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La narración, cualquiera que sea su pelaje, precisa para ser efectiva los condimentos de la observación sutil, la amplitud de horizontes y la proximidad vivencial. Sólo aquellos que penetran la realidad, aquellos capaces de observarla boca abajo y rescatar a través de la escritura el mundo tambaleante que nos ha tocado vivir, atesoran la verdadera esencia de la literatura. Los grandes trapecistas, como los buenos escritores, realizan su trabajo con esmero, sin vertigo, auscultando el haz y el envés de la vida y devolviento a sus compañeros de acrobacias, sanos y salvos, a la frágil seguridad del trapecio. Es su mirada a la que quiere dar cabida esta colección que comienza ahora su andadura. Quinito López Mourelle se toma muy en serio el sentido del humor en Mi última reencarnación, novela en la que nos propone el viaje vital y geográfico de un estrafalario personaje que protagoniza situaciones hilarantes y surrealista pero también, cuando se tercia, tiernas y reflexivas. El lector encontrará trazos de la literatura de todos los tiempos y genéros.
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Seitenzahl: 315
Veröffentlichungsjahr: 2022
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la mirada del trapecista
QUINITO LÓPEZ MOURELLE
MI ÚLTIMA REENCARNACIÓN
La vida real, la realidad, es la forma más fidedigna de representación que se conoce y, como tal, por su verismo, puede llegar a satisfacer a los no advertidos de su perfección.
(William Lastings)
Aunque pueda resultar paradójico –e incluso un comportamiento contra natura–, los gorilas sienten nostalgia del zoo (…) e incluimos en esta consideración a aquellos ejemplares que, viviendo en estado salvaje hasta su muerte, no han tenido la oportunidad de conocer la humillación de ese cautiverio.
(Alejandro Marino Robleda)
…en la frontera tenue donde la razón, fascinada, se rinde ante el absurdo.
(Osman Lins)
¿Y quién se atrevería a afirmar que sólo la verdad es real?
(Ivan Turguenev)
Las apariencias no engañan: seducen.
(Eladio Tormentino Bousson)
EXORDIO1 UN TANTO MOLESTO… Y PEDANTE
ADVERTENCIA: Pueden ustedes abandonar la lectura de este exordio cuando les plazca pero, si lo hacen, no se quejen luego cuando lo echen de menos (uno puede cogerle cariño a las criaturas que más le incordian). De todas formas, y pensando en el bienestar y en la paz espiritual de aquellos que tengan un mal día o detesten profundamente los exordios y la pedantería, el autor se ha tomado la molestia de facilitarles una alternativa muy cómoda y económica: les propongo una lectura brevísima y simplificada del dichoso exordio. Tan sólo tendrán que seguir las siguientes instrucciones: 1) Leer los dos fragmentos que están subrayados. 2) Leer el fragmento que está entre paréntesis. (Por cierto, aparecerán algunos otros fragmentos de esta naturaleza a lo largo de la obra. Les aseguro que no muerden, así que les ruego que no los esquiven pues tienen su razón de ser.)
Tras seguir esos dos sencillos pasos, los lectores más conformistas podrán zambullirse sin miedo en los primeros capítulos de la novela y continuar hasta el final, teniendo que salvar, como único escollo, una ingente cantidad de puntos suspensivos. Los que hayan preferido degustar el exordio completo y de un tirón podrán tener pesadillas, problemas de digestión y mareos, pero serán recompensados con una estatua en la plaza principal.
Respiren profundamente, cojan aire y dispónganse a bucear a pulmón. Nos vemos al otro lado de la superficie.
***
De algún modo todavía sigo siendo ese niño que, encaramado y oculto en la rama más idónea de un árbol frondoso, espía en la noche estrellada de verano la fiesta de sus vecinos. La intensidad de su deseo y de su avidez sólo es comparable con la del temor a ser descubierto en su atalaya. Ese temor obedece en menor medida a la vergüenza de verse sorprendido que al fastidio de verse obligado a dejar inmediatamente la vigilancia, nuevo placer quizá superior que el que supuestamente anhela: el de participar, el de ser también actor en el reparto del botín. (De nuevo creo haber visto aparcado en la esquina el automóvil blanco, o crema o puede que beige. No, no lo he visto. He intuido que estaba, una vez más, en ese lugar señalado y fatídico… pero al acercarme al ventanal he comprobado –¿con sorpresa?, ¿con tristeza?, ¿con estupor?, ¿con alivio?, ¿con resignación?… todavía tengo mis dudas al respecto– que su lugar luce vacante en la insolencia de la ciudad). Sí, puedo haberme disfrazado de ese niño curioso que espía, vigila y escruta, pero en esta ocasión la escena está vestida con una ventajosa particularidad: soy al mismo tiempo el observador y el observado. Estoy en el escondite, en la retaguardia segura del follaje, pero es mi vida la que pretendo diseccionar desde esa posición privilegiada. Me observo para ser ese vecino rodeado de mujeres hermosas, de cócteles exquisitos servidos en copas estilizadas, ese vecino agarrado a la cintura de una novia buscando el lugar más propicio para airear el prepucio.2 Ocurre que cuando alguien está siendo observado –esto no es perla de mi magisterio sino ciencia documentada desde que el hombre es hombre o desde que empezó a soñar con serlo, y juzguen ustedes si lo ha conseguido– suele encontrarse en estado de indefensión, de manifiesta desventaja. Siguiendo los supuestos establecidos en la ventana de Johari –A saber: 1.– Los que observan conocen una información que el observado también conoce; 2.– Los que observan conocen una información que el observado desconoce; 3.– Los que observan desconocen una información que el observado sí conoce; 4.– Los que observan desconocen una información que el observado también desconoce– me he tomado la libertad de situarme en las áreas descritas como “oculta” y “desconocida”, y que se corresponden con los dos últimos supuestos señalados –3 y 4–, evitando así esa indefensión a la que hacía referencia más arriba y que, por lógica, se describe en el segundo supuesto. Imaginen ustedes que mi vecindario estuviese al tanto de mi cornamenta –incluso puede que con todo lujo de detalles debido a la indiscreción de algún gracioso de turno– y yo, en cambio, no me hubiese enterado, puede que por la ceguera del amor –de hecho esa segunda área se denomina “ciega–, por las buenas artes del ocultamiento empleadas por los interesados en el momento de cometer el dulce delito o simplemente por la compasión de los observadores para ahorrarme un lacerante sufrimiento.3 A quién le agradaría verse en esa situación, pasear por esas calles, ser el protagonista de esa historia… No, así no puedo narrar… presa de esa paranoia pairando sobre mi atormentada imaginación, de esa paranoia recurrente por la que se percibe en las sonrisillas ajenas y mal disimuladas la lujuria del adulterio cometido a espaldas del infausto cornudo. Por el contrario, cómodamente instalado en el tercer supuesto –por favor, no duden en retroceder un poco y buscar la relación de los malditos supuestos… sólo les llevará un instante y, en justa compensación, prometo no incurrir de nuevo en este tipo de intromisiones en la lectura– resulta hasta placentero contar todo cuanto pueda observar sobre mí mismo. Me dispongo por tanto a relatarles la historia o el retrato que yo quiero y darles cuenta de la información que ustedes desconocen de este humilde narrador quien, para mejor recaudo de su integridad moral, su reputación y su equilibrio sentimental, se reserva el derecho de exponer sólo aquellos sucesos y reflexiones que le resulten pertinentes. Así, de una forma un tanto cobarde –en este punto permítanme que juzgue yo por ustedes– no correré el riesgo de caerme de lo alto del árbol para encontrar la ingratitud de un suelo cruel y poco acogedor. El problema, no obstante, radica en que las paredes de los dos últimos supuestos se me antojan tan permeables que, queriendo contar aquellas cosas que ustedes desconocen sobre mí, podría llegar a referir, en cambio, aquellas de las que, tanto ustedes como el que esto escribe, no tienen conocimiento… Encomendados quedamos, si es que tienen a bien acompañarme después de haber digerido –espero que sin demasiadas molestias– esta perorata, a la fortuna de los vientos fértiles y los mares que, aunque por momentos se muestren procelosos y celosos de sus secretos, seguramente respetarán la singladura de los navegantes.
1. APUNTALAMIENTO CAUTELAR
2. TARDES CON DULCE O EL ENCANTO DEL NAUFRAGIO NO CORRESPONDIDO
3. MISTERIOSO + CHICLE DE CENIZA
“…llegará el día en que todos nos mezclaremos y confundiremos de tal modo que nadie podrá ponerse en pie y jurar “que su propio tatarabuelo fue el hombre que hizo tal o cual cosa”.
(Laurence Sterne)
La familia se rige por fuerzas tan caprichosas como el azar de una ruleta rusa.
(Claudio Perdomo)
En casa siempre se comió un poco de chocolate. No eran tiempos de bonanza, pero en nuestro domicilio se procuraba mantener de forma saludable una alegría que nos era natural. En parte se debía a las ocurrencias de la tía Jenny, siempre celebradas por mamá con sonoras carcajadas que inflamaban su rostro y la sonrosaban como caramelo de feria. Era ella –la tía Jenny– quien se las ingeniaba para que nunca faltase un postre de categoría en la bendita hora de la sobremesa, y éste solía ser chocolate, un artículo que en aquel momento no estaba al alcance de cualquier familia. Los que formábamos la prole éramos muy pequeños para debatir este tipo de consideraciones, así que sólo mucho tiempo después –y porque de forma fortuita una espléndida tarde de otoño mi mente quiso retroceder, como está haciendo ahora, a aquellos días de la infancia–, me detuve para esbozar ciertas conjeturas sobre los métodos que ella hubiese podido emplear para conseguir tan preciado alimento. Quizá el paso de los años haya deformado mi lente, o puede que haya sido la idealización del paraíso perdido, pero, forzando mi maltrecha memoria, me resulta difícil recordar algún fin de semana de aquella época en el que no se hubiese celebrado en nuestro hogar una fiesta o, en su defecto, un remedo casero condicionado por la precariedad de los medios. El pasatiempo favorito de la tía Jenny era organizar bailes por parejas en los que éstas tenían que demostrar su habilidad para sostener una naranja entre sus frentes. Por supuesto no se abstenía de participar. No voy a ocultarlo: era una caliente de mucho cuidado. Mientras las parejas de invitados, recatados bajo un techo que no era el suyo, se esforzaban en mantener el cítrico sien contra sien o mejilla contra nariz, ella no tardaba más de un minuto en besar con fruición a su acompañante. Su pareja de baile –en este punto la memoria no me falla– cambiaba cada fin de semana. A todos los hermanos nos parecía una cursilada aquel juego, pero nos lo pasábamos en grande escondidos debajo de la mesa esperando a que la tía Jenny, que aseguraba que aquel divertimento era muy típico en su tierra –yo creo que simplemente lo había visto en alguna película ñoña–, perdiese la compostura y, claro está, la naranja su equilibrio artificial. Mamá, sentada en su sillón favorito, también aguardaba impaciente ese momento para troncharse de risa. Disfrutaba tanto con aquello que, como regalía, consentía en casa cualquier cosa que ella hiciese, cualquier comportamiento por descarado que fuese, aunque papá luciese en su gesto, entre huidizo y malhumorado, desapego y desaprobación. Todavía hoy desconozco de dónde era la tía Jenny y si, al igual que su baile, sus costumbres eran normales en su lugar de procedencia; si bien, por la repetición, por la connivencia de mamá y por suceder delante de nuestras narices con bastante naturalidad, crecimos suponiendo que lo eran… o al menos para ella. Puede que el hecho de haber sido testigo a tan temprana edad del ejercicio de la promiscuidad de tan admirada mujer (mi madre sentía por ella algo cercano a la veneración), fuese el factor desencadenante que borrase de mis entendederas toda curiosidad y afición por el sexo, circunstancia que hoy parece haberse convertido en un rasgo de mi personalidad.
En el desayuno no nos sorprendía verla bajar las escaleras de la mano de cualquiera de sus “invitados”, sentarse con nosotros y comportarse de forma melosa o abiertamente voluptuosa con sus amantes, con los que a mamá le encantaba conversar… a veces con más entusiasmo e interés que si hubiese sido ella la que se hubiese acostado con ellos la noche anterior… quizá porque con la distensión de aquellas conversaciones se sentía como si de verdad esto último hubiese acontecido. Entre nuestros pasatiempos favoritos, dependiendo de la ocurrencia que nos inspirase cada sujeto en cuestión, recuerdo con especial nostalgia las patadas por debajo de la mesa; subir a la habitación de la tía Jenny para sustraer alguna prenda del caballero y esconderla o arrojarla por la ventana al jardín; verter intencionadamente zumo o café sobre su camisa, sus pantalones… El resultado de las reprimendas de mi padre por nuestras travesuras era siempre mucho más leve que el acaloramiento que fingía con sus aspavientos. Era como si con una mano nos amenazase con darnos unos cachetes y con la otra nos acariciase la cabeza animándonos para que la siguiente invención dejase en mayor ridículo al galán intruso. Sea como fuere, la conciencia de mamá se quedaba tranquila con aquellas broncas –que ella acompañaba con algún refunfuño y con palabras inofensivas de amonestación– y, además, algunos de los individuos agraciados no dudaban en repetir la experiencia si eran requeridos por mi tía, dato que supongo podrá servir para avalar su pericia en la cama. Por cierto, creo haber olvidado señalar que era un bellezón y que, para mayor realce, acompañaba la virtud natural de su beldad (que era objeto de peregrinación de todas mis amistades) con un acento simpático y muy sugerente que no sabíamos si era impostado. Convivir con la tía Jenny era como tener un terremoto en casa pero, como ya he dejado claro, por esa sencilla razón desde hace muchos años ya no me asustan los terremotos ni otros cataclismos similares. Alguna que otra vez, durante algunas tardes lluviosas, se entretenía contándonos que se había venido a vivir con nosotros para huir de un novio celoso que la acosaba y, en nuestra ingenuidad, alguno de nosotros llegó a preguntarle cómo era aquel pobre infeliz. Para salir del paso inventaba alguna descripción pormenorizada y, aprovechando, nos recordaba que en realidad ella no se llamaba Jenny sino Inga, pero que había tenido que cambiar su identidad para que aquel monstruo no la localizase. A medida que fue pasando el tiempo y la misma conversación tuvo lugar en otras tardes, lluviosas o no pero igualmente desocupadas, la descripción de éste se iba modificando, de forma que al final habíamos coleccionado en nuestra imaginación casi tantos supuestos ex novios como amantes reales que desayunaban con nosotros después de sus vivas noches de fornicio. Pero las verdaderas colecciones que había en casa eran las de papá. Algunas nunca llegué a verlas porque permanecían escondidas en el desván en cofres bajo llave. De las visibles para todos los públicos, la que más me gustaba, y sé que a él también, era la de los zapatos que encontraba en la playa. Esos objetos inservibles, antiestéticos y desparejados, sacaban de quicio a mi madre y tampoco agradaban a la tía Jenny, pero ella se guardaba de comentar nada al respecto. Nunca opinaba sobre temas que pudiesen ser motivo de controversia entre mis progenitores. Papá disfrutaba de extrañas ensoñaciones contemplando los zapatos recolectados pacientemente en sus largos paseos por la berma. Yo no advertía ni entendía por aquel entonces nada de esas sutilezas, pero recuerdo bien su contestación –a la manera en que un padre normal cuenta a su hijo un cuento hermoso para acunarle– el día que le pregunté para qué demonios quería aquellos zapatos:
—Conservo estos hermosos ejemplares de origen desconocido para el día en que tu madre me deje. Entonces saldré a buscar por ahí a mi cenicienta.
Sonrió para restarle importancia a la gravedad de aquella frase, pero yo supe que lo decía en serio.
Con uno de los amantes de la tía Jenny entablé una amistad que se prolongó aún cuando ésta ya no le abría la puerta de su habitación y, por tanto, no se le perdía nada por casa. Era un tipo elegante, de sonrisa franca, y aparentemente había encajado con deportividad el rechazo de mi tía a prolongar su aventura. Su complexión era atlética pero arrastraba ligeramente una de sus piernas al caminar, impedimento que, paradójicamente, le confería mayor atractivo y casaba bien –no sé por qué– con su personalidad. Cuando mi tía dejó de recibirle instituyó la costumbre de pasarse por debajo de la ventana de mi habitación, que daba a una parte oscura y arbolada del jardín… o lo que quedaba de él después de sucesivas expropiaciones y obras municipales en estado de abandono provisional. Entonces yo le abría la ventana y charlábamos un rato. Como estaba obsesionado con el atletismo y las plusmarcas, su tema predilecto era el vaticinio de ganadores, los campeonatos y las vicisitudes de la vida de los atletas, de los que conocía un gran número gracias a la prensa deportiva. Fue él quien me habló por primera vez de Exeter Fontana, el mejor corredor de todos los tiempos, el hombre con el corazón imbatible, llamado a desafiar cualquier límite. Cuando le pregunté cuántas carreras había ganado el tal Exeter Fontana me respondió, sin abandonar su sonrisa enigmática, que el atleta todavía era un chiquillo como yo, pero que en su sangre estaban escritas cada una de esas hazañas. “Llegará muy alto. No verán los ojos de tus nietos a nadie que, ni de lejos, se acerque a su sombra.” Como la habitación de su amada estaba situada encima de la mía y por su ventana también entraba la poca luz de aquel jardín, comencé a dudar si la amistad que me profesaba no se debería al interés de ser descubierto algún día por ella –contemplativa y nostálgica– desde el vidrio. Si buscaba esa circunstancia y un presumible reblandecimiento del corazón de su Jenny nunca llegué a saberlo, pero me daba igual. Me agradaba su conversación y, como juego infantil, no dudé en hacerme llamar Exeter Fontana entre algunas amistades de la época. En las últimas entregas de aquellas charlas, sin embargo, el recuerdo de la dama comenzó a filtrarse con facilidad en sus palabras. Era evidente que se había quedado prendado de forma preocupante de aquel acento exótico, de sus subidas de volumen al pronunciar la última sílaba de la última palabra antes de hacer una pausa, elevando las frases a la suerte de los aires como quien libera globos desde una terraza mediterránea. El ánimo de mi estimable interlocutor sufrió una deriva considerable. En sus últimas visitas sollozaba con cierta frecuencia. No obstante, intentaba ser fiel a su sonrisa en un ejercicio inverosímil con el que su rostro adoptaba incómodos gestos ambivalentes. Por su parte, o bien la tía Jenny nunca le sorprendió en esas visitas furtivas a mi ventana o su corazón no se remilgó por aquel sujeto quien, un buen día, desapareció del resbaladizo alféizar para siempre. Después de un hiato de varios meses pregunté a mis padres por él y, ante su extrañeza por mi demanda, les conté todo. Mi madre me despachó como acostumbraba: “Mientes más que Tartarín”. Un poco más tarde añadió, sin que lo oyera papá: “Pero no le digas nada a la tía. Podría disgustarse.” Respeté, no sin una vaga confusión, la orden de mi madre y desestimé una réplica inoportuna. Nunca he visto a la tía Jenny disgustada. Dudo que tuviese esa facultad. Cuando se encerraba en su habitación no lo hacía para llorar. (Ha vuelto a aparecer. No es de color blanco. Me decanto por un beige tostado. Tampoco podría asegurar de qué época es. No soy capaz de vislumbrar su forma, si está vacío o su conductor aguarda dentro, comiendo un emparedado grasiento o consultando un mapa. El polvo que acumulan sus ventanas me impide distinguir qué ocurre en el interior. No está. Es blanco.)
Como sustituto natural al apetito sexual del que carezco me aficioné a la comida casera desde temprana edad. La tía Jenny dejaba siempre la mitad del plato para guardar la línea (y eso que mi madre insistía en llenárselo como si fuese a alimentar a dos hipopótamos, no sé si por cortesía o porque, subrepticiamente, pretendía verla tan oronda como ella). Pronto descubrí que toda mi agilidad se concentraba en llegar antes que mis hermanos –mi padre, en el caso de la tía Jenny, se abstenía de mostrar ante ella interés alguno por ninguna de sus pertenencias, ocurrencias, ideas etc– a devorar esos restos magníficos. A la edad de doce años ya era propio de mi naturaleza y costumbres levantarme por la noche de la cama, bajar a la cocina y hacerme un par de huevos fritos para disfrutarlos en soledad… aunque siempre ojo avizor por si mi padre merodeaba. Él nunca cocinaba, por desconocimiento y por vagancia. En cuanto olfateaba algún manjar se escondía y permanecía al acecho. Si te despistabas un par de minutos para ir al baño, a la vuelta le encontrabas repasando el plato con pan en círculos ambiciosos del rastro amarillento de las yemas. Debido a esa desconfianza permanente aprendí a tragar rápido y a hacer mis refecciones a escondidas, con la inevitable consecuencia de aumentar de peso de forma alarmantemente progresiva. La clandestinidad de ese hábito provocaba en mí mayor fruición y, por tanto, mermaba las posibilidades reales de repararlo con la única ayuda de la voluntad. En algún momento escuché a mis padres emplear, al referirse a mí, la asociación de dos palabras que todavía hoy me aterrorizan: obesidad mórbida. Por lo demás, papá era un animal inofensivo, muy enamorado de sus cosas y respetuoso con las libertades de los demás, siempre que éstas no se inmiscuyesen en su territorio, así que, mientras no osásemos manosear sus colecciones sin su permiso, nos dejaba hacer con holgura.
Llegados a este punto la mayoría de ustedes se habrán preguntado si tengo, he tenido o sueño con tener en mi cuarto uno de esos paneles en los que se cuelgan las herramientas. Sí, uno de esos paneles de madera o contrachapado que ocupan buena parte de una pared y en los que se ha dibujado la silueta de las herramientas para colocarlas cada una en su sitio correspondiente sin que se extravíen o amontonen sin orden en cualquier esquina después de su uso. Siento decepcionarles si habían albergado una respuesta afirmativa. Seguramente la tía Jenny hubiese encontrado muy práctico tener uno en su habitación. Y es que ahora son las mujeres las que necesitan esos paneles para colocar convenientemente, atendiendo a formas y colores, la ingente cantidad de vibradores y juguetes sexuales con los que ocupan el solaz de sus tardes y noches.
Siempre que escucho el parte meteorológico en la radio y el informe pronostica tiempo cambiante–inestable, pienso que el locutor es un psicoanalista hablando sobre mí. Quiero pensar que por genética esa inestabilidad no me es propia y que me viene dada, en cambio, por un fenómeno de absorción del ambiente que respiré en mi infancia. Desde luego ahora ya es un rasgo incorregible que los demás –y ustedes también– soportan como buenamente pueden. Pero a ustedes no les debo nada… o quizá sí. El caso es que mis padres llamaron a un especialista para que viniese a examinarme. Nunca supe cuál era su especialidad ni si venía en son de paz… tampoco si la preocupación era la previsible obesidad mórbida hacia la que me abocaba o la volubilidad emocional de la que vengo hablando en estas líneas. Tras auscultarme y observar mis pupilas pidió a mis padres que nos dejasen a solas. Entonces tuve que contestar a unas preguntas que prefiero no referir aquí –recuerden que no les debo nada… o sí– y que tampoco participé a mis padres, inventando para esquivar su insistencia otras un tanto incongruentes y pergeñadas al azar. Finalizado el examen, el doctor recogió sus bártulos y se dispuso a abandonar la casa sin dar muchas explicaciones a mis progenitores. Salió de mi habitación a buen paso dirigiéndose a la puerta principal y, sólo cuando papá se la abrió educadamente y preguntó qué mal padecía su hijo querido, él torció la cabeza de mala gana y masculló:
—Maladie blanche.
—Perdone mi ignorancia doctor. ¿Qué significa eso?
—Una enfermedad blanca.
Ninguno de los tres comprendimos absolutamente nada de aquello. Mi padre volvió a llamar al especialista en numerosas ocasiones para que le aclarase algo, pero éste no se dignó a atenderle. Visiblemente preocupado, los días siguientes se afanó en registrar una por una todas las bibliotecas de la ciudad en busca de una explicación. Y como no la encontró, en vez de requerir los servicios de otro médico, desistió asegurando que durante el trasiego y las horas pasadas entre informes médicos y literatura especializada había aprendido más que cualquier eminencia en Medicina y, por consiguiente, estaba en plenas facultades para dictaminar que a mí no me pasaba nada. Si su diagnóstico fue correcto es todavía una incógnita que espero ustedes me ayuden a resolver. La dignidad que iluminó su rostro cuando nos comunicó aquel veredicto casero convenció a mamá, que celebró la noticia preparando uno de sus exquisitos platos. La tía Jenny preguntó qué comeríamos y, al enterarse, cantó subiendo por las notas de una escala como si estuviese tocando un piano o fuese el afilador avisando en la puerta:
—¡Bien, estofado re mi fa sol la sííííííí…!
Esa alegría me fue ajena. Nunca olvidaré la sonrisa forzada del doctor al despedirse en el umbral. Me quedé petrificado en el pasillo ante su extraño gesto de complicidad, de compasión, de excusa… La leve mirada de ternura que mi madre me dirigió para consolarme no fue suficiente para contener mis lágrimas.
4. LA MEMORIA EN EL PANAL
5. DIÁLOGO DE SOMBRAS
6. RABO Y CUERNOS DE COPÉRNICO
El mismo día en que apareció por casa el tío Carlos Boris, papá y yo escuchamos en el primer boletín de noticias de la radio el trágico fallecimiento por una ingesta masiva de chicles de un gorila del zoo. Papá atendía en pijama a mis evoluciones preparando una suerte de desayuno de campaña que había prometido compartir y, absorto en aquella contemplación, no manifestó interés o inquietud alguna por la desgraciada suerte del primate. Muy al contrario, mi impresión fue tan desagradable que de pronto me sentí desganado y mustio, como si mi sangre llegase de forma perezosa a todos sus destinos corporales. Para sorpresa de mi padre renuncié a mi parte de la pitanza, me vestí con la premura que me permitía mi estado y fui andando al colegio, sin sospechar que aquella tarde conocería por fin a Carlos Boris. Me hubiese gustado olvidar el suceso y alejar de mi imaginación el ambiente fúnebre que se estaría respirando en el zoo en aquel momento y que, como un líquido residual, encharcaba mi optimismo. Presentí que aquella sensación se prolongaría durante días, como si un domingo se repitiese sin permitir al lunes ocupar su espacio. Los chistes y comentarios fuera de tono fueron la diversión principal de los corros más animados del recreo. Intenté mantenerme al margen, pero no había manera de preservarse de la inquina de mis compañeros. Aquellas bromas digestivas no me hicieron gracia alguna, tanto por la ternura que me inspiraba el gorila como por la obesidad mórbida, fantasma en ciernes que ya comenzaba a obsesionarme. (¿Existe la obsesión mórbida?) Al volver de clase me aguardaba una sorpresa peor. Las facciones de Carlos Boris nos resultaban familiares por algunas fotografías que habíamos visto en los álbumes de casa. En ellas aparecía junto a mamá, que era su hermana, en las actitudes normales que se presuponen en retratos de escenas cotidianas. Lo extraordinario no era aquella cara despreocupada, un tanto burlona y alegre, sino que su propietario no nos había visitado nunca siendo un familiar tan allegado. Las preguntas eran inevitables: ¿Por qué la tía Jenny vivía con nosotros si no sabíamos nada de ella, si no aparecía en ninguna fotografía del pasado feliz, y a Carlos Boris se lo había tragado la tierra durante tanto tiempo? ¿Acaso vivía en otro país, había sido secuestrado, se había enemistado con mamá…? Fue ella misma quien en cierta ocasión, en vista de que habíamos asumido sin desmoronarnos moralmente la licenciosa vida de la tía Jenny, consideró que ya éramos mayorcitos para escuchar la ruinosa historia que había alejado a Carlos Boris de nuestra familia. El único país que había visitado era la cárcel, en la que se había enmohecido durante veinte años. Su visita se produjo, precisamente, cuando salió por primera vez. Su intención no era otra que la de despedirse porque, tras aquel infortunio tan prolongado, no creía conveniente volver a vivir entre los suyos siendo la diana de todas las miradas del vecindario. Su primer viaje al extranjero sería, por tanto, tirando a vitalicio y obligado por las circunstancias. En sus tiempos mozos, cuando hacía gala de esa alegría irónica que le quedaba tan convincente en las fotografías antiguas, se ganaba la vida como actor. Era aficionado a correrse alguna que otra juerga aunque, según mamá, era un alma cándida y su único pecado era el de presumir de su amistad con Charli Rivel, al que llamaba en sus borracheras Charli “el Mesías”. Mi madre negaba de forma tajante la posibilidad de aquella relación pero ¿qué demonios sabía ella? ¿No era la envidia la que la azuzaba para pronunciarse con tanta rotundidad en contra de su hermano en ese punto de sus andanzas, tan probables como improbables?
Llegué a casa y le encontré sentado en la cocina apurando un vaso de vino y devorando un filete con patatas. Le caía la cabeza encima del plato como si quisiese bucear dentro de las vetas de aquel filete duro e insípido. Durante el tiempo que empleó en satisfacer su apetito todos nos mantuvimos de alguna u otra forma a su alrededor, observándole pero disimulando con conversaciones banales a media voz y con actividades propias de la cocina, aunque innecesarias en aquel momento. Justo cuando acabó se presentó la tía Jenny. Entonces levantó la vista con un aire de desprecio y amarulencia, como si hubiese juzgado previamente de quién se trataba por haber olfateado su perfume. Se limpió la boca con la manga, despreciando la servilleta bordada que mamá le había puesto con tanto cariño, y acto seguido preguntó:
–¿Quién es esta zorra?
Se hizo el silencio como si un eclipse hubiese traído la oscuridad, como si lo hubiese ordenado un cura desde el púlpito. (Me refiero al silencio… por ahora los eclipses les quedan grandes). La tía Jenny, o Inga si lo prefieren, se quedó callada para evitar una escena delante de mamá. Sabía que en el fondo apreciaba a su hermano. Se dio la vuelta para subir a su cuarto y sólo entonces, y tan bajito que fui el único que pudo escucharla, exclamó:
—Habló King Kong…
No pude reprimir la vuelta del melancólico recuerdo de la ingestión de chicles. Me puse triste otra vez y quise retirarme a mi cuarto a no hacer nada o a hojear los libros de esgrima que papá me había comprado en una tienda de segunda mano. El fastidio fue mayúsculo cuando Carlos Boris anunció que se quedaría a cenar y a dormir… en mi cama. La noticia no entusiasmó a mis padres, pero no fueron capaces de orquestar en cuestión de segundos una buena excusa para impedir aquel hospedaje imprevisto. Para disimular o hacer tiempo (pongo en duda un arrebato afectivo o nostálgico por su parte) mamá eligió la ocurrencia de fotografiar a toda la familia, exceptuando a Inga por razones obvias. Mi mirada estaba clavada en el cartelito con el número de teléfono de la ambulancia que mi padre había pegado en la pared de la cocina, bajo el teléfono. La única circunstancia que podría salvarnos de todo aquello sería una visita de la señora Petula, algo improbable según mis cuentas pues la última había tenido lugar quince días atrás, así que la oportunidad de hacer mutis se había esfumado. Mamá me pidió que me cambiase de camisa.
—Esa está sucia. No querrás salir en las fotografías como un gorrino…
—Bien dicho –repuso mi padre desde una esquina del ring–, así podrás presumir ante tus amigos de un aspecto impecable cuando les enseñes las fotografías.
—Cuidado con la ironía y con animarse antes de tiempo: tú con ese suéter tampoco sales. Sube ahora mismo a coger otro.
(…)
El fuego cruzado entre mis padres sobrevoló la cabeza del impasible Carlos Boris, cuya camisa estaba, por cierto, mucho más sucia que la mía. Las fotografías salieron horrorosas, y eso que mi tío se comportó y posó como un corderito mientras mi padre disparaba. Sí, al final el asunto se resolvió de esa forma tan tonta: alguien tenía que encargarse de la cámara, Inga no iba a hacerlo… así que papá no saldría en la foto y tampoco tendría que quitarse el suéter. Hoy me alegro de haber formado parte del ilustre elenco de ese retrato en el que faltaban, reitero, papá e Inga. Las horas previas a la cena fueron tediosas. Mi madre sólo nos dejaba movernos del salón para hacer nuestras necesidades. En ese momento envidiábamos la paz que emanaba de la luz rojiza de la habitación de Inga, donde estaba confinada por propia voluntad haciéndose la manicura y leyendo novelitas rosa. A pesar de la animadversión que se produjo entre ambos personajes, mi experiencia me hacía pensar que se acostarían esa misma noche. Durante aquella tarde insoportable mi tío se dedicó a canturrear algunas canciones que había aprendido en presidio. Una hablaba de los labios de la Cepeda –ahora comprendo que no hacía referencia a los que adornaban la sonrisa de aquella distinguida señorita–, otra del trolebús que nunca llega a Manaus y una tercera, que me resultaba especialmente graciosa, rezaba en su estribillo “… así en la guerra como en el cielo”.
Uno de mis hermanos le preguntó por Charli Rivel. Mi madre casi le estrangula con la mirada. Lejos de alegrarse por la mención del antiguo amigo, mi tío se repantingó un poco más en el sillón para disfrutar de su quincuagésimo cigarrillo con indiferencia. La densidad del humo nos impedía verle durante algunos segundos. Le perdíamos, pero su presencia insidiosa emergía de nuevo entre la niebla que él mismo había provocado para protegerse.
—No sé quién es ese. ¿Preguntó por mí?
Mi hermano se escondió detrás de papá presa del sonrojo y la timidez y también un tanto atemorizado. No se insistió en el tema. Semejante acceso de amnesia encajaba bien con la explicación que días después mamá inventó de forma socorrida para excusar los modales de su hermano:
—La cárcel le ha cambiado. Parece un pobre burro, un desmemoriado, un animalito con ropa. Ha perdido toda sensibilidad y el contacto con la vida real. En fin… la vida tiene canalladas así.
Esa última dolencia no me parecía tan grave, sobre todo porque en una de las paredes de mi cuarto había pegado una fotografía de Charli Rivel que había recortado del periódico. La primera que puse me la arrancó mamá como si fuese la de una chica desnuda o la del mismísimo demonio, pero volví a colocarla en el mismo lugar tras encontrarla en la basura. La segunda vez que lo hizo ya no pude recuperarla (si es que quedaba algo de ella). Pasó mucho tiempo hasta que volví a encontrar un retrato del payaso. De nuevo repetí la operación, utilizando las tijeras con toda la pericia que mi corta edad y mis manos regordetas me permitían. Esa vez la pegué con cola. El lugar elegido de la pared fue exactamente el mismo que había ocupado la fotografía original. Era mi manera de plantar cara, de desafiar a mi madre y buscarme una merecida bronca por mi terquedad. Por fortuna ni hubo reprimenda ni retirada del trofeo. Puede que el cambio de actitud de mamá se debiese al efecto, todavía no extinguido en la atmósfera del hogar, de la visita del médico. Si yo tenía una enfermedad blanca (a pesar de la oposición de mi padre a reconocer semejante inconveniencia), contrariarme podía provocar un agravamiento de la misma, por muy desconocida e indeterminada que fuese. Esa era la forma de pensar habitual de mamá: una mezcla imposible de congoja y atrevimiento. Sea como fuere, esa noche echaría de menos mi cuarto en el que, junto a la sonrisa pintada de Rivel, también pendían algunas fotografías de esgrima. Esas no molestaban a mi madre: eran atléticas, una invitación al deporte que tan necesario se le antojaba para frenar mi aumento de peso. Lo cierto es que la gimnasia y cualquier tipo de actividad física (incluyendo esa en la que podrían ustedes estar pensando) no me llamaban la atención. Mi afición a la esgrima comenzó con las novelas y las películas de espadachines, si bien nunca fantaseé con la idea de ser uno de ellos. Nunca me había visto florete en mano liberando a los habitantes de un castillo o defendiendo el honor de una dama… hasta esa noche.
Por fin llegó la hora de acostarse y se acordó que, ya que el salón se había quedado envuelto en la pegajosa cortina de humo y tendría que permanecer toda la noche con las ventanas abiertas, yo dormiría con Inga. Su Majestad Jenny la Frívola me recibió con una sonrisa. Parece que su recogimiento había acabado por aburrirla y necesitaba alguien con quien charlar. Era un poco tarde y al día siguiente yo tenía que madrugar para ir a la escuela. Me puse el pijama, me lavé los dientes y me acosté. No me hacía mucha gracia que Carlos Boris tuviese en sus manos la opción de invadir mi intimidad. Cuando eres pequeño tu habitación es tu reino (¿sólo cuando eres pequeño?). Me inquietaba pensar que estaría husmeando entre mis cosas, criticándolas, riéndose de su ingenuidad o puede que hasta destrozándolas si se ponía agresivo. ¿Qué pensaría de la fotografía de Charli Rivel? ¿Era cierto que no recordaba quién era… o algún incidente les había distanciado y mi tío se hacía el loco al escuchar el nombre del payaso? Quizá Rivel se había olvidado de ir a visitarle a la cárcel durante esos veinte años y la indiferencia era la forma que había encontrado mi tío de reprochárselo ante mi familia. Quizá le había agraviado durante algún episodio que mi madre desconocía. ¿Cómo iba a conocer mamá esos lances de la biografía de su hermano si se negaba a creer que había sido íntimo de Rivel?
Inga, por el contrario, no estaba en absoluto molesta con la invasión o el estorbo que yo pudiese ocasionarle. Su universo seguía intacto: la lamparita cubierta con el mantelillo rojo como de costumbre, el perfume de rosas y rocamo ascendiendo levemente, sus libros y abalorios, su juego de abanicos, las chancletas de la playa y una fusta expuesta en la pared como advertencia o como invitación. Al llegar del aseo me encontró en la cama, aunque con los ojos abiertos. ¿Me habría contagiado del ánimo de los que frecuentaban aquel lecho, poco interesados en descansar? Tras cerrar la puerta ordenó algunas cosas y finalmente se desnudó. Tal y como vino al mundo se paseó ante mí, cerró la persiana y se metió en su lado de la cama… en el que no permaneció ni un segundo porque se arrimó para abrazarse a mí y apoyar su cabeza en mi hombro:
—No eres ni medio hombre pero estás calentito.
No, no era ni medio hombre aunque ya casi ocupase el espacio de dos y medio. La lamparita seguía encendida. Le pregunté por qué no la había apagado.
—No me gusta dormir ni sola ni con la luz apagada. Tengo miedo, ¿sabes?
Aquello me extrañó. No había sospechado un atisbo de vulnerabilidad en la deslumbrante personalidad de Inga, igual que ella, probablemente, no hubiese sospechado tampoco mi indiferencia y frialdad ante asuntos de índole sexual, virtud o despropósito que tuvo oportunidad de comprobar porque mis manos permanecieron en su sitio sin responder al reclamo de una posible iniciación (no recuerdo bien si por aquel entonces ya tenía erecciones que nos hubiesen permitido llevar un hipotético desliz a buen puerto). No obstante, la situación me resultaba tan anormal que no conseguía dormir. Fue la primera vez que tuve conciencia, de manera incipiente, eso sí, del insomnio que hoy me aqueja.
