Matriz - Sofía Brotóns - E-Book

Matriz E-Book

Sofía Brotóns

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Beschreibung

   Tres generaciones de mujeres unidas por su historia; la que saben y la que callan.    Abuela, madre e hija, cada una con su voz, bajo la sombra de una niña que no llegó a tener su propia vida, pero sí un nombre: Emilia.       Matriz   es una histria de pérdidas y de reencuentros, de secretos contados en voz baja, de amor, de culpa y de redención. La maternidad como luz y como oscuridad.     

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Seitenzahl: 265

Veröffentlichungsjahr: 2026

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De esta edición: © Círculo de Tiza

Primera edición: octubre 2025

© Del texto: Sofía Brotóns

© De la fotografía del autor: Ángel Vinuesa

© De la ilustración: María Torre Sarmiento

Título: Matriz

Diseño de cubierta: Miguel Sánchez Lindo

Corrección: Óscar Gómez Rollán y Celia Corral Cañas (No te comas más comas)

Maquetación: María Torre Sarmiento

Impreso en España por Imprenta Kadmos

ISBN: 978-84-129912-7-7

E-ISBN: 978-84-129912-8-4

Depósito legal: M-21800-2025

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra ni su almacenamiento, tratamiento o transmisión de ninguna manera ni por ningún modo, ya sea electrónico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización previa por escrito de la sociedad.

Índice

8 de marzo

Diario de Emilia

Greta - Tú 

Aurora - Cuerpo

Diario de Emilia

Greta - Sutura

Aurora - Legado

Diario de Emilia

Greta - Galdós

Aurora - Ritual

Diario de Emilia

Greta - Partir

Aurora - Cenizas

Diario de Emilia 

Greta - Madre

Aurora -Lidia

Diario de Emilia 

Greta - Duele 

Diario de Emilia 

Aurora - Valiente

Diario de Emilia 

Greta - El amor 

Aurora - Volver 

Diario de Emilia 

Greta - Destino 

Aurora - Despedida 

Diario de Emilia 

Greta - Un amigo 

Aurora - El mar

Diario de Emilia 

Greta - La culpa 

Aurora - Cuidar 

Diario de Emilia 

Greta - Brindis 

Aurora - Veinte mil leguas de viaje submarino

Diario de Emilia 

Greta - La Milagrosa 

Aurora - Mamá

Diario de Emilia

19 de marzo

Nos pasamos la vida tratando de volver a la infancia, pero tomamos el camino contrario. En contadas ocasiones nos acercamos a ella y creemos respirar como lo hacíamos entonces, inmortales y efímeros al mismo tiempo.

8 de marzo

Algo en su cuerpo le guardaba rencor.

Aurora León se desnudaba cada noche en el mismo orden y sin desviar la vista del espejo. Primero los pies, que presionaban el suelo frío de la baldosa. Después la falda negra hasta los tobillos, deslizando una pierna y luego la otra. La blusa de lino, botón a botón, y el sujetador. Lo último, la ropa interior.

Con la mirada fija en su rostro, abría el grifo, sumergía las manos en el agua helada y se enjuagaba la cara. Todavía desnuda soltaba la goma que sostenía su media melena y dejaba caer dos espesos mechones blancos por encima de sus hombros.

Setenta inviernos. Dos manos llenas de años. Un cuello largo y cansado. Y la misma mueca que a los tres, pero arrugada, hecha acordeón.

“Algo en mi cuerpo me guarda rencor”.

Como una canción que no se olvida.

Aurora llevaba en su muñeca izquierda un reloj por primera vez, y había decidido no quitárselo. Un Cartier Tank, uno igual que el de Truman Capote, en un tamaño diminuto para su ajustada muñeca.

Se lo había regalado su marido Iñaki poco antes de morir repentinamente.

—Ahí tienes, el tiempo que me queda —le había dicho él.

Él creyó que ella no se lo pondría. Quería hacer algo que nadie más haría, comprarle su primer reloj. También el último.

Hacía tres años desde que él había muerto, pero ese día era el primero en la vida de Aurora en el que ataba a su cuerpo una máquina para medir tempestades.

Esa noche Aurora se metió en la cama con el único calor consciente de la correa abrazando su muñeca y con la eufonía de la última palabra pronunciada en la consulta del Doctor Sempere: “Metástasis”.

Antes de dormir, Aurora dedicó tres pensamientos. A su marido Iñaki, a su hija Greta y a su nieta, la criatura que todavía habitaba el útero de Greta.

En el sueño, volvió al bosque de su infancia y corrió de la mano de su prima Lidia hasta la casa del pastor, en lo alto de una colina.

Las dos niñas se sentaban, apoyaban sus espaldas estrechas sobre la ruina y asistían al adiós del sol, mordisqueando trozos de pan duro que habían escondido bajo sus faldas.

Arriba no le debían nada a nadie.

Sostenían un silencio que solo aguantan algunas personas mayores. El mar era un dibujo a lo lejos, y ellas eran dos niñas, pero podían ser dos niños, o dos ardillas, o dos piedras.

Después de la bajada del sol y antes del rayo verde se levantaban y descendían la ladera.

Llegaban a casa, cenaban y se acostaban en la misma cama que su abuela, acurrucándose en sus brazos de anciana. Las tres rezaban el rosario en voz baja, mientras el sueño las acariciaba como un hilo suave.

Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más tiempo.Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino

Diario de Emilia

Lunes

Hoy he cumplido nueve. El nueve es mi número porque es una espiral, algo que empieza otra vez. Los tres hemos comido tarta en la mesa del salón. Nos hemos quedado dentro porque en la terraza se nos congelaban los dedos. Mamá ha inflado cien globos de colores a pulmón y los ha dejado por todas partes. Algunos han volado por la ventana. Papá ha dicho que se fueron a otro cumpleaños. Mi regalo ha sido este diario. Mamá dice que escribir es dar a luz.

Martes

Anoche vi una mancha marrón en mi ropa interior. Parecía sangre seca, pero yo no sentí dolor. Me palpé buscando una herida y no la encontré. Coloqué una bola de papel en mi entrepierna y llamé a mamá.

Gema, de la clase de tercero, la tiene desde los ocho años. Un día, antes del verano, Yago y Jorge vieron las compresas en el bolsillo de su mochila. Las sacaron y fueron agitándolas como si fueran abanicos, diciendo que Gema olía mal. Ella se enfadó y arañó a Yago en la cara haciéndole una cicatriz que todavía se le nota.

La cicatriz de la regla. Yo también lo habría hecho. Yo le habría sacado un ojo. A Gema la expulsaron cinco días y a ellos no les pasó nada porque ella no se atrevió a explicar lo que había pasado. Los demás tampoco dijimos nada.

Miércoles

Me acuerdo cuando vi la sangre de mamá por primera vez. En el suelo había un rollo de papel agotado y ella estaba sentada en el váter con las piernas abiertas. Me quedé quieta en la puerta mirando la sangre en sus bragas. No le pregunté. No le dije nada. Ella tampoco habló.

Greta

El reloj portugués de la cocina marcaba las doce en punto y Pablo dormía a mi lado, ajeno al acontecimiento de que yo salía de cuentas.

9 de marzo. Cuarenta semanas siendo dos personas mientras yo seguía siendo solo una. Cuarenta semanas moviéndonos a la vez, respirando igual, amarradas por un cordón de carne y sangre que nos mantenía vivas a las dos.

La fecha había llegado, pero mi cuerpo se mantenía en un extraño estado de espera. Ninguna señal. Ni contracciones, ni charcos viscosos de agua, ni esa punzada que me había imaginado tantas veces como un primer aviso.

—¿Qué te ocurre? —susurré, posando las manos sobre mi vientre—. ¿Acaso no quieres nacer?

Me tumbé en el sofá, tratando de encontrar alguna respuesta en la forma redondeada de mi cuerpo. Había leído que la estimulación del pecho podía provocar el parto, así que deslicé las manos hasta mis pezones y comencé a masajearlos.

No sabía si era el gesto o mi propia sugestión, pero después de unos minutos sentí una contracción, una presión sutil que me hizo aferrarme a la idea de que tú estabas de camino.

Desperté a Pablo sabiendo que no era cierto. Abrió los ojos sin apenas esfuerzo y con su cara desvelada me preguntó si quería que fuésemos al hospital.

No tuve que responderle. Agarramos la bolsa que llevaba semanas preparada junto al mueble de la entrada y nos subimos al coche.

Durante el trayecto no dejé de tocarme los pechos, con la voluntad inquebrantable de que el parto no se detuviese. Las falsas contracciones se sucedían intermitentemente y sin acortarse.

—¿Estás bien? —Me preguntaba él a cada rato. Yo le iba diciendo que sí o le hacía un gesto de dolor inventado.

Cuando llegamos al hospital, Diana estaba en la puerta. Diana era mi matrona y la única mujer en el universo capaz de entender que, aunque yo no estuviera de parto, sí que lo estaba.

Nos asignaron una habitación y Pablo comenzó a marcar números de teléfono como si tú ya hubieses nacido.

Yo por mi parte intentaba sentir mi cuerpo, escucharlo, reconocer partes de él que hasta entonces no me pertenecían. Trataba de intuirte, de descifrar si estabas preparada.

Después del primer tacto, mi útero se contrajo con fuerza y empecé a sufrir tu cuerpo abriéndose paso a través de la estrechez de mis caderas.

El parto había comenzado.

Inició el baile con la vida y la muerte. Contracciones de verdad. Tú venías y yo, en cada sacudida, confirmaba que iba a morirme.

Diana me susurraba al oído que podía hacerlo, que mi cuerpo sabía cómo.

Mi cuerpo no sabe nada, pensaba yo.

Sudaba, hacía un calor pegajoso, el espacio se volvía cada vez más enjuto, y yo me transformaba en un horrible ser gigante.

El tiempo se convertía en cosas distintas y lo que fueron dos horas de agonía a mí me pareció una eternidad. Pedí a gritos la epidural. Que me pinchasen donde fuera. Que te sacasen de allí.

Pablo era un ente omnipresente que estaba en todos lados sin estar, verdaderamente, en ninguno. Me acariciaba la espalda, las muñecas, el pelo. Y daba vueltas a mi alrededor como hacen todos los planetas con el sol. Estaba delante, estaba detrás, estaba también sobre mi hombro, sosteniendo mi mano izquierda, salía de la habitación, volvía de nuevo. Solo girando.

La epidural hizo su efecto. Mi pierna izquierda, dormida. Mi cadera, dormida. Pero ¿mi pierna derecha? Despierta. ¿Mi útero derecho? Porque siento que tengo más de uno a punto de estallar. Y las dos, tú y yo, sufriendo el mal del mundo, el pecado original, la culpa de Eva, el bocado de Adán.

Y entonces la decisión de una segunda epidural. Un momento estelar, una idiotez. Mis dos piernas muertas.

Soy un soldado de la Primera Guerra Mundial, uno que no tiene referencias, uno que reza y que promete a Dios cosas ridículas y exageradas para volver a su casa. Me duermo cien años.

Cuando me desperté, Pablo estaba allí, pero ya no se movía más. Sus ojos deslizaban una cuerda invisible a la que sujetarme. No sé si me lo dijo él con su boca o si lo leí yo en sus ojos verdes. Que ya llegabas. Ocho centímetros.

—Pablo, estoy segura de que voy a morirme. Quiero ver a mi madre.

Tras pronunciarlo todo seguido, pude leer en sus ojos la decepción y la culpa, todo a la vez.

—¿La llamo entonces?

Tiempo indistinto. Temblaba. Mis entrañas abiertas.

—Se llama Aurora León, es mi suegra. Tiene que pasar.

Un murmullo afuera y después: la paz.

—Mamá. —Lo pronuncié como si fuera una palabra larguísima.

—Estoy aquí, Greta. Estoy aquí.

Desarmada, me agarré a las dos muñecas de mi madre.

—¿Llevas reloj?

—Hoy sí, cariño.

Volví a ver a Diana frente a mí. No se había marchado en ningún momento.

Toda mi garra concentrada en los músculos del pubis. Tu cráneo empujando y destrozando mi carne a su paso.

—Ya se ve la cabeza, Greta. ¿La quieres tocar? —preguntó Diana.

Pues claro que no. Haz tu maldito trabajo.

De todos modos, te toqué.

Superficie de carne lisa y peluda. Trozo de vida lleno de sangre dentro de mí saliendo de mi cuerpo para dejar de ser lo mismo que yo. Te toqué y ya entonces sentí amor y miedo.

El siguiente pujo arrancó tres centímetros de mi piel y en el lapso exacto de un segundo yo te sostenía en mis brazos.

Cuando tu piel transparente se fundió con la mía dejé de estar para siempre en aquel plano.

No existía el dolor.

Dejamos de ser solo una y fuimos, por primera vez en la historia de la humanidad, dos. Se produjo el suceso fenomenológico más misterioso que existe. La división de una célula. La transformación. La creación ex nihilo.

Podría haberme muerto ahí mismo.

Levanté la vista y se lo dije a mi madre, con la respiración entrecortada y el cuerpo estremecido.

—Estoy completa, mamá. Emilia me ha perdonado.

Ella se llenó del dolor de los alegres y nos abrazó a las dos, a ti y a mí. Y me rodeó con sus brazos, y apoyó su frente en la mía para grabar ese instante en su piel.

Sentí su respiración cálida en la mejilla, sujeta a mí como si el tiempo fuera una idea.

Cuando se separó, su mirada era otra. Más blanda. Más frágil.

—Greta —dijo con la voz rota.

No terminó la frase, pero yo la entendí.

Era el cáncer.

Y el silencio cayó irremediable sobre nosotras.

Miré a mi madre sin querer comprender del todo. Parecía como si el pensamiento estuviese escrito en otra lengua, en un idioma que mi cerebro rechazaba.

—No —le susurré.

Me acarició el pelo.

—Todavía no —respondió ella.

Y me besó en la frente, igual que se besan las cosas que importan, lenta, con un gesto que guardaba lo que no se puede decir.

Bajé la mirada y entonces: tú. Dormida, pequeña y tibia, con la boca abierta y los dedos enroscados en mi piel.

Aurora

Cuerpo

La primera vez que confirmé que mi cuerpo era más que un cuerpo era 1971 y yo tenía dieciséis años.

No fue antes, no fue después. No fue un descubrimiento alegre ni una revelación extraordinaria. Fue una certeza incómoda, parecida al pánico de encontrarte una sombra que no debería estar ahí.

Era verano y habíamos pasado la mañana en la Cala de la Albufera. Por aquellos años, ir a la playa no era una actividad que cualquiera pudiese improvisar. Vivíamos a menos de quince kilómetros de la costa, pero llegar hasta el mar suponía una verdadera expedición, un minucioso ritual que exigía planificación.

No había transcurrido un año desde que mi madre había muerto, y fue mi abuela quien, con la tenacidad que la caracterizaba, había tomado las riendas de la rutina familiar. Fue idea suya comenzar a ir al mar con asiduidad. Una manera simple para sacarnos a todos, y en especial a mi padre, de la sombra de la muerte que se había instalado en nuestra casa. En la playa, en mitad del bullicio y del eco de los chiquillos corriendo por la orilla, la muerte era menos real y más lejana.

Mi prima Lidia y yo preparábamos la furgoneta siguiendo un orden sagrado: la sombrilla verde, la nevera metálica, la esterilla de esparto, la sandía entera y la radio. Mi padre solo llevaba su propio peso y el periódico del domingo. Y siempre, al llegar, se descalzaba, se arremangaba los pantalones y se quedaba de pie en la orilla, esperando disolverse.

Ese día, ya atardeciendo y algo después del remojo, la abuela se acercó a mí y me pidió que saliese de la playa para preguntar en algún bar si nos prestarían un cuchillo para la sandía. Antes de levantarme, me quedé un momento observando a Lidia en el agua. Se movía despacio, jugaba con las olas, estaba en su propio territorio. Su forma de existir era otra, no le debía nada a nadie. Lidia existía con una ligereza que a mí me resultaba extraña y envidiable. Ella me miró entonces, adivinando mis pensamientos, y en su mirada creí ver una especie de respuesta muda. Que esa era mi herencia y no la suya.

No encontré ningún bar, así que me adentré en la única heladería que había, y pregunté insegura si podían prestarme un cuchillo.

La mujer tras el mostrador, bronceada y con un delantal manchado de horchata, sacó uno de la caja registradora. Me lo entregó en la mano con naturalidad. Cuando lo sostuve, sentí el peso frío del metal y me vi reflejada en el cristal de la vitrina.

Me desenredé el pelo negro con los dedos frente a mi reflejo. Y me vi. Había algo en mi cuerpo esbelto, el pelo húmedo, el cuchillo en la mano en la forma en la que el agua se evaporaba de mi piel, en la inclinación distraída de mi cuello, en mis piernas largas apoyadas una sobre la otra, que era una revelación.

Me miré como si me viese otra persona. Y allí, por primera vez, fui consciente de la presencia de mi cuerpo de mujer. Y con esa certeza llegó la incomodidad.

Cuando bajé las escaleras para volver a la playa, con el pelo mojado cayendo sobre los hombros y el cuchillo en la mano, mi padre alzó la vista del ABC y me miró de una manera atípica, como si no me hubiese visto en meses. Luego escondió su semblante tras la portada del periódico sin una palabra. No me quedé con su cara, pero sí con la portada, que conmemoraba el segundo aniversario de la llegada del hombre a la luna.

Fue aquella noche del 20 de julio de 1971.

Cuando volvimos a casa, busqué la única foto que teníamos de mi madre.

Afuera había luna llena y pensé de nuevo en el periódico, en Armstrong, en mi prima en el agua y en los críos de la playa rememorando el acontecimiento estelar.

Cuando el hombre llegó a la luna yo acababa de cumplir catorce años y, mientras todos los niños del pueblo, apiñados en el salón de don Antonio, se hipnotizaban con la caja tonta, yo pensaba en mi madre enferma, a punto de morir, postrada en su cama.

Encontré la fotografía en un cajón de la mesita de su dormitorio. Era un retrato de su boda, los dos con rostro serio, desafiando al objetivo. Él, impecable, con chaqueta recta y solapas anchas. Su cara era la de un chico de veintidós años que en realidad contenía toda una vida. Ella, de negro, con un vestido hasta las muñecas y el cuello cerrado. La medalla de la Milagrosa y nada más.

Había algo de ella en mí. En sus ojos grandes, en la nariz recta, en la barbilla afilada.

Murió cuando yo cumplí quince años. Mi prima Lidia tenía dieciséis.

Seguramente fue su muerte y solo su muerte lo que hizo que yo me convirtiese en mujer de forma irremediable.

Cuando Lidia y yo apenas éramos dos niñas, se sentaba a los pies de nuestra cama antes de dormir. No era una mujer afectuosa, ni de caricias ni de besos efusivos, pero tenía la costumbre de quedarse en silencio, las manos sobre las rodillas, esperando a que cerrásemos los ojos.

No cantaba canciones de cuna ni contaba historias inventadas. Si le pedíamos un cuento, lo relataba con voz pausada, porque no encontraba sentido en los adornos.

Sin embargo, yo la escuchaba con la fascinación de recibir un secreto importante. Y aunque al principio no comprendía del todo el porqué, supe desde muy temprano que ese tiempo antes de dormir era su forma de quererme, de querernos a las dos.

La primera vez que la vi llorar yo tenía diez años. Fue en la cocina, en medio del ruido de las ollas. Le pregunté qué le ocurría y ella negó con la cabeza.

—No llores, mamá.

No respondió.

Más tarde acepté que mi madre nunca hablaría de dolores. Que todo lo que no podía decir lo llevaría en su cuerpo.

Cuando la enfermedad comenzó a consumirla, el último día que la vi de pie la recuerdo aparecer en la habitación y ajustar nuestra cama con el mismo gesto de siempre.

—Para que durmáis bien las dos.

Durante algunos años me convencí de que el amor se parecería solo a eso: a entrar en una habitación en silencio y hacer algo por el otro sin esperar ningún agradecimiento.

Tal vez por ese motivo, cuando Iñaki me propuso matrimonio en una cafetería, en una mañana cualquiera, yo no me sorprendí.

—¿Y si nos casamos? —preguntó él, mientras revolvía el café con la cucharilla.

Yo lo miré sin responder. No había flores, ni reverencias, ni discursos ensayados. Yo ahí tenía veintisiete años y todo mi alrededor estaba convencido de que el matrimonio era algo que llegaba con fanfarria y tambores.

—¿Y si nos casamos?

No le respondí enseguida. Di un sorbo al café, lo dejé reposar en la lengua y esperé a que el mundo me diera una señal, algo que me indicara qué era lo correcto.

Pero no llegó nada. Ninguna campana sonó en la distancia, ninguna verdad cayó sobre mí como un rayo.

Así que respondí:

—Vale.

Nos prometimos. Sin anillo, sin testigos. Una mañana en la que habíamos salido a desayunar.

Él me compró un anillo sencillo, una sortija fina de oro blanco, algo más tarde. La elegí yo misma en una joyería pequeña del centro.

Habría querido contarle a mi madre que me casaba y estudiar su reacción. Habría querido escrutar su silencio y descubrir en él un abrazo.

Jamás supe con convencimiento racional si realmente yo quería ser madre. De joven lo contemplaba como un paso lógico, como otra parte del molde en la que las mujeres deberíamos encajar. Había crecido viendo a mi madre perderse a sí misma, y la idea de repetir su vida me producía vértigo. Pero, de algún modo, mi deseo de traer a alguien al mundo buscaba llenar los huecos que ella no llenó por falta de tiempo.

Quise ser la madre que yo no pude tener.

Iñaki y yo no hablábamos directamente del tema. Tan solo estaba ahí, flotando, en el aire, en las conversaciones a medias, en la manera en que él me miraba cuando yo veía a un niño en la calle. Nos costó doce años concebir a Greta.

Un día, cuando estaba embarazada, le pregunté.

—Si es una niña, ¿cómo crees que será?

Pensé en mi madre. Pensé en su amor silencioso.

—Creo que no sabré ser madre, Iñaki —añadí.

—Nadie sabe, Aurora —dijo él.

Mi madre no quería ser madre, pero sabía cómo serlo.

Imagino los veranos de mi infancia como se piensan los cuadros impresionistas de Monet. Distantes, iluminados de una manera que no existe.

Ella desgranaba una rutina infatigable que vertebraba cada uno de los días de calor: a las cinco de la mañana el café hervía en la italiana, y la casa olía a pan y a leche evaporada. A esa hora todos los demás aún dormíamos. La oía moverse en la alacena, abrir las ventanas y las puertas para ventilar la casa.

Si tuviera que recordarla con una sola imagen sería esta: una mujer que se levanta antes que nadie y que mueve las cortinas sacudiendo la pereza.

Jamás la vi descansar, ni en estado de descuido. Incluso, cuando se estaba muriendo, recuerdo verla en la cama organizarlo desde allí. Con órdenes, con miradas, con aspavientos. Mi madre existía despierta.

Eso era el amor. La presencia indoblegable, la disponibilidad absoluta, la ofrenda diaria en los actos pequeños.

Aquella rutina, que parecía construida solo para mí, también sostenía a otra niña. A otra vida. En la casa vivíamos papá, mamá, la abuela, la prima Lidia y yo. En el pueblo a Lidia la llamaban “la huérfana”.

No importaba que Lidia llevara años con nosotros, que comiera en la misma mesa, que durmiera en la misma habitación. A los ojos de todos, había llegado hasta allí por accidente, como una rama arrastrada por la corriente hasta quedar atrapada en la orilla. Hubo gente que creyó que era una hija ilegítima de mi padre. Decían que se parecía demasiado a él, que su manera de caminar, de fruncir el ceño, de ladear la cabeza al escuchar era idéntica. Se parecían porque mi tío Luis y mi padre eran hermanos gemelos. En el pueblo ya lo sabían, pero resultaba más interesante hablar de bastardos que de muertos.

Los padres de Lidia murieron en invierno, cuando ella tenía dos años. Fue un incendio, una de esas horribles desgracias que nadie espera y que, sin embargo, parecen estar escritas. Mi tío Luis y mi tía Carmen quedaron atrapados. No supimos si no intentaron huir o si lo intentaron y no lo lograron. Sobrevivió solo ella, mi prima, que dormía en la cuna de la habitación del fondo y a la que encontraron horas después, envuelta en hollín, con el pelo chamuscado en los bordes, pero sin un solo rasguño. Mi abuela, que no era su abuela, porque era la madre de mi madre, la acogió en nuestra casa, sin preguntas.

Aunque yo no pude conocer a mi tía Carmen, había algo en su historia que funcionaba como un velo de misterio que invadía nuestro hogar. La abuela nunca lo dijo en voz alta, pero se podía intuir que algo en ella no estaba bien del todo.

Una sola vez, muchos años después, le pregunté a mi madre por la tía Carmen.

—Mamá, ¿cómo era la tía Carmen? —debí de decirle yo.

Ella se quedaría callada un rato que me parecería larguísimo. Y ya, cuando pensé que no diría nada, respondió:

—Tu tía Carmen era una mujer distinta.

No sabría decir con qué tono pronunció el adjetivo, quizá con el único con el que se podía decir algo así en aquellos años. “Distinta”.

Más tarde, ya en los setenta, cuando se empezó a poner de moda fumar entre las mujeres, la abuela, una tarde cualquiera, me miró muy seria y me dijo:

—A ti ni se te ocurra, Aurora. Tu tía Carmen fumaba, y ya ves cómo le fue.

No lo entendí entonces, pero aquella frase dejó en mí un poso que me persiguió durante muchos años.

Lidia creció con nosotros, pero no era del todo nuestra. A veces sus ojos marrones cambiaban de color a uno más tenue y se volvía ausente. Se marchaba a otro tiempo y también a otro espacio.

Dormía con los ojos medio abiertos, y cuando la abuela la despertaba por las mañanas, lo hacía con un cuidado especial.

A mí, en cambio, ella no me parecía frágil. Lidia era la más valiente de las dos, la que se subía a los árboles más altos, la que se atrevía a entrar en la casa abandonada del pastor, la que minimizaba el asunto de sus padres. La historia de su vida no podía alcanzarla.

Pero a veces, en las noches sin luna, cuando creíamos que estaba dormida, la abuela y yo la sentíamos suspirar y pronunciar una palabra que se esfumaba antes de que pudiéramos escucharla.

Yo pensaba que la pérdida de Lidia era un agujero que se cubriría con el calor de la casa, con la leche caliente de la mañana y con los rezos de la medianoche. Después, cuando mi madre murió, comprendí que el agujero era tan inmenso que cualquier cosa que tratase de taparlo caería por el mismo hueco.

Bajo la casa había un corral en el que jugábamos durante horas, con las rodillas llenas de costras y la piel perfumada de heno. Un emparrado nos cubría las cabezas en las tardes de calor, y lo compartíamos con un par de gallinas y una cabra vieja a la que bautizamos con el gentilicio del pueblo vecino. Al atardecer, cuando el suelo seguía caliente y el aire olía a higos, la abuela sacaba su silla y se quedaba allí sentada, con su abanico negro en la mano, la piel arrugada brillante, mirando el techo con la resignación del que ya no espera nada de nadie.

Lidia y yo nos entreteníamos en el corral hasta que nos llamaban para dormir. Hablábamos hasta quedarnos sin voz. Otras veces nos quedábamos calladas, escuchando el crujido de la madera vieja y el canto lejano de los grillos.

Había algo en esas noches, en el polvo suspendido bajo la luz de la luna, que nos hacía creer que el tiempo estaba detenido, que la vida continuaría igual: mamá hirviendo leche, la abuela sentada en la silla, el eco de las voces apagándose en la casa y nuestra respiración acompasada en la oscuridad.

Pero el tiempo no se detenía.

Y, aunque entonces no lo sabíamos, esa quietud era la superficie de algo más inmutable: la manera en la que nos acostumbramos a estar cerca de quienes amamos sin llegar a decirnos jamás nada.

Mi madre no fue la madre de Lidia. Era su tía, su protectora, su refugio. Pero no era su madre. La trataba con la misma disciplina con la que me trataba a mí, con la misma exigencia, con el mismo tono que usaba para separar lo que estaba bien de lo que estaba mal. Pero su manera de mirarla, su forma de ajustar el lazo de su delantal y de alisarle el pelo con la palma de la mano revelaba una ternura única. No era el candor despreocupado de una madre con su hija. Era algo pesado, tal vez más consciente. Lidia no le dijo “mamá” ni mi madre la llamó “hija”. Las dos habían sellado un pacto tácito, un equilibrio que no necesitaba más nombres que los que ya tenían.

Con mi padre era otra cosa, había momentos en los que el aire entre ellos se volvía incómodo, cargado de todo lo que no se sabían preguntar.

Mi madre enseñó a Lidia a coser, a preparar la masa del pan, a trenzar el cabello sin dejar pelos sueltos, y ella aprendía con el mismo empeño con el que se aprende lo que no se elige. Yo a veces la sorprendía mirándola con devoción silenciosa. Cuando ella murió, Lidia me dijo:

—A mí se me han muerto dos madres.

En aquel momento me pareció injusto que pensase algo así, pero no se lo dije.

Mi padre apenas ocupaba espacio en nuestras vidas. Salía al alba y regresaba cuando la casa estaba en calma. Se sentaba a la mesa sin hacer ruido, comía deprisa y, si no tenía que atender ninguna faena, se marchaba al dormitorio. Nos miraba de reojo y, si hacíamos algo que no aprobaba, se lo decía a mi madre.

Cuando pensaba en él lo imaginaba caminando entre campos, con la espalda encorvada por el cansancio y la vista perdida en la tierra. En mi mente de niña su voz era un murmullo, una presencia difusa que se deslizaba en los márgenes de nuestra casa. Lidia y yo éramos sombras en su universo, y mi madre, la única que se aseguraba de que todo siguiera su orden, de que el pan se amasara, de que la ropa se lavara y de que los cerrojos se cerrasen bien al anochecer. Cuando ella dejó de estar, yo me quedé con su legado y él se volvió cada año más y más pequeño.

Con el tiempo acepté que mi madre y yo seríamos dos cuerpos alineados por una costumbre irrompible. Nos moveríamos la una en función de la otra, incluso después de su muerte. Y nuestro amor siempre sería una certeza. Un lugar al que se vuelve. Un hogar construido con los mismos ladrillos con los que se construye una casa.

Iñaki me enseñó el amor como una pregunta. Un lugar al que se llega, pero del que también se puede partir.

Aprendí con él que el amor romántico es un territorio en el que uno siempre es extranjero. Lleno de pasaportes y visados que expiran. En él hay que negociar, convencer, comprometerse. No basta con estar, hay que demostrar, hay que sostener, hay que decidir.

El amor materno, en cambio, es la patria a la que siempre se pertenece. Es una línea trazada en la piel antes de nacer.

El amor romántico es un amor que se elige. Es un amor que requiere de fe, de una apuesta por el futuro, de una pequeña insensatez que nos permite creer que dos desconocidos pueden construir algo nuevo.

El amor de una madre (una madre de verdad), en cambio, no se elige. Es un amor que nos antecede, que nos sostiene, que nos observa desde lejos sin esperar.

El primero puede desaparecer.

El segundo, no.

Esa es la tragedia.

En el amor de Iñaki, mi cuerpo era el que permanecía a su servicio, el que hizo de portal entre el cielo y la tierra para traer a Greta al mundo. En el amor de mi madre, su cuerpo era mi casa.