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Mariana es una historia basada en hechos reales, una dramática historia que ocurrió durante el trágico suceso de la Guerra Civil española de 1936. Una mujer logra sobrevivir de forma milagrosa a una ejecución llevada a cabo por actores represivos de su propio pueblo sin más motivo que una diferencia que tuvo con un personaje destacado de la represión meses antes de la declaración de la guerra. Dada por muerta, despierta dentro de una fosa común y escapa. Lo siguiente hará contener el aliento a los lectores porque la salvación de su propia vida la hundirá en un drama que la perseguirá y le hará soportar un insufrible dolor que le hará desear de nuevo mirar de frente a la muerte de la que había escapado. Esta novela narra lo que le sucedió a Mariana y cuenta cómo su propia muerte pudo ser más humana con ella que lo que vivió después...
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Eulogio Galán Moreno
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17965-70-9
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Mi gratitud a todos aquellos que de alguna forma me han ayudado a que esta novela vea la luz, con especial mención a Antonio Herrera Valderas por sus fotografías, Miguel Guerra Aguilar, Asesor Técnico en Memoria Histórica y Democrática de la Excma. Diputación de Cádiz, Francisco Trenado Castro, amigo que ha estado detrás de las correcciones necesarias no detectadas por mí. A Simón Candón, otro buen amigo, y a todos los que han estado esperando mi nueva novela que con tantas ganas desean. A todos aquellos que compartieron a mi lado el tiempo y el espacio.
PRÓLOGO
Mariana es una novela basada en hechos reales, juzgando estos a través del tiempo y la distancia. Sucedió en un pueblo del Bajo Guadalquivir, llamado Trebujena, como pudo haber ocurrido en cualquier otro pueblo de España, donde pasaron cosas llevadas por la demencia humana. El objetivo de esta novela es que se conozca una historia, de tantas que pasaron, para que nadie se olvide de un suceso que ensombreció la historia de España por encima de otro cualquier suceso que pudiera ocurrir sobre su suelo, la guerra civil de 1936, donde los poderes no repararon en el daño que iban a causar a un pueblo acorralado por la muerte.
La memoria de lo que ocurrió y la atrocidad alimentada del animalismo humano trajeron una barbarie de la que debemos aprender que jamás debería volver a repetirse. Cuando un hombre tiene grandeza en el alma es porque encontramos en él grandeza en sus acciones. Saber juzgar qué es lo más grande y lo más pequeño solo lo puede apreciar el alma. Para el hombre de corazón es una vergüenza huir de lo que pasó en 1936 y después. Es una vergüenza ocultar lo que sucedió pisando sobre un suelo plagado de muertos con una memoria de ojos cerrados. Aquello no fue justo. Bajo las armas murieron cientos de miles de personas, una gran mayoría inocentes y otra parte de equivocados, porque la guerra lleva impronta la naturaleza de injusta donde los que se creyeron ofensores y ofendidos no se diferenciaron al ponerse al lado de la muerte, una guerra llevada por los más bajos instintos animales como única parte vencedora sobre los valores de la razón de la naturaleza de los hombres.
Cuando el hombre obra desprovisto de razón olvida su bien supremo y se acerca a las pasiones que están más cerca de los instintos animales que del alma humana. Debemos preguntarnos si con el olvido de la memoria histórica no traspasamos los límites que nos asoman al origen primitivo, donde el vicio de la brutalidad lo lleva hasta su extremo más elevado. No hay que abrir viejas heridas, se dice, confirmando, los que defienden esto, que la herida no está curada. Entonces, ¿por qué no dejamos que nuestra naturaleza humana deje de sufrir combatiendo desde la razón y la espiritualidad aquella barbarie? Coincido con estos que es vieja, pero añado que golpea sobre millones de conciencias para que no se la olvide. Hasta que sobre el suelo que pisamos no haya un solo cadáver humano, y haya familias que aún los lloran, sin saber dónde fueron ejecutados y enterrados sus seres queridos, estamos lastrando la guerra civil hasta nuestros días, estamos lastrando nuestra miseria.
Nadie tiene derecho a pactar a favor del silencio de las voces del pasado. Ninguna sociedad puede permitir que se produzca una amnesia consensuada que provoque que se consienta olvidarse de su propia realidad, y menos en las sociedades donde se arraigan una superior creencia en la mística pervivencia del espíritu tras la materia una vez se muere. En este apartado resulta incomprensible que los que viven de educar en esta transformación de la conversión no abanderen y no sean los primeros en levantar la voz contra esta locura de no poner a todos los muertos en la misma línea de salida. Es increíblemente el mayor despropósito sobre su propia doctrina. Para muchos la muerte es solo un sueño interminable donde no hay nada, solo el agotamiento de la vida y oscuridad que no se termina nunca y partidarios de tomar antes, de la vida, todo lo que te ofrezca aun sin ser necesariamente moral. Pero, para otros, la muerte se les presenta como un comienzo completamente nuevo, creyendo que no es el fin y que, en un cruce de fronteras, el alma se despega del cuerpo y entra en un mundo espiritual.
Esté la verdad donde esté, la moral humana siempre respetó a sus muertos, y en este país estamos rompiendo esa norma mirando con indiferencia hacia otro lado o, en el caso de la religión, haciendo de ciega de nacimiento, ayudando a asfixiar con su ceguera al espíritu de los que creen en ella. Como he dicho antes, los hechos son reales en cuanto que las acciones así ocurrieron, no así la literatura del espíritu del drama donde este autor se sumerge en las profundidades de los mares bañados de los sentimientos de una madre, y da un paso más hundiéndose en profundas reflexiones para llegar a sus sentimientos humanos, llegando al alma de Mariana nadando por sus aguas.
He querido abrazar esta historia suplantando nombres reales de los protagonistas de esta masacre con otros que vienen de una creatividad espontánea como un acto voluntario procedente de mi pensamiento, donde ha mediado la reflexión y después de una madurada deliberación. ¿Y por qué? Porque esta historia no es una historia que solo pasara en aquel pueblo, pudo pasar en cualquiera de la geografía española, y los colores pudieron estar también en distinto bando porque las tropelías se cometían en ambos sitios.
Me he preguntado muchas veces si quería escribir esta novela y siempre la respuesta es la misma: «Entre el querer y no querer debe haber una preferencia reflexiva. La cabeza obra libremente pero a veces se deja llevar por la pasión y muchas veces no se resiste a la ira, pero subyugar al corazón es muy doloroso, tienes que dejarlo que intente llegar a los principios morales del hombre». Pero, por otra parte, también me preguntaba a dónde me conduciría esto. A veces he intentado abandonar arrojando el libro sobre la mesa, y pasaron días y meses sin escribir nuevas páginas, pero nunca conseguía apartar de él mi mirada. ¿Qué razón puedo dar para escribirla? Ninguna que no esté dentro de estos principios, el relato de una verdad conocida y otra desconocida. Un relato de muchos que ocurrieron y que hasta que no se hayan contado desde la imparcialidad y la razón, empezando por sanar la herida de la memoria histórica, recogiendo a nuestros muertos de un suelo frío al que fue llevado por la cólera y el odio, unos muertos que se vieron envueltos en la tragedia de una guerra que crearon unos pocos por intereses oscuros.
Si logro que esta historia se aprecie en su justo valor, habré conseguido que el lector se fije en lo más elevado que lo llevará a la altura de la moral, una moral que nos lleva a entroncar en la razón, que la vida es sagrada y la guerra es un daño consentido y alimentado por unos señores para que sufran los que están lejos del poder, de la riqueza, de los honores, de la gloria y enemigos de la belleza moral.
Esta novela está dedicada a las víctimas inocentes de la guerra, a todas aquellas que murieron en las bestiales represiones llevadas por el odio, estuvieran en el bando que estuvieran.
MARIANA
Eulogio Galán Moreno
INUNDACIÓN DEL GUADALETE
—¿Qué hora es, Juana?
—¡Las cuatro, Fernando…! —contestó asustada la mujer.
—Llevamos más de nueve días de fuertes lluvias y esto parece que no va a parar.
La lluvia arreciaba cada segundo con más fuerza y fue entonces cuando un poderoso trueno, con una avanzadilla de siniestros relámpagos que parecían querer romper el universo, abrió la cárcel del miedo.
—No he visto nunca llover de esta manera… —continuó la mujer con gran miedo al cambio de las lluvias.
Fernando miraba las lluvias torrenciales detrás del cristal de una ventana con el codo pegado a la pared y llevándose los pelos desde la frente para detrás, con síntomas de estar cada vez más nervioso. La lluvia parecía derramar un odio desconocido, atravesando con furia el fondo de las nubes sin dar tregua y torturando de una forma brutal.
—No me gusta esta lluvia que está cayendo torrencialmente, y menos con la compañía del viento huracanado del sudoeste. Cada minuto que pasa aumenta su intensidad. Tengo que salir y poner a salvo el ganado.
—¡No, Fernando! ¡El diablo se lleve a los animales, pero no salgas de casa! ¡Dios dispondrá! ¡En un rato puede amainar la tormenta y podremos recuperarlos y traerlos más adentro!
Mariana intervino en línea con su tía Juana, sintiendo cómo la casa parecía ser un juguete en el epicentro de la tormenta y cómo el aire aullaba a través de las frágiles paredes.
—¡La tía tiene razón, y además los animales poseen un sexto sentido que les ayuda en situaciones como esta, seguramente ellos mismos ya se han puesto a salvo! ¡Abandonemos también la casa, tío! ¡Todo esto me da miedo, el agua puede llegar hasta aquí si se desborda el río…!
A pesar de los ruegos de las mujeres, Fernando se iba montando cada vez más en el caballo de la histeria, gesticulando exageradamente y alzando la voz con una agitación en aumento. Quería participar en la tarea de la lucha contra la terrible tormenta en contra de la esposa y la sobrina que pedían evacuar el lugar buscando sitios más seguros. Pero el hombre creía y confiaba inocentemente en una posibilidad que no existía.
—¡Los mulos están trabados y a escasos doscientos metros del río! ¡Las aguas han tenido que llegar junto a ellos y el carro se encuentra en la misma zona! ¡No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo lo perdemos todo!
—¡No vayas, hombre de Dios…! —insistía la mujer cogiéndolo por la ropa y tirando de él para adentro.
Se liberó de ella y de la sobrina, que se puso frente a él con las manos abiertas limitándole el espacio. Fernando hizo uso de su fuerza física y apartó a las dos sin hacerles daño.
—¡Eres un insensato, tío! —gritó la sobrina, mientras la mujer se levantaba para intentar ganar la puerta antes e impedírselo.
Pero no lo consiguió. Fernando llegó antes y salió dando un fuerte portazo mientras le gritaba a su mujer.
—¡Juana, los animales y el carro son toda mi empresa, no puedo quedarme quieto mientras veo que el río se los lleva! ¡Quedaos aquí y cerrad todas las puertas y aseguraos que las ventanas estén bien cerradas también! ¡Estaré aquí de nuevo en tres horas, antes que anochezca!
El hombre hizo un giro brusco y se dirigió a un cuarto trastero aledaño a la vivienda y cogió unas botas negras de agua y se las puso con rapidez increíble por la fuerza que empleó, agarrando, del mismo lugar, una vieja manta que su colocó sobre la cabeza.
—¡Tío, no estás viendo el peligro! ¡No puedes tomar decisiones sin prestar atención a la gravedad de lo que está ocurriendo, no seas loco, tío Fernando…! —intervino la joven Mariana abriendo una ventana, pero ya no era escuchada; en mitad de la frase el tío había desaparecido en la tormenta.
Mariana era una joven guapa, de estatura pequeña, una morena aceitunada de mirada vitalista y penetrante, con un pequeño lunar oscuro encima de la comisura del labio superior y otro mayor en la barbilla; una bonita flor en un hermoso jardín, que trasladaba una dulzura infinita.
—¡Corre tras él! ¡Por todos los santos, Mariana, tráetelo!
—¡Sí, tía! ¡Virgen Santa…! ¡Está loco!
La joven abrió la puerta aguantando con su cuerpo el empuje del viento y cogiendo el cerrojo exterior con fuerza para cerrar de nuevo, cuando un atronador ruido reventó en el cielo, como si miles de rocas chocasen unas contra otras pariendo cientos de rayos. Fue un ruido que ensordeció y sobrecogió a la joven, un trueno seco, rotundo y salvaje que hizo que temblara el suelo. Salió y comprobó cómo el terreno estaba totalmente cubierto de agua y temió que fuese del río que se estaba desbordando y aproximando a la vivienda. La visión le mostraba el rostro de un enemigo que avanzaba sigiloso, ganando terreno por los espacios cercanos a la casa. A esta masa de agua le faltaban unos escasos doscientos cincuenta metros para llegar y avanzaba peligrosamente.
—Tía, cierra, cierra por dentro. Volveré pronto. No puede haberse alejado mucho. ¡Tranquilízate! La Virgen hará lo que sea para que volvamos a estar todos juntos de nuevo —dijo cerrando definitivamente.
A los cinco minutos del avance, el agua empezaba a cubrirle los tobillos y a los quince estaba cerca de señalar las rodillas espantando a la joven, que hacía plegarias para ver al hombre de vuelta. Le era difícil distinguir algo y avanzaba con precaución. Estaba en medio de un peligro que no sabía cómo sortear. Atormentada por el pánico, trataba de ver algo con las manos de visera sobre la frente, en dirección al lugar donde creía que pudiera estar el hombre.
—Que la Virgen ponga su mano sobre la cabeza de ese hombre y le indique el camino de vuelta ¡Tíoooo, tío Fernando, vuelve, vuelve! ¡Por favor, vuelve…!
Pero nadie la oía, era imposible que algo se oyera que no fuera más que los truenos y el viento. Fuera de la vivienda la fuerza del huracán casi le impedía andar y quedaba a merced de su impiedad.
—¡Dios mío! ¡Su Santa Madre nos proteja, vamos a morir y nadie nos puede ayudar!
No era posible andar tres pasos sin retroceder uno y se escondía tras los árboles para cubrirse de la ira del ataque de la tormenta. Estaba muy asustada y le daba miedo avanzar. El agua caía como una cortina ciega de luz inundando los terrenos apartados del río. Todo era una pérfida agitación de la naturaleza. Árboles a merced del viento que eran arrancados y pequeños objetos mezclados con grandes ramas eran fustigados por ráfagas letales. Andaba con dificultad sujetándose a lo firme de los grandes árboles, protegiendo sus bellos ojos con el antebrazo, para guardarlos de la ira del viento y de la lluvia, que golpeaban su cuerpo. No veía nada que estuviera a diez pasos. Las caídas se producían constantemente, haciendo de su figura una masa que está a mitad del moldeado de barro. La mujer cayó por un tropiezo y, bajo sus pies, una oveja yacía muerta por ahogamiento y, en las cercanas distancias, cerdos y gallinas por el suelo se amontonaban.
—¡Virgen Santa!—era la expresión de la joven contemplando el espacio a su alrededor que había producido el terreno devastado, y viendo en los ojos del animal ahogado la fotografía de una muerte de espanto, de una terrorífica muerte.
Las fuertes lluvias habían colapsado todos los hijos del río y lo empujaban al mar arrastrando a su paso todo lo que encontraba. Una rama golpeó su cabeza, provocando que se llevara la mano al lugar del golpe y la vio ensangrentada cuando la colocó ante sus ojos. La herida no era grave pero había producido que su cabeza se mareara, más por el susto de la sangre que por el daño. Su pecho empezó a jadear por el miedo y su cuerpo se estremecía por la escalofriante fuerza del trueno que, desde el cielo, controlaba su poder sobre la intensa actividad de sus súbditos. Mariana odió en aquel momento el lugar que le estaba causando tantos problemas y personificaba aquella orgía de la Naturaleza como a seres surgidos de los infiernos sin alma ni sentimientos; unos enemigos que la veían llorar y suplicar y le respondían como coléricos demonios.
—¡Que los ángeles se traguen a estos hijos del demonio!—dijo mirando al cielo y atemorizada al ver su fuego acompañado de un gruñido de explosiones, con conflagraciones naranjas que se producían por encima de las nubes negras.
Al tiempo de andar entre cortinas de aguaceros y sujetándose a los troncos de los árboles por el mortal viento, creyó sentir un ruido en el vientre de la tormenta de una voz humana y relinchos de un animal.
—¡Tío, tío! ¿Eres tú? ¡Contesta por favor…! —gritaba sola en medio de un lugar atestado de cadáveres envuelta en un ruido salvaje que sumergía el lugar a merced de una sombra que encogía sus pulmones para expirar todos los venenos de su maldad.
El río rugía. Se había desbordado en varios sitios. El riesgo de una oscura catástrofe se ceñía sobre todo lo que se levantaba a su alrededor. La joven no podía reprimir el llanto, el agua crecía como un dragón que se levantaba de un letargoso sueño y esto le producía una horrorosa angustia. Su corazón estaba encogido por el atronador ruido de las aguas, al batallar contra los obstáculos.
—Aparece, por favor, aparece… —imploraba para que aquella pesadilla desapareciese.
La corriente era espesa, como lodo llevado por el diablo por la suciedad que arrastraba, y se acercaba como una lengua violenta y con un bramido continuo. Decenas de cerdos, asnos, ovejas, gallinas y una enorme cantidad de cereales arrastrados era lo que presentaba el monstruoso río a los ojos de Mariana.
—¿Dónde estás? ¡Contesta por favor…! ¡Tíoooooooo Fernandooooo!—gritaba, con los pulmones volando a su garganta, en el centro de una soledad que le comunicaba una terrible falta de valor y un deseo loco de no estar.
Su miedo era una reacción natural frente al desbordamiento y a las tormentas; un miedo que casi entraba en la oscura cara del pánico. Por fin su mirada se clavó en un mulo encabritado por el miedo que luchaba por escapar de los amarrajes sobre su cuerpo para tratar de tirar de un carro.
—¡Gracias a Dios! ¡Allí está!
El hombre trataba de liberar el carro del lodazal y los troncos que habían aprisionado las ruedas. La joven lo vio luchando por dominar al animal de tiro que agitaba la cabeza hacia abajo, arriba, y de un lado a otro, gruñendo como una bestia atrapada por las fauces de otro animal, incapaz de sacarlo de su aprisionamiento. Levantó la mirada impulsada por un misterioso presentimiento y quedó horrorizada por la imagen dantesca que se acercaba a ellos, una monstruosa elevación de las aguas proyectándose como un voraz carnero negro. La escena estaba mecida por la muerte y empezó a proferir gritos desesperados, inmóvil por el miedo, fijando su mirada sobre la colosal subida de estas.
—¡Tíooooo! ¡Correeee! ¡Correeeeee para la izquierda! ¡El río a tu espalda! ¡A tu espalda! ¡Se ha desbordado, mira a tu espalda! ¡A tu espaldaaaaa!
Una masa robusta y gris se levantaba acompañada por un horrible chasquido de árboles rotos. Se aproximaba hacia ellos como la cabeza de una serpiente intentando morder a una nerviosa víctima. Era un concierto de abominables ruidos que Mariana nunca había escuchado antes y que le hizo sobrecogerse y aterrorizarse. El agua en movimiento era como un ser salido de los infiernos empleando el satánico látigo del demonio que traía un gran poder de destrucción. La tierra firme había desaparecido en varios kilómetros y el monstruoso salvaje vivo transportaba en su lomo todo tipo de objetos metálicos, árboles y piedras sueltas, como hojas atrapadas en una gigantesca montaña rusa.
Fernando escuchó el grito apagado por el infernal sonido de las tormentas. Levantó la cabeza y vio la imagen borrosa de la joven, con las facciones del rostro deformadas y agitando las manos. Desconocía lo que quería decirle y su rostro se llenó de ira, desconociendo el salto de la negra estructura envolvente que se alzaba detrás de él.
—¡Qué haces, criatura de Dios! ¡Vuelve, vuelve! ¡Estás loca!
Pero solo en unos segundos sus gritos se ahogaron dentro de un mundo oscuro de barro mezclado con agua. El río rugía cuando lo arrastró a las mismísimas puertas de la muerte, al tiempo que los truenos sacudían como latigazos de cólera abriendo los cielos con extrañas luces azules y rojas con un bramido seco que ahogaba los demás sonidos.
No pudo decir nada más, un golpe de agua lo derribó y lo arrastró al centro del río, después de que el carro fuese arrastrado por la fuerza de la corriente, y lanzó un grito, un último grito lastimero y espeluznante.
—¡Marianaaaa!
Después no se escuchó más sonido que el del arrollador movimiento de las aguas del río. El hombre con los dos animales y los aperos desaparecieron bajo la turbulencia gris ante la mirada impotente de Mariana que no pudo hacer nada, solo escuchar su desesperado grito de angustia. Su rostro era el espejo de su alma y un brote de sentimientos le provocó un silencio colgado desde dentro que iba a dar rienda suelta al llanto, pero el agua iba a cubrirla antes de que le diera tiempo a fluir por sus ojos.
—¡No, Virgen Santa! ¡No…! ¡Tío, tío…!
No pudo decir nada más. Mariana también fue arrastrada rodando sobre sí misma violentamente, hasta encontrarse en un fondo de aguas terrible.
—¡Noooooo…! —gritó en el momento de ser atrapada por las fauces de los fenómenos atmosféricos.
Fue arrastrada por el lecho izquierdo más de sesenta metros. Pudo haber muerto en este recorrido pero se aferró a una lucha titánica con el impresionante caudal para sobrevivir. La joven braceó desde el siniestro fondo arremolinado y se lanzó en una lucha terrible en busca de la superficie, pero nuevos golpes la volvían a sumergir en las profundidades por la fuerza de la demoniaca magnitud y agresividad del siniestro caudal. La pelea era una lucha titánica contra la muerte, que estaba aliada con las aguas, que se hacía eterna; pero la voluntad de sobrevivir de la joven no la abandonaba, buscando agarrarse a la vida aunque no le diese tregua el trágico momento.
—¡Virgen mía! ¡Ayúdame, ayúdame, no me dejes morir! —gritaba cuando un nuevo golpe de agua la lanzó sobre un árbol que aún se mantenía en pie, agarrándose con todas sus fuerzas a un brazo tronchado donde se mantuvo unos momentos para recuperar fuerzas y vomitar agua y fango.
El río le estaba recordando quién era el dueño del territorio y ocupaba todo lo que consideraba suyo, era su naturaleza, extendiéndose las aguas por donde la vista no llegaba a ver su fin. Sujeta a las ramas, la joven sufrió un fuerte golpe en la rótula por una piedra rodante y empezó a llorar desconsoladamente por el dolor.
—¡Ahhhh…!
El dramático y desesperado momento le hizo no compadecerse si quería salvar la vida, volviendo a su tenaz resistencia por agarrarse a ella. Cuatro minutos después ascendió por la rama hasta notar tierra con sus piernas y salió agónicamente del lugar con el agua por encima de la cintura y cerca del pecho. Las pocas fuerzas que le quedaban no le permitían hacer sonar su propia voz queriendo llorar por la impotencia, pero las lágrimas no llegaban a subir hasta sus ojos.
Atenazada por el miedo miraba para detrás en dirección al río que ya no sabía dónde localizarlo por la invasión de sus aguas tierra adentro. Serpenteaba evitando piedras y obstáculos. Constantemente sufría caídas y golpes en la carrera y asfixiándose por el esfuerzo hasta lograr llegar a la casa media tragada por los tentáculos de las tormentas, que tenía la puerta atrancada. Intentó abrirla, pero sus fuerzas no podían competir con los hijos de la Naturaleza aliados con la tragedia.
—¡Ábrete, maldita! ¡Ábrete…!
Vencida por la entrada natural, Mariana se dirigió a la ventana golpeándola con una piedra hasta lograr romperla y abrirla.
—¡Gracias a Dios!
La joven hizo un enorme esfuerzo para introducirse dentro, comprobando que parte del techo había cedido, permitiendo que el agua entrase partiendo las paredes y liberando los anclajes de los muebles, que flotaban libremente a la altura de su cintura, con la ropa y otros enseres.
—¡Tíaaaa! ¡Tíaaaaa…! —gritó desesperada pensando en lo peor, llena de cortes y contusiones en todo el cuerpo.
—¡Mariana! ¡Mariana, gracias a Dios! ¡Aquí, aquí, estoy aquí…!
Juana estaba aislada en un rincón encima de una vieja encimera de la cocina de material, esperando su propia tragedia sin poder hacer nada y prisionera de la angustia.
—Tu tío, Mariana. ¿Dónde está tu tío? ¿Por qué no viene contigo? ¿Qué pasa, Mariana? ¿Qué le ha pasado…?
La joven avanzaba lentamente hasta ella embargada por una amargura que hizo que se le escaparan las lágrimas y se abrazó a la mujer que perdió la vista en la fatiga emocional, al comprender que su marido no volvería.
—No, no…
Mariana notó que el cuerpo de la mujer empezó a tener un temblor que emanaba de lo más hondo de una impresión desconocida y, con una voz débil y entrecortada, se dirigió a ella llorando.
—No pude hacer nada, tía Juana, nada…
La mujer la escuchó con la mirada perdida y se separó de Mariana tumbándose sobre el solitario rincón y dejando caer las manos sobre el suelo, perdida en una locura silenciosa que le impedía hablar, y actuando como si una niebla gris llenara su cabeza.
—¡Déjame! ¡Déjame…! —le pidió a la sobrina en un llanto bañado de dolor.
—Tía Juana, por favor…
—¡No es posible, no es posible! ¡Fernando, no me hagas esto…! ¡No, por Dios…!
Mariana se acercó, no haciéndole caso, pegándose a su espalda para no separarse de ella y acarició su cabeza consolando el estado de su irrealidad. Las dos mujeres configuraban una figura de apariencia humana pero con las cabezas desaparecidas bajo las manos que acariciaban sus dolores. Horas después cesó la lluvia y las aguas se amansaron fuera del cauce del río. Los demonios se habían replegado hacía sus moradas a las seis de la mañana y Mariana dejó de proteger a la tía, soltándola del abrazo de la compasión, y se asomó al exterior viendo cómo toda la zona de los alrededores estaban cubiertas de lodo y cieno y contaminada de materiales peligrosos. Al comprobar el cese de las tormentas, no sabía si estaba siendo engañada. Le resultaba imposible saberlo. ¿Y si los demonios la engañaban y volvían a salir de su escondite de nuevo? Pero ante sus ojos se le ofrecía una nueva realidad, un rápido proceso del descenso de las aguas, y sabía que tenía que aprovechar aquello para salir de allí.
«Tenemos que irnos ahora, espero no equivocarme…»,se decía para sí lanzando una plegaria. «¡Virgen! ¿Qué he hecho para merecer esto…? ¡Ayúdanos, no nos dejes…!».
La mujer era presa de los temores más terribles, aunque el agua permanecía en silencio. Con cuidado fue por la tía Juana y cargó parte de su peso sobre su hombro derecho.
—Baja, tenemos que salir de aquí ahora… —le dijo ayudándola a bajar del rincón de la encimera para ponerla, cuidadosamente, sobre el suelo.
—¡Vamos, ha dejado de llover, el agua nos está dando un respiro!
La tía era un peso muerto, una masa de carne confusa, alejada de la realidad, que no ayudaba a un ejercicio que necesitaba de las dos partes.
—Apóyate en mí. Ahora, o será demasiado tarde si no aprovechamos esta tregua.
Las dos mujeres comenzaron a andar por una gran cantidad de sedimentos y lodo evitando los arrastres de la riada, dejando atrás la casa que se había convertido en un santuario de sufrimientos. Mariana miró la imagen de la desolación dentro de un extraño silencio ensordecedor que lo envolvía todo, roto solo por un leve ruido del viento y una suave llovizna que aparecía y desaparecía por momentos. En el sombrío vagar del camino miraba a la otra mujer con los sentimientos de tristeza agolpándose en su mente. El rostro de la tía soportaba el duro trauma vivido que, aún, no era capaz de asimilar.
«Pobre tía Juana», pensaba cada vez que la miraba.
Tenía una sensación extraña al respirar, pareciéndole el aire más denso de lo normal. Llevaba el sello del dolor en su rostro, viendo a su tía con la mirada perdida respirando a golpes con una congoja insoportable que le oprimía el pecho. La joven se desarmaba cada vez que oía su llanto con una letanía desgarradora. Mariana con la carga intentaba andar más rápido para salir de allí cuanto antes, pero sus pies no tenían más fuerza que para arrastrarse por el suelo, como si estuvieran pegados a él. Los caminos estaban cortados y la joven recurrió a la tía que conocía la zona.
—¿Dónde estamos? ¿Por dónde vamos, tía?
Pero la contestación era el rostro inerte y la mirada perdida de la mujer, aferrada a ser víctima de lo que le había pasado, inmersa en un dolor que había desconocido hasta este momento.
—Tía Juana, necesito tu ayuda, no tengo fuerzas para continuar. ¡Por favor, reacciona, ayúdame, por favor, Juana…!
Padecía una angustia terrible por la soledad que sentía ante tanta extensión de agua, y se sentó vencida y perdida, con la cabeza entre las manos, después de dejar a la otra mujer descansando sobre un trozo de terreno libre de aguas. Se acababa de liberar de la carga cuando, a unos cientos de metros, escuchó unas voces lejanas y unos ladridos de varios perros que parecían estar más cerca.
—¡Dios mío! ¡Son gente…! ¡Son voces de gente!
La joven prestó más atención porque se oían muy bajas. Tan lejos estaban que le resultaba difícil saber su procedencia y su definición como humanas, temiendo que la fatiga le estuviera jugando una mala pasada y fuera producto de su cabeza, ajena a la realidad. Excitada y con la respiración acelerada, afinó el oído todo lo que pudo. Puso sus cinco sentidos en atender al ruido y un fuerte temblor sacudió todo su ser cuando su cerebro confirmó la naturaleza de los sonidos.
—No es producto de mi cabeza, son hombres. ¡Son voces de hombres! —dijo perdiendo su mirada hacía la procedencia—. ¿Lo oyes, tía Juana?
La alegría hizo que sus dedos refregaran sus ojos y las lágrimas recorrieran sus mejillas cayendo al suelo con la ropa empapada y abandonada por la tensión de los músculos de las piernas. Miró a la tía y, sin decir nada, se compadeció con la mirada hablando para ella misma, sabiendo que Juana estaba lejos de la realidad.
—¡Estamos salvadas! ¡Nos han encontrado! ¡No te muevas, por favor, voy por ayuda!
Empezó a correr hacia las voces con la respiración agitada y no perdiendo de vista la figura de Juana, temiendo que tomara una determinación imprevisible por su estado.
—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Estamos aquí, ayudadnos!
Al oír voces lejanas, la partida de hombres escudriñó rápidamente la procedencia de socorro y se acercaron lo que más pudieron a las mujeres hasta verlas en el reducido terreno libre de aguas.
—¡Dios mío! ¡Tienen que ser Juana, la mujer de Fernando, y su sobrina, que estaba con ellos! —dijo un vecino de la parte más alta que participaba en las labores de rescate—. ¡Pero no veo al marido!
—¡No os mováis! ¡Iremos por vosotras! —gritó uno de ellos—. ¡No vengáis hacia nosotros! ¡Quedaos quietas en el mismo lugar! ¡Os tenemos localizadas!
—¡No nos moveremos, no nos moveremos…!
Mariana retrocedió unos pasos y volvió al lugar donde estaba la otra mujer, que mantenía una respiración entrecortada y una intensa y prolongada tos producida por la humedad que le había traspasado la piel.
—¡Levanta, tía, un último esfuerzo! ¡Nos han encontrado, estamos a salvo!
Poco después llegaron cuatro hombres haciendo una cadena con las manos. Cogieron a las dos mujeres, alejándolas del peligro de la tierra baja, llevándolas a la tierra firme y, posteriormente, conducirlas al hospital de la ciudad de Jerez, donde iban a estar temporalmente.
—¿Qué le ha pasado a tu tío Fernando, niña? —preguntó el vecino a Mariana viendo que la realidad estaba fuera de Juana.
—El río, el río se lo llevó…
—Dios mío…
—Estas mujeres necesitan ser vistas por un médico. Debemos darnos prisa, la mayor no está bien —intervino el jefe de la partida del rescate.
Aseada y con ropa seca, Mariana se tumbó en una cama al lado de la otra mujer y posó sus ojos en el techo de la habitación, deteniéndose en sus amargos pensamientos, mientras los ladridos de los perros y las voces lejanas seguían retumbando en sus oídos. No podía conciliar el sueño porque había una imagen que no se le iba de la cabeza, la imagen del hombre arrastrado por las aguas y desapareciendo en su estómago.
Tres días después de que bajaran las aguas, el cadáver del hombre fue localizado a varios kilómetros de donde todo ocurrió, cosido traumáticamente entre ramas de árboles, forraje y lodo, presentando una dantesca imagen sacudida por la violencia de los poderes de la Naturaleza.
—Han encontrado un cuerpo en la zona baja del río. Por sus características y ropa que viste, corresponde al cuerpo de su tío —dijo el emisario de la esperada y triste noticia—. Le ruego que venga a confirmarlo, por favor.
Fueron las dos mujeres, pero Juana se quedó anclada en las puertas de donde estaba la piedra lapidaria atenazada por un miedo que le impedía moverse. Mariana la acarició y la cogió del brazo ayudándola a sentarse y dirigió su mirada al empleado pidiéndole que le dijese el lugar donde estaba el cuerpo.
—¿Dónde…?
—¡Por aquí, por favor! —El hombre la acercó a una habitación cercana y, una vez dentro, levantó suavemente el sudario que cubría el rostro del cadáver, provocándole una impresión que casi le hace perder el conocimiento.
—¡No! ¡Dios mío…!
El empleado la sujetó y la sostuvo un rato hasta que le rogó que pasase al cuarto donde estaba su tía Juana.
—Lo siento —les dijo a las dos y se alejó de allí para cubrir otra parte de su trabajo.
La joven agachó la mirada y la giró levantándola en dirección a Juana, que seguía postrada en una silla mirando su infinito, y se dirigió a ella cogiéndole las mejillas y hablándole con los ojos. La aún perdida mujer, levantó por primera vez la cabeza para mirar al visitante y hacerlo, a continuación, con el rostro de la sobrina. Las dos mujeres, tía y sobrina, volcaron sus lágrimas en el recipiente de una sola alma compartida por aquella realidad que esperaban que se produjera de un momento a otro.
—Gracias…
Mariana participó en la preparación y despedida del cadáver con el llanto descontrolado, mirando a la tía totalmente destrozada y pareciendo que los demonios se habían apoderado de su vida, haciéndola sufrir hasta los límites de sentirse más fuera que dentro de la vida. La tía Juana se abrazaba al cadáver vagando por un mundo de penas y nostalgias. En aquel momento comprendía que ninguna palabra podía reconfortar su corazón y la joven se sentó a su lado sin decir una sola palabra hasta que la cogió por los brazos y la retiró a un espacio distinto al velatorio.
—Ni siquiera me pude despedir de él, era un hombre tozudo y testarudo…, pero muy bueno, un hombre muy bueno, Mariana. No sé cómo voy a soportar abrir los ojos y no verlo, creo que su muerte me ha pisado el pie y no me dejará andar de nuevo —dijo la mujer totalmente vestida de negro, color que representaba a la muerte.
En ese momento los recuerdos se sentaron en su memoria y viajó por sus antiguas posiciones rememorando episodios de sencillez junto al marido, donde los más mínimos detalles colmaban su felicidad, como el simple hecho de encerrar las gallinas al atardecer y estar junto a él mirándolo en otras tareas de corral.
—¡Qué bonito era todo…!
La sobrina la escuchaba dejándola hablar para que hiciese un espacio a la pena y poder dejarla atrás por un momento. Hablar del marido muerto reducía su tristeza y suavizaba su dolor un poco.
—Aquella casa fue la felicidad de mi presente y me ocultó el futuro como una despiadada serpiente que me dejó en el nido hasta esperar que estuviera en el esplendor de la vida para devorarme.
—No, volverás a reír de nuevo, con su recuerdo sí, pero lo harás, tía. Me vuelvo a Trebujena, tía, vente conmigo, allí te cuidaré y procuraré que no te falte de nada.
—No sé, hija, si podré controlar tanta tristeza, no lo sé…
—¡A mi lado lo lograrás, tía Juana!
—¿Por qué no te quedas tú? No tengo hijos ni a nadie más importante que tú.
—Tía, estoy…, estoy enamorada
—¡Ah…! Comprendo que no puedes amarrarte a una mujer mayor como yo. ¡No, no…! ¡He sido muy egoísta! Vuela, hija, donde te lleven tus deseos, yo estaré bien con una hermana que siempre me ha querido mucho y me ayudará a sobreponerme de la pérdida de mi marido.
Miró a Mariana y sonrió al ver su rostro encendido por la declaración y le acarició el cabello mirándola dulcemente, hasta atraérsela a su pecho y acariciarle la espalda.
—Tiene algo que ver ese guapo y hermoso joven que ha venido a verte a escondidas de tu tío varias veces, ¿verdad, querida niña…?
La joven se sintió enrojecer bajo la mirada con ojos abiertos de su tía, que era desnuda y transparente, llena de bondad.
—¿Lo conociste?
—Sí, hija, a esta mujer vieja no se le van los movimientos de la juventud con facilidad. Lo vi varias veces con su vieja ropa merodeando por las cercanías de la casa haciéndose el despistado.
—¡Sí, tía, algo tiene que ver…! Creo que al lado de ese hombre está mi destino, me ofrece un hogar que está arreglando con sus propias manos y me gusta, tía, y le he hablado de ti para que vivas con nosotros
—¿Y qué te ha dicho ese joven?
—Que no le importa.
—¿Cómo se llama?
—¡Simón, tía, Simón, se llama Simón!
—Bonito nombre…
La mujer sonrió y la miró con extrema dulzura.
—Por la ropa que viste no debe de andar muy bien, ¿verdad…?
—No, pero lo que tengo yo no le va a arreglar la vida. Tampoco yo tengo nada que pueda alegrar sus bolsillos.
—¿Cómo vino desde Trebujena hasta aquí y dónde se ha quedado a dormir?
—Viene con un carrero de allí que vende leña en Jerez. El carrero no le cobra y él, a cambio, lo ayuda a descargar la leña y para dormir lo hace en el mismo carro con dos mantas que se trae.
—¡Ojala sea como tu tío, un hombre honrado y fiel a su mujer! Nunca me faltó nada con él, aunque yo me conformaba con mirarlo cuando él no se daba cuenta y me gustaba hablarle sin que me escuchara, así le reconocía lo que lo quería en los silencios hermosos que estábamos juntos y no nos hablábamos. Tú eres una joven maravillosa, con unos ojos tan bonitos que estoy segura de que ese joven no se cansará de mirar. Te mereces otro hombre igual, Mariana, un hombre que te quiera como me han querido a mí.
—Tengo claro que Simón no me hará rica, pero tampoco me va a faltar un plato de comida a su lado. Lo he estudiado y he visto su bondad y que el trabajo no lo asusta. Cuando lo conocí, su bondad entró en mi corazón y sentí, en aquel momento, que se conjuraba con el deseo de hacerlo mi hombre y no dejarlo escapar.
—También yo fui joven y entiendo lo que dices, hija…. También yo respiré ese aire cuando mis manos se refrescaban del rocío y me frotaba el rostro con los pétalos de las flores sintiéndome que era amada.
