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Mal no, fatal. Me viene fatal que te mueras sin haber disfrutado de las catorce historias que integran este volumen y que nos permiten conocer todas las caras de la muerte: la que alivia, la que duele, la inesperada... A veces, también liberadora. Solo «Dos minutos» son suficientes para cambiar la vida de su protagonista, una niña que descubre el mundo adulto de la mano de su vecina. Un barrio humilde, una familia desestructurada y un dinero fácil en cuestión de dos minutos. La joven conoce el sabor del sexo y de una verdad que duele, que le atormenta. En el camino encuentra el amor. Amor como el que late en «La historia de amor más bonita», al que alcanza la muerte de la manera más imprevisible. «Fotoperiodismo», una clara denuncia a la violencia de género y «El fin del mundo» y su acercamiento al Alzheimer entre otros relatos, dejan entrever un libro que destila humanidad. O «Vengadora Enmascarada», la prueba de que la amistad y el amor mueven montañas. Los protagonistas, personas corrientes, tienen en común su lucha titánica contra un enemigo al que se enfrentan sin éxito: la muerte.
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Seitenzahl: 178
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Maite Cabrerizo
ME VIENE MAL QUE TE MUERAS
© Maite Cabrerizo Benito
© Corrección ortotipográfica: Ana Briz Blanco
© de esta edición: Olé Libros, 2022
ISBN: 978-84-19589-24-8
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
KALOSINI, S. L.
Grupo editorial
www.olelibros.com
Para mi amiga Rosiña.Para mis aitas, siempre.
(Con la colaboración de Lincoln-6-Echo).
«A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo,dos corazones en el mismo ataúd».
ALPHONSE LAMARTINE.
«A Menganita le ha salido rana». La que hablaba era mi madre. Nos lo contaba en la mesa mientras comíamos y, sin preguntar, mi padre y yo sabíamos que esa rana era el último novio de nuestra vecina. Rana o sapo. Le había salido rana este, el pescatero que dejaba olor a sardinas en el portal, el que luego se descubrió que tenía mellizos... Y mi madre siempre decía, porque la madre de Menganita siempre se lo decía, que el novio a la niña le había salido rana.
La niña hoy tiene ya treinta años; yo, veintidós. Cuando me llamó hace unos días me costó reconocer su voz hasta que dijo que era Menganita. Hacía siglos que no sabía nada de ella, pero hace una semana, casualmente, nos topamos en El Corte Inglés. En las rebajas. Nos dimos un par de besos, con cariño; un abrazo, con cariño. Y nos intercambiamos los teléfonos como si nos fuéramos a llamar. Yo no pensaba; ella acababa de hacerlo.
Lo de Menganita no era por desprecio, sino porque realmente la llamaban así. Se llama Ana, Anita, pero en su casa siempre se oía: «Menga, Anita, vamos», «Menga, Anita, quita las piernas de encima de la mesa». Y «menga, Anita» se quedó en Menganita.
Es como se hablaba en los barrios populares nacidos en los años sesenta con poca cultura y donde los padres llegaban a casa con el mono con grasa de la fábrica. Hoy eso ya no ocurre. Ahora los padres llegan con traje y corbata, con vaqueros y deportivas. O simplemente no llegan, como le ocurrió a Menganita. De esto hace tanto... Éramos crías. Un día su padre se fue y nunca más. Y allí dejó a Frasca con cuatro hijos porculeros. Que lo eran un rato. Vivíamos puerta con puerta en un segundo sin ascensor. La mitad de la vivienda era interior, oscura, muy fría en invierno y muy triste en verano. Y puerta con puerta era como sabíamos que daban mucho por culo. Pellas, visitas de la policía a altas horas de la noche, algún trapicheo en el mismo portal... Y al padre huido siempre se le oía decir: «Es que no dejáis de dar por culo». Pero a mí no me daban miedo ni me daban por culo. Es lo que tiene conocer el terreno. Una siente pánico en una ciudad que no controla, por muy civilizada que sea, pero se siente a gusto cuando sabe que ese callejón es su callejón.
Papá y mamá pensaron que no eran buena influencia. Pero a mí me parecía divertido el ruido que salía de esa casa. También había risas. En la mía me aburría. Era hija única y mis padres no tenían mucho tiempo para tonterías. Ni para ellos, pero de eso me enteré después, por Menganita. Que me dijo que yo no tenía hermanos porque mis padres no follaban. Y que ella lo sabía porque la pared de su habitación estaba pegada a su dormitorio y de ahí, insistió, no salía ni un «ay» ni un «sigue, sigue» ni nada de nada. Yo no sabía de qué hablaba, así que lo dejé en la lista de «ya lo entenderás cuando seas mayor».
Las tardes hubieran sido eternas, interminables si no hubiera sido por los porculeros. Y por Menganita. Tenía ocho años más que yo y unas tetas desproporcionadas para su cuerpo delgado. De haber tenido pasta, habría pensado que eran operadas, pero yo creo que nació así, con esas tetas y con ese culo. Menganita me adoptó como su hermana pequeña, aunque empecé a ser consciente de ello cuando yo tenía ocho años y al llegar a casa mis padres no estaban. Yo era lista, de buenas notas. Y aunque alargaba los deberes para que la tarde fuera menos penosa, en nada estaba dando vueltas por el salón, esperando no sé qué. Un día esa espera tuvo premio.
Llamaron, o mejor golpearon, la puerta. Era Menganita. Yo no sabía si abrir. Tenía órdenes estrictas de no hacerlo, pero siendo la vecina no tenía sentido seguir los mandatos de mis padres. Así que abrí y allí entró ella, sin preguntar, esparciendo el olor de un perfume que chocaba con el de la coliflor que venía del patio y sobre unos tacones con los que milagrosamente mantenía el equilibrio.
—Vamos —me dijo—. Ponte algo que nos vamos.
—¿Nos vamos? ¿Adónde? Yo no puedo salir de casa sin permiso. Tengo solo ochoooooo años —le recordé, alargando la última sílaba como si eso me hiciera más pequeña.
—Pero yo tengo dieciséis y sí puedo salir sola. Necesito que me acompañes a un sitio.
Y tiró de mí tal cual estaba. Con unos vaqueros y un jersey de andar por casa. Se aseguró de que cerraba la puerta y me obligó a seguirla. En el portal nos encontramos a uno de sus hermanos, el porculero mayor, Tano, de diecisiete años. Menganita era la única chica. Los otros hermanos tenían trece y seis. Yo siempre había estado enamorada de Tano. Era un secreto que nunca pude compartir con nadie porque de aquella no tenía yo muchos amigos. Y de esta tampoco, la verdad.
A Tano siempre le veía fuerte, con sus amigotes a la entrada del portal, su cerveza en la mano, su cigarrillo. Mi estación preferida era el verano, cuando dejaba sus brazos al descubierto y yo maginaba mi nombre tatuado en su bíceps. Pero la verdad es que lo más que conseguí de él fue un «¿tienes llaves?». Fue un día cualquiera. Se las había dejado en casa y yo le abrí el portal con las mías. Los nervios me jugaron una mala pasada y se me cayeron un par de veces. ¡Vaya niña más tonta!, pensaría. Pero no dijo nada y al llegar al segundo se sentó en el último escalón a esperar. Yo no sabía qué hacer y le dije que si quería pasar a mi casa. Le pillé descolocado y justo cuando parecía que iba a decir que sí, llegó Frasca, que de un empujón lo metió en su casa. Eso sí, juro y juraré siempre que me guiñó un ojo. Y con eso he vivido todos estos años. Con eso y con que al verme bajar con Menganita se fijó en mí y de nuevo, lo juro, me guiñó el mismo ojo. Me sentí tan emocionada y tan viva que supe que aquel era el inicio de algo que estaba por llegar. Preguntó: «¿Adónde vais?». Y Menganita dijo: «Y a ti qué cojones te importa».
Menganita iba muy rápido. Se lo dije. Pero no solo no frenó, sino que me cogió de la mano con fuerza para tirar de mí. Atravesamos las montañas, un descampado siniestro que separaba nuestras casas del resto del barrio. La barriada del barrio. Era terreno prohibido, excepto para nosotros, que sabíamos cómo agazaparnos o correr como balas si era necesario. Ser de la barriada te daba esa autoridad frente a los del resto del barrio, que no se atrevían a usar ese atajo.
Un par de veces tropecé sin caerme. Menganita saludó a unos colegas en el camino con un «chao». Andaríamos unos cuarenta minutos hasta llegar a otro barrio de las afueras con no muy buena fama. Yo lo tenía prohibido por mis padres, pero supe que era mejor callar.
Menganita se detuvo por fin y llamó a un timbre. Era una casa baja, vieja, con desconchones en la fachada. Deprimente, como el barrio, donde se entremezclaban edificios de cuatro alturas con chabolas y alguna casita venida a menos. Las ventanas estaban cerradas y no lograba verse el interior. Cuando se abrió la puerta salió un tipo que a mí me parecía un viejo, aunque luego supe por mi vecina que no llegaba a los veinte años. Entramos. Menganita me tenía cogida de la mano. Me puso entre el hombre y ella y yo noté que me estaba haciendo pis de miedo.
Fue la primera en hablar:
—He cambiado de opinión, pero me he traído a mi hermanita conmigo.
¿Hermanita? No me dio tiempo a preguntar. Menganita siguió hablando:
—Como hemos quedado. Me tocas las tetas. Nada más, dos minutos. Me pagas y nos vamos. Pero antes quiero ver el dinero.
El tipo era asqueroso. Olía fatal y para mí que era uno de esos que mi madre llamaba drogadictos. Sacó de sus vaqueros incoloros unos billetes que depositó en la mesa. No logré saber cuántos, pero Menganita los contó y se dio por satisfecha. Apoyó su espalda contra la pared, me colocó como escudo (debo decir que mi cabeza justo le llegaba al ombligo) y se levantó la blusa, dejando al aire las tetas más grandes que yo hubiera visto jamás. Y al parecer, por el suspiro del pavo, que él hubiera visto.
—El conejo ni tocarlo. O mi hermana te muerde la polla.
Y allí estaba yo atrapada entre dos cuerpos gigantescos, tapando un «conejo» y con la nariz rozando la cremallera de ese vaquero que iba a reventar. Eso sí sabía qué era por los porculeros y sus expresiones como «me tienes hasta la polla», «que te coman la polla». Me sentía el relleno de un sándwich. La mantequilla derretida. Solo quería vomitar.
El hombre estiró los brazos. Sus manos eran pequeñas para abarcar tanta teta. Sí que es cierto que oí de Menganita algún suspiro que quiso disimular. Él no; él no disimulaba. Blasfemaba, apretaba como si fuera a sacar leche, se removía, intentaba besar o lamer desde la distancia que le permitía mi persona unos redondeles morados que después supe que eran los pezones. Cuando fui mayor. No sé cuántos minutos pasaron, pero hubo un momento en que mi boca estaba justo al lado de esa bragueta que por momentos empezó a ensanchar, como si fuera estallar. Y estalló. Lo que de allí salió fue tan brutal que empecé a gritar y a llorar. En ese momento Menganita, con una frialdad pasmosa, dijo: «Ya han pasado los dos minutos. ¡Nos vamos!». Cogió el dinero, tiró de mi mano, abrió la puerta y volvimos deshaciendo el camino. Hasta llegar a casa, hasta dejarme en mi salón.
Cogió un billete pequeño de ese fajo arrugado y me dijo: «Hermanita, te lo has ganado. De esto ni mu o le digo a mi hermano que estás coladita por él».
Así fue como fui haciendo un dinerillo extra sin que mis padres lo supieran. Con ese asqueroso o con otros que vinieron más tarde. Yo era su mejor escudo, me decía. Y con ocho años sabía ya cómo olía el sexo sin haberlo catado. Las tetas de Menganita eran el mejor reclamo. A mí ni me miraban, aunque tengo que reconocer que fue mi despertar sexual. La regla me vino pronto, a los nueve. Después de eso, en uno de esos extras en el que el tocatetas de turno se movía muy bien, muy sensual, empecé a notar que me mojaba. No de pis, como la primera vez por el miedo, ni de la sangre, la regla ya había pasado, sino de gusto. Fue algo extraño. Menganita se dio cuenta y cuando volvíamos a casa me dijo de nuevo: «Cuando seas mayor lo entenderás». Esa noche tuve mi primer sexo conmigo misma, deseando que fuera Tano la almohada que yo ahogaba entre mis piernas.
Un día Menganita se fue y al poco lo hicimos nosotros, irnos a otra ciudad más grande y con más posibilidades. Y alejarnos de esta barriada que, según mamá, no podía depararme nada bueno. Yo ya tenía dieciocho años y una cultura sexual que pocos imaginaban. Mi etapa sándwich se había acabado a los catorce, cuando había pegado el estirón y más de uno quería meterme mano a mí en vez de a Menganita. La verdad es que el tiempo me puso de buen ver. Así lo dijo Tano un día que coincidimos en el portal.
Nos había pillado una semana antes trabajando, como decía mi vecina. Ese día lo hicimos en la propia casa de Menganita, aprovechando que Frasca andaba fuera. Cuando calculo que quedaban segundos para rematar la faena —el plazo de Menganita era siempre de dos minutos—, se abrió la puerta. Tano venía con un grupo de amigos. Se quedaron desconcertados. Yo también. Quise girar la cabeza, pero ya era demasiado tarde. Acababa de enterarse de en qué pasábamos las tardes su hermanita y yo.
—Que os den a todos por culo —soltó Menganita mientras se abrochaba con torpeza el sujetador. Para disimular la tensión que se creó al verse observada por su propio hermano, dijo: «El que quiera, que pague». Y me cogió de la mano para salir de su casa.
Cuando volví a encontrarme a Tano, algo era distinto. Yo noté que me miraba diferente, que ya no era para él una niña. Coincidimos en los buzones, en el rellano del portal. Miraba si había carta. Sentí una presencia detrás, demasiado cerca, y giré para protestar o, como había aprendido de Menganita, para mandarle a la mierda. Entonces vi que era él. El movimiento nos dejó tan cerca que casi me como sus labios. Fueron segundos, pero una vez más apareció Frasca. Me dolió a mí la bofetada que le cayó a Tano. «Esta por gandul», le dijo con empujones para que cargara la compra. No estudiaba y de vez en cuando trabajaba de camarero. Estaba deseando ser un poco más alta para poder entrar en el bar y sentarme en la barra. Pero nos fuimos del barrio y yo todavía era virgen. Al salir de la barriada dejé todo. Sin mirar atrás.
El encuentro con Menganita en la sección de lencería de El Corte Inglés fue breve. En el abrazo nos dijimos qué tal, cómo te va todo. Yo le resumí que trabajaba en la redacción de un periódico y que vivía en un nuevo barrio de adosados. Mis padres habían muerto. Ella me dijo que había vuelto a la barriada. Quise preguntar por Tano, pero había prisa (y apuro) y nos dimos los teléfonos. Ninguna dijo nada de aquellos años de sándwich. Días más tarde sonó mi móvil. Me pedía que fuera a la barriada.
Al doblar la esquina vi que las montañas eran ahora un paseo totalmente llano con carril bici que bordeaba las casas por la parte de atrás. No quedaban restos de aquel atajo embarrado y prohibido. Sin embargo, en cuanto mi Peugeot alcanzó la parte delantera de las viviendas me di cuenta de que todo seguía igual. Era la misma mierda, los mismos columpios oxidados, las baldosas levantadas, los árboles anémicos.
Miré hacia arriba buscando mi ventana, por la que yo miraba pasar las tardes. Me di cuenta de que muchas casas estaban vacías, esperando el derribo anunciado por el Ayuntamiento para hacer un centro comercial. Se me encogió el corazón al ver la colada colgada en las fachadas. La tienda de la esquina se había convertido en un local de juegos de mesa. Pasé por delante, intentando reconocer algunas de las caras que se cruzaban. Pero todas eran nuevas. Avancé recordando la cuesta por la que nos tirábamos cuando nevaba. La voz de mi madre y su «venga, que llegas tarde». No era nostalgia lo que sentía. Nunca hubiera vuelto a aquella vida que me avergonzaba. Jamás conté a nadie aquellas escapadas en las que yo hacía de escudo, ni siquiera al que ahora era mi novio, o algo así. ¿Cómo explicar a los de mi urba que yo era del sándwich de Menganita? Aquello era inimaginable y solo recordarlo me sonrojaba. Aunque tengo que decir que cuando el sexo con Iñaki fallaba, dejaba volar la imaginación a aquellas cremalleras a puntito de estallar. El orgasmo era el siguiente paso.
Llegué a mi antiguo portal. Menganita estaba allí, sentada en la acera, con un móvil en la mano y yo diría que con la misma ropa que llevaba el día de El Corte Inglés.
Se levantó a darme un beso y me invitó a sentarme junto a ella. En el suelo. Hubiera preferido subir al segundo, pero fui prudente.
—¡Cuántos recuerdos! Hacía mucho que no visitaba la barriada.
—Sí, desde que te fuiste exactamente. Nunca volviste.
—Pero tú sí lo hiciste.
—Porque el novio con el que me fugué me salió rana.
Y las dos reímos.
—Y aquí sigo —continuó Menganita—. Me salió rana, se fue con otra y tuve que volver a casa. Sin dinero y sin himen.
—¿Pero aún eras virgen? —dije incrédula.
—Pues claro, ya lo sabes tú bien que fuiste mi guardiana. Te acuerdas, ¿verdad? Solo tetas.
—Cómo iba a olvidar, si aún sueño con aquellas erecciones. Las tengo grabadas aquí. —Y señalé con un dedo mi cabeza.
Ella tomó mi mano y la dirigió a mi entrepierna.
—Y aquí. ¿O crees que no me daba cuenta de cuánto te ponían?
La miré con ganas de protestar, pero solo me salió una carcajada a la que se unió con su habitual descaro.
—Y aquí estamos las dos. Tú con un novio rana y yo con un novio que ni fu ni fa.
—Si quieres le enseño las tetas. Dos minutos. Y tú de relleno del sándwich. Verás cómo le levanto todo.
Mi cara de sorpresa dio paso a otra sesión de risas. En ese momento entró un señor de unos sesenta que dijo buenas tardes. La respuesta de Menganita fue un «que te den». No le pedí explicaciones, pero me dijo que era un guarro, que se pasaba el día en la ventana machacándosela mientras miraba parejitas hacerse cositas antes de subir a casa.
—Le tengo calado —me dijo.
Habían pasado solo unos minutos y yo sentía que todo el pasado volvía de golpe, pesado, sobre mi espalda. Daba igual que ya no viviera allí, que mi casa actual fuera un adosado dúplex en una urbanización con piscina, donde nadie colgaba las bragas en la ventana. Allí, al entrar en la barriada, era como si se cerraran todas las puertas. Me entró un escalofrío. Menganita se dio cuenta.
—Vamos arriba. Tengo algo que contarte.
La seguí a ese segundo piso. Los años lo habían envejecido, pero todo seguía igual en el portal, incluso nuestro nombre en el buzón. Los nuevos moradores nunca quitaron nuestros apellidos y aquello reforzaba más la idea de que nunca había salido de la barriada.
Subí detrás, evitando cogerme a esa barandilla en la que todo el mundo pegaba sus mocos. Vi la pared pintada del mismo amarillo. Desconchada antes y desconchada ahora. Una bombilla por rellano, sin adornos. No había ascensor ni hueco para él. Llegamos al primer piso. Menganita me dijo que las dos viviendas estaban vacías.
—A veces viene un nieto de la Mauri, ¿te acuerdas? Cuando tiene que estudiar. Va para juez, aunque aún está opositando. Un día llamé. Oí ruidos y aproveché que tenía que comentarle una cosa de la comunidad. La puerta estaba entreabierta. Pasé en silencio y le vi, ahí, desnudo sobre la cama. Si vieras cómo estaba.
—¿En serio? ¿Bromeas? ¿Y qué te dijo?
La pregunta se me escapó, descubriendo mis ganas de saber más. No sé por qué, Menganita tenía la capacidad de excitarme. ¡A mí!, que era vergonzosa, que no hablaba de sexo ni borracha y que era fría en la cama. Más de una vez pensé que era frígida. Pero las tardes de sándwich, las braguitas mojadas o el recuerdo de Tano me decían que no, que el problema era que yo también tenía un novio que me había salido rana. La miré para que siguiera. Fue fácil convencerla.
—Imagínate. Quise retroceder, pedir perdón. Pero me quedé parada. Quieta. Mirando, y no a sus ojos.
—¡Nooooooo! ¡Te lo estás inventando!
—¡Sí! —se rio con ganas—. La puerta estaba abierta y él estudiando vestido y concentrado. Le dije que era la vecina de arriba, que su abuela no había hecho el último pago de la luz y que si no lo ingresaba antes de la semana siguiente le íbamos a cortar hasta la polla. Me mandó a tomar por culo. Ya no volvió más. Y este —dijo señalando la letra A— lo tenemos ocupado. Murió el tuerto y nunca vino nadie. Luego te cuento.
Por fin llegamos al segundo. El descansillo que a mí se me hacía enorme de niña era apenas de un metro cuadrado. Quienes ocuparan mi casa no habían cambiado el nombre en el buzón, pero si habían puesto una maceta de plástico.
Quise saber quiénes eran. Menganita dijo que eran una pareja de colombianos. «Estos sí que follan. Y no como tus padres. Cuando no puedo dormir pego la oreja. Son los mejores orgasmos que tengo en esta etapa. Algún día lo mismo les digo de hacer un trío».
Lo decía en serio. Para ella no había normas ni moral ni lugar inapropiado. Si había que follar, se follaba. Hacerlo en la cama estaba para Menganita sobrevalorado. Las escaleras, una esquina del desván mientras los vecinos podían entrar y salir...
Me quedé parada en la puerta. Los recuerdos me venían. También las ganas de huir a mi presente, a mi vida, aunque esta fuera con Iñaki. Antes de entrar a su casa quise saber de Tano.
—¡Pensé que nunca me ibas a preguntar por él! Si se te caía la baba solo con verle.
Enrojecí. Salí del aprieto preguntando qué era de su vida y me mandó pasar.
—Entra, ahora no hay nadie. Podemos hablar.
