Mi primera vez, después de ti - Noemí León Arcas - E-Book

Mi primera vez, después de ti E-Book

Noemí León Arcas

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Beschreibung

A Paula, una soñadora treintañera con un corazón sensible, la vida se le torna un laberinto sin sentido. Atada a una rutina asfixiante, se percibe como una espectadora pasiva de su propia existencia, incapaz de liberarse de las cadenas que le atan. Sin embargo, un destello de valentía ilumina su interior, llevándola a dar el primer paso para escapar de la monotonía: poner fin a su relación con Rodrigo. Con el corazón temblando, Paula cierra el capítulo de una conexión que prometía seguridad pero que, al mismo tiempo, le alejaba de su esencia. En este momento de metamorfosis, tres amigas entrañables, enfrentando sus propias batallas internas, deciden ser compañeras en este nuevo viaje hacia el autodescubrimiento. Paula se enfrenta a sus miedos, desafiando inseguridades y buscando su voz en un mundo en el que permaneció en silencio demasiado tiempo. En el transcurso de esta travesía, el destino le tiene reservada una sorpresa: Martín, un hombre con una mochila cargada de fantasmas y heridas del pasado. A pesar de sus diferencias, descubren que comparten el anhelo de liberarse de las cadenas que les anclan, buscando la paz interior. Juntos, se sumergen en una historia de amor rebosante de primeras veces, desafiando las expectativas y descubriendo que la vida puede ser mucho más que una serie de eventos predecibles. Mi primera vez, después de ti es una cautivadora narrativa juvenil que invita a liberarse de las expectativas impuestas y a abrazar el vértigo emocionante de la autenticidad. Con personajes entrañables y giros inesperados, esta historia inspira a los jóvenes lectores a seguir el latido de sus propios corazones y a embarcarse en el emocionante viaje del autodescubrimiento y el amor verdadero.

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Seitenzahl: 398

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Noemí León Arcas

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-964-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Querido lector o lectora:

Ahora que las páginas de este libro están en tus manos, te invito a que reflexiones sobre todas las primeras veces que han marcado tu vida. Algunas de ellas se guardan en el corazón y otras en el fondo de la retina. Quizás haya algunas que se han desvanecido en algún rincón lejano de la memoria sin que seas consciente de cuán significativas fueron.

Te aseguro que has vivido numerosas primeras veces y aún te esperan muchas más por descubrir. De hecho, al escribir cada una de las líneas en las que estás a punto de adentrarte para vivirlas en primera persona, yo misma he vuelto a sentir las emociones de muchas de mis primeras veces. Y otras muchas que tengo pendientes de vivir. Y otras que no querría que hubieran ocurrido.

Porque en ocasiones necesitamos abandonar la seguridad de lo conocido para adentrarnos en la incertidumbre de lo nuevo. ¿No te parece un tanto peculiar?

Sigue leyendo para descubrir por qué, a veces, es esencial olvidar lo que pensábamos que éramos para encontrarnos con nuestra verdadera esencia.

Y todo ello para volver a vivir una primera vez…

Capítulo 1Lucía

Siempre he querido vivir las aventuras románticas de mis libros y películas de la infancia. Chico conoce a chica. Chica está enamorada de chico desde preescolar. Chico rehúye. Chica se desencanta. Chica empieza a crecer, cambiar y conocer a otros chicos. Chico se da cuenta de lo increíble que es chica. Chica y chico se reencuentran, se enamoran y son felices. Final feliz. Cuento feliz. He crecido viendo en mis películas favoritas ese drama romántico. Yo quería tener mi propio drama romántico. Pero nadie me dijo que la vida, al igual que te ilusiona, te decepciona. En fin, empecemos en el momento en el que mi vida cambió.

Verano, 2016.

Rodrigo y yo habíamos organizado las vacaciones de verano, como todos los años, en febrero. Rodrigo me enseñó las cualidades de ser una persona precavida, prudente y sensata. El orden y la organización eran imprescindibles en nuestra vida. Era importante ser previsores, buscar el presupuesto ideal y realizar una comparativa con diferentes agencias, elaborar un Excel con los gastos previstos y los gastos que podían surgir sorpresivos, crear una lista de los sitios de interés… Era todo un trabajo de investigación que debía tener su inicio y final en ese mes. No podíamos demorarnos en la elección, ya que, como decía Rodri, «las mejores ofertas caducaban pronto». Dicho así sonaba aburrido, monótono. Pero, al principio, no lo sentía así. Los primeros años fueron emocionantes. Creamos nuestra burbuja, nuestro espacio para buscar juntos un destino, abrir una botella de vino mientras decidíamos dónde queríamos ir, buscar hoteles y excursiones, respetar las opiniones, crear momentos inolvidables queriendo llenar la mochila de nuevos recuerdos. Ese primer año creamos el ritual: metíamos en una bolsa, oscura, papeles con los destinos que nos habían llamado la atención durante el año, y el afortunado era nuestro destino de vacaciones. Cierto es que, desde ese año, el destino que me gustaba lo repetía en todos mis papelitos. Creo que Rodrigo hacía lo mismo. La búsqueda para inspirarnos en el montaje de nuestro viaje evocaba en mí un recuerdo de la infancia. Era igual que cuando, antes de existir internet y los ordenadores en casa, había que hacer el trabajo de historia y acudía a los enormes tomos de la enciclopedia que tenía perfectamente ordenados y etiquetados mi padre en su despacho. Yo, tras encontrarlo, me sentaba en su escritorio, en su formidable mesa, imponente, de madera, y con la luz tenue del flexo verde y dorado que descansaba en la esquina, comenzaba a leer, subrayar «con lápiz, siempre con lápiz, Paula, que se puede borrar» y resumir en folios blancos, inmaculados, lo que sería mi trabajo final. Luego, al terminar, corría a la cocina y comenzaba a quemar los bordes, soplando para que se apagaran rápido porque, de esa manera, parecía antiguo, tenía empaque y simulaba un papiro. Aprendí a hacerlo veloz y en la cocina porque la primera vez que lo intenté, no soplé como debiera y acabó todo el trabajo chamuscado, una quemadura de primer grado en mi mano derecha y una marca en la mesa de madera que mi padre supo disimular con un recuerdo de sus múltiples viajes de trabajo. Al principio era una tarea dulce que, en los últimos años, empezaba a ser cada vez más conflictiva. Además, nuestra búsqueda con vino quedó sustituida por formularios a varias agencias online. Online. Presencial hubiera sido «perder tiempo», como decía Rodri. Nuestro tiempo es valioso y necesitábamos optimizar cada segundo del mismo. Por ello, la ilusión de querer viajar se había convertido en algo monótono que ya no suscitaba en mí el nerviosismo y la ilusión del principio. Ojalá poder borrar los recuerdos igual de fácil que borraba el lápiz de las páginas para volver a dejar el tomo donde descansaba.

Rodrigo es arquitecto y, haciendo honor a su profesión, le encanta tener todo cuadriculado. Irradia seguridad a través de sus ojos castaños profundos, en su forma de vestir, en su forma de hablar. Siempre neutro. Es musculoso, aunque delgado. Tiene tres años más que yo. Eso me gustaba. Siempre me había gustado que fueran mayores que yo. Además, desde el principio, Rodrigo fue muy protector conmigo. Era paternalista. Eso también me gustaba. En todas las películas adolescentes americanas el chico siempre era mayor, más alto, más fuerte, más deportista, que se fijaba en la chica pequeña, insegura, estudiosa, patosa, de gafitas y coletas, a quien nadie mira pero que, luego, tras sufrir un proceso de cambio profundo, entra al baile de fin de curso despampanante, del brazo del fornido chico de primera clase. Y todo el mundo se giraba. Miraban, cotilleaban y susurraban que QUIÉN era ella. Así me sentía al principio con él. Quién era yo, una chica menuda, sin rasgos despampanantes, patosa, que había conseguido que el chico guapo se fijara en ella. Menuda suerte había tenido, y menuda forma de inculcarnos realidades irreales con contextos románticos de bajo alcance y altas expectativas. En más de una ocasión, pensé que podía poner una demanda a Disney por tantos sufrimientos y pasarle las facturas de la psicóloga para reorganizar mi mente. Cambiar el filtro de las gafas ha sido caro.

Rodrigo y yo nos conocimos en la universidad, concretamente en la biblioteca. Qué cliché. Es la historia romántica que esperaba. Me encontraba en mi último año de carrera y me había levantado para ir a por mi cuarto café del día, tenía la mesa llena de papeles, botellas de agua y bebidas energéticas, así como mil pósits alrededor con las ideas más importantes que debía memorizar. Rosas, naranjas y amarillos. Me gustaba ir a la biblioteca a estudiar pese a que, en mi casa, tenía un precioso estudio, con la misma mesa de madera que guardaba una quemadura escondida bajo una piedra de pirita. Con el mismo flexo dorado y verde, pero vacío desde que mi padre falleció, hace años, durante mi segundo año en el instituto, y me acostumbré a huir de los lugares y esconder recuerdos, como esa marca de papel quemado. Solía acudir por las tardes y los fines de semana. A veces sola, a veces acompañada. Los fines de semana solían ser más solitarios. A veces, me acompañaba alguna amiga, pero ese espíritu de biblioteca tenía apogeo solo en las épocas finales de exámenes, y Enfermería era una carrera de relevos, en la que, compaginándolo con las prácticas en el hospital, había que ir haciendo exámenes paulatinamente. Desconocía qué eran los trimestrales, las salidas de los jueves o las tardes en la cafetería jugando a las cartas. Mi prioridad era mi carrera, mi profesión, mis estudios. No había cabida para más entretenimiento. Aun así, logré hacerme varias amigas con las que, a día de hoy, sigo teniendo contacto y la alegría de vernos y juntarnos, aunque la vida haya tenido para cada una planes diferentes.

Cuando regresé, había un nuevo papel en mi mesa que decía: Hoy estás realmente bonita. Miré perpleja alrededor. ¿Yo? ¿En serio? ¿Quién se habría fijado en mí? Creo que en ese instante sonreí, no estoy segura, porque estaba realmente cansada, pero me gustó encontrar esa nota. Al día siguiente, apareció otra nota: A ver si consigues no llenar la mesa con tantos colores. Y al otro. Y al siguiente. Hasta que, al final, llegó el definitivo: ¿Me das tu número de teléfono? Fantaseaba con todos los chicos de la biblioteca. Podía ser el alto rubio que estudiaba Magisterio, o el moreno con gafas que preparaba oposiciones. Levanté la mirada y miré a mi alrededor a ver si alguien se cruzaba con la mía. Pero nada. En ese momento, alguien me tocó por detrás, con un café en la mano. Era Rodrigo. Lo primero en lo que me fijé fue en sus ojos perfectos castaños, profundos, y en su sonrisa, tímida. Me gustaba fijarme en la expresión de la sonrisa de la gente, y ver si casaba con la expresión de sus ojos. Había veces que la gente sonreía mucho, pero sus ojos expresaban tristeza. Otras veces, la mirada se iluminaba y casi no había un atisbo de figura en los labios. Costumbre rara que aprendí en el funeral de mi padre. Rodrigo era coherente: su mirada nerviosa y su sonrisa avergonzada mostraban el interés y la valentía de ese momento. Se sentó a mi lado, apartando algunos folios y libros, mirando con curiosidad esa mesa arcoíris. Carraspeó un par de veces, como si tratara de invocar a la voz que hubiera desaparecido en los fondos del averno, y se presentó:

—Hola, me llamo Rodrigo. —Su mirada recorría toda mi expresión.

—Paula. —Extendí mi brazo en señal de saludo—. Encantada.

Durante unos segundos observé que ese gesto había sido confuso ya que titubeó entre darme la mano liberada o el café de la otra. Decidió darme el café. Fue gracioso.

Iniciamos una tímida conversación, donde las palabras giraban en torno a nuestros estudios y, tras ella, nos dimos los teléfonos. Fue curioso porque, tras levantarse de mi mesa y regresar a la suya, vibró mi teléfono catapultado tras el manual de Medicina Quirúrgica (probablemente la asignatura más importante de toda la carrera y la que más me costaba estudiar). Llamada perdida. Sonreí y me giré para mirarle, con la mala suerte de que empujé el café con el brazo, vaciando todo el contenido por el suelo. Mi cara, atónita en ese momento, se convirtió en una estrepitosa risa. Me guiñó un ojo. A partir de ese instante, cuando llegábamos a la biblioteca, nos hacíamos una perdida. Un toque. Eso significaba que habíamos llegado. Qué recuerdos: los toques, las perdidas para avisar y continuar con el coqueteo y flirteo, rezando para que no lo cogiera o mi tarjeta prepago consumiría unos céntimos de más. Noche tras noche, al finalizar el estudio, me acompañaba al coche, charlábamos, nos rozábamos las manos, nos reíamos. Aún recuerdo lo feliz que llegué a casa cuando nos besamos por primera vez en el parking, bajo la luz tenue de las farolas, entre agua y cítricos. Ese día era lluvioso y había pequeñas gotas en el cristal del coche. Habíamos caminado juntos bajo su enorme paraguas. Me acompañó hasta mi coche, que, estratégicamente, guardaba una distancia pequeña con la suya. Siempre intentaba aparcar en el mismo parking que él para tener la excusa de poder acompañarnos sin desviarnos. Había pasado una semana desde el primer encuentro, y tenía la esperanza de que el beso llegara pronto. Mis amigas decían que quizás habíamos estado demasiado tiempo en la friend zone (qué manía con ponerle a todo nombre)y que solamente quería que fuéramos amigos. Yo esperaba que no fuera así, incluso, detectaba señales de algo más. Yo, que soy miope. Entonces, cuando estábamos en la puerta de mi coche, comenzó a llover más fuerte y nos metimos dentro. Ahí estábamos los dos oliendo a melocotón por el nuevo ambientador, cuando, de repente, se acercó despacio y me besó. Fue un beso casto, tierno, dulce. Un beso que pedía permiso. Pero fue nuestro beso. Desde ese instante supe que era ÉL. Hasta ahora. Diez años más tarde.

Cuando empezaba el verano y llegaban, por fin, las ansiadas vacaciones, aprovechando que Madrid se queda vacío, nos bajábamos a Alicante, nuestra ciudad de comienzo, la que nos acompañó en tantas primeras veces. Mis padres tenían un piso en la playa que, tras fallecer mi padre, mi madre me lo cedió para que pudiéramos tener intimidad. Mi hermana se quedó con el piso del centro, y yo con el de la playa. Era pequeño, coqueto, de una sola habitación, con urbanización y piscina, paredes lisas y cocina integrada en el salón, que guardaba con cariño y que preferí quedarme porque en él guardaba increíbles recuerdos de mi infancia. Estaba lleno de fotografías colgadas en las paredes, de todos nuestros viajes, y la nevera estaba llena de imanes de cada uno de nuestros destinos. No alcanzaba a ver el color de la puerta ya que era un mosaico de figuras y nombres.

Como decía, teníamos organizado el viaje de verano. Entre maletas y ventiladores, sonó el teléfono de Rodrigo. El último iPhone que descansaba en la mesa del salón y que empezó a vibrar y emitir una sonora luz. Varias veces. Estaba en la ducha porque decía que el calor de aquí es pegajoso. No sé en qué momento se volvió tan gruñón. Al ver que no paraba, me acerqué al teléfono: cinco llamadas perdidas. Lucía. Dos wasaps nuevos aparecieron en la pantalla: ¿Por qué no me coges el teléfono? ¿Estás con ella?

El corazón me dio un vuelco. Empecé a notar cómo las manos me temblaban. Notaba cómo el latido cada vez era más rápido. La boca seca. Las rodillas se estremecieron, cediendo a esa postura y obligándome a sentarme en el sofá. En ese instante, y sin pensar, abrí el móvil y leí la conversación. Lucía. Entre varios hilos de mensajes, frases sueltas: Solo quiero abrazarte. Daría lo que fuera por estar ahí contigo ahora. Me imagino un futuro juntos… Pestañeaba fuerte para comprobar lo que estaba leyendo. La visión era borrosa y parecía que la mente no procesaba las frases, a las que volvía otra vez para digerirlas.

Cuando salió de la ducha, con unas bermudas y una camiseta corta azul, me encontró blanca, ojiplática, con los ojos rojos y susurrando en voz baja mi incredulidad. No daba crédito a lo que había leído. ¿Me había engañado? ¿Durante cuánto tiempo?No se movió. Se quedó pálido. Empezó a temblarle el labio. Su móvil estaba en mi mano y, desde el altavoz, Lucía, contándome toda su relación.

Capítulo 2Paula

Ojalá hubiera sido así. De esa manera, mi sentimiento de culpabilidad no sería tan abrumador, tan paralizante y podría perdonarme a mí misma. En realidad, lo que os he contado no es verdad.

No había ninguna Lucía. Bueno, en realidad sí, pero Lucía y Rodrigo son compañeros de trabajo, y, junto a su marido, fueron de las primeras parejas de amigos que hicimos cuando aterrizamos en Madrid. Lucía y Jacobo eran encantadores. No sé por qué había fantaseado con Lucía como posible amante de Rodrigo. Ni siquiera se soportan en ese plano. Sin embargo, me había imaginado mil veces que, si Rodrigo se enamoraba de otra persona, me era infiel, me dejaba, me engañaba… tendría la excusa perfecta para poder romper con aquella relación que me hacía sentir vacía. Era patética y cobarde. Así me sentía en ese instante. Había cruzado la famosa frontera de los 30 (¡treinta años!) y tenía todo lo que se suponía que me debía hacer feliz: un buen trabajo, aunque no era el trabajo de mis sueños ni me sentía como se suponía que debía sentirme, «haz lo que te guste, y no tendrás que trabajar ni un día más». Pensaba que había elegido bien mi carrera, mis estudios, mi profesión, pero odiaba madrugar, me molestaba profundamente tener que usar una hora de mi descanso para que me diera tiempo cruzarme la mitad de la ciudad para llegar puntual a la clínica, en la que mi principal tarea era replicar tareas y guardar datos en un ordenador. No me imaginaba mi futuro así. Mi compañero de viaje, una persona estable, que me aportaba tranquilidad, que tenía un trabajo remunerado que nos permitía tener un nivel de vida elevado, un futuro organizado, planificado, una rutina. Lo tenía todo. T-O-D-O. Pero esa palabra, realmente, estaba vacía. No podía ser más irónico. Una palabra que significa completo, íntegro y yo me sentía, con todo, hueca.

Sentía que me ahogaba. Desde hacía meses, sabía que había algo que no estaba funcionando. No era Rodrigo. Rodrigo era un hombre encantador (cuando se lo proponía, claro), serio, estricto, de esos que se plancha la raya del pantalón antes de ir a trabajar, quien se encarga de cerrar todos los tapones de botella que dejo abiertos por la casa. Quien revisa las cuentas de los restaurantes antes de marcharse. No era Rodrigo. Era yo.

Desde hacía meses, sentía que no encajaba con la vida que había elegido. Porque la había elegido, nadie me la había impuesto. No era como cuando estabas en el colegio y te tocaba en el equipo de gimnasia en el que sabías que ibas a perder. Ahí no elegía. Me lo imponía mi profesora, Reme, que decía que teníamos que ser un grupo equilibrado y heterogéneo o nunca aprenderíamos a trabajar en equipo. Sé que lo decía por mí porque trabajar en equipo no me gustaba. No sabía delegar, me gustaba controlar todos los aspectos y casi nunca era capaz de sentir la calma de que, remando juntos, llegaríamos a la meta. Así que lo que hacía era coger el balón y correr yo sola. Mi padre siempre decía «Elige bien, Paula»o«Donde no hay decisiones, no hay vida».Desconozco de dónde sacaba esas frases, si de los libros o de su vida, pero había intentado continuar con su sabio consejo. Aun así, me notaba apática y no paraba de cuestionarme: «¿Es esta realmente la vida que quiero?». No había nadie, no había ninguna razón objetiva para romper con mi relación. Solamente, que ya no quería a Rodrigo y no quería la vida que llevábamos juntos. No sabía cómo explicarle todo eso, que me ahogaba, que necesitaba que nuestra rutina cambiara, de ver pelis y sushi los viernes y sexo monótono los sábados a… algo más. Más de una vez había fantaseado con algún compañero de trabajo, de salir tarde, tomar algo en un bar y acabar follando en la parte de atrás de su coche. Más de una vez me había escapado a la ducha para sentir el placer de mi libido brotar entre mis piernas. Lloraba por las noches porque sentía que no valoraba la vida que me habían regalado y me levantaba con una falsa sonrisa para empezar un nuevo día. Si alguien hubiera tenido el mismo toc que yo, se habría dado cuenta de que mi sonrisa y mi mirada no estaban en sintonía. Una buena vida, y yo la despreciaba. Me sentía ruin, despreciable, a veces no podía respirar y mis pensamientos me ahogaban.

Como decía, teníamos organizado el viaje de verano. Entre maletas y ventiladores, sonó el teléfono de Rodrigo. Varias veces. Estaba en la ducha porque decía que el calor de aquí es pegajoso. No sé en qué momento se volvió tan gruñón. Al ver que no paraba, me acerqué al teléfono: cinco llamadas perdidas. Lucía. Dos wasaps nuevos aparecieron en la pantalla: ¿Por qué no me coges el teléfono? ¿Estás con ella?

En ese instante, y sin pensar, notando los latidos de mi corazón, abrí el móvil y leí la conversación: ¿Se lo has pedido ya? (Anillo) ¿Qué te ha dicho? Iba a pedirme matrimonio. Ojalá hubiera leído los mensajes que me había imaginado. Cuando salió de la ducha, estaba sentada en el sofá, pálida. Con el teléfono en la mano. Solo alcancé a decir: tenemos que hablar.

Capítulo 3Punto cero

La discusión con Rodrigo fue incómoda y amarga. Tras diez años juntos de relación, no sabía cómo explicarle que esa inversión no había salido como esperábamos. Seguíamos en el salón, la luz del sol seguía entrando poderosa y alcanzaba a vislumbrar cómo varias de gotas de sudor continuaban derramándose por la frente de Rodrigo. Acariciaban su piel, y aquella cicatriz de hacer submarinismo en una de nuestras dulces vacaciones. Mis manos estaban sudorosas, pero no sabría decir si del calor o de los nervios. Comencé a jugar con los anillos que descansaban en mis dedos finos. Los últimos veranos los recordaba muy calurosos, al punto de que había empezado a notar cómo otras partes de mi cuerpo sudaban, como los pies. Esa situación provocó que el verano anterior se resbalara el pie de la sandalia y bajara culeteando las escaleras del piso, con sandalia rota incluida y un breve esguince. El resto del verano, no pude usar sandalias. «Vuelve». Mi cabeza había divagado a un momento anterior. Seguía teniendo delante a Rodrigo que empezaba a desesperarse por mi largo silencio. Carraspeé.

—Últimamente me siento vacía, Rodri —intenté empezar a explicarle cómo me sentía para que pudiera comprender mi situación vital.

—¿Vacía de qué? ¿Qué es lo que no te gusta de nuestra vida? No tenemos una mala vida, Paula.

—Lo sé —continué— y siento frustración por pensar así. Tengo la sensación de que ha pasado todo muy rápido, que no he tenido tiempo para tomar mis propias decisiones y el camino que he recorrido siempre ha venido marcado.

—Lo que tienes es una crisis, la crisis de los 30, ya está —intentaba aclarar con voz tranquila—. No le des importancia. Se te pasará. Siempre se te pasa.

Me miró de forma condescendiente, desde la altura de estar de pie y yo, sentada, con los brazos en jarra, apoyándose en sus caderas. Todavía imponía más la situación. Pude alcanzar a ver qué estaba pensando, como si fuera una rabieta de niña pequeña, a la que no le dejan jugar más con sus muñecas, ver la tele o seguir chateando por el móvil, porque es tarde y se debe ir a la cama. Me recordaba exactamente a eso. Cuando de pequeña me enfadaba con mis padres porque quería ser mayor, y les rogaba que me trataran como tal. Mis padres, aplicando la lógica paternal posible y la santa paciencia de no devolver a su hija (aunque eso no pudiera ser realista), me explicaban por qué no me dejaban cuidar de mi vecino, tres años mayor que yo, mientras sus padres estaban fuera y sí podía hacerlo la niñera que habían contratado y que todavía iba al instituto. Mi argumento se basaba en que, de esa forma, yo podría comprarme todas las muñecas y mamá no vendería sus pulseras en la tienda situada al final de nuestra calle. Años más tarde comprendí la necesidad de vender, no solamente las joyas de mamá, sino también las de la abuela. Y con esa edad tan temprana no me hubiera gustado saber el motivo, ni lo habría encajado. Mis padres me miraban de la misma forma que me miraba Rodrigo: con lástima de querer crecer antes de tiempo. Pero entre ambas situaciones han pasado más de veinte años y ya no soy esa niña que quería jugar a ser mayor. Lo era y tenía claro que algo no estaba bien.

Hablar con él no me estaba ayudando porque invalidaba cómo me sentía y ocultaba la esencia de la conversación. No estaba entendiendo mi caos interno. Quizás ni yo misma era capaz de explicarle el torbellino de emociones que inundaban mi mente. Satisfacción, sensación de vacío interna, soledad, ansiedad en el pecho…¿Realmente era feliz?Rodrigo empezó a enumerar los múltiples motivos por los que debía estar feliz, contenta, y sentirme dichosa: tenía trabajo, amigos, familia, pareja. Estabilidad. Sinónimo de fortuna.¿Quién no querría tenerla?Dijo que despreciaba mi vida con mis comentarios, que lo que tenía era una crisis existencial, «como las chicas de las series que tanto te gustan ver». Qué conversación más absurda y qué impotencia me generaba. Esa misma balanza la había repetido una y otra vez en mi cabeza. Cuántas veces había contado con los dedos de la mano los amigos que tenía, la suerte de poder trabajar en aquello que había estudiado, aunque en muchas ocasiones sintiera que mi papel en la clínica era más de administrativa que de enfermera, mi familia que era mi principal apoyo pero que les tenía a 450 km de mí y mi pareja, con la que hacía tiempo que sentía que había desconectado de ella. Cuántas veces me había repetido que «la salud es lo más importante»después del cáncer de mi padre. Que seguía pudiendo cumplir primaveras, seguir cumpliendo sueños, que estaba bien (objetivamente). Todos esos motivos eran reproducidos una y otra vez, en mi cabeza. Igual que esa canción, esa que te gusta tanto al principio de verano y te la pones en bucle hasta que llegas a odiarla. El discurso era el mismo, y el sentimiento, la apatía de haber masticado corcho continuamente, haciéndome creer que era algo dulce, para convencerme de que era lo que quería, que era un sabor agradable, era sano para mí y solo debía acostumbrarme. Fingiendo que eso me hacía feliz. ¿A quién le podía hacer feliz masticar corcho en vez de un chuletón con patatas, churros con chocolate, algodón de azúcar? ¿Cómo podía pensar que era un buen sucedáneo? Me entraron arcadas y ganas de vomitar.

—Rodrigo, a veces la vida no solo se trata de contar todo lo que se supone que tenemos. Pero ¿y si lo que tengo no me satisface? Estás empezando a hacerme sentir culpable. — Conseguí levantarme del salón, con el cuidado de no resbalar al sentir que, otra vez, mis pies volvían a sudar. Sería devastador que, en ese momento de empoderamiento, sufriera mi particular patosidad.

—¿Que te hago sentir culpable? —empezó a chillar—. ¡¿CULPABLE?! ¿Y yo cómo debo sentirme? Si parece que el artífice de tu vacío existencial soy yo. No eres feliz por mi culpa, ¿no? —Me dirigió una mirada defensiva.

La conversación cada vez era más incómoda y decepcionante. Si la persona que tenía a mi lado no podía comprender el alcance de mis sentimientos ni ofrecerme una mano amiga para superar este momento… ¿Por qué estaba alimentando ese vínculo?

—No sé si es solamente una crisis existencial —continuaba explicándole—. Tengo ganas de llorar, estoy susceptible, intranquila… como si algo malo fuera a pasar en cualquier momento. Estoy a la defensiva. Pero sigo con mi vida, Rodri. Llevo ignorando que algo me pasa desde hace tiempo y mantengo el mismo ritmo de vida. Me levanto, voy al trabajo y vuelvo a casa. Organizamos nuestro día a día. Pero hay algo que no va bien, no estoy bien. Me ahogo. ¡¡¡Te estoy diciendo que me ahogo!!! —Lloraba y suplicaba de igual forma para lograr que me entendiera.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo con esta información?, ¿eh? —espetó Rodrigo elevando las manos—. ¡¿Quieres hacerme sentir culpable de no sabes muy bien el qué?! ¿Tengo yo la culpa de que no valores lo que tienes? ¿De que no te guste la vida que se supone que tú has elegido? Si te estás comportando como una chiquilla, a mí no me subas a ese barco. Eres una egoísta de mierda, Paula.

Acababa de cruzar ese límite, el de usar palabras hirientes en forma de palabrota para canalizar su rabia interna. Recuerdo la primera vez que me insultó en una discusión. Mi cara perpleja de ver que algo que se había roto. Que había cruzado esa línea imaginaria que toda pareja tiene basada en el respeto y que nadie cruza, aunque esté cerca y a veces haga el amago con el pie de que quiere pisar el otro lado, pero nunca lo haces porque sabes que puede que no haya una marcha atrás. Rodrigo lo hizo hace tiempo, años, y no había vuelto a mi lado. La primera vez, me pidió disculpas de forma consciente, las siguientes, lo ignoraba y me responsabilizaba de su falta de control. Mi padre me había enseñado que, entre la pareja, debe existir siempre un lenguaje común de cariño y amor. Nunca vi cómo se peleaban mis padres, nunca presencié una escena de violencia, palabrotas, insultos o menosprecios. Sé que debían de discutir, como cualquier pareja, pero siempre lo habían mantenido en su intimidad. El respeto que se profesaban estaba intacto hasta el último día de mi padre, cuando le pidió a mi madre un beso. Yo había crecido en ese ambiente, con ese referente y, junto a las pelis de Disney, habíaa creado en mí expectativas irreales de mi futurible príncipe rosa. Mi visión de la realidad, mis altas expectativas.

—Yo no te estoy responsabilizando de cómo me siento, pero solo lo estás mirando desde tu punto de vista. —Mendigaba con la mirada que me entendiera—. No estás empatizando para entender cómo lo puedo estar viviendo yo. Te centras en ti y en tus expectativas. Rodrigo, por favor, mírame a la cara. Por favor. —Intentaba acercarme a él mientras daba tumbos por la casa, sollozando, sintiéndome la peor persona de este mundo.

Comenzaba a generarme mucha ansiedad sentirme incomprendida, mantener una conversación en bucle con alguien que quería convencerme de que no, que no pasaba nada. Que todo estaba bien. Que mis pensamientos y mis sentimientos eran obra de la inmadurez que tenía. Que no sabía lo que quería. No podía parar de llorar, me temblaba el labio. Las piernas. Había jugado tanto con mis uñas que el esmalte había saltado. Rodrigo no paraba de bufar al aire, cogiéndose del pelo y atusándoselo hacia atrás. Caminaba errático por el espacio que le dejaban las maletas del salón. No paraba de mirar esa escena. La verdad, no sé de qué me extrañaba. Rodrigo era una persona racional y pocas veces se dejaba llevar por las emociones, mantenía una actitud muy práctica en todos los ámbitos. A veces, me faltaba humanidad y afecto en sus conversaciones. Volví a sentarme en el salón al sentir la flaqueza de las rodillas, en cualquier momento iban a descomponerse. Al sentarme, el calor del día de verano se hacía evidente.

—Pau, te lo he dicho muchas veces. Eres demasiado sensible. ¿Para qué te han servido los años de terapia? Si siempre estás igual, triste —espetó elevando el tono de voz. Se sentó a mi lado con las manos entrelazadas.

Acababa de sacar la carta de la psicóloga. Cuando discutíamos y la conversación se desvirtuaba, tenía la«sana costumbre»de echarme en cara las sesiones con Raquel. Intentaba convencerme de que no habían servido de nada porque seguía siendo, según él, una persona insegura y triste. Que se podía ofender de forma muy rápida ante comentarios que, se supone, son para mejorar mi ánimo. Que las decisiones que tomo parecen extraídas del cuestionario de la Super Pop, como cuando tenía dieciséis años. Cuantísimas veces le había explicado a Rodri en estos años, tras la terapia con Raquel, que a veces podía ofenderme con sus palabras, no por mi sensibilidad sino por su falta de tacto al trasladar las ideas que quería imponer. Volvió a mirarme.

—Entonces, ¿qué me quieres decir, Paula? ¿Vuelve a ser uno de tus cambios de humor que… se te pasará? —El vaivén de sus piernas me sacó de mis pensamientos—. Dios mío, ¡qué puto calor hace aquí! —Volvió a ponerse de pie de forma abrupta.

Entonces, lo vi claro. No quería mi vida porque había dejado de querer a Rodrigo. No me sentía a gusto en una relación en la que el compromiso afectivo y emocional estaba ausente. No quería seguir formando parte de una relación en la que me tenía que autoconvencer cada día de por qué seguía con él. Si por la rutina, costumbre o porque Rodrigo quedaba muy bien en la foto. Me había enamorado de Rodrigo, pero aquella persona risueña y detallista de la biblioteca había dado paso a un hombre gruñón y egoísta que no tenía responsabilidad afectiva en nuestra relación. Que supeditaba todo a él y su bienestar. Que me responsabilizaba de todo lo que ocurría. Fue un momento efímero de lucidez, pero ahí estaba la verdad de mis sentimientos de angustia. Me sentía atrapada en una vida que no había elegido y que el tiempo me depositó en ella. Había dejado que la rutina y costumbres me llevaran por el camino correcto, sin hacerme preguntas de si era lo que yo quería. Pero cuando la mente calla, el cuerpo grita. Y, como se dice, si no le haces caso, grita más fuerte. Se deja ver en tu piel, en tus sueños, en tu respiración, en tus defensas. Quiere que veas que ahí está. Con luces de discoteca que no se apagan. Hoy lo tenía claro, cuando Rodrigo fue a pedirme matrimonio, lo tuve claro. No quería sentirme atrapada en una vida que no me iba a hacer feliz y que, egoístamente, tampoco le iba hacer feliz a él. Entonces, fui valiente. Por una vez en mi vida, fui valiente. Me sequé las lágrimas con la mano, dejando pequeñas motas de esmalte rojo en la mejilla. Carraspeé un par de veces, preparándome para las palabras que se avecinaban y que traerían caos, tristeza y decepción. Sobre todo, eso último. Odiaba pensar que podía llegar a decepcionar a la gente que quería, eso no era posible. Odiaba ver el reflejo de la decepción en la cara de mi padre cuando rompía algo, llegaba tarde a casa o mentía por haber fumado a escondidas.

—Rodrigo, no quiero seguir así, no quiero seguir con la relación. Yo… —Miré hacia mis pies—… ya no siento lo mismo por ti, no siento lo que debería sentir por una pareja. No estoy enamorada de ti. —Alcé la vista para encontrarme con la suya—. Es lo mejor que puedo decirte, para los dos. Estoy dándonos una oportunidad de tener la vida que queremos tener… los dos. Siento no ser la persona que pueda acompañarte, al principio, sí que la fui. —Me levanté del sofá, intentando ponerme a su altura—. Siento no poder ser tan segura como tú en tantos aspectos. Siento dudar de nosotros cuando teníamos la vida organizada. Pero no puedo permitirme el lujo de vivir una vida que no me hace feliz. Y si lo hago, lo único que voy a conseguir es hacernos infelices a los dos. —Intenté cogerle las manos. Dirigió su mirada hacia mí, y, con ira y brusquedad, las separó.

—Esto de la felicidad y el lujo de no poder permitirte una vida que no quieres, ¿de qué va? ¿De tu padre muerto y la estúpida promesa de valorar cada segundo como si fueran minutos? No va a haber nadie que te quiera, lo sabes, ¿verdad? —Sus ojos empezaron a empañarse de lágrimas—. Nadie. Eres una inocente si piensas que encontrarás alguien mejor que yo. Eres una puta EGOÍSTA que no sabe lo que quiere. Después de todo lo que he hecho por ti. —Se dirigió con paso envalentonado hacia la puerta—. Acuérdate de este momento, porque te vas a quedar sola. —Cerró con fuerza.

Recuerdo vagamente lo que dijo al final, y mi mente hizo una composición de palabras porque introducir la muerte de mi padre en la discusión y herirme, de forma consciente, utilizando las palabras de nuestra última conversación, era despreciable. Aun así, tras el portazo, dejó un vacío en el salón que solo podía llenar mis lágrimas de culpabilidad y liberación. Daba igual lo que acaba de proferir Rodrigo, la de límites que se había saltado, invadido… que, si fueran strikes, había dejado de jugar en el equipo, varias temporadas anteriores a esta. Daba igual que me hubiera herido, porque, en ese momento, mi culpabilidad era ingente. Ya atendería a las otras emociones que emanaban. No podía entender cómo había llegado a ese punto, y en ese momento, un miedo al cambio y a la soledad empezó a florecer en mi interior, de forma sorpresiva, bloqueando el pecho y la respiración. Inundaba cada orificio de mi piel y de mi pensamiento, ramificando esa sensación y llenando el vacío en forma de peligro, alarma.

Capítulo 4Martina, Claudia e Irene

Como os decía, siempre he querido tener una vida de película romántica americana de los años 90. Eso también incluía a las amistades. Desde que tengo recuerdo, siempre, siempre, he valorado estar y formar parte de un grupo de amigas: en el cole, en el instituto, en la universidad. En cada etapa han sido diferentes, y los sentimientos que generaba en cada momento eran similares: no podía perderlas. Que debían ser y estar para siempre. Best friend forever, saludos ocultos y cifrados, promesas con meñique, conversaciones telefónicas hasta las tantas, notitas en las taquillas del instituto, paseos en bicicleta rosa hasta el lago, reuniones secretas en la casita del árbol. Ni en mi instituto había taquillas, ni mi padre me dejaba usar tanto el teléfono y mi casa era un piso de cien metros dentro de una comunidad de quince vecinos y daba a otro edificio, frente a la estación de tren. Ni tenía bici porque me daba miedo perder el equilibrio y morir sobre un bordillo, así que nunca fui capaz de quitarle los ruedines de seguridad. Por tanto, todas las expectativas creadas eran imaginarias, pero tenían en mí un gran peso e importancia. Años más tarde, en las sesiones con Raquel, mi psicóloga, supimos poner nombre a cómo me había acostumbrado a crear nuevas relaciones y las emociones que me generaba cuando pensaba que podían abandonarme: apego ansioso y miedo al abandono. Al inicio de mi adolescencia confluyeron dos situaciones dramáticas, de esas que te hacen vulnerable y creas conductas insalubres sin que te des cuenta. Las experiencias que guardas en el fondo y que un día, te levantas con una bola en el pecho, con la sensación de que algo malo va a ocurrir. Cuando acabé segundo de secundaria, actualmente 2º ESO, mis padres me cambiaron al instituto que se encontraba más cerca de casa. A un instituto público, dejando el concertado al que había acudido en mis anteriores años. Mis amigas de toda la vida, las del cole, continuaron con su rutina… sin mí. Dejaron de llamarme para hacer fiestas de pijama. Dejaron de avisarme en los cumpleaños. No me devolvían las llamadas que hacía a sus casas. Simplemente, se olvidaron de mí. De golpe, me vi sola, en un centro nuevo, sin conocer a nadie. Sin amigos con quien compartir las risas, las confidencias, con quien compartir los primeros besos y las primeras salidas. En ese momento, gesté una enorme rabia hacia mis padres. No entendía por qué tenía que abandonar el colegio que me había visto crecer, no podía entenderlo. Lógicamente, las cosas en casa no iban bien, y la enfermedad de mi padre había llegado sin pedir permiso, arrasando con todo y en la más absoluta intimidad. Ojalá esa rabia hubiera podido evitarla para disfrutar ese año y medio que consiguió luchar, como si fuera un guerrero, junto a nosotras. Como decía mi padre, «Dios envía batallas a sus mejores soldados». Yo solo quería que fuera un cobarde para quedarse conmigo. Pero no pudimos elegir. De los últimos días de hospital, de las últimas visitas, solo recuerdo, al volver a intentar encontrar a mi padre, una cama llena de aparatos, pitidos infinitos, cables de colores, goteros. En eso se convirtió mi padre al final. En conseguir que la saturación no bajara de 90 %. Conseguir que no salieran llagas. Sin embargo, hasta el final, sonreía. Siempre sonreía. Aunque sus ojos y su sonrisa no bailaran al mismo ritmo. Su último beso, el de mi madre. Aunque no se es lo suficientemente grande para gestionar el duelo de los padres, yo era lo suficientemente pequeña para no haberlo vivido. Puta vida.

Entre mi soledad y el inicio de una época familiar triste, la vida me regaló a Martina. Un día, en el patio, una niña menuda, de melena loca rizada, se sentó a mi lado para compartir su almuerzo y sacarme una sonrisa. Me escribió una nota en un folio de colores y olores, de esos que usábamos para cambiar en los patios de colegio, donde se describía y presentaba. Todavía guardo esa carta en mi caja de recuerdos de la infancia y aún a día de hoy podría recordar las cuatro frases que anotó en dos colores de azul diferentes, con su letra grotesca. Desde entonces, nos hicimos íntimas y hemos compartido todos estos años de la mano. Creciendo y aprendiendo de la vida. Acompañé a Martina en la despedida de su madre, al igual que ella me acompañó en la pérdida temprana de mi padre. Recuerdo llevarle todos los días el almuerzo a clase, siempre con una nota, para robarle tantas sonrisas como ella hizo en mí tiempo más tarde. Siempre estaré en deuda con ella porque me salvó de una adolescencia sola y vacía y de una pérdida prematura que solo ella podía comprender al haber vivido el mismo drama en su familia. Tenía presente ese pensamiento cada vez que la miraba. Sé que ella pensaba lo mismo. Aunque su espíritu era libre, ella era casa y me decía, más veces de las que yo recuerdo haberle dicho, lo mucho que me quería. Nunca nos inventamos un lenguaje secreto, ni jugamos a Línea Directa juntas, o hicimos cola con sacos de dormir para ir a nuestro primer concierto, pero sí que nos pasábamos horas hablando de lo mucho que dolía la ausencia de nuestros padres, cómo tuvimos que crecer prematuramente para mantener el rol de hermana mayor. Esos momentos de soledad dejaron una huella pronta y me había convertido en una persona complaciente, con miedo a decir que no porque podían dejar de quererme y abandonarme, en cualquier momento. Sintiendo que siempre debía estar para y por los demás. «El síndrome de niña buena», me decía Raquel.

Han pasado muchos años desde esa etapa y, aunque considero que tengo un círculo de amigos amplio y variado, tengo mi referente, mi pilar incondicional: mis chicas Campos. Cariñosamente nos llamamos así por la forma que tenemos de comentar las novedades. Es el grupo de amigas que, por extensión, surgió de la vida. Además, como las buenas amigas, vinieron y se quedaron en nuestra vida con una cerveza en la mano. A veces, tiene sorpresas bonitas. Como Martina. Con el tiempo aprendí a que, al igual que las relaciones de pareja van y vienen, que la gente tiene diferentes intereses y que las circunstancias de tu vida van bailando entre diferentes aguas y tempestades, las amistades también pueden quedarse en esa etapa, y no pasa nada. Lo importante de cada persona y amistad que conocemos es saber madurar y crecer conforme nuestras circunstancias van cambiando y seguir formando equipo de otra forma. Gomet para mí el día que, por fin, pude entender estas circunstancias, y remanso de paz que dejó haber pasado de nivel en el juego de la vida.

Irene y Claudia llegaron a nuestras vidas una tarde de junio, no especialmente calurosa, mientras estudiábamos para preparar la selectividad en la biblioteca de la universidad. Parece otro cliché que, años más tarde, se repitió. Martina y yo habíamos decidido hacer un descanso porque nuestro cerebro era ya pechuguita de pollo. Fuimos a la máquina de café y empezamos a cotorrear sobre lo injusto que era hacer tantos exámenes en tan pocos días, y que eso supusiera la nota que iba a decidir si estudiabas lo que sobraba o lo que te gustaba. Las dos comentábamos, mientras el café (aguado) salía de la máquina, que, si la nota no nos llegaba, ni ella estudiaría Magisterio ni yo Medicina. Ninguna tenía un plan B.

—Oye, ¿y si le preguntamos a las cartas? Quizás estamos aquí estudiando y ya podemos saber si vamos a entrar o no —indicó jocosa—. Así podríamos irnos ya de cervezas y no estudiar a Carlos III y su reinado.

—Si ese método fuera infalible, ¿no crees que la gente ya estaría fuera divirtiéndose en vez de estar estudiando? —le pregunté divertida para ver si analizaba su pensamiento. Efectivamente, pechuguita de pollo.

— La Dra. Balbín ha hablado —espetó haciendo muescas al aire, sumida en su utopía.

—Ojalá venir del futuro para decirnos si, finalmente, hemos estudiado lo que hemos querido. ¿Te imaginas que ahora aparecieras aquí, delante, contando lo que ha pasado en los próximos diez años? —Su capacidad de inventiva era extraordinaria. Enfatizó mucho en «dieeeez».

—¿Qué le preguntarías? —Quise seguirle el juego porque retrasaba la hora de entrada al inicio del estudio y me apetecía charlar de cosas más banales que ponerme a labrar mi futuro incierto.

—Pues… en realidad, no estoy segura. Creo que querría saber si he aprobado selectividad, si he entrado en la uni para estudiar la puñetera carrera que antes de empezar ya le he cogido manía y… —dudó— le preguntaría si al final Álex me pide salir juntos. —Terminó con una sonrisa tontuna.

—¡¡¡ Tíaaa!!! Álex está coladito por ti, se nota. —En realidad, no tenía ni puñetera idea de si lo estaba o no, pero sé que el siguiente mes estaría coladita por otro compañero, repartidor, jugador de fútbol, vecino o amigo de su hermano, así que no me preocupaba un chasco, ya que ella unía los amores como los cordones de los zapatos, fácilmente retirables.

—¿Tú crees? —Arrugó la nariz—. No sé, el otro día le vi muy cerca de Mónica, con mucho… tonteo. Yo creo que no le gusto.

—Lánzate, este sábado, en la cena de clase, lánzate y a ver qué pasa.

—¿Qué dices? ¿Estás loca? Quita, quita, para que me dé un bufido y tengamos que irnos a casa, a llenarnos de helado de chocolate mientras vemos por cuadragésima vez Un paseo para recordar.

—Espera, espera… —Me giré para mirarla—. Si a ti te rechazan, ¿yo me tengo que ir también? —Nos señalé con el dedo libre que me dejaba el café.

—Claro, se llama sororidad femenina.

—Creo que ese no es el significado «real» de la palabra, Marti.

—Que sí, cojones, sororidad femenina es la solidaridad entre mujeres en situaciones de discriminación y actitudes machistas.

Me quedé mirándola. Esperaba el momento en el que su cable hiciera conexión, las pupilas se le dilataran y entendiera la incongruencia de su argumento.

—No sé por qué me miras así, no hay mayor discriminación que pasar de una tía. Yo lo veo así. Si Hugo te hiciera lo mismo, yo mataría dragones por ti —se jactó orgullosa.

—Los mismos dragones que cuando empecé a enrollarme con Ramón, y él se piró con la morena de la otra clase, ¿verdad? —La pullita la tenía reservada para un momento como este. No estaba bien ser rencorosa, pero he de decir que necesitaba soltarlo.

—En ese momento, Pau… —Puso los ojos en blanco—… era inmadura, no sabía que existía esta conexión tan especial y bonita entre nosotras…

—Corta el rollo, ricitos de oro, que eso pasó el curso pasado. No me tangues, cabrona.

—Ojalá tener la Super Pop aquí para preguntarle a la psicóloga experta. ¿Te acuerdas, Pau? ¿Cómo puedo saber si le gusto? ¿Le doy más tiempo? ¿Me lanzó ya? —Explotamos en una sonora carcajada.

Con Martina había vivido mi primer (desastroso) beso, mi primer desamor, mi primer amor platónico. Para mí, todos los chicos que me habían gustado habían sido candidatos a ser mi príncipe azul. En tercero, Dani, el repetidor gótico que años más tarde me crucé lleno de tatuajes, pero solo en la primera mitad de curso, ya que luego apareció Javi en la segunda mitad. En cuarto, Pablo, morenazo que jugaba al baloncesto y con quien compartí mi primer beso en las escaleras del parque. Horrible. Sabía a tabaco, me mordí la lengua y acabé con un gripazo. En primero de bachiller, Carlos y José, y en segundo Hugo. Todavía recuerdo lo que sentía con cada uno de ellos, lo nerviosa que me ponía al empezar las clases el lunes, me sabía sus horarios de memoria, en qué momento podíamos cruzarnos por los pasillos, en los descansos, en las cenas de clase. Que se girara en el pasillo e hiciera ademán de saludar suponía conversar toda la semana de ese hecho aislado. Que te dejara pasar antes que él por la puerta podía significar que quería mirarte desde detrás y que le ponías lo suficientemente nervioso como para continuar andando. Además, para confirmar si podíamos gustarles o no, hacíamos todos los cuestionarios de la Super Pop y Bravo, ya que la Vale era más atrevida y mi madre me tenía prohibido esa revista que trataba temas tabúes de forma más explícita. Incluso comprando la Super Pop