Memoria del paraíso - Ge Fei - E-Book

Memoria del paraíso E-Book

Ge Fei

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Beschreibung

Una intriga laberíntica en la China de comienzos del siglo XX, la historia vital de una mujer marcada por el deseo revolucionario, la utopía y sus excesos. En esta extraordinaria novela seguimos la trayectoria vital de Lu Xiumi desde el despertar sexual hasta su muerte, pasando por la adhesión a los ideales revolucionarios y su posterior decepción. Secuestrada en su viaje nupcial y cautiva en una isla, Xiumi será testigo de las luchas que llevan a la devastación final de la aldea y de la utopía que representaba. Tras el exilio en Japón y su conversión revolucionaria, Xiumi regresa al pueblo natal para poner en práctica sus ideales políticos, que terminan en fracaso y tragedia personal. Apresada y condenada a muerte, se salvará de milagro por el estallido de la revolución de Xinhai (1911), que pone fin a la dinastía Qing e instaura la república. En su metamorfosis final, Xiumi intentará reconciliarse con su destino para terminar esbozando una nueva forma de sentido y una utopía más modesta.

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Seitenzahl: 672

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Fei, Ge

Memoria del paraíso / Ge Fei

1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Adriana Hidalgo editora, 2023

Libro digital, EPUB - (Literatura_novela)

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Miguel Ángel Petrecca

ISBN 978-987-8969-61-9

1. Narrativa china. 2. Utopía. 3. Maternidad. I. Petrecca, Miguel Ángel, trad. II. Título.

CDD 895.13

Literatura_novela

Título original: 人面桃花

Traducción: Miguel Ángel Petrecca

Editor: Fabián Lebenglik

Coordinación editorial: Mariano García y Gabriela Di Giuseppe

Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino

Imagen de tapa: Cecilia Szalkowicz

Retrato de autor: Gabriel Altamirano

© Ge Fei, 2004.

© de la traducción, Miguel Ángel Petrecca, 2022.

Todos los derechos reservados.

Published by arrangement with People’s Literature Publishing House Co., Ltd.

B&R Book Program

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2023

www.adrianahidalgo.es

www.adrianahidalgo.com

ISBN: 978-987-8969-61-9

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Índice
Portadilla
Legales
Parte 1 - Seis dedos
Parte 2 - El refugio de las flores
Parte 3 - La criatura
Parte 4 - Voto de silencio
Acerca de este libro
Acerca del autor
Otros títulos

Parte 1

Seis dedos

1

El padre había bajado de su cuarto.

Con una maleta de mimbre en la mano, un bastón de madera de jínjol colgando de un hombro, bajó los escalones del pabellón y avanzó, paso a paso, hasta el centro del patio.

Era justo la época de la cosecha de trigo, así que en la casa reinaba el silencio. Las ramas de sauce y de pino colgadas en el umbral para la época del festival de la comida fría se habían secado ya. Las flores de los manzanos silvestres al lado de la montaña artificial se habían marchitado y las ramas habían perdido todas sus hojas. Nadie barría las últimas flores, que el viento desparramaba por todo el suelo.

Xiumi se dirigía sigilosamente al patio de atrás para poner a secar las bragas que llevaba apretadas entre sus manos cuando de golpe vio a su padre y no supo qué hacer.

Esta era la segunda vez que encontraba huellas de sangre en sus bragas y que pasaba medio día agachada al lado del pozo frotando para tratar de lavarla. Unas abejas revoloteaban alrededor haciendo un zumbido que aumentaba todavía más su inquietud. Sentía un dolor insoportable en la tripa, como si una plomada descendiera en su interior, pero al sentarse en el baño no lograba sacar nada. Se había bajado los pantalones para espiar, con la ayuda de un espejo, el lugar de donde salía sangre, y se había puesto toda colorada de golpe, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Se había metido apresuradamente una bola de algodón, y luego, subiéndose los pantalones, se había tirado sobre la cama de la madre a lloriquear abrazada a un almohadón: me voy a morir, me voy a morir, me voy a morir. En la habitación no había nadie porque su madre se había ido a Meicheng a la casa de una tía materna.

Ahora el problema era que su padre acababa de bajar.

Era muy raro que el lunático bajara de su cuarto. Salvo el primer día del año, cuando la madre ordenaba a Baochen que lo ayudara a bajar y luego lo hacía sentar en un gran sillón de madera en el salón principal, donde recibía los saludos de todo el mundo. Para Xiumi era como un cadáver ambulante. La mirada y la boca torcidas, babeaba sin pausa y hasta una simple tos lo dejaba sin aliento durante un buen rato. Hoy, sin embargo, este loco había bajado solo, con las piernas inesperadamente ágiles y un aire casi ufano, portando además esa pesada maleta de mimbre. Se detuvo debajo de los manzanos y sacó de la manga, sin prisa, un pañuelo con el que se sonó los mocos. ¿Era posible que de la noche a la mañana se hubiera curado de su locura?

Xiumi se fijó en la maleta que llevaba. Como si estuviera por partir de viaje. Luego, de manera automática, miró de reojo la huella de sangre marrón en las bragas y, entrando en pánico, se lanzó hacia al patio de adelante: “¡Baochen, Baochen! ¡Cabeza chueca...!”, gritaba. Llamaba al administrador de la casa. No hubo ninguna respuesta. Los pétalos y el polvo en el suelo, el sol indolente de la tarde la ignoraban. Los manzanos, los perales, el musgo sobre el muro, las mariposas y las abejas, las ramas esbeltas de los sauces reverdecidos fuera y el viento que atravesaba la casa y mecía las ramas de los árboles: todo la ignoraba.

“¿Por qué gritas así? No grites”, dijo el padre.

Se dio vuelta muy lentamente, mientras metía de vuelta el pañuelo mugriento dentro de una manga, y la observó a través de los párpados entrecerrados, con una mirada cargada de leve reproche. Su voz sonaba grave y ronca, como si le hubieran pasado una lija por la garganta. Era la primera vez que lo oía dirigirle la palabra. A fuerza de pasarse todo el año encerrado sin ver la luz del sol, su rostro había tomado un tono oscuro y su pelo un brillo amarronado que hacía pensar en espigas de maíz agitadas por el viento.

“¿Te vas?” Baochen no estaba, así que a Xiumi no le quedaba más remedio que serenarse y armarse de valor para interrogarlo.

“Sí”, respondió el padre.

“¿A dónde vas?”

El padre soltó una risita, alzó la cabeza hacia el cielo y recién después de un rato respondió: “A decir verdad, esta vez ni siquiera yo lo sé”.

“¿Queda lejos el lugar a donde vas?”

“Muy lejos”, murmuró, con una expresión melancólica, completamente inmóvil, mirándola.

“Baochen, Baochen, Baochen, cabeza chueca, maldito Baochen...”

El padre ya no prestó atención a sus gritos. Despacio se puso delante de ella y levantó una mano como si quisiera acariciarla. Xiumi pegó un grito y se escabulló lejos. Saltó por encima del cerco de bambú hacia el huerto y lo miró desde ahí, con la cabeza ladeada, retorciendo las bragas entre sus manos. El padre sacudió la cabeza y sonrió. Su rostro sonriente parecía de ceniza o de cera.

Y así sin más, vio al padre levantar la maleta y salir, encorvado, por la puerta. Ni rápido ni lento. La cabeza de Xiumi era una gran confusión y el corazón le latía fuerte. Al instante, sin embargo, el padre volvió sobre sus pasos y su cabeza de nutria asomó por la puerta. Inspeccionó alrededor, con una vaga sonrisa en el rostro y una expresión tímida.

“Necesito un paraguas”, susurró. “Comenzará a llover en cualquier momento.”

Xiumi no podía saber que estas eran las últimas palabras que le escucharía pronunciar a su padre. Levantó la cabeza y miró el cielo. No había una sola nube a la vista. Era un cielo de un azul profundo, alto y remoto.

El padre encontró una sombrilla al lado del gallinero y la abrió. La tela estaba toda comida por los gusanos, dejando las varillas a la vista. La cerró, la sacudió un poco y quedó solo el esqueleto. Dudó un instante, apoyó la sombrilla rota contra la pared, levantó la maleta y empezó a caminar para atrás. Y luego, como si temiera despertar a alguien, cerró la puerta muy suavemente. Las dos hojas de la puerta quedaron cerradas.

Xiumi soltó un suspiro de alivio. Colgó las bragas sobre el cerco de bambú, bordeó la pérgola florida y se dirigió hacia la parte de adelante de la casa en busca de alguien. Baochen no estaba. Tampoco Pica ni Iris. Sí que había sabido elegir el día el lunático. Como si se hubiera puesto de acuerdo con toda la familia. Buscó en la sala principal, en las habitaciones laterales, en el cobertizo de la leña, en la cocina, incluso detrás de la cortina del baño. Pero no encontró ni rastro de nadie. Atravesó, sin más remedio, el patio de luces hacia la puerta principal, y una vez fuera miró alrededor. Su padre se había esfumado.

La vecina, la señora Hua, estaba delante de la puerta secando semillas de sésamo sobre un cedazo de bambú. Sacudió la cabeza cuando Xiumi le preguntó si había visto a su padre. Tampoco había visto a Pica o Iris, agregó en seguida, ante la pregunta de Xiumi. Cuando le preguntó por Baochen, sonrió: “¿Y por qué me preguntas a mí? No es mi trabajo ocuparme de él...”.

Xiumi estaba por irse cuando la señora Hua la llamó: “¿El padre de ustedes no estaba encerrado en el pabellón? ¿Cómo puede haberse ido así como así?”. Xiumi dijo: “Yo tampoco sé cómo salió. Como sea, se ha ido. Yo misma lo vi salir por la puerta trasera”. Ahora también la señora Hua se inquietó un poco. “Entonces ve sin tardanza a pedirle a alguien que lo busque. Una persona como él con la cabeza trastornada puede caerse en cualquier pozo y morirse ahogado... ¡Qué tragedia!”

Mientras hablaban así, Xiumi vio a Iris acercarse caminando desde el lado este del pueblo con una canasta llena de azucenas amarillas, y avanzó a su encuentro. Iris escuchó su relato pero no pareció alarmarse, e incluso dijo: “Si llevaba la maleta, como dices, no puede haber llegado muy lejos. Vamos rápido al embarcadero a frenarlo. Si dejamos que cruce el río va a ser más difícil encontrarlo”. Dejó la cesta, cogió a Xiumi de la mano y ambas salieron corriendo hacia allí.

Iris tenía los pies pequeños, producto del vendado, así que al correr todo el cuerpo le temblaba y los pechos se levantaban como olas. Los herreros de la aldea, los hermanos Wang Qidan y Wang Badan, la miraron pasar atónitos, con la boca abierta. En el trayecto se cruzaron con dos campesinos que segaban el trigo, quienes, interrogados, respondieron que no habían visto al señor Lu pasar por ahí. Desandaron el camino a toda prisa y llegaron al borde de la laguna en un extremo de la aldea. Iris flexionó las piernas, se sentó directo en el suelo y, sacándose los zapatos bordados, se masajeó los pies. Luego se soltó el botón de la chaqueta verde y dijo, resoplando: “Corriendo así, desesperadas, no lo vamos a encontrar. Si tu padre no fue aún al embarcadero, solo queda el camino de atrás de la aldea. Lo mejor será avisarle cuanto antes al cabeza chueca”.

“Pero no sé a dónde se ha ido”, dijo Xiumi.

“Yo sí sé”, dijo Iris. “Debe estar en la casa de la abuela Meng jugando al mahjong. Ayúdame a levantarme.”

Iris se puso los zapatos. Cogiéndola de la chaqueta, Xiumi la ayudó a levantarse y las dos se dirigieron bamboleándose hacia un gran albaricoquero que estaba en el centro de la aldea. Recién en ese momento a Iris se le ocurrió preguntar a qué había bajado de su cuarto el padre de Xiumi. ¿Qué había dicho? ¿Por qué Pica no estaba en casa? ¿Por qué ella no había intentado frenarlo? Preguntó lo mismo una y otra vez y luego, de golpe, pareció enfurecerse. “Solo digo, la cerradura de su cuarto no puede abrirse sola, pero tu madre insistía en dejarlo salir al jardín a tomar sol. ¡Y ahí tienes!”

La abuela Meng hilaba el algodón bajo el albaricoquero. La rueca giraba de repente más rápido y el hilo parecía a punto de cortarse. Rezongaba entre dientes, enojada consigo misma. Iris dijo: “Descanse un segundo, abuela. Necesito preguntarle algo. ¿Nuestro Baochen no ha estado por acá jugando a las cartas?”.

“Estuvo. ¿Cómo que no?”, masculló la abuela Meng. “Se acaba de ir después de dejarnos pelados. Cuando está corto de dinero siempre viene acá a sacarme lo poco que guardo para mi funeral. Una vez que gana, se levanta y se va. Se negó a jugar otra partida y encima se llevó dos caquis secos enormes.”

Iris contestó, sonriendo: “En el futuro no juegue más con él y listo”.

“Y si no juego con él, ¿con quién voy a jugar?”, dijo la abuela Meng. “En este lugar quedamos solo un puñado de viejos jugadores. Con que falte uno ya no tenemos para completar una mesa. Es que tengo mala suerte. Si hasta se me corta el hilo del algodón.”

“¿Sabe a dónde ha ido?”

“Lo vi irse para el fondo de la aldea. Iba comiéndose los caquis, lo más contento.”

“Debe haber ido a la casa de la muchacha Sun, ¿no es cierto?”, preguntó Iris.

La vieja sonrió y no respondió. Iris cogió a Xiumi de la mano y estaba por irse cuando se oyó la voz de la abuela Meng detrás: “Yo no dije que estuviera en lo de la muchacha”. Y siguió sonriendo en silencio.

La casa de la muchacha Sun estaba junto al huerto de moreras en el fondo de la aldea. Era una pequeña casa de una sola familia. Fuera había un estanque chico sobre el cual pendían, todo alrededor, ramas de rosa vagabunda o madreselva. La puerta estaba cerrada y reinaba un silencio total. En el umbral estaba sentado un viejo jorobado, con el pelo completamente blanco. Tomaba sol, apoyado de lado contra la pared. Viéndolas acercarse desde el otro lado del estanque, se puso de pie alarmado, con sus pequeños ojos de ratón girando para todos lados. Iris le dijo a Xiumi: “Quédate en la orilla y no te muevas. Voy a buscar a Baochen”. Y avanzó con pasos rápidos sobre sus pequeños pies. El viejo advirtió la actitud belicosa de la mujer y tendió ambas manos para frenarla, mientras decía: “¿Qué es este alboroto? ¿A quién buscas?”.

Iris abrió la puerta de un empujón, sin mirarlo siquiera, y arremetió hacia dentro. El viejo, tratando de detenerla, se le colgó de una solapa de la chaqueta. Iris se dio vuelta, bajó la cabeza de golpe, abrió grandes los ojos y escupió en el suelo: “Viejo inservible. Me tocas una vez más y te hundo en el estanque”. Disimulando la furia y los nervios que sentía, el viejo esbozó una sonrisa forzada y susurró: “Baja un poco la voz, muchacha”.

“¿A qué le tienes miedo? Aquí están lejos de todo el mundo. La mujerzuela se puede sacudir en la cama todo lo que quiera, nadie va a oír.” Iris sonrió despectivamente, subiendo cada vez más la voz.

“Como reza el dicho: al insultar al trébol, se afea la muchacha”, dijo el viejo. “Si no te molesta llenar de mugre el oído del prójimo al menos podrías tener vergüenza de ser tan boca sucia.”

“Cierra la boca. Si no me sueltas de una vez voy a incendiarte el burdel.” El viejo aflojó la mano, pataleando de rabia.

Iris estaba por entrar cuando se abrió la puerta de una de las habitaciones laterales y de dentro salió alguien a los tumbos. Era Baochen. Caminó hasta la entrada, con la cabeza torcida hacia un lado como siempre, mientras se abotonaba la camisa apresuradamente y esbozaba una sonrisa traviesa. “¿Qué es todo este escándalo? ¿Qué piensas? Con este cielo, ¿va a llover hoy, sí o no?”

Y efectivamente comenzó a llover más tarde ese mismo día. Una lluvia torrencial cayó sin pausa desde el atardecer hasta la medianoche. El agua acumulada en el patio de luces superó la altura del cantero y estuvo a punto de rebalsar sobre la galería. La madre de Xiumi había vuelto ya de Meicheng y, recostada sobre el sillón de madera de la sala, contemplaba la lluvia sin dejar de suspirar. Iris no había parado de bostezar en todo el día, mientras trataba infructuosamente de deshacer una madeja de hilo de cáñamo. Pica, sentada al lado de la madre, respondía con un suspiro a cada suspiro de esta, y cada vez que la madre chasqueaba la lengua ella hacía lo mismo. Ninguna hablaba. El viento batía como un tambor la ventana de papel y la lluvia en el techo de la casa era ya un murmullo compacto.

“¿Justo hoy tenías que ir a buscar azucenas?”, dijo la madre a Iris. Repitió esa frase varias veces y al ver que Iris no respondía, se dirigió a Pica: “¿Para qué tienes orejas? Te había dicho que esperaras al final de la cosecha de trigo para ir al molino. Pero no... Tenías que salir corriendo al molino”. Luego le echó una mirada a Xiumi. Le dijo, fríamente: “Tu padre puede estar loco, pero al fin y al cabo es tu padre... Si tratabas de frenarlo, tampoco iba morderte”. Por último comenzó a echar bronca contra el “desgraciado de Baochen”. Repitió una y otra vez las mismas palabras y cuando se cansó de insultarlo se dirigió a Pica: “¿Pero dónde estuvo todo el día ese cabeza chueca?”. Pica se limitó a sacudir la cabeza. Iris alegó que tampoco ella sabía y, puesto que esta no decía nada, Xiumi no abrió la boca. Sus párpados chocaron con un ruido tan nítido como el murmullo de la lluvia.

Baochen volvió recién pasada la medianoche. Entró al salón con un farol en la mano, los pantalones arremangados casi hasta la rodilla, cabizbajo, desmoralizado. Había rastrillado junto con otras personas más de diez li a la redonda, hasta el templo de Guandi al pie de la montaña, y habían interrogado a centenares de personas, pero no habían encontrado el menor rastro.

“¡No puede haberse esfumado!”, dijo la madre. “Es un loco con una maleta, no puede haber llegado tan lejos.” Baochen permaneció de pie, en silencio, chorreando agua sin pausa.

2

¿Cómo se había vuelto loco su padre? Un día Xiumi había decidido preguntarle al maestro Ding sobre esta cuestión que la obsesionaba desde hacía años. El viejo había puesto una cara larga y le había dicho, con una risita sarcástica: “Pregúntale a tu madre”. Xiumi volvió a su casa y le preguntó entonces a la madre, quien, solo escucharla, golpeó los palitos contra la mesa tan fuerte que los cuatro cuencos saltaron a la vez. En su memoria, los cuencos se habían despegado de la superficie al mismo tiempo, y a Xiumi se le ocurrió que tal vez esa era la razón por la que su padre se había vuelto loco. Luego persiguió con sus preguntas a Iris, quien le respondió, con absoluta seguridad: “Todo fue culpa de esa estúpida pintura de La fuente de los melocotoneros en flor de Han Changli”. Xiumi le preguntó quién era el tal Han Changli, a lo que Iris respondió: “Fue el que derrotó a Jin Wuzhu. Su mujer, Liang Hongyu, era una belleza legendaria”. Más tarde Xiumi leyó la “Explicación al entrar a la Academia” de Han Yu y supo que Han Changli no era Han Shizhong, y que su esposa tampoco era Liang Hongyu. La explicación de Iris no se sostenía. Fue entonces a preguntarle a Pica, cuya respuesta fue que “simplemente se volvió loco”. En su visión, una persona no necesitaba un motivo para perder la cabeza, y además todo el mundo se volvía loco algún día.

Al fin, no le quedó más remedio que tratar de sonsacarle algo a Baochen.

Baochen había estado cerca de su padre desde que tenía doce años, y era el único séquito que lo había acompañado en su viaje de regreso al sur cuando aquel, después de verse salpicado por un escándalo relacionado con el impuesto a la sal, fue destituido de su cargo en la academia prefectoral de Yangzhou. Según Baochen la pintura en cuestión existía. Era un regalo que Ding Shuze le había hecho al señor cuando este había cumplido cincuenta años.

En los primeros tiempos tras su destitución y su vuelta a Puji, los dos andaban siempre juntos, dedicándose poemas y enviándose mutuamente una invitación tras otra. Parecía que lamentaran solamente no haberse encontrado antes en la vida. Aquella pintura, al parecer una obra auténtica de Han Changli, era el tesoro más importante de la biblioteca de la familia Ding. Veinte años atrás un gran incendio había reducido a cenizas esa biblioteca, pero la pintura milagrosamente se había salvado del fuego. [1] Esta pintura no solo era una obra de un altísimo valor, celosamente atesorada por Ding Shuze, sino que era lo único que se había salvado del fuego, y aun así el maestro no había dudado en ofrecérselo como presente. Lo cual bastaba para mostrar lo extraordinario de la relación que los unía.

Hasta que un día, en un momento en que se disponía a subir con agua para el té, Baochen oyó, desde abajo, una sucesión de golpes. Al subir se encontró a los dos amigos en plena pelea. El maestro pegaba una bofetada, el padre de Xiumi se la devolvía, y así, sin mediar palabra, de pie los dos ahí, intercambiaban un golpe tras otro. Baochen, atónito, no atinó a intervenir. El padre de Xiumi se detuvo recién cuando Ding Shuze escupió un diente todo envuelto en sangre y moco. Gimoteando histéricamente, tapándose la cara con las manos, Ding Shuze bajó corriendo la escalera y al rato envió un discípulo con una carta formalizando la ruptura de relaciones. El padre de Xiumi la desplegó bajo la lámpara de aceite, la leyó siete u ocho veces seguidas y dijo, chasqueando la lengua con admiración: “Bien escrito. Muy bien escrito”. Sus mejillas se veían muy hinchadas y al hablar parecía como si tuviera una pelota en la boca. Cuál era la razón por la que se habían malquistado, Baochen no habría sabido decirlo, y se limitaba a suspirar: “Los letrados siempre han sido un poco locos”.

Esa era la explicación de Baochen.

La explicación del maestro Ding Shuze era la siguiente. En un poema que le había dedicado, donde hacía alusión a uno de los poemas “Sin título” de Li Shangyin, el padre había cambiado por error “el sapo de oro” del verso “el sapo de oro muerde el candado y el incienso penetra” por “una cigarra de oro”.

“Se trataba de un error evidente. Tu padre tenía una erudición superficial, pero la poesía de Li Yishan la conocía lo bastante bien como para no tomarse en serio semejante dislate. Le señalé el error con buena intención, sin la menor pretensión de burlarme. Quién hubiera imaginado que se enojaría de golpe y se pondría a gritar, ahí mismo, que debíamos verificarlo juntos. Sabiendo claramente que estaba equivocado, quería tener razón a toda costa, con una prepotencia típica de gran señor, cuando al fin y al cabo había sido destituido de su cargo y ya no era señor de nada. Había pasado el examen de doctor, que yo nunca pasé; había sido funcionario de rango prefectoral, algo que yo nunca fui, pero un sapo común y corriente no puede convertirse en una cigarra por más doctor que seas o por más profesor que hayas sido en una academia de prefectura. Cuando le dije esto se puso de pie y me pegó una bofetada que me voló un diente.” Años más tarde, Ding Shuze seguía sin poder disimular su furia cada vez que recordaba este hecho. Abría la boca y mostraba las encías rosadas para que los estudiantes las examinaran. Por eso, Xiumi a veces creía también que la razón por la que su padre se había vuelto loco era aquel incisivo que había perdido el maestro Ding.

Fuera como fuere, lo cierto es que el padre se había vuelto loco.

Desde el momento en que había entrado en posesión de aquella pintura de Han Yu, el padre la había conservado en el pabellón como un tesoro, y era raro que accediera a mostrársela a otras personas. Luego de la ruptura con el padre, Ding Shuze mandó varias personas de su confianza a exigir la devolución, pero el padre se limitaba a responder: “Si viene en persona, yo mismo se la restituiré en mano”. Ding Shuze no podía evitar sentir un profundo dolor cada vez que pensaba en aquella pintura, pero la idea de ir a exigir en persona la devolución de un regalo que él mismo había hecho le parecía una humillación intolerable.

Baochen decía que el padre se había vuelto loco mirando esa pintura.

Cada mañana, en cuanto el padre se levantaba, Iris iba a hacerle la cama y a doblar las coberturas. Un día se encontró la cama perfectamente hecha. El padre dormía recostado sobre el escritorio cubierto de pilas de libros. La pintura estaba llena de marcas y cubierta con ceniza de la lámpara. Iris lo despertó, sacudiéndolo, y le preguntó por qué no estaba durmiendo en la cama. El padre no respondió. Se frotó los ojos inyectados de sangre, se dio vuelta y la miró fijo. Iris observó su mirada vacía, su aspecto bizarro, y preguntó, recogiéndose el pelo detrás de las orejas: “¿El señor todavía no se ha cansado de mirar esa pintura después de tantos años?”.

El padre siguió mirándola, absolutamente inmóvil. Recién luego de un rato suspiró y dijo: “Iris, mírame bien. ¿Dirías que tengo cara de cornudo?”.

Dejando sin más al padre, Iris salió corriendo despavorida y fue directo a contarle a la madre lo que acababa de escuchar, palabra por palabra. La madre, en ese momento, estaba justo amonestando a Baochen por sus visitas clandestinas a los prostíbulos de Meicheng. Aquella misma noche, mientras la familia se disponía a cenar, el padre irrumpió de golpe en el salón. Era la primera vez que bajaba en más de dos meses. Solo que ahora no llevaba ninguna ropa encima. Al verlo entrar completamente desnudo, todos en el salón se quedaron sin habla, mirándose. El padre, avanzando en puntas de pies, se puso detrás de Pica y tapándole los ojos de golpe dijo: “Adivina quién soy”.

Pica encogió el cuello, asustada, agitando bruscamente la mano que sostenía los palillos. “Es el señor”, respondió, con timidez.

El padre se rio como un niño y dijo: “Adivinaste”.

La madre, del susto, se había olvidado de tragar, y durante un rato no fue capaz de decir nada. Aquel año Xiumi tenía doce años. Al día de hoy se acordaba del aspecto tranquilamente sonriente del padre, y de su rostro color ceniza.

La madre parecía no creer que el padre hubiera podido volverse loco de repente. Al menos, depositaba todavía grandes esperanzas en su recuperación.

Al principio, no se preocupó demasiado. Lo primero que hizo fue llamar al médico Tang Liushi. Lo regaron con infusiones y decocciones y le llenaron el cuerpo de agujas. Xiumi tenía la imagen de su padre en ropa interior, con el cuerpo todo perforado de agujas doradas, aullando como un cerdo degollado desde la silla de ratán a la que había sido atado por Baochen. Más tarde vinieron los sortilegios de un monje budista y los exorcismos de un maestro taoísta. Y más tarde todavía vinieron también un maestro de Ying-Yang y una chamana ciega que probaron todo tipo de métodos, desde la fisonomía oracular hasta la adivinación a través del método de los seis ren y del Qimen Dunjia, y había faltado poco para que lo deshuesaran y lo hirvieran en una olla. Todo esto duró desde principios de primavera hasta el final del verano. El padre, de hecho, había terminado por calmarse, aunque en el ínterin también había ido engordando de manera desmesurada y cuando caminaba la grasa se bamboleaba de un lado al otro. Los ojos mismos se habían convertido en una pequeña ranura.

Ese verano un día el padre estaba paseando por el jardín cuando, cansado, se apoyó apenas contra la mesa de piedra y la dio vuelta. Baochen hizo venir de Meicheng unos hombres fornidos para que la enderezaran, pero aunque hicieron fuerza durante un buen rato, gritando para darse aliento, no lograron moverla un centímetro. Al padre le gustaba dar golpes, como jugando, apenas se ponía contento. Una simple bofetada suya bastaba para dejar a Baochen girando como un trompo. Un día, no se sabe dónde consiguió un enorme machete y se puso también a hachar los árboles en el jardín. Cuando la madre, con toda la familia, se acercó a donde estaba, vio solamente el machete que subía y bajaba a toda velocidad, con un destello frío. Ahí donde llegaba, árboles y plantas caían al contacto con el filo. Había ya hachado una glicina, un árbol de granada, tres cedros y dos chefleras. La madre ordenó a Baochen que lo frenara, y este, con muchísima cautela, agitando los brazos, esbozó unos firuletes alrededor del padre, sin lograr acercarse. La madre tomó entonces una decisión audaz. Ordenó a los herreros de la aldea, los hermanos Wang, que se pusieran esa misma noche a fabricar una cadena de hierro con un candado de bronce. Iba a maniatar al padre igual que a un animal. Acudió al templo de la tierra a consultar sus planes con la deidad local, la cual le manifestó explícitamente su acuerdo. En cuanto invocó a Kuanyin, el bodhisattva le envió un sueño para instarla a poner en práctica su idea sin tardanza, indicando además que las cadenas debían ser lo más gruesas posible. Pero antes de que los hermanos Wang tuvieran lista la cadena, ocurrió otro imprevisto.

Una noche, tarde, en el pabellón, el padre provocó un incendio. Para cuando las personas de la casa se despertaron, sofocadas por la humareda, las llamas ya llegaban hasta los aleros del techo del pabellón. Esta vez Baochen, dando al fin muestras de la profunda lealtad que guardaba hacia su señor, se zambulló en el mar de llamas cubierto con una manta remojada en el agua de la cisterna, y milagrosamente logró salir, cargando en la espalda aquel cuerpo tres veces más pesado que el suyo, mientras apretaba en su regazo una pila de papeles y llevaba en la boca aquella pintura de la fuente de los melocotoneros en flor que el padre trataba como un tesoro. Lamentablemente el fuego había quemado una punta. El pabellón, en cambio, fue consumido en su totalidad por las llamas.

Ese incendio inesperado le hizo comprender a la madre que la locura del padre y la sucesión de desgracias familiares estaban todas relacionadas con aquella pintura. Deliberó entonces con Baochen. Puesto que se trataba de una reliquia de la familia Ding, dijo Baochen, y Ding Shuze había mandado varias veces a exigir su devolución, lo mejor era hacerles ese favor que nada les costaba y devolverles la pintura, lo cual les permitiría matar dos pájaros de un tiro. Aunque el fuego había quemado una esquina de la pintura y el papel, ennegrecido, estaba duro y quebradizo, si se la entelaba con cuidado aún se podría decir que “la reliquia volvía intacta a su auténtico dueño”. A la madre los argumentos de Baochen le parecieron convincentes, y al día siguiente a la mañana, con la humareda todavía flotando sobre los escombros del pabellón, salió por una puerta lateral con la pintura escondida bajo la ropa y se encaminó derecho hacia lo del señor Ding. Al llegar a la ventana oeste de la casa oyó gente hablando en voz baja y no pudo evitar detenerse para escuchar. La mujer, Zhao Xiaofeng, estaba hablando: “Los Lu se habían adueñado de esta reliquia perteneciente a nuestra familia y se negaban a toda costa a devolverla. Y ahí tienes, ahora se ha perdido para siempre en el fuego. La pintura estuvo conservada en nuestra familia durante generaciones, sin que nunca surgiera el menor problema. Más bien lo contrario: la desgracia era trastocada en fortuna, la calamidad en buen augurio. Desde el momento en que cayó en manos de esa familia inescrupulosa no dejaron de suceder cosas raras. Es evidente que un inepto y un infeliz como ese nada tenía que hacer con semejante reliquia. Solo podía arrastrarlo a la locura”. Luego de escuchar todo esto la madre emprendió la vuelta y llegó a la casa casi sin aliento. Se proponía quemar ahí mismo la pintura cuando Iris intervino: “¿Para qué? Mejor dejarla para molde de zapato”. Y dicho esto le arrebató la pintura y se volvió a su cuarto.

Hacia el final del verano, la madre le ordenó a Baochen llamar unos obreros para reconstruir el pabellón del patio trasero. Era el momento exacto de cambio de estación del noveno mes, y caía sin pausa una lluvia torrencial. Una docena de carpinteros y tejeros logró convertir aquel patio tan delicado en un chiquero hediondo. Los hombres eran ingobernables, se metían por todas partes, nunca se apartaban cuando veían a Pica y a Iris, y no hacían más que husmear con sus ojos todo alrededor. Xiumi, asustada, estuvo más de un mes sin bajar.

Entre estos hombres había uno que se llamaba Qingsheng, que debía tener dieciocho o diecinueve años, un muchacho grande y robusto, con un pecho sólido como una pared, que caminaba con unos pasos que retumbaban y hacían temblar las aldabas de bronce de las puertas. Lo apodaban “el Indomable”. Por lo general andaba deambulando por toda la casa, y ni siquiera el maestro de la cuadrilla era capaz de gobernarlo. Cuando su mano se volvía “indomable”, podía darle un pellizco en la cadera a Iris; cuando sus pies se volvían “indomables”, podía aprovechar el momento en que Pica se estaba bañando para entrar por error en la habitación, obligándola a salir corriendo del agua para meterse bajo las sábanas. La madre y Baochen habían ido a hablar con el capataz, pero el viejo se había limitado a sonreír: “Simplemente es indomable, completamente indomable”.

El día en que el pabellón estuvo listo, Xiumi, de pie frente a la ventana de su cuarto, arriba, observó a los obreros partir. Aquel Qingsheng, cosa en verdad extraña, mientras los otros partían sin más, caminaba para atrás, y mientras reculaba recorría todo con su mirada, examinando con atención la casa. Miraba y asentía sin pausa. Cuando sus ojos se toparon con Xiumi, de pie en el marco de la ventana, los dos se sobresaltaron. Luego él hizo un gesto con la mano y la miró de manera sugestiva, sonriendo con malicia. Así, siempre caminando para atrás, siguió alejándose hasta que chocó con un gran canelo en la entrada de la aldea. Tras la partida de esa gente, todos en la casa, bajo el comando de la madre, se aplicaron a sacar a paladas la mugre de la sala, encalaron las paredes, quemaron incienso por todas partes para eliminar el mal olor que impregnaba las habitaciones, y la madre hizo también que se llevaran para arreglar los sillones que los hombres habían dejado medio maltrechos. En total fueron necesarios siete u ocho días hasta que la casa recuperó su tranquilidad habitual.

Los hermanos trajeron finalmente la cadena, pero para entonces no fue necesario usarla. Tras el susto del incendio, el padre se había vuelto tan apacible como una criatura dormida. Sentado todo el día en el quiosco junto al pabellón, se quedaba mirando el vacío o hablando con aquel cuenco de terracota que usaba para lavarse las manos y la cara. Cada dos por tres se ponía a chuparse el dedo. Al oeste del pabellón se levantaba un enrejado con una zarza, debajo del cual había cantidad de macetas con flores. Entre las flores se veía una mesita de piedra, y a comienzos del verano la zarza florecía, las florecillas blancas proliferaban y pendían en racimos innumerables, esparciendo su perfume en medio de la quietud. El padre, apoyado en Baochen, bajaba de su cuarto y se quedaba toda la tarde sentado en la mesa de piedra junto al enrejado.

Ese invierno, la madre debía preparar el vino de cortesía para el maestro de Xiumi, pues quería que esta empezara sus estudios. Después de sopesar diversas opciones había elegido, a pesar de todo, a Ding Shuze. Los primeros días, el maestro no le dio clase ni le enseñó ningún carácter, sino que se dedicó exclusivamente a insultar a su padre. Decía que se llenaba la boca hablando de “vivir en la oscuridad lamentando la suerte del mundo” y que imitaba a Tao Yuanming, haciéndose infusiones con crisantemos silvestres que recogía a la orilla del estanque, pero que su corazón no se había apartado ni por un segundo de la oficina de gobierno de la prefectura de Yangzhou. Era la viva imagen de aquellos dos versos: “Una grulla delicada entre las nubes, / sobrevolando la casa del ministro”.

Xiumi le preguntó al maestro por qué el padre había querido quemar sus libros. El maestro respondió: “Tu padre no tenía dónde descargar la furia que lo roía por dentro desde la pérdida de su cargo. Al final solo pudo desahogarse en los libros. Como si el fracaso de su vida se explicara todo por un error de interpretación. Cuando todavía no estaba loco se la pasaba gritando que iba a quemar todos los libros de la aldea. El hecho es que nunca se resignó del todo a abandonar los placeres decadentes de sus tiempos de funcionario. ¿Cómo se explica de otra forma que, a su edad, siga manteniendo en su casa a esa cortesana de piel blanquísima?”. Xiumi sabía que se refería a Iris. Le preguntó también por qué el padre se había puesto a talar los árboles. Ding Shuze respondió: “Eso es porque quería plantar melocotoneros en el patio. Una vez vino a decirme que quería que cada familia plantara delante de la puerta de su casa un melocotonero. En ese momento yo pensé que me estaba haciendo una broma”.

“¿Y por qué quería plantar melocotoneros?”

“Porque estaba convencido de que Puji era el paraíso de los melocotoneros en flor descrito por Tao Yuanming en la dinastía Jin, y que el río delante de la aldea es la fuente de Wuling de esa leyenda.”

“¿Y por qué?”

“A un loco no puede medírselo con el sentido común. Hay algo más ridículo aún. Tu padre quería construir en Puji una ‘galería cubierta’ que uniera todas las casas de la aldea. Ja. Creía que de esa forma podía ahorrarles a los habitantes de Puji el tormento del sol y la lluvia.”

El sarcasmo feroz y los insultos no hacían más que aumentar la piedad que Xiumi sentía hacia su padre, y por lo demás no lograba entender qué había de malo con que su padre hubiera querido construir una galería.

“Pero...”

Al ver que no paraba de preguntar, Ding Shuze frunció el ceño y agitó la mano desdeñosamente. “Eres demasiado joven para entender estas cosas.”

Ahora Xiumi tenía ya quince años. El día de la desaparición de su padre se había quedado toda la noche tendida en la cama escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre las tejas, sintiendo en la oscuridad el olor de los hongos y la humedad, sin lograr conciliar el sueño. Sabía que tal vez era todavía muy chica para comprender la razón verdadera de la locura de su padre, y que era igualmente muy chica para entender lo que pasaba en el ancho mundo más allá de Puji.

[1]La fuente de los melocotoneros en flor: pintura atribuida a Han Yu de la dinastía Tang. Conservada de generación en generación en la familia Ding, posteriormente cambió de dueño sucesivas veces. En agosto de 1957, un grupo de expertos de las oficinas de patrimonio cultural de la ciudad de Pekín y de la provincia de Jiangsu certificó que se trataba de una falsificación. En la actualidad se encuentra conservada en el museo de Puqing.

3

Aquel día no paró de venir gente por la casa.

Los primeros fueron el barquero, Tan Shuijin, y su esposa, Gao Caixia, que se acercaron por iniciativa propia a contar lo que sabían. El día anterior a la tarde nadie había cruzado el río. Shuijin y su hijo Tan Si habían estado todo el día en la cabina jugando al go. Tanto el padre como el hijo eran excelentes jugadores, era una destreza que se pasaba de generación en generación en la familia. Shuijin solía contar que su abuelo había caído muerto en medio de una partida, escupiendo sangre, después de haber visto sus fichas acorraladas sin esperanza. Aquella tarde habían jugado en total tres partidas: Tan Si había ganado las primeras dos y la tercera no habían terminado de jugarla cuando empezó a llover torrencialmente. Shuijin dijo: “Llovía realmente mucho”. Gao Caixia acotó: “Muchísimo”. La madre soportó con paciencia el parloteo hasta que no pudo contenerse más y preguntó si “habían visto en algún momento al señor”. Gao Caixia dijo que no; Shuijin sacudió la cabeza: “Ayer a la tarde nadie cruzó el río. No solo ninguna persona: ni siquiera un pájaro cruzó el río ayer. Hemos venido bien temprano para decirles esto. No hemos visto en ningún momento al señor. Con mi hijo estuvimos todo el tiempo en la cabina jugando al go, en total jugamos cuatro partidas”. Gao Caixia lo corrigió: “No fueron cuatro, fueron tres, después empezó a llover mientras jugaban”. Repitieron lo mismo de varias maneras hasta que, hacia el mediodía, partieron con aspecto contrariado.

No hacía mucho que se habían ido los Tan cuando Baochen trajo a una anciana harapienta que había sacado quién sabe de dónde. La anciana insistía en que había visto al padre partir. La madre le preguntó hacía qué dirección se había ido. “Primero tráiganme algo para comer”, respondió. Pica se dirigió sin tardanza a la cocina y volvió con un plato lleno de tortas de arroz cocidas al vapor. La anciana, sin decir nada, se abalanzó sobre el plato, devoró cinco tortas de un tirón y se guardó otras tres bajo la ropa. Luego eructó profundamente y se dirigió hacia la puerta. Iris la frenó, diciéndole: “Todavía no has dicho a dónde fue nuestro señor”. La anciana señaló hacia el techo con un dedo y dijo: “Al cielo”.

“Anciana, ¿qué estás diciendo?”, dijo Baochen.

La anciana una vez más señaló hacia los aleros sobre el patio de luces: “Se fue al cielo. Es inútil que lo esperen. Una nube purpúrea vino flotando desde el sudeste, aterrizó delante del señor y se convirtió en un unicornio. El señor se montó arriba y subió al cielo. Cuando andaba ya a medio camino del cielo dejó caer un pañuelo...”. Toda temblando la vieja sacó de debajo de su ropa un pañuelo que le entregó a Iris. “Échale un vistazo. ¿Es o no es de tu señor?”

Iris recogió el pañuelo, lo observó un instante y dijo: “Es realmente un pañuelo del señor. Aunque está muy viejo, no puedo equivocarme. Las flores de ciruelo en las esquinas se las bordé yo misma...”.

“Es lo que dije.” Dicho esto, la anciana juntó las manos bajo las mangas y se fue.

Tras su partida, la madre permaneció con aire ofuscado. La mirada vacía, como perdida en un misterio abstruso. Recién después de un largo rato dijo: “Que haya subido al cielo parece poco probable. ¿Pero de dónde salió ese pañuelo?”.

A la tarde, en el momento en que Xiumi se disponía a subir a su cuarto para dormir una siesta, tocó a la puerta de la casa una mujer vestida con una chaqueta roja. No llegaba a los veinte años y tenía toda la cara llena de marcas como de viruela. Dijo que había andado todo el día, que había caminado tanto que las suelas de los zapatos se le habían descosido. La mujer venía de Beili, a unos doce o trece li de Puji. La madre le dijo que entrara a tomar una taza de té, pero la mujer se negó, diciendo que solo quería hablar un momento, luego debía emprender la vuelta. Apoyada contra la puerta de la casa le contó a la madre lo que había ocurrido el día anterior.

Había sido alrededor del atardecer. Llovía ya desde hacía un buen rato cuando recordó que había dejado asoleándose sobre el techo del chiquero un cedazo con granos de soja, y decidió ir a buscarlo a pesar de la lluvia. Desde lejos divisó la silueta encogida de un hombre que había buscado refugio debajo de un alero. Tenía una maleta en una mano y un bastón en la otra. “En ese momento no sabía que era el señor de ustedes. Llovía verdaderamente a cántaros. Le pregun-té de dónde venía, dijo que de la aldea de Puji. Le pre-gunté también hacia dónde iba, pero no quiso responder. Lo invité a que entrara a sentarse un momento, que esperara a que escampara para seguir camino, pero tampoco quiso. Me volví con los granos de soja y le conté la escena a mi suegra. Mi suegra dijo: si venía de Puji contaba como un vecino. Que le prestara un paraguas, en todo caso. Cogí un paraguas y salí otra vez a buscarlo, pero ya se había esfumado. Era un verdadero diluvio. A medianoche, mi esposo volvió de una cena en la casa de un tío materno y dijo que habían venido dos personas de la aldea de Puji buscando a un hombre desaparecido. Recién ahí supe que el hombre que se había guarecido de la lluvia en nuestra casa era sin duda el señor de ustedes, así que me vine especialmente para contarles lo ocurrido.” Cuando terminó, la mujer con la cara marcada comenzó a despedirse, y aunque la madre trató de retenerla, insistió en que debía volver para la cosecha y se fue sin aceptar siquiera un vaso de agua.

Tras la partida de la mujer, la madre ordenó a Baochen que despachara rápido algunos hombres para rastrillar el camino. Baochen estaba yéndose cuando la señora Hua, toda sonriente, apareció con una persona.

Esta última visita, sin ninguna relación con la desaparición del padre, era un hombre de poco menos de cuarenta años, con un pequeño bigote y el pelo peinado bien prolijo. Vestía camisa y chaqueta blancas, usaba quevedos y tenía una gran pipa en la boca. El rostro de la madre se iluminó de golpe al verlo y, mientras le preguntaba esto y lo otro, lo condujo hacia el salón.

Xiumi, Pica e Iris se dirigieron también al salón para verlo. El hombre fumaba, cruzado de piernas, con el aire de alguien completamente satisfecho de sí mismo. Desde que el padre se había vuelto loco, era la primera vez que Xiumi olía el olor del tabaco. Este hombre se llamaba Zhang Jiyuan y al parecer venía de la ciudad de Meicheng. La madre le dijo a Xiumi que lo llamara tío, era un pariente del lado del padre. En seguida se corrigió y dijo: de la parte de la madre. En ese momento, aquel hombre llamado Zhang Jiyuan abrió de golpe la boca y dijo: “Puedes llamarme simplemente ‘primo’”.

La madre rio: “De esa forma el orden de las generaciones se confunde”.

“Pues confundámoslo”, dijo Zhang Jiyuan, con desparpajo. “Todo está dado vuelta actualmente. Mejor terminar de revolverlo de una vez.” Y se rio a carcajadas como si estuviera solo.

Otro loco más. Sacándose la mugre de las uñas, moviendo sin pausa la pierna, hablaba y sacudía la cabeza. Xiumi se había sentido inmediatamente perturbada por su presencia.

Tenía la tez blanca, los pómulos salientes, negras las cuencas de los ojos, ojos profundos y finos, que sugerían una belleza femenina.

Aunque parecía algo arrogante, al observarlo con un poco más de atención se descubría en él una expresión sombría y un aire todo de melancolía, como si no fuera una persona de este mundo.

Había venido a la ciudad de Meicheng a tratarse de una enfermedad, y planeaba pasar un tiempo en Puji. ¿Pero qué venía hacer al campo entonces? ¿Por qué no se quedaba en la ciudad para recuperarse de su enfermedad?

Cuando su abuela estaba viva, más de una vez Xiumi había acompañado a su madre a la ciudad de Meicheng, pero nunca había visto a esta persona. Según la madre, este primo tenía una historia muy particular, había ido a Japón, había vivido largo tiempo en las dos capitales, al norte y al sur (Pekín y Nankín), tenía una amplia experiencia del mundo y una pluma excelente. La madre se quedó hablando con Zhang Jiyuan en el salón hasta que llegó la hora de encender las velas, y entonces ordenó que prepararan la comida. Le ordenó también a Iris que limpiara el cuarto del padre y que lo acondicionara para hospedar a la visita. En la mesa, Baochen y Pica lo trataron con mucha consideración, llamándolo “tío”. La madre lo llamaba “Jiyuan”, e Iris era la única que lo trataba con indiferencia, sin dignarse siquiera a mirarlo. Zhang Jiyuan era verborrágico. Al ponerse a hablar de la situación general, de su boca salían sin pausa palabras como “revolución” y “reforma política”, y más tarde habló de “pilas de cadáveres” y “ríos de sangre”, hasta que en un momento, con un hondo suspiro, Baochen dijo: “Sin duda, grandes cambios se avecinan”.

Después de la cena Iris se quedó sola lavando los platos en la cocina. Xiumi se acercó sigilosamente para conversar. Charlaron un rato sobre el pañuelo de la anciana loca, y luego sobre Baochen y la muchacha Sun. Iris hablaba sin detenerse y Xiumi la escuchaba sin entender del todo. Cuando fue cuestión del huésped que había llegado aquella tarde, Iris también se mostró desorientada, no lograba terminar de atar los cabos. “Su apellido es Zhang, mientras que tu madre es Wen y no tiene hermanas. No entiendo por qué lado podrían ser parientes. Sospecho que no hay la más mínima relación. En todos los años que he estado en esta familia nunca oí hablar de esta persona. Dice que ha venido a Puji a recuperarse de una enfermedad, pero dime si tiene el aspecto de un convaleciente. Cuando camina sus pasos retumban por toda la casa. Y lo más extraño...” Iris estiró el cuello y echó una mirada hacia fuera, antes de continuar. “Lo más extraño es que tu madre volvió justo ayer de la ciudad de Meicheng. Puesto que el señor bigotes asegura que ha venido a Puji a curarse, ¿por qué no volvió ayer con tu madre? Además, se aparece en la casa apenas tu padre sale por la puerta, como si se hubieran puesto de acuerdo. ¿No te parece extraño?”

Xiumi preguntó si lo de los “ríos de sangre” de los que había hablado el primo en la mesa era verdad. “Claro que es verdad”, dijo Iris. “El mundo se viene abajo.”

Xiumi se quedó de golpe sin palabras, sumida en pensamientos melancólicos. Viendo que permanecía así de pie, absorta, junto a la pila, Iris se mojó un dedo y le dio un golpecito en la cara.

“¿Y si el caos llegara también a Puji cómo sería?”, preguntó Xiumi.

“¡Ay! Uno puede prever todo salvo eso”, respondió Iris. “Cada vez es diferente, solo cuando llegue sabremos cómo será.”

A través de una ventana de la habitación más distante de la calle, podía ver el pabellón del patio trasero. A la sombra densa de esos árboles grandes y frondosos, la construcción se veía pequeña y deslucida. Según había escuchado, su tatarabuelo había elegido construir el jardín en ese lugar a causa de esos grandes árboles y de un arroyo de aguas transparentes que corría entre los árboles, con las orillas llenas de juncos y cañas. En ese entonces Puji era todavía apenas una pequeña aldea de pescadores de una docena de casas. El abuelo había integrado el arroyo a su jardín, de manera que uno podía sentarse a pescar en el patio de la casa. De chica Xiumi había visto un dibujo al carboncillo en donde se veía una multitud de patos salvajes descansando en el arroyo. Hasta las paredes y los techos estaban llenas de patos y de pájaros que migraban al sur para pasar el invierno. Según la madre, para la época en la que ella había llegado a Puji con el padre el arroyo ya estaba seco; quedaba apenas un hilito de agua que serpenteaba entre grandes y pequeños guijarros calcinados por el sol. Solo los juncos seguían creciendo desaforados. Más tarde el padre construyó sobre el antiguo curso del arroyo, con piedra Taihu, una montaña artificial, y sobre la montaña un kiosco y un pabellón. A un lado dejó espacio para el cobertizo de la leña, plantando también, al pie de uno de sus muros, una hilera de balsaminas. En otoño, cuando las balsaminas florecían, Iris solía arrancar unos pétalos que molía para fabricar tintura para uñas.

El hecho de que Zhang Jiyuan ocupara el pabellón del padre producía en Xiumi, en cierta medida, una suerte de ilusión. Como si el padre no se hubiera ido. La luz del pabellón permanecía prendida toda la noche. Salvo por las dos comidas diarias (no tomaba el desayuno), Zhang Jiyuan casi no salía de ahí. Iris iba todas las mañanas temprano a arreglarle el cuarto, y cada día, cuando bajaba, le pasaba automáticamente a Xiumi un informe de lo que había visto y oído.

“Está durmiendo profundamente”, dijo el primer día.

“Se está sacando la mugre de las uñas”, dijo el segundo día, con indiferencia.

“Está defecando”, dijo el tercer día, abanicándose con una mano delante de la nariz. “Huele horrible, pffff.”

Al cuarto día los informes de Iris se volvieron más largos e intrincados. “El idiota está absorto mirando el cuenco de terracota que usaba tu padre. Me preguntó de dónde había salido, le dije que tu padre lo había comprado de manos de un mendigo de nombre Huazi. El idiota no paraba de repetir: ‘Un verdadero tesoro...’. Aquel mendigo usaba ese cuenco para comer, tu padre lo usaba para lavarse la cara y las manos, no tiene nada de especial. Cuando estaba por irme me habló de nuevo: ‘Hermana, quédate un momento más, me gustaría preguntarte acerca de una persona...’. Le pregunté quién, y el sinvergüenza se rio y murmuró: ‘¿Has oído hablar de un carpintero con seis dedos en la zona de Puji?’. Le respondí que en la aldea sí había un carpintero, pero no tenía seis dedos. Me preguntó entonces si no habría tal vez en las aldeas de los alrededores. Le dije que en la aldea de Xiazhuang había un hombre con seis dedos, pero no era carpintero. Además había muerto hacía dos años. ¿Qué es toda esta historia de un hombre con seis dedos, y para qué lo busca?”

Al quinto día, cuando volvió del pabellón Iris no dijo nada.

“¿Y qué está haciendo hoy el idiota?”, preguntó Xiumi.

“No está”, dijo Iris. “La lámpara en la mesa sigue encendida, pero no tengo idea a dónde se ha ido.”

Esta fue la primera vez que Zhang Jiyuan desapareció de Puji. La madre no parecía inquietarse y tampoco hacía preguntas. Cuando Iris preguntaba, la madre ponía una expresión grave y decía: “Son sus asuntos. ¡Ustedes no tienen por qué ocuparse! Se ha ido unos días. Ya volverá”.

Aquel mediodía Pica estaba enseñándole a Xiumi a coser cuando Zhuang Jiyuan apareció de repente, como de la nada. Se dieron un gran susto al verlo.

“¿De quién son estas bragas?” Xiumi escuchó a Zhang Jiyuan preguntar desde atrás.

Al darse vuelta vio que lo que sostenía entre sus manos eran sus propias bragas. El día en que el padre se había ido ella se las había olvidado sobre la cerca del patio trasero. Expuesta a la lluvia torrencial y luego al rayo del sol durante varios días las bragas se había puesto dura como una galleta. El idiota sacudió las bragas y luego las examinó con atención de ambos lados. Avergonzada y ansiosa, temblando de furia, Xiumi se abalanzó sobre él, se las arrebató de un manotazo y subió a su cuarto.

Acababa de subir cuando oyó un galope de caballos. Se asomó enseguida a mirar en la dirección de la que venía el ruido y divisó una columna de soldados que levantaba una polvareda en el camino principal a la salida de la aldea. Se dirigían bordeando el río hacia algún lugar al oeste, a toda prisa. Bajo el sol del mediodía, vio los flecos sobre los gorros de los soldados, de un rojo brillante, subiendo y bajando al ritmo del galope, sacudidos por el viento.

4

Había empezado a sangrar de vuelta. Al principio eran unos puntos marrones, como lunares. Luego el color se fue haciendo más oscuro, fue tornándose negro y la sangre pegajosa formaba una capa resbaladiza entre los muslos. Se había cambiado dos veces de bragas pero al rato la sangre volvía a filtrarse. Xiumi se quedó una tarde entera tendida en la cama sin animarse a mover un músculo, pues pensaba que el menor movimiento podía hacer que la sangre brotara sin pausa hasta acabar con su vida. Las otras dos veces, la sangre había dejado de salir de golpe después de tres o cuatro días; pero ahora seguía saliendo. Sentía retorcijones en el estómago y un profundo sopor, como si un fierro caliente le revolviera las entrañas. Esta vez ya no se animaba a mirarse en el espejo. Prefería morir antes que mirar de nuevo esa herida fea y sangrante.

Varias veces la idea de la muerte le pasó por la cabeza. Si debía morir, no quería acabar su vida colgándose de un cordón de seda, tirándose al pozo o tomando veneno, y sin embargo estos eran los únicos métodos que se le ocurrían. ¿Entonces cómo? “El rostro cubierto por la arena”, cantaban en la ópera, pero no sabía qué tipo de muerte era esa; cada vez que veía en escena al personaje de Yang Yanhui cantar “El rostro cubierto por la arena, el cuerpo mutilado”, le temblaban las piernas de la emoción, se le caían las lágrimas y los mocos: si uno iba a morir, mejor que fuera de manera grandiosa. El día anterior, al mediodía, al subir a su cuarto, había entrevisto casualmente la columna que atravesaba la aldea al galope, y observando esos hermosos caballos que pasaban volando, el polvo que subía hasta el cielo, la perla sobre los gorros, semejante a una cereza, los flecos de un rojo llameante, los sables brillantes, se había quedado como atontada o ebria, un sentimiento increíble de felicidad había trepado por su piel como una marea y la había sumergido por completo. Sentía que en su cabeza había también un caballo, salvaje, indómito, impaciente, y que bastaría que le soltara un poco la rienda para que se lanzara al galope, para llegar quién sabe a dónde.

Xiumi se sentó en la cama para cambiarse el algodón, ya completamente negro. De golpe sintió que todos los objetos en el cuarto se volvían negros, que el mismo sol tras la ventana se ensombrecía. Estuvo un rato largo sentada en el baño, y luego se puso a bordar, pero apenas había dado dos puntadas cuando sintió de golpe una gran ansiedad y en un arrebato de furia sacó una tijera del cajón y cortó en pedacitos la seda roja que usaba para bordar.

No podía seguir así, tenía que hablar con alguien.

No quería contárselo a su madre, y por supuesto, tampoco podía confiar en el médico de la aldea, Tang Liushi. Aquel viejo decrépito por lo general atendía a los pacientes con una expresión inmutable. Les tomaba el pulso, les recetaba algo y cobraba su dinero sin soltar una palabra. Si excepcionalmente se dignaba a abrir la boca, la mayoría de las veces significaba que el paciente no tenía remedio. Su frase preferida era: “Vayan preparando el cajón”. Parecía contento en el momento en que lo decía.

De las tres personas que quedaban en casa, Baochen tenía un corazón de oro y era el más confiable, solo que era un hombre, y no se sentía capaz de hablar de algo así con él, mientras que Pica era despistada, más bien cobarde y sin demasiadas luces. Después de pensarlo una y otra vez, Xiumi decidió pedirle ayuda a Iris.