Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Más allá de las caracolas trata de la evolución psicológica y espiritual de una mujer en la cuarta etapa de su existencia. En unas extrañas vacaciones, en las que nada sale como estaba programado, conoce una pequeña aldea, al otro lado del océano, que la atrapa emocionalmente, y siguiendo un fuerte e incomprensible impulso traslada su vida allí. Durante su estancia vive la experiencia de encontrar el amor verdadero, que puede surgir en cualquier lugar, con cualquier persona y cuando menos lo esperamos. A partir de esa experiencia vital, en la que no falta una oscura y enfermiza etapa de celos, producto de su inseguridad emocional y de problemas de su pasado aún no resueltos, comienza un camino de introspección y evolución que la lleva a conocer y tomar contacto con el mundo mágico al que, generalmente, no tenemos acceso, lo que le hace darse cuenta de que no solo es real lo que vemos o tocamos. Hay otras realidades que nos rodean, como una especie de multiverso individual, cuyo acceso solo es posible cuando se hace a través del corazón y la espiritualidad, que supera ampliamente cualquier sentimiento relacionado con las religiones. La protagonista, a través de un duro camino de lucha interior contra las malsanas inclinaciones del ego y contra su propia razón, finalmente accede también a un secreto ancestral que esconden los habitantes de la pequeña aldea, convirtiéndose a partir de ese momento en copartícipe y guardiana del mismo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 654
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
MÁS ALLÁ DELAS CARACOLAS
MÁS ALLÁ DE LAS CARACOLAS
© Marga Serrano
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico de La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2021.
Editado por: Editorial La Calle
c/ Cueva de Viera, 2, Local 3
Centro Negocios CADI
29200 Antequera (Málaga)
Tel.: 952 70 60 04
Correo electrónico: editoriallacalle@editoriallacalle.com
Internet: www.editoriallacalle.com
Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.
Según el Código Penal vigente ninguna parte de este ocualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en algunode los sistemas de almacenamiento existentes o transmitidapor cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorizaciónprevia y por escrito de EDITORIAL LA CALLE;su contenido está protegido por la Ley vigente que establecepenas de prisión y/o multas a quienes intencionadamentereprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,artística o científica.
ISBN: 978-84-16164-77-6
Marga Serrano
MÁS ALLÁ DELAS CARACOLAS
Editorial La Calle
ANTEQUERA 2021
A mis amigas y amigos, que me animaron a seguir con estahistoria, especialmente a Encarna Rodríguez, Nines Posaday Santiago Martín por su lectura e interacción.
ÍNDICE
Agradecimientos
Introducción. Sirena
PRIMERA PARTE
El encuentro
Reflexiones en pantuflas
Salir de la hibernación
La caracola
La caverna
Serenar la mente
El hermano
Una visión sobrenatural
Nina y sus amores
De nuevo la gruta… y Orton
SEGUNDA PARTE
El infierno de los celos
¡Bienvenida!
«Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma» (C. G. Jung)
Entre las sombras y la luz
El juego de la seducción
La empatía
Y de nuevo, el embrujo
TERCERA PARTE
Señales del despertar
Una petición inesperada
Abrirse a la vida
El secreto de la aldea
El origen
La bondad en estado puro
Sobre la autora
AGRADECIMIENTOS
A la Editorial La Calle por la oportunidad que me han dado para poder compartir esta historia con todos ustedes. Una novela, un cuento, un poema, un ensayo, una pintura, una canción, una fotografía, cualquier idea creativa que no pueda compartirse es como un alma vacía. Lograr que ustedes participen en ella con su lectura es lo que realmente le da vida. Igualmente, agradezco la colaboración de su equipo de edición y diseño en la ilusionante aventura de depositar este libro en sus manos.
INTRODUCCIÓN
SIRENA
Hallé tu caracola en la playa, pero no había cobertura.
Esto que tienen ante ustedes ¿describe hechos reales o imaginarios? Piensen lo que quieran, pero, ante todo, déjense llevar o guiar por el corazón. Abandonen su raciocinio todo lo que puedan y abran su mente perceptiva e intuitiva. No importa si el contenido de este libro es real o imaginario, solo importa lo que ustedes sientan al leerlo. Si ustedes son capaces de intuir dentro de su corazón que la magia es posible, les aseguro que lo será y la sentirán en sus vidas, porque han sido capaces de pensar de otra forma distinta a la que estaban acostumbrados.
Solo puedo decirles que para mí este relato es real, mucho más real que muchas de las vivencias que he tenido estando despierta. Les aseguro que he estado en esa aldea, que he visto sus acantilados, su bosque, su mar, sus cuevas, que he convivido con sus gentes, que he sentido todo lo que les cuento… Pero sobre todo he aprendido lo que es el AMOR, el verdadero amor por la vida, por las personas, por la naturaleza, y la conexión espiritual con todo el universo, con todos los seres, con la energía presente en todo lo creado, con la fuente, con el hogar al que todos volveremos algún día… Y eso solamente se consigue a través del amor, porque el propio amor nos irá desvelando el conocimiento necesario para seguir avanzando en nuestra evolución como SER, en nuestra evolución para llegar al centro de nuestra consciencia. No hay otro camino.
Cuando comencé a escribir esta narración, simplemente quería hacer un relato corto sobre caracolas y sirenas, es decir, desarrollar en un cuento el nanorrelato que encabeza esta introducción. Pero sin darme cuenta estaba en la página 50… hasta llegar a esto que tienen ante ustedes.
Día a día me iba sumergiendo en la historia y tengo que confesarles, aunque es muy posible que no me crean, que en compañía de Ángela he ido también evolucionando a la par que ella y he tenido bastantes señales, conforme iba avanzando mi relato, de esa magia, a veces imperceptible, que nos rodea continuamente, esperando a que le abramos la puerta de nuestra mente. Y eso es lo que me gustaría que ustedes hicieran al leer este libro. No lo vean como un relato de ficción, porque a lo mejor no lo es. Les ruego que se sumerjan en la historia sin prejuicios, sin estereotipos. Desnuden su alma y déjense llevar por la aventura de la lectura. Métanse en la piel de Ángela y sientan a través de ella. Que lo disfruten. Solo espero haber sido capaz de despertar su interés… y su consciencia. Solo espero y deseo haberles hecho entender que hay «algo» más que lo que llamamos vida real, que la vida no es solamente lo que vemos y tocamos. Quizás en lo que no vemos es donde están las respuestas.
PRIMERA PARTE
El amanecer y el anochecer son mis momentos preferidos para perderme por estos grandiosos y casi desiertos parajes. Estos paseos me ayudan a desconectar del mundo cercano y conectar con otras sensaciones más espirituales, más íntimas o más emocionales mientras me dejo llevar por los sonidos del mar, el susurro del viento, el graznido de las gaviotas y, a veces, por los recuerdos, esa memoria del corazón que es como una segunda piel, en ocasiones abrasada por el sol de la vida. Me acompañan mis dos perros, Tao y Greta, un lhasa y una shih tzu, que corretean libres y alegres, y junto a ellos me lleno de la paz y la serenidad que me transmite todo este entorno.
Conocí este lugar con unas amigas en unas extrañas vacaciones en las que casi nada salió como habíamos programado. Desde fallos con la agencia de viajes y descoordinación con los guías hasta un pequeño seísmo que, aunque no fue grave, hacía temer nuevas réplicas, por lo que nos aconsejaron cambiar el itinerario, dejar de lado la visita prevista a una ciudad del centro del país y decantarnos por otra zona mucho más al sur, donde nos habían informado de la existencia de unas ruinas antiquísimas y dos parques naturales que merecían una visita. Como remate de aquel pequeño caos viajero, por una avería en el coche que habíamos alquilado tuvimos que quedarnos tres días en una pequeña aldea mientras nos traían la pieza rota de un pueblo más grande y el mecánico de la gasolinera, el único en setenta kilómetros, reparaba el auto.
Aprovechamos aquellos días para recorrer aquel espacio escondido entre ásperos acantilados y una floresta indómita. Y así descubrimos aquellos maravillosos rincones. Y me sedujo. Me enamoré del mar, de la luz, del bosque que rodeaba la pequeñísima aldea, de aquella diminuta ensenada que invitaba al baño, a la que se llegaba a través de una escarpada ladera; de las distintas tonalidades del azul de sus aguas y de las caracolas traídas por las olas y esparcidas por la arena. Nunca había visto tantas. Siempre me había gustado pasear por la orilla de los mares que había conocido mientras miraba primero, y empecé a buscar y coleccionar después, distintos tipos de conchas y hasta pequeñas piedras pulidas por el agua que me llamaban la atención. Más tarde, en casa, llenaba con ellas bandejas, tarros de cristal y todo lo que se me ocurría. Era una forma de tener el mar cerca. Siempre me ha encantado y cautivado el mar, aunque en realidad viviese a muchos kilómetros de distancia. Pero en aquellos mares no solía haber caracolas en las playas, aunque en las del sur de mi país descubrí unas diminutas que me parecían preciosas. Me fascinan las caracolas. Siempre me han parecido misteriosas, tan misteriosamente arcanas como una llamada de lo desconocido, de la aventura del conocimiento… Tan misteriosas e incomprensiblemente mágicas como el amor. Como las espirales grabadas en cuevas y rocas prehistóricas, un símbolo que la naturaleza nos regala en multitud de formas y que intenta transmitirnos algún secreto relacionado con el origen de la vida, pero que nunca hemos sabido interpretar del todo. Por eso, cuando vi tantas, aunque ninguna de las más grandes, de esas que venden en algunos establecimientos turísticos, se removieron mi curiosidad infantil y mi fascinación adulta.
Entre los recuerdos de mi niñez hay uno muy nítido: la alcoba de mis abuelos maternos, una habitación que comunicaba con el dormitorio, y en ella una gran cómoda con varios cajones. La parte superior, cubierta con un fino tapete de encaje blanco, estaba llena de fotografías familiares y, en los dos extremos, sendas caracolas gigantes que mi abuela tenía como oro en paño. Desconocía su origen, pues por aquellas tierras no había mar, aunque había oído contar a mi madre que mis abuelos vivieron una temporada en Galicia, por lo que es posible que alguien se las regalase o las hubiesen comprado allí.
Siempre que entraba en aquel aposento, mis ojos infantiles se quedaban hipnotizados con aquellas preciosas y enormes caracolas. No alcanzaba a cogerlas y, aunque hubiese alcanzado, tampoco me lo habrían permitido. Pero de vez en cuando, tanto mi abuela como mi madre me las acercaban al oído para que oyese, según ellas, el ruido del mar, el ruido de las olas al chocar con las rocas o los sonidos que producían los delfines y las sirenas al intentar comunicarse con los seres humanos. Ni que decir tiene que mi curiosidad e imaginación infantil me hacían oír con fascinación todos esos sonidos, intentando entender el lenguaje de esas sirenas que, anteriormente, había visto dibujadas en un libro que mi abuela me dejaba hojear, también de vez en cuando. Supongo que de ahí me viene mi atracción por las caracolas y el irreprimible deseo de llevármelas al oído en cuanto veo alguna.
Aquel pueblecito semicostero era pequeño, muy pequeño, apenas unas veinte casas. Algunas de ellas eran de adobe, aunque había otras construidas con una mezcla de piedras, barro y madera. Era todo, incluidos sus habitantes, muy sencillo y pobre, si por pobre entendemos que había un cafetín donde tenían el único televisor que existía y donde solo había un teléfono, el de la gasolinera. La gasolinera estaba a unos diez kilómetros, en la estrecha y sinuosa carretera que llevaba a dos parques naturales situados tras las dos grandes montañas que dominaban el este de la zona. Si por pobre entendemos que había solamente una pequeña camioneta, dos furgonetas y tres lavadoras que utilizaban todas las familias, y que no se veía ningún objeto más o menos lujoso. Todo era antiguo, pero no inservible, pues eran los reyes del reciclaje y del aprovechamiento de cualquier utensilio. El aspecto de la aldea no podía ser más alegre, ya que las viviendas estaban conservadas perfectamente y pintadas de colores diversos, como una representación del arco iris. Todas las casas eran independientes y todas ellas tenían un pequeño jardín delantero, sin vallas, y un huerto detrás de la vivienda.
Eran pobres en artículos de lujo, pero eran ricos en todo lo que es realmente importante en la vida. Su trabajo en los huertos, o la pesca en el mar, y los animales como gallinas, ovejas, cabras y algunas vacas les proporcionaban todo lo necesario para alimentarse, y si había excedentes se vendían o intercambiaban en el mercado que cada domingo se celebraba en el pueblo más cercano, situado a unos setenta kilómetros, que casi parecían doscientos por aquella tortuosa y peligrosa carretera, y muchísimo más grande que aquella diminuta y perdida aldea. No entiendo cómo los turistas pueden pasar de largo por este enclave, cuyos alrededores son, al menos para mí, un verdadero paraíso. Quizás es un lugar para viajeros y no para turistas, aunque la aldea, en realidad, no se ve desde la carretera. Pero me alegro de ello, es mejor así, aunque no sé si dentro de unos cuantos años el auge del turismo y los especuladores que surgen con esas nuevas tendencias sociales terminarán con la magia de este precioso lugar.
Sus habitantes son muy trabajadores y sociables, quizás por su sistema de vida. Son una pequeña comunidad en la que todo lo importante que les atañe se resuelve en asamblea. Quizás de ahí, de esa necesidad de hablar y comunicarse, es posible que hayan heredado esa sociabilidad que ofrecen al viajero o extraño que les visita. Están anclados en un tiempo que se ha parado, o que han parado ellos, porque recelan de lo que llamamos civilización. No quieren que aquel pequeño paraíso se llene de casas de segunda residencia o de hoteles que, a su vez, se llenarán de gente que empezará a tener otras necesidades y, como en una espiral de modernización, acabe fagocitando el sortilegio de aquel territorio. Y yo deseo que continúe así, aunque temo que dentro de dos o tres décadas la situación pueda cambiar.
Pero, de momento, todo está como lo conocí y como me enamoró hace seis años, cuando, por una concatenación de circunstancias, tuvimos que pasar aquí tres días. No sé si fue el destino o simplemente el azar, que tampoco sé muy bien cómo funciona. Lo único que sé es que aquellos tres días cambiaron por completo mi vida, porque me hicieron dar un salto en el vacío sin pensar siquiera en un paracaídas.
No tengo familia directa. Nunca tuve el deseo ni la intención de casarme y mis relaciones de pareja no habían sido tan fuertes como para planteármelo. Mis padres y mis dos hermanos fallecieron hace algún tiempo y ni siquiera tengo sobrinos, por lo que mis vínculos más afectivos con la tierra en la que residía, aunque eran importantes, no tenían la suficiente entidad como para anclarme en aquel espacio geográfico. No tenía a nadie, excepto primos y amigos, a quienes, por supuesto, quiero y recuerdo, pero siempre había sentido en mi interior una llamada hacia lo desconocido, hacia otros lugares, que nunca había podido atender por las distintas circunstancias que me acompañaron durante toda mi vida. Pero en aquel momento, hace poco más de cinco años, sentí que ningún motivo especial me retenía allí y fui plenamente consciente de que era totalmente libre para volar si me apetecía hacerlo. Cuando digo «totalmente libre», me refiero a las obligaciones cotidianas del trabajo que tienes que llevar a cabo para poder tener un techo, un armario con ropa y una mesa con algo para comer. Sobrevivir a cambio de tu libertad, la física; porque la otra, la de las ideas, la de los sueños, tu libertad de pensar, esa es tuya siempre. No pueden robártela por mucho que lo intenten. Que lo intentan, ya lo creo que lo intentan, pero conmigo nunca lo lograron, porque mis sueños me convirtieron en una especie de superviviente en la maraña de la vida. Pero sí, físicamente, aunque ya en la cuarta etapa de mi existencia, me sentí libre.
Por eso, cuando aquella aldea, sus gentes y su poderoso entorno me tocaron el alma no pude resistirme y no lo pensé ni siquiera dos veces. Al regresar de aquel viaje vendí mi casa, los muebles y todo lo vendible, regalé otras cosas como libros y discos a mis amigos y, sin hacer caso de las muchas voces que intentaron disuadirme de lo que casi todos ellos consideraban una auténtica locura, llené dos maletas con ropa, calzado, utensilios de aseo, la cámara de fotos y el ordenador portátil y compré un billete de avión. Tenía 64 años y acababa de prejubilarme hacía justo un año, por lo que con el importe recibido por mi casa y mi pensión podía permitirme aquella aventura de volar a un país extraño para llegar a un pequeño punto de su geografía que sentí mío nada más conocerlo. Me sentía con fuerzas y salud para acometer aquella empresa.
Así que de pronto me convertí en una emigrante, pero, dada mi situación económica holgada, podría clasificarme como emigrante no de lujo, pero sí sin problemas. Muy distinta de todos esos seres humanos que se ven obligados a dejar su país por las escasas o nulas oportunidades para trabajar o por la pobreza o miseria a la que se ven abocados a consecuencia de los comportamientos canallescos y corruptos de los dirigentes de sus gobiernos, o a consecuencia de las guerras promovidas por la ambición, la avaricia y la insensibilidad de otros países, más los intereses cruzados de los beneficios de la industria armamentística y las empresas que reconstruyen lo que sus gobiernos han arrasado. Una rueda de violencia programada que va dejando por el camino millones de víctimas ante la desidia o el silencio cómplice del resto del mundo y, sobre todo, ante la inutilidad de la ONU, donde el veto de las grandes potencias impide cualquier acción para frenar los genocidios atroces que suponen estas malvadas y criminales políticas. Lo llaman «daños colaterales», que, por supuesto, nunca alcanzan a las élites o a los responsables de la violencia, las guerras y la destrucción de la vida.
Sin embargo, a pesar de mi situación, sé que puede parecer una locura abandonar mi país, mi ciudad, mi familia y mis amigos para irme a vivir sola a un lugar al otro lado del océano, pero lo que sentía en mi interior era tan fuerte que, como ya he dicho, no lo pensé dos veces. Había conocido multitud de lugares preciosos para vivir, pero ninguno de ellos me había producido un deseo tan vehemente como para decidirme a trasladar mi hogar, sin saber si iba en busca de una utopía o a toparme con una distopía que destrozara mi vida. Pero ese deseo surgió allí, en otro continente desconocido para mí, en una aldea perdida entre el océano y las montañas. Había algo, un encanto, una energía especial que emanaba de aquel entorno y de sus gentes, que me llamaba, y supe que, de alguna forma, yo pertenecía a aquel lugar. Pensé también en la manera tan extraña de descubrir la aldea, como si el destino me hubiese guiado hasta ella.
Cuando tomamos una decisión o nos ocurre algo, la experiencia me ha enseñado que no hay que analizarlo en el momento en que sucede porque es muy posible que nos equivoquemos al valorarlo. Podemos creer que lo que acaba de ocurrirnos es malo o bueno desde la percepción de nuestro presente, pero ignoramos las consecuencias que ese suceso puede tener en el futuro, tornando lo que puede parecer positivo en negativo o lo negativo en positivo con el paso del tiempo. Desconocemos realmente la derivación o el desenlace que el leve aleteo de una mariposa o la caída de una ficha de dominó en el presente puede tener en nuestra vida futura.
Supongo que habrán oído hablar del «efecto mariposa», un planteamiento complejo, basado en la teoría del caos, que viene a decir que cualquier pequeño cambio, cambios minúsculos, mínimas variaciones en las condiciones iniciales de un determinado sistema pueden generar un cambio mucho más grande con resultados totalmente divergentes. En definitiva, que el mundo de la naturaleza es tan interdependiente que todo está interconectado e interrelacionado. Por tanto, cada persona, cada ser vivo, no es más que un eslabón de la inmensa corriente de energía que compone la cadena de la vida, y todo lo que hacemos, por nimio que nos parezca, tiene consecuencias. Por ello se utiliza esta metáfora: «Si una mariposa en Hong Kong bate sus alas, puede provocar una tempestad en Nueva York».
Así que yo, al batir mis alas y mover mi ficha, sé que generé cambios importantes en mi vida, que se han ido produciendo a lo largo de estos cinco años y que continúan plasmándose en mi vida física y en mi vida espiritual. Solo confío en que, al final, este proceso no desemboque en un caos mayor que el que he tenido que superar.
Recuerdo que sentí excitación, pero nunca sentí miedo. Tomé una decisión más intuitiva que razonada, pero hoy, varios años después, no solo no me arrepiento, sino que bendigo el momento en el que encontré este lugar, porque me ha descubierto y me ha hecho sentir una parte importante del misterio, el sortilegio y la magia que pueden experimentarse en esta vida.
Mi nerviosismo iba en aumento a medida que me iba acercando a mi destino. Tras el vuelo que me dejó en la capital del país, tomé otro vuelo hasta otra ciudad más pequeña, y desde allí, tras casi tres días de viaje, un autobús, el segundo, me dejó en la gasolinera de la carretera. Nadie más se apeó. Hablé con el mecánico, que, afortunadamente, aún me recordaba, y me llevó en su camioneta a la misma casa donde nos habíamos hospedado. Cuando les dije que quería vivir allí, en aquel pueblo, Víctor y María, los dueños de la casa, me miraron, a pesar de su sociabilidad, mitad extrañados, mitad recelosos. Pero cuando les convencí de que hablaba en serio me ayudaron en todo. Compré una especie de chamizo medio derruido en un extremo de la aldea y, por un precio bueno para la colectividad y asequible para mi economía por el cambio de la moneda, realizaron las obras necesarias para convertirlo en mi hogar. Una pequeña cocina, un aseo con ducha, un dormitorio y un salón con una pequeña chimenea, muy útil en algunas noches del otoño y en el invierno. ¿Quién necesita más?
No tardé mucho en hacerme con los vecinos a medida que los iba conociendo y que ellos fueran aceptando mi presencia. Mientras hacían las obras de mi hogar, me alojé en casa de María y Víctor, a los que considero como mis padrinos en mi nueva vida. Durante los seis meses que duraron los arreglos fuimos trabando una buena amistad. Les tengo un cariño muy especial. Ya en mi nueva vivienda, al principio compraba a la comunidad los alimentos que necesitaba, aunque no tardé demasiado en tener mis propias gallinas y mi propio huerto, tras aprender de ellos lo necesario para cuidarlo. También me han enseñado otras muchas cosas, como hacer jabón, quesos, mermeladas, el conocimiento de algunas hierbas «curalotodo» de la zona y, sobre todo, reciclar, no tirar nada. La imaginación consigue que aquí todo sea reutilizable.
Cuando me fui integrando, empecé a asistir a las asambleas y me emocioné al vivir la democracia en su estado más real y más puro. Aquí nadie es más que nadie y la solidaridad y la ayuda a quien lo necesite son totales en toda la aldea. Si tuviera que definir su forma de vida, se acercaría mucho a la teoría de un comunismo perfecto y a la autogestión. Cada familia es dueña de su vivienda, sus enseres, sus animales y su huerto, pero todo lo que sacan con la venta en el mercado de sus excedentes, así como de sus trabajos de cestería y madera (pequeños muebles y objetos hechos a mano), hermosos tejidos de lana y tres variedades de riquísimos quesos y otros productos que elaboran, va a parar a una hucha común que sirve para cubrir cualquier necesidad, tanto comunitaria como individual. Las puertas de las casas nunca se cierran, es más, ninguna puerta tiene una cerradura con llave, sino un simple pestillo, algunas ni eso, y los tres vehículos que hay en el pueblo siempre tienen las llaves puestas por si hay alguna urgencia y alguien los necesita. Creo que estas sanas costumbres solamente pueden darse en comunidades tan pequeñas y tan aisladas como esta aldea.
El primer año se me pasó en un soplo. Entre las obras y los arreglos de mi hogar, comenzar mi huerto, hacerme con una docena de gallinas e irme familiarizando con sus costumbres y los giros o mezclas lingüísticas entre el castellano y su idioma, cuando me di cuenta estaba celebrando en el bar mi primer aniversario. Mi vida era muy sencilla: los quehaceres del día a día, pasear con Tao y Greta y leer; me traen los libros de la biblioteca del pueblo del mercado y a veces me acerco yo a por ellos. Cuatro mujeres de mediana edad se turnan en las labores de enseñar a los doce niños pequeños que hay en el pueblo. Paso bastantes ratos con ellas en la escuela, que no es otra cosa que un salón anexo al bar. Me sorprendió que todos los habitantes de la aldea supiesen leer y escribir. Pero además de leer y escribir e instruirles sobre las matemáticas más básicas y algo de geografía, literatura e historia, les enseñan lo más importante: cómo sobrevivir, cómo vivir sin depender de nadie de fuera en aquella dura tierra que han conseguido someter, generación tras generación, hasta lograr que el entorno se haya convertido en un aliado fiel que les permite vivir y alimentarse sin problemas.
Otras veces suelo tomarme un café en el bar y charlar con quien esté allí en ese momento. El cafetín es como la sala de estar y una especie de ayuntamiento o casa comunitaria de la aldea, así como la escuela y el lugar de las asambleas. Si hay servicios comunes, todos se llevan a cabo en las dependencias anexas al bar. Desde la instalación de las tres lavadoras hasta una cocina con dos grandes hornos, dos ordenadores, sobre todo para los más jóvenes, con un escáner y una impresora, y una pequeña biblioteca que me he encargado de ir aumentando, así como un pequeño almacén donde cada familia deposita sus excedentes y toma otros productos que ellos no hayan generado.
También hago fotografías, que empecé exponiendo en las paredes del salón colectivo para que se las llevasen si les gustaban. Después alguien pensó en enmarcarlas y tratar de venderlas también en el mercado. Y dicho y hecho. Al principio no fue muy bien, pero después de unos dos meses se vendían todas, cuyo importe iba a parar también a la caja común. Y hace un año también he empezado a escribir. Esto último ha sido una necesidad imperiosa, porque necesito comunicar y afianzar aún más lo que he sentido desde que llegué aquí. Necesito compartir el universo mágico y el amor que he descubierto en este lugar y que al principio hasta me hizo dudar de mi propia cordura. Pero ahora sé que la locura no ha invadido mi mente y que lo que he visto y he vivido es real, tan real como este minúsculo punto en el mapa, cuyo nombre no he dicho ni diré nunca, quizás para que el turismo de masas no llegue hasta aquí y con él la especulación capaz de arrasar cualquier enclave y finiquitar una forma de vida sin el más mínimo pudor; quizás por el respeto que profeso a su naturaleza y a sus misteriosas gentes; o quizás porque me he convertido en una guardiana más de sus secretos.
Sin embargo, sí que siento la necesidad de transmitir lo que he experimentado en estos cinco años, lo que he sentido al descubrir, poco a poco, otro mundo casi siempre invisible e inaccesible para el ser humano, pero que siempre, en mi interior, intuía que estaba ahí, rodeándome. Se puede sentir la vida, pero no la magia que transita por ella. Pero quien llega a sentir la energía de su hechizo, aunque sea una sola vez, nunca más volverá a ser la misma persona, ni volverá a sentir esa soledad que de vez en cuando nos invade, por muy acompañados o rodeados de gente que estemos.
Fue un proceso lento, turbulento e inquietante, porque poco a poco fui equilibrando mi inteligencia emocional y racional, removiendo muchas de mis creencias; porque fue como un proceso de iniciación que me preparó para mi contacto con otra dimensión de la realidad que, generalmente, no sabemos o no podemos ver.
EL ENCUENTRO
Aún no les he contado que en la aldea reside también una enigmática mujer, una especie de curandera que ejerce de médico y hasta de jueza-psicóloga, muy buena, por cierto. La aldea entera la respeta profundamente. En cuanto a la salud, no sé si será ella y sus remedios con las hierbas «curalotodo» o el clima del lugar. Lo único que he comprobado es que es rarísimo ver a alguien enfermo hasta el punto de hacer cama. Es una aldea sana y he constatado que el índice de vida es el más alto de todo el país.
El censo de residentes no es fijo. Sin saber al principio por qué, había temporadas en las que el número de mujeres aumentaba o disminuía, siempre cinco. Pasaban varios meses en la aldea y después desaparecían, regresando de nuevo al cabo de unas ocho semanas. Sin contarlas a ellas, el resto de los habitantes suma un total de 45 personas.
Pero volviendo a la curandera, jueza o psicóloga, desde el primer momento que la vi me atrajo profundamente, pero a la vez me infundió tal respeto que no me atreví a acercarme al grupo en el que estaba a pesar de que conocía a las tres personas que hablaban con ella. Ese encuentro se produjo en la primera asamblea a la que asistí con voz y voto, después de celebrar mi primer aniversario. Era curioso, porque en una comunidad tan pequeña y a lo largo de aquel año nunca había coincidido con ella.
En aquella reunión vecinal, que me emocionó por ser la primera asamblea a la que asistía como parte integrante de la comunidad, lo que significaba que me habían aceptado plenamente, fue donde la vi por primera vez y despertó extrañamente mi atención. Estaba unas filas delante de mí y no pude dejar de mirarla durante toda la reunión. Veía su perfil y su pelo negro, recogido en una trenza que le caía por la espalda. Era delgada pero musculosa y tenía un tipo que me pareció precioso. Como solía decir una excompañera de trabajo, muy aficionada a las dietas, «de esos que ni sobra ni falta». Mediría 1,65 y no conseguía ponerle edad. Supe después que tenía 48.
En la asamblea estaba casi todo el pueblo. Conocía prácticamente a todas las personas, pero ninguna había despertado mi curiosidad, esa curiosidad especial que pone en estado de alerta nuestra atención, hasta que la vi. Nuestras miradas se cruzaron fugazmente un momento antes de sentarnos, pero fue suficiente para que, inexplicablemente, estimulase mis sentidos. Cuando acabó la sesión ella se marchó con otras tres mujeres; yo me quedé un rato más y me atreví a preguntar quién era. Elena, la mujer que atendía en ese momento el bar, me dijo que se llamaba Nina, pero no amplió más detalles. No podía quedarme solo con el nombre, necesitaba saber algo más sobre ella, así que volví a preguntar.
—Sí, pero ¿quién es? No la había visto nunca.
Elena me miró y pareció dudar un momento. Después respondió:
—Es la curandera, la mediadora…
Me pareció que iba a añadir algo, pero volvió a mirarme y no dijo más.
Me fui para casa pensando en la tal Nina, la curandera, la mediadora. «¡Vaya, qué interesante!», pensé.
Al día siguiente me pasé por el bar para ver si coincidíamos, pero regresé a casa con cierta decepción. No la vi ni en el bar ni por la aldea y no me atreví a indagar más datos sobre ella. Por la noche, después de cenar, cogí un libro con la intención de leer un rato, pero no conseguía centrarme. Seguía con su imagen en mi cabeza.
Pasó una semana y no volví a verla, hasta que un día, al entrar en el cafetín, intuí que estaba allí. A pesar de que la había buscado durante varios días, me pilló por sorpresa y noté, según me acercaba a la barra, que los nervios estaban haciendo piruetas dentro de mi estómago. Nina estaba sentada en una mesa hablando con Manuel, el marido de Elena, con Víctor y María y con otras dos mujeres del pueblo, Lucía y Amanda. Me apoyé en la barra, de espaldas a ellos, y pedí un café.
Lucía y Amanda son dos de las mujeres jóvenes de la aldea, de unos 35 años. Lucía es seria y de carácter fuerte, pero muy amable. No conocía que tuviese pareja, cosa que me extrañó, pues es muy muy atractiva. De cara alargada, piel morena, estatura mediana (1,60 aproximadamente), esbelta, con el pelo rubio oscuro, muy corto, y unos ojos del color de la miel. Me gustaba mucho y había accedido a que le hiciese varias sesiones fotográficas. Me llevo muy bien con ella, aunque en lo referente a su vida íntima es un poco… no sé si misteriosa o introvertida, pero en ese terreno aún no he conseguido ganarme su confianza. Todo lo contrario que Amanda, su más íntima amiga, que es un auténtico vendaval que vuelve locos a los del pueblo, incluido su marido, Miguel, el encargado de la gasolinera y el taller, a quien no le falta trabajo, teniendo siempre a punto tanto los vehículos comunitarios como los motores de las dos barcas de pesca y de las dos zódiacs que completan su escuadra marinera o cualquier otro utensilio mecánico o eléctrico que exista en la aldea. Amanda es muy vital y divertida. También es bastante morena, más que Lucía, de rostro redondeado, pómulos muy marcados y media melena de pelo negro. Sus ojos negros y vivarachos irradian alegría y cualquier motivo es más que suficiente para organizar una comida o un baile comunal. Le gusta el teatro y es la encargada de montar y dirigir alguna pequeña obra que los improvisados actores representan para el resto del pueblo, bien en el salón comunitario o, si el tiempo es bueno, en la diminuta playa, a la que se accede zigzagueando, como ya he dicho, por los senderos de una empinada ladera. También hace lecturas para los mayores o escenifica cuentos para los niños, que la adoran. Es la madre de Martina, una traviesa y bulliciosa niña de cinco años que domina la pandilla infantil. Con Amanda he hecho bastante amistad y a veces colaboro en la escenificación de algún cuento. Me divierte mucho, aunque a veces es un torbellino que me agota. Tanto ella como Miguel son de ese tipo de seres humanos que sientes como si los conocieras de toda la vida y en los que sabes que puedes confiar.
Cuando entré en el bar, los saludé con la mano y me dirigí a la barra. María se acercó y me pidió que me sentase con ellos. La seguí, con los duendecillos de mi estómago un pelín inquietos, pero con satisfacción disimulada. Por fin iba a conocer a Nina. Me senté y nos presentaron. Entonces la miré. Su rostro era más alargado que los de María y Amanda, parecido al de Lucía, con la barbilla más pronunciada y los pómulos marcados, pero sus ojos me alucinaron. No había podido darme cuenta en nuestro fugaz cruce de miradas, durante la asamblea, de que no eran negros como los de casi todos los habitantes de la aldea, sino verdes, de un verde oliva intenso que, al contrastar con su tez morena y su pelo negro, me dejó sin habla. Me pareció la mujer más preciosa y fascinante que había visto nunca. Creo que en aquel momento los duendecillos de mi estómago querían trepar por mi esófago para asomarse desde mi boca y comprobar qué era lo que me había impactado tanto como para hacerlos brincar.
No podía dejar de mirarla, pero ella tampoco. Su penetrante mirada me conturbó totalmente y me llenó de confusión, no exenta de cierto temor, por la zozobra que me produjo. Cuando la miré a los ojos, aquellos ojos, noté que su mirada, a través de los míos, me desnudaba el alma. Me dejó con tal desconcierto que fui incapaz de reaccionar y no recuerdo si conseguí decir alguna frase. Fue Amanda, como no podía ser de otra manera, la que llevó el peso de la conversación. Al cabo de un tiempo Nina, que no había dejado de traspasarme con su mirada, dijo que tenía que irse. Se levantó y, tras darme la bienvenida a la aldea y desearme que fuese feliz en ella, se marchó con Lucía, no sin antes, ya de pie, volver a mirarme, esta vez con una sonrisa en su cara, que me pareció la sonrisa más cautivadora que me habían dedicado en toda mi vida.
Aquella noche apenas si pude dormir. Cuanto más pensaba en ella, mayores eran mi interés y mi curiosidad. Pensar en ella me hacía sentir una sorprendente paz, lo que me confundió un poco, pero también excitó bastante más mi intriga y mi atracción por ella.
Ya me había dado cuenta, y me había extrañado, de que algunas personas de la aldea, solamente unas quince, aunque tenían la piel morena, era más clara que la del resto, tirando un poco a cetrina, y aunque la mayoría tenía el pelo negro, no era tan liso, y había además seis o siete que tenían el cabello rubio oscuro. Sus rostros eran más alargados, no tan redondeados como los de la mayoría, y unos cuantos tenían también los ojos verdes, aunque ninguno tan bonitos y profundos como los de Nina.
Cuando advertí esta diferencia pensé que pertenecerían a etnias distintas, pero me sorprendió que viviesen juntos en aquella perdida aldea. Una tarde lo comenté con Amanda, con quien tenía más confianza y más tiempo pasaba, y su respuesta aumentó más mi intriga. Vino a decirme que, según contaban las personas más ancianas, a las que a su vez se lo habían contado sus antepasados, cuando ellos llegaron de las montañas buscando un lugar menos inhóspito para vivir, encontraron una diminuta aldea habitada por una docena de pescadores de piel algo más clara y unas cuantas mujeres. Algunos tenían el pelo negro y los ojos verdes, mientras que otros eran rubios y con los ojos del color de la miel. Finalmente, decidieron quedarse a vivir con ellos. Algunos de los habitantes actuales de la aldea son descendientes de la unión entre personas de aquellas dos etnias, pero Nina, así como Lucía, Manuel (el marido de Elena), Miguel (el marido de Amanda), María, Víctor y unas cuantas personas más son los que más directamente están relacionados con aquellos misteriosos y antiguos pobladores de la aldea. No hará falta decir que la historia fue otro ingrediente más para aumentar mi interés y fascinación por Nina.
A los tres días del episodio del bar, tres días que pasé pensando en ella, Nina, por medio de Lucía, nos invitó a comer en su casa, por lo que estuve todo un día, otra vez, con los duendecillos de mi estómago bastante alterados. Al llegar a su casa, Nina salió a recibirnos con una sonrisa. Yo quería contemplar otra vez sus ojos, pero no me atrevía a mirarla directamente. Pasamos a la salita, donde Lucía preparaba la mesa. En un rincón, al lado de la ventana, una anciana hablaba con Miguel. Nina me tomo suavemente del brazo y me llevó hasta ellos.
—Mi madre quiere conocerte. Ella se llama Yanira.
Saludé a ambos con una sonrisa y Miguel me cedió el asiento a su lado. Nina nos presentó y se fue a la cocina para terminar de preparar la comida.
—¡Hola, Yanira! Tiene un nombre precioso —le dije mientras contemplaba los mismos ojos de Nina en un rostro de unos setenta años (tenía ochenta) con una piel tersa y suave, lo cual disimulaba su verdadera edad. Debía de haber sido muy guapa, pues aún conservaba gran parte de su belleza, la que había heredado Nina, y su misma sonrisa cautivadora.
—¡Hola! ¿Todo bien? —preguntó mientras me cogía las manos—. Te he visto trabajar tu huerto y jugar con tus perros. Desde esta ventana veo tu casa.
—Sí, yo también la he visto alguna vez sentada en la puerta, pero no sabía que fuese la madre de Nina.
En ese momento Nina se acercó.
—Ya podemos sentarnos a la mesa.
La comida fue muy agradable. Yanira resultó ser una gran conversadora y demostró que la cabeza le funcionaba muy bien. Tenía mucha complicidad con Amanda y su sentido del humor. Noté que, de vez en cuando, me miraba con interés y me animaba a que le contase cosas de mi vida antes de recalar en su aldea. Aquello me hizo relajarme un poco con respecto a Nina, aunque nuestras miradas se habían cruzado en varios momentos de la comida, agitando de nuevo a mis duendecillos.
Después de tomar el café y el té de la sobremesa, Miguel y Amanda se fueron para recoger a su hija, que se había quedado con los hijos de María y Víctor, y Lucía se fue con ellos. Yo también me levanté con la intención de irme, pero Yanira me pidió que me quedase un poco más. Me senté con ella al lado de la ventana, desde la que también se veían la parte alta de los acantilados y el océano, y continuamos charlando mientras Nina recogía la cocina. Cuando se sentó con nosotras, Yanira dijo que iba a echar una pequeña cabezadita. Nina le colocó un cojín en el sillón para que estuviese más cómoda y le tapó las piernas con una manta. Después preparó una infusión, salimos al pequeño jardín delantero y nos sentamos en un banco lleno de cojines al lado de la ventana. Ella se sentó de lado, escrutándome de nuevo con su mirada, y yo, aunque estaba feliz de estar allí, a su lado, sin nadie a nuestro alrededor, volví a sentir el alboroto de mis duendes allá abajo, en mi estómago, e intenté distraerlos conversando.
—Tu madre es muy agradable y muy guapa. Te pareces mucho a ella.
—Entonces… ¿te parezco muy agradable y muy guapa? —preguntó mirándome con una sonrisa burlona.
Me eché a reír, pero preferí no responder, más que nada para no seguir por unos derroteros que no me ofrecían ninguna seguridad, y cambié de tercio.
—¿Ella ha sido también curandera y mediadora como tú?
—Todo lo que sé sobre las plantas y los árboles lo aprendí de ella y de mi abuela. Pero ¿por qué sabes que soy curandera? ¿Y qué es eso otro que has dicho? ¿Mediadora?
—Bueno, pregunté por ti a Elena y ella me dijo que eras la curandera, la mediadora.
—¡Ah! Preguntaste por mí… ¿Cuándo?
—El día de la asamblea.
—Pero ese día no hablamos, aún no nos habían presentado.
—Sí, pero te había visto y, como no te conocía a pesar de llevar ya un año por aquí, me intrigó un poco y sentí curiosidad por saber quién eras.
—¡Ah, ya! ¿Y has satisfecho tu curiosidad?
Tras esta última pregunta volvió a mirarme de aquella manera y con una sonrisa mitad socarrona, mitad incitadora, por lo que opté por llevar mi mirada a cualquier otro punto y tampoco respondí. Intentaba cambiar otra vez de tercio, pero no conseguía que me viniese ninguna idea aceptable para comenzar otra conversación. Nina se dio cuenta de mi nerviosismo y debí de darle penita pena, porque fue ella la que rompió la tensión.
—¿Te apetece otra infusión? Yo me voy a preparar otra —dijo mientras se levantaba y ponía su mano en mi hombro esperando, esta vez sí, mi respuesta.
—Sí, gracias —respondí mientras trataba de calmarme y analizar lo que me ocurría, pues no entendía la excitación que sentía en aquellos momentos. «¿Excitación? ¡Pero leches!», pensé. ¿Era eso lo que me pasaba, que me excitaba sexualmente? ¿A estas alturas de mi vida, a mi edad? Tengo que reconocer que en aquellos momentos no sé lo que hubiese dado por tener veinte años menos para haberle dicho lo que realmente me apetecía, que no era precisamente otra infusión. «Pero no, —me dije— no puede ser nada sexual».
En realidad, sí. Sí que lo era. Fui consciente de que desde que la vi sentía deseos de acariciarla y de besar sus labios, de abrazarla, de sentirla, de hacer el amor con ella, pero no era solo eso, que ya era bastante. Era algo más, era mucho más. Lo que me hacía sentir su presencia era una percepción de algo intangible, una conexión mucho más profunda que el deseo sexual y que iba más allá, aunque ese deseo existía, ya lo creo que existía. No sabía cómo explicarlo, pues nunca había sentido nada parecido por ninguna de las personas con las que había estado. Resumiendo, para no aburrirles ni aburrirme yo intentando definir algo que no comprendía, no tenía ni repajolera idea de qué estaba pasando en mi interior.
Su regreso, con otras dos tazas de la mano, me sacó de mis pensamientos, pero una vez que estos se habían producido fue peor, mucho peor. Me moría por poder contemplarla, pero era incapaz de mirarla. Me moría por tocarla y besarla y no sabía qué hacer con mi cuerpo ni cómo sentarme. Parecía un perro con pulgas. De repente me acordé de Tao y Greta… Mi salvación.
—Creo que será mejor que me vaya. Tengo que sacar a pasear a mis perros —dije sin mucho convencimiento, pero deseando alejarme de ella antes de hacer algo que me hiciera arrepentirme después. En el fondo, mis pensamientos y mi deseo me hacían sentir hasta un poco senil. Me resistía a admitir que a mis 65 años pudiera ocurrirme aquello, sentir algo tan fuerte que ni siquiera había sentido cuando era más joven. La realidad era que desde que había llegado a la aldea me sentía incluso más vital que cuando tenía cincuenta años, pero pensar que tenía 65, por muy bien que me encontrase, era una barrera psicológica que me sentía incapaz de superar. Solo quería escapar, volver a mi casa.
—Te acompaño, me apetece también dar un paseo.
Me rompió la escapada. Ya no respondí. Me levanté y empecé a andar con ella a mi lado. Ni siquiera recuerdo la conversación que mantuvimos por el camino. Cuando llegué a mi casa, al abrir la puerta Tao y Greta empezaron a dar saltos, primero conmigo y luego con Nina. Dimos una vuelta por los alrededores. Yo había conseguido tranquilizarme un poco hablando sobre el paisaje, sobre cómo me gustaba el color del mar, la luz… Ella me preguntó por el lugar en el que había vivido hasta entonces y yo intenté describir la ciudad y algunas otras zonas de España, todo ello caminando a su lado, pero sin mirarla directamente, aunque me daba cuenta de que ella sí lo hacía. Así, tras unas dos horas de agradable paseo y tentadores roces de brazos y cruces de miradas, regresamos hasta mi casa. Por educación, la invité a entrar mientras abría la puerta, aunque sin saber muy bien qué iba a hacer si ella aceptaba, pues el desconcierto por el deseo que provocaba en mí me estaba haciendo perder el control de la situación.
Nina estaba jugando con Greta y me miró.
—¿De verdad quieres que entre? —No pude esquivar su mirada, pues estaba frente a mí. No me dio opción a responder. Se echó a reír, se acercó, me dio un beso en la cara y dijo—: Será mejor que hoy no. Otro día…
Y tras dedicarme esa sonrisa que me embelesaba y me hacía fantasear con sus labios, me acarició la mejilla y se marchó. Sabía que tras unos pasos iba a volverse y no quería que me viese aún allí, en la puerta, mirándola, pero me había sorprendido tanto que durante varios segundos no pude moverme, lo justo para que, efectivamente, ella se volviese y levantando su mano se despidiese otra vez. Entré en casa intentando descifrar qué había detrás de sus directísimas miradas y su despedida.
«¿Me está provocando?», me pregunté. «¿Realmente está jugando conmigo? ¿Me está incitando a entrar en un intercambio de coqueteos?».
«¡Qué absurdo!», reflexioné a continuación. «¿Cómo va a querer ella seducirme? ¿Por qué iba a provocarme? ¿Provocarme para qué?».
Otra vez mi edad volvió a presentarse frente a mí en forma de una muralla infranqueable. Pensaba que era imposible que yo pudiese gustarle a Nina, que era mi deseo el que me hacía ver indicios y mensajes inexistentes de seducción, e intenté apartar aquellas ideas de mi cabeza. No podía permitirme esas tonterías. Me gustaba, por supuesto que me gustaba, me gustaba muchísimo, pero tenía que volver a gobernar mi vida. No podía dejarme llevar por mis emociones desbocadas o terminaría haciendo el ridículo. En realidad, ya sentía que lo estaba haciendo simplemente por desearla… Pero ¡cómo me atraía y me estimulaba aquella mujer!
Volvió a pasar una semana, que se me hizo eterna porque no volvimos a coincidir. No conseguía quitármela de la cabeza. Era agotador, porque mi inteligencia racional me invitaba a hacer todo lo posible para no volver a verla y la otra, la emocional, deseaba ardientemente buscarla y sentirla otra vez a mi lado. No sabía dónde se metía, pero sabía que aquel domingo volveríamos a encontrarnos, pues Amanda había preparado una de sus representaciones, que no se perdía nadie. Lo malo era que se había empeñado en que yo hiciese un papel. Afortunadamente, no era muy largo, unas cuantas frases en tres momentos de la obra, pero dado que entre mis aptitudes nunca había estado la de aspirante al Goya, tenía serias dudas de cómo iba a salir del trance y mucho más cuando sabía que Nina estaría entre el público.
Y el gran día llegó. El tiempo era muy bueno y la representación se hacía en la playita. Empezó la función bajo la dirección de Amanda, quien había conseguido montar un decorado a base de telas y palos que hubiera sido la envidia de Hollywood. Todo iba viento en popa. Yo me sentía muy profesional y había soltado todas mis frases sin titubeos hasta que, en la última, me di cuenta de que Nina se había ido desplazando y la tenía justo frente a mí, en la primera fila. Y llegó el desastre. La miré y se me olvidó la frasecita, que Amanda tuvo que apuntarme dos veces para que consiguiese terminarla. Como había pausas en el diálogo, la gente no se dio cuenta, pero Nina sí, y me dedicó una sonrisa entre burlona y seductora que acabó de rematarme.
Al final de la función, mientras la chiquillería ayudaba a recoger el peculiar decorado, los demás nos fuimos desperdigando, algunos tumbados en la arena y otros dándose un baño, aunque el agua estaba más bien fría. Dos de las del baño fueron Lucía y Nina. Yo me senté en una de las rocas con Miguel y Elena mientras charlábamos.
Cuando las vi saliendo del agua no podía dejar de mirarlas. Me hipnotizaron completamente. Parecían dos sirenas emergiendo de las profundidades marinas. Ya he dicho que Lucía era muy atractiva y en bañador tenía un tipo escultural, pero Nina… ¡Dios mío! Nina me pareció una auténtica diosa. Sus movimientos y sus andares emanaban una sensualidad que casi me hace atragantarme con la cerveza que me había dado Elena. Se había soltado el pelo, que le caía mojado sobre los hombros, y caminaba erguida, con un balanceo cadencioso de sus brazos, sus piernas, sus caderas, todo su cuerpo. Y aunque en ella resultaba natural, me pareció que se recreaba en aquella cadencia rítmica mientras, lentamente, se iban acercando a nosotros. No quería mirarla, pero no podía apartar mis ojos de su figura. Cuando llegaron a nuestra altura, hicieron un comentario sobre lo estimulante del baño. Elena les acercó unas toallas. Lucía la cogió y comenzó a secarse, pero Nina puso la suya encima de mis rodillas y me miró. En ese momento creo que entré en un estado de semialelamiento. La miré con embarazo. «Pero ¿qué pretende que haga? ¿Que le seque la espalda?», pensé. Fueron unos segundos, pues sencillamente lo que pretendía era que tuviese la toalla mientras ella se retorcía los cabellos para escurrir el agua. Después, con la mayor naturalidad, volvió a cogerla y empezó a secarse el pelo frente a mí, sin dejar de mirarme. Se dio cuenta perfectamente de mi lamentable estado. La verdad es que no sabía si meterme detrás de las piedras, convertirme en otra caracola o echar a volar con las gaviotas. Consiguió que me sintiese idiota. La miré, pero no pude sostener su mirada. Intenté dirigir mi vista hacia el océano, pero mis ojos se negaban a dejar de admirarla. Allí, frente a mí, su precioso rostro, sus enigmáticos ojos, su esbelto cuerpo embutido en un bañador que dejaba adivinar unos pechos firmes, cuyos pezones, por la frialdad del agua, se mostraban igual de firmes y voluptuosos bajo la tela… Después comenzó a secarse las piernas, unas bonitas, fibrosas y largas piernas. Por un momento, me dio la impresión de que se secaba a cámara lenta. Aquel espectáculo, aunque era arrebatador, me estaba matando. Cada vez que levantaba la vista hacia su cara me encontraba de nuevo con su mirada y una sonrisa guasona, todo ello sin dejar de hablar con Elena y Miguel, que no se dieron cuenta del jueguecito, esta vez lo vi muy claro, que Nina se traía conmigo ni del estado de turbación en el que yo me encontraba.
Lucía había ido a buscar a Amanda y, afortunadamente, llegaban en aquel momento, lo que fue como una tregua que me hizo respirar.
—¿Qué te pasó antes? Casi me dio un ataque de risa —preguntó Amanda mirándome tras soltar una carcajada.
—Pues que se me olvidó la frase. Es que ya estoy muy mayor —respondí—. Y encima no te entendía cuando me la estabas repitiendo —añadí, ya con una carcajada.
—Creo que nadie se ha dado cuenta. La verdad es que habéis estado todos muy bien —dijo Nina sonriendo y diciéndome con los ojos: «Tú sabes que yo sí me he dado cuenta y tu lapsus no ha sido precisamente porque estés muy mayor».
No sé por qué, pero tengo la certeza de que era eso lo que me dijeron sus ojos… En ese momento, Amanda mencionó que la marea estaba baja y podíamos dar un paseo, bordeando las rocas, hasta la siguiente cala, que era un poco más grande. Nina iba delante de mí, aún en bañador, permitiéndome libremente su contemplación, pero sé que ella se sabía mirada. Me extasié en su espalda, que me atraía como un imán, y la imaginé tumbada sobre la arena mientras mis labios se recreaban sobre su piel. Para salir de aquella fantasía me entretuve cogiendo algunas caracolas para llevármelas.
—¿Te gustan las caracolas? —preguntó Nina, que se había puesto a mi lado.
—Sí, me gustan mucho —respondí evitando mirarla—. Sé que es un poco infantil para mi edad, pero me encantan. Es como llevarme el mar y sus misterios a casa.
—¿Te preocupa tu edad?
—No… Bueno, sí… Bueno, no demasiado… ¿Por qué lo preguntas?
—Porque apenas hemos hablado hoy y ya has hecho alusión a la edad dos veces.
—¿Ah, sí? Pues no me he dado cuenta. De todas formas, es que tengo edad —le contesté con una sonrisa mientras pensaba: «Ya me gustaría tener en este momento unos cuantos años menos y ya verías…».
—¿Y crees que tu edad es un obstáculo?
No me digan que no era como para pensar que la jodía hubiese oído también mi pensamiento.
—¿Obstáculo para qué?
—No sé, tú sabrás. Quizás para hacer realidad algún deseo… ¿Deseas algo en este momento de tu vida?
Mientras me hacía la última pregunta, se había colocado frente a mí. Me puso en la mano una caracola que había recogido de la arena y me obsequió con un gesto divertido y una sonrisa entre pícara y retadora, esperando mi respuesta. Empecé a sentir otra vez los duendes en el estómago. Sin embargo, me gustaba su juego y por unos segundos me olvidé del rollo de la edad y entré de lleno en aquel incitante desafío.
—¿Y qué crees tú que puedo desear en este momento? —respondí mirándola también con una sonrisa irónica, aunque desviando rápidamente mis ojos de los suyos.
—Ya veo que intentas escabullirte. No me puedes responder devolviéndome la pregunta, porque he sido yo quien ha preguntado primero. ¿O no quieres arriesgarte en tu respuesta?
Yo seguí en «plan gallego».
—¿Tú crees que puedo correr algún riesgo si te respondo?
—No lo sé… Depende de lo que desees, porque todos los deseos entrañan algún tipo de riesgo, aunque a veces el riesgo implica sencillamente superar los miedos. ¿Es tu caso? —Seguía frente a mí. Nos habíamos para-do o, mejor dicho, ella me impedía seguir avanzando mientras el resto del grupo se alejaba en dirección al final de la ensenada. Entonces se acercó un poco más, tomó mi barbilla con su mano y, elevándola suavemente hasta conseguir que la mirase, entró de nuevo con sus ojos en mi trastienda emocional y me preguntó muy despacio—: ¿Qué es exactamente lo que deseas y lo que temes? Quizás, si tú me lo dices, yo podría responderte si corres algún riesgo.
En ese mismísimo instante perdí el desafío. Hasta me dio una especie de taquicardia. Las piernas me temblaban un poco y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no colgarme de su cuello y besarla. En lugar de eso, inicié una cobarde retirada, por supuesto haciendo caso omiso a su clara invitación para seguir por aquel camino. La inseguridad y las dudas volvieron a instalarse en mi cerebro. Como pude, conseguí apartarme y dirigirme hacia el grupo, que venía de regreso.
De vuelta a la aldea, Nina no hizo ningún intento de caminar a mi lado, lo que fue de agradecer para que fuese tranquilizándome. Creo que Nina era totalmente consciente de mi vulnerabilidad y no quiso seguir agobiándome con jueguecitos seductores que, tengo que confesar, me asustaban, pero a la vez me encantaban. A pesar del estímulo y de la vitalidad que Nina me transmitía, no quería seguir con aquello. Temía que, si seguía por aquel camino, al final iba a sufrir. Me decía una y otra vez que era imposible que yo pudiese gustarle a Nina. Pensaba más bien que, simplemente, yo era la novedad en la aldea, Nina era una seductora nata, se había percatado de que me gustaba y comenzó su juego sabiendo que dominaba la situación, una situación que a ella le divertía muchísimo y a mí me estaba poniendo de los nervios. Era simplemente eso y yo no quería volver a pasar por una situación afectiva que, al final, volviese a dejar mi mundo emocional patas arriba como en mis dos últimas aventuras amatorias. Así que tomé la decisión de evitar involucrarme en un juego que sabía que iba a perder, con el riesgo que significaba para mi propia autoestima después de lo que me había costado recuperarla.
Habían pasado ya unos siete días cuando una mañana, en uno de mis paseos por el monte, la vi. Estaba recogiendo hierbas de espaldas a mí. Intenté esconderme tras unos árboles, pues no me sentía con la seguridad suficiente como para un nuevo encuentro, pero aquella tontería me hizo sentir aún más infantil si cabe, puesto que tanto Tao como Greta corrieron hasta ella ladrando, dando saltos y moviendo la cola. Me convertí en un árbol clavado en el suelo. Me miró desde lejos, después de acariciar a mis perros, y me hizo señas con la mano para que me acercara. Lo hice. Todavía no sé cómo conseguí poner un pie tras el otro, pero llegué hasta donde estaba. Portaba una gran cesta de mimbre con varios compartimentos donde iba depositando las hierbas.
—Buenos días —saludé intentando mirar su cesta, las hierbas, las nubes… Cualquier cosa, menos su rostro.
—Buenos días —respondió—. ¿Por qué te escondías?
«¡Caray con la curandera!», pensé. «¿Es que también tiene ojos en la nuca?».
No sabía ni qué decir y, lógicamente, dije una tontería:
—No, no me escondía. Es que no quería molestarte.
Dio dos pasos, se puso delante de mí, me miró (ahí sí que no pude evitar mirarla) y me sonrió socarronamente:
—Anda, ven conmigo, acompáñame… Algo aprenderás. Y no te había visto, pero te han descubierto tus perros —remató tras una breve pausa mientras me escrutaba con sus profundos ojos.
Ya no pude pensar ni «caray con la curandera» ni nada parecido. Simplemente, la seguí.
La marcha-lección duró casi dos horas. Puedo decir que me enseñó muchas cosas sobre las hierbas que iba recogiendo, pero puedo asegurar que no aprendí nada, al menos en aquella primera salida que nunca olvidaré. Mi pensamiento no estaba para lecciones de botánica. La verdad es que mi mente se había quedado suspendida en el aire y se había perdido por el camino. Yo trataba de razonar y tranquilizarme, pero ni por esas. Solo la miraba de reojillo, o de soslayo si lo quieren un poco más fino, pero mi agitación interior iba en aumento y aquella voluntad que había puesto en marcha los días anteriores para no verla, para tratar de olvidarla, se había convertido en una nube blanca que flotaba sobre mi cabeza, pero ajena completamente a mi necesidad. Y hasta me dio la sensación de que se había aliado con la «recogehierbas» para burlarse de mí.
