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Nuestra protagonista, una mujer de mediana edad y vida acomodada, ha abandonado todo para dedicarse en cuerpo y alma a ser ama de casa. Envuelta en el amor de su marido, ha dejado atrás sus sueños de futuro y ha adoptado el papel que le depara la vida. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que quizá no ha sido la mejor de las decisiones convertirse en el apéndice de otra persona. Una novela profunda y delicada sobre las rendiciones que aceptamos en la vida, sobre lo que dejamos atrás y la posibilidad de recuperarlo.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Lola Millás
Saga
Me gustaba ponerme su bata
Copyright © 2007, 2022 Lola Millás and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728374450
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
A Manuel Valcárcel
Cada mañana, a punto de salir camino de su trabajo, Abelardo me despertaba con un zumo de frutas que constituía mi primer contacto con la realidad. Después de apurarlo hasta el final, me ponía su bata, todavía caliente, y nos despedíamos con unos cuantos besos mientras esperaba que el ascensor alcanzara la décima planta.
Este hecho se hizo costumbre desde que abandoné mi trabajo en la oficina de seguros para dedicarme por completo al cuidado de la casa y de mi marido. Antes, durante los primeros años de nuestro matrimonio, los dos salíamos de casa juntos para tomar un autobús que yo abandonaba unas cuantas paradas antes que él. En ese punto nos despedíamos y en ese mismo lugar, cada tarde, a las cinco, Abelardo me estaba esperando tan repeinado y con un aire tan pulcro, que nadie hubiera sospechado que se encontraba al final de su jornada laboral. Yo, en cambio, siempre estaba un poco sudada, o al menos así me sentía, porque como soy nerviosa, al menor contratiempo me pongo a transpirar y lo paso mal sólo con pensar que otros puedan percibirlo. Pero a partir de esa hora en la que regresábamos a casa dando un paseo, una paz a la que me entregaba sin resistencia invadía mi cuerpo hasta convertirlo en algo etéreo. Era, sin duda, el mejor momento del día.
Ignoro si nuestra forma de vida podía considerarse normal, pero lo cierto es que carecía de sobresaltos y de manera suave, fuimos acoplándonos en la convivencia como dos piezas de puzzle que en su momento fueron diseñadas para encontrarse. Cuando pasado algún tiempo surgió la idea de ser padres, lo hablamos una y otra vez hasta que tras largas batallas verbales, el deseo se fue imponiendo al temor. Sentados frente al televisor, hablábamos de algunos aspectos de lo que suponíamos iba a ser nuestro futuro, mientras daban una serie americana en la que aparecía una familia rica y sin embargo feliz. Desconozco la influencia que este hecho pudo tener en nuestras decisiones, sobre todo teniendo en cuenta que siempre le quitábamos el sonido, pero lo cierto es que apenas había pasado un año desde el comienzo de aquellas conversaciones, cuando vino al mundo nuestro hijo Honorio. Me pregunto por qué este dato me ha venido ahora a la memoria, pues desde que nació el niño ya no volví a ver aquella serie.
A pesar de que tuvimos que prescindir de mi sueldo antes de haber terminado con la hipoteca del piso, supimos adaptarnos a la nueva situación sin que el aspecto económico ensombreciera nuestra felicidad. Además, cuando Honorio cumplió cinco meses y tuve que empezar a darle papillas, que siempre son más caras que el alimento materno y todo hay que decirlo menos buenas, Abelardo encontró una colaboración para trabajar, en una revista relacionada con su profesión, que nos alivió el presupuesto.
El tiempo se me pasaba sin sentir dedicada al cuidado del niño y cuando quería darme cuenta, Abelardo estaba de vuelta de su trabajo y aunque venía cansado, íbamos los tres a dar un paseo por el parque del Oeste. Después, mientras él se afanaba en la preparación de algún nuevo artículo para la revista o daba un repaso al periódico, yo bañaba a Honorio y preparaba nuestra cena que casi coincidía con la hora de la papilla del niño. Cuando nuestro hijo se quedaba dormido y regresaba al salón dispuesta a comentarle a mi marido los sucesos del día, me lo encontraba roncando con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá. Acababa los días agotado, sobre todo desde que tuvo que aceptar el trabajo complementario en la revista. Asi es que pensando en todo lo que tenía que trabajar para sacar la familia adelante y también porque cada mañana me seguía despertando con un zumo de frutas, procuraba restarle importancia a estos hechos y me seguía despidiendo de él, envuelta en su bata, con unos cuantos besos mientras el ascensor alcanzaba nuestra planta.
Así transcurrieron tres años durante los cuales Abelardo ascendió en su trabajo, al que se dedicaba en cuerpo y alma. Esto nos permitió cambiar de vivienda, pues la que teníamos entonces era pequeña para albergar a una familia en crecimiento. Aprovechamos el verano para llevar a cabo la mudanza y aquel año, aunque no salimos de vacaciones apenas si lo advertimos, ya que la nueva casa, un chalet a doce kilómetros de Madrid, tenía jardín, piscina y un entorno tan tranquilo que tuvimos la sensación de haber transformado nuestras vidas en una vacación permanente.
Lo de la casa fue una de esas oportunidades que solo se dan de ciento a viento. Ignacio, compañero de Abelardo, necesitaba venderla con cierta urgencia para adquirir un pequeño rancho que le habían ofrecido en la ciudad mexicana de Colima, a donde había sido destinado por la Compañía en la que ambos trabajaban. A nosotros nos favoreció su prisa y a él encontrarse con alguien que le diera en mano, la cantidad que precisaba para cerrar el trato, ya iniciado, en lo que iba a ser su nuevo lugar de residencia a pesar de que, con menos premura de tiempo, habría obtenido como poco, dos o tres millones más.
A mediados de septiembre, Honorio empezó a ir a una guardería cercana, sólo por las mañanas, para que gradualmente se fuera acostumbrando al cambio de vida y tuviera más autonomía cuando naciera su hermano. Fue dura para los dos esta primera separación. Al salir de casa siempre le daba un montoncito de galletas que él iba comiendo por el camino y si se le acababan antes de llegar al colegio, me apretaba la mano con fuerza y se ponía a llorar en silencio, sin decir palabra. Por eso adquirí la costumbre de llevar en el bolso una reserva de galletas que generalmente acababan por deshacerse en polvillo granuloso, que ahora recuerdo como un elemento incorporado a buena parte de mis enseres personales y a los forros de los bolsillos.
Cuando nació nuestra hija, a la que llamamos Evangelina Luna, en recuerdo de la protagonista de la película que Abelardo y yo vimos el día que nos juramos que nada ni nadie nos separaría en esta vida, nuestra situación económica había mejorado. Entonces, decidimos contratar los servicios de una empleada de hogar a fin de que yo pudiera dedicar más tiempo a mis hijos, sin dejar de lado algunos compromisos sociales de Abelardo que nos obligaban a trasnochar, de vez en cuando, y seguir poniendo en marcha una vivienda de dimensiones considerables repartida en tres plantas y sótano.
Me dediqué a coser visillos con tal aplicación como si en ello me jugara algo importante, pues bien podría haber encargado su confección a otra persona, sin que se desequilibrara notablemente nuestro presupuesto, y ocupar ese tiempo en cosas más amenas, pero mi educación economicista de niña de posguerra me privaba de algunos disfrutes si no era a cambio de un alto grado de culpa. Cuando terminé de colocar las cortinas en la zona del sótano que estábamos habilitando para reuniones en las que el salón no tenía capacidad suficiente, Evangelina Luna empezó a ir a la guardería a la misma edad que lo hiciera Honorio. Al llegar a la puerta del colegio, se soltaba de mi mano para cambiarla por la de su hermano y después, me miraba apretando los labios. Ahora, que ya es adulta, sigue repitiendo este gesto cuando se emociona.
Tan pronto como los dejaba en el colegio, me afanaba en acondicionar ese espacio todavía deshabitado del sótano, imaginando que en unos años, mis hijos podrían disfrutarlo organizando fiestas con los amigos. De esta forma conseguía ahuyentar buena parte del remordimiento que, por entonces, sentía al separarme de ellos.
Siempre estaba muy ocupada. Mis manos iban de un lado a otro descubriéndome habilidades que hasta entonces supuse irrealizables. El hallazgo de cada una de ellas me llevaba a la realización de otra tan desconocida como la anterior, en una especie de reto permanente conmigo misma. Abelardo estaba asombrado ante tal despliegue de energías. Lo de hacer cortinas, se convirtió en un arte menor del que pasé a tapizar y restaurar sillas viejas que al amparo de la noche, recogía en el vertedero de basuras del vecindario.
—Párate un poco, me decía Abelardo. Las cosas para saborearlas conviene hacerlas con calma. Además, me gustaría saber por qué andas recogiendo los muebles viejos de la calle cuando podrías elegirlos cómodamente en cualquier tienda de la ciudad. ¿Qué pensarías si te encontraras a la mujer de cualquiera de nuestros vecinos comportándose como una trapera? Tal vez solo sea una hipótesis mía, pero tengo la impresión de que te has asustado con el tamaño de esta casa y eso te ha hecho entrar en este estado de hiperactividad. Deberías intentar relajarte; corre, haz un poco de gimnasia o alguna terapia que te ayude a ir frenando esa necesidad de permanecer en movimiento continuo.
Sin embargo, algo me impedía parar a pesar del cansancio producido por tanto ir y venir de un lado a otro, complicando algunos trabajos como único medio de hacerlos interminables, porque si me paraba, algo sin nombre, como una masa informe se instalaba en mi interior al cesar la actividad. Aquella especie de sombra que podía reconocer de inmediato, podía instalarse por sorpresa en cualquier lugar del cuerpo e invariablemente, acababa por traducirse en dolores de cabeza o de estómago y en ocasiones, en extraños mareos que amenazaban con hacerme perder el equilibrio. Era difícil explicarle a Abelardo que desde hacía un tiempo, vivía con el miedo de quedar atrapada para siempre en aquellos estados que me trasladaban a un mundo desconocido por cuyos recovecos y profundidades me iba deslizando a falta de algo sólido donde agarrarme. Disimulaba los dolores de cabeza que cada vez eran más frecuentes, porque enseguida, él me recomendaba quietud sin saber que era precisamente en la inactividad cuando el mal me atacaba. Siempre andaba de un lado para otro tratando de esquivar el nubarrón agazapado en mi interior. Tampoco quería preocupar a Abelardo con mis supuestos males que antes o después acabarían por desaparecer, mientras que él estaba cada vez más sumergido en su trabajo. Sin embargo ese trabajo que tanto nos hizo prosperar, a medida que le exigía más dedicación, iba mermando nuestros encuentros.
Así, entre los viajes que Abelardo inició a consecuencia de su ascenso y la aparición de aquella cosa innombrable, me fui haciendo más reservada. También, para combatir los estados de desazón que aumentaban paralelamente a los crecientes viajes de mi marido, empecé a ingerir algunos ansiolíticos suaves que me proporcionaba una vecina casada con un médico. Celeste, experta consumidora de fármacos desde hacía años, padecía el síndrome de la prisa circular del que yo no había oido hablar hasta entonces y que por lo visto, se da de manera especial en mujeres cuya menstruación es imposible regular, siendo muy frecuente entre ellas, el hecho de que alumbren un número elevado de hijos en pocos años, lo que por otro lado, agudiza los síntomas de esta patología que seguramente por eso, se llama circular o sin fin.
Mi amistad con Celeste empezó durante el curso de restauración en el que me había matriculado para obligarme a salir un poco de casa, donde además de sentirme cada día más sola, los trabajos parecían interminables, especialmente los del sótano. Allí, mientras nos esmerábamos en sacar a la luz una pintura camuflada con otra, o tratábamos de recomponer el desconchón de un mueble, comenzamos a contarnos nuestras vidas, a pesar de que las dos éramos de carácter reservado y nos manteníamos un poco al margen de la convivencia con el resto de la gente de clase, o quien sabe, si precisamente por eso. Así es como supe que su marido era médico y que nuestras respectivas viviendas, estaban situadas en la misma urbanización. También de esta forma me enteré de la disfunción hormonal que padecía desde los catorce años y a causa de la cual y de su temprana boda, había traído al mundo ocho hijos. En medio de todo, me comentó el día que cuatro de ellos amanecieron con paperas, tengo la suerte de que mi marido es pediatra además de haber cursado un master en ginecología en la Universidad de Lovaina. Tomé nota mentalmente de este dato, pues aunque estaba contenta con el médico de la sociedad que atendía a mis hijos, me tranquilizaba la idea de poder recurrir a su marido ante una emergencia.
Nos hicimos inseparables. Cuando el tiempo de la clase resultaba escaso para hablar de nuestras cosas, lo prolongábamos en un bar cercano en el que animada por Celeste, me fui aficionando al gusto por la cerveza. Mira, me comentó un día mientras me pasaba una caja de ansiolíticos, si en algún momento sigues muy motorizada a pesar de la pastilla, te tomas una cañita y ya verás, te quedas como una seda. Lo que te está ocurriendo, ya lo han pasado muchas mujeres de esta urbanización, sobre todo las que se vieron obligadas a dejar el trabajo que tenían en la ciudad, pero esto es como todo en la vida, antes o después terminas por adaptarte. Eso no quita que haya unas cuantas nostálgicas que en cuanto pueden, te largan el rollo de su categoría profesional y que de no ser por la familia blablabla, blablabla y blablabla...
En otra ocasión, me contó como había nacido aquella urbanización en la que vivíamos más de tres mil familias. Aunque ella tampoco había conocido el terreno en su forma original, sabía su historia. En tiempos, todo aquel espacio ocupado por miles de viviendas fue una finca familiar que se vio seccionada por el paso del tren. Al parecer, semejante hecho traumatizó de tal forma a su propietario que, desesperado por la invasión de sus tierras, acabó por ahorcarse. Aquel hombre, un viudo insociable del que se rumoreaba que algo tuvo que ver con la muerte de su mujer, tenía dos hijos que se repartieron el terreno y decidieron construir en él. El mayor de los hermanos fue el responsable de las edificaciones de la parte alta de la finca, de aspecto señorial, mientras que de la via del tren hacia abajo, donde Abelardo y yo nos instalamos con el pequeño Honorio, las construcciones llevadas a cabo por el menor de los hijos, resultaban más modestas. Celeste y su marido que pudieron elegir sobre plano, habitaban uno de los chalets más bonitos de la parte alta, en una calle que por no tener salida, resultaba especialmente silenciosa.
También durante aquella conversación supe que una vez vendidas todas las viviendas, los hijos del viudo desaparecieron con la misma eficacia que el cadáver de su padre mientras corría el rumor de que el cuerpo del difunto, descuartizado, se encontraba sepultado en distintos puntos de la urbanización y había quien juraba que por las noches, en determinados lugares, se oían extraños lamentos. Durante unos años, tan siniestra leyenda hizo que algunos vecinos supersticiosos abandonaran el lugar, pero la mayor parte terminó por no dar crédito a la historia.
Celeste sabía de todo porque a lo largo de su existencia, había tenido que superar muchas dificultades. Perdió a su madre en la adolescencia, más o menos cuando me empezó esto de la prisa circular, decía mirando al vacío, y por si fuera poco, tuvo que hacerse cargo de su tía Eulalia, hermana de la madre, que tenía trastornado el juicio.
—El día que me casé fue una liberación a pesar de lo mucho que sentí dejar a mi padre con aquella pobre loca.
Cuando habíamos alcanzado un grado de confianza considerable, le conté cómo mi afición por restaurar objetos antiguos, me había llevado a vivir pendiente de los contenedores de basura del vecindario.
—Ya me había dado cuenta, dijo Celeste con toda naturalidad.
—La gente de esta urbanización tira cosas estupendas a la basura, como si el dinero les cayera del cielo. Lo cierto es que gracias a sus despilfarros, he ido amueblando una parte de mi casa. Ahora estoy tapizando un conjunto de sillas que ni su propio dueño podría reconocer.
—Eres una tía estupenda, Arcadia. Con todo lo que ahorras en estos trabajos tu marido debe estar encantado contigo.
—Pues no se qué decirte, ya sabes como son los hombres. Por un lado les gusta presumir de tener una mujer capaz de hacer economías, eso si, sin que se perciba que hay necesidad de hacerlas. Pero en realidad las diferencias que he tenido con Abelardo sobre ese tema creo que son de otra índole. Es un hombre aprensivo por naturaleza y cualquier objeto usado, lo rechaza de entrada. Fíjate a que extremos llega que nunca ha bebido de un vaso utilizado por sus hijos sin antes aclararlo. Hace unos días se despertó muy angustiado a causa de un sueño en el que, de la mesita rinconera que tenemos a la entrada y que fue de los primeros muebles que recogí de algún basurero, salían, mientras dormíamos, unas termitas gigantes que se iban comiendo por dentro todo el mobiliario de la casa hasta dejarlo en el puro esqueleto. Aunque evidentemente este sueño le debió producir mucho malestar, a juzgar por lo excitado que se iba poniendo mientras lo contaba, tuve la impresión de que estaba arrojándome a la cara todo el asco que le producía mi adicción por coleccionar los desechos de la gente del barrio, así es que en un intento por calmarle, le mentí con todo el aplomo de que fui capaz diciéndole que antes de trabajar sobre cualquier objeto, lo desinfectaba escrupulosamente. He llegado a la conclusión de que es preferible mentir a negarse un deseo.
—Me sigues pareciendo estupenda, chica, pero a veces, aunque te explicas como un libro abierto, no te acabo de entender, dijo Celeste antes de marcharse.
Me gustaba pasear con el perro por los límites de la urbanización. Allí todo eran descampados semejantes a un paisaje lunar, donde la posibilidad de existencia de vida parecía dudosa, como si se tratara de una de aquellas dimensiones de las que hablaban en la radio, a las que llamaban espacios profundos. Así imaginé que debía ser antes la zona en la que ahora vivíamos un buen número de familias. Sin embargo, y a pesar de que la urbanización era un modelo de diseño en el trazado de las calles y en sus zonas ajardinadas, cualquiera que visitara el lugar por primera vez, bien podría pensar que entraba en una ciudad deshabitada, como si algo de su pasado permaneciera en el aire. La vida se desarrollaba de las fronteras de aligustre hacia dentro. Cada cual se bañaba en su piscina o dormitaba en su jardín sin grandes estruendos, como corresponde a un colectivo de gente civilizada, mientras que las calles permanecían vacías y solo eran utilizadas como zona de paso o puente levadizo para conducir el coche a la ciudad. Pero a mi, como digo, me gustaba explorar aquellas zonas limítrofes y en esa tarea, el perro me prestó grandes servicios... vamos Tim, sal de ahí, decía a modo de excusa por si pasaba alguien, mientras me dejaba arrastrar por él hacia algún solar en el que se encontraban esparcidos restos de todo tipo. Al mirarlos siempre me acordaba de Eloísa y Aurora. Llegaron a trabajar a casa de mis padres cuando yo era una niña mientras que ellas, a pesar de sus pocos años y debido a circunstancias familiares, se habían visto en la obligación de convertirse en adultas de forma precipitada. Sus padres, junto a otros dos hermanos varones, se dedicaban a la recogida de basura en algunos barrios de la ciudad que después, transportaban hasta su propia vivienda situada en el extrarradio. Allí, en el patio trasero de la casa, toda la familia procedía a trabajar en “la busca”. Esta operación consistía en ir seleccionando entre la basura, aquellos objetos que pudieran venderse para nuevos usos. El papel y el vidrio junto a los metales, eran los más valorados. Los restos de comida los utilizaban para alimentar a unos cuantos cerdos que se criaban en el mismo patio, muy próximos al lugar en el que se realizaba “la busca” y en el que permanecían hasta que eran sacrificados para su reconversión en chorizos y jamones, que después se vendían entre los vecinos, reservando una parte para el consumo familiar. También, gracias a los desperdicios, alimentaban algunas gallinas ponedoras. De vez en cuando, según me contaban, aparecían entre los desechos pequeños tesoros que seguramente por descuido de sus dueños, habían ido a parar al cubo de la basura.
Una vez, me contó Eloisa con los ojos brillantes, le dio a mi madre por mirar dentro de un bolso viejo, requeteviejo, que tenía en una esquina una cosa dura como una piedra. Entre el forro y la piel estaba enganchada una sortija de oro con una esmeralda como un guisante. Mi padre, que era bueno para los negocios, se lo vendió a una familia de gitanos de un poblado cerca del nuestro y con ese dinero apañaron las bodas de mis dos hermanos, Enrique y Florencio, y todavía ahorraron algo.
A mi me resultaba difícil creer las cosas que podían encontrarse entre la basura y también que existiera una vivienda familiar como la de sus padres.
—Crees que lo que te cuento es mentira ¿no es cierto?, decía Aurora con la cara roja de rabia. Es que los señoritos no sabéis nada de la vida pero, si quieres, un día te vienes con nosotras, a ver si te espabilas que a veces pareces un poco retrasadita para la edad que tienes.
Durante bastante tiempo hicimos planes. Eloisa que parecía más sensata, decía que lo mejor sería pedirle permiso a mi madre, al fin y al cabo su familia era gente honrada y yendo con ellas, mis padres podían estar tranquilos. Pero Aurora desconfiaba. Lo mejor, dijo, será esperar a que se vayan a uno de esos viajes que le salen a tu padre de vez en cuando. Así nos vamos un día entero y le decimos a la señora Encarna que nos prepare uno de sus guisos. Ya verás, te vas a chupar los dedos.
Aurora siempre llamaba a su madre la señora Encarna y a su padre El Tío Camuñas que, por lo visto, era el mote que le pusieron en su pueblo cuando era joven. Tal vez por este motivo, cuando hablaba de ellos, parecía hacerlo con mucho menos apego que su hermana que siempre decía: mi padre y mi madre.
Todo lo hicimos tal como lo había planeado Aurora y al día siguiente de que mis padres tomaran el avión para Londres, nosotras emprendimos viaje hacia el barrio de Las Carretas. Primero cogimos el metro hasta el final del trayecto de la línea de Ventas y después, un autobús muy viejo pintado de verde. Casi todos los que subían a “la camioneta” como decía Eloisa, eran conocidos y no dejaban de preguntar quien era yo. Cuando llegamos a nuestro destino, me pareció que mi vestido desentonaba con el entorno y que seguramente hubiera ido mejor con ropa más sport, incluso con algo de estar por casa, pero fue Aurora la que hizo que me arreglara de aquella manera. Al bajar del autobús me entraron ganas de vomitar pero me aguanté.
La señora Encarna nada mas verme, dijo que estaba muy pálida y que lo que necesitaba era un buen chocolate con churros. Después se olvidaron de mi y cada uno se puso a lo suyo de manera que pude observar sin el sentimiento de ser observada. Aquel día marcó mi vida de manera especial por todo lo que pude descubrir y también, porque por primera vez supe lo que era compartir un secreto, ya que de semejante hazaña nunca dimos cuenta a mis padres.
Después de varias excursiones pude confirmar que los padres de Eloisa y Aurora eran ricos aun cuando su vivienda carecía de cuarto de baño. Guardaban el dinero en su casa, entre las páginas de las guías telefónicas, porque según el Tío Camuñas, los de los bancos eran un atajo de sinvergüenzas que vivían del sudor de los pobres. Es muy posible que en aquella época empezaran a surgirme algunas sospechas sobre el mestizaje constante que mantienen la realidad y la ficción, ya que si comparaba mi familia con la del tío Camuñas, al final nadie era lo que aparentaba. Llegué a preocuparme por la situación económica de mis padres a los que empecé a considerar pobres y, en algún momento, a punto estuve de advertirles sobre la desvergüenza que caracterizaba a los tipos de los bancos a los que ellos, ingenuamente, confiaban cuanto tenían. Sin embargo me callé porque lo que más me importaba era conservar la amistad de las dos hermanas. Además, en el caso de que mis padres fueran víctimas de algún desfalco por parte de los banqueros, yo sabía muy bien donde vender algunos objetos de valor que había en casa a los que se les podía sacar una buena “pasta”.
