Mi manzana prohibida - María G. Chova - E-Book

Mi manzana prohibida E-Book

María G. Chova

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Beschreibung

¿Qué harías si, el día de tu cumpleaños, tu padre te presenta a tu supuesto hermanastro? ¿Y si él es tan atractivo que tu cuerpo responde nada más verlo? Virginia ha conseguido por fin la estabilidad que buscaba gracias a su esfuerzo, tesón y seriedad. Tiene un trabajo fijo como redactora en una buena empresa y acaba de comprarse su primer piso; cumpliendo así uno de sus grandes objetivos: ser independiente. Lucas es el perfil de chico que detesta: seductor, misterioso, impertinente y trabaja como modelo. Sus caminos no deberían cruzarse jamás. ¿O sí? Todo se abocará al desastre cuando su padre los presente  Lucas es un supuesto hijo del que nadie tenía constancia y con el que deberá compartir parte de su vida. El cúmulo de sentimientos contradictorios provocarán el continuo choque entre ellos, y harán que toda lógica se tambalee; complicando así una relación donde impera la incertidumbre de si pueden ser realmente hijos del mismo padre. ¿Lograrán superar esta complicada situación? ¡Lee esta intensa novela romántica ahora!!

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Seitenzahl: 340

Veröffentlichungsjahr: 2022

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María G. Chova

Mi manzana prohibida

© María G. Chova

© Kamadeva Editorial, febrero 2022

ISBN ePub: 978-84-124240-6-5

www.kamadevaeditorial.com

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Solo una persona será perfecta para acompañarte en tu rincón favorito.

Índice

Prólogo

1 Ácida sorpresa

2 Permíteme conocerte

3 Sal de mis sueños

4 Abrázame con fuerza

5 Tiempo de volar

6 Quiero más de ti

7 Corazón de cristal

8 Junto a mí

9 Nuevas experiencias

10 Es nuestro momento

11 El monstruo de los celos

12 Demasiado despacio

13 Y de postre… un antiácido

14 En terreno peligroso

15 Tuya para siempre

16 No aguanto más

17 No quiero perderte

18 Vivieron felices y comieron en el suelo

Epílogo

¿Quieres conocer un poco más a la autora?

Prólogo

Dicen que existe un momento especial que refuerza el vínculo entre padre e hija: acompañarla al altar el día de su boda, abrazarla y consolarla cuando sufre su primer desengaño amoroso o pasar horas compartiendo una misma afición.

Al menos eso es lo que comentan; sin embargo, nadie te avisa de que puede ser también un momento desagradable el que marque dicho vínculo para el resto de tu vida.

Intentaré ser más específica, no es que mi padre sea un mal hombre o un monstruo, es muy trabajador y amable, pero también estricto y riguroso con las normas, algo que me inculcó desde muy pequeña al ser su primogénita. Quizás por ello también me ha exigido siempre más que a cualquier otra persona, incluida mi hermano.

Precisamente por este motivo, cuando me citó en su despacho por mi veintiséis cumpleaños, justo cuando me independizo gracias a un trabajo prometedor y estable, esperaba un discurso sobre mi felicidad, temeridad, orgullo y una pizca de «no lo fastidies que yo no estaré siempre» para evitar endulzar demasiado el momento.

Pero no.

Me presentó la mayor y más desagradable de las sorpresas, quizás llamar a esa persona «sorpresa desagradable» sea impropio de una dama.

Ahm, no…, acabo de recordar que de dama tengo lo mismo que de pez y la palabra correcta para definirlo sería «bastardo».

1 Ácida sorpresa

La lluvia caía en forma de gotas gruesas, aunque no con la continuidad que obligaría a abrir un paraguas; el viento que comenzaba a adueñarse ferozmente de las calles no era demasiado frío, pero sí molesto, digno de una tarde de octubre.

Era un 31 con todas las decoraciones de Halloween que ello conllevaba y la muchacha que corría hacia el elegante portal de madera y mármol estaba encantada, aquella era su celebración favorita y, para colmo de felicidad, su cumpleaños.

Esquivó a un par de personas que huían de la lluvia, mostrando una sonrisa que no se borraba de su cara desde las diez de la mañana, algo inusual en ella. El viento revolvió su melena color rojo intenso, soltando algunos mechones de su larga trenza, y se ajustó la sudadera negra con murciélagos bordados antes de poner un pie en el portal del lujoso edificio.

—¡Nia, buenas tardes! —saludó la recepcionista con una sonrisa divertida— ¿Por qué no me sorprende verte correr como una loca bajo la lluvia?

La aludida se acercó a la mesa de caoba tras saludar a Miguel, el vigilante de seguridad.

—Buenas tardes, Violeta —sonrió—. ¿Cómo va la tarde?

—Tranquila —su sonrisa se volvió algo tensa—. Tu padre te espera.

Virginia se despidió con la mano antes de entrar en el ascensor con paredes cubiertas en madera pulida, tan antiguo como el imponente edificio. Le dedicó unos segundos de sus pensamientos a la amable Violeta, una mujer adorable y directa que estaba a punto de jubilarse y conocía cada detalle y vergüenza sobre la vida de cada uno de los empleados y directivos de la empresa. Por suerte, era la persona más leal que conocían y se agradecía tenerla en nómina.

Le extrañó aquella última sonrisa, no se le había escapado e inconscientemente le preocupaba.

Llegó al tercer piso casi sin darse cuenta y saludó a un par de personas antes de detenerse frente al despacho de su padre. Le sorprendió ver la puerta cerrada, no acostumbraba a dejarla así a no ser que tuviese una reunión o una llamada de índole delicado; también le extrañó que Francisco, asistente y amigo de su padre, la esquivase al verla en el pasillo.

—Pero ¿qué demonios? —arqueó una ceja y llamó a la puerta con los nudillos.

—Pasa.

Al abrir no solo encontró a su padre, sino también a un joven que parecía ser poco mayor que ella, con una bonita melena castaño oscuro que rozaba sus hombros y ojos de un penetrante gris acerado que daban la impresión de atravesarte y llegar hasta tus más íntimos deseos con un solo pestañeo. Él sonreía desde una de las sillas con cierto aire nervioso.

—Disculpad, vuelvo cuando acabéis —dijo ella.

—Entra, hija. Así os presento —resolvió Gonzalo con una sonrisa.

El desconocido se puso también en pie y esperó a que Virginia le diese a su padre un beso en la mejilla. Le pareció que eran muy similares en los rasgos, ambos severos hasta que sonreían, además, tenían la misma mirada inteligente salvo porque los ojos de su padre eran grises y los de ella castaños.

Gonzalo inclinó la cabeza para recibir el beso en la mejilla, tenía el cabello azabache veteado con canas perfectamente peinado hacia atrás, mientras que ella parecía orgullosa con su cabellera teñida de aquel vibrante color.

—Puedo esperar fuera, no tengo prisa.

—Tranquila, tú ponte cómoda —señaló con la mano al desconocido—. Te presento a Lucas —sonrió—. Ella es Virginia, mi primogénita.

La aludida le ofreció la mano para estrechársela y Lucas le devolvió el saludo con cierta sorpresa, estaba acostumbrado a que las mujeres se lanzasen a darle dos besos incluso antes de presentarse.

Virginia esperó a que su padre despachase al joven para hablar de un tema privado, pero le dio la impresión de que eso no iba a suceder.

—Siéntate, ¿quieres algo de beber?

Le extrañó el ofrecimiento, generalmente iban juntos a tomar algo en la cafetería de la esquina.

—No, gracias. Quiero ir a comprar unas cosas antes de que cierren las tiendas, por eso venía con cierta prisa.

—¿Tan urgente es?

—Golosinas —respondió ella con una espléndida sonrisa—. ¡Es Halloween!

Verla tan animada le partió el corazón a Lucas, esperaba que Gonzalo pospusiera la noticia que tenía que darle. Ella parecía tan natural y emocionada con la celebración que sintió una pequeña presión en el pecho; sabía lo que desataría la imponente verdad que su padre debía contarle.

—Será mejor que vuelva otro día —opinó el joven mientras hacía amago de levantarse.

—No te preocupes, seré breve.

Gonzalo se puso en pie cuando le vio sentarse de nuevo para dominar la situación como si de una reunión entre directivos se tratase. Medía metro ochenta y con sus facciones varoniles, aunque severas, resultaba un hombre muy atractivo a sus cincuenta y tres años. Virginia comenzó a preocuparse porque aquello no le daba muy buena impresión y empeoró cuando Lucas esquivó su mirada en el momento en que ella ladeó la cabeza para interrogarle en silencio.

—Me estás dando mal rollo —se sinceró la joven.

—Deja que te prepare el terreno, ten paciencia.

Aquello fue lo que le erizó la piel, si se dirigía a ella en aquellos términos es que el resultado iba a ser desagradable. Una hecatombe de dimensiones inimaginables.

—Os hemos contado muchas veces a tu hermano y a ti que, a vuestra edad la vida no era igual ni los valores los mismos —comenzó—. El noviazgo duraba hasta una década y tampoco estaba bien visto que los novios viviesen juntos o se fuesen a solas más de un día antes del matrimonio.

Virginia arqueó una ceja, aquello se escapaba a su comprensión. ¿A dónde quería llegar su padre con tanto rodeo?

—Yo os quiero mucho, tanto a vosotros como a vuestra madre…

La muchacha sucumbió a sus nervios y espetó:

—¿Estáis liados?

Lucas casi se atragantó con su saliva y su padre dio un golpe en la mesa. El joven tenía razón al pensar que aquella muchacha era natural y, en otras circunstancias, le habría resultado hasta interesante y graciosa.

—¡Déjate de tonterías y escúchame, esto es serio! —alzó la voz.

Gonzalo carraspeó antes de proseguir.

Ninguno de los dos entendía por qué gritaba, aunque Virginia estaba acostumbrada a que atajasen sus opiniones o respuestas de manera tan brusca.

—Siendo joven puedes sentir ciertas tentaciones que te son negadas por temor a la represión social y encuentras un día la oportunidad de tomar la vía de escape —miró a Lucas—, no te ofendas.

El cerebro de la joven comenzó a atar cabos y un nudo iba presionando su pecho. El hombre la vio fruncir el ceño y borrar gradualmente su sonrisa. Iba a estallar en cólera y lo peor sería el resultado en su casa.

—Lo que quiero decirte es que, trabajando con tu abuelo, conocí a Laura y tuvimos una aventura mientras salía con tu madre —tragó saliva al ver que su hija comenzaba a mostrarse inexpresiva—. Fue un fin de semana, pero ella se quedó embarazada de Lucas —suspiró—; él es tu hermano.

Gonzalo guardó silencio y esperó una reacción por parte de Virginia. Ella se limitó a colocarse bien la sudadera tras ponerse en pie y dirigirse a la puerta en un absoluto mutismo. Si tenía que ser sincera consigo misma, sabía de antemano que la reunión con su padre no sería halagüeña, pero ¿un hermano? ¡Esto se salía de madre!

Un frío intenso se apoderó de cada centímetro de su pequeño cuerpo, estaba moviéndose como un autómata porque no sabía qué decir. Gonzalo no parecía darse cuenta del dolor que acababa de provocarle a su hija y ella no aprendía de los errores de su progenitor que tendía a tirar por tierra cualquier instante de felicidad.

—¿Estás bien? —le preguntó Lucas con la voz teñida de preocupación.

—No oses dirigirte a mí, bastardo —espetó ella con frialdad antes de salir dando un portazo.

Salió del edificio sin despedirse y evitando todo contacto visual con el resto de los trabajadores. Tenía ganas de llorar y gritar, de encerrarse en su habitación y no salir jamás; creía, más bien, tenía la vaga esperanza de que la felicitaría por su contrato fijo como redactora en una revista y por haber conseguido su propio piso. De que, por primera vez en sus veintiséis años, le diría que estaba orgulloso de ella.

¡Qué estúpida había sido!

Mientras tanto, en el despacho de Gonzalo, Lucas se sintió molesto y a la vez desolado. Comprendía que ella estuviese enfadada, pero no tenía ningún derecho a hablarle de aquel modo.

—No ha ido tan mal —opinó el ejecutivo antes de sacar un cigarrillo y dirigirse a la zona de fumadores—. Voy a fumar, ¿te quedas un rato más o te pido un taxi?

—¿Que no ha ido tan mal? —y alzó la voz, repitiendo— ¿Que no ha ido tan mal? ¿Pero tú te has dado cuenta de cómo se lo ha tomado?

Su padre sonrió.

—Te ha hablado. Mal, pero lo ha hecho. Si se hubiese ido ignorándote habría sido señal de que estarías muerto para ella —se despidió con la mano mientras se iba hacia el ascensor—. Suerte mañana en la sesión de fotos.

Lucas necesitó unos minutos para calmarse antes de volver a su casa y prepararse para la sesión de fotos de la temporada otoño-invierno. Era su primer trabajo como modelo después de hacer algún papel pequeño de teatro y quería estar fresco y descansado.

Por su parte, Virginia se centró en cargar con bolsas de comida temática y golosinas. Su móvil sonó varias veces, pero decidió ignorarlo hasta volver a su nuevo hogar, allí al menos no se encontraría a nadie de la familia.

Escribió un mensaje a un grupo para avisarles de que no iría a la fiesta de disfraces y se sintió peor cuando los integrantes parecieron hasta satisfechos por ello. Con tanto llorar aquella noche sabía que el dolor de cabeza de la mañana siguiente sería inmenso.

2 Permíteme conocerte

Aquella mañana, el tiempo parecía mostrarse del mismo color que el humor de Virginia. Las nubes aceradas cubrían el cielo y de fondo se escuchaban truenos que precederían a una tormenta en pocas horas.

La noche anterior había recibido un par de mensajes de su padre preguntándole por qué había pasado la noche en su piso nuevo en lugar del hogar familiar; sabía que había dormido en el sofá puesto que no estaba previsto que recibiese las camas hasta dos días más tarde. Tan solo le contestó a la pregunta de si le contaría algo de aquello a su madre, cuya respuesta fue: «ocúpate tú. Es tu problema, no el mío».

Después de aquello se había quedado dormida.

A pesar de que aquel día era festivo, tenía la obligación de ir a terminar unos artículos con urgencia. Al parecer podían enviarse todos al mismo tiempo y así su supervisora finalizaba su jornada a mediodía y los dos días siguientes podría tenerlos libres. La joven frunció el ceño, se notaba como aquella mujer se aprovechaba del cargo.

Cuando llegó a la oficina vio que los de seguridad se apostaban tras las puertas porque un grupo de chiquillas intentaban entrar con fotos en las manos para que se las dedicasen. En aquel momento entendió el empeño de su supervisora por trabajar aquel día, seguramente estaría allí dentro algún joven modelo y así tenía una excusa para poder revolotear por las secciones que quisiera.

—Buenos días, chicos —saludó al entrar tras cierto esfuerzo a base de codazos—. Hoy tenéis trabajo.

—Hugo ha tenido que ir incluso a vigilar la parte trasera —dijo el más veterano. Un hombre de piel oscura y metro noventa que imponía con su sola presencia hasta que sonreía con aquella dulzura que le caracterizaba.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Famoso?

Los dos vigilantes rieron.

—No demasiado, pero sabes que cualquiera con una foto pública tiene fans hoy en día —y añadió—. Tienes un aspecto horrible, ¿mucha fiesta anoche?

—Migraña y en casa.

—Qué putada —dijo el otro, cuyas ojeras sí que denotaban que se había ido de marcha la noche anterior.

El veterano palmeó su hombro.

—Ten buen día entonces.

—Lo mismo digo, suerte con esas locas.

Virginia fue directa a su pequeña pero acogedora oficina y dejó caer su bolso sobre la mesa antes de encender el ordenador.

Se sobresaltó cuando Ingrid, una de las secretarias de la planta donde trabajaba, entró dando gritos y saltitos.

—¡Está para comérselo! ¿Le has visto?

La aludida se fijó en la rubia de pintalabios y uñas rosa intenso antes de negar con la cabeza.

—Es adorable, ¡ven conmigo a verle!

Virginia se dejó caer sobre la silla, hastiada.

—Ingrid, todos los modelos que vienen aquí son iguales, con poco talento y el ego por las nubes.

La rubia taconeó hasta llegar a su lado y tirar del brazo de su compañera para obligarla a ir con ella.

—¡Merece la pena! —insistió— ¡Vaaaamos!

Virginia se dejó llevar mientras pensaba en los quince correos que tenía por leer y los artículos que debía redactar, sin contar los que tenía pendientes en el dosier para aquella mañana. Ingrid iba todo lo rápido que le permitían sus altísimos tacones color crema a juego con una ajustada camiseta de tirantes color champán y espalda al aire que poco dejaba a la imaginación.

—Además —habló apresuradamente por la emoción—, en la entrevista ha dicho que tiene debilidad por las rubias.

Su compañera puso los ojos en blanco y no se sorprendió al ver a una treintena de personas dando vueltas por aquella sala. Un hombre gritaba que los complementos no estaban en su cajón y la maquilladora se movía con lentitud para estar cerca del modelo el máximo tiempo que fuese posible.

—A ver, veamos a tu nuevo amor platónico… —dijo con desgana.

Hasta que vio al modelo.

Piel nívea, aspecto juvenil a sus treinta años, cabello castaño a la altura de los hombros, cuerpo atlético natural y una sonrisa dulce que escondía pura picardía. Era una bomba luminosa, tan atrayente como peligrosa para alguien como ella y un deseable bombón dulce que los demás querían degustar.

Jamás olvidaría cómo la miró cuando se dio la vuelta para que el estilista le colocase bien una bufanda, sus ojos grises albergaban el rencor de la tarde anterior y la atravesaron de tal manera que un escalofrío recorrió su espina dorsal.

—Mierda — musitó Virginia.

—¿A qué es…? —Ingrid se detuvo y les observó a ambos— ¿Qué pasa? —alzó las cejas perfectamente delineadas— ¿Os conocéis?

Ella negó con la cabeza antes de marcharse, lo que le faltaba para amargar su día era encontrarse al hijo bastardo que su padre tuvo en un caprichoso fin de semana. Entró de nuevo en su despacho y, completamente descentrada, se dejó caer de nuevo en la silla haciendo que crujiese del golpe seco. Imaginaba que volvería a verle, su padre se encargaría de ello, pero aquello le pareció una sucia treta; agachó la cabeza hasta dejar la frente sobre la mesa de madera y suspiró.

En aquel momento se abrió la puerta de cristal y Virginia habló sin despegar la frente de la mesa.

—No te lo voy a presentar, Ingrid.

La voz masculina, seductora a pesar de mostrar la seriedad que le embargaba, sobresaltó sus sentidos.

—Soy yo.

La redactora alzó la cabeza sin saber muy bien qué decir o cómo reaccionar, al fin y al cabo, estaba en el trabajo y las paredes tenían oídos.

—¿Qué quieres? —inquirió en un intento de recuperar su seriedad.

Lucas fue directo al grano. No había podido dormir bien por culpa de aquel encuentro y, por alguna razón, tampoco era capaz de quitarse aquellos ojos avellana de la cabeza ni la furia con la que le habían mirado al marcharse de la oficina. Sabía que ella no se merecía que le diesen una noticia de tal calibre con la misma facilidad que se ponía una vacuna, pero él tampoco era culpable de que Gonzalo tuviese el mismo tacto que una lija frotada en las pelotas.

—Yo no tengo la culpa de lo que ocurrió y no voy a tolerar que por ello me llames bastardo.

Ella asintió.

—¿Algo más?

—¿Te hice algo malo?

Virginia puso cara de evidencia y él se exasperó. No sabía si es que era cabezota o simplemente maleducada y borde.

—No sé por qué me molesto.

—Ya somos dos.

Lucas iba a añadir algo más cuando una segunda voz femenina le recomendó callar desde la puerta de cristal del despacho.

—Es borde y terca, aprovecha cuando tenga a mano algo dulce. Con la boca llena de chocolate no se queja —bromeó.

Virginia se puso en pie de un salto.

—¡Ingrid! —exclamó furiosa— ¡Esto es una conversación privada!

La secretaria se internó en la sala, encogiéndose de hombros.

—Azucena sube en el ascensor buscando al «terroncito de azúcar» y, como vi que estaba aquí, quise avisarte.

—¿Terroncito de azúcar? —preguntó él.

Virginia se cubrió la cara con ambas manos, aquello era un desastre que tensaba hasta la última fibra relajada de su cuerpo.

—Ve y dile que se ha perdido de camino al baño y que en un minuto está de vuelta —respondió suavizando el tono—. Pero que no entre aquí o la defenestro.

Ingrid frunció el ceño, algunas veces parecía que su compañera hablaba en otro idioma.

—La tiro por la ventana —aclaró con desgana.

La rubia asintió, acercándose a Lucas antes de marcharse. No se le había pasado por alto que ambos estaban a solas y aquel ejemplar masculino era un regalo para los sentidos, tuvo que hacer un esfuerzo por no saltarle encima y comérselo allí mismo. Aunque ganas no le faltaban.

—Por cierto, soy Ingrid —se acercó para besarle sendas mejillas—. ¡Un placer!

La redactora le dedicó una mirada, alertándola de que se esfumase antes de que se le agotase la paciencia. Cuando volvieron a quedarse a solas, le observó.

—¿Qué quieres?

—Gonzalo dice que sería buena idea que nos llevásemos bien.

—¿Gonzalo?

—¿Quieres que le llame «papá» en tu presencia?

Ella suspiró sonoramente.

—¿Por qué?

—Porque ahora solo me queda él y cree que con el tiempo puedo integrarme. Sé que es mala idea, pero sabe que la familia materna me repudió incluso antes de nacer.

Ambos se miraron fijamente a los ojos y Lucas desistió.

—No importa, no es tu problema y lo entiendo —aceptó, dispuesto a marcharse.

Virginia suspiró. Verle dándole la espalda con aire derrotado atravesó el blindaje que formaba su coraza. En el fondo tenía razón y no era culpable de que su padre no hubiese sabido mantener el pajarito en la jaula; sacó un pósit del cajón y cogió un boli.

—Espera… —musitó y anotó algo en el pequeño papel color azul cielo.

Lucas se detuvo con la mirada claramente esperanzada.

—Este es mi número. Si quieres hablaremos cuando salga de trabajar —y añadió con terquedad—. Pero te aviso, no voy a ceder.

Él aceptó el papel mostrando una tierna, aunque insegura, sonrisa, antes de volver a la sesión de fotos. Virginia le dio un par de vueltas al tema antes de centrar su atención en el trabajo.

No había terminado de leer el primer correo cuando Ingrid volvió al despacho eufórica para enterarse de qué se conocían; no soportaba aquellas constantes interrupciones.

La redactora vio la curiosidad bailando en sus ojos azules y dejó el trabajo a un lado.

—¿Y bien? —Ingrid parecía inquieta.

—No quiero hablar de ello.

—¿Es amigo tuyo? —preguntó, sentándose en el borde de la mesa para estar más cerca y darle un toque en el hombro—. ¿Es un ligue de Halloween? ¿Un polvete de una noche con el que te reencuentras? —inquirió emocionada, a sabiendas de que era imposible.

Virginia se frotó el puente de la nariz, agotada. Ingrid le parecía una buena chica, aunque un poco atolondrada y, para su infinita desesperación, demasiado positiva y enérgica.

—Antes de que sigas sacando conclusiones descabelladas, anoche no salí de fiesta.

—¿Y la fiesta de cumpleaños?

—La celebraron sin mí, tampoco es que les importase mucho porque ni preguntaron —añadió restándole importancia.

Ingrid hinchó las mejillas, indignada.

—Qué cabrones.

—Conocí a Lucas —carraspeó—, quiero decir, al modelo, cuando me reuní con mi padre —omitió los detalles privados por si acaso—; la cuestión es que se centró en él porque es amigo de la familia y mi contrato fijo tuvo la misma importancia que el papel del baño.

Ingrid espetó una de sus míticas ocurrencias para quitarle hierro al asunto:

—Lo creas o no, el papel del baño cumple una importante función —opinó la secretaria con dignidad.

Virginia tuvo que admitir que era una gran respuesta y no pudo evitar sonreír.

—Parece que lo he pagado con el pobre hombre y no tiene culpa.

—A veces eres un poco bruta.

—¿A veces?

Ingrid sonrió con franqueza.

—Siempre. Deberías ser menos brusca y negativa, en el fondo sé que eres un tierno y dulce pastelito de nata.

Virginia fingió no estar de acuerdo, hasta que algo que había comentado su compañera hacía un rato volvió a su mente.

—¿La asaltacunas ha vuelto al ataque?

—¿Importa? El chico tiene treinta años, aunque no los aparente.

—Y ella cincuenta y cuatro, pero no es el punto. Importa si se ha fijado en él —se puso seria y puntualizó—, esta vez al menos.

Ingrid asintió.

—Ha copiado sus datos del portafolio, se le caía la baba con él.

—Gracias por el aviso.

La sesión de fotos se alargó bastante y Virginia se dio cuenta de que había finalizado porque su supervisora volvía a pasearse entre los despachos exigiendo resultados. Por suerte, la joven le presentó el trabajo acabado una vez la vio tras la puerta de cristal.

—Bueno, tampoco importaba que te mataras con esto porque vas a dejar los artículos de ciencias.

La aludida arqueó una ceja.

—¿Por qué? ¿Qué hice mal?

—Según el jefe nada, pero nadie lee estas cosas aburridas. Somos una revista de moda y belleza. Lo más in —mostró aires de suficiencia—, pura sensación.

Virginia susurró:

—Para una cosa inteligente que incluye.

—¿Qué? —Azucena la miraba con altanería.

—Nada, nada. ¿Pero qué hago entonces?

Azucena parecía molesta, no por perder a una redactora, sino porque habría una persona menos en la que descargar sus tonterías. La señaló con uno de sus dedos de largas uñas pintadas de fucsia.

—Vas a ocuparte de la sección del corazón.

Virginia palideció, quedándose con la boca abierta tanto tiempo que Ingrid se levantó de su mesa del pasillo y le llevó un vaso de agua. Acto seguido le cerró la boca y dio unas palmaditas en la espalda para que reaccionase.

—¿Me envías a la prensa rosa?

—¡Dios, no! —exclamó Azucena— ¡Nos llevarías de juicio en juicio por agresión!

Ingrid y Virginia se miraron, tenían las mismas ganas de lanzar por la ventana a la supervisora.

—Quiero que te ocupes de la sección «Señora Corazón», ya sabes, hacer un artículo de opinión sobre un tema sentimental cada dos semanas para la revista y responder por carta o email todas las dudas que envíen nuestras lectoras.

—¿Yo?

—¿Ella? —la rubia comenzó a reír— Perdón, perdón —. Se disculpó, cubriéndose la boca con una mano para ahogar las risas.

Virginia negó con la cabeza.

—Será un desastre.

—Lo sé, pero eres la única mujer disponible —dijo con cinismo—. Y es eso o te vas a la calle.

La redactora frunció el ceño.

—Jacobo está en su despacho, puedes ir a firmar la dimisión cuando quieras —señaló a baja voz y con malicia.

Virginia se puso en pie, roja de cólera y decidió ir a hablar directamente con el director de la revista. No volvió a mirar atrás, dejando a Azucena con una sonrisa de triunfo en sus estrafalarios labios rosa oscuro.

Su supervisora era una mujer que se teñía el pelo con un negro mate, cortado justo por debajo del lóbulo de las orejas, combinación que endurecía sus facciones. Se pintaba los labios con colores oscuros e intensos que le hacían parecer más una muñeca grotesca que una femme fatale y vestía ropa que parecía un par de tallas más pequeña de lo que le correspondía y marcaba cada imperfección.

Al tocar la puerta con brusquedad se arrepintió, quizás Ingrid tenía razón y debía tomarse las cosas con más calma.

—Pasa —dijo una voz masculina en el interior.

Ella se asomó y vio a un hombre de unos cuarenta con pelo oscuro y barba bien cortada que sonreía tras su enorme mesa de nogal.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarte?

—Acaban de informarme de que iré a la sección del corazón y me preguntaba si podría informarme alguien de cómo funciona exactamente.

Él la invitó a sentarse con un gesto.

—Gertrudis te informará de todo, era la secretaria de Lola, pero se quedará un día más para recoger sus cosas.

La joven alzó las cejas.

—¿Así que el puesto de secretaria estará también vacante?

—Sí, de hecho, mañana le pediré a Andrea que redacte unas ofertas de trabajo. Necesitamos a alguien de máxima confianza para ese puesto.

La muchacha sonrió.

—Si me lo permite, tengo a la persona perfecta para ese puesto. Trabaja como secretaria en el mismo piso que yo.

Jacobo se mantuvo pensativo unos segundos.

—Ah sí, la chica de los recados que tiene Azucena —miró a Virginia con interés—. ¿Quieres que la traslade contigo? Me sería mucho más fácil encontrar a alguien para su puesto.

—Sería perfecta para ello, señor —y añadió—. Es educada, simpática, trabajadora y muy profesional; de total confianza.

Él asintió.

—Llámame Jacobo —marcó un número y habló con jovialidad—. Gertru, mañana tendrás a tu relevo en el despacho, a las nueve —colgó y marcó otra extensión—. Andrea, haz otro traslado para el puesto de Gertrudis, el nombre es Ingrid Sánchez. Dile también que venga a mi despacho.

Una vez colgó dirigió de nuevo su atención a Virginia.

—A las ocho y media ven a firmar el traslado y subes al tercer piso, Gertru te atenderá.

—Gracias y hasta mañana.

Virginia le estrechó la mano y fue a buscar su bolso para volver a casa, de camino se cruzó con Ingrid; su compañera estaba pálida y nerviosa.

—Azucena me ha dicho que me despiden, ¿es cierto?

—No te emociones —susurró cerca de ella—, pero te trasladan conmigo.

Los ojos azules brillaron de alegría.

—¿De verdad? ¡Mil gracias!

La redactora vio a su nueva secretaria taconear con decisión hacia el despacho del director. Se alegraba de haber hecho lo correcto o al menos eso esperaba, no tuvo tiempo de preocuparse demasiado porque le llegó un mensaje de Lucas pidiéndole que cenase con él.

Le dijo un sitio cercano a su casa y, cuando llegó la hora, pidió un taxi, ya que la tormenta había comenzado a mediodía y empeorado a lo largo del día.

Al llegar al restaurante vio bajar a Lucas de un deportivo azul eléctrico precioso y arrebujarse en su gabardina gris oscuro con elegancia. Realmente tenía un porte muy atractivo. Un par de personas que corrían bajo sus paraguas se giraron para mirarle.

—Gracias por aceptar —le dijo al llegar a su lado.

Ella asintió y entró, después pidió mesa para dos y aprovechó los minutos antes de que les atendiesen para advertirle sobre Azucena.

—Le van todos los modelos que pasan por la revista y para tener más de cincuenta años se comporta como una de quince; te lo comento por si empieza a llamarte o te propone algún plan.

—Me di cuenta, tranquila. Además, tengo dos móviles y, cuando finalizo un trabajo, me quedo solo con el número del coordinador o director —sonrió—. De todos modos, gracias.

—No tienes por qué darlas.

En un par de segundos una chica vestida con pantalones y chaleco negros sobre una escotada camisa blanca se acercó para acompañarlos hasta su mesa. A Virginia no se le pasó por alto el movimiento de pelo para llamar la atención de Lucas con aquel poco sutil coqueteo ni como él no pareció darse cuenta, Virginia carraspeó para que la camarera se centrase.

—Agua y cavatappi con salsa carbonara. Gracias.

—Lo mismo —convino él con una sonrisa.

La camarera le miró embelesada y después de que se diese cuenta de que Virginia la observaba con cara de «puedes irte», se marchó con gesto ufano.

—Creo que alguien escupirá en mi plato.

Al ver que ella no añadía nada más, él comenzó a hablar de su trabajo. Aquella mujer le ponía nervioso y no estaba acostumbrado a ello, tenía algo con lo que no solía cruzarse y temía dar un paso en falso.

—Mañana tengo una audición para una serie de televisión, a ver si hay suerte. Hasta ahora solo he hecho alguna aparición en teatro y el de hoy ha sido mi primero encargo como modelo, así que…

Guardó silencio al comprobar que ella no le estaba escuchando.

—Lo siento, cuando estoy nervioso no puedo dejar de hablar.

Virginia se sonrojó, su mente se había evadido sin darse cuenta.

—Perdón, recordaba lo de ayer.

—¿El qué exactamente? ¿Hay algo que quieras saber?

—No lo sé, no sé si quiero saberlo todo o nada, e incluso si debería tratar contigo o repudiarte y contarlo en casa —desvió su mirada—. Aunque tampoco es que quiera llamar a mi madre y hablarle de esto.

La camarera volvió en aquel momento y dejó el plato de Virginia con una brusquedad poco profesional antes de dejar el de Lucas con un guiño y una nota con el número de teléfono bajo el vaso. La joven se sorprendió ante la falta de sutileza y, sin decir nada comenzó a comer.

Lucas dio un trago a su vaso de agua y decidió dar el primer paso.

—Cuando mi madre se quedó embarazada ni siquiera sabía quién era el padre hasta que sacamos cuentas. En aquel momento yo tenía quince años y mis propias preguntas —suspiró—. La familia materna la rechazó mucho antes de tenerme y eso no me ayudó, así que, por curiosidad, comencé a hacer mis propias indagaciones y encontré a mi supuesto padre —la miró con cautela—. Si me permites llamarle así.

Ella asintió.

—Si lo es, estás en tu derecho de llamarle de ese modo.

—Te lo agradezco —retomó la historia, aunque los recuerdos atravesaban su alma como un hierro ardiendo—. Hace diez años, cuando cumplí los veinte, me enteré de que ese hombre me había estado pasando una pensión que mi madre se gastaba en drogas y falsos videntes. Como era algo que hacía por propia voluntad y se enteró de que yo no recibía un solo céntimo, dejó de enviarle sobres y ella amenazó con contarlo todo si no le seguía suministrando dinero para sus vicios.

Virginia comenzó a sentir que le ardían las mejillas de la indignación. Recordaba que hubo una época en la que no se podía tener muchos gastos extra, pero su padre dijo que era por recortes en la empresa.

—En ese momento fue cuando tuve el valor de hablar con él y me ofreció recuperar el tiempo perdido, además de ayuda en lo que necesitase. Era agradable estar con alguien que me cuidase. Es más, le conté que tenía mi propio trabajo como camarero y no me hacía falta dinero para mis gastos y estudios —su mirada se ensombreció—. Ella se enteró de todo cuando volví a casa. Aquella misma noche desapareció.

—¿Cómo que desapareció?

—Me dijo que era un traidor que le había arruinado la vida y que lo único que me salvaba era conseguir el dinero fácil a base de dar pena. Me abandonó, se marchó con un tipo en una furgoneta y no volví a saber de ella.

Aprovecharon para darse un respiro mientras cenaban, él necesitaba calmarse y ella asimilarlo todo.

En el campo de sentir empatía Virginia era bastante simple, todo pasaba del blanco al negro y nada tenía matices grises. Si alguien le caía bien y lo fastidiaba ya no había vuelta atrás y si, desde un principio no le agradaba; bueno, no tenía nada que hacer en tal caso.

Analizó a Lucas durante un buen rato y no sacó conclusión positiva, primero su hermano pequeño era un malcriado por sus ataques de histeria al negarle algo y ahora tenía que competir también con un desconocido que buscaba cariño.

Para ella fue el colmo. Tenía estudios, trabajo fijo, su propio piso, no tomaba drogas ni hacía alusiones a una vida alocada, era leal y siempre estaba dispuesta a echar una mano. Lo único que recibía a cambio eran más golpes sentimentales.

—Te seré sincera —dijo al terminar su plato—; yo no soy la hermana, el paño de lágrimas o la paloma mensajera de nadie. Hace mucho que no me molesto en echarle una mano a alguien porque al fin y al cabo te la muerden —exhaló un suspiro—. Lamento lo que te ha ocurrido y no me interpondré entre vosotros, tampoco le contaré esto a nadie…

Lucas intuyó lo que escondían aquellas palabras y la interrumpió.

—Pero no quieres saber nada.

—Exacto —le dedicó una mirada fría, larga y seria—. No quiero tener nada que ver con la familia en general.

Se puso en pie con más tensión de la que quería demostrar.

—No te ofendas, no es personal —se acercó a la barra para pagar la cuenta y al volver añadió—. Si me disculpas, tengo trabajo en casa.

—Gracias por tu tiempo de todos modos —respondió él con cierta confusión.

Al verla marchar sintió un extraño vacío. Era tal y como Gonzalo la había descrito, por desgracia, Lucas desconocía el motivo de por qué se aferraba a aquella coraza de severidad y despotismo.

Tenía que admitir que le sorprendía que al menos hubiese tomado un plato con él sin discutir, a pesar de cerrarle las puertas como pariente. Al salir del restaurante volvió en su flamante deportivo azul a su fría, austera y endemoniadamente solitaria casa.

3 Sal de mis sueños

Aquella mañana volvió a haber tormenta y un aire terrible. Para Virginia la lluvia era agradable, pero el fuerte viento no tanto, ya que era molesto ir bajo un paraguas que se doblaba e incluso se rompía en una ráfaga. Tampoco ayudaba el hecho de no haber dormido bien.

Por pura inercia, echó un vistazo al móvil la noche anterior antes de dormirse y tenía múltiples quejas —aunque por diferentes motivos— de sus padres y de su supuesto grupo de amigos; no obstante, eran los profundos y tristes ojos de su hermanastro los que evitaban que conciliase el sueño. Definitivamente, había algo en él que la alteraba.

Intentó pensar en su nuevo puesto de trabajo mientras desayunaba, pero tampoco ayudaban los nervios previos al primer día como consejera del corazón, además ¿de qué iba a aconsejar ella?

Tenía una familia, amigos y conocidos extraños en exceso, no obstante, se le escapaba lo más importante: las relaciones amorosas. Jamás había tenido un romance, un amigo especial, un tonteo; ni siquiera le habían dado su primer beso. No le disgustaba, era solo que ¿cómo iba a tener criterio para responder a las cartas?

Cuando quiso darse cuenta ya era hora de vestirse para ir a la oficina. No le apetecía arreglarse demasiado, en su vida cotidiana no lo hacía y, ahora que tampoco trabajaría presentando los artículos al resto de jefes y encargados, no tenía obligación.

Se recogió el pelo rojizo en una trenza y, como único maquillaje, se puso un poco de gloss y sombra de ojos violácea. Vaqueros oscuros, botas negras de agua y una camiseta azul oscuro cuyas mangas llegaban hasta el codo iban a ser su atuendo. Antes de salir de casa, se ajustó su sudadera negra favorita.

Mientras bajaba las escaleras hacia el portal barruntaba en su cabeza si sería mejor tomar el autobús o pedir un taxi. La idea se esfumó cuando vio el deportivo azul aparcado frente a la puerta.

—Maldita sea —refunfuñó.

Cuando vio a Lucas sonreír e invitarla a subir con un gesto, se lo pensó dos veces antes de aceptar. ¿Aquel chico no tenía nada mejor que hacer que aparecer hasta en sus sueños?

—Dime que es casualidad que estés aquí.

—Mmmm, no.

—Así que te acuestas con alguien del edificio.

Él rio. Desde luego, la joven soltaba lo primero que se le venía a la cabeza y, en cierto modo, le resultó adorable y refrescante, significaba que no tenía segundas intenciones.

—¿Te llevo al trabajo?

—¿Por qué? —inquirió ella con el ceño fruncido.

—¿A qué te refieres? —preguntó él con falsa inocencia.

Virginia bufó, se subió al coche y se puso el cinturón de seguridad.

—Arranca, así discutimos por el camino y no llego tarde.

—¡Qué práctica! —sonrió.

La risa masculina era fresca, sincera. Salvo Ingrid, no conocía a nadie que sonriese de aquella manera; tampoco a ningún hombre que, cuando lo hiciese, erizase el vello de sus brazos de manera placentera. Arrugó la nariz, menudo pensamiento más tonto había tenido.

—Bien —comenzó ella cuando el coche comenzó a moverse—, ¿por qué estabas frente a mi casa?

—Me preguntas por qué te esperaba.

—No soy tan ególatra.

—¿Sabes? —fijó su mirada en el resto del tráfico— Estás más guapa así vestida que como una señorita de oficina.

Virginia tiró de la capucha hasta que esta prácticamente le cubrió la nariz. Lucas la estaba sacando de quicio.

—Escucha, anoche le estuve dando vueltas y hablé con nuestro padre.

—Lo sé, me llamó ingrata y antipática como poco —respondió con voz gruñona.

—¿Eso hizo? —preguntó sorprendido mientras se detenía ante un semáforo en rojo— No es justo.

—La vida no lo es.

Él la miró y sonrió al ver que parecía una niña enfurruñada bajo aquella capucha, más que una mujer hecha y derecha. Era un poco rara, pero graciosa.

—Escucha, entiendo y acepto que no quieras inmiscuirte en esta situación, pero, por extraño que te parezca, quiero ser tu amigo.

Ella alzó la cabeza y sus ojos quedaron a la vista.

—¿Por qué?

—No lo sé —admitió encogiéndose de hombros.

—Menuda pérdida de tiempo.

Él inspiró hondo, comenzaba a sentirse estúpido por haberlo intentado dos veces. Empezó a pensar que realmente no había nada más en ella que rencor hacia el mundo y una piedra por corazón.