalda,
las tuyas lejos de las mías,
a bajar la cabeza
y esperar el tiro de gracia.
Sé que me gustas.
Me atraes.
Me la pones dura vestida,
me erizas el cerebro desnuda,
me coses mi alma suicida,
tiras mi ropa en el Buda,
tu mente es hogar de acogida,
tus labios la miel más cruda,
en tu gesto descubro una vida,
en lo que siento no cabe una duda.
No tenemos un rollo.
No estamos prometidos.
No nos necesitamos.
No eres mi esposa.
No soy tu marido.
No somos anillos.
No somos pareja.
No somos novios.
No somos compañeros.
No sé si te quiero,
pero sé que me da completamente igual.
Porque
sí
somos.
2. Nombre
Me llamo Juan Francisco Prieto Sánchez. También me llamo ZPU. Soy el hermano menor de dos, el pequeño. Si eres el último en nacer siempre serás el pequeño, aunque cuentes treinta y siete y peines las primeras canas. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Te puedes escudar en tu hermano mayor y, de alguna forma, tus padres deben haber aprendido de su novata experiencia al criar a su primer hijo. Sí fue mi caso. Mi madre también me ha contado que yo no tuve que vivir de forma tan severa, al menos en mis primeros años, la educación estricta que dictaba mi padre. Dice que con mi hermano fue mucho más duro en sus primeros pasos.
