Mediterráneo descapotable - Iñigo Domínguez - E-Book

Mediterráneo descapotable E-Book

Iñigo Domínguez

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Beschreibung

Crónica de los excesos de la época de las vacas gordas en el Mediterráneo.

En 2008, Íñigo Domínguez viajó en descapotable por el Mediterráneo para tomarle el pulso a un país que llevaba una década comportándose como un nuevo rico con gomina. España era una falla hortera a punto de arder. Con el asombro de un marciano recién aterrizado en la tierra, fue descubriendo los hitos del milagro económico español: jóvenes ingleses borrachos saltando de balcones, estatuas horripilantes en aeropuertos sin aviones, mafiosos con Kaláshnikov y una plaga de edificios de Calatrava. Con todos ustedes, una road movie de Scorsese con guión de Berlanga.
Bonus track para masocas: el libro se completa con una gran Biblia de la corrupción española, que aconsejamos leer despacio, a sorbitos, como los cuentos de las Mil y una Noches.

Un retrato espeluznante de la sociedad mediterránea acercándose al precipicio de la crisis que todos conocemos

SOBRE EL AUTOR

Íñigo Domínguez es corresponsal en Roma de El Correo desde 2001 y sigue admirado la actualidad italiana. Ha trabajado en Venezuela, Grecia y Balcanes. Entre sus logros, haberse hecho el Transiberiano con la excusa de unos reportajes o algo tan inverosímil como ser enviado especial en Seychelles. Pese a la presión social de la última década, nunca se compró un piso. Por ser refractario a Twitter no tiene la más mínima repercusión en el mundo global. Fue el ganador del premio Cirilo Rodríguez de periodismo en 2015.

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Seitenzahl: 333

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Mediterráneo descapotable

(Viaje ridículo por aquel país tan feliz)

íñigo domínguez

primera edición:marzo 2015

Título original:Mediterráneo descapotable (Viaje ridículo por aquel país tan feliz)

© Íñigo Domínguez Gabiña, 2015

©Libros del K.O.

Sánchez Barcaiztegui, 20, escalera A, 5º izquierda

28007 Madrid

isbn: 978-84-16001-34-7

depósito legal: M-6494-2015

código ibic: DNJ

diseño de portada:Luis Demano

ilustraciones de interiores:Esteban Hernández

maquetación:María O’Shea

corrección: Ana Doménech García y Tamara Torres

A Íñigo e Inés, que se fueron tan jóvenes de casa.

Nota previa

En junio de 2008 mi periódico, El Correo, se encontró con el dilema de todos los veranos: cómo llenar las páginas con algo que la gente pueda llegar a leer en la playa cuando lo último que le apetece es leer. El verano suele abrir un paréntesis muy curioso en los diarios, de repente vale todo y se hacen cosas raras. Yo una vez había dicho, por decir, que sería divertido recorrer la costa en un Seiscientos. Es un peligro enunciar las ocurrencias en voz alta y quedó demostrado cuando me llamaron para ver si aquello iba en serio. El viaje, sin proponérmelo, se convirtió en una instantánea de un país que, sin saberlo, estaba a punto de estallar. Ya se veía un país defectuoso.

Es fácil ver los defectos de los demás, no tanto los de uno mismo. Cuando pasa el tiempo, y a veces basta un día, lo que uno ha escrito parece que lo hizo otro y entonces ya se ven muchos. No me parecía bien que un intruso se entrometiera en lo que ha escrito un desconocido y apenas he tocado el texto. Quizá ha envejecido, pero seguramente yo he envejecido peor. Han pasado ya siete años pero por algunos detalles parece un siglo. Todo ha cambiado muy rápido. Entonces solo los enterados e iniciados empezaban a hablar de la crisis, el GPS en el coche era una novedad, no había redes sociales ni por supuesto Twitter, las fotos se hacían con cámaras de fotos y casi no se ridiculizaba la España estupenda. Luego ya ha sido un sinvivir. En cambio algunas de las cosas que vi siguen igual, o peor. Al final del libro he incluido un repaso de cómo han terminado, o seguido, algunos asuntos que menciono en el relato. Es increíble lo que sale tirando del hilo.

En aquel entonces yo ya llevaba siete años fuera de España. Cuando iba y venía en vacaciones tenía una sensación creciente de que todo el mundo se estaba volviendo loco y mi país cada vez me gustaba menos. La degeneración del paisaje visual, el explícito, me parecía a mí, era resultado de un concreto paisaje moral, oculto, o no tanto. Ese verano ya se empezaba a sentir que algo no iba bien —ya habían saltado las primeras alarmas por el desplome de la venta de pisos— pero ni nos imaginábamos el auténtico significado de la palabra crisis, que íbamos a descubrir enseguida en caída libre.

Fue entonces cuando las cosas empezaron a torcerse. A las dos semanas de la publicación del último capítulo, quebró Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, y quedó oficialmente inaugurada la crisis, con mayúscula. Qué recuerdos.

Agradecimientos

Gracias a mi periódico, El Correo, por creerse este viaje, pagarlo y publicarlo. En especial a Josemi Santamaría, que fue quien tuvo la inconsciencia de llamarme para proponérmelo, y a Óscar Villasante. Los diarios sobrevivirán mientras mantengan los prontos románticos. Aunque parezca suicida no lo es, lo suicida es lo otro.

Pascual Perea, que recibía los textos, fue casi siempre su primer lector. Su amistad y sus ánimos al otro lado del teléfono fueron decisivos para que saliera algo aceptable.

Puestos a decir todo, debo confesar que la idea del viaje se la robé a Michele Serra, gran periodista italiano, que recorrió la costa italiana con un Fiat Panda en 1985 para el diario L’Unità. Le seguiré copiando en lo que pueda.

Y gracias a mi primo Javier Salinas, compañero de viaje en los buenos y malos momentos.

«El viajero, de nuevo sobre la carretera, recién descansado, piensa en las cosas en las que no pensó en muchos años, y nota como si una corriente de aire le diese ligereza al corazón.»

Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria.

El viajero empieza este viaje con miedo. Lleva siete años fuera de España y apenas conoce la costa mediterránea, una de sus muchas carencias. Cuentan de ella cosas terribles. Que si está destrozada, que es mejor no acercarse, que es la tierra del cemento, la horterada, la fritanga y la masificación. España, por otro lado, ha cambiado mucho. A mejor en algunas cosas y a peor en más de las que parece, pero también es para el viajero un poco desconocida. La gente gana más dinero, tiene coches buenos, va al gimnasio, entiende de vinos. También está todo más caro y la tortilla de patata cada vez se hace peor. Por eso le pide a su primo, que vive en Barcelona, que le acompañe. Al menos un trocito.

El periódico le da al viajero un descapotable y tema libre. Un chollo, pero es difícil encontrar compañía. Los amigos, según pasa el tiempo, son menos libres. Sin embargo, el primo del viajero es escritor y hace un poco lo que quiere, aunque insista en lo duro de su oficio, en la autodisciplina y en el rechazo social. Pero al viajero no le engaña.

El viajero recoge su Peugeot 207 descapotable en un concesionario en la zona franca de Barcelona, por incomprensible, generosa y enorme gentileza de la marca. La zona franca es un lugar con contenedores de colores, ideal para rodar persecuciones. En principio se había pensado en un Seiscientos o un Dos Caballos, por el efecto cómico-nostálgico, pero luego se valoró mejor el elemento técnico-térmico. Es decir, quedarse tirado o achicharrado en una cuneta secundaria. Porque el viaje hay que hacerlo siguiendo el perfil de la costa, por carreteras comarcales y en pequeñas etapas, para detenerse a hablar con los parroquianos, perder el tiempo en tonterías y luego contarlo.

No hay guion previo ni nada preparado. Salvo una idea general de las paradas, elegida a ojo viendo el mapa, el viajero irá a lo que salga, siguiendo su curiosidad o prejuicios previos. En resumen, este viajero es un ignorante. Tampoco va a ir de periodista, identificándose como tal, salvo en contadas ocasiones, sino que echará parrafadas con la gente como un turista. Todos los hoteles se reservarán en el día, a veces una hora o dos antes de llegar. El viajero lleva una reputada guía de España, pero en inglés, a ver cómo se cuentan las cosas a los extranjeros. El viaje se extenderá por la primera quincena de julio de 2008.

El Peugeot 207 descapotable es azul. El techo se quita y se pone él solito con un botón. Esto ha evolucionado mucho. Nada de andar liándose con la lona cuando empieza a llover, como en las películas románticas. Al viajero le hace mucha ilusión, pero enseguida nota que la gente mira el descapotable como si le fastidiara. También descubre el invento del GPS, con una voz de señorita, la única con la que conversará en la mayor parte del viaje. Generalmente para discutir o llevarle la contraria. El viajero y su primo deciden empezar la aventura como se debe, desde el principio, desde el límite con Francia.

Yendo para allá se detienen en un área de servicio, lo que antes se llamaba bar de carretera, pero que ya no existe. De hecho, no tiene ni barra. Hay self-service, que es un poco triste, de penitenciaría. No hay donde apoyarse a reflexionar ni a cambiar impresiones con los otros viajeros. Además estos lugares son todos iguales, no cambian aunque uno haga quinientos kilómetros. Pertenecen a una misma cadena y parece que los ha diseñado todos la misma persona. En el baño hay música. Hace que un tipo con camiseta de tirantes mee mirando al techo mientras canta con la radio: «Me siento hoy como un halcóóóón herido por las flechas de la incertiduuumbreee». El viajero deja al halcón en su urinario y pasea por el área de regalos. Se ve que echan el resto en imaginación para que los extranjeros se lleven algo a casa. Hay botellas de sangría con forma de torero. Es curioso lo de la sangría. Los españoles la beben poquísimo, pero pasa por producto nacional y entonces los que se atiborran de ello, por obligación turística, son los extranjeros. Hay sillones de masaje por dos euros. Una televisión retransmite en directo lo que ocurre en el aparcamiento, así la gente puede comer vigilando su coche. Está bien porque no hay anuncios, pero la trama es aburrida. Aunque hay tensión porque de vez en cuando roban alguno.

Esta etapa es iniciática, una etapa prólogo, como en la Vuelta, si es que todavía existe. El viajero se ha dado cuenta de que un poco más allá de la frontera está Collioure, el pueblo donde murió Antonio Machado en 1939. Al pobre solo le dio tiempo a pasar la frontera y morirse de pena. Tenía un último verso en el bolsillo: «Estos días azules y este sol de la infancia». Al viajero y a su primo les hacían aprenderse poesías de pequeños y Machado era de los más fáciles, porque se entendía. Luego, de mayores, les siguió gustando.

Ir a visitar tumbas hace pensar, no es una actividad muy veraniega, la verdad. La de Machado está en un cementerio diminuto, muy bonito. Sobre la lápida hay placas de visitas de institutos españoles, así que debe de ser que todavía se enseña y se aprende. Además da para una excursión escolar, algo fantástico para empezar a fumar. El poeta está enterrado con su madre. Hacer cálculos de tiempo entre tumbas siempre da vértigo. Por las fechas se ve que su madre murió tres días después, y que lo tuvo con veintiún años. Lejos, en Sevilla, en verano. Machado está enterrado a unos cincuenta metros de donde murió y a su casa se llega por una calle con su nombre en la que madura un limonero, algo que le habría gustado.

Collioure es muy francés, claro. Al lado de la casa de Machado, cerrada y deshabitada, hay una plaza donde unos señores y unas señoras juegan a la petanca. Al viajero le parece que una hace un poquito de trampa. El pueblo es animado y tiene encanto, con un castillo. El agua del mar está muy limpia. En los bares hay ostras. Dan ganas de pasar el verano aquí. Pero hay que seguir, empezar el viaje. Una placa en el puerto recuerda que en 1493 partieron de aquí los últimos treinta y nueve judíos expulsados del Rosellón. Puede que al viajero y su primo, españolitos que han venido al mundo y quién sabe si Dios les guarda, una de las dos Españas, o las dos, o las que sean, o la que hay, les va a helar el corazón, algo que al menos resulta refrescante en verano. En la aduana, abandonada, hay un cartel descolorido y antiguo con fotos de etarras. Ya no pasa nadie por aquí. Nada más cruzar la frontera el viajero y su primo tienen su primera conversación ibérica en una gasolinera.

—¿Tiene agua?

—Ahí, en la nevera.

—Es que no hay.

—Pues entonces nada.

El primer pueblo, Portbou, visto desde arriba, tiene más grande la estación que el casco urbano. Le da mucha trascendencia. Debe de ser por el mítico ancho de vía ibérico, que diferenciaba y aislaba al país de Europa. Este pueblo sin duda tiene el aire trágico e histórico de las fronteras. Aquí se suicidó Walter Benjamin en 1940, acosado por la Gestapo y retenido por la policía franquista. Pero no se sabe dónde terminó su cuerpo. En aquellos años la gente escapaba en todas direcciones y moría en tierra ajena, si es que hay alguna propia. Como decía el maestro Juan de Mairena, no hay cosa más rara que estar orgulloso de lo que menos se elige en esta vida, el lugar donde se nace. Otra cosa, añadía él, es el cariño por la propia infancia, por su sol, por sus días azules.

El primer pueblo español después de Portbou se llama Cólera, aunque fijándose en los carteles es Colera, sin tilde. Pero tiene más gracia pensar que es el otro nombre, como un aviso a navegantes de que se entra en territorio del ancestral cabreo hispánico. Lo segundo que se ve es el símbolo por excelencia del Mediterráneo español, que ha dejado de ser el pino o el olivo para ser la grúa. El viajero no dejará de verlas hasta la punta de Tarifa. Colera por ejemplo ya tiene aceras y farolas en medio de la nada, como un municipio importante. Es esa cosa llamada Plan General de Ordenación Urbana, que trae tanta prosperidad, un mito de nuestro tiempo.

Más adelante, Port de la Selva también tiene sus grúas y unas casas marrones terribles a medio construir, bien a la vista. El viajero piensa fascinado en fundar un comando romántico y altruista dedicado a volar horrores urbanísticos. Todo el mundo conoce uno en alguna playa. Sería bonito: una llamadita con el anuncio de la hora del espectáculo, el público iría con los niños y palomitas y, hala, triunfaría el bien, como en las películas.

Pero Port de la Selva no está mal, comparado con lo que vendrá en los siguientes días. Luego comienza un rato de bosques de pinos y olivos. Hasta se oyen los pájaros. Sin duda algún concejal pagará caro este descuido. Dejar escapar así un buen polígono. Debe de ser porque empieza el parque natural del cabo de Creus. Es el atardecer, perfecto para bajar la capota del descapotable, de ahí su nombre. El viajero ya ha aprendido tres cosas de su bólido, el Peugeot 207 azul. O mantiene el techo en las horas de sol, porque se quema la cocorota, o se compra una gorra. Dos, tiene que ponerse crema. Y tres, debe corregir su costumbre de dejar el dinero tirado por ahí, si no quiere lanzar billetes como si fuera una avioneta de publicidad. De momento se compra una crema. La señorita de la tienda le pregunta si para la cara o el cuerpo, y que si quiere crema o fluido. Le muestra el fluido y al viajero le parece que eso es crema. «No, no, es menos pastosa», aclara la dependienta. Menos pastosa y más cara. El viajero está impresionado de cómo se sofistica todo.

Diez kilómetros antes de llegar a Cadaqués, el primo del viajero, copiloto de ocasión, llama al primer hotel de la guía y reserva una habitación. El hotel La Residencia, familiar y abierto en 1904, cuesta noventa y cinco euros con desayuno y vista al mar, y eso que allí durmió Picasso. Esta gente ha hecho mucho daño con sus viajecitos en los precios de los sitios. Pero esta vez no hay problemas. Resulta que no hay mucha gente. Según cuentan en el pueblo, están al 75% y este año va mal. Además el cielo está cubierto. Eso no es malo, es uno de esos días tan hermosos de ponerse el jersey cuando llega la tarde. Entran remordimientos de no ser pintor.

—Esto es un residuo de paz y tranquilidad —dice un turista, y eso que ha pensado la frase.

Cadaqués es como se imagina, precioso y razonablemente oscuro cuando llega la noche. Es todavía un pueblecito, pese a lo que ha crecido, con algunas casas junto al mar a la venta que hacen soñar al viajero. Hay una que le gusta y, por curiosidad, pregunta en la inmobiliaria. Cuesta 2,2 millones, le dice el empleando riéndose por alguna razón. Es que tiene doscientos catorce metros cuadrados en tres pisos. Se alquilan apartamentos para dos personas en agosto por seiscientos cincuenta euros. El viajero no tiene piso en propiedad, porque los precios de los últimos años no le parecían normales, y por eso cada vez que va a España los conocidos le dicen que es tonto. Porque es una inversión y nunca se pierde dinero. Tenía que haberles hecho caso, al menos ahora no perdería dinero prestándoselo para que algunos pudieran pagar sus casas. Otro mito que ha caído. En el pueblo, como pasará a lo largo de toda la costa, junto a las grúas hay bastantes carteles de «Se alquila» y «Se vende». Al viajero le parece un poco confuso, casi contradictorio, aunque, como se ha dicho, no entiende de eso.

Echa mano de la guía de España en inglés, a ver qué dice en el capítulo inicial que explica el país a los turistas en dos páginas, bajo el título «De un vistazo». Empieza con la muerte de Rocío Jurado como un shock nacional, porque la edición es de marzo de 2007, y el viajero duda de que sea un poco superficial, pero luego pone, ya entonces, que los signos de crisis económica son agudos: «La deuda nacional y de las familias está aumentando y gran parte del crecimiento económico se basa en dos fuentes poco de fiar a largo plazo como el turismo y la construcción. Esta última es especialmente impresionante, pero por sus errores». Luego habla de las barbaridades que se han hecho en la costa. Los de la guía, de un vistazo, ya lo vieron hace años. Quizá para enterarse había que ser extranjero.

Cadaqués tiene un casino donde ponen los gin-tonics a 4,50 euros. Hay pocos turistas, casi todos franceses y otros extranjeros, y en los restaurantes ya no dan de comer a las diez y media. Todos los camareros son sudamericanos. El primo del viajero ha perdido las gafas en un golpe de viento, en Collioure, porque se cayeron al mar. Por eso va con sus gafas de sol graduadas. Lo que pasa es que de noche se tropieza con las aceras y al entrar en el restaurante les toman por italianos. Tras comer una dorada a medias (26,50 euros), tienen problemas con el postre.

—La crema catalana es sin quemar, porque es que hemos apagado ya la cocina.

—Vaya por Dios.

—Pero le podemos poner caramelo, a mí me gusta más así, más que quemada.

—Bueno, si usted lo dice.

Al final la trae sin quemar y sin caramelo. Luego da el cambio en monedas de cinco y veinte céntimos, por si acaso a los comensales no se les ocurre dejar propina. Que podía ser. Por la noche, el viajero y su primo ven un rato la tele en la habitación. Greenpeace denuncia que en la costa hay suelo calificado para construir tres millones de viviendas más. En los anuncios venden operaciones de cirugía estética y unas galletas para no engordar «más listas que el hambre». Hay anuncios de móviles en los que la gente es extremadamente feliz y se exalta la amistad y el amor, aunque de lo que se trata es de pagar una factura de teléfono. Hay anuncios de compañías eléctricas en los que sale gente en un prado, cuando deberían aparecer unos señores con corbata en un consejo de administración, o en una presa. El viajero también recuerda un bote de espárragos cojonudos de Navarra de un área de servicio que, si uno lo leía bien, no eran de Cintruénigo, sino de China. Al viajero le parece que la publicidad miente cada día más, pero peor. Es otro mito que da pena que se pierda. El viajero recuerda que de pequeño se llamaba a la familia cuando llegaban los anuncios en la tele, porque eran algo distinto y divertido. Con estas tonterías en la cabeza, los primos se duermen.

Al día siguiente, dan un paseo por Cadaqués. En la entrada hay una estatua de la libertad con los dos brazos levantados, según un dibujo de Dalí, y a partir de ahí todo es Dalí. Se empieza de genio y se acaba de logotipo. Cada pueblo se agarra al pretexto turístico que puede. En la habitación del hotel no hay un Dalí, sino tres. Los vecinos cuentan de memoria que por el pueblo pasaron Einstein, Disney, los surrealistas... A principios de siglo eran tres horas desde Figueras en coche de línea, y antes en tartana, esquivando bandoleros. El viajero piensa que esos viajes sí que debían cambiar la vida, como cuentan las biografías de los artistas: en el año tal se fue a no sé dónde, un viaje fundamental que cambió su vida... Hoy la gente viaja a ver si cambia algo pero vuelve y sigue igual. El pobre García Lorca, por ejemplo, fue a Nueva York y no fue el mismo. También estuvo de veraneo en Cadaqués, sufriendo por amor, como siempre. El primo del viajero, que para eso es literato, se acuerda de un verso suyo sobre la pérdida de la inocencia: «Era mi voz antigua / ignorante de los densos jugos amargos». Al viajero, bien mirado, le parece un poco porno. Como lo de las grúas.

El método paranoico-crítico de Dalí se puede ejercitar estupendamente en Cadaqués, pues el pueblo no se ha librado de otra nueva plaga ibérica: los carricoches turísticos con forma de trenecito. Hay uno que sale delante del casino y va hasta Port Lligat, a la casa de Dalí, y al faro del cabo de Creus. Al viajero no se le ocurren las ventajas del trenecito, pero sin duda debe despertar una fascinación oculta, al menos entre algunos turistas y concejales. Con el descapotable, por una carretera preciosa, el viajero y su primo se van para allá. Port Lligat también está en obras. Alguien se está haciendo una casita con vistas y ya están poniendo aceras. En la playa de la casa de Dalí hay un chiringuito muy moderno, nada de cañas y barro. Hay cola para entrar y los primos, que no son de museos donde haya que hacer cola, siguen hasta el cabo de Creus. Como es una reserva integral protegida, donde está prohibido pararse y alterar la fauna, enseguida ven gente arrancando flores en las cunetas. Es que es culpa de los carteles, que dan ideas.

Los viejecitos norteamericanos que han cogido el trenecito llegan al faro de Creus vapuleados por las curvas y el viento, como si estuvieran en el salvaje oeste. En realidad es al revés, es el punto más oriental de la península. Como verá el viajero, la costa mediterránea es una sucesión de superlativos. Cada día se topará con uno, y no siempre bueno, hasta el punto más al sur de Europa. El cabo de Creus es muy bonito, un lugar donde dan ganas de fumar, aunque uno no fume, por eso del infinito. En la puerta del faro, inaugurado en el reinado de Isabel II, ahora hay un cartel curioso de otra señora. Es de una sedicente practicante diplomada de un tal método Grinberg: «Buscando nuestra esencia ¿cómo acercarnos a ella? Nuestra esencia brilla, pero generalmente la tapamos con la personalidad o patrones aprendidos a lo largo de la vida». Luego anuncia un cursillo en el pueblo: «Habrá una parte de análisis de los pies y otra parte de trabajo corporal a través del tacto. Reservar hora». Al viajero le gustaría ir a tocarse los pies en busca de su esencia, cosa que ya hace viendo la tele y le riñen en casa, pero debe seguir camino.

Al lado del faro hay un bar acogedor. A buenas horas, pensará el farero allá donde esté, ya jubilado, tras comerse años de soledad. Quién sabe lo que hubiera dado entonces por un bar. También es restaurante, ponen a Bob Marley y hay platos al curry. El viajero y su primo piden unas cervecitas. También patatitas. «¿Chips?», precisa el camarero. Y unas aceitunitas, pero trae un plato para un regimiento. Se supone que para poder cobrarlo. Total, 8,50 euros. El viajero piensa absorto que aquello son, o eran, más de mil trescientas pesetas. En la barra hay otro señor nostálgico que debe llevar tiempo fuera, porque pide emocionado la botella de Anís del Mono. El viajero y él examinan juntos la etiqueta comentando el dibujo. Hay quien ve en el mono, o lo que sea ese extraño ser precursor de Rondador Nocturno, el careto de Darwin. Sería una burla al sabio, que en aquel entonces anunció su teoría de la evolución de las especies. El mono del anís sostiene un pergamino con una frase: «Es el mejor, la ciencia lo dijo y yo no miento». Ahí aguanta desde 1870, como el faro. Menos mal que hay mitos que no caen. Aunque siguen detrás de Darwin.

El descapotable azul se mece en las curvas viendo el mar mientras el viajero y su primo van hacia Rosas. Realmente los han inventado para eso. En la vida de un coche apenas hay dos o tres momentos en los que se realiza como le prometen los anuncios, en carreteras solitarias. Nacen engañados, como sus conductores. Luego mugen tristemente en los atascos o aparcados en centros comerciales. En la cuneta aparece una señal con una estrella de nieve, visión que en verano da risa o nostalgia del frío, según el ánimo.

En la guía en inglés de los viajeros pone que por allí hay un club muy famoso, Le Rachdingue, donde van deejays de todo el mundo. El viajero recuerda la cara de unos amigos más jóvenes, pero solo un poco más, un día que dijo la palabra pinchadiscos. Le entró complejo de carroza, otra palabra que se abstuvo de pronunciar para no empeorar las cosas, pues tuvo la sensación de que también ha dejado de usarse. El viajero piensa que es mediodía y no son horas de ir al célebre club, aunque en ese momento les adelanta un Ibiza tuneado con la música a todo volumen. Su primo se alarma:

—¡No los adelantes tío, son pastilleros, no creen en nada!

El joven bacaladero politoxicómano es un clásico mediterráneo de los noventa que por lo visto pervive. El viajero sonríe al pensar que una vez buscó «tunear» en el diccionario de la Academia y decía: «Hacer vida de tuno, pícaro». Pobres tunos, qué antiguos se han quedado. La Academia, parecido, pero hace lo que puede. Probablemente admitió «carroza» cuando se dejó de usar. Es difícil acertar con el ritmo de los tiempos y por eso, para ir a lo seguro, el viajero y su primo deciden ir a El Bulli. En la guía figura como «la elección del autor» en la zona. «Nos ha jodido», piensa el viajero. Obviamente no ha reservado, pero le hace gracia eso de presentarse a comer a ver qué pasa. Los mitos hay que combatirlos. El Bulli, el mejor restaurante del mundo, es el superlativo de esta etapa, pues el Mediterráneo tiene uno al día.

Se llega por una carretera de esas que constantemente inducen a pensar que uno se ha equivocado. Se pierde por la costa entre acantilados y pinos hasta que muere en una cala. Por fin, ahí está el templo de la gastronomía, como un oráculo griego al borde del mar. Cerrado, claro. El viajero, en su incompetencia, olvidaba que solo abre a la hora de cenar. Planea entonces con su primo trepar por el tejado para chupar al menos la salida de humos, si es que estos lugares sacros emiten impurezas. Deciden probar suerte con un número de teléfono que hay en la puerta, por si hubiera sitio por la noche, pero un chico muy simpático, que no se daba ningún aire, dice que esa semana está todo confirmado.

—¿Es posible llegar un día sin reservar y que haya sitio?

—Hombre, es raro, pero a veces ocurre. Si estáis por aquí, probad.

El viajero pregunta si hay mucha gente que se crea tan lista como él y que llama por la tarde para saber si queda alguna mesa libre para esa misma noche. «Muchísima, todos los días», responde el chico. El viajero se queda un poco contrariado, pero por otro lado le reconforta que la gente improvise todavía. Lo de reservar un año antes tiene algo de diabólico. De este modo, el viajero y su primo se suben al coche, pero pueden decir que han estado en El Bulli y que sí, efectivamente, se quedaron con hambre, pues es lo que todo el mundo que no ha ido desea oír. El plato maestro de Ferran Adrià sería licuar la envidia. Mientras se aleja, el viajero piensa en cómo se las habría arreglado para colarle al periódico la factura del restaurante en concepto de gastos de gasolina.

El hambre aprieta cuando el descapotable llega a Rosas y, tras renunciar a espumas y deconstrucciones, los viajeros se lanzan alegremente en su primera experiencia de Radical Frit, en una fila de restaurantes con miles de fritos y raciones. En Rosas encuentran la primera gran playa de la ruta y comienza el apasionante mundo de los paseos marítimos. Han logrado controlar la altura de las casas en los cinco o seis pisos, aunque ya se ven algunos desmanes. Pero el viajero y su primo solo tienen ojos para los menús gigantes en tecnicolor, con fotos de cada plato como si fueran cromos. El viajero piensa que habrá gente que se dedique a eso. ¿Tú que haces? Soy fotógrafo de menús de la costa mediterránea. Quizá alguien fotografía unas patatas bravas en Murcia y coloca la misma imagen en todo el litoral. Misterios insondables. Pero su utilidad es indiscutible. Es como en los anuncios de señoritas de la prensa, que precisan «chica de la foto», pero en ración de calamares.

—Es que si no, no se enteran. Yo creo que es por los americanos, hay que ponérselo todo bien clarito.

—¿Pero funciona?

—Ya lo creo. Una vez estuve en uno sin fotos y no vea. Tuvimos que ponerlas.

Los camareros de la costa, como verá en los próximos días el viajero, son casi siempre profesionales, amables y diligentes. El servicio es bueno, en contra del prejuicio sobre cierto desaliño y maltrato al cliente. En este local de Rosas la paella marinera cuesta 8,50 y las gambas a la plancha, 12,20. El viajero, para variar, se mancha los pantalones y también descubre que el asombroso mundo de las toallitas quitamanchas ha evolucionado una barbaridad. Luego va al baño y en el pasillo hay una imagen de la Virgen de la Cabeza de Granada. Hombre, los famosos charnegos. Como los maquetos en el País Vasco. O los propios guiris, que eran los «guiristinos», como llamaban los carlistas a los liberales y a los partidarios de la reina Cristina. Desde luego, la gente siempre a la defensiva. Parece que no ser de un sitio siempre es pecado. El viajero reflexiona sobre dónde estará la sutil línea que separa al turista del inmigrante, que reciben bienvenidas tan dispares, y le parece que es como las visitas: el turista lleva suficiente dinero encima y da garantías de que se va a ir enseguida.

Pasan dos músicos callejeros cubanos. Enfrente del restaurante hay unas senegalesas que hacen trencitas a las niñas por cinco euros. Luego se acerca un senegalés vendiendo auténticos bolsos falsos de marca, cinturones y gafas. Una chica de un grupo de franceses de la mesa de al lado regatea de forma maquinal. «Ocho euros o nada», dice ella de forma desdeñosa. «Diez», responde él. «Bueno, pues adiós, buena suerte», concluye fumando y sin mirarle. El vendedor piensa unos segundos. «Bueno, ocho», sonríe mientras se lo tiende. Toda la mesa se carcajea con satisfacción y ella coge el bolso como haciéndole un favor. El senegalés se va y la chica manosea emocionada su bolso, al comprobar que es exactamente igual al original: «¡Es que es un Louis Vuitton!».

Atravesando el Ampurdán se ven más africanos. En la construcción, en los campos. También putas de Europa del Este y de varios continentes en las carreteras. La radio es un poco pesada, porque a menudo, cada dos o tres canciones, ponen una en catalán, y si a uno no le apetece tiene que andar cambiando. Al viajero le hace ilusión pasar por el Ampurdán porque le gusta mucho Josep Pla, aunque le da la impresión de que queda poco del mundo de los payeses que retrata. Por ejemplo, ha visto una granja de avestruces o una decoración urbana de ovejas de mentira en un parterre. «Sí, eso ha desaparecido», le dicen en Palafrugell con un fondo de pesar, aunque todavía hay industria del corcho. En Calella de Palafrugell se celebra al día siguiente el tradicional festival de habaneras, una música marinera, que tampoco tiene patria fija.

La casa natal de Pla en Palafrugell es un museo de esos que hay que llamar al timbre. No va mucha gente, y eso que es un símbolo nacional. Se ve que es más fácil hablar de ellos que leerlos. Abre una chica muy simpática. Con gafas, como muchas catalanas, un misterio indescifrable entre lo cultural y las dioptrías. El viajero, su primo y la empleada hablan un buen rato de Pla, de literatura, de nacionalismo, de españoles, de catalanes. En fin, de manías. «Bueno, no tenemos los carteles en español porque seamos malos, sino por falta de presupuesto», bromea antes de dejar a los visitantes en la exposición. El viajero imagina que sin duda eso debe de costar un dineral.

La muestra se adentra, con fotos y textos, en la cabeza de ese señor tan claro y oscuro, entrañable, rematadamente raro. En un párrafo transcrito habla de periodismo: «Tiene una cosa buena. Abre un campo vastísimo a la observación y provoca contactos humanos muy variados, algunas veces llenos de interés. A las personas propensas a sentirse una sombra tenue e inconsistente que pasa, un momento, sobre la tierra —y este es mi caso— les permite además, cuando el dinero tiene una cierta duración, desplazarse a placer». Quién sabe si a Pla le hubiera agradado lo del descapotable azul, pues prefería el viaje a pie o en autobús. Y qué pensaría de este Ampurdán suyo tan cambiado, él que era un hombre de mundo pero muy de su pueblo. El viajero quizá le hubiera parecido, como se dice en catalán, un sueñatortillas.

El primo del viajero sostiene que Truman Capote escribió A sangre fría en Palamós. Lo ha leído en alguna parte. Al viajero los conceptos Palamós y Capote le parecen antitéticos, pero nunca se sabe. También Freddie Mercury era de Zanzíbar. Así que aparcan el descapotable en Palamós, al pie de un edificio de quince pisos. Aquí ya se les ha ido la mano definitivamente con las proporciones y reina la chancleta. En la playa, un grupo de vecinos hace unos cursos gimnásticos de relajación del Ayuntamiento. Está todo muy limpio y ordenado, salvo algunos bares al final del paseo, que tienen las terrazas al otro lado de la calle. Los camareros se juegan la vida al cruzar con las bandejas entre el tráfico. Son fiestas y hay algunas atracciones infantiles en el puerto. Se ven familias musulmanas.

El viajero pregunta por Capote en la caseta de turismo. La chica responde enérgica: «¡Eso es una leyenda! Estuvo un día, porque se equivocó de pueblo, y luego se fue». Interviene entonces un vecino que da la impresión de estar allí matando el tiempo. «Bueno, pues ahí se abre un campo de investigación, y luego si se encuentra una foto, una nota, se hace una exposición y como la gente es tonta y le encantan estas bobadas paga y se deja el dinero.» Probablemente es una fuerza viva local de espíritu rebelde. La chica cierra su digresión con una crítica literaria:

—A mí no me gusta como escribe, es muy seco, pero bueno...

El primo del viajero menea la cabeza, mientras él sigue preguntando a la gente. Resulta que en Palamós nadie tenía ni idea del asunto, pero últimamente empezaron a llegar turistas raros, que no tienen otra cosa que hacer, a preguntar por él. Entonces se informaron y descubrieron que era verdad. Se alojó en una casa del antiguo muelle. El Ayuntamiento ha puesto una placa.

El viajero y su primo se van a buscar la casa de Capote. Es un pequeño edificio de viviendas, moderno y sin ningún interés. En la famosa placa pone que Capote vivió en una casa que estaba allí y residió en Palamós en tres estancias, entre 1960 y 1962. En total, dieciocho meses. Hay una foto antigua del puerto, irreconocible. También estuvo en el hotel Trías y en «una magnífica casa cerca de cala Sanià». En este periodo, certifica la placa, escribió parte de su novela A sangre fría. El primo del viajero sonríe con satisfacción. Qué tío Capote, imaginando horrores criminales de la América profunda en un chalecito con vistas al mar de Palamós. El cartel cita una frase de una carta de Capote: «Esto es un pueblo de pescadores. El agua es tan clara y azul como el ojo de una sirena». Se queja de que los pescadores le despiertan a las cinco de la mañana con su ruido, pero que gracias a eso trabaja muchas horas. Quizá les debe el libro, porque nunca más volvió a escribir nada igual, pero no menciona para nada la famosa gamba de Palamós.

Las malas lenguas dicen que tras la Costa Brava se acabó lo que se daba, las calitas, y empieza una sucesión ininterrumpida de bloques hasta Barcelona. A bordo del descapotable azul, el viajero piensa que se trata de una exageración: no solo hay viviendas, también centros comerciales, pistas de karts y todo tipo de comodidades. Por ejemplo, clínicas veterinarias de dos pisos y totalmente acristaladas. Se conoce que también hay un turismo animal ingente, que llega mezclado —a veces confundido— con sus dueños. El viajero recuerda el lema del perro abandonado, «él nunca lo haría». Más bien cree que, ante la visión de su destino vacacional, algunos vaya que si lo harían. Saltarían en marcha en la autopista.

Sin embargo el viajero y su primo van a parar en Tossa de Mar. Dicen que todavía tiene un pase, un castillo que le da otro aire. Durante el trayecto chocan con otra realidad desoladora: la desaparición del rock radiado en España. En algún momento el país se rindió a la mediocridad musical, cáncer que se extendió a los bares. El viajero y su primo no han llevado discos y han cometido la temeridad de dejar el asunto en manos de la radio. La desesperación no tarda en aparecer. Pachanga, chunda chunda, pop español de ripios sonrojantes... La palabra «latino» ha terminado por adquirir ribetes siniestros. Se acaba optando por la música clásica.

Entretanto, las tertulias radiofónicas son en catalán. El viajero y su primo hacen apuestas sobre qué será lo primero que se oiga en español. Se inclinan por una queja, una crítica o una opinión emitida sin el más mínimo conocimiento. De repente, se escucha:

—Soy escorpión y quería saber si mi mujer se va a quedar embarazada, ella es capricornio.

Responde al segundo la voz ambigua, entre lo maternal y lo sensual, de una pitonisa:

—Este mes no cariño, pero te quedan tres telediarios.

El viajero piensa entonces que el mundo es un lugar maravilloso. También que a veces es mejor ni entender lo que dice la gente. Además luego hay noticias en chino, cosas decisivas sobre el congreso del PSOE y el del PP de Cataluña. El viajero se da cuenta de que es muy bonito viajar con alguien, ahora que su primo está por apearse de la ruta. Brotan los temas de conversación con lo que se ve, con lo que se oye en la radio, se pregunta por conocidos, gente en común de la que hace tiempo que no se sabe nada. Luego está esa particularidad de los veranos de que se comunican unos con otros. Un verano recuerda todos los demás.