Mía (Saga Real 2) - Katy Evans - E-Book

Mía (Saga Real 2) E-Book

Katy Evans

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Beschreibung

Es MÍA, y yo soy suyo. Nuestro amor es ardiente, poderoso, imperfecto y REAL… El implacable boxeador Remington Tate, conocido como "Depredador", ha encontrado por fin un rival a su altura. La mujer que contrataron para mantenerlo en perfecta condición física, Brooke Dumas, ha despertado en él un deseo primario y abrasador. La necesita físicamente, como el aire que respira, y ahora ha descubierto que no puede vivir sin ella. Brooke nunca imaginó que acabaría con un hombre cuyo cuerpo es el sueño de cualquier mujer. Pero no todos los sueños tienen un final feliz, y justo cuando más se necesitan el uno al otro, ella tiene que apartarse de su lado. Ahora Brooke se verá obligada a volver a luchar por el hombre al que ama.

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Seitenzahl: 510

Veröffentlichungsjahr: 2016

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CONTENIDOS

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Canciones de Mía

Introducción

Agradecimientos

Sobre la autora

MÍA

Katy Evans

Traducción de Lidia Pelayo

MÍA

Los hechos narrados son imaginarios. Cualquier referencia a hechos y lugares reales o a personas que existen o han existido es puramente casual.

V.1.3: septiembre, 2016

Título original: Mine

© Katy Evans, 2013

© de la traducción, Lidia Pelayo, 2015

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2016

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Cris Martín

Los derechos de traducción de esta obra han sido cedidos por la agencia literaria Jane Rotrosen y gestionados para España por International Editors Co. Todos los derechos reservados.

Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

[email protected]

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-16223-51-0

IBIC: FP

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

MÍA

Es MÍA, y yo soy suyo. Nuestro amor es ardiente, poderoso, imperfecto y REAL…

El implacable boxeador Remington Tate, conocido como «Depredador», ha encontrado por fin un rival a su altura. La mujer que contrataron para mantenerlo en perfecta condición física, Brooke Dumas, ha despertado en él un deseo primario y abrasador. La necesita físicamente, como el aire que respira, y ahora ha descubierto que no puede vivir sin ella.

Brooke nunca imaginó que acabaría con un hombre cuyo cuerpo es el sueño de cualquier mujer. Pero no todos los sueños tienen un final feliz, y justo cuando más se necesitan el uno al otro, ella tiene que apartarse de su lado. Ahora Brooke se verá obligada a volver a luchar por el hombre al que ama.

Dedico este libro a aquellos que sintieron lo mismo que yo y quisieron un poco más.

CANCIONES DE MÍA

Estas son algunas de las canciones que estuve escuchando mientras escribía Mía. ¡Espero que las disfrutéis al mismo tiempo que Remington y Brooke!

Iris de Goo Goo Dolls

Dark Side de Kelly Clarkson

I Choose You de Sara Bareilles

Beneath Your Beautiful de Labrinth y Emeli Sandé

First Time de Lifehouse

Stay With You de Goo Goo Dolls

Between the Raindrops de Lifehouse

Breathless de The Corrs

According to You de Orianthi

Here Without You de 3 Doors Down

When You’re Gone de Avril Lavigne

Far Away de Nickelback

Hold Me Now de Red

Uprising de Muse

Demons de Imagine Dragons

Kiss Me de Ed Sheeran

From This Moment On de Shania Twain y Bryan White

Mía

El corazón es un músculo vacío y late millones de veces durante nuestra vida. Es del tamaño de un puño y tiene cuatro cavidades: dos aurículas y dos ventrículos. El hecho de que este músculo pueda albergar algo tan inmenso como el amor escapa a mi comprensión. ¿El corazón es el único que ama? ¿O se ama con el alma, que es infinita? No lo sé. Lo único que sé es que siento este amor en cada célula de mi cuerpo, en el aire que respiro, en la infinidad de mi alma. Aprendí que ya no se puede correr si te rompes un ligamento, pero es posible que tu corazón esté roto en mil pedazos y seguir amando con todo tu ser.

Yo me he roto en pedazos, y he logrado recomponerme.

Me han amado y he amado.

Estoy enamorada y este amor me cambiará para siempre; de hecho, ya me ha cambiado. Toda la culpa es de mi hombre. Antes soñaba con medallas y campeonatos, y ahora sueño con un luchador de ojos azules que un día cambió mi vida, cuando puso sus labios en los míos…

1. ¡Bienvenido, Depredador!

Han pasado dos meses desde que volví con él. Sesenta y dos días exactos. Mil cuatrocientas ochenta y ocho horas deseándolo, añorándolo y necesitándolo. Ha pasado más tiempo desde que miles de mujeres, hombres y seguidores de todo el mundo le vieron caer derrotado.

Ha vuelto, por fin.

El momento: el primer combate de la nueva temporada de la Liga Clandestina.

Antes de llegar hasta aquí, ha entrenado como un loco. Ha ganado músculo. Está más fuerte que nunca y sé que esta temporada está preparado para recuperar lo que es suyo.

Hay unas mil personas en el recinto de lucha de Washington D.C. y la multitud ruge inquieta cuando anuncian el ganador del combate.

Sabemos que ha llegado el momento: van a llamarlo. Pete, su ayudante, está sentado a mi derecha, en tensión y alerta. Me ha dicho que es la «gran atracción», que casi todo el público está aquí por él.

Yo, desde luego, sí que estoy aquí por él.

El aire está cargado de nervios y huele a perfume, cerveza y sudor. Los dos luchadores del combate anterior salen del cuadrilátero, uno de ellos ayudado por su equipo, y mi corazón da un vuelco mientras permanezco en mi asiento de la primera fila, justo en el centro, donde mi hombre quiere que esté. Así que aquí estoy, esperando, muy consciente de mi cuerpo y de mi corazón, que palpita con su nombre. Remington, Remington, Remington.

Los altavoces chirrían cuando el presentador enciende el micro y me sobresalto.

—Damas y caballeros, nos rompió el corazón y el alma, ¿recuerdan? El favorito del público perdió el campeonato el año pasado.

El público abuchea el recuerdo de su derrota y se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en cómo sacaron el cuerpo destrozado de Remy del cuadrilátero.

—Pero no temáis. ¡No temáis!

—¡¡REMY!! —grita alguien.

—¡Que salga ya! —chilla otro.

—Oh, eso haremos. No tengáis ninguna duda de que está a punto de suceder —dice el presentador con voz seria, creando expectación en la multitud—. Después de muchas especulaciones y rumores, ya es oficial. El hombre, ¡el hombre!, vuelve a pelear esta temporada ¡y no piensa hacer prisioneros! Aquí está, damas y caballeros. ¡Aquí está! ¿Sabéis de quién hablo?

La multitud ruge: «¡DEPREDADOR!»

—¿Quién?

—¡DEPREDADOR!

—¡Una vez más! ¡No os oigo!

—¡DEPREDADOR!

—¡Eso es, damas y caballeros! Aquí está nuestro chico malo favorito, con su sonrisa y sus puños mortales, listo para grabar D.E.P. en todo el que se interponga en su camino. Es él, el único, Remingtoooon Tate, ¡¡el DEPREEEDADOOOR!!

Cuando la multitud se pone en pie y empieza a gritar desbocada, una ola de emoción me invade.

—Dios mío, sus fans tenían ganas de verle luchar de nuevo —susurra Pete.

Yo también. Dios mío. Yo también.

Alrededor del cuadrilátero las mujeres agitan sus bragas. ¡Bragas! Otra levanta un cartel en el que pone «¡DERRÍBAME, DEPREDADOR!».

Tengo la boca seca y mil y una mariposas revolotean en mi estómago cuando de repente veo un destello rojo.

Y entonces, él está más cerca.

Camina rápido por el pasillo hacia el cuadrilátero.

A su cuadrilátero, su espacio, su dominio.

Mi cuerpo se despierta cuando se abre paso entre la multitud.

Algunos fans se levantan del asiento e intentan agarrarlo, pero él no se deja detener por la gente. La capucha de la bata de satén rojo oculta su rostro. Remy. Mi Remy. El hombre al que amo con cada centímetro de mi piel.

«Depredador, eres el más sexy del mundo».

«¡Remy, quiero que me hagas un hijo!».

Sube al cuadrilátero con un salto ágil y se quita la bata que lleva su apodo bordado, DEPREDADOR. Lo hace despacio, sin apresurarse. En mis oídos resuenan cientos de gritos de mujeres enloquecidas mientras se dirige a su esquina y le entrega la bata a Riley, el ayudante del entrenador.

Riley, sonriente, le da una palmada en la espalda musculosa y le dice algo. Remington echa la cabeza hacia atrás como si se estuviera riendo y entonces se dirige al centro del cuadrilátero, extiende los brazos y empieza a dar su vuelta, lenta y arrogante, con la que parece decir «Si, sé que todas queréis follarme».

Me muero.

Nunca, nunca me acostumbraré a verlo en el cuadrilátero. Mi corazón late excitado en mi caja torácica mientras mis entrañas palpitan con anhelo y mi pecho parece un globo a punto de explotar de emoción. Duro, esbelto, peligroso, guapo y completamente mío.

Mis ojos absorben cada centímetro del hombre por el que babean todas las mujeres presentes y no puedo evitar recorrer de arriba abajo con la mirada su perfecto y atlético cuerpo. Acaricio con la vista su piel bronceada y beso desde la distancia las cenefas celtas de los tatuajes que adornan sus bíceps. Contemplo su torso y sus piernas largas y fuertes, sus brazos esculpidos, su cintura delgada y sus hombros anchos. Cada músculo de su cuerpo perfecto está tan definido que, si pasas los dedos por sus magníficas formas, puedes saber perfectamente dónde acaba una parte y empieza la siguiente.

Se gira y disfruto mirando sus ocho abdominales. ¡Ocho! Sí, sé que parece imposible, pero los tiene… 

Y su cara.

Oh, Dios, no puedo soportarlo.

La fuerte mandíbula. Los ojos azules brillantes. La sonrisa sexy. Y esos hoyuelos. Está sonriendo con la expresión; la que dice que tiene muchas cosas preparadas para esta tarde y que no vas a querer perdértelo, y me muero por su sonrisa juguetona y dulce.

Se oye un jadeo colectivo en los asientos que hay a mis espaldas cuando se gira y mira en nuestra dirección.

Las mariposas de mi estómago despiertan cuando sus danzarines ojos azules empiezan a observar a la multitud, riéndose en silencio de nosotros. ¡Está claro que le divierte nuestra obsesión por Remington Tate!

Detrás de mí, una rubia de mediana edad con demasiado bótox salta sin parar y grita como una loca: «¡Remy! ¡Déjame probar al depredador!».

Me entran ganas de agarrar a la mujer del pelo, pero al mismo tiempo sé que es imposible mirarle sin que tu sexo se convierta en un palpitante lago de deseo.

Es un semental. Está creado para copular. Para procrear.

Y lo necesito tanto como respirar.

Lo deseo más que cualquiera de esas mujeres que chillan y se mueren por él.

Deseo cada fragmento de él. Deseo su cuerpo. Su mente. Su corazón. Su dulce alma.

Dice que es mío, pero sé que hay una parte de Remington Tate que nadie podrá tener.

Yo soy suya, pero él es indomable e inconquistable.

El único que puede derrotar a Remington Tate es él mismo.

Está ahí arriba, siempre huidizo y misterioso, una caja negra de misterio sin fin. Y quiero perderme en él, aunque nunca vuelva a ser la misma.

Pete me da un codazo suave en las costillas y me susurra al oído:

—Dios, es injusto que él reciba toda la atención y esto —se señala el cuerpo delgado— no reciba nada.

Sonrío. Pete, de pelo rizado y ojos castaños, siempre va vestido con traje negro y corbata. No es solo el ayudante personal de Remy, es casi un hermano mayor, su mejor amigo.

—A Nora le gustas tal y como eres —me burlo, refiriéndome a mi hermana pequeña.

Sonríe con el comentario y levanta las cejas mientras señala con la cabeza al cuadrilátero, donde Remington termina de dar su vuelta y clava su mirada en esta zona.

Mis terminaciones nerviosas se estremecen mientras sus centelleantes ojos azules recorren mi fila, donde sabe que lo espero. Juro que cada parte de mi cuerpo tiembla con anticipación, esperando a que esos ojos me encuentren.

Y lo hacen.

Es una explosión eléctrica. Surgen corrientes de energía invisibles entre nosotros. Su sonrisa me quema y de repente el interior de mi pecho, donde late mi corazón, se convierte en una antorcha que él acaba de encender.

Sus ojos son imanes que me atan al calor de su cuerpo. Salta a la vista que goza mirándome así, diciéndole al mundo que soy suya.

Entonces me señala.

El corazón me da un vuelco, emocionado.

Parece que los ojos de todo el mundo siguen el dedo que apunta en mi dirección, directo a mi pecho, donde mi corazón sigue acelerándose por él. Su ardiente mirada azul dice claramente «Esta pelea va por ella».

Un rugido entusiasmado del público se expande a mi alrededor. La forma en que sus fans le adoran me golpea como la adrenalina, como un chupito de tequila que va directo a tu cabeza. Y el modo en que él los cuida es un reflejo de cómo me ama a mí.

Me sorprende la reacción del público, y cómo Remington sigue ahí, mostrando sus hoyuelos, absorbiendo toda la energía del recinto y convirtiéndola en lo que le permite ser el «Depredador».

¡Dios, lo amo y no quiero que lo olvide nunca!

Abrumada por el impulso, le lanzo un beso.

Él lo atrapa y se lo pone en la boca.

La multitud grita más alto. Remy me señala, riendo, y yo también río. Me arden un poco los ojos porque soy tan feliz que no puedo contenerme. Soy feliz porque él es feliz y está en el lugar al que pertenece, en el cuadrilátero.

Esta será su temporada estrella. Este año nada impedirá que Remington Tate se convierta en el campeón de la Liga Clandestina. Absolutamente nada.

Hará lo que sea necesario porque es un hombre decidido, fuerte y apasionado y aunque yo tenga miedo, esté preocupada, emocionada o mejor dicho, sienta todas esas cosas a la vez, estaré a su lado.

—Y ahora, damas y caballeros, un fuerte aplauso para darle la bienvenida a un novato en la Liga, desde el Club de Lucha, el famoso, temible y mortal Grant González, ¡«Goooodzilla»!

Cuando anuncian a su contrincante, Remington da vueltas en el cuadrilátero como una pantera hasta que un halo plateado de luz asoma por el segundo pasillo. Remy clava los dedos en sus costados mientras observa al enemigo subir al cuadrilátero. Esta noche todos llevan las manos vendadas con los nudillos al descubierto, bastante parecido a como luchaban los hombres antaño.

El nuevo luchador apenas se ha quitado la bata cuando el público empieza a abuchearlo. «¡Buuuu! ¡Buuuu!».

—Ese tío ha matado a un par de personas luchando —me dice Pete en voz baja— Es un capullo tramposo.

—¿Quieres decir que hay gente que muere en estos combates? —pregunto horrorizada, mientras mi estómago se contrae. Pete pone los ojos en blanco.

—Brooke, son combates sin normas. Por supuesto que a veces las cosas se tuercen.

La idea de Remy luchando contra asesinos incrementa el miedo que siento antes de cada combate hasta un nuevo nivel. Miedos que contengo cuando mi hombre se deja alimentar por la energía y la adoración del público. Miedos que ahora se me clavan en el estómago y me aprietan como si fueran un puño.

—Pete, que alguien muera es algo más que un «las cosas se tuercen».

Remington choca los puños con su contrincante y el público enmudece. Mis entrañas se paralizan. Observo al rival sin pudor, de manera casi nerviosa, como si pudiera conocerle mejor solo con mirarlo. La piel pálida del chico está embadurnada con algo que parece aceite. ¿Se les permite estar resbaladizos en los combates? Tiene el pelo recogido en una coleta y grandes músculos, como los demás luchadores que he visto, pero nadie es tan esbelto y atractivo como Remy. Y estoy segura de que nadie cuida tanto su cuerpo y entrena con tanta dedicación como él.

Cuando suena la campana, se me corta la respiración.

Se acercan. Remington espera a que el otro se mueva, en guardia, aunque tiene sus increíbles músculos relajados para poder moverse rápidamente. Al final, «Godzilla» se abalanza sobre él. Remy se agacha y lo embiste con el lateral de su cuerpo y, de forma increíble, derriba al enorme monstruo, que cae con un ruido sordo.

Jadeo con incredulidad cuando el árbitro comienza la cuenta atrás.

Una sonrisa disimulada curva los labios de Remy mientras mira al cuerpo inmóvil y prácticamente le reta a moverse.

No lo hace.

Un rugido crece entre la multitud.

Pete se pone en pie de un salto y agita sus puños en el aire. 

—¡Sí! ¡Eso es! ¡Ese es nuestro hombre! ¡Nuestro hombre!

—¡UN PUÑETAZO, damas y caballeros! —grita una voz a través de los altavoces. —¡Un puto puñetazo! ¡Ha vuelto! ¡¡HA VUELTO!! ¡¡Hombres y mujeres, niños y niñas, esta noche tenemos a vuestro único e inigualable Deeepredadooor!! ¡DEPredador!

El árbitro del cuadrilátero levanta el brazo de Remy en señal de victoria.

Y aunque todo el mundo grita su nombre, sus ojos se fijan en mí y todo mi cuerpo comienza a desearlo.

Dios.

Es un puto Dios del sexo. Y me excita.

—¡Depredador, por favor, deja que te toque! —grita una mujer mientras se acerca al borde del cuadrilátero e introduce la mano entre las cuerdas en su dirección.

Remington parece sentir compasión y toma su mano. Pasa los labios por sus nudillos y ella se pone a gritar de forma todavía más histérica. Me río, pero al mismo tiempo la serpiente de celos se enrosca en mi garganta. Remy me mira cuando la suelta y luego, con un movimiento ágil que me recuerda a un gran felino al acecho, baja del cuadrilátero.

El estadio se queda en completo silencio y lo único que oigo es el latido de mi corazón al son de su nombre. 

Remington… Remington… Remington…

Camina hacia mí; su sonrisa deja claro que se sabe el centro de todas las miradas.

—Estás celosa —me dice con esa voz profunda y encantadora que tiene.

—Un poco —digo, riéndome de mí misma.

Él no se ríe, pero sonríe con una sonrisa que resplandece en sus ojos azules mientras desliza los dedos por mi garganta y entonces siento la yema de su pulgar recorrer suavemente mi labio inferior. Las mariposas de mi estómago se despiertan. Entrecierra los ojos mientras me observa la boca. Lo hace despacio, de un lado a otro y entonces, parece recordar que mi boca es suya, se inclina y la toma.

Sus labios me encienden. Mi estómago da vueltas cuando separa mis labios y mueve su lengua cálida y húmeda para saborearme rápidamente y con excitación; contengo un gemido.

—No lo estés —dice con voz áspera mientras contempla mi boca, que acaba de besar, y aprecia durante un momento el resultado de sus besos. Presiona sus labios contra mi frente durante una fracción de segundo y luego vuelve al cuadrilátero con su ágil andar, relajado y tranquilo.

Oigo unas voces ahogadas detrás de mí.

Dios, quiero hacerlo de diez formas diferentes hasta el domingo.

¡Oh, Dios mío, joder, estaba justo aquí!

Me relamo los labios, todavía siento el sabor de ese cabrón sexy que hace que mis pezones se endurezcan y mi sexo se inflame con la idea de poseerlo completamente.

Cuando llaman al siguiente contrincante, Remington flexiona los músculos de sus brazos hasta la punta de los dedos. Su sonrisa me deslumbra desde el cuadrilátero y sus hoyuelos me dicen claramente lo mucho que le divierte dejarme chapoteando en un charco de amor y deseo. Maldito bastardo.

Parker Drake, «El Terror», un luchador que recuerdo del año pasado, se sube al cuadrilátero para enfrentarse a él. Y suena la campana. 

Ding.

La multitud enmudece cuando empieza el combate y los dos hombres comienzan a moverse y a golpearse. Los puñetazos de Remy son poderosos y se oye el sonido de sus puños al golpear; profundos, fuertes y rápidos como el rayo. ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! Observo y escucho mientras me retuerzo en el asiento, oscilando entre la alegría y la preocupación, y de repente Parker cae al suelo. Doy un salto y grito «¡Depredador!» junto con el resto del público y sé que esta es la primera de las muchas veces que estaré ahí viendo cómo Remington reconquista todo, absolutamente todo, lo que perdió por mí.

En toda mi vida, solo he pasado la noche con un hombre. Me encanta encontrarme con sus músculos mientras dormimos. Me encanta que las sábanas huelan a él, a nosotros, y que sus hombros se hayan convertido en mi almohada favorita aunque estén increíblemente duros y no entienda por qué me gusta dormir sobre ellos, pero es así. Con ellos llega su brazo, que me rodea la cintura, su aroma y su calor. Y me encanta, cada parte. Sobre todo cuando inclina la cabeza para enterrar la nariz en mi cuello y yo entierro la mía en el suyo.

El problema es que su lado de la cama parece expulsarle exactamente a las diez de la mañana y mi lado no funciona del mismo modo.

Hoy me siento un peso muerto porque él no está en la habitación.

El aire es diferente cuando él no está. Su proximidad me recarga, me llena de energía, como una vibración lenta y potente a mi alrededor que me hace estar alerta y sentirme a salvo y excitada al mismo tiempo.

Estoy realmente colada por él.

Hace seis meses quería tener un lío de una noche, divertirme un poco después de haberle dedicado años a mi carrera. Pero en lugar de eso… lo encontré a él.

Impredecible, irritante, sexy… El hombre que todo el mundo desea y que yo no quería. No solo terminé deseándolo, sino que he acabado enamorándome de él. Y amarlo es la montaña rusa más excitante a la que me he subido en toda mi vida.

Sentada en la cama, me froto los ojos para protegerlos de la luz. Ojalá tuviera las venas llenas de Red Bull y Monster, igual que Remy. Apenas dormimos, dedicados a nuestros pasatiempos sexuales favoritos, y él ya está ansioso por irse. Incluso veo su maleta en la puerta, lista para viajar a nuestro próximo destino, mientras que yo todavía tengo que hacer la mía.

Entorno los ojos de nuevo al levantarme de la cama, voy hacia el pequeño armario para buscar algo que ponerme cuando veo la carta en su mesilla de noche, al lado de su iPhone, que apenas enciende excepto para escuchar música. Es la que le envié yo, mi carta de despedida, y me trae una ola de recuerdos horribles, tengo que reprimir las ganas de cogerla, romperla y tirar los trozos por el retrete.

Pero Remington se enfadaría. Guarda esa estúpida carta como si fuera un tesoro.

Porque en ella le dije algo que nadie le había dicho antes.

Te quiero, Remy.

Empiezan a temblarme las piernas, cierro los ojos y me digo que no soy perfecta. Nunca me han enseñado a hacer esto. Nunca he soñado con el amor, con una pareja… Soñaba con el atletismo y nuevas zapatillas de correr. No soñaba con un atractivo luchador de cabellos negros de punta y románticos ojos azules. Estoy intentando aprender a ser la mujer que un hombre como él merece. Quiero pasar el resto de mi vida demostrándole a Remy que le merezco, y el resto de mis días asegurándome de que recupera lo que perdió por mí. Si hay alguien en este mundo que merezca ser un campeón, ese es él.

—Es un cobardica. Relájate.

Su voz ronca y masculina proviene de fuera de la habitación.

Me río por la respuesta de mi cuerpo al escuchar a Remington hablar. Mi útero se tensa y siento un calor instantáneo. Zorra.

Sonrío mientras busco en el armario entre sus cosas, luego me dirijo a su maleta. Sé que le gusta que lleve su ropa. Creo que le hace pensar que le pertenezco y es una locura lo mucho que me gustan sus tendencias de macho alfa. Cuando tiene los ojos azules es posesivo, pero cuando los tiene oscuros se vuelve completamente territorial.

Me encanta cuando se pone gruñón con su «eres mía» y a él le encanta que me ponga su ropa.

Entonces, ¿por qué no tener la ocasión de que los dos estemos encantados esta mañana? Saco su bata de boxeo de DEPREDADOR y me la pongo, luego voy corriendo al baño, me lavo los dientes y la cara, me recojo el pelo en una coleta y salgo fuera.

Escucho su risa en el salón, una risita suave por algo que ha murmurado Pete. Salgo del dormitorio y mi interior se altera; ese es el simple y maravilloso efecto que Remy provoca en mí. 

Dios mío.

No puedo creer lo que me hace. Ni siquiera puedo explicar esta combinación de escalofríos, temblores y nervios que siento dentro de mí, pero es ridícula.

—Te está buscando, tío. No le veo la gracia —dice Pete alarmado—. Sus secuaces han estado preguntando en todos los hoteles para saber dónde te hospedarás.

—Relájate y mantén la guardia, Pete —responde Remington. Lo miro un instante y siento cómo se detiene mi respiración.

Mi león de ojos azules.

Lleva el pelo oscuro con un corte rapado, de punta, como si fuera un pequeño diablo. Los tatuajes celtas que rodean sus brazos musculosos se tensan mientras bebe despacio una bebida energética. Observo su increíble torso bronceado. Y los pantalones de chándal que cuelgan de la parte baja de su cadera y por los que asoma la punta de su estrella tatuada. Sus pies descalzos. Es sexy, fuerte, verle es tener ganas de abrazarle: la energía que emana de su cuerpo es como un imán para mí.

—¡Buenos días, Brooke! —dice Diane Werner, su cocinera y nutricionista, desde la cocina.

Remington se da la vuelta de manera perezosa, despacio, muy despacio, como si sus músculos ondearan. Sus brillantes ojos azules inspeccionan mi cuerpo, se fijan en la bata roja, su bata, que me llega hasta los tobillos, y una chispa posesiva reluce en su mirada. Mi sexo se tensa con deseo en un instante.

—Bueno, hola, señora Depredador —dice Pete. Sus ojos marrones brillan divertidos.

Sonrío. No solo quiero llevar la ropa de Depredador, me gustaría que me pidiera que adoptase su apellido a pesar de que una vez le dije a mi mejor amiga que nunca, jamás, me casaría porque mi carrera de atleta era lo primero. ¡No sabía lo que decía!

—Hola, Pete y Diane —digo con voz adormilada, pero mis ojos se clavan en Remington y mi corazón salta de alegría.

¿Alguna vez podré conservar la calma a su lado? Ahora, esta mañana, cuando lo miro, igual que durante los últimos meses, me digo que no estoy soñando, que no es una fantasía, que esto de verdad. Es REAL.

Salvó a mi hermana de las garras de un hombre al que no quiero ni recordar. Remington perdió el campeonato de la temporada pasada a cambio de su libertad sin dudarlo ni un momento. Sin decírmelo. Dejó escapar su título, un montón de dinero y podría haber perdido la vida; todo para rescatar a mi hermana, Nora.

Pero yo no sabía que lo hacía por mí.

Lo único que sabía es que estaba en el último combate de la temporada. Perdiendo. Recibiendo una paliza. Derrotado. Derrumbándose. Levantándose. Escupiendo al Escorpión, su enemigo mortal.

Quería morirme.

Mi luchador, siempre tan resuelto, persistente, apasionado y decidido, se negaba a luchar.

Dios. Estaba tan, tan equivocada. Pensaba que era una manera de hacerme sufrir, de castigarme. Pero no era por eso: había hecho un trato con el Escorpión. Salvó a mi hermana y lo hizo por MÍ. 

Si no hubiera vuelto a mi ciudad natal en Seattle con Nora sana y salva, habría cometido el mayor error de mi vida y habría pagado por él el resto de mi vida, viviendo el resto de mis días sin amor, sin alegría y, lo peor de todo, sin Remy. Es lo que me habría merecido.

Sonríe y muestra sus hoyuelos mientras lucho contra los millones de remordimientos que me traen los recuerdos y de repente pienso que si ya era feliz hace un momento, nada se puede comparar con la avalancha de felicidad que siento al verle sonreír.

—Hola —susurro.

—Así que mi dulce dinamita sigue viva —dice con un destello pícaro en sus ojos.

—Eso no es nada, en comparación contigo.

Se echa a reír y Pete tose.

—Chicos, sigo aquí, y Diane también.

Mi sonrisa desaparece y aunque la de Remington no, se suaviza; igual que el brillo de sus ojos. De repente, me siento tímida, casi virginal. Como si anoche me hubiera desnudado y esta mañana hubiera perdido mi valor.

Se acerca a mí, y de nuevo sus hoyuelos son como un arma letal.

Mi cuerpo no reacciona y me obligo a andar hacia él. Contengo una exclamación de placer cuando extiende un brazo musculoso, agarra la cinta de la bata con un dedo y me atrae hacia él. «Ven aquí», murmura.

Inclina la cabeza y me da un beso detrás de la oreja mientras recorre mi espalda con la mano, acariciando las letras bordadas de DEPREDADOR, como si quisiera que nunca me olvidara de ellas, de que están ahí. Me quedo sin aliento cuando aproxima su nariz a mi cuello y aspira profundamente. Joder, me mata de placer cuando me hace eso y siento una pequeña y dolorosa tensión de deseo entre las piernas.

—Remington, ¿me oyes? —pregunta Pete.

Remington gruñe mi nombre con voz suave y profunda, como hace cuando me folla. «Buenos días, Brooke Dumas». Mi vientre se tensa y mis rodillas se vuelven de mantequilla con el delicado beso que me da en la oreja. Pete repite lo que acaba de decir, yo trato de alejarme, pero Remington no me deja.

Acerca la silla y se deja caer, llevándome con él. Luego me cambia a uno de sus muslos para poder coger la bebida energética de la mesa y, por fin, mira a Pete y le dice sin alzar la voz pero con decisión:

—Dobla nuestra escolta y sigue a los suyos.

Sus dedos recorren mi espalda mientras deja la botella. Pete mueve la cabeza y se la rasca, totalmente confuso.

—Rem… Tío… Ese puto cabrón hizo trampas para ganar y sabe que va a perder si tú sigues en la competición. Ahora nos espía y hará todo lo posible para sabotearte este año. Intentará que pierdas la cabeza. ¡Viene a provocarte!

Apenas entiendo de qué hablan, pero sea lo que sea, sé que provocar a Remington no es buena idea. Normalmente tiene su carácter. Es terco, insistente y cabezota, pero sobre todo es un bipolar de tipo 1 y no es buena idea despertar su lado oscuro a menos que estés preparado para lidiar con una masa de más de noventa kilos de temeridad que no duerme.

Y a mí me gusta mi masa de más de noventa kilos, a pesar de que sea un terco temerario, pero sus impulsos me preocupan. Aunque Remy no parece preocupado por las advertencias de Pete.

En lugar de contestar a su ayudante, se gira hacia mí y enreda los dedos en el pelo que me cubre la nuca.

—¿Quieres desayunar? —me pregunta.

Me muerdo el interior de la mejilla, me inclino y bajo la voz para evitar que Pete me oiga.

—¿Además del desayuno que se ha escapado de mi cama?

Me pellizca la nariz y se inclina hacia mí.

—Los negocios han sacado a tu desayuno de la cama.

—Tengo resaca hoy, no tengo nada de hambre.

—¿Resaca de qué? ¿De mi boca? —pregunta. Sus ojos oscilan.

Miro su boca, es perfecta. Su forma de usarla es perfecta. Cada palabra que dice es perfecta. Cabrón sexy.

—Sabes —interrumpe Pete—, estaría menos preocupado por él y por sus planes si no supiera cuál es tu kryptonita.

Y me señala.

—No se acercará a mi kryptonita. Antes lo destrozo.

La convicción con la que habla me pone la piel de gallina y siento náuseas.

El último combate de la temporada es mi peor pesadilla.

—A pesar de eso, es capaz de acercarse a tu kryptonita —dice Pete—. Y de encontrar la manera de hacer que te pongas furioso. Que pierdas la concentración.

Remington se gira hacia mí, luego me aparta el pelo y aleja mi cabeza para observarme, como si supiera que ni siquiera puedo soportar oír el nombre de esa sabandija asquerosa. 

El Escorpión Negro es mi Voldemort personal. Ese cabrón le hizo daño a mi hermana y después, a mí. Y, lo peor de todo, le hizo daño a Remington. En la final de la temporada. Le hizo daño por mi culpa. Dios, a veces hasta sueño con matarle.

—Te molestará, te atormentará… —continúa Pete con tono apesadumbrado.

Remy me observa en silencio, con el torso desnudo y el cuello bronceado y fuerte. Cuando vuelve a centrar su atención en Pete, su voz es más sombría.

—Pete, todavía no ha hecho nada y ya te estás poniendo nervioso —le dice.

—Porque soy quien arregla las cosas cuando tú te pones nervioso. —Pete recorre con la mano su corbata negra—. Esta temporada puede ponerse muy peligrosa. Queremos que estés fuerte y preparado. Tenemos que irnos al aeropuerto en media hora, así que basta de charla, pero quiero que sepas que Phoenix puede no ser tan tranquilo como creíamos.

—Estaré atento. Pero dobla nuestra escolta —insiste Remington, con voz seria. Luego bebe el último sorbo de la bebida energética y deja la botella vacía a un lado.

—De acuerdo, voy a llamar a más…

Veo a Pete marcharse hacia la cocina y mientras teclea en su teléfono.

Ahora la voz de Remington se vuelve más profunda; me presta toda su atención.

—Te has quedado dormida —murmura, acariciándome la cara mientras sonríe—. ¿Estabas cansada de anoche?

Su voz rezuma sexo y ternura. Asiento y mi interior se vuelve cálido y líquido.

—Es lo que pasa cuando una duerme con un dios del sexo —bromeo.

Ríe suavemente y me toca los labios con el pulgar.

—Es cierto. ¿Estás lista para marcharnos?

Le muerdo el pulgar y sonrío mientras asiento.

—Esta mañana te he echado de menos en la cama —susurro.

—Dios, yo también. Quiero ser lo primero que vean esos preciosos ojos cada mañana.

Me aprieta contra él y entierra la cara en mi pelo. Toda la tensión al oír hablar del Escorpión, y las náuseas, se evaporan cuando lo huelo. Pego la nariz a su pecho e inhalo su olor igual que él hace conmigo. La habitación desaparece, el mundo desaparece y nada más importa en este momento. Nada excepto él, sus brazos rodeándome y los míos rodeándole a él. Creo que una parte de él todavía no puede creer que vuelva a estar entre sus brazos porque me aprieta tan fuerte que apenas puedo respirar, pero tampoco quiero que pare. Estoy tan atrapada por su aroma, por sus enormes brazos, y pensar que hace dos meses lo abandoné, como una idiota… No puedo soportarlo.

—Te quiero —susurro y, como no me responde, abro los ojos y siento un escalofrío cuando veo su mirada feroz sobre mí. Vuelve a acariciarme el labio inferior con el pulgar y me aprieta de nuevo contra su pecho como si fuera un tesoro. Baja la cabeza y pone los labios en mi oreja.

—Ahora eres mía.

3. Volando a Arizona

El avión privado es el mayor juguete de Remington. El equipo siempre se sienta en la primera sección de asientos al principio del avión, mientras que Remington y yo nos colocamos en el sofá de detrás, que está más cerca de la enorme barra de madera y de la televisión de pantalla plana, aunque apenas usamos ninguna de las dos. Hoy al embarcar se perciben los nervios en el aire. La temporada ha comenzado de forma oficial y después del combate de anoche de Remington, el equipo está animado. Pete y Riley incluso han chocado los puños con los pilotos en cuanto hemos bajado del coche.

—Todo es mucho mejor contigo aquí —me dice Diane mientras se instala en el asiento. Son de lujo, mejor que si volásemos en primera clase—. Estoy muy contenta de volver a veros juntos.

—Tengo que decir —interviene el entrenador Lupe y, sinceramente, como siempre es un gruñón, resulta raro verle sonriendo— que motivas a mi chico más que cualquier otra cosa hasta ahora. No solo me alegro de que hayas vuelto; ¡estuve rezando por ello! Y eso que soy un malvado ateo.

Me río y sacudo la cabeza mientras avanzo por el pasillo, pero antes de llegar al final, Pete me llama.

—Brooke, ¿has visto nuestros nuevos trajes de Boss? —pregunta.

Frunzo el ceño mientras me giro para mirarle y veo que Riley también está en el avión. Pete me sonríe y recorre con la mano su corbata negra mientras observo su aspecto. Riley sonríe y extiende los brazos para que lo vea bien. No tenía ni idea de que los trajes eran nuevos.

Básicamente son la única ropa que llevan y hoy, como todos los días, parecen estar preparados para salir en Los hombres de negro XII, o el número por el que vayan ahora.

Pete, con el pelo rizado y ojos castaños, sería una especie de bicho raro muy inteligente. Riley, con el cabello rubio y ese aspecto de surfista, sería el que mata demonios por casualidad mientras abre la puerta de un coche o algo así.

—¿Qué te parece? —pregunta.

Me aseguro de que mi cara tenga una expresión de asombro cuando contesto.

—¡Estáis muy guapos!

Doy un chillido cuando alguien me pellizca el culo. Remington me arrastra, agarrándome sin contemplaciones por la cintura, por el resto del pasillo del avión hasta nuestros asientos.

Me sienta y se deja caer a mi lado. Tiene las cejas fruncidas, como si estuviera enfadado, pero sus ojos resplandecen.

—Vuelve a decir eso de otro tío.

—¿Por qué?

—Ponme a prueba.

—Pete y Riley están taaaaaan…

Saca las manos y me hace cosquillas bajo las axilas.

—¿Quieres volver a intentarlo? —me provoca.

—Oh, Dios, tus hombres de negro están tan…

Me hace más cosquillas.

—¡Ni siquiera me dejas decir «sexy»! —grito y se para.

Sus ojos azules brillan, los labios de Remy forman la sonrisa más seductora que he visto jamás, y todo eso, unido a la barba de tres días y los hoyuelos, hace que me derrita. Los dedos de mis pies se doblan deliciosamente.

—¿Quieres probar otra vez, Brooke Dumas? —me pregunta con voz ronca.

—¡Sí! ¡Me encantaría! Creo que Pete y Riley están increíblemente…

Me hace cosquillas tan fuerte que me sacudo y doy patadas, y luego jadeo para coger aire y, de alguna forma, acabo medio sentada y medio tirada en el asiento. Mis pechos se aprietan contra sus pectorales con cada inspiración agitada. Nuestras sonrisas se desvanecen cuando una deliciosa tensión sexual empieza a arder y nos miramos fijamente. 

De repente estira el brazo y emplea el pulgar para recolocarme un mechón suelto de pelo detrás de la oreja. Su voz se endurece mientras un hoyuelo desaparece de su cara antes que el otro.

—Dilo cuando digas mi nombre —pide, y un escalofrío me recorre mientras él pasa el revés de un dedo por mi mandíbula.

—¿Acaso tu ego no es lo suficientemente grande? —susurro apenas sin respiración mientras memorizo su cara. La mandíbula cuadrada, el pelo de punta, las cejas lisas y oscuras sobre esos penetrantes ojos azules que me miran con un toque de malicia y esos celos furibundos que hacen que mi sexo se contraiga.

—Podríamos decir que ha disminuido considerablemente cuando mi novia ha empezado a devorar con los ojos a esos dos idiotas.

Se levanta para dejar que me siente y, cuando lo hago, se echa hacia atrás para ponerse cómodo, como se sientan los hombres atractivos: con las piernas estiradas y sus largos y esculpidos brazos cruzados en el respaldo del asiento mientras me observa con el ceño medio fruncido.

—¿Qué se suponía que tenía que decir? —me burlo con una sonrisa—. ¿Que no les quedan bien los trajes nuevos? Son como mis hermanos.

—No, son como mis hermanos.

—¿Lo ves? Y yo soy tuya, así que es lo mismo. —Me encojo de hombros y me coloco la falda en las rodillas—. Ahora ya sabes cómo me siento cuando mil mujeres gritan, babeando, que quieren un hijo tuyo —añado con aires de suficiencia mientras me abrocho el cinturón de seguridad.

Me agarra la barbilla y me gira para mirarlo.

—¿A quién le importa lo que griten si estoy loco por ti?

Pof. Eso es lo que ha hecho mi corazón.

—Pues lo mismo pasa conmigo. No tienes que gruñir cuando los chicos me miran.

Sus ojos se oscurecen, deja caer la mano en su costado y cierra la mandíbula.

—Agradece que tenga algo de autocontrol y no les haya colgado de la farola más cercana. Sé perfectamente lo que te están haciendo en su puta imaginación.

—Que tú lo hagas no significa que los otros también lo hagan.

—Por supuesto que lo hacen. Es imposible evitarlo.

Sonrío porque sé que en su mente me folla miles de veces cuando no podemos hacerlo físicamente. Y, por supuesto, yo hago lo mismo. Me apuesto algo a que incluso una monja lo haría si le viera.

Con algo de maldad, paso los dedos bajo su camiseta y recorro las protuberancias de sus ocho abdominales, deleitándome con su piel bajo las yemas de mis dedos. Adoro cada parte del cuerpo humano. No solo porque soy fisioterapeuta, sino porque durante muchos años fui atleta y me maravilla todo lo que puede hacer nuestro cuerpo, lo que resiste cuando nos esforzamos, cómo despierta todos los mecanismos innatos para reproducirse y sobrevivir… Adoro el cuerpo humano con locura y el cuerpo de Remy es mi templo. Ni siquiera puedo explicar todo lo que me hace sentir.

—Las chicas te desnudan mientras luchas —digo. Mi sonrisa se desvanece porque afloran los celos—. Me hace sentir insegura, porque a mí me conociste así.

—Pero sabía que eras para mí. Única y exclusivamente para mí.

Mi cuerpo se tensa al instante con esas palabras, tan sensuales en combinación con la sonrisa confiada que despliega.

—Lo soy —acepto, mirando a esos bailarines ojos azules—. Y ahora no sé qué quiero besar antes. ¿A ti o tus hoyuelos?

Los hoyuelos desaparecen, al igual que la luz en sus ojos mientras extiende el brazo para acariciar mi labio inferior.

—A mí. Siempre a mí primero. Luego, el resto de mi cuerpo.

Siento calor en mi labio inferior por culpa del delicioso masaje de su pulgar mientras los ayudantes de vuelo terminan de subir el equipaje y cierran la puerta del avión. Soy vagamente consciente de que el equipo está hablando en sus asientos, pero atino a decirle, en tono de advertencia:

—Voy a apagar el móvil para el despegue… Pero me debes un beso de buenos días. Aunque sea mediodía.

Su risa es suave y siento que recorre mi cuerpo.

—Te debo más que eso, pero empezaré por tus labios.

Dios. ¿Remington? Me mata. Y añade, en un tono normal, como si no estuviera diciendo lo más deliciosamente sexy del mundo: 

—Sí, creo que voy a besarte ahora. 

Y mis sistemas dan un salto. Mi sangre se incendia cuando empiezo a pensar en ello y saco rápidamente el móvil del bolso para apagarlo cuando veo un mensaje de Melanie.

Melanie: ¡Mi mejor amiga! Ha pasado mucho tiempo y te echo de menos. ¿Cuándo vuelves a casa?

¡Mel! Me enderezo para usar las dos manos y contestarle. 

Brooke: ¡Yo también te echo de menos! ¡Mucho, mucho, Mel! ¡Pero estoy muy feliz! ¡Soy tan feliz! ¡No es broma! ¡O a lo mejor sí! ¿Lo ves? ¡Parece que estoy borracha! Jajajaja…

Melanie: Quiero un Remy.

Melanie: ¡Y una Brooke! ¡Jajaja!

Brooke: Ahora que ha empezado la temporada buscaré un buen piso para que puedas venir a visitarme. Nora también puede venir.

Melanie: ¿Pero vas a conservar tu piso en Seattle?

Frunzo el ceño durante un momento por la pregunta porque, cuando abandoné mi vida y decidí seguir a mi Dios del sexo hasta el fin de la Tierra mientras él continuaba con su régimen de entrenamientos y se preparaba para esta temporada, ni siquiera había pensado en el alquiler de mi piso.

Respondo a Melanie.

Brooke: Estoy realmente comprometida con él, Mel, así que no creo que renueve el contrato cuando se acabe. Ahora mi casa está aquí. Vamos a despegar, pero te escribo luego. ¡Te quiero, Melly!

Melanie: ¡Y yo a ti!

Apago el teléfono y lo meto en el bolso. Cuando levanto la cabeza, mi sexo se tensa al ver a Remy sosteniendo su iPod plateado. Buf. Este hombre sí que sabe cómo seducirme con música. Lo observo mientras recorre las canciones con su pulgar. Lo hace con un gesto tan lento, tan sensual, que mis muslos empiezan a temblar. 

Me mira con una sonrisa malvada, luego extiende el brazo y me pone los cascos en la cabeza. Estoy muy excitada cuando pulsa PLAY. Comienza la canción y sus penetrantes y curiosos ojos azules se quedan fijos en mí, esperando una reacción.

Que es derretirme en el asiento.

Y sentir cómo mi alma se estremece dentro de mí.

Porque la canción que ha escogido me ha dejado sin respiración.

Aprieta su frente contra la mía mientras me observa escuchar la música y estoy tan conmovida por la canción que me tiemblan las manos cuando le cambio sus cascos por mis auriculares y pongo uno en mi oreja y otro en la suya para que podamos escucharla juntos.

Volvemos a colocar nuestras frentes juntas y yo observo su expresión mientras él contempla la mía… Y los dos escuchamos esta canción increíble. No es cualquier canción. Es su canción.

Iris…

De Goo Goo Dolls.

Su mirada se oscurece con las mismas emociones que arden en mi interior y, entonces, pone la mano en mi mejilla. Mi cuerpo se tensa por la anticipación cuando él se acerca. Siento cómo su aliento baña mi cara cuando se reduce la distancia entre nuestras bocas. Para cuando roza sus labios con los míos, yo ya los he abierto y dejo que mis ojos se cierren. Los roza una vez, dos. Con suavidad. Despacio. Un sonido escapa de mi interior, como un gemido que pide que me bese más fuerte, pero en lugar de escucharlo, oigo esto:

When everything’s meant to be broken

I just want you to know who I am.

Dios, no puedo escuchar esta canción sin sentir que me devoran por dentro. Necesito acercarme a él todo lo que pueda. Todo lo cerca que pueda, y nunca es suficiente. Le deseo, de la cabeza a los dedos de los pies, cada parte de mí desea cada parte de él. Levanto la cabeza y presiono suavemente sus labios con los míos, deslizando los dedos por su cabello. Susurro: «Oh, Dios, Remy, bésame más».

Me hace esperar un poco y utiliza su mano para girarme la cabeza hasta cierto ángulo y entonces, entonces, sus labios por fin se pegan a los míos. Su lengua recorre el borde de mi boca hasta que la abro y jadeo, electrificada, cuando nuestras lenguas se rozan. No escucho su gemido pero lo siento vibrar en su pecho contra los míos y me estremezco cuando toco su lengua con la mía y relajo la boca por petición suya. Porque no hay nadie en quien confíe más, nadie con el que derribe mis muros, nadie con quien caigan así, excepto con este hombre. Acaricia el lateral de mi cuerpo con una mano y succiona suavemente mi labio inferior. Siento la humedad entre mis piernas. Mi respiración acelerada. Mis pezones duros. La sensación de deseo por mi piel.

No sabía cuánto necesitaba este beso hasta ahora, cuando mi cuerpo vibra bajo su boca. Muevo los labios y empleo mi lengua para que su lengua vuelva a estar dentro de mí.

No sé si Pete, o Riley, o cualquiera está mirando. Iris suena en nuestros oídos y nuestras bocas están húmedas y hambrientas. Introduce los dedos bajo mi camiseta mientras lame, succiona, examina, saborea. Parece imposible, pero cada centímetro de mi cuerpo siente placer solo con lo que su boca le hace a la mía.

Gimo de deseo y le muerdo, y pierde un poco el control.

Me desabrocha el cinturón de seguridad y me echa hacia atrás hasta que quedo tumbada en toda la línea de asientos.

La música se detiene y comienza otra canción, pero él profiere un ruido de frustración cuando el cable se enreda entre nosotros, nos quita los auriculares y los aparta a un lado. Entonces recorre mi cuerpo con la mirada. De repente no oigo nada excepto el latido de mi corazón mientras él vuelve a bajar la cabeza.

—Joder, cuánto te deseo —dice. Y de nuevo, el húmedo sonido de su boca encontrándose de nuevo con la mía. Mis venas derrochan calor cuando vuelve a tomar mi boca. Las lenguas se acarician. Las manos se tocan. Se mezclan las respiraciones.

El interior de mis muslos se empapa. Me retuerzo sin parar bajo su peso y muevo la lengua más rápido y con más deseo, entrelazada con la suya. Siento la forma de sus abdominales bajo su camiseta y mis nervios arden cuando vuelve a introducir las yemas de sus largos y fuertes dedos bajo mi camiseta.

Me está matando. Deseaba este beso, pero ahora quiero más. Cada poro, átomo y célula arde como una supernova. Nuestras bocas se mueven juntas a la perfección. Me siento viva, expandida, amada. Amo, deseo, ansío… A él. Con locura. No creo que nunca llegue a saber lo avergonzada que me siento por haberle dejado, lo mucho que me duele lo que sufrió por mí. Estoy decidida a quedarme con él. Es mi amor REAL. 

Sus dedos encuentran mis pezones bajo el sujetador y están tan sensibles que el mero roce lanza un rayo de placer hasta mis pies.

—Remy, tenemos que parar —jadeo, respirando entrecortadamente, mientras todavía me funcionan un par de neuronas en el cerebro. Pero aunque lo diga, sigo agarrando sus músculos y a la parte de mi cuerpo que sigue caliente como el infierno no le importa si lo hacemos aquí y ahora.

Pero supongo que se enfurecería si alguien me oyese correrme.

Se echa un poco hacia atrás y toma aire durante un momento, ruidosamente. Entonces me mira, sus ojos arden, y vuelve a besarme un poco más fuerte. Gruñe suavemente y para, inclinando la cabeza hacia la mía. Siento su fuerte respiración en mi oreja.

—Ponme una canción —dice con un murmullo áspero, obligándome a sentarme.

Cojo el iPod, muy consciente de la humedad de mi boca, y empiezo a cargar mi lista de reproducción mientras intento ignorar la palpitación de mi entrepierna.

—Primero devuélveme el cerebro.

Se ríe y me da un toque en la nariz.

—Ponme una de tus canciones impertinentes contra el amor.

—Tengo tantas que no sé por dónde empezar —respondo.

Empiezo a buscar cuando pone su pulgar sobre el mío y empieza a guiarme suavemente.

—Tengo una para ti. Una de las que te gustan.

Su voz, tan cercana, provoca pequeños y placenteros escalofríos que recorren mi cuerpo. Pulsa PLAY con una canción insolente de las que me gustan a mí, pero no es un himno femenino para nada.

Es Dark Side, de Kelly Clarkson.

Mi interior se derrite cuando escucho la música. Me encanta Kelly pero, oh, esta canción. Las palabras. Remy quiere saber si estaré con él, que le prometa que no me marcharé. ¿De verdad lo duda? 

Vuelve a mirarme con esa sonrisita arrogante. Pero sus ojos no son tan arrogantes. Sus ojos son interrogantes. Quiere saberlo.

Toma mi mano y entrelaza sus dedos con los míos, lo hace de esa forma tan de novios que nunca falla conmigo. Me acerco a su oreja y le digo: 

—Te lo prometo. Te prometo que tienes mi corazón y me tienes a mí. Siempre me tendrás a tu lado.

No hay ninguna canción en todo el planeta, no hay canciones suficientes para decirle que le amo de verdad. Le amo cuando sus ojos se vuelven oscuros, cuando sus ojos son azules y aunque sé en lo profundo de mi ser que él no cree que vaya a quedarme, un día, prometo que un día haré que me crea. Sonreímos mientras seguimos escuchando la canción y cuando me aprieta la mano, yo aprieto la suya, y me digo que no importa lo que pase. Nunca, nunca, soltaré su mano.

♥ ♥ ♥

Nuestro hotel en Phoenix parece sacado de un cuadro. El edificio anaranjado de veinte plantas se extiende sobre un paisaje desértico, rodeado por cactus con flores tan gigantescas y brillantes que ardo en deseos de ir a tocarlas, solo para asegurarme de que no son artificiales.

Dentro del hall de mármol hay dos chicas adolescentes que susurran y señalan a Remy según entra, porque, por supuesto, le han visto. Se le ve igual que a un toro pasando por la recepción del hotel. Sus miradas escanean rápidamente al grupo que va con él y luego me observan a mí.

Levanto una ceja con una sonrisa divertida y parecen creer que seguramente soy su novia, pero no puedo evitar que mi estómago se vuelva loco con sentimientos de posesión mientras lo devoran una vez más con sus pequeños ojos hambrientos.

—¡Mira a esas dos chicas obsesionadas! Siempre está coqueteando —me dice Diane—, ¿no te pone celosa?

—Mucho —digo y arrugo la nariz en señal de disgusto por mis celos.

Remy mira hacia mí y me guiña el ojo mientras Pete y él esperan a que nos den las llaves. Diane me da un codazo y se ríe.

—¡Dios! ¡Este hombre sabe lo atractivo que es! —comenta—. Pero, Brooke, no estés celosa, todo el equipo ve lo mucho que os queréis. Nunca le hemos visto así con nadie. Y a pesar de todas las mujeres que se paseaban por aquí, él siguió yendo a por ti.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto con el ceño fruncido—. ¿Por dónde se paseaban las mujeres?

—Por nuestro hotel.

—¿Cómo? ¿Hace poco?

Mi estómago da un vuelco, de verdad, un vuelco, cuando Diane abre más los ojos y palidece.

Empieza a sacudir la cabeza y luego… Luego empieza a moverse como si quisiera esconderse en un puto florero.

—Brooke —susurra con tono de disculpa mientras se aleja un paso.

¿Por qué lo hace?

¿Cree que voy a pegarla?

¿Parece que vaya a pegar a alguien?

No quiero pegar a nadie. Apenas puedo mantenerme de pie.

Todo se vuelve borroso cuando me giro para ver la espalda de Remy. Por todo el hall del hotel. Pienso en su forma de moverse cuando hacemos el amor, como un depredador que me toma. En mi mente veo sus ojos, cómo me observa correrme con él. Lo imagino tumbado en la cama de un hotel mientras docenas de mujeres le dan placer y sus ojos azules, mis ojos azules, observan cómo ellas se deshacen también por él.

Y entonces, entonces pienso que sus ojos podrían no estar azules. Podrían haber estado oscuros. Remy en su forma más cruda, intensa y bipolar. Más salvaje de lo que habría estado jamás.

Porque no es una persona normal. Ni siquiera se parece a nada «normal». No solo es el puto Remington «Depredador» Tate, es bipolar y pasa de un estado de ánimo a otro constantemente. Cuando está en su peor fase, a veces no se acuerda de lo que hace. Y el mes que me marché estaba muy, muy mal. Sus ojos, oscuros y misteriosos, mirándome desesperados desde la cama de un hospital…

Mis órganos se agitan, siento los pulmones inundados de dolor mientras recuerdo cómo intentó quitarse la mascarilla de oxígeno y detenerme.

Con el corazón acelerado, veo a Riley en la entrada. Está leyendo algo en su teléfono. Le recuerdo perfectamente, no hace tanto tiempo, guiando a un grupo de preciosas y deslumbrantes mujeres a la habitación de Remington para «alegrarle» cuando tuvo un episodio.

Antes de poder contenerme, me dirijo furiosa hacia él. Me tiemblan los puños.

—Riley, ¿cuántas putas has llevado a la cama de Remington?

—¿Perdona?

Baja el teléfono, completamente confundido.

—Te he preguntado que cuántas putas llevaste a su cama. ¿Era consciente de lo que les hacía?

Riley mira la amplia espalda de Remington y me agarra por el codo y me lleva a la zona de los ascensores.

—Brooke, no tienes derecho a decir nada al respecto. ¿Te acuerdas? ¡Te marchaste! ¡Te fuiste, cuando estaba hecho añicos, físicamente destrozado, en una puta cama de hospital. Pete estaba cuidando de tu hermana, tratando de sacarla de las drogas, y yo apenas podía recoger los pedazos en los que tu carta, tu jodida carta, le rompió! ¡Es algo que nunca, nunca, llegarás a entender! Porque, por si se te había olvidado, Rem tiene un trastorno de personalidad. Teníamos que sacarle de este puto estado…

—Eh. —Remington lo aparta agarrándolo del cuello de la camisa y forma un puño con la mano como si fuera a levantarlo—. ¿Qué coño haces?

Riley se suelta y lo mira mientras se recoloca la corbata en su estúpida americana nueva de Boss.

—Intentaba explicarle a Brooke, aquí, que cuando se marchó nada era tan alegre como ahora.

Remy pone un dedo en el pecho de Riley.

—Basta. Ni una palabra más. ¿Lo has entendido?

Riley aprieta la mandíbula y Remington le clava el dedo en el pecho tan fuerte que le obliga a dar un paso atrás.

—¿Lo has entendido? —insiste.

Riley asiente.

—Sí, lo he entendido.

Sin decir otra palabra, Remington coloca la mano en mi nuca y me acompaña al ascensor.

Pero durante toda el trayecto en el ascensor, mi interior se retuerce de dolor aunque intente razonar conmigo misma. Porque es verdad: no tengo derecho a sentirme así.

Sin ver nada más, contemplo el impresionante apartamento del ático cuando entramos. Es nuestro nuevo hogar. Las habitaciones de los hoteles siempre han sido como un hogar, pero no el mío. El mío está muy lejos. Ahora mi hogar es este hombre. Y tengo que aceptar que amarlo puede destrozarme. Una y otra vez. Amar a Remington va a destrozarme. Cuando esté luchando y reciba más golpes de los que puedo soportar, me destrozará. Cuando sea tierno conmigo y me dé todo el amor que no creo merecer, me destrozará. Cuando tenga un episodio en el que sus ojos se vuelvan oscuros y no recuerde las cosas que ha dicho o hecho… Entonces también me destrozará.

—¿Te gusta la habitación, preciosa? —El calor que emana me rodea cuando viene desde atrás y abraza mi cuerpo con los brazos. Me siento caliente. Protegida—. ¿Quieres salir a correr cuando anochezca?

Sus labios rozan la curva entre mi cuello y mi clavícula, y ese toque de seda envía una pequeña y dolorosa sensación hacia mi corazón. Siento como si me hubiera tragado un jardín entero de cactus mientras me levanto el cuello de la camisa y me giro. Inspiro profundamente antes de preguntarle:

—¿A cuántas mujeres te follaste cuando yo…? ¿Cuando no estaba contigo?

Nuestros ojos se encuentran. Un escalofrío de consciencia familiar me recorre mientras le observo. No tengo la menor idea de lo que está pensando.

—Soy consciente de que no tengo derecho a preguntártelo. —Busco en lo profundo de sus ojos azules y él me devuelve la mirada con la misma intensidad—. Rompimos, ¿verdad? Era el final. Pero… ¿lo hiciste?

Espero. Sus ojos empiezan a brillar.

¡Sonríe!

—¿Acaso te importa? —responde con tono arrogante y una ceja levantada—. ¿Te importa que durmiera con alguien?

La ira y los celos hierven en mi interior tan rápido que cojo un cojín del sofá y le golpeo en el pecho mientras exploto.

—¿Tu qué crees, gilipollas?

Agarra el cojín y lo aparta.

—Dime cuánto te importa. 

La chispa de maldad de sus ojos hace que apriete más los dientes y lanzo otro cojín en su dirección.

—¡Dímelo!

—¿Por qué?

Lo esquiva y se acerca mientras yo doy un paso atrás. Su sonrisa rebosa diversión.

—Me dejaste, mi dulce dinamita. Me dejaste con una carta preciosa en la que me decías, de una forma muy bonita, que me jodieran y que tuviese una buena vida.

—¡No! ¡Te dejé con una carta en la que te decía que te quería! Algo que tú no me has dicho desde que volví contigo y que te he rogado que me dijeras.

—Estás adorable así. Ven aquí.

Toma con su mano mi nuca y me acerca hacia él. Necesito toda mi fuerza para soltarme.

—Remington. ¡Te estás riendo de mí! —grito desconsolada.

—He dicho que vengas aquí. 

Me vuelve a atrapar entre sus brazos. Giro la cabeza y me sacudo mientras intento escaparme.

—¡Remy, dímelo! Por favor, dímelo, ¿qué hiciste? —le suplico.

Me apoya en la pared y pega su frente a la mía, su mirada es absolutamente territorial.

—Me gusta que estés celosa. ¿Es porque me quieres? ¿Sientes que te pertenezco?

—Déjame —suelto un bufido, enfadada.