Mediapuntas y corcheas - Antonella Gatti - E-Book

Mediapuntas y corcheas E-Book

Antonella Gatti

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Beschreibung

¿El amor de nuestra vida es aquel por quien dejamos cada parte de nosotros? ¿O aquel que nos transmite paz? Depende a quien le preguntemos, la respuesta puede ser variada. Alfonsina creía que el amor era sacrificio, llantos de madrugada, suspiros a la luna y soledad. Tomás consideraba que era algo utópico, como invitarle un café a alguien, cocinar, los besos ocultos y el brillo en los ojos. ¿Y cuál de los dos tenía razón? Probablemente ambos. Convivir no es una tarea fácil y menos para dos adolescentes que aún no conocen mucho sobre la vida. Tomás es un joven relajado que desea descontrol en su aburrida vida. Y Alfonsina es una muy buena bailarina, con mucho caos en su mente, que desea controlarlo todo. Lo que en instante es enemistad, poco a poco se va transformando en un amor oculto, irresistible y plagado de cartas, canciones, lamentos y encuentros de madrugada. ¿Hasta dónde estarán dispuestos a lastimarse para dejarse amar?

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Gatti, Antonella

Mediapuntas y corcheas / Antonella Gatti. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

182 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-650-5

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Gatti, Antonella

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A los soñadores, bailarines, músicos y artistas.

Nunca dejen de amar.

Mediapuntas y corcheas

Capítulo 1

Siempre había creído que vivir en un departamento en medio de la ciudad, con una persona del sexo opuesto, sería un descontrol absoluto. Plagado de alcohol, mañanas de resaca y mucha marihuana. Imaginaba un colchón de dos plazas tirado en el suelo, con las sábanas percudidas y el acolchado hecho un bollo en algún lugar. Una rubia voluminosa estaría a mi lado, tendría los labios pintados de rojo y una voz seductora. El humo de la ciudad que no duerme, y unas hamburguesas compradas en alguno de los tantos espacios de comida chatarra que hay en mi amada Córdoba.

Pero las cosas no habían funcionado así para mí, porque lo que describí fue una película y, en lugar de ello, había tenido que compartir piso con la hija de una amiga de mi madre. La chica, a quien no conocía en lo más mínimo, no ayudaría a cumplir mis fantasías, y yo tampoco podría hacerlo porque no era el chico que vivía en mi cabeza y, aunque lo hubiera sido, ella vino para cambiarlo todo.

No sabía a ciencia cierta cómo era ella puesto que solo mi madre la había visto un par de veces. Lo único que sabía era que su nombre empezaba con A y que, según mi progenitora, era una regordeta joven de cabello castaño y largo, lleno de rizos, y con una sonrisa hermosa. Mi madre me había contado que era una persona sumamente inteligente. Para mí, de seguro, era una ñoña, ya que, por lo que me habían dicho, había entrado a la universidad con 9,50 de nota total, cosa que yo ni pude vislumbrar habiendo ingresado con un miserable 6.

Había pensado en ella como una persona encerrada dentro de su casa todo el día y estudiando las veinticuatro horas, arruinando mis conquistas de fin de semana y viendo Bridget Jones los viernes a la noche, mientras comía helado y se quejaba de la sociedad. Sí, típico de películas estadounidenses. Y quizás me había apresurado un poco al pensar eso; la bailarina era completamente diferente. Los primeros cuatro días de clase, no había aparecido por la casa; según mi madre, ella era totalmente impredecible, en cualquier momento llegaría, y no se había equivocado.

Era viernes por la tarde y yo miraba un documental de Metallica por la televisión. Entonces alguien golpeó la puerta. Al atender me encontré con la señora Piazzo, su madre, una regordeta mujer con sonrisa amistosa; supuse que su hija sería su viva imagen, pues así me la habían pintado. Detrás de ella estaba el señor Piazzo, un hombre de alta estatura, ceño fruncido la mayor parte del tiempo y unos ojos penetrantes hasta el alma.

—Hola, Tomi, ¿cómo andás? Vinimos a traer la cama de Alfonsina —pronunció la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.

Fue entonces cuando pude recordar su nombre. La miré extrañado, puesto que ya estaba preparada la cama de mi nueva compañera. Mi madre me había obligado a comprarle una y a pintar su cuarto de color rosado, decía que tenía que ser un caballero en todos los aspectos.

—Pero hay una cama —contradije.

—Tu nueva amiga es un poco obsesiva con su cama —habló el hombre haciendo énfasis en la palabra su.

Asentí lentamente imaginando el final de mis noches de fiesta con aquella ñoña obsesiva. Aunque, a decir verdad, mis noches de fiesta eran nulas, solo me gustaba saber que tenía la posibilidad de tenerlas.

—¿Y dónde está ahora? —pregunté con curiosidad.

Ellos respondieron que estaba en la universidad y seguro llegaría dentro de unas dos horas, para el tiempo de la merienda. Me comentaron lo mismo que ya sabía, que Alfonsina era un poco impredecible, y me dije que esa chica debía venir con instrucciones.

Luego de una hora, los Piazzo habían colocado una cama grande en la habitación de su hija, dejando como una especie de sofá la que antes ocupaba el medio del ambiente, un mueble con dos mesas de luz y un gigante espejo de cuerpo completo, una pequeña balanza que me dio algo de gracia, y un montón de cajas que apilaron en el lugar.

Después se fueron y, como buena persona que soy, decidí esperar a la chica de la que tantas maravillas me habían hablado todos, con mates y masitas, para que se sintiera bienvenida en su nueva casa. Pero la joven no llegó, entonces me comí las masas y me tomé los mates.

;;;

Eran como las nueve y media de la noche cuando alguien habló detrás de la puerta.

—La puta madre, no puedo abrir con todo esto.

La voz, seria y rasposa, me hizo deducir que quizás era ella; entonces, cuando estaba a punto de abrir, un chico alto y moreno entró al departamento. Sus ojos amables me sonrieron y se volvió a mirar a la chica, de quien no me había percatado al pensar que venían a secuestrarme. Ella medía un metro y medio como máximo; sus ojos, color hojas de otoño, se dirigieron a mí y no expresó absolutamente nada. Su cabello estaba corto, a la altura de su mandíbula; sus labios carnosos, como el capullo de una flor, y los rizos, perfectamente armados. Ella era delgada, y muy delgada a decir verdad.

Entonces vi que llevaba muchos apuntes. ¿Qué estudiaba? No lo recordaba, pero noté que tenía algunos libros en una bolsa y que el joven que la acompañaba también cargaba con otros. Ella me observó con altivez y me tendió la mano en forma de saludo. La estreché, era tan delgada que parecía que tomaba un saco de huesos.

—Hola, Tomás, soy Alfonsina —pronunció con sequedad.

Entonces agarró al moreno de la mano, y juntos se encerraron en la habitación. Por un momento me quedé sin habla, no sabía cómo reaccionar ante alguien que tenía más confianza en sí misma que yo. Generalmente, yo era carismático y engreído a la vez, y todas las chicas me amaban por ello, pero Alfonsina no me había dado tiempo siquiera a actuar ya que se había encerrado en la habitación junto con su novio, o lo que fuera.

Me quedé parado como un tonto, intentando asimilar un poco lo que estaba sucediendo, pensando que esa chica tenía personalidad. Y luego fui a mi habitación para escuchar si hablaban sobre algo o para traumar mis oídos. Realmente era una persona masoquista. Pero todos decían que ella era como los ángeles del mismísimo firmamento, con sus bellos ojos color otoño y su sonrisa conquistadora; aclamaban que era una chica tan dulce que, apenas la conocías, iluminaba todo, al menos eso afirmaba mi madre.

Sin embargo, cuando entró a casa esa vez, el ambiente pareció oscurecerse y ponerse denso como la neblina. Alfonsina había traído una oscuridad extraña, y eso había venido con ella, como la mayoría los problemas y los llantos de madrugada.

Pegado a la pared, la oí reír.

—No seas boludo, Genaro. No me podés tomar desde ahí, tenés que hacer esto.

No podía adivinar lo que estaban cuchicheando, pero quise escuchar. El misterio de su llegada me tenía en suspenso, y de alguna forma quería conocer a la persona con la que compartiría mi casa. Entonces me senté en el suelo, con la cabeza pegada a la pared, y fue en ese momento que el otro sujeto habló.

—Sería sexi si le agregamos esto, seguro a Vera le va a gustar —ronroneó—. Además, sé que, contrario a lo que decís, te gusto.

—Uy, sí, me encantás —respondió ella.

Ambos comenzaron a reír, y luego las charlas se volvieron difusas. Mi curiosidad estaba a punto de morir cuando escuché que alguien abrió la puerta de la habitación; entonces, con los movimientos de un ninja asustado, me tiré en la cama y fingí normalidad, porque la puerta de mi cuarto estaba abierta. Ella pasó y observó la oscuridad como buscando algo; pude verla y me di cuenta de que era realmente bella. Su perfil era perfecto, y sus labios eran increíblemente sensuales; lástima que era tan delgada.

Pasó al baño luego de un rato y volvió a su habitación, donde oí que se despedía del chico que había traído a casa. Ella lo acompañó a la puerta y, mientras él salía, no pude evitar asomarme; entonces el joven le dio un corto beso en los labios y ella le pegó una cachetada a modo de juego.

—No seas tonto, me das asco —pronunció mientras reía.

—A todas les gustaría que haga eso y vos te quejás —contestó él—. Sé que te gusto pero, cada vez que te invito a salir, me decís que no; la única excusa que me queda es acompañarte a casa.

Hizo un puchero. No podía ver la expresión de ella, pero sí noté que le revolvió el cabello.

—Le dijiste eso a mi mamá y ya se está imaginando una historia; no la vuelvas a ilusionar de esa manera. Además, si me gustaras, no serías mi amigo —concluyó después de un suspiro.

—Lo sé, vos sabés cosas, pero me gusta jugar. Te amo, novia.

Él se fue, y ella no dijo nada. Cerró la puerta y se volteó. Justo en el momento en que pretendía entrar a mi habitación, ella se acercó con lentitud al umbral.

—Sé que me espiabas —susurró con sus labios prácticamente pegados a mi cuello.

Me giré sobre mis talones y ella me observaba; no podía notar si estaba enojada, triste o decepcionada, porque sus ojos no mostraban nada. La piel se me erizó y pude sentir cómo mi corazón aceleraba su ritmo.

Quise defenderme con alguna excusa tonta, como que justo salía a tomar agua. Pero ella me mostró una sonrisa sarcástica, diciendo con su rostro que no creía nada de lo que le estaba intentando explicar. Elevó una de sus cejas y se cruzó de brazos esperando a que terminase mis falsas justificaciones.

—La próxima disimulá más, acosador.

Se alejó y cerró la puerta de su habitación tras de sí. El silencio sepulcral del departamento oscureció mis pensamientos, y decidí irme a dormir.

Capítulo 2

Un golpe seco se oyó en la casa. No sabía qué hora era, pero provenía de la habitación de Alfonsina. Acto seguido, escuché que insultaba y quise averiguar lo que estaba sucediendo; sin embargo, cuando estaba a punto de levantarme, ella se encerró en el baño con un estrépito y se oyó el sonido de la ducha correr. Me pregunté en qué momento poco oportuno decidía bañarse y tomé mi teléfono para ver la hora: eran las seis de la mañana. Loca demente.

Si mi madre decía que ella era una dulzura, estaba completamente equivocada. Luego de bañarse, la oí hablar por teléfono; estaba enojada porque había subido doscientos gramos y, al parecer, no le importaba que yo intentase dormir hasta las ocho.

No recuerdo el momento en que volví a caer en los brazos del dios del sueño, pero la alarma me hizo temblar hasta las uñas cuando sonó aquella mañana. A diferencia de ella, yo me había bañado la noche anterior, entonces fui a desayunar y me encontré con que no había lavado su taza; simplemente, la había dejado sobre la mesada y se había ido. Además de altanera, desordenada.

En un pequeño ataque de furia, le escribí una nota que rezaba:

Por favor, lava tus cosas. Hay 4 tazas 2 para vos y 2 para mí. No pienso compartirte las mías.

Beso

Tomi

;;;

Luego de ello me fui a la facultad, allí me encontré con un amigo con el que había hecho el curso de ingreso, y decidimos ir a comer a McDonald’s después de un largo día de Física y Química intensas. Él era un tipo alto, con los ojos achinados, era una de las pocas personas simpáticas que había conocido en ese lugar; los demás se semejaban a la bailarina en prácticamente todos sus sentidos. Como estudiaba Ciencias Químicas, no podía esperar personas relajadas, pero a veces creía que soñar era una de mis mayores cualidades, aunque cada tanto me hacía jugar malas pasadas.

—Entonces ¿qué onda la bailarina? —preguntó Lucas con una sonrisa que lograba que sus ojos desaparecieran por completo.

Él era tan chusma como una señora de supermercado, y creo que yo también lo era; por eso nos agradábamos. Suspiré un tanto molesto.

—Es muy arrogante. Es más, si hablamos más de dos palabras, es un milagro —me quejé y le di un mordisco a mi hamburguesa.

Él se rio negando con la cabeza mientras imitaba mi acto.

Entretanto Lucas me contaba la historia de su novia y él, cosa que ya había oído tantas veces que me la sabía de memoria, pude ver a la bailarina pasar con rapidez por el frente del lugar. Iba con sus auriculares puestos y el cabello recogido, llevaba un pantalón extremadamente suelto y una camisa de leñador que lograba no mostrar ni un ápice de su cuerpo más que sus brazos. Su cara de ceño fruncido iba en dirección a nuestro pequeño departamento o a la facultad. No tenía idea, pero iba sola.

—Acaba de pasar —dije sin entusiasmo.

—¿Qué? —preguntó Lucas, obviamente confundido

Él estaba hablando de su relación con aquella chica llamada Carola, y no recuerdo por qué parte del relato iba cuando lo interrumpí así, sin más.

—La bailarina —aclaré, pero luego él siguió hablando de otra cosa.

Yo era alguien que estaba acostumbrado a charlar mucho, mas Lucas era una máquina; era como si lo hubiesen programado para soltar tantas palabras como latidos por minuto. Cuando estaba con él me limitaba a escuchar porque, por alguna extraña razón, no podía decir dos palabras seguidas.

;;;

Luego de comer me fui a casa, tenía que estudiar y pensar en el ritmo de la nueva canción que uno de mis amigos de la escuela había escrito para mí. Era un buen músico, pero había algo que me jugaba totalmente en contra: no era nada bueno escribiendo. Solía pedírselo a uno de mis amigos, su nombre era David, aunque él tampoco era muy bueno. Todo puede resumirse en que no iba a llegar muy lejos con las letras que tenían mis canciones; leía poesía, mas no había forma. Creo que nada había logrado inspirarme del todo aún.

Al llegar a casa, me percaté de la nota. Ella no estaba, no obstante, había respondido con una lapicera rosada.

Usa las comas, querido Tomi, y luego hablaremos de mi desorden.

Para que no te preocupes, no voy a ensuciar tus preciadas tazas.

Su corrección logró que me enojara más de lo que ya estaba, y decidí romper el papel.

Cuando ponía la pava para hacer mates, oí que el cerrojo se abría. Quise huir, no me apetecía verla entrar; ella no me agradaba, su actitud era pedante. Sin embargo, ingresó a la casa con la cara de culo más inusual que había observado en toda mi vida. Me habían dicho que siempre sonreía, pero al parecer alguien o algo le había robado el carisma. Desde que la había conocido, no la había visto reír ni una sola vez.

—¿Torta? —preguntó mientras entraba a su habitación para dejar su mochila.

—No le convido a la gente que me corrige las notas —dije haciendo un intento de broma.

Ella se sentó en una de las sillas y me observó elevando una ceja. Su actitud lograba hacerme sentir en falta, o como si yo fuese un idiota y ella estuviese perfectamente bien posicionada.

—No como, solo pregunto. Subí de peso.

Tan seco como eso.

—Por eso estás tan flaca —comenté y al instante me di cuenta de que acababa de sonar como mi abuela.

Además, me percaté de que habíamos hablado más que la noche anterior, lo que me alegró un poco, por alguna razón desconocida. Ella se sentaba tan derecha que sentía que me dolía la espalda a mí también.

—¡Qué observador! Acosador —dijo y se levantó de su silla para poner un mantel sobre la mesa.

A continuación, lavó la taza que había ensuciado aquella mañana. Pude contener un grito de victoria al presenciar ese acto, me di cuenta de que quizás no era tan desordenada. Tal vez no había tenido tiempo durante el día.

—No le copies a Stranger Things con tu insulto, podrías ser más original —comenté un tanto ofendido; ella frunció el ceño y luego volvió al lugar en que se había sentado con anterioridad.

Sus ojos color otoño se habían posado en el horno. En ese instante, pude notar que era realmente bella; su mentón tenía un pequeño hoyuelo en el medio, y poseía un lunar sobre el labio, como Marilyn Monroe.

—No sé qué es eso. Y se va a quemar tu torta.

Observó levantando una ceja. Pensé que, seguramente, ese movimiento estaba incorporado en su cuerpo de manera natural, puesto que lo hacía todo el tiempo. Me impresionó que no supiera que era la serie de la que todos habían hablado el año anterior, entonces la miré como si fuese un bicho raro antes de sacar el bizcochuelo del horno.

—Es una serie —dije con obviedad; ella se cruzó de brazos.

—La única serie que vi fue Orgullo y prejuicio porque leí el libro y tenía que interpretar a Jane en la obra de ballet que montó mi maestra —pronunció con algo de desdén en su voz.

En ese instante, me di cuenta de que, por alguna razón, ella se había quedado a hablar conmigo, entonces me ilusionó tener una nueva amiga. Era un idiota a veces, y quizás era demasiado amigable, pero no podía ir en contra de mi naturaleza.

—Vas a venir a cenar y veremos series todas las noches —dije al cabo de un rato.

Entonces ella volvió a mirarme, pero esta vez iba directo a mis ojos.

—Un capítulo por noche y hay trato. No pienso volver mi cabeza cuadrada.

Pensé que esa chica lograba ponerme de mal humor, no mostraba entusiasmo por nada; al contrario de mí, que generalmente disfrutaba bastante mi vida. Me la imaginé como una mala imitación de un personaje de alguna película que había visto, aunque no podía recordar si era una película o una serie.

La chica a mi lado volvió a dirigir la vista a la torta, que ya comenzaba a largar olor a quemado; entonces la saqué del horno. Efectivamente, estaba tostada y me maldije en mi interior por ser tan tonto y dejar que ella tuviese la razón. Cuando comencé a servir el mate y corté el bizcochuelo, una mueca de burla inundó su rostro.

—Me gustan las cosas tostadas —dije en un intento por no dejarme ganar.

Ella levantó una ceja nuevamente, y una sonrisa burlona, una que no mostraba sus dientes, se posó en sus labios. Negó con la cabeza y aceptó el mate.

—Sí, acosador, deja de hablar porque te avergonzás solo.

Entonces me quedé con mal humor durante toda la tarde. Pero, cuando me acosté a dormir, pensé, con cierta felicidad, que había hecho sonreír a la bailarina.

;;;

Era de madrugada cuando escuché un sollozo proveniente de la habitación de Alfonsina. Cabe decir que siempre tuve el sueño muy liviano y pude oír lo que el silencio del apartamento resaltaba.

Sin hacer ruido me acerqué a su habitación. La puerta estaba abierta y la ventana también; la noche calurosa de marzo permitía que la tenue luz que venía del bar de abajo entrara y mostrara la espalda desnuda de la bailarina, que se encontraba sentada sobre la cama. Los huesos de su columna vertebral parecían un camino de besos hacia su nuca, y sus costillas eran las alas rotas de un ángel; ella lloraba y miraba hacia afuera.

Por un instante, las canciones más bellas y tristes que nadie había compuesto jamás se plantaron en mi mente, pero se esfumaron como una pluma en medio del viento. Estuve a punto de preguntarle qué le pasaba, entonces su espalda se enderezó y se secó las lágrimas.

—Vamos, Alfonsina, sos invencible. Ella no va a lograr nada más que volverte más fuerte —se animó a sí misma.

Entonces se acostó, abrazó la almohada y allí se quedó.

Demás está decir que no dormí más durante esa noche. Y una frase fue escrita en mi cuaderno:“No puedo dejar que vuelvas a caer, no puedo olvidarte si sos un ángel con alas rotas”.

Capítulo 3

Luego de una semana y media de vivir con Alfonsina Piazzo, me había acostumbrado a su ausencia total. Ella nunca permanecía mucho tiempo en el departamento y, generalmente, solo iba a dormir. También había logrado volver común el hecho de sus gruñidos por la mañana a causa de su aumento de peso, o las cosas que por accidente tiraba y hacían tanto ruido como una obra en construcción.

En general, comía ensalada, pollo hervido y, de tanto en tanto, pescado. A diferencia de mí, que plagaba la casa de cajas de empanadas, pizzas, lomitos, hamburguesas, y demás comida chatarra. Sabía cocinar, pero muchas veces no me daban ganas de hacerlo. También me causaba un poco de lástima que Alfonsina, al llegar, oliese el aroma a comida casera y dijera algo como “Hace tres años que no como canelones”. Pero ella no lo decía para que le convidara, porque todas las noches, religiosamente, le preguntaba si deseaba comer de lo mío y ella respondía que estaba bien con un té o un café o un mate cocido. Me generaba mucha tristeza la bailarina, mas no sabía cómo ayudarla.

Con el pasar de esa pequeña semana y media, noté que la bailarina era una persona sumamente compleja en su actuar y requería de un análisis; no podías comprenderla así como así. Ella era como una obra literaria antigua: por lo general, no la entendías. Sin embargo, solía enojarme bastante con sus palabras aunque ella no se diera cuenta. A veces, era tan cortante que a su lado me sentía un completo boludo, y más cuando escapaba de ella alguna sonrisa burlona, esas que hacía para reírse de la gente, sin mostrar los dientes. Nunca exhibía los dientes.

Era viernes por la noche, la bailarina me había dicho que los fines de semana se iba a visitar a sus padres, por eso nunca la veía. Ese gesto me parecía tierno en comparación con su personalidad, puesto que sus padres, a veces, le exigían demasiado, y ella los amaba a pesar de todo. Los viernes no pasaba para buscar nada, directamente se iba a las seis y media de la mañana y no volvía hasta el domingo por la noche o el lunes al mediodía.

Esa noche había decidido quedarme en el departamento a ver una película porque realmente no tenía muchas ganas de salir. Además, estaba lloviendo a cántaros y me había mojado bastante en mi regreso del gimnasio, que apenas quedaba a dos cuadras.

Mientras terminaban de hacerse los pochoclos que iba a comer mientras miraba V de Venganza, oí el cerrojo y la puerta prácticamente se azotó al abrirse; un pequeño frío entró por allí y la persona a la que nunca veía se presentó ante mí. Mis ojos se abrieron con sorpresa al observar a la bailarina toda mojada y recordar que estaba en calzoncillos; ella levantó su ceja y cerró la puerta tras de sí. Me di vuelta intentando taparme, pero su comentario me descolocó.

—Tranquilo, acosador, siempre veo a mis amigos en peores estados. Nada que no haya presenciado.

Y con naturalidad corrió al baño para buscar una toalla. No sabía si con “sus amigos” se refería al moreno que solía venir a casa para encerrarse con ella en el cuarto y hablar cosas que yo no entendía. A veces, él le daba picos, y ella le pegaba a modo de broma. No entraba en mi comprensión la relación que mantenían ambos, pero seguro novios no eran. Aunque ni siquiera debía interesarme si salían o no. Ese no era mi maldito problema.

A pesar de que ella no se había impresionado, me había dado frío. Entonces decidí ir a mi habitación para ponerme un pantalón. Al volver, vi a la bailarina con el cabello suelto y una manta envolvía su cuerpo mientras miraba televisión en el sofá. Me gustaba verla en ese estado: un poco de entrecasa, un poco vulnerable. Eso la hacía humana ante mis ojos. Me hacía sentir que no era la chica perfecta que parecía.

—Voy a ver V de Venganza —hablé y ella se volteó para observarme.

Entonces hizo su gesto patentado: levantó la ceja y volvió la vista al televisor.

—No sé qué es eso —dijo.

Me indigné al escuchar tales palabras. Yo no había visto la película porque necesitaba mirarla en mi soledad, pero sabía de qué iba, era un clásico. Quise rodar los ojos y reírme de ella, como lo hacía conmigo; sin embargo, por alguna razón, me dio lástima. No le respondí y decidí ponerles sal a los pochoclos. Luego, le dije a Alfonsina que el sofá podía convertirse en cama; inmediatamente, ella obedeció a la indirecta y transformó el lugar en el que estaba sentada. Fue a su habitación y buscó un almohadón y su almohada.