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«¿Qué te pasa, Sofía?, me dijiste. Te respondí que nada, que estaba todo bien. Me esforcé en fingir una sonrisa, de verdad deseaba que mis palabras fueran ciertas.» Sofía busca fervientemente ser madre pero la vida le pone varios obstáculos que truncan su posibilidad de lograrlo. De esa manera, el deseo de una dulce espera se transforma en un mientras espera, durante el cual la narradora recorre los sinuosos caminos de aquellas mujeres que luchan por la maternidad. A lo largo de estas páginas, le habla a su pareja, a sus amigas y se habla a sí misma, mientras transita un tratamiento de fertilidad, a la vez que enfrenta duelos, problemas laborales y muchas dudas más. Mientras espero es un libro que propone no quedarse de brazos cruzados a que algún proyecto o sueño se concrete. Es una invitación a una espera activa, a la dualidad de una espera que se transforma en una no-espera. La vida es una aventura llena de experiencias que no empiezan y terminan solo en un deseo, y los caminos pueden disfrutarse más allá del destino y el resultado final.
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Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Mientras espero
Melisa Baró
NARRATIVAS
Baró, Melisa
Mientras espero / Melisa Baró. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8924-42-7
1. Maternidad. 2. Complicaciones del Embarazo. 3. Desarrollo Personal. I. Título.
CDD 649.10242
© 2022, Melisa Baró
Primera edición, julio 2022
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Corrección Martín Vittón y Marcela Codda
Conversión a formato digital: Libresque
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
www.pampublicaciones.com.ar
En la práctica milenaria de la alfarería, la primera enseñanza que se transmite es amasar la arcilla para que pierda el aire y la pieza no se quiebre durante el horneado.
Este libro está dedicado a quienes se han quebrado varias veces y, a pesar de ello, siguen intentándolo.
Como la arcilla, los sueños también tienen la posibilidad de tomar formas inesperadas.
Hoy, antes de irte a la oficina, me preguntaste qué me pasaba. ¿Qué te pasa, Sofía?, me dijiste. Te respondí que nada, que estaba todo bien. Me esforcé en fingir una sonrisa, de verdad deseaba que mis palabras fueran ciertas. No era así, y me amarga la vida sentirme de esta manera con tanta frecuencia. Pero que algo me amargue la vida a mí no significa que te la tenga que amargar a vos. A tu manera, vos también te la amargás solo. A cada uno le sobra consigo mismo.
Me cuesta identificar el día en que se me instaló definitivamente el desaliento. A veces solía sentirme mal, pero lo atribuía a los altibajos hormonales, o a circunstancias puntuales del estudio, del trabajo o familiares. Tenía fe en que lo mejor estaba por venir, y eso me hacía levantar de la cama con alegría. Siempre quise ser más grande, y a los treinta y cinco años empecé a querer volver a tener treinta. No debe ser casual, a esa edad la vida se me había desmoronado silenciosamente, y los que me rodeaban se dieron cuenta de que algo me pasaba, pero, como no es físico ni visible, no lo notaron del todo. Tampoco quise amargarlos.
Verás, cada uno está tan metido en sus microdramas cotidianos —yo incluida— que poco nos percatamos de lo que le pasa verdaderamente al otro. Estamos enfrascados en nuestra propia realidad. Hablamos sin darnos cuenta de que aquel que está enfrente sufre. Todos sufren por algo, eso lo tengo clarísimo. Algunos somos demasiado sensibles, y eso hace que la vida, cuando se vuelve difícil, se vuelva invivible. No sabía que existía esa palabra: invivible. Acabo de descubrirla y eso ya me hizo el día. ¡Con qué poco me conformo! Porque quisiera ponerle un nombre a lo que me pasa, lo busco todo el tiempo y leo un montón de libros de autoayuda. Hago yoga, medito, voy al gimnasio, valoro a todas las personas que quiero, soy consciente de que nosotros dos estamos saludables, tenemos un departamento que compramos juntos —cuando nos casamos hace cuatro años, ¿te acordás?—, reconozco que me costó el último cambio de trabajo, pero estoy encaminada en mi emprendimiento, y sin embargo, ya no tengo fe en la vida. Sin esperanzas, no soy nada.
Ayer me enteré de que Julia está embarazada. No sabés la alegría que me da por ella. Con todo lo que sufrió —el divorcio anterior, la muerte de su padre—, ahora tiene un faro. Y su alegría, su merecida alegría, de pronto revivió mi tristeza. ¿Merecida tristeza? Es eso: siento que no merezco vivir así y que no hacemos nada para cambiarlo. ¿Por qué no podemos simplemente tener un hijo como cualquier pareja?
Es inspirador ver cómo otros cumplen sus sueños cuando no son los mismos que los tuyos. Lo difícil es ver cómo otros cumplen el mismo sueño que vos tenés y que, por esas cosas de la vida, en tu calendario personal están postergados o cancelados. Te hace sentir enormemente mal, porque a tu frustración se suma el hecho de que te sentís envidioso. Y no es envidia, porque el que envidia hace cosas para que el envidiado sufra. Vos no hacés nada malo, solo sentís el sabor amargo de la ¿injusticia? Porque ¿quién es uno para decir qué es justo y qué no? Si no sucede, es por algo. Aceptarlo sería lo lógico, pero en cada momento que alguien me lo recuerda, esta misma lucha se da en mi mente, entre el lado que pelea y se queja de la injusticia y el lado que sabe que es mejor bajar la guardia porque no hay un ejército enfrente. Es la vida así, difícil a veces, inexplicable en el momento. Pero, con el tiempo, cada hecho encaja perfecto.
Entonces, después de que te fuiste, aunque me vestí para hacer como que iba a hacer algo, apenas cerraste la puerta me tiré en la cama, el lugar donde paso la mayor parte del día si no me obligo a salir.
¿Qué hago desde ahí? Pienso. Recuerdo. Añoro. Lloro. Miro mi celular y la vida espectacular de todos los que comparten fotos en las redes sociales. Si en los últimos meses hubiera subido yo una foto, sería un cuadrado negro con el siguiente comentario: hoy habría preferido que no existiera. Y así de amargada no se puede vivir.
Como resolución ante la cercanía del cambio de década, el esperanzador 2020, ya que tengo que dar un pequeño paso, empecé a escribirte para que quizá me entiendas un poco más. O me entienda un poco más yo misma. Me sirve como excusa que me leas porque me conocés, no por nada estamos juntos hace catorce años. Muchos pensarán que somos una pareja estancada. Yo lo pensaba hasta que hoy me diste un beso tierno antes de irte. Pensaba que vemos cómo nuestros amigos construyen sus casas y que nosotros seguimos juntos en un departamento de dos ambientes; o cómo adoptan un perro o un gato y eso les alegra la vida; o cómo crecen sus familias, algunos ya tienen dos hijos. Y nosotros, con un perro que tiene la misma edad de nuestra relación y que está más cerca de cuidarnos desde el cielo que de seguir a nuestro lado. Fue ver esa felicidad y, te juro, querer compartirla. Pero no puedo, porque estoy hundida, porque me vuelve un yo que no quiero ser. Quiero volver a ser la Sofía que era, la que tenía sueños, planes. Quiero que nos rodee la alegría otra vez.
Hoy, cuando me saludaste, me di cuenta de algo. Algo que quiero atesorar para siempre: tu ternura. Conozco muy pocas parejas que siguen juntas después de tanto tiempo, sin hijos en el medio, solo porque se eligen el uno al otro todos los días. ¡Cuántos se separan también porque las cosas se vuelven complicadas! Y miranos a nosotros, hasta tuvimos que enfrentar lo más difícil de todo, la muerte de un ser querido arrancado de este plano en un accidente. Un duelo que llevará toda una vida, el de tu mamá. Entonces, aquí estamos, y ya no sé si puedo decir: tratando de tener un hijo. Estamos tratando de levantarnos.
Si pudieras volver el tiempo atrás, ¿adónde volverías vos? Yo, a nuestro primer año de casados. Ahora entiendo lo fácil que es amar en la prosperidad.
Éramos felices con nuestra vida de ambiciones simples. Nos teníamos el uno al otro y eso bastaba. Volvíamos de nuestros trabajos, cenábamos juntos y, en invierno, tomábamos un té caliente. Yo buscaba sorprenderte con nuevos sabores, en saquito o de hebras. Vos lo preferías con limón, miel y jengibre. Era nuestra rutina nocturna después de haber hecho ejercicios juntos, caminar o andar en bicicleta. Los fines de semana nos organizábamos para tener alguna salida que nos divirtiera.
Me sentía realizada profesionalmente: tenía un buen puesto en un banco ubicado en Puerto Madero, el trabajo me salía bien y me pagaba mejor. Mis compañeras iban quedando embarazadas una tras otra, y yo guardaba la ilusión de ser la próxima bendecida.
Hasta que los almuerzos laborales fueron invadidos de conversaciones monotemáticas: primero hablaban de ecografías, luego de compras de cochecitos y huevitos —incluidos viajes a Miami—, después del curso de preparto. Y una vez que volvían de sus licencias, los temas eran la lactancia, el sueño y los jardines maternales. Yo era una esponja que absorbía todo lo que contaban, pensaba que así iba a estar mejor preparada para cuando me tocara. Pero con el devenir de los meses fui cayendo en que en casi dos años no se habían producido cambios en mi vida, me di cuenta de que escuchar tanto ya no me sumaba. Yo deseaba experimentarlo.
Se corría un rumor de reestructuración —siempre en las multinacionales se vive bajo el estrés del murmullo, desde que van a despedir al gerente general hasta que la empresa va a ser vendida—. Yo seguí con mi plan de tener un hijo, así que no me preocupé tanto por los rumores.
El día de la reestructuración llegó, y si bien todos estábamos más alerta sobre las posibilidades, no nos imaginamos que de nuestra área, Auditoría, iban a despedir a todos menos a las dos mujeres embarazadas y las dos que estaban de licencia por maternidad; claro, en esos casos tienen que pagar el doble de indemnización y además corren el riesgo de un juicio.
Ese día volví en el tren sin entender nada. Estaba enojada con la vida, con mi mala suerte. Siempre supe qué quería y qué tenía que hacer para lograrlo. Y pensaba que con constancia, como me enseñaron mis padres, las cosas se logran. Bueno, la parte de que no todo depende de mí no me la enseñaron tan bien, y de pronto sentí una gran desorientación.
¿Te acordás, Ciro, de cuando nos conocimos? Inolvidable ese verano de vacaciones en carpa con amigos en Madryn, Punta Pirámides. Cruzamos las miradas y… así tenía que ser. Nos quedamos hablando hasta el amanecer al lado del mar. La mejor película romántica que podía filmarse nosotros la vivimos.
Tengo una foto de esa época en la que estás con el pelo color caramelo, sin una cana. Y tu sonrisa pícara. Cierro los ojos y para mí sos ese. Me enamoré de vos como nunca me había pasado, y como nunca más me sucederá. A veces añoro ese sentimiento, y sé que no se puede sentir con más intensidad que a los veinte años.
Las nuevas parejas de treintas y cuarentas son más calculadas. No digo que no haya amor, pero ya desde el comienzo buscan que las cosas encuadren: una economía al mismo nivel, planes de vida concretos y similares. Si ven que no va a funcionar, no pierden el tiempo, como si el amor material y las mismas expectativas de vida garantizaran la felicidad. Y no son temas menores para la cotidianidad, mi alma treinta y cincoañera lo sabe. Soy de las afortunadas o nostálgicas a las que su alma de veinteañera todavía no la abandonó, y desde ella brotan estas palabras. Y el amor es eso. No cuadra, no calza perfecto, no se puede explicar, no hay distancias: sucede.
Cuando uno está enamorado, el mundo brilla aunque sea de noche.
Como en ese viaje a Mendoza, nuestras primeras vacaciones juntos. Tu Fiat Palio blanco a gas no tenía aire acondicionado, y encima no funcionaba bien el burro. Ahí aprendí cuál era la función del burro y cómo empujar un auto para que arranque. Hoy no toleraría viajar así, y en ese momento te puedo asegurar que lo que menos me importó fue ese detalle. Dormir con vos abrazada por diez días era más importante, en una cabañita de madera —que siempre es mejor que una carpa—. ¿Ves?: el amor es esa irracionalidad que te alegra a pesar de las adversidades. Esa cabaña de Mendoza tenía vista al río. Todavía recuerdo su correr caudaloso. Cuando no puedo dormir, lo vuelvo a traer a mi mente y me tranquiliza.
Dos años más tarde, cuando ya tenías el nuevo Palio, el gris, a nafta y con aire acondicionado, hicimos otro viaje, al Sur, ¿te acordás? Ahora que lo veo a la distancia, siento que todo estuvo muy bien pensado: lo de visitar primero a la familia de tu hermano, que se había mudado a Cipolletti por su trabajo. ¡Cómo nos divertimos con nuestros tres sobrinos! Y ellos con nosotros, claro. Los padres tenían que entretenerlos para que a la mañana no nos fueran a despertar temprano, porque antes de las nueve ya estaban levantados y con ganas de jugar con sus tíos. Teníamos pocos días para zanjar la distancia a Buenos Aires, para estar presentes. Nuestras visitas les colmaban el alma.
A la semana, cuando decidimos seguir con el viaje para recorrer el Camino de los Siete Lagos, yo estaba un poco atemorizada, me costaba viajar sin itinerario ni hospedaje reservado. Pero como era fines de febrero y ya había pasado la temporada alta, me tranquilizaba la idea de que seguro íbamos a encontrar algún lugar donde parar.
Ni nosotros mismos podíamos creer lo corto que se nos estaba haciendo el viaje, entre la música y la merienda que habíamos llevado, más el paisaje que iba cambiando, cuando de a poco empezamos a ver que el horizonte no era más plano, las montañas iban creciendo en altura y la vegetación se hacía cada vez más frondosa. Como para llegar a Traful nos esperaba una travesía de unos cincuenta kilómetros de ripio, llegamos a Confluencia y abandonamos la constancia del pavimento para adentrarnos en la aventura.
Villa Traful es tan pintoresca como chiquita, y fue sencillo encontrar unas cabañas que ni figuraban en Google —en aquellos años no existían las redes sociales—. Estaban ubicadas en la ladera del gran cámping Costa Traful. Y ahora que lo recuerdo, la palabra ladera me remonta a mi infancia, al dibujito animado de Heidi y su cabrita. Así me sentí cuando me senté en la hamaca arriba de la lomada, con vista a ese césped verde que desembocaba en los acantilados, y vi más abajo las piedras que rodeaban al lago Traful. El color de ese lago es tan azul que parece el tono exacto de un pomo de pintura al óleo. Nos contaron que su intensidad y pureza se deben a la gran profundidad. Yo cerraba los ojos y volvía a abrirlos, y el paisaje embellecía. Solo pude pensar que somos insignificantes frente a lo grandioso de la naturaleza.
Elegimos la última cabaña porque estaba más alejada y nos gustaba esa sensación de intimidad, además del deck de madera en la entrada con una mesa y dos reposeras. Adentro era todavía más linda, había una cocina rústica, una cama grande y un baño. Era toda de madera, también el juego de mesa y sillas. Miramos por esa ventana y nos dimos cuenta al mismo tiempo de que esa vista sería inolvidable.
Me quedó una imagen: cuando me dijiste que habías preparado el desayuno, y me encontré con la mesa servida en el deck. El lago Traful con su vegetación alrededor parecía una escena pintada de un cuadro mágico. Esta es la magia de viajar sin reserva, me dije. Uno encuentra el albergue exacto que necesita en ese momento. Ese lugar era para nosotros y nosotros para ese lugar. Ese es todavía nuestro lugar.
¿Qué hacer cuando la rutina de vida cambia? Le agregaría a esa pregunta el adverbio dramáticamente. Si bien trato de no ser exagerada en ciertas ocasiones, aplica.
Me levanto y ya no me siento quien fui. Era una persona determinada, con ímpetu. Ahora soy una piltrafa en pijama que envía online —desde la cama— su currículum a todas las ofertas de trabajo. Y como estamos en recesión económica, “todas” son pocas. ¿Qué hago si no consigo otro trabajo? ¿De qué voy a vivir?
Y me acuerdo de que ayer me tranquilizaste diciéndome que con tu sueldo podíamos vivir los dos, hasta que yo resuelva qué hacer. ¿Y qué es resolver qué hacer?, me pregunto hoy. Porque, hasta hace unos días, qué hacer era tratar de tener un hijo mientras trabajaba en un banco. Hoy, desempleada, qué hacemos. ¿Lo intentamos igual? Capaz que deberíamos cuidarnos por un tiempo hasta que consiga algo. Soy tonta, ¿no? Sigo pensando como la ilusa de hace dos años, que creía que si una no se cuida, queda embarazada. A los quince, eso puede pasar. Los que tenemos más de treinta sabemos exactamente cómo puede suceder, y es más fácil evitarlo que lograrlo. ¿Te das cuenta? No hay personas más peligrosas que las que tienen demasiado tiempo. Las malas ideas anidan en las mentes y luego no sabemos cómo dispersarlas.
Sé que así no me quiero, y sin amor propio no voy a llegar a hacer nada. Creo que me voy a anotar en algún curso como para entretenerme un rato. Por lo menos así despejo mi cabeza, hasta que encuentre qué hacer con mi vida.
Mi amiga Amanda me recomendó inscribirme en un instructorado de yoga, ella ya fue al primer encuentro y averiguó, y me dijo que estoy a tiempo de sumarme. Hace un año empezamos juntas la rutina de ir a una clase de yoga por semana; las dos en la búsqueda de tener un hijo y conscientes de que teníamos que bajar un cambio en nuestras vidas agitadas. El curso es económico, incluye además las clases prácticas, y es en horario no laborable, así que cuando consiga trabajo podré seguir; en resumen, creo que puede ser una buena inversión. Además, siento que debo hacerlo. No puedo explicarlo, resuena en mí, hay algo que estoy buscando, es una mínima ilusión. Como hace tiempo que perdí las ilusiones, cualquier destello, por alejado que esté, me invita a caminar hacia él. Me anoto.
Una tarde sombría. Afuera el sol enceguecía y mi interior estaba oscuro. Preparé un termo con té y salí a pasear con mi amiga Valentina. Ella también estaba en su hora negra. Caminamos sin controlar bien hasta dónde, sin calcular a qué hora íbamos a volver. La dos necesitábamos irnos. Necesitábamos una tregua con nosotras mismas.
Con Valen somos amigas desde hace pocos años, y nos une ese no saber qué vamos a hacer con nuestras vidas. Nos sentamos en un banco en los bosques de Palermo, y frente al lago dimos rienda suelta a nuestros diálogos filosóficos, un fiel reflejo de las frustraciones de nuestra generación. Con té por medio y un budín cocinado por ella, ver el atardecer en el lago se volvió nuestro privilegio, nuestro escape, nuestra sesión terapéutica. Ese sentirnos no tan solas o no tan locas.
—¿Sabés cuál es nuestro problema? —le dije interrumpiendo el silencio—. Las dos somos de Cáncer y por eso nos pesa más el hecho de no haber formado nuestra familia todavía.
—Yo tuve varias oportunidades, pero nunca avancé. No avancé por algo.
—Porque no tenía que ser —le respondí.
—Qué sé yo. Creo que hay que animarse y punto. Después se ve.
—La gran pregunta es: ¿vos querés tener un hijo o una familia?
—Una familia, Sofi —respondió firme.
—Por eso no avanzaste. Viste las grietas en esas relaciones y preferiste no apostar. Si es difícil formar una familia, separarse debe serlo mucho más.
