Mi Dios no ve - Raúl Zurita - E-Book

Mi Dios no ve E-Book

Raúl Zurita

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Beschreibung

Una visión profunda de la poética de Zurita, uno de los grandes referentes de la poesía chilena y latinoamericana contemporáneas. En 1969 Raúl Zurita empieza a escribir El sermón de la montaña, su primer poema. Deja ya patentes buena parte de sus inquietudes creativas: la reflexión sobre lo transitorio y lo efímero, la experiencia del yo y especialmente la búsqueda, a través de la poesía, de mantras contra el dolor. Todas ellas se desarrollan en Mi Dios no ve, un itinerario documental por las más de cinco décadas que el chileno ha consagrado a la escritura. Mi Dios no ve incluye poemas, relatos autobiográficos, fragmentos de entrevistas, traducciones. Y también imágenes de sus intervenciones de land art, de acciones performativas sobre su propio cuerpo y de otras incursiones en el arte contemporáneo. El libro reclama, así, el reconocimiento de Zurita no sólo como gran poeta, sino como artista total.

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición: junio, 2022

© Raúl Zurita, 2022

© de la selección de obras y prólogo: Héctor Hernández Montecinos

© de las fotografías: Ana María López (guardas), Guy Wenborne (págs. 118-119), Nicolas Piwonka (págs. 258-259), Paulina Wendt (págs. 284-285, 289-291)

© del retrato de la solapa: Alfredo Pelcastre

© Vaso Roto Ediciones, 2022

España

C/ Alcalá 85, 7º izda.

28009 Madrid

[email protected]

www.vasoroto.com

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Impreso y gestionado por Bibliomanager

ISBN: 978-84-125196-9-3

eISBN: 978-84-196931-9-8

BIC: DCF

Depósito Legal: M-14182-2022

Raúl Zurita

Mi Dios no ve

Edición de Héctor Hernández Montecinos

Índice

Prólogo

Como un sueño

Áreas verdes

Te lo digo todo

Nel mezzo del cammin

Goya es un momento de la historia del arte

En el medio del camino

Domingo en la mañana

El Desierto de Atacama

Arte y Auschwitz

Allá lejos

Pastoral de Chile

El viento sobre la hierba

Escrito en el cielo

Escrito en el desierto

Si sólo supieras cómo lloro

Las aguas del aire

Entonces guárdame en ti

Carta a los vivos

Un tal Zurita

El día más blanco

XXVII

Hamlet x Zurita

Divina Comedia x Zurita

Walt Whitman, camarada nuestro

Que renazca la muerta poesía

La constelación de los caídos

Cielo abajo

Los boteros de la noche

A Paulina Wendt

Mi Dios es no

¿Eras tú papá?

El último proyecto

Testigo del universo

El mar del dolor

Dejaste aquí

Referencias

Enlaces

Prólogo

Si alguien en Chile ha encarnado la poderosa y, por cierto, conflictiva, relación entre obra y vida, entre escritura y pasión, entre las palabras y lo que las mantiene vivas es, sin lugar a dudas, Raúl Zurita. Un poeta que sobrepasa medio siglo de escritura ininterrumpida desde «El Sermón de la Montaña», comenzado en 1969 y publicado en 1971. Y no únicamente me refiero a su deslumbrante lírica, reconocida a nivel internacional con distinciones ya no sólo en Chile, la India, Italia o en España con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, sino también a la clarividencia de sus ensayos y artículos, a la sensibilidad y visión de sus escenas narrativas, a sus notables traducciones de clásicos como Shakespeare o Dante, e incluso a la inusitada profundidad que encontramos en las entrevistas que por lo general concede a medios de todo el mundo. Asimismo, desde sus más desesperados actos infligidos sobre su cuerpo hasta las más alucinantes acciones de arte junto a C.A.D.A. y en solitario, pasando por sus inolvidables poemas en el cielo, el desierto y, ojalá pronto, en los acantilados del norte de Chile, es que insoslayablemente estamos ante una obra conmovedora, sin límites y única en lo que fue el siglo XX y en lo que va del XXI.

En cuanto a este libro, lo he pensado como un itinerario documental de ese hermoso delirio, de esa fuerza incomparable y de esa imaginación literaria que lo han llevado a ser celebrado por diversos medios, por ejemplo en el diario argentino Clarín, como el mayor poeta chileno vivo o como también lo han señalado autores como Javier Cercas en España. Como digo, es sobre esta enorme variedad de registros, escrituras, imágenes, diálogos que Mi Dios no ve se pretende como un mapa de esta obra en el sentido total del término, por lo cual volvemos a pensar que no sólo nos referimos a un poeta, sino que también a un artista que, como los del Renacimiento, no se ha conformado con escribir, sino que ha llevado la palabra y la imagen, el pensamiento y los sueños, hasta espacios y límites que no habían sido pensados ni mucho menos realizados.

La obra de Zurita ilumina y estremece lo que hasta ahora hemos llamado poesía chilena, pues a lo que creíamos nuestra tradición le ha dado un antes y un después; y a nuestra geografía, una historia. Chile después de ser un país será un poema. En un futuro probable y desgraciado donde el ser humano haya destruido su humanidad y en ella nuestro planeta y tan sólo queden ruinas, su «ni pena ni miedo» será el único vestigio junto a las silenciosas cordilleras, las silenciosas playas, la silenciosa muerte. Esperemos, y luchemos, porque esto no suceda y sus palabras en el desierto sigan siendo un llamado a no rendirse, o como dice él, a no ponerse límites porque otros ya querrán imponernos los suyos.

En los términos formales de este libro vale la pena hacer una serie de acotaciones al respecto. Quise comenzar con tres publicaciones antes de su primer libro. La de Manuscritos es ya medianamente conocida y se publica aquí siguiendo fielmente la edición original de ese tomo único; «Nel mezzo del cammin» se publicó en la revista CAL en 1979 y no se había reeditado hasta ahora. Agrego además el manifiesto inédito «Goya es un momento del arte…» que se repartió en una exposición de arte en el Goethe Institut de Santiago en 1978. De sus libros de poesía, Purgatorio, Anteparaíso, La Vida Nueva y Zurita he optado, de común acuerdo con el poeta, por las últimas ediciones. De hecho, la versión de La Vida Nueva es la definitiva publicada en 2018, que agrega textos excluidos de la primera edición.

Con respecto a los escritos en el cielo, el desierto y el proyecto de los acantilados, si bien es cierto son los ejes de los libros de Raúl, he preferido presentarlos de manera separada, al igual que otras imágenes, para brindarle más protagonismo a su intervención en lo real de lo real. Por su parte, las entrevistas corresponden al libro Un mar de piedras que publiqué el 2018 y que recopila este tipo de textos aparecidos en diarios y revistas entre 1979 y 2017, pero en una edición que permite leerlas como una suerte de autobiografía preparada por un otro.

Los ensayos «Walt Whitman, camarada nuestro», «Que renazca la muerta poesía» y «La constelación de los caídos» pertenecen respectivamente a su libro Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio de 2000, a la segunda edición de Los poemas muertos publicada en España en 2014 y a Son importantes las estrellas de fines del 2017. El capítulo de El día más blanco corresponde a la nueva edición del libro que se publicó el 2015, luego de la de 1999, y «XXVII» es parte de Sobre la noche el cielo y al final el mar de 2021.

Sobre las traducciones, creo, agregan otra faceta del autor en cuanto a ir más allá de la simple lectura de sus autores de cabecera y dialogar con ellos en nuestra lengua. La primera versión de Hamlet se publicó en 2014 y el avance de la Divina Comedia es absolutamente inédito y una gentileza, por cierto, del poeta al igual que el poema-instalación «El mar del dolor» que se inauguró el 2016 en la prestigiosa Bienal Kochi-Muziris en India o las fotografías intervenidas de «Dejaste aquí» que cierran la edición.

La obra de Raúl es colosal desde donde se la mire, sin embargo, por razones de espacio he tenido que dejar fuera otro tipo de textos. La realización de mi tesis doctoral Conceptualización de una poética crítica para la configuración del «Archivo Zurita» (2021) me permitió dar con proyectos de obra previos a C.A.D.A., más manifiestos, su estudio Literatura, lenguaje, sociedad (1973-1983), crónicas, artículos, escritos sobre arte, prólogos, presentaciones, columnas de opinión e incluso poemas no recogidos en libros que en el contexto de mi investigación he agrupado, por ahora, bajo la noción de Archivo Zurita y que probablemente se comience a editar en un tiempo.

Finalmente, este libro tiene como antecedente la muestra Verás, publicada por la Biblioteca Nacional de Chile en 2017, que me fue encargada en el contexto del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2016 otorgado en Chile al poeta. Mi Dios no ve amplía, actualiza, profundiza y ofrece más materiales y entradas de lectura. Asimismo, no quisiera dejar de mencionar dos selecciones hechas en torno a la poesía de Zurita y que cuentan con espléndidos y profusos prólogos: Otra antología editada por la Universidad de Talca el año 2019 a cargo de José Carlos Rovira y Eva Valero Juan y Verás auroras como sangre de Francisca «Paqui» Noguerol aparecida en 2021 en Salamanca a raíz del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana recibido por nuestro poeta. También es meritorio referirse a la notable edición crítico-genética de Benoît Santini en dos volúmenes con la obra poética de Zurita entre 1979 y 1994 que presentó la Colección Archivos en 2017.

Aun así, lo que aquí se presenta son sólo algunas de las razones que lo han hecho acreedor de estos importantes premios; las otras exceden, hasta cierto punto, lo literario y tienen que ver con su inconmensurable generosidad, su compromiso con los más desposeídos y necesitados, su ética irrestricta y su férrea voluntad en la transformación de un Chile más justo, más creativo, por ende, más humano. Como decía al comienzo, si hay una vida dedicada sin restricciones a la poesía, es la de Raúl Zurita, no el último de una genealogía, sino el primero de ella. Más aun en su insistencia desde hace décadas en los paisajes de Latinoamérica, su tradición poética y su convivencia con las más nuevas expresiones.

Como contexto, este 2022 conmemoramos los cien años de hitos de la poesía en nuestro continente como Trilce de Vallejo, Los gemidos de Pablo de Rokha, Desolación de Gabriela Mistral, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo, El soldado desconocido del nicaragüense Salomón de la Selva, la Semana de Arte Moderno en São Paulo, los «poemas pintados» de Huidobro, El estanque inefable del ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, Libro del mar del uruguayo Carlos Sabat Ercasty, «El movimiento estridentista en 1922» de Manuel Maples Arce, entre otras varias obras publicadas ese mismo año y que nos permiten hablar de un Siglo de Oro de poesía latinoamericana desde ellos hasta nosotros. Mi Dios no ve es parte de esta celebración, pues Raúl Zurita, sin lugar a dudas, es un punto cúlmine en lo que ha sido esta trayectoria de la voluntad de la lengua en nuestros países.

HÉCTOR HERNÁNDEZ MONTECINOSMadrid-Santiago

COMO UN SUEÑO

De Un mar de piedras (2018). Edición de Héctor Hernández Montecinos.

No sé si aprendí a hablar primero el italiano o el español. Pero mi abuela desde muy niño me hablaba de la Comedia, que fue como inicialmente se llamó.

Después me he ido dando cuenta de que toda la fascinación que he tenido por ese libro no es de tipo intelectual, sino que es una relación emotiva. Cada vez que me doy cuenta de que he apelado a ese libro es porque vuelvo a nombrar a mi abuela. Y además, es como dejarla a ella que hable. De allí que ese texto sea para mí una estructura básica porque es el primero que viví.

Mi miedo recurrente durante muchos años era que mi abuela, mi madre, mi hermana y yo muriéramos separados. Quería que nos muriéramos todos juntos. No quería quedar solo y tampoco que ellas quedaran solas. Y esa fue una obsesión absoluta, el terror a que mi abuela, mi madre y mi hermana se murieran. Mi abuela sobre todo.

Creo que cuando uno ama profundamente a alguien, radicalmente, quiere morirse con esa persona en el mismo instante y en el mismo lugar. Y tal vez, lo que después hemos dado en llamar pecado original, caída y todo el lenguaje cristiano-judío no es otra cosa que ese olvido, nos olvidamos de eso y finalmente nos morimos separadamente. Toda nuestra vida «de adulto» es el olvido de que en la infancia uno quiso morirse con los seres que realmente amaba. Y ése es uno de los deseos más profundos, más fuertes y más básicos que se anidan en todos los seres humanos y que desgraciadamente olvidamos. Olvidamos que amar es sobre todo desear morirse con el otro.

Mi papá estudió ingeniería y muy luego enfermó de pleuresía. Mi abuela se opuso terminantemente a que mi mamá se casara con él porque era un uomo malato, un hombre enfermo. Y fue tal cual. Se murió tres años más tarde. Mi abuela enviudó dos días después. Estaban esperando que llegara mi abuelo del funeral de mi papá, y no llegó. Se había muerto de un ataque al corazón. Por lo tanto, no tengo recuerdos de él. Sabía de mi padre por lo que me contaba mi madre.

Creo que siempre los temas tienen que ver con las carencias. Yo siento, fundamentalmente, un sentimiento de orfandad muy grande producto de mi infancia. Claro, entiendo que envejezco. ¡Cómo no lo voy a entender! Me cuesta más moverme, me estoy encorvando, pero sin embargo hay una sensación de fragilidad que está ahí y, en algún punto, sigo siendo un niño desprotegido. Por otro lado, sé que no soy frágil. Las he pasado duras y no me he roto, pero la sensación de habitar un cuerpo de niño es una sensación psicológica que aún tengo.

Como a los 15 años cayó en mis manos una antología de la poesía surrealista de Aldo Pellegrini donde leí poemas que me marcaron para el resto de mi vida. Poetas franceses como Robert Desnos o Paul Eluard, que fueron para mi formación absolutamente rotundos. Luego fue el descubrimiento de Nicanor Parra y su antipoesía, junto con Saint-John Perse. Todo esto fue entre los 16 y 18 años que me viene todo el mundo de la poesía encima.

En el colegio me importaba mucho escribir. Sin embargo, entré a estudiar ingeniería civil porque era bueno para las matemáticas y, además, porque se suponía que el hijo único hombre de una madre viuda debía estudiar algo que sirviera.

En nuestro siglo no es una novedad que un número cada vez creciente de escritores y artistas provengan de la ciencia o de la técnica. Tanto el argentino Sábato como nuestro Nicanor Parra provienen de ese campo. La razón me parece sencilla: vivimos en un siglo técnico, ello es tan proverbial y cotidiano que a veces se nos escapa. Si tú enciendes la luz, por ejemplo, o transitas, en fin, en todo. La ciencia y la técnica calan muy hondamente en el fenómeno de nuestra vida y sus discursos son más elocuentes que las viejas disciplinas humanistas. En ello, por supuesto hay un peligro, pero sobre todo existe también la promesa de un mundo mejor. No soy un pesimista ni guardo relaciones sospechosas con la técnica moderna como parece estar tan de moda entre algunos intelectuales. Por el contrario, creo que una vez superada la etapa histórica de los imperialismos, la técnica devendrá en un hecho religioso y filosófico a la vez.

Yo tuve una adolescencia muy corta. Antes de los 18 años pensaba que nunca me iba a ocurrir nada. Nada de nada. Me parecía increíble que si a mí me gustaba alguien, yo también pudiera gustarle a esa otra persona. Sentía que eso era demasiada coincidencia. Eso podía ocurrirles a otros, pero no a mí; sin embargo, a los 20 me vi casado, con hijos y muy metido en la actividad universitaria de esos años.

Empecé a escribir más o menos con cierta devoción, y con posterioridad no me quedaba otra. Pasé siete años en ingeniería, se me fue dando una especie de síntesis. Para cualquier persona que haya pasado siete años en cualquier cosa, no puede considerar siete años de su vida absolutamente perdidos, entonces tiendo a creer que el hecho de haber estudiado ingeniería para mí ha sido muy importante, ha sido casi decisivo.

Escribí un poema que está en Purgatorio, se llama «Áreas verdes» y está estructurado en base a las matemáticas, concretamente en la teoría de conjuntos y la topología. Era 1971, y sin saberlo ese poema resultó una suerte de anticipo, se trataba de una persecución y del fracaso al final de todo.

La poesía ha sido para nosotros un asunto concerniente sólo a las palabras, desde el creacionismo al uso del lenguaje conversacional. Pues bien, a mí lo que me interesa son las evidencias carnales, es decir, una obra que desde la literatura se cumpla en la vida y no en la literatura, o no allí solamente. Creo que Parra intuyó eso cuando le reprochó a Neruda haber traído el himno a la poesía, pero no la vida; pero el mismo Nicanor, con todo su genio, tampoco lo logró, o al menos, si era eso lo que quería. Y es eso lo que yo he querido.

Yo diría que si bien en 1973 se produce el hecho histórico concreto, es más elocuente, desde el punto de vista del análisis de lo que ha sucedido en el arte, el año 75, y esto tiene una razón, porque es en el año 75 en que toda una sociedad se da cuenta de que el golpe militar no es algo transitorio, sino que es algo que va a durar mucho tiempo. En ese momento es cuando realmente se producen todos los quiebres: de visión del mundo, de sistemas de conversación, de lenguaje. Así es que no hay una correspondencia directa entre el hecho histórico y las transformaciones en los planos del lenguaje, sino que eso siempre va con un cierto retardo, o cierto adelanto en otros casos.

Llegué al fondo de mí mismo al volver sobre el 11 de septiembre, que no me lo sacaré nunca de encima. Un dato que se une a éste, no sé por qué, es toda la falta que me hizo mi padre, muerto tan joven. La vida te pone de golpe, frente a frente, con esa ausencia y es una ausencia para siempre.

Sentí de pronto que todos aquellos seres que estaban allí en ese momento eran mis amigos, sentía que la nitidez del pensamiento en ellos era tan fuerte porque no había ninguna posibilidad de comunicación, que los medios técnicos –ni teléfono, télex– resultaban pequeñas parodias de esa comunicación más intensa que se puede lograr entre distintos seres humanos, y que quizá es la que prevalecía en otros estadios anteriores de la civilización, que hemos olvidado o perdido.

Cada vez me asalta la sospecha de que el tiempo es efectivamente curvo. Que mientras se avanza en el campo de la electrónica, de la biología, de la física, más nos vamos acercando a las primeras cosmovisiones que surgieron en la tierra. Es un gran trecho para restablecer una relación con el universo y las cosas, que vuelve a recuperar una dimensión sagrada o mágica, si se prefiere, con el mundo que nos acompaña.

Yo creo que nuestra lengua es el patético recuerdo de un estado de comunicación sagrada, mágica, vivencial y emotiva con todos los elementos de la realidad. O sea, el lenguaje que nosotros hablamos ya es ese recuerdo también y a la vez atrae las condiciones en las cuales se impuso.

Me pregunto por qué tanta gente que sobrevivió a Auschwitz se suicidaba quince, veinte años después. Gente que pasa por la experiencia del horror y que supuestamente había salido de eso. Yo creo que cuando se ha sufrido una gran violencia, esa violencia queda.

Vivir es a menudo un exceso. Bueno, a ese exceso que hace que la vida sea más fuerte que la muerte es lo que llamo arte. Si fuera religioso te diría que ese exceso de vida que impide el suicidio colectivo de los sobrevivientes de los holocaustos, a los que ven a sus hijos ahogarse en el Mediterráneo o masacrados por los bombardeos en Mosul, yo lo llamaría amor. El amor y el arte son las formas que toma la supervivencia.

La poesía siempre está sobrepasada en su intento descomunal por preservar a los humanos de toda esa violencia, de todo ese daño, pero persiste en la apuesta por la fraternidad. Una fraternidad con todos, con el asesino, con el suicida, con lo que ha nacido, con lo que no ha nacido, con lo que nunca nacerá. Es una fraternidad con cada detalle del mundo y una compasión por cada dolor del mundo.

La poesía no puede derribar a una dictadura, pero sin poesía no hay ninguna posibilidad de derribarla. Si los seres humanos no fuesen capaces de esa extrema delicadeza que es escribir poemas, la violencia sería lo natural, pero porque existen los poemas, la violencia, las matanzas, la tortura, los genocidios, son mucho más monstruosos. Porque si en lugar de torturar a alguien tenemos la posibilidad de tenderle una mano o de abrazarlo, el asesinato es más asesinato y el asesino más asesino.

El arte consiste también en poner frente a lo que es, lo que podría o debería ser. Una obra de arte no cambia un régimen, pero sintetiza todo el vigor del pueblo en el que surge. Si un pueblo se quedara sin arte, no tendría sueños, es decir, no tendría siquiera la posibilidad de cambiar.

Es imposible pensar cómo hubiera sido mi vida, casi inconcebible pensar otra vida, en mi caso, sin golpe de Estado, todo eso. Pero si el arte es una compensación a las cosas que te han hecho falta, tiene que ser una compensación desmesurada. Nos maltrató Pinochet, la dictadura, pero el arte va a compensar eso, pero peor y con todo. Tú respondes a tus heridas con toda la vehemencia y pasión de lo que puedas ser capaz.

Después del golpe yo me cambié de Valparaíso a Santiago, y en la situación en que vivíamos cambiarse de ciudad era como viajar a China. Uno perdía todo, perdía sus pocos referentes, quedaba virtualmente librado a su suerte. Yo empiezo a sentirme cada vez más obsesionado por la relación del arte y la vida, y me afirmo en aquello que todavía sostengo.

Se comienza a hablar como en las catacumbas y una serie de fronteras que separaban las distintas manifestaciones del arte, poesía, novela, artes visuales, pierden su vigencia porque la situación les afecta a todos. Eso hace que la primera etapa, a partir de 1976 o 1977 en concreto, las primeras manifestaciones con un significado un poco más rotundo en arte sean manifestaciones en las cuales no se nota, en primera instancia, la división radical de géneros, o sea, hay una situación compartida en la que ser pintor, ser cineasta, ser fotógrafo, ser escritor, es más o menos la misma cosa.

Primero, hay una necesidad básica de expresarse sea de la forma que sea, entonces se produce un fenómeno que es muy paradojal. Por ejemplo, los artistas visuales, partiendo de aspectos textuales, acuden cada vez más al texto dentro de lo que presentan, y los escritores asimismo acuden cada vez más a las imágenes visuales. Se produce todo un fenómeno de imbricación que yo diría que es lo que caracteriza prácticamente todas las manifestaciones más rotundas de arte en Chile después del golpe. Eso sería una primera etapa y emerge con una cierta virulencia, con una cierta energía, en la cual de inmediato se pasó a formular modelos estéticos, teóricos, artísticos, que tienen toda la inocencia y la fuerza de lo que se está recién entendiendo; que se pueden decir ciertas cosas, que es posible, y esto tiende también a absolutizarse. Se hace toda una estética de la ruptura de géneros.

El Goethe y el Instituto Chileno Francés jugaron un papel que merece la gratitud y el reconocimiento de todos los que lucharon contra la dictadura. Cuando repartí los manifiestos con Diamela Eltit se estaba realizando una exposición de artistas chilenos en homenaje a Goya, al Goya de los fusilamientos, lo que en ese contexto de terror en que nosotros vivíamos era algo en extremo riesgoso y significativo. En esa exposición conocí a Juan Castillo, por quien siempre he sentido una especial atracción, era el más auténtico de nosotros.