Melina - Juan Ramón Lucas - E-Book

Melina E-Book

Juan Ramón Lucas

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La nueva novela del querido presentador de televisión, locutor de radio y periodista Melina, hija de la Asturias minera y revolucionaria de 1934, nace cuando no debe y donde no se la espera: en la víspera de una guerra civil y en un seno familiar atormentado por la maldición y el desafecto del padre. Los estragos de la guerra y la implacable represión que se abate sobre su familia forjan el carácter determinado de Melina, quien, inasequible al desaliento, se sobrepone a todos los obstáculos. En busca de su independencia que la geografía y la época no pueden brindarle, Melina emprende un viaje a través de épocas y mares y emigra a América. Allí será testigo sucesos dramáticos que la marcarán para siempre y que propiciarán su regreso a una España atrapada en las garras de la represión política. Con una determinación que no conoce limitaciones, se las arreglará para progresar y alcanzar el éxito en circunstancias hostiles. Basada en una historia real, Juan Ramón Lucas vuelve a poner al servicio de la literatura su gran capacidad fabuladora y su extraordinario rigor a la hora de documentar sus novelas. La historia de Melina es la de muchas mujeres que, silenciosas y constantes, marcaron sendas en el camino a la igualdad que nunca llegaron a disfrutar.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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JUAN RAMÓNLUCAS

Melina

A mi madre, Lucrecia Fernández Lebrato,cuya infancia puebla estas páginas.Ha sido y es inspiradora para mí y para todoslos que la conocemos y amamos

Dos veces dos has tenidoocasión para jugarteLa vida en una partidaY las dos te la jugaste

PEDRO GARFIAS. Asturias

Ignoramos nuestra estaturahasta que nos ponemos de pie.

EMILY DICKINSON

Pero nada es aún definitivomañana he decidido ir adelante,y avanzaré,mañana me dispongo a estar contentomañana te amaré, mañanay tarde,mañana no será lo que Dios quiera

ÁNGEL GONZÁLEZ

La cuna

—Cogéi una cuerda y afogáila.

No hubo determinación en la sentencia, tan solo rabia. Pero la marca de la condena por haber nacido mujer le ha perseguido desde entonces.

Amelia Fernández Agüeros vino al mundo cuando no debía y sufrió para vivir un tiempo que no era suyo.

Amelia, a la que todos llamaron siempre Melina, ha sido capaz de cumplir sueños y beber sorbos de felicidad al precio de superar una barrera tras otra mientras entrena una fe en sí misma que aún sigue construyendo.

Tiene la tez oscura, el pelo de un azabache que brilla como el carbón recién lavado y unos ojos negros que ha aprendido a sombrear con fina coquetería.

Se mira al espejo.

Militante de lo perfecto, no termina de gustarse aunque se reconozca hermosa.

Un tocado suave, discreto, con encajes a juego con el vestido blanco, adorna su figura de novia, lista para la liturgia del amor que es para siempre en este tiempo y en este lugar porque lo dicta la ley y lo exige el rigor de la fe católica. No la tiene, aunque la conoció y en algún momento de su vida llegó a atravesarla. Pero no puede sustraerse a sus ceremonias so pena de que la fiesta de la boda no sea ni una cosa ni la otra.

Ni siquiera su padre, el hombre que saludó su nacimiento con una sentencia de muerte, escapa a esa necesidad del rito. Los ritos son las ofrendas que los hombres han hecho siempre a los dioses o a sus propios miedos.

Pepín Fernández, el viejo carpintero, aguarda a la hija que no quiso para llevarla al altar en el que no cree.

Ella lo observa desde su ventana, en la habitación en la que Madre ha terminado de componerla. Está impaciente, como nervioso. Daría Melina su sangre por saber cómo se siente, qué se dice a sí mismo ante lo que está viviendo.

Aparta los dedos del visillo que había retirado para observarle, cuando súbitamente reconoce tras él una figura lejana y familiar. Como le sucedió durante el viaje que cambió su vida. El velo ha caído, ha recuperado su posición, pero a través de su tejido leve Melina confirma una presencia tan inesperada como perturbadora. Muy lentamente, con el pulso disparado y una agitación interior de dimensiones incalculables, vuelve a levantar el visillo.

Es él. Está ahí. Bajo su ventana el día de su boda.

Cierra los ojos mientras se recoloca el ánimo para no derrumbarse. Ojalá la visión haya desaparecido.

Vuelve a abrirlos. Ahí sigue. No alcanza a definir su rostro pero sabe que es él.

Completamente ajeno a la tempestad, Pepín mira el reloj. Fuma impaciente. Es hora de ir saliendo.

Hoy iba a resolverse todo, a empezar un tiempo sereno.

Intuye Melina que ya no va a ser así. Sabe con la certeza con que los marinos se adelantan a las grandes tormentas que esa inesperada visita va a darle la vuelta a su vida.

Completamente.

Porque no habrá tercera vez.

I

Esta no es ni quiere ser una historia de duelos e infortunios. Pero conocer la vida de Melina Fernández, en lo que tuvo de entrega y victoria, compromete a contemplar con cierta perspectiva dónde y cómo empieza. Desde antes incluso del origen.

Sin hurtar los filos ni escapar de las tragedias. Todo cuenta. Todo influyó.

Asturias, año 1934. República española. Mieres del Camín, en la cuenca minera del río Caudal.

En la casa de Pepín Fernández y Chayo Agüeros, en un septiembre lluvioso y triste que esa mañana volvió a iluminarse, acababa de nacer Amelia, que así la iban a llamar, como la que años antes se negó a hacerlo.

Don Sebas y la partera no lo habían tenido fácil. Parecía la criatura venir de nalgas, y se temió el médico lo peor, pero quién sabe si por la Providencia o por la suerte misma, al final se debió de girar la niña, y después de muchas contracciones y dolores que Rosario no recordaba de los otros partos, terminó deslizándose hacia fuera casi como un pez.

—Es niña —informó el doctor.

La partera limpió a la recién nacida y la depositó sin mucho miramiento sobre el pecho de Chayo, que sonrió serena llenándose del tibio calor del cuerpecito que acababa de alumbrar. Niña, también. Y de piel sorprendentemente oscura. Por un instante venció a la memoria reciente e inevitable de las pérdidas. Casi fue feliz.

—Baja a la carpintería —había ordenado entonces el médico a su ayudante— y díselo a Pepín, que ta con su gente preparando la revolución. Vaya día para cambiar el mundo —añadió mientras metía los brazos en el aguamanil.

Cuando la partera entró en la carpintería había un bullicio de voces masculinas amontonadas que su llegada cortó de cuajo, como un disparo.

—Chayo ta muy bien. Y la cría también.

Un silencio repentino espesó el aire de la carpintería.

El grupo de hombres allí reunidos, gente curtida en las revueltas y dispuesta a llegar a todo por su causa, se plegó por un momento a la oportunidad de la feliz noticia.

—Bien —alzó la voz alguno.

—Enhorabuena, Pepín —felicitó otro con franqueza.

Mineros del sindicato minero SOMA de la UGT, socialistas como Pepín, algún ganadero, el hijo de Julián, que era anarquista, y Aníbal, picador y comunista, habitaban a esa hora aquel lugar en el que lo mismo se armaban muebles que revueltas, se montaban y encolaban armarios que se organizaban estrategias de revolución.

Pepín Fernández no respondió. Cerró los ojos, desnudó de cualquier expresión su rostro y emitió la sentencia:

—Cogéi una cuerda y afogáila.

Hasta Nolo Carrizón, su amigo más cercano, enmudeció asombrado.

Insistió Pepín.

—Afogáila.

A lo lejos, un juramento siguió al violento chirrido de un freno de carro. Algo se había roto fuera. Dentro, hasta el tiempo aguantó la respiración.

Se sintió Nolo en la obligación de rasgar el silencio.

—Ye tu hija, Pepín, no jodas.

Rubio y recio, altivo, con el recuerdo perenne de una cicatriz de bala que le dejó un lance mal calculado, Nolo Carrizón fijó sus ojos azul aguaclara en su amigo, que le sostuvo la mirada.

—Por eso.

Coged una cuerda y ahogadla.

Justo sobre la carpintería, con apenas un entarimado de simples tablas separando las estancias, Chayo escuchó con claridad a su hombre, el silencio de después y las palabras de Nolo recordándole lo obvio.

La frase le provocó una intensa quemazón que acabó con la balsámica placidez del contacto con la piel de su hija. Apretó a la niña contra sí hasta hacerla llorar.

Sabía que aquello era más ira que voluntad, que no había deseo ni intención, sino la amarga ironía de una decepción. Pero dolió.

E intuyó que esas palabras se iban a quedar entre ellos de una u otra forma. Quizá también en la vida de esa niña recién nacida.

Si hay algo para siempre, sería eso.

II

Ya hubo otra Amelia cuatro años antes, pero nació muerta.

Fue la que llevaron al altar cuando se casaron por «les prises» como decía Lita, la hermana de Rosario.

Les prises, les prises. Pepín y Rosario —Chayito entonces— matrimoniaron a las pocas semanas de que ella le revelara el embarazo.

Estaba de verdad enamorada el día que se le entregó rompiendo su hasta entonces firme determinación de no hacerlo. Había descubierto junto a él el amor que no tuvo en casa.

—Dejásteme preñá, Pepín.

—¿Cómo lo sabes?

—Lesmuyeres lo sabemos siempre —su reacción, contra lo que esperaba, fue amable. Le pareció que hasta amorosa—. Tengo miedo de decirlo al mío padre.

—Lo haré yo. A mí no me pondrá la mano encima.

Y así fue. Lo contó Pepín primero en La Cuestona, donde Nieves, su madre, lo saludó feliz, y después subió a El Regatu a ver a los de su Chayito. Caras largas en casa de los Agüeros, pero ni un gesto, ni una voz más alta que otra. Pepín se mostró seguro y respetable, y lanzó el compromiso que salvaba la vergüenza.

—Nos casaremos.

—Por la Iglesia —exigió, la madre.

—En la iglesia —concedió él tras unos instantes de silencio.

Treinta años él el día en que se casaron. Ella diecisiete.

Siempre le pareció apuesto y listo. Además, con posibles. Trabajaba la madera y solo entraba a la mina a entibar. O sea, que podía vivirle más años que aquellos que se morían dentro o se sacaban la muerte para encontrársela fuera con la silicosis y el agotamiento. ¿A qué más podía aspirar?

A Rosario le gustaba su serena compostura.

Claro de pelo, como ella, de vivaces ojos grises y expresión a menudo risueña, interpretaba los planos y medía de cabeza como si fuera un aparejador. Era callado y miraba mucho, pareciera que dotado de la facultad de hacerlo dentro de las almas. Una vez le dijo que era mejor dejar que los demás hablaran porque los silencios son de uno y las palabras ya no. Jamás le levantó la voz ni le puso una mano encima, pese a que los hombres solían otorgarse esa licencia, pero sus largos silencios cuando algo le contrariaba, o las inesperadas desapariciones que llenaban muchas noches de Chayo de velas ansiosas, le traían dolorosas soledades. Esas a las que acaso debiera acostumbrarse, porque las mujeres como ella siempre estaban solas. No como las del Partido Socialista, el de Pepín, que eran fuertes y capaces de medirse a los hombres, o las señoras de los burgueses, que en vez de servir eran servidas.

A su lado se sentía poca cosa, a veces hasta tonta, como cuando se quedaba absorta oyéndole hablar el día que la llevaba a una reunión del sindicato, o cuando salían a pasear con amigos en esos encuentros en los que siempre se terminaba disputando de política. Ella no entendía, y nunca quiso ir más allá, pero sabía lo que era justo y lo que no. Había tenido que dejar la escuela para levantar con sus manos, y las de los hermanos que aún no habían sido enviados a América, la casa de El Regatu.

Con todo, la niña espigada y frágil se descubrió una voluntad de hierro.

Pero sucede que la voluntad no manda en el cuerpo cuando este decide rebelarse Y lo hizo. Aquel cuerpecito aún sin hacer —clara, delgada y menuda era entonces Rosario— no aguantó y la criatura se le murió dentro.

Tener una hija muerta es alumbrar en la oscuridad. Y en ella se quedó durante un tiempo.

Quedó vacía la cuna de Entrearroyos, en la montaña, en la cuadra que habían arreglado para vivir cuando se comprometieron al matrimonio. Dos plantas, recostada sobre una ladera del barrio, había desplegado en ella Pepín su mucho y buen oficio trabajando la madera.

Sujetó marcos y armó ventanas como entibaba las minas para abrir galerías. Adecentó muros, alisó tablas para el suelo, levantó escaleras e hizo de aquello una casa confortable que ocupaba la familia en el piso superior, sobre la carpintería en la planta baja. Había dos entradas independientes, una para el taller y, unos metros más arriba, doblada la curva de la carretera, el zaguán que daba paso a la vivienda, donde se dejaban los paraguas y esperaban las madreñas los días de lluvia para cobrar vida. Había que evitar meterle a la familia la viruta y el serrín y alejarla de lo que iba a seguir armándose abajo, que no eran solo armarios, banquetas o aparadores. Vendrían conspiraciones y revueltas.

Dentro, también dos mundos separados. Una escalera de caracol deliberadamente estrecha, para no dar facilidades, daba acceso desde arriba a la carpintería. En el piso alto, la calma y el descanso, abajo, afanes y tempestades. Territorios fronterizos que no deberían sucederse ni tocarse.

Fuera, rodeando la casa, dos arroyos confluían a la puerta del taller.

Chayo no quiso esconder la cuna. Se propuso que más pronto que tarde tendría que llegar quien la ocupase, y se empeñó en alcanzar ese propósito de la única forma posible.

Si algo de hermoso tenía ser mujer en aquel mundo de hombres, era poder alumbrar vidas. Realmente, lo único.

Aunque para ella y su hermana Lita, más joven, viva y apasionada, había otro provecho: padre y madre enviaban a los hombres a América con el pretexto de librarlos de la leva, de ir a filas como casi le tocó a hacer a él en Cuba. Se libró porque el día que esperaba el embarque se paró la guerra.

No respiró su mujer, más bien al contrario.

—Mala suerte tuviste —le anunciaron a Aurorina—, tu hombre vuelve a casa.

Fernando, el carnicero, que luego mandaría a sus hijos con su hermano a Montevideo con la excusa de la milicia para no tener que alimentar más bocas de las necesarias, regresó para desgracia de su mujer, que había acariciado el sueño de librarse de las palizas con aquella oportuna marcha a Cuba.

El primero que embarcó fue Ludivino, que había crecido trotando la calle junto a Pepín. Después Aurelio, Eladio, Sebastián y, cuando fuera mozo, Joaquín, el más pequeño. Tenían todos impuesto su futuro en América, según había escrito su padre en el libro de su destino, ese que se moldea mejor en manos ajenas que en las propias.

Chayo y Lita también, pero en trazos más suaves. No por benevolencia o afecto, sino por interés: si los hijos tenían que aligerar la carga aquí y traer dinero de allá, las hijas deberían salvaguardar la vejez de quienes las habían puesto sin preguntar en este mundo.

Rosario jamás pudo quitarse de la cabeza la imagen de su hermano mayor, Ludivino, dieciséis años, en el puerto de Gijón, llorando desconsolado, casi a gritos, los ojos abiertos, el rostro tensionado por el terror y el abandono, asido a la cintura de su madre, mientras el padre trataba de desaferrar sus dedos rojos de apretar y le hablaba de hombría o dignidad.

Cuando muchos años después volvieron a encontrarse, ya no era su mirada doliente o temerosa. Desprendía una turbadora luz de ambición que anticipaba el daño que aquel niño asustado convertido en hombre feroz haría a su propia familia.

III

El primer hijo vivo llegó con la Segunda República. Hombre y sano, su nacimiento borró en Chayo la frustración del que no fue y alumbró un tiempo para ella y Pepín de esperanza.

Lo parió en casa, con don Sebas, que recorría la Güeria, el valle de San Juan, a caballo con su maletín de instrumental y remedios urgentes a la grupa. A veces lo armaba en una serré. En ocasiones cobraba, y las más no.

—Todo va a ir bien, Chayo. El chaval está fuerte y tú también. Tienes que engordar un poco, eso sí; para darle de mamar has de ponerte más recia.

Era de Salamanca, y guapo. Decían que había caído allí por haberse enamorado de una asturiana, pero vivía solo en Mieres, muy cerca del río, con sus perros y su caballo.

—Gracias, doctor, ya arreglamos cuentas en unos días.

—Descuida, mujer. Lo resuelvo con Pepín, como siempre.

Esperaba fuera el carpintero.

Escuchó Rosario voces quedas y le pareció que un abrazo, pero quizá se equivocase, porque su marido no tenía al médico en demasiada estima: le desconcertaba no saber de qué pie cojeaba en política.

—Es un hombre bueno, nos cuida y siempre está —le decía ella entonces.

Pepín se había quedado unos segundos bajo el marco de la puerta, como dudando si entrar. Lo hizo con una sonrisa que sugería algún temor.

—No hace nada —bromeó Rosario mirando al bebé—, nun muerde.

—Es que no quiero alterarle ni molestarte a ti.

Su respuesta fue una sonrisa tan abierta que lo contagió a él mismo.

—Acércate. —Lo hizo. Dos pasos—. ¡Más, ho!

Se sentó en un extremo de la cama, a los pies de ella.

—Así nun vas a verle.

Se incorporó Chayo un poco y estiró los brazos ofreciéndole al niño. Él lo pensó un instante y aceptó.

—El parto ha ido muy bien, Pepín. Ese doctor no solo nos cura, sino que sabe traer vidas al mundo. —Él la miró sin responder—. Ye buena gente, muy buena gente, Pepín.

Guardó silencio durante un rato mientras miraba a los ojos de su hijo. Rosario vio en él admiración y ternura. Estaba descubriendo, creyó adivinar, la emoción inesperada que se experimenta cuando por primera vez se tiene a un hijo en brazos.

No esperaba ya respuesta, cuando llegó.

Había levantado la vista de su hijo.

—Veremos dónde está tu médico cuando empiece la fiesta.

Aquel era un año agitado que venía de otros de tensión y violencia.

Pepín se había enfrentado a Manuel Llaneza, al que llamaba «minero blando» porque era más partidario de hablar que de armar gresca. Ni su acta de diputado —ni el hecho de ser el primer minero que la consiguió— le parecía respetable a Pepín, que siempre pensó que los socialistas no se habían plantado lo suficiente ante Primo de Rivera. Estuvo el carpintero a punto de irse con los comunistas, pero no le gustaba que tuvieran tanta ligereza a la hora de empuñar las pistolas.

Eso se lo dejaba a Nolo Carrizón, socialista como él, y más amigo de los fuegos artificiales y la caza. Por eso lo detuvieron tras la muerte de aquel chico en el congreso de UGT, pero le soltaron pronto porque aquello había sido cosa de los comunistas.

Nolo podía ser peligroso, pero no para Pepín. Era leal y le hacía sentirse seguro.

—No tienes que temerle —le decía a Rosario—. Solo dispara cuando lo acorralan o si se emborracha.

Con el tiempo llegó a convertirse en su hombre de más confianza. Y en el ejecutor de algunas órdenes difíciles que otros no hubieran sido capaces de obedecer. También de los excesos.

Un día, paseando al borde del Caudal, con Nolo y su novia Etelvina, algo mayor que Chayito, se encontraron con Esteban Granda, que era uno de los que siempre rodeaban al diputado Llaneza. Pepín lo saludó con un gesto. Respondió el otro:

—Cuídate de las compañías, carpinteru, que la razón de los pistoleros ye la fuerza, no la verdad.

Nolo se encaró con él, enfurecido, y soltando a su moza se acercó a Granda, lo tomó del cuello y a cuatro dedos del suelo, le escupió una amenaza.

—Cuídate tú, politicucho, de decirnos quién tien la razón. A ver si vamos a tener que buscar la tuya y la de tu señorito en el culo del rey.

No fue a más. Esteban Granda se alejó recomponiéndose la camisa mientras Nolo invitaba a los demás a seguir al paseo rumiando palabras que no llegaron a escuchar.

Algunos años después se batirían juntos en el Mazucu. Cuando hirieron a Esteban fue la resolución de Nolo, que lo arrastró bajo el fuego cruzado hasta lugar seguro, lo que le salvó la vida.

Rosario vivió aquellos años sin entender la dramática disputa entre obreros, mineros y agricultores, con los anarquistas, comunistas y socialistas cada uno por su lado. Si había un enemigo común, que era la burguesía y los explotadores, y una meta también de todos, como la igualdad y la democracia, ¿a qué la gresca entre los débiles?

—¿Qué te paez el críu? —le preguntó a Nolo con su bebé en brazos un día de aquel abril republicano en que fue a verla.

—Préstame mucho que lo llaméis como yo —respondió él con una sonrisa abierta y franca.

El parto inminente había dejado en casa a una Chayo agotada y débil la mañana del 14 de abril cuando Pepín partió con Nolo, Somohano y otros dos del sindicato a Gijón, para sumarse a la celebración de un tránsito político que, si para la prensa burguesa era un envidiable ejemplo de cambio pacífico, para ellos era el primer paso de una revolución que traería tiempos de igualdad y justicia.

En Gijón encontraron, junto a la plaza de la Constitución, otro grupo que venía, como ellos, de la cuenca del Caudal. Mineros de Turón y de Ujo portando banderas tricolor de la República y algunas rojas del SOMA. Pepín vio a gente de Llaneza.

—¡Camaradas! —una voz femenina les gritó al reconocerles—. ¡Sumaos a la marcha, hay que apretar para que no den un paso atrás…! ¡El rey fuera, y la República de todos!

No la reconoció Pepín hasta que Somohano saludó puño en alto diciendo su nombre.

—¡Salud, Carmen!

Carmencita era una amiga de Rosario. De la infancia, de muchos años. De juegos y de escuela. Nunca la había visto en el sindicato ni tenía noticia de que estuviera en esto. Y no le gustó. Porque la lucha revolucionaria no era para las mujeres, lo suyo estaba en retaguardia, en el apoyo. En la organización, las más despiertas; nunca en la calle, que eso era cosa de hombres.

—Hola, compañera —saludó, no obstante.

—Salud, Pepín. Y, por fin, república.

—Eso si no lo paran.

—Para eso estamos aquí, ¿no? Para que nadie pare al pueblo.

La miraba sorprendido. No conocía de ella el arrojo, el carácter que dejaba ver. Llevaba prendida una escarapela con los colores de la bandera republicana. Parecía feliz, como si estrenara una nueva vida. Quizás era lo que les estaba pasando a todos.

Estuvo a punto de decirle que su amiga volvía a estar preñada. Pero calló.

Riadas de hombres y de mujeres recorrían Gijón entre eufóricos y expectantes. Abrazos, cánticos, sudor, entusiasmo. Una pancarta en la esquina de Libertad y la plaza del Carmen pedía calma: «La República es inminente, recomendamos serenidad». Se oían gritos. Se repetían consignas.

—¡Viva la República!

—¡Viva la clase obrera!

Cuando por la tarde el comité revolucionario consideró llegado el momento de izar la bandera republicana en el ayuntamiento, un silencio turbador tanto como era consistente, casi sólida, la emoción que revelaba, llenó aquel espacio que de repente estalló en un júbilo atronador. La multitud que había enmudecido pasó al estrépito de la celebración como el país había recorrido en unas horas el camino de la monarquía a la república.

Sin saber cómo, Pepín se vio abrazado a Carmen. Sintió en el cuello la cálida humedad de sus lágrimas y una intensa punzada, como de alfiler candente, que le hizo hervir la sangre en un instante.

Pensó en Rosario, en lo que vendría.

Quién sabe si para defenderse, le gritó, en medio de la algarabía.

—Chayito está a punto de parir. Tu amiga va a ser madre.

Lo miró entonces despacio, dibujó una lenta sonrisa en el rostro, y le dijo.

—Nunca olvidarás este día. Ya empieza la República a hacernos bien.

Dos días después de que naciera el crío, Carmen fue a visitar a su amiga. Pepín trabajaba en la carpintería cuando la escuchó hablar con Rosario. No subió a saludarla. Fue ella quien, asomada a la escalera, reclamó su atención.

—¡Pepín! Vaya guaje que parió Chayito…

Le pareció ver un brillo en sus ojos que los hizo aún más luminosos, más intensos. Estaba guapa. Lo era, aunque nunca hasta aquel 14 de abril en Gijón hubiera visto en ella más que a una muchacha bien parecida amiga de su Rosario.

Volvió a sentirse incómodo.

—Me da que será revolucionario, como el padre.

—Mala cosa si cuando crezca tiene que seguir revolviendo por ahí.

Se quitó con un paño el polvo amarillento de las manos y subió a casa.

—Me ha dicho que os encontrasteis en Gijón. No me dijiste nada —deslizó Rosario en un tono de leve reproche.

—Pasó tanto aquel día —respondió como siempre despacio, como colocando cuidadosamente las palabras— que ni sé lo que te conté y lo que no.

—Fue maravilloso, Chayito —terció Carmen—: la gente en la calle, sin pan pero con esperanza. Fue maravilloso, ¿verdad, Pepín?

Él asintió mientras la miraba de arriba abajo. Había tenido el valor de ponerse pantalones como si fuera un hombre, de vestirse de mozo para subir al monte a ver a la amiga. O a él, pensó, cualquiera sabe. Le incomodaba ese arrojo tan poco femenino. O quizá fuera la atracción que volvía a despertarle.

—Me alegro de que hayas venido. Así recuperáis las amistades.

—Claro que sí —respondió Carmen, y mirando a su amiga, que en una vieja silla amamantaba al crío, dijo algo que inquietó de verdad a Pepín—, que tenemos que hablar de muchas cosas, y si ella quiere, trabajar en cambiar muchas otras. ¿Verdad?

Sin descuidar su casa, pensó él. Pero se guardó sus palabras. Con un gesto leve se despidió de las dos y regresó a la carpintería. La idea de Chayito metida en revoluciones consiguió irritarle.

No sabía cómo, pero no lo permitiría.

Pronto la naturaleza vendría en su ayuda. Volvió a quedarse embarazada.

IV

Fue niña y la llamaron Aurora. Como el nuevo tiempo recién alumbrado al que venía.

A Pepín le pareció que tenía un aire a su madre.

Su mundo volvió a llenarse de parabienes.

Voces de felicitación, saludos, una algarabía de buena nueva se escuchaba otra vez en la casa y en la carpintería los días que siguieron al nacimiento de Aurora Fernández Agüeros. Hasta el médico, don Sebas, y la maestra, doña Lucrecia, se acercaron en algún momento por Entrearroyos.

—Estoy deseando verla ya por la escuela, Chayito —declaraba con esa intención que le ponía a todo la jovencísima Lucrecia, de cuyas inclinaciones feministas tenía noticia todo el pueblo.

—Cuando toque, doña Crecía, cuando toque.

—Cuídate de que así sea, no vayamos a tener como siempre el reparo de llevarla por ser cría que con los guajes no se tiene.

Lo decía con la amable firmeza con que todo lo hablaba esa mujer hermosa y tozuda. No estaba en política, pero iluminaba desde las clases un camino en el que hombres y mujeres eran iguales. Lo siguió haciendo incluso en los años oscuros que vendrían más tarde.

—A mí me parece valiente —dijo tía Lita cuando la maestra emprendió el regreso a Mieres carretera abajo—, aunque no sé si se arriesga demasiado.

—No es bueno que una mujer moleste como ella hace. No creo que deba meter sus ideas a las crías, que bastante tienen con aprender las lecciones —protestaba Rosario menos condescendiente.

Ante aquel nacimiento se juntaban en Entrearroyos tanto oficios como clases sociales. Pepín se había hecho un nombre como artista de la madera y, con su popularidad, entre mineros y patronos, guardias o militares, se extendían un afecto y un respeto que le procuraban pedidos y dinero. También una confianza que blindaba el secreto de lo que se hablaba y conspiraba en la carpintería.

Alrededor del banco de trabajo se celebraban las reuniones. Barrenas, taladros, el cepillo o la azuela se amontonaban en la mesa auxiliar o las estanterías de la pared para dejar espacio a notas, planos y debates en los que se ponía en cuestión al Gobierno republicano y a los propios comités a los que alguno de los reunidos pertenecía.

Solo unos pocos sabían de aquellos encuentros.

Ni siquiera el trabajo de mantener la clandestinidad o los temores a que alguna vez alguien desvelara el secreto nublaron la serena calma, casi felicidad, que la llegada de Aurora trajo a la casa.

Manolín había ocupado la cuna que Chayo guardó cuando se le murió dentro Amelia, y para Aurora ya había hecho otra Pepín.

Meses después de la llegada de su hermana, el crío ya se movía entre la carpintería y la casa, haciendo suyos los dos mundos de Entrearroyos a base de subir y bajar, bajar y subir por la escalera de caracol, ajeno a su destino de frontera.

Desde lo alto habló por vez primera cuando aún no había cumplido los dos años.

—Ehín, ehín.

El sonido fue alto y perceptible.

El padre, inclinado sobre el listón de una puerta a medio hacer, levantó la mirada hasta encontrar la de su hijo, que comenzó a reír celebrando el descubrimiento. Se acababa de escuchar a sí mismo por primera vez, con el resultado gozoso de provocar una respuesta en su padre. Este se limitó a observar. Y esperar. Volvería a hablarle, seguro.

—Ehín, ehín —repitió.

Más risas. Le nombraba a él, intuyó Pepín contento. Pero no se movió. Ni siquiera cuando el niño emprendió escalera abajo un veloz descenso, atropellado, pero sin perder el equilibrio, agarrado con fuerza a los barrotes que solo soltó cuando puso un pie en el suelo de la carpintería y corrió hasta abrazar las piernas de su padre.

Se agachó él y lo sentó sobre el banco de trabajo. Reía su hijo. Sonrió Pepín Fernández.

—Pronto empiezas —le dijo al fin—. Yo a tu edad casi ni andaba.

Asomó Chayo en lo alto de la escalera.

—¿Pasa algo? Me pareció oír jaleo por las escaleras. ¿Ta contigo Nolito?

Oyó el niño a su madre y girándose hacia ella le mostró su feliz hallazgo.

—Ehín… eín… ín.

—Virgen de Covadonga —fue la respuesta de Chayo—. Si ya hablas así, ye que serás más listo que tu padre.

—Mucho más, Chayo… mucho más.

—Y llámate a ti, no a su madre.

—Como tiene que ser, ¿verdad, guaje?

Lo abrazó mientras lo alzaba del banco para ponerlo en el primer peldaño de la escalera.

—Ve con tu madre, mi críu. Ve con tu madre, y ahora subo.

Mientras regresaba al banco pensó un instante que esa vida tranquila, que esa promesa de futuro que el niño les hacía era el alimento de sus ganas de cambiar las cosas, de empujar el nuevo tiempo.

Si la vida tenía un lado bueno, si sonreía, debía de ser algo así.

V

Cuando cumplió los dos años, Pepín le hizo a Nolito un caballo de madera. Puso ruedas en lugar de un balancín para que lo moviera por la casa y jugara en la explanada frente a la carpintería.

Corría entre los muebles, bajaba rodando sobre él a velocidad de riesgo hasta rozar la carretera, y cuando se cansaba, lo dejaba pastando o lo llevaba al agua para que bebiera.

A veces se atascaba en el barro o en la hierba, y había que acudir en su socorro. Lo reclamaba de inmediato con gritos impacientes que empezaban a apuntar algo de su carácter.

—Qué mal geniu tien, Pepín —se quejaba Chayo—. Nun paez que vaya a tener tu pachorra.

En poco tiempo se conducía con el caballito por Entrearroyos como si en sus manos cobrara vida.

La mañana en que todo empezó a despeñarse había cabalgado unos metros camino abajo. Se dejó caer por la pendiente primero y, a fuerza de piernas después, viajó desde la puerta de casa hasta el muro que encauzaba el agua unos metros más allá de la explanada de la carpintería.

Pepín pulía con el cepillo los bordes curvos de una silla esculpida con la sierra de calar. Un encargo del sargento del puesto de la Guardia Civil.

Arriba, Chayo trasteaba en la cocina, alerta también ante el reclamo de Aurora, hambrienta y exigente.

Todo en orden.

Casi sin atender, más pendiente del agua hirviendo y de la niña, paseó Chayo la mirada por la ventana. Al fondo, Nolín se había bajado del caballo y trepaba al muro del arroyo.

En el instante en que iba a abrir la ventana para pedirle al niño que se bajara, el muro comenzó a tambalearse, cobró vida para deshacerse, y un estruendo de derrumbe lo acompañó hacia el cauce del agua. Como una pieza más de la pared que se desmoronaba, el cuerpo de Nolín se precipitó entre las piedras hasta quedar casi enterrado a la orilla misma del arroyo.

Chayo enmudeció. Sintió un cristal abriéndole el pecho y se negó a sí misma la verdad de aquella imagen. Sus manos quedaron aferradas como metales al alféizar de la ventana.

—¡Pepe! ¡El nenu! —logró gritar al fin, mientras abría la ventana que en su mano temblorosa parecía a punto de desencajarse—. ¡¡¡En el muro!!!

Y la estela de aquel lamento desesperado fue un alarido que viajó como un eco negro entre los árboles y por las laderas de la Güeria de San Juan.

Pepín ya corría hacia el desastre cuando Chayo consiguió abrir la ventana. Apenas unos metros que se le hicieron interminables. Llegó cuando algunas piedras aún rodaban. El cuerpo de su hijo yacía boca abajo, la cabeza en el agua, deformada por un enorme canto cuadrado que tardó siglos en poder apartar.

Con la delicadeza con que se alza un tesoro y la decisión de quien se atreve a plantarse ante el destino, tomó el cuerpo de su hijo y corrió carretera abajo tan veloz como pudo, sin apenas mirar aquel cuerpecito palpitante que parecía que iba a deshacerse entre sus manos. Aún respiraba cuando inició la carrera. Cinco kilómetros hasta la Casa de Socorro. Uno dos, uno dos… a Pepín le pareció escuchar en algún momento leves gemidos, un jadeo. Apretaba entonces el paso cuidando de no mover al niño… Uno, dos, tres, cuatro… Pasos acompasados, un ritmo constante y lo más rápido posible en feroz batalla contra una muerte que rondaba el camino, que notaba él dispuesta a cobrarse su pieza.

Llegó su victoria a la altura de Los Pontones. Supo que se había hecho ya con su hijo cuando un espasmo brutal seguido de lo que le pareció un tibio lamento de despedida dio paso a una rigidez de madera helada. Se le fue entre los brazos. Uno, dos, uno… Uno. Detuvo su carrera cuando quedó claro que había sido derrotado.

Sin soltar a Nolín, se dejó caer en el tronco de un árbol y, mirando el rostro frío de su fracaso, lloró como no recordaba haberlo hecho nunca.

Ya era de noche cuando llegó a Entrearroyos con el cadáver de su hijo en brazos. Contra la luz mezquina de la carpintería se recortaba la figura de una Chayo que negaba con la cabeza. Una sombra negra, aplastada por una pesada penumbra de cuerpo y alma que pudo con ella hasta derribarla.

Rezó para que su hombre volviera solo, con la nueva de que había dejado al niño entre los médicos para salvarse. No soportó verle llegar con su hijo muerto en brazos, y cayó desmayada.

* * *

Despertó tiempo después en la cama, con su hermana Lita a los pies y el llanto de Aurora.

—Tienes que darle el pecho, Chayito.

Creyó por un momento salir de una pesadilla. El rostro sombrío que la escrutaba diluyó esa leve esperanza.

—Ta muertu, Nolín ta muertu, ¿verdad, Lita?

Lo confirmó sin palabras. Chayo pensó que no podría soportar tanto dolor. Volvió a llorar la niña.

—Te necesita —casi rogó su hermana, paciente y vigilante junto al lecho—. Y tú a ella más que nunca.

—No puedo, Lita. No tengo fuerzas.

Sin cálculo ni defensa posible, todo se había venido abajo con el muro que mató a Manolín.

Enterrar un ataúd blanco es sepultar con él a quienes amaban a esa criatura.

No estuvieron Pepe y Rosario solos en la despedida, pero tampoco hicieron recuento. No se puede, con tanto dolor.

Él se refugió en la carpintería. Busco la soledad alejándose también del sindicato. Ella comenzó a dejar pasar los días en una rutina desprovista de emociones fuera del dolor inabarcable. Solo la presencia de Lita, ejerciendo una suerte de intermediación entre Chayo y la pequeña Aurora, salvó a esta de un abandono mortal.

Un día Rosario le dijo a su hermana que bajaba al pueblo a por algo.

—Dime qué es y veré si te lo traigo yo.

—No, tú no puedes. Ya lo verás si lo consigo.

No volvió hasta la noche.

La esperó Pepín en la puerta de casa. Lita dentro, con la niña. Y fuera, Amable, su cuñado, haciéndole compañía.

Venía cansada.

—¿Dónde estuviste? —preguntó su marido.

No hubo respuesta.

—¿Nun vas decime adónde fuiste que llegues a estes hores? ¿Nun pué tu marido saber a qué o con quién anduvisti?

Entró en casa sin decir palabra. Preguntó a Lita si le había dado de comer a la niña y se metió en su habitación.

Durmieron separados. Él en la carpintería, sobre un camastro que utilizaba para descansar cuando los plazos de entrega apretaban y tenía que hacer horas de madrugada, o cuando las conspiraciones se prolongaban.

A la mañana siguiente ella volvió a salir pronto y a regresar de noche.

La tercera vez que salió, la siguió Amable.

Chayo caminó decidida hasta la estación de tren. Compró un billete a Oviedo. Tras ella, su cuñado recorría una hora después la calle Uría, donde giraron a la derecha por un pasaje empinado, «Gil de Jaz» leyó Amable en la placa, hasta la plazoleta en la que un hermoso caserón del siglo XVIII albergaba el Hospicio Provincial.

No entró tras ella en el edificio. Pensó que sería mejor esperar. Dejó correr el tiempo en que se consume un cigarrillo y al cabo se atrevió a seguir sus pasos. Era una construcción hermosa de dos plantas. Siete arcos en su fachada bajo otros tantos balcones, con un enorme escudo sobre la entrada principal. Olía a lejía y a hospital, y estaba oscuro, aunque apenas se traspasaba el primero de los arcos el edificio se abría a un amplio patio techado, con casetones de madera y galerías sobre columnas coronadas por capiteles de piedra. Tras él, otro patio abierto de similares dimensiones.

—¿Viene a visitar a alguien? —le preguntó una mujer con un uniforme que le pareció de enfermera.

—Buscaba a una persona que entró hace un rato ya.

—¿Alguien de la casa? ¿Es usted familiar?

En ese momento vio a Chayo caminar presurosa por una de las galerías de la parte superior.

—A ella. —La señaló ante la enfermera sin que su cuñada se percatase de su presencia.

—Espere aquí, por favor.

Voces infantiles se escuchaban de fondo. Y sonidos amortiguados de conversaciones. Algún grito lejano. La mujer subió a la planta superior por la escalera situada en una de las esquinas y en pocos segundos alcanzó a Chayo. La detuvo y señaló a Amable mientras intercambiaban palabras que no parecían cordiales. Bajó con ella, que parecía ajena a todo.

—Si usted la conoce, llévesela, por favor. Dice que ha perdido un hijo y quiere sacar un niño de aquí para darle mejor vida. Es el tercer día que viene. Y no podemos hacer nada por ella. Aquí no va a encontrar ni a su hijo ni a quien ocupe su lugar.

—Descuide. Vamos, Chayito.

De vuelta a la estación, Rosario le contó cómo había suplicado que le dejaran adoptar a uno de los niños de aquel hospicio. A ella, le explicó, aquello le permitiría llenar el inmenso vacío de la muerte de Manuel. Y al crío le daría una vida mejor de la que le esperaba allí. Consiguió hablar con algunos, hurtó abrazos y dio besos. El segundo día, cuando descubrieron que no acudía allí a buscar caridad, le pidieron amablemente que se fuera. La tomaron por loca. Hoy estaban a punto de avisar a la autoridad.

—No estoy loca, Amable. Solo desesperada.

* * *

El tiempo no cura los dolores, pero alivia sus filos.

Tardaron Chayo y Pepín en volver a dormir juntos, y si recuperaron la rutina fue por sentirse menos solos, sin nada que celebrar.

Ella abrazó a su niña para limpiar su pena. Él volvió a la otra pelea: decidió subirse a la espuma de la ola que preparaba, por fin, la revolución.

Le auparon a ella, en realidad.

Nolo Carrizón le llevó una tarde la noticia de lo que se estaba preparando.

—Por fin haremos algo juntos. Comunistas, anarquistas y nosotros. La revolución está aquí, Pepín. Ni el sindicato ni el partido se pondrán de lado ante los militares y las derechas. Lo ha dicho Indalecio Prieto en Madrid: vamos a desencadenar la revolución.

Tres años de República habían decepcionado a quienes, como Pepín Fernández, pensaron que abriría las puertas a una España libre y socialista. Ahora, un movimiento revolucionario que creían firme y consistente estaba a punto de estallar.

Estaban, se sentían, cabalgando hacia ese cambio inminente. Empujando, dándole vida y energía.

—Ahora, con los fascistas de la CEDA apoyando al Gobierno y ese Gil Robles que se caga en la democracia exigiendo que se libere a golpistas, tenemos la excusa para ir todos de la mano.

La revuelta minera resucitó la rutina de Entrearroyos. Volvió la carpintería a alternar cola y revoluciones al tiempo que Aurora iba sin saberlo iluminando los rincones que la muerte de su hermano había oscurecido.

Y sin habérselo propuesto, un día de aquel tiempo de heridas cerrándose y esperanzas reabiertas, Chayo Fernández supo que volvía a estar embarazada. Que en pocos meses tendría lo que en su locura había ido a buscar a Oviedo.

VI

—Cogéi una cuerda y afogáila.

Nació Melina en el momento equivocado.

Le pusieron el nombre de Amelia, que Rosario guardaba desde que la hija se le murió dentro. Pepín, enfrascado en sus revueltas y ebrio de frustración porque la naturaleza no se dignó a devolverle a su hijo, tardó más de tres días en asomarse a verla. Y lo hizo más por curiosidad que por afecto.

Jamás se sintió comprometido. Se volcó en cambio en la causa que iba a transformar el mundo. Marcó distancias con Chayo y con Aurora, ignoró completamente a Melina, como pronto empezaron a llamar a la recién nacida, y se entregó a la revolución socialista que debía parar el ascenso de las derechas, del fascismo.

—La CEDA va a entrar en el Gobierno —anunció Pepín a finales de septiembre en una de las reuniones en la carpintería—. Llega el momento de hacer valer el acuerdo de marzo en Gijón y sacar a la calle la Alianza Obrera.

—Faltan los comunistas.

—Eso es cosa mía —alzó la voz Nolo Carrizón—. Esto es Asturias, y aquí sí que iremos todos juntos.

La noche en que Nolo trajo las armas, Chayo esperaba inquieta en la puerta de la carpintería. Acunaba en brazos a una Melina de semanas, mientras Aurora se escondía tras su falda, asustada por las luces de los faros.

—Con tus dos hijas aquí, Pepín, ¿sabes lo que estás haciendo? —Su marido apenas la miró y no abrió la boca.

Él, Nolo y media docena de hombres a los que Chayo nunca había visto descargaron del camión una ametralladora y cuatro cajas de fusiles Mauser de la fábrica de Trubia que escondieron en un falso tabique de la carpintería.

Aquella noche Pepín no regresó a casa. Ella durmió con sus niñas y la angustia espesa de hacerlo sobre un polvorín.

Poco después del amanecer llegaron los guardias preguntando por su marido.

—Acaba de salir —mintió—, tenía que terminar un mueble en Mieres.

Saludó el más alto llevándose la mano al tricornio.

—Dígale, por favor, que se pase por el cuartel.

—¿Algún encargo? —preguntó Chayo tratando de disimular su ansiedad.

No hubo respuesta. El otro guardia permaneció un rato observando el suelo frente a la carpintería.

—¿A qué ha venido un camión por aquí? —preguntó, mirando fijamente a Chayo.

—No lo sé —respondió de inmediato—. Vienen muchos a traer madera y llevarse encargos.

—Descuida —terció el alto—. Pepín es de fiar. Es el carpintero que arregla los muebles del cuartel. No está en el lío.

—Si usted lo dice.

La confianza de la Guardia Civil era la llave que aseguraba la tranquilidad de la familia. Pero se estaban avivando llamas de violencia que podrían llevarse por delante esa barrera. Pensaba en ello Chayo cuando los guardias, que ya se iban, se detuvieron. Se volvió el alto:

—¿Podría abrirnos la carpintería? —A ella se le puso el corazón en la garganta. No podía negarse—. Es que el chaval nunca ha visto una —aclaró.

—Voy por las llaves.

Se fija mucho en su primera vez, pensó Chayo mientras observaba inquieta cómo el guardia civil recorría lentamente la carpintería, se detenía en el banco y estudiaba en detalle las herramientas. Reparó en que miraba mucho al suelo.

Cerraba la carpintería cuando llegaron Pepín y Nolo Carrizón. Este se recolocó de inmediato el cinto para dejar la pistola a la espalda.

—Buenos días, agentes —saludó afable el carpintero—. ¿A qué debo el placer? ¿Algún mueble que reparar en casa? Los del sargento quedaron muy bien…

—No, no, descuida, Pepín —el guardia más alto se quitó el tricornio—, es solo por si has visto movimientos raros o gente por aquí que no sea de la zona… O mineros aquí arriba.

—Hombre —respondió él—, a casa suben. Amigos mineros tengo muchos y además sigo haciéndoles algunos trabajos. Están las cosas complicadas, ¿no?

—Mucho, Pepín, y guárdate —miró a Nolo mientras lo decía— de la gente que arma barullo. ¿Verdad, Carrizón?

—Sí, sí, ya lo creo… —respondió Nolo.

—¿Es verdad —tanteó entonces Pepín— que hay por ahí armas y los mineros están sacando explosivos?

—Es posible —respondió el guardia ante la mirada de estupor del compañero—. Pero yo solo puedo decirte que estés atento y te guardes de líos. Que tienes dos crías y la gente como tú no se complica. ¿Nos vamos? —preguntó al compañero.

—Lo que usted diga.

—Pues digo que sí.

No le preguntó Pepín a su mujer por qué había abierto la puerta de la carpintería. Ni cuánto tiempo había estado allí la Guardia Civil. Se limitó a ordenarle antes de encerrarse de nuevo con Nolo Carrizón.

—Haz comida pa los dos y bájala luego.

VII

Chayo se sintió con sus dos hijas como un combatiente solitario en tierra hostil. Se oían ecos de revuelta y la agitación parecía haber devuelto a Pepín a su ser, aunque veía en sus ojos una tristeza que ella no podía permitirse. Las niñas la necesitaban entera.

El movimiento en la carpintería se había hecho más intenso ya mucho antes de que llegaran las armas a finales de septiembre. Solo la suerte o una desidia negligente explicaban que la Guardia Civil no hubiera irrumpido en aquellas reuniones que ahora eran casi diarias.

—Cuéntanos, Fabián. ¿Qué se diz del movimiento revolucionario? ¿Qué informa el sindicato?

—Se sabe poco. Hay algo de lío en Barcelona, pero en los demás sitios está siendo un fracaso.

—¡Coño! —terció Nolo—. En Barcelona han declarado la independencia… ya será algo más que lío.

—Como si cantaran, camarada…

—No soy tu camarada, soy socialista.

—Ta bien… socialista. Pero son papeles políticos, no hay revolución.

—Y aquí vamos facela…

—Pa eso estamos aquí.

Escuchaba desde arriba Chayo el recuento de armas, los planes de asaltos o el sobrio regocijo porque los mineros andaban sacando toneladas de explosivos de las minas. Un barco estaba por llegar desde Cádiz con armas que iban a ser para los portugueses pero se quedaban en Asturias.

—Y Prieto en persona va a venir a por ellas.

—El Turquesa, se llama… y lo llevarán a Navia.

Eran cada vez más las noches que Pepín no dormía en casa. Entonces ella se arropaba el cuerpo y el ánimo con sus dos niñas. Adoraba la curiosidad incansable de Aurora y la risa de Melina. Siempre sonreía, siempre respondía: hablaba ya con el alfabeto alegre de carcajadas de niña.

Poseía además un rasgo singular que la diferenciaba. Lo anotó con un deje de desprecio su padre la primera vez que se acercó a ella, tres días después de nacer.

—Esta cría paez una negrona. Nun será mía…

Su piel era más oscura y su pelo negro carbón acentuaban la diferencia con sus hermanos. «Negrona», le dijo. Y con Negrona se quedó, porque así la llamó hasta que se fue de casa.

Lita creía que el color le venía de La Cuestona. De la sangre del padre.

—Paézse al güelu José.

—Espero que no —respondía su hermana—. Valiente canalla era.

—En lo morenu… No en lo malu.

La noche en que asaltaron el cuartel de la Guardia Civil, Rosario escuchó las explosiones desde la cama. Lejanas, pero precisas, llegaban amplificadas por el eco del valle. Sintió miedo. Bajó veloz la escalera de caracol impulsada por un presentimiento.

A la luz de unas velas, Pepín, Carrizón y dos muchachos a los que conocía de la mina habían descolgado el tablón de las herramientas y sacaban de la pared fusiles que iban guardando en cajas alargadas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó su marido al verla, y sin esperar respuesta, le ordenó—. Sube con las crías, que tas mejor arriba con elles.

—¿Qué ta pasando, Pepín?

Se acercó a ella y la agarró de un brazo.

—Sube, te digo… que esto nun ye cosa tuya.

—¿Cómo que no? ¿Y mis hijas no son tuyas? ¿Y esto no es mi casa? ¿Y no eres tú mi marido?

—¡Cállate y sube!

Tiró de ella hasta casi hacerla caer al borde mismo de la escalera de caracol.

* * *

Perdió Chayo la cuenta de los días que pasó su marido fuera de casa. Cinco, una semana. Durante dos noches escuchó los disparos y algunas explosiones. Amable le dijo que un grupo de mineros había tomado la casa cuartel y el ayuntamiento y que iban con armas y explosivos a Oviedo, a empezar la revolución contra la república burguesa.

—Es como en Rusia, va a ser la semilla de un nuevo mundo, sin clases, sin patronos, sin explotadores…

—¿Y Pepín marchó con ellos?

—Eso creo, pero ni le vi ni me dijeron dónde andaba.

Las primeras columnas de mineros llegaron a Oviedo antes de la caída del sol. Apenas encontraron resistencia. Ni siquiera la presencia de los guardias de asalto en los principales edificios frenó a los sindicalistas convertidos en milicianos.

Nolo Carrizón viajaba con la vanguardia que se iba abriendo paso a golpe de explosivos. Caían los edificios, se hundían las cloacas, la ciudad pronto se llenó de piedras y de cristales rotos, de gritos, del sonar seco y veloz de los disparos, tac, tac, tac… Los heridos gritaban por la revolución y por la patria. Uníos, hermanos proletarios. Se replegaban los carabineros y los guardias de asalto se enfrentaban a ráfagas de ametralladora con los mineros pertrechados de fusiles y explosivos.

Olía a sudor y a pólvora. Picaban los ojos y las ganas de venganza. Las cloacas abiertas despedían una peste a huevos podres y a muerto.

Nolo sintió miedo al ver gotear sangre caliente sobre una mano cuando se guarecía tras una pared a medias en la primera noche del asalto. Era un rasguño en la frente que ni siquiera había notado. «Las balas que te matan ni las oyes ni las sientes», le había dicho una vez un anarquista.

El fuego no cesaba. Ni los gritos, ni las explosiones. Vio miradas de furia y odio entre paisanos llenos de estupor que no entendían nada.

En la barricada, bajo una enorme pintada negra, «UHP» —Uníos Hermanos Proletarios—, la conversación aflojaba el miedo.

—Esto tiene que salir bien, compañeru. Estamos jugándonos mucho.

—Hay que seguir adelante —le alentó un minero ya mayor que no cesaba de cargar y disparar, cargar y disparar, más a la incierta oscuridad que a un enemigo preciso—. Ya sí que no hay vuelta.

Asediaban la comandancia de carabineros. Ellos, a pie de calle. En las ventanas de casas de alrededor, otros compañeros armados presionaban a fuego y a voces. Había un estrépito de disparos y de gritos.

Nolo echaba de menos a su compañero Pepín. Pero decidieron que él quedara en Mieres a cargo de las armas y alejado de cualquier sospecha de estar en la refriega, no fuera a ser que se quebrara la ventaja que la confianza de los guardias les otorgaba.

Después de varias horas de asedio, a media tarde un joven oficial salió por la puerta enarbolando una bandera blanca. El compañero de Nolo encaró el fusil y apuntó.

—No jodas, ho —le apartó el cañón con un gesto—. Ta rindiéndose.

—Ya, claro… pero mató unos cuantos antes.

Se escuchó clara una orden de alto el fuego, y empezaron los milicianos a salir de los escondites. Había júbilo y una compartida sensación de victoria. Los carabineros fueron saliendo con las manos el alto.

—¿Qué van facer con ellos? ¿Matalos? —le preguntó a Nolo un joven, apenas un crío, mirando a los prisioneros.

—Ya se verá —contestó sin convicción—. Alguno fusilarán.

Hubo pillaje y venganzas. Y faltó el júbilo aquel de calle y verdad que Nolo había vivido cuando el 14 de abril, en Gijón, saludaron alegres la República.

Cuando la tarde siguiente reventaron la Universidad, Nolo Carrizón empezó a considerar que quizá las cosas no se estuvieran haciendo bien.

Pero toda duda y resquemor se diluyeron con el anuncio, poco después, de que la revolución había vencido, que los mineros tenían el control de Oviedo: más de treinta mil hombres con mando sobre una ciudad arrasada.

Los bombardeos no tardaron en llegar.

El séptimo día de ausencia de Pepín, Chayo escuchó primero el sonido de los aviones y muy poco después los estallidos de piedra y pólvora que llenaron de fuego Mieres y Turón. Se refugió con las niñas en la planta baja, en la carpintería, aterrada por el estruendo de las bombas y los fogonazos de las explosiones. Aurora lloraba sin parar y Melina abría sus enormes ojos negros como queriendo atrapar todo aquello. Los cristales de la carpintería eran cuadrados anaranjados a punto de quebrarse cuando estallaban las bombas.

Cuando menos lo esperaba regresó Pepín.

Tras los primeros bombardeos salió del sótano de Turón donde dormía junto a los explosivos para correr hacia casa. El sonido de las explosiones y el miedo a que en el camino alguna bomba lo alcanzara acompañaron su carrera.

Se recordó subiendo ese mismo camino con su hijo muerto en brazos. Y deseó con toda su alma que las bombas no llegaran a Entrearroyos. Rebasó la carpintería y subió directamente a casa. Un fogonazo de ansiedad le quemó el esternón cuando no encontró a sus mujeres. Se dirigió a la escalera y en dos zancadas se plantó en la carpintería. Al fondo, en una esquina, abrazada a sus dos hijas, vio a Chayo, que ante la inesperada visión rompió a llorar.

—Creí que te habían matado.

—Volví para saber que tampoco a vosotras.

Y por primera vez en mucho tiempo abrazó a su mujer y se alegró de que sus hijas estuvieran vivas. Incluso la Negrona.

* * *

Los moros desembarcaron en Gijón y ya allí empezaron a sembrar muerte.