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Un libro para los que conocen el hechizo de los gatos. Isabel tenía una vida común y corriente, con romances fallidos y traiciones laborales. Retazos de felicidad y nuevas oportunidades que nunca se presentan. Todo muy normal, hasta que apareció él: un enigmático felino con un brillo especial en los ojos. Se conocieron en un paradero durante la noche, y su vida no volvió a ser la misma. Sarcástico, serio, autoritario y mañoso. Su voz es ley, un portal a otro mundo. Guiada por este nuevo compañero, Isabel descubrirá su vínculo con un linaje de dioses egipcios. Todos necesitamos un halo de magia para sobrevivir. Un amigo.
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Seitenzahl: 111
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Mi amigo el gato
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Agosto 2025
© Gustavo Infante
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Loreto Díaz
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6420-20-0
ISBN digital: 978-956-6420-70-5
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Cuando salió de la oficina de su jefe, luego de una densa reunión con sus demás compañeros, ya nada fue igual para Isabel. Los resultados obtenidos en el último trimestre no ayudaban mucho, y aquello podía significar su salida.
A pesar de lo ocurrido en esa reunión, Isabel continuó trabajando sin descanso, siempre pensando en cómo mejorar. Por supuesto, también en su amor, con quien llevaba diez años de relación con altos y bajos, pero sin grandes problemas. Llevaban ocho años compartiendo un pequeño departamento, lo que para ella significaba que había encontrado a su verdadero amor, aunque nunca había salido de la boca de él una propuesta de matrimonio, algo que no le preocupaba.
Lo malo de vivir pensando siempre en el trabajo era que casi nunca se daba tiempo para ella, la opción de salir a compartir con las pocas amigas que le quedaban era cada vez más lejana. Su familia era bastante especial, pues solo estaba su madre y era la única a la que podía describir como tal. Por otro lado, estaba Miguel, su pareja, quien no era del agrado de su madre, aunque no intervenía en su relación más allá de las típicas preguntas de cortesía; no había mucha más interacción.
Ella era hija única, criada con esfuerzo por su madre, quien compartía con ella el mismo nombre. Cuando pequeña, su padre las abandonó y se fue del país perseguido por las deudas que le aquejaban, dejando a Isabel y su madre en la extrema pobreza. A pesar de que los abuelos paternos ayudaron a “Las Isabel”, nombre por el que eran conocidas y que les puso un vecino, esta ayuda no duró más de un año, y ellos desaparecieron de la faz de la tierra y de su vida. Familia paterna no tenía, ni tampoco tenía intenciones de buscarlos.
La mamá de Isabel no confiaba en los hombres, le generaba rechazo y desconfianza la relación de su hija con Miguel, aunque llevaran muchos años juntos. Aun así, siempre le decía a su hija que se cuidara y estuviera bien atenta a los movimientos de su pareja.
Un día, mientras amanecía en la ciudad, Isabel caminaba para tomar la locomoción que la llevaría a su trabajo y mientras lo hacía, aprovechaba para revisar su reflejo en los vehículos que estaban estacionados en el camino. Como era de baja estatura, lograba verse algunas veces a cuerpo completo, aunque lo que mas disfrutaba hacer, era mirar su rostro, de una suave tez morena que la llenaba de orgullo, además de fijarse en que su moño no se hubiera corrido. Al llegar al paradero pudo ver una silueta de un pequeño gato que deambulaba por el sector. Lo miró de reojo, sin darle mayor importancia al animal que caminaba sobre el muro. Debido a que su concentración estaba enfocada en su trabajo, no tenía tiempo de estar pendiente de animales callejeros, más bien no le interesaba. El motivo de aquello era que no tenía tiempo para dar atención a alguien más en su vida. Su trabajo, su novio y las pocas amistades que mantenía eran suficientes para ella, y no quería incorporar a su vida preocupaciones. En el último mes, Isabel casi no había visto a su madre, ni siquiera un llamado telefónico para saber cómo estaba, por lo que al salir del trabajo la llamó.
—Mamá, ¿cómo estás?
—¿Quién habla? —respondieron con una voz seca y cortante.
—Perdón, mamá, pero el trabajo me ha consumido… Olvidé llamarte.
—Mi amor, no tienes que pedir perdón, entiendo que tu trabajo es así —le respondió su mamá con voz suave.
—Gracias, este último mes ha estado difícil.
—Lo sé, hija, por lo mismo evité llamarte.
—Gracias.
—No te olvides de visitarme, hija.
—Sí, no te preocupes por eso. Te amo, mamá.
—Te amo, hija. —Ambas colgaron.
A la mañana siguiente, un poco más tranquila ahora que había hablado con su madre, vio nuevamente al pequeño gato en el paradero, aunque esta vez sí le prestó más atención. Se dio cuenta de que el felino la estaba observando y que seguía con la vista sus movimientos. Sorprendida ante aquello, Isabel le sonrió, aunque se sintió extraña al hacerlo. Subió a la micro para ir al trabajo, aunque esta vez era diferente, puesto que había quedado de acuerdo con Miguel para salir a comer durante la tarde.
Al salir del trabajo, cansada y con ganas de nada, Miguel estaba esperándola arriba de un vehículo, lo cual la sorprendió porque ellos no tenían ningún vehículo, más allá de una bicicleta.
—¿Y este auto? —preguntó Isabel, observando el interior y asombrándose de lo hermoso que era mientras se acomodaba en el asiento.
—Me lo facilitaron en la empresa para que lo use, ahora que debo ir a visitar a algunos clientes —respondió Miguel poniéndose en marcha
—¿Esto quiere decir que ya no tendré que tomar locomoción en las mañanas? —le preguntó Isabel con una gran sonrisa.
—Lo siento, amor, es solo para trabajar, el vehículo tiene GPS.
—¡Qué aburrido eres, aunque podrías desviarte de vez en cuando, como ahora!
—Imposible, solo hoy me dieron permiso de usarlo a mi gusto.
—Eres aburrido, amor…
—Lo sé, por eso me quieres —respondió Miguel y continuó manejando.
La tarde se les hizo corta, luego de haber disfrutado una agradable cena en el restaurante japonés que tanto les gustaba. Al volver a casa, Miguel se metió al baño y allí se quedó un buen rato mientras Isabel se quitaba el poco maquillaje que usaba. Miguel salió del baño de forma silenciosa; Isabel solo notó que había salido cuando se dirigió a la cocina a buscar su vaso con agua, y observó cierto malestar en él. No quiso preguntarle nada, asumió que debían ser cosas del trabajo, ahora que estaba utilizando un vehículo de la empresa. No le dio más vueltas al asunto y tomó de la cocina lo que necesitaba y se fue a dormir.
Para su sorpresa, a la mañana siguiente Miguel no estaba en casa. Recordó que la noche anterior su novio se molestó al revisar su teléfono y con enfado contestó algún wasap o correo electrónico, quizás por eso había tenido que salir temprano. Al salir, continuó con su rutina y caminó como siempre hasta el paradero. Al llegar buscó al gatito, pero no lo encontró. Esperó la llegada de la micro.
Durante el mediodía, le informaron que debía participar en una reunión junto a su jefe y compañeros de trabajo; aquello trajo de vuelta el amargo recuerdo de hace unas semanas y pensó lo peor. Sabía que su rendimiento no había aumentado, y las ventas que necesitaba quizás no se habían cumplido. La espera fue algo terrible, pero, aun así, tenía el presentimiento de que todo estaría bien.
Como había imaginado, la reunión fue solo para hablar de las nuevas metas que debían cumplir como área, por lo que aprovechó de conversar con su jefe sobre su rendimiento, quien la tranquilizó al informarle que todo iba bien.
—Vas al nivel de tus colegas, sigue así y todo resultará bien.
—Muchas gracias, Matías, haré mi mayor esfuerzo —le respondió Isabel, más tranquila con lo ocurrido en la reunión.
—Tus números, incluso en algunos tramos, son superiores al resto y eso es bueno.
—Muy bien, entonces seguiré haciendo todo como siempre y trataré de mejorar.
—Esa es la actitud —dijo Matías, y se fue.
A la hora de almuerzo, Sandra se acercó a Isabel para que fueran a comer. Ella era la única amiga que tenía en la oficina y era también la única en quien confiaba. Al caminar hacia el comedor, Sandra le mostraba el anillo de compromiso que su novio le había entregado, aunque para Isabel aquello no era más que un gasto innecesario y que la confianza era lo único válido en la relación de parejas y eso era lo que más la mantenía feliz luego de diez años de relación con Miguel. Cuando llegaron al comedor buscaron un sitio tranquilo y se sentaron. Ambas comieron en silencio, ninguna habló más allá de lo necesario y poco y nada se interrumpieron al comer, después de todo, solo tenían treinta minutos para almorzar y cada minuto que podían perder hablando, preferían aprovecharlo mientras comían la minuta que habían elegido a principios de mes.
Al terminar, ambas se levantaron y fueron al baño para lavarse antes de continuar con su trabajo.
—¿No te cansa esto, Isa? —le preguntó Sandra con un notorio cansancio en su voz.
—A veces me aburre, pero es lo único que tengo. Por ahora, solo estoy enfocada en el trabajo y en mi relación con Miguel.
—Es cierto, llevas millones de años junto a él y nunca lo he visto —respondió Sandra en tono burlón.
—Es cierto, aunque para ser sincera ni siquiera tiene Instagram y su foto de WhatsApp es un emoticono, aunque ahora que lo pienso… —Isabel recordó que no tenía ninguna fotografía junto a él. En estos diez años jamás se habían sacado una foto juntos y eso le causó extrañeza, pero no se preocupó de aquello.
—Sabes algo —le dijo Sandra con un tono de duda—, yo tampoco tengo fotos con Eduardo y eso que llevamos dos años juntos, y a fin de mes nos vamos a casar.
—Creo que somos las únicas mujeres en el mundo que tienen hombres a los que no les gustan las fotografías —respondió Isabel, y ambas rieron a carcajadas.
—Muy bien, Isa, me voy a mi rincón. Nos vemos a la salida, recuerda que mañana es sábado y hoy tenemos nuestra salida mensual.
—Tienes razón, lo había olvidado —comentó Isabel, quien comenzó a revisar su celular para saber si tenía algo más agendado.
—¿Y bien, mujer ingrata, tienes tiempo para mí? —le dijo Sandra con cierta molestia.
—Sí, hoy no tengo nada programado. Podemos salir sin problemas.
Las dos mujeres se separaron y continuaron con su trabajo hasta que dieron las seis de la tarde. Ambas se toparon en el pasillo mandando mensajes a sus parejas, indicando que saldrían y volverían más tarde, y al notar lo que estaban haciendo, rieron y salieron de la oficina mientras Sandra aprovechaba de pedir un Uber que las llevara al pub más cercano.
La tarde pareció irse muy rápido, llegó la noche y ambas ya estaban bastante bebidas, por lo que decidieron retirarse del lugar. Lo que más disfrutaban de sus reuniones era que lograban botar de sus cuerpos todo el estrés acumulado en la oficina, más ahora que sabían que las nuevas metas eran casi imposibles de conseguir.
La primera en tomar el Uber fue Sandra, quien, como solía ocurrir, era la más afectada por el alcohol. La misión de Isa era preocuparse de que tomara un auto seguro y la llevara hasta su casa. Isa, por el contrario, siempre que salía con Sandra volvía a casa en micro, aquello era parte de su rutina y una especie de cábala que la ayudaba a mantener todo en orden. Cerca de las nueve ya estaba bajándose de la micro. Al cruzar la calle, notó que en la pared tras el paradero de enfrente estaba el gato, aunque esta vez a simple vista parecía estar más grande de lo normal, algo natural, luego de pasar cerca de tres meses desde la última vez que lo vio. Además, el gato poseía una mirada mucho más profunda. Al acercarse a la pared, el felino estaba sentado en la orilla, como si estuviera esperando que Isa se acercara. Eso fue lo que más la extrañó, jamás había visto un gato que esperara a alguien así, menos un gato callejero. Isabel siguió caminando, el alcohol le había afectado y no quería terminar vaciando su estómago en la calle.
Al pasar cerca del gato, el animal la miró de forma altanera, lo que provocó la risa de Isabel. Al darle la espalda, escuchó una voz que le hablaba y todo el mareo que tenía se esfumó de golpe.
—Oye, dónde vas tan rápido —dijo la voz.
—No tengo dinero ni nada de valor, por favor, no me haga daño.
El mayor miedo de Isabel se estaba cumpliendo, sufrir un asalto no era algo que quisiera experimentar, pero sabía que en cualquier momento podía ocurrir.
—¿Quién dijo que quiero algo de valor? Yo te quiero a ti —respondió la voz.
Isa comenzó a temblar y llorar, sabía que eso no terminaría bien, lo que provocaba en ella una sensación de arrepentimiento por haberse ido en micro y no en un Uber que la hubiera dejado en la puerta de la casa, pero no quedaba más que intentar salir libre de esa situación.
—¿Te puedes girar? Necesito que hablemos un momento —le dijo la voz en un tono más amigable.
—Está bien, pero por favor no me haga daño —respondió Isabel mientras giraba lentamente para que la persona no sospechara de ella.
