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En Metaficcionario, los distintos narradores fungen como dioses del universo de la imaginación. Este volumen de cuentos es la prueba de que los dedos toman el control de las historias en el momento en que tocan el teclado y comienzan la espiral de la metaficción. El escritor Ulises Zarazúa da la impresión de diluirse, pues deja que sus personajes hablen por sí mismos —como creadores de sus propias historias— y no se priven del poder de la lengua, jueguen con las palabras, inventen nuevas y las yuxtapongan con humor. Estos personajes-autores-escritores, que tienen un amplio conocimiento artístico e histórico, trazan un recorrido que comienza en la prehistoria y parece no tener fin. En todo momento son conscientes de que «una sola línea, y aun una frase, es eterna para cualquier personaje». Exponen los temas rebuscados de la literatura, juegan con la tipografía, recomiendan corrientes europeas para lograr historias más convincentes, y no muestran reparo en experimentar aquello que sale de la televisión estadounidense. Nos recuerdan que, a fin de cuentas, «todos somos lenguaje… estamos hechos de signos y lo único que podemos hacer es desmontarlos, traducirlos».
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Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Dirección editorial: Felipe Ponce • Elizabeth Alvarado
©Ulises Zarazúa
D.R.© 2022 ArlequínEditorial y Servicios, S.A. de C.V.
Teotihuacan 345, Ciudad del Sol,
45050, Zapopan, Jalisco.
Tel. (52) 33 3657 3786 y 33 3657 5045
www.arlequin.mx
ISBN978-607-8627-36-3
Hecho en México
Lo más raro en literatura, y el único éxito, es que el autor desaparezca y su obra permanezca. No sabemos quién fue Shakespeare ni quién fue Homero. Se ha escrito hasta el agotamiento sobre la vida de Racine sin que se haya podido establecer nada. El hombre se ha perdido en el resplandor de su creación.
FRANÇOIS MAURIAC
Con las novelas de Yoknapatawpha creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no solo en el espacio sino en el tiempo también. Y sin embargo, siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275.
WILLIAM FAULKNER
Historia pequeña
Había una vez un cuento que padecía complejo de inferioridad. En honor a los hechos, era un cuentecillo insignificante y sin ninguna importancia. A pesar de su pequeña condición, soñaba con algún día tener muchos personajes y crecer hasta dimensiones novelescas. Sus fantasías más recurrentes involucraban finales exóticos y rebuscados, sofisticadas estructuras y lenguajes sobrecargadamente barrocos.
Nada de eso era cierto. Cuando se sinceraba y admitía su ínfima naturaleza —cosa que ocurría con bastante frecuencia, pues en el fondo le gustaba pensar que siempre fue el más pequeño de todos— el cuentecillo comprendía que él era su único personaje; que su final era simple y facilón; su estructura, sosa y lineal; y el lenguaje, la última posibilidad, era plano y, a veces, telegráfico.
Un día, cansado de ser menos que sus hermanos cuentos y sus primas novelas —a quienes veía con una exagerada e injustificable deferencia—, prestó oídos a un orgulloso poema, el cual aconsejó a nuestro humilde cuentecillo sacudirse todos los complejos que le impedían crecer.
Por eso, confiando en la magia de la tipografía, una tardeaumentóel tamañodel tipo de letrahastaextremosridículosyrisibles.Creó personajes —enrealidad huecos y caprichosos— que repetían el mismo diálogo como autómatas ecolálicos. Quiso salir de su insignificancia (¡Oh, inmensa tarea!) anotando, cada cierto tiempo, palabras profundas comomuerte, vida, nacimiento, ser y no-ser,cuya sola presencia aseguraba lectores serios y exigentes. Y, por último, dado que siempre se debe realizar un último intento, el minúsculo cuentecillo supo de los barroquismos propios de un idioma entretejido de lentejuelas y hojas de plata, frases ornadas de capiteles afrancesados y palabras llenas de áureas filigranas.
Después, cuando pudo darse cuenta de que, hiciera lo que hiciera, no escapaba de su minúsculo destino, se hundió en una profunda depresión; una tristeza que lo hizo caer en un frío mutismo. Entonces, el cuentecillo, decidido por una salida predecible y fácil, puso a su vida punto final.
El imperio de la mano
Basándose en rumores y algunos registros que se han logrado preservar, ha sido posible reconstruir, palmo a palmo, la historia de la mano; sobre todo, aquella hundida bajo la desmemoria humana. ¿Acaso no fueron las manos quienes vencieron la conocida torpeza de los hombres y, solo así, estos pudieron tomar una lanza y dirigirla contra un bisonte? ¿No fueron ellas quienes hicieron posible blandir un hacha y reducir un árbol a leños o manejar un arado y volver fértil el yermo? ¿Y qué me dicen del fuego, la rueda y el trabajo?
Como ahora lo sabemos, todos esos triunfos sobre la materia fueron obra de las manos; de ellas y de nadie más. Es solo que, en ese tiempo, eran demasiado humildes como para exigir su crédito, conformándose con ser un mero apéndice sujeto a los vaivenes y caprichos de los hombres.
Por eso, durante milenios, las manos se contentaron con obedecer, como la fiel grey sigue al pastor. Jamás hubo en aquella terrible y prolongada noche un solo apéndice que protestara, que exigiera su sitio rebelándose contra un destino humanamente impuesto. Esa sumisión atávica las llevó a ser utilizadas para propósitos diversos de los asignados por el mismo dios de los hombres. Así, en vez de herir bisontes o mamuts, las flechas fueron dirigidas contra otros hombres (que morían con sus patéticas manos intentando arrancar del pecho el arma encarnada); el hacha siguió usándose, pero no para cortar troncos sino cabezas y desmembrar individuos, con lo que algunas manos conocieron una libertad primitiva y repentina; siguieron encendiendo fogatas, mas no para calentar hogares sino incendiarlos. Las extremidades, esclavizadas, fabricaron ruedas para mover armas cada vez más complejas que mataban en menos tiempo a más personas. Y, por último, el trabajo, actividad que había conducido (de la mano, por supuesto) al hombre rumbo a la perfección, se volvió esclavitud, plusvalía arrancada a fuerza de míseros salarios.
Algunos dicen que fueron centurias, otros afirman que la conciencia afloró en un parpadear, sosteniendo que las manos despertaron de esa pesadilla con el estruendo de un puñetazo. La verdad es que, más allá del mito, ellas empezaron a cobrar conciencia de su opresión. Sobra decirlo: no fue fácil. Habiendo nacido unidas a los hombres, sus ideas se confundían con las propiamente humanas; eran presas de la ilusión que las hacía creerseparte de los hombres.
Y entonces vino el despertar. Lo primero que hicieron las pocas rebeldes fue crear un lenguaje, la lengua de las manos. Este idioma, formado con movimientos de ademanes sutiles y digitaciones vibratorias, era practicado mientras los hombres conversaban distraídamente. En esos momentos los apéndices aprovechaban cualquier descuido humano para transmitir la más mínima señal. Si al principio los mensajes eran de la especie «no te muevas tanto, el tipo puede sospechar» o «levanta el pulgar si quieres decir sí», con el tiempo y la práctica llegaron a dominar los vocablos de este idioma, como si de un refinado arte se tratara, y fueron capaces de transmitir no solo oraciones simples y mensajes básicos, sino códigos completos y hasta manifiestos políticos o llamados a la desobediencia mánica.
Poco a poco, este lenguaje fue aprendido por todas y pronto hubo las primeras rebeliones. Más que ensayos inciertos y sin propósito, fueron verdaderos manoteos que prefiguraban lo que vendría después. Así, comunidades enteras de manos se pusieron de acuerdo y desobedecían las órdenes de los hombres, aún las más simples. Ellos, desconcertados, fueron incapaces de coordinar sus acciones y lograr un solo movimiento humano, ya no digamos un ademán coherente. Nadie podía asir una vasija o desenredarse el pelo, era imposible hurgarse la nariz y las lanzas erraban siempre su camino. Durante estas huelgas de manos caídas, los hombres se vieron reducidos a monigotes inútiles, incapaces de atar dos viles cordones, y nuestras heroínas reivindicaron su condición dirigente, condición que había sido maniatada durante eras.
Después de cada sesión de desobediencia las manos vitoreaban y algunas aplaudían ebrias de gozo al saberse dueñas de un nuevo e inmenso poder, todo ello ante el pavor de hombres y mujeres. El ejemplo cundió y pronto las manos de todo el mundo probaron las mieles mánicas del éxito. Entonces, de entre los humanos más sagaces, hubo quien sospechó que no se trataba de súbitos brotes de parálisis, sino de francas y auténticas rebeliones dirigidas contra ellos. Algunos hombres conspiraron sin utilizar las manos para no ser descubiertos y, en la siguiente rebelión, se les vio pinchando sus propias extremidades con punzones y hasta machacándolas bajo pesadas rocas, a fin de someterlas de una vez. Ante esa inesperada reacción, que constituía un verdadero grito de guerra, muchas manos se sintieron aterradas y quisieron regresar al antiguo estado de cosas, aquel donde deambulaban por el mundo sin voluntad propia y con los dedos tamborileando al ritmo que tocaban sus enemigos. Fue entonces que se conoció a las primeras líderes, ocultas hasta ese día bajo una discreta apariencia de manos conformes y recatadas. Estas hicieron urgentes llamamientos a la lucha sin cuartel (¡Ha llegado la hora, compañeras! ¡Uníos como un solo puño!) y, digitando con ritmo frenético, expusieron el paraíso mánico que les esperaba en caso de vencer a los hombres. Comenzó la guerra.
Por donde quiera podían verse hombres y mujeres, niños y ancianos mordisqueando sus propias extremidades con furia vengativa o triturándolas bajo pesadas lozas. Sobra decir que puñados de compañeras perecieron de las maneras más humillantes. Pero también se miraban manos estrangulando mujeres o picando ojos y pellizcando mejillas a los viejos, e incluso hubo algunas temerarias que molieron los testículos a los hombres. De esas batallas épicas y gloriosas abundan las historias en las que el desánimo nunca cundió entre las manos y, si alguna tenía la más ligera duda (digamos, una pizca de incertidumbre), sus compañeras la colmaban de palmadas alentadoras.
Los partes de guerra eran llevados de un lugar a otro por manos que ya habían logrado domeñar la voluntad de su hombre, de tal manera que este último corría solícito a donde señalara el dedo índice. Así, la comunicación entre los diversos frentes se hizo expedita: las manos ganadoras acudían en apoyo de compañeras atacadas por humanos particularmente sanguinarios y, a fuerza de pellizcos, manotazos y coscorrones, lograban imponer su dominio. Algunos hombres, en su desesperación por recuperar el control, descargaron la espada en sus muñecas buscando que las manos así desprendidas alcanzaran la muerte por soledad o enajenación. Nada más lejano de la verdad. Las manos así liberadas pudieron desplazarse libremente (aprendieron a reptar y a brincar como arañas) y continuaron en la refriega hasta ahorcar a los sorprendidos humanos que, aterrados ante la sorpresiva autonomía de sus apéndices, no oponían resistencia. Poco a poco cada una de las batallas fue ganada por las manos, fueran estas independientes y saltarinas o unidas a un cuerpo de hombre, cuya voluntad había sido domesticada y puesta al servicio de la causa mánica. Así, llegamos a lo que en los anales de la historia se conoce como El Imperio de la Mano.
En un principio, todo fue celebraciones y vítores al triunfo alcanzado. Por doquier se repartían palmadas a las compañeras y puñetazos a los enemigos. Muchas manos, resentidas por eones de sometimiento, apaleaban todo rostro humano que cruzara en su camino. Pasada la euforia, se tuvieron que establecer reglas de convivencia para preservar el poder mánico y evitar confrontaciones estériles con los otrora opositores que, para entonces, obedecían serviles al menor tronido de dedos.
La primera ley instaurada por el nuevo poder fue la declaración de que la mano era la obra cúspide en la creación divina. Se demolieron todos los dioses humanos y comenzó a adorarse al único dios verdadero: Cinco Dedos. Rápidamente este culto manoteísta se coló por todos los rincones de la Tierra y pronto había figurillas de porcelana en todos los hogares, pequeñas estatuas que representaban a Cinco Dedos en su clásica postura dígitoamenazante.
Se prohibió también que las manos lucharan entre sí, pues envidias y odios debían ser dirigidos hacia humanos y otras especies inferiores y no contra iguales. Se supo que lo único que Cinco Dedos permitía, como una válvula de escape a la rabia acumulada, eran torneos relámpago en los que las manos forcejeaban entre sí, apegándose a estrictas reglas deportivas. Aquella que digitara más rápido o que tuviera un pulgar poderoso y resbaladizo, se quedaba con todos los premios y era laureada con el máximo galardón: el anillo dorado.
Pasado el tiempo de la venganza, se prohibió maltratar a los hombres, pues, aunque seres humanos, tenían derecho a existir. Además, constituían un excelente medio de transporte que las manos no estaban en condiciones de despreciar. Solo aquellas extremidades separadas de los cuerpos, que para ese tiempo se habían radicalizado, protestaron y exigieron pasar por las armas a todos los hombres, con el argumento de que eran seres innecesarios que podían convertirse en amenaza. Sus razones no fueron escuchadas y al final ganó la cordura que sugería llevarse bien con ellos.
Por inspiración de Cinco Dedos se decidió emprender nuevos estudios sobre la superficie terrestre. Los geógrafos del Imperio de la Mano querían conocer la forma y límites del planeta para facilitar la expansión mánica. Pasados algunos años en que se midió la superficie a base de cuartas se supo que la Tierra es una torta aplanada con cinco protuberancias que se prolongan en el espacio y que semejan asombrosamente la forma de Cinco Dedos.
El Imperio de la Mano duró algunos siglos, tiempo durante el cual reinó la más completa armonía. Aun cuando existen bastantes documentos que prueban que esas centurias fueron las más felices para la Tierra, los historiadores de esa época no se ponen de acuerdo en dónde fijar los límites, como si la dicha se hubiera ido desvaneciendo poco a poco. En lo que sí concuerdan es en la aparición de los primeros signos que, con el paso de los años, terminarían con la dorada edad mánica. Un primer elemento, que ahora nos permite explicar el fin de su dominio, fue la excesiva confianza de las manos líderes. Habiendo impuesto leyes y extendido un culto de Cinco Dedos por toda la palma y los dedos terrestres, se creyó que la rueda de la Historia por fin había detenido su eterno girar y se había estacionado justo en la época del Imperio de la Mano. De esta forma, las líderes, creyéndolas inútiles, redujeron sus digitaciones políticas al mínimo y, sin quererlo, hicieron posible que los engranes del Tiempo se destrabaran y comenzaran a rodar de nuevo, poniendo en peligro la estabilidad del reino.
Esta indiferencia llevó también a que algunas manos violaran la regla que les impedía atacar a una igual. Así, las agresivas se dejaron crecer las uñas y con ellas atacaban, cual cimitarras, los dorsos de sus rivales. Los pleitos callejeros se volvieron comunes y presenciar a una mano torturando a otra llegó a ser el pan de cada día.
