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En una resurgente Era de esclavitud mundial con los descalabros experimentados durante tres décadas de codicia, el gran desprecio por el medio ambiente y el cambio climático, las migraciones masivas por las intervenciones en Siria y Libia de Estados Unidos y los nacionalismos de países de la Unión Europa, el latente peligro de guerra creado por raíces de violencia inextricables por Trump, que se plantea, enterrando los valores que construyeron la democracia, destruir el mundo si este crea un orden mundial sin América en el centro, adelanta el viaje programado para 2040 de cientos de seres que, sin encontrar guía de salvación para la humanidad, trabajaron férreamente concentrándose en abandonar la Tierra, por la continuidad y existencia de la especie y crear una sociedad de igualdad y equidad en TRAPPIST-1, siete planetas que quedan a 39 años luz del nuestro.
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Créditos
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Mario Toro Vicencio
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Diseño: Luz María Gutiérrez Tapia
ISBN: 978-84-1181-657-1
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Inicio
Y semejante espacio lo llamamos infinito, porque no hay razón, capacidad, posibilidad, sentido o naturaleza que deba limitarlo. En él existen infinitos mundos semejantes a este y no diferentes de este en su género, porque no hay razón ni defecto de capacidad natural (me refiero tanto a la potencia pasiva como a la activa) por la cual, así como en este espacio que nos rodea existen, no existan igualmente en todo el otro espacio que por su naturaleza no es diferente ni diverso de este.
En el original en italiano:
Cotal spacio lo diciamo infinito, perché non è raggione, convenienza, possibilità, senso o natura che debba finirlo:in esso sono infiniti mondi simili a questo, e non differenti in geno da questo; perché non è raggione né difetto di facultà naturale, dico tanto potenza passiva quanto attiva, per la quale, come in questo spacio circa noi ne sono, medesimamente non ne sieno in tutto l’altro spacio che di natura non è differente ed altro da questo.
Del infinito: el universo y los mundos. Diálogo quinto.
Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos siete (planetas) girar en torno a este sol que está cerca de nosotros.
En el original en italiano:
Sono dunque soli innumerabili, sono terre infinite, che similmente circuiscono queisoli; come veggiamo questi sette circuire questo sole a noi vicino.
Del infinito: el universo y los mundos, Diálogo tercero.
Giordano Bruno, italiano, intelectual y filósofo de la astronomía condenado a nueve años de cárcel, un juicio y la hoguera por su teoría de universo ilimitado y la infinitud de mundos. Ardió en la pira el 17 de febrero del último año del siglo XVI.
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Año 2019, Carlos, hombre del área de la ingeniería civil con sus veintitrés años a cuestas y Sofía, joven y destacada mujer socióloga de veintidós años, asistían en representación de Latinoamérica, Botswaba, hombre de raza negra, economista de veintidós años y Marcela, mulata, con doctorados en física y astronomía, de veintitrés años, ambos representando a África, María, enérgica mujer de veintidós años, con estudios en filosofía y Leonardo, médico de veinticuatro años, representantes de Centroamérica y el Caribe, se reúnen con todas las medidas de seguridad y la aplicación de antiguas, aunque renovadas y actualizadas experiencias y prácticas en clandestinidad, que el momento requería.
El lugar escogido era el Museo del Jamón ubicado en la Rambla, Barcelona, que había sido minuciosamente estudiado. Servía plenamente para el propósito que se había fijado: «junta de amigos que deseaban disfrutar y degustar los exquisitos platos que se ofrecían», sin que nadie sospechara que era un trascendental encuentro de miembros de un proyecto intercontinental, cuyo fin era la reproducción y la continuidad de la especie.
Lo que este crucial y decisivo evento expresaba eran años de arduo trabajo oculto de miles de voluntarios que desde la década del sesenta del siglo XX habían entregado su vida al proyecto. Comparecieron algunos miembros de la primera generación y gestores de la génesis de la gran idea que ese día los convocaba y unos pocos de la segunda que, en un acto solemne, aunque silencioso, procedieron a hacer el traspaso etario de la dirección, a la última de las descendencias.
Eran soñadores despiertos. De aquellos que se diferenciaban de los soñadores dormidos que, aunque el alcance de esas quimeras noctámbulas fuese de siglos y aunque la noche fuese tan larga como la necesidad de sus sueños, estos siempre terminarían con la aurora, mientras que el de ellos era físicamente perenne por la gran travesía de años y sustancialmente infinito por la esencia de la obra que los había unido, desestimando días y noches, alboradas y crepúsculos, superando tiempo y espacio.
Y lo que para muchos sería una utopía, para ellos eran sumas de imbatibles esperanzas y la culminación del renacer de la humanidad, puesto que en la perpetuidad de los sueños despiertos coincidían la razón y el sentir hasta converger en el campo poco conocido de la consciencia colectiva, que se introduce con todo el ímpetu en el espíritu indomable de todo aquel que persevera en la consecución de un fin superior.
Marcela y Leonardo, que habían iniciado una relación, aprovechando que contaban con la presencia de los acompañantes de la primera generación que podían ayudarlos —corrigiendo o cambiando errores de la historia que los unía en un todo indisoluble—, se retrotrajeron a la génesis, configuración y aplicación del proyecto y ambos, casi al unísono, sin proponérselo, hicieron recuerdos que se remontaron a aquellos tiempos, al transcurso de la vida de dos generaciones que los antecedían más la de ellos, en una conversación de sobremesa que duraría horas.
Ellos estaban de acuerdo, en lo que sus antecesores les habían transmitido y por lo aprendido como miembros activos de la organización, que hubiese sido imposible que el proyecto se configurara en otra época, más que en los años sesenta del siglo XX, que es cuando se inician grandes cambios globales, que se gestan como movimientos sociales y culturales que surgen desde la propia marginalidad, desde las orillas del sistema social, pero que se enraízan firmemente en la fértil tierra virgen de la consciencia pura hasta convertirse en nuevos modos de vida.
Es en este proceso vivido por los movimientos contraculturales y antisistémicos de los sesenta, que aparecen y se desarrollan los ecologistas, las feministas contemporáneas, los movimientos en pro de la tolerancia y la legitimidad del otro, de la aceptación de las identidades y diversidades sexuales, culturales y étnicas, los primeros signos de la actitud cultural de la individuación y el desarrollo personal, como parte de un colectivo.
Década cuyo particular y envolvente aroma provenía de las flores, década de la libertad de la mujer y la libertad sexual internacional y grupal del movimiento hippie, con su vida en colectivos y de la generación del 68 con la revolución planetaria denominada “la Primavera de París” o “Mayo del 68”, en Francia, que puso en evidencia que la sensibilidad encarnada en esas marginalidades dinámicas eran una nueva red de un renacer del espíritu colectivo, que irrumpía para hacerse presente.
El “Mayo francés”, en París, no se limitaba a mayo, ni al año 68, ni a París, sino que era parte de complejos procesos sociales y geopolíticos que hicieron de esos últimos años de la década del sesenta del siglo XX, un periodo decisivo para el orden global. Fue en el año 1968 cuando los estudiantes se rebelaron desde los Estados Unidos, México y otros países en Occidente, hasta Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el bloque denominado socialista, estimulados por la extraordinaria erupción de mayo en París.
Lo que cruzaba esta manifestación global de descontento fue una enorme insatisfacción por el poder en todas sus formas.
Década en la que los jóvenes surgieron de lo más profundo de la filosofía de las ideas libertarias, de lo más hondo de la sapiencia del mejor y más “decente” pensamiento y comportamiento humano, del inconmensurable sentir de los más hermosos sentimientos de amor universal y no obstante los impedimentos comunicacionales, se entrecruzaron sus mensajes a través de los aires y océanos por sobre las fronteras, en que los más preciados sueños se hicieron presentes y la imaginación los hizo alcanzables en la existencia de la historia universal, siendo esta la primera vez que a los jóvenes se les reconoce como una parte más de la sociedad —habían logrado una categoría social y cultural, alguien a quien tener en cuenta en sus opiniones—. Todo esto fue posible gracias a los movimientos contraculturales que comenzaban a aparecer, la famosa cultura underground y los movimientos juveniles que siguieron, como fue el movimiento hippie.
Y esas expectativas utópicas, en un clima humano que los franceses calificaron de bonheur revolotunionnaire—felicidad revolucionaria—, estaban presentes en los por siempre recordados lemas del 68, que en aquellos tiempos se podían leer en las murallas: “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “Queremos el mundo, y lo queremos ahora”, “No te fíes de alguien que tenga más de treinta años”, “Si no formas parte de la solución, formas parte del problema”.
Los cambios que se sucedieron en los años sesenta, promovidos, planteados y ejecutados por esa generación, fueron de tan elevada connotancia cualitativa y paradigmática, de tal fuerza cultural que para la humanidad no fue solo un despertar sino un nuevo Renacimiento.
Todos los presentes, en el encuentro del Museo del Jamón, opinaban coincidentemente que en la actualidad, al mirar con el prisma analítico que desde una perspectiva histórica permite asimilar mejor lo que ocurrió en ese tiempo en occidente, podían percatarse de que el ciclón creativo de aquellos años, fraguó y sugirió el tránsito a una nueva vida, cuya joven humanidad hizo retroceder a la maledicencia y se impuso de tal manera con sus principios cardinales, que la mediocridad corrió a guarecerse hasta nuevo aviso, la avaricia y la codicia se hundieron en el pantano más cercano sintiendo que no tenían proyección, el egoísmo se declaró interdicto y la desigualdad trató de camuflarse y pasar desapercibida, pero la evidencia la descubrió.
Fue entonces cuando se empezó a constatar que el modo y estilo de vida histórico de la época moderna se hacía insostenible. Y como vivaz respuesta de la conciencia, en ese momento prodigioso se comenzó a imaginar una nueva manera de vida. Así se encarama y atraviesa el muro de la historia universal esa notable y apasionada generación de hombres y mujeres inaugurando un movimiento cultural multiforme y diverso, contracultural y antisistémico en sus orígenes.
Y no obstante que terminó convertida en una imagen imborrable de historia universal más que en un programa, la revuelta del 68 tuvo éxito en demostrar que es posible apelar a nuevos derechos dentro de la democracia, incluido el derecho a cuestionar abiertamente la autoridad, provenga de donde provenga.
Entendieron que una de las características con las que nos podemos definir como seres humanos es la increíble inquietud por conocer el mundo y cuestionarlo, sobre todo. Al percatarse de eso, llegaron a la conclusión que los problemas de la humanidad no se resolvían con la intervención divina, para lo que se requería de la reflexión racional, a esa visión científica del mundo que se llama cosmovisión.
Los de la primera generación del proyecto, denominados sesentistas, activistas de la generosidad, aseguraban que hoy nadie se atrevería a representar el movimiento de 1968 en una forma puramente crítica y que todos los partidos políticos han tenido que adoptar con diversos grados en sus programas, algunos aspectos del movimiento y de la Agenda del 68. Asimismo, postulaban que la fuerte idea de conducir la imaginación al poder, de develar la falta de imaginación de toda forma de dominio; de expandir el campo y la idea de lo posible y viable en la política, como parte de una posición realista, es un legado que va más allá de los clichés, tan de moda a la hora de analizar lo que sucedió en esos días de la primavera de 1968.
Tenían que ser esas personas, con esa especial estirpe sesentista, también presentes y representados ese día, las que adquirieron la responsabilidad y asumieron como tarea primordial, para el cumplimiento del objetivo del proyecto —preservación de la raza humana—, construir tres enormes plataformas de lanzamiento y cohetes interplanetarios, al amparo de la oscuridad de las profundidades de la superficie, bajo la frondosa selva del Amazonas, las arenas de los desiertos de Atacama y de Sáhara, para no ser detectados por satélites de otras latitudes continentales y pasar totalmente inadvertidos, como una gota de agua en la lluvia o una hoja de árbol en el bosque.La Antártica se había descartado, por estar al descubierto y cualquier movimiento produciría sospechas.
Los primeros miembros del proyecto, que denominaron Despegue, habían hecho bien en ocultar sus propósitos bajo la superficie e invisibilizarce porque ya el 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanzaba al espacio el primer satélite artificial del mundo, el Sputnik I y, que cuando la esfera de aluminio orbitó alrededor de la Tierra, tanto los habitantes del planeta, en general, como los estadounidenses, en particular, habían quedado atónitos porque un país que, según los propios norteamericanos, era tecnológicamente inferior, los había superado y se les había adelantado.
En noviembre aumentó la consternación y desesperación de los norteamericanos cuando los soviéticos pusieron en órbita el Sputnik II con la perra Laika a bordo.
Los desasosiegos y temores estadounidenses por el Sputnik tenían dos causas: el sorprendente logro de los soviéticos les daba ventaja en la guerra propagandística, y la tecnología espacial podía ser aplicada en la creación de nuevo armamento. Se negaban a creer el anuncio de que la Unión Soviética había probado el primer misil balístico intercontinental (MBIC), un arma nuclear autopropulsada capaz de cruzar océanos.
Para el mundo el liderazgo de Moscú era innegable y la opinión pública norteamericana hacía escuchar sus voces en las calles y exigía un satélite. ¡La carrera espacial había comenzado!
El gran acontecimiento, que los adherentes de Despegue tenían proyectado llevar a cabo el año 2044, hubo que adelantarlo por los últimos sucesos acaecidos a escala mundial.
Todos los miembros de Despegue seguían el trascurso global de sucesos acaecidos con mucha atención, así tenían registradas en sus mentes que el siglo XX —siglo de Marx, de Freud, de Einstein—, quedó claramente dividido en dos partes. La primera mitad marcada por las dos guerras mundiales y en cuyo período de entreguerras se desarrollaron la revolución soviética, el fascismo y el nazismo, y la crisis de 1929; y una segunda mitad presidida por la Guerra Fría entre los dos bloques antagónicos liderados por los Estados Unidos y la Unión Soviética, la descolonización y el surgimiento del tercer mundo, la revolución científico-técnica, la revolución de 1968, la crisis de 1973 y la espectacular caída del “bloque comunista de 1989”.
Sabían que Estados Unidos había conseguido establecer un orden mundial según sus valores y cultura con el requisito sine qua non de ser su garante. Que el estilo de vida, su cultura y el sueño americano de que todo el mundo puede volverse rico pasaron a ser los principales productos de exportación estadounidense, la música, la comida, el cine y la vestimenta se propagaron por el mundo. Que con la anuencia y voto de muchos países el Foro de las Naciones Unidas se creó con un Consejo de Seguridad en el que EE.UU pudiera vetar cualquier resolución; el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se pensaron en función del dólar como divisa mundial y como instituciones que redujesen hasta la inexistencia la soberanía de los países mediante la presión económica.
Asimismo, los integrantes del proyecto tenían amplios conocimientos sobre la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) —como respuesta a la que los gobernantes norteamericanos llamaron “amenaza de la Unión Soviética”—, que fue una idea exclusiva de Estados Unidos y que termina con la desaparición de la Unión Soviética y la bipolaridad del mundo.
Comparecieron también a la aparición del nuevo y bien estudiado concepto denominado globalización —término que utilizó el país del norte para la hegemonía estadounidense—.
Los más antiguos miembros del proyecto fueron espectadores que con la caída del Muro de Berlín —que para muchos significó el fin de las ideologías—, la vida política pasó a ser solo una competencia administrativa, sin visión ni valores cardinales. La corrupción creció de manera alarmante, gran parte de la ciudadanía dejó de participar, los partidos se volvieron autorreferenciales, los dirigentes políticos, que en su mayoría son iletrados y muestran un desprecio por el arte y la cultura, se convirtieron en una casta profesional con conflictos de intereses provocando la desafección de la ciudadanía.
La desconfianza en las instituciones creció de manera ostensible —Iglesia Católica, Gobiernos, Estados, Bancos, Congresos, Gremios Empresariales, Fuerzas Armadas, otras—, las finanzas mundiales y la élite se aislaron en paraísos fiscales y los jóvenes, que no encontraban empleos o estos eran precarios, fueron testigos de que en pocos años se destinaron cuatro billones de dólares a salvar al sistema bancario de su propia mala gestión.
Observaron impactados que los descalabros experimentados durante tres décadas de codicia, como pilar de la nueva economía, fueron evidentes cuando los datos expusieron una concentración de la riqueza sin precedentes y en unas pocas manos, con muchas víctimas —en especial entre los jóvenes—, millones de personas sumidas en la más brutal pobreza y el gran desprecio por el medio ambiente y el cambio climático. Además, el mundo estaba cruzado por pandemias, enfermedades como el cáncer, hambruna brutal en cuatro países de África con muchos muertos por inanición y más de diez millones de personas en riesgo de padecer lo mismo.
El brutal consumismo se manifestaba de tal manera en el mundo que la integración de los ciudadanos en las sociedades de los países del hemisferio sur dependía de las deudas contraídas. A la civilización actual le ha sido imposible evitar que la prosperidad y riqueza de un pequeño grupo tenga como premisa la opresión y sumisión de la mayoría de la población mundial y eso provoca, en los oprimidos, una animosidad y antagonismo contra las sociedades que ellos mismos han construido con su trabajo, porque los propios privilegiados no les permiten ser partícipes del bienestar logrado con su esfuerzo. Todo resultaba ser en extremo regresivo.
En ese contexto, era sencillamente inconcebible que el 82% del dinero que se generó en el mundo en 2017 fuera al 1% más rico de la población global y ocho millonarios detentan más dinero que la mitad de la población de nuestro planeta. Sus suculentas arcas y tarjetas de plástico surcaban los cielos de continente en continente, tejiendo una enorme tela de araña para atrapar a los necesitados, ocupando todo espacio terrenal disponible, tragándose la superficie que pisan miles de millones de seres, haciéndolos colgar del Globo. ¡En sus “porosos” cuerpos se adosaban monedas y billetes circulantes, y la deglución de personas, de espacios físicos, de los recursos naturales, como el agua, los bosques y todo lo que en enormes cantidades ingerían a su paso, era como una condición biológica que nunca les permitía saciarse!
¡Una nueva era de esclavitud mundial resurgía en manos de estos psicópatas con comportamientos antisociales y amorales, falta de habilidad para amar o establecer relaciones personales significativas, que nunca sentirán culpa, vergüenza o remordimientos por mantener a miles de millones de personas en la inopia!
Las emociones socializadoras, como la empatía, el amor, la culpa, la vergüenza, el remordimiento, les eran totalmente ajenas y no se adquirían como quien da un examen de grado y al día siguiente dice soy profesional. Se sentían con pleno derecho de apoderarse y tomar lo que quisieran, trataban a la gente de la manera que le viniese en gana, manipulando, menospreciando y abusando del resto por el mero hecho de dominarlos.
Nunca se harían la pregunta de quién es la culpa de tanta miseria y desigualdad porque les es imposible sentir, y por tanto entender, que las emociones socializadoras son aquellas que permiten que nuestra sociedad funcione bien, las que benefician a todas las partes implicadas. ¡Y cómo carecen de emociones socializadoras, su comportamiento será siempre antisocial!
Si este grupo de ricos cediera algo, un gran número de personas de la población mundial tendría lo que en sociología se denomina “acceso a”, pero como desconocen al resto de esa población terrestre, nunca se conocerá la palabra consenso. ¡Estos seres poderosos totalmente inconexos de la humanidad, existen en una realidad paralela, es más, son irreales con respecto de la situación del resto del mundo!
Confirmaba esta irreal presencia que, aunque pequeña en número, su dimensión de ocupación y de poderío eran colosales, la pareja de conceptos que habían rescatado del filósofo alemán, Hegel, del siglo dieciocho, para saber del mundo en que vivían y distinguir el grado de humanidad propio: «Lo que es racional se hace real, y lo que es real se hace racional» —Was vernünftig ist wird wirklich, und das wirkliche wird vernünftig—, sin identificar de manera intrínseca lo racional con lo real, sino entendiendo que se trataba de un proceso, que cambia lo racional en real, mediante el cual la realidad se hace también más racional.
Para el filósofo alemán la monarquía francesa se había hecho tan irreal, es decir, tan despojada de toda necesidad, tan irracional, que hubo de ser barrida por la Gran Revolución. Así como en la Francia de entonces, lo irracional era la monarquía y lo real la revolución, en la época contemporánea lo irracional es el sistema de inequidad mundial manejado por unos pocos ricos y poderosos señores, que en un gran despliegue destructivo, avasallador, execrable, se han adueñado del mundo y lo real es que esos miles de millones de personas que el sistema excluye, perjudica, margina, mantiene en extrema pobreza y hace morir de inanición —como en África—, provocarán un cambio global, sin igual, de bienestar e inclusión para todos.
Estaba comprobado que cualquier levantamiento por derechos de la ciudadanía contra el sistema establecido a los poderosos defensores de él, les resultaba caos, por la posible desestabilización.
Excepto en Islandia, país que tuvo que forzar la convocatoria de un referéndum, que permitió la negación a pagar una deuda originada por quienes vivían de espaldas a la población —mayormente banqueros—, que destituyó al gobierno que actuó cómplice o negligentemente y castigó a los culpables a la cárcel. Pero lo más importante es que el sistema político del que hoy disfrutan tuvo su origen en un Proceso Constituyente que desde un principio contó con la ciudadanía. Primero, porque los islandeses consiguieron el referéndum reuniendo el 25% de las firmas del total de votantes del país. Segundo, porque por primera vez en la historia un país prescinde de su clase política a la hora de elegir a una Asamblea Constituyente. Treinta y un ciudadanos fueron elegidos de entre toda la ciudadanía que quiso presentarse y ningún candidato disfrutó de un minuto más de publicidad que el resto, así como tampoco recurrió a prebendas después de haber sido electos. Antes de redactarse la nueva Constitución, la Asamblea trabajó con una encuesta que se hizo a mil ciudadanos donde se preguntó por el modelo político deseado. La mayoría de los islandeses llegó a la conclusión de que los problemas que aquejaban al país se debieron a la falta de control que la sociedad
