Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cerca del estanque de Malicorne, frente al gran sauce llorón que se refleja en el agua serena, hay un banco. Hubert Reeves, astrofísico y célebre divulgador científico, lo llama «el banco de ver pasar el tiempo». En él se sienta a menudo para tratar de aprehender el delgado hilo del tiempo que nos trae todo a lo largo de nuestra existencia. Allí es donde a veces se le ocurren algunas preguntas: «Me da la sensación de que forman parte del curso de una larga interrogación sobre este mundo, que me maravilla, me fascina y al mismo tiempo me preocupa. Reflexionar sobre ellas también es tratar de tranquilizarse». En estas "Meditaciones cósmicas", las más complejas cuestiones científicas se dan la mano de las más hondas inquietudes humanas: la infinitud, el paso del tiempo, el progreso, la religión, la naturaleza, la muerte, y un largo etcétera. Reeves trata sobre todo ello con cercanía, invitando al lector a que, por sí mismo, forje su propia cosmovisión.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 258
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
HUBERT REEVES
Meditacionescósmicas
Traducción de Magalí Martínez Solimán
PREFACIO
1.VISIONES DEL MUNDO
En casa en el universo
La potencia de perennidad
Las estrellas son nuestras abuelas
Homenaje a los genios del bricolaje
El universo tiene una historia
La radiación fósil
Una bonita historia
La naturaleza es inteligente
¿La bella indiferente?
Encantar de nuevo el mundo
Leyes fértiles que estructuran el universo
Los juegos predilectos de la naturaleza
Aumento de la complejidad
El mundo es extraño
Consciencia del universo
2.EL LUGAR DEL HOMBRE EN EL UNIVERSO
Heridas narcisistas
Auguste Blanqui y el eterno retorno
Schopenhauer o la negativa a vivir
Las frustraciones de Nietzsche y de Camus
Claude Lévi-Strauss: la muerte térmica del universo
Jacques Monod: ¿está la materia preñada de vida?
El argumento de las escalas de tiempo: Mark Twain
Sobre la precariedad de las visiones del mundo
3.CREENCIAS Y RELIGIONES
¿Soy creyente?
Papá Noel no existe
Más allá de mí mismo
¿Hay alguien al otro lado de la línea?
El awe cósmico
Dios de las brechas
¿Y Dios en todo esto?
Un querer oscuro
Dios ya no es lo que era
¿Azar o Dios?
Ciencia y religión
Juramento de Mileto
Lo que la religión ha inspirado
El fenómeno Jesús
¿Creer sin ver?
Credos tóxicos
La verdad: una tenaz ilusión
4.EL COSMOS Y LA VIDA
La historia de mis átomos
La vida terrestre se ve desde el espacio
La Tierra gira
Un volcán en Islandia
Un oasis en un desierto
Observar el mundo
El reciclaje grandioso de los átomos
¿Por qué la consciencia?
Carta a un niño que va a nacer
¿Hay que concebir criaturas?
«Ahora y en la hora de nuestra muerte»
Hacer frente a la voluntad cósmica
5.ECOLÓGICOS
Stanislav Petrov
A propósito de la bomba atómica
James Hansen: un pionero
¿Qué ha sido de las ranas?
Una historia menos bonita
La inteligencia, ¿un regalo envenenado?
Las tortugas nos dan lecciones
Poner fin a la sexta extinción: una segunda oportunidad
Los temibles dos años de edad
¿Hay que preservar la humanidad?
Humanizar la humanidad
Un proyecto utópico
Las neuronas espejo y la compasión
La democracia para el humanismo
Una moral cósmica
Artesanos del octavo día
Las tres luminarias
La ciencia en la plaza pública
Los «mejores ángeles de nuestra naturaleza»
6.EL DESPERTAR VERDE
Primeros militantes
¡Vivan las ballenas!
La estrategia de los placeres
Los animales no son tontos
La condición jurídica de los animales
El fin de las islas
Los «Oasis Nature»
¿Vegetarianos?
¿El mejor de los mundos posibles?
La naturaleza no deja residuos
Implicarse en la protección del medio ambiente
Integrar las actividades humanas en la naturaleza
¡Buenas noticias del Vaticano!
Homenaje a los pasos pequeños
Los riesgos del decrecimiento
7.«ME CANTABA EN LA CABEZA»
Charles Trenet
La Sinfonía pastoral
La Misa en si menor de Bach
La muerte de Claudio Abbado
Mozart en la radio
Muerte en Venecia
Valses de Strauss
¿Salvará la belleza al mundo?
«Tercera edad, aquí estoy»
Escuchando El Mesías de Haendel
8.¿QUÉ SÉ?
El misterio del mundo
Conocer es una manera de tranquilizarse
El sentido de las palabras
Materia y espíritu
Materia e información
En tiempos de los dinosaurios…
Información y complejidad
La fábula del mono mecanógrafo
El pedestal de nuestro conocimiento
El imperio de los números
La virginidad del hoy
Las trampas del pensamiento
El mapa no es el territorio
Desconfiar de los «grandes principios»
La memoria selectiva
Hay algo de «esto»; no hay «sólo esto»
¿Qué significa la palabra «explicar»?
Los riesgos de jugar a ser profeta
Los australianos no están boca abajo
La lógica tiene una historia
La visión de Spinoza
¿Quién creó a Dios?
«¡Cuántos reinos nos ignoran!»
¿Y si estuviera equivocado?
El puchero en el que fermenta la poesía
«¡París bien vale una misa!»
9.EL MARAVILLOSO AZAR
Bohr y Einstein
El azar premiado
Demócrito, el azar y las leyes
El palo roto
El tiesto de flores y el azar
El efecto mariposa
Los cristales de nieve: una legislación flexible
10.CUANDO LA MATERIA SE ESTRUCTURA
El agua hierve, la vida aparece
La generación espontánea
La actividad de las estructuras en el universo
Penetración y difusión de la información
El universo no es un tablero de ajedrez
La cosmología de Henri Bergson
Los autómatas celulares
11.ASUNTOS COSMOLÓGICOS
¿Cuál es la edad del universo?
La historia del universo
Las estrellas dan vida a los átomos
El fuego de la existencia del mundo
Los puntos débiles de la teoría del Big Bang
La expansión del universo y el enigma de la noche negra
Un universo de pura luz
Ha nacido una nueva astronomía: las ondas gravitacionales
Masa y energía oscura: dos huéspedes inesperadas
El argumento de las tres ventanas
El futuro de la vida
El despliegue de las fuerzas de la naturaleza
El multiverso o los universos
¿Acaso somos todos marcianos?
12.COMPLICIDADES
Un consejo de Victor Hugo a los científicos
Las piedras caídas del cielo
Unas leyes fértiles
Bosques con símbolos caros a Baudelaire
13.TEMAS NEBULOSOS
¿Existe el mal?
Preguntas antes de dormir
La hora de la muerte
El fin del mundo
La nada
El tiesto de flores (continuación)
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS
A través del espacio el universo me abarcay me engulle como un punto,a través del pensamiento, yo lo abarco a él.
BLAISE PASCAL
Hierbas locas de atar, rocío de mi sinrazónbajo la mesa de las colinasbusco un lugar para un niño que escucha mucho.
PIERRE DUBOIS
Cerca del estanque de Malicorne, frente al gran sauce llorón que se refleja en el agua serena, hemos colocado un banco. Lo hemos llamado «el banco de ver pasar el tiempo». Me siento en él a menudo para tratar de aprehender el delgado hilo del tiempo que nos trae todo a lo largo de nuestra existencia.
Allí es donde a veces se me ocurren algunas preguntas. Me da la sensación de que forman parte del curso de una larga interrogación sobre este mundo, que me maravilla, me fascina y al mismo tiempo me preocupa. Reflexionar sobre ellas también es tratar de tranquilizarse.
Este libro, nacido de los momentos de reflexión ante el estanque, se presenta como una secuencia de propósitos variados sobre temas que me importan. Nada definitivo, sólo cosas provisionales que actualizar, indefinidamente. Destinado a quienes se preguntan sobre el gran misterio de la realidad en la que nos proyectamos durante un tiempo.
Aun cuando varios temas ya los he esbozado en mis libros anteriores, por mor de completitud presento aquí a veces algunos de ellos en síntesis.
No es preciso leer esta obra de manera seguida. Se puede hojear como un conjunto de notas sobre temas variados, vistos en ocasiones bajo ángulos diferentes. Los presento de esta forma, asumiendo con ello mi dificultad por abordarlos sin traicionarlos.
Nuestra manera de aprehender la realidad y de forjar nuestra «visión del mundo» está poderosamente influenciada por nuestros afectos, nuestros gustos y nuestros prejuicios. Pero también por la cultura en la que vivimos y por la educación que hemos recibido. Mi propósito aquí es desentrañar en mí todos estos factores. Expresar lo que se desprende de mis experiencias vitales y de mi profesión de astrofísico para presentárselo a quienes me hacen el honor de interesarse por ello. De entregar lo que se llama las «convicciones íntimas», que desempeñan un papel fundamental cuando evaluamos una situación o tomamos una decisión.
No me comprometo a ser coherente en mis planteamientos. Del mismo modo que cambian nuestros humores, nuestra visión del mundo puede verse afectada por los avatares de la existencia, por nuestras emociones e incluso por el tiempo que haga ese día.
He añadido a estas notas algunos ejercicios que sugiero a quienes lean el libro como «fichas de prácticas». Su objetivo es acompañar el conocimiento adquirido mediante gestos que supongan una actividad mental y sensorial. Los sentidos se suman a la mente para que percibamos mejor nuestra presencia en el mundo.
He tratado de hallar las referencias exactas de las citas que utilizo. Algunos textos están en mi memoria desde hace mucho tiempo. No siempre he conseguido identificar su origen. Las referencias que he podido encontrar están agrupadas al final del libro.
Este gran universo que se abre ante nosotros, cuando miramos a simple vista un cielo estrellado o cuando lo observamos con un telescopio, es preciso aprender a identificarlo como nuestro hábitat, nuestra casa común, nuestro hogar. Es la sede de todos los fenómenos que nos han llevado a existir y a ser lo que somos. Alberga la totalidad de nuestra historia: pasada, presente, futura. Es su receptáculo.
Gracias a sus obras, que se extienden a lo largo de miles de millones de años y de miles de millones de años luz, podemos mirar el suelo bajo nuestros pies, tomar consciencia de nuestra presencia en un planeta azul, cerca de una estrella amarilla, el Sol, en una suntuosa galaxia blanca, la Vía Láctea, una ciudadana del cúmulo de Virgo, localizado a su vez en la inmensa región cósmica denominada Laniakea, y decirnos: «¡Ésta es nuestra casa!».
Esta mañana, mientras desayunaba, he cogido un melocotón del frutero. Lo he cortado con un cuchillo. He sentido bajo mis dedos la resistencia del hueso. Su presencia dura y áspera en el corazón de las tiernas capas de pulpa me ha recordado su función en el futuro de su estirpe. Lo he plantado en la tierra de un tiesto. De él tal vez nazcan descendientes. Éstos a su vez florecerán y sus enternecedoras flores rosas de melocotonero darán color a la primavera. Otras personas se deleitarán con sus frutos.
Me he levantado. He echado una mirada amorosa a las begonias que adornan el armario de la cocina. A los estambres, al polen que ya se divisa. Me he sentido rodeado de estos órganos que portan las promesas de futuro, que anclan el futuro en el presente. Son sus garantes. Sin ellos la vida se extinguiría inexorablemente. Como al parecer ocurre con los demás planetas del sistema solar, nuestra Tierra sería estéril.
Un aspecto admirable de la vida es su capacidad para durar, para perpetuarse en unas condiciones en ocasiones extremadamente hostiles. Lo que cabe llamar su potencia de perennidad. Los grandes helechos de mi cuarto de estar son los descendientes de una estirpe que se ha reproducido con éxito millones de veces. A lo largo de unos tres mil millones de años de existencia, la vida terrestre ha sufrido una serie de crisis y de perturbaciones geológicas, climatológicas y meteoríticas que habrían podido aniquilarla infinidad de veces. Ha sobrevivido. Durante los últimos mil millones de años, se cuentan no menos de cinco grandes episodios de extinciones masivas que han eliminado fracciones fundamentales de especies vivientes. El tercero, el del Permio, acaecido hace doscientos cincuenta millones de años, se cree que hizo desaparecer más del 95% de éstas. Sin embargo, la vida sigue con renovado vigor y las flores del sotobosque se abren fielmente cada primavera. Los agentes de esta potencia me rodean por la mañana cuando desayuno.
Para incluirme en este gran movimiento cósmico, he regado las begonias.
Tal vez no lleguemos nunca a saber en qué momento los humanos empezaron a hacerse preguntas, a interrogarse acerca de esta inmensa bóveda celeste de la noche. A especular sobre las distancias que nos separan de esas estrellas y a la influencia que éstas podrían ejercer sobre nosotros.
Por supuesto, con sus horóscopos, los astrólogos siempre han tratado de leer en ellas presagios del futuro. Ahora sabemos que las estrellas nos hablan de nuestro pasado. Ése es el mensaje de la astronomía contemporánea. Los átomos que han fabricado en su corazón caliente son los ladrillos de los que estamos hechos. Las estrellas son de alguna manera nuestras lejanísimas abuelas.
Somos polvo de estrellas: ése es el hermoso mensaje de la astronomía contemporánea. Miles de investigadores han participado en su descubrimiento. ¡Démosles las gracias por ello!
Los humanos son curiosos. Les gusta comprender. Fabrican, con gran esfuerzo, instrumentos cada vez más eficientes para explorar nuestro inmenso universo. Ésta es indudablemente una de las actividades más meritorias de nuestra especie.
Me gusta rendir homenaje a los talentosos genios del bricolaje que, en sus talleres, pacientemente, han fabricado lentes y han construido telescopios, espectroscopios, microscopios y otros instrumentos de observación. Nos han permitido descubrir una multitud de mundos nuevos y de espectáculos maravillosos que sin ellos jamás habríamos conocido. ¡Les estamos enormemente agradecidos por ello!
Mirar lejos es mirar temprano.
A principios del siglo XX, se construyeron grandes telescopios en California, en particular en el monte Wilson y en el monte Palomar. Sus ojos inmensos, abiertos frente a la bóveda estrellada, captaron de ésta imágenes sublimes y elocuentes.
Gracias a Edwin Hubble y a sus colegas, dos grandes descubrimientos transformaron nuestra concepción del universo. El primero se refiere a su tamaño. Sabemos ahora que se extiende por varias decenas de miles de millones de años luz (un año luz equivale a diez millones de millones de kilómetros). Tal vez incluso sea infinito. ¡Ningún motivo para la claustrofobia!
Segundo descubrimiento, más importante tal vez: lejos de estar inmóviles en el espacio, las galaxias se ven arrastradas en un amplio movimiento a escala del cosmos. Se alejan todas unas de otras. ¡El universo está en expansión!
En el pasado, las galaxias estaban más cerca y en el futuro estarán más lejos unas de otras. Contrariamente a las afirmaciones de Aristóteles, el universo es cambiante. No sólo a nuestra pequeña escala, donde la madera se pudre y el metal se oxida, las flores se abren y las criaturas nacen, sino a la escala mayor del cosmos. Estos investigadores nos han facilitado una información fundamental: el universo tiene una historia.
Con estos nuevos conocimientos, los astrofísicos se convierten en historiadores. Su tarea está perfectamente definida: reconstituir la historia del cosmos. Nuestra visión del mundo queda profundamente alterada por ello. Es uno de los grandes temas del presente libro. En sus páginas se desarrollan las consecuencias de estas observaciones.
La radiación fósil es uno de los capítulos más hermosos de la historia de la ciencia contemporánea. Comienza en la década de 1960, cuando los estadounidenses y los soviéticos rivalizan en el lanzamiento de los primeros satélites. Enseguida se plantea un problema: ¿cómo permanecer en contacto con estos objetos cuando están fuera del horizonte? Dos físicos estadounidenses, Penzias y Wilson, construyen una antena radar que resuelve el problema. La cosa funciona.
¡Funciona demasiado bien! La antena capta ondas incluso cuando no hay ningún satélite en el cielo. Una débil y monótona señal se mantiene día y noche, invariable durante meses.
El análisis revela que esta radiación no procede de un astro en particular sino del espacio entero. Trabajos posteriores, que no puedo detallar en el marco de este libro, conducen a una conclusión fantástica: ¡ha sido emitida en los primerísimos tiempos del universo!
La existencia de semejante radiación primordial había sido prevista por varios astrofísicos. En particular, por un investigador ruso, George Gamow1, que tuve la fortuna de tener como profesor en la universidad. Un gigante, amable y agradable, que comenzaba sus clases contando una historia, no siempre divertida… La concluía con una gran risotada mientras nosotros, educados estudiantes, esperábamos pacientemente a que reanudara la clase.
Esta radiación nos trae la imagen más detallada del cielo tal como se presentaba, no en el momento del Big Bang, sino aproximadamente cuatrocientos mil años más tarde. Desde aquella primera detección, ha sido observado muchas veces por numerosos instrumentos de superficie y en el espacio, con una resolución cada vez mayor. La imagen más reciente nos la ha ofrecido la misión Planck (2009-2013).
Esta imagen tuvo una influencia profunda en toda la comunidad astrofísica. Confirmó de una manera espectacular la teoría del Big Bang que varios científicos dudaban en adoptar.
Constituye, para los científicos, una mina inagotable de informaciones sobre el estado del cosmos primordial. Un documento fabuloso que nos informa en directo sobre los comienzos del universo. Un regalo del cielo. Un Grial cósmico que, según la promesa de Charles Baudelaire, «del pasado luminoso recoge todo vestigio».
1 George Gamow es un gran divulgador. Recomiendo encarecidamente su libro El breviario del señor Tompkins; en el país de las maravillas la investigación del átomo.
Gracias a las observaciones y reflexiones de miles de investigadores, disponemos hoy en día de elementos creíbles referentes a la historia del universo. Éstos describen la secuencia de los acontecimientos, galácticos, estelares, planetarios, que han elaborado lo que cabe llamar la infraestructura de la materia y de la vida.
En este sentido, el astrofísico se convierte en autobiógrafo, una persona que se propone reconstruir su propia historia.
Consideremos en primer lugar nuestro universo contemporáneo. Nos llama la atención por la riqueza de su organización. Está poblado por una multitud de estructuras de todos los tamaños, desde las más inmensas hasta las más ínfimas.
En orden decreciente de tamaño, hallamos los cúmulos de galaxias, las galaxias, las estrellas, los planetas y sus satélites, los cometas y los asteroides. Siguiendo en la Tierra, está la inmensa variedad de plantas y de animales, desde las ballenas hasta las hormigas (varios millones de especies). Luego vienen los microbios, las bacterias y los virus; todos esos seres microscópicos de los que probablemente sólo conocemos una reducidísima parte. Después están las moléculas gigantes, como el ADN del código genético, las moléculas sencillas: agua, gas carbónico, etc.; y los átomos: carbono, nitrógeno, oxígeno, etc. Toda la tabla periódica de Mendeleiev que cuelga de las paredes de los colegios. Luego los núcleos atómicos y los nucleones, compuestos a su vez por diversas variedades de quarks. Todos estos elementos ocupan sus lugares respectivos en lo que se llama la pirámide de la complejidad.
Con respecto a los primeros tiempos del cosmos, la detección de la radiación fósil y su interpretación por parte de la física nos revelan una situación muy diferente. El universo se presenta entonces como un magma sin estructura, con una temperatura de varios miles de millones de grados, deslumbrante de luz. No hay ni galaxia ni estrella ni planeta ni molécula ni átomo.
¿Qué hay entonces? Un conjunto de lo que denominamos «partículas elementales». La física identifica en éste electrones, quarks, fotones, etc. Todas estas partículas vagan al azar por un volumen inmenso, probablemente, pero no hay certeza de que sea infinito. ¡Un caos inicial! Qué diferencia con el universo contemporáneo.
¿Cómo se ha transformado esta materia primordial, caótica y carente de estructura, a lo largo de miles de millones de años, en el admirable conjunto de estructuras de todos los tamaños que pueblan nuestro universo? En particular, ¿cómo se ha organizado nuestro maravilloso cuerpo humano, la estructura más compleja y más eficiente que conocemos, que nos permite observar el universo y hacerle preguntas?
Ésa es la tarea de los astrofísicos: reconstruir los capítulos de la elaboración de la complejidad cósmica a lo largo de las eras. Todas las disciplinas científicas —física, química, biología, astronomía, planetología y geología— están llamadas a coordinarse para contar tan extraordinaria epopeya.
Esto es lo que cabe llamar una «bonita historia»: la nuestra.
Empiezo con una confesión: como todo el mundo, tengo prejuicios. Es decir, opiniones que acepto sin discusión. Una de las más tenaces que me acompaña desde la adolescencia es la idea de que en la naturaleza existe una inteligencia formidable, necesariamente muy superior a la mía, cuyos arcanos me siento con el deber de explorar.
Este mandato me ha guiado poderosamente en la elección de mi profesión de científico. Mis estudios y mis investigaciones han sido los capítulos de esta apasionante aventura. Ahora puedo decirlo: nunca han puesto en duda esta convicción, ni en realidad han tenido el menor impacto sobre ella.
Ésta va acompañada de otra opinión, inscrita igual de sólidamente en mi cabeza: la de que la realidad tiene un sentido. Aun cuando se nos escape ampliamente. Para explorarla, disponemos de nuestro prodigioso cerebro. Pero el cerebro humano tiene sus límites. Como el de todos los animales.
He cultivado durante años una relación de amistad con un gato. Atigrado y con unos hermosos ojos verdes que invitaban a atribuirle una profunda vida interior. Yo lo miraba a él y él me miraba a mí. Tenía la impresión de que compartíamos la misma pregunta: ¿qué le rondará por la cabeza? ¿En qué pensará mientras me observa? Veía el misterio del mundo reflejarse en sus ojos, ahí, ante mí, pero fuera de mi alcance.
Nadie trataría de enseñarle geometría a su gato. Una tarea de ese tipo nos parece estar muy por encima de sus capacidades cognitivas. Como el del gato, nuestro cerebro tiene sus limitaciones. Por ello debemos esperarnos que la realidad a veces nos supere. Que nos sintamos invadidos por una sensación de inquietante extrañeza, como diría Freud, que marca el límite de lo que hoy llamamos nuestra «zona de confort». Cada vez que esto me ocurre, pienso en los ojos verdes de mi gato. Esta actitud me ha servido en múltiples ocasiones.
La convicción de que en la naturaleza existe una inteligencia siempre me ha salvaguardado del nihilismo, tan presente hoy en nuestros contemporáneos. Me ha proporcionado la energía para tratar de comprender el universo y de comprenderme a mí mismo. Estoy convencido de que nuestras vidas desempeñan un papel, aun cuando no sé ni dónde ni cuál. No creo que estemos «de más». Las páginas que siguen estarán muy marcadas por estas convicciones. Debo esta confesión de partida a quienes se proponen leerlas.
En estas páginas, empleo la palabra «naturaleza» para designar el lugar en el que dicha inteligencia se expresa. Es una palabra que me gusta porque es tremendamente vaga. No representa nada concreto ni personalizado. Decimos: «Es la naturaleza».
Sin embargo, conocemos bien la naturaleza. La sentimos cerca de nosotros. Tenemos de ella una percepción íntima. La llevamos pegada a la piel y ella se manifiesta a través de todas las facultades del cuerpo, no sólo a través de la mente. Desempeña un papel crucial en nuestras vidas. Nos ha traído al mundo. Nos ha convertido en lo que somos. Y un día, no tan lejano, nos eliminará…
Por ello a veces me interrogo acerca de la misteriosa relación que tenemos con la naturaleza. Estoy abonado a las preguntas inocentes. Del tipo: «¿Hay algún proyecto en la naturaleza?», «¿Tiene sentido la vida?», «¿El cosmos quiere lo mejor para nosotros?». Pero también me gustan las preguntas más sabias que engloban en un lenguaje preciso lo que la ciencia nos enseña acerca de sus funcionamientos. Colecciono las respuestas, esperando sacar informaciones que integren todos estos aspectos.
Una buena manera de saber lo que «quiere» la naturaleza es constatar lo que ha realizado a lo largo de los tiempos. Por ejemplo: engendrar vida. Sumirnos en la existencia. Estos avances se declinan, a través de todas las ciencias, en un saber que constantemente se acrecienta. Son publicadas y divulgadas en las revistas científicas que relatan sus fabulosas hazañas: los secretos de los viajes de las aves migratorias, de la polinización de la vainilla, de los ballets de las abejas, de la construcción de las termiteras. Por ello estoy suscrito a varias revistas científicas. Espero que me lleguen sus números con impaciencia. ¿Qué cosa nueva aprenderé hoy? Dedico buena parte de mi tiempo a leer.
Lo que lamento es que algún día ya no seré capaz de seguir esta evolución del conocimiento. Que ésta seguirá adelante sin que yo descubra sus resultados. Pero es inevitable. ¡Qué lástima!
Me gusta recoger testimonios escritos por autores en los que hallo preocupaciones próximas a las mías. He aquí una, por ejemplo, de Gregory Bateson, un antropólogo inglés que ha estudiado a fondo las causas de la esquizofrenia:
Tiendo, por mi parte, a pensar que mi saber es una pequeña parte de un saber integrado más amplio que teje la telaraña de toda la biosfera, la telaraña de la creación.
El universo tiene una historia, nuestras vidas son sus capítulos.
A través de sus grandiosas manifestaciones, la naturaleza nos deslumbra. Su inteligencia nos resulta fascinante. En este universo inmenso, reina como una diosa entregada a la tarea de hacer que evolucione un mundo sometido a sus leyes (¡todo esto entrecomillado!).
Pero nos da la sensación de que es tan indiferente ante nuestro destino como ante el de las moscas o de las sardinas del Antártico. Por ello a menudo la llamamos la bella indiferente. ¿Merece este apodo?
Un hecho al parecer hace que se tambalee esta conclusión. En el desarrollo de las eras han aparecido seres que se preocupan por los demás y que se inquietan por el destino de otros. Les ofrecen su ayuda, es decir que adoptan actitudes altruistas. Los antropólogos suelen estar de acuerdo en afirmar que estas actitudes tienen su origen y su lugar en la logística darwiniana.
Siguiendo mis inocentes interrogaciones sobre nuestra relación con la naturaleza, me planteo entonces esta pregunta: ¿cabe afirmar que la naturaleza es indiferente cuando engendra seres que se preocupan por el destino de los demás? ¿Acaso no es esto el fundamento de una conducta altruista y generosa? ¿Se entienden las guerras y las opresiones a pesar de la existencia de esta conducta? ¿Son éstas unas circunstancias atenuantes verdaderamente aceptables (véase mi libro Compagnons de voyage [Compañeros de viaje], Seuil, 1992, Points Sciences, 1998)? Darwin planteaba la pregunta a propósito del sufrimiento de los animales que, en sus escritos eruditos, muy pocos teólogos han abordado.
Se trata de un elemento de diálogo entre dos de mis pequeñas voces interiores, que va a proseguir a lo largo de este libro, y que va a representar dos caras opuestas de la realidad. Una especie de Dr. Jekyll (amable) y de Mr. Hyde (monstruoso).
A menudo se le ha reprochado a la ciencia que haya desencantado el mundo. Al hallar explicaciones racionales a los fenómenos naturales, ha vuelto caducas multitud de leyendas tradicionales, poéticas o aterradoras. Las hadas de las fuentes frescas nos han abandonado con sus cohortes de personajes imaginarios. La Luna ya no es la princesa de las noches de verano y el Sol el monstruo que, para recuperar su vitalidad, devoraba corazones de los jóvenes aztecas.
¿Qué hemos ganado a cambio? ¿Un universo frío y desértico animado por fuerzas ciegas?
Me gustaría defender otro punto de vista. Emerge de una visión del conjunto de los conocimientos científicos actuales.
Esta visión nace de la comparación de las imágenes de las magníficas estructuras que habitan nuestro mundo contemporáneo con la de la radiación fósil emitida en los primeros tiempos del cosmos. El hecho fundamental de esta historia es que, a lo largo de los últimos catorce mil millones de años, las leyes de la naturaleza, acompañadas por los efectos del azar, han transformado el magma incandescente de los primeros tiempos en la infinita variedad de organismos que hoy en día pueblan el universo. Han engendrado el olor de los lirios del valle en primavera y el canto del petirrojo en las frescas mañanas de abril. También los girasoles de Van Gogh y las sonatas de Schubert…
¡Visto desde este ángulo, desde luego no hemos perdido con el cambio!
Vivimos en un universo que se rige por unas leyes: las de la gravedad, del electromagnetismo, de las fuerzas nucleares. Estructuran la materia, han hecho que ésta pasara del estado caótico de los inicios al mundo complejo en el que evolucionamos. Constituyen las recetas de nuestras existencias y de nuestros destinos.
Se plantean por supuesto la siguiente cuestión: ¿de dónde vienen estas leyes? ¿Por qué hay leyes y no ausencia de leyes? Enseguida surge una observación: si no hubiera leyes, el universo no habría evolucionado y no estaríamos aquí para hablar de ello. Por supuesto. Pero ¿nos satisface esta respuesta?
Antes de proseguir nuestra indagación, ampliemos el horizonte. Las observaciones astronómicas nos han permitido descubrir que la materia de los astros más lejanos y más antiguos —estrellas, galaxias, cuásares— obedece a las mismas leyes que la de nuestros laboratorios terrestres. Con una precisión sorprendente y sin fisura alguna.
En un universo en el que todo cambia radicalmente con el paso del tiempo —las galaxias se alejan unas de otras, la densidad cósmica disminuye, las estrellas nacen, viven y mueren—, algo permanece inmutable: las leyes de la naturaleza. ¡De ahí que nos preguntemos, analógicamente, en qué «tablas de piedra» están escritas estas leyes! Platón vería en ellas la confirmación deslumbrante de sus Ideas.
Otro resultado, todavía más sorprendente, se deriva de trabajos recientes en el campo de la cosmología. Las leyes que rigen el universo tienen al parecer, con elevado grado de precisión, las propiedades que se requieren (la receta adecuada) para hacer que advenga la complejidad en la evolución del cosmos. Se habla de «leyes fértiles». Si hubiesen sido mínimamente distintas, el universo se habría quedado estéril: sin vida.
Este resultado alimenta vivos debates de interpretación en el seno de la comunidad científica. Algunos autores recurren para explicar esta concordancia a la existencia de múltiples universos fuera del nuestro. Mientras esta hipótesis no se confirme a través de observaciones, sigue siendo en mi opinión insatisfactoria.
El mensaje que nos envía la naturaleza a través de esta concordancia todavía está por descifrar. Nos queda mucha reflexión que hacer.
El todo es más que la suma de las partes.
Atribuido a Aristóteles y/o a Confucio
Para comprender los fenómenos fundamentales de la construcción del mundo, es útil familiarizarse con dos conceptos importantes: «encuentros creadores» y «propiedades emergentes».
Bajo el efecto de fuerzas que rigen la materia, algunos objetos se unen, se asocian y constituyen objetos nuevos con propiedades que no tenían los primeros. Es ésta una de las claves del aumento de la complejidad cósmica.
Por ejemplo, como todo el mundo sabe, el agua es un disolvente. Ni el oxígeno ni el hidrógeno que la componen poseen esta propiedad, que ha sido adquirida en el momento en el que, en algún lugar del espacio, tras la muerte de una estrella, estos átomos se encontraron y se asociaron para formar una molécula de agua.
