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Noche del 18 de julio de 1936. Arde Barcelona. Los Moncalvi, una familia italiana propietaria de una de las delicatessen más reconocidas de la ciudad, se encuentra en una encrucijada: intentar sobrevivir en una ciudad en guerra o escapar a Italia dejando atrás el esfuerzo de largos años de trabajo. La epopeya de la familia Moncalvi la narrará "Gutin", el menor de los hermanos (y padre del autor). Sus ojos soñadores contemplarán las maravillas de Génova, de la villa que les sirve de refugio y del encanto de la vida en el campo... Y también de una chica de rizos negros, a quien no logra decir lo que realmente siente. El pequeño Edén pronto será arrasado por los vientos de la Segunda Guerra Mundial, que parece empeñada en separar a la familia y acabar con todos los sueños del corazón.
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Seitenzahl: 448
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Mi nombre en el viento
Historia de la familia Moncalvi
Alessandro Rivali
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2023 by Mondadori Libri S.p.A. Milano
© 2024 de la versión española traducida por Martín Docampo
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
www.rialp.com
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6804-8
ISBN (edición digital): 978-84-321-6805-5
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6806-2
ISNI: 0000 0001 0725 313X
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A mi padre Augusto Rivali
(Barcelona, 1930 – Génova, 2023)
«Y Johnny entró en el hielo y la oscuridad, en la corriente del viento. El acero de las armas le quemaba las manos, el viento le empujaba desde atrás con mano inquebrantable y defenestradora, sus pies bailaban peligrosamente sobre el hielo afilado. Pero lo amaba todo, la noche y el viento, la oscuridad y el hielo, y la lejanía y mezquindad de su destino, pues todos eran atributos vitales y solemnes de la libertad».
Beppe Fenoglio, El partisano Johnny
Prólogo
1. Insomnio negro
2. Barcelona arde
3. La guerra en casa
4. La encrucijada
5. Escapar de la ciudad
6. En alta mar
7. Un tío aventurero
8. La casa de las maravillas
9. Rosso
10. En la ciudad de los muertos
11. La magia de los soldados de juguete
12. Margherita
13. Exvoto y ravioli
14. La villa de los Moncalvi
15. La vida en el bosque
16. Ada y la nieve
17. Un amor inesperado
18. Los sueños de una niña
19. En la escuela
20. Bombas sobre Génova
21. Rizos negros y pintalabios
22. La elección
23. Bloqueo
24. La Benedicta
25. Amores perdidos
26. El último invierno de la guerra
27. Una chica en la tormenta
28. En el Tobbio
Epílogo
Agradecimientos
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Índice
Comenzar a leer
Agradecimientos
Notas
En mi familia, el luto siempre ha venido precedido de pesadillas. Con dos o tres días de diferencia.
Cada uno tenía su manera de ver venir a los muertos. Mamá, cuando soñaba con un búho posado en el plátano; papá, cuando soñaba que perdía los dientes; yo, cuando veía serpientes.
Soñar era una de nuestras señas de identidad, de los Moncalvi, como el lóbulo grande de la oreja, la desconfianza hacia las mujeres flacas, el amor por el mar y los cuentos al atardecer, o la afición a la hipérbole: cuando caía un ladrillo, se nos había derrumbado una casa.
Estamos fabricados en un mismo molde, nosotros los Moncalvi.
Ninguna pesadilla, sin embargo, anunció la muerte de mi hermana Giulia.
Su ataúd se balancea a la entrada del cementerio. Me detengo, pero ya no puedo más.
«¡Giulia!»
Grito su nombre, alargo la mano hasta casi tocar el crucifijo del ataúd. Las manos de los familiares me apartan de este abrazo. Me hacen daño. Me aprietan el pecho. No deberían hacerlo, saben que sólo tengo un pulmón, que cada respiración es un jadeo. Pero no es bueno perder el control delante de los demás.
Es mi hermana la que entra en la tierra, y luego será mi turno, el último de la familia.
Tiemblo y sacudo la cabeza. Mis hombros suben y bajan con los gemidos de quien tiene sacos desinflados bajo el esternón y duerme de lado para suavizar el peso de su cuerpo sobre los pulmones.
Las emociones me dejan sin aliento.
Tengo noventa y dos años y mi cuerpo es una jaula. Cada mañana examino los nuevos hematomas de mis brazos, paso los dedos por el arañazo de mi frente, por el arco de mi ceja izquierda. Es la marca de mi última caída. Hay sangre en el pavimento. Es el comienzo de mi reclusión en la colina de Génova.
Desde el sillón, mi espacio visual se reduce a lo que puedo contemplar por una ventana. Más allá del cristal hay una escuela roja con contraventanas amarillas y una puerta verde. Veo a los niños persiguiéndose después de clase. La paciencia de los abuelos con las mochilas en la mano. Los ancianos siempre tienen frío. Como las palomas en las cornisas durante los días de lluvia. Yo también tiemblo, a pesar de las mantas y el calefactor eléctrico que tengo junto a mis pies.
Veo a las madres siempre pegadas a ese móvil que nunca aprendí a usar.
El árbol frente a la escuela me hace compañía. Parece un tirachinas o una encrucijada en el camino. A la izquierda está desnudo, y a la derecha, cargado de hojas. Parece hablar cuando lo agita el viento. Al igual que los papagallos verdes que nunca se están quietos en sus ramas. Siento no recordar el nombre del árbol. A veces tengo niebla en la cabeza. Me equivoco con los nombres de los niños. Llamo “señora” a la enfermera porque mi cerebro no retiene los nombres extranjeros.
Me gustaría volver a ver el Monte Viso. Necesito aire fresco y caminar. Pero mi cuerpo es una escafandra: con el andador, un solo paso es como subir una montaña. No tengo fuerza en mis manos ya venosas, ni siquiera para desenganchar el cabezal de la navaja o bajar la barandilla de la cama que me aprisiona: cada noche es una puerta que se abre a diferentes pesadillas.
La última vez hubiera preferido no ver a Giulia en el hospital: muda, como en los días de las redadas. La sangrienta Pascua de 1944. Los alemanes subiendo a la montaña. Pero esta vez su silencio no provenía de tanta sangre derramada: pasó una noche gritando en su silla de ruedas hasta quemarse las cuerdas vocales.
Giulia murió una noche de diciembre, en Tortona, en el mismo hospital donde murió Coppi, a causa de la malaria que había contraído en África y que los médicos no supieron diagnosticar.
Mis últimos recuerdos de Giulia son sus ojos enrojecidos, su pelo sin teñir, la piel transparente sobre sus huesos, una hoja de papel rota con su letra insegura, porque ya no podía hablar: “Esto es el infierno”.
Era la letra diminuta de quien ya está al final. Tan diferente de la azul que florecía en sus diarios. Me los dejó a mí. Me los aprendí de memoria. Son hermosos. Forman parte de mí.
En el hospital, la habitación de Giulia resultaba abrasadora. Recuerdo los marcos agrietados de la ventana, junto a la cama número 20. Giulia también estaba muerta de sed, con la bolsa de suero vacía desde hacía horas. Nadie respondía a su grito silencioso, como en los días de guerra.
Ahora recobro el sentido y me asomo hasta el borde de la fosa. Agarro el bastón. El extremo con la tapa de goma se hunde en la grava. Giro la punta sobre la grava y veo barro en mis zapatos y en el dobladillo de mis pantalones.
No pensaba que la fosa fuera tan profunda. Leo en las paredes las estratificaciones de la tierra. Sus líneas diagonales. Alguien a mis espaldas mira con malicia el féretro: demasiado barato, sin abrazaderas en los lados. El descenso será más complicado. Los sepultureros no sabrán por dónde pasar las cuerdas.
Se mueven con pasos cortos. Arrastran los pies. Temen resbalar, aunque la caja es ligera. Giulia ya es sólo huesos.
Bajan el ataúd con cuerdas. El hombre que tengo delante se ha olvidado los guantes. Está tenso: el cáñamo le quema la palma de la mano.
Siento miedo cuando la caja se inclina. Si se cayera, sería difícil volver a equilibrarla. Llueve, y una lámina de agua se estanca en el fondo.
Giulia tendrá frío esta noche. Me gustaría hacerle compañía. Para corresponder a lo que ella ha hecho por mí. De niña, se dormía imaginando que peinaba las barbas de Dios: una nube suave que descendía hasta sus tobillos. Una nube de algodón de azúcar, como la de la feria. Entonces se abrazaba a la almohada, se pegaba las rodillas al pecho y se quedaba dormida. Querría darle ahora aquella almohada. No me gustaba la feria, era triste, como la carpa del circo.
Los presentes rinden homenaje a mi hermana haciendo cruces en el aire y arrojando un puñado de tierra sobre el féretro. Hay mucha en el lado derecho, en el montículo levantado por la excavadora. Tienen prisa. Ya no estamos familiarizados con la muerte. Cuando yo era niño, los ancianos morían como patriarcas, la familia junto al lecho, y una bendición para cada hijo o nieto. Y la respiración contenida de todo el pueblo. Luego había un vaso de vino para todos. Ahora los muertos sólo dan miedo, hay que esconderlos enseguida, y es mejor que se vayan al hospital: habrá menos jaleo en casa. La funeraria se encargará de todo. Lo importante es tener una tumba.
Un día me burlé de mi suegra. De la vela que encendía ante las fotos de los muertos. Ahora soy como ella, y repaso los nombres de los que ya no están. Son tantos... El luto me ha pulido, como los guijarros en el mar de Boccadasse cuando era niño. Pero nadie se acostumbra a los muertos. Siempre es la primera vez.
Bajo el ataúd de Giulia veo una viruta retorcida sobre sí misma: es una lombriz de tierra en agonía. La plaza del cementerio es la misma que cuando yo era niño, con la exhortación a la entrada: “Dales el descanso eterno”. Desde la colina diviso San Cristóbal con su torre y tres colinas que parecen una representación de las cruces del Calvario.
Un ángel de mármol vigila nuestra tumba y mira hacia el campanario de la iglesia de Rovereto. No muy lejos, veo las lápidas que me tanto impresionaron de niño: la de Francesco Zerbo, “soldado del 22.º de Infantería que cayó combatiendo valientemente en el Carso, el 29 de diciembre de 1916”, y la del caballero Edoardo De Valadares, hijo del cónsul general de España, “arrebatado de su querida esposa tras pocas horas de enfermedad”. Y Aldo Gemme y los gemelos Cassano, fusilados en 1944. Hay una foto de un soldado con casco colonial, Angelo Cepollina, caído en Somalia en 1941.
Pienso en la viruta en el barro. No quiere morir. Es un péndulo, como la historia de nuestra familia, siempre huyendo: cayendo, levantándose y volviendo a caer para intentar levantarse de nuevo.
Ahora, sin embargo, sólo me queda recordar esas vidas. Yo, obsesionado con recordar; yo, que era capaz de aprenderme de memoria páginas enteras de libros, para envidia de mis compañeros en el colegio; yo, que leía la enciclopedia cuando estaba enfermo, que estaba encantado con las inscripciones en latín, que escuchaba a los ancianos aunque apestaran a vino y orina y repitieran las mismas cantinelas.
“Esto ya te lo he contado, ¿no?”
“Sí, me lo acabas de contar”.
Así durante horas, durante días. A cuántos ancianos he escuchado en mi vida. Y ahora soy más viejo que ellos. Mi presente se nubla. No recuerdo la última hospitalización, pero no he olvidado la aguja que no encontraba sitio en mi brazo. Como tampoco he olvidado la llaga en la espalda, siempre abierta, el resultado de la saturación de oxígeno como una sentencia, o la ansiedad ante mi tensión arterial.
No me quedé quieto en la cama del pabellón, tuvieron que atarme, porque era un demonio y gritaba, soñando con ladrones en la habitación. Al día siguiente tenía las muñecas azules, donde me apretaban las correas.
Afortunadamente, estas imágenes pasan. No tengo memoria a corto plazo. En cambio, para mí el pasado es como el cristal. Veo con claridad los recuerdos más lejanos. Los tengo siempre delante y conozco cada piedra de este cementerio entre viñedos.
Vuelvo al recorrido del coche fúnebre. En mis pensamientos camino hacia la iglesia del pueblo, donde los hombres no se colocaban junto a las mujeres en la nave, sino en el crucero derecho, cerca de la puerta, para salir a fumar cuando el párroco los aburría.
Luego el camino que llega hasta la ermita de Nuestra Señora de Pompeya. La miro con gratitud, recordando el viaje al santuario, donde papá me llevó para pedir la curación de mi oído siempre enfermo.
Vuelvo a ver Villa Moncalvi en la colina. Ya no es blanca como antes. Se ha vuelto parda: la muerte de mi hermana ha apagado los colores. Así sucede con el luto: no sólo mueren las personas, también mueren las cosas. A menudo pienso en la soledad de los viñedos en invierno.
Ha sido todo tan rápido… Y aunque no puedo mantenerme en pie y el insomnio me hincha las bolsas bajo los ojos, sigo sintiéndome como un niño. Me gustaría jugar con soldaditos de plomo, correr por el prado, dejarme acariciar por el viento. Dios, cómo me gustaba correr con el viento...
Seguir siendo niños, como escribieron los romanos: ut enim adulescentem, in quo est senile aliquid, sic senem in quo est aliquid adulescentis probo.
En el joven hay algo del viejo, y viceversa. De niño me encantaba el latín. Era mi conquista, un espacio en el que la familia y los amigos no podían entrar.
Cierro los ojos y veo mi cuaderno de cuarto curso con las “Redacciones mensuales”, donde describía las tonalidades del cielo, y el belén con ramas de enebro, hiedra y musgo, y serrín de carpintero para marcar los caminos.
Escribí también en él acerca de nuestro caballo con la estrella blanca en la frente, cómo se había desbocado frente al cementerio al oír la voz de los muertos.
Lo único que queda de Villa Moncalvi es la puerta del jardín de las fresas. Está cubierta de óxido, pero aún se pueden leer las iniciales entre los adornos florales: A.M.
Todos los nombres masculinos de Moncalvi empiezan por A.
Antonio, mi abuelo. Attilio, mi padre. Y yo, Augusto.
Ahora me sirvo de ese óxido. Estiro la memoria hasta la noche que cambió nuestras vidas, entre el 18 y el 19 de julio de 1936, durante el incendio de Barcelona.
Y veo los pies de un crucifijo en el fuego.
Siempre me ha costado dormir.
Uno de mis primeros recuerdos es de papá y mamá alternándose a mi lado en la cama para hacerme compañía mientras esperaban a que me durmiera. Pero ellos se dormían antes que yo. Y la noche no terminaba nunca. Al día siguiente tenía los ojos nublados y la mente confusa. Los ruidos fueron volviéndose insoportables: el tintineo de los tranvías, el bocinazo de los coches, incluso un tenedor que caía al suelo. Podía correr a mi habitación cuando papá pelaba la manzana y el cuchillo repiqueteaba en el plato. Era como una aguja en el tímpano.
Mi insomnio de niño era un oído enfermo. Un dolor que martilleaba sin parar. Así llegó el insomnio negro.
El dolor aparecía después de cenar, cuando me inventaba historias hablando en voz alta con mis soldados de plomo. Me subía desde la unión de la mandíbula y ascendía en espiral hasta las sienes. El oído me palpitaba cada vez más fuerte. Me dolía tanto que ni siquiera podía abrir la boca para lavarme los dientes.
Yo decía: «Mamá, me duele». Y ella venía con una compresa de manzanilla, me la ponía en la oreja y me acariciaba la cabeza. Es uno de los recuerdos más nítidos que tengo de ella, como cuando en verano mirábamos las estrellas o aplaudíamos para acallar las cigarras bajo los pinos.
A veces el dolor se iba en mitad de la noche. Cuando apoyaba la cabeza en la almohada y sentía un ligero crac, un suero caliente se filtraba por la membrana de la oreja. El líquido se expandía sobre la funda de la almohada dejando una mancha ocre con bordes afilados. Me encantaba ese crac. Era el sonido de un amigo. La oreja se desinflaba y podía dormir.
A veces el insomnio llegaba incluso cuando no me dolía el oído. El miedo a no poder conciliar el sueño no me dejaba cerrar los ojos. Los abría y los cerraba, y el tiempo no pasaba. A veces tenía los codos rojos de dar vueltas en busca de una postura mejor. Mis compañeros no entendían cuando hablaba del peso de las sábanas.
Pero también conocí un insomnio diferente, un insomnio bueno. Llegaba cuando no podía calmarme a causa de la felicidad. Como si los colores del día permanecieran encendidos, incluso cuando la habitación estaba a oscuras. Cuando era así, esperaba que esos días no acabaran nunca. Mi cuerpo era una máquina que luchaba por apagarse. Las imágenes fluían detrás de los ojos cerrados.
Era insomnio blanco.
Este insomnio no me asustaba. Venía después de un día con la familia en la Costa Brava o mientras esperábamos los regalos, o cuando la víspera de Reyes esperábamos a los Reyes Magos en la Rambla. El regalo más bonito fue el castillo para los soldaditos de juguete, tan soñado por mí y por mi hermano Carlo. Él había preparado la carta a los Reyes Magos incluyéndome, pues yo todavía no sabía escribir. Estaba llena de tachones, pues no nos parecían suficientes las peticiones: las torres, los caballos, el puente levadizo....
Los Reyes Magos trajeron el castillo la misma noche en que apareció el elefante de cartón piedra para Giulia. Para recibirlos, habíamos dejado paja fresca en el umbral de la puerta, como nos aconsejaron papá y mamá.
Mamá lo intentó todo para alejar mi insomnio. Llamó a los mejores pediatras de Barcelona para que me curaran la otitis. Me repetían que si no me curaba pronto me quedaría sordo. Mamá me tapaba los oídos cuando decían esas cosas, y caminaba luego hasta la farmacia Nadal, con sus marcos esmeralda. A veces los remedios eran peores que la enfermedad y yo gritaba más fuerte por la noche.
Un día la niñera me llevó a un convento. Buscaba a un monje para un exorcismo. Ella pensaba que yo no dormía porque tenía el demonio dentro. El fraile sonrió, me dio la bendición y unos caramelos rojos. Mi madre nunca supo por qué tenía caramelos rojos. De hecho, se enfadó: no debía aceptar caramelos de extraños. Mi niñera se llamaba Aurora. La quería mucho. Siempre inventaba nuevos cuentos de hadas, tan vívidos que era como estar en el cine. A veces tenía los ojos tristes, porque había perdido a su papá cuando era pequeña.
De vez en cuando combatía el insomnio con agua azucarada. Para mamá era la poción de cuento de hadas que daba sueño. Y yo rebañaba el azúcar del fondo del vaso con el dedo. Pero no siempre funcionaba.
Las historias de papá eran mejores. Se tumbaba a mi lado en la cama, invadiendo casi toda la superficie disponible. Yo quedaba aprisionado entre las mantas, demasiado apretadas, pero me alegraba tenerlo cerca. Con él se acortaban las horas de la noche. Me gustaban sus historias sobre el mar.
Narraba la guerra de Troya, el duelo entre Héctor y Aquiles. Y sobre todo, la despedida de Héctor de Andrómaca. El casco del padre asustando al pequeño Astianactes. El gesto de un padre lanzando a su hijo por los aires. Papá hablaba a menudo de Héctor. Yo no lo entendía. Apoyaba a Aquiles. Papá decía que algún día lo entendería, y mientras tanto me enseñó que en los momentos tristes debía imaginar cosas bellas. Entonces por la noche pensaba en mi foto preferida, con la familia bajo los plátanos de La Rambla. Allí estaba papá con la barriga escapándose del cinturón y los libros bajo el brazo. Ahí estaba mamá con el pelo al viento y esas formas que mi padre llamaba “enjundiosas” y yo no sabía a qué se refería. Allí estaba mi hermana Giulia, de pie, alta, orgullosa, con las piernas delgadas y un abrigo demasiado elegante para su edad. Era la soñadora de la familia, siempre llegaba tarde, porque se paraba a mirar detalles que los demás pasaban por alto. Siempre quería ver jugar a los niños. Por último, estaba mi hermano Carlo, peinado a raya y con las piernas frías, en pantalón corto incluso en invierno. Carlo era la inquietud personificada. Nunca estaba quieto, a menudo se enfurruñaba y nunca quería compartir los juguetes con nosotros.
Esa era mi foto favorita, aunque siempre lamenté no aparecer en ella.
Yo tampoco pude dormir aquella noche de julio de 1936. Insomnio negro. No quise ponerme un paño caliente en la oreja. Ya hacía demasiado calor. Envidiaba profundamente a Carlo por su modo de dormir y odiaba que el reloj diera las horas. Quería romper el cristal de la esfera con un tirachinas. Las manecillas siempre parecían inmóviles.
Esperé a que papá o mamá se tumbaran en la cama a mi lado. Hacía bochorno, había arrugado las sábanas y mi pijama estaba empapado de sudor.
De repente oí un rugido. Y luego más explosiones. Una tras otra. Muy fuertes. Muy juntas. Por encima de nuestras cabezas, en el centro de Barcelona.
Me levanté, aturdido por el cansancio. Aún estaba oscuro.
Quizá fueran fuegos artificiales. Los fuegos artificiales en el paseo marítimo eran uno de mis espectáculos favoritos. Me enfadé porque nadie me había avisado. Papá siempre me llevaba a la terraza para ver las iluminaciones verdes y blancas durante la noche, desde aquella terraza donde fumaba plácidamente sus puros y leía La Vanguardia.
Entré en el comedor. Todo era extraño. Mamá lloraba en brazos de papá. Temblaba. Luego se liberó de aquella protección y corrió hacia la ventana para mirar a través de las rendijas de las contraventanas. Se cubrió la cara con las manos y se volvió.
No habían reparado en mí. Las explosiones se acercaban cada vez más. Cubrían todos los ruidos con más ruido. Eran fulgores extraños, inauditos. Papá y mamá sintieron mis pies descalzos en el suelo. Me gustaba andar descalzo sobre el mármol en verano.
La puerta de la terraza estaba apenas entreabierta, la empujé y salí. Llegué al pequeño muro y vi una escena que nunca volvería a olvidar.
Barcelona ardía con llamas repentinas y desordenadas que brotaban del suelo. Los relámpagos brillaban desde abajo. Como si el cielo estuviera al revés. Fue una sucesión de silbidos. Había colchones protegiendo ventanas y balcones. Las contraventanas caían al suelo alcanzadas por esos extraños rayos.
Los disparos fueron intensos cerca de donde nos encontrábamos, poco después se desplazaron hacia la Plaza de Cataluña, y luego por la Rambla, hasta el monumento a Colón, ya cerca del puerto. Los relámpagos iluminaron las calles e inmediatamente se escucharon otros que procedían de las ventanas.
Algunos hombres corrían por la calle, pero agachados, recorriendo distancias cortas. Iban armados, sin el uniforme de la guardia civil o de los oficiales que fuman en los sillones de mimbre de La Rambla.
«”¡Gutin”, sal de ahí ahora mismo! ¿No ves que están disparando?» Mi madre me arrebató de mi parapeto. «La revolución ha comenzado...»
Era la primera vez que oía esa palabra.
Nos reunimos todos en el comedor.
Papá recomendó alejarse de las ventanas y no encender la luz bajo ningún motivo.
Carlo y yo nos escondimos debajo de la cama. Giulia se acurrucó en un rincón, con la cabeza entre las rodillas. Carlo, en cambio, quería mirar por la ventana. Estaba excitado. Me preguntó qué había visto desde la terraza, de dónde venían los disparos, quién disparaba. No pude decírselo.
Cada vez hacía más calor. Con cada explosión Giulia se tapaba más aún los oídos. Tenía los ojos muy abiertos. Incluso papá tenía la cabeza entre las manos.
Era nuestra primera noche de guerra.
Al día siguiente todo era confusión. Habíamos aprendido a reconocer la voz de la ametralladora. La batalla había arreciado como una oruga lenta en La Rambla. Las explosiones cesaron hacia la hora de comer. Luego se reanudaron. Barcelona ardía. El aire era irrespirable.
Papá decidió no abrir nuestra tienda de ultramarinos en la planta baja, pero un chico vino de todos modos, y con él llegaron las primeras informaciones. Estaba en marcha un golpe de Estado, un alzamiento: parte del ejército quería derribar la República. Algunos cuarteles habían abierto de par en par sus puertas en plena noche. Los insurrectos querían tomar el corazón de la ciudad. La Plaza de Cataluña estaba en el centro de la disputa. Los artilleros controlaban el puerto. Su avance, sin embargo, se había estancado. Las calles eran una sucesión de barricadas, coches volcados y caballos muertos. Papá dijo que había guerra en las calles, como cuando Milán se había levantado contra los austriacos. Había muchos civiles que apoyaban la República, y hormigueaban por las calles con los puños cerrados y camisas blancas.
Mamá estaba angustiada, para ella era la llegada de la revolución comunista. Habría muchas muertes, como en Rusia.
Eran días de suspense: la violencia estaba en todas partes, despiadada y fuera de control, como siempre sucede en los albores de las revoluciones.
Teníamos miedo, sobre todo por la noche. Un par de días más tarde, la guerra se aproximó aún más. Oímos gritos desde la plaza del Buensuceso, a pocos metros de nosotros. Papá subió a la terraza a ver qué sucedía, a pesar de los gritos de mamá. Las puertas de la iglesia cercana estaban abiertas de par en par. Era una iglesia que siempre me había dado miedo, porque estaba muy oscura. También me asustaba la gitana que pedía limosna a la entrada, y que cantaba en voz baja: «Adiós, Pamplona de mi querer, Pamplona de mi querer».
En la plaza se formó una pira con lo que los milicianos habían arrancado del interior. Bancos, cuadros, cajas de ofrendas destrozadas, leccionarios, misales.
Alrededor de la hoguera, jóvenes de ojos vivaces gritaban en círculo. Sus camisas brillaban a la luz del fuego: «¡Muerte a los cuervos de la resistencia! ¡Viva la libertad!».
La casulla de un sacerdote bailaba en espiral entre las llamas.
Uno de los milicianos cogió en su puño un crucifijo de marfil y lo arrojó contra el suelo. Separaron a Cristo de la cruz, dejándole las piernas mutiladas. Sólo estaba sujeto al madero con la mano derecha.
«¡Qué terca es esta mano!», gritó el miliciano. «Vamos a completar el trabajo…». Colocó el crucifijo en un escalón y se dispuso a aplastarlo de una patada, como quien rompe ramas para una chimenea.
La cruz crujió, pero le siguió un grito. El miliciano se había clavado una astilla en el zapato. Su pie sangraba.
«Eso es lo que le pasa a la gente que trata a Dios a patadas...», fue el comentario de mamá cuando papá terminó de contarlo.
Los hombres que rodeaban la hoguera fueron en busca de sus enemigos, casa por casa. Hablaban de hacer una fiesta para los amigos de los curas que envenenaban las mentes de los niños y convertían las iglesias en arsenales: Barcelona estaba plagada de soldados del Vaticano. Colgarían de ganchos como cerdos.
Papá había vuelto a casa pálido. Se habían fijado en él. Le habían amenazado. Habían gritado su nombre. Alguien había golpeado la puerta de la tienda. Querían requisar los jamones para la revolución. Dijeron que volverían, y que ajustarían cuentas después de la victoria.
En casa las noticias llegaban fragmentadas. Muchos habían visto los incendios en las iglesias: lenguas de fuego saliendo de los rosetones y campanarios. Llamas en los colegios de los Maristas y los Escolapios, en la iglesia de Belén, en la Merced y en San Jaime.
Desde las ventanas se escuchaban expresiones amenazantes: “el magnífico espectáculo de la furia del pueblo”, “la conspiración de la burguesía”, “la plaga de la usura...”.
Yo sólo entendía la palabra “furor” y pensaba en caballos con el vientre hinchado que ya no podían levantarse de los caminos.
Barcelona era una barricada. Vías de tranvía destrozadas, signos de guerra en las fachadas acribilladas, cuerpos desmembrados colgados de los árboles tras las granadas. Las mujeres y los niños también participaron en la guerra.
Por las calles circulaban camiones con las iniciales pintadas con pintura blanca. Estaban protegidos por planchas de hierro y colchones. Hombres con monos y puños en alto. En la confusión, a alguien se le ocurrió una señal para identificar los coches en los controles de los trabajadores. Tres bocinazos rápidos identificaban los coches del sindicato, tres, como sus iniciales: CNT. Una barricada de insurgentes había sido embestida por un camión a toda velocidad, y los del camión les habían arrojado granadas de mano.
Aquellas noches caía en un insomnio negro, a pesar de que mi oído estaba libre de pus: oía todos los ruidos de la calle. Era una alarma continua. Los sonidos repentinos siempre me habían asustado. Un perro que empieza a ladrar en la oscuridad, el corcho de un vino espumoso que explota sin previo aviso, la llegada de un trueno sin el anuncio del relámpago.
Para ahuyentar el insomnio tenía que imaginar cosas bonitas.
Como la paella de mi madre, que preparaba todos los domingos con abundante carne y pescado. Yo siempre pedía mucho chorizo, mientras que me intimidaban las gambas de ojos negros y filamentos en sus cabezas semitransparentes.
Para papá, mamá era la mejor cocinera de Barcelona, y ella siempre esperaba su juicio sobre el dorado del arroz.
Contra el insomnio también podía recordar episodios divertidos.
Como cuando papá recomendaba no molestar a mamá en la cocina. Una prohibición que se desvanecía en cuanto llegaba el olor a patatas fritas. Papá tampoco se resistía y daba mal ejemplo, robando una de la pirámide dorada, seguido inmediatamente por mí y por Carlo. Y mamá fingía perseguirnos con la cuchara de madera.
Me serenaba pensar en los almuerzos de los domingos, inaugurados con una monda de limón en vermut y aceitunas rellenas de anchoas. Duraban horas, porque para papá el secreto de una vida sana era almorzar con calma, masticando bien cada bocado. Recuerdo que aún no podía comer todo lo que aparecía en la mesa. Mamá decía que tendría que esperar unos años más antes de probar las alcaparras o la mostaza. Eran sabores demasiado fuertes, que no me ayudarían a crecer. Lo mismo ocurría con el ron de color ámbar, que servía para calentar el corazón.
También recordaba las últimas horas felices, la excursión a Blanes, la víspera de la guerra. Giulia, que tenía catorce años, había anotado, como siempre, sus emociones en su diario:
Ayer mis hermanos y yo fuimos a la playa. Salimos a las siete en coche hacia Blanes, que está a unos cincuenta kilómetros. Cuando llegamos a la playa, montamos la tienda y nos vestimos a toda prisa para zambullirnos en el agua. Hacía un día precioso. El sol nos calentaba con sus potentes rayos. No podíamos andar descalzos porque la arena estaba caliente. El mar parecía un lago. Yo estaba exultante. Corrí y, sin detenerme, salté al agua clara y fresca. Me tumbé boca arriba para hacer el muerto, mientras las pequeñas olas me arrullaban plácidamente.
Ese día Giulia ganó la competición de natación con sus amigas y luego se puso a leer un libro. Le gustaba estar sola.
Sin embargo, los recuerdos de aquel viaje a la costa no alejaron de nosotros la guerra.
Y los milicianos volvieron a tocar nuestra puerta.
En aquellas noches papá envejeció, su pelo blanqueó aún más que cuando me había llevado al hospital por una extraña enfermedad que me provocaba ardor en la frente y náuseas constantes.
En el desayuno estaba callado y sin apetito. Llevaba una camiseta de tirantes. Tenía notas y diarios delante de él. Sacudía la cabeza. El teléfono estaba mudo. Era imposible localizar a nuestros hermanos mayores, Giuseppe y Vittoria, que hacía tiempo que no vivían con nosotros, para conocer la situación en el resto de la ciudad.
Papá no sabía qué hacer, y sus dudas hacían tictac como el reloj marrón que yo tanto odiaba. No podía liberarse de los pensamientos oscuros. Se sentía frágil, aturdido.
Una mañana, Giulia se le acercó para decirle cuánto le quería. Intentó hacerle sonreír, disculpándose de nuevo por aquella Nochevieja de hacía tantos años en la que había corrido como una loca alrededor de la mesa, incomodando a todos de modo desagradable. Había vaciado las botellas de champán de los invitados, que llegaron a murmurar: «Esta niña no sabe mantener el decoro». Entonces ella se había refugiado en su habitación, gritando que odiaba los belenes en Navidad. Otro golpe al decoro. Había metido la cabeza bajo la almohada, sabiendo que había arruinado la fiesta de la familia.
Aquella mañana, papá sonrió ante las disculpas de Giulia y le apartó el flequillo, sujetándole la barbilla entre el índice y el pulgar. Luego le acarició los lóbulos de las orejas.
«Estas orejas son tan suaves que parecen las hojas de un árbol anunciando la primavera».
Giulia se sonrojó. Por un momento volvió a ser una niña. Y se alegró de haber distraído a papá. Un segundo después, sin embargo, la intimidad se rompió por los golpes en la puerta principal. Luego vinieron golpes más violentos contra la persiana de la tienda.
Los milicianos habían vuelto.
Papá le dijo a mamá que nos llevara a su habitación y nos escondiera bajo las camas. Intentó pedir ayuda por teléfono, pero este seguía desconectado.
Papá gritó por la ventana: «¡Ya voy!», pero su voz salió ahogada por el miedo. Se había quedado afónico, como si hubiera pasado por el martirio de una larga tos.
Golpeaban más fuerte. Papá miró a mamá y se encogió de hombros. «Es aún más peligroso hacerles esperar, querrán dinero».
Agarró precipitadamente una de sus camisas blancas de la percha de madera, que rebotó contra el suelo, cogió una corbata e intentó cerrar el último botón del cuello. No pudo hacerlo. Se ahogaba. Le temblaban las manos. Nos miró de nuevo antes de bajar. Mamá decía que no hacía falta corbata, pero para papá siempre había tiempo para el porte; le costaba abrir la puerta porque se había olvidado de desabrochar la cadena de latón que la mantenía cerrada. Hasta los gestos más habituales se le hacían difíciles.
Mamá nos llevó a su habitación, la única en la que teníamos prohibida la entrada. A los pies de la cama de matrimonio, nos señaló la vieja estampa de Nuestra Señora de la Guardia de Génova enmarcada por un rosario de madera. «Pedid la gracia de que no hagan daño a papá, que no hagan daño a nadie, y que se vayan de una vez. Pedid, que la Virgen escucha a los niños».
Giulia intentó unirse a papá en la escalera, pero él la apartó: tenía que quedarse al lado de su madre. Yo estaba confuso. No entendía qué querían aquellos hombres que intentaban derribar la puerta, y por qué tenían que golpear a papá.
Conté las cuentas de aquel gran rosario. No me gustaba la imagen de la Virgen vestida de azul y rojo con la corona dorada en forma de cebolla sobre la cabeza. El Niño Jesús también tenía una corona parecida, más grande que su cabeza. Debía de pesar como una roca. Y luego, de rodillas, había un pastor. Era calvo, salvo la tonsura en la nuca. Era gris y esponjosa como las dos ovejas que tenía al lado. Yo quería estar junto a papá, no delante de aquel cuadro. Justo entonces me di cuenta de que Carlo salía de la habitación sin ser visto por mamá, que estaba angustiada. Me puse detrás de él. Primero intentó apartarme, pero luego me ordenó que me callara y no me echara a llorar. Pude moverme en silencio y contener la respiración durante mucho tiempo. Cuando venían los amigos de Carlo los domingos por la tarde siempre jugaban al ratón y el gato. Yo era el más pequeño y siempre hacía de ratón. Mi escondite favorito era detrás de las latas de aceitunas rellenas. Para mí eran tan altas como montañas y Carlo tardaba mucho en encontrarme. Papá no quería que jugáramos al escondite en la tienda.
La puerta no estaba cerrada y pudimos bajar a la planta de entrada, a nuestro gran almacén, el verdadero reino Moncalvi. Carlo fue astuto y llevándome de la mano llegó a la entrada secundaria, una pequeña puerta que daba a la cocina, cerca del almacén. La habitación estaba tan oscura como una cueva y quizá los malos no nos hubieran visto. Nos escondimos detrás del mostrador.
Conocía todos los rincones. Me encantaban los rombos azules y blancos del suelo, las esferas de las arañas de luz y las balanzas brillantes y, a la izquierda, la sección de embutidos, con jamón, chorizo, sobrasada, salchichón de Vic, butifarra negra y la butifarra blanca que yo comía con alubias. Apoyados en la pared derecha estaban los barriles de garbanzos, aceitunas, anchoas del Cantábrico y el mostrador de pasta fresca, con raviolis, lasañas y canelones, la especialidad de la casa, el orgullo de la familia.
A pesar de la oscuridad, percibimos la presencia de varios hombres armados. Reconocí la voz que había gritado cerca de la hoguera la noche anterior. El hombre hablaba en catalán, con rabia. El miliciano gritaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, como los ciegos de La Rambla: tenía una voz metálica, como si hablara en nombre de otros. Quizá no quería encontrarse con los ojos de papá. Tal vez había venido a la tienda unas cuantas veces e incluso le había dado las gracias por un descuento especial o una degustación de queso italiano.
No entendía algunas frases, pues las paredes retumbaban.
«Moncalvi, estamos aquí por tu contribución para la República. Hoy empezamos a requisar carne...»
«...»
«La otra noche estabas en la terraza. ¿Estabas haciendo de francotirador como tus otros amigos fascistas?»
«...»
«¿Te acuerdas de Asturias en 1934? ¿Cuando masacrábamos a nuestros enemigos y les colgábamos carteles con la palabra “carne de cerdo”’?».
«...»
Papá estaba inclinado sobre el mostrador. «Toma lo que necesites, pero déjanos en paz, no hemos hecho nada...»
Entraron más milicianos. Gritaron: «¡Salud!». Entró más luz cuando alzaron la puerta metálica: algunos llevaban una manta enrollada al hombro. Otros llevaban boina. También había chicas. Nunca había visto chicas vestidas de hombre y llevando armas.
Los hombres cogieron los jamones que colgaban de los garfios. Luego se acercaron a las conservas de aceitunas, sin prestar atención a papá.
Debíamos regresar cuanto antes. Pero yo tenía las piernas petrificadas de miedo. Las pantorrillas me temblaban, descontroladas. Carlo me sacudió y consiguió arrastrarme.
Logramos subir las escaleras sin que se dieran cuenta. Mamá y Giulia seguían arriba. Se habían dado cuenta de nuestra ausencia, pero también estaban paralizadas de terror.
Entonces cesó el ruido en la tienda. Los milicianos no subieron a la casa. Poco después regresó papá. Estaba a salvo, pero destrozado. Volvió a sentarse en la cocina.
Los milicianos no tardarían en regresar. Papá no había podido hacer nada contra ellos. Quería gritar, pero una vez más su voz se había convertido en un delgado hilo. El miedo le había nublado la cabeza y le había dejado sin aliento. El miedo detenía el tiempo. El miedo era falta de equilibrio. Como cuando en las callejuelas de Génova se había visto acorralado y había sentido una cuchilla bajo su garganta. Había intentado pedir ayuda, pero había sido incapaz de emitir sonido alguno. Había recibido un revés que le había roto el labio y manchado de sangre su camisa. Había entregado a su agresor una cadena de oro y su cartera, y durante una semana estuvo preguntándose si podría haberse comportado de otra manera. Un ladrón en los callejones a plena luz del día... Nadie había acudido en su ayuda. Un hombre que le había visto en apuros había huido fingiendo no verle. Le parecía estar viviendo en una novela. Nunca olvidó esa sensación de impotencia. La sorpresa ante la violencia. La barba desaliñada y el aliento espeso del ladrón.
Tras el ataque de los milicianos, papá quiso cerrar la tienda hasta que las cosas se calmaran.
Pero las aguas no se calmaron. Los disturbios continuaron. Los milicianos nos habían ordenado mantener las contraventanas de nuestras casas abiertas de par en par: temían francotiradores en las ventanas. Estábamos aislados.
Pasábamos los días entre la cocina y la sala de juegos. Carlo era el más inquieto, y se aburría. Yo vigilaba a mamá entre los fogones. Tras el desconcierto inicial, se dedicó a preparar las comidas. En aquella época la cocina era una diversión. Las comidas rompían la obsesión de papá: «¿Qué hacemos ahora?».
Por un momento, esas comidas nos devolvieron a los días en que la tienda se llenaba para la llegada de los canelones de mamá.
Era un momento solemne cuando las puertas de la trastienda se abrían de par en par y un chico traía las sartenes humeantes. Su olor calmaba a los clientes más nerviosos, embelesados por las olas de bechamel, los pequeños cráteres marrones de las quemaduras, los colgajos de masa ligeramente levantados en los bordes.
Papá tenía una pala especial para canelones. El mango de madera se había roto hacía años y sólo quedaba el núcleo de hierro. Era casi inservible, demasiado corta, y cada vez que la usaba papá corría el riesgo de quemarse con la bechamel caliente. Todo el mundo se burlaba de aquella pala, pero para él era un amuleto de la suerte que conservaba desde los primeros tiempos de la tienda y del que no quería desprenderse. Cuando colocaba la sartén sobre el mármol, siempre cortaba la primera porción. No hundía inmediatamente la hoja de la pala, sino que tocaba ligeramente con ella la superficie de los canelones. Fingía no conocer el tamaño correcto de las porciones, tendía a hacerlas más pequeñas de lo necesario hasta escuchar la frase esperada: «Señor Moncalvi, por favor, un poco más...». Sabía lo irresistibles que eran sus canelones. Era un juego inocente, los clientes le conocían desde hacía años, pero todos repetían alegremente el guion una y otra vez.
Para papá, eran los mejores canelones de España. Quizá no fuera cierto, pero era bonito creerlo. En la familia, su prioridad nunca se había puesto en duda y cada uno de nosotros, en nuestros cumpleaños, al elegir nuestro plato favorito, siempre señalábamos aquel. Así era para Giuseppe, ya todo un hombre, para Vittoria, que quería igualar a su madre en la cocina, para Giulia, que entraba en la adolescencia, para Carlo y para mí, que los apreciaba aún más al día siguiente, cuando los sabores se habían mezclado más y, sobre todo, los comía con menos fervor: para mí, los canelones eran sinónimo de felicidad y de paladar ardiente.
Los domingos a mediodía pedía ser yo quien llevara la fuente. Era un privilegio. Papá fingía estar de acuerdo, pero luego siempre decía que no, que yo no podía llevar semejante peso; pero a cambio me dejaba anunciar la llegada de la especialidad voceándola a toda la tienda.
En aquellos tiempos de la revolución, al ver a mi madre preparar canelones llegué a aprenderme los secretos de la receta.
Mamá era una reina haciendo pasta fresca. Añadía mucho huevo, nada de claras, hasta obtener una pasta de color amarillo intenso, pegajosa y muy fuerte, de la que se pudiera tirar sin que se rompiera.
Para el relleno, separaba los ingredientes en partes iguales. El montón de carne picada iba con un montón de salchichas e hígados de pollo que se doraban lentamente con mantequilla.
A continuación, añadía el queso parmesano y otro huevo más. Picaba todo muy fino y lo mezclaba. Con esta mezcla se rellenaban los rollitos de pasta previamente hervidos. La bechamel siempre tenía que ser abundante. Mejor mucha que poca: los canelones tenían que navegar en aquella maravillosa salsa blanca: jamás de los jamases podrían estar secos....
Por último, mamá espolvoreaba la bandeja del horno con queso parmesano para gratinar, añadía hermosos rizos de mantequilla y metía su creación en el horno hasta que se doraba alegremente.
Los canelones nos distraían a los niños, mientras papá seguía preocupado por nuestra suerte y la de la tienda.
La llegada de Giuseppe devolvió la calma a la casa. Giuseppe era fuerte. Mamá decía que su nombre significaba “Dios añadirá”, y confiaba en su consejo.
Había atravesado la ciudad en moto: había pasado entre las barricadas, y había visto el efecto de las llamas. Su relato estaba marcado por el dolor: era sólo el primero de muchos en aquellos trágicos días.
La noche del levantamiento, las unidades del ejército habían apuntado al corazón de la ciudad. Los enfrentamientos habían sido encarnizados. Sin embargo, la revuelta no había arraigado: a la República y a la Guardia Civil se había unido un gran número de ciudadanos, que habían saqueado las armerías de la ciudad. Hoteles y conventos habían sido convertidos en fortalezas por los insurrectos: aquí las historias eran confusas y contradictorias. La situación era incierta, con francotiradores en los tejados y con la furia de una batalla que había sumado incluso a los locos del manicomio.
España estaba desmantelada.
Giuseppe abrazó a papá. Hablaron largo rato. Los Moncalvi éramos conocidos, demasiado conocidos en la ciudad. No eran tiempos fáciles para los italianos. Quizá una familia amiga podría habernos acogido, pero alguien podría entonces habernos delatado, pues los vecinos o los porteros no eran de fiar. Papá repetía que teníamos que acudir en ayuda de nuestra hermana Vittoria, que vivía en la parte opuesta de la ciudad. Estaba en peligro: se había casado con Miguel, un hombre políticamente expuesto pues odiaba a la República.
Giuseppe había intentado acercarse a la casa de Vittoria, pero los caminos estaban cortados.
Mamá propuso llegar a la estación para coger el primer tren a Italia, pero Giuseppe le explicó que las fronteras estaban cerradas.
Las palabras de mi hermano pusieron a papá en una encrucijada: intentar escapar a Génova y empezar una nueva vida o esconderse y confiar en no verse arrastrado por la tormenta.
¿Génova o Barcelona?
En esas horas de indecisión, papá se recreaba evocando recuerdos. Volvían a su mente imágenes que parecían ya perdidas.
Puso una hoja de papel sobre la mesa de la cocina y con un trazo de su pluma estilográfica dorada la dividió en dos columnas. Era un trazo vacilante. Incluso su letra se desvanecía.
En la parte superior de la primera columna escribió “Barcelona”. Debajo, enumeró las razones para quedarse: no abandonar a Vittoria a su suerte, velar por la fortuna acumulada durante una vida de sacrificios, salvar la casa y la tienda, permanecer cerca de los amigos.
La otra columna estaba dedicada a Génova: poner a salvo a los más pequeños —en la hoja había circulitos alrededor de mi nombre, el de Carlo y el de Giulia—, intentar la aventura en Italia, regresar en cuanto acabara la guerra.
Papá seguía añadiendo y quitando. Tenía las manos azules de tinta.
No dejaba de hacer correcciones. Antes faltaban ideas, ahora eran un río crecido: diseñaba planes que pronto eran superados por otros más fiables. Había autopistas y atajos, giros, rectas y más cambios y nuevas soluciones. No se fiaba de sí mismo; la prisa era mal consejera. De repente, rompió el papel y cogió otro. Para pensar mejor necesitaba una hoja en blanco.
Una hora más tarde se puso el sol y diluyó el miedo. La noche indicaba el rumbo hacia Génova.
Papá comparaba constantemente Génova y Barcelona. Buscaba correspondencias entre las ciudades de su vida.
Barcelona también estaba junto al mar, y por eso se sentía en el seno materno: ver el agua en el horizonte le servía para orientarse en el entramado de calles catalanas. Pero era sobre todo un consuelo. Había nacido en el mar y al mar regresaba en los momentos de soledad. El mar era posibilidad y aventura.
Ambas ciudades tenían montañas a sus espaldas, refugio contra el desagradable viento del interior, tan excesivo en los ardores del verano como en los rigores del invierno.
A papá le encantaba perderse por los callejones genoveses: entre tejados que se rozaban dejando entrever el cielo, y callejuelas grises que brillaban al rojo de los geranios de las ventanas. Un rojo que se repetía, tras las puertas entreabiertas, en los pintalabios de las prostitutas. Estrechos pasadizos donde se cruzaban los borrachos, conversando con sus sombras.
Barcelona también tenía su entramado de callejones. Estaban situados en el Chino, el barrio oscuro a un tiro de piedra de nuestra tienda, pero donde no podíamos aventurarnos porque era infame.
Entre las iglesias de Barcelona, papá eligió Santa María del Mar por su interior, una fiesta de amplitud y de luz a pesar de su fachada, que más bien parecía una fortaleza. “Santa María del Mar”: un nombre bonito y soñador, que tranquilizaba.
También le encantaba una iglesia con un nombre que resultaba extraño para un italiano: Santa María del Pi, con un rosetón central similar al de San Lorenzo, la catedral de Génova que custodiaba las cenizas de Juan el Bautista.
En nuestros paseos, papá solía detenerse ante la puerta de Sant Iu de la catedral de Barcelona, donde san Jorge había luchado contra el dragón. San Jorge era el protector de Cataluña, pero aparecía también en casi todas las iglesias genovesas.
Para papá, los catalanes eran como los genoveses: decididos, testarudos, sin pelos en la lengua. Conocían el trabajo duro y el valor del dinero. Eran comerciantes y tenderos, hombres prácticos que amaban el trabajo bien hecho y no hacían descuentos. Tenían sentido del humor, reconocían sus propios tics, pero un forastero no debía bromear con sus defectos. Su lenguaje era cortante e hiriente; era áspero y se recreaba señalando lo que no funcionaba: sólo había vasos medio vacíos. Refunfuñaban, como los genoveses. Eran espíritus libres, con la cabeza alta, intolerantes con las órdenes, y sensibles al encanto de la anarquía.
Eran diferentes de los castellanos, que parecían ir a caballo incluso cuando iban a pie. En Madrid eran aristocráticos y sofisticados, siempre dispuestos a mandar, con sólo el amor o la guerra en la cabeza. No así los catalanes. Era difícil para un extranjero ganarse la amistad de un catalán, desconfiado por naturaleza, pero si conquistabas su confianza, esa confianza era para siempre. Eran hombres que no traicionaban, y papá tuvo prueba de ello en sus primeros días en España.
Papá también se sentía a gusto en Barcelona por el idioma, que le recordaba al genovés, con su gusto por las equis. No dominaba el catalán, pero se esforzaba por utilizarlo con los clientes de la tienda. Una de sus palabras favoritas era seny.Serseny significaba ser sabio, cultivar la justa medida, reflexionar paso a paso, conciliar los extremos.
Papá era la encarnación de la palabra seny.
Como los genoveses, los catalanes eran aventureros. La locura corría en corrientes alternas por sus venas y papá la atribuía a la sobreexposición al yodo de los marinos.
Los catalanes se enardecían por nada. Así era cuando llegaba la rauxa, la furia repentina como las lluvias de otoño, que hacían rugir los torrentes de Génova.
Pero había una locura buena en Génova y Barcelona, y era la de los músicos y poetas. A los genoveses les encantaba reunirse en las tabernas y cantar, del mismo modo que los catalanes se enorgullecían de su cohesión, de su capacidad para asociarse ante un reto común. La música era capaz de detener esas manos laboriosas dándoles un descanso. Al igual que la poesía, encendida por el mismo fuego de la melancolía.
Los nacidos en el mar conocían bien la nostalgia. Era el destino de generaciones que sabían que el amor navegaba en un barco que a veces nunca regresaba. Era la marca de quienes pensaban a menudo en la muerte. Porque el pensamiento de la muerte siempre está presente en los marineros: hace caer las máscaras, desnuda la vida.
Genoveses y catalanes estaban dominados por una melancolía circular: esperaban morir en la ciudad donde habían nacido. Estaban apolillados por el recuerdo: a partir de los cuarenta años, ya no buscaban ninguna tierra prometida, porque era la misma de la que un día habían partido.
En Génova, la nostalgia invadía las habitaciones del hospicio Paverano, donde los viejos pescadores se consumían en el recuerdo. Secos como ramas de invierno, casi siempre mudos, con ojos que relampagueaban cuando soñaban con el mar. Para ellos, la tierra firme era un bálsamo, pero una medicina siempre demasiado lejana: los que han vivido en el mar quieren morir en el mar.
Por eso la canción Ma se ghe penso había alcanzado un gran éxito entre los genoveses de todo el mundo. Les llegaba al alma. Había llegado incluso a Barcelona y a papá le gustaba cantarla. En esas palabras encontraba su historia, la geografía de su corazón: las alturas del Righi, la Lanterna, en lo alto de un paisaje de hierro, almacenes y raíles, la fachada de la Annunziata, la explanada de la Foce. Se le quebraba la voz cuando cantaba: «Ti t’é nasciûo e t’æ parlou spagnollo, / Mi son nasciûo zeneize e... no me mollo».
Sí, papá había aprendido español, pero no había olvidado el genovés.
Para nosotros, los niños, esas referencias no nos decían nada. No sabíamos qué eran el Righi o la Lanterna.
A papá le gustaban las aventuras de los marineros. En tabernas forradas de estaño, frente a vasos sin lustre y con los pies sobre serrín empapado, se dejaba llevar por sus historias. Fuera, las olas blanqueaban los acantilados. Le encantaba el mar en invierno.
Eran marineros que adornaban las iglesias con recuerdos de sus aventuras en el mar. La inscripción “Per grazia ricevuta” acompañaba acuarelas inciertas y sin proporción, piernas y manos de plata, corazones de todos los tamaños, incluso costillas de ballena o caimanes disecados, como el que se encuentra sobre Rapallo, en el santuario de Montallegro.
