Mi propia historia de amor - Virginia Flick - E-Book

Mi propia historia de amor E-Book

Virginia Flick

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Beschreibung

Rosa escribe historias de amor, pero el amor escribe la suya sin que ella se dé cuenta Rosa tiene más de treinta años y trabaja para una pequeña editorial que publica relatos románticos y eróticos. Acaba de romper con su novio de toda la vida, vive alquilada un piso por arriba del de su madre y siente que ha llegado a un punto de inflexión. No sabe muy bien qué hacer con esa sensación y sigue la rutina por inercia, hasta que la maternidad inesperada de su hermana y la muerte de su abuela se convierten en dos hechos clave para que su vida, por fin, cambie. Tampoco se iba a imaginar que Jaime, el hombre que aparecería en su puerta, la iba a empujar a que eso pasara, aunque no fuera el más idóneo socialmente hablando. ¿Y si estaba viviendo su propia historia de amor sin saberlo? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2021 María Cañal Barrera

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Mi propia historia de amor, n.º 299 - julio 2021

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-898-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

Capítulo 1

HACERLO EN UNA DUCHA ESTÁ SOBREVALORADO

 

 

 

 

El escenario de un encuentro sexual en un relato romántico y erótico es muy importante. Debe levantar el morbo suficiente al lector y proyectarlo sobre él. Debe ser capaz de imaginarse en ese contexto con quien cope sus fantasías en esos momentos y añadirlo a su lista de posibles. Rosa no ha aprendido eso en ningún curso, se lo ha enseñado la experiencia.

 

Rosa estaba en su cafetería favorita. No era una cafetería con sillas dispares ni ponían cafés con dibujos, era la cafetería de su barrio, la de toda la vida, cuyos dueños la habían visto crecer y aficionarse al café. Cuando tenía que escribir sus relatos románticos y eróticos, solía irse allí porque, a pesar de lo que se pudiera pensar a priori, le salía mucho más seguido el relato cuanto más rodeada de gente estaba. Además, tenía una mesa asignada, en ella no se sentaba nunca nadie y podía tener total privacidad siempre. O casi siempre.

«El agua caía con fuerza y empapaba sus cuerpos mezclándose con sus salivas y con su sudor. Mientras ella apretaba su… ¿culo?, su… ¿trasero?, contra su erección, él le pellizcaba los pezones, fuerte y flojo, dejándolos al frescor de los azulejos cuando sus manos se escapaban más abajo…».

—Hacerlo en la ducha está sobrevalorado. —Marga se asomó por detrás de Rosa y le dio un toque en el hombro. Rosa dio un respingo en su silla y casi deja caer el café sobre el portátil.

—¡Idiota, me has asustado! —Rosa se recompuso y colocó la taza algo más lejos del ordenador, luego cerró la tapa porque, de todos modos, no iba a seguir escribiendo con su hermana allí—. Llegas tarde.

—Ya, bueno, solo un cuarto de hora y tengo excusa de la buena. ¿Vas a dejar esta vez que lea el libro antes de que lo publiquen? —Margarita, Marga para todos y Margari para unos pocos, tomó asiento junto a su hermana, dejándose caer exhausta y deshaciéndose del bolso y la chaqueta en un gesto que a Rosa se le antojó inimitable, las había que nacían con elegancia y otras que, como ella, no la tendrían jamás ni aunque la cultivaran.

—Ya sabes que no.

—Yo podría ser tu lector cero, de hecho, lo fui durante un tiempo.

—Bueno, lo fuiste hasta que tu experiencia sexual sobrepasó los límites de mis historias. Ahora me vienes con afirmaciones como esa…

—Chica, es que si hubieses tenido sexo en una ducha no pondrías a tus personajes a follar en una. Perdón por la expresión. —Y puso un mohín sarcástico que hizo reír a Rosa.

—¿Tanto se nota que no he tenido sexo en un baño?

—Yo no he dicho baño, yo he dicho ducha. Un baño es diferente, hay formas que…

—Vale, vale, vale, no quiero saber más.

—Pues te podría venir bien para tus libros.

—Me va bien sin tus experiencias, gracias. —Rosa guardó el portátil dando por zanjada la conversación.

—Siempre tan puritana. ¿Desde cuándo no follas?

—Joder, Margari, ¿tienes que ser tan bruta? Y no soy tan puritana, si no, mira mis libros.

—Eso no tiene nada que ver. ¿Me respondes a la pregunta? —Ahora Marga estaba echada sobre la mesa inspeccionando con los ojos la expresión de su hermana que estaba, a su vez, tirada hacia atrás sobre el respaldo de su silla con los brazos cruzados, en señal de defensa.

—¡Hombre, las flores del jardín! —Rosa y Marga miraron hacia arriba a la vez con el mismo gesto de incomodidad. Desde pequeñas, el dueño de esa cafetería las llamaba así cuando las veía juntas. Habían aprendido a obviar esos comentarios.

—Hola, Leo, ¿nos pones dos cafés, por favor? —Marga le dedicó una sonrisa deslumbrante y llena de falsedad.

—Rosa, ¿quizás a ti una infusión? Llevas dos cafés ya… —repuso Leo con tono profesional.

—Déjame que yo decida cuántos cafés son suficientes para mí, Leo, pero gracias por preocuparte. —La sonrisa de Rosa fue más sincera.

—De acuerdo, ¡dos cafés para las flores! —Leo lanzó la comanda a voz en grito hacia la barra y se marchó a la mesa de al lado.

—Desde Rubén —murmuró Rosa.

—¿Cómo?

—Que no me acuesto con nadie desde Rubén.

—¡Pero si eso fue hace seis meses!

—Ocho. Ya ves, no salgo mucho y esto —dijo señalando el bolso con el portátil— no me deja mucho tiempo libre como para conocer a nadie.

—Tienes que hacer algo con tu vida, Rosa, mírate, sigues viviendo en el barrio, seguimos quedando en la misma cafetería donde celebrábamos los cumpleaños. No follas, perdón, no te acuestas con nadie desde hace casi un año. No avanzas, querida.

—No me va mal.

—Bueno, al menos ya no vives con mamá, aunque vives en el piso de arriba, a eso lo llamo independizarse poco a poco.

—No todos tenemos un trabajo que nos reporta lo suficiente como para vivir en un barrio pijo sin que la despensa esté llena de latas de sopa de tomate. ¿O tú tomas mucha sopa de tomate?

—Si lo hiciera, no me cabría esta falda. En fin, a mí no me importa venir hasta aquí para verte porque, de paso, veo a mamá, pero me preocupas… —Los cafés llegaron y comenzó el ritual de los sobres de azúcar, de un «te lo cambio por tu sacarina» y un «dame el tuyo que yo le echo dos sobres al mío».

Capítulo 2

ROSA

 

 

 

 

Rosa escribe principalmente sobre mujeres con crisis existenciales agudas. Sus protagonistas siempre están a punto de cambiar algo en su rutina que las va a determinar para el resto de sus vidas. Salen de una existencia gris y sin sustancia hacia una llena de luz y de color (también le gusta cantar la canción de Marisol cuando por fin llega el momento del cambio, como si se tratara del aterrizaje de un cohete en Marte, cuando todos saltan de alegría descorchando botellas de champán). Sin embargo, Rosa no necesita precisamente un gran cambio.

 

La primera acepción de «rosa» en el diccionario de la RAE es: Flor del rosal, notable por su belleza, la suavidad de su fragancia y su color. Suele llevar el mismo calificativo de la planta que la produce. Quién dice que un diccionario no puede guardar poesía, claro que sí. Pero Rosa siempre ha odiado su nombre, desde su más tierna infancia, desde que la llamaban Rosita en la guardería y hasta que la llamaron Rosón en octavo de EGB. Más adelante lo odió por inercia y aún hoy no se ha reconciliado con él. De todas formas, las hay con peor fortuna que la suya; ahí está su hermana, por ejemplo, que se llama Margarita, aunque ella tiene la suerte de que le hacen el diminutivo en Marga o Margari, todo tiene sus pros y sus contras.

No quiere decir esto que su vida haya sido desgraciada. De niña imaginaba a una chica igual que ella, bueno, igual no, lo mismo era más guapa, más espigada y menos rechoncha, llamándose Claudia, Valentina o Alexa, en mitad de una ciudad en guerra, portando un nombre maravilloso, pero con una existencia complicada y peligrosa. La imaginaba saltando grácil sobre los huecos dejados por las bombas, consiguiendo un mísero mendrugo de pan duro para su familia, y entonces no le parecía tan mala su vida en un barrio obrero del extrarradio, donde lo más peligroso eran los quinquis de la esquina a los que conocía del colegio y que la dejaban en paz porque les explicaba Matemáticas en el recreo.

Rosa se gana la vida escribiendo relatos eróticos para una editorial que se gana la vida vendiendo relatos eróticos. Llegó ahí por casualidad, en una de esas tantas prácticas que hizo al salir de la universidad. Ella pensaba que llegaba al departamento de comunicación de una editorial emprendedora, local y con futuro incierto pero ilusionante. Lo que se encontró fue una editorial pequeña, que hacía años había encontrado su nicho de mercado en una suerte de folletines semieróticos y románticos que vendían a dos euros en todos los quioscos de la ciudad. Allí hacía de todo. Contactaba con los autores (había más hombres de lo que una podía imaginar); hacía de lectora cero y desechaba manuscritos; corregía los que seguían adelante; mantenía el contacto con las imprentas y los distribuidores… Después de aquello, podría haber montado su propia editorial, sin embargo, dio el salto y comenzó a ser ella quien escribiera esas historias. Si su sueño de contar la actualidad que la llevó a estudiar Periodismo hacía mucho se había visto sepultado por la realidad (que no era otra que ya no quería contar la actualidad), su reconducción hacia el mundo de la comunicación también había pegado un volantazo: ahora seguía haciendo de todo en la editorial y también la nutría con sus propias historias.

—¿No has pensado en buscar trabajo en una editorial de verdad? —Marga removía su café con fruición. Marga lo hacía todo con fruición.

—Esta es una editorial de verdad, Margari.

—Ya, bueno, tú me entiendes.

—No sé, estoy cómoda, estoy bien.

—Tú lo has dicho, estás cómoda. Hace mucho tiempo que tendrías que haberte ido de ahí.

—¿Tú sabes las ventas que tenemos? —Rosa levantó la vista de su café y miró a su hermana con un gesto defensivo.

—Pues eso no se refleja en tus ingresos.

—Ya. Oye, ¿has hablado con mamá? Se va al pueblo a cuidar de la abuela, está peor. —Siempre que salía el tema de su trabajo y sus relatos, Rosa buscaba rápidamente cambiar de asunto.

—Sí, lo sé, esto no tiene buena pinta.

—No, no la tiene… Ah, ¿y por qué has llegado tarde? ¿Cuál es esa buena excusa? —Rosa ya había terminado su tercer café de la tarde, esperaba que el exceso de cafeína le permitiera no dormir y terminar el último relato que debía entregar a la editorial esa misma semana.

—He hablado con Jaime, más bien he visto a Jaime. —Marga tomaba su café a pequeños sorbos—. Chica, no sé cómo puedes terminarte los cafés tan rápido, está hirviendo. Y, mira, por una vez, Leo tiene razón, demasiada cafeína para tu cuerpo.

—Pues mejor eso que pasarme a las bebidas excitantes, yo con un Red Bull en el cuerpo tengo que implosionar. No te desvíes, has hablado con Jaime. —Rosa se reclinó sobre la mesa con una sonrisa gigantesca, era la primera vez que su hermana le hacía caso en un tema serio. Ella era la mayor de las dos, pero nunca había tenido la resolución de la que Marga hizo gala desde que tuvo uso de razón.

—He hablado con él y nos hemos visto en la clínica. Ya se ha hecho el análisis para la prueba de paternidad.

—Me alegro, estoy orgullosa de ti.

—Pues yo no, yo era feliz siendo madre soltera y tú lo sabes.

—Claro que lo sé, tonta, pero ese niño se merece saber quién es su padre y ese padre se merece saber que tiene un hijo.

—Ya, pues ese padre es gilipollas, cuando se lo dije no se creyó que era él el padre, y mira que Max es igualito a él.

—Hombre, Margari, permítele que dude, aunque solo sea un poco, que quedaste con él para acostaros por una aplicación VIP de citas sexuales. Joder, que…

—Que se rompió el condón, Rosa, que lo vimos los dos. Lo único positivo, aparte de mi niño, es que en la cama fue un éxito, igual por eso se rompió el condón.

—Igual. ¿Cuándo tenéis los resultados?

—En veinte días, más o menos. Aunque yo voy a meter prisa. ¿Nos vamos? Max tiene que haberse despertado y no quiero dejárselo a mamá más de la cuenta.

—Venga, vamos. —Ambas se levantaron a la vez y empezaron a ponerse chaquetas y bufandas. Fuera hacía un frío estremecedor y amenazaba lluvia—. ¿Llevas paraguas? —Marga negó con la cabeza mientras enrollaba una tercera vuelta el fular—. Pues tendremos que correr, creo. ¡Leo, mañana te pago los cafés!

—¡Claro, hasta mañana! —Leo levantó su brazo desde el fondo de la cafetería, pero no las miró.

Las hermanas salieron cogidas del brazo y ambas, Marga sobre unos tacones de infarto y Rosa con sus Converse habituales, corrieron como lo hacían cuando eran pequeñas, porque había cosas que no cambiaban.

Capítulo 3

LOLA

 

 

 

 

Qué importante es la familia en los relatos de Rosa. En muy pocas ocasiones ha creado a sus personajes huérfanos o en disputa con sus familiares, y, si ha hecho esto último, los reconcilia al final. De todas formas, cuando existen a lo largo de su historia, suelen ser bastante histriónicos: las madres se meten en las vidas de sus hijas y las hermanas o hermanos, si los hay, suelen ser bastante bordes con los protagonistas. Afortunadamente, Rosa no tiene esto en casa. Tiene una madre bastante normal que se preocupa por ella sin meterse demasiado en su vida y una hermana lo justo de borde, de la que nunca ha tenido celos porque sea más delgada y tenga un pelo más liso y rubio que el de ella.

 

A Lola siempre le gustó la jardinería. Soñaba con una bonita casa con jardín, más en el jardín que en la casa, pero acabó en un piso de sesenta metros cuadrados en mitad de un barrio periférico de la capital con el amor de su vida, un profesor de colegio que la tuvo dando bandazos por varias ciudades hasta que recalaron allí con la plaza fija. Así que, a falta de tener sus propias plantas en su propio jardín, se conformó con ocuparse de los maceteros del patio de vecinos y llamó a sus hijas Rosa y Margarita. Nunca pidió más.

—¡Mamá! —Marga entró como un vendaval en el piso.

—¡Aquí! —La voz de Lola sonó lejana, a pesar de que un piso como aquel no permitía que eso fuese cierto. Rosa y Marga avanzaron con cautela por el piso oscuro, estaban extrañadas de tanta oscuridad—. ¡En la salita!

Cuando abrieron la puerta de la salita, la antigua habitación de Marga, Lola las recibió con una sonrisa deslumbrante y con Max en brazos jugando con sus pendientes. La televisión estaba en Sálvame, Lola era adicta a los avatares de Rosa Mohedano, y los calentadores de pared que habían comprado a principio de temporada tenían la habitación caldeada. Aun así, tenían que seguir discutiendo con ella porque Lola echaba de menos su mesa camilla, esa que se dejó encendida a finales del invierno pasado.

—Ten cuidado, que en la que te despistes te arranca una oreja. —La voz de Marga sonó profesional.

—Bah, no será capaz, al menos todavía no, es muy chico.

—Más fuerza tiene.

—¿Os quedáis a cenar? —Lola hablaba haciendo botar al niño sobre sus rodillas.

—Yo no, no me he traído la leche. —Marga volvió a sentarse de esa forma suya tan particular y elegante.

—Yo sí, mamá, ¿pedimos algo abajo?

—¡Eso no vale! El día que yo no me quedo, pedís abajo, y seguro que pedís una pechuga de pollo.

—Si supieras la de veces que pedimos pechugas de pollo sin que tú estés. —Rosa sonrió triunfante a la mirada enfadada de su hermana.

—Al final, me vendré a vivir aquí al lado para que no paséis por encima de mí sin que yo me entere. —El teléfono de Marga comenzó a sonar.

—Eso no te lo crees ni tú, ¿verdad, mi Max? Que no me acostumbro a llamarlo Max, con lo bien que hubiera estado llamarlo Luis, como su abuelo. —Lola le hizo un arrumaco al bebé y siguió el juego.

—Ya puestos, Jaime, como el padre. ¿Sí? —Y Marga se levantó para salir de la habitación con el teléfono en la oreja.

—Han ido hoy a lo de la prueba de paternidad, en veinte días salen los resultados —le explicó Rosa a su madre y esta asintió comprensiva.

—Pero nosotras sabemos que no hacen falta, ¿verdad? —Seguía haciendo saltar a su nieto sobre sus rodillas.

—Lo sabemos: sin duda, Max es hijo de ese Jaime. Pero veo normal que quiera una confirmación científica, ¿no crees?

—Ay, yo, hija, qué voy a creer, que no entiendo esa forma vuestra de ligar y de estar con hombres. Que entiendo la libertad, pero quedar por el móvil con un desconocido para acostarse no entra en mis… —Lola dudó y movió una mano como alentándose a soltar la palabra justa, pero no le salió.

—¿Parámetros mentales? —salió Rosa en su ayuda.

—Qué inteligente eres, hija, siempre tienes la palabra exacta. ¿Verdad que sí, mi amor? —Y esta pregunta se la dirigió a Max, que la miraba embobado, como si hubiera descubierto él mismo un nuevo continente.

—Déjame a mi sobrino, que Margari se va casi ya y no voy a tenerlo ni un rato. Míralo por el lado bueno, por lo menos no es de bote.

—Déjate de tonterías.

En ese momento entró Marga con esa cara que solo su madre y su hermana conocían, era la misma que tenía cuando un profesor del colegio dudaba de su autoría en un trabajo, la misma que se le quedó cuando su mejor amiga le quitó el novio a los quince años y ya no volvió a tener mejores amigas nunca más.

—Jaime quiere conocer al niño.

—¿Qué dices? ¿No ibais a esperar a los resultados? —dijo Rosa, que ahora paseaba por la salita con Max en brazos.

—Pues ahora quiere conocerlo ya. Le he dicho que no, claro. —Se sentó enfurruñada junto a Lola—. Y la culpa la tienes tú, Rosa.

—¿Yo? —Y Rosa se paró en seco delante de la tele.

—Sí, tú: «Que este niño tiene derecho a saber quién es su padre»; «Que ese