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Esta es la historia de Mara, una joven artista peruana que vive en Madrid mientras estudia Bellas Artes. Al terminar sus estudios, se enfrenta a rechazos constantes y a la falta de oportunidades para mostrar sus obras y hacer despegar su carrera. Tras varios fracasos personales y creativos, con la autoestima mellada, Mara siente que ha perdido la conexión con su vocación. Es entonces cuando se reencuentra con su amiga de la infancia, Elena, quien la motiva para postularse a una residencia artística en Valencia. Allí, entre nuevas voces y miradas, Mara descubre que las historias y las heridas de los otros reflejan las suyas propias… y que quizá la única forma de sanar sea atreverse a enfrentar sus propios miedos. * La amistad, el sentido de la vida, el crecimiento personal... y el arte en el centro, como vía para la autoaceptación, la esperanza y la búsqueda del camino personal.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Más allá del liezo
© Fernanda Cappelletti
Septiembre de 2025
ISBN Libro en papel con solapas: 978-84-685-9141-4
ISBN Ebook en ePub: 978-84-685-9140-7
Depósito legal: M-20620-2025
SafeCreative: 2509253154815
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
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A mi madre, cuyo amor y sacrificio han sido mi inspiración y fortaleza, y a mí misma, por el coraje de enfrentar mis sombras.
Que esta historia sea un homenaje a mi perseverancia, creatividad y mi incansable esfuerzo por encontrar la belleza en cada paso del camino.
Prólogo
CAPÍTULO 1. Un asilo en el arte
CAPÍTULO 2. El despertar de las dudas
CAPÍTULO 3. Caída en picada
CAPÍTULO 4. Elena toca la puerta
CAPÍTULO 5. Camino hacia la renovación
CAPÍTULO 6. Los fantasmas del pasado
CAPÍTULO 7. La propuesta
CAPÍTULO 8. Bienvenida, Mara
CAPÍTULO 9. El tiempo transcurre
CAPÍTULO 10. Valencia me está sanando
CAPÍTULO 11. Aceptar y liberar
CAPÍTULO 12. Un lugar en el corazón
CAPÍTULO 13. El regreso a Madrid
CAPÍTULO 14. El arte no se vende
CAPÍTULO 15. Arte rodante
CAPÍTULO 16. Valencia no decepciona
CAPÍTULO 17. La recta final
Epílogo
El viento susurra a través de las rendijas de mi estudio, llevando consigo el eco de una historia que aún no ha sido contada. Aquí, en este rincón de mi vida, me encuentro enganchada entre la quietud de lo que conozco y la incertidumbre de lo que está por venir, atrapada en un limbo de pensamientos que no he logrado organizar. La esperanza me llama desde algún lugar lejano, pero el miedo, como una sombra persistente, se cierne sobre mí, ocultando lo que podría ser.
El arte siempre ha sido mi refugio, un espacio donde las palabras se convierten en colores y los sentimientos en formas. Pero, en estos últimos tiempos, el lienzo en blanco se ha transformado en un campo de batalla, y mi inspiración, una musa esquiva. Cada trazo, cada intento de capturar lo que siento, se ha visto empañado por una sombra persistente: el miedo al fracaso.
Este relato no es solo sobre la dificultad de crear. Es una exploración profunda de la vulnerabilidad humana, de lo que ocurre cuando nos enfrentamos a nuestros miedos más íntimos y descubrimos que, a pesar de todo, seguimos adelante. Lo que quiero contarte no es solo una lucha con el arte, sino con el alma. ¿Es una historia de dudas? Sí, pero también de momentos en los que, incluso sin saberlo, encontré una fuerza dentro de mí que me permitió seguir buscando, seguir creando. Porque, al final, el arte no es solo una forma de expresión; es una forma de sanación, de redescubrimiento y de conexión con lo más profundo de nosotros mismos.
Si decides quedarte, quiero que sepas que este no es solo un relato de lucha, sino un canto a la resiliencia humana, a la capacidad de seguir, de aprender y de sanar. A través de estas palabras, te ofrezco un testimonio de lo que significa ser humano: vulnerable, temeroso, pero también infinitamente capaz de renacer. En cada intento, en cada caída, en cada nuevo comienzo, encontramos la verdadera esencia de la creación. Y quizás, solo quizás, al caminar conmigo en este viaje, descubras que la verdadera belleza está en seguir adelante, incluso cuando el camino se oscurece.
Desde que tengo memoria, el arte siempre ha sido mi refugio, mientras otros niños jugaban en el parque ensuciándose la ropa, yo me perdía en un universo de colores y formas, encerrada en mi pequeña habitación. Mis manos, siempre manchadas de pintura, daban vida a mundos que solo existían en lo más profundo de mi mente, el lugar sagrado mayor conocido como la imaginación. Mi madre fue la primera persona en descubrir mi potencial, solía decirme que tenía un don, capaz de transformar una simple hoja en blanco en un sin fin de historias y emociones. Mi padre, aunque más reservado, siempre me regalaba una cálida sonrisa al ver mis creaciones, y ese gesto silencioso hacía que mi corazón desborde una alegría indescriptible, creando en mí un sentimiento de satisfacción que con el tiempo se convertiría en mi vocación.
A los dieciocho, ingresé a la prestigiosa Escuela de Bellas Artes en Madrid. Y ahí en ese instante, tocó a mi puerta un golpe de realidad, algo que tal vez no había asimilado antes, era el momento de abrir mis alas y volar muy lejos de mi nido, un hogar cálido compuesto por personas que impulsaron mis sueños, mis padres me llenaron de confianza e ilusión, y me dieron el apoyo necesario para irme tranquila, sabiendo que en aquel lugar, con sus altos techos y amplios ventanales, iba a adentrarme en un mundo de oportunidades y mucho aprendizaje. Durante cuatro años, me sumergí en un torbellino de técnicas y estilos, impregné en mi cuerpo no solo los pigmentos o residuos con los que me tocaron trabajar, sino también con el conocimiento de maestros a quienes admiraba profundamente y establecí lazos con compañeros que compartían la misma pasión que yo.
Pero el mundo fuera de las aulas resultó ser mucho más implacable de lo que había anticipado. Al graduarme, lo hice con honores, recibiendo elogios tanto de mis profesores como de mis colegas, pero ese día, mientras sostenía orgullosa mi diploma, no podía imaginar las dificultades que se avecinaban, y empecé a cuestionarme la validez de esos elogios, estaba a punto de pisar otro terreno, uno en donde el éxito radica solo en mí. Con una mezcla de esperanza y ansiedad, comencé a buscar mi lugar en el competitivo mundo del arte profesional, con la firme creencia de que mi talento y dedicación serían suficientes para afrontarlo.
Los primeros meses después de graduarme fueron un torbellino de acciones. Envié solicitudes a galerías, participé en concursos y asistí a eventos de networking, tratando de hacerme un nombre en la escena artística. Sin embargo, cada rechazo golpeaba mi confianza, como si una parte de mí se rompiera con cada “no” que recibía. Las galerías rechazaban mis obras, los concursos no me seleccionaban y los comentarios desalentadores de críticos y colegas comenzaban a perforar mi espíritu.
Una tarde, después de recibir una carta de rechazo de una galería que admiraba, me senté en mi pequeño estudio, intentando aliviar la sensación de opresión que llevaba en el pecho, no era la primera carta de rechazo y probablemente tampoco sería la última, entre más reflexionaba, la sensación de mi pecho solo se hacía más profunda y no tuve más remedio que dejar caer mis lágrimas libremente. Me preguntaba si realmente tenía lo necesario para triunfar en el mundo del arte, o si simplemente estaba persiguiendo una ilusión muy lejana a la realidad. El peso de la incertidumbre se hacía cada vez más insoportable, y la presión de alcanzar el éxito me empujaba hacia una espiral de ansiedad y depresión.
Esta situación, en donde el espacio de mi estudio se reducía por la gran cantidad de dudas que llevaba encima, se volvió muy recurrentes. Mis padres, como siempre siendo mi ancla, intentaban animarme desde la distancia. Mi madre me recordaba constantemente mi talento, mientras que mi padre me sugería que no me rindiera. Pero las palabras de apoyo, solo eso son y aunque bienintencionadas, no podían llenar el vacío que sentía. Comenzaba a preguntarme si había cometido un error al seguir una carrera tan incierta, si con el salir de mi país y de mi casa había escrito un terrible final para mí. El arte, que siempre había sido mi refugio, empezaba a parecerme una prisión de expectativas y decepciones, dándome todavía más pesares al sentirme atrapada en la insuficiencia.
En uno de esos días oscuros, mientras caminaba por la ciudad buscando inspiración o, quizás, simplemente una distracción que me alejara de mi estudio lleno de obras rechazadas y fallidas, me encontré frente a una pequeña galería que nunca había visto antes. En el escaparate, una pintura capturó completamente toda mi atención. Era una obra vibrante, llena de vida y color, que transmitía una intensidad que resonaba profundamente en mi corazón. Era como si la pintura me hablara directamente, recordándome algo que había olvidado. Entré en la galería y me encontré con el propietario, un hombre mayor con una barba canosa y ojos brillantes. Le hablé de la pintura, de cómo había llamado mi atención y cómo resonó conmigo, él sonrió, como si entendiera exactamente lo que sentía.
—El arte tiene el poder de tocar el alma —habló el hombre con voz suave pero firme.
—Nunca olvides por qué comenzaste a crear en primer lugar —me sonrió y me dejó observando la pintura, sus palabras quedaron grabadas en mi mente y salí del lugar con una sensación de calidez, encontré lo que estaba buscando, mi inspiración.
Esa noche, comencé a pintar nuevamente. No para las galerías ni para los críticos, sino para mí misma. Pinté mis emociones, mis miedos y mis sueños. Y aunque el futuro seguía siendo incierto, por primera vez en mucho tiempo, sentí una chispa de esperanza. Las pinceladas llenaban el lienzo, y con cada trazo, como dijo el buen hombre, recordaba por qué el arte siempre había sido mi refugio, el por qué empecé a crear, no se trataba del reconocimiento externo, sino de la conexión conmigo misma, de expresar mi verdadero yo. La sonrisa que emanaba mi rostro se convirtió en una armadura mental, me preparé para enfrentar lo que viniera, con la convicción de que mi arte, mi verdadero arte, siempre encontraría un lugar en el mundo.
Desperté esa mañana con una sensación que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas de mi pequeño apartamento, proyectando sombras que danzaban suavemente sobre las paredes. Sentí que el peso de las expectativas y los fracasos recientes se había aligerado, y aunque solo fuera un poco, sentía que había logrado salir del estancamiento en el que me encontraba, fue suficiente como para motivarme a enfrentar el día con una nueva perspectiva.
Mi primera parada fue la cocina. Al querer que este sea un día extremadamente favorable para mí, decidí hacer mi ritual sagrado de todos los días, lo único que puede darle un giro diferente a esas lóbregas mañanas, el café. Mientras preparaba mi elixir de vida, mis pensamientos regresaban insistentemente a la pintura que había terminado el día anterior. Era la primera vez en meses que me había perdido en el proceso creativo, dejando que mis emociones fluyeran libremente sobre el lienzo, sin pensar en la opinión externa y, aunque imperfecta, sentía que era una verdadera extensión de mí misma.
Después del desayuno, me dirigí a mi estudio, un espacio pequeño pero acogedor, lleno de lienzos, pinceles y tubos de pintura, que envolvían el ambiente con una calidez de hogar. Me quedé mirando la obra que había creado la noche anterior, tratando de absorber cada detalle, cada imperfección, cada trazo de color. En ese momento, sentí una chispa de esperanza, una pequeña llama que alegraba mi corazón y me recordaba por qué el arte siempre había sido mi refugio. Me alejé de los lienzos por un momento para sentarme en mi escritorio y revisar mi correo, sin expectativas, pero con ilusión. Al revisarlo, encontré una invitación a una exposición colectiva en una pequeña galería local. Mi corazón se aceleró al leer la invitación, revisé el texto de nuevo, en caso de que sea una mala jugada por parte de mi esperanzada cabecita, pero no era el caso, efectivamente era una oportunidad para mostrar mi trabajo, pero también una prueba para mi recién recuperada confianza. Las dudas comenzaron a aflorar nuevamente casi de inmediato. ¿Y si mi obra no era aceptada? ¿Y si no era suficiente? ¿Y si tuviera que afrontar de nuevo el tan temible “no”?
Decidí llamar a mi madre para hablar sobre la invitación que había recibido, ella siempre ha sido mi mayor apoyo, y necesitaba escuchar su voz tranquilizadora. Tomé el teléfono y marqué su número, sintiendo un nudo en el estómago. Después de unos segundos, su voz cálida respondió al otro lado de la línea.
—Mara, mi amor, ¿cómo estás? —preguntó con esa suavidad que solo una madre puede transmitir.
—Mamá, he recibido una invitación para participar en una exposición colectiva —dije, tratando de mantener mi voz firme—. Pero no estoy segura de si debería hacerlo. Tengo miedo de que algo salga mal.
—Mara, recuerda por qué has decidido seguir ese camino. No permitas que el miedo al rechazo te impida compartir tu don con el mundo —me dijo con convicción—. Hija, tienes un talento increíble, todos merecen ver lo que eres capaz de crear, opiniones siempre habrán, buenas o malas, tú debes mostrarle tu arte al mundo.
Las palabras de mi sabia madre, como anillo al dedo, me dieron la calma que necesitaba en ese momento, llenándome de una nueva determinación. Sabía que enviar mis obras a la galería era un riesgo, pero también comprendía que el verdadero fracaso radicaba en no intentarlo. Así que decidí enviar algunas de mis nuevas pinturas, con la esperanza de que fueran aceptadas.
Durante los días siguientes, me sumergí en la preparación, asegurándome de que cada detalle estuviera perfecto, no salí de mi estudio, esperando a que la inspiración llegara como un rayo de luz a mejorar las obras que ya tenía, me estaba esmerando y las dudas iban y venían al mismo tiempo, pero al menos lo estaba intentando. La espera por una respuesta se hizo interminable, cada segundo cargado de ansiedad y esperanza. Pasaba las horas revisando mis correos electrónicos, esperando ese mensaje que podría cambiarlo todo.
Finalmente, una mañana llegó el correo electrónico que tanto había esperado. Abrí el mensaje con el corazón en la garganta. Para mi sorpresa y alivio, la galería había aceptado tres de mis pinturas para la exposición. Sentí una mezcla de emoción y nerviosismo, una corriente eléctrica recorriendo todo mi cuerpo, haciendo que algunas lágrimas salieran de mis ojos, Era un pequeño triunfo, pero para mí significaba el mundo.
Llamé a mi madre de inmediato para darle la noticia.
—¡Mamá, aceptaron mis pinturas! —exclamé, apenas conteniendo mi entusiasmo.
—¡Hija mía, estoy tan orgullosa de ti! —respondió ella, su voz llena de alegría—. Sabía que podías hacerlo. Este es solo el comienzo de algo maravilloso.
La semana siguiente se pasó en un abrir y cerrar de ojos. El día de la exposición llegó y, con él, una mezcla de emociones que me hacían sentir viva. La noche de inauguración en la galería fue una mezcla de nervios y emoción. Llegué temprano, antes de que el público comenzara a llegar, para asegurarme de que todo estuviera en su lugar. El espacio era acogedor y elegante, con paredes blancas que contrastaban perfectamente con las vibrantes obras de arte que se exponían esa noche. Cada rincón de la galería estaba impregnado de una energía palpable y una expectativa que se sentía en el aire.
