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Un escultor capaz de crear una obra de arte inmortal, un artista capaz de sintetizar todo el saber de su época en una obra que se convertirá en leyenda y que anticipará el gótico en España.Antonio Costa es un experto en el Pórtico de la Gloria y un escritor de talento que ha conseguido que sus novelas llegaran a las últimas votaciones en premios como el Nadal y el Planeta. Ambas cosas quedan perfectamente plasmadas en esta novela, pionera, que nos detalla la formación artística de uno de los escultores más relevantes y desconocidos de nuestra historia. En Mateo, el maestro de Compostela seremos testigos del descubrimiento del Maestro Mateo de sí mismo, su infancia, sus viajes por Europa en los que conocerá el platonismo, la geometría, el gótico y el folclore medieval, pero también el amor, el desamor y la amistad. La novela nos recrea la vida de los señores del Medievo, la de los monjes y las damas, y también la de los canteros, los agricultores y los aldeanos y nos enseña por qué el maestro inmortalizó el Paraíso como una fiesta de aldea.Razones para comprar la obra:- Es la primera novela histórica sobre el Maestro Mateo y es, por tanto, una oportunidad única de conocer el proceso creativo que siguió el Maestro para crear el Pórtico de la Gloria.- El tratamiento del artista es en un tono vivo que nos despliega los detalles de un alma atormentada, de un hombre desgarrado.- La novela cuenta cómo llegó el gótico a España y, para ello, entrecruza datos de diversos autores que han tratado sobre el arte del S. XII.- El libro atrapa por el realismo de los personajes y por la veracidad de la trama.Una obra que nos presenta, de un modo poético y realista al artífice del Pórtico de la Gloria en toda su humanidad, un hombre cercano, accesible y abierto a los sentimientos humanos y a las corrientes de la cultura medieval.
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Colección: Novela Histórica
www.nowtilus.com
Título:Mateo, el maestro de Compostela
Autor:© Antonio Costa Gómez
Editores:Graciela de Oyarzábal y José Luis Torres Vitolas
Copyright de la presente edición © 2010 Ediciones Nowtilus S. L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com
Diseño y realización de cubiertas: Opalworks
Diseño del interior de la colección: JLTV
ISBN 13:978-84-9763-985-9
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
Para Consuelo de Arco,
que me besó
de noche
junto al Sena,
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Una infancia en el siglo XII
La educación en un monasterio
El conde y su sobrina
Un maestro en Ávila
Un examen en un taller
Perdido en la lluvia
Los misterios de Toulouse
Una dama en Arlés
Una visión en Vezelay
Una noche en el Sena
El amor en París
Un borracho que conocía a Platón
La leyenda sobre el Grial
Angustia sutil
El cabildo que discute
La fiesta del asno
La noche de desolación
Tarde de nostalgia
Una madre que muere
La esclava musulmana
Paz prodigiosa
Un peregrino armenio
Cortes en León
El cabalista judío
La fiesta inolvidable
Un loco de Asís
La Puerta de la Gloria
Charla con un alquimista
Un hombre que estuvo en la Gloria
Final para un maestro
Contracubierta
Años soportando las reconvenciones del padre. Él observa alucinado todo. A su padre, a los aprendices, a los criados. Se queda pasmado con el ángulo de las sienes, con la caja de los ojos. Observa las orejas con pasmo durante horas. El padre le pega coscorrones, le dice que se concentre en el trabajo. Que sea más devoto, que piense en la doctrina.
Lo pone en los peores quehaceres, le manda acarrear piedras y desbastarlas. Le hace presenciar el trabajo de los oficiales durante sesiones interminables, y lo azota si lo descubre observando otras cosas. Por ejemplo, cómo se mueven las criadas. Lo manda a la escuela de la catedral y le dice al monje que lo azote sin miramientos si no atiende. Llega con cardenales que los monjes le han ocasionado.
Un día lo encuentran manoseando a una criadita. A ella la mandan a trabajar en el fuego de la cocina y a él lo castigan unos días sin salir del taller. Él no hace más que pensar en la muchacha, y en la morbidez de sus carnes. Le parece que esa carne es divina, no puede comprender por qué lo condenan. Pero siente escrúpulos interiores, se culpa por ser obstinado y persistir en sus pensamientos. El hermano pequeño, Daniel, le trae comida a escondidas. Daniel es muy risueño y siempre encuentra el lado divertido de las cosas. Por las tardes se queda a tomar manzanas con él. A veces le ayuda a escapar por un ventanuco y van al mercado a escuchar cómo gritan las verduleras.
El padre lo pone a dibujar, le da clases un oficial. El hombre le manda hacer rostros mayestáticos, rígidos. Él se pone a trazar la cara del oficial, con dos granos en la barbilla y el rostro de su hija de trenzas rubias. El oficial le da pescozones y se lo dice a su padre. Tiene que dibujar rostros que infundan santidad, respeto. ¿Es que no le enseñan la doctrina en la catedral? Tiene que plasmar figuras que provoquen espanto y recogimiento.
Una vez se escapa tres días y da vueltas por la ciudad. Se hace amigo de un joven peregrino alemán que mendiga por las calles. Le ayuda a mendigar y luego mastican trozos de pan junto a la capilla de San Lázaro. Se colocan en la puerta del Camino y tratan de ayudar con explicaciones a las peregrinas más lozanas. Queda prendado de una peregrina de unos treinta años con la mirada melancólica, la busca en el fondo de los ojos. La peregrina le acaricia la cabeza y le regala una piedra de ámbar. La esconde en un bolsillo, la esconderá durante años.
Por fin un criado lo reconoce en el mercado y lo lleva a casa. El padre le da una paliza de muerte. Tiene que estar unos días tendido en un rincón. La madre va a consolarlo y le da pan de higos y vino con miel. «Pero ¿qué haces, Mateo? ¿Por qué haces estas cosas?». Él la mira con expresión ofuscada y la madre lo acepta sin comprender. En un momento se abraza a ella fuertemente y le cuenta cosas en la oscuridad. Le habla de la hermosa desconocida, de la piedra de ámbar. La madre le dice que debe abandonar esos recuerdos, que son pecado. Y le acaricia las orejas. Siempre ha tenido la costumbre de acariciarle las orejas. Mucho después lo echará de menos.
Un día el padre le pone un bloque delante, debe hacer un rostro de santo. Por ejemplo, hacer a Santiago en el momento de la Transfiguración. Él traza un rostro jovial, con los ojos ovalados. El padre le riñe, le manda cambiarlo. «Tiene que dar miedo, tiene que hacer pensar en el otro mundo. Esto parece una cara de todos los días». Eres un blasfemo, llega a decirle. Mateo siente un poco de arrepentimiento y trata de hacerlo mejor. Exagera la expresión de la boca y redondea los ojos. Pero entonces él mismo siente desagrado y alejamiento. Analiza las cejas, le da unos toques a las pupilas. Y aparece un rostro un poco extrañado e insensato. El padre se acerca y se queda pensando un rato. Después le da un pescozón, y dice: «Nunca haré nada bueno de ti».
El padre, el maestro Gerardo, le da los mejores trabajos al hermano mayor, a Eustaquio. Este hace las cosas correctamente y lo deja contento. Nunca le causa problemas. El padre le da premios con frecuencia, incluso le deja ir a las romerías y a escuchar a los juglares. Un día lo mandó a una parroquia de Bertamiráns a arreglar una talla. Al volver, le contó en secreto a Mateo que la criada del cura lo arrinconó en un pajar. Mateo siente nostalgia y envidia.
Y, sin embargo, el padre, cada vez más, siente una oculta admiración por Mateo. Parece que le molesta, que tiene cierta envidia. Un día Mateo tuvo que reparar unas manos de la estatua de una santa, y el cliente quedó encantado del trabajo. Quiso recompensar a Mateo y le dio varias arrobas de higos. Era un escudero del conde de Trava. La sobrina del escudero, que iba con él, se quedó mirando insistentemente a Mateo. Pareció como si lo entendiera durante un instante. Había un punto en su mirada que los dos compartieron.
Más tarde, en el taller, distraídamente, él trazó el rostro de la chica y un oficial le riñó con aspereza por estropear una piedra. «Las piedras son muy valiosas —declamó el hombre—, son lo que tenemos para transmitir la sabiduría, para enseñar a la gente». Se notaba que había aprendido bien esa lección. Pero vino el padre y dijo que ese rostro valía como estudio para la estatua de una mártir.
Tiene siete años y un día lo mandan solo, con unos dibujos, hasta una capilla en un monte donde trabaja un oficial de su padre. El oficial se llama Guzmán y siente simpatía por Mateo. Pero este se pierde en un bosque y debe dormir debajo de un árbol. En la madrugada siente aullar a los lobos. Escucha los ruidos del bosque y el tumulto del aire entre las ramas. Cuando está a punto de dormirse le viene una lucidez extraordinaria. Siente que puede realizar obras increíbles, que sabe captar todo el secreto del bosque. Las ramas se inclinan descubiertas hacia él. Nota cómo le rozan unos helechos en los brazos y le parece que ese contacto es muy valioso. Hacia el amanecer lo descubren unos viandantes. Tiene miedo de que sean ladrones y se levanta precipitadamente. Pero son unos tipos pintorescos que van a vender carne de cerdo al mercado. Le dan a beber unos jarros de vino y se pone prácticamente borracho.
Al anochecer del siguiente día llega a la capilla donde trabaja el oficial de su padre, y con su permiso se pone a trazar unos dibujos entusiastas que se le han ocurrido. El hombre los mira y queda un poco asombrado, pero le da su aprobación. Se trata de unos lobos saltando alegremente entre los árboles. Durante años guardará esos dibujos en su faldriquera. Hasta que un día se los roben unos bandidos camino de Ávila.
En el taller estudia, observa. Lo hace sin darse cuenta, continuamente. A veces sus ojos parecen más poderosos que él mismo. Asimila, como si robara, todo cuanto le rodea. Por momentos la gente se siente molesta. A ratos incluso se queda mirando a su padre de ese modo. Una vez este le pega una bofetada. «¿Por qué no estudias los dibujos del taller, las obras que estamos haciendo? Así nunca harás nada de provecho». Y sigue: «El viernes es el día de la confirmación. ¿Cómo voy a llevarte al obispo con esa cara? Pareces alguien que no puede aprender, un rebelde».
Durante años sueña con tener un trozo de granito para él solo y trazar lo que a él le apetezca. Pondría allí rostros joviales, la mirada de su madre, la boca de la criada del cura. Todas esas caras que le parecen tan alucinantes y reveladoras. En ocasiones, de noche, mientras no duerme, se pone a repasar los rostros que ha visto durante el día. Pasan, flotan delante de él, con una densidad excepcional. Es como si tuviera riquezas increíbles que aprovechar. Y a veces, por la mañana, antes de abrir los ojos, se pone a repasar las imágenes que ha visto en sueños. Hasta que su hermano menor le pega una sacudida y le dice que vayan a tomarse el tazón de leche.
Hay una criada que lo protege especialmente, Obdulia, la que trae la leche fresca por las mañanas. Tiene unos pechos gigantescos y una boca que parece una rama de laurel. Le encanta cuando esa mujer lo besa con esa boca. Daría lo que fuera por volver a conseguir esos momentos. «Un día te pondré en la portada de una iglesia», le dice. «No digas esas cosas, que me da miedo», dice la mujer, y se santigua. Él le mira los pechos y el reborde del cuello. La mujer le dice: «Tienes que confesarle todos tus pensamientos al cura». Y le da una bolsa de castañas que trajo especialmente para él. «No se lo digas a nadie». Él las esconde en un rincón al final del taller, y le da unas pocas a Daniel. Este se lo agradece con una risa gruesa y frutal.
Las jornadas son agotadoras y grises en el taller. Pocas veces entran extraños y a veces la luz que viene de la calle se pone opaca y cargante. Le parece que jamás ocurrirá nada. Le gusta cuando lo mandan a hacer recados o a avisar a los clientes de que vengan a recoger un trabajo. A menudo estos lo hacen pasar a la cocina y las criadas le dan pan con tocino o las sobras de las torrijas del día anterior. Y puede escuchar los comadreos de las criadas sobre las costumbres de sus amos.
Un día escuchó comentar a una sobre su señora: «Tiene los pechos triangulares. Un día de estos va a matar al marido como le dé un abrazo». Todas se echaron a reír como si el viento agitase las brevas en la huerta. «Menos mal que solo lo abraza cuando el amo quiere un hijo. No parece que tenga muchas ganas de cumplir con sus deberes de esposo», comentó otra. Mateo las miraba con la totalidad de los ojos. «¿Y tú qué miras?», comentó una, y le dio un cachete. «Anda, cómete el tocino y si quieres vete a dar un paseo con Edgarda por el jardín». Edgarda es una muchacha que tiene la piel áspera pero escalofriante. Un día en la puerta sin querer rozó el borde de su seno. Sintió una corriente por todo el cuerpo. Esa muchacha está destinada a Blas, uno de los criados más adustos de la casa.
Algunas noches se las pasa sin dormir pensando en los bosques que ha recorrido, en rostros que le han quedado. A veces se levanta y va a mirar en el taller las piedras solitarias, las figuras abandonadas. Tienen algo de temible en sus contornos inacabados. Es como si pidieran asomarse y tuvieran que quedarse en lo desconocido. Él piensa en el poder extraño de los maestros escultores. Pueden expresarlo todo a través de la piedra. Los temores más hondos, las sabidurías más sorprendentes. Seguro que hay personas que conocen los secretos de la piedra desde remotos tiempos. Daniel se levanta en camisa y va a preguntarle qué hace. «Nos va a pegar una paliza nuestro padre». «Y mañana vamos a estar medio dormidos para trabajar», añade. Mateo vuelve a la cama pero se queda meditando en la oscuridad. Durante horas no puede dormirse y siente una lucidez vertiginosa. Como si fuese la única persona despierta en el mundo.
Un día va por la calle acariciando las piedras de las casas. Le gusta el contacto con las piedras. Le parece que son algo santo, lleno de saber. Encuentra ternura y comunicación en ellas. Porque a veces siente un vacío y un deseo de llenar sus manos con algo. Como si nadie existiera. Mira a las personas por la calle y le parece que tendrían que ser más reales.
Otro día va de zarabanda con Daniel a una romería. Obdulia le mete pan de pasas y un trozo abundante de tocino en la bolsa. Danzan frenéticamente al son de las gaitas y las zambombas, y escuchan las historias tremendas de los juglares. Mientras escuchan una, en que un conde vengativo mata cruelmente a su esposa y despedaza al amante de esta, una muchacha se abraza a él temblando. En su brazo nota la piel tibia de ella y nunca lo olvidará. A pesar de que no llega a ver su rostro, solo el contorno esquinado de la mejilla. Luego la chica se marcha con una dueña y él solo ve su cabello ondulado debajo de la caperuza. Trata de concentrarse en el pelo, por si a través de él fuera capaz de reconstruir la personalidad de la muchacha.
Luego Daniel y él, con los niños de los juglares, se meten en un bosque y se ponen a jugar al escondite con unas niñas. En un momento dado, otro chico y él se quedan a solas con una niña, debajo de las ramas de un roble, y le piden que les enseñe una pierna. Ella contesta que es pecado, pero besa con los ojos a Mateo. Él siente un deseo furibundo de besarla, pero en ese momento se oyen las carreras de los otros y la niña echa a correr entre la espesura. Cuando regresan, por la noche, Mateo tiene un fulgor lunar en la mirada. «¿Qué te ocurre?», pregunta Daniel.
Su padre lo internó tres años en el monasterio de San Esteban, hasta que tuvo diez. Le enseñaron a escribir, a leer en latín, a entonar canciones religiosas. No paraba de observar a los monjes con una curiosidad que les llamaba la atención. A escondidas se ponía a hacer dibujos, y le daban palmetazos o lo dejaban sin salir. Una vez lo azotaron en la celda de los niños porque quiso grabar su nombre en un muro. «Eso solo lo pueden hacer los grandes maestros o los santos», le dijo fray Remigio, el tipo corpulento que los vigilaba. «No se pueden usar las letras en vano».
Sin embargo fray Remigio, aunque lo trataba rudamente, tenía simpatía por él y en ocasiones le llevaba bizcochos de la cocina. Una vez incluso le dio un poco de vino sin que se enterasen los demás monjes. Estaban los dos en la despensa, con poca luz, y el monje se puso a contarle su vida. Antes de ingresar en el monasterio había sido escudero, había asaltado a gente por los caminos, y había intentado casarse con una muchacha de la baja nobleza. Había estado en Sicilia y en Barcelona y le gustaban los dulces árabes que le daban en Palermo.
Una vez el prior, el padre Pedro, lo mandó llamar y le soltó un discurso bastante incoherente, del que no entendió casi nada. Hablaba de la pureza y las buenas costumbres, de que debía arrepentirse todas las noches y no vigilar demasiado su cuerpo. Se había lastimado durante un paseo por el campo y el hermano Joaquín, el farmacéutico, lo había curado. Había ido a la farmacia dos o tres veces a que le pusiese unos emplastos. El hermano Joaquín era un poco maniático y se daba a sí mismo pequeñas bofetadas con la palma derecha. Él lo miraba fascinado, se fijaba en sus ojos de un color azul sucio, en su barbilla blanda y sus labios de herrero.
«Tienes que arrepentirte todas las noches —repetía el prior— aunque no sepas por qué. No estés nunca satisfecho de ti mismo, el diablo nos persigue». Esa noche tuvo pesadillas con el diablo, era una especie de lagartija que recorría el monasterio repartiendo veneno. Nunca creyó que se imaginaría a un diablo tan ridículo.
El hermano Víctor los ponía a todos de pie junto a los bancos y les hacía recitar de memoria una canción de san Ambrosio. La mayor parte del contenido se le escapaba, porque todavía sabía poco latín, pero sabía que tenía que repetirla y poner cara untuosa. Sobre todo, lo de la cara untuosa era importante, el monje le pegaba menos palmetazos aunque se equivocara más veces.
Una vez a la semana iban al lavatorio y el hermano Francisco los vigilaba y los ayudaba a enjabonarse. A él le frotaba más fuerte que a los demás con un trozo de jabón duro que resecaba la piel. Miraba los cuerpos de los otros chicos, las nalgas, los muslos que caían, y le parecía extraño que tuvieran ese cuerpo. Desconocía lo que podían tener los monjes bajo el hábito, no sabía si eran como los otros mortales o tenían extremidades escamosas. Un día le preguntó al hermano Fiz, que era un lego bastante bruto, y este le dio un bofetón. Le quedó la marca durante toda la mañana.
A veces el sol entrando por las ventanas desde la espesura de los árboles lo ponía soñador y se despistaba. Le parecía que él y sus compañeros eran sombras extrañas que realizaban ceremonias difusas. En algunos momentos el tiempo chirriaba como una rueda averiada en su cabeza y le entraba pánico. Pero no sabría explicarle a nadie por qué sentía miedo. Lo mismo le ocurría por las noches, cuando todas las luces se apagaban, y todos los bultos de la estancia se ponían amenazantes. No sabía qué hacer para escapar de esos temores.
Hizo amistad con un muchacho al que su familia destinaba para monaguillo, y más tarde tal vez cura, aunque él fantaseaba con dedicarse al teatro y marcharse por los caminos. No podía haber imaginado nada más vergonzoso. Y, sin embargo, el muchacho se sentía inevitablemente atraído por ese tipo de vida. Encontraría a mucha gente en distintos lugares, conocería aldeas y castillos, y tal vez contemplaría a las damas más hermosas de otros reinos, esas que dicen que le convierten a uno en caballero con solo mirarlas. Se llamaba Emilio y recibía continuamente coscorrones, aunque los compañeros lo respetaban porque era muy hábil imitando a los monjes, y porque tenía una destreza extraordinaria para escamotear los castigos. Cambiaba lo que los monjes decían y después estos no se acordaban. Mateo se libró de ese modo unas cuantas veces.
En los recreos, Mateo se sentaba con este muchacho en un rincón del claustro, mirando a la fuente y los rosales. La luz de la mañana sobre los rosales se le quedó grabada para siempre. Y muchos años después contribuiría a diseñar la mirada de algunas figuras que él trazaría en el coro de la catedral de Santiago. Su sensibilidad se afinaba al contemplar esos rosales que temblaban entre la luz matizada. Emilio le contaba cómo una vez vino una compañía de teatro por su pueblo. Representaron el martirio de santa Úrsula, y la mujer que desempeñaba ese papel le hizo una caricia con la mano. Una niña que iba con ellos vino a cobrarle algo por ver la obra, pero él solo podía ofrecerle un tirachinas. «Qué voy a hacer yo con eso», dijo la niña. «Entonces, puedo darte un beso», dijo Emilio. «¿Y qué voy a hacer con un beso?», preguntó la niña. «Recordarlo», contestó Emilio.
Mateo le dio la razón. «Decían que habían estado en muchos reinos», comentó Emilio. «Pasaron por donde están los moros que no tienen pelo, y por un país donde los hombres llevan la cabeza en la mano. A lo mejor incluso habían visto el catablepas». «¿Qué es el catablepas?», preguntó Mateo. «Es un animal que si te mira te convierte en piedra». Mateo sintió miedo al pensarlo. Se imaginó a sí mismo convertido en piedra, sin poder mover ni un solo músculo, sin poder contestar a lo que le preguntasen. No podría avisar si veía venir un carro lleno de comida por el sendero.
Una vez, unos campesinos que trabajaban el feudo de los monjes vinieron a traer unos cerdos y los mataron en uno de los patios. Mateo escuchaba alucinado cómo el cerdo gritaba sin fin, cómo se resistía absolutamente a morir. Pero el matarife no hacía caso y abría un tajo muy largo con su cuchillo enorme. La sangre brotaba a raudales y se derramaba por el suelo. Mateo miraba la escena con pavor y fascinación. Se acercó mucho al matarife, mirando cómo el cerdo moría pataleando sin fin, con una vida que no quería apagarse.
Después lo designaron para ayudar a fabricar chorizos en un cobertizo del monasterio. El hijo de un campesino le propuso escaparse durante una tarde para ir a visitar el monte grande, donde aullaban los lobos y se creía que había gitanos encantados. Personas que aparecían y desaparecían en una carreta y a veces se llevaban gente. «¿No te dará miedo que te vean?». Mateo sentía una curiosidad ilimitada por visitar ese monte y espiar si aparecían miembros del pueblo encantado. Se extraviaron en el bosque y tuvieron que dar muchas vueltas entre la densidad de los robles, hasta regresar al convento. Cuando por fin llegaron, al niño campesino lo echaron a patadas y a Mateo lo pusieron a pelar castañas en una bodega durante horas. Se comió unas cuantas y luego tuvo una indigestión que lo puso amarillo varios días.
Una vez, ante sus ruegos, fray Remigio lo llevó a visitar el scriptorium. Allí los monjes trabajaban en mesas grandes, delante de candelabros, copiando manuscritos. Había un copista, el hermano Cedro, que ponía una devoción mística en trazar cada letra. La tinta tenía un color cálido y sepia que le otorgaba un sentido litúrgico. Siempre asoció ese color de tinta con la cara devota del hermano Cedro. Este permitió pacientemente que Mateo lo observara durante mucho rato. Incluso le dio algunas explicaciones sobre el modo de confeccionar la tinta, y la manera de utilizarla para que impregnara bien el pergamino. «Nuestro trabajo es sagrado —dijo—. No podemos desperdiciar este don».
Pero lo que atrajo especialmente a Mateo fueron las miniaturas. En una de ellas había unos ángeles con alas de fuego alrededor de un lagarto. Era de un color azul brillante que lo deslumbraba, mezclado con un escarlata humilde. El conjunto era como si allí hubiera otro mundo encantado, otra realidad en la que diera miedo introducirse. Él tenía el poder de crear figuras con la piedra, y se sentía muy poderoso a veces por ello. Pero no podía elaborar aquellos colores divinos que parecían llenar la mirada.
Mateo se quedó pasmado y fray Remigio le dio un empujón. «Venga, mastuerzo, que no puedes pasarte aquí todo el día». «Déjeme mirar algún dibujo más, hermano». «Se llaman miniaturas», dijo el hermano Cedro. Esa palabra se le quedó en la cabeza y cada vez que la oía le parecía sinónimo de encantamiento. Una tarde pensó en fray Remigio metido en una miniatura y le pareció que había cometido un sacrilegio.
Cuando asistía a la misa muchas veces se sentía sobrecogido. Estaban invocando a alguien que no aparecía nunca, que siempre estaba en otra parte, y que nunca contestaba. Los hermanos se dirigían a alguien oscuro del que él no sabía nada. Lo alababan con sus cánticos, tan distintos a las canciones de amor, y le pedían cosas. A veces le parecía que la Iglesia entera, los frailes, los muchachos, los campesinos, las muchachas rollizas, estaban también en un mundo oscuro, lleno de ruidos apagados. Se sentía en una niebla y le daba miedo sentir.
Luego Emilio y él tallaron un cuerpo de reina al que Emilio dio los rasgos de la niña que hacía de santa Úrsula. Sabían que eso era pecado y escondían la figura en el hueco de un muro. Le hizo gracia cuando empezaba a tallar los pechos. Trabajaban por las noches, antes de retirarse, o en los recreos, en los descuidos de los monjes. Una vez sacaron la figura al bosque y se alejaron bastante. Pero un día fray Remigio los vio sacar algo del muro, los siguió y vio cómo extraían la talla de una tela detrás de unos árboles. Los asustó diciendo que el prior podría considerarlos herejes. Mateo no sabía qué significaba esa palabra, pero sonaba como algo terrible. «No podréis comulgar los domingos», dijo el fraile. Eso sería convertirse en un apestado.
Una noche el fraile se los llevó a la cocina. Se sentó con ellos ante una mesa y sacó trozos de tocino, castañas asadas y escabeche de truchas. «Te vas a ir y tienes que llevarte algo bueno del convento —dijo—, pero llévatelo dentro». Los tres comieron casi en silencio, como si hicieran un acto iniciático. De vez en cuando el monje pegaba un puñetazo en la mesa y le propinaba un coscorrón entusiasta a Mateo.
Vino un criado a buscarlo un día del mes de mayo. Por todas partes había mimosas y él se acordó de Emilio y de la noche en la cocina. También se acordó del prior y empezó a rememorarlos a todos como si tuviese que sacar guindas de un licor. Se puso a llover y el camino se hizo un barrizal. El criado y él se taparon con una lona y luego se refugiaron en una ermita. Allí empezó a evocar los cantos de los monjes y los coscorrones del hermano Remigio.
Cuando tenía doce años, él y otros dos muchachos robaron unas cerezas en las cercanías de Compostela. Se habían alejado bastante durante un paseo y habían quedado maravillados con el fulgor de las cerezas. Llenaron con ellas una bolsa, se pusieron a comer unas cuantas junto a un muro y se llevaron las otras. Pero les vio marchar un campesino y empezó a darles voces. Ellos echaron a correr y el campesino fue detrás de ellos. Él corrió con un miedo cerval, sacando energías insospechadas de su cuerpo. En un momento tropezó con una piedra y cayó al suelo, mientras los otros seguían a toda velocidad. Miró hacia atrás para ver si venía el hombre. Este exclamó: «Ya te conozco, te he visto en el mercado de Compostela».
Poco después aparecieron en el taller de su padre unos criados. Decían que eran de la casa del conde de Trava y que su hijo había robado unas cerezas. El conde estaba muy indignado y se había puesto muy violento. Exigía que se le devolviesen sus frutos y que el culpable fuese castigado. De lo contrario sabría toda la familia quién era el conde de Trava.
Todos sabían que era un hombre violento y que no respetaba derechos. Había tenido muchos enfrentamientos con la catedral de Santiago y cuando se le antojaba algo lo cogía. Incluidas las hijas de sus vasallos. El padre le dio a Mateo varios bofetones y le rompió el labio. Estuvo a punto de romperle la cabeza al empujarlo contra la pared. Unos oficiales trataron de calmarlo. Estuvo unos días intratable y no le dirigía la palabra. Le encargó los trabajos más difíciles en el taller.
Un día le dijo que iba a responder por sus culpas. Estaban en casa a la hora de comer, llamó a un criado y le dijo que llevase a Mateo al castillo del conde de Trava. Mateo sintió un pánico que le hizo temblar.
De camino pasaron por el lugar de su delito. Los árboles seguían rebosantes de cerezas y le seducía su color encarnado. Sentía deseos de recoger muchas más y le daba nostalgia no poder detenerse a comerlas. Era como si tuvieran dentro algo de su vida, recordaba su sabor tibio y un poco agrio.
