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Materiales para una biografía recoge una selección de ensayos, poemas, artículos, cartas y otros textos que revelan al gran público la trayectoria literaria de uno de los exponentes de la generación del 36. Desde sus primeros poemas y su juventud falangista o su experiencia en la División Azul plasmada en Los Cuadernos de Rusia, hasta su posterior evolución hacia el reformismo democrático, esta obra refleja la biografía intelectual de este escritor, poeta y político. La antología ha sido prologada por Jordi Gracia, uno de los principales expertos en la literatura de la posguerra y Premio Nacional de Ensayo.
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Seitenzahl: 792
Veröffentlichungsjahr: 2022
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DIONISIO RIDRUEJO
DIONISIO RIDRUEJO
MATERIALES PARA UNA BIOGRAFÍA
Selección y prólogo de
Jordi Gracia
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Sucesores de Dionisio Ridruejo
© Fundación Banco Santander, 2005
© De la introducción y de la selección, Jordi Gracia
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-92543-85-4
JORDI GRACIA
COMPROMETER EN UNA SOLA PALABRA la trayectoria de una persona roza el desatino y es en todo caso una temeridad. Pero ninguno de los dos riesgos debería disimular la convicción de fondo que vertebra los materiales reunidos en este tomo: se trata de componer una biografía intelectual y política de Dionisio Ridruejo con los estratos sincrónicos y múltiples de un hombre incesantemente simplificado, parcheado, segregado, reducido a pedazos sin conexión entre sí o perfectamente ignorado. Hasta hace poco tiempo, su hijo debía confesar que la evocación espontánea de su padre seguía siendo la del fascista de la guerra, o la del divisionario en Rusia, o la del agitador falangista desde las páginas de la revista Arriba. Incluso personas con trayectorias y perfiles tan dispares como Javier Pradera y Jordi Herralde han podido asistir a escenas semejantes o evocaciones de Ridruejo orientadas hacia el mismo sesgo con fundido negro final… ¡en 1942!, como si tan sólo el episodio juvenil de un fascista hubiera quedado en nuestra memoria histórica. Es verdad que la iconografía de la guerra y la misma propaganda se encargaron por entonces, hace sesenta o setenta años, de difundir abrumadoramente la imagen recortada de un joven enjuto y fibroso, vital y tenso, orador uniformado y florido y quizá incluso un punto demagogo en la empresa de levantar ánimos y alentar convicciones…, que es posible que él mismo no viera del todo claras pero a las que se entregó con ardor fogoso y perfectamente insensato.
Quizá ahí esté el origen de esa vacuna higiénica que iba a desarrollar desde muy temprano y, por decirlo así, contra sí mismo, o contra sus peores instintos: contra el autoengaño fantasioso, contra la ilusión infantiloide, contra el pensamiento simplón de la propaganda política; puede que ahí anide el descubrimiento de un principio que iba a ser vital en el futuro de Ridruejo, y que no acierto a designar mejor que con esa virtud rara y móvil de la integridad, más fiel a las razones morales y el raciocinio mismo que a las convicciones inmaculadas y rígidas, o ahistóricas y puras, como si hubiesen sido paridas de una vez y ya no creciesen ni mudasen, ni el mundo mudase tampoco. La integridad no es enemiga del cambio sino de la mentira, de la farsa, del camelo y la comedia, y Ridruejo supo en propia carne hasta qué catástrofes personales podía llevar la inmadurez de las convicciones vividas a fondo por personas, como él, optimistas de natural y vitalistas biológicos, con la suerte histórica de cara y una cierta oportunidad política de poder. Y de ahí a componer el mejor gesto para el teatro político va un paso muy corto que Ridruejo dio entre 1937 y 1942 pero no volvió a dar nunca más, lento aprendiz desde entonces de otra mentalidad menos fantasiosa y más razonable, más segura de las resistencias que opone la realidad a su modificación y más fiable también en su modo de analizarla. Quizá por eso es hoy, y no paradójicamente, el mejor intérprete español del fenómeno fascista y falangista, y es también un prematuro y convencido precursor de la socialdemocracia en España como herramienta de inserción en la Europa moderna.
Este segundo Ridruejo es, en realidad, el único Ridruejo adulto que hubo. Y no porque en 1942, a la vuelta de su expedición a Rusia como divisionario, empezase una evolución política e ideológica hacia posiciones liberales, porque no hubo tal. Lo que hubo entonces fue una orgullosa ratificación en sus convicciones fascistas: un acto de integridad que le llevó a señalar a Franco el rumbo erróneo del nuevo Estado, su desengaño ante la miserable institucionalización del nuevo poder, revanchista y muy chato de aspiraciones, claudicante ante el inmovilismo más reaccionario de la Iglesia y las huestes de Acción Católica. No se estaba haciendo demócrata entonces; se alejaba más bien del poder porque era un poder traidor al ideal fascista en su mismo reaccionarismo antirrevolucionario. Quizá sólo a partir de entonces, cuando empieza su lenta deriva introspectiva y analítica, solitaria y lectora, comienzan a gestarse las bases para una depuración matizada y humilde, sin ninguna premura ni convicción sustitutiva o compensadora. Son los pasos que habrán de llevarle a otro orden de creencias y a la renuncia de toda fe que no sea la más estricta y privadamente religiosa, como si de veras la adolescencia se le hubiese prolongado hasta que fue capaz de escribir, y difundir entre sus viejos camaradas, su «Canto en el umbral de la madurez», en 1944 y con algo más de treinta años. Para lo demás aprenderá a vivir a la intemperie de la razón crítica, dentro de una ancha horquilla humanista, de tradición ilustrada, macerada en el escepticismo culto y hedonista de quien ha dejado de creer en principios redentores absolutos (y ni siquiera relativos).
Es esta extensísima franja de vida la que ha permanecido al margen del presente de nuestra historia, como si tuviera todos los números para ser el perfil más incómodo de una transición muy cauta, e incómodo para todos porque a todos exigía demasiadas explicaciones. Tras el repliegue de las pulsiones revolucionarias de los años sesenta y setenta, no era fácil explicar, en plena fábrica democrática, y con una creciente clase media y moderada, que Ridruejo había andado tras ese mismo espacio social y político desde 1957, por mucho que en su juventud hubiera sido un fascista totalitario convencido de la razón hitleriana. ¿Cómo explicar que había sido un socialdemócrata engendrado en el corazón de un desengaño ideológico y con la esperanza de un horizonte de ciudadanía netamente europea?
Las explicaciones largas no caben en eslóganes políticos y la complejidad del caso estriba por tanto en dos cosas: la dificultad de aprender a leer retrospectivamente su comportamiento y la necesidad de hacerla sin asociar a todos los vencedores con la canalla pura (aunque la hubiese, desde luego). La integridad suele estar animada por el coraje de la independencia, y suele vivir emboscada, sin mucho relumbre público; y aunque lo mejor que puede hacerse con los héroes es ahorrárselos, el desafío de la integridad consiste en cargar con ella aquí o allá, cuando se dispone del poder, o se está cerca de él, y cuando apenas hay nada que repartir, como le sucedió a Ridruejo al menos desde 1956, si no antes. Lo paradójico es que su modélica evolución intelectual y política haya seguido sepultada en una especie de circuito periférico o sensiblemente marginal. La educación democrática no consiste sólo en el aprendizaje de las leyes y los reglamentos del presente o del futuro, sino en la comprensión cabal e íntegra de lo que ha sido el pasado, particularmente si ese pasado histórico se ha hecho con mimbres traumáticos y bajo una dictadura. La peripecia de Ridruejo desafía toda forma de simplificación, que es la única auténtica enemiga del conocimiento (como le gusta repetir a Claudio Guillén), y por eso quizá ha debido esperar mucho tiempo para que haya algún impulso rehabilitador de su valor modélico, incluso más allá de su sentido estrictamente político. Hoy su semblanza ha de subrayar la excepcional calidad de su prosa —por encima de una sobrestimada poesía de juventud—, pero no debe callar ni al articulista ni al crítico, al viajero o al animador de actividades de resistencia de perfil blando (unos ensayos, una editorial, una revista) o duro (un partido político abiertamente de oposición, como el PSAD), ni tampoco a algo más sutil, al ejemplo moral que fue para muchos compañeros de armas y edad y al que fue también para otras camadas, muchachos más jóvenes y decididamente desengañados de una revolución pendiente que él había predicado y esperado en la primerísima posguerra.
Todavía estamos lejos de poder contar con solvencia cada tramo de su compleja peripecia, pero esta antología aspira a reunir los textos que permiten calar hondo en lo que es un sujeto que piensa y cambia, que asume el riesgo de justificar sin tapujos las razones de su deserción ideológica y política y también sus horizontes de futuro como conspirador antifranquista. Lo que se pueda deber a este tipo de personajes es difícil de cuantificar, y quizá el desinterés de la democracia por su papel haya complicado las cosas todavía más: una lección no obstante parece rotundamente cierta y difícil de rebatir. La intensa inmersión en el pensamiento totalitario puede ser la mejor vacuna protectora para neutralizarlo en el futuro, para controlar las pulsiones redentoristas e irracionales que justifican su misma y corrupta desviación. La desintoxicación del totalitarismo es prepolítica, moral, antes que ideológica, y ésa fue la ruta lenta —civilizatoria— que dibujó Ridruejo en su trayectoria, sin saber demasiado bien hacia dónde iba pero sí de qué búnker de mitos y desmanes huía. La convalecencia de esa enfermedad es necesariamente larga y pasa por el entendimiento racional y pragmático del mundo, la vocación inteligente antes que sumaria y ejecutiva, la precaución de no dañar con grandes ideas y medios poderosos el difícil, frágil equilibrio del bienestar colectivo en aras de transformaciones perpetuamente aplazadas. Del cuadro ideológico falangista progresó hacia el reformismo socialdemócrata, o como le dice a Vicente Ventura en una formidable carta de 1964, «una izquierda sin retórica y sin superstición, muy liberal de base». Pero sin duda también hubo antes una transformación todavía más primordial, de orden moral y no político: el aprendizaje de una tradición intelectual, el humanismo ilustrado, que tenía herederos en la posguerra en personajes como Josep Pla, Pío Baroja, Azorín, u otros intelectuales renuentes a las medidas expeditivas y desde luego nada dispuestos a encender el fuego de la retórica porque suele encender teas reales, como sabía por experiencia propia Ridruejo. Su muerte en 1975, unos meses antes que la de Franco, dejó sin tutelaje eficaz al nuevo partido político que acababa de fundar, pero dejó también in albis a una gran parte de la población sobre el nombre y los haberes de algunos de quienes abrieron la brecha para una España solidaria y democrática.
LAS MEJORES FUENTES para acceder a la trayectoria intelectual de Ridruejo son todavía sus propios libros, pese a la escasa circulación de ediciones que son ya antiguas, casi todas descatalogadas o poco accesibles. Sin embargo, existe una primera biografía, redactada por quien fuera su secretario personal entre 1971 y 1975, Manuel Penella, titulada Dionisio Ridruejo, poeta y político (Salamanca, Cajaduero, 1999); y hay información sobre el autor en el libro de Mónica y Pablo Carbajosa La corte literaria de José Antonio (Barcelona, Crítica, 2003), y siguen siendo del todo indispensables los dos capítulos que cerraron un homenaje publicado en 1976 a instancias de varios amigos, Dionisio Ridruejo, de la Falange a la oposición (Madrid, Taurus, 1976). Allí prepararon dos íntimos colaboradores de Ridruejo, Fermín Solana y María Rubio, una biocronología meticulosa y una «Aproximación a una bibliografía» del autor que es, con mucho, el mejor repertorio sobre las colaboraciones periodísticas y literarias de Ridruejo en diarios y revistas. El volumen contiene también numerosos trabajos de amigos y colaboradores de Ridruejo, entre los que destacan los textos de Juan Benet, Gonzalo Torrente Ballester, Francisco Fernández Santos o Julián Gorkin. Más recientemente apareció, bajo el título de Memorias de una imaginación, una muestra de Papeles escogidos e inéditos, a cargo también de Manuel Penella (Madrid, Clan, 1993), que a su vez ha sido responsable de la edición de uno de los dos tomos de la poesía de Ridruejo editados en la colección universitaria de Castalia, Cuadernos de Rusia. En la soledad del tiempo. Cancionero de Ronda, Elegías, en 1981, de acuerdo con el plan de publicación de su poesía completa que había trazado Ridruejo antes de morir, y del que él mismo dio cuenta en Primer libro de amor. Poesía en armas. Sonetos (Madrid, Castalia, 1976) con un prólogo espléndido que por razones de espacio he debido excluir de esta antología. Antes de ese proyecto, Ridruejo había reordenado, corregido y aumentado su volumen anterior de poesía completa, En once años (Editora Nacional, 1950), ahora con el título Hasta la fecha. Poesías completas, 1934-1959, publicado en Madrid por Aguilar en 1961 con prólogo de Luis Felipe Vivanco. Desde ese momento quedaron dispersos y han sido muy mal conocidos al menos dos libros más, Cuaderno catalán, de 1965, y Casi en prosa, de 1972, ambos publicados por las ediciones de Revista de Occidente. Algunos de esos poemas los recopiló Luis Felipe Vivanco en su antología (también póstuma: Vivanco moría ese mismo año de 1975), Poesía, publicada por Alianza Editorial al año siguiente, y alguna vez reimpresa con el excelente prólogo de Marià Manent.
La accesibilidad del resto de publicaciones de Ridruejo es mucho más problemática. Sus dos gruesos tomos de 1973 y 1974, Castilla la Vieja, se reeditaron en los años ochenta en la colección de bolsillo de Destino, y en Destinolibro se han reimpreso también Diario de una tregua, en 1988 (la edición original era de 1959 y con el título Dentro del tiempo), y Sombras y bultos, en 1983. La edición de César Armando Gómez recogía una valiosa muestra de los artículos que había ido publicando en los años setenta en el semanario Destino, mientras que el lugar al que fue a parar otra parte importante de aquella valiosa colaboración fue el tomo Casi unas memorias, publicado por Planeta póstumamente, en 1976, y que incluía el texto inacabado de sus memorias. El volumen se complementó con artículos, textos, cartas y fotografías que permitieron a muchos por primera vez hacerse una idea cabal de la trayectoria de Ridruejo más allá del puro estereotipo. Planeta fue, en todo caso, quien asumió también la edición en 1978 de Los cuadernos de Rusia, diario de la campaña de Rusia como integrante de la División Azul, transcrito de siete cuadernos manuscritos, según explicaba el mismo César Armando Gómez en un escueto texto introductorio al volumen. Otros dos tomos de artículos habían aparecido muchos años atrás, el primero, En algunas ocasiones. Crónicas y comentarios, 1943-1956 (Madrid, Aguilar, 1960), después de algún intento fallido de reunir sus artículos del momento, y el segundo, Entre literatura y política, en 1973, con una valiosa y extensa entrevista de Rosa María Echeverría, y publicado en la colección Hora H de Seminarios y Ediciones, dirigida por otro íntimo colaborador de Ridruejo, Pablo Martí Zaro. En su origen también debió de haber sido un compendio de artículos el libro de análisis político más importante del autor, Escrito en España (Buenos Aires, Losada, 1962, con segunda edición al año siguiente; también en Losada apareció en 1967 la antología hecha por el propio Ridruejo de 122 poemas), aunque prefirió al fin refundir escritos dispersos para dotarlos de una continuidad y estructura propia, además de redactar una impecable síntesis autobiográfica con la que el libro se abría y que el lector verá en otro lugar de este tomo. Los textos inéditos que selecciono proceden del Archivo Dionisio Ridruejo, custodiado en la actualidad en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca, y, por último, agradezco a algunos amigos —Jordi Amat, Marcos Maurel, Marcelino Jiménez— la eficacia material de la ayuda que me prestaron con algunos de los trabajos recopilados.
J. G.
LA FE DE POETA fue más duradera en Ridruejo que la fe de falangista, y también el poeta había nacido antes que el político vocacional. Las ganas de los versos son muy precoces en su biografía y, a pesar de las intermitencias, incluso en los dos últimos años de su vida habían de aparecer dos nuevas colecciones de poemas. Una de ellas, Cuadernillo de Lisboa, se difundió desde la revista Peñalabra, de Santander, en junio de 1974 y estaba inspirada en la revolución de los claveles portuguesa mientras que los poemas de En breve aparecieron en 1975 en un número de homenaje de la histórica revista Litoral, de Málaga. Ridruejo pudo llegar a verla antes de su ingreso en el hospital Clínico, donde moriría la noche del 29 de junio. Apenas un mes y pico antes se había reunido en el hotel Mindanao de Madrid una apretada nómina de escritores y amigos en torno a él. Por la tarde, Camilo José Cela había presentado en la librería El Brocense de Madrid los dos tomos de la última obra de Ridruejo, la guía Castilla la Vieja, pero el acto serviría a su vez para dar un respaldo casi explícito a lo que habría de ser la formación política de Ridruejo para el ya visible y por fin inminente futuro sin Franco: la Unión Social-Demócrata Española, la USDE.
Dada esa naturaleza de su poesía, casi siempre confesional o motivada por una experiencia inmediata, he roto el orden cronológico y he preferido agrupar sus poemas en dos secciones, una para cada parte. Y he roto un poco más el orden para abrir este primer bloque de poemas con un texto en prosa, pero ese texto es una Confidencia literaria que no ha vuelto a publicarse desde que apareció en 1944. Ridruejo aceptó la invitación de Juan Ramón Masoliver para colaborar en una sección de la revista Entregas de poesía (núm. 9, septiembre de 1944) pensada para oír la voz de los poetas sobre su obra, sus criterios literarios, sus modelos. Ese año está muy cerca de la primera pausa larga de Ridruejo como poeta, y el texto mismo viene a cerrar a modo de recapitulación lo que han sido sus primeros ejercicios literarios. De hecho, entre 1939 y 1944 publica al menos seis libros de poemas, y aún ha de aparecer en 1948 el tomo de Elegías, escritas entre 1943 y 1945, y por fin, en 1950 lo que Ridruejo entiende como su poesía completa de juventud bajo el título En once años, en Editora Nacional, como algunos otros de sus libros anteriores. Ese año, además, pudieron concederle los amigos el Premio Nacional de Literatura que no habían podido otorgarle en 1943 a causa del veto que pesaba sobre él, y el reciente confinamiento decretado por Franco.
Los Sonetos a la piedra, que habrían podido llevarse ese premio en 1943, se cerraban con un colofón de autor. Explicaba allí Ridruejo que el libro «fue emprendido en la primavera de 1935 e iba más que mediada la composición en el verano de 1936. No obstante, el último de sus sonetos queda fechado en 1942», aunque su impresión, en formato grande y con ilustraciones originales del pintor José Caballero, no estuvo lista hasta finales de 1943, en noviembre. Algunos poemas habían aparecido antes en Escorial, en 1941, pero entonces ninguno de ellos llevaba las dedicatorias que incorporaría a la primera edición del libro: en ellas se censa poco menos que la nómina completa de sus colaboradores en la Oficina de Propaganda de Burgos en 1938. Poesía en armas, publicado en 1939 por las ediciones Jerarquía, que fueron el origen de la Editora Nacional, reunía los poemas de urgencia escritos durante la guerra, con vocación de combate, y por eso subtituló el libro en ediciones posteriores Cuaderno de la guerra civil. Algún poema está escrito ya en la cura de reposo que vive en un pueblo menudo del Montseny, El Brull, el mismo abril de 1939 en que termina la guerra, y también de entonces ha de ser la dedicatoria «A Pilar Primo de Rivera, por la memoria y la esperanza». Pero el pequeño librito va precedido de un breve texto autojustificativo que vale la pena ver:
«Estas páginas de poesía, publicadas hoy como un folleto de nuestra Propaganda, no constituyen realmente un libro, sino —a lo más— su primera entrega. No concluye aquí, por lo tanto, mi aportación poética a la exaltación del heroísmo Español [sic] y a la pasión de España, es decir: mi “poesía en armas”.
Quien se ha puesto a servir sin condiciones no puede dar por concluido su servicio sino en el mismo día de su muerte.
Respecto a algunos de los poemas, se advertirán variantes —a las que no soy aficionado— respecto a su primer texto publicado en periódicos o revistas. Es una revisión mínima que se ha hecho necesaria por el tiempo de urgencia en que se dieron antes. Queda así establecido el texto auténtico, por no decir —¡Dios sabe el porvenir! — el definitivo».
Fueron libros de una considerable resonancia entonces, tanto el que fuera el cancionero de la guerra Poesía en armas como los famosos y reverencialmente entronizados Sonetos a la piedra. Antes de todo eso, sin embargo, y todavía en 1939, el buen amigo que era desde Burgos Juan Ramón Masoliver, y que ahora es visita asidua de Ridruejo en su retiro de El Brull, se hacía cargo en su nueva editorial Yunque de otro título, Primer libro de amor, con nuevos poemas redactados entre 1935 y 1939: venían a ser la expresión de otra cara de un mismo poeta de inspiración clásica, seducido por la retórica épica y guerrera pero también muy decididamente por la poesía clásica española, por sus estrofas, sus imágenes y recursos, incluidos sus temas amorosos y sus tópicos expresivos.
Hay todavía una segunda Poesía en armas, de 1944, pero subtitulada Cuadernos de la campaña de Rusia porque procede de su experiencia en la División Azul y de la escritura caliente, en vivo, de los cuadernos que lo acompañaron entonces: poemas a los primeros muertos de la División, a la experiencia de la guerra, a los compañeros de trinchera, la tierra rusa, el frío. Todavía, sin embargo, ha de rescatar y reescribir un poema anterior, la Fábula de la doncella y el río (que también coloca Laín Entralgo en la Editora Nacional que dirige), o escribir poemas nuevos como en su mayoría son ya los que integran un libro que registra su paso por Ronda y, desde 1943, Llavaneras, su primera aclimatación a la vida privada y a una introspección de orden moral que apaga el tono vibrante o líricamente retórico de su primerísima poesía. Ese libro es En la soledad del tiempo, de 1944; lo publica en Barcelona la editorial Montaner y Simón en la fugacísima colección que dirige el propio Ridruejo en aquella histórica casa.
Es mucha poesía y son muchos poemas en pocos años de enorme actividad, y el lector en cambio advertirá que mi selección ha sido casi exigua y que, además, he preferido abrirla con un texto en prosa que recapitula en clave autocrítica esa primera etapa de su poesía. Sin embargo, ese ensayo va más allá de la meditación de un autor en tránsito hacia otra poesía porque lo escribe alguien que empieza a digerir experiencias políticas y desafíos personales con costes directos: la desilusión afectiva de la Victoria todavía no es decepción ideológica pero sí empieza a empañar gravemente el cristal de esperanza totalitaria que se abrió en abril de 1939. Sus poemas de los años treinta, cuando todavía no es militante falangista y cuando lo es ya, desde 1934, no varían sustancialmente ni el tono ni el estilo desde ese punto de vista: la militancia falangista no atañe apenas al natural proceso de aprendizaje de un poeta en agraz, premioso e impaciente. De su primerísimo libro, Plural, de 1935, se arrepiente casi al mismo tiempo en que lo publica, y apenas llegó a rescatar algún poema de esa etapa, entre otras cosas porque hacia 1935, 1936 y en adelante se decide a ensayar con formas líricas todavía de estirpe clásica, pero también descubre a algunos otros poetas de inspiración más moderna, como Pedro Salinas, o el más visiblemente vanguardista Gerardo Diego. Sus poemas se publican en las mejores revistas de guerra del lado franquista, como Jerarquía o Vértice, donde aparece su soneto a Mussolini.
Algunas de estas cosas las cuenta Ridruejo en la Confidencia literaria, pero es sólo el anticipo de lo que escribió en 1975, cuando redactó el prólogo general a la edición anotada de su poesía en la editorial Castalia bajo un título muy explícito: «El autor se comenta a sí mismo». Allí proponía una determinada ordenación de su obra poética, de acuerdo con lo que fueron las sucesivas y renovadas revisiones a que la sometió. El modo en que se ha dispuesto esta antología, sin embargo, quiere invitar a leer esos poemas de la primera etapa muy cerca de los otros textos que escribió Ridruejo entonces, en su faceta política de articulista, propagandista y jerarca de Falange. Y es llamativa la sincronía en que fueron escritos los poemas más inspiradamente personales y emotivos —sus enamoramientos y decepciones, sus separaciones y soledades, sus pesares de joven apasionado— y aquellos otros que invocaban la guerra y el nacionalismo fascista sentido como compromiso político radical, aquellos poemas que fue escribiendo desde el mismo verano de 1936, con la guerra ya empezada, y no dejó de redactar en los años siguientes, en la larga experiencia rusa.
La poesía siguió siendo hasta su muerte un dietario personal que no admitía demora, que se escribía en el acto y se publicaba en lo posible de manera impetuosa: sus poemas cartografían voluntariamente, aunque velando las pistas más confesionales, los afanes y las deudas emotivas, tanto si su razón es la vida sentimental y erótica como si lo es la esperanza de llegar a Moscú, la inmediata victoria en la guerra civil o la lenta erosión de convicciones poco antes inconmovibles. Éste es el caso del «Canto en el umbral de la madurez», que se integró después en el libro Elegías, aparecido como número 50 de la colección «Adonais» en 1948, y que fue desde el primer momento decisivo en ese tramo de su biografía interior. Y no por casualidad ese poema fue difundido en copias manuscritas y editado por Juan Ramón Masoliver en la misma Entregas de poesía (13, enero de 1945): algunos de sus amigos falangistas se vieron reflejados en una semejante decepción ante el nuevo Estado de Franco y la disolución en ese poder del programa ideológico falangista. También es fácil detectar ese distinto estado de ánimo de los poemas escritos en Ronda e incorporados a En la soledad del tiempo, además de las cartas inéditas a Antonio Tovar o a Miguel de Echarri, en ese confinamiento que lo puso en un futuro interrumpido o de vida detenida y en una maceración cuyos frutos iban a ser tardíos.
Los poemas de amor a Áurea tienen también origen biográfico, y muy probablemente ocultan el nombre de una nieta de Antonio Maura, Marichu de la Mora, falangista como Ridruejo y por cierto mediadora en su primer encuentro con José Antonio Primo de Rivera en La Gran de San Ildefonso, en el verano de 1935, junto con Agustín de Foxá, Ernestina de Champurcín y algunos otros, según detalla Manuel E. Penella en Dionisio Ridruejo, poeta y político. La decepción lírica por una llamada no atendida y esperada, tan saliniana de escritura y asunto, convive con las arengas militantes y subversivas de un revolucionario que no entraría en combate pero incendiaría los ánimos desde Arriba, cuando llame incansablemente a la revolución, más que a la victoria, en 1937. Sus artículos son propagandísticos —como lo eran algunos de sus poemas, según él mismo— pero también muy expresamente doctrinales, para mostrar su rechazo a la fusión que dicta Franco en 1937 entre Falange y el tradicionalismo carlista, lo que en la práctica vino a neutralizar el afán revolucionario de los falangistas briosos de la primera hora (a pesar del acendrado catolicismo de la mayor parte del falangismo, y desde luego de Ridruejo). En 1938 defendía el Movimiento falangista como esa especie de alerta constante que corrige la parálisis inherente al Estado, y en 1940 reafirmaba la necesaria resurrección del inconformismo pese a la Victoria, o precisamente por la victoria misma, para seguir siendo «puros e irritados, disconformes y críticos, contra el término medio y la cochambre, contra la habilidad y la transigencia, contra las tentaciones de descanso, contra el miedo a la enemistad», como escribe en el «Manifiesto irritado contra la conformidad» que verá el lector más adelante, publicado en Arriba.
Este y otros artículos anuncian más cosas de las que aparentan: no sólo la voluntad política de armar un nuevo Estado con vocación transformadora sino la necesidad de hallar lugares imaginativos y propios donde ejercer esa nueva política de Falange que no parece ser exactamente la de Franco. De ahí que en el mismo año del artículo que acabo de citar, 1940, Ridruejo ponga en marcha desde Falange, y junto con Laín Entralgo, Antonio Tovar, Torrente Ballester, Antonio Marichalar (que venía de Revista de Occidente) y bastantes más, la revista Escorial con su sala de exposiciones, conferencias y tertulia. El manifiesto que abre el primer número invitando a abrir la revista más allá de los vencedores tiene casi su continuación práctica unas páginas después, donde se lee el prólogo de Ridruejo a la Poesía de Antonio Machado que publicará Espasa-Calpe, «El poeta rescatado». Ambos eran gestos que hay que leer como respuesta de los intelectuales de Falange a la opresiva violencia revanchista e intransigente del poder contra los derrotados y exiliados (porque demasiado bien sabían el valor de lo exiliado o sepultado bajo tierra). Actúan en aquel primer sistema franquista como disidencia culta dentro del poder, como un intento de elevar el nivel de la cultura del nuevo Estado rescatando lo que fuese posible integrar en los nuevos esquemas. Los buenos deseos de aquel proyecto podían ser ciertos pero chocaban con la obscena evidencia de la represión impune, directa y despiadada, de manera que viene a resultar un gesto testimonial que favorece la estima actual por aquella aventura, y al mismo tiempo dota a la revista de excelentes colaboradores, no todos pero sí casi todos ellos en el bando vencedor durante la guerra. El equipo de Escorial está hecho de profesores y escritores con experiencia literaria anterior a la guerra, fascistas en su mayor parte, pero también comprometidos con lo que ellos llamarían «cultura en la alta manera», lo que difícilmente podía obviar la ejecutoria literaria y cultural de los derrotados. El arrepentimiento al que alude otro artículo de Escorial, anónimo, como el primer editorial, pero también de Ridruejo, es el de aquellos que buscaron cobijo en las estructuras del nuevo poder, en el que evidentemente estaba Escorial, y toma como modelo el comportamiento de Azorín, excesivamente obsequioso en su afán camaleónico de entonces para lo que era la función que los jóvenes fascistas esperaban de él y algunos otros, como el propio Baroja.
Pero en medio de esa empresa de reciclaje útil de algunos derrotados, Ridruejo prefiere emprender la ruta de la guerra en el frente ruso para sumarse a las fuerzas del nazismo con la División Azul. Es una aventura físicamente ruinosa pero ideológicamente convencida, impulsada por un rebrote de idealismo político y con bríos heroicos. Sale en busca de la conquista de una Europa íntegramente fascista como arma con efectos interiores: la fascistización auténtica del propio régimen de Franco, y verdadera solución política para contrarrestar el catolicismo tradicionalista, el integrismo intolerante y el conservadurismo que combatió como falangista. Su regreso de Rusia no le aparta de semejante convicción sino al contrario: las cartas de 1942 desde Ronda muestran a un impaciente soldado en la retaguardia, a la espera de un pretexto para volver al campo de batalla en ayuda de las fuerzas del Eje, si no en retirada, ya debilitadas. Es verdad sin embargo que es por entonces cuando revisa las notas que ha ido tomando en Rusia en sus cuadernos y que han de permanecer inéditas hasta 1976 (aunque las cita alguna vez, como en el artículo en que contesta a la carta abierta de Laín Entralgo). Con la precaución de no haber visto los manuscritos originales, sí conviene añadir que Ridruejo empieza a registrar ahí una forma de maduración interior que aún no tiene réplica política pero parece educar al escritor en el aprecio de la experiencia empírica más que de la imaginación mítica o totalitaria: es el tramo que abarcan los artículos de 1944-1946.
Desde el hospital en Berlín, donde se repone en enero de 1942 de su estado de extrema consunción, Ridruejo escribe algunas cartas y una serie de doce crónicas sobre la División Azul destinadas al diario Arriba. Excepto un par de reportajes más, el resto apareció firmado con el seudónimo de Andrés Oncala y un valioso testimonio. Presta también una lente de aumento sobre la fascinación de la acción y la violencia, el brillo de la guerra y el heroísmo exaltado (el de Agustín Aznar, viejo amigo, el de Enrique Sotomayor, joven ideólogo y referente del SEU, su cuñado Luis Hermosa, los primeros caídos). Todo ello funciona como contrafigura desdeñosa de la paz burguesa y fraudulenta en que vive su propio país con Franco. Por eso el regreso en abril de 1942 no puede ser más que una cadena de renuncias a sus cargos en la Falange y el Estado, además de dimitir como director de Escorial y escribir a Franco y a otros ministros, entre ellos Serrano Suñer y Blas Pérez, razonando su disconformidad con la construcción del nuevo Estado, su insatisfacción con el bajo perfil falangista y totalitario del nuevo poder… La respuesta de Franco fue benevolente para sus usos habitualmente criminales. Y al igual que en 1937 parece que el general Monasterio salvó la vida al insolente falangista que discutió con Franco el decreto de Unificación, ahora puede haber sido Serrano Suñer quien propicie el castigo menor: confinamiento desde el verano de 1942 en el remoto pueblecito que era entonces Ronda… y el inicio de un período crucial de su biografía interior, todavía con la plena firmeza de sus convicciones falangistas. Así aparece sin ambages en el epistolario íntimo con amigos de entonces, empezando por Antonio Tovar, totalitarios confesos en esos mismos años en que organizan Escorial, revista y sueldo al que Ridruejo ya no regresa y donde no vuelve a escribir pese al regalo que le hacen en marzo de 1942, cuando está a punto de volver de Rusia. Se trata de un homenaje que incluye poemas suyos de la campaña de Rusia, y textos de Manuel Machado, Antonio Marichalar, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco y Pedro Laín. Tras las cartas de dimisión y protesta de ese mismo verano, Ridruejo se instala a mediados de octubre en el hotel Victoria de Ronda.
J. G.
[1944]
QUIZÁ TODA UNA DIRECCIÓN de la poesía consiste en hacer confidencias; hacerlas no puede ser por lo tanto un sacrificio para un poeta, pero es en cambio toda su dificultad. Conocemos ciertas cosas sobre nosotros mismos, sobre el mundo o sobre la poesía, pero las conocemos como en estado de sospecha, de intuición, de sentimiento o de revelación. Convertir esta riqueza inefable en conceptos o sólo en expresiones es ya falseada y limitada a sabiendas, además de que el que va a recibir nuestro mensaje ha de falsearlo de nuevo apropiándoselo, descifrándolo con las claves de su propio mundo interior y no con las del nuestro. Elegir la expresión única y unívoca de nuestra confidencia, ésa sería la satisfacción del anhelo creador poético. Buscarla y sólo aproximarse a ella es la exasperante limitación del mismo. Si en esta lucha nos abstenemos del rigor y de la paciencia —aconsejados sobre todo por la mala musa de la facilidad—, daremos en ingeniosos, conceptualistas, preciosistas, desgarrados generalizadores del sentimentalismo, metafóricos superficiales, fabricantes de ideas sin vida. En todo lo que viene a dar el poeta que no llega a poeta o se pasa de poeta.
¿Una idea sobre mi vida poética, sobre mi poesía, sobre la poesía en general? ¿Se puede tener «idea» de esto que es vivencia íntegra? Quizá la solución sea narrar, narrar solamente, porque todo lo que es sucede o al menos existe, y lo que es y no sucede, nunca podremos explicarlo, ni decirlo.
Bajo estas reflexiones —y sin perjuicio de caer en todas las equivocaciones que preveo—, emprendo mi confidencia, punto por punto, según me lo ordena con preguntas Entregas de Poesía.
Comencé a escribir versos —según creo recordar— allá hacia el año 1924, cuando contaba doce años de edad. Me gustaban los versos —no diré la poesía— desde mi aprendizaje de las primeras letras. Me impresionaban en su doble aspecto cómico y sentimental. Una «gracia» con rima me hacía reír más. Una confesión de penas o heroísmos me exaltaba más cuanto mejor sonase su letra. Recibía —en fin— los versos como suelen recibirlos los niños, los salvajes y las personas absolutamente indoctas; por su efectos mágicos. De muy niño, sabía versos de memoria y tenía buena gracia para decirlos. Recuerdo que, visitando el pueblo de mis padres —sierras sorianas de merinas trashumantes—, hacían alto en el esquileo las gentes de casa de mi abuela y corro para escucharme. Era yo un personaje de cinco años escasos. A esta abuela mía, pastoril y popular, debo los primeros rumores poéticos de mi infancia. Se sabía ella grandes tiradas del Romancero —de Roldán y los doce, del Conde Niño, de Gerineldos, del Cid, del Cieguecito que tenía un naranjel— que había aprendido en riquísimo castellano por tradición oral o por influjo de copleros ambulantes. Los cantaba unas veces y los decía otras, y me hablaba, con la noble visión de su fantasía rural, de aquellos héroes. Es aquélla una música que no puedo separar de mi vida. Fuera de esto, poco más supe de poesía y de poetas hasta que yo mismo —no sé por qué— me arranqué del pecho la primera y balbuciente música infantil en forma de pareados y romances, ya jocosos, ya morales o anecdóticos, que así creo que eran aquéllos. A los trece años —y estudiando preceptiva literaria en el colegio de los Jesuitas de Valladolid— mi producción se hizo caudalosa y multiforme. La poesía dejó de ser para mí una riqueza anónima y mostrenca y los poetas hicieron su aparición en mi fantasía. No obstante, creo que hasta los veintitrés años no he oído sin rubor y escándalo de humildad el dictado de «poeta» aplicado a mi persona, y aun ahora…
A los catorce años, Bécquer y el amor me habían hecho suyos reiteradamente y me producía yo como era del caso; pero escribí también —estando interno en Chamartín de la Rosa— una novela histórico-romántica, género del cual poseía muy pocos y malos antecedentes conocidos.
De mis vocaciones infantiles recuerdo una muy sostenida y que aún me produce nostalgia: la de la arquitectura, en auxilio de la cual mostraba yo predilecta aplicación a los estudios de matemáticas, y otra —muy fugaz— por el sacerdocio, pero ambas fueron arrasadas por otra más viva hacia la vida militar, que me empujó a cursar los estudios preparatorios de ingeniero que podían serme convalidados en tiempo en que las academias estuviesen abiertas. Pero pronto el mimetismo y no la afición me llevaron a los estudios de Derecho, que he cursado hasta el fin con desorden y sin provecho, privándome con ello de una experiencia universitaria verdaderamente seria. Me encontré en El Escorial —para cinco años de mi vida, 1928 a 1933—, a falta de esa vida propiamente universitaria, con una cierta vida literaria que debía irme, pendularmente, orientando y desorientando en mi formación caprichosa. Rechacé a los clásicos que me fueron dados a conocer y que me abrumaban, entre otras cosas, porque no era yo capaz de entender la verdadera belleza formal en la poesía y me atuve, primero a los posrománticos y modernistas más teatrales, y luego —con deslumbramiento entusiasta— a los «grandes» del 98 y los popularistas de después. Sólo la segunda edición de la Antología de Gerardo Diego me impulsó a completar mi conocimiento de los contemporáneos, y esto en tiempo —1933, viviendo ya en Segovia— en que por las vías más fáciles, populares o exquisitas (Romancero, Lope, San Juan), comenzaba yo torpemente a descifrar a los renacentistas. En todo este tiempo mi poesía discurre junto a mi vida sin arte ni esfuerzo, sin deliberación y con gran recato, que casi es secreto si se exceptúa la publicidad impresa en una revista universitaria. Así por mucho tiempo, en el cual mi poesía para satisfacer una necesidad interna pasa por la sombra de Rubén Darío (juvenilmente mal entendido), que no impide mi relativa sequedad, y por las más vivas e impulsadoras de Juan Ramón, Machado, y —muy accidentalmente— el cancionerismo de Lorca y Alberti. El último libro del que tengo conciencia de haberme influido sabiéndolo yo —en instantes ya vecinos a mi primera perplejidad literaria— es La voz a ti debida de Salinas.
Llega de este modo el año 1934, cuando una pequeña enfermedad de larga convalecencia me enfrenta con los restos salvados de toda mi producción anterior y me encuentra indeciso entre quemarlos o salvarlos. No tengo hasta este punto la menor conciencia —sí intuición—, vocación literaria, ni pienso aún profesar —como ocupación primera— en la poesía. A todo esto ha sucedido que mi retraimiento y recato poéticos de El Escorial se han cambiado por una publicidad (de ámbito aún provinciano) en Segovia, con la consiguiente secuela de estímulos, pequeña popularidad, etc., amén de nuevos y decisivos contactos con ciertos ambientes más refinados, exigentes y alentadores de la vida social y literaria de Madrid. Decido romper con mi obra anterior, pero recogiéndola en un libro, y adquiero la conciencia de que llega para mí un cambio de cuya dirección intelectual no tengo ni sospecha. Son circunstancias enteramente vitales, biográficas y semiexternas, pero sobre todo a-intelectuales, las que deciden mi próximo rumbo, hacia el verano de 1935, publicado ya el libro Plural, del cual siento entonces alguna vergüenza. Entre uno y otro tiempo he escrito —en una primera forma más descuidada e inocente que la que se conoce— mi Fábula de la doncella y el río. Tanto me doy cuenta de que ésta es una dirección errónea —insatisfactoria para mi vida espiritual— que dejo este libro arrinconado hasta que una racha de nostalgia me empuja a rehacerlo en el año 1940, instante en que se me inicia una nueva y segunda perplejidad.
El arranque —la inconsciente intención— de que parte mi etapa poética que se inicia en este verano de 1935 es algo que tiene poco que ver con sus resultados. Pero creo hoy saber el porqué. Para mí es aquél el instante en que el adolescente empieza a ser joven; al pasmo sucede la pasión y a la imaginación la avidez. Situemos esto —sobre todo— en el campo de la ansiedad amorosa. Necesito expresar apasionadamente, sinceramente, con abundancia. Mi regreso a los clásicos —a algunos— no me explica nada, ni siquiera mi incurrencia en el endecasílabo y en el soneto. Éstas son las medidas que me pide el alma. Luego serán deliberación y hasta «manera». Pero, por ahora, sólo son necesidad. Téngase presente que mis visitas a Garcilaso y a Quevedo (los dos de quienes más parece que he recibido luz) son muy posteriores y voy a ellas llevado de la mano de los que ya han descubierto el parentesco. La amistad buena, aunque casual, con un poeta —Germán Bleiberg— me influye entonces considerablemente, inclinando mi inaugurada dirección hacia un mayor formalismo, casi preciosista. Otros hombres a los que respeto y que me «descubren» entonces —estoy estudiando en Madrid un curso de periodismo— me inducen a creer que estoy en el mejor camino. Pero ese camino lo recorreré aún mucho tiempo principalmente por inercia, hasta que nuevas peripecias biográficas o circunstancias vitales me hacen sentir nueva repugnancia por una obra que ha sido tomada en consideración, por lo demás, desmedidamente. En este tiempo yo creo estar haciendo una poesía muy calurosa, muy humana. De pronto —cuando yo ya estaba más que insatisfecho— oigo decir que es fría. ¿Es verdad? Sí y no. O sí porque no. Escribo sólo lo que necesito, lo que siento, en pleno arranque de pasión casi siempre. Pero todo nace de mi solo mundo interior. El mundo externo apenas existe y si existe visualmente —Sonetos a la piedra— lo idealizo enseguida. Al expresar el mundo interior no lo confío, no lo doy a entender, no lo comunico al sentimiento de los otros. Lo explico, lo desentraño, lo abstraigo, lo expongo a las inteligencias en un empeño de equivocada claridad. Y el mundo objetivo lo teorizo —quizá ingeniosamente— pero no lo descubro al alma, no lo revelo. Así una poesía escrita al rojo vivo, casi siempre en pleno rapto de facilidad, sin meditación preceptiva alguna, se me aparece luego —impresa y juzgada— como una obra en mármol, culta, formal, conceptista, aburrida.
Insuficiencia de visión externa, insuficiencia de contención y moldeamiento íntimos: de experiencia; sobra de facilidad; tratamiento expresivo demasiado duro y preciosista. Ya lo sé. Pero aún no está en mi mano remediarlo. Ni siquiera me planteo la cuestión.
Entre tanto han sucedido para mí muchas pruebas y trabajos. He ido viviendo y no sin alguna intensidad. El remanso necesario para que una nueva transformación se produzca ha de llegar.
Llega. Está publicado el Primer libro de amor, listo y en la imprenta Sonetos a la piedra, más el ocasional cuaderno de Poesía en armas. Por acumulación de experiencias vitales mi intimidad es otra. Aún queda la crisis típicamente juvenil, de tránsito de la ilusión a la realidad. Crisis dura, dolorosa. Empieza a estar vencida. Es ya la primavera de 1941. Estoy despegado de mi obra anterior. Reflexiono. No tengo guía intelectual fija, ni prejuicio de lo venidero.
Un año en campaña, en vida elemental, peligrosa, entre paisajes nuevos, con mucho tiempo para no hacer nada y la vida —simplificada— en juego. Voy escribiendo en unos cuadernos lo que los ojos y el sentimiento me descubren. Los ojos más abiertos. Yo mismo no conozco el resultado que se va produciendo, sin que yo tenga aún conciencia de él a través de dos libros: Poesía en armas. Cuadernos de la campaña de Rusia y En la soledad del tiempo. Otras experiencias y en otras soledades. La estepa, Europa. Ronda, la costa mediterránea. Acaso esta poesía última es más esencial y simple; temáticamente más amplia y atenta a la creación; interiormente más refrenada o sedimentada, más honda, expresivamente más clara y desnuda. Pero ¿es aún un fin, o es ya un principio? Tampoco creo en las rupturas radicales.
Ahora, en un alto de varios meses, entregado a otras formas de creación literaria —novela y teatro—, espero la hora de la «necesidad» para empezar. Siempre es empezar. Y lo de atrás es siempre —o aún— un ensayo. Espero con paciencia y sin programa. Pero con deseo. ¿Qué quiero que sea, para mí, mi poesía?
¿Qué es, para mí, la poesía?
Como al primer grupo de preguntas he contestado con una narración y ésta era difícil de sujetar a una dimensión moderada, se impone a este segundo grupo de contestaciones una mayor contestación.
Me remito a las primeras líneas de este escrito. ¿Será lo que yo pueda decir la expresión exacta de lo que creo saber? Quede consignada la duda.
La poesía es algo abstractamente definible. Pero no existe apreciablemente, sino en tanto el poeta la hace. Potencia u obra es cosa del hombre y, para mí, inexorablemente, no sólo de su intelecto sino de su vida entera. Es la bella revelación de la vida entera o de aspectos de ella condensada en la experiencia del poeta; recreada por su imaginación, dotada por su espíritu de nueva inteligencia y por su arte expresivo de nueva realidad.
Ante todo hay la poesía en grande, en absoluto, dominada en el tiempo por contados mortales. Para ella no sirven los distingos preceptivos de épica, lírica, didáctica, etc. Los asume todos. La obra poética es entonces obra de creación total, pero no de creación arbitraria, sino de la creación misma del mundo, la naturaleza y los seres reflejados primero en la conciencia y hasta en la inconsciencia del genio y vertidos, de nuevo, desde su generoso abismo, teñidos de una nueva luz, acrecentados, más verdaderos. La inteligencia del poeta nos acerca a la verdad por este camino de la recreación bella de las cosas que nunca será el limitadísimo de la razón, de la lógica.
Descubrimiento inefable de la verdad, y más de la verdad humana, del hombre; buceo en el misterio para extraer la luz que da realidad y ultrarrealidad a las cosas; eso es, ante todo, la poesía. Tanto si puede, creadoramente, con el todo como si se limita a los fragmentos. Por eso la obra de todo poeta, sepa o no lograrla, quiera o no proponérsela, es la elaboración de un poema único, tanto más difícil de recomponer cuanto menos deliberadamente lo haya, el poeta, perseguido y cuanto más fárrago ocasional haya añadido a su obra «necesaria».
Una poesía confidencial y de sentimientos puede llegar a eso cuando es poesía —reflejo del mundo en el alma individual, iluminado por el anhelo de la forma única llamada verdad—, y lo mismo puede llegar a serlo una poesía de abstracciones metafóricas y una temporal y narrativa, y otra inconsciente o subconsciente, hecha de reminiscencias y barruntos, tanteos, sospechas y sobresaltos.
Yo no prefiero este camino o el otro. Fruto de la inteligencia —incluidos corazón e instintos— que busca la verdad oscureciéndose para recibirla o aclarándose para conquistarla a través de la vigilia o el ensueño. Prisma de belleza que hace cabrillear sobre los seres el resol de una patria de la que todos somos desterrados y a la que todos somos aspirantes. Esa patria en la que el tiempo es sólo una mirada y la belleza un todo que explicará el «qué» de cada cosa. Algo que explora la naturaleza y la hace rezumar jugo de Dios y quiere a Dios y lo adivina.
Añadiré que, como el método de poesía es método de belleza, dudo que la plena realización poética pueda conseguirse sin el lujo de la forma. Y como su instrumento ha de ser la precisión, es inseparable de la creación poética la creación idiomática —vivificar los significados, dar su único nombre a las cosas—. Prefiero por lo tanto una poesía de expresión rica, con la belleza verbal en su máximo de magia y limitación, con la disciplina y las sugestiones de la rima y el ritmo, componiendo unidad de figura.
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Prefiero —de acuerdo con mis puntos de vista y aun a veces contra ellos— demasiados poetas para intentar una lista de preferencias singulares. Todos los grandes creadores totales —el Dante a la cabeza—, naturalmente. Pero, tras ellos, prefiero los poetas más próximos en el tiempo, aquellos de los que vive no solamente su obra, sino la vida de donde la tomaron.
En esta época —Edad Contemporánea— que aún o todavía sentimos vivir, y en cuyo centón Goethe, olímpico, se yergue como un dios, la poesía se ha reducido a poesía lírica y generalmente fragmentaria. Pero aun con esta limitación, me parece que el romanticismo —en el cual creo que aún estamos viviendo y en el que por lo tanto incluyo los movimientos más modernos— ha sido para la humanidad la era más intensa y profunda de la poesía, en multiplicación de temas, en profundidad de límites, en liberación de formas. ¿Surgirá aún el genio capaz de resumir tantas revelaciones particulares en el poema grande y total recreador de un mundo que ya no es el de Homero ni el de Dante ni aun el de Goethe?
¿Está, como dicen, decayendo universalmente la lírica? Baste la enunciación de esa pendiente tarea para dudarlo. Me atengo a la respuesta becqueriana: «Podrá no haber poetas», pero «mientras haya un misterio para el hombre, habrá poesía». Y creo más, creo en una próxima y segura preeminencia de poesía y religión, sobre ciencias y filosofía, cuando decline el nuevo —y en algún aspecto deseable— sarampión de progresismo utilitario que se nos avecina.
En nuestros días y en España, como casi siempre, el movimiento de creación poética ocupa, en calidad, un espacio mucho mayor que el de cualquier otra tarea de inteligencia, con todas las limitaciones de nuestro incesante tributarismo, pero con brillantez. A falta, eso sí, del nuevo Rubén, del nuevo forzador de caminos que le depare uno franco y decidido que ni el creacionismo ingenioso, ni el purismo intelectual y reconcentrado, ni el popularismo metafórico, ni el surrealismo tan indefinido, le han abierto hasta ahora.
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Si he de concretar los tributos que debo, por mi afición, a otros poetas […], confieso que mi conciencia es muy confusa en este aspecto. Los poetas extraños que conozco a través de versiones insuficientes no han podido actuar sobre mí más que por vía ideológica, no por contagio vivo. Lo más que deba he de debérselo necesariamente a los nuestros. A los renacentistas, con deberles formalmente mucho, no me siento próximo. Hay siempre en su obra algo de convencional e innecesario que pone entre mi sensibilidad y sus poemas más puros una barrera infranqueable. Por otra parte, nunca he pretendido levantar la bandera de un «neorrenacimiento» que de ningún modo sería mi ideal estético. Mi inmersión ocasional en esta onda ya ha quedado explicada. Debo más, como todos los poetas jóvenes, a los fundadores de la poesía moderna española. A Bécquer y Rubén Darío y, sobre todo, a Juan Ramón (admirado sobre todos), a Unamuno (admirado y preferido) y a Antonio Machado (admirado, preferido y amado singularmente). De ellos acá, sólo creo deber direcciones o sugestiones a mis más rigurosos contemporáneos a excepción —en los aspectos de su maestría formal— de Gerardo Diego. Con el grupo que me siento menos relacionado es con el surrealista, renovado hoy por algunos de los más jóvenes. Creo que toda tendencia que opera con la oscuridad y los elementos incognoscibles trae consigo el peligro de la superchería o la banalidad. No renuncio a una operación que convierta lo más misterioso en mina de luz mediante la transparencia, pero eso es otra cosa.
Si se me pregunta a qué poetas sigo hoy más esperanzadamente atento, diré que al grupo Rosales, Vivanco, Panero, y sobre todo a este último, en quien veo fundirse lo mejor de la tradición lírica española como en un precioso crisol, lleno de vida y de matices.
¿Qué creo, qué quiero yo de mi propia poesía?
Pongámoslo todo en futuro. La realizada ahí está, sin la compañía de mi satisfacción, pero amorosamente contemplada.
La poesía es la vida del poeta. Me deseo ante todo unos ojos muy abiertos con luz de caridad para absorber el mundo que me ha correspondido. No en contemplación sino en actividad, en experiencia. Calma, después, para concebirlo y recrearlo. Y un método expresivo de transparencia y sencillez por el que las cosas broten con su único nombre, con todas sus significaciones y su única significación. Y si Dios me ha dado un poema que hacer, hacerlo de una vez con frenos de paciencia, o en muchas veces, con espuelas de urgencia de la necesidad. Pero de cara siempre a la sustancia de verdad eterna que palpita en un propio tiempo, en su realidad. Y que el poema y la vida sean fieles a Dios.
[Entregas de Poesía, núm. 9, septiembre de 1944]
Hasta el «Canto secreto» los poemas proceden de Primer libro de amor, aparecido en 1939, excepto el segundo («Deja que el corazón…»), que tomo de Poesía en armas (1940), y el dedicado a Gonzalo Torrente Ballester, que procede de Sonetos a la piedra (1943). Los copio de la edición que dispuso Ridruejo en la antología de Castalia ya mencionada, de 1976, y en ningún caso hay variaciones significativas de los textos con respecto a las primeras ediciones. Los siguientes poemas proceden de la edición de Manuel Penella, también en Castalia, de Cuadernos de Rusia. En la soledad del tiempo. Cancionero en Ronda. Elegías, y abarcan los años de la División Azul, su confinamiento en Ronda, es decir, 1941-1943, a excepción del último, escrito en Llavaneras en 1944 y titulado entonces «Canto en el umbral de la madurez». El texto de enero de 1945 en Entregas de poesía eliminaba el verso «y como piedra oculta va haciéndote en un ser indestructible», muy probablemente por errata.
J. G.
SÚBITAMENTE
[1934]
El primer día de abrilvenía a salvar la tierra:su encendido verde,su sólido azul.
Donde había arena pusosol y donde musgo floresy en la leña retorcidade los árboles dejabasu dolor fragante y llenocon la prisa de las hojas.Todo estaba bien y estabapendiente —lleno y futuro—esperándose en la carnede tu inminencia. Y llegaste.
Tu cuerpo ceñido, tenso,casi doliendo en su límitede piel de oro; tus ojosbrillando humedad dormidacon violetas al fondo;tus senos vivos, manuales,aún más en flor que desnudosen su sobrepiel de seda;tu pelo de arena suavey mojada derramándosecon aire, hacia atrás; tu pasoesbeltamente indolentede dolorosa cintura;tu carnal silencio. Y todo—cesó la tierra, no habíamás que espacio y soledad—primaverándose en tiotra vez con más ardor.
Sólo el agua de la fuenteera tiempo y mansedumbreque manaba del olvido.
[1936]
DEJA que el corazón vuelva a su historiay recuente la sangre su campañapor esta larga soledad de Españapoblada del honor de su victoria.
Déjame oír el sueño de la gloriano en el clamor de luz que la acompaña,sino en la fría y dolorosa entrañaque rige la pasión con la memoria.
Déjame alzar los rostros, en la aurora,de la tronchada mocedad que excede,innumerable, a su solar sediento,
y plantar su presencia cumplidoradonde la muerte sus jardines cedeal filo del airado vencimiento.
[1938]
EL SILENCIO del campo se ha vestidode tu carne, hoy estatua del reposo;todas mis soledades se han vertidoen tu poblada claridad sin poso.
El agua que en tus manos ha dormidofue ayer metal en yunque clamorosoy el corazón que pulsa tu latidoera el eje del mundo sin reposo.
Ahora ya tiene el olmo su ribera,y sin turbar la calma sobre el llanotiene prisa de flor la primavera.
Te nace el mundo virginal, humano,y todos los tormentos de la esperase alegran bajo el peso de tu mano.
A LA ESPADAÑA DE PIEDRA SIN CAMPANA
[1938-1939]
A Gonzalo Torrente Ballester
¿Qué intimidades de la luz esperael cielo que encastillas y que domas,qué anunciación en alas, en aromas,qué revelada faz alta y severa?
Despojada del bronce y la madera,viuda del tiempo y de la voz, asomasaire campal, volteo de palomas,a la nostalgia de la primavera.
Coronas el silencio, ansia del muro,colmo de piedra y ceguedad luciente,yugo del alba y de la tarde airoso.
Y, consagrando el esplendor más puro,custodia cenital, alzas la frentecon la del sol uncido y poderoso.
POR TELÉFONO
[1938-1939]
En un hilo la vida, por un hilo,al hilo de tu voz encadenadamientras es hermosura imaginadaaquel lejano respirar tranquilo.
El calambre sonoro en el sigiloadelgaza mi sangre a tu llamaday traman mis sentidos tu moradaen el pequeño abismo que vigilo.
Qué duelo alma con alma, sin defensa,sin beso para el labio, sin aliento,sin ojos que prefieran el encanto.
Con la tiniebla de la voz inmensaque en tu débil temblor cierra sedientoel mundo sin crear que te adelanto.
[1940]
NO QUIERO tu dolor ni me rebelo,no quiero tiempo si tu voz me deja,guardo tu plenitud sin una queja,tu medida de amor sin un consuelo.
De la sangrienta rosa, oscuro duelode la carne habitable que se aleja,hago piedra de luz; y te reflejaconstruyendo tu instante como el hielo.
El corazón no cantará vencidola sangrienta agonía. Renunciada,ya no canta esperanza ni usa olvido.
Canta la soledad enamoradodonde queda invariable y detenidotu puro resplandor contra la nada.
CANTO SECRETO
[1941]
A veces me florece un tiempo nuevo,un ala matinal sobre la frente,una esperanza candorosa y fértilque me aclara y rehace.
Quiero entonces soñar, junto al peligro,una vida infantil, alta y ligera,fundada, mía, libre y voluntaria,que no herede mi peso.
Un tiempo que no yerre su caminopresentido por una adolescenciaal tiempo soñadora y precavida,anhelosa y certera.
¿Otra vez empezar? Dulce es la tierra.¿Quién quiso ahorrarse la promesa vana,a la luz ciega ya, entenebrecidadel humano escarmiento?Otra vez empezar, seguir naciendo.Otra vez manantial, no curso henchido.Otra vez eligiendo la riberay las flores amadas.
Pero soy porvenir de mi costumbre,inacabado afán, irrefrenablesuceder de las cosas, de los sueñosque son raíces y que esperan ramas.
¿Y cómo desasir el alma, el tiempoque salta por mis venas, de su lecho?¿Cómo apartar los ojos de los ojosque tienen mi figura?
¿Cómo olvidar el verso, la caricia,la página iniciada, los paisajesnativos, cultivados, preferidos,mi propia voz acaso?
Vano nacer será si es en mí mismoque soy de mí y seré de quien he sido.Ay, como todas, vana adolescenciaque se consume en la melancolía.
¿Y morir? Sueño, afán: morir al tiempoy descubrir el prado de la gloriadonde las alas vibran detenidasy todo es siempre y todo.
No sé qué afán, al borde del peligro,no sé qué afán de lluvia cristalina,de sol sin fiebre, me arrebata y lleva
