Mi amor en canciones - Mario Sanca - E-Book

Mi amor en canciones E-Book

Mario Sanca

0,0
4,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Elit Lgtbi 21 Una cita con el actor más atractivo y famoso del país. ¿Quién le diría que no? Alejandro Parra es uno de los cantantes más reconocidos del panorama nacional. Sus canciones de amor han conquistado los corazones de miles de oyentes, y su capacidad para ponerse a cantar en medio de una conversación tiene encandilados a los medios de comunicación, que se mueren de ganas por hacerle una entrevista. Cuando Saúl García, el actor más deseado del cine, se acerca a hablar con él en un acto benéfico, los periodistas no pierden ni un instante en inmortalizarlos y empezar a hablar de ellos. ¿Estarán saliendo? ¿Serán novios? Y es que, si el actor más atractivo y encantador del país te pidiese una cita, ¿podrías resistirte? ¿Quieres saber qué ocurre entre ellos en esta novela musical?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 198

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2024 Mario Sánchez Candela

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Mi amor en canciones, n.º 21 - febrero 2024

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788411806800

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

Para aquellos que,

cuando las palabras no eran suficiente,

convirtieron la música en su segunda voz.

Prólogo

 

 

 

 

 

Tenía dieciséis años.

Recuerdo que solo estábamos él y yo. Recuerdo su forma de mirarme y aquella eterna media sonrisa en sus labios. Recuerdo que la luz incidía en sus ojos y los dotaba de una claridad increíble.

Y luego pronuncié aquellas cinco palabras que lo cambiaron todo.

Su expresión y su mirada se transformaron. Se alejó de mí sin moverse, y me sentí igual que una partitura al ser rasgada. Como líneas deshilachadas de un pentagrama por el que caían notas musicales.

Mi corazón permaneció en silencio.

Un silencio que se extendió por mi cuerpo y que marcó el final de aquella pieza.

Una sensación que, quince años después, volvió a resonar en mi garganta.

Capítulo 1

Las notas de la partitura

 

 

 

 

 

Nunca pensé qué sentía una clave de sol cuando la ponían la primera en un pentagrama. Ella sola, acaparando toda la atención. Todas las miradas. Toda la expectación.

Los fogonazos blancos de las cámaras me cegaban. Apenas me permitían distinguir nada. Y yo, solo en aquella partitura, me limitaba a posar, o al menos lo intentaba. No era modelo, ni actor, ni nada parecido: era músico. Cantante y compositor. Me sentía cómodo con un instrumento entre las manos y una melodía en los labios, no delante de una veintena de fotógrafos y en medio de un photocall. Los nervios se agolpaban en mi garganta, alimentados por aquellas personas:

—¡Alejandro!

—¡Mira aquí!

—¿Has venido solo?

—¿A quién cantas tus canciones?

—¿Para cuándo el próximo disco?

Cinco intervenciones. Cinco disparos. Cinco flashes. Igual que las líneas de un pentagrama.

—¡Mira hacia aquí, por favor!

—¿Puedes darnos un adelanto?

—¿Cómo te sientes?

—¿Ilusionado?

—¿Algo que decir?

Siempre quise tener los ojos claros, pero en aquellas ocasiones agradecía que fueran negros: no eran tan sensibles a la luz. Además, el traje que había escogido mi fantástica estilista, en especial la chaqueta —una pieza negra, asimétrica y con la botonadura en diagonal, que cumplía con el protocolo pero que aportaba un aire menos serio y más cercano a mi estilo personal—, me hacía sentir seguro y me proporcionaba cierta confianza extra; mi corto pelo negro había sido esculpido por uno de mis peluqueros y otro de sus compañeros me había maquillado de manera espectacular. A lo que había que añadir las diferentes pulseras plateadas y anillos que llevaba, siempre, en mi mano izquierda. Todo esto hacía que tuviera un aspecto envidiable que rezumaba seguridad. Y, sin embargo, no me sentía así.

—¡Alejandro!

—¡Mira hacia aquí!

—¡Una foto más, por favor!

—¡Gira un poco!

—¡Hacia este lado!

Cinco intervenciones. Cinco chasquidos. Cinco flashes.

Los nervios seguían ahí, pero también una canción. Unos sonidos que mi cabeza intentaba recuperar de entre el caos. Una sensación que, en aquel momento, se asemejaba más a lo que me ocurría antes de salir al escenario: esa mezcla de miedo y ansiedad salpicada de entusiasmo y alegría. Traté de relajarme, de calmarme, e hice lo que llevaba haciendo muchos años, aquello que se había convertido en mi refugio, mi vía de escape y mi vida.

—¿A quién dedicas tus canciones?

—¿Estás enamorado?

—¿Has venido solo?

—¿Estás soltero?

—¿Qué buscas en un hombre?

Y aquella última pregunta fue el disparador. La señal del director de orquesta para que comenzase a cantar.

—¡Busco! ¡Sin parar! ¡Sin preguntar! ¡Sin tiempo a respirar! —Todos se detuvieron, como si no se esperasen aquello. Incluso los flashes parecían expectantes—. Busco las llaves de mi hogar, las risas sin cesar y el tiempo para amar. —Mi pie empezó a marcar el ritmo, lo que creó una honda hipnótica que consiguió que las cámaras me siguieran—. Busco el eterno calcetín sin emparejar, y me encuentro siendo dos en busca de nuestro par.

Ya no había fotógrafos, ni luces, sino focos que me apuntaban igual que en un escenario.

—¿Cantas para alguien? —preguntaron entre la multitud.

—Busco y rebusco. En andenes, bares y discotecas. En lavadoras, mochilas y hasta en mi caja de galletas. —Canté, más alto—. En lugares, cuentos y fantasías. En tus ojos, en mi sofá y entre mis sábanas.

Era una de mis señas de identidad. Cantar. En momentos como aquel, cuando las palabras no llegaban al tono que necesitabas, pero sí la letra de una canción.

Estaba más acostumbrado a las luces de un escenario, de una grabación, y me imaginé allí. Engañé a mi cuerpo y este empezó a responder, a soltarse. Y también lo vi en ellos: aquellas sonrisas entre los flashes, aquellas miradas amables, aquellas expresiones de complicidad.

—Entonces ¿estás soltero? —volvieron a la carga.

—¿No tienes pareja?

—¿No cantas para nadie?

—¿Te gusta estar soltero?

—¿Buscas estar soltero?

De nuevo cinco preguntas, cinco líneas de aquel pentagrama que se estaba escribiendo en aquel momento.

—¡Busco! ¡Sin parar! ¡Sin preguntar! ¡Sin tiempo a respirar! —proseguí con rapidez—. Hasta que encontré la verdad, la razón y el golpe de realidad. Que la solución nunca estuvo en buscarte…, sino en encontrarme.

Aquella última frase los dejó con más preguntas que antes. Por sus caras, ninguno de ellos había comprendido el significado oculto en aquella canción. Aunque no me extrañaba, ya que eran pocas las personas que sabían escuchar más allá de una melodía.

Por suerte para mí, a los pocos segundos, una persona me indicó que ya podía salir de allí. Justo a tiempo de esquivar más de aquellas embestidas periodísticas.

Me condujeron a un lateral repleto de gente, en la entrada del evento al que me habían invitado. Las fotos habían concluido, y ahora, a unos metros de mí, un pequeño grupo de periodistas esperaba con más preguntas. Me ponían nervioso, aunque, aquella noche, no toda la culpa era suya: me habían dicho, y confirmado, quién acudiría a la fiesta.

Él.

Me giré hacia la marea de luces y profesionales de la que acababa de salir, por si lo veía aparecer, pero me encontré con algo maravilloso: los fogonazos de luz, el sonido de los disparadores y el canon musical que formaban los fotógrafos. Me pareció increíble que algo en apariencia tan caótico —donde yo no era el centro del espectáculo— escondiera una musicalidad tan particular. Y, sin poder evitarlo, sonreí; de manera sincera, con los labios extendidos y el rostro relajado. Porque, por un instante, por un breve y corto instante, ante mí había otra canción que solo yo parecía disfrutar.

La luz de un flash se iluminó en la distancia.

Todos los fotógrafos disparaban hacia el photocall; todos, menos uno. Vestía por entero de negro, con sudadera amplia y un colgante con su identificación; de pelo castaño claro, casi rubio, peinado con la raya a un lado de forma informal y con un par de mechones sobre su ojo derecho; mandíbula marcada, aunque la suavizaba una corta barba. Me fue imposible ver el color de sus ojos desde aquella distancia y, a pesar de eso, me hipnotizaron. Aunque, por la forma en que me devolvían la mirada, nunca supe si era yo el que estaba bajo su influjo, o él bajo el mío.

—¡Alejandro!

Como si despertase de un sueño, volví a la realidad. Los reporteros me esperaban.

Si hubiera dependido de mí, habría pasado de largo y esquivado sus preguntas; por desgracia, mi representante me había dejado muy claro, sirviéndose de amenazas cuando lo consideró oportuno, que esa no era una opción: debía acercarme, mostrarme encantador con ellos y contestar a cada una de sus preguntas con la mejor de mis sonrisas.

Mientras me aproximaba, reconocí a algunos periodistas del corazón a los que mi música les interesaba lo justo; una chica joven, desconocida, con un aspecto demasiado informal para tratarse de un medio importante, y un rostro del pasado, Roberto Gómez, un excompañero del instituto. En concreto, uno al que le gustaba, junto con otros chicos, hacerme la vida imposible. Por desgracia para mí, no se trataba de un periodista mediocre, sino de uno de los mejores del país, con programa propio y que levantaba pasiones, no solo por su encantadora personalidad, sino también por su buen físico.

—Buenas noches —saludé al llegar.

Los micrófonos me apuntaron sin compasión y, antes de que ninguno pudiera hacer la primera pregunta, Roberto se les adelantó.

—Buenas noches, Alejandro. —Su voz, cálida y afinada a la perfección, lo convertía en alguien a quien te apetecía escuchar—. Muchas gracias por acercarte. Tengo muchísimas preguntas que hacerte, pero empezaré por la más importante —tragué saliva. Se había puesto en contacto con mi equipo en varias ocasiones, pero nunca habíamos cerrado una entrevista. No iba a perder su oportunidad aquella noche—: ¿cuándo vendrás a mi programa?

Una sonrisa más nerviosa que educada se dibujó en mi rostro. Llevaba años esquivándolo, a pesar de las presiones de mi agente para que aceptara. Sabía que aquel día llegaría, pero había intentado posponerlo todo lo posible.

—Lo que de verdad queremos saber —escuché de pronto, procedente de algún punto del pequeño grupo—, es la fecha de lanzamiento de tu próximo disco.

La voz me sonó algo inmadura, falta de experiencia. Procedía de la joven de aspecto informal que había visto antes. Llevaba la melena morena recogida en una coleta alta que se movía de un lado para otro al menor movimiento. Unos ojos oscuros, intensos, se ocultaban tras unas gafas de pasta.

—¿Tienes ya alguna fecha? —insistió. Identifiqué la desesperación en su rostro de poco más de veinte años. Por eso me acerqué a ella, además de que era la excusa que necesitaba para no contestar a Roberto.

—Hola, buenas noches —saludé con la mejor de mis sonrisas.

—¡Buenas noches! —Hablaba a un micrófono que sujetaba con fuerza—. ¡Soy Leticia López! Creadora del podcastAmor con historias.

Vi que varios de sus compañeros de profesión abrían la boca, por lo que respondí con rapidez:

—Es un placer conocerte, Leticia. —Giré un momento el rostro y me encontré con los ojos negros de Roberto. No había reproche en ellos, ni rabia o cualquier otra emoción desagradable. Lo que sí me pareció ver fue decepción, lo que no me cuadraba con la imagen de periodista seguro y decidido que ofrecía en la tele.

—¡El placer es mío! Estamos hoy aquí, en esta fantástica noche, con Alejandro Parra, uno de los mejores cantantes del panorama nacional.

Solté una larga carcajada al escuchar aquello.

—Gracias por el cumplido, aunque creo que aún me falta mucho para llegar ahí.

Un inmenso revuelo se produjo en el photocall y silenció las palabras de aquella chica.

—Perdóname, pero no te he oído. —Intenté concentrarme en lo que decía, pero me fue imposible.

Un grupo de fotógrafos y el resto de los reporteros, incluido Roberto, se habían agolpado contra las protecciones y gritaban para buscar las atenciones del famoso que se encontraba ante ellos.

—¡Madre mía! ¡Qué alboroto! —gritó la reportera a mi lado—. ¿Ves quién es? ¿Lo conoces?

Claro que sí. Por algo era el actor más reconocido, aclamado y deseado del país, y fuera de él. La persona con la que todos querían hablar, querían trabajar y querían relacionarse. El causante de los nervios que se agolpaban en mi interior aquella noche.

Él había llegado.

Capítulo 2

El solista

 

 

 

 

 

—¿Ves quién es? —repitió.

—Sí. Lo veo —contesté—. Es Saúl.

—¡Oh! ¡Queridos oyentes! ¡Esto es increíble! —exclamó la reportera—. ¡Acaba de llegar al evento nuestro querido Saúl García! Si has vivido desconectada del mundo los últimos diez años, te cuento todo lo que necesitas saber de este hombre: sus grandes dotes para la actuación, sumadas a su increíble capacidad para mimetizarse con cualquier personaje, lo han convertido en uno de los actores más cotizados del mercado. Lo hemos podido ver en diferentes tipos de películas y de papeles, desde el joven heredero de una gran fortuna hasta un pobre indigente sin hogar. Y solo con…, con… —Apartó un segundo el micrófono—. ¿Qué edad tiene?

—Treinta y un años —contesté.

—Oh, gracias. —Pareció recordar que yo estaba allí—. ¡La misma edad que tú! Alejandro, ¿habéis coincidido en algún otro evento?

—No, la verdad es que no.

—Pues en los rodajes se dice que no solo es un gran actor, sino que también es una persona encantadora: simpático, educado y generoso. No debemos olvidar, querida oyente, que Saúl García saltó a la fama tras su primera película. Tenía un pequeño papel secundario, pero una de sus entrevistas se viralizó tanto que, al día siguiente, pasó de ser un desconocido a estar en todos los motores de búsqueda del planeta. ¡Porque sí! ¡El chico es puro encanto!

Me miró por si yo quería añadir algo más, como si, en lugar de un entrevistado, fuera su compañero.

—Eso me han dicho. Yo también la vi, y muchas otras que hizo después, y te doy la razón.

—¡Claro que sí! ¡Porque este hombre es un todoterreno! No solo actúa bien o hace unas grandes entrevistas, es que, por si esto no fuera suficiente…, chicas, ¡está tremendo! Gracias a su metro noventa de altura y ese espectacular cuerpo, que pudimos ver y disfrutar en la última de sus películas, sobresale entre la multitud. ¡Pero no se acaba aquí!, porque, como tengáis la suerte de verlo de cerca, ¡corréis el riesgo de enamoraros de él! No es que nos encante ese pelo oscuro, que suele llevar peinado a la perfección, o su nariz recta o su mandíbula marcada o sus pómulos… ¡No, querida oyente! Lo que de verdad te va a volver loca de este hombre son sus ojos. ¡Sus increíbles y hermosos ojos azules! Capaces de hacer que te tiemblen las piernas solo con verlos.

Aunque yo no lo habría expresado de aquella forma, tenía que darle la razón: Saúl García representaba todo lo que querías para cualquier área de tu vida. ¿En la cama? Era guapo, atractivo y tenía un gran físico. ¿En una relación? En sus redes sociales se veía que, además del cine, era un amante del aire libre, la lectura y cualquier plan cultural —aunque también le gustaba salir y divertirse—. ¿Para presentárselo a tus padres? Seguro que era el yerno perfecto y que tu madre terminaba llamándolo a él más que a ti.

—Pero, chicas, me temo que hay una mala noticia. Y es que Saúl García, el hombre, el objeto de nuestros deseos, fantasías y planes de boda, es gay.

Un pinchazo, creado a base de puros y primarios nervios, se clavó en mi estómago.

Saúl era gay y, hasta donde se sabía, soltero. Igual que yo.

Debí pensar aquello demasiado alto y la reportera se giró de nuevo hacia mí:

—¡Alejandro! Porque, queridas oyentes, no debéis olvidar que ahora mismo estoy hablando con Alejandro Parra, uno de los mejores cantantes que tenemos y, además, soltero y fuera del armario. —Al decir aquello abrió mucho los ojos, como si hubiera metido la pata. Para arreglarlo, se acercó a mí y, casi en un susurro, me preguntó—: ¿Puedo decir eso? ¿Fuera del armario? ¿Crees que le sentará mal a alguien?

Se me escapó una sonrisa.

—A mí no me sienta mal, que soy el interesado; así que, tranquila. Puedes sacarme del armario todas las veces que quieras.

Ella respiró como si le hubiera quitado un peso de encima.

—Vale. Genial. Gracias. —Antes de proseguir, volvió a acercarse el micrófono—. Decía que estamos aquí con Alejandro Parra, en un acto benéfico al que acaba de llegar Saúl García, que ha provocado un pequeño revuelo entre los presentes. Por si no lo sabes, ambos son solteros y gays, lo que me lleva a la siguiente pregunta: Alejandro, ¿le dirías que no si él te pidiera salir?

Varias emociones cruzaron mi mente y mi rostro: nervios, dudas, ansiedad, entusiasmo, esperanza, miedo… A toda velocidad, me imaginé diferentes situaciones, escenas y momentos; con Saúl; con aquel hombre que hacía vibrar la ropa interior de cualquier persona que lo contemplase. Ese actor que poseía una mirada capaz de derretir cualquier iceberg.

Solté un largo suspiro seguido de una gran carcajada.

Vi un flash en la distancia.

Miré a la reportera y, con toda la sinceridad que pude, contesté:

—¿Alguien le diría que no a Saúl García?

Era una pregunta que, como un estribillo pegadizo, se repetía en mi mente de forma constante. No conseguí quitármela de la cabeza ni cuando nos hicieron pasar al interior, no sin antes despedirme de Leticia.

Mi agente me dijo que aquel evento era sencillo: llegar, que me hicieran unas fotos fuera, un par de preguntas, tomar algo, relacionarme, y más fotos. La oleada de reporteros se había reducido tan solo a media docena que, con suma discreción, paseaban por el interior.

Yo cogí una copa y, mientras pensaba a quién podía acercarme para charlar, lo vi de nuevo: aquel fotógrafo de pelo claro que resaltaba sobre el negro de su uniforme. A aquella distancia seguía sin distinguir el color de sus ojos, pero, desde luego, tenía una mirada que me pareció preciosa. Con un semblante pensativo. Lo observé pasear entre los invitados, hacer algún disparo discreto aquí y allá, y sin interrumpir a nadie. No se metía en las conversaciones, ni añadía nada, ni pedía a las personas que posasen.

En uno de aquellos momentos, mi vista se cruzó con la de Roberto. Parecía a la espera, como un instrumento que aguarda a que llegue su parte. Y que mis ojos se posaran sobre los suyos debió ser la señal que necesitaba para que se acercara a mí.

—¡Alejandro! —escuché a mi lado. Era una joven con una cámara—. ¿Me permites hacerte una foto?

—Sí, claro —contesté con una sonrisa automática, un semblante artificial que odiaba, pero que me había visto obligado a poner en práctica en aquellas situaciones. No soportaba posar, lo que era incompatible con la carrera de músico—. ¿Necesitas alguna más? —pregunté tras ofrecerle un par de posturas y expresiones. Si me decía que sí, sería la excusa perfecta para evitar de nuevo al reportero.

—No. Es suficiente. Muchas gracias.

—¿Seguro? No me importa.

La chica me sonrió con una mezcla de agradecimiento y asombro. Me habría apostado mis cuerdas vocales a que no estaba muy acostumbrada a que la tratasen así. Todos sabemos que en el mundo del famoseo hay muchos egos y muy grandes.

—No, de verdad. Pero muchísimas gracias.

—Gracias a ti.

En aquella ocasión, mi sonrisa sí que fue sincera, y volví a percibir aquel fogonazo de luz.

Busqué a mi alrededor, pero no identifiqué al fotógrafo responsable, aunque de nuevo encontré a aquel rubio. Revisaba su cámara muy concentrado. Y yo lo miraba como si intentase resolver un enigma, por lo que no me percaté de que alguien se me había aproximado por detrás:

—Hola.

Estaba seguro de que se trataba de Roberto. De forma automática, mi rostro adoptó la máscara sonriente mientras pensaba en la forma de salir de allí:

—Hola, ¿qué…? —La frase terminó ahí. Tragué saliva e intenté que no se me cayera la mandíbula al suelo—. Ho… hola, Saúl.

La persona que se había acercado no era un compañero de profesión ni otro famoso cualquiera, ¡no! ¡Era él! ¡Él! El hombre más atractivo de toda la fiesta. El de los ojos más preciosos e increíbles del mundo, capaces de cortarte la respiración con tan solo un pestañeo.

Una canción volvió a sonar en mi cabeza. Una letra que expresaba a la perfección lo que sentía, pero que decía más de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Solo había una parte que sí podía expresar:

—Olvidé olvidarte —logré cantar, casi en un susurro.

Él me miró y arqueó, dubitativo, una de sus cejas:

—Perdóname, no te he oído. ¿Has dicho algo?

Una maraña de palabras y acordes se enredaba en mi pecho, deseosos de salir, aunque no quería que fuera allí, no en aquel momento. Aunque lo necesitase. Aunque necesitase cantarle que olvidé sus ojos, olvidé su sonrisa y que olvidé sus labios; que olvidé todos los momentos, todas las inseguridades y todos mis miedos; pero que era incapaz de olvidarme de que lo olvidé.

Aquella canción se gestaba justo en ese mismo instante. Pero, por desgracia, no pude centrarme en ella.

—No. Nada importante —contesté mientras el resto de la letra vibraba en mi garganta, luchando por salir.

—¿Qué tal estás, Álex? —Su voz era la de un barítono, cercana a la de tenor: un tono grave con cierta oscuridad, pero también con matices ligeros y suaves. Hablaba de forma pausada, controlado, pero con calidez, como si le hablara directamente a mi corazón.

—Bien…, bien, Saúl. ¿Y tú?

Para mi sorpresa, no me tendió la mano, sino que me estrechó entre sus brazos con firmeza. El tío no solo era guapo, ¡es que bajo aquella ropa noté sus músculos duros y firmes! Además, olía… demasiado bien, igual que un día lluvioso de verano. Mis piernas gritaron para que encontrase una silla si no quería dar el espectáculo.

—Muy bien. Creo que los ojos aún me hacen chiribitas de tanta foto. —Y ahí estaban, ante mí, aquellos dos faros azules; dos esferas del color de un cielo despejado. Y me miraban. Me observaban. Con interés—. ¿También te ha pasado?

Cuando cantas una canción por primera vez te sientes torpe, sin atinar las notas, desacompasado. Me pasó lo mismo, pero en mi cerebro. Como si no pudiera leer aquella partitura.

—Sí, sí. También.

—Aunque imagino que estarás acostumbrado a los focos. —Tuve que poner cara de atún en conserva, porque aclaró—: Por tus actuaciones y conciertos.

—¡Ah! ¡Sí! ¡Cierto! —Por fin sus ojos perdieron su influjo sobre los míos y conseguí desviar la mirada de ellos. Fue un error, porque mi atención se dirigió a su cuerpo.

Para aquella ocasión llevaba un traje negro con doble botonadura. Clásico, pero combinado con un jersey de cuello vuelto, en lugar de la típica camisa, le daba un aspecto juvenil e increíblemente atractivo. Le quedaba impecable: se ajustaba a la perfección en su pecho y sus hombros; ceñía su cintura, remarcando un torso en forma de uve, y era holgado en mangas y perneras.

—En los rodajes siempre dan mucho calor, y eso que no tenemos demasiados —prosiguió mientras yo intentaba no poner cara de tontaina—. No me quiero imaginar lo que se debe sentir cuando, sobre un escenario, te apuntan docena y media de ellos.