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Ovidio, uno de los más grandes poetas de la literatura latina, relata en sus Metamorfosis historias míticas en las que los protagonistas se transforman en árboles, animales, rocas... Durante siglos, su obra ha sido un referente de la mitología y una fuente de inspiración para pintores, escultores, escritores y músicos.
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Ovidio
Metamorfosis
Adaptación de José Cayetano Navarro López
Ilustraciones de Beatriz Martín Vidal
Introducción
Libro I
El origen del universo y del hombre
Mito de las edades
Licaón. Castigo de los dioses
Deucalión y Pirra
Dafne
Ío
Libro II
Faetón
El rapto de Europa
Libro III
Cadmo y el dragón
La descendencia de Cadmo. Acteón
La descendencia de Cadmo. Sémele
La descendencia de Cadmo. Baco
El castigo de Penteo
Metamorfosis de Cadmo y Harmonía
Libro IV
El relato de las hijas de Minias. Píramo y Tisbe
El relato de las hijas de Minias. Leucótoe
El relato de las hijas de Minias. Hermafrodito
Metamorfosis de las hijas de Minias
Libro V
El desafío de las musas y las Piérides
Ceres. El rapto de Prosérpina
La metamorfosis de las Piérides
Libro VI
Palas y Aracne
Filemón y Baucis
Libro VII
Jasón y Medea
Rejuvenecimiento de Esón
El castigo de Pelias
Libro VIII
La cacería del jabalí de Calidón. Meleagro y Atalanta
Altea. Muerte de Meleagro
Atalanta e Hipómenes
Libro IX
Ligdo y Teletusa. Ifis
Libro X
Orfeo y Eurídice
El canto de Orfeo. Cipariso
El canto de Orfeo. Zeus Y Ganímedes. Febo y Jacinto
El canto de Orfeo. Pigmalión
El canto de Orfeo. Mirra. Adonis y Venus
Libro XI
La muerte de Orfeo
La Guerra de Troya. Ésaco
Libro XII
La Guerra de Troya. Los griegos en Aúlide. Ifigenia
La Guerra de Troya. Aquiles y Cigno
La Guerra de Troya. Cenis-Ceneo
La Guerra de Troya. Muerte de Aquiles
Libro XIII
La Guerra de Troya. Hécuba. Políxena. Polidoro
El viaje de Eneas. El relato de Anio
El viaje de Eneas. Escila. Polifemo y Galatea
Escila y Glauco
Libro XIV
Glauco y Circe. Metamorfosis de Escila
El Viaje de Eneas. Dido. La Sibila
Llegada al Lacio. La guerra con Turno. Los navíos de Eneas
Muerte y glorificación de Eneas
Rómulo y la fundación de Roma
Libro XV
Numa y Egeria. Las enseñanzas de Pitágoras
Glorificación de Julio César
Epílogo
Apéndice
Créditos
Las Metamorfosis es, ante todo, una colección de mitos y leyendas de la mitología grecorromana. Ovidio recoge en ella una serie de historias míticas en las que sus protagonistas sufren una transformación sustancial, es decir, una metamorfosis. Lo hace con la intención de explicar mediante ellas muchas de las realidades (animales, árboles, instituciones, etc.) que existen en el mundo, tal como hoy lo conocemos. Pero, además, los mitos están ordenados cronológicamente, desde el origen del universo hasta la Roma del siglo I d.C., época en la que el emperador Augusto reinaba sobre el Imperio y en la que vivió Ovidio. El poeta construye, así, una historia del mundo a través de la cronología mítica.
La obra comienza, en efecto, con una serie de mitos propiamente dichos, es decir, historias que tienen como protagonistas a los dioses. El primero es un mito que explica el origen del universo. Tras él, cuenta Ovidio otro que explica la aparición y la multiplicación del ser humano sobre la tierra, como, por otra parte, hacen casi todas las mitologías antiguas. A continuación cuenta el poeta una serie de mitos que explican la existencia de animales, árboles, instituciones y, en general, de las distintas realidades que existen en el mundo en que vivimos. Por ejemplo, la muerte de Jacinto, cuando jugaba con Febo a lanzar el disco, le sirve al poeta para explicar la aparición de la flor del jacinto, que nació de la sangre del joven. El dolor interminable de Cipariso por haber matado involuntariamente a un ciervo consagrado a las ninfas explica el nacimiento del ciprés, el árbol que en los cementerios simboliza el dolor por los difuntos.
Ovidio enlaza los mitos anteriores con dos leyendas cuyos protagonistas directos no son los dioses, sino héroes, hijos de una divinidad y de un mortal. La primera de ellas es la guerra de Troya, que habían inmortalizado ya la Ilíada y la Odisea, las dos grandes epopeyas de Homero. La segunda es el viaje de Eneas desde Troya hasta las costas de Italia, donde su descendencia fundó después la ciudad de Roma.
En ambas leyendas Ovidio sigue la exposición cronológica, pero, como es frecuente en la poesía épica, no cuenta el desarrollo completo de los hechos. Es más, en el caso de la guerra de Troya, omite, incluso, episodios esenciales, como el enfrentamiento de Aquiles y Héctor, o el de Paris y Menelao.
En la última parte de la obra introduce sutilmente Ovidio un cambio importante: de los héroes míticos griegos y romanos el poeta pasa al plano de la realidad histórica, a contar las glorias de algunos de los gobernantes que hicieron grandes a Roma y a su Imperio. Pero no por ello abandona el tratamiento mítico. No son los hechos de los gobernantes lo que despierta su interés, sino el destino glorioso que les aguarda, similar al de los héroes mitológicos: Numa y Julio César serán glorificados tras su muerte y formarán parte de los héroes ilustres que ennoblecieron los orígenes de Roma. E igual destino aguarda a Augusto, que en el momento de la creación de la obra estaba al frente del Imperio.
Independientemente de las anécdotas concretas, y de los temas que se suceden en los distintos episodios, tales como la guerra, el amor, los celos, la venganza, el destino, etc., la impresión que recibe el lector de las Metamorfosis es que la obra está llena de vida, de una vida, además, apasionadamente vivida. Y la causa de ello es el mito.
El mito describe un mundo en el que las luces y las sombras están claramente delimitadas, sin matices ni claroscuros: el amor, cuando se produce, es un sentimiento arrebatador; el deseo de venganza, o los celos, cuando se apoderan del alma de un personaje, difícilmente pueden ser refrenados. Por eso los protagonistas de los mitos se convierten en arquetipos, en modelos de comportamiento: Medea será para siempre el modelo de mujer enamorada y celosa, que no repara en nada para conseguir sus propósitos; Faetón el joven inmaduro e irreflexivo, pero dotado de un espíritu rebelde, que le impulsa a superarse y a enfrentarse a lo desconocido; Pigmalión, el escultor enamorado de su estatua, significará para siempre el anhelo del hombre por la perfección absoluta, que ninguna mujer de carne y hueso puede, lógicamente, alcanzar.
Estos modelos, además, tienen vigencia en cualquier tiempo y lugar, porque el mito es intemporal, porque el tiempo en el que se desarrollan los hechos no se corresponde con ningún momento concreto de nuestro pasado histórico. Por eso, de algún modo, el mito es eterno y por eso sus esquemas se reproducen, sin perder actualidad, en cualquier momento de la historia. La vida, podríamos decir, está llena de medeas y faetones, de pigmaliones y de aracnes, aunque difícilmente los casos concretos igualan la intensidad de sentimientos de los modelos míticos.
Es importante resaltar además que el mito es premoral, es decir, es anterior y ajeno a las normas y a los códigos de conducta que la civilización ha formado con el paso del tiempo. Ello explica el comportamiento de los dioses, siempre caprichoso, con frecuencia violento y moralmente inadecuado, lo que sorprende a los lectores actuales. Es incongruente buscar en el mito valores morales como tampoco puede buscarse en él racionalidad, pues su existencia es anterior al pensamiento racional.
Además del mito, el gran atractivo de las Metamorfosis es la belleza del lenguaje poético. Ovidio es un gran poeta, capaz no solo de crear metáforas sorprendentes, de deleitarnos con la descripción de lugares maravillosos o sombríos, de hacernos vivir en toda su intensidad el fragor de los combates o de las tempestades, sino también de penetrar en el alma de los personajes y de emocionarnos con sus sentimientos. Es fácil recordar la intensidad de las palabras con las que el poeta describe el amor paterno y la preocupación que muestra Febo ante la insensata petición de su hijo Faetón, que quiere conducir el carro del sol; o el fragmento en el que describe la lucha que se produce en el alma de Medea entre la razón y la pasión, entre la fidelidad que debe a su padre y a su patria, y el deseo que, como mujer enamorada, siente de ayudar a Jasón a conseguir el vellocino. Y lo mismo podríamos decir de tantos y tantos pasajes de la obra.
El libro que aquí presentamos no es una traducción del texto que escribió Ovidio, sino una adaptación, pensada especialmente para jóvenes lectores. La obra original es un extenso poema épico de unos 12.000 versos, escrito en latín, que vio la luz hace aproximadamente veinte siglos.
Nuestra adaptación pretende facilitar a los jóvenes de hoy la lectura del poema de Ovidio y permitirles disfrutar de su belleza. Para ello hemos tenido que omitir algunas de las doscientas cuarenta y seis historias míticas que el texto original contiene, hemos reducido otras y hemos simplificado los epítetos de dioses y héroes, que dificultan a veces la identificación de los personajes. Esta adaptación es, pues, una invitación a conocer, algún día, el texto original. Estamos seguros de que muchos de nuestros lectores de hoy lo harán alguna vez. Y quizás alguno de ellos pueda aún hacerlo en latín, la hermosa lengua en la que un día se entendió el mundo civilizado y en la que Ovidio compuso su poema.
Mi espíritu me impulsa a hablar sobre los seres cuyos cuerpos sufrieron transformaciones y adquirieron, por ello, formas nuevas. Y quisiera que vosotros, dioses, pues también las sufristeis a veces, me ayudéis en esta tarea. Haced que mi narración transcurra ordenadamente, desde el origen del mundo hasta nuestros días.
Hubo un tiempo muy remoto en que la tierra y el mar aún no se habían separado ni habían adquirido la forma que hoy tienen. Tampoco el cielo, que los cubre por igual a ambos. Por todas partes se extendía una masa confusa y desordenada, a la que llamaban Caos1. Un dios cambió esta situación: separó, primero, la tierra del cielo y con sus manos le dio la forma de un enorme globo; luego, hizo que surgieran los campos, que se formaran los valles en las hondonadas, que los bosques se cubrieran de hojas y que se alzaran, orgullosas, las pedregosas montañas. Después, separó la tierra de los mares y les ordenó que la rodearan por todas partes. Añadió numerosas fuentes, lagos y ríos de perezoso curso, que llevan sus aguas al mar. Más alto que la tierra y las aguas colocó el aire, e hizo que habitaran en él la niebla, las nubes, los truenos, que atemorizan a los seres humanos, y los vientos, que causan los relámpagos y los rayos. Por último, por encima de todo colocó el cielo azul, que no tiene peso ni materia. Cuando todas las cosas estuvieron ordenadas, brillaron por primera vez los astros.
Quiso luego el dios que cada parte estuviera habitada por seres vivientes. Así, las estrellas y las fuerzas divinas ocuparon el cielo, la tierra recibió a las fieras, las aguas a los brillantes peces y el agitado aire a las aves. Pero se echaba en falta un ser más noble, más dotado de espíritu, que dominara toda la creación. Entonces nació el hombre. Prometeo2 lo modeló con sus manos, al mezclar tierra con agua de lluvia, y dio a su obra la forma de los dioses, que todo lo gobiernan. A diferencia de los animales, que andan inclinados, mirando hacia la tierra, hizo al ser humano con el rostro levantado, para que fuese capaz de mirar el cielo y de contemplar las estrellas.
1. Caos: El sentido original del término explica que en la lengua cotidiana la palabra se emplee para indicar confusión y desorden.
2. Prometeo: Es un titán, es decir, un dios que, además de crear al hombre, es un benefactor de la humanidad. Robó el fuego a los dioses y lo entregó al hombre, dando inicio, así, a la civilización.
Desde que surgió el hombre, cuatro edades, cuatro generaciones, se han sucedido sobre la tierra. La primera fue la edad de oro y nació cuando Saturno3 aún reinaba sobre los dioses. En esta época no existían las guerras, ni el temor ni el castigo; las ciudades no necesitaban murallas; sin necesidad de ley o de autoridad triunfaban la lealtad y el bien. La tierra, por sí misma, daba al hombre sus frutos. Corrían ríos de leche y de néctar4, y la miel colgaba permanentemente de las encinas. En fin, una primavera eterna se extendía sobre el mundo.
Después, cuando Júpiter, el hijo de Saturno, se hizo con el gobierno del universo, vino una segunda generación, la de plata, peor que la de oro, pero mejor que las que vendrían después. La primavera tuvo que compartir el año con el incierto otoño, con el verano de ardientes calores y con los vientos helados del invierno. El ser humano se vio obligado a vivir bajo techo y a refugiarse en cuevas. También entonces comenzó a sembrar las semillas en los surcos del arado y a labrar la tierra con los bueyes.
Apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel que la anterior, ya con una cierta inclinación a las armas y a la violencia, pero aún no dotada de una mente criminal.
Por último, se extendió sobre la tierra la generación del duro hierro. En ella desaparecieron la honradez, la verdad y la justicia, sustituidas por el engaño, la injusticia y la violencia. Ni el amigo pudo ya confiar en el amigo, ni el hermano en el hermano, ni el esposo en la esposa. La tierra, que hasta entonces era una y común para todos, como el aire y el sol, fue dividida por lindes5 y fronteras, pues la insensata pasión de poseer se apoderó del hombre. Y ya no se contentó este con forzar los campos con el arado y obtener las cosechas, sino que penetró en las entrañas de la tierra y le robó sus tesoros, el oro y el hierro, con los que fabricó armas mortíferas. La guerra se hizo entonces dueña del universo.
3. Saturno: Es un dios, padre de Júpiter. Saturno devoraba a sus hijos en el momento del parto, para que ninguno de ellos lo derrocara, tal como él había hecho con su padre, Urano.
4. Néctar: Licor muy suave, bebida característica de los dioses.
5. Linde: Línea que separa una finca o una propiedad de otra.
Cuando Júpiter vio desde el alto cielo la situación de la tierra, sintió arder la cólera en su corazón. Convocó entonces a los dioses y les dijo estas palabras:
«Hasta mí había llegado la mala fama de esta generación de hombres. Así que descendí del cielo, con la secreta esperanza de que las acusaciones fueran falsas. Adopté forma mortal, recorrí la tierra y comprobé que los hechos eran aún peores que la fama. Sería muy largo de contar la cantidad de crímenes que he visto cometer; baste con decir que yo mismo estuve a punto de ser víctima de la maldad de un hombre terrible, llamado Licaón. Una noche llegué a su palacio y, presentándome como un dios, pedí que me alojaran en él. Muchos de los presentes comenzaron a rezar delante de mí, pero el insensato Licaón, dudando de mi palabra, planeó matarme durante la noche, cuando estuviera plácidamente dormido. No contento con eso, quiso añadir una broma macabra: mandó cocinar carne humana e intentó que yo, el padre de los dioses, la comiese. Tan pronto como presentó en la mesa esa comida espantosa, yo, con mi rayo vengador, hice que todo el palacio se viniera abajo y se desplomara sobre su cabeza. El insensato huyó aterrorizado, pero pronto le alcanzó mi castigo: sus brazos y piernas se transformaron lentamente en patas, su boca en hocico y su ropa en una dura pelambrera. En suma, todo él adquirió la forma de un lobo de ojos feroces, terror de los rebaños.
Pero no solo Licaón merecía el castigo. Se diría que todos los hombres se pusieron de acuerdo para cometer fechorías. Por eso quiero manifestaros mi decisión solemne: toda la raza actual de los hombres debe ser destruida.»
Eso fue lo que dijo, y todos los dioses acogieron con agrado sus palabras. Sin embargo, les preocupaba pensar en que nadie seguiría quemando incienso en los altares, si la raza de los hombres se extinguía; además, les resultaba difícil imaginar qué aspecto tendría la tierra cuando el hombre ya no estuviese sobre ella. Júpiter, conocedor de sus preocupaciones, los tranquilizó al instante:
«Una nueva generación de hombres nacerá», dijo, «una vez que la actual haya sido destruida. Y lo hará de un modo prodigioso.»
Dicho esto, Júpiter ordenó a Eolo6 que encerrara a los vientos que despejan las nubes y dejan azul el cielo, e hizo soplar con fuerza al Noto, que tiene las barbas llenas de lluvia y el rostro bañado de negros nubarrones. Inmediatamente las nubes se deshicieron en un diluvio que arrasó los campos. Pero no solo el cielo descargó sus aguas. Neptuno, el dios del mar, dio un golpe con su tridente, y todos los ríos y manantiales dejaron correr sus aguas y se precipitaron al mar, arrastrando a su paso árboles, sembrados, animales, hombres y templos. Al poco tiempo ya no había distinción entre el mar y la tierra. La mayor parte de la humanidad murió arrastrada por las olas, y los que consiguieron sobrevivir a la fuerza de las aguas se consumieron de hambre y sed, tras un largo ayuno.
Sin embargo, en las proximidades de Delfos7, donde está el sagrado oráculo8 de Febo hay un monte sagrado, el monte Parnaso9, cuya cumbre está por encima de las nubes. Fue el único punto de la tierra que no quedó cubierto por las aguas. Hacia allí se dirigió Deucalión, hijo de Prometeo, en una pequeña embarcación. No existía sobre la tierra hombre más piadoso que él ni más amante de la justicia. Le acompañaba su esposa Pirra, como él temerosa de los dioses. Cuando Júpiter vio que toda la tierra se había convertido en un inmenso estanque y que solo esta pareja había sobrevivido, dispersó las nubes e hizo parar las lluvias. Neptuno, a su vez, apaciguó las aguas e hizo que los ríos volvieran poco a poco a su cauce y el mar recobrara sus orillas. Lentamente el mundo recuperó su ser. Deucalión, al verlo tan vacío y desolado, consciente de la soledad terrible en la que Pirra y él se encontraban, habló así a su compañera:
«Ay, Pirra, esposa mía, ¿qué será de nosotros? ¿Cómo podremos sobrevivir solos sobre esta tierra desolada? Ojalá pudiera yo, como hizo Prometeo, mi padre, volver a llenarla de vida y restablecer sobre ella al género humano.»
Como ambos eran piadosos, decidieron invocar la ayuda divina. Purificaron con agua sus ropas y sus cabezas y se encaminaron al sagrado oráculo. Allí, arrodillados en tierra y llenos de temor, invocaron la clemencia de los dioses y preguntaron cómo podría resurgir la raza perdida de los hombres. Conmovido por la piedad de ambos, el oráculo les dio la siguiente respuesta:
«Alejaos del templo, cubrid vuestras cabezas, dejad caer los vestidos que os cubren y arrojad a vuestra espalda los huesos de la gran madre.»
Durante algún tiempo reflexionaron, confusos, sobre el sentido del oráculo. Aun sintiendo un respeto profundo por todo lo sagrado, Pirra no quería profanar de ese modo los huesos de sus antepasados. Poco a poco, sin embargo, en la mente de Deucalión se fue haciendo la luz:
«El oráculo es sagrado», dijo a Pirra, «y no puede aconsejarnos nada malo. La gran madre es, sin duda, la tierra y sus huesos deben de ser las piedras; ellas son las que debemos arrojar a nuestras espaldas.»
Con una mezcla de miedo y esperanza, cumplieron las órdenes recibidas. Y ocurrió (¿quién podría creerlo?) que las piedras que iban lanzando perdían poco a poco su rigidez y su dureza y adquirían lentamente forma humana; era al principio una forma confusa, como la figura que empieza a aparecer en un trozo de mármol esculpido por un artista, pero, al fin, las piedras quedaron convertidas en hombres y mujeres. La propia tierra hizo luego crecer a los animales, a veces reproduciendo algunos que ya existieron, a veces creando otros nuevos. Así el mundo recuperó su aspecto anterior.
6. Eolo: Es el dios de los vientos. El Noto es el viento del sur, que suele acarrear lluvias.
7. Delfos: Lugar de Grecia central. Allí había un templo consagrado a Febo, también llamado Apolo, y en él se encontraba el más famoso oráculo de este dios.
8. Oráculo: Lugar sagrado donde la divinidad, a través de un sacerdote, da respuesta a las preguntas de los mortales. También se llama oráculo a la propia respuesta del dios. El más famoso, consagrado a Febo, o Apolo, estaba en Delfos.
9. Parnaso:
