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Por mucho que le busques hueco, el amor escapa a una hoja de cálculo . Marga es una mujer de éxito, metódica, que tiene hasta el último detalle de su vida registrado en una hoja de cálculo. Incluso el amor, que lista y cataloga por tipos de hombres. Acostumbrada a usar una aplicación VIP para ligar y tener sexo, se ha olvidado de que también se pueden tener relaciones al modo tradicional. Tener un hijo de forma intempestiva ya la obligó a extender los límites de su registro, pero ¿logrará el amor sacarla de sus casillas? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2022 María Cañal Barrera
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Sácame de mis casillas, n.º 332 - julio 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1141-131-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Epílogo
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A quienes nos salimos de nuestras casillas; quizá por eso desafiamos la rutina, aunque acabemos agotados.
En un relato romántico, la frustración es moneda de cambio. Se frustran los personajes principales, los secundarios y hasta los de relleno. Marga está harta de leerlo en los relatos de su hermana Rosa. No lo esconde, que los lee, pero tampoco quiere mostrarle que tiene tal afición a sus historias de amor porque, muy en el fondo, a ella le gustaría experimentar algo parecido a lo que les pasa a sus protagonistas. Quiere que la empotren con amor; con delicadeza a veces, con brusquedad otras, pero con amor. Y el amor es algo esquivo en su vida.
Marga recuerda haber querido de verdad solo una vez. Y de eso hace ya tantos años que duda que lo que sintiera entonces fuera amor. Estaba en el instituto y se llamaba Pablo. Con él perdió la virginidad en un momento que recuerda con ternura, porque los dos eran jóvenes e inexpertos. Ella no recuerda si tuvo placer, así que probablemente no lo tuviera; lo que sí recuerda con claridad es que él se corrió casi antes de empezar. Después vendrían más veces, perfeccionaron la técnica, Marga por fin sintió lo que era un orgasmo y poco después todo terminó porque el que creía el amor de su vida se lio con su mejor amiga. Aún hoy no sabe qué traición le dolió más, la de su amiga o la de su novio. Tampoco sabe qué echó más en falta a partir de entonces, si a su amiga o a su novio.
Marga realmente piensa que aquello supuso un antes y un después en su visión del amor y de las parejas. La traición doble, la humillación y el abandono, le valió un desapego a las relaciones difícil de explicar. Y le dio mucho coraje, mucha furia porque sabía que no era ni sería la primera ni la última engañada del planeta y que las mujeres se levantaban de semejante varapalo a diario y volvían a querer con la misma ceguera que al principio. Pero ella no, ella se sentía incapaz. Terminar el instituto fue un suplicio, porque veía a la pareja todos los días, una pareja que sí que fructificó y duró semanas y meses, hasta que años después supo que se habían casado y tenido hijos. ¿Estarían ya divorciados? Era lo que les tocaba. Marga se pellizcó el puente de la nariz, un gesto que la molestaba, pero que se hacía a sí misma cuando tenía pensamientos irracionales.
Cuando pasó aquello, Marga no atendió a ninguna explicación, le dolió como si le hubieran disparado un tiro desde tan cerca que le hubiera destrozado un brazo. Aun cuando les tuvo que reconocer que se portaron limpiamente con ella porque no hubo solapamiento de relaciones. Pero sí hubo solapamiento de sentimientos, que para ella era peor, ¿estaría Pablo pensando en su amiga la última vez que hicieron el amor? Sí, aquella vez, en la que lo hicieron de mala gana en casa de los padres de Pablo porque era impensable que no aprovecharan la ocasión de estar solos bajo techo. Intentaron hablar muchas veces, cientos, si se ponía a contar los correos electrónicos que Bea, su amiga, esa a la que le había contado con pelos y señales su primera vez, a la que le describió el cuerpo de Pablo con todo detalle, desde la cicatriz del apéndice que le habían extirpado de urgencias con diez años, hasta los lunares en su nuca, debajo de la melena corta que llevaba él en aquellos momentos; los correos que Bea le enviaba semanalmente pidiéndole perdón por algo que no había podido evitar. ¿Y si había sido ella la que había empujado a su amiga hacia su novio?
Marga se enredó con los mismos pensamientos que la habían tenido entretenida los últimos dieciocho años, aunque claro, ya no dolían igual ni tampoco los veía de la misma forma. Seguramente, si Pablo y Bea no se hubieran liado, ella de todos modos tampoco estaría con él ahora. Podían, entonces, permanecer casados y no divorciarse, hizo propósito de enmienda y decidió no tener más esos deseos tan feos. ¿Y por qué estaba pensando en Pablo y Bea en estos momentos? Porque había rescatado una caja llena de cachivaches de su adolescencia de casa de su madre: «O los tiro yo o los tiras tú», le dijo Lola, su madre, en la limpieza que la mujer había iniciado en un arrebato de actividad. Sentada en mitad del salón, sobre la alfombra mullida que le costó un pastón y que era la niña de sus ojos después de su propio hijo, bebía una copa de vino tinto —gracias a Dios, le gustaba el vino, no como a su hermana, que era incapaz hasta de tomarse una cerveza— y vaciaba la caja de cartón con parsimonia, saboreando cada objeto como hacía con cada trago de vino.
Qué fantástico ver lo idiota que era cuando tenía quince años, qué maravilla. Se hubiera dicho unas cuantas cosas si se encontrara delante de su yo de quince años. De momento, igual le recomendaba algunos truquitos para disfrutar un pelín más del sexo. «Otra cosa, Marga, tendrás mucho sexo y del bueno, aunque no mucho amor, chica». Luego, le blindaría otro pelín el corazón, le aconsejaría no querer tan a ciegas a Pablo. Sacó su diario y casi le da un infarto, se había olvidado de él. Era un cuaderno Moleskine de color rosa. Lo abrió con mucho cuidado, como si estuviese manipulando un incunable que corriera el riesgo de desintegrarse entre sus dedos si lo trataba con brusquedad. Leyó la primera entrada con atención y obvió la fecha: Hoy he suspendido Lengua y la profesora me ha mirado mal, no sé qué le ha dado conmigo a esa señora. Que mi padre sea profesor de Lengua y que mi hermana haya ganado un concurso de cuentos no me da a mí el talento. Odio la Lengua, aunque no se lo diga a mi padre. Y odio que siempre me confundan con mi hermana, tenemos el mismo apellido, pero no el mismo nombre. Primero pensó en su padre, en que lo seguía echando de menos terriblemente y luego en su hermana, a la que echaba terriblemente de menos desde que se instaló a vivir en el pueblo. Y aunque la seguía viendo más o menos las mismas veces, ya no estaba a un tiro de piedra y no tenía la libertad de ir a verla en cualquier momento.
Su hermana, Rosa… Sacó una foto en la que estaban Rosa, Rubén y ella en la puerta del instituto. Reconoció el día, la convivencia y el estúpido concurso de paellas donde la carne siempre salía dura y el arroz a medio hacer. Rosa y Rubén habían estado juntos durante años, aún se sorprendía pensando que debería tener sobrinos ya mayores a los que estar aconsejando qué carrera estudiar y, sin embargo, el primer niño de la familia lo trajo ella y tenía año y medio. Ahora Rubén la saludaba afectuosamente por la calle cuando iba a ver a su madre y ella alababa lo guapo que era ese bebé que él paseaba junto a una mujer que no era su hermana. Y de repente, todo lo que fue durante años, había dejado de ser. Para qué engañarse, ella tampoco hubiese querido una relación como la de Rosa y Rubén. Había querido a ese hombre como si fuera un hermano, pero cuando veía en lo que se había convertido la relación de su hermana, como si fueran compañeros de piso con derecho a roce, algo no le encajaba. Está visto que a su hermana tampoco le encajó y supo poner freno, lo de que fuera a tiempo ya era otro debate.
Llamaron a la puerta, un timbrazo largo y sostenido, ese era Jaime. Había aprendido a distinguir cómo llamaba la gente a su puerta. Su madre aún lo hacía con los nudillos, tres toques rápidos y breves, como si le diera vergüenza molestar, tan breves que, a veces, si a ella la cogía muy lejos de la puerta principal, la mujer se tiraba sus buenos diez minutos esperando a que le abrieran, dando en bucle tres golpecitos cada vez. O su hermana, esa era de dos timbrazos también breves, efectiva. Y los mensajeros, un solo timbrazo corto y urgente: «Abre ya o no te dejo el paquete, que llevo prisa», parecían decir con él. Y es que, si se ponía a pensar, a su puerta no llamaba nadie más. Si algún amigo llegaba a su casa, era porque había quedado antes con él y la avisaba por el móvil de que la esperaba fuera.
—¡Aquí está mi Max! —dijo Marga, abriendo la puerta y tendiendo sus brazos a la vez para coger a un bebé de año y medio que se revolvía en los brazos de su padre y se tiraba como un kamikaze sobre ella.
—Antes de que lo preguntes, todo bien, no ha vuelto a tener fiebre. —Jaime le dejaba la bolsa del niño en el suelo y le ponía un táper sobre la mesilla de la entradita. —Y estas son croquetas, las hizo tu hermana ayer.
—Ay, dale las gracias, bueno, no, ahora la llamo yo. ¿Dónde estáis parando hoy?
—Rosa se queda en el pueblo, tiene que entregar mañana un relato. Yo tengo juicio a primera hora y duermo en mi casa.
—¿Cuándo vais a estabilizaros? Quiero decir, en cuanto mi hermana esté de más tiempo, os va a costar más moveros.
—Probablemente nos quedemos en el pueblo, yo puedo teletrabajar varios días a la semana y allí hay más espacio que en mi piso. —Marga sintió que se le arrugaba un poquito el estómago.
—Bien, bueno, es comprensible.
—Sí, claro… Bueno, yo me tengo que ir. Max, dame un beso. —Pero Max le dio un manotazo en la nariz y le dejó un arañazo—. Al menos me llevo algo de recuerdo, ¿no? —Y sonrió. Se dio la vuelta y Marga cerró la puerta. Cogió el táper con las croquetas de su hermana y se fue aguantando las lágrimas al salón.
Esa pena que te oprime el pecho y que se apodera de tu cuerpo como si tuviera tentáculos que llegaran hasta el último poro de tu piel, hasta el pelo y las uñas de los pies. Esa pena que de vez en cuando te aturde y te deja tonta, te hunde y te deja sin ganas, sin fuerzas y apática. Esa pena, Rosa la usa de vez en cuando, no muchas, porque no le gustan las historias tan al límite de la tristeza. Aunque tiene que reconocer que ahí peca de contradicción, porque si a ella le encanta poder dibujar historias que puedan ocurrir de verdad, esa pena es tan real como la vida misma. Aun así la evita y, cuando uno de sus personajes la sufre, ella sufre por igual.
Marga tiene arrugado el estómago. Max lucha en sus brazos, salta apoyado en su cintura y le da cabezazos que ya le han dejado algún que otro chichón. Lo lleva al parque y le pone Pocoyó, obviando un poco la sensación de mala madre que la moja como una tormenta de verano, calándola hasta los huesos, porque, habiendo pasado el fin de semana con su padre, lo mínimo cuando lo vuelve a ver es estar con él. Pero no tiene fuerzas… Qué demonios, no tiene ganas. Tiene ganas de beberse su copa de vino que observa en el suelo, junto a su estupenda alfombra. Sería tan fácil pasar junto a ella, darle un golpe sin querer y verter el líquido rojo sobre su maravilla mullida que le da un escalofrío, ¿cómo no ha pensado en eso antes? Le da un beso a Max en la coronilla, se apresura a coger la copa y se va a la cocina. Allí se sienta a la mesa y deja el táper de croquetas delante de ella. Echa tanto de menos a su hermana que casi siente dolor. Pero no se lo puede decir, si no, se preocuparía. Y seguramente lo que tiene ahora es un ataque de nostalgia, después de haberse pasado las últimas dos horas mirando sus cosas de adolescente.
Pero ve tan feliz a su hermana, no la ve así desde… A decir verdad, casi que nunca la vio tan deslumbrante. Dejando a un lado que cuando se está embarazada, o estás hecha una mierda —como estuvo ella—, o estás que pareces tener un aura alrededor —que es lo que le pasa a Rosa—, ha encontrado al hombre de su vida. Lo ve cuando los tiene juntos delante, lo ve en los ojos de Jaime, lo ve en los ojos de Rosa, lo ve en sus sonrisas cómplices. Joder, ella quiere algo de eso y no tiene nada. Trago de vino.
A Marga no le sorprendió que Rosa se acostara con Jaime, le sorprendió que tuvieran una relación larga. Trago de vino. Quién le iba a decir que el padre de su hijo, al que conoció por una aplicación de citas VIP, acabaría siendo también su cuñado. Trago de vino. Con el tiempo, aquella circunstancia no pasaría de ser una anécdota que contar a los amigos para echar unas risas, pero, a priori, qué raro todo. Ahora lo ve normal e incluso le da cierta tranquilidad que, cuando Max está con su padre, también esté con su tía. Qué suerte. Trago de vino. Y si mira el lado bueno, Max va a tener un primo hermano de edad parecida, que en un futuro puede ser hasta beneficioso. Trago de vino. ¿Pensó ella alguna vez que quizás Jaime era su verdadera pareja de vida? Hubiera sido tan dramático y tan de las historias de su hermana decir que sí, pero no. Nunca. Y mira que Jaime es un tío guapo, atractivo; en la cama, al menos la única vez que se acostó con él, fue espectacular. Lo tenía todo para que después de la cita en un hotel del centro la cosa hubiera ido a más, pero qué va, la química del enamoramiento no se produjo. Sí la del follar —«Qué palabra tan fea usas», le diría su madre. «¿No podrías hablar mejor?», le soltaría su hermana—; pero es que, con alguien que conoces por una aplicación para quedar y acostarte, no haces el amor, follas y ya. Dejó de intentar explicarlo hace mucho. Trago de vino doble.
A decir verdad, Marga nunca ha sentido la necesidad de tener un hombre a su lado. Su abuela estaba orgullosísima de eso. Marga se sentaba junto a ella cuando iba al pueblo y allí le contaba sus planes desde que empezó la universidad: «Abuela, cuando acabe la carrera de Fisioterapia, me voy a especializar, aún no sé en qué, pero voy a ser la mejor en lo mío y me voy a montar por mi cuenta». La abuela la miraba sonriendo y asintiendo, ella sabía que Marga podría hacer lo que quisiera, que si ella decía que se iba a montar por su cuenta, lo haría. «Esa decisión la has heredado de mí, hija mía», y le daba una palmadita en el hombro y cerraba los ojos para echarse la siestecita de media mañana. Y Marga miraba a Rosa con su cuaderno de anillas al fondo del patio escribiendo Dios sabe qué, siempre perdida en otras vidas, sin saber qué iba a ser lo próximo que iba a hacer en la suya —¿cómo podía vivir de esa manera?—; y ella se sabía segura, veía un camino recto cuyos obstáculos no rodearía, sino que saltaría con impulso porque eso le daría experiencia.
Y allí estaba ella, en una casa con una hipoteca interesante que podía pagar holgadamente gracias a que su clínica de fisioterapia de suelo pélvico iba viento en popa. La llamaban de la universidad para dar cursos y charlas y era profesora fija en un máster que ella misma había ayudado a crear. Se había dado el capricho de esa alfombra de su salón cuyo precio había sido prohibitivo y que nunca jamás, bajo ningún concepto, desvelaría. Bueno, igual a su hermana, de la que conocía su debilidad por el buen café: había descubierto hace tiempo que ese café tan bueno que tomaba en su casa no era tan barato como les quería hacer creer. Y hasta llegar ahí había habido hombres que su cabeza, tan necesitada de orden y control, había catalogado.
Marga escuchaba los grititos de Max en el salón. Y, animada por el tiempo que el niño le estaba concediendo, volvió a llenarse la copa. Vació la botella y se dio cuenta de que aquella le había durado un par de días. Con el trago de vino en su boca, pensó en su historial. Sí, había estado el hombre mayor. Eso fue en segundo de carrera, se colgó bastante de uno de los profesores de la facultad experto en Fisioterapia Deportiva. Él ya era un verdadero deportista, tenía el culo más duro que jamás hubiese tocado. Nunca le impartió clase a ella, así que no se dio esa situación extraña de alumna-profesor. Estuvieron juntos casi un curso entero, hasta que ella se cansó de salir a hacer running y él volvió con su exmujer. El último polvo fue épico. Aprendió mucho de él, en todos los sentidos, sobre todo en el de hacer valer su espacio.
Sonriendo, se reclinó en la silla y cruzó las piernas. Antes de él, estuvo el compañero de mesa. Entraron a la vez en la facultad. El primer día de clase se sentaron juntos y ya nunca se separaron. Al principio, solo como amigos, hasta que una noche de estudio, una cosa llevó a la otra y acabaron haciéndolo sobre los apuntes en la cama de noventa que él ocupaba en un piso de estudiantes compartido. Tuvieron la audacia de poner un cartelito de no molestar para que los compañeros no entraran en la habitación, si es que se les ocurría hacerlo, y a la mañana siguiente, cuando salieron los dos bostezando y con una sonrisa bobalicona, los amigos de él los miraron con risas nerviosas y les ofrecieron café con tono jocoso. «En serio, con la edad que tenemos, ¿esto va a ser así?», soltó ella en mitad de la cocina. Y los otros se callaron y nunca más los importunaron. Con él vivió una relación esporádica, hasta que él acabó liándose con otra compañera de clase en una relación estable. Marga no lo sintió demasiado, solo que había perdido al follamigo perfecto, eso sí le dolió en el alma.
Marga observa el líquido granate en la copa, le da vueltas mientras degusta otro traguito de vino. Ese está especialmente bueno. Recuerda que ha habido algún que otro encuentro fugaz en el baño de un bar de copas, lo cual es de lo más excitante que ha vivido, pero que no aconseja en absoluto, a no ser que te compense la aprensión que vives con el morbo que te genera. También algún amigo de una amiga, en citas a ciegas que han acabado o bien en la cama o en la promesa de una segunda cita que nunca se ha llegado a producir. O algún colega de conferencia con el que ha pasado un fin de semana a gastos pagados en un hotel de lujo y, luego, si te he visto, no me acuerdo.
Marga ultima la copa y sabe que, en breve, en unos minutos, tiene que levantarse e ir a por Max, bañarlo, darle la cena y dormirlo. Traga el vino y deja que el calor la invada. No, nunca ha tenido esa relación larga, de parejas que dan el paso de unir sus vidas. Tal vez es que no ha encontrado a nadie adecuado para ello; tal vez el problema es ella, que le parece tan antinatural, tan complicado, tan de todo que nada le parece factible. ¿No se da cuenta la gente que puede ser traicionada de forma desastrosa? ¿No se dan cuenta todos de que eso de entregar tanto, tantísimo, es algo que no tiene sentido? ¿Cómo lo hicieron sus padres? ¿Cómo lo hizo Rosa durante tantos años con Rubén? ¿Cómo es capaz Rosa de hacerlo de nuevo con Jaime? ¿Qué hace falta para dar ese paso?
Se levanta, coloca la botella vacía en el rincón de la cocina donde acumula el vidrio. Se acerca al fregadero y, tras abrir el grifo, se echa agua fría en la cara. No está borracha, está un poco ansiosa. El descreimiento sobre el amor y las relaciones estables, sumado a una vida sin tiempo, tuvo su culmen cuando se inscribió en la aplicación de citas VIP. Lo de citas era un eufemismo, ella misma era de las que obviaba incluso la cena. Se aseguró de que esa aplicación le garantizara cierto anonimato y, tras las dos primeras veces, supo que ella no era la única que tenía su forma de pensar. «Con lo fácil que es conocer a un chico —su madre seguía llamando chicos a hombres de más de treinta— y empezar a salir», le había dicho Lola en una ocasión, cuando veía que los años pasaban y su hija pequeña no traía a casa a nadie para almorzar. «O una chica, tú sabes que a mí esas cosas me dan lo mismo». Marga le respondió con: «Mamá, no soy lesbiana, solo quiero que sepas eso». Y cortó la conversación con brusquedad. Pero por ahí fuera había más gente como ella, que había apartado las relaciones en sus vidas tremendamente ocupadas, que habían asimilado las nuevas tecnologías del amor para satisfacer sus necesidades —«Es igual que un antiguo guateque, pero virtual, ¿no?», y la cara de horror de su madre le dio la respuesta. La carcajada de su hermana no le hizo gracia—. Pero ¿estarían ellos también tan anhelantes de un verdadero guateque?
Rosa usa la rutina como la meseta de su historia. Es decir, a su protagonista le pasa algo, revoluciona su vida, el personaje se da cuenta de que hay alternativa más allá de las cuatro paredes de su existencia y, luego, inevitablemente, vuelve a esa rutina como bálsamo a las heridas que le ha causado salir de su zona de confort. Heridas que sabe, en lo más hondo de su corazón, que son compensables por lo maravilloso que ha sido tener esa experiencia nueva. Pero para Marga la rutina es una forma de vida, sin ella no sabe vivir. Una vida sin rutina es una vida caótica, difícil de asimilar, que se sale de los márgenes de su mente cuadriculada.
—¡Qué bonito volver a encontrarte aquí, hermanita! —Rosa dio un respingo y casi vierte su taza en el portátil. Marga la había podido ver a través de la cristalera de la cafetería de Leo, la cafetería de toda la vida de su barrio de toda la vida, el lugar predilecto de su hermana para escribir esas historias de amor que tienen embaucada a tanta gente.
—¡Joder, Marga, cuidado! Y tú no pierdes costumbres, ¿eh? —Pero Rosa no estaba enfadada. Como en una coreografía bien ensayada, sonrió de medio lado y cerró el ordenador. No hizo falta que se preguntase si iba a poder seguir escribiendo, ya sabía que no, así que guardó el ordenador en la mochila y miró a su hermana exultante.
—Me dijo mamá que te encontraría aquí. —Marga ya estaba deshaciéndose de su chaqueta y levantando la mano para que Leo les trajera dos cafés—. Supongo que tú descafeinado, ¿no?
—¡Qué remedio! Jaime me ha dicho que como se entere de que bebo más de un café al día me lleva a la matrona del pueblo y no quiero que esa señora me vea de nuevo, la verdad, la última vez ya fue suficientemente traumático.
—¿Y eso?
—¡Porque subí un kilo más de la cuenta! Me dijo: «Pese más o pese menos, la puerta de salida es la misma», ¿te lo puedes creer? —Marga casi se atragantó con su propia saliva—. Pero he adelgazado y todo, no apruebo el método, pero sí el resultado. —Y vio cómo su hermana se acariciaba la barriga con anhelo.
—¡Aquí están las flores de mi jardín! —Leo llegó sonriendo y poniéndose el trapo de cocina en el hombro—. ¿Qué queremos?
—Que conste, Leo, que no aguanto lo de las flores de mi jardín. —Hacía un tiempo que Marga había detectado que Rosa, desde que estaba embarazada, se había vuelto un poco más desvergonzada.
—Lo sé, queridas, pero a mí me dejáis, ¿verdad?
—Café para mí y descafeinado para ella.
—¿Cuándo podrás volver al café, Rosa?
—Si todo va bien, en dos meses me voy a tomar el café en vaso de tubo. —Leo se rio y dio media vuelta—. No puedo creer que no me diera cuenta de que era gay y de que su pareja es el cocinero, Marga.
—Pues porque siempre estás en tus historias.
—Me gano la vida con eso, qué le voy a hacer. Por cierto, ¿y Max?
—Se lo he dejado a mamá, está con su grupo de yoga en el parque, me dijo que iba a presumir de nieto.
