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A manera de obertura de una obra musical, el autor trata de desgranar los temas que abordará mediante preguntas que se hace a sí mismo: ¿Sería capaz de escribir algo que no tuviera que ver estrictamente con mi profesión? ¿Podría desprenderme de mi formación racional, en la que todo debe ser estadísticamente significativo para ser creíble y así lograr su publicación? ¿Podría retrotraerme y relatar los acontecimientos que marcaron el camino recorrido, inmerso en la realidad socio-política de cada momento? Para ello, utiliza un lenguaje coloquial en el que entremezcla sus experiencias personales con las vivencias de un país sumido en sus propias contradicciones. De esta forma, va pasando revista a su infancia y su adolescencia. Perteneciente a la generación de los setenta, su relato se sumerge por momentos en el medio de una violencia política inédita, transcurre su carrera universitaria de grado durante la dictadura militar y egresa casi en coincidencia con la apertura democrática. Mediante una narración sin eufemismos, describe su formación de postgrado, sus estadías en el exterior y los sucesivos regresos, con su sensación de desarraigo en su propia tierra. Sin concesiones, el relato se vuelve más intenso a medida que describe, como observador doliente, los sucesos de diciembre del 2001. Aparecen en escena los acontecimientos que marcaron el rumbo errático de los últimos 18 años, con el paso del kirchnerismo por el poder y el cambio de rumbo del gobierno posterior, con más debes que haber en su balance.
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Seitenzahl: 172
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Cutrera, Rodolfo Ángel
¿Me atás los cordones? : crónica de un país en primera persona / Rodolfo Ángel Cutrera. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
146 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-060-2
1. Autobiografías. 2. Memoria Autobiográfica. I. Título.
CDD 808.8035
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Cutrera, Rodolfo Ángel
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A Graciela.
A mis hijos Sebastián y Daniel.
A Silvia por su paciencia sin límite.
La vejez es la pérdida de la curiosidad
Azorín
¿ME ATÁS LOS CORDONES?
Crónica de un país en primera persona
Rodolfo A. Cutrera
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO UNO
Dolce far niente
Y llegó nomás. Dicen que uno imagina miles de escenarios para una situación determinada pero la realidad nunca resulta así. Quizá tenga valor aquel dicho que afirma que “nada es tan malo como se lo teme ni tan bueno como se lo imagina”. Dicho en otras palabras, la vida es más o menos. Así sucedió con mi retiro de la vida laboral. Debo admitir que ni me di cuenta del proceso hasta que lo tuve encima. Todo comenzó hace unos tres años, cuando fui a preguntar qué pasaría con mi cargo de profesor que debía renovar por concurso luego de siete años del concurso anterior, el plazo normal para un cargo de este tipo. La respuesta tan temida no se hizo esperar: el cargo no se renovaría. Ante la pregunta de por qué, se me dijo que estaba próximo a la jubilación. ¿A la qué…? Si tenía 63 años. Hablé con el secretario académico de la Facultad, un personaje que supe conocer hacía ya muchos años y con quien nunca nos llevamos del todo bien. Me dijo, no sin cierta sorna, que él no podía tomar la decisión por mí, una contestación un tanto pueril para gente de nuestra edad. Que debía ser yo quien tomara la decisión de continuar hasta los 70 años pidiendo una extensión de mi cargo —derecho que me asistía— o retirarme a los 65. Yo tenía mi cargo de investigador en CONICET y podía jubilarme a los 67 años. Empecé a imaginarme lo que sería sentirse como un lame duck o pato rengo, expresión que se usa popularmente para ejemplificar los últimos días de un presidente en EE. UU. o, en rigor, en cualquier democracia, cuando ya no existe la posibilidad de reelección.
Los acontecimientos se precipitaron en plena pandemia. Para no aburrir, solo diré que, en los primeros días de abril de 2021, ya no percibí mi salario de la Universidad, que representaba la mayoría de mi sueldo ya que por CONICET cobraba un plus por docencia. Al hacer las primeras averiguaciones me encontré con que la UBA me había dado de baja, a pesar de haber presentado mi carta al decano en el 2019, que solicitaba la extensión de mi actividad hasta los 70 años. El trámite había sido aprobado, sin inconvenientes. Al menos así fui notificado. El CONICET se hizo cargo de mi sueldo entero, pero sin ese pequeño plus que cobraba por docencia. La suerte estaba echada. Anímicamente sentí que las cosas no estaban para nada bien. Sobre todo cuando llegó a mis manos una resolución del Consejo Directivo de la Facultad, firmada en noviembre del 2020, que me daba la baja y desoía lo que era un derecho constitucional. Me habían mentido en la cara, mejor dicho, por teléfono, ya que tanto el secretario académico como el decano me dijeron que debió tratarse de una resolución de la Universidad. Luego me enteraría de que la Facultad de Medicina desoía este tipo de resoluciones del Rectorado y se manejaba como un ente autónomo. En pocos meses tomé la decisión de iniciar los trámites de jubilación en CONICET y en diciembre del año que acaba de concluir estaba jubilado. Se preguntarán qué se siente. La respuesta es que actualmente parece no haber hechos, solo interpretaciones. Se lo conoce filosóficamente como “relativismo social”. Culminaba una vida dedicada al conocimiento de la mano de una curiosidad innata, que trataré de relatar lo más fielmente posible, siempre que mi memoria lo permita. Empezaré ya mismo.
Vayan ustedes que son jóvenes
En mi adolescencia disfrutaba los viernes de cine, solo, por la tarde; si llovía, mejor. Por la noche, Misión Imposible por canal 13 en blanco y negro a las 22.30. ¿Qué más se podía pedir? En realidad, se podía pedir mucho más, pero me sentía un afortunado. Desde chico recibía regalos el Día de Reyes y el Día del Niño. Mis amigos, en cambio, recibían pocos regalos y algunos, nada. Encontrarme con ellos esos días me producía sentimientos encontrados. Las fiestas en familia eran habituales. Muchos tíos y primos. Estaban los de parte de papá y los de mamá, que se visitaban por separado. La conclusión era que había una profusión de tíos, tías, primos y primas interminable, sumada a los tíos de mis padres que aún vivían. Gente con su típico cocoliche, que me resultaba tan gracioso. Destaco al tío Enrique, hermano de mi abuela materna, que había combatido para Italia en las dos grandes guerras mundiales. En la segunda guerra, a riesgo de parecer pedante, había ido como voluntario, ya con familia en Argentina. Mi papá contaba que el tío Enrique también era un héroe para él y sus hermanos. Viviendo en Flores, se venía a Lanús, al “campo”, a visitar a la prole del sur y traía facturas, todo un festín para gente que conocía solo el puchero. Ya de grande, siguió con su ritual de visitas y traía colonias y jabones de York y Heno de Pravia, envueltos en ese típico papel madera y atados con hilo sisal. Y su incondicional cruz en la solapa del saco. Yo estaba convencido de que este hombre le debía mucho a Dios, ya que había salido vivo de dos guerras y por eso lo llevaba consigo. ¿O sería al revés? Luego me enteré a través de los relatos de su militancia católica sin concesiones desde siempre y ya no quedaron dudas.
No conocí a mis abuelos; solo por relatos. Pero de todos había adoptado uno, probablemente en detrimento de los otros. Era el padre de mi papá. Dicho de otro modo, el cuñado de tío Enrique.
La historia de mi abuelo Ángel difería un poco de la de su cuñado. Era un siciliano de Chiaramonte Gulfi, en Ragusa. La rama de mi abuela paterna era de Calabria, al igual que los padres de mi madre. En suma: tres abuelos calabreses y uno siciliano. Los cabecitas de Italia, gente muchas veces bastardeada por los italianos del norte, división que aún perdura en muchos aspectos. Mi abuelo Ángel había venido solo de su Sicilia natal, huyendo del hambre, a los 15 años, dejando a su madre y dos hermanas. La epopeya seguiría aquí en Argentina, donde había empezado cargando bolsas en el puerto para terminar con varias propiedades, entre las que se destacaban un mercado, un salón de fiestas en el primer piso, una fábrica de mosaicos que daría lugar a la mítica ferretería, lugar amado, en el que empecé a colaborar desde muy chico. Además, era el punto de encuentro de muchos amigos de mi padre y mis tíos. El abuelo Ángel murió como muchos de sus paisanos, pasados los 60 y con profundas huellas en su salud, producto de haber trabajado como una mula de carga. No fue distinta la suerte corrida por mi abuelo materno, un calabrés que empezó cargando bolsas en el puerto y que terminó ciego, producto de una diabetes sin tratamiento. Estos inmigrantes y muchos otros más convergían en Lanús porque eran terrenos baratos, que se inundaban desde Puente Alsina. Lo único que los comunicaba con el puerto era el tranvía, pero para llegar a sus humildes casas debían caminar muchas cuadras, muchas veces con el agua hasta las rodillas. Así se forjó una generación a la que perteneció mi padre, sus hermanos y mis tíos maternos, viendo el sacrificio que se hacía para subsistir. Un poco más crecido comencé a preguntarme si nosotros, como pueblo, seríamos capaces de imitar estos ejemplos. Tardaría un tiempo en contestar esta y otras preguntas.
En aquella época, yo era un apéndice de mi hermano. Lo acompañaba al particular, con mis cinco años —luego de taladrarle la cabeza a mi mamá—, en tardes calurosas, a la hora de la siesta. Delia, la maestra, vivía a unas tres cuadras en una casa tipo chorizo, con un comedor ocupado por una tabla larga con caballetes, que servía de mesa colectiva. Creo que vivía con su madre, aunque no recuerdo que haya aparecido alguna vez. Sí recuerdo haberla visto a ella correr con un plumero a algún retobado que se negaba a acatar las consignas. Quedaba claro que allí no se jodía. Se iba a aprender. Cuando empecé la escuela primaria, ya sabía leer y escribir. Aprendí gracias a ella, a la que estoy eternamente agradecido, y lo hice como un juego.
Cuando cumplí seis, en febrero del año siguiente, mis padres consideraron que era una pena ponerme en primero inferior, ya que mis progresos eran evidentes y hablaron con la directora de la escuela. Debo haber pasado alguna prueba de evaluación, aunque sinceramente no lo recuerdo. Sí sé que fui a parar a primero superior con una maestra que era tan alta como jamás había visto en mi vida. Me infundía un temor único, no solo por su altura; tenía un tono agudo de voz que se manifestaba a pleno en los actos cuando se cantaba el himno. Hasta cuarto grado fui de tarde, con esa sensación de adormecimiento que produce la hora de la siesta, en primavera y principios del verano. Desde quinto (que comenzó a llamarse sexto) hasta terminar en séptimo, por la mañana. Así, con mis once años, terminé la primaria.
Hubiera querido hacer el Industrial. Apuntaba alto. ¿Por qué no el Otto Krause? Era lejos, según mi padre. Con 12 años y teniendo que viajar en colectivo, era casi imposible.
—¿Por qué no vas a la Normal de Lomas —en realidad, Banfield—, como han ido tus primos?
Perdí mi primera batalla. Nunca fui feliz en esa escuela. Luego de la entrega del título de bachiller, no volví más. Tampoco fui a ninguna de las fiestas, donde se juntaba la promoción. Nunca. Siempre había una excusa perfecta para declinar la invitación.
En el barrio, me sentía de otra manera. Comenzaron las peleas por las chicas. La agresión estuvo siempre presente. Apareció de la mano la ira, que empecé a justificar por mis genes: «Qué se puede hacer con tres abuelos calabreses y uno siciliano». Era lógico. El problema estaba justificado.
Sentía que, más temprano que tarde, me separaría de mis amigos. Era el único del grupo que iría a la universidad. Estaba motivado por mí mismo, mis padres, la época. Mi padre había hecho la primaria y mi madre solo hasta tercer grado. ¿Vergüenza? No. Era bastante común en esa época. También era cierto que había profesionales, muchos de ellos hijos o nietos de inmigrantes. La idea de seguir Bioquímica con dos compañeros de la secundaria fue sin dudas mala. Con 17 años recién cumplidos y con los dos mejores promedios de la clase, puse la vara demasiado alta para saltar. Para colmo, yo seguía con el cerebro alborotado por mis hormonas y estos muchachos no solo eran inteligentes, sino que estudiaban. Pasaron el curso de ingreso de tres meses sin mayores problemas, mientras yo incrementaba mi frustración. Probablemente haya sido el temor al fracaso, pero lo cierto es que no soporté la idea de que las cosas fuesen mal. A esa edad me resultaba difícil tomar el fracaso como un aprendizaje y tomarme un tiempo para salir fortalecido. Además, sentía que no podía hablar con nadie cercano sobre lo que me pasaba. Pasé todo el año haciendo nada, literalmente. Me prometí a mí mismo que nunca más sucedería algo similar.
Mi hermano y la familia de al lado, mis tíos Maruja y Pepe y sus hijos (mis primos Rodolfito y Rita), influían en mí de manera detonante en esa etapa, cuando se hablaba de Perón. Mi background en política era el producto de las visitas a la casa de mi tío Pepe de muchos “compañeros”; de todos, rescato dos personajes únicos: el “Gallego” López y Jorge, dos “perucas” que en ese tiempo eran enciclopedias ambulantes. Habían llegado a la casa de mi tío de la mano de mi primo mayor, Lito, el primogénito de la camada, llamado también Ángel, un flaco de sospechosa altura en una familia de descendientes de italianos del sur. En esas charlas se hablaba de geopolítica internacional, religiones orientales, historia argentina, peronismo, etc. Es más, el Gallego, que era en rigor argentino, se instalaba en casa de mis tíos y facultativamente formaba parte de la familia por unos días cada tanto. Mi aprendizaje se completaba acompañando a mi hermano y a mi primo Rodolfito hasta la unidad básica, a dos cuadras de casa, donde estaban también estos muchachos. Allí se impartían charlas de política, mechadas con alguna película enviada por el General a modo de mensaje.
El secretismo de aquellos viernes nocturnos era atrayente, aunque invariablemente terminaban de la misma manera: me dormía y mi hermano me dejaba en ese estado de duermevela hasta que terminaba la reunión, excepto cuando hablaba el General. Ahí me despertaba. Hasta vimos La Hora de los Hornos, la película de Pino Solanas. Mi cansancio no era consecuencia del aburrimiento; más bien, el resultado de haber estado jugando todo el tiempo posible luego de la escuela. Un lugar cálido y voces que hablaban en un tono bajo eran la combinación perfecta para mecerme hasta que me dormía. Sin embargo, había ciertas frases que llamaban mi atención: la consigna de la época, “Luche y vuelve”, era una de ellas. Esa frase, sin asesores de publicidad profesionales, era el resultado de un pensamiento popular de gente como mi hermano y mis primos que la pintaban a cal en cuanta medianera quedaba vacía en Lanús. Luego me enteré de que lo hacían aun a riesgo de ir presos o algo peor.
Ya con 17 años, fuimos a Ezeiza a recibir a Perón el 17 de noviembre del 72 mi hermano y yo, junto con la banda de mi tío Pepe. Era un sábado lluvioso. Tomamos el colectivo que llegaba hasta Monte Grande y, luego de un viaje eterno, nos bajamos en Llavallol. No se podía seguir más y había que caminar. Caminamos varias cuadras hasta que, en la Firestone, nos paró el Ejército, tanque de por medio, con un capitán al mando, pelirrojo, que nos dijo no muy convencido que no podíamos pasar más allá. En el camino, íbamos arengando a la gente, diciendo que nos acompañaran, que había que ir a buscar al General, pero la respuesta era siempre la misma:
—Vayan ustedes que son jóvenes.
Con mis diecisiete a cuestas, comencé a pensar que este país era algo particular, que no había mucha coherencia entre lo que se decía y se hacía. Un tiempo más tarde lo iba a comprobar en carne propia. El General llegó. Lo vimos por la tele, con Rucci sosteniéndole el paraguas. Se alojó en la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Mi tío Pepe estuvo más de un día subido arriba de un árbol, ya que el General, a causa de la acumulación de gente que lo vitoreaba, salía al balcón de la casa hasta en pijama. Mi tío no entendía razones. Decía que había esperado tantos años para verlo y nadie iba a quitarle esa imagen en ese momento. Mientras parte de la gente estaba contenta y sorprendida, había otra gente que no estaba alegre ni muchos menos. Todavía conservaban fresco el recuerdo de los errores del peronismo.
M’hijo el dotor
Me llegaron noticias de que Medicina en la UBA estaba difícil para entrar. Por qué no probar en La Plata. Se acopló mi primo Rodolfito, mayor que yo, que andaba boyando por la vida y qué mejor que un compañero antes que andar solo. Era el verano del 72. Nos comprometimos a hacer buena letra. Personalmente, no podía fallar de nuevo. Los viajes en tren fueron interminables. Avellaneda-La Plata y viceversa. Luego, colectivo. Un calvario. Las compañeras de clase, oriundas de Bernal, que encontrábamos en el tren, fueron un aliciente para soportar la tortura. Sentía que mi espíritu se forjaba. Mis padres estaban contentos y trabajaba por las tardes con mi padre y mis tíos en la mítica ferretería que también vendía materiales de construcción, lo que alimentaba mi imagen de considerarme útil.
Aprobamos el curso de ingreso sin problemas. Estaba encaminado hacia un primer año que prometía ser desafiante. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que ese no era el camino o al menos que iba a ser demasiado largo. Quería ser psiquiatra. Seis años en el mejor de los casos para recibirme de médico, miles de kilómetros recorridos para luego comenzar el verdadero camino de enfrentarme a la locura y sus fantasmas. No le di demasiada importancia a la vocecita interior y seguí. Así pasó todo el año 73, entre Anatomía e Histología. Mucha memoria y poco razonamiento. Di el final de Histología con el titular y aprobé con un seis glorioso. Quedaba Anatomía. El año estaba cumplido.
En el plano político, Cámpora había ganado las elecciones por un margen que nunca se llegó a conocer. “El Tío al Gobierno y Perón al poder”: era un poco esquizofrénico que hubiera un presidente y otra persona que ostentara el poder real. Muchos años después, la historia argentina reciente, del relato y la falta de aprendizaje de los errores, se repetiría en apariencia con otros actores y otro argumento, pero en esencia era más o menos lo mismo: pasan los actores, pero el libreto no se cambia.
Perón se fue a España, pero cometió el error de volver, en opinión de este humilde cronista. Habrá considerado que seguíamos necesitando a una persona que nos enseñe a convivir en paz, cosa muy difícil en un país que nunca se detuvo a hacer autocrítica y con dirigentes que en general no estuvieron nunca a la altura de las circunstancias. El General ya había dado muestras suficientes de ser prenda de paz. Se había abrazado con Balbín, su viejo enemigo; había dialogado con todos; los había juntado en una confitería de Vicente López. ¿Sería suficiente? No. Los intereses creados, la lucha por el poder entre los distintos sectores del peronismo hacían inviable el deseo de paz de la gente. Esta vez, el regreso no sería como el año anterior. Todo el país tendría la ocasión de recibir como corresponde a su líder, a su viejo león herbívoro que probablemente solo albergara el deseo de terminar sus días en su tierra.
Se preparó una vuelta a toda orquesta. Ezeiza sería la mayor fiesta vivida en la historia argentina. Nosotros, la familia militante, partimos en un micro fuera de línea desde Lanús y hubo que dejarlo en la Ricchieri, pero lejos del escenario, montado en el puente 12. Caminamos mucho. Mi tío Pepe, que tenía mayor experiencia en militancia, aconsejó que no fuéramos tan cerca del palco. Si bien había mucho lugar, también la cantidad de gente impresionaba. Nunca había visto gente de todo el país reunida en un mismo lugar. Cerca del mediodía, comenzamos a escuchar a Leonardo Favio, el locutor oficial del acto, que transmitía intranquilidad por la gente subida arriba de los árboles, cerca del palco. No pasó demasiado tiempo hasta escuchar algunas detonaciones. Estaba presente la Orquesta Sinfónica Nacional, cuyos músicos terminaron escondiéndose detrás de los atriles. Todo se opacó. Creo que el sol se ocultó en pleno día. Esa sensación bíblica, pero de un sacrificio colectivo en este caso, se apoderó de todos. Habíamos fracasado una vez más. Lo realmente triste y tangible era ver y escuchar las ambulancias que pasaban entre la gente que volvía caminando por la Ricchieri, con las cabezas bajas. Otra vez la Argentina que no fue. Y los bombardeos de Plaza de Mayo y la quema de las iglesias en Corpus Christi y la persecución a los que no se habían afiliado al partido. En síntesis: las luchas internas que habían desangrado al país desde sus orígenes se dejaban sentir otra vez, y no sería la última.
El segundo año de Medicina se presentó más difícil; debía el final de Anatomía, que supuestamente iba a rendir en marzo, pero ya habíamos empezado el 74 y no cumplí. Mi primo no contribuía demasiado a la mesura. Las reuniones para estudiar terminaban en un divague absoluto. La Facultad era un polvorín. Los carteles no nos dejaban ver nada, porque estaban colgando del techo, y llegaban hasta nuestras cabezas. El clima era denso. Muchos dibujos de lanzas cruzadas con ametralladoras, mucha gente ocupada pensando en un país mejor, pero sin comprensión con aquellos que no pensaban igual. La utópica idea de la revolución era atrayente, sobre todo para los jóvenes, como suele pasar. Todo era un jolgorio. Se hacía de todo menos estudiar. En el tren a La Plata, personalmente me sentía importante leyendo El Descamisado
