Paletos salvajes - Íñigo Domínguez - E-Book

Paletos salvajes E-Book

Iñigo Domínguez

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Beschreibung

Descubre las nuevas revelaciones sobre la mafia, obtenidas por la confesión de arrepentidos o por el tesón de jueces infatigables.

Hay historias que mejoran con el tiempo. Sobre todo si suceden en Italia, porque allí las ondas expansivas de las investigaciones judiciales son interestelares: rascas un poco y aparecen conspiraciones de película de serie B en las que no falta ningún elemento, desde grupos terroristas a tramas vaticanas. Parece muy sofisticado, pero no se engañen: la mafia es una fábula estúpida sin ningún glamour. Algunas de esas historias ya aparecían en Crónicas de la mafia, pero las nuevas revelaciones obtenidas por la confesión de arrepentidos o por el tesón de jueces infatigables obligan a Íñigo Domínguez a seguir tirando del hilo en Paletos salvajes. En este volumen hay también nuevas historias de Cosa Nostra, la Camorra napolitana, la ‘Ndrangheta calabresa y las agrupaciones criminales surgidas en Roma. Contra el mito y contra la confusión laberíntica que rodean al crimen organizado, Íñigo Domínguez propone una prosa clara y adictiva, en la que la ironía y los golpes de humor no son un regate literario sino un mecanismo de defensa contra el espanto.

Este nuevo volumen adctivo de las crónicas de Íñigo Domínguez contra el mito y la confusión alrededor del crimen orgazado, con el humor como mecanismo de defensa.

FRAGMENTO

La verdad sobre la mafia en Sicilia y en Italia suele ser una cruzada casi personal, una última cadena humana de resistencia civil de unos pocos —policías, magistrados, periodistas— que siguen adelante y mantienen viva la esperanza de la comunidad. Francese, por ejemplo, también se ocupó de investigar la extraña muerte de otro periodista, Cosimo Cristina, cuyo cadáver apareció en un túnel de tren el 5 de mayo de 1960. Ni hicieron autopsia, se archivó como suicidio. Tenía veinticinco años y se ocupaba de la mafia. Es más, un año antes había fundado su propia revista, Prospettive Siciliane, para escribir lo que no podía contar en otros medios. Fue otra muerte olvidada, la primera del periodismo siciliano. Tardaron seis años en reabrir el caso, pero no se llegó a nada, quedó como un suicidio. Y no fue hasta 1999 cuando otro periodista, Luciano Mirone, sacó a la luz nueva documentación que apuntaba a un asesinato. Pero la Justicia aún no ha aclarado nada.

LO QUE PIENSA LA CRITICA - sobre Crónicas de la mafia

Imagine que tiene entre manos una novela, una gran novela del siglo XX que se derrama sobre el XXI. Muchísimas cosas, desde aspectos cruciales de la Segunda Guerra Mundial hasta ciertas políticas avanzadas, pasando por la estructura del Estado italiano o los meandros de la vida neoyorquina, carecen de explicación sin la mafia siciliana. - Enric González

SOBRE EL AUTOR

Nacido en 1972, Íñigo Domínguez es periodista en El País y colaborador de Jot Down y del programa A vivir que son dos días, de la cadena SER. Antes fue corresponsal en Roma durante casi 15 años para El Correo y el resto de diarios del grupo Vocento. En Libros del K.O. ha publicado ya Crónicas de la mafia (2014), primera entrega de este volumen, y Mediterráneo descapotable ( Un viaje ridículo por aquel país tan feliz) (2015), en el verano en que estalló la crisis. Ha recibido los premios de periodismo Cirilo Rodríguez, en 2015, y Salvador de Madariaga, en 2016. No hay mucho que añadir sin aumentar aún más las falsas expectativas. De pequeño ganó un viaje en globo en un concurso de redacción y pensó que escribir podía servir para algo: daba perspectiva.

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Seitenzahl: 512

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Íñigo Domínguez PALETOS SALVAJESCRÓNICAS DE LA MAFIA II

primera edición: mayo de 2019

© Íñigo Domínguez Gabiña, 2019

© Libros del K.O., S.L.L., 2019

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-17678-07-4

código ibic: BTC

diseño de cubierta: Artur Galocha

maquetación: María OʼShea

corrección: María Sánchez Robles y Pablo Uroz

A los periodistas italianos que escriben sobre mafia desde hace décadas y, en muchasocasiones, se han jugado y se juegan la vida.

INTRODUCCIÓN

La mayoría de estos textos han sido publicados en Jot Down, El País y otros medios españoles, y alguno italiano, entre 2014 y 2018, aunque en este libro no han sido ordenados según la fecha de publicación, sino con un criterio temático, cronológico en función de la historia de las mafias italianas y, más o menos, como parecía que se entendía todo mejor. Por otro lado, hay varios capítulos que han sido escritos expresamente para este libro, porque colman lagunas argumentales, completan el contexto y abordan cuestiones que me apetecía contar pero aún no había tenido ocasión.

En un libro anterior, Crónicas de la mafia, publicado en esta misma editorial en 2014, conté la historia, desde sus orígenes a la actualidad, de la mafia más conocida, la mafia en sí, la siciliana, Cosa Nostra. No obstante, entonces quedaron muchos episodios y aspectos sobre los que aún se podían decir bastantes cosas, por mi temor a aburrir al lector con demasiados detalles y por un afán de síntesis en un asunto de por sí bastante enrevesado. En estas páginas he pretendido seguir añadiendo más piezas a ese rompecabezas.

Además, he sumado algunas historias de las otras dos mafias italianas: la Camorra, asentada en Nápoles y su región, Campania, y la ‘Ndrangheta, de Calabria, así como de la criminalidad mafiosa de Roma. La idea es dar una mínima base de conocimiento sobre las mafias italianas, un asunto sobre el que, como ya señalaba en el libro anterior, creo que existe en España un gran desconocimiento, pese al enorme interés que despierta.

Todos los textos publicados con anterioridad han sido revisados para actualizar los datos, y a veces ampliados, sin la restricción de espacio a la que casi siempre obliga un medio impreso. Dada la génesis del libro, la extensión de los capítulos es variable. Se alternan apuntes y observaciones de algún aspecto concreto, navegando sobre la superficie, con largas inmersiones en asuntos complejos.

El título de este volumen, Paletos salvajes, tomado de uno de los capítulos centrales, va por ahí: desmitificar ese aura de glamour de muchas películas de mafia, para hacer ver que en la mayoría de los casos estamos hablando de individuos arcaicos y brutales, aferrados a un mundo primitivo. No es en ningún caso un insulto al medio rural del que muchos provienen, cuyos vecinos son los primeros que han sufrido a estos criminales como un rémora letal y también se han enfrentado a ellos con cultura cívica.

Quien haya tenido la paciencia y la amabilidad de leer Crónicas de la mafia también podrá seguir en las siguientes páginas la continuación de algunas de las historias narradas entonces, porque en muchos casos después de 2014 han seguido pasando cosas o surgiendo novedades, aunque se trate de asuntos de hace décadas. Pero a quien haya leído ese libro probablemente esto ya no le sorprenderá.

I. DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MAFIA

CAPÍTULO 1

Hombres del Colorado

Mario Francese era un periodista de tribunales y sucesos de Palermo en los setenta. Cada día al final de la jornada, en ese momento mágico de largarse de la redacción, se despedía de sus colegas siempre con la misma frase: «Uomini del Colorado, vi saluto e me ne vado!». Lo podríamos traducir como «¡Hombres del Colorado, os saludo y me largo!», aunque queda mejor en italiano. Francese era una especie de llanero solitario del periodismo siciliano, donde escribir de algunas cosas le convertía a uno en un extraño justiciero que se jugaba la vida en un mundo hostil. Mario Francese, supongo que ya lo habrán adivinado, escribía de la mafia y lo hacía como nadie, porque entonces nadie escribía de la mafia. Lo mataron el 26 de enero de 1979, cuando llegaba a casa, después de hacer su trabajo y despedirse por última vez de los hombres del Colorado. Tenía cincuenta y tres años y cuatro hijos.

Mario Francese era tan bueno que durante el juicio al cura mafioso Agostino Coppola, arrestado en 1974, se sentaba al lado del fiscal y hasta le sugería las preguntas que debía hacer para poner en aprietos al acusado. «Cornuto», susurró el sacerdote fulminándolo con la mirada. El padre Coppola era nieto del capo italoamericano Frank Coppola,Tre Dita (Tres Dedos). Era un mafioso más y mediaba en el pago de rescates de los secuestros de los Corleoneses de Totò Riina. Francese fue un reportero muy incómodo para Cosa Nostra, uno de los primeros en romper la omertà, el silencio general fruto del miedo, uno de los primeros en poner con nombres y apellidos los nombres de los mafiosos de Corleone en su periódico, Giornale di Sicilia, y contar sus negocios en las obras públicas o con los contratos de reconstrucción del terremoto de 1968 en Sicilia. Es una costumbre mafiosa que dura hasta hoy, como ha pasado sin ir más lejos con el terremoto de L’Aquila de 2009.

Con sus crónicas Francese levantó acta del ascenso de los Corleoneses, el clan que luego, en los ochenta, se adueñaría de la mafia hasta hoy. En el momento de su muerte trabajaba en un dosier escandaloso sobre corrupción mafiosa que su periódico se resistía a publicar. Según salió a la luz en el juicio por su muerte, quizá alguno de sus colegas, uno de esos hombres del Colorado, pero de los malos, le pasó esta información a la mafia. En un wéstern siempre puede haber quien te traicione y te dispare por la espalda. Cuando lo mataron se hizo de nuevo el silencio, la ley del terror volvió a imponerse en esa tierra de frontera que a veces parece Sicilia. Los pocos que lo rompían, otros periodistas incómodos que tomaban el relevo, a veces también fueron asesinados, como Giuseppe Fava, Mauro Rostagno y Giancarlo Siani, y antes que ellos Mauro De Mauro, Giovanni Spampinato o Peppino Impastato.

La verdad sobre la mafia en Sicilia y en Italia suele ser una cruzada casi personal, una última cadena humana de resistencia civil de unos pocos —policías, magistrados, periodistas— que siguen adelante y mantienen viva la esperanza de la comunidad. Francese, por ejemplo, también se ocupó de investigar la extraña muerte de otro periodista, Cosimo Cristina, cuyo cadáver apareció en un túnel de tren el 5 de mayo de 1960. Ni hicieron autopsia, se archivó como suicidio. Tenía veinticinco años y se ocupaba de la mafia. Es más, un año antes había fundado su propia revista, Prospettive Siciliane, para escribir lo que no podía contar en otros medios. Fue otra muerte olvidada, la primera del periodismo siciliano. Tardaron seis años en reabrir el caso, pero no se llegó a nada, quedó como un suicidio. Y no fue hasta 1999 cuando otro periodista, Luciano Mirone, sacó a la luz nueva documentación que apuntaba a un asesinato. Pero la Justicia aún no ha aclarado nada.

La muerte de Francese también fue olvidada y no llegó a una sentencia judicial hasta 2003, con una condena definitiva de treinta años para Totò Riina y otros capos de los Corleoneses. En buena parte se llegó a ella por el empeño personal de uno de sus hijos, Giuseppe, que el día del crimen tenía doce años y quedó marcado por esa tragedia para el resto de su vida. Se convirtió en el máximo experto en la muerte de su padre, los fiscales le llamaban para consultarle dudas y al cabo de quince años de búsqueda de la verdad logró reabrir el caso con un dosierexhaustivo. Cuando por fin en 2002 obtuvo la confirmación de la condena en segunda instancia y consiguió que se hiciera justicia, se suicidó, con treinta y seis años. El otro hijo de Mario Francese, Giulio, también es periodista.

Con el recuerdo de Mario Francese y otros valientes hombres del Colorado comenzamos estas páginas en las que contaremos cosas de la mafia, pasadas y actuales, valga la redundancia, porque en Italia casi todo lo pasado se parece al presente. No hay muchos cambios y, aunque se ha avanzado mucho, el silencio a veces es parecido. Italia se ha acostumbrado al ruido de fondo de la mafia como al del tráfico, y en el extranjero hay poca información.

Recuerdo, en enero de 2014, la noticia del espantoso asesinato en Calabria de Nicola Iannicelli, llamado Cocò, un niño de tres años, junto con su abuelo y la pareja de este. Les pegaron un tiro y los quemaron dentro de un coche. Parecía ser un ajuste de cuentas entre clanes de la mafia calabresa, la ‘Ndrangheta, en un asunto de drogas. Fue un ejemplo más de la asombrosa resignación al terror que reina en Italia. Salvo excepciones, fue noticia de segunda fila en televisiones y diarios.

Al año siguiente, en octubre de 2015, fueron arrestados los dos presuntos asesinos y se perfiló la trama del crimen. El abuelo del niño, Giuseppe Iannicelli, era un traficante de cocaína dentro de una familia llena de ellos. El padre y la madre del pequeño Cocò, por ejemplo, estaban en prisión a la espera de sentencia en ese momento, junto a su abuela y otros tres familiares. Por eso el niño se encontraba con su abuelo. Este hombre estaba ampliando su mercado, metiéndose en territorio rival y sabía que tenía andar con cuidado. Hacía su reparto de droga con su pareja y su nieto porque pensaba que yendo con ellos, usándolos como escudo humano, no le pasaría nada. Pero le pasó. Cuando prendieron fuego al coche, sobre el pueblo se alzó una columna de humo negro y el aire se llenó de un penetrante olor a quemado. Sus presuntos asesinos —al cierre de este libro aún no había sentencia definitiva— se pasearon poco después por el pueblo con la ropa sucia de hollín, las manos manchadas y oliendo a gasolina. Un mes después el padre de Cocò fue condenado a ocho años de cárcel y su madre a diez. No obstante, el juez le permitió a ella cumplir la condena en arresto domiciliario para poder cuidar de sus otras dos hijas. Todo esto ya ni fue noticia.

CAPÍTULO 2

Mucho peores que en las películas

Donde menos me imaginaba, en Madrid, he conocido a un italiano, a cuyo padre asesinó la mafia siendo él un niño. No lejos de su lugar de trabajo hay uno de esos restaurantes que se llaman no sé qué de la mafia. No voy a hablar de ese tema, que en Italia ha desatado una gran indignación, y con razón, porque no hay mucho más que decir si se figuran lo que piensa este hombre cuando pasa por allí. Obviamente no creo en la mala fe de los dueños de ese negocio, pero sí en su ignorancia. Que no es un caso único, sino bastante común. Se olvida con frecuencia que la mafia no es algo de las películas, sino real, y que no tiene ninguna gracia. Son crímenes terribles que pasan en el barrio de uno, delante de tu casa, no en la tele.

Por ejemplo, entre el 2 y el 3 de mayo de 1991 en Taurianova, Calabria, un pueblo de 16000 habitantes, hubo cinco muertos en menos de 24 horas. Fue un lance más de una guerra entre clanes rivales de la ‘Ndrangheta. El episodio más terrorífico fue el asesinato de los hermanos Giuseppe y Giovanni Grimaldi, de 54 y 59 años. Estaban por la tarde charlando delante de su carnicería cuando paró un coche y bajaron dos tipos armados con fusiles. Intentaron escapar, pero los abatieron. Giuseppe tenía aún en la mano un cuchillo de carnicero. Uno de los asesinos se lo quitó y le cortó la cabeza de un tajo. Luego la lanzó al aire y empezaron a disparar contra ella como en un tiro al blanco. Estuvieron un rato divirtiéndose, delante de decenas de transeúntes aterrorizados. Cuando se fueron, la cabeza quedó a treinta metros.

Este tremendo episodio, más propio de un wéstern de Tarantino que de un Estado de derecho, fue el que dio pie en 1991 a una ley para disolver ayuntamientos por infiltración mafiosa. Es decir, para decretar que si un lugar había caído en poder del crimen organizado, la democracia quedaba suspendida hasta nueva orden. Desde entonces hasta diciembre de 2018 han sido inspeccionados 269 municipios italianos y un total de 243 han terminado intervenidos. En 2018 fueron nada menos que 23. En esta lista negra hay incluso una capital de provincia, Reggio Calabria, y cinco empresas públicas de sanidad. Por regiones, la encabeza Campania, seguida de Calabria y Sicilia. Es lo previsible, pero las regiones afectadas son diez, la mitad de Italia y cada vez la presencia mafiosa aparece en lugares más insospechados. En el capítulo 34 hablaremos del trauma nacional que supuso en 2016 la disolución del primer municipio en la región de Emilia-Romagna, al norte del país y considerada modelo de progreso y bienestar.

No se sabe a ciencia cierta a cuánta gente han matado en Italia las tres mafias —Cosa Nostra siciliana, Camorra de Nápoles y alrededores y ‘Ndrangheta de Calabria— en siglo y medio de historia. Se ha perdido la cuenta de cientos de fallecidos del siglo xix, salvo algunos de renombre. Muchos vivían en remotas zonas rurales y otros simplemente desaparecían. Las víctimas, con nombres y apellidos, mayoritariamente en el siglo xx y este, se calculan en más de 800. Pero eso solo son las inocentes. La cifra se dispara a números increíbles, al menos 6000 muertos más, si se le suman los propios mafiosos y parientes asesinados en guerras internas, ajustes de cuentas o interminables venganzas entre familias que se exterminan mutuamente durante décadas. Ahí van cayendo hermanos y hermanas, primos y primas, y todo el que tenga una lejana relación. Se llama vendetta trasversale: si no puedes matar al objetivo, matas a alguien que tenga relación con él, cualquiera vale. En Nápoles se llegó a ejecutar a tiros a niños de 14 años en plena calle, como el caso del chaval Giovanni Giargulo, en 1998. Los Corleoneses secuestraron en Sicilia a un niño de 12 años, Giuseppe Di Matteo, hijo de un arrepentido, y lo estrangularon tras un cautiverio atroz de más de dos años.

Estos miles de muertos pueden parecer una cifra exagerada, pero basta repasar el balance de los principales conflictos. La segunda guerra de mafia en Sicilia, a principios de los ochenta, se saldó con unos 1700 asesinatos. En Nápoles, el escritor Roberto Saviano ha contado cerca de 3600 muertos en la Camorra de 1979 a 2005, periodo que se abre y se cierra con dos feroces enfrentamientos a gran escala de dos bloques de facciones. El primero, en los ochenta, fue entre la Nueva Camorra Organizada (NCO) y la Nueva Familia; y el segundo, a mediados de la pasada década, entre el clan Di Lauro y sus aliados contra el grupo de los llamados scissionisti (de escisión, una facción contraria surgida en el clan).

La primera guerra de ‘Ndrangheta, de 1974 a 1977, dejó 233 muertos. La segunda, entre 1985 y 1991, cerca de 700. Es decir, el sur de Italia ha sido un escenario intermitente de guerra, sin que oficialmente hubiera ninguna.

Se puede pensar que mientras se maten entre ellos no hay problema, pero es un error. Las calles se convierten en campo de batalla y esto ha sido especialmente caótico en el caso de Nápoles. En una especie de guerra de guerrillas, con tiroteos a lo loco en medio de la gente, muchas veces le pilla a alguien que pasa por allí. Nápoles tiene un número siniestramente alto de gente muerta de un tiro por casualidad. A veces, niños. En los últimos 25 años se cuentan al menos 36 menores muertos por balas perdidas o por estar allí. Gioacchino Costanzo, de año y medio, que iba en brazos de un camorrista, fue el muerto número 186 de la Camorra de aquel año, 1995. Era el nieto de la pareja de este delincuente, que solía pasearse con él. Es posible que lo usara precisamente como escudo, pensando que así no le dispararían. Pero le frieron a tiros igual.

Hubo otro caso espantoso en Sicilia en 1985, el día que Cosa Nostra intentó asesinar al juez Carlo Palermo con un coche bomba aparcado que hicieron estallar al paso de su vehículo. Sin embargo, en el momento de apretar el botón otro automóvil se interpuso entre ambos, porque adelantó al del magistrado. Al asesino le dio igual y activó la bomba. Aquel turismo y sus ocupantes saltaron en pedazos. El juez se salvó. En el coche iba una mujer de 30 años que llevaba al colegio a sus dos hijos gemelos de 6 años. Nunca se ha conocido a los culpables.

Hay muchísimos muertos por errores, porque conducían el mismo modelo de coche que quien querían asesinar, o por un apellido igual, o por el parecido físico. También hay un sinfín de casos en el limbo, porque no hay cadáver. Es la lupara bianca, expresión que viene de la escopeta siciliana, la lupara, y que se aplica cuando se mata sin dejar rastro. En la segunda guerra de mafia en Sicilia, dado el enorme número de víctimas, los Corleoneses se especializaron en disolverlas en ácido. Tenían incluso una nave donde de forma casi industrial llevaban gente, la mataban y la hacían desaparecer en bidones.

El método de toda la vida era arrojar los cuerpos a una de las simas de las montañas de Sicilia, como las que rodean Corleone. Muy cerca, en Roccamena, encontraron en 2017 una con doce cuerpos, de diez hombres y dos niños, de 12 y 14 años. Los forenses creen que murieron entre los años sesenta y ochenta. Más de veinte personas se presentaron a los carabinieri para ver si eran familiares suyos, entre ellos parientes de mafiosos que aún no sabían qué había sido de algunos de ellos. Ese año también se localizó otro cementerio de mafia un tanto particular: en 1999 enterraron un coche entero, un Fiat Uno, con los cadáveres de dos mafiosos dentro. Se conoce que, ante la duda de qué hacer con el vehículo, los asesinos decidieron sepultar con una excavadora todo junto. Para ejecutarlos emplearon otro truco clásico: una cita trampa. Ha ocurrido muchas veces, por eso una invitación a comer en un sitio tranquilo puede ser motivo de alarma para un mafioso, porque quizá no salga de allí. En esto hay dos escuelas: resolver el asunto en los aperitivos o ya para los postres. Todo depende de si los asesinos realmente quieren comer, y si tienen estómago para hacerlo antes o, incluso, después. Generalmente los estrangulan por la espalda, incluso en grupos. Se habla de banquetes con una docena de muertos, como uno de 1982 en el que cayeron el capo Rosario Riccobono y todos sus hombres. En otra comilona mortal de 2006 al boss Lino Spatola lo enterraron con lo que había llevado a la cena. Pasó a la eternidad con un conejo y una botella de champán.

CAPÍTULO 3

La omertà del cine italiano con la mafia

En 2014 escribí Crónicas de la mafia para hablar en España de la mafia, que es algo que a los españoles les interesa mucho pero de lo que, creo yo, no tienen ni idea. Tampoco saben que la tienen en casa, pero eso es otra historia. Cada vez que voy por allí es sobre lo que siempre me preguntan, pero con secretismo y, es más, hasta me plantean si la mafia existe realmente, como si se hablara de gnomos del bosque. Entonces cuento algunas cosas, y siempre veo un asombro general. La mafia, y no creo que les ocurra solo a los españoles, sino en general a todos los extranjeros, despierta una fascinación extraña, combinada con una gran curiosidad y, paradójicamente, un total desconocimiento. ¿Por qué? La respuesta la sabemos todos: el cine.

Puede causar perplejidad, pero fuera de Italia suena el nombre de Falcone y poco más. Todas las demás imágenes que vienen a la cabeza son de El Padrino. Nueve de cada diez veces que me llaman de una radio española para hablar de mafia la sintonía es la música de Nino Rota, y el tono, a veces, como de estar hablando de algo de las películas, casi divertido. Sé que el término «divertido» es obsceno, pero así es. El cine ha distorsionado mucho la percepción de la mafia fuera de Italia, porque la gente no tiene otro elemento de información ni de juicio. Son las películas, y no los diarios o los libros el principal vehículo de conocimiento. En España suelo decir, para que se entienda, que ETA ha asesinado a más de 800 personas en cuarenta años, una cifra que se superó ampliamente solo en dos años en la guerra de mafia de Palermo en los ochenta. Pero a nadie le hace gracia ETA. Entonces lo entienden.

Por eso cuando terminé el libro, una historia de la mafia siciliana desde sus orígenes hasta hoy, algo así como «La mafia explicada a un extranjero», pensé que quedaba incompleto sin el cine. Quise rastrear la presencia de la mafia en el séptimo arte desde sus inicios para intentar comprender cómo se habían ido formando esos estereotipos. Fue un viaje muy curioso. Sobre todo por una razón: la mafia aparece muy pronto en Hollywood en el cine mudo —obviamente la mafia italoamericana—, pero tarda casi medio siglo más en salir a escena en Italia. Del mismo modo pensaba encontrar muchas más películas italianas sobre mafia, pero no hay tantas como puede parecer. Americanas, miles, por supuesto, y de ahí que muchas ideas de la mafia lo sean en realidad sobre la italoamericana. Me sorprendió igualmente lo poco que hay escrito, o yo no lo he encontrado, sobre el cine italiano y la mafia en Italia. Todo ello dice muchas cosas.

La primera película italiana sobre la mafia es En nombre de la ley (In nome della legge), de Pietro Germi, en 1949, y hasta los sesenta se cuentan con los dedos de una mano. Otro detalle: la gran mayoría de títulos sobre la mafia siciliana es de directores no sicilianos. Germi era genovés; Francesco Rosi, que rompe el silencio sobre la mafia con títulos fundamentales desde Salvatore Giuliano (1961), es napolitano; Alberto Lattuada, autor del fantástico El poder de la mafia (Mafioso, 1962), con Alberto Sordi, era lombardo; los hermanos Taviani, que también rodaron ese año Hay que quemar a un hombre (Un uomo da bruciare), toscanos. Era romano Elio Petri, quien llevó por primera vez al cine en 1967 un libro de Sciascia, A cada uno lo suyo (A ciascuno il suo), y Damiano Damiani, que estrenó El día de la lechuza (Il giorno della civetta) al año siguiente, era de Pordenone. Una curiosidad cinéfila: sí era siciliano un tal Giorgio Castellani, quien hizo en 1997 I Grimaldi (Los Grimaldi), una saga familiar siciliana con una mafia benévola, pero merece la pena indicar que era un seudónimo de Giuseppe Greco: era hijo de Michele Greco, uno de los grandes capos de Palermo en los ochenta.

En cambio la primera película mafiosa de Estados Unidos es de 1906: La mano negra (The Black Hand), que se puede ver en Internet. Hollywood abordó muy rápido el tema de la mafia porque era un asunto de alarma social que estaba todos los días en la prensa. Es en los diarios donde crece el mito del enemigo público número uno y las historias de gánsteres, que luego pasan al cine. Ya en los años treinta surge un problema aún actual: si el protagonista es un criminal, ¿no se está dando mal ejemplo? En Italia, con la serie Gomorra, emitida en 2014, volvió a aparecer el mismo debate. En Hollywood, para empezar, eligieron actores que no eran estrellas ni guapos: James Cagney, Edward G. Robinson, Paul Muni. Se quería evitar la identificación. Luego el código Hays, un estricto reglamento de censura para preservar las buenas costumbres, fue más lejos y prohibió toda representación del mal en forma positiva.

Todo esto entonces eran debates inexistentes en Italia donde, por no existir, ni siquiera existía la mafia oficialmente, y por tanto mucho menos el cine de mafia. Hubo una suerte de omertà cinematográfica, en sintonía con la informativa o literaria. Naturalmente influyó el fascismo con su censura, sobre todo porque en teoría, según la propaganda oficial, había derrotado a la mafia con el prefecto Mori. De ahí que hubiera que esperar hasta 1949, y aun así en el filme de Germi se presenta una mafia al viejo estilo, garante de orden, que al final hasta acepta las instituciones. Muy optimista. Pero esto no debe distraer del punto esencial que marca la diferencia con Hollywood: cuando el cine italiano aborda por fin la mafia lo hace desde la denuncia, la investigación, el realismo y la batalla civil. Porque quizá era el único enfoque posible. Delata que la percepción del fenómeno es mucho más grave que en Estados Unidos, con plena conciencia de que se trata de un tabú y de un profundo asunto político. Eso también explica que a pocos se les ocurriera acercarse a él con una película. Y si alguien lo hacía, lo último que quería era crear un simple entretenimiento de acción. Eso llegaría en los setenta. En realidad es la televisión la que hace la gran operación cultural de información sobre la mafia con La Piovra, a partir de 1984. Sobre todo porque sus mejores temporadas coincidieron con los terribles acontecimientos de los noventa. A partir de entonces las series televisivas sobre mafia son frecuentes, aunque de un nivel muy variable y a veces banal.

Dicho esto, otra consideración sobre un aspecto que a mí, extranjero en Italia, me ha llamado mucho la atención: hay un sorprendente filón cómico del cine mafioso, que además nace igual de pronto que el serio. En 1961, el año de Salvatore Giuliano, se estrena la primera película de los cómicos Franco y Ciccio —ellos sí, sicilianos—, que se acerca a la mafia en forma de parodia, L’onorata società (La honorada sociedad). Vittorio De Sica es un padrino improbable que ordena ejecuciones de honor en una indescriptible comedia que tiene de fondo la represión sexual de la sociedad tradicional de Sicilia. La batalla final entre dos bandas se retrata como si el asesinato fuera un deporte local. Vista hoy es increíble, de verdad. Pero no lo son menos que otras cintas de Franco y Ciccio que explotaron esta mina a partir de 1963, incluso con una serie que arranca con Dos de la mafia (I due mafiosi), de Giorgio Simonelli. Más allá de su calidad, lo interesante de estos títulos —Dos mafiosos contra Goldezenger (Due mafiosi contro Goldginger), Dos pistoleros (Due mafiosi nel Far West), Dos contra Al Capone (Due mafiosi contro Al Capone)…— es la semántica: la expresión «mafioso» está usada en sentido positivo, con el significado de gamberro o simpático sinvergüenza. Denota cómo todavía a mediados de los sesenta la percepción de la mafia era muy equívoca a nivel popular. Y eran películas con muy buenas recaudaciones.

Ya en los setenta se abre el filón del cine policíaco, la Serie B, con mucha presencia mafiosa y a veces crítica social. Se debe en parte a la irrupción en 1972 de El Padrino (The godfather), que populariza el tema y crea escuela. Pensando en la obra maestra de Coppola, una opinión personal: en Italia hay buenas películas sobre mafia y desde hace años ya no parece haber tabúes, pero creo que aún está pendiente la gran película sobre la mafia siciliana. Es asombroso comprobar cómo hasta 1972 el cine americano habla a menudo de la mafia, pero raramente la asocia a la comunidad italoamericana. Por presiones de la propia mafia y temor a acusaciones de racismo. La historia del rodaje de El Padrino es tan apasionante como la película, porque la mafia neoyorquina intentó pararla. Lo gracioso es que al final a los mafiosos les encantó, empezaron a imitarla y siempre encuentran el DVD en las redadas. Nunca el de Uno de los nuestros (Goodfellas), de Scorsese, donde la mafia no aparece estilizada, sino en toda su crudeza. Es más, tiempo después se descubrió que una de las sociedades de la producción de El Padrino era de Michele Sindona, el banquero de Cosa Nostra. Así que, en cierto modo, hasta la produjeron.

II. COSA NOSTRA

CAPÍTULO 4

El Gandhi siciliano

Danilo Dolci es un personaje único, genial en su idea de usar la no violencia para combatir a la mafia y la pobreza crónica de Sicilia, dos problemas unidos entre sí, a partir de los años cincuenta. Aunque su padre era un maquinista de trenes siciliano, él nació, por los traslados de su trabajo, en la otra punta de Italia, cerca de Trieste, en un pueblo que ahora es Eslovenia. Era 1924. Tampoco su formación tiene nada que ver con lo que hizo luego, porque acabó como un gran sociólogo y pedagogo, escritor y poeta. Estudió en Milán para aparejador y tras la guerra cursó arquitectura, pero lo dejó todo por irse a una comunidad agrícola de pobres fundada por uno de esos curas anárquicos italianos, Zeno Saltini. Esta experiencia cambió su vida y en 1952, con 28 años, e indignado por la miseria, decidió sumergirse en la Sicilia profunda, con una idea bastante extravagante: cambiar el mundo desde abajo.

El lugar que eligió fue Trappeto, un pueblucho de 2000 vecinos en la costa que se extiende entre Palermo y Trapani, donde había vivido de niño. Se instaló en una chabola y abrió una escuela, un núcleo de casas que acabó llamándose Borgo di Dio. Desde allí inició una auténtica revolución, hasta su muerte en 1997. Contra la mafia y la injusticia usó, por ejemplo, el ayuno. Fue lo primero que hizo nada más llegar: ocho días de huelga de hambre en casa de un matrimonio que acababa de perder a su hijo por desnutrición. La posguerra en Sicilia fue durísima, en las zonas rurales la mayoría de la gente solo tenía algarrobas para comer. Dolci pronto empezó a salir en los periódicos, aparecían noticias de un loco que denunciaba los horrores tercermundistas sicilianos, como la explotación de los jornaleros y la plaga del trabajo infantil. Su compromiso era a ultranza: decidió casarse con una vecina abocada a la pobreza, una viuda con cinco hijos, para hacerse cargo de la familia y salvarla de la miseria, aunque no todo fue beneficiencia, porque luego tuvo cinco hijos más con ella. Más otros dos con una sueca con la que se lió después, pero esa es otra historia.

Este hombre no caía del cielo, sus inquietudes estaban también en el aire de la época. En la Italia de la posguerra luchar contra la pobreza era una prioridad de la nueva República. En 1953 se creó una comisión de investigación parlamentaria cuyo objeto era «la miseria en Italia y los medios para combatirla». Sicilia era una de las principales preocupaciones: el 25,2 % de la población vivía en la miseria, frente a una media nacional del 11,8 %. La esperanza de vida era de 50 años. En Somalia, hoy, por ejemplo, es de 55. El objetivo de Dolci, la misión, diríamos mejor, era librar esa batalla por su cuenta e impulsar a la sociedad a una guerra general contra la pobreza. Su técnica fue quedarse a vivir en ese mundo que pretendía salvar para conocerlo desde dentro, para dar voz y palabra a los más desfavorecidos. En resumen, dio a conocer el contexto social de atraso económico en el que vive la mafia, aunque entonces nadie hablaba de ella, y mucho menos en el resto de Italia. Por eso traemos a estas páginas a Dolci, ya que nos sirve muy bien para comprender de dónde sale la mafia.

Mientras estudiaba el terreno, para ver por dónde se podía trabajar y meter mano al problema, Dolci fue escribiendo un diario en 1954, que es como un parte de guerra de la injusticia y la pobreza. Su primera obsesión fueron los pescadores, explotados, mal pagados y que hacían frente a la pesca ilegal, consentida por las autoridades. Nadie se había preocupado antes de este gremio y él fue uno de los primeros. Sí lo había hecho Lucchino Visconti en su película La Terra trema (La tierra tiembla) de 1948, rodada sin actores profesionales, con vecinos de un pueblo de Sicilia. Este filme da una idea exacta de la dura vida de los pescadores. En los rótulos iniciales dice: «La historia que se cuenta es la misma que se renueva en el mundo desde hace años, en todos los pueblos donde hombres explotan hombres».

Otro de los protagonistas de las observaciones de Dolci es la violencia entre seres humanos, tan natural en el paisaje como la animal. Asesinatos, secuestros, venganzas, bandidos. La Sicilia rural vivía sometida al crimen y los abusos, incluidos los de policías y patrones. La posguerra es un momento de transición en la isla de una mafia rural a una urbana, cuando comienza a hacerse más poderosa. Es paralela al declive de los últimos bandoleros y salteadores de caminos, de larga tradición en la isla y que desaparecieron con el cambio de época. En esta decadencia final, la mafia se aprovechaba de los bandidos y les dio la puntilla: si le daban un porcentaje de lo que robaban, ganado o mercancías, los protegía; si no, los mataba o los denunciaba. Los usaba para sus trabajos sucios según sus intereses, con la promesa de que cuando colocaran a sus políticos de referencia en el poder, habría una amnistía e incluso podrían llegar a tener cargos en la policía. Promesas que nunca se cumplirían. El caso más famoso fue el de Salvatore Giuliano, que ejecutó la matanza de Portella della Ginestra en una fiesta sindical en 1947 y fue asesinado tres años más tarde en una encerrona planeada por mafiosos y carabinieri.

La zona donde se instaló Dolci era una tierra infestada de bandoleros, la peor de Sicilia, entre Partinico, Trappeto y Montelepre, el pueblo de Giuliano. De ahí su mala fama. Por eso Dolci decidió centrarse precisamente en este aspecto en su primer libro, Banditi a Partinico (Bandidos en Partinico), publicado en 1955. Arranca con esta apreciación estadística: en esta zona, con 33000 habitantes, había 350 bandidos fichados y entre ellos solo un caso en que tanto el padre como la madre contaban con una educación escolar mínima de cuarto curso de primaria.

Se trata, como ya habrán imaginado, de un libro muy sorprendente. Con el retrato que hemos ido haciendo quizá se esperaban un texto idealista y utópico, pero es todo lo contrario: un asombroso informe basado en datos y análisis. Dolci estudia el problema como si diseccionara un insecto. Explica que en Partinico, 25258 habitantes en 1953, hay seis mil familias. Casi la mitad, en paro. Muchas casas de una sola estancia y con el suelo de tierra. Tres o cuatro hijos de media. Quien puede, emigra. La mayoría hablan a duras penas italiano, solo saben siciliano. Calles de barro y llenas de basura, buena parte sin alcantarillado ni energía eléctrica. Una vez descrito el asunto, manos a la obra. Dolci coge el toro por los cuernos para saber exactamente de qué estamos hablando. Título del primer capítulo: «De qué se vive». Sigue con otros de este estilo: «Cómo se administra», «Cómo se educa», «Cómo se cura»… Y responde con números y precisión científica. Es una prosa rigurosa, con afán de documentar la realidad de arriba abajo, entre lo académico puro y el reportaje estricto. Tras describir un panorama desolador no deja de anotar también: «Escasa la actividad deportiva».

Dolci entró en cientos de casas recogiendo testimonios. Apenas interviene en el texto, solo transcribe. Refleja hambre, cárcel, miseria, suicidios, enfermedades mentales. La gente le cuenta sus vidas, sus desgracias, sus alegrías, sus cosas. En qué creen, a quién votan, sus recuerdos de infancia, si van al cine:

—¿Cuándo es el momento más bello de la jornada?

—Cuando me siento a la mesa con mi mujer y como.

Otro diálogo:

—¿Lee?

—Para firmar, firmo rápido. Para firmar soy un profesional, y también para hacer cuentas. Cuando haya escuela nocturna en Partinico me apuntaré para aprender a leer, así seré más bueno.

Otro:

—¿Cuándo es fiesta para ti? ¿El día del Corpus?

—Cuando se trabaja.

Casi todos creen en la Madonna del Ponte y votan a Democracia Cristiana. Todos sueñan con una chuleta. Los testimonios son en siciliano, porque como advertía también Visconti al inicio de La Terra trema, rodada en dialecto: «Ellos no conocen una lengua que no sea el siciliano para expresar rebeliones, dolores y esperanzas. La lengua italiana no es en Sicilia la lengua de los pobres».

Dolci se detuvo a analizar en especial el barrio de Via della Madonna, el más marginal, conocido como «el de los fuera de la ley». Vivían 910 familias. Entrevistó a 161 personas con un cuestionario fijo. Prácticamente todas habían pasado por la cárcel. Eran muy pocos los que habían estudiado más allá del segundo o tercer año de primaria y en cualquier caso luego lo habían olvidado todo. Trabajaban, con suerte, cuidando vacas o como jornaleros. Dolci hace números y una reflexión: todos ellos suman en total 296 años de escuela, y en unas escuelas míseras, pero la misma sociedad que apenas los ha educado con eso, los ha pretendido educar luego con 716 años de cárcel. Considera que hay cierta desproporción o, más bien, que es precisamente una proporción reveladora, que un dato es consecuencia directa del otro, y que debería funcionar al revés: con más educación, menos años de cárcel. En Montelepre, el pueblo de Giuliano, aún más pobre porque apenas había tierra cultivable y tras la guerra morían de hambre, este cálculo es incluso peor: 350 años de escolaridad para 1032 años de cárcel.

¿Qué estaba queriendo decir Dolci? Que la gente robaba porque no le quedaba otro remedio, que comprendía el delito y que el Estado no estaba a la altura ni entendía en absoluto la situación, cuando no era directamente insensible o brutal. De ahí, otro factor esencial, una total desconfianza en la autoridad y la tendencia general de cada uno a tomarse la justicia por su mano.

Entre los testimonios que recogió Dolci está el de un hombre identificado como M. N. Dice que en 1936 estaba tan desesperado por morir de hambre, trabajar por cinco liras al día como jornalero y no poder ni pagar el alquiler, que un «día fatal» dejó a su mujer y sus hijos y se alistó en el ejército real. Le dijeron que iría a África Oriental, a las colonias, pero luego hubo un cambio de planes. Los metieron en un barco y desembarcaron en Cádiz. Era la Guerra Civil de España; acabó en el frente de Guadalajara. En su primer combate, del miedo que pasó, dijo: «Nuestros pelos hacían levantarse el casco de acero sobre la cabeza». Aquella batalla fue un desastre para los italianos, pero este hombre sobrevivió y regresó a casa. Sin embargo, luego acabó cinco años en la cárcel, pese a ser «casi inocente», afirmó, y sigue su relato con nuevas penalidades en prisión.

Hay otros testimonios de guerra, pobre gente que fue enviada al frente en lugares muy lejanos de Sicilia, en la Primera Guerra Mundial o en la Segunda. Los más ancianos describen la vida en Sicilia a finales del xix y la emigración a América. «El 20 de septiembre de 1913 llegamos a Broccolin», escribe uno, para decir Brooklyn. Todas son historias de pobreza e injusticia, donde los carabinieri paran por los caminos y multan a un pobre hombre que lleva en un saco higos chumbos, cogidos por los campos, o a otro que vende patatas en su bicicleta sin licencia. Otro fue a la cárcel veinte días por cruzar andando la vía del tren. Dolci también incluye un informe de testimonios de torturas en prisión. Esto era el Estado para la gente pobre.

Nadie menciona la palabra mafia, salvo uno que cuenta de una familia que acudió a ellos para que mataran a otro en un ajuste de cuentas privado. Sí aparecen grupos criminales de extorsión, probablemente mafiosos. En un caso le piden a un campesino 500 liras, dos panes y un frasco de vino, porque saben que ha regresado de América y debe de tener dinero. Volvieron al cabo de un tiempo una vez más. Pagaban y ya está, no había mucho más que hacer.

Dolci prosigue su descripción metódica de este infierno, pero en el último capítulo, siguiendo la misma fórmula, da un giro. Se titula: «Cómo se podría resolver». Empieza así: «Si los setecientos u ochocientos millones que se han usado para los gastos de policía solo en Partinico se hubieran empleado inmediatamente para recoger las aguas del riachuelo Iato con una presa, para regar 8000 hectáreas, no habría habido bandolerismo, no habría habido paro». De aquí su propuesta: construir ese embalse, que costaría 1000 millones de liras y se amortizaría en dos años. Les adelanto que lo consiguió. Tras numerosas movilizaciones, las obras comenzaron en febrero de 1963. El regadío fue por fin una realidad en 1971.

Banditi a Partinico constituyó una bofetada para una Italia que empezaba a subirse al tren del progreso. El gran filósofo y politólogo Norberto Bobbio le hizo un elogioso prólogo: «Tras leer estas páginas, escuchad la resonancia siniestra o irónica que adquieren en vuestro ánimo palabras como democracia, justicia, derecho, ley». Tras publicar el libro, Dolci pasó a la acción con movilizaciones no violentas. Desde su pueblo empezó a armar lío, convencido del poder de la palabra y de la cultura. La gente, los campesinos, los pescadores de la zona, hasta entonces dejados de la mano de Dios, se volcaron con él. En su desafío a las autoridades tuvo una idea brillante, una huelga al revés organizada en 1956 en Partinico: si los trabajadores paraban para protestar, los parados protestarían trabajando. Con centenares de desempleados se puso a reparar una carretera municipal abandonada. Dolci fue arrestado y condenado a dos meses de cárcel por ocupación del suelo público. El proceso, en el que al final fue absuelto, tuvo un gran seguimiento en todo el país.

Para entonces ya era famoso. También por su segundo libro, Inchiesta a Palermo (Investigación en Palermo), de 1957, que ganó un importante premio literario italiano. De este modo su juicio tuvo eco en la prensa europea, donde Dolci ya era respetado como intelectual de acción. Por ejemplo, la revista de Jean Paul Sartre, Les Temps Moderns, prestó atención muy pronto a Dolci y a su batalla civil, y su editorial fue la primera en traducir el libro en el extranjero ese mismo año. Luego se fueron sumando a su lista de admiradores Bertrand Russell, Jean Piaget, Erich Fromm y el Abate Pierre, entre otros. En este segundo libro mostró que el drama también estaba en la ciudad, en Palermo. Entrevistó a 500 personas de barrios pobres con diez preguntas muy simples. Primera: «¿Tiene trabajo?». Otra: «Cuando no trabaja, ¿cómo come?». Un total de 324 dependían de la ayuda de amigos y familiares o buscaban hierbas en el campo. Parece un reportaje de un remoto suburbio indio. Dolci se atormentaba con la pregunta clave: ¿por qué hay tanta gente que tiene una vida tan dura pero no logra organizarse en una mayoría y cambiar su existencia? Dedicó su vida a darle respuesta y, evidentemente, se convirtió en un subversivo inclasificable. Fue atacado también por la Iglesia católica, y mucho más cuando se puso a hablar de mafia, porque eso y la pobreza, declaró el cardenal de Palermo, Ernesto Ruffini, eran exageraciones que daban mala imagen de Sicilia.

Dado que se lo tomaba en serio, era lógico que Dolci fuera en 1965 el primero en Sicilia, y por tanto en Italia, en alzar la voz públicamente contra la mafia, en años en los que aún era un auténtico tabú. No había que ser un genio para comprender que en el atasco social de la isla la mafia tenía un papel decisivo, por su alianza de intereses con la política. Era una parte esencial del sistema que Dolci estaba combatiendo, y también se metió en esa batalla. Fiel a su técnica de trabajo, comenzó a investigar en profundidad y en un dosier lanzó graves acusaciones de connivencia contra dos importantes políticos sicilianos democristianos, el ministro Bernardo Mattarella y el subsecretario del ministerio de Finanzas, Calogero Volpe. El primero, por cierto, es el padre del actual presidente de la República italiana, Sergio Mattarella. Fue una conmoción nacional y se abrió un juicio contra ellos que al final se quedó en nada, pese a los graves indicios que salieron a la luz. Dolci y su colega Franco Alasia, coautor del informe, acabaron condenados a dos años de cárcel por difamación, aunque luego los indultaron. No obstante, su mayor logro fue poner sobre la mesa en el debate público las complicidades entre política y mafia. Es el gran asunto de fondo en esta cuestión, que ha marcado la historia reciente de Italia, y desde entonces nadie pudo decir que no sabía nada de eso. Fue precisamente en esos años, a partir de 1962, cuando se formó en el Parlamento la primera comisión de investigación de la mafia.

En 1970, durante dos días, también abrió la primera radio libre de Italia, en la que denunció la indecente situación de las víctimas del terremoto de Belice, en Sicilia, de 1968. Apareció la policía y le cerró la radio. Con su actividad, Dolci se convirtió en un símbolo que atrajo a su pueblo de Sicilia a cientos de jóvenes idealistas de Italia y del resto del mundo, que acudían a ayudarlo como voluntarios. También fueron muchos intelectuales a mostrarle su apoyo y darle visibilidad. Llegó dinero para cultivar tierras, construir diques y sistemas de regadío. Nació un gran proyecto educativo para cientos de niños de la comarca, con laboratorios de arte y música. Dolci puso en marcha lo que llamó «mayéutica recíproca», el método de Sócrates mejorado con la experiencia colectiva: en vez de llenar a los chavales de enseñanzas buscaba que las descubrieran a través del diálogo, compartiendo sus vivencias, para sacar a la luz lo mejor de sí mismos. Para darles confianza en sus fuerzas, hacerles ver que allí, en ese agujero negro, tenían lo que necesitaban y se bastaban por sí solos, sin esperar ayuda de nadie. Aldous Huxley, en el prólogo de Inchiesta en Palermo resumió así la figura de Dolci: «Sin caridad, el conocimiento tiende a carecer de humanidad; sin conocimiento, la caridad está destinada demasiado a menudo a la impotencia. En una sociedad como la nuestra a un nuevo Gandhi o a un moderno San Francisco no le basta tener compasión y benevolencia. Necesita una carrera científica y conocer una docena de estudiosos. Solo frecuentando el mundo del cerebro, no menos que el del corazón, el santo del siglo xx puede esperar alguna eficacia. Danilo Dolci es uno de estos modernos franciscanos con una carrera».

En su diario, que escribía para narrar su aterrizaje en aquel agujero olvidado del mundo de la Sicilia profunda, hay una nota especialmente bonita: «Los niños han querido oír otra vez Las cuatro estaciones de Vivaldi. No se cansan».

CAPÍTULO 5

Santos encapuchados

Un santo encapuchado, dicho así, parece un contrasentido. O se es santo, o se es encapuchado, y si uno se esconde quizá muy santo no es. Sin embargo podría ser el caso de alguien justo que sea perseguido injustamente. Robin Hood, para entendernos. El historiador británico Eric Hobsbawm eligió precisamente al proscrito de Sherwood como modelo para comprender sociedades arcaicas que, incapaces de llevar a cabo una revolución burguesa, generan formas peculiares de rebeldía. Ponía Sicilia como ejemplo. Él explicó así el origen de la mafia en el siglo xix, un análisis discutible, pero interesante, porque en Sicilia también tuvieron en el pasado remoto una especie de santos encapuchados, los Beati Paoli, una secta secreta que se movía por pasadizos y hacía justicia a los oprimidos. En Palermo se puede visitar la cripta donde se reunían, bajo la iglesia de Santa Maria del Gesù, aunque… bueno, no se sabe si existieron. La verdad, parece que no, pero es lo de menos: sí existe como mito, y los mitos son de quienes se los trabajan. Como la mafia.

La leyenda de los Beati Paoli era una historia popular, de carácter oral y origen confuso, hasta que se puso por escrito a principios del siglo xx. Lo hizo un tal William Galt en Giornale di Sicilia en 1909, un serial por entregas ambientado en los inicios del siglo xviii, bajo el reinado español, que constituyó un éxito formidable. En realidad Galt era un señor llamado Luigi Natoli, pero daba más el pego un nombre extranjero. Fue un personaje curioso con una notable producción literaria, 31 novelas y cientos de cuentos, y también 11 hijos. Uno le salió comunista, otro fascista y otro anarquista, porque era garibaldino y antifascista y creía en el libre pensamiento.

El culebrón volvió a ser publicado por capítulos en 1955 por el diario palermitano L’Ora y, por fin, dignamente como libro, titulado I Beati Paoli. Según anotó el historiador Rosario La Duca en la edición de 1971, prologada por Umberto Eco, «en Sicilia es todavía hoy el único libro que mucha gente ha leído en toda su vida». Hace recordar ese aforismo malévolo de Unamuno: «No hay nada peor que quien ha leído un solo libro». Y es así como llegamos a Totò Riina, el capo del clan de los Corleoneses de Cosa Nostra, fascinado con este novelón, que repartía entre sus hombres como si fuera la Biblia. Lo contó el que entonces era solo un raterillo de Palermo llamado Gaspare Mutolo, que compartió celda con Riina en los sesenta, fue adoctrinado por él y acabó afiliado como mafioso. Pero años después se convirtió en un valioso arrepentido.

Riina y Mutolo se encontraron tres décadas más tarde en los tribunales, en un careo muy tenso. «Gasparino, Gasparino…», le dijo el capo dei capi con su sonrisa siniestra. «Si has leído I Beati Paoli puedes adoptar el nombre de Matteo Lo Vecchio». El juez intervino para recordarle que ese personaje, un traidor, acaba asesinado: «Señor Riina, está usted amenazando». «Por favor, señor juez. Yo no sé cómo acabó, leí el libro solo hasta la mitad», respondió. Lo había leído bien, en todo caso, porque hay un pasaje que describe cuál es la clave de conducta de la secta: la media palabra, el silencio total.

I Beati Paoli, reeditado en Italia en 20161, año en que incluso se anunció el rodaje de una serie, es un entretenido folletín de espadachines que para los mafiosos viene a ser en libro lo que El Padrino es en película. Les encantaba porque, usurpado como retrato de Cosa Nostra, les confería un aire legendario, justiciero y misterioso. Salían favorecidos. Ellos saben que no son así, pero eso se arregla luego copiando el libro o la película, para que parezca que fue al revés. El cine inspira a la mafia y viceversa. Mezclándose con los Beati Paoli, encapuchados de apariencia sobrenatural e invulnerable, daban mucho más miedo. «¿Creéis que existen de verdad?», pregunta un personaje del libro al famoso Matteo Lo Vecchio, que responde: «Cómo no. Solo Dios sabe dónde están. Están por todas partes, invisibles, inaprensibles, siempre presentes».

El primer pentito (arrepentido) de la mafia, y a quien le fue muy mal precisamente por eso, Leonardo Vitale, ya habló de los Beati Paoli. Sumido en una crisis de conciencia, se presentó en una comisaría en 1973, confesó cuatro homicidios y contó todo lo que sabía, que era mucho y, por entonces, totalmente desconocido. No le creyeron. Solo se descubriría realmente una década después, en 1984, con el primer arrepentido oficial, Tommaso Buscetta, un peso pesado de Cosa Nostra. Cambió la historia de la mafia al desvelar sus secretos. Lo cierto es que Vitale ya lo había hecho once años antes, pero pensaron que estaba loco. De hecho acabó en un manicomio. Contó, por ejemplo, su afiliación como mafioso en 1960: le pincharon en el dedo medio con una espina de naranjo y quemaron una imagen sagrada, con «el rito sacro de los Beati Paoli». Luego besó en la boca a los presentes. Para probar su valor le ordenaron disparar a un caballo, pero no fue capaz. Así que le mandaron matar a un hombre, y entonces sí, ya se animó. Vitale, obviamente, acabó como el traidor del libro, asesinado en 1984 a la salida de misa, tras una conversión religiosa.

¿De dónde sale esta empanada ritual y esotérica? Obviamente tiene mucho de tradición masónica y carbonaria, esencial en el Risorgimento, el largo y fatigoso proceso de unificación de Italia. La primera mención escrita de los Beati Paoli es del marqués de Villabianca, un noble siciliano del xviii que en sus diarios dice que de niño oyó hablar de esta sociedad secreta. Con un salto bastante largo, los relaciona con los Vendicosi, otra secta medieval citada en dos crónicas del siglo xii. Y esto es lo que hay, ni una base histórica más, pero el relato popular desembocó en el novelón de Natoli.

La leyenda popular es más exuberante, claro. Decía que eran frailes de San Francesco di Paola, de ahí su nombre, que de día iban vestidos de monjes, pegando la oreja a las conversaciones, atentos a los abusos, y de noche intervenían para hacer justicia. Unos superhéroes al revés: lo son cuando se quitan el disfraz, se ocultan de día y actúan de noche. Leonardo Sciascia decía que este libro es imprescindible para entender lo que significa ser siciliano y, en buena parte, ser italiano. Tiene eso tan italiano de la importancia del mundo subterráneo, más real que el visible, al igual que la convicción de que la farsa suplanta la realidad y el artificio la mejora. Más en profundidad, el desconfiar de la realidad, no creer en la justicia oficial y, en esencia, compadecer al delincuente. Para la mafia, naturalmente, es un material estupendo con el que inventar una mitología y hacerse pasar como justicieros incomprendidos. «La mafia viene del pasado. Antes estaban los Beati Paoli, que luchaban con los pobres contra los ricos, tenemos el mismo juramento, los mismos deberes», contó Buscetta en su primera confesión para darse aires.

En Palermo se pueden hacer visitas guiadas de la ruta de los Beati Paoli. Da igual que existieran o no, porque el libro de Natoli describe con todo detalle los lugares en el centro de la ciudad. Así que uno puede entrar en la cripta de la iglesia de Santa Maria di Gesú donde la secta celebraba sus juicios nocturnos. Era una gruta usada por los vecinos para refrescarse en verano —camera di scirocco— y que fue empleada también como refugio en la guerra.

En 2014 los carabinieri grabaron una conversación entre dos mafiosos de Corleone con un micrófono en el Chevrolet Matiz de uno de ellos. Estos dos pájaros estaban muy preocupados por los continuos arrestos. Había que buscar un sistema para burlar a la policía y evitar ser identificados en las extorsiones. Uno tuvo una idea genial: «Volvamos a los Beati Paoli, te pones una capucha y si la gente no te ve ¿cómo sabe que eres tú?».

1Luigi Natoli. I Beati Paoli. Sellerio. Palermo. 2016.

CAPÍTULO 6

La poltrona intocable de Don Peppino

Oponerse a la mafia no es tan fácil si el capo es tu vecino, tus hijos van a la escuela con los suyos y te cruzas en la panadería con sus matones. Cosa Nostra en los pueblos de Sicilia no era, ni es, un ente abstracto, sino gente con nombre y apellidos que todo el mundo conoce, o lo que es peor, intuye. En muchas localidades, igual que en los barrios de Palermo, el mafioso del lugar siempre ha sido una figura tan reconocible como antaño el cura y el boticario. Tradicionalmente formaban —párroco incluido y la Iglesia nunca ha hecho autocrítica de esto— esa burguesía caciquil que es la auténtica mafia. «Facinerosos de clase media», los calificó Leopoldo Franchetti en 1876, un diputado liberal que fue a explorar Sicilia tras la unidad de Italia, en uno de los primeros estudios sobre Cosa Nostra. Sigue siendo una definición muy acertada, viendo que en las redadas siguen cayendo empresarios, abogados, médicos, políticos, los infiltrados de cuello blanco de los clanes.

La mafia rural es la más ardua de extirpar, y se ha ido consolidando el mito de que el único que lo consiguió fue Mussolini, que se podía permitir la mano dura y arramplar con todo. Es lo bueno de ser fascista. Es verdad que el Duce asestó un durísimo golpe a la mafia, uno de los peores de su historia, con operaciones brutales y cientos de detenidos, pero es menos conocido que en realidad los clanes se fueron reconstruyendo e infestaron el régimen hasta las patas. Según la propaganda fascista, naturalmente, la mafia ya no existía, el estado de cosas en el que mejor ha prosperado siempre. Luego, en la posguerra, emergió más fuerte que nunca, y más cohesionada aún con las fuerzas vivas de cada villorrio, porque en la Guerra Fría la mafia era una gran aliada para mantener el orden social y político. Durante décadas los comunistas fueron la única oposición a Cosa Nostra, que era la mano armada del poder que aplastaba al campesino. Pero en los pueblos los mataban como moscas: entre 1944 y 1966 la mafia asesinó en Sicilia a 45 sindicalistas y políticos de izquierda. Símbolo de esta campaña mortal es la matanza de Portella della Ginestra, un descampado en las montañas que rodean Palermo donde el 1 de mayo de 1947, en una fiesta sindical, la multitud fue simplemente ametrallada desde una colina. Murieron once personas, entre ellas cuatro menores, y 27 cayeron heridas. Es la masacre inaugural de una trágica serie que marcará la historia de Italia en las décadas siguientes, con un patrón similar. Como la mayoría de ellas, aún está sin aclarar del todo. Fue obra de la banda de Salvatore Giuliano, pero detrás de ella hay una intrincada maraña de mafia, servicios secretos y CIA.