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"Un padre destruye la inocencia de su hija pequeña, asunto que traerá dolorosas consecuencias para la protagonista, y que los lectores podremos seguir página a página para no olvidar nunca que esto puede suceder en cualquier lugar, a cualquier mariposa y en cualquier escalera. (…) La historia de Martina es una llaga que sangra siempre, pero al mismo tiempo es una belleza literaria. Cuando alguien es capaz de transformar el dolor y el horror en belleza artística entonces ese ser humano ha tocado las estrellas con la punta de sus dedos: un poco de felicidad entre tanto daño". "Palabras preliminares de una historia real", Teresa Calderón, escritora "El trauma que provoca el abuso (…), cuando se trata de abuso sexual intrafamiliar como el que sufrieron Paulina y Martina, puede tener secuelas físicas a nivel neurológico. Hacer posible la luz de una biografía es una acción de la verdad. (…). Una acción de dar a luz la palabra y echar luz sobre las sombrías mentiras cómodas sobre las que se construyen las relaciones abusivas. (…) Una verdad como la de Paulina, hecha relato, hecha palabra, develación, es decir, hecha luz, hace posible y real la justicia". "Prólogo" José Andrés Murillo, doctor en Filosofía
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2023
Mariposas en la escaleraHistoria del peor abuso Autora: Paulina Herrera Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Primera edición: julio, 2011. Segunda edición: julio, 2018. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 206.874 ISBN: 978-956-338-379-9 eISBN: 978-956-338-390-4 Editado en Chile / Impreso en Chile.
Martina del Río es el seudónimo de una “oruga ultrajada” que ha decidido hacerse cargo de narrar su vida. Leyéndola, otras niñas podrían acaso salvarse de una experiencia tan brutal y salvaje. Es una larga historia de abusos que concluye al concretarse la violación que seguirá durante largo tiempo. Un padre destruye la inocencia de su hija pequeña, asunto que traerá dolorosas consecuencias para la protagonista, y que los lectores podremos seguir página a página para no olvidar nunca que esto puede suceder en cualquier lugar, a cualquier mariposa y en cualquier escalera.
“Recuerdo nítidamente las noches en que mi padre iba a mi cuarto. Recuerdo cuando se marchaba y los pasos se iban fuera del cuarto y me quedaba con todo el cuerpo apretado, sintiendo asco y vergüenza, y me tapaba con la sábana hasta lo más arriba que podía para que nadie me viera, para esconderme. A veces sangraba, a veces mi cuerpo quedaba con marcas y corría al baño silenciosamente y me lavaba e intentaba sacarme esa sensación de suciedad del cuerpo, me lavaba una y otra vez, con fuerza, con furia, pero no podía, es como si estuviera pegado a cada recodo de mi cuerpo y me iba a dormir. Qué difícil dormir con ese dolor, con ese dolor físico, con ese dolor en el corazón, en la cabeza y con ese secreto que seguir guardando bajo mil llaves”.
¿Por qué el silencio de la madre y la complicidad con el padre? ¿Por qué el padre ha elegido a una hija y no a la otra? ¿Por qué justamente a la que maltrataba de palabra y de hecho, a vista y paciencia de su hermana y su madre? ¿Por qué un hombre es capaz de fijar su deseo erótico en su propia hija y cometer el mayor de los crímenes posibles contra su propia sangre y su propia carne? Esos misterios están en el sustrato del alma de algunos seres incapaces de dominar su insania, porque hay cosas que no se hacen y no debieran haberse hecho nunca. Y si sucede es porque en el alma humana está presente esta dualidad que el poeta Nicanor Parra ha expresado tan bien en un poema: “Somos embutidos de ángel y de bestia”. Durante las noches primeras, llegaba el ángel al dormitorio y la seducía con afectos, mimos y caricias que fueron cambiando de tono e intensidad hasta concretarse la violación.
“¿Cómo empezó a pasar? Recuerdo esa primera vez que papá apareció con su pijama de franela en mi habitación y yo acostada, con mi pijama de angelitos que me gustaba tanto, porque era rosa y celeste, mis colores favoritos. Se acercó y me acarició (…)
Luego venía otro día y volvía a acercarse, pero esta vez, desabotonaba mi pijama y tocaba mis pechos y eso era más extraño para mí, pero no era tan terrible, porque al principio lo hacía con suavidad y sentía algo casi grato, un cosquilleo, pero luego los apretaba y ahí me dolía. Luego se marchaba, tal como vino. Cada vez se transformó en algo más aterrador, porque no solo desabotonaba mi pijama, sino que también empezó a bajar mi pantalón y dejarme casi desnuda, mientras él metía sus manos y boca en unos pequeños órganos genitales que estaban recién formándose”.
La historia de Martina es una llaga que sangra siempre, pero al mismo tiempo es una belleza literaria. Cuando alguien es capaz de transformar el dolor y el horror en belleza artística entonces ese ser humano ha tocado las estrellas con la punta de sus dedos: un poco de felicidad entre tanto daño. Ha sido capaz de transformar la bosta en oro, como sucedía al jumento del cuento que seguramente leía Martina: una princesa debe huir con la ayuda de su hada madrina, y disfrazada con la piel del animal para escapar a los instintos del rey, su padre a quien la reina, al morir, le pidió que solo volviera a casarse si encontraba a una mujer que la sobrepasara en inteligencia y belleza. Y no podía haber otra en el mundo que su propia hija. A diferencia del cuento Piel de asno, Martina no tuvo ni hada madrina, ni un final feliz con un príncipe de otras comarcas lejanas, ni la redención del padre ni el perdón de la hija.
“Luego vino aquel día en que también se desnudó y a mí completamente. No quiero recordar ese día. Ese no. No puedo más. Pero mi cabeza se queda pegada ahí en esa noche y ya no puedo zafarme.
Sangré mucho, me dolió mucho y no hice ni un ruido, no podía hablar siquiera y fue cuando supe que jamás podría hablar de ello, que era algo íntimo, era de esas cosas que no se cuentan, porque siempre había escuchado que las cosas de la familia no debían contarse y esta era otra de esas cosas.
Corrí al baño a lavarme y con fuerzo intenté limpiar la sábana manchada con sangre y me dormí sobre esa sábana mojada, rogando para que se secara rápido y nadie se diera cuenta.
Fue lo peor, fue como si me desgarraran por dentro, como entender a mi padre dentro de esas partes del cuerpo que en el colegio me habían dicho que eran íntimas y que nadie podía tocarlas. Cómo entender esa fusión desconocida e impresionante que me dolió tanto, pero que a la vez me hizo sentir cosas inimaginables. Esa primera vez que pasó me marcó para siempre. Pasó muchas otras veces, pero esa primera vez me mostró de la forma más brutal cómo el dolor puede unirse al placer, como la confusión puede unirse al horror”.
Sin embargo la vida continúa para Martina, el tiempo sigue pasando, los dolores nunca se irán, pero la valentía y fortaleza le permitirán reconstruirse desde las raíces. Veremos a esta oruga atrapada en el dolor, transmutarse en una bella mariposa que ha dicho no a la impunidad con este libro, aunque los culpables anden libres por las calles con su iniquidad a cuestas.
“No quiero seguir recordando, siento que la angustia y el dolor son tan intensos que deseo morir, siento que nada puede calmar la fuerza del recuerdo. Pienso en ir al baño, buscar todas las pastillas el mundo y tomármelas. Pienso en cortarme para sentir un dolor físico que calme mi dolor psíquico, como el otro día lo hice. Lo hago”.
Felicito a Martina y espero que algún día podamos conocer su nombre real para que el acto de reparación sea completo en el ritual de sanación, y así se cierre de una vez por todas el ciclo del dolor y termine este clavario y crucifixión que a Martina le tocó vivir.
Teresa Calderón Escritora 2011
Mediante estas páginas quiero verter el llanto, la locura y la redención de un tiempo largo de encuentro con mi propia historia, sus recuerdos y sinsentidos.
Escribirlo para dejarlo ir, para integrar, para intentar encontrar un cauce a aquellas experiencias que en realidad no lo tienen.
Un camino en que la muerte y la vida se cruzaron en cada instante, en que miles de emociones se entrelazaron en cada letra y página.
Novelar lo vivido para tomar un poco de distancia, para poder decirlo, para poder gritarlo, para dejar ir la locura y poner los pies en tierra firme. No será una autobiografía propiamente tal, porque hay elementos que no se ajustan a la realidad y que acompañan esta historia, pero en cada palabra hay una parte de estos años de recuerdos, dolor y sanación.
Esa experiencia que guardé por años en lo más recóndito de mi mente, haciendo como si nunca hubiera existido en medio de una infancia y juventud llena de violencia, secretos y encierro, hasta que, en una nueva etapa de la vida, a la vuelta de los estudios de doctorado en España, en mi querida Salamanca, apareciera a borbotones, sin parada, ni centro de apoyo. Apareció no más y desde allí nunca he dejado de revivirla, aunque a veces he creído que ya quedó en el olvido. Son recuerdos, recursos y dolores. Confusión y miedo. Rabia. Desesperanza y esperanza. Una historia de mentiras y verdades, futuro, pasado y presente, reconciliación con la vida y cuotas de resiliencia.
No hay posibilidades de juicio o reconocimientos públicos a estas alturas, pero sí de hablar de aquello que siempre fue obligado a quedar en el secreto; sacarlo de los álbumes ocultos y hacerlo público, para que otros sepan que estas cosas pasan, más cerca de lo que piensan y que debemos proteger a nuestros niños y sacar la voz.
Quiero que sepan que no tuve opción, que solo escribiendo este relato podía empezar a sentirme parte de este mundo, volver a pertenecer a lo supuestamente “normal”. Sentir que soy como todos al romper el secreto eternamente guardado, en medio de una experiencia de incesto que hace sentir el destierro más absoluto: el destierro social al terminar con un tabú también social que este mundo intenta defender ante todo y es transgredido de la manera más brutal. No quiero ser más esa transgresora expulsada, sino la mujer que quiere seguir adelante.
Mariposas en la escalera, el nombre que tiene este libro, alude a las mil y una escaleras que debí intentar subir en esos años entre el 2000 y el 2011 cuando lo escribí. Ahora llega a esta reedición el 2018, siete años después, e intenta seguir siendo un grito contra la impunidad y el silencio, pero distinto, visto con perspectiva, con la distancia que dan los años y las experiencias vividas. Hoy, con cuarenta y tantos, trato de dar voz nuevamente a la Martina, quien seguirá siendo Martina en este escrito, pero que lleva impresa la voz de la Paulina entre sus líneas. Paulina Herrera Ponce. Al fin me atrevo a decirlo y a poner mi nombre en la tapa de este libro. Lo publiqué antes con un seudónimo para tratar de proteger a mi madre y mi hermana, pero hoy me doy cuenta de que no puedo seguir haciéndolo, que necesito ser yo la protagonista de esta historia, que soy la que necesita hacer esta denuncia para que nunca más la vivan miles de niñas en este mundo.
Un intento de reparación luego de que en Chile se han abierto puertas a través de algunos casos de personas que han luchado por años por ser escuchados en casos de abusos perpetrados por miembros de la Iglesia. Ellos me mostraron que se puede ir de frente, con el propio nombre, denunciando, aunque muchos lo nieguen, te juzguen o no te crean. Gracias a José, James y Juan Carlos por mostrarme que es posible.
Miles de mariposas de colores —moradas, azules, amarillas y rojas— vuelan en el mariposario de la zona cafetera de Colombia; me emocionó, ha sido uno de los espectáculos más bellos que he visto. En ese momento sentí la liviandad de su vuelo, la belleza de sus diversidades, de sus colores únicos y brillantes sobre el bosque colombiano. Me sentí plena, libre, liviana, sin ese peso enorme que llevaba sobre mis hombros en esos tiempos, un peso que en ese instante dejé de sentir. Desde ese momento me maravillé por el mundo de las mariposas, en mi casa hay adornos de ellas por todas partes y me representan de sobremanera cuando quiero sentir esa liviandad en mi vida. Una sensación parecida a esa es la que he estado buscando con este libro, sentir que puedo ir dejando esa mochila enorme que he llevado como un lastre desde que comencé a recordar los eventos de violación y abuso sexual de que trata este libro.
Desde esos recuerdos todo se hizo pesado, difícil, una carga que muchas veces creí no soportar y de ahí surgió la necesidad de escribir. Escribir sana, suelta, acompaña, protege y emociona, pero por sobre todo en un minuto comprendí que la escritura era mi única manera de decir no a la impunidad. No había posibilidades de juicios públicos, ni reconocimientos familiares, mi única manera era dejarlo plasmado en mil letras que dieran cuenta de forma novelada de la experiencia vivida y denunciar de la forma más fehaciente posible que el abuso sucedió, que fue real y verdadero y que fue solo un hombre, mi padre, quien lo cometió por años, el único culpable; solo él es el culpable y este será el espacio en que podré decirlo, necesito gritarlo para dejar atrás la impunidad. En este libro él aparece con otro nombre y esta muerto, como muchas veces he deseado que estuviera, pero no lo está, continúa acostado en aquella casa de La Reina como si nada hubiera pasado, haciendo su vida, pero cada vez más aislado y solo. Necesité matarlo en el libro para imaginar que estaba muerto en mí, pero recién ahora puedo decir que estoy alejándolo, dejándolo ir, haciendo mi vida, intentando ser feliz.
Las Paulinas y las Martinas siguen en este mundo tratando de ser felices y de sonreír un poco más cada día, rogando cariños imposibles, con demandas gigantes y rabia contra este mundo y lo que llamamos Dios, por hacernos vivir experiencias tan extremas. Si las encuentran por ahí piensen que su demanda no es manipulación, sino solo esto: sentir que pueden ser amadas, que más allá de que los vínculos más tempranos fueron transgredidos, hay gente buena y nutritiva en este mundo, dispuesta a quererlas como son y con sus historias, sin juzgarlas o abandonarlas, enseñándoles que los vínculos hay que cuidarlos y defenderlos, entendiendo que somos humanos y que damos lo que podemos.
Me he sentido una oruga de mariposa, oculta y golpeada, arrastrándome con constancia y esfuerzo para llegar algún día a lo alto de la escalera que veo al frente de mí y que parece llegar al cielo. Me caigo, no puedo, no tengo alas, pierdo las esperanzas, me desaliento, pero de a poco, sin darme cuenta, se va produciendo en mí un proceso de metamorfosis que me va transformando en una mariposa bella, llena de colores, morados, calipsos y amarillos que brillan a la luz del sol, que vuela lento y con obstáculos al comienzo, pero que va dejando en su vuelo por esa escalera empinada colores de sobrevivencia, reparación y revelación, que la llevan a desarrollar su potencial y buscar su identidad, siendo la mariposa que es hoy, la cual quiere vivir al máximo lo que le queda por vivir.
Pero no tan solo las mariposas que partieron de orugas acompañaron este libro, han sido también escaleras, como las escaleras que están en la tapa, miles de escaleras que tuve que ir subiendo, arrastrándome como oruga al principio, con alas después, para ir logrando sanarme. Muchas veces me quedé en la mitad o no quería seguir avanzando, me quedaba llorando en los escalones con total impotencia y desesperanza.
Me acordé muchas veces de las escaleras del Camino del Inca para llegar a Machu Pichu, donde fui al final de mis años universitarios, la que me fue tremendamente difícil subir, pero también fue toda una aventura y un desafío. En un momento sentí que no podía seguir subiendo, me apuné y no dejaba de vomitar; me fui quedando atrás y en un minuto me senté en una piedra decidida a no seguir caminando, sentía que mi cuerpo no podía más, que estaba exhausta. Estuve paralizada por largo tiempo, hasta que un joven de unos 16 años interrumpió mis pensamientos derrotistas con palabras de aliento. Me preguntó qué me pasaba, me dio agua y hojas de coca para mascar, me dijo que tenía que seguir, que no podía quedarme ahí, que la meta llegaría pronto, que me encontraría con la hermosura de Machu Pichu y me sentiría orgullosa de haberlo logrado. Me tomó de la mano y me llevó por todo el resto de la escalera. Mis amigos estaban lejísimo. Él, un perfecto desconocido, un niño casi, fue mi lazarillo en un momento difícil. Así fueron también muchas subidas por escaleras. Me fui encontrando con personas que casi mágicamente me fueron acompañando, algunos amigos de la vida, otros transitorios y su aliento fue importantísimo, también hubo charcos de agua o luces encontradas en medio del horror. Así he logrado muchas veces lo que creía imposible.
Sin embargo, son también las escaleras que unos pies sombríos de hombre subían en las noches para atrapar el cuerpo y el corazón de una niña que solo soñaba con mariposas. Una escalera de horror y ultraje, que con el tintinear de las pisadas sobre su piso de madera anticipaban el paso a un mundo de adultos inentendible para los piececitos de una niña. Son las descarnadas escenas del abuso y la violación de las que habla este libro, las que tuve que escribir con toda esa fuerza que dan las palabras para nombrarlas, para darles voz, para dejar que salieran.
Los invito a leer entonces Mariposas en la escalera, una novela autobiográfica; ojala les gusten sus personajes, se emocionen con la Martina niña y mujer y la acompañen en su vuelo con su abuela. No es fácil abrir historias familiares como estas, pero a la vez ha sido muy sanador; abrir la intimidad da pudor y un dejo de vergüenza, pero también es una forma de denuncia y apertura. Ojalá las orugas y las mariposas vayan acompañando su lectura y dándole color a sus vidas, ojalá vayan encontrándose con sus propias escaleras y se sientan llamados a explorarlas. De eso habla este libro, de una niña ultrajada y herida que lucha y se cae, vuelve a luchar y vuelve a caerse, y de sus preguntas, sus dudas, sus reflexiones, sus encuentros. Espero puedan emocionarse con ellos.
Simplemente, deseo que estas páginas puedan ser leídas por personas que lleguen a sentir que una gota de esta experiencia les sirve o alienta, haga llorar o conectarse.
Cada experiencia es única, pero hay algunas que por marcarnos tanto nos hacen sentir especialmente solos y desde allí surge la necesidad de encontrar a otros que hayan vivido cosas parecidas, para no sentirnos tan distintos, tan perdidos en este mundo, tan extraños. Es a ustedes, los que hayan vivido experiencias similares, tanto o más traumáticas que esta, que van dirigidas estas páginas.
También es un libro para dar luces a quienes trabajan en estos temas y para toda una sociedad, para que abramos los ojos a una realidad que existe en muchos espacios y lugares. Es un tema que está hoy en la palestra, del que se está hablando mucho más, lo que me alegra y me ayuda, pues por muchos años me sentí avergonzada de cargar con esto, como si tuviera un karma, algo que nunca se podía decir, ni mostrar porque ser portador de esta experiencia era como ser un bicho raro o una vergüenza demasiado íntima para compartirlo. Es una historia, una como otras y, como cualquiera, merece ser contada.
Me gustaría que estas páginas sirvieran desde una escritura autobiográfica novelada, para entender un poco más la vivencia escondida tras esta experiencia. Simplemente lograr que puedan ser esa cuota de consuelo y contención que necesitamos tanto aquellos que hemos vivido historias como estas. En mi historia hubo ayudas terapéuticas certeras y marcadoras, pero también algunas devastadoras, que más que contribuir a un proceso de crecimiento y aprendizaje no hicieron otra cosa que mantener el desencanto, el estancamiento y la irreparable sensación de fracaso y pérdida, de la que aún no me libero del todo.
Quiero dar muchas gracias a Teresa por ser mi maestra en la escritura. Admiro su forma de escribir y especialmente su calidez humana. Ella me dijo que algún día podría escribir mi nombre en este libro y tenía razón, tenía que esperar, buscar que llegara el momento.
Gracias a mi nueva familia, la formada por mí, la que quiero por sobre todas las cosas, la que me acompaña y me quiere; encontrarlos en medio de estos años pedregosos fue el regalo más grande. Gracias Juan y José.
Gracias a mis amigos dispersos por el mundo que acompañaron mis preciosos años de doctorado en España, mis amigos de la época del colegio, mis amigos de los años universitarios, mis compañeros de los trabajos en los que he estado, mis colegas, alumnos y exalumnos, gracias por su cariño y por acompañarme en este transitar de años que me ha llevado a logros que nunca imaginé y que me ha traído muchas alegrías, tal como contaré en el epílogo de este libro, el cual también se modifica en esta edición dando pie a lo que estos últimos años han significado en mi vida.
Gracias a las ayudas terapéuticas y psiquiátricas de estos últimos años, con los que pude transitar en esta lucha con los recuerdos y el trauma, con el ahora y sus tristezas y alegrías. Con estas hemos abierto grandes posibilidades para la elaboración, el vínculo y el tratar de entender lo inentendible.
Nunca he sido muy supersticiosa, siempre me he burlado un poco de mis amigos que no pasan por debajo de la escalera o huyen de los gatos negros, pero este era un año muy importante, mi Año Nuevo fuera de Chile, un Año Nuevo en Madrid y más encima el cambio de siglo, el Año Nuevo del 2000, toda una ocasión y un festejo.
Nos arreglamos con unos amigos, Carmen y Susana y otro amigo chileno, recuerdo mi falda calipso de raso y mi peto negro, unos zapatos de tacones y una chaqueta de terciopelo negro, toda una pinta para la ocasión, no hay cambios de siglo todos los días, me sentía feliz, expectante. Carmen, mi mejor amiga de todo ese tiempo, preparó todo un festín, con empanadas de queso incluidas y pisco sour.
Comenzaron los preparativos cabalísticos, primero los calzones amarillos que nos regalamos mutuamente con Carmen, luego las maletas en la puerta para anticipar viajes en el año, luego obviamente lo más importante: las típicas 12 uvas de los españoles, para comer una con cada campanada en la Puerta del Sol, en pleno centro de Madrid.
Así salimos como a las 11 de la noche de casa con uvas y champaña a unirnos a la multitud de la Puerta del Sol, tantas emociones juntas, que quizás se caerían todos los computadores y vendría el cataclismo mundial, los augurios de los videntes para el siglo 21 lleno de guerras y desgracias y mis propios augurios personales: un 2000 que comenzaba en un país hermoso, ya despidiéndome de él luego de dos años en Granada. Tiempo aventurero y libre, en que disfruté cada minuto de estudio, lectura y viajes.
Ahora en Madrid, ciudad hermosa y glamorosa de la que también me estaba despidiendo, y la vuelta a Chile esperaba expectante, dispuesta a vivir los nuevos comienzos en mi país. Sentía la añoranza de la familia y sus rincones cotidianos; sería un 2000 de volver y como siempre me han costado los adioses y los regresos, había dispuesto todo para despedirme de mis amigos, dejarles cartitas, regalitos y buenos deseos y regresar tranquila a Chile.
En la multitud la gente grita, se abraza, canta, baila, pura alegría y euforia, personas del todo el mundo reunidas en ese momento único, me siento privilegiada de estar rodeada de ellos, todos esperando el reloj.
Falta poco y hay que estar lista, porque la tradición dice que debe ser una uva por campanada, ni una más, ni una menos, pues si no los buenos augurios no se cumplirán. Llega el momento: primera campanada, uva a la boca que se deshace con dificultad, uva dos y así sucesivamente, me enredo un poco con las dichosas uvas y al final no sé cuántas me comí en realidad.
Mi corazón salta fuerte porque con cada campanada un sueño comienza, un principio de siglo alegre y esperanzado. Llegan las 12 y el grito gutural de las personas, los fuegos artificiales y los abrazos. Me abrazo de César, nuestro amigo, obvio que el primero tiene que ser un hombre para que haya pareja en el año, luego Carmen y Susana, después toda la gente, todos nos abrazamos con todos, las champañas saltan dejándonos a todos mojados, es una fiesta compartida. También está la espera, la espera del desastre de las tecnologías en el cambio de siglo, pero nada pasa.
Nos escapamos los cuatro por los bares de alrededor, nos emborrachamos y bailamos totalmente eufóricos, como quizás nunca más lo he estado. Son las cinco de la mañana y volvemos caminando a casa exhaustos, yo habiendo querido dar un beso y hacer el amor para terminar el día de fiesta, pero me espera mi sillón solitario.
Desde ese día he descubierto que algo de supersticiosa tengo, porque esas doce uvas eran para mí la despedida de un tiempo de conquistas y el comienzo de otro feliz, pero no logré comerlas religiosamente como la tradición decía, por lo que la vuelta del año 2000 fue pasando con sus altos y bajos, con mucha tristeza y tropiezos, y fui olvidando las uvas y sus augurios y me fui quedando con la cotidianidad de un Chile que me recibió con su pasado y tosquedad, y a quién más podía culpar que a las dichosas uvas en Madrid.
Fueron mis últimos días en España, donde me sentí valorada y orgullosa, donde armé familia con los amigos del mundo y me sentí sana y alegre. Fue el antes del después, un después que llega como porrazo con la muerte de mi abuela.
Vuelvo a la casa de mi tía, del funeral de mi abuela, directo a descansar antes de la avalancha de familiares y amigos que llegarán a pasar las penas y compartir el encuentro.
Mi viejita, con sus 80 años recién cumplidos, enterrada mirando el mar, en el cementerio de Recreo, en Viña del Mar. Un funeral, como ella deseaba, rodeada de sus cinco hijos, dos hermanos, diez nietos y amigos. No muchos, ya casi todos muertos. Su nieta cantando el Ave María, como los ángeles.
Me recuesto en la cama, cierro los ojos e intento dormir, pero no lo logro, la figura de mi abuela, en estos últimos años, me acompaña.
Estaba deteriorada y envejecida, casi ciega, con su piel pegada a los huesos y sus dificultades para moverse. Quería morir, estaba cansada, quería encontrarse con su viejo en el cielo y hablar todo el día como les gustaba tanto hacer. Sonrío, es como si la escuchara diciendo: “No se preocupe mi niña, sé que en el cielo estaré mejor”.
Lloro, no quería que se fuera, era mi abuela querida y yo, su nieta más cercana. Sin embargo, no hablábamos mucho, era silenciosa, no le gustaba que le hiciera preguntas, no quería contarme de su vida. Una vida que me generaba mucha curiosidad, pero de la que supe tan poco.
A mis treinta años reconozco que tuve suerte de tenerla cerca. Aprendí mucho del silencio de mi abuela Martina. Incluso nos llamamos igual, Martina, ese nombre que me gusta tanto, pero que siento cargado de significados que desconozco y quisiera desentrañar. ¿Quién fue mi abuela?, ¿cuáles fueron sus mayores alegrías, sus mayores tristezas? Supe tan poco de ella. Siempre hubo secretos en su historia, cosas innombrables, miradas solapadas cuando aparecían ciertos temas, nunca supe lo que era, pero sus hermanos e hijos parecían ponerse nerviosos cuando ella en medio de sus lagunas mentales y el alzheimer que comenzaba, decía ciertas cosas. Solo al final de la vida se puso más habladora, palabras incoherentes vertidas al azar.
Siempre he odiado los secretos, siento que nos oscurecen, nos alejan, pero cuando ella hablaba de eso, me decía que entendiera que los secretos existen porque los seres humanos necesitamos tapar dolores. Que a veces no podríamos con ellos, que en algunas ocasiones es mejor no ver.
Fue una mujer interesante, de lo poco que sabía, es que llegó con su padre y su madre de Francia luego de la Primera Guerra Mundial, donde su padre fue soldado. Ella lo admiraba profundamente; tenía en su pieza una foto gigante de él, en que se ve altivo, con su uniforme muy limpio. Siempre nos contaba historias de lo valiente que él era, que se vinieron en barco a Chile, que la llegada a Valparaíso fue emocionante. Fue allí donde empezaron su historia, en Valparaíso, consiguiendo distintos trabajos. Ella y su madre siempre en casa, muy buenas “señoras de casa” se decían, y mi bisabuelo francés, al que no conocí, luchando por sus mujeres.
Lograron muchas cosas: una casa preciosa por la calle Vergara en Recreo, en Viña del Mar, algunas tierras por Rinconada en San Felipe, las que se acrecentaron cuando mi abuela Martina se casó con un huaso adinerado de allá. Ella relataba una infancia y juventud feliz, de gran dama, siempre tan refinada, recuerdo que nunca me gustó cuando se refería a “esos rotos” y usaba otras palabras que indicaban que algunas veces miraba en menos a las personas distintas a ella. Sin embargo, era también una lectora empedernida, que me enseñó a amar los libros y me regaló mi primer diario de vida. Cuando viví con ella y mi abuelo, cuando regresamos de Francia en pleno tiempo de dictadura militar en Chile, a eso de los diez años, fue un tiempo bonito, me encantaban sus cuentos, sus preguntas existenciales, su gusto por la cocina aunque nunca le quedaba todo tan rico, los cien pesos dados de vez en cuando, los que significaban dulces en nuestra vida, ese poncho de colores que me regaló, el día en que me llevó por primera vez al cine, a ver “Heidi”, película que me lloré entera, algunos juguetes. Nos preparó una pieza preciosa a mi hermana y a mí en esa casa gigante llena de paltos y columpios.
Fue un shock enorme cuando mis padres nos sacaron a la fuerza de allí y nos llevaron a Santiago. Yo nunca supe por qué, ni siquiera nos dejaron despedirnos ni llevarnos los regalos que nos habían hecho. Parece que fue por un problema de dineros perdidos, pero irse fue como desprendernos un poco de la madre y del padre.
Y ahora se fue mi vieja. La volví a ver solo cuando yo era adolescente y a escondidas de nuestro padre, cuando ellos enfermaron gravemente, luego de un intento de suicidio. Decidí entonces visitarlos, los extrañaba mucho, y su intento de morir en medio de una vejez solitaria, me mostró el peso del dolor de su lejanía. Desde ese día nunca más dejé de visitarlos. Nos abrazábamos fuerte y nos quedábamos largo rato haciéndonos cariño en el pelo, comentando el libro que estábamos leyendo y siempre tenía uno buenísimo para regalarme. Mirábamos el mar. Mis abuelos ya no vivían en la casa de Recreo, estaban mucho más empobrecidos, la vejez había llegado para ellos, pero igual nos encantaba salir a caminar por Recreo o ir a Playa Abarca o al muelle Vergara.
Fui viendo cómo ella fue envejeciendo y deteriorándose, más aun cuando se murió mi abuelo, pero disfruté sus últimos años, fui su nieta de caricias y paseos mágicos, la que la respetaba y quería y que nunca la vio como la “vieja cacho”, sino como una vieja sabia que amaba.
Quizás por eso nunca le pregunté por muchas cosas; sentía que si lo hacía, transgrediría ciertas normas de silencio que existían desde antes de que naciera. Pero, ahora es distinto. Está muerta y me gustaría saber más sobre ella, recorrer su historia, conocer sus secretos.
Siento que tengo una deuda con ella, al final fui como todos en la familia, nunca hice preguntas, siempre guardé silencio. Voy a ir contra lo que ella misma me decía y enseñó. Siento que llegó el momento. Necesité ver su ataúd mezclándose con la tierra para desenterrar ataúdes viejos que cargamos como familia.
−Martina, ven, ya llegaron todos, ayúdame a servir por favor.
