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"Yo sabía que adoraba a aquella criatura. ¡Cuántas veces antes no me había mirado en aquellos ojitos oscuros, brillantes como moras al sol, derritiéndome ante la confiada inocencia que en ellos flotaba! El otro día fue diferente. Atravesé el umbral de sus pupilas y me perdí en lo hondo de su mirada, donde descubrí conmocionado un paisaje sumergido; nuevo, sin retorno. […] Ocuparme de Elvira no ha sido un sacrificio […] ¿O me acusarán de haber adorado y adorar a mi sobrina? […]". Así empieza una novela sorprendente, distinta, que aborda un tema difícil y transita sobre el filo de la navaja sin concesiones ni coartadas. El drama de un ser humano capaz de dominar y sublimar una pasión prohibida.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Alicia Rodríguez-Martos Dauer
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Imagen de cubierta: © nicobouselles
Fotografía de autor: © Guillem F.H.
ISBN: 978-84-17704-70-4
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Prólogo
Yo sabía que adoraba a aquella criatura. ¡Cuántas veces antes no me había mirado en aquellos ojitos oscuros, brillantes como moras al sol, derritiéndome ante la confiada inocencia que en ellos flotaba! El otro día fue diferente. Atravesé el umbral de sus pupilas y me perdí en lo hondo de su mirada, donde descubrí conmocionado un paisaje sumergido; nuevo, sin retorno.
Elvira ya no era la niña que me había sido encomendada y se había convertido en el centro de mi existencia. Con ella descubrí que la infancia era la época más hermosa de la vida y la más digna de ser glorificada. Para un espíritu artístico como el mío, los niños son el paradigma de la belleza; las niñas, sobre todo. Sus pequeños cuerpos bien torneados; sus caritas sonrientes o llorosas, sucias o relucientes; sus barriguitas prominentes invitándote a apretarlas en el centro como si se tratara de un peluche; su concha suave y lisa, símbolo de la pureza; su lengua de trapo, al principio; sus ocurrentes palabras, después; sus rodillas peladas, sus muslos tersos, sus risas. Las niñas eran preciosas. Las niñas, en general, eran admirables, enternecedoras; algunas veces incluso inquietantes. Pero a ella, a ella en concreto, la adoraba.
Ocuparme de Elvira no ha sido un sacrificio; todo lo contrario, un privilegio por el que doy gracias a Dios. Dedicar mi vida a criarla y cuidar de ella… Todo lo demás queda relegado a un segundo plano. Ninguna cita con amigos o amigas puede ser tan placentera que me impida la añoranza de ella. Elvira saca lo mejor de mí mismo; me ha hecho más humano, más sensible, más puro. Porque no hay sentimiento más grande y limpio que la ternura que puede inspirar una criatura. ¿O me acusarán de haber adorado y adorar a mi sobrina? ¿Habrá alguna mente retorcida capaz de pensar siquiera que hice a esta criatura algún tocamiento deshonesto? Claro que la tocaba. Desde que me hice cargo de ella, a la muerte de mi hermana y su marido, cuando solo tenía tres años, le limpié el culito, le puse crema si estaba irritada; porque la lavaba, vestía y alimentaba, con o sin ayuda de la criada. ¿Es eso deshonesto? La acaricié como cualquier padre acaricia a su hija. La besé como beso el manto de la Virgen. Incluso ahora, cuando siendo ya adolescente me he enamorado de ella, no ha habido en el mundo un amor más casto. Porque, ¿es delito enamorarse? Al comprender que mis sentimientos hacia ella estaban tomando otra dirección, donde la adoración ya no está exenta de erotismo, he puesto todo mi empeño en dominar esa vertiente de mis sentimientos de forma que ella jamás la perciba. Y a fe mía que he de conseguirlo, como logré controlar y superar aquella absurda obsesión pasajera que llegó a torturarme en mis años mozos. Sin disminuir mi dedicación y soporte incondicional a ella, un nuevo pudor me lleva a contener en adelante mis manifestaciones afectivas, por si pudieran incomodarla. Juro por Dios que jamás, ni de niña ni de adolescente, la he hecho ni haré objeto de ninguna conducta deshonesta. Me despreciaría a mí mismo si mancillara ese tesoro que el destino puso un día en mis manos. Incluso con el pensamiento la he respetado siempre, aunque confieso haber tenido últimamente algún sueño erótico del que he despertado sobresaltado. Pero, ¿se pueden juzgar los sueños? Que me haya enamorado de esta adolescente, como antes había adorado a la niña que fue, y después me consuma acaso el amor por la mujer en que se convertirá, no puede ser un delito ni algo censurable. El amor es por sí mismo algo positivo. Y mi amor era, es y será siempre platónico. Soy su tío, su tutor, su eterno enamorado; jamás su abusador. ¡Nunca! El amor no tiene edad ni fronteras: el único límite es el respeto por la persona amada. Y en aras de dicho respeto, no sólo he tratado siempre a Elvira con la debida distancia física, sino que he evitado que viera en mí otra cosa que su protector y persona de confianza. Y pondré buen cuidado en no romper el muro de cristal fino y transparente, pero sólido, que he levantado entre nosotros; el más delicado, el que deja entrar toda la luz, el más hermoso y puro.
Mucho nombre para poco niño
Me hundo en el asiento posterior del taxi y le doy la dirección de Inés al conductor. Me pesan los kilos, me pesa la pena, me pesan tanto la culpa como la incomprensión, me pesa la injusticia. Mientras el coche gana velocidad por el asfalto, entrecierro los ojos. Tengo por delante un par de horas de viaje. Puedo perderme en mi interior.
El taxi es confortable. Los asientos tapizados de cuero conservan el tacto suave de la piel bien tratada; no como otros, de cuero rasposo, cuarteado. Huelen a nuevo. No deja de ser curioso que pueda concentrar mi atención en algo tan trivial como la tapicería del taxi. Mi propia piel interior, esa que se siente aunque no se vea, está más resquebrajada. Y duele, vaya si duele.
El paisaje anodino entre el aeropuerto del Prat y Gerona desfila con ritmo cansino por ambos lados. No vamos despacio; tampoco deprisa. O al menos yo no noto si el taxi va rápido. Estoy como paralizado, pegado al asiento, la mirada perdida. Por dentro recorro un paisaje más intenso, a una velocidad más acelerada que me desborda.
A mis 56 años, he vivido mucho, y no he vivido nada. Me miro las manos, doy vuelta a las palmas. Sin durezas por dentro; sin manchas en el dorso. Las dejo reposar sobre los muslos boca arriba; las aproximo formando un cuenco: vacías.
Cierro los ojos; me rindo. La situación me supera. Del exterior ya no veo nada; por dentro, una maraña de imágenes, ideas y sentimientos me atenaza. La fatiga me impide pensar; la angustia me espolea el pensamiento. El único modo de conjurarla es dejar que fluya libre mi memoria, aceptar los hechos como asumí aquel día la innegable verdad que se me le revelaba, mi propia epifanía.
Doña Ramona, tan devota y paciente ella, me paría entre alaridos y el aleteo de faldas de la comadrona y la doncella. Pedro Gómez de la Ensenada: ese iba a ser yo. A empellones y cabezazos, me abría paso a este mundo ayudado por la comadrona, que se afanaba en hurgar en el interior de mi madre con una mano, mientras le apretaba suavemente el vientre con la otra.
El capitán, mi padre, cruzaba a grandes zancadas el pasillo ante la puerta cerrada de la alcoba donde su esposa paría gritando entre almohadones. Se le veía nervioso, incluso enojado. Él, tan acostumbrado como militar a aguantar estoicamente el dolor y a hacer oídos sordos ante la tortura ajena, no podía soportar algo tan natural como los alaridos de una parturienta.
—Es que la pobre sufre mucho —le dijo al pasar la cocinera, que acarreaba otra olla de agua caliente, en un intento de calmar al padre y justificar aquellos gritos desgarrados.
—Naturalmente; no se queja por capricho. La culpa la tengo yo, no ella. —La mujer no le prestó atención y se adentró en la alcoba tras empujar la puerta con el pie, dejando al señor a solas con sus palabras—. A fe mía, que esto no volverá a ocurrir. Nunca más. Uno, y basta.
Las campanas de la catedral de Santa María daban las doce de aquel 9 de diciembre de 1913, cuando don Adolfo escuchó por vez primera mi llanto.
—Es un varón —celebró—, aprobando el producto de su simiente, que le presentaron limpio y desnudo para que advirtiera que tenía todo lo que debía tener. Me tomó en sus brazos y se acercó a su esposa, sobre cuya sudada frente depósito un beso devoto.
—Descansa. Te prometo por mi honor que no volverás a pasar por esto.
Eso dijo, aunque lo olvidó 6 años más tarde. De momento, aquella mañana de diciembre del 1913 ya contaba con un heredero para perpetuar su rimbombante apellido.
—El día de mañana, haré de él un Gómez de la Ensenada digno de su padre y de su abuelo —le anunció a mi madre—. El bebé es cosa tuya. No voy a meterme en su crianza; eso es cosa de mujeres.
Y así me quedé bajo el dominio femenino, al que seguí aferrándome hasta que nació mi hermana y se convirtió en el centro de todas las atenciones, momento que aprovechó mi padre para cogerme bajo su tutela. Tardé tiempo en perdonarle a mi hermana que hubiera venido a expulsarme de mi particular paraíso.
Con seis años cumplidos, mi padre me obligó a acompañarle en una partida de caza por los bosques de Villafría. «Para que te conviertas en todo un hombre», me había dicho. Cuando amaneció el día escogido, le seguí de mala gana. En casa quedaban, calentitas y bien protegidas, mi madre y mi hermana con la niñera y las criadas. A mí me repugnaba la sangre, me daban miedo los tiros, me compadecía de los animales. La primera descarga de perdigones me hizo romper a llorar.
—¿Qué haces? Los hombres no lloran. Ahora solo falta que te mees de miedo —se indignó mi padre.
Bastó que lo mencionara, para que yo notara cómo se me mojaban los pantalones, cómo me resbalaba la orina tibia hasta los tobillos. No dije nada; mi padre no vio nada. La chaqueta larga tapaba muchas cosas. Y los bajos del pantalón bien podían humedecerse con el rocío.
—¿Vas a poner esa cara de susto toda la mañana? —me reprochó más adelante—. Desde luego, no pareces hijo mío. Me vas a dar mucho trabajo; pero, por mi honor, que he de hacer de ti un valiente, machote. De ahora en adelante, me acompañarás a todas las partidas de caza. Y, a su debido tiempo, te enseñaré a disparar la escopeta. Faltaría más.
Al regresar a casa, mamá advirtió mis pantalones mojados. No comentó nada; se limitó a pedirle a la criada que me cambiara de ropa para estar en casa.
—Pedrito ha aguantado muy bien nuestra primera salida —quiso presumir mi padre—. Este chico va a ser un gran cazador y un gran soldado.
Miré de reojo a mi madre; ella también me estaba mirando. Y supe que estaba de mi lado.
El traslado a Gerona y el ascenso de mi padre de capitán a coronel, fueron recibidos en casa como una bendición del cielo: para mi padre, llegar a coronel era un paso necesario para sentirse digno del apellido que llevaba; en cuanto a mi madre, conocida fuera de la familia como doña Ramona, ansiaba dejar atrás los gélidos inviernos burgaleses. A mí, la mudanza me pilló con 11 años. De Burgos me quedaría la imagen de la catedral, sobre todo la del Papamoscas, el muñeco que, colgado de la parte más alta de la nave mayor, movía el brazo para dar las horas de un campanazo mientras abría la boca. Dong, dong, dong. De él me despedí un mediodía, plantado de pie bajo el autómata hasta que le oí tocar 12 veces. Por lo demás, no había hecho amistades imprescindibles en la escuela y, cuando cambié, fue solo de edificio: de unos Maristas pasé a otros Maristas. Mi hogar eran mi madre y mi hermana, el salón del piano y los libros que cogía con sigilo de la biblioteca. Más allá, estaba también la figura distante de mi padre, las guías de cuyo bigote se erguían tan tiesas, que a veces temía que las usara como arma.
Todo ello, personas y objetos, formaría parte de la comitiva: el piano sería sustituido por uno nuevo; los libros llegarían embalados en papel marrón unos días más tarde.
La casa de Gerona me impresionó. Situada frente al Parque de la Devesa, era amplia y luminosa, con un generoso jardín lleno de flores. Mi madre se puso de inmediato manos a la obra. Contrató a una sirvienta para las tareas domésticas, una doncella para nuestra atención personal, una cocinera y una costurera-planchadora, esta última por horas. No tardó doña Ramona en seleccionar la que sería su sala de recibir, que pronto presidiría un piano de media cola. Cecilia se agarró aquellos días a las faldas protectoras de mamá. Y yo ya no tenía celos; al contrario. También me sentía llamado a dar cobijo y seguridad a la pequeña. Por algo era el mayor. Y el hombrecito de la casa, en ausencia del padre.
El mundo del coronel se componía del cuartel, las tertulias con amigos y las partidas de caza. Ni las mujeres ni yo teníamos cabida en él, y no me importaba. Al contrario, me alegraba de que, tras varios intentos poco satisfactorios, mi padre hubiera renunciado a llevarme a cazar con él. De su mundo solo me interesaba la biblioteca, aunque necesitaba su permiso para entrar en ella y coger algún libro. Los que no consideraba adecuados para mí ocupaban los estantes superiores, a los que se accedía con una escalerilla de mano. En cuanto a las lecturas para niños, se repartían entre el cuarto de mi hermana y mi cuarto, excepto los clásicos consagrados, que se alojaban en una esquina de la biblioteca familiar. Entre esos volúmenes bien encuadernados y ricamente ilustrados, figuraban los Cuentos de Andersen y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Guardada entre las páginas de este último, había una postal amarillenta de Alice Liddell, la niña de diez años que, al parecer, inspiró a Carroll. La usé como punto de lectura mientras leía la historia de Alicia, y atribuí su imagen al personaje, porque me gustaba mucho más que las ilustraciones del libro. A papá le decía que mi personaje favorito era el Conejo Blanco; no había postal del conejo. Luego, la postal de Alice saltó de unos libros a otros para marcar la última página leída.
Un día se me cayó al suelo de entre las páginas de 20.000 leguas de viaje submarino, el libro que estaba leyendo en el porche, sentado a cierta distancia del sillón de mimbre que ocupaba mi padre. Cecilia había ido de compras con mamá.
—¿Qué haces con esta postal? —preguntó mi padre, recogiéndola del suelo.
—Me la he encontrado hace un rato en el jardín —mentí—. Supongo que se caería del libro de Alicia; ayer estuve leyéndole un trozo a Cecilia. Me la he guardado en este de Julio Verne; luego la pondré en su sitio.
—Dámela; yo la guardo. —Se la metió en el bolsillo del chaleco—.Y, sobre todo, no dobléis las páginas para saber dónde os quedasteis leyendo. Por cierto, el otro día vi unos puntos muy bonitos reproduciendo espadas famosas como la Tizona en una librería del casco antiguo. Les he encargado la colección. Ya te daré un par.
Yo había dicho una mentira a medias. Como hermano mayor, a veces me ofrecía para leerle a Cecilia trozos de Alicia. Me gustaba a mí más que a ella, aunque le divertía escucharme porque yo ponía voces y gestos a las historias. Supongo que no entendía mucho; ¿qué más daba? Con el tiempo, llegué a comprender que Alicia era un cuento para mayores.
«Solo unos pocos encuentran el camino, otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni siquiera quieren encontrarlo», dice el libro. Durante años me pregunté a qué grupo pertenecía yo, sin sospechar que, cuando lo supiera, se me plantearía un problema aún mayor: ¿Qué pasa si lo encuentras, lo reconoces y debes abandonarlo?
La vida doméstica era tranquila y confortable. Todavía hoy, a mis cincuenta y seis años, puedo contemplar en mi memoria algunas imágenes de aquella época: Cecilia, con sus ricitos rubios colgándole hasta los hombros, llorando porque se le había caído la cabeza de porcelana a su muñeca preferida; la llegada del piano, de madera oscura y severa; el desfilar de los invitados el día de recibir de mamá, el 20 de cada mes. Recuerdo que la casa se llenaba de gente; las mujeres, alrededor del piano; los hombres, en la biblioteca con la mesa de fumador bien provista de cigarros; la generosa merienda a la que nadie haría ascos… Yo pululaba de un lado a otro escabulléndome, tanto de mi madre y sus intentos de exhibirme tocando el piano, como de mi padre y sus amigos riéndose de mí porque tosía con el humo de su tabaco. De aquellas veladas me queda sobre todo la imagen horonda del señor Bofarull, con su cara redonda como una luna llena y su ancha boca siempre sosteniendo un habano. Traje, pelo, rostro y puro, todo de color marrón. Era tan obeso que, el día que oí que había muerto, le pregunté a mi padre si había reventado: recuerdo que me lo imaginé hinchado como un globo, explotándole la tripa en el aire y el habano saltando de su boca. Hay que ver las fantasías que tienen los críos.
En la casa de Gerona veía caras nuevas, que pronto se gastarían por el uso de tantas visitas sueltas y días de recibo. También empezaría a verme rodeado de niñas. Yo invitaba a algún amigo de vez en cuando; de uno en uno. Cecilia, en cambio, llenaba el jardín de mocosas que reían o lloraban, siempre chillando.
—No sé por qué ha de traer tantas amigas. Ni siquiera saben ponerse de acuerdo para jugar —me quejé yo un día ante mi madre—. Míralas, hasta se pelean sobre a quién le toca buscar.
—Todavía son pequeñas. Y se lo pasan en grande. A lo mejor podrías ofrecerte tú para buscar; así todas podrían esconderse —sugirió mi madre.
—Vaya idea. A mí, que me dejen tranquilo. Lo malo es que las encuentras escondidas en cualquier parte.
—Dentro de la casa, no. Si tanto te molestan, puedes entrar. Todo lo más oirás sus voces a través de las ventanas abiertas —sugirió mi madre. Y le hice caso. Me retiré, no sin antes dirigirles una mirada displicente de hermano mayor.
Una vez en mi cuarto, me puse a jugar en el suelo con mis soldados de plomo. Fingía ignorarlas mientras, desde mi ventana, miraba a hurtadillas cómo jugaban. Parecían divertirse tanto…
En cuanto a la escuela, seguía en los Maristas, qué más daba el nombre del hermano en cuestión. Y tanto en Burgos como en Gerona, yo siempre había sido un alumno aplicado. Sentarme ante un libro no era un sacrificio para mí, que buscaba saciar mi curiosidad más allá de los textos escolares y hundía las narices en los volúmenes de la biblioteca de mi padre. Las páginas impresas me daban entrada a un mundo nuevo, acogedor y seguro; la disciplina y religiosidad que inculcaban los hermanos me hacían sentir cómodo. En cambio, la disciplina militar me levantaba ampollas. Tenía devoción por el padre Marcelino Champagnat, el fundador de los Maristas, del que tanto nos hablaban. Durante el último curso con los curas en Gerona, llegué a pensar en tomar los hábitos, ya que la vida religiosa parecía hecha a medida de mi carácter pacífico y poco competitivo. Dedicar la vida a pensar, leer, enseñar; rodearme de almas generosas, de niños inocentes absorbiendo mis palabras. Niños, porque los curas educaban a los varones y, las monjas, a las niñas, cuya inocencia era más cuestionable. Me veía a mí mismo con la sotana negra y el cordón en la cintura dando clases, leyendo, tocando el piano. ¿Podría tocar el piano? ¿Por qué no? Podría ser profesor de música. Claro que no tendría la oportunidad de asistir regularmente a eventos culturales, ya fuera en Gerona o en Barcelona. Tampoco podría permitirme comer las exquisiteces que me servían en casa, los caprichos que compraba mamá en el Colmado Moriscat ni las comidas en Ca la Marieta. Lo de la pobreza y la falta de libertad, la necesidad de compartir… eso no me hacía tanta gracia, para qué vamos a engañarnos. Por otra parte, si me enrolaba en la Iglesia, evitaría hacerlo en el Ejército. Y eso era determinante.
No me hizo falta entrar en el seminario, donde tampoco habría tardado en colgar los hábitos, para evitar la carrera militar. Mi padre, profundamente decepcionado, había renunciado ya a esa pretensión. Suspiré aliviado, aunque culpabilizado por romper la tradición familiar. Pero había otras maneras de mantener alto el estandarte de los Gómez de la Ensenada, fuera como militar o como ciudadano raso. Como futuro cabeza de familia, mi deber sería sacarme una carrera y hacer prosperar la hacienda familiar, 10 hectáreas de tierra que había comprado y arrendado mi padre con el dinero de la venta de unos terrenos de mi madre, allá en Betanzos. Esas propiedades, destinadas al cultivo de maíz, trigo, judías y alfalfa, inclusive el incipiente de manzanas del Cirici y de San Juan, habían de ser el punto de partida de mi actividad comercial y de un floreciente negocio familiar. Para prepararme, me trasladaría a Barcelona donde viviría en casa de una pariente viuda y estudiaría para convertirme en ingeniero agrícola, una carrera a caballo entre ingeniero agrónomo, que solo se estudiaba en Madrid, y perito agrícola. El frustrado marista, el frustrado militar, el hijo enmadrado, el hermano mayor responsable quedaban atrás. Ahora cortaba amarras y empezaba una vida nueva.
—Ya sabes que nada ha de faltarte —me comunicó solemnemente mi padre unos días antes de partir. Me había convocado en la biblioteca de casa y cerrado la puerta a mis espaldas—. Te he abierto una libreta de ahorro en el banco. Aparte, una vez al mes la tía Prudencia cobrará por tu hospedaje y tú recibirás dinero de bolsillo que deberás administrarte. Te lo daré yo en mano cuando vengas a visitarnos. El primer fin de semana de cada mes. Tu madre quiere verte. Cree que en la cara podrá ver si todo va bien. Y no anda desencaminada. A los hijos se les conoce todo en la mirada, y en las ojeras, llegado el caso. —Incómodo, desvié la vista de su cara y la posé sobre los lomos de la Enciclopedia Espasa, ubicados en una estantería que tenía frente a mí, detrás de mi padre—. Ya lo entenderás el día que tengas hijos. Bien; creo que te hemos dado una buena educación y sabrás comportarte. Recuerda que eres un Gómez de la Ensenada; por tanto, un caballero, una persona honesta y sensata. Y si echas una canita al aire, que todos hemos sido jóvenes, que sea sin consecuencias; ni para tu salud ni para tu futuro. Si te has de desahogar, no te excedas en el placer solitario, que desgasta la médula; te desahogas con una mujer, tomando precauciones higiénicas y pagando. Sobre todo, que no se te ocurra celebrar Pascua antes de Ramos. —Tras esta advertencia, se levantó para dar por terminada la sesión. Él ya había cumplido; ahora me tocaba a mí.
Los cuatro años de estudio en la Escuela Industrial de Barcelona pasaron sin pena ni gloria. Me gustaba ir y volver caminando desde el piso de la viuda, en la calle Aribau esquina Mallorca, hasta el rojo complejo de la antigua Fábrica Batlló, en la calle Urgel. Las clases eran interesantes y los compañeros, agradables en su mayor parte, aunque no intimé con ninguno. De hecho, tampoco en el colegio tuve ningún amigo especial. Siempre he sido educadamente sociable. Sé estar en cualquier parte, sostener una conversación que supongo amena y, con los años, he llegado a ser cordial. Me intereso por los demás guardando una distancia de seguridad; no me apetece que los otros se me acerquen demasiado. De joven, era tímido e inseguro. Ahora soy simplemente celoso de mi intimidad. Cuando estudiaba, procuraba aguantar las bromas de mis compañeros y salir alguna vez en grupo para no desentonar; a ellos les gustaba ir a beber o visitar burdeles. A mí no me interesaba ni lo uno ni lo otro. En las tabernas, apenas bebía. A medida que los demás se emborrachaban, yo quedaba olvidado y sin presiones para seguir bebiendo. En cuanto a ir de putas, ponía reparos higiénicos (siempre me ha dado mucho miedo contagiarme algo) y me despedía de mis compañeros en la puerta. Hasta un día en que me metieron a empujones entre cuatro.
—Demuéstranos que eres un hombre.
No tenía excusa. Si el problema era un posible contagio venéreo, para eso me estaban regalando un par de gomas.
—Va, hombre, va. Que con estas gomas se frena a un regimiento de microbios —apuntó un compañero de cara rubicunda.
—Vale, vale; no es solo eso; también me dan pena estas desgraciadas.
—Ja, ja, ja —se burló el más gallito, alto y flaco como un arenque—. A lo mejor es que no se ha estrenado…
—¿Es posible? —corearon los tres que me acompañaban.
—No soy un niño. Y no tenéis nada que enseñarme.
Cuando empujamos la puerta de aquel antro y nos dirigimos a la madame para contratar los servicios, cada uno fue a lo suyo y se olvidaron de mí, que ya estaba atrapado y recordaría de por vida aquella noche como una pesadilla. Las mujeres pintadas y perfumadas que revoloteaban alrededor nuestro me parecieron arañas; el pasillo a media luz, las puertas que se abrían y cerraban; la rubia granadita que me tocó en suerte… todo se me quedó grabado con sus luces y sus sombras, los sonidos, los olores.
—Ven aquí, pichoncito —me invitó la mujer rolliza destinada a darme gusto y que solo me daba asco—. Me pareces un poco parado; no te preocupes, ya verás cómo te pongo yo a cien. Confía en mí, que soy gata vieja… no por la edad, sino por la experiencia, quiero decir.
Fue como un flash. Me vi de nuevo en la cama de la Mari, la criada de casa que me robó la virginidad. Se quitó la cofia dejando escapar sus rizos dorados; se desprendió del delantal blanco y del vestido negro que llevaba debajo, dejando a la vista las sudadas redondeces que se escapaban de su ropa interior barata. Todo tras la puerta cerrada con llave de su cuarto pequeño y mal ventilado, que olía a pobreza y a vicio. A partir de entonces, aquel sería para mí el olor de las chicas de servicio. La Mari se desnudó por completo y me empujó sobre su catre cubierto por una colcha blanca. Luego me arrancó los pantalones, sacando a la luz mi miembro virginal. Temblé de pies a cabeza, aunque tuve una erección. Ella me agarró y empujó las caderas para que la penetrara. Tuve la sensación de ser engullido. Me corrí más aterrorizado que sexualmente excitado. Me vestí precipitadamente, avergonzado de la mancha que veía en la colcha, y me planté ante la puerta cerrada hasta que ella sacó la llave que guardaba en el bolsillo y me dejó salir de su guarida. El reloj de la sala daba las doce. Cada toque era como una denuncia que rebotaba contra las paredes de la estancia. Mi hermana cruzaba en aquel momento el vestíbulo, acompañada de una amiga que llevaba un vestido azul de volantes. Cecilia ni me miró; su amiga Piedad clavó en mí sus ojos oscuros y emitió una risita burlona. Yo llevaba sueltos los cordones de los zapatos.
Ahora nadie me impedía marcharme. Y no había gong que me denunciara. Puse un billete en la mano de la prostituta y le dije que me encontraba mareado. Me había sentado mal la cena. La rubia se ajustó la falda y guardó el dinero en el escote mientras se encogía de hombros y me abría la puerta.
—Menos trabajo. Allá tú; tú te lo pierdes.
Ella se quedó donde estaba, pero su perfume dulzón me acompañó hasta la salida, y aún puedo evocarlo. No esperé a mis compañeros. Anduve hasta la pensión como un robot. Me hacía bien sentir en el rostro el aire frío de la madrugada.
La visita mensual a casa era un ritual del que no me estaba permitido prescindir. Así debían ser las cosas: mi madre y hermana me esperaban con preguntas sobre la vida en Barcelona; mi padre se interesaba por los comentarios políticos de la capital. Su decepción por no seguir sus pasos se había compensado con mi buen rendimiento académico. Satisfecho, ya me veía al frente de la hacienda familiar. En señal de reconocimiento, me dejaba participar en las reuniones que celebraba en nuestra amplia biblioteca, cuyas paredes tapizadas de libros enmarcaban un agradable espacio de tertulia.
Aquella tarde, mi padre despotricaba contra la República entre las volutas de humo de los habanos que fumaban él y sus amigos. Estaban cómodamente sentados en sillones de orejas situados en torno a la mesita de fumador. Me acerqué una silla para acompañarles.
—Esto no puede continuar así. O se pone orden, o todo acabará en un desastre. Por si no teníamos bastante con la abdicación de Alfonso XIII, encima nos salen los catalanes a proclamar su propia república —decía un general retirado que parecía un buitre sin alas, de puro arrugado y calvo.
—Y pretenden ser un estado integrado dentro de la Federación Ibérica, como la llaman ellos. ¿Y eso con qué se come? Ya decía yo que la República daría alas a los separatistas —había gruñido mi padre, el coronel.
—Y tan separatistas. Como que lo que pretenden con su estatuto es dejarlo todo bien ligado para que se les reconozca como estado autónomo dentro de la República —se escandalizaba un clérigo embutido en su sotana desde un sillón de orejas que le tenía prácticamente engullido entre sus brazos.
—Y que solo se hable catalán —terció el general, indignado.
—Hombre, que sea la lengua oficial no nos impedirá hablar el idioma del Reino… —protestó el coronel.
—Dirá usted de la República —puntualizó el general tras lanzar al aire una voluta de su habano.
—Suerte de la ley del retiro esa que se sacaron de la manga. Al menos nos ha permitido mantenernos al margen de estos despropósitos— terció mi padre.
—Dices bien, Adolfo, aunque está claro que no la aprobaron por generosidad; fue para ahorrarse problemas —volvió a matizar el general—. Azaña no es tonto; sabía que tenía a muchos militares en su contra. Y no se quiso arriesgar a que se la jugaran. ¿O no es cierto que a muchos de nosotros la nueva situación nos cogía a contrapelo? A mí desde luego me planteaba un problema de fidelidad en una España cada vez más difícil de entender.
—¿Saben qué les digo? —El coronel se incorporó y acercó a mí, que había escuchado toda la conversación sentado en un segundo plano y en silencio—: que ahora me alegro de que mi hijo no haya querido seguir la tradición familiar. Una cosa era defender al rey y otra muy distinta, a la República. A saber lo que nos espera. Mejor que sea un buen terrateniente. Yo me he limitado a arrendar las tierras; él las hará prosperar, que para eso tendrá estudios. ¿A que sí, hijo? —Y me palmeó el hombro.
Personalmente, no podía estar más de acuerdo. De buena me había librado. Militar y en tiempos de cambio. Y con un padre aferrado furiosamente al pasado. Quita, quita. Me despedí cortésmente de la concurrencia y salí con la intención de dar un paseo.
Al pasar por delante del salón, vi a mi madre y hermana con unas amigas de esta.
—Pasa, hijo —me invitó mi madre—. Haznos un poco de compañía. Estábamos hablando de teatro. Seguro que estás al corriente de lo que hacen en Barcelona. A Lolita y Carmen les vendría bien que las asesoraras. Van a pasar unos días con su tía en esa ciudad.
Solo de ver la cara de pánfilas que tenían aquellas dos muchachas, pálidas, secas y marchitas a pesar de su juventud, mis piernas se paralizaron y no me dejaban atravesar el umbral de la estancia.
—Va, hombre, entra; que no mordemos —se atrevió a decirme mi hermana, habitualmente tan discreta.
—Lo siento; no dispongo de esa información en este momento. —Saludé ceremoniosamente a aquellas dos memas ávidas de cazar un pretendiente, que no iba a ser yo—. Si me lo permiten y no lo toman como una descortesía, voy a salir a que me dé un poco el aire porque tengo una fuerte jaqueca; por eso he dejado la tertulia de la biblioteca.
Y abandoné el salón con una inclinación de cabeza. Aún pude ver de reojo la expresión de derrota de mamá.
—Pues menos mal que el gobierno ha frenado el disparate ese del proyecto de estatuto antes de que lo aprobaran. ¡Qué barbaridad! Por si no había bastante con haberse cargado a la monarquía, ahora solo habría faltado que nos desmembraran el estado —me comentaría aliviado mi padre unos meses más tarde.
—Todo se encarrilará, padre. Hasta el rey acabará volviendo —dije más por tranquilizarle que por convicción. Era evidente que las cosas se complicaban por momentos.
Los problemas no solo se referirían a la forma de gobierno y a una cuestión de lealtades. Las cosas iban a complicarse cada vez un poco más. También para los terratenientes se acercaban tiempos difíciles, que harían indignar al coronel retirado:
—No puede ser que estos tipos de la Unió de Rabassaires se salgan con la suya. Que los pequeños agricultores puedan hacerse con la propiedad de la tierra…menuda majadería. ¡A dónde iríamos a parar! ¿De qué valdrían montones de haciendas pequeñas y débiles? Solo para dar inseguridad a las cosechas. Crearía más pobreza. Te lo digo yo —despotricaba.
—Pues no podrá ser, pero el Parlamento Catalán está a punto de aprobar una ley sobre los contratos de cultivo. Pretenden que se garantice la explotación de las tierras durante al menos seis años. Y quien haya cultivado una tierra al menos quince, podría comprarla.
—Faltará que los dueños la vendamos. Digo yo, vamos.
—La Lliga, del bracito de la CEDA, habla de llevar el tema al Tribunal de Garantías Constitucionales —insistí yo; aunque no me metía de forma activa en política, estaba al tanto de cuanto se cocinaba. Hablar de política era el pasatiempo favorito de los estudiantes—. Ya veremos en qué para todo; hay que estar alerta.
Don Adolfo Gómez de la Ensenada no llegó a conocer el desenlace de la controvertida ley; además se ahorró una guerra civil que le habría destrozado el alma. Una caída de caballo le abrió la cabeza mientras cabalgaba por un pedregal volcánico en la comarca de la Garrotxa. Era el mes de mayo de 1934. Mi padre fue enterrado con todos los honores; entró en el otro mundo con uniforme de gala y sus bigotes atusados. Yo no sentí dolor, solo el peso de una nueva responsabilidad, que olía a nardos y desinfectante. Mi madre y mi hermana, enlutadas de pies a cabeza, me esperaban en la casa mientras yo presidía el duelo. De regreso del sepelio, las abracé largamente. Muerto el coronel y padre, me tocaba a mí protegerlas. Aún no tenía 21 años, y ya era el hombre de la casa. Aquellos días me dejé crecer la barba.
El cabeza de familia
El año que me faltaba para licenciarme se me hizo muy largo. Aún estaba en Barcelona, cuando Companys proclamó el Estat Català. ¡Buena la armó! A mí me pilló el anuncio cenando butifarra con secas con unos compañeros en Can Culleretes. Y tuvimos que correr para no vernos envueltos en los disturbios que se desencadenaron. Suerte que, a las seis de la mañana, Companys había presentado su rendición ante el general Batet. Aunque a mi padre no le gustaba ese general, habría aplaudido su actuación. Yo también suspiré aliviado, la verdad. Había pasado la noche en vela refugiado en casa de un amigo, cuya vivienda quedaba más próxima al lugar donde nos encontrábamos que mi pensión. No era cuestión de arriesgarse corriendo por la calle. Varios muertos y más heridos, además de muchos detenidos, fue el triste balance del intento.
Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce. Suspendida sine die la autonomía catalana y anulada la Ley de Contratos de Cultivo, pude acabar mis estudios sin sobresaltos y regresar a Gerona para hacerme cargo de mis propiedades, repartidas entre varios arrendatarios.
Cuando echo la vista atrás, evoco aquel par de años siguientes como un período agradable. Como hijo de viuda, no tuve que hacer el servicio militar, cuyo cumplimiento había prorrogado por los estudios, y pude dedicarme cómodamente a los negocios agrarios, en los que empecé a implicarme activamente, aportando mis conocimientos teóricos a una mejor explotación de la tierra. Para empezar, fui cambiando progresivamente los arriendos por contratos de aparcería. A los masoveros, aparte de darles casa en el mas y pagarles la mitad de la contribución, les aportaba las semillas y los abonos. En el momento de la cosecha, les reclamaba el 50% de la misma. Aunque no estaba obligado a hacerlo, había decidido renovarles el contrato año tras año. Me parecía justo. Y mi madre lo aprobaba.
—Me gusta cómo llevas los negocios. Tu padre habría estado orgulloso de ti —me dijo cuando hacía un año que estaba al frente de la finca—. O quizá estaría celoso. Por lo que cuentas, los campesinos te aprecian. Y bien que lo veo, a juzgar por los pollos que me traes. Suerte que el jardinero les corta el pescuezo. No sé si las sirvientas se atreverían.
—Sí, madre; la Andresa es muy fortachona.
—Me alegro de que no siguieras la carrera militar. Mejor los campos de manzanas que los de batalla. Además, se necesitaba que alguien de la familia dirigiera realmente la explotación. Tu padre no dedicaba ni el tiempo ni la atención necesarios. Se encontraba incómodo con los masoveros. Él estaba acostumbrado a mandar soldados —afirmó, acompañando sus palabras con las sacudidas rítmicas de su abanico, jalonadas a intervalos por un brusco ras-ras de cierre y apertura—; tu eres de formas más suaves y tienes más mano izquierda.
Sentada en su sillón de orejas, con la espalda bien erguida y un poco adelantada, era la imagen de una auténtica dama. Incluso en bata recién levantada, tenía una elegancia innata. Para mí que ese porte distinguido le venía de la abuela, que no llegué a conocer; había visto numerosos retratos de aquella mujer de cuello alto, invariablemente rodeado por un ceñido collar de perlas de dos vueltas, y de pelo oscuro recogido en la coronilla con una peineta, para desparramarse desde allí hasta la frente en una cascada de rizos. Mamá había heredado su señorío y sus perlas, pero no su cuello ni su figura estilizada. Doña Ramona era más bien entrada en carnes y su cuello era corto y grueso. Ahora vestía un sobrio vestido de color musgo con un discreto escote, más ancho que profundo, y mangas hasta el codo. No se había puesto joya alguna porque no iba a salir de casa. La medalla de la Purísima que lucía en el cuello no contaba. La llevaba hasta durmiendo.
—Yo también estoy contento del camino elegido. Me gustan las tierras; me agrada esta gente trabajadora y poco habladora. Yo les respeto a ellos y ellos a mí. Son gente honrada que sabe lo que hace. Yo valoro su criterio, y ellos lo agradecen —se lo decía a ella y me lo decía a mí mismo. Me sentía muy cómodo con aquellos campesinos. Más que con algunas de las relaciones propias de mi entorno social.
—Tú tienes estudios…
—Y ellos, experiencia; no lo olvides. Me dan mil vueltas. Creo que puedo aprender mucho de ellos. Desde luego, mi formación y mi afán por estar siempre al día, les inspira confianza y también es útil para ellos.
—Sí, hijo; tú sigue así, que a estudioso no te gana nadie. Ya de niño te gustaba aprenderlo todo. ¿Crees que también te han servido esas conferencias de la Caixa?
—Desde luego, mamá. He podido profundizar en el cultivo de las manzanas y he descubierto nuevas variedades extranjeras. Son precisamente las cosas que he aprendido últimamente las que me llevan a la conclusión de que lo mejor será dedicarnos exclusivamente a las manzanas; centrarnos en una cosa y ser los mejores. —Temí haber pecado de petulante y me corregí—: O de los mejores.
—Las tierras de Torroella de Montgrí son muy fértiles, gracias a Dios —reconoció mi madre.
—Y empiezan a dar generosas cosechas. Además de las manzanas de siempre, vamos a cultivar Belleza de Roma y la Reineta Dorada; vienen del Canadá —pude haberme ahorrado el comentario. Mi madre no sabía de qué le hablaba y había dejado de prestarme plena atención. Sus ojos se escapaban a veces de los míos y vagaban mirando a saber qué.
—Me satisface verte feliz, hijo. Veo que disfrutas con las plantaciones. Pero en el mundo hay otras cosas, además del trabajo —dejó caer de pronto. Ya la veía venir. Últimamente parecía empeñada en emparejarme.
Ignoré su comentario y seguí con mis reflexiones de terrateniente como si mi madre estuviera pendiente de ellas.
—Pues sí; estoy satisfecho. Y procuro aportar mis conocimientos sin interferir en la forma de trabajar de los masoveros Me parece perfecto que continúen con sus cultivos tradicionales, e incluso críen algún animal de granja, y acepten al mismo tiempo los avances de la ciencia para impulsar el desarrollo de los manzanares. Pienso ocuparme personalmente de ellos de forma progresiva. No pongas esa cara, no voy a remangarme en el campo —la tranquilicé al ver que posaba de nuevo su mirada sobre mí, ahora alarmada—. Estoy siguiendo de cerca la siembra, el riego, la fertilización, el crecimiento de los árboles, la recolección… Perdona, mamá. Te estoy aburriendo —reconocí al fin—. ¿Te apetece un té con leche? Son las cinco.
—Sí, Pedro. Es una buena idea —agradeció cuando me levanté para encargarle la infusión a la criada. Se veía cansada, aunque fingía sostener un interés que hacía rato se le había agotado. Tampoco intentó llevar la conversación por otros derroteros. Cerró el abanico con un gesto descuidado y lo dejó sobre su regazo.
A partir de entonces, me concentré de verdad en nuestros campos. Me preocupé de que se alquilaran anualmente unas colmenas, 2-3 por hectárea, para favorecer la polinización¸ estudié plagas y enfermedades. Lo que más me interesaba era conocer de cerca a los campesinos que batallaban con las inclemencias del tiempo, con los insectos…, que presumían luego de sus frutos como si se tratara de hijos bien criados. Era feliz paseando por campos de trigo recién segados y pisando sus rastrojos que crujían bajo el peso de mis botas. Lo que más me gustaba era recorrer en compañía de los aparceros las calles que se formaban entre las hileras de nuestros manzanos. Me detenía aquí y allá, cogía una manzana primeriza del árbol, la olía y sopesaba. En época de cosecha no quería molestar a los payeses. Me acercaba al borde del campo y los veía recoger las manzanas una a una con la mano subidos en escaleras muy largas. Dosificaba mi presencia en los campos, de forma que todos supieran que yo estaba al corriente de todo para ayudar; sin fiscalizar ni interferir en nada. Creo que era amable, educado, justo en los tratos comerciales, y sensible a las preocupaciones de quienes cultivaban nuestras tierras. Me esforzaba en no ser como otros, que solo se interesaban por cobrar su parte. Como había hecho, sin ir más lejos, mi padre el coronel, que en paz descanse, para quien las tierras no eran más que un bien que alquilaba y por donde pasaba a cobrar periódicamente.
—El año ha sido bueno, ¿no? Esta manzana está riquísima —alababa yo una soleada mañana mientras el jugo de la fruta recién mordida se me escurría barbilla abajo hasta que lo recogía con un pañuelo de batista que siempre llevaba en el bolsillo.
—Pues no crea usted, nos ha ido de un pelo. Ha hecho muy mal tiempo. Suerte que los dos ríos y la montaña nos han protegido de las granizadas que han arruinado otros campos. ¡Y anda que no ha soplado la tramontana todo el verano!... Es la hora de comer —observó de pronto y, con una autoridad natural que no admitía réplica, decidió—: Venga usted, vamos a la casa y se queda a comer con nosotros. Mi mujer va a hacer cordero a la brasa, y tengo un vinito en la bota que no lo compra usted en ningún celler de Girona.
Cuando, a principios de 1936, se confiscaron varias fincas de Torroella por decreto, al amparo del colectivismo agrario, y la Unió de Rabassaires instó a los payeses a quedarse con toda la cosecha, dejar de pagar las rentas y a vender sus productos a través del sindicato agrícola, temí tener que enfrentarme a serios problemas. No fue así. Nada alteró el buen clima que tenía con nuestros masoveros.
—Siempre nos hemos entendido bien. Nada ha de cambiar entre nosotros, señor Pedro —me dijo una mañana el Ciscu mientras daba vueltas a su sobada gorra entre las manos—. No se lo tome a mal; yo no soy quien pueda aconsejarle… usted sabe lo que ha de hacer…
—Sí, hombre, di lo que quieras de una vez— le desatasqué; ya me estaba poniendo nervioso.
—Pues que la cosa se pone fea y todos los ricos están en el punto de mira. Yo, en su lugar, y perdone la confianza, me iría bien lejos. Anda mucho anarquista suelto, y no nos preguntarán a nosotros si merece usted el indulto. Si le ponen en la lista…
—Te lo agradezco, Ciscu, y lo tendré muy en cuenta.
—Si se quedan, desde luego comida no ha de faltarles. El huerto, las gallinas… siempre habrá algo.
¡Maldita guerra! Ya había dicho mi padre que aquello acabaría muy mal. Ahora yo era el cabeza de familia, y debía proteger a mi madre y hermana.
Las palabras del Ciscu, hombre bueno y muy realista, me habían hecho reflexionar. Mi madre había empezado a ponerse muy nerviosa ante los paseítos sufridos por miembros de alguna familia acomodada. Y nosotros lo éramos.
—Ayer fueron a buscar a José Rubió y a su mujer. ¿Delito? Tener una fábrica… —me informó mi madre una mañana mientras desayunábamos.
—Que da de comer a medio millar de obreros —completé yo.
—Y tú no vayas a creer que se olvidarán de ti por ser hijo de viuda. Te has librado de la mili; la guerra es otra cosa. Los están movilizando a todos. Estos salvajes no entienden de hijos cuidando de sus madres.
—Tienen otras prioridades. ¿Y cómo evito yo que me movilicen?, ¿desertando?
—Yo no lo llamaría deserción. ¿O te sientes tan rojo como para servir en el ejército republicano? Podríamos decir que eres un patriota al que ha pillado el conflicto en el lugar equivocado.
—Os protegería a vosotras y no me arriesgaría a tener que disparar sobre un hermano, no importa de qué bando —opiné yo siguiendo su razonamiento.
—Tu padre lo habría aprobado —sentenció. Y entendí que se refería a nuestra fuga.
Nos quedamos los dos en silencio. Había ido acercando mi butaca a la suya y, en aquel momento, cerré mis dedos sobre sus manos, blandamente abandonadas sobre su regazo.
A la semana siguiente, tras haber movido unos contactos en San Sebastián y en Burgos, los Gómez de la Ensenada de Gerona iniciábamos nuestro viaje de ida y vuelta a Francia. Salíamos de España por La Junquera y entrábamos por Irún, que pasó a manos de los nacionales antes que San Sebastián, caída el 12 de septiembre de aquel mismo año. Allí permanecimos en casa de unos amigos de la familia hasta que nuestros contactos en Burgos nos encontraron acomodo en la ciudad que me había visto nacer, ahora convertida en capital del movimiento. Estábamos a salvo, aunque aquella no era ya nuestra casa.
Cuando pudimos regresar a Gerona, en marzo de 1939, nos encontramos con media ciudad destruida, con amigos y vecinos muertos. Consideré que habíamos sido unos privilegiados; también sentía una punzada de vergüenza por haberme puesto a salvo. Los muertos rojos también eran mis muertos, y la gente de la calle, para mí, no era ni roja ni blanca.
Gerona había sido bombardeada hasta el 1 de febrero casi a diario. La ciudad estaba aún llena de cascotes, edificios mutilados. Se respiraba un ambiente de muerte. Los cadáveres encontrados y enterrados, los desaparecidos entre los escombros, las heridas de metralla en fachadas, las caras largas, los cuerpos flacos… todo formaba parte de aquel cuadro de amargura y dolor que ninguna bandera convertiría en justificable.
Los muertos de Gerona tenían nombres y apellidos. Tenían cara; como Luisito. Me contaron que había sido alcanzado por una bomba cuando jugaba en casa con un caballito de madera. Su padre, el conserje del Casino, no podía evocar la escena sin derrumbarse.
—Ocho años: ocho años, señor Pedro —repetía escondiendo su cara entre los brazos, anonadado—. Parecía un muñeco de trapo. Boca abajo, con sus ricitos rubios. Estaba entero, como dormido. No quería que se lo llevaran. No me lo podían quitar… —Abrió al máximo los brazos y volvió a cerrarlos, abrazando el aire—. Me lo quitaron, me lo quitaron… ¿Tendrá miedo en su tumba?, ¿tendrá frío? Él era muy friolero. Luisito… lo recuerda, ¿no? —Y sacó una foto algo arrugada del billetero para mostrármela—. Suerte que su madre, que en paz descanse, no ha tenido que pasar por esto.
Y me lo contaba a mí, que había salvado el pellejo gracias a ser de los nacionales. El abrazo que le di tenía algo de obsceno. ¿Quién había estado matando a quién? Si mi padre hubiera vivido, habría celebrado el glorioso alzamiento. Nosotros habíamos compartido la alegría del vencedor en nuestro exilio interior. Glorioso alzamiento... Y Burgos leyendo el parte del final de la guerra. ¿Glorioso? Qué nacionales, qué rojos ni qué puñetas. ¿Podía alguna ideología justificar aquellas matanzas? ¿Qué sabía el pequeño Luisito de rojos y de nacionales? Todo lo más sabía cabalgar su caballito de ruedas cuando le arrancaron la vida de cuajo.
Me tambaleaba cuando salí del Casino. Las fuerzas me habían abandonado. Era como si todo mi cuerpo se hubiera vaciado y concentrado en esos miembros que me aguantaban de pie como un tentetieso. Empujé la puerta de madera de mi casa sin pronunciar una palabra. Encontré a mi madre y hermana haciendo labores. Dichosas ellas.
La guerra había cambiado muchas cosas: se habían acabado los días de recibo de la viuda del coronel Gómez de la Ensenada. La casa ya no contaba más que con una criada, la vida social se limitaba a visitas individuales de amistades; la discreción se imponía en cualquier actividad pública. La austeridad no sólo se correspondía con los recursos económicos, sino también con el comportamiento que los tiempos demandaban. De la cesta de la compra abundante y caprichosa, se pasó a la cartilla de racionamiento y a los obsequios de los masoveros. No se puede decir que pasáramos hambre; éramos simplemente austeros.
Sea porque mi madre necesitaba ilusionarse con algún proyecto constructivo en medio de tanta devastación, sea porque le sobraban horas para pensar, lo cierto es que se lanzó abiertamente al ataque para casarme a mí, y empezó a desplegar las antenas sobre posibles pretendientes para mi hermana.
—Hijo, no sé qué haces que no cortejas nunca a nadie. A tu edad, tu padre ya me rondaba, aunque todavía tardamos unos años en casarnos porque yo era demasiado joven. Como comprenderás, no es que yo tenga prisa alguna en que te cases; con los tiempos que corren... Lo importante es que te hagas a la idea de que, siendo ahora el cabeza de la familia, consolidarías tu situación con un matrimonio. Y no te costaría seleccionar una candidata.
Estaba cansado de sus comentarios e insinuaciones continuas. Si mis padres habían respetado mi decisión de estudiar Ingeniería en lugar de enrolarme en el Ejército como mis antepasados, ¿por qué se empeñaba ahora mi madre en no respetar mi soltería, aunque fuera el primer caso en varias generaciones de Gómez de la Ensenada, según acostumbraba recordarme ella? Mujeres... ¿Y qué podía hacer yo, si no me interesaban?
Demasiado pronto para renunciar
Cuando nos presentaron aquella tarde apacible de abril de 1939, Pedro ya era un ingeniero de 25 años alto, de complexión fuerte y porte marcial, aunque no fuera militar como su padre y abuelo. Educado, discreto, conversador ameno; y encima guapo: nariz prominente de líneas armoniosas, grandes ojos pardos rasgados, espesas cejas, abundante pelo castaño oscuro y una barba breve, bien cuidada. Como cuidadas llevaba las manos, de uñas perfectamente recortadas. Además era sobriamente elegante; vestía de preferencia trajes grises y marrones, y no olvidaba su sombrero de fieltro a no ser en pleno verano, cuando lo usaba de paja.
Era imposible no enamorarse de él. Y si además las respectivas madres, viudas ambas, promocionaban el emparejamiento, ¿por qué no dejarme llevar por ese destino tan placentero? Mientras removía el azúcar de mi taza de té con una cucharita de plata, yo ya veía en el líquido rubio imágenes de futuras meriendas como señora de la casa. Mamá y yo abandonamos la casa de los Gómez de la Ensenada caminado sobre nubes. Nunca olvidaría ese día primaveral que me marcaría para siempre. De hecho, el 20 de abril ya estaba grabado a fuego en mi memoria, aunque por razones muy distintas.
Hacía justo un año, cinco aviones habían dejado caer sus bombas sobre Gerona. Hubo varios muertos. Ni mi madre ni yo habíamos corrido al refugio antiaéreo de Jardí d’Infància. Por suerte, no nos ocurrió nada. Tampoco a ninguno de nuestros amigos o vecinos, aunque una de las explosiones, en la calle Rutlla, sacudió nuestra casa hasta los cimientos y tiró al suelo, rompiéndolos, varios objetos de porcelana del aparador. Mamá tuvo un ataque de nervios. No era de extrañar: su primo había fallecido el 17 de marzo en Barcelona, alcanzado por la bomba que cayó sobre un camión de trilita en el cruce de la Gran Vía con Balmes. Tenía solo 23 años y era un joven bien plantado que regresaba a su casa a la hora de comer, tras haber facturado un paquete en la oficina de correos de la calle Aragón. La familia le esperaba sentada a la mesa en su piso de la calle Casanova. Joaquín se estaba retrasando. Empezaban a servir los platos. El padre bendecía la mesa: «Te damos gracias, Señor…», cuando una fuerte explosión hizo saltar la vajilla y rompió los cristales de la ventana. «Joaquín ya no viene», sentenció su padre. Y tuvo razón: nunca regresó ni nunca volvieron a ver su cuerpo. De él solo quedó la medalla de su primera comunión, que encontraron entre los escombros frente al cine Coliseum, días más tarde.
Ahora, a nosotras no nos había alcanzado la bomba. Recogí con la escoba los trozos de porcelana.
—Dios del cielo. ¿Es así como van a liberarnos?
—Entre unos y otros, la cuestión es que nos están machacando. ¿No podrían hacer las guerras como antes, en el campo de batalla?
—Ay, hija. Estas modernidades nos meten la guerra en casa. Que si aviones, que si bombas… menos mal que a tu padre no le ha tocado vivir esto.
—Y pensar que, cuando estalló el conflicto, creíamos que sería cosa de unas semanas. Tanto alzamiento, para qué. Si antes estaba todo patas arriba, ahora está todo destrozado. Y veremos cómo acaba.
—Tengo miedo, hija. No me gusta correr al refugio en cuanto suena la alarma; tampoco quisiera que nos alcanzara una bomba. Yo puedo morirme; tú no puedes correr riesgos. Sería imperdonable por mi parte —concluyó santiguándose.
—No soy una niña, y estamos juntas en esto: o corremos las dos o no corre ninguna. Ya veremos, sobre la marcha. Y ahora acuéstate un rato mientras yo quito de en medio todo esto. Por favor —insistí al ver a mi madre deambular sin rumbo por la habitación. Hacía tiempo que había ido cediéndome las riendas, aunque yo fuera una joven inexperta. Siempre decía que confiaba en mí porque era tozuda y valiente, aunque mis formas suaves pudieran hacer pensar que no era más que una mosquita muerta.
Y no, yo no era ni soy una mosquita muerta; tampoco Juana de Arco. En aquellos días malhadados, me habría venido bien un hombro en el que apoyarme.
Cuando me presentaron a Pedro casi un año después, me pareció reconocer en él al salvador de mis fantasías.
Mi madre y la suya habían hecho cierta amistad en la peluquería (antes, a doña Ramona le iba el peluquero a casa). Solidaridad de clientas, de viudas, de madres casamenteras…
Desde que nos presentaron, Pedro me llevaba de vez en cuando de paseo, me invitaba a tomar el té, incluso a algún concierto. Atento y respetuoso, no se me ocurrió que se limitara a cumplir los deseos de su madre, aunque me extrañaba que no dejara entrever su posible atracción hacia mí. El respeto no tenía por qué excluir el cortejo discreto, las lisonjas, un besamanos que se alarga más de lo necesario. Nada de eso había ocurrido ni iba a ocurrir, como no tardaría en comprobar.
—¡Qué día tan hermoso! Fíjate, ni una nube. El cielo se ha lavado la cara —observó Pedro mientras paseábamos por el Parque de la Devesa, que empezaba a amarillear con la llegada del otoño.
—Cierto, es un gusto pasear en una tarde como esta. Convenía que lloviera, pero ya echaba de menos el sol. Yo soy como los gatos, que necesito sentir que me calienta —respondí y seguimos parloteando de trivialidades.
