Mathilda - Mary W. Shelley - E-Book

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Mary W. Shelley

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El fulgurante éxito internacional de "Frankenstein" ha eclipsado en parte la meritoria obra de Mary Shelley, quien además no pudo publicar en vida su obra maestra "Mathilda", que tuvo que esperar ciento cuarenta años para ver la luz. Un relato sin duda marcadamente biográfico, que cuenta el lado oscuro de la historia de la propia escritora, fiel a la teoría romántica de que el mejor modo de expresar las pasiones es experimentarlas. Novela melancólica por antonomasia (lluvia, desesperación, sueños, muerte, pasiones, soledad en un brezal yermo), "Mathilda" explora la naturaleza del pesar, el poder del amor, la destrucción como consecuencia de desafiar a la naturaleza, el perverso poder del deseo.

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Seitenzahl: 341

Veröffentlichungsjahr: 2018

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MARY W. SHELLEY

Mathilda

Edición de Juan Antonio Molina Foix

Traducción de Juan Antonio Molina Foix

Índice

INTRODUCCIÓN

Manifiesto romántico

Hija del amor y de la luz

Su alma gemela

La tumba de la madre

La escapatoria

Cónclave fantasmal

Episodios fatídicos

El cataclismo

La obra de una vida

El manuscrito varado

La caverna de Mary Wollstonecraft

Anticipos freudianos

La escritura del sufrimiento

El poder de las palabras

El duelo

ESTA EDICIÓN

CRONOLOGÍA

BIBLIOGRAFÍA

MATHILDA

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN

A mi sobrina Rosi

Forthwith this frame of mine was wrenched

With a woful agony,

Which forced me to begin my tale;

And then it left me free.

Since then, at an uncertain hour,

That agony returns:

And till my ghastly tale is told,

This heart within me burns1.

S. T. COLERIDGE,The Rime of the Ancient Mariner

And in melodious accents I

Will sit me down & cry, I, I2.

WILLIAM BLAKE,The Rossetti Ms.,XLVIII

Retrato de Mary Shelley realizado por Richard Rothwell y exhibido en la Royal Academy en 1840 acompañado de unos versos del poema de Shelley «The Revolt of Islam».

 

MANIFIESTO ROMÁNTICO

EL fulgurante éxito internacional de Frankenstein, debido sobre todo a las innumerables adaptaciones cinematográficas, que poco o nada tienen que ver con el original, ha eclipsado en parte la meritoria obra de Mary Shelley, quien además no pudo publicar en vida su obra maestra Mathilda, que tuvo que esperar ciento cuarenta años para ver la luz. Doscientos años después de su aparición, gracias a la minuciosa reconstrucción del texto de Charles E. Robinson a partir de los manuscritos de los Shelley depositados en la Bodleian Library, se sabe que Frankenstein no puede atribuirse enteramente a Mary Shelley, más bien se trata de una obra en colaboración como las Lyrical Ballads de Coleridge y Wordsworth.

Según todos los indicios, Mary escribió un cuento corto que no se conserva (seguramente fue destruido), y posteriormente lo amplió a instancias de su marido, introduciendo cambios textuales y estructurales a los que él no fue ajeno y en los que incluso participó. Aunque ella solo reconoce la autoría de Shelley en relación al Prefacio, lo cierto es que Robinson estima que debió escribir al menos cuatro o cinco mil palabras de las setenta y dos mil que componen el total de la novela, además de comentar con ella y ampliar muchas de las ideas tratadas, introducir cambios de tipo gramatical y estilístico para ajustarla al inglés culto de la época, e incluso corregir, alargar o introducir nuevos incidentes3.

Esta inimitable parábola profética, en la que hay ecos de Paradise Lost de Milton (1667), Justine de Sade (1791), The Rime of Ancient Mariner de Coleridge (1798), o Pygmalion et Galatée de Madame de Genlis (1815), fue posiblemente el logro más importante de la escuela gótica (para Lovecraft es «uno de los clásicos del horror de todos los tiempos»), a pesar de su ingenuidad4, y aunque nunca alcanzó la repercusión de The Monk, de Matthew Lewis, con el tiempo ha otorgado a su joven autora el papel de suma sacerdotisa de aquel tipo de ficción, la forma de literatura popular más leída en Gran Bretaña y buena parte de Europa desde finales del siglo XVII hasta bien mediado el siguiente.

Sin embargo, aunque es evidente que Frankenstein participa plenamente de lo que Praz llamó la «agonía romántica», ese paroxismo de sufrimiento y por consiguiente de goce que será también la marca del escritor maldito, y Mary Shelley muestra un interés especial por el paisaje, otorgándole un papel preponderante, que enfatiza su carácter autónomo dentro de la novela y sus abrumadores efectos sobre los personajes que lo contemplan, mezcla de nostalgia, melancolía y terror, está claro que para ella más que un marco físico es, como para Caspar Friedrich y otros pintores románticos, el escenario en que está representada, con una gran sensualidad alejada de la fría razón ilustrada, la tensión, a menudo dramática, entre la naturaleza y el espíritu humano. Por tanto me parece que, a raíz de su multifacética obra posterior, impregnada de ardor socio-político, pasión e imaginación, así como de la atmósfera y los temas del universo romántico en el que vivió inmersa, sería más justo enmarcar a esta compleja y extraordinaria mujer en la mejor tradición del romanticismo inglés.

HIJA DEL AMOR Y DE LA LUZ5

Si hubiera que elegir una representante femenina que encarnase ese retorno a lo irracional con toques de pintoresquismo y sentimentalidad que llamamos romanticismo, surgido en Inglaterra como reacción al racionalismo neoclásico, nadie mejor que Mary Wollstonecraft Shelley. Desde la cuna parecía destinada a ello. Sus padres fueron dos influyentes y controvertidos intelectuales: el filósofo utópico William Godwin (1756-1836), y la escritora radical y reformista político-social Mary Wollstonecraft (1759-1797), famosos defensores de los derechos humanos en sus libros, que además intentaron aplicar en sus vidas privadas las teorías que sustentaban acerca de las imprescindibles reformas sociales.

Hijo de un clérigo presbiteriano, Godwin había escrito una obra polémica, Enquiry Concerning Political Justice (1793), en la que expuso sus ideas filosóficas y políticas conservadoras y puritanas, contrarias a toda forma de violencia revolucionaria, que lo consagró definitivamente, convirtiéndolo en figura de culto para poetas como Coleridge, Wordsworth o Robert Southey. Por su parte, Mary Wollstonecraft había tenido una vida más ajetreada: tras unos comienzos como institutriz (de los hijos del noble irlandés Lord Kingsborough) y dama de compañía, no empezó a escribir hasta los veintiocho años.

Antes de conocerse en Londres en un círculo de políticos, artistas y escritores radicales (William Blake, Füssli, William Wordsworth, Coleridge, William Hazlitt, Charles Lamb, William Paine) en torno a Joseph Johnson y la Analytical Review, la primera revista literaria inglesa y epicentro del pensamiento radical de aquella época, en la que ella había trabajado cinco años, Mary Wollstonecraft mantuvo una tormentosa relación con el pintor suizo Johann Heinrich Füssli (entre 1788 y 1792), que también contribuía a la revista, y posteriormente un breve idilio apasionado en París (1793-1795) con un estadounidense expatriado, el capitán Gilbert Imlay, del que nació una hija ilegítima, Fanny. Una de las iniciadoras del movimiento de emancipación de las mujeres, lo que le valió que Horace Walpole, autor de The Castle of Otranto (1764), célebre punto de partida de la novela gótica, la tildase de «hiena con enaguas», Wollstonecraft había logrado cierta celebridad al responder a las Reflections on the Revolution in France (1790) de Edmund Burke con Vindication of the Rights of Men (1790). Pero la publicación en 1792 de su obra más famosa Vindication of the Rights of Woman, un alegato feminista en el que reclama la igualdad de sexos, fue lo que la lanzó a la fama.

Pese a ser contrarios al matrimonio por principios, se casaron por conveniencia social en 1797, cinco meses antes de que Mary naciera. La muerte de su madre diez días después del parto, de fiebre puerperal por una infección6, marcó la vida de Mary, que siempre se sintió insegura social y personalmente. Como una típica heroína romántica, vivió una infancia desgraciada y solitaria. Aunque sentía por su padre gran apego, que algunos consideran excesivo, Godwin mostró escaso afecto por ella y se desentendió de su educación, dejándola en manos de su hermana Hanna. Mary aprendió a leer con una niñera en las Ten Lessons que su madre ideó para educar a su otra hija Fanny. Estudió griego y algo de latín, mitología, historia romana e inglesa y asimismo aprendió otros idiomas: italiano y francés. Y además leyó sin parar, frecuentaba la enorme biblioteca de su padre y los libros se convirtieron en sus únicos amigos, centrándose sobre todo en los grandes escritores y pensadores del pasado.

Mary Wollstonecraft por John Opie (1790).

Mientras seguía añorando a la madre muerta (de niña visitaba su tumba y leía sus obras), pronto comprobó el acrecentamiento del abandono de su padre cuando este se casó con su vecina Mary Jane Vial, una supuesta viuda que decía llamarse Jane Clairmont, y tenía ya dos hijos, Charles, de siete años, y Mary Jane, de cuatro, y no del presunto marido muerto. Dado su carácter «singularmente rebelde e imperioso»7, las relaciones con su madrastra fueron difíciles desde el primer momento, lo que la alejó todavía más de su padre. Surgieron los primeros síntomas de una manía persecutoria que padecería toda su vida. Y aunque después le reconocería a Shelley que «la idea de su fría desaprobación sigue haciéndome llorar como cuando era niña»8, lo cierto es que en la adolescencia se deterioró todavía más su relación con él. En 1812 la envió a Escocia a casa de su amigo William Baxter, y allí creció frecuentando los desolados e imponentes montes Grampian, la cercana playa del Firth y las orillas vacías y lúgubres del Tay, y contemplando las vistas del Broughty Castle del siglo XV. Fue un periodo de soledad al aire libre en el que nacieron «los vuelos etéreos de su imaginación»9.

SU ALMA GEMELA

A un tiempo entusiasta, insegura y orgullosa, Mary cultivó una aparente imagen de pasividad ante su supuesto destino, como escritora en ciernes aprendió a mentir diciendo la verdad. Fue una mujer de acusados contrastes, que, según Radu Florescu,

presentaba dos caras al mundo: una era la de una joven bondadosa, callada, apacible y melancólica, que se guardaba las cosas para sí misma; a otros les parecía convencional, y algo de artificio pudo haber moldeado su carácter hasta el final de su vida. Por ejemplo, no se sentía con valor suficiente para ir a leer a la biblioteca del Museo Británico, porque «no era respetable» que una mujer hiciera eso. [...] Su otra cara la escondía bajo esa fachada de flemática y reservada señorita, y de vez en cuando la sacaba a relucir10.

Su inseguridad personal y social no la abandonaría nunca, lo mismo que los frecuentes cambios de residencia, la cada vez más intensa actividad intelectual y los acuciantes trastornos emocionales acompañados de inevitables apuros económicos.

El trotamundos y aventurero amigo de Shelley, Edward John Trelawny (1792-1881), que posteriormente llegó a cortejarla, la describió así:

Sus serenos ojos grises eran el rasgo más sobresaliente de su rostro. De estatura inferior a la media de las mujeres inglesas, tenía el cabello muy claro, y era ingeniosa, sociable y alegre [...] Se expresaba con una riqueza verbal y una precisión fruto de su conocimiento de las obras de los grandes escritores [...] un raro genio, que sorprendía por su aspecto y sus habilidades intelectuales11.

Y Mary Cowden Clarke (1809-1898) ensalzó también su porte y sus atributos físicos, destacando «sus pequeñas manos, blancas y exquisitamente formadas», con «dedos delgados y delicados que se estrechaban en las puntas como en un retrato de Vandyk»12.

En aquella época es cuando entró en su vida, alterándola para siempre, el poeta Percy Bysshe Shelley. Expulsado de Oxford en 1811 a causa de un panfleto radical, The Necessity of Atheism, escrito a medias con su amigo Thomas Jefferson Hogg, y repudiado por su padre y el círculo de la mediana aristocracia rural en el que había nacido, Shelley entró en contacto con Godwin, a quien consideraba el más grande filósofo vivo. Además de cartearse con él y enviarle un ejemplar de su «Queen Mab, A Philosophical Poem», en seguida fue recibido habitualmente en Skinner Street, residencia de los Godwin. En una de aquellas cenas, en las que le acompañaba su jovencísima esposa de diecisiete años Harriet Westbrook, Mary conoció casualmente al poeta13. Fascinado por la «belleza helénica» de Mary, cuando le preguntó por sus escritores favoritos su asombro fue mayúsculo al comprobar el amplio espectro de su buen gusto literario: Plinio, Plutarco, Voltaire, Rousseau, Madame de Genlis, Milton... La fascinación fue mutua.

Retrato de Shelley por Alfred Clint (1819).

Para ella, el apuesto poeta, «bello ángel ineficaz, que bate en vano el vacío con sus alas luminosas» según Matthew Arnold14, era «un revolucionario y un filósofo que, por contraste con Godwin, podía corresponder a su amor y convertirla en su compañera»15. De la atracción mutua que experimentaron queda cumplida constancia en su correspondencia y sus respectivos diarios. Para él,

la gracia y la singularidad de su carácter se transparentaban incluso en sus gestos y en el tono de su voz. [...] ¡Su sonrisa es tan convincente y tan conmovedora! [...] Creo que no hay una sola perfección que no posea. [...] Nuestras almas están tan unidas que al intentar describir sus muchas cualidades me siento como un egoísta que intentase acrecentar sus propios méritos. [...] Confieso sin ambages que Mary me supera en mucho por la originalidad y profundidad de su inteligencia16.

LA TUMBA DE LA MADRE

El recuerdo de su madre se había convertido en un ideal para Mary, que buscó y encontró refugio en su modesta sepultura en el cementerio de St. Pancras. Aunque en 1851 sus restos, junto con los de Godwin, fueron trasladados al panteón familiar de los Shelley en el cementerio de St. Peters, en Bournemouth, todavía se conserva en medio del parque que sustituyó al cementerio una lápida con la siguiente inscripción:

MARY WOLLSTONECRAFTAutora deA Vindication of the Rights of WomanNació el 27 de abril de 1759Murió el 10 de septiembre de 1797

Sus frecuentes visitas al cementerio eran un medio de escapar al ajetreo y los rutinarios quehaceres domésticos del domicilio de su padre en Skinner Street y a la vez sentirse más cerca de la madre que nunca había conocido. En aquel ambiente bucólico, y para ella sagrado, pasaba los mejores ratos leyendo y escribiendo bajo el sauce que se inclinaba lánguidamente sobre la tumba, y alimentando los comienzos de una duradera veneración por su madre, de cuya muerte se sentía culpable. Solo una persona pudo compartir con ella aquel cobijo: el joven Shelley. Precisamente fue allí donde se le declaró la tarde del veintiséis de junio de 1814 y le entregó un ejemplar de su poema «Queen Mab» con la dedicatoria: «Mary, ya ves que no te he olvidado». En la guarda posterior del libro ella escribió días después (julio) lo siguiente:

Este libro es sagrado para mí y como nadie más lo hojeará nunca puedo escribir lo que me plazca... sin embargo escribiré que amo a su autor hasta lo indecible y que soy parte de él, el más querido y único amor, pues el amor que nos hemos prometido, aunque no pudiera ser suya, no podría ser de otro17.

La admiración que Shelley sentía por Mary Wollstonecraft contribuía todavía más a acrecentar su amor por la hija.

Pero Godwin no aprobaba esa relación. Y aunque habló seriamente con su hija, que al parecer le prometió romper con el poeta, y escribió a Shelley en un intento de reconciliarlo con su mujer Harriet, lo cierto es que el matrimonio dejó de asistir a las cenas en Skinner Street, y los dos amantes siguieron viéndose ante la tumba de Mary Wollstonecraft. Y finalmente las penosas circunstancias de la creciente enajenación de Harriet, unidas a las trabas que les imponía Godwin, les decidieron a fugarse.

LA ESCAPATORIA

El veintiocho de julio de 1814, acompañados por Jane Clairmont, que se cambió el nombre y pasó a llamarse Claire, la pareja se fugó al Continente. La romántica escapatoria tuvo todo el suspense de una novela de Brontë. Mary pasó en vela la noche anterior, metiendo todo lo necesario (poca ropa y muchos libros) en un baúl, que luego extraviaría en París. Y Shelley por su parte encargó un tílburi para las cuatro de la mañana y se sentó a esperar a su amada. A la hora prevista llegaron Mary y Claire, que por lo visto no estaba enterada del plan de fuga y creía que solo iban a dar un paseo, aunque a partir de entonces fue una presencia constante en la vida de la pareja (la llamaban irónicamente Constantia Clairiæ), y en seguida partieron para Dover.

Atravesaron el Canal de la Mancha en un pequeño velero suizo, el Uri, y en Calais pernoctaron en un hotel con historia, el mismo en el que Laurence Sterne inicia su libro A Sentimental Journey Through France and Italy (1768). Europa estaba entonces devastada por las guerras napoleónicas y ellos se anticiparon a la ola turística de ingleses que años más tarde se convirtió en costumbre. Entre el veintiocho de julio y el trece de septiembre viajaron por Francia, Suiza, Alemania y Holanda, visitando ciudades como París, Lucerna, Basilea, Estrasburgo, Colonia o Rotterdam. Fueron cuarenta y ocho días en total en los que recorrieron unas ochocientas millas (casi mil trescientos kilómetros) en carruaje, a caballo o mula, a pie, en canoas o botes de pescadores, durmiendo donde podían, comiendo cuando les era posible, y teniendo que enfrentarse a serias dificultades económicas, que obligaron a Shelley a vender su reloj de oro. Sin embargo fueron seis semanas de plena felicidad, no exigiendo de la vida más que el amor que les unía, la vista de los paisajes que les extasiaban, y permanentes lecturas y sesiones de escritura. Eran los primeros pasos para la creación de un nuevo orden social basado en el amor, en reciprocidad con la naturaleza y la educación más que con el poder y el dominio, un mundo nuevo libre de las injusticias sociales, inquietudes que quedarían meticulosamente registradas en sus respectivos diarios.

El regreso a Inglaterra no fue fácil. Todavía coleaban los ecos del escándalo y les aguardaba el anatema del pecado y, a Mary sobre todo, del comportamiento impropio, lo que les cerraba muchas puertas. Mientras Harriet dilapidaba el escaso patrimonio de los Shelley, ellos se veían obligados a cambiar constantemente de alojamiento para huir de los acreedores. Para colmo de males el veintidós de febrero su primera hija, Clara, nació prematuramente y fallecía pocos días después. Mary anotó en su diario con fecha del domingo diecinueve de marzo: «Sueño que mi pequeña vuelve a la vida; que solo se había quedado fría, y que la frotamos delante de la chimenea y revivió. Despierto y no encuentro a la niña. Pienso en la pequeña todo el día. Estoy abatida. Shelley está muy mal»18.

El año siguiente las cosas parecieron mejorar. El veinticuatro de enero Mary dio a luz a otro niño: William. Con la excusa de ir en busca de Byron, de quien Claire se había convertido en amante, el inseparable trío volvió a Europa, primero a París y luego a Ginebra. Allí se produjo el encuentro de Shelley con Byron, a quien Mary ya había conocido en Londres un poco antes. Shelley, Mary y Claire alquilaron un pequeño cottage «Campagne» Chapuis o Maison Chapuis en Cologny, en la ribera izquierda del lago Leman, y Byron, acompañado de su secretario el doctor John W. Polidori y de su mayordomo Fletcher, la Villa Diodati o Villa Belle Rive, en la misma zona de Cologny conocida como Montalègre. Villa Diodati era una vasta mansión19 que ya había visitado John Milton dos siglos antes, así como Rousseau y Voltaire, y posteriormente visitaría Balzac con Éveline Hanska, el gran amor de su vida.

CÓNCLAVE FANTASMAL

En aquel marco natural incomparable, los célebres expatriados ingleses no solo se dedicaron a pasear por los alrededores, rodeados de glaciares, o recorrer el lago en barco, sino que encontraron tiempo para hablar de poesía, política o ciencia en las prolongadas veladas propiciadas por las frecuentes tormentas de aquel verano20, exhaustivamente documentadas en poemas, cartas, diarios y libros. En una de ellas tuvo lugar el célebre «cónclave fantasmal» del que surgieron los famosos hitos de la literatura fantástica Frankenstein y «The Vampyre» de Polidori21.

Villa Diodati.

Byron mostró un libro en francés que él (o Polidori) había comprado en Ginebra: Fantasmagoriana, ou recueil d’histoires d’apparitions de spectres, revenants, fantômes, etc.22, y leyó varios relatos, entre ellos

La historia del amante inconstante23, quien, creyendo abrazar a la novia a la que se había prometido, se descubría en brazos del pálido fantasma de la que había abandonado. [...] Desde entonces no he vuelto a ver esos relatos, pero tengo sus peripecias tan frescas en la memoria como si las hubiese leído ayer. «Cada uno de nosotros escribiremos un cuento de fantasmas», dijo lord Byron, y todos aceptamos su proposición. Él comenzó un cuento, un fragmento del cual incluyó al final de su poema Mazzeppa24.

Shelley, más dispuesto a expresar sus ideas y sentimientos en el esplendor de la brillante imaginería y la música del verso más melodioso que adorna nuestra lengua, que a inventar la tramoya de un relato, comenzó uno basado en sus primeras experiencias en la vida25. El pobre Polidori tuvo una terrible idea sobre una mujer con cabeza de calavera que fue castigada de ese modo por mirar por el ojo de la cerradura. [...] Los ilustres poetas, incómodos con la vulgaridad de la prosa, renunciaron rápidamente a su desagradable tarea. Yo me dediqué a pensar una historia, que rivalizase con las de los que habían propuesto esta tarea26.

Byron también recitó el poema «Christabel» de Coleridge27 y, como la tormenta arreciaba, la conversación se centró en los misteriosos poderes de la electricidad, el galvanismo y los experimentos del Dr. Erasmus Darwin. Mary, que tenía serios problemas para empezar su relato, encontró la inspiración que necesitaba en los métodos galvánicos que podían devolver la vida a cadáveres28. Aquella misma noche tuvo un sueño perturbador:

Vi —con los ojos cerrados, pero aguda visión mental— vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrendo fantasma de un hombre tendido, y luego, por obra de algún artefacto poderoso, muestra signos de vida y se revuelve con movimiento precario y casi vital29.

Era el acicate que necesitaba para iniciar su obra. Así nació Frankenstein, que, como afirma Marilyn Butler,

puede ser una última versión del mito de Fausto, o una primera versión del mito moderno del científico loco; el ello desmandado, el proletariado enloquecido, o lo que pasa cuando un hombre trata de tener un hijo sin una mujer30.

EPISODIOS FATÍDICOS

Aquel verano de 1816 fue uno de los más productivos para la literatura inglesa.

Byron completó el tercer canto de Childe Harold, empezó Manfred y publicó The Prisoner of Chillon, Shelley escribió su Hymn to Intellectual Beauty y el poema «Mont Blanc». A principios de septiembre Mary, su esposo, su hijo William y Claire, regresaron a Inglaterra y se encontraron con una firme reprobación social, la maledicencia exageró hasta la exasperación los supuestos escándalos de Villa Diodati. Después del venturoso idilio en Suiza la vida de Mary tomó otro rumbo, presidido por los sinsabores. El otoño pasó factura a los sueños y alucinaciones de aquel verano «encantado».

Se cumplieron con creces los presentimientos del luciferino poeta inglés, «el hijo primogénito de la desesperación, que desprecia y reniega de todo, porque lleva en sí mismo una llaga incurable», en palabras de Chateaubriand. Todo empezó en octubre con el inesperado suicidio de Fanny, la hermana de Mary, a quien ella jamás había considerado una intrusa: apareció muerta en una posada de Bristol junto a una botella de láudano. Y para empeorarlo todo, en diciembre también se quitó la vida la esposa de Shelley, Harriet: desaparecida desde el nueve de noviembre, un mes más tarde encontraron su cadáver, en avanzado estado de gestación, flotando en las aguas del río Serpentine de Hyde Park.

Shelley no se encontraba en Londres. Al regresar a Inglaterra se había trasladado con Mary y Claire (embarazada) a Bath, y fue allí donde su abogado Thomas Hookham le comunicó el suicidio de su esposa, que dejó una carta confesando su voluntad de desaparecer de «este miserable mundo». El penoso incidente permitió sin embargo que Shelley se casara con Mary días después, y que Godwin se reconciliase con la pareja. Comenzó entonces la lucha por la custodia de los hijos de Shelley, que, a pesar de haber contraído matrimonio (aconsejado por su abogado, en contra de sus principios), le fue denegada por su ateísmo, su radicalismo político y su pertenencia a una pretendida «Liga del incesto»31.

Los nacimientos de Alba, hija de Byron y Claire, pronto rebautizada Allegra a instancias del poeta, y mantenida en secreto por su madre, y de Clara Everina, hija de Shelley y Mary, no cambiaron demasiado las cosas. Mary acababa de revisar y culminar su Frankenstein, que se publicó anónimamente el uno de enero de 1818. Los escándalos y la burla de la opinión pública los obligaron a huir de nuevo al Continente, primero a Francia y luego a Italia, donde pudieron pasar una temporada breve pero dichosa. Pero pronto reaparecieron las desgracias: el veinticuatro de septiembre murió Clara Everina a consecuencia de la disentería que contrajo en el apresurado viaje a Este para convencer a Byron de que renunciase a Allegra.

Dos meses más tarde, un nuevo incidente vino a perturbar la estancia en Italia: el nacimiento en Nápoles de Elena Eloise, una niña que fue registrada como hija de Shelley y de una tal Marina Padurin, cuya identidad sigue siendo un misterio: unos dicen que se trataba de Claire, otros que era la niñera de Allegra, y hay quien piensa que se trataba de una niña adoptada con la que los Shelley trataban de reemplazar a Clara. Finalmente la niña se quedó en Nápoles con unos padres adoptivos y los Shelley se fueron a Roma el día siguiente.

La mala racha se prolongó cuando el siete de junio de 1819 murió en Roma el primogénito de Shelley y Mary, William, con solo tres años y medio, y fue enterrado en el Cementerio protestante. El matrimonio se trasladó a Livorno y Mary, tras superar un ataque de nervios producido por la muerte prematura de sus dos hijos, empezó a escribir Mathilda. Su radical filosofía la moldeó y precipitó su determinación de ser alguien y crear una obra maestra por sí misma.

Como expresó perfectamente en Frankenstein:

Siento que mi corazón se enardece con un entusiasmo que me eleva al cielo; pues nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme, una meta en la que el alma pueda fijar su mirada intelectual32.

Pero el éxito coronará mis esfuerzos. ¿Por qué no? He llegado hasta aquí abriéndome camino por mares sin explorar, y las propias estrellas serán testigos y darán testimonio de mi triunfo. ¿Por qué no continuar surcando este mar indómito pero dócil? ¿Qué puede detener al corazón decidido y a la voluntad resuelta del hombre?33.

Cuando el doce de noviembre nació su tercer hijo Percy Florence Shelley, el único que le sobrevivió, no podía figurarse ella que las adversidades no la habían abandonado del todo. Y si el año 1820 comenzó con buen pie con la terminación de Mathilda y la puesta en práctica de varios proyectos: la novela Castruccio, Prince of Lucca y los dramas mitológicos Proserpine y Midas, no tardaron en volver las contrariedades.

Retrato de William Shelley por Amelia Curran (1819).

En el mes de mayo Mary envió a su padre el manuscrito de Mathilda a través de Maria Gisborne, una amiga de la familia de la que Godwin estuvo en tiempos enamorado. Según E. J. Clery, «el deseo de Mary de ir más allá en su exploración de los extremos emocionales y morales» la señala como innovadora pero «no previó los peligros de publicar» el libro34. A Gisborne le gustó pero Godwin, aunque admiraba aspectos de la nouvelle, la encontró «repugnante y detestable»35, y a pesar de los repetidos ruegos de su hija no devolvió el manuscrito. Mary tenía otra copia, pero no entró en contacto con ninguna editorial, quizás porque viera en ella una premonición de la muerte de su marido36. Se olvidó de ella y se refugió en su trabajo, pero tuvo que enfrentarse a nuevos contratiempos que le provocaron otra depresión: el intento de chantaje utilizando a Elena Eloise, alegando que era hija de Shelley y Claire, y la casi coincidente muerte de la misteriosa niña napolitana.

EL CATACLISMO

El infortunio pareció concederle una tregua el año siguiente con la aparición de la primera traducción al francés de Frankenstein y la terminación de su siguiente novela, cuyo título cambiará luego Godwin por Valperga: or, The Life and Adventures of Castruccio, Prince of Lucca. Pero no fue más que un espejismo. Nuevos estragos le acechaban en 1822. Empezaron cuando en enero envió a Godwin el manuscrito de Valperga para su publicación, y él la retrasó hasta 1823. Siguió la muerte en abril de Allegra, a causa del tifus que había contraído en el colegio de monjas en el que estudiaba. En junio Mary tuvo un aborto y casi murió de la hemorragia, que Shelley atajó con hielo que trajo de Lerici.

Y en julio le sobrevino la mayor tragedia de su vida: la muerte de Shelley al naufragar su velero Ariel, que antes se llamaba Don Juan. Acompañado por su nuevo amigo el capitán Edward Williams y el grumete Charles Vivian, se había embarcado en Lerici rumbo a Livorno para reunirse con los Hunt, y en el viaje de regreso, con muy mal tiempo, se ahogaron los tres en la bahía de Spezia; sus cadáveres aparecieron flotando diez días más tarde en la playa de Viareggio. The Courier publicó así la noticia: «SHELLEY, AUTOR DE POESÍAS ATEAS, MURIÓ AHOGADO. Ahora podrá enterarse de si Dios existe o no».

El cadáver de Shelley fue incinerado en la playa de Viareggio sobre una pira en lo alto de la cual sus amigos Leigh Hunt, Byron y Trelawny colocaron un ejemplar del último libro de Keats. Mary rescató de la cremación el corazón de su esposo muerto (que también solicitaba Hunt) y se lo llevó como reliquia, envuelto en las páginas de su poema «Adonais». Cinco meses más tarde Mary enterró las cenizas de Shelley en el Cementerio protestante de Roma, tras desbaratarse los intentos de enterrarlas con los restos de su hijo al descubrirse en la tumba del niño un esqueleto de adulto.

La muerte de Shelley la dejó en un estado de profunda confusión y, presa de un extremado sentimiento de culpabilidad, se convertiría en la viuda inquieta y depresiva que sería el resto de su vida. Ella misma se encargó de reforzar y mitificar esa fractura, y a partir de entonces llevó una vida intencionadamente fantasmal dedicada a la escritura (sobre todo sus diarios), al cuidado de su único hijo y al recuerdo, lleno de culpa y resentimiento, de su marido muerto, del que escribió una biografía y publicó una edición definitiva de sus obras, convirtiéndose así en su primera editora y sin duda la más dedicada.

Comenzaba una etapa decisiva de su vida, de la que da fe la modesta y generosa anotación que escribió en su diario el dos de octubre de 1822:

Durante ocho años me comuniqué, con ilimitada libertad, con alguien cuyo genio superaba en mucho al mío, despertaba y guiaba mis pensamientos. Conversaba con él, rectificaba mis errores de apreciación, me proporcionaba nuevas perspectivas, y mi mente estaba satisfecha. Ahora estoy sola, ¡tan sola! [...] ¡Qué cambio! ¡Oh, mi amado Shelley! ¡Cuántas veces durante estos días felices —felices, aunque con altibajos— pensaba en lo privilegiada que había sido al estar unida a alguien ante el que podía quitarme el velo y que podía comprenderme! En fin, ahora me veo reducida a estas páginas blancas que voy a manchar con tétricas imágenes37.

Le horrorizaba la idea de volver a Inglaterra, donde tendría que enfrentarse a la implacable hostilidad de la sociedad puritana por su inconformismo y al desprecio de la familia de su marido. Prefería quedarse en Italia con su hijo, vivir de su trabajo como escritora, publicar la obra de Shelley, tan maltratada y mal divulgada, y apoyarse en el afecto de sus amigos. Pero al dispersarse estos —Byron se fue a Grecia, donde murió poco después de una infección, la desastrosa situación económica de Hunt le obligó a trasladarse a Florencia con su familia, y Claire decidió irse a Viena con su hermano Charles— no tuvo más remedio que regresar con su hijo a Inglaterra, donde a partir de entonces se vería forzada a residir permanentemente en lugar de su amada Italia. Allí comenzó a comprometerse social y profesionalmente como escritora, pero no volvió a casarse, tras rechazar una tras otra las propuestas matrimoniales de Trelawny, de su colega Washington Irving y del actor y dramaturgo estadounidense John Howard Payne.

LA OBRA DE UNA VIDA

Tras el breve paréntesis de su participación en la efímera aventura del periódico literario, radical e irreverente, The Liberal – Verse and Prose from the South38, en el que publicó los relatos «A Tale of Passions» y «Giovanni Villani», y el breve ensayo biográfico «Madame d’Houdetot», empezó a colaborar en la London Magazine y sobre todo publicó su edición de Posthumous Poems of Percy Bysshe Shelley, prologada por ella misma y con innumerables notas explicativas, datos biográficos y descriptivos de las condiciones personales, sociales y políticas subyacentes al origen de cada poema, que tuvo un enorme éxito.

A partir de un montón de cartas, hojas de papel casi ilegibles, amarilleadas por el paso del tiempo, desorganizadas, muchas de ellas sin fecha, textos y poemas incompletos, Mary consigue crear, no un cuerpo humano como en Frankenstein, sino un corpus literario póstumo39.

Completada en 1839, con la inclusión de cartas y ensayos, supondría un viraje fundamental y decisivo en la receptividad de la obra del poeta y una mina para los estudiosos, hasta el punto de que sus notas se incluyeron en la edición definitiva de Oxford.

De 1827 a 1844, los años más prolíficos de su carrera, cumplió sus tres mayores objetivos: proporcionar una educación de caballero a su hijo, seguir escribiendo y publicando, y seleccionar y publicar la obra de su marido. Una de las bazas que manejó fue su entrada en el lucrativo mercado de los lujosos libros de regalo ilustrados y encuadernados en seda (como The Keepsake), asociados al consumo femenino de literatura ligera, naderías para mujeres de clase media. Esos anales y cuentos fueron muy populares y la equipararon a famosos escritores románticos como William Wordsworth, Joanne Baillie, o Felicia Hemans. Pese a su restricción de espacio y la supeditación a veces a los grabados que dictaban el contenido, que ella procuraba eludir, y a la temática sentimental o gótica, le permitió escribir cuentos, crónicas, críticas y poemas40.

Otra faceta suya fue su contribución a la prestigiosa enciclopedia dirigida por Dionysius Lardner, The Cabinet Cyclopaedia. Lives of the Most Eminent Literary and Scientific Men of Italy, Spain and Portugal (tres volúmenes entre 1835 y 1837) y The Cabinet Cyclopaedia. Lives of the Most Eminent Literary and Scientific Men of France (dos volúmenes en 1838 y 1839). De las sesenta y ocho biografías de eminent men (incluyendo a cuatro mujeres: Vittoria Colonna, Madame de Sévigné, Madame Roland y Madame de Staël) sesenta y una se atribuyen a Mary. Aunque se pueden catalogar sin duda de trabajos «alimenticios» y, como en los anuarios, estaban sujetas a limitaciones de espacio que le impedían dar largas a su imaginación, estas breves pero enjundiosas biografías, que para Johanna Smith son «lecciones de historia» que anticipan claramente las críticas de las feministas de hoy en día a la opresión de la mujer41, dan fe de su vasta cultura y su originalidad para redefinir la noción de mezcla de géneros al crear un estilo de prosa intercalada de largas reflexiones poéticas.

EL MANUSCRITO VARADO

De todas las novelas y relatos que Mary dejó manuscritas, solo Mathilda está completa. Existe el borrador y la copia final. Como en el resto de sus obras, hay bastante material autobiográfico, «sería difícil encontrar una obra más reveladora»42. El 27 de octubre de 1822 mencionó en una entrada del diario el consuelo a su pena que había encontrado escribiendo dicha obra. «Cuando escribí Mathilda, era tan desgraciada que la inspiración fue suficiente para mitigar temporalmente mi abatimiento»43. Escribir la distrajo de su aflicción por las pérdidas de su hija Clara Everina de un año, muerta en Venecia en septiembre de 1818, y de su hijo de tres años William muerto en Roma en junio de 1819, y de la consiguiente depresión que la había distanciado emocional y físicamente de Shelley44. Se trata de un documento fundamental para comprender el personaje de Mary, sobre todo cómo se veía ella, y su actitud hacia Shelley y hacia Godwin en aquella época.

Las vicisitudes del manuscrito se recogen en cartas y diarios. Cuando los Gisborne fueron a Inglaterra el dos de mayo de 1820 se llevaron Mathilda, lo leyeron durante el viaje y registraron su admiración en su diario45. Mostraron el manuscrito a Godwin y le pidieron consejo para su publicación. Aunque Medwin oyó la historia cuando estuvo con los Shelley en 182046, y en el verano de 1821 posiblemente Mary leyó el borrador a Edward y Jane Williams47, el manuscrito permaneció en manos de Godwin, que no compartía el entusiasmo de los Girborne, lo aprobaba con reservas. Le gustaban mucho algunas partes, y otras menos; y como el tema le parecía «repugnante y detestable», afirmaba que era necesario un prefacio para prevenir a los lectores de que «les podría asustar [...] el final de la heroína», si se publicaba48. Sin embargo, no consta que intentase publicarlo.

Desde el dieciocho de enero hasta el dos de junio de 1822 Mary pidió repetidas veces a Mrs. Gisborne que le devolviera el manuscrito y que le hiciera una copia para ella, pero no obtuvo respuesta. Las últimas referencias al relato son posteriores a la muerte de Shelley en dos cartas y una entrada no publicada del diario de Mary. En una carta a Mrs. Gisborne compara el viaje de ella con Jane a Pisa y Livorno para conseguir noticias de Shelley y Williams al de Mathilda en busca de su padre, «dirigiéndome hacia el mar para enterarme si iba a estar para siempre condenada a la aflicción»49. Y el seis de mayo de 1823, escribió «Mathilda predice incluso muchas pequeñas circunstancias muy reales, y el conjunto es un memorial de lo que ahora pasa»50.

Estos hechos no solo datan el manuscrito sino que muestran la implicación personal de Mary en el relato. En los sucesos de 1818-1819 es posible encontrar las bases de este relato pesimista y por consiguiente evaluar su importancia biográfica. El veinticuatro de septiembre, la hija de los Shelley, Clara Everina, de apenas un año, murió en Venecia. Mary y sus hijos habían ido de Bagni di Lucca a Este para reunirse con Shelley en la villa de Byron. Clara Everina no se encontraba bien cuando partieron y empeoró durante el viaje. Los Shelley la llevaron de Este a Venecia para consultar a un médico, un viaje lleno de demoras y dificultades. Murió nada más llegar. Según Newman Ivey White51, en su irracional angustia por su aflicción, Mary culpó a Shelley de la muerte de la niña y durante algún tiempo sintió por él un extremo antagonismo físico que se apaciguó hasta convertirse en apatía y alejamiento espiritual. El mal humor de Mary le hacía difícil vivir con él, y el propio Shelley se sumió en un profundo abatimiento. En algunos de sus versos de 1818 («mis más tristes poemas») expresó su sensación de pérdida del afecto. En un fragmento de «To Mary Shelley», por ejemplo, se lamenta de que Mary le había dejado «solo en este mundo inhóspito».

White cree que Shelley relató esa pérdida de afecto solo «en términos velados» en «Julian and Maddalo» (1818-1819) o en poemas que no mostró a Mary, y que ella lo admitió solo después de su muerte en su propio poema «The Choice» y en sus notas editoriales para los poemas de él de aquel año. Pero este relato inédito, escrito después de la muerte de su otro hijo William, contiene, aunque sea en términos velados, un reconocimiento inmediato y un remordimiento de Mary. Ella sabía muy bien lo que le estaba haciendo a Shelley. En un intento de purgar sus propias emociones y reconocer su culpa, vertió en las páginas de Mathilda el sufrimiento y la soledad, la amargura y la autocensura de los meses anteriores.

En el diario especifica que empezó Mathilda a principios de agosto, mientras vivían en Villa Valsolvano, cerca de Livorno. El cuatro de agosto de 1819, dos meses después de la muerte de su hijo pequeño, Mary volvió a reanudar el diario. Casi todos los días durante un mes anotó: «escribo», y el cuatro de septiembre anotó: «copio». El doce de septiembre escribió: «acabo de copiar mi relato». La siguiente entrada que indica actividad literaria es el ocho de noviembre: «escribo». El doce nació Percy Florence y Mary no volvió a anotar nada hasta marzo: que trabajaba sobre Valperga. Es probable, sin embargo, que escribiera y copiara Mathilda entre el cinco de agosto y el doce de septiembre, que hiciera alguna revisión hasta el ocho de noviembre, y un día después fechase por fin el manuscrito.

No obstante, aunque a menudo Mary se refirió a él en varias cartas y en su diario, suscitando la curiosidad de los estudiosos, el manuscrito permaneció oculto hasta 1959. Este descuido se debe en parte a las circunstancias que acompañaron al reparto de los documentos familiares después de la muerte de Sir Percy y lady Shelley. Una parte fue a la Bodleian Library en una colección reservada con restricciones a los eruditos, según el testamento de lady Shelley. Otra parte fue a la sobrina de lady Shelley, y luego a sus herederos, que durante algún tiempo no los tuvieron disponibles. Una tercera parte fue a Sir John Shelley-Rolls, sobrino nieto del poeta, que facilitó material importante del mismo, pero no los manuscritos dispersos. En este reparto, los dos cuadernos de notas que contenían la última versión de Mathilda y una porción del borrador The Fields of Fancy fueron a Lord Abinger, y el cuaderno de notas que contenía los cambios y revisiones a Sir John Shelley-Rolls.

Los tres cuadernos de notas son de formato parecido52. El de Lord Abinger contiene además de una novela inacabada, Cecil, la primera parte de The Fields of Fancy, desde el Capítulo I al comienzo del X (116 páginas). La parte restante ocupa las 54 páginas del cuaderno de notas de la Bodleian Library. Hay además una página en blanco y tres páginas y media de lo que parece una variante del final del Capítulo I y el comienzo del II. Sigue una versión revisada y aumentada de la primera parre de la novela (Capítulo II y comienzo del III), con una interrupción del relato de la juventud de Mathilda en Escocia y la breve descripción de su padre después de su regreso. Finalmente hay cuatro páginas de un nuevo comienzo, que fueron usadas en Mathilda. El borrador tiene muchas correcciones y alteraciones y la puntuación casi no existe. Los fragmentos de Shelley-Rolls (25 hojas de papel) representan adiciones o revisiones de The Fields of Fancy: muchas de ellas están numeradas, y algunas están pegadas al manuscrito en el cuaderno de Lord Abinger. Muchos de los cambios fueron incorporados a Mathilda.

El segundo cuaderno de notas de Lord Abinger contiene completa la versión final de Mathilda