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Cuando el destino está escrito, no hay zona de confort que se le resista. Roma Giovanna Casalegno, es una joven independiente de veinticuatro años. Tras un fatal accidente y años de terapia, se sumergió en un mundo seguro manteniéndose a salvo de sus emociones con relaciones amorosas sin futuro alguno. Eric Carson es un neurocirujano de treinta años, acostumbrado a tener siempre la última palabra y a no comprometerse emocionalmente con ninguna mujer. Todos los caminos conducen a Roma. Un pasado que regresa en búsqueda de ayuda para desmantelar una red de tráfico de órganos y carreras ilegales envuelve esta historia.
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Seitenzahl: 488
Veröffentlichungsjahr: 2018
Autora: Rocío Bescós
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Corrección literaria: Verónica Gallardo
Fotografía de solapa y contratapa: Rocío Maroglio
Arte de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre. Celina González Beltramone
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre. Celina González Beltramone
Bescós Pérez, Rocío Macarena
Medio príncipe / Rocío Macarena Bescós Pérez
1a ed. - Córdoba: Tinta Libre, 2018.
356 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-305-7
1. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio,
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2018. Bescós Pérez, Rocío Macarena
© 2018. Tinta Libre Ediciones
Ya vendrá alguien que
te robe la razón, alguien que te
devuelva la pasión,
alguien que te emparche el corazón.
Ya vendrá alguien a
tu medida, a tu altura, alguien
que disfrute tu locura,
alguien que
desnude tu ternura.
Nicolás Andreoli
A mi primera novela se la dedico a mis padres, Paula Patricia Pérez y Gustavo Alejandro Bescós, los faros que iluminan mi camino, quienes me enseñaron a volar al estilo de Juan Salvador Gaviota y quienes están ahí para ayudarme a levantar tras cada caída, sacudir la tierra de mis rodillas y continuar viaje. Gracias por siempre apoyar mis sueños y enseñarme a hacerlos realidad.
A Carlota M. Lozano, la vida nos cruzó de la manera más impensada y acá estamos, siendo una parte de la otra. Te dedico esta novela, Loli, por aguantar los años de espera para que la finalice, mi primera lectora y el aliento constante para continuar. Gracias por ser mi tercer pilar y enseñarme a amar las lechuzas, que la luna siempre guíe tus alas.
Y a todas nosotras que no pedimos ser rescatadas, simplemente ser acompañadas. Quienes seguimos caminando con la ilusión de toparnos con ese Medio Príncipe, y para aquellas que ya lo encontraron.
Capítulo 1
Ella recorría las calles inundadas de personas, pensando en todo lo que tenía que hacer cuando llegara a su trabajo. Caminaba a paso enérgico, con la vista al frente e indiferente a las miradas que le destinaban los hombres que la veían pasar. Nunca se había sentido foco de esas miradas, simplemente porque nunca se había sentido suficientemente atractiva para merecerlas. Este era un tema crucial para sus amigas, que no se cansaban de decirle que el espejo ya no le devolvía la misma imagen que ella tenía a los diecisiete años, que ahora le devolvía el reflejo de una bella chica de veinticuatro años, que destilaba sensualidad y feminidad. Pero a Roma no le interesaba escucharlas.
En sus oídos sonaba Somebody to love de Queen. A todo volumen, los auriculares enganchados a su teléfono celular, le hacían la caminata más amena en esa pesada media mañana veraniega. Tan ensimismada estaba pensando en su rutina que casi no se percató de que el reproductor se había detenido y que su teléfono había comenzado a vibrar, se dio cuenta cuando comenzó a sonar el aviso de llamada del celular, sin detener el paso empezó a hurgar en su cartera, miraba de vez en cuando al frente casi de refilón sin prestar mucha atención.
—¿Por qué no mirás por dónde caminás? —La pregunta, proveniente de una voz profunda, masculina y sensual, la frenó en seco, mientras alzaba la mirada recorriendo ese torso hercúleo de amplio pecho y de cintura un poco más estrecha, con vientre plano, seguramente duro y absolutamente marcado. Envuelto en una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados metida dentro de unos pantalones de vestir negros. Se preguntaba de dónde había salido ese cuerpo y sobre todo en qué momento. Pero cuando sus ojos conectaron con los del dueño de esa voz, Roma se quedó sin aliento. Con su cabeza echada hacia atrás, contemplaba el rostro más hermoso que había visto en su vida, hombre de facciones puramente masculinas, barbilla fuerte y mandíbulas cuadradas, pero sin dudas, su mirada era lo que mas la atraía hacia él. Sus ojos verdes con destellos dorados la contemplaban con una intensidad abrasadora y penetrante. Roma supuso que se debía a la forma en que sus cejas enmarcaban su rostro, eran como picos y la ceja izquierda atravesada por una cicatriz se alzaba de manera sexy, pero demostrando reproche. A pesar del temblor que recorría su cuerpo, se las ingenió para poner su mirada más desafiante y responderle. Irguiéndose en su metro sesenta y tres, sacando pecho y demostrando no estar para nada cohibida por el metro noventa y pico de aquel hombre que la contemplaba algo irritado.
—Si estabas viendo que iba distraída, ¿por qué no te hiciste vos a un lado? —Definitivamente se sintió muy conforme con la respuesta que le dio al tipo porque pudo ver que los ojos pasaron de desconcertados a resplandecer de indignación.
—Si prestaras atención por donde vas, no andarías chocando personas —alegó aquel hombre mientras se cruzaba de brazos.
—Y si no estuvieras tan al divino botón, te harías a un lado y no le estarías haciendo perder tiempo valioso a las personas que no estamos para perder tiempo.
Dicho esto, le sonrió de manera burlona y prosiguió su camino al trabajo. Eso sí, algo perturbada por ese hombre de mirada intensa.
El teléfono de Roma volvió a sonar, por suerte había podido encontrarlo y esta vez lo tenía a mano para contestar rápido.
—¡¡Holaaa, reinaaa!! —La voz estridente de Jonás, su amigo más reciente, y compañero de baile, le llegó apenas alcanzó a responder.
—Jonás, corazón ¿cómo estás?
—Bien, amore mío, ¿vos?
—Acá ando, muerta de calor y a tres cuadras de llegar al trabajo.
—¿Estás llegando tarde o me parece?
—No, no te parece. Voy muy tarde.
—Bueno, reina, no te voy a hacer gastar más aliento. Solo quería saber si venís a la clase de esta noche. —Roma había empezado cinco meses atrás, clases de baile, ritmos latinos para complementar el tango, allí había conocido a Jonás algunos años antes. Empezó para poder coordinar, según ella, los movimientos de su cuerpo. Pero la verdad que intentaba ocultar, hasta de ella misma, era que bailaba para darse confianza y seguridad en los movimientos de su cuerpo.
—Obvio que voy. ¿Me pasás a buscar?
—Por supuesto, reina. Ahora sí, te dejo y mandale un beso a tu compañerito de trabajo, que está más bueno que comer pollo con la mano.
—Ja, ja, lástima que sea medio idiota, pero sí, reconozco que está muy bueno.
Se despidieron entre desacuerdos amistosos sobre León, el compañero de trabajo de Roma, y acordaron la hora en que Jonás la tenía que pasar a buscar para ir a su clase de baile.
Mientras volvía a guardar el teléfono en la cartera, abría la puerta de la librería. Exactamente a las 10.15 a. m., el fresco interior del trabajo le daba la bienvenida a su jornada laboral. Era consciente de que estaba llegando quince minutos tarde, siempre podía echarle la culpa a su reloj, que a propósito estaba unos diez minutos retrasado para que no la retasen o, por lo menos, no le dieran más que una llamada de atención para que se comprara un reloj nuevo o para que le cambiara las pilas a su viejo reloj de pulsera, que solía utilizar esporádicamente. Entrando furtivamente, subió los quince escalones que llevaban al depósito y se dispuso a dejar su cartera y a abrir las cajas para ponerse a ordenar los libros nuevos en sus estantes correspondientes. Roma estaba en cuclillas, abriendo las cajas, demasiado fascinada con la emocionante tarea de ver los nuevos títulos que habían llegado en el pedido, que no se dio cuenta de que alguien había entrado en el depósito.
—Quince minutos tarde, Casalegno. —La voz profunda y susurrada en su oído de León Scarmacio la hizo darse vuelta rápidamente, quedó con su cara muy próxima a la suya, sus narices no se rozaban por milímetros. Con su sonrisa de chico malo, cargada de promesas lujuriosas en conjunto a sus penetrantes ojos azules, su pelo despeinado y sexy castaño claro, siempre conseguían hacerla tener pensamientos candentes. El punto era que León, como bien lo bautizaba su nombre, se creía el rey de la selva. Y cambiaba mujeres como de ropa interior, porque era el típico tipo que estaba bueno y lo sabía. A los treinta y cuatro años, León era el soltero más codiciado de la librería, sin contar a la buena de doña Mirna —quien, además de ser su tía, era dueña de la librería— y Roma, el resto había caído bajo sus encantos masculinos. Si bien el cuerpo de León no era tan fornido como el del tipo con el que había tropezado momentos antes, tampoco estaba tan mal. De hecho, no estaba para nada mal. Su cuerpo era atlético, aunque según los testimonios de las otras chicas que trabajaban en la librería, estaba marcadito. Metro ochenta y seis de puro delirio, a menos que conocieras que era realmente un picaflor, alérgico al compromiso y al amor, adicto a noches de pasión, pero nunca a repetir la dosis con la misma chica, por lo menos no en una misma semana.
—¡Casi me matás del susto, por Dios! —le respondió Roma, retirando la mirada de esos hipnóticos ojos azules.
—Vi que subiste apurada al depósito y vine a decirte…
—Que llegué quince minutos tarde, como si fueras uno de esos aparatos en los que se marcan tarjeta, ¿no? —lo interrumpió, algo indignada, mientras se ponía de pie y se cruzaba de brazos.
—Siempre con esa costumbre de hablar más de lo que escuchás, poniendo prejuicios contra mi persona. —Mientras se defendía, algo ofendido e incrédulo, León se puso de pie y acortó la distancia entre el cuerpo de Roma y el suyo. La verdad sea dicha, esa pequeña lo tenía loco, era la última que le faltaba por conquistar y lo volvía loco el saber que ella no le daba pelota, lo trataba como a un amigo más, con cordialidad y hasta bromeaban juntos. Un par de veces la pescó mirándolo abiertamente, pero por alguna extraña razón, ella había levantado una barrera imaginaria que él era incapaz de superar, como si ella se creyera una reina o buscase a alguien superior a cualquier mortal. Pero él estaba dispuesto a llevársela a la cama a como diera lugar.
—Está bien, perdón. ¿Qué me ibas a decir? —se disculpó, mientras retrocedía un par de pasos y volvía a relajar los brazos. A Roma, la ponía un poco incómoda que León invadiera su espacio personal, y más la alteraba cuando ladeaba la boca en esa media sonrisa rompecorazones.
—Mi tía hoy no viene. —Empezó a explicarse León, mientras se apoyaba contra una de las columnas del depósito y metía las manos en los bolsillos, disfrutando de ese pequeño juego de acechar a la presa—. Nos toca cambiar los libros de las vidrieras, por ende armar las nuevas. Vos te vas a encargar de eso, organizar los libros que llegaron en los estantes lo va a hacer Caro junto con Romina. Yo me voy a encargar de hacer las listas de los faltantes y toda esa perorata. Así que, además de encargarte de las vidrieras, estate atenta por si entran clientes. Hoy Marcela viene a la tarde —concluyó con un suspiro su discurso y la observó, esperando a que objetara algún punto.
—Entendido. —Fue todo lo que Roma dijo, antes de dirigirse a la planta baja y encaminarse a reorganizar las vidrieras con los nuevos títulos.
Roma sacaba los libros de la vidriera y limpiaba los estantes antes de poner los nuevos títulos. Hacer las vidrieras con las últimas novedades era algo que le encantaba. Además, asesorar a las clientas con las novelas que entraban a buscar la hacía sentir como hada madrina, porque sentía que les daba la posibilidad de explorar nuevos mundos y de vivir historias maravillosas, de enamorarse de los personajes. Roma amaba los libros, y trabajar en una librería era como su paraíso personal, le daba la posibilidad de estar en contacto con esos nuevos mundos.
Fue su padre quien la inició en el maravilloso mundo de la lectura, cuando era pequeña Giulio Casalegno solía leerle un cuento antes de ir a dormir. Le dejaba inconclusa la historia para poder continuarla a la noche siguiente, pero Roma, como no soportaba la intriga de saber cómo continuaba, a la edad de cinco años le pidió a su hermano Pietro, dos años mayor que ella, que le enseñara a leer, y así empezó con su hábito de leer antes de ir a dormir.
Como buena lectora, amaba el aroma de un libro nuevo y le fascinaba el que contenía un libro viejo, de páginas amarillas que había sobrevivido al paso del tiempo, inmortalizando a sus amados personajes, a sus amigos y compañeros de vida. Roma se refugiaba desde pequeña en la lectura, era su forma de escapar del mundo real y de la crueldad a la que estuvo sometida en su adolescencia. A pesar de que ella se mostraba férrea y superada, en su interior continuaban sangrando viejas heridas que la hacían sentirse indefensa, y sumergirse en las historias, la ayudaban a desconectarse y a sentirse feliz.
Su familia, el pilar más importante en su vida. Su madre, Magdalena, su mayor confidente. Sus personalidades eran muy parecidas, lo que les permitía entenderse con una sola mirada. Su hermano, su mejor amigo, confiaba y se refugiaba en él porque siempre la cuidaba y defendía. Pietro era como Giulio, el mismo carácter, las similitudes físicas eran patentes entre padre e hijo, la diferencia radicaba en que Pietro había heredado el color de ojos de su bisabuelo materno, turquesas como el cielo de verano, mientras que Giulio Casalegno tenía los ojos pardos. El único parecido que había entre los hermanitos Casalegno era el color negro de su pelo —el de Roma era semiondulado y largo hasta la cintura, mientras que el de Pietro, corto y al estilo desalineado— y la tez trigueña, en el resto eran el día y la noche. Pietro medía un metro ochenta y nueve, mientras Roma a duras penas llegaba al metro sesenta y tres.
Se había sumergido en sus pensamientos sin reparar que sostenía contra su pecho una antigua novela que se había colado entre las novedades del mes. La devolvió a la realidad el tintineo de la campanilla de la entrada, seguido de la voz de una anciana que frecuentaba la librería con su rostro amable y sus ojos tristes, acompañados de aquellas marcas que no representaban la edad, sino las experiencias y los envites del destino.
—Señora Carola, ¿cómo está? —preguntó Roma, volviendo a la realidad, mientras se bajaba de la vidriera y seguía sosteniendo la novela contra su pecho.
—Carola, hija, decime solo Carola —dijo la anciana mientras la tomaba de la mano—. Yo estoy como una mujer de mi edad puede estar, con el peso del tiempo sobre los hombros —finalizó la anciana en apenas un audible susurro. Roma sentía un extraño cariño hacia esa mujer, en sus ideas más íntimas, sostenía que aquella mujer había perdido a un gran amor y se refugiaba en los libros para curar el espacio vacío y el olvido a la que la habían sometido sus hijos y nietos, o tal vez nunca hubiese sido madre y su compañero de vida la había dejado sola en este mundo terrenal. Pero encontraba algo en la mirada de esa dulce mujer que la invitaba a dejar volar su imaginación.
—Muy bien, Carola, ¿en qué la puedo ayudar hoy? —preguntó, agarrándola del brazo. Sabía que no iba a comprar nada, pero le encantaba charlar de novelas rosas con aquella mujer.
—Hoy sí te voy a comprar un libro, hija —dijo con una sonrisa cómplice la señora Carola.
—Esa frase es música para mis oídos, Carola, así que dígame, ¿tiene algo en vista? —Roma supuso que sí, ya que pasaba por ahí absolutamente todos los días y daba vuelta por los estantes revolviendo títulos durante media hora aproximadamente, y charlaba otra media hora con ella.
—Tengo algo en mente, pero voy a necesitar tu ayuda.
Mientras guiaba a Roma hacia la sección de Autoayuda, le comentaba que el libro era para un amigo de su nieto que estaba atravesando una situación complicada con el sexo femenino y que ya estaba cansada de verlo soltero, refugiándose en el pretexto de que el amor no era para él, ella quería sacarlo de ese mundo por medio de un libro de autoayuda.
—Muy bien, Carola, teniendo en cuenta el panorama que usted me ha pintado, creo que este puede ser el libro perfecto para el amigo de su nieto —dijo Roma, mientras tomaba un ejemplar de Cómo superar a tu ex en diez pasos. Una vez más, Roma, había dado en el clavo asesorando a una clienta. Ambas, envueltas en un clima de risas se encaminaron a la caja, donde Romina se dispuso a cobrar y a envolver la compra de la señora Carola. Ya entregada la compra, la señora Carola y Roma se despidieron con un pequeño abrazo y promesas a futuro para tomar el té.
—Un título peculiar el que se llevaba la señora Carola —comentó Romina a Roma, mientras esta se dejaba caer con un pequeño suspiro en el mostrador.
—Es para el amigo de su nieto que está pasando una etapa de desamor —respondió Roma mientras se ponía derecha y se encaminaba a continuar con sus tareas; había visto que León se estaba acercando y no quería agregarle a su llegada tarde más problemitas.
Roma trabajó durante la hora y media siguiente con muchísimo ahínco, guardando los libros en las cajas y reorganizando la vidriera principal. Si bien no era muy habilidosa, mejor dicho, para nada habilidosa a la hora de hacer manualidades, o de tener ideas creativas con respecto al arte, era muy buena armando las vidrieras de maneras llamativas. Exponía las novedades con sus esteras correspondientes, ponía absolutamente todo de manera meticulosa para que la luz del sol no solo no les afectara demasiado a las portadas de los libros, sino que se destacaran desde cualquier ángulo por el que el público pasase. Esto era posible porque ella salía de la librería y se paseaba por el frente de la vidriera comprobando los ángulos. En un principio a sus compañeros de trabajo les llamaba la atención verla caminar y mirar de perfil la vidriera, entrar y salir, en los primeros tiempos casi se volvieron locos, pero después se fueron acostumbrando, incluso había ocasiones en que se ponían bajo sus órdenes para que ella no tuviese que entrar y salir millones de veces.
Esta no fue una de esas ocasiones, lo bueno era que Roma ya iba adquiriendo la visión de la vidriera apenas veía las portadas y las esteras que mandaban, algunas veces, las editoriales. Terminó rápido y se dirigió hacia el depósito, donde se encontraban los dispensers de agua y el armario donde se guardaba el café y las tazas. Con el calor que hacía necesitaba hidratarse, si bien en la librería estaba prendido el aire acondicionado, Roma estaba acostumbrada a tomar muchísima agua. Esta costumbre la había adquirido a los diecisiete años, cuando comenzó a hacer dieta para bajar los kilos demás que tenía, desde entonces, todos los días tomaba unos tres litros de agua. Mientras subía los escalones escuchó el equipo de música, la radio estaba sintonizada en una estación femenina, en la que comenzó a sonar El día que me quieras interpretada por Luís Miguel, el cantante preferido de Magdalena, su madre. De manera inconsciente, Roma comenzó a tararear y a bailar sola en el depósito. León, que subía de casualidad al depósito, se quedó contemplándola unos instantes e incapaz de perder oportunidad, acopló su cuerpo al de ella y la guio de manera sublime en pasos de vals, mientras que la miraba a los ojos y le cantaba en un susurro, apenas audible para ellos dos.
La canción terminó y Roma automáticamente rompió el hechizo del momento, soltándose del agarre de León.
—Las clases de baile que tomás son verdaderas —afirmó León, intentando recobrar la compostura y tratando de no sonar perturbado. Había disfrutado ese pequeño vaivén de cuerpos, hacía mucho tiempo que no gozaba del “arte de cazar” a una mujer, y nunca había bailado el vals con una, a menos que estuviera en un casamiento. Hacía mucho que él no era espontáneo con sus actos, siempre hacía todo con meticulosidad para obtener resultados efectivos.
—Por supuesto que son verdaderas —contestó ella, mientras se encaminaba a buscar su taza para tomar agua.
—Me encantaría llevarte a bailar, para comprobar si en todos los ritmos sos tan buena como con en el vals.
León estaba tentando la suerte, Roma se giró y lo miró con reproche por encima del borde de su taza.
—No empecemos, veníamos bárbaro. —Fue todo lo que dijo antes de dejar su taza y volver a la planta baja.
***
Eric seguía pensando en esa chica, esa que casi se lo llevaba puesto, esa que cada vez que recordaba le hervía la sangre. ¿Con cuántas se había cruzado esa mañana o esa semana? Con muchas, pero había algo en ella que hacía que fuese imposible quitarla de su mente. Tal vez haya sido el descaro con el que le hizo frente, sosteniéndole la mirada e invitándolo al tácito duelo verbal. Revivía aquel breve encuentro una y otra vez, y solo podía memorizar cada vez con mayor certeza las facciones de esa hermosa muchacha. Los labios en forma de corazón, de color rosado natural, apenas destacados por un brillo labial, que pedían a gritos que fueran devorados hasta dejarlos enrojecidos. La forma de sus ojos, grandes y medio sesgados, negros como el café, sus pestañas largas como las noches de invierno, y sus cejas anchas depiladas como alas de gaviotas.
—Desde que llegaste, cada cinco minutos, te perdés en una nebulosa y sonreís como idiota, ¿me querés hacer el bendito favor de contarme qué te pasa? —lo increpó Santino, su amigo de toda la vida, su compañero de banco desde jardín hasta la Universidad.
Eric había ido al departamento de Santino para debatir el caso de uno de sus pacientes, pero habían empezado a hablar de bueyes perdidos y Eric no podía dejar de pensar en la chica con la que había tropezado un par de horas atrás. Sentado cómodamente en uno de los sillones del departamento, se perdía en sus recuerdos mientras intentaba mantener el hilo de la conversación con Santino.
Se enderezó para contarle lo que estaba evocando, era al vicio intentar contarle una mentira, ya que se conocían de derecho y de revés. En realidad las únicas tres personas a las que no podía mentirles, salvo en el póquer, era a Santino, a Lucas y a Marcos. Sus amigos de siempre, ellos se apodaban Los cuatro fantásticos. Todos estudiaron medicina, pero se separaron al momento de elegir especialidades: Eric, neurocirugía; Santino, traumatólogía; Lucas, pediatría y Marcos, psiquiatría.
—No sabía que ejercías de psicólogo —comentó con sarcasmo.
—Ejerzo de amigo, así que larga qué es lo que te pasa de una buena vez —le ordenó y se preparó para escucharlo.
—No es nada importante… pero… hay alguien que no me puedo sacar de la cabeza —terminó de decir con un suspiro.
—¡Apa! ¿La conozco? —Se interesó abriendo los ojos y elevando las cejas, mientras hacía una lista mental de las amigas de su novia, que Eric conocía, y que podrían haber tenido un interludio amoroso.
—No creo, ni yo la conozco. —Con tono resignado, Eric volvió a recostarse en el sillón.
—¿Y eso? —Extrañado, Santino se enderezó en su sillón. Eric pasó a relatarle como casi se chocaron y el intercambio verbal. El cruce de miradas y como se había quedado como un idiota mirando cuando ella se fue. Le contó también que la había seguido discretamente y había visto que había entrado en una librería, que dedujo que ahí trabajaba, no solo por la vestimenta, que era igual a de las otras empleadas, sino porque la había visto armando la vidriera.
—Después entró tu abuela en la librería y se saludaron como viejas amigas.
Eric se había quedado contemplando a aquella misteriosa chica como si contemplara al pez más extraño y exótico del mundo en una pecera. La había visto quedarse con la mirada perdida en algún punto de su memoria, con una novela aferrada en sus brazos y el sol de la mañana haciendo refulgir cada una de sus facciones. Hasta que en su campo de visión entró la abuela Caro, y se tuvo que marchar de manera más furtiva de cómo había llegado.
—¿Mi abuela? —Confundido, Santino, pasó por alto la actitud de Eric de perseguir a una chica.
—Sí, tu abuela —le respondió como si de un nene chiquito se tratara.
—La librería que siempre va mi abuela es una que está acá, a cinco cuadras más o menos —comentó, intentando recordar el nombre de esa librería.
—Exacto, esa misma librería —apuntó Eric.
—Bueno, ahora que viene la abuela le preguntamos, como quien no quiere la cosa, si sabe el nombre de esa chica.
No sabía por qué, pero había algo en todo esto que le fascinaba a Santino. Tal vez el hecho de verlo a su amigo interesado en una chica, como nunca antes, ni siquiera por Melania mostraba ese brillo en los ojos cuando hablaba de ella. Y esta chica enigmática, con un simple tropiezo en la calle y una lengua rápida para retrucar, lo había dejado con sus pensamientos revolucionados. A como diera lugar iba a averiguar la identidad de esa mujer.
—Definitivamente le voy a decir a Marcos que te regale la camisita blanca, la de manguitas cruzadas que se prende en la espalda —contestó, revoleando los ojos e intentando parecer indiferente a la idea de su amigo, Eric quería disimular que esa idea se le había cruzado por la mente apenas había visto a la abuela Caro entrar en la librería y hablar con ella.
—¿El viernes nos juntamos a jugar al póquer? —preguntó, intentando desviar el tema de conversación a un terreno que no le incomodara tanto.
—Es el cumpleaños de Sofía —le recordó.
Sofía era la novia de Santino hacía tres años, de los cuales hacía dos que convivían. Se conocieron en el hospital Carson, donde trabajaban actualmente junto con Lucas y Eric. Sofía era una de las nuevas enfermeras y Santino uno de los médicos más codiciados por las féminas, apenas se conocieron se hicieron muy amigos y poco a poco Sofía fue conquistando el corazón de Santino. Ese viernes, ella cumplía veintisiete años y lo festejaban en el departamento con sus colegas del hospital y sus amigos recientes, sus compañeros de baile. El espacioso departamento les permitía hacer ese pequeño ágape, apenas corriendo algún que otro mueble para que se formara una pequeña pista de baile, por si alguno de sus compañeros de baile tenía ganas de hacer una pequeña demostración. El festejo oficial lo realizaban el sábado, ya que ninguno trabajaba el domingo. Brenda y Mariela, novias de Marcos y Lucas, también asistían junto a Sofía a clases de baile.
—¿Y no nos podemos juntar un rato antes? —preguntó Eric algo decepcionado.
—No sé a qué hora empiezan a llegar sus amigas. Sé que hay una que viene tipo 7.30 p. m. Es la que la va a ayudar a preparar los bocaditos y eso. —Con un suspiro resignado, Santino zanjó el tema de la partida de póquer del viernes. Religiosamente todos los viernes, los cuatro amigos se juntaban a jugar al póquer, mientras las tres novias comían y parloteaban en la cocina. Los cuatro bebían cervezas, fumaban algún que otro habano y apostaban pequeñas sumas de dinero.
—Avisame si es la pegajosa de Martina, así vengo tarde —dijo Eric mientras le daba un trago a su vaso de Coca-Cola helada. Martina, enfermera del hospital, estaba obsesionada con Eric, siempre intentando llamar su atención. Tuvo que pedir que la transfirieran a otro piso porque lo atosigaba constantemente.
Riendo, Santino le aclaró que no se trataba de Martina, sino de una de las compañeras de salsa de las chicas. Una que no conocían porque hacía poco que eran amigas y que tenía nombre de ciudad europea.
—¿No me digas que Sofía es amiga de Paris Hilton? —preguntó Eric irónico.
—No, chistoso. Es otra capital europea, pero en este momento no me acuerdo cuál.
—Lo bueno es que estamos a miércoles, tenés hasta el jueves para acordarte el nombre de la chica —respondió sonriendo Eric y se levantó del sillón para sacar su celular que había comenzado a vibrar.
—Luquitas. —Sabía que su amigo detestaba que lo llamaran con diminutivo, solo su abuela y las abuelas de los chicos tenían permitido hacerlo.
—Eriquito —respondió del otro lado del teléfono, Lucas, en su mejor tono de imitación de su abuela—. ¿Dónde estás?
—En casa de Santino, ¿por? —Preocupado, Eric se levantó del sillón rogando para sus adentros de que no se tratara de ninguna emergencia. Santino se enderezó temiendo lo mismo que su amigo.
—Te están buscando por todas partes. Tenés que venir urgente al hospital, tu papá quiere hacer un anuncio importante, decile a Santino que también esto le incumbe —finalizó Lucas.
—Okay, ya vamos para allá.
Eric cortó la llamada relajado. Se trataba de asuntos administrativos y no de una emergencia.
—Tenemos que ir al hospital, mi viejo quiere hacer un anuncio importante y nos quiere ahí —le informó a Santino.
—¿Anuncio importante? ¿Ahora le dice así a los cambios de horarios de las guardias? —preguntó extrañado, mientras agarraba las llaves del auto.
—Al parecer, porque no notaba preocupación en Lucas.
Salieron del departamento y se dirigieron al hospital, cada uno en su auto. Santino en su Fiat Punto negro, mientras que Eric iba en su Audi A8 de doce cilindros, negro con los vidrios polarizados. Leyéndose el pensamiento, no tomaron el camino acostumbrado para ir al hospital, sino que desviaron su ruta para pasar por el frente de la librería. Pero aquella muchacha no estaba al alcance de la vista, fijando su vista al frente una vez más, agradecía ir solo en el auto para mostrar abiertamente esa pequeña decepción de no haberla visto. No sabía que le sucedía ni de dónde provenía ese sentimiento. No alcanzaba a comprender qué le estaba pasando, solo sabía que tenía la imperiosa necesidad de verla otra vez.
Durante los diez minutos que duraba el viaje desde el departamento de Santino al hospital, Eric continuó pensando en ella y en buscar la manera de que sus caminos se volvieran a cruzar. De ser necesario, iba a ir todos los días a lo de Santino, a la misma hora, para chocar su camino con el de ella. El pensamiento, le provocó risa. Nunca había tenido que cambiar su rutina diaria para volver a ver a una chica. Lo que más lo hacía sentir un idiota era la idea de que ella ni siquiera se acordaría de él.
Llegaron al hospital, entraron a la playa de estacionamiento donde cada uno tenía su lugar reservado. Era una bendición para ellos el no tener que luchar por conseguir un espacio para dejar sus coches y pagar una fortuna. Esa pequeña ventaja que le daba ser el hijo del dueño del hospital, y sus amigos también gozaban de los beneficios. Subieron al ascensor, ubicado a pocos metros de donde dejaron los autos estacionados, y presionaron el botón al piso siete. En el quinto piso el ascensor se detuvo y abrió sus puertas, dándole paso a una enfermera. Enfermera que Eric detestaba desde lo más profundo de su ser, más que detestarla, le daba repulsión. Martina Sánchez entró en el ascensor con su habitual contoneo de caderas, su pelo teñido de colorado peinado en un rodete tirante, su empalagoso perfume y sus insinuantes ojos celestes. A decir verdad, el color de sus ojos era marrón y utilizaba lentes de contacto que no la favorecían en absoluto.
—Buenas tardes, doctores —saludó con su melosa voz.
Santino se limitó a asentir con su cabeza en señal de respuesta al saludo, mientras que Eric ni se molestó en mirarla. Algo que hizo que ella estallara por dentro, detestaba el gesto de hastío que él hacía cada vez que ella le dirigía la palabra. Sabía que ella era hermosa, cada vez que se miraba en el espejo, Martina no se encontraba defectos. Con un cuerpo que cualquier mujer mataría por tener, de grandes pechos —artificiales, pero lo que contaba era el tamaño—, con cintura muy estrecha y, a pesar de no tener cola muy respingona, no estaba mal. Ella lo había perseguido a sol y a sombra, hasta llegó a meterse en su consultorio totalmente desnuda, pero él solo se la había sacado de encima, ella había pensado que tenía que ser homosexual para rechazarla. Pero cuando le preguntó, él solo se limitó a mirarla con sus ojos cargados de impaciencia y a decirle: “No, no soy gay. Pero las tipas como vos no me van”. Fue el último cruce de palabras que tuvieron, ahora solo quedaban los cordiales saludos, que él ni se molestaba en responderle. Ese día fue el último en el que trabajó en urgencias. A la mañana siguiente fue tranferida a Hemodiálisis. De eso habían transcurrido tres meses, noventa días en los cuales Martina seguía devanándose los sesos, intentando descifrar a qué había hecho referencia con eso de “las tipas como vos”. Solo quedaba una explicación y era por demás imposible, nadie conocía su oscuro secreto.
El ascenso de los dos pisos que faltaban para llegar, a Eric se le hizo eterno. Se sentía sofocado con el empalagoso perfume de Martina, de hecho, su sola presencia lo sofocaba. Tan solo recordar lo que ella había hecho apenas había ingresado en el hospital a trabajar le daba impotencia e ira, esa mujer era una trepadora, como no había podido meterse a la bragueta del director del hospital, se había ido con el jefe de área de radiología y después había querido meterse en la cama de él; por esa razón le daba asco.
Cuando el ascensor se detuvo en el ansiado séptimo piso, sintió que los pulmones se le volvían a llenar de oxígeno. Las puertas se abrieron y se encaminaron adonde se encontraba la sala de juntas.
La sala de juntas era un despacho con paredes en color durazno y dos ventanales esmerilados enormes. Contaba con una mesa de roble ovalada con capacidad para doce personas, con sillas de oficina en color negro, el piso de parquet Guatambú y un par de obras de arte colgadas en las paredes completaban la estampa del lugar. Eric y Santino entraron después de cederle el paso a Martina, la caballerosidad era primordial para ellos, se ubicaron junto a Lucas. El padre de Eric, dueño y director del hospital, se hallaba con el semblante risueño. El doctor Tristán Carson saludó a su hijo y a su hijo postizo con una leve inclinación de cabeza.
—Bien, ahora que estamos todos, puedo comenzar a informarles los cambios que a partir de ahora van a regir en el hospital —dijo el Dr. Carson, alzando la voz por encima del murmullo en la sala, obligando a todos a guardar silencio y a prestar atención. —Como bien saben —continuó—, el hospital ha estado construyendo una nueva ala, destinada a la atención psiquiátrica, la obra ya ha finalizado. —Todos comenzaron a aplaudir, Carson padre volvió a pedir silencio—. Me complace anunciarles —retomó—, al nuevo miembro de este hospital, me costó mucha saliva convencerlo, pero gracias a Dios recapacitó y aceptó. —Esbozando una sonrisa, anunció—: Señoras y señores, les presento a Marcos Gonzales, nuevo director del ala psiquiátrica del hospital Carson.
Mientras Marcos emergía de la multitud, saludando y recibiendo las felicitaciones de sus nuevos compañeros de trabajo, los tres amigos quedaron pasmados ante la noticia porque Marcos nunca había dicho ni una palabra de que había alguna remota posibilidad de trabajar en la nueva ala de Psiquiatría, y menos que menos de ser el director. Los tres amigos saludaron a Marcos con efusivas palmadas en la espalda y con algunos reproches por mantener oculta la noticia de que iba a trabajar con ellos.
Una vez más, como en la Universidad, estaban los cuatro juntos. Se dirigieron al consultorio de Eric para conversar y para organizar un pequeño festejo esa misma noche.
El consultorio de Eric era muy sencillo, de paredes blancas, con un escritorio de roble, con sillones de escritorio revestidos en cuero negro y una camilla. Una vez que entraron al despacho y cerraron la puerta, los cuatro amigos se pusieron cómodos. Eric se sentó en el escritorio en la parte que daba al público, Lucas en uno de los sillones, mientras que Marcos y Santino se sentaron en la camilla.
—¿Por qué nunca nos contaste que mi viejo te estaba reclutando?
—Porque sabía que si lo hacía me iban a presionar —se defendió.
—¿Qué te hizo aceptar? —preguntó Lucas. Sabían que era un hueso duro de roer y que cuando no quería aceptar algo no había manera de hacerlo cambiar de opinión.
Marcos agachó la cabeza y la volvió a levantar. Respiró hondo y enfrentó a sus amigos, que lo miraban expectantes.
—Me voy a casar. —Su miedo era que sus amigos le reprocharan este gran paso que estaba por dar.
Le había pedido a Brenda casamiento el fin de semana anterior. Necesitaba asegurarse un buen trabajo y aunque ganaba bien en su consultorio privado, no le era suficiente para planear un futuro con hijos y darles un muy buen pasar económico. El Carson no solo le ofrecía eso, sino que además él iba a ser su propio jefe en uno de los hospitales más privilegiados del país, con horarios flexibles y no esclavizantes como en su consultorio. Iba a poder ser padre presente y un buen marido. Amaba a Brenda con locura, ella, su novia desde su primer año en la Universidad, desde el día en que la vio en una mesita de la ciudad universitaria, leyendo a Freud con su café ya frío. Con su pelo que le llegaba a los hombros, abrigada como para cruzar el polo Norte, su blanca piel se enrojecía en las mejillas y en la nariz. Tan concentrada estaba en la lectura que no se daba cuenta de que su café hacía rato había dejado de estar caliente, se dio coraje para salir de la fotocopiadora, acercarse a ella e invitarla con otro café. Hasta el día de hoy no sabía qué fue lo que lo llevó a ir a esa fotocopiadora ubicada en frente del bar de la Universidad aquella fría mañana de agosto, no sabía cuál fue el impulso que lo obligó a cambiar su camino habitual, pero lo agradecía desde lo más profundo de su ser, porque conoció a su primer y único amor, a ella, que le adivinaba los pensamientos y con quien podía mostrarse tal cual era, sin máscaras, se sentía tan cómodo con ella como con los chicos. No cabía duda, era ella, era la mujer de su vida, con quien se veía envejeciendo. Era ella la que le iba a dar el maravilloso milagro de ser padre, y a la única que se imaginaba como madre de sus hijos.
La noticia los tomó desprevenidos y se quedaron en silencio unos segundos antes de poder reaccionar. Cada uno cavilando su propia situación. Lucas pensaba que Mar iba a empezar con las indirectas sobre el matrimonio. Santino sabía que para Sofía el hecho de convivir era un gran paso y que por el momento se conformaba, pero seguía soñando con el vestido blanco y la gran fiesta. Eric, por una fracción de segundos, volvió a revivir el momento en el que él también había decidido casarse, error que casi le costó la vida. Decidido a dejar esos pensamientos de lado, ya que Brenda no era Melania, veía la adoración con la que miraba a su amigo y viceversa.
—¡Digan algo, por el amor a Cristo! —Exasperado, Marcos brincó de la camilla y contempló a sus amigos.
—Perdón, amigo, estábamos pensando en la despedida de soltero —se excusó Eric, se levantó para darle un abrazo con palmadas en la espalda y para expresarle sus más sinceras felicitaciones. Lucas y Santino imitaron a Eric, y la pequeña tensión que se había formado en el ambiente se esfumó, llenándose el espacio de risas y bromas.
Más relajado, Marcos los invitó a una salida de siete, para festejar el nombramiento, su compromiso y su próximo casamiento.
—Las buscamos a las chicas en su clase de salsa y nos vamos directo a tomar algo —propuso Marcos, todos aceptaron, aunque Eric no tenía novia, los acompañaría de igual modo.
—¿Alguno se acuerda de qué capital europea tiene el nombre la amiga de las chicas? —Santino seguía dándole vueltas al asunto.
—¿Otra vez con lo de Paris Hilton? —Sarcástico, Eric revoleó los ojos y se cruzó de brazos.
—No, no es París. Es Roma —corrigió Lucas.
—¡Esa, esa era la capital! —asintió Santino.
—Según me cuenta Brenda, es una divina, pero con un carácter tremendo. De esas que son rápidas retrucando.
—Igual que tu “Dama misteriosa”, Eric.
Ante esa referencia, Eric pensó que iba a estrangular a Santino. No quería hablar de ella todavía.
Marcos y Lucas lo observaban con los ojos abiertos y esperando una explicación. Ante el mutismo de su amigo, Santino decidió intervenir y relatar lo que Eric le había contado más temprano.
—¡¿La seguiste?! —exclamaron al unísono Marcos y Lucas, los tomaba por sorpresa esa actitud de espía de Eric, y más que tuviera que seguir a una mujer, cuando de todos, era al que más hostigaban las féminas.
—No… sí… No... Bueno, sí, técnicamente creo que si es seguir —dijo mientras se bajaba del escritorio, rodéandolo y comenzando a abrir los cajones, buscando la excusa que lo ayudase a evadir el tiroteo de preguntas al que lo iban a someter sus amigos.
—¿Desde cuándo andas jugando a ser James Bond? —lo increpó Marcos. Eric solo se encogió de hombros y guardó silencio.
—Lo que más me llama la atención es que vos, justamente vos, andes persiguiendo mujeres —bromeó Marcos.
—Con respecto a lo que me impulsó, no sé bien como definirlo. Solo sé que sentí el impulso de ver a dónde se dirigía y de volver a verla. Nada más.
Con esto, Eric dio por concluido el tema y se fue, azotando la puerta al cerrarla. Dejando a sus amigos anonadados por su conducta; no solo con lo de esa mañana, sino con el que mostraba en ese momento.
—Menos mal que ahora tiene a un psiquiatra cerca —comentó Lucas con la mirada clavada en la puerta por donde había desaparecido su amigo.
Capítulo 2
La jornada laboral de Roma estaba llegando a su fin, con tanto calor no hubo mucho movimiento en la librería. Solo un par de clientes, y el resto del día se la pasó ordenando libros, sacudiendo y corroborando que cada género estuviera en su sección correspondiente. Pero, básicamente, todo el santo día estuvo tratando de sobrevivir a las miradas asesinas de Marcela.
Lo que a Roma le molestaba sobremanera de Marcela era que además de trabajar medio turno, no hacía nada y se la pasaba revoloteando alrededor de León. No eran celos lo que la impulsaba, si por ella fuera que tuvieran sus aventuras en el depósito todos los días. Lo que le molestaba era que se creía la jefa y se molestaba con ella por el solo hecho de verlo a León persiguiéndola. Roma se decía que si ella comprendiera el modus operandi de León, iba a dejar de ser una insufrible. Lo que la alegraba era que faltaban quince minutos para la hora acordada con Jonás. Quince minutos para que su día terminara, al menos en la librería. Los quince minutos más eternos parecen ser siempre los últimos o los más ansiados.
Al fin, el reloj de pared anunciaba las siete y media de la tarde, si bien la librería cerraba a las ocho de la noche, ella los días que tenía academia de baile, se retiraba media hora antes.
Jonás tocó bocina, anunciando su llegada, Roma se despidió veloz de sus compañeros y salió corriendo al encuentro de su amigo. Subió al auto de Jonás, un Fiat Uno rojo con vidrios polarizados.
—¡Romitaaa! —la saludó efusivo.
—Jonás, porfa, la próxima llegá y veinte. Pensé que me iba a morir de aburrimiento.
—Veo que tuviste un día calmo. Contame qué hiciste.
—Nada nuevo para variar, bah… Me peleé con alguien en la calle, creo que eso fue lo único interesante —contestó mientras se cambiaba de ropa en el asiento trasero. En su cartera, llevaba una muda de ropa los días que tenía clases de baile. Su atuendo consistía de zapatos de baile, una calza negra y una musculosa blanca.
—Vos y ese carácter, algún día te van a dar un sopapo.
—¡Ja! Que alguien se atreva y va a experimentar lo que es crecer con un hermano mayor y su grupo de amigos. Te aseguro que de eso no se sale ilesa. Aprendí boxeo con mi hermano y tiro al blanco con el resto —le contó Roma, mientras se cruzaba al asiento delantero, ya cambiada, y se sacaba la hebilla que le sujetaba el pelo, dejándolo caer en una cascada ondulada y negra. Le gustaba bailar con el pelo suelto, se sentía libre.
—¿Y qué tal estaba el tipo?
Mientras hacía memoria, se le deslizó el fugaz recuerdo de esos ojos verdes, la intensidad con la que esos destellos dorados la penetraron en lo más profundo de su ser. Recordó detalles que había pasado por alto, como su pelo castaño que lo llevaba largo hasta la base del cuello, otorgándole un aspecto sexy y primitivo.
—Mmmm no estaba mal —fue todo lo que dijo, encogiéndose de hombros.
Los diez minutos restantes de viaje, se la pasaron hablando de la relación de Jonás con Richard. Últimamente, vivían discutiendo. Jonás quería que se fuesen a vivir juntos y él quería seguir viviendo con sus padres. Lo que realmente quería Jonás era que Richard aceptara que era gay ante su familia, o que por lo menos aceptara que era bisexual. Siempre llegaban a la misma conclusión, Roma decía que le faltaban huevos para afrontar las cosas y Jonás sostenía que no era fácil salir del closet. Como de costumbre, Jonás lo terminaba defendiendo y Roma daba su punto de vista. Sentía impotencia de que su amigo se resignara a mantener una relación con un tipo que no tenía lo que hacía falta para gritarlo a los cuatro vientos, no había excusas.
Llegaron unos minutos antes, lo que les daba tiempo para ponerse al día con las chicas. Su grupo de amigas de baile estaba integrado por Brenda, Mariela, Sofía y Jonás. Todos tenían varias similitudes en su carácter y eso fue lo que los hizo entablar una amistad. Roma era la única soltera del grupo, no era algo que le pesaba, según sostenía, estaba bien sola. Aunque secretamente anhelaba un pequeño romance, alguien —que no fuera su hermano— que la fuera a buscar a la salida de cada clase de baile, o del trabajo. Que le mandara mensajes o la llamara por teléfono, que la invitara a salir…
—¡¡¡¡Chicoossss, menos mal que llegan, ya no aguanto más!!! Tengo un notición que contarles —dijo Brenda, mientras corría y saltaba hacia ellos. Roma supuso que eran los últimos en enterarse ya que Mariela y Sofía venían a su encuentro con una sonrisa enorme y a paso tranquilo. Y antes de que pudieran preguntar lo que pasaba, Brenda tiró la bomba.
—¡¡¡ME CASO, ME CASO!!!! Marcos me propuso casamiento el fin de semana.
Roma y Jonás gritaron al unísono, mientras abrazaban y saltaban de alegría junto a la flamante novia.
—Nosotros te regalamos el show de baile —propuso Jonás, mientras tomaba a Roma de la cintura. Eran la mejor pareja de baile, no solo en los ritmos latinos, también en tango lograban hacer arder el piso. Eran muy buenos bailarines y eso que eran principiantes. Pero él solía decir “cuando se tiene talento, no importa cuanto lleves tomando clases”.
—Absolutamente de acuerdo, compañero. Es más, armemos el show con bachata, una coreo con algo más rápido y después para cerrar una o dos coreos con tango electrónico.
Roma realmente estaba emocionada, amaba los casamientos y más dar un show en uno, en realidad ese iba a ser el primer evento en el que iba a actuar como animadora de fiestas, a menos que contaran las infantiles que de vez en cuando ayudaba a animar a Caterina.
—Pero ustedes van de invitados, no de show girls.
—Gracias por la integración al género, Brendita, pero tenemos que darte algo alucinante e inolvidable. —Dando el asunto por cerrado, Jonás se dirigió a la academia.
—¡No tan rápido, Fred Aster! —lo llamó Sofía—. Todavía tenemos algo que proponerles. —Mientras lo miraba y se cruzaba de brazos, con gesto que no admitía reproche a lo siguiente que iba a decir, esbozó una pequeña sonrisa maléfica y continuó—. Esta noche, salimos a comer y a tomar algo tranquilo para festejar la noticia del casamiento y que Marcos tuvo una muy buena oferta de trabajo. Vienen nuestros novios y un amigo más de ellos, Eric, se llama. Quiero que vengan, sobre todo vos Roma.
Roma no sabía qué decir, no quería ninguna especie de cita a ciegas, era cierto que hacía mucho que no salía a tomar algo a mitad de semana, al día siguiente trabajaba, pero si volvía en taxi temprano, o por lo menos a media noche, podía dormir hasta las ocho de la mañana, bañarse e ir a trabajar.
—No traje ropa para cambiarme —se excusó.
—Simple, te volvés a poner las chatitas y estás lista. No tenés pretextos, vas sí o sí.
Definitivamente, Roma detestaba el sentido práctico de Mariela.
—Esta noche no puedo, viene Richie a casa —se excusó Jonás.
—¡¡¡Ay, Jonáaaas!!! No me podés dejar sola en esto, ¿qué voy a hacer SOLA en una salida de parejas con un tipo que ni conozco?
—¿Socializar? —preguntó irónico, dando por zanjado el asunto.
Sofía, Mariela y Brenda se miraban de manera cómplice. Habían estado organizando ese encuentro desde que se enteraron de que Roma era soltera, pero siempre que la invitaban sucedía algo que impedía el encuentro. Eric con alguna operación de último momento, Roma con pretextos baratos. Esta era la oportunidad que tanto estaban buscando para presentarlos. Estaban seguras de que harían una pareja con mucha química. Los dos eran de carácter fuerte y utilizaban mucho el sarcasmo. Contaban los minutos para ver los duelos verbales que podrían batallar esos dos.
—No se diga más, esta noche, salida de ocho —dijo Sofía, mientras pasaba por el lado de una abatida Roma, y se iba contoneando hacia la puerta de entrada del salón donde se dictaban las clases de baile.
Ingresaron los cinco y se ubicaron en sus posiciones correspondientes. El salón era bastante grande, y lo que Roma más amaba era el enorme espejo, tenía cierta fascinación por los espejos. Paredes color pastel, luces de colores y pisos de símil mármol pulido revestían el salón de baile.
La clase de los miércoles era dedicada a la bachata. Había muchos a los que les costaba enganchar el ritmo lento con los pasos y los pases de la salsa combinados con la lambada, Mariela era una de ellas. Por lo general, la que siempre la ayudaba y la guiaba era Roma. Por esa razón era que Lucas se acordaba de ella. Además de haberla acercado un par de veces hasta la casa cuando el hermano de ella se demoraba o no podía ir a buscarla. No podía permitir que ella se fuese sola a casa a las diez de la noche en un taxi, era algo inadmisible siendo que él la podía llevar y de paso evaluarla como candidata para su amigo. Lucas estaba al tanto de lo que su novia y las chicas planeaban, cuando la vio por primera vez dedujo que era imposible que a Eric le gustara, era bajita. A Eric le fascinaban las modelos raquídeas, de largas e interminables piernas y de busto de dudosa presencia en el corpiño. Pero fue escucharla hablar, con firmeza y seguridad, con rapidez e inteligencia que no tuvo dudas, no había nada que no apreciara Eric que la inteligencia en una mujer, eso sin duda era lo que más le seducía. Por eso accedió a secundar la ocurrencia de su novia.
Mientras Roma bailaba y contoneaba las caderas, llevada a la perfección por Jonás, era totalmente ajena a la mirada que la estaba horadando, casi incrédula y bastante furiosa por verla agarrada por un tipo.
Eric estaba sorprendido de volverse a encontrar a ese pequeño terremoto que casi lo llevaba puesto esa misma mañana.
Cuando aceptó ir a cenar algo con sus amigos y sus respectivas novias, e ir a buscarlas para no perder tiempo, jamás pensó que la iba a volver a ver ese mismo día.
No se negaba que la había mentado un par de veces más, después de retirarse furioso y confundido de su oficina. Se había dirigido al despacho de su padre, donde se puso al tanto de los nuevos horarios de las guardias. Ahora él trabajaba diurnamente los días lunes, miércoles y viernes. Mientras que los martes y jueves, hacía guardia nocturna; y los fines de semana, le tocaban guardias pasivas. Es decir, en caso de algún grave accidente y de no dar con el otro neurocirujano o de quedarse sin cirujanos lo llamaban a él. Había salido del despacho de su padre y había ido al bar del hospital, rogando no encontrarse con ninguno de sus amigos, no estaba de humor para soportar el atolladero de preguntas, no quería que siguieran indagando y menos que empezaran hacer suposiciones de algo que ni él estaba seguro. A lo mejor, meditó, el calor y la sed que tenía en el momento lo hicieron tener alucinaciones. Se dijo que ese era el pretexto más estúpido que un médico con especialización en neurocirugía y graduado con honores, de treinta años, podía inventarse. Volvió a su despacho, no sin antes comprobar dónde estaban cada uno de sus amigos, se dijo que estaba teniendo comportamientos bastante infantiloides y que, en cualquier momento, Marcos iba a tomar cartas en el asunto y a darle un tratamiento de electroshock, aunque eso no era algo que se siguiera practicando. Se pasó el día dando vueltas por terapia intensiva, controlando a los enfermos y dando partes a los parientes.
Cuando su turno terminó, ya casi cayendo el atardecer, a eso de las ocho de la noche, se dirigió a su casa, se dio una ducha rápida; más que nada para sacarse el olor a hospital. Se puso sus mejores jeans azules, una remera blanca y sus zapatillas de vestir. Se perfumó con generosidad y se dirigió donde le habían indicado sus amigos que se iban a juntar, en la academia de baile a la que asistían sus novias. Había estacionado apenas dos segundos antes de que llegaran los otros. Descendió del auto y se dispuso a esperar, apoyado en el capó del auto con los brazos cruzados cuando se dignó a mirar en dirección al salón y la vio. Bailaba a la perfección y el imbécil que la guiaba también.
«¿De dónde sale este calor que me recorre la sangre por verla bailar y coquetear con otro?», se preguntó. Sabía que era una locura, no podía sentir esa molestia, no tenía ningún derecho si solo se habían cruzado esa mañana y el encuentro había sido un choque y una pequeña discusión. Aunque admitía que ese pequeño interludio fue como un shock de energía.
Santino, Lucas y Marcos se acercaron a saludarlo. En ningún momento mencionaron lo sucedido al mediodía. Estaban viendo que eran las nueve y media de la noche, aún faltaba media hora para que la clase acabara y se pusieron a hablar de qué tipo de decoración iba a utilizar Marcos para su despacho.
—¿Por qué tenés esa cara de asesino, Eric? —preguntó Santino.
—Es ella. —Señaló con el dedo índice hacia la muchacha que bailaba como una profesional, Eric sentía que volvía a hablar de más.
—¿Qué pasa con Roma? —Lucas no entendía a lo que hacía referencia su amigo.
—¡¡¡No jodas!!! —exclamó Marcos, entendiendo a lo que se refería su amigo con eso de “es ella”.
—Ella, ¿qué? —se exasperó Lucas.
—¡Por Dios! Qué lento que sos, Lucas Lavarano, ella es con la que Eric se tropezó esta mañana —le explicó Santino.
—¿Roma?
—Al parecer, así se llama. Pero por lo visto, tiene novio. —Sonrió con maldad, Eric meditó la manera de conquistarla y de demostrarle que el imbécil ese era una pusilánime a su lado.
—Si lo decís por el tipo que baila con ella, te aseguro que tenés más probabilidades vos de que te dé pelota que ella —le comentó Marcos, mientras inútilmente intentaba sofocar una carcajada. El semblante de Eric se relajó sobremanera y no pasó desapercibido el suspiro de alivio que exhortó desde lo más profundo de su pecho.
—¿Se puede saber que es lo gracioso? —Eric no entendía de qué se reían sus amigos.
—Vos, de James Bond a asesino serial, y todo en un mismo día y por una misma mujer —explicó Marcos, intentando recuperar el aire.
Eric no dijo nada, simplemente fulminó con la mirada a sus amigos y, chasqueando la lengua, se dispuso a acercarse un poco más al ventanal para verla bailar. Se notaba que disfrutaba bailando, veía el brillo en sus ojos y su deslumbrante sonrisa de perfectos y perlados dientes. Discretamente, se volvió al lugar de donde se había alejado mientras se percataba de cómo lo observaban sus amigos, que seguían con las miradas cargadas de risas.
Roma terminó la coreografía y se dirigió hacia su cartera a buscar su teléfono, se fijó la hora, diez menos cuarto de la noche, tan solo quince minutos quedaban para finalizar la clase, deseó que fueran eternos. Buscó el número de su hermano en el directorio de contactos de su móvil y apretó la tecla de llamada, al tercer timbre un ofuscado Pietro respondió.
—Hermanito, era para decirte que hoy no me vengas a buscar.
—¿Por qué?
—Porque me voy a tomar algo con las chicas de salsa y no te voy a hacer ir a buscarme. Me vuelvo en taxi.
—¿Vos querés que el pa me corte las pelotas, no? —Del otro lado de la línea, Pietro se restregaba los ojos y sonreía cansado. Acababa de terminar su relación con Lucía, su novia desde la secundaria y el trámite no había sido tan fácil como había pensado.
—No seas exagerado, ya llamo a casa y explico el porqué de mi llegada a deshora.
—Oka, nos vemos en casa. —Y así sin más, Pietro le cortó el teléfono. Desconcertada, Roma marcó el número de su casa. Agradeció que su madre fuera quien atendiera el teléfono, eso significaba que la llamada iba a ser breve, Magdalena se las arreglaría para calmar a Giulio y que no la llamara para hacer una investigación minuciosa sobre con quién y a dónde se iba.
—Entonces tu hermano se viene para casa —supuso Magdalena.
—No sé, ma, creo que estaba discutiendo con la idiota de Lucía.
Roma no podía evitar destilar veneno contra la novia de su hermano. Ellas habían sido compañeras de secundario, Lucía era la típica chica popular y hermosa, algo que Roma nunca fue. El grupo de amigas de Roma del secundario habían sido Ángela, María, Caterina y Josefina. Juntas, las cinco, eran inseparables, como eran vecinas estaban todo el día juntas, organizaban la semana para ir a casa de cada una a almorzar y quedarse hasta la hora de la cena. Estudiaban juntas y se contaban absolutamente todo. Eso sin contar que sus hermanos eran amigos, eran un grupo increíble. Hasta que las hormonas empezaron a revolucionarse, Roma se enamoró de Estéfano, el hermano de Ángela, pero este solo parecía mirarla como a su hermanita y el amor del hermano de su mejor amiga fue a parar a la mejor amiga de Lucía, cómplice de las maldades que solían hacerle a Roma, Elsa. Roma no demostraba amabilidad hacia ninguna de ellas, motivo por el cual discutía constantemente con su hermano. A Lucía y a Elsa las dejaba como idiotas, siempre que podía, delante de los chicos. El sarcasmo siempre fue su mejor arma. Hasta que Lucía encontró su diario íntimo y descubrió lo que sentía por Estéfano. El día que lo sacaron a la luz, Roma creyó morir. Pero sacó fuerzas y enfrentó a su hermano y a sus amigos, con el apoyo de sus compinches, y confesó que alguna vez le habían pasado cosas con Estéfano, pero que eso ya era harina de otro costal, explicó que había madurado y que era normal sentirse atraída por alguien. Para sus adentros agradeció que el diario no estuviera fechado, así que alegó que era cosa de cuando ella tenía doce años, que tres años hacían mucha mella en los sentimientos de una persona. Durante mucho tiempo, Estéfano no supo cómo tratarla, hasta que ella le aclaró que ya no sentía nada por él, que no se preocupara y continuaron como si nada. Aunque Roma lo amó mucho tiempo en secreto. Pasaron los años, Roma sufrió transformaciones en su cuerpo, perdió peso, le aparecieron pechos y sus nalgas eran un sueño. Fue entonces cuando Estéfano comenzó a mostrarle interés, pero para Roma ya era tarde, y desde entonces existía entre ellos un pequeño histeriqueo. Realmente, ella disfrutaba volviéndolo loco.
—¿Cómo sabés que estaban discutiendo?
—Conozco a mi hermano, ma. Y ya dejá de preguntarme que me tengo que ir, besos. Te quiero.
—Besos, hijita. Cuidate, ¿sí?
—Sí. —Cortando el teléfono y exhalando un pequeño suspiro, Roma se volvió hacia el ventanal y lo vio.
