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Mi última travesía nos relata la vida de un buen hombre y de su lucha por mejorar la vida de quienes le rodeaban, superando todos los obstáculos y trabas que otros, por celos, egoísmos y envidias, le iban poniendo en su camino; así como también de sus apegos, anhelos, pasiones y sufrimientos, tanto físicos como psicológicos, y de su voluntad inquebrantable, manteniéndose siempre fiel a sus principios. Sumérgete en esta historia, basada en hechos reales, que comienza a finales del siglo XIX en un pequeño pueblo costero de las Rías Baixas, Vilanova de Arousa, y nos lleva a la incertidumbre de la emigración, cuando nuestro protagonista deja su familia y su tierra para desembarcar en el Buenos Aires de principios del siglo XX, el porqué de su regreso a la madre patria, donde se afinca en el pueblo marinero de Marín, también de las Rías Baixas, y de los avatares que le depara el destino en una España bajo el reinado de Alfonso XIII y que transita a través de la dictadura de Primo de Rivera, de la llamada «dictablanda», de la Segunda República Española, de la Guerra Civil y de la dictadura del general Franco, hasta llegar al ansiado periodo democrático, resistiendo con determinación y fortaleza de espíritu, y luchando contra viento y marea. Una lectura imprescindible para entender toda una época y reflexionar sobre lo que es realmente importante en la vida.
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Seitenzahl: 509
Veröffentlichungsjahr: 2024
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MI ÚLTIMA TRAVESÍA
Francisco F. Morales
Primera edición: junio de 2024© Copyright de la obra: Francisco F. Morales© Copyright de la edición: Grupo Editorial Angels Fortune
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
Código ISBN: 978-84-128676-2-6Código ISBN digital: 978-84-128676-3-3
Depósito legal: B 8958-2024
Corrección: Juan Carlos Martín
Maquetación: Cristina Lamata
©Grupo Editorial Angels Fortune www.angelsfortuneditions.com [email protected]
Barcelona (España)
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
Notas del autor
Esta novela ha sido escrita para que la memoria de mi abuelo paterno, Jesús Morales Rodríguez, no quede en el olvido. Un hombre recto, trabajador, honrado, honesto y de profundas creencias, que siempre antepuso el bienestar de los demás al suyo propio, y al que quise y quiero con locura.
Un homenaje a las buenas personas y a los lugares en los que discurre, a través de la vida de un hombre bueno y de su lucha por mejorar la vida de quienes le rodeaban, superando todos los obstáculos y trabas que otros, por celos, egoísmos y envidias, le iban poniendo en su camino. También habla de sus apegos, anhelos, pasiones y sufrimientos, tanto físicos como psicológicos, de su voluntad inquebrantable siendo siempre fiel a sus principios. Una vida no exenta de luces y sombras como la de todo ser humano, pero en la que siempre prevaleció el «haz el bien y no mires a quién».
Todos los personajes que aparecen son reales, pero en esta historia se entremezclan los nombres auténticos de unos junto a los nombres ficticios u omitidos de otros, que todo lector o lectora perspicaz podrá identificar y extraer sus propias conclusiones del porqué fue escrita de este modo.
Esta obra representa, también, a todas aquellas personas que tuvieron y tienen el valor de luchar sin descanso y de sobreponerse a todas las adversidades, sin dejar nunca de ser fieles a sí mismas, a sus valores y principios éticos y morales.
Las situaciones narradas están fielmente basadas en sus recuerdos, los cuales dejó recogidos de manera manuscrita.
Francisco F. Morales (O trasgo das verbas)
25 de agosto de 1980
Ya llegó la hora de subir al barco. En el muelle, los últimos besos, las últimas palabras, los últimos abrazos. Con paso cansino me dirijo hacia el buque y a media pasarela, mecido por su suave vaivén, me detengo un instante y vuelvo la cabeza para verlos una vez más, antes de embarcar definitivamente. Tengo unas ganas enormes de volver atrás, pero este viaje es ineludible y ellos lo comprenderán. Espero que permanezcan todos bien hasta nuestro reencuentro. Una vez en la cubierta, apoyo mis brazos en la borda y observo como aún quedan algunos pasajeros despidiéndose de sus seres queridos. Otros, la mayoría, ya han embarcado o lo están haciendo en este preciso instante. Algunos han llegado al muelle solos y con los ojos llorosos, otros traen toda una comitiva de despedida, tal vez sean gentes importantes o muy conocidas o muy queridas. A mí me llega con mi familia, es todo lo que tengo y es todo lo que quiero tener aquí y ahora.
Como en cualquier viaje, somos personas de todas las edades, procedencia y condición, pero… ¿será realmente como en todos los viajes? La gran mayoría viajamos solos y todo el que embarca sube con su equipaje de mano: unos con una pequeña bandolera, otros con mochila y los más con una maleta. Si te fijas, son todos de diferentes tipos, tamaños y colores, pero… ¿tan solo un bulto por pasajero? Yo no he visto que se hayan embarcado más equipajes… ¡ni provisiones! Que extraño, aunque tal vez lo hayan hecho antes de llegar yo al puerto.
Cuanto más lo observo, más familiar me parece este barco. Es como si ya hubiera viajado en él, mucho, pero que mucho tiempo atrás. Esto me produce una sensación de paz y bienestar difíciles de explicar, a pesar de la lógica inquietud que todo viaje infunde y de la tristeza y preocupación que me produce el alejarme de mis seres queridos. Me parece que yo soy de los pasajeros de más edad, pero es curioso que aquí dentro me siento con espíritu joven, como si las limitaciones de mi anciano cuerpo no fueran ningún obstáculo.
Ya han retirado la pasarela y el barco comienza a alejarse del muelle. Poco a poco, las figuras de los míos se van desvaneciendo en la distancia y también se va desdibujando la línea de la costa. Nos vamos adentrando en alta mar y, aunque os parezca mentira, no recuerdo haber visto nuestro destino en el pasaje.

El viaje ha comenzado
A mis pies está mi maleta, esa fiel compañera de cada viaje. Es mi vieja maleta de cuero, ya muy gastado por el paso del tiempo y los avatares propios de los diferentes viajes acumulados; sus cinchas y asa también son de cuero, y las hebillas y cerraduras, metálicas.
La travesía promete ser larga y me siento cansado, así que me voy a retirar a mi camarote.
Este camarote es pequeño, pero acogedor y parece tener todo lo que puedo precisar durante el viaje: un camastro limpio que parece confortable, un pequeño armario, un butacón junto al camastro, una balda que hace las veces de una mesilla de noche, un colgador tras la puerta que aprovecho ya para colgar el «tejado», es decir, mi inseparable boina, un recogido escritorio con lamparilla de lectura y su silla correspondiente, un ojo de buey y la puerta de acceso al baño, echaré un vistazo… lavabo con espejo, baldas para poner las cosas de aseo, un váter, la ducha y un par de toallas, bien, no es necesario nada más. Voy a colocar la maleta sobre el camastro y la abriré para sacar la ropa y aprovecharé para ponerme algo más cómodo. No hay mucho que sacar, pero lo iré poniendo sobre el camastro y así me será más rápido y fácil de organizar en el armario: un par de cambios, un par de mudas, los zapatos de recambio, las zapatillas, otra corbata, el pijama, las cosas de aseo personal, y una antigua cajita de lata para galletas, donde guardo algunos de los recuerdos que han marcado mi vida y que siempre van conmigo y, como no podía ser de otra manera, mis queridos cuadernos manuscritos y artesanales. Como espero que la travesía sea tranquila y no haya mucho que añadir a mis memorias, puede ser un buen momento para releer lo escrito y recordar lo andado por la vida hasta este momento.
Primero me quitaré el traje y ya lo cuelgo en una de estas perchas del armario; la camisa y la corbata, también; la ropa interior me la dejaré puesta, por si al caer el día no funciona bien la calefacción del barco. Lo demás lo dejaré bien organizado en los cajones y los zapatos bajo las perchas. De paso, ya me pongo el pijama y las zapatillas. Las cosas de aseo las llevaré al baño.
Sentado en este butacón y con el vaivén de las olas, siento como si me estuvieran meciendo y empiezan a pesarme los ojos, los cerraré y me dejaré llevar unos instantes por Morfeo.
Un grito profundo, intenso y desgarrador, que me produce una sensación de miedo e inseguridad como no recuerdo haber vivido antes, y una hoja del calendario se desliza hasta el suelo, es el 31 de octubre de 1895. No puedo abrir los ojos, pero oigo a mi alrededor voces y un gran trajín. De repente alguien me toma en sus manos y me alza cual paquete, y con el susto rompo a llorar desconsoladamente; acto seguido, siento que unos brazos me cobijan y arropan sobre una cama; siento una enorme sensación de hambre y busco desesperadamente un pecho con mi boquita. Al encontrarlo, la piel con piel, la dulzura de esa voz y ese latir familiar y acompasado del corazón, me hacen entender que estoy en lugar seguro, me tranquilizo y comprendo que acabo de nacer y estoy en brazos de mi madre. Acaba de decir Jesús. ¿Quién será Jesús? ¿Tal vez sea yo? Vuelvo a escuchar ese nombre y siento una tierna caricia en mis mejillas. Sí, ahora estoy seguro de que soy yo. ¡Soy un recién nacido!
Sobresaltado, abro los ojos para percatarme de que me había quedado traspuesto. Algo mareado y confuso, me dirijo al pequeño aseo del camarote y me pongo frente al espejo ovalado que está sobre el lavabo. Me veo algo borroso…. Yo siempre he gozado de una vista excelente, sobre todo de lejos, aunque es cierto que, desde joven, en la Argentina, comencé a utilizar gafas, pero solo para el trabajo, para leer… creo que cuando llegue a puerto tendré que hacerme una revisión de la vista.
Me lavaré un poco la cara para despejarme y me acercaré al ojo de buey para ver el mar, este océano que vuelvo a surcar. No hace mucho que hemos zarpado, pero el sol ya perfila su atardecer en el horizonte y el vaivén acompasado de las olas invita a una lectura tranquila y reposada; tomaré la primera de las libretas y me sentaré nuevamente en el butacón, pero en esta ocasión para abrirla y comenzar la andadura por estas hojas que he escrito a vuelapluma, con la intención de no dejar escapar los recuerdos.
Encenderé la luz, la luz natural que entra por el ojo de buey es tan tenue que me obliga a leer con la luz eléctrica encendida.
Nacimiento e infancia
Mi nacimiento tuvo lugar en Vilanova de Arousa, durante la minoría de edad de Alfonso XIII, bajo la regencia de su madre María Cristina de Habsburgo-Lorena, siendo presidente del Gobierno Cánovas del Castillo, en la época conocida como de Restauración. A finales del siglo XIX e inicios del XX, Vilanova de Arousa era una pequeña población de apenas seis mil quinientos habitantes, a escasos 10 kilómetros de Vilagarcía de Arousa, que en esta época ya contaba con ferrocarril, además, como producto de las empresas establecidas y del puerto de pasajeros existente, con entrada y salida regular de emigrantes, contaba con numerosos consulados. En Vilanova casi no existían viviendas con agua corriente, solo la tenían las familias más pudientes, la gran mayoría la teníamos que ir a buscar a las fuentes públicas o la tomábamos de los pozos particulares construidos dentro de los patios o huertos de las casas; tampoco todas las casas disponían de luz eléctrica, que era de muy baja intensidad y con frecuentes cortes de luz, y el alumbrado público no alcanzaba a todas sus calles; la mayoría de estas eran de tierra, solo las más principales estaban empedradas y las comunicaciones entre las localidades de la zona se hacían caminando, a caballo o en carros tirados por bueyes o diligencias.
«Pues bien, como ya dije nací en Vilanova de Arousa. Fui el primogénito de ocho
hermanos nacidos en el hogar de una familia obrera. La casa en la que nací era
propiedad de mi madre, Juana, buena costurera y modista. Ella era bajita, muy
buena y muy guapa, de carácter recto, pero muy amable y humana. Mi padre se
llamaba Francisco; también guapo mozo y recto en el mando. Era patrón, capitán
de barcos de cabotaje a vela. Hacían buena pareja y eran muy queridos y
apreciados.
La casa de madre, sita en una calle cortada del barrio llamado Castro, tenía
escaleras de piedra, para desde la calle subir al piso; el bajo estaba destinado a
bodega y en la parte posterior estaba la huerta. Su pared o muro daba al mar y en
él, rompían las olas cuando soplaba fuerte el temporal. Tenía unas buenas vistas,
dominando el puerto y hasta la isla de Arousa».
En esta localidad transcurrieron los primeros catorce años de mi vida, entre juegos infantiles, la escuela y los primeros trabajos.
Cosas de niños
—Jesusiño, ven, vamos a la tienda.
—Sí, madre.
—Pórtate bien ¿de acuerdo?
—Sí, madre.
«Me aburría, así que decidí acercarme a la playa, que estaba muy cerca; solo tenía
que cruzar la calle y ya estaba.
Me gustaba un barco que estaba varado sobre la arena…».
—¡Hola!
—Hola, rapaz.
—¿Qué están haciendo?
—Estamos calafateando el barco.
—¡Ah!
«Me gustaba aquella caja que estaba sobre la arena cerca del barco. ¡Estaba llena
de compartimentos con diferentes tipos de clavos! Había unos que me encantaban, así que cogí dos y volví a la tienda…».
—¡Adiós!
—¡Adiós, rapaz!
—¿Dónde te habías metido, Jesusiño?
—Me aburría y fui hasta la playa, madre.
—Pues que sea la última vez que te vas de mi lado sin decírmelo antes.
—Sí, madre.
—Volvamos a casa.
«Estaba contento de haber vuelto a casa y de ponerme a jugarcon los clavos que
había cogido…».
—Jesusiño, ¿qué es eso que tienes ahí?
—Dos clavos.
—¿De dónde los has sacado? ¿Quién te los ha dado?
—Los cogí de una caja que tenían unos hombres en la playa.
—¿O sea que no son tuyos y nadie te los dio? No está bien coger lo que no es tuyo y menos sin permiso; así que vamos ahora mismo a la playa, a donde estén esos hombres de los que me hablas y los devuelves a su sitio, y además les pides perdón por habértelos llevado sin permiso.
—Pero, madre…
—Ni pero, ni pera. ¡Vamos!
«Qué vergüenza sentí al tener que pedir perdón. ¡Si solo eran clavos y allí había
muchos!».
—Buenos días, señores, mi hijo viene a devolverles algo que se ha llevado sin permiso. Jesús, pon los clavos en su sitio.
—¡Ay! —esa palmada de madre me dolió, pero cualquiera decía nada.
—No tiene importancia, señora; son cuosas de rapaces.
—Sí, sí que tiene importancia. Tiene que aprender a respetar las cosas de los demás y a no coger lo que no es suyo.
—En eso llevausted razón.
—Buenos días, señores.
—Buenos días, señora.
«¡Pero aprendí la lección! En toda mi vida jamás volví a quedarme con nada que
no fuera mío…».
«Cuando tenía unos cuatro años cambiamos de casa y de barrio. Esta era de
alquiler y estaba en el centro del pueblo, hasta que arreglasen la casa de padre,
sita en la Plaza Mayor, también llamada de La Pastoriza, cosa que sucedió pronto.
Los niños de este barrio se consideraban los más listos y finos. Yo pronto me
adapté a ellos y fui bien recibido».
Mi primer viaje a Marín
«¡Qué emocionado estaba! Mi primer viaje lejos de Vilanova de Arousa, por lo
menos, por lo menos 40 kilómetros, pensaba yo, ja, ja, ja, e íbamos a estar varios
días.
¡Marín! ¡Qué grande y qué bonito me pareció! Allí mi padre tenía familia y
amistades. Todos me miraban y me decían cosas. Me sentía un poco agobiado,
porque no me gustaba demasiado hablar. Estábamos allí, porque mi padre tenía
que tomar el mando de los primeros barcos destinados a la pesca de arrastre en
pareja. Durante aquellos días fue mi aniversario».
—¡Feliz cumpleaños, Jesusiño! ¡Seis años!
—¡Ya eres todo un hombrecito!
—¡Gracias, madre! ¡Gracias, padre!
«¡Mi madre me había hecho un bizcocho! ¡Qué rico estaba!».
—Dentro de unos días volveremos a Vilanova.
—¿De verdad? Tengo muchas ganas de ver a mis amigos y de jugar con ellos en la plaza y en la playa.
«Recordé siempre aquella visita, quedándome grabados algunos detalles que aún
no se me borraron».
La escuela
«Ya de vuelta a Vilanova de Arousa y con los seis años cumplidos, edad fijada para ser admitido en la escuela, aunque de momento no pudo ser; el maestro falleció en aquellos días y había que esperar al sustituto. Mientras, madre me enseñaba las primeras letras del silabario y también los números.
Tuve varios maestros; unos iban y otros venían, hasta que llegó uno de carácter dulce y cariñoso. Todos los niños le queríamos; también los mayores. Desde un principio tuvo conmigo cierta deferencia que no dejé de apreciar, especialmente cuando la lección era de números y cantidades escritas; como siempre me las sabía, me hacía una caricia y me mandaba que se las enseñase a los que iban más atrasados. Se llamaba este señor, Don Ricardo Rodrigo. Cuando se fue, todos sus alumnos lo sentimos mucho; también nuestros padres. Hubo gran pena en el pueblo, que lo despidió en masa hasta el empalme con la carretera.
Vino otro para sustituirle que era el reverso de la moneda; de los que «la letra con sangre entra» y de mal carácter. Sufrí las consecuencias de su sistema de enseñanza, que pudo costarme caro por lo siguiente: los niños de mi sección teníamos una lección de catecismo llamada “los infiernos”, era tan larga como lo que significaba su título y había que saberla y decirla de memoria sin explicación alguna.
Existía, a unos doscientos metros escasos cerca de la escuela, una capilla bajo la advocación de la Virgen de Belén; apenas podían tener cabida unas veinte personas de tan reducida que era. La imagen, pequeñita, para mí burdamente tallada sobre un retablo del mismo estilo, así como un altar, haciendo un conjunto armónico; no estaba abierta al culto, pero algún domingo que otro oficiaba la Santa Misa un cura ya muy anciano, que decían estaba separado como párroco por ciertas liviandades. Vivía cerquita y la misa era muy temprana, a las cinco de la madrugada. Tengo ido algún domingo acompañando a mi abuelita materna. Era para madrugadores. Pues bien, se decía que para tener buena memoria era de mucha eficacia dar golpes con la cabeza contra la puerta; como ninguno sabíamos la referida lección, fuimos los chicos en tropel a la capilla dispuestos a rompernos la cabeza contra la puerta diciendo: “Bate cabeza, bate león, para que aprendas la lección”; pero ni con esas. El que rompía las cabezas era el maestro con un palo… y «la letra con sangre entra», que esta vez no surtió efecto, sino todo lo contrario. Pasaban los niños como a trompicones y nadie sabía nada o muy poco… y palo duro, siempre en la cabeza; pasé yo… y lo mismo. Nos hacíamos una tremenda confusión y no entendíamos nada. Me dio con el palo en la cabeza y quedé aturdido».
—¡Jesusiño, ven a cenar!
—Voy, madre.
—Pero… ¿no comes nada, hijo?
—No tengo hambre, me duele mucho la cabeza.
—Que no comas por dolor de cabeza me preocupa. Iremos al médico.
—No se preocupe, madre. Seguro que no es nada. Ya me pasará. Me voy a acostar.
«A la mañana siguiente…».
—¿Qué tal has descansado?
—Mal, madre. Me voy a lavar, a ver si el agua fría me despeja.
—¡Madreeee! ¡Ven!
—¿Qué pasa, Jesusiño? ¡Por el amor hermoso! ¿Qué es esto?
—Me salen cuajarones de sangre por la nariz.
—Jesusiño, cuéntame que ha pasado ayer. ¿Te has dado algún golpe en la cabeza?
«Le confesé lo que había pasado e inmediatamente me llevó al médico. Me auscultó y cuando se enteró del origen del problema…».
—Fue una gran suerte que desalojara la sangre por la nariz, de lo contrario habría sufrido un ataque cerebral. Que no vaya por unos días a la escuela.
«Mi madre, indignada, pero con gran serenidad y mesura, habló con el maestro diciéndole que, por prescripción médica a raíz del palo que me había propinado en la cabeza y la sangre vertida a cuajarones, tenía que descansar unos días, que pude quedarme loco o morir; por último, que me retiraba de la escuela por el mal trato que venía dando a los chicos, como si fueran bestias y que, por lo que pudiera suceder, se quejaría al alcalde para que tomase las medidas pertinentes en protección de los chicos.
Se disculpó el maestro, rogándole que no me retirase y que me mandase a clase, pero yo le dije a madre que no quería estudiar más con él.
El sistema de enseñanza fue suavizado y modificado el procedimiento, pero fueron muchos los padres que dieron de baja a sus hijos, y el maestro poco más duró en su puesto.
Yo, por mi parte, le tomé aversión al catecismo; tenía que estudiarlo, pero lo hacía de mala gana y por obligación».
Las clases particulares
«Después de aquello, y por poco tiempo, fui a unas clases particulares que daba un sargento de carabineros, mientras varios hermanos apellidados Pérez Rodríguez se juntaron y convinieron en traer a un maestro de Vigo exclusivamente para sus hijos, que eran muchos. Al poco tiempo, por desavenencias entre ellos, se disolvió la sociedad y el maestro comenzó a dar clases particulares. Se le llenó el salón y yo fui uno de sus primeros alumnos. Siguió mi instrucción primaria todo lo que se podía alcanzar en el pueblo y yo adelantaba lo suficiente para mi edad, según decía el maestro.
Este maestro era joven y se llamaba Don Alfredo. Nos decía que era jugador de fútbol del Club “Fortuna” de Vigo y en los momentos de recreo nos enseñaba a jugarlo en la Plaza Mayor, donde estaba sito el salón para las clases. Jugábamos con una pelota de trapo y así comenzamos a conocer dicho deporte, siendo del agrado de todos, por aquello de andar dando patadas. Alguna vez nos costaba algún disgusto que otro por la rotura de los cristales de las casas frontales, propiedad de dos poderosos: una de un rico hacendado y la otra nada menos que del juez. Recibíamos por ello una buena reprimenda, además de tener que abonar la rotura. Las culpas se las llevaba Jesusiño, o sea, yo. Juntábamos unas perras y… a pagar y a continuar jugando.
—¡Chicos, cojamos piedras y vamos a dar una batida por el pueblo!
—¡Eso, eso, a por los gatos!
«Un gato estaba delante de la gatera de la puerta de su casa y una lluvia de piedras le cayó encima. Al tiempo que el gato entró despavorido a la casa, salió su dueño hecho una furia».
—¡Eh, rapaces! ¡Cómo os coja os vais a enterar! ¡Dejad a los gatos en paz, que nos tenéis hartos! ¡Y tú, Jesusiño, tú eres el peor de todos! ¡Se lo voy a decir a tu madre!
«Salíamos corriendo… y a por otra víctima».
—¡A ver quién le da a ese gato del tejado sin romper ninguna teja!
—Yo no me atrevo.
—Ni yo.
—Yo tampoco.
—¡Jesusiño, tira tú que tienes muy buena puntería!
—¡Pues allá voy!
—¡Miauuuu!
—¡Mirad, rodó hacia la parte de atrás del tejado! ¡Vamos a verlo!
«El gato se hallaba tirado en el suelo y al sentirnos dio un brinco y salió por patas. Éramos un grupo travieso, pero buenos chicos, lo digo no por mí, sino por los otros.
Pobres animales, la cruz que tenían con nosotros; me viene ahora a la memoria que estando yo casado tuvimos un gato en casa que, por las noches, se acurrucaba a los pies de la cama para dormir y durante el día campaba a sus anchas por la casa y la huerta; de cuando en cuando subía al “fallado” o buhardilla en la que almacenábamos patatas, maíz y otros utensilios, y cuando cazaba un ratón allí lo bajaba al piso, arañaba la puerta para que le abriera y cuando lo hacía lo dejaba a la entrada delante de mis pies y se me quedaba mirando como diciéndome: “Mira lo que te he traído, ¿estoy haciendo bien mi trabajo?”. ¡Lo que son las cosas, Señor!
Pero volvamos a lo que estábamos. Este grupo de rapaces muchas veces nos desplazábamos a la playa llamada Basella para formar guerrillas, combatiéndonos a pedradas. A veces, alguno salía herido con un chichón, pero sin importancia grave».
El constructor de trompos
«Un día fuimos varios niños al taller del tornero, quien al ver el grupo preguntó qué queríamos; cada uno dijo lo que deseaba, como yo permanecía callado me preguntó:
—¿Tú qué quieres? ¿Vienes acompañando a estos o quieres algo para ti?
—Yo quiero saber cómo los hace.
—Curioso.
«Preguntó a los otros de quienes eran, y al enterarse, me dijo a mí»:
—Y tú hijo, ¿de quién eres?
—Soy de Morales.
—¡Ah! Eres hijo de Morales, ya se ve, ya debí darme cuenta al principio, callado, curioso, querer saber, no lo puedes negar, hijo de lobo lobito, bien, mañana tendrás el tuyo, que será bueno.
«Cuando llegué a casa todo enfurruñado por haberle llamado lobo a mi padre y a mí lobito y no poderme defender, se lo conté a mi madre, que se echó a reír acariciándome…».
—No hagas caso Jesusiño, no es nada malo.
«Me hizo un trompo magnífico».
Jugando al «nicho»
«El “nicho” se jugaba solo entre niños con palos del tamaño del de la billarda afilados por uno de los extremos y también con hierros de los que formaban el triángulo —llamado “trepia”—, que se usaban en la piedra del lar o “lareira”, colocando sobre ellos las ollas y tarteras de hacer la comida, colocándoles fuego por debajo.
Con estos utensilios, una vez inservibles para el servicio que prestaban por efecto de mucho uso del fuego, preparábamos los tres principales listones para nuestro juego, los que clavábamos con fuerza en la tierra dura, pero húmeda, tratando con un golpe de derribar unos a otros siempre por turno, el que caía se cogía y todos por turno lo tiraban por el aire a la mayor distancia posible a golpe de palo o de hierro, como si fuese la billarda, llegando muchas veces a romperlo o doblarlo, haciéndolo inservible.
Pues bien, una tarde al salir de la escuela, estábamos varios jugando al “nicho”, y el hijo del boticario, de mi edad, nos lo impedía colocándose en el centro del campo marcado haciéndose el mandón, abusando de la categoría social paternal. Todos miraban y callaban, pero yo primero le invité a jugar con todos y, si no quería, que nos dejase tranquilos, pero él, terco, se negaba a tomar parte en el juego y tampoco nos dejaba jugar con su actitud caprichosa. Entonces le dije»:
—O te retiras del campo o tiro a tus pies.
«Se echó a reír, yo levanté el “nicho” (era de hierro) tirando con fuerza a sus pies, le traspasé una botina de arriba abajo pasando el“nicho”, por suerte, entre el dedo gordo y el mayor, sin hacerle más daño que un rasguño pequeñito en dichos dedos y el agujero en la botina, marchándose corriendo y llorando con el “nicho” clavado, a contárselo a su padre.
Como tenía que pasar por delante de su puerta —la botica— para ir a mi casa, el padre me estaba esperando, me llamó, le dije que no iba, porque quería pegarme…».
—No tengas miedo —me dijo—, solo deseo que me digas tú cómo fue, es lo que deseo saber.
«Se lo dije y dirigiéndose al hijo le llamó embustero y trampón, dándole unos fuertes coscorrones.
No fue nada, pero este incidente pudo tener graves consecuencias, si el hierro hubiera pasado por el centro del pie; por lo sucedido no se rompió nuestra amistad, ni dejé de ser lo mismo considerado por su familia, pero recibí una fuerte reprimenda de mi madre.
Otro día, estando en el mismo lugar jugando, vimos salir de un agujero del muro de una finca una víbora que venía hacia nosotros como de pie, sobre la cola en espiral, con la boca abierta, sacando la lengua larga, la punta en forma de horquilla. Los chicos se asustaron, pero dos fuimos sobre ella, que cada vez —viéndose atacada— se enderezaba más. Pretendimos darle algún golpe con los “nichos” s, pero no podíamos, se doblaba evitando los golpes que le dirigíamos.
Apareció en ese preciso momento una mujer con una cesta de hierba en la cabeza para su ganado y una hoz – “fouciña”- en la mano, comenzando a reñirnos; le pedí que me prestase la hoz, con ella le tiré un golpe a la cabeza que erré, el bicho parecía que crecía, ya era más alto que yo, la mujer y los chicos me gritaban que lo dejara, que podía morderme, tiré el segundo golpe degollándolo; el bicho siguió un rato erguido avanzando, pero al fin cayó.
Tenía de largo más de un metro y medio, la colgué en el “nicho” llevándosela al boticario, porque había oído decir que estos cogían culebras y lagartos para hacer medicinas.
Cuando llegué a la botica acompañado de los compañeros de juego le dije al boticario que le traía aquella víbora que había matado para sus medicinas, que había salido de su huerta por un agujero del muro».
—¿Fuiste tú quién la mató?
«Los chicos le contestaron que sí, que había sido yo solo».
—No me extraña, eres decidido, gracias Moralitos.
«La mujer de la hoz le contó todo como había sucedido.
La tuvo expuesta en el escaparate dos días, llamando mucho la atención a los curiosos.
Madre al enterarse, que fue enseguida, se sonreía, pero a mí me advirtió el peligro que supuso lo realizado, advirtiéndome que tuviese mucho cuidado, que aquellos bichos eran muy peligrosos».
Por caridad
«Madre, entre otras cualidades, tenía la de ser caritativa. Ella con su ejemplo me enseñó lo que era cuidar de los más desfavorecidos.
Cerca de casa existía una viejecita, vivía sola en una casa baja con piso de tierra, el lar a la entrada detrás de la puerta, al fondo una cama arreglada y muy limpia, a escondidas madre la socorría con algo.
Una noche me dijo que quería que la acompañase. Las calles estaban a oscuras, preparamos un farol, debajo del mantón con el que se cubría madre llevaba una ollita con comida y pan, yo de unos ocho años alumbraba el camino para que no tropezara.
Al llegar empujó la puerta, la viejecita preguntó»:
—¿Quién es?
—Soy Juana.
—¡Pasa, pasa! Pero mujer, ¿por qué te molestas?
—¿Tomó alguna cosa antes de acostarse?
—No, no tenía nada.
—Le voy a calentar un poco de lo que le traigo y lo toma caliente, porque hace frío.
«Después la arregló y limpió todo. Cuando terminó nos despedimos, ella le dijo»:
—¡Qué Dios te lo pague, Juaniña!
«Y regresamos a nuestra casa».
La tarde de los ingleses
La Ría de Vilagarcía era lugar natural de refugio para los barcos, cuando había tempestad en mar abierto. En ocasiones entraban los barcos de la Armada británica, a fin de refugiarse de las inclemencias de la mar o para labores de avituallamiento.
«Pues bien, una tarde fuimos a la playa conocida como Las Sinas para ver a los ingleses que venían, desde sus barcos fondeados en la ría, embarcados en lanchas a vela y a remos; se esparcían por la playa y pinares adyacentes para disfrutar de una fresca sombra y comer de campo. Lo venían haciendo todos los días, mientras permanecían sus buques de guerra, que eran muchos, fondeados en la ría. En dicha tarde, algunos de los ingleses tuvieron la mala ocurrencia de molestar a unas mozas que con otros jóvenes trabajaban en la siembra de las fincas cercanas. Los mozos, al ver la poca fineza de los ingleses, arremetieron contra ellos con sus útiles de labranza y a pedradas».
—¡Mozos, los ingleses se están metiendo con las mujeres!
—¡Coged lo que tengáis a mano y vamos a por ellos!
—¡Vamos!
—¿Y nosotros qué hacemos, Jesusiño?
—¿Y qué vamos a hacer, hombre? ¡Pues, ayudarlos!
«Nuestro grupo se unió a los mozos, y los ingleses al verse apedreados fueron en retirada hacia las lanchas, metiéndose en el mar hasta el pecho para alcanzarlas. Ellos se defendían también con piedras, pero nosotros estábamos amparados por los pinos. Entre ellos hubo muchos heridos, porque las piedras —cantos rodados— caían como lluvia. Hicieron señales con banderas pidiendo auxilio; de los buques destacaron dos lanchas motoras para remolcarlos; mientras, la lluvia de piedras seguía sin interrupción, hasta que la distancia fue tan grande que ya no les podíamos alcanzar».
—¡Fuera de aquí!
—¡Y no volváis o ya sabéis lo que os espera!
—¡A las mozas ni se las menta ni se las toca!
—¡Fuera! ¡Fuera!
«En los días sucesivos dejaron de concurrir a la playa.
Fue muy comentada la conducta de los mozos y los chicos por castigar como se merecían a los “hijos de su graciosa majestad”; decían las gentes que los ingleses habían recibido una “buena lección de cortesía”».
Cuentacuentos
«Cuando el tiempo lo permitía, por las tardes, al anochecer, nos reuníamos al abrigo de la iglesia, frente a mi casa, para narrar cuentos. Yo llevaba la voz cantante por saber más que ninguno. Me gustaba mucho leer los de la Editorial Calleja, que contenían los paquetes de chocolate, juntaba muchos. Mi padre, viendo mi afición por la lectura, me trajo los libros “Las mil y una noches” y “Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno”.
También había en el pueblo una viejecita que vivía sola en una casita baja; se sentaba junto a la puerta por la parte interior. Los muchachos, de vez en cuando, le hacíamos alguna compañía. Era completamente ciega y se apoyaba en un bastón; nos conocía a todos por la voz y se entretenía contándonos cuentos de brujas, trasnos, de la santa compaña y de bandidos. Cuando se hacía tarde, como no existía la luz pública, todo en las calles y callejas era oscuridad y aquellas historias nos hacían sentir un miedo enorme; el que más y el que menos soñaba con las narraciones de la viejecita, pero no por eso dejábamos de visitarla pidiéndole que nos contase más. Sabía muchas y para ella era una distracción. Al despedirnos, siempre nos daba las gracias y nos pedía que volviéramos más a menudo. Era muy simpática».
Y ahora que lo pienso… y no sé a cuento de qué me viene esto a la cabeza… ¿Por qué era tan solicitado por las familias ricas e intelectuales del pueblo para jugar con sus hijos en sus fincas y casonas? Jugar encerrado no me iba; prefería a los de mi clase, la libertad, nuestros propios juegos infantiles, la calle sin vigilancia.
¡A los remos!
«Mi padrino, fabricante de salazón, tenía galeras para la compra de sardina a flote y en las lonjas; estos galeones o barcos de la compra, como se les denominaba, tenían a su vez una chalana, gamela o bote de servicio. De vez en cuando le pedía una para hacer ejercicio de remo por el puerto con mis amigos».
—¡Ya tengo la chalana!
—¡Salgamos a remar!
—¿Y si armamos una vela de arpillera en ella? Sería estupendo navegar a vela.
—¡Jesusiño, tú haz de patrón como los mayores!
—¿Saben tus padres que salimos a navegar?
—Los míos no, ¿y los tuyos?
—Los míos tampoco.
—Ni los de ninguno. Es mejor que no se enteren porque si no…
—Levantad el mástil y fijadlo al banco. Así, y ahora la vela. ¡Perfecto! Salgamos del puerto a remo.
—¡A la voz de… Uno, uuop! ¡Uno, uuop! ¡Uno, uuop!
—¡Desplegad la vela!
—¡Sí, patrón!
—¡Esto sí es navegar!
—¡Y sin cansarnos! Ja, ja, ja.
—¡Eh! ¡Cuidado! ¡Vaya rachas de viento! ¡Y cada vez son más fuertes!
—¡Esto se pone feo, chicos!
—¡La vela no se hincha! ¡Se ha quedado enganchada!
—¡Pues hay que intentarlo o vamos a zozobrar!
—¡Nos vamos a hundir!
«Al menos todos sabíamos nadar, pero el riesgo para nuestras vidas era inminente.
Los hombres que estaban en la ribera y muelles gritaban, al tiempo que a toda prisa preparaban botes para recogernos.
En el momento de más peligro solté la cuerda que sostenía para que el viento hinchara la vela —a dicha cuerda le dan el nombre de escota—, trayendo como consecuencia la estabilidad del bote.
Alguno avisó a mi padrino, el cual ya nos estaba esperando en el muelle. Al llegar nosotros se me quedó mirando, serio, fijamente y me dijo»:
—¿Quién te enseño a manejar la vela en ese momento de peligro?
«Los hombres que allí estaban fueron los que contestaron»:
—¡De casta le viene al galgo, señor Jesús!
—Bueno, desde hoy no hay más gamela, no quiero tener disgustos con tus padres por tu causa.
«Nosotros, los rapaces, contamos a los demás la aventura haciéndonos los importantes. Cuando madre se enteró, a punto estuvo de propinarme una gran paliza, pero no, solo le preocupó mucho y me dijo que no jugase con peligros».
Mis primeros empleos
El tiempo iba pasando y tocaba hacer algo más que jugar y estudiar, así que «una vez acondicionada la casa de mi padre, nos trasladamos a ella y al poco tiempo mi madre solicitó la apertura de una pequeña tienda de géneros y comestibles, de la que poco a poco me iba instruyendo en su manejo y conocimiento. Depositaba en mí mucha confianza, por lo que padre me enseñó el manejo y operaciones de los céntimos de real, unidad monetaria muy usual en el comercio y en lo laboral».
«Pronto quedamos sin maestro y yo ya tenía unos diez años, por lo que me ocupaba en la tienda, sin abandonar los juegos con los chicos. Madre, viendo mi disposición, me presentó en las casas de Simeón García y de García Burruel de Vilagarcía, que eran las casas proveedoras de la tienda, constituyéndome en encargado de comprar y pagar, siempre bajo sus instrucciones. Todos me respetaban pese a ser tan jovencito.
Llegando a los doce años, y al seguir sin escuela, me ocupaba un poco de la tienda y el resto del día estaba correteando con los amigos, así que mis padres para quitarme de la calle me colocaron en el taller de ebanistería de un ahijado de mi madre.
Pasado el tiempo, el taller de ebanistería cerró y me coloqué en una fábrica de salazón. Estuve allí poco tiempo, ya que no era de mi agrado ni la gente que en ella trabajaba ni el trato; no iba conmigo.
Pasé a otra fábrica en la que me gané la simpatía de todos, excepto la de un muchachote que, no sé por qué, siempre me hacía burla. Ante su actitud, le amenacé con romperle la cabeza, mientras los otros le decían que me dejase tranquilo. Pretendían enseñarme a confeccionar o a construir toneles.
Un día, aquel individuo volvió a las burlas; yo cogí un martillo y con todas mis fuerzas se lo tiré a la cabeza. El martillo hizo un giro inesperado dándole en cierta parte; retorciéndose de dolor y furioso, avanzó hacia mí para pegarme, y yo cogí un hacha que tenía cerca; los demás lo agarraron diciéndole que tuviera mucho cuidado con tocarme, que le estaba bien empleado lo sucedido y que se fijase en el arma que yo tenía en la mano. Creo que fue un remedio eficaz, porque desde entonces me dejó en paz.
Teniendo en cuenta mi instrucción académica, fui asignado para marcar y numerar los cascos o barriles de sardina prensada, destinando la de mejor calidad para Barcelona y Génova, y las de menor calidad para Nápoles.
No lo pasaba mal y no me exigían gran cosa, pero era un trabajo que no me agradaba y el ambiente tampoco.
Tuve otros quehaceres en la misma fábrica que tampoco me ilusionaban, a pesar del aprecio que me demostraban tener, pero en el pueblo no había otra alternativa: tonelero o marinero».
La llamada del mar
«Me llamaba mucho la mar, no sé por qué; es posible que lo llevase en la sangre. Un tío-abuelo paterno fue capitán de buques que hacían la travesía de España a Filipinas y viceversa: algunos recuerdos existían en casa de mi padre y este poseía el nombramiento reconocido desde el Miño a Bayona, Francia. Madre, que veía en el mar un grave peligro para mí, trató de cortar dicha inclinación, mientras padre la veía con buenos ojos».
Correspondencia con ultramar
«En esta época comencé a escribirme con un primo-hermano americano de mi misma edad, concretamente argentino, llamado Antonio. Él vivía en Buenos Aires. Nuestra correspondencia con el tiempo, no mucho, llegó al punto de exponerle mi pensamiento de dedicarme al mar o emigrar.
Un día, hablando en casa, al recibir carta de Antonio en la que me animaba a que fuera para allá, dije que así no podía seguir, iba siendo mayor y por tanto debía trabajar en la mar o marcharme a Buenos Aires; todos callaron. Creo que aquella noche madre la pasó llorando; lo supe al ver por la mañana que ella tenía los ojos hinchados y rojos como la grana.
Pasó una pequeña temporada, y un buen día sin esperarlo…».
—Jesusiño, ¿te obstinas en ir al mar o marcharte?
—Sí, madre, porque en este pueblo no hay aliciente para mejorar, es siempre lo mismo.
—En la mar no te quiero ver, no tendría un solo día ni un momento de tranquilidad, teniendo al padre y al hijo siempre en peligro sobre las olas. Ya que lo quieres, prefiero que te vayas; sé que pierdo un hijo que sabe Dios cuando volveré a verlo o tal vez no lo vuelva a ver nunca más.
«Se me hacía un nudo en la garganta al ver a mi madre triste, cabizbaja, pero determinada a que yo no fuese marinero. Solo me quedaba la salida de emigrar. Solo Dios sabía si hacía bien, pero no podía seguir allí.
Seguía la correspondencia con el primo, que en todas sus cartas me instaba constantemente a que me decidiera.
Para disuadirme de esta idea, mis padres, próximos ya mis quince años, me llevaron a Marín por dos días; y de allí fuimos embarcados para A Coruña, donde pasé dos meses. Durante este tiempo, y en varios días alternos, fui a la mar en el barco que gobernaba mi padre para que viese lo que era el oficio de la pesca de arrastre, y yo cada vez me entusiasmaba más. Padre, además de patrón, era el representante del armador del barco».
—¿Te gusta esta vida, Jesusiño?
—Sí, padre, mucho.
«La ciudad era muy bonita. Allí me hicieron ver, aparte de la pesca y sus riesgos, como era el comercio; me llevaron al cine-cinematógrafo y al teatro; este lo había visto por primera vez en Vilanova, acompañando a mis padres a ver la obra “El viejo de los pasales”, representada por aficionados; un concierto de botellas, por un artista, y otra obra más cuyo título ya no recuerdo, pero yo seguía pensando lo mismo: el mar o emigrar.
Mi pobre madre, que no las tenía todas consigo, me hizo regresar y me fue a esperar a Santiago de Compostela. El viaje entre las dos ciudades se hacía en carrilana tirada por tres yuntas de caballos; un viaje largo y pesado, con parada y cambio de caballos en Ordes.
Le decía a madre y a padre que allí, como le tenía dicho ya, no me gustaban los trabajos que existían, siempre lo mismo, sin aliciente alguno y muy monótonos. Ellos, viendo mi tenacidad, decidieron que me fuera para América.
Con un mes de antelación, le comuniqué a mi primo el día dispuesto para el embarque, el nombre del buque y la compañía a la que pertenecía».
—Por fin se arreglan las cosas y podré embarcar rumbo a Buenos Aires. Llegó el momento de levantar el vuelo. Estoy tan feliz que no me lo creo. Voy a preparar el equipaje. Creo que en este baúl podré llevar todo lo que necesito. Aquí en el ángulo delantero derecho llevaré jabón Tena, que sé que es muy apreciado en Buenos Aires, dicen que para remedios caseros; las latas de sardinas en conserva y jamón de casa; en el ángulo opuesto y en diagonal pondré el chocolate fabricado a mano por la mejor casa de Santiago y embutidos de casa para mis tíos y primos. Unas mudas de ropa interior y la de vestir, un par de toallas, unos zapatos y ya está. Creo que no necesito nada más.
«¡Dios mío, ahora caigo! El barco en el que ahora me encuentro es idéntico a aquel en el que hice la travesía del Atlántico rumbo a América. Se me acaba de poner la carne de gallina y tengo frío. No puede ser; han pasado setenta y cinco años de aquello y está aquí, intacto.
Es como sentirme pasajero en la travesía de mi propia vida; es una experiencia agridulce absolutamente inmersiva.
Mis libretas me refrescan recuerdos que se me estaban empezando a borrar y su lectura me está liberando otros que creía olvidados. Van surgiendo a veces escenas y otras, simplemente flashes que revivo. Son piezas del puzle de mi vida y no estoy seguro de querer componerlo, pero… está claro que, aunque yo no quiera, si sigo leyendo será imposible detenerlo. Lo afrontaré con la mayor entereza, dignidad y honestidad posible y a ver a dónde me lleva.
El primer martes del mes de agosto de mil novecientos diez embarqué rumbo a Buenos Aires. El buque pertenecía a una compañía alemana, así como su tripulación, a excepción de algún español.
Dejaba mi familia, mi casa, mi tierra, mi España hacía una nueva vida. Gobernaba por aquel entonces el liberal José Canalejas Méndez, bajo el reinado de Alfonso XIII.
Madre, presente en el muelle, más muerta que viva. Al despedirme quise besarla; no pude, me distanció con las manos. Salí llorando. Ya a bordo, unos paisanos me cogieron y sujetándome las manos me taparon la nariz haciéndome tragar ginebra de una botella; quedé atontado y cuando me desperté estábamos en alta mar.
Pasado el tiempo, madre me explicó el porqué de su actitud, si nos llegamos a besar yo me hubiera quedado y ella me habría retenido; le di la razón».
Rumbo a lo desconocido
«Rumbo a lo desconocido, recalamos unas horas en el puerto de Funchal, en la isla de Madeira. Allí vi como unos padres, desde sus botes alzaban por una pierna, como si fueran gatos, a sus hijos, de apenas cinco años, y los lanzaban al aire para que, dando vueltas, cayesen al mar y buceando, recogiesen las monedas que desde la borda del buque les arrojaban los pasajeros, dando la sensación de ser peces por su habilidad en la natación.
Frente al Brasil, en el golfo de Santa Catarina, nos sorprendió un fortísimo temporal que tuvo una duración de veinticuatro horas, algo horroroso. El capitán como acto de precaución mandó encerrar a todo el pasaje en sus camarotes y en las salas. Como siempre fui muy curioso, quise saber lo que sucedía en cubierta; me deslicé como pude hasta llegar al puente, pudiendo observar alguna de las maniobras. Vi que cuando se acercaba una ola, que eran tan enormes que parecían montañas, el oficial de guardia a toque de silbato prevenía a los marineros vestidos con ropa de agua impermeables, que formaban en cubierta; estos llevaban a la cintura una cuerda con un garfio en el extremo, se agachaban sujetando este a un cable que había alrededor de la borda, pasando la ola con una fuerza inaudita sobre ellos y quedando sumergidos, rompiendo la ola contra el puente de mando; la mitad del buque, o sea la parte de proa, quedaba sumergida bajo el mar, para luego volver a surgir; y así una y otra vez en pequeños intervalos.
—Pero… ¿qué haces aquí muchacho? ¿Por dónde has subido?
—Estoy observando las maniobras, capitán.
—¿No sabes que está prohibido para el pasaje estar en el puente?
—No, señor.
—¿Te gusta el mar?
—Mucho, capitán.
—¿Y no te asusta el espectáculo que estás viendo?
—No, señor. ¿Puedo quedarme en el puente para seguir viendo? ¡Se lo ruego, capitán!
—No puede ser, muchacho. Aquí corres mucho peligro. Marinero, acompaña al muchacho a su camarote.
«Calmado el temporal seguimos la ruta sin más incidentes, hasta Montevideo donde hizo escala, para volver a zarpar a la diez de la noche.
Durante la travesía tomé relación con un muchacho ruso que, autorizado por la guardia del buque, me presentó a su familia, pero… ¡Dios mío! ¡Qué diferencia de trato! Aquello era una miseria. Ocupaban la parte de popa, hacinados haciendo grupos sobre el piso, que entre cubiertas era de hierro, sin camarotes, era como una bodega, amontonados, con escasísima ventilación, olía todo tan mal que daba náuseas, había por los pasillos marineros armados para separarlos de los demás pasajeros.
El muchacho deseaba aprender a marchas forzadas palabras en castellano, para interpretarlas mejor y saber su significado usaba un pequeño diccionario ruso-español; para venir hacia mí pedía a los guardias que le dejasen pasar, era el único; no sé cómo simpatizamos y quería que le enseñase español; me llamaba “paralelo” por ser iguales de estatura».
LA ARGENTINA
¡Y por fin, Buenos Aires!
«A las once horas de la mañana siguiente… ¡Llegamos al soñado Buenos Aires! Me estaba esperando mi tío Antonio; lo conocí por una foto que había en casa. Él también me reconoció enseguida y nos fundimos en un fuerte abrazo.
Al descargar el equipaje, los “vistas de aduana”, al pasar revista, me mandaron abrir el baúl para cerciorarse de lo que contenía, a efectos de los derechos correspondientes. Como sabía cómo había distribuido las cosas revolví por los ángulos opuestos para que no viesen más que la ropa y, dándolo por bueno, me dejaron seguir, pero el baúl quedó depositado en una especie de consigna de la aduana.
Al llegar a casa de mis tíos fui muy bien recibido por el resto de la familia: la tía Secundina, ella era hermana de mi padre y ambos naturales de Vilanova, mi primo Antonio, con quien yo sostuve correspondencia, y mis primas Delia y Corina. Un año más tarde nació otra niña a la que le pusieron por nombre Haydée.
Al cabo de dos días pudimos recoger el baúl sin ningún inconveniente. De regreso a casa comencé a quitar todas las cosas que llevaba para ellos».
—Pero ¿cómo es posible que no te vieran nada de esto siendo artículos de introducción?
—¿Cómo hiciste para ocultarlos?
—Los distribuí en las esquinas diagonales opuestas y cuando me pidieron que les mostrase el interior del baúl, revolví por las otras dos esquinas.
—¡Ja, ja, ja!
—¡Qué manera más ocurrente de engañar a los «vistas» con los sagaces que son!
—Se habrán confiado al verme tan jovencito, ja, ja, ja.
Mi llegada a la Argentina coincidió con el año conmemorativo del Centenario de la Revolución de Mayo, cuando el virrey español Baltasar Hidalgo fue destituido de su cargo y reemplazado por la Primera Junta (primer gobierno patrio argentino).
En aquella época Buenos Aires era una gran urbe de más de un millón doscientos mil habitantes ¡cómo doscientas Vilanovas juntas! Gobernaba Figueroa Alcorta, a quien al mes y medio de mi llegada a la Argentina, sustituyó Roque Sáen Peña, hijo de Luis Sáenz Peña, expresidente del país y ministro del Máximo Tribunal.
Era, como dije, Buenos Aires una gran urbe, moderna, de calles anchas y trazado rectilíneo, que allí llamaban cuadras, de edificios altos unos y señoriales otros, con grandes tiendas, cafés de moda, teatros, cines, museos, parques… barrios ricos, muy ricos, pero también barrios pobres donde la miseria no se podía esconder. El anonimato de sus calles frente a las de mi pueblo donde todos nos conocíamos, con todo lo que ambas maneras de vivir tienen de bueno y también de malo. La verdad es que, en general, Buenos Aires me impresionaba y me gustaba.
«Pasaron unos meses durante los cuales cumplí los quince años…».
—Tío Antonio, tía Secundina, llevo ya cuatro meses con vosotros en los cuales he aprendido los modismos propios de esta tierra y el manejo de la moneda, tengo quince años y no hago nada. Creo que es conveniente que comience a trabajar para no ser una carga para ustedes.
—No te apures, muchacho; hay tiempo.
A finales de diciembre, por indicación de un sobrino político de mi tío, mi tía me presentó en la Casa de la Moneda al gerente o jefe de control, como se titulaba. Nos recibió muy bien y al verme puso el inconveniente para admitirme de que era muy niño; tía le dijo que tenía dieciséis años, uno más de los que realmente tenía, ya que hasta esa edad nadie se podía colocar».
—¿Dieciséis años? Pero… es muy bajito.
—¿Qué quiere, señor, si no creció más?
—¿En qué año naciste?
«Tía se puso pálida, sudaba; y yo sin titubear, rápido y con la mayor naturalidad…
—El año mil ochocientos noventa y cuatro.
—Sí, exacto. Que venga el próximo día dos.
«Antes de despedirnos me dio unas instrucciones, al mismo tiempo que tomaba nota de todo lo que se hablaba y salimos.
En el trayecto a casa no intercambiamos ni una sola palabra, pero al llegar a casa rompió a reír y llorar. Al estar toda la familia junta para comer comentó lo sucedido».
—¿Cómo se te ocurrió adelantar el año de tu nacimiento?
—Era natural, tío. Al darme tía un año más, tenía indudablemente que haber nacido un año antes; si no lo hago, quedaría tía por mentirosa.
«Se cruzaron las miradas echándose todos a reír y, relacionándolo con lo sucedido en la aduana, comentaron que sería difícil que me engañaran fácilmente».
Una nueva vida
«Comenzaba una nueva vida. Tenía que relacionarme con personas completamente desconocidas, en un ambiente completamente distinto al familiar.
El día dos de enero de mil novecientos once ingresaba en la Casa de la Moneda, siendo destinado al taller de confección e impresión de billetes de Banco, máquina Nº 2, de las cinco que allí había. Tuve de maquinista a un tal Palma, hombre muy agradable, que me dio varias instrucciones que debía cumplir. Dado lo delicado del trabajo, estábamos destinados a la susodicha máquina, un ayudante, llamado Teodoro Todorovich, un ponepliegos, dos sacapliegos, otro y yo; y como jefe de taller, el catalán Agustín Puig, que me resultó antipático.
Pasados un par de días observé un pequeño defecto en la impresión y lo puse en conocimiento del maquinista, lo que me valió un “muy bien muchacho”.
Pasado algún tiempo, los otros tres, como más veteranos, quisieron hacerme una jugarreta»:
—Muchacho, tienes que meterte en el sótano para engrasar la máquina.
—Pero… es un lugar muy bajito y oscuro.
—Hay que engrasar el eje de la máquina y tú eres el más pequeño y novato, así que te toca, es tu obligación.
«Observé cómo era, dándome cuenta de que, si lo hacía, me encerrarían bajando la trampilla que daba acceso al sótano, pues tendría que andar agachado y a tientas hasta que ellos quisieran y aunque gritase no se podría oír mi voz, que sería apagada por el ruido que producían las máquinas».
—Lo siento, pero yo ahí no me meto.
—Si no lo haces te denunciaremos por desobediente.
—Señor maquinista, estos quieren que me meta en el sótano para engrasar el eje de la máquina.
—No, muchacho; no tienes que hacerlo.
—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Dejad en paz al muchacho!
«Llevaba unos seis meses trabajando en la Casa de la Moneda, cuando estando en plena faena me sentí mal, con un fuerte dolor de estómago, era tan intenso que creí que me moría. Me senté en un banco que había detrás de la máquina, no me podía sostener de pie. Hasta allí llegaron el maquinista y el jefe; este llamó al químico, Víctor Fraccia».
—¿Qué tienes, muchacho?
—Me duele mucho el estómago. Me muero.
«El químico se fue y yo quedé rodeado de todo el personal del taller. Al cabo de un rato regresó con un vaso de agua coloreada».
—Tómate esto.
—No, eso es veneno.
«El químico se quedó sorprendido mirándose unos a otros, mientras yo me retorcía de dolor».
—Sí, es veneno. ¿Sabes que veneno es?
—Sí, láudano.
—En efecto, pero… ¿cómo lo puedes saber? Puedes tomarlo, tan solo contiene una gota.
—No señor, tiene más, está muy cargado.
—Sí, tienes razón. Contiene dos gotas, nada más. No se te puede engañar. Tómalo con confianza, te aliviará. Déjenlo solo hasta que se levante por su voluntad y tengan mucho cuidado con él, este muchacho no es lo que parece.
«No entendí palabra, ni lo que quiso decir.
Este incidente, no sé por qué, marco algo que repercutiría en el futuro, aunque yo ignoraba el qué. Desde aquel momento observaba un mayor aprecio en unos y otros, como respeto hacia mi persona.
Antes de cumplir el año fui ascendido a ponepliegos».
Se prohíbe personal extranjero
«Vino la orden que, en las dependencias ministeriales se prohibía personal extranjero, tenía que ser todo personal nativo o nacionalizado.
Los que estábamos incursos en la mencionada disposición fuimos llamados por el jefe de control para darnos conocimiento de lo dispuesto, pues pertenecíamos al Ministerio de Hacienda. Pedí a los superiores tuvieran la amabilidad de comunicarme con un mes de antelación el cese, porque yo no renegaba de mi patria».
—Pero, muchacho, no se trata de renunciar ni de renegar de la patria nativa, sino de obtener todas las prerrogativas, derechos y obligaciones del nativo.
—El hecho de que todos los demás extranjeros que aquí trabajan hayan aceptado nacionalizarse, no quiere decir que yo lo haga. Lo siento, pero no.
«Pasados unos pocos meses fui llamado por el jefe de control para comunicarme que el Ministerio, comprendiendo mi situación, ordenaba podía continuar prestando mis servicios en la Casa como caso excepcional.
Muchos al enterarse se preguntaban quién era yo, qué tenía ese galleguito, y hasta mí llegaban los rumores y habladurías respecto a qué importancia podía darme. Yo callaba y dejaba que siguieran murmurando a su gusto.
Más tarde vino la orden que todo el personal tenía la obligación de hacerse con la cédula de identidad y para este efecto nos mandaron por grupos al cuartel general de policía, donde después de proceder a todas las diligencias necesarias y pasados unos días, remitieron a la Casa el referido documento personal que depositaron en la Oficina de Control para su entrega a los interesados. Fue entonces cuando se descubrió mi verdadera edad y, como ya era mayor, nada sucedió, pero se comentó el privilegio; la consecuencia no se hizo esperar, aumentando los comentarios y las dudas sobre mi personalidad. Deseaban saber quién era yo realmente, tan solo por curiosidad, pues según ellos, yo lo continuaba ocultando».
Otro ascenso
«Al cumplir otro año de permanencia en la Casa ascendí al cargo de ayudante de máquinas; era el más joven y nunca se había visto un ascenso tan rápido, pues otros llevaban años estancados y yo, aún con el voto en contra de Puig, lo había conseguido; un caso inaudito en la Casa.
