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Elise, una mujer sin sueños demasiados pretenciosos, conoce París en su luna de miel. Allí encuentra una ciudad de la que enamorarse y descubre un futuro con el que no se atrevió a soñar. Marcel, un exitoso empresario parisino con el corazón blindado, se cruza de pronto en su camino. Entre ellos comienza una historia de amor, desconfianza, sexo y celos… en la que la eterna lucha entre la cabeza y el corazón no da tregua. "Nada es imposible, nadie es inalcanzable, quizás seamos nosotros el diamante más valioso y aún no nos hemos dado cuenta, sólo tenemos que abrir los ojos y brillar".
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Charo Gabarró
© Charo Gabarró
© Mientras me quieras
ISBN epub: 978-84-685-2489-4
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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A vosotros, a los que soñáis, a los que viajáis,
a los que amáis, a los que no os importa
acariciar un papel con vuestra alma
para dar forma a una historia.
ÍNDICE
Elise
Marcel
Elise
Elise
Elise
Marcel
Elise
Elise
Marcel
Elise
Elise
Elise
Marcel
Marcel
Marcel
Elise
Elise
Elise
Elise
Elise
Marcel
Elise
Elise
Elise
Marcel
Elise
Marcel
Elise
Marcel
Elise
Marcel
Marcel
Elise
Elise
Elise
Elise
Marcel
Elise
Marcel
Epílogo
Elise
El avión cogió velocidad para despegar del aeropuerto de Barajas, ahora Adolfo Suárez, rumbo a París. Era el momento del vuelo que más me gustaba, al contrario de muchas personas que era justo el que menos. Iba sentada al lado de la ventanilla como una niña pequeña ante una juguetería. Me encantaba. A mi lado, mi flamante y estupendo marido llevaba los ojos fuertemente apretados, como si de esa manera no se enterase de nada, sus manos agarrando el reposabrazos como si se fuera a caer, pobre, qué mal lo pasaba. Cogí su mano y la apreté con suavidad. Abrió los ojos y me miró con cariño, los volvió a cerrar. Se había tomado dos comprimidos para el mareo que, seguro, le harían dormir por lo menos una hora o algo más. Así podía yo dar rienda suelta a los recuerdos de aquel último año.
Éramos compañeros de trabajo en una gran empresa dedicada a la fabricación de automóviles, él era jefe de un departamento comercial y yo secretaria del departamento financiero. Entré con dieciséis años y él con veinte, habían pasado cinco años desde entonces. Nos llevábamos muy bien, Robert tenía novia desde antes de conocerle y yo había tonteado con algún compañero y había salido un par de meses con un amigo de la pandilla del barrio, sin más complicaciones. Un día me contó, nos lo contábamos todo, o casi todo, que había roto con su novia de siempre. Llevaban un tiempo en un tira y afloja y la intención de meterse en la compra de un piso, parece que había sido el detonante de la ruptura, fue bastante traumático para las familias que daban por hecha la boda.
Después de aquello su actitud cambió, me confesó que llevaba tiempo pensando en mí y ese fue el motivo del distanciamiento de la pareja. La verdad es que yo nunca lo había visto así. Era un chico muy mono que gustaba a las chicas, bien parecido, moreno, ojos oscuros y grandes, un cuerpo que, sin ser de gimnasio, estaba muy bien, la verdad, y además hacíamos muy buena pareja, pero se me hacía raro estar con él de otra manera. Al final insistió tanto en que saliéramos que accedí y un día saltó la chispa. Habíamos salido varias veces y en esta ocasión me llevó a cenar a un restaurante en la autovía de La Coruña; tenía una orquesta que, aparte de amenizar la cena, tocaba música bailable, todo en un jardín muy cuidado y con la iluminación adecuada. No era muy juvenil, pero sí muy romántico y sucedió. Yo no sabía mucho de sexo, él bastante más y, cuando encontró el momento oportuno, me besó. Para mí fue un poco heavy: primero fue muy suave, y cuando vio que no me retiraba insistió y, cuando me rozó la boca con la lengua, sentí que las manos me ardían, me subía calor por las muñecas y me mareé, de verdad, me agarré a las solapas de su chaqueta y el pobre se asustó. Nos sentamos y luego, cuando nos dimos cuenta de por qué era, no parábamos de reír. Dios, qué simple me vi, pero la verdad es que a partir de aquella noche no nos separamos.
En las familias la noticia de nuestro noviazgo cayó de distinta manera. En la mía muy bien, aunque se les iba una ayuda económica que les hacía falta. Mi padre, un buenazo, había sufrido un ictus hacía tres años y no se había recuperado, tenía una pensión decente porque no podía volver a trabajar, pero teníamos un hermano pequeño, Gaby, que todavía estaba estudiando. Mi hermana mayor, Paula, se había ido a vivir con Juanjo, su novio, para ser menos carga en casa y yo ayudaba como podía, ahora intentaría ver de qué manera podía echar una mano. No había llevado a casa nunca novio. Robert tenía un físico agradable, inteligente, con un buen trabajo, serio y, de repente, quería casarse enseguida, llevaba tiempo deseando estar conmigo y, ahora que me tenía, no quería esperar; yo, la verdad, no tenía tanta prisa y él era el tipo de chico que cae bien en las casas.
La familia de él no reaccionó tan bien; al fin y al cabo la otra chica había estado mucho tiempo entrando y saliendo de aquella casa y, la madre sobre todo, tenía esperanza de que se arreglaran las cosas y volvieran a estar juntos, así que cuando me llevó para presentarme le caí fatal. El padre fue más elegante, yo creo que esperó a conocerme un poco más para sacar conclusiones. Su hermana, Lourdes, fue amable; y su marido, Tony, un auténtico encanto, se mostró cercano y con mucho don de gentes, luego me enteré de que era profesor y dueño de una academia de baile, un entretenimiento que influyó mucho en mi vida tanto en un futuro cercano como lejano. Me cayó fenomenal.
Bueno, y aquí estamos, catorce meses después habíamos comprado un piso en la zona de Pirámides, un quinto piso con ascensor, portero y opción a plaza de garaje, pero no pudimos hacernos con ella, no nos quedó dinero. A mí me prestó mi parte para la entrada mi tía, que me adoraba, y yo prometí devolverlo, así que teníamos el futuro apretadito, pero teníamos trabajo los dos y mucha ilusión en los bolsillos. Volábamos hacia París, donde pararíamos cuatro días para iniciar nuestro viaje de luna de miel, después iríamos a Roma, queríamos conocer la Toscana y algunos otros sitios de los que oímos hablar y la vuelta, según se nos fuera acabando el dinero, ya veríamos.
Robert estuvo dormitando todo el vuelo, ¡vaya comienzo de viaje! Pero en fin, por lo menos no lo pasó mal. En el aeropuerto una persona que envió el hotel nos esperaba junto a tres parejas más para ofrecernos algunas excursiones programadas. Solo cogimos la de Versalles. Por la mañana en autobús a Versalles, vuelta a París a comer y visita a los sitios más importantes sin bajar del autobús. El resto lo conoceríamos andando, total eran muy pocos días y los transportes funcionaban bastante bien y eran baratos, eso nos habían dicho.
Llegamos al hotel, bastante corriente, pero limpio, colgamos algo de ropa para que se estirara, preparamos las mochilas, deportivas y a la calle. El hotel estaba situado en una zona rodeada de sitios para comer. Había un Burger, un marroquí, un restaurante donde servían comida española, un par de bistrós, un italiano, así que decidimos comer a mediodía de bocatas, y, por la noche, cuando no pudiéramos más volver al hotel, darnos una duchita y cenar en alguno de aquellos sitios.
Había españoles por todas partes, en el Louvre, la Torre Eiffel, comiendo en los parques o pequeños jardines; en fin, habíamos adquirido la buena costumbre de viajar. El segundo día, el de Versalles, conocimos a un grupo de jóvenes, tres chicos y dos chicas que hacían la misma excursión que nosotros y aunque a Robert no le gustaba hacer nuevas amistades: «Total», decía, «no las vas a volver a ver», yo, que soy más charlatana, enseguida me puse a hablar con las chicas, iban a París todos los años una semana. Se pasaban ahorrando todo el año para hacer ese viaje, les encantaba, conocían París al dedillo. Me hablaron de montones de sitios que habían descubierto y pertenecían a la parte desconocida, pero por eso no menos interesante de la ciudad. Hablaron de llevarnos a comer o a cenar un día a Chez Mama Marie, estaba en Montmartre, y su especialidad era el estofado y las croquetas, ah, también buenos quesos franceses, por unos precios muy baratos, tenía un restaurante pequeño en una explanada y se podía comer dentro o fuera, depende del tiempo. Parece que era un sitio muy agradable, ellos cuando estaban allí iban dos o tres veces a comer, se olvidaban de los bocatas y comían comida casera muy rica a buen precio. También nos hablaron de Le Grotte, parecido a lo que nosotros tenemos como un bar de copas con música, estructurado como una gruta, decorada con mucho gusto por los nuevos dueños, habían cambiado hacía un par de años y donde, según Carlos, el que parecía el líder del grupo, servían los mejores cubatas, combinados o pelotazos que habían tomado debido a la buenísima calidad de los licores y también a buen precio. Parece que los dueños lo querían más como relax para ellos cuando salían de sus otros trabajos que como negocio, lo que hacía que siempre estuviera lleno. Al final, la conversación le pareció interesante a mi maridito y se unió al grupo y todavía no habían empezado con el fútbol.
El día siguiente queríamos aprovechar para ir a Montmartre a visitar Le Sacré Coeur y quedamos con Carlos y su grupo para comer en el pequeño restaurante que conocían, una delicia, comimos fuera, era verano y al estar en una zona alta corría una brisa muy agradable. Queríamos ir a la Torre Eiffel y subir en los bateaux que recorrían el río, y los chicos querían quedar por la noche para enseñarnos Le Grotte. Queríamos madrugar al día siguiente para terminar de ver lo que nos diera tiempo y nos costó decidirnos, pero al final era el último día que les íbamos a ver, accedimos.
No nos había dado tiempo a ir al hotel a ducharnos porque ya nos pillaba un poco lejos, así que con la ropa que llevábamos por la mañana así nos presentamos: vaqueros, deportivas, yo llevaba una blusa blanca de batista bordada, parecía más joven y me había recogido el pelo en una pequeña coleta. Robert iba casi igual, pero sin coleta, claro, y nuestras útiles mochilas. Habíamos quedado en una calle del barrio latino que tenía una parada de metro para que nos fuera más cómodo encontrarlo. Yo estaba muy cansada, los días antes de la boda son terribles, me habían tenido que arreglar el vestido porque había perdido peso y ahora estaba agotada. Cuando llegábamos al hotel por la noche nos duchábamos, algún cariñito rápido y dormir, esperaba que el resto del viaje fuera más relajado, si no, tendríamos que celebrar otra luna de miel al volver a Madrid. Los chicos ya nos estaban esperando, hicimos un gesto con las manos indicando que no habíamos pasado por el hotel.
—No pasa nada —dijo Carlos—, nosotros venimos más a menudo y no tenemos ya tanta prisa.
—¿Nos dejarán pasar con estas pintas? —preguntó Robert.
—Sí, no creo que pase nada, no es un sitio en el que tengas que entrar con chaqueta, es para tomar una copa relajado y oír algo de música. No suele ir gente con deportivas, pero no creo que nos digan nada.
Llegamos al bar, tenía una bonita puerta doble de hierro forjado con un cristal de color, se veía que delante bajaban un cierre metálico, aunque a simple vista estaba muy bien disimulado. Al entrar a la derecha había un ropero con una señorita muy agradable que te recogía las cosas. Tuvimos que dejar las mochilas, no nos permitieron entrar con ellas. A la izquierda había una puerta y, al frente, una escalera, también con la barandilla y estructura de hierro forjado que bajaba haciendo un semicaracol, terminaba cerca de una barra en la que se movían con soltura tres camareros. Entramos haciendo un poco de ruido, como siempre, y riéndonos. Casi al llegar abajo, al girar la escalera, vi al final de la barra una puerta abierta que daba a un pasillo y dos hombres jóvenes que se quedaron mirando al oír el bullicio. Eran altos, uno más que otro, mediría 1,90 o algo más, aproximadamente, delgado pero de complexión atlética; no pude ver mucho más, porque íbamos muchos y no se podía uno parar, solo su mirada, era fría y al mismo tiempo te envolvía, me miró con fijeza, haciendo un movimiento extraño con el cuerpo, mirando a su alrededor, sentí un estremecimiento; me pareció un tipo peligroso, un mafioso o algo así, aunque era el hombre más atractivo que había visto en mi vida, podían ponerle en una revista de modelos y estaría perfecto, pero tenía aspecto felino. El otro hombre tenía un aire parecido, pero su mirada era distinta. Nos miró los pies a Robert y a mí y se dirigió a nosotros:
—Perdón, señores, pero no pueden pasar con ese calzado —dijo en francés.
—Disculpa —Carlos salió al rescate hablando un francés que parecía nativo, dándole todo tipo de explicaciones.
El hombre se acercó al otro, le dijo algo y él nos miró y asintió con la cabeza. Nos dejaron pasar, advirtiéndonos que la próxima vez fuésemos calzados de otra manera.
Buscamos con la vista sitio en el local, éramos siete personas y ya había bastante gente, había dos mesas al fondo, con un pequeño sofá verde musgo con rayitas gris plata, todos eran iguales, y unos pufs completaban la zona para sentarse, algunos cuadros un tanto picassianos salpicaban las paredes y unos apliques daban a la sala ese ambiente íntimo que tenían estos sitios: ni mucha luz, ni demasiado poca. Detrás de nosotros, subiendo un par de peldaños, estaban los servicios, separados por algo parecido a un pequeño vestíbulo, el sitio parecía pequeño, pero una vez dentro y mirando con detenimiento cabía un buen puñado de gente. Los camareros servían ellos mismos sus comandas, es decir, venían a las mesas, tomaban nota, volvían a la barra y ellos ponían las bebidas y las servían, no había que esperar mucho. Comida nada, pero ponían varios platitos en un solo recipiente redondo, separados como pequeños departamentos de frutos secos, patatas fritas y variantes con otro apartado en el centro para huesos y cáscaras, ¡milagro!, ni un hueso ni un papel en el suelo.
Carlos se estaba disculpando con Robert, porque no dejaba de mirarme, nos habíamos dado cuenta los dos, mi marido estaba molesto y por eso era tan reticente en lo de quedar con ellos, el chico explicó que había tenido una novia de la que estaba muy enamorado y hacía unos meses habían roto por culpa de los celos de Carlos; siempre estaba encima de ella, dónde vas, de dónde vienes, y por lo visto la última vez se había pasado verbalmente, llegando al insulto y la chica cansada le dejó. La cuestión era que me parecía horrores físicamente a ella y por eso no me quitaba la vista de encima de una manera descarada.
—Vale, Carlos, disculpas aceptadas, pero córtate un poco porque no me hace gracia que un tío esté constantemente mirando a mi mujer. Me pone de los nervios.
—Dame tiempo, Robert, no te enfades, es que el parecido es asombroso.
Los amigos asintieron todos a la vez. Dando por cierto lo que decía el otro.
Nos estuvieron explicando el funcionamiento del bar y tenían una costumbre muy curiosa. Por lo visto, ponían música de vez en cuando, la clientela oscilaba entre dieciocho y cuarenta años, bailaban o no, como en cualquier sitio. Ponían sobre todo música lenta, Mireille Mathieu, Aznavour, Edith Piaf, Kevin Klein, cantando en francés, algo de música italiana y casi al final ponían un tango que bailaba el dueño del local, el más alto. Se había impuesto la costumbre desde que un día le pidieron bailar, él se negó, parece que no era muy simpático y una chica ofreció dinero por bailar con él. Se lo pensó y desde entonces hacen una pequeña subasta, un mínimo de treinta euros y un máximo de cien. La que gana se lleva el premio gordo y baila con el guaperas. El dinero que se recoge va destinado a un albergue de indigentes de la zona y se reparte entre aquellas pobres personas para sus pequeños gastos.
—¿Y baila bien? —Mi curiosidad estaba justificada, porque yo llevaba un año yendo a la academia de Tony, el cuñado de Robert a dar clases de baile. No me gustaba hacer ejercicio y el baile, me dijo Tony, era estupendo para tornear la figura, mantener los pechos duros y levantaditos porque se usan mucho los músculos del pecho, también trabajaba los brazos, las piernas, en fin, que me apunté a su academia, iba tres veces por semana y me sentía superbien, y en esos días antes de la boda estábamos practicando el tango.
—Baila un tango muy arrabalero y muy pasional —dijo Carlos—. Yo creo que las chicas pujan solo por bailar con él. Cuando sale el tío a la pista, sube la temperatura del local.
—¡Caray! —dije yo. Robert me miró con cara de mala leche.
—¡Hijo, no te enfades! Estas son cosas que también hay que ver cuando sale uno de viaje, lo que ves en las postales y lo que no ve nadie.
—¿No pensarás bailar con ese tipo?
—No, porque no le conozco de nada y no me atrevo, pero me quedo con las ganas seguro. Sabes que estaba muy ansiosa por aprenderlo. Me parece un baile muy excitante y, como dice Carlos, muy pasional, hay que poner los cinco sentidos y uno más para bailarlo y sentirlo. Eso dice Tony.
—Pues lo mismo cuando volvamos a Madrid dejas de ir a la academia —dijo cabreado.
—¿A qué viene eso?
—A que a lo mejor no quiero que vuelvas. Y déjalo ya.
Me miró retándome y no contesté, no sé a qué venía esa salida de tono, pero Robert era así. O no sabías dónde ponerte de tanto besuqueo o se le cruzaban los cables y estaba tres días sin hablar por no se sabe qué.
No habían venido a preguntar qué queríamos y Carlos hizo un gesto con el brazo para que viniera alguien, sabía que teníamos prisa y quiso de alguna manera cambiar el rumbo de la conversación. Vi que venía hacia nosotros el dueño, el alto, más tarde me enteraría de que eran socios los dos que iban vestidos distinto, bueno, solo las corbatas eran distintas. Según cruzaba el local, me volvió a mirar fijamente y hacer ese movimiento de la entrada, metiendo rápidamente la mano en el bolsillo del pantalón y mirándome sorprendido. Nos preguntó por lo que queríamos, Carlos se encargó de toda la traducción y volvió con las consumiciones. Al terminar de servirnos, levantó la cabeza para mirarme e hizo un gesto de afirmación con la cabeza.
—¿Y a este qué le pasa? —preguntó Robert.
—Si hay gente, ellos también sirven las mesas, no hacen ascos a nada, son dos currantes con mucha pasta.
—¿Qué pasa, le conoces? —me preguntó más cabreado que antes.
—Eres idiota —le dije al oído, y me levanté para ir al servicio.
Pues vaya mierda de noche que se presentaba. El señorito iba a estar borde. Seguro que prefería estar durmiendo. Y digo durmiendo, literalmente. Dos horas más tarde, Robert dijo que nos íbamos.
—Espera, hombre, ya no tardarán en hacer la subasta, son casi las doce.
—Ya, por eso, mañana queremos madrugar para aprovechar la mañana, el avión a Roma sale de París a las ocho y media de la tarde, llegaremos al hotel a las tantas, y llevamos unos días de mucho tute.
—Quince minutos, y si no, os vais; venga, mientras nos damos los teléfonos para cuando volváis a Madrid, llamarnos.
Empezaron con el intercambio de teléfonos, yo les di el mío a las chicas, que eran majísimas, luego me llevé otra bronca por dárselo. Según Robert no necesitaban tener el mío, ya tenían el suyo. En ese momento cambiaron las luces y aparecieron unos focos que yo no había visto, los haces de luz se intercambiaban en unos suaves tonos malvas que daban a la pista un ambiente cálido y sensual, hasta el camarero que estaba anunciando la subasta parecía más atractivo. Empezaron ofreciendo treinta euros, la cosa no estaba muy animada, era un día laborable y la gente más joven no tenía la paga hasta el fin de semana.
—40 euros —dijo Carlos. Le miramos asombrados.
—¿Qué haces, tío? —preguntó Robert.
—Darle un capricho a tu mujer, joder, no le va a pasar nada porque baile un tango. Estáis en viaje de novios, dale el capricho.
—No te metas, tío, no es cosa tuya. Además, seguro que ella no quiere, para bailar un tango hay que estar muy compenetrados, si no sale una mierda de baile.
—Pues tiene cara de quedarse con las ganas —dijo Félix, otro de los chicos.
Yo permanecía callada, tampoco me iba la vida en ello, así que no pasaba nada. Alguien dijo «45 euros» y Carlos respondió «50 euros».
—Venga, hombre, que mira lo que me ha pasado a mí por celoso.
—Mira, que haga lo que quiera, ella verá…
Uff, qué respuesta más chunga, pensé, me dice que baile y a la vez me lo prohíbe, mal, mal. Vimos acercarse a la mesa al alto y a un camarero preguntando en francés lo que pasaba, hablaron entre ellos mientras en el local se oía la voz de otra chica: «60 euros». El que iba a bailar, levantó la mano haciendo un gesto de parar la subasta y le dijo unas últimas palabras a Carlos, mientras dirigía la mirada a Robert.
—Dice que no pasa nada, que baila todas las noches y nunca ha tenido una reclamación de ningún padre, marido, hermano o lo que sea, que lo ha hecho con algún que otro gay, que lo importante es recoger dinero para esa pobre gente, pero que si no te sientes seguro, no hay problema, había otras damas que lo harían gustosas.
—Esa especie de desafío entre líneas exacerbó a Robert que me dijo:
—De acuerdo, baila si quieres.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Sin reproches?
—Sin reproches.
—¿Te llamas? —le preguntó Carlos.
—Marcel, Marcel Girard.
Se dieron la mano y el tal Marcel hizo un gesto hacia donde estaba el socio, Marc, el otro le entendió rápido, porque apareció con unos zapatos de baile de mi número que fue a ponerme cuando Robert se lo impidió de un empujón. La mirada que le dirigió Marcel enfriaba el hielo, pero no dijo nada. Robert me los puso, me ayudó a levantarme del sofá y se sentó. Las chicas, en un rápido gesto, se levantaron, me desabrocharon la parte de debajo de la blusa y me hicieron una lazada a la altura del estómago dejando al aire un palmo de piel entre el pecho y la cintura. No quise mirar a Robert. Marcel me llevó cogida de la mano hasta el centro de la pista.
—No tengas miedo y déjate llevar, pliégate a mí —dijo en un medianamente entendible español. Tenía una voz fuerte muy masculina que pretendía saliera con suavidad.
—No le va a gustar que me abraces mucho —le contesté medio con señas.
—Tú solo piensa en la música, la letra y baila.
Así lo hice, fue maravilloso, me dejé llevar y por alguna razón no hubo errores, parecía que habíamos bailado siempre juntos. Era como bailar con Tony. No se oía un suspiro, todo el mundo estaba pendiente del baile. Hubo un momento al finalizar en que al echarme la cabeza hacia atrás y quedar él casi encima pensé que su boca iba a tocar la mía, pasó rozando, hasta el punto de que cuando me incorporó, Robert se había puesto de pie. Terminado el baile. Me dijo:
—Ha sido asombroso, jamás he bailado con ninguna mujer como contigo, ha sido un entendimiento total. Muchas gracias, ha sido un verdadero placer. —Y me besó la mano.
Me llevó hasta la mesa y, al ir a quitarme los zapatos, se acordó de lo que había hecho Robert la vez anterior y no lo intentó, simplemente hizo el gesto de «toda tuya», y con una inclinación de cabeza se retiró. Algunos del grupo resoplaron, las chicas me miraban con envidia y yo no podía decir nada. Por lo visto había sido el tango más apasionado que ellos le habían visto bailar.
Desapareció por el pasillo frente a la escalera y no le volví a ver hasta tres meses después. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos, prometiendo llamarnos cuando volviéramos. Al día siguiente, después de aprovechar la mañana como pudimos, subimos al avión rumbo a Roma sin hablarnos.
Marcel
Entré en el garaje con mi nuevo juguete, un flamante Aston Martin Vanquish, realmente no sabía cuándo iba a comprobar lo que daba de sí. Tenía algunos contactos que podían dejarme probarlo en alguno de los circuitos de carreras de París. Ya veremos, además de un Range Rover Supercharged, tenía una moto de gran cilindrada, una MV Augusta con la que me muevo por la ciudad, sobre todo por la noche para ir y venir a Le Grotte, hay muy mal aparcamiento. Me gusta conducir, pero por motivos de seguridad, para ir al trabajo utilizo casi siempre un Mercedes Benz S500 con cristales oscuros que conduce René, mi escolta personal.
Soy el presidente más joven que, seguramente, ha tenido la compañía Girard, tengo veintisiete años, tres carreras universitarias, varios máster, hablo cinco idiomas a la perfección, me defendía en otros dos y empezaba a manejar otro, estaba ahora probando con el chino, es un país que se abre al mercado como un melón maduro, había que aprovecharlo y me encanta mi trabajo. La empresa la fundó mi bisabuelo con un pequeño negocio de compraventa de trastos que se estropeaban, él los arreglaba en un pequeño taller y los vendía, casi todo lo que cobraba eran ganancias. Mi abuelo engrandeció el negocio muchísimo, él empezó a trabajar con lo que dejó el bisabuelo y algún que otro negocio, yo diría de dudosa legalidad, realmente nunca se supo con seguridad; continuando a un nivel más alto: edificios, casas de huéspedes que convertía en pequeños hoteles, tenía amigos con los que se asociaba en Italia, sur de Francia, Reino Unido, Alemania, pero manteniendo la central en París. El negocio se fue extendiendo hasta convertirse en una multinacional que tenía filiales por distintas partes del mundo. Mi padre se lo encontró casi hecho y se refugió en el trabajo para ocultar la frustración de su matrimonio; le obligaron a casarse con mi madre por meros intereses económicos y él agachó la cabeza y lo hizo, así que pasaba más tiempo en el trabajo y de viaje que en casa. Tuvo un amago de infarto hace unos años y el abuelo volvió a coger las riendas, poniendo la compañía a la cabeza de las mejores. Llevo diez años trabajando en la compañía Girard, a mi padre no le hacía gracia que trabajara tan joven, yo soy como mi abuelo, me encanta este trabajo. Con dieciséis años y estudiando me empeñé en empezar a trabajar allí. Quería aprender y además me gustaba disponer de mi propio dinero. Mi padre se negaba, quería que terminara primero mis estudios, pero le prometí que los sacaría y lo cumplí. El abuelo me hizo empezar por abajo, repartiendo el correo por los distintos departamentos y así fui subiendo hasta conocer las tripas de la empresa al dedillo. Hace unos cuatro años nos habíamos trasladado a uno de los grandes edificios de la parte financiera de la ciudad, ocupando una planta entera con muchos metros cuadrados, cuando mi padre sufrió el infarto; yo tenía veinticuatro años y mi abuelo me cogió bajo su mando, me hizo viajar con él por todo el mundo para conocer todas las oficinas y presentarme como el sucesor. Ahora ya era el presidente de la compañía, mi padre se había ido incorporando poco a poco y el abuelo iba al despacho, porque le encantaba, pero quería dedicar sus últimos años a mi abuela. La quería muchísimo, pero no se había portado bien cuando eran más jóvenes. Viajaba mucho y, la verdad, había tenido alguna que otra amante. Ninguna duradera, pero la abuela se enteró y casi la pierde, consiguió recuperarla, pero nunca fue ya nada igual. La verdad es que en el tema familiar yo no he tenido mucha suerte. Las mujeres más cercanas a mí me han traicionado y para las mujeres que merecían la pena los hombres han sido unos cabrones. Así que mejor no pensar en ello.
Estoy soltero, y sin intención de casarme ni ahora ni nunca, no quiero una familia, ni hijos ni responsabilidades familiares. A mí las mujeres ya me han demostrado más de lo que necesito y ahora las que tengo son para eso, para divertirme, follar y pasármelo bien, con ellas y como ellas… Soy un hombre apasionado, sensual y me gusta el juego de la seducción, mi amigo Marc dice que soy un depredador, cuando veo una presa que me gusta voy a por ella hasta que la consigo. No me gustan las tías que para meterse contigo en la cama te meten las tetas en la boca a la primera de cambio. Me gusta el juego sexual, la conquista. Las que me conocen, lo saben. Tengo aventuras de una noche, de un día, de una semana o alguna que repito cuando cambio de país, hasta ahí de duraderas son mis relaciones. Llego con ellas hasta donde me dejan Nunca fuerzo ninguna situación, ni me aprovecho de nadie; si quieren más, más, y si no, soy todo un caballero. Cuando terminamos, cada uno por su lado: eso sí, siempre tienen un regalito en consonancia con la dama, soy generoso. Nunca duermo con ninguna toda la noche, soy muy, muy cuidadoso con el tema del uso del condón, no me gustaría que un día apareciera alguna con una reclamación de paternidad ni de coña y nunca llevo a ninguna a mi lujoso apartamento de la calle Montagne, ese es mi refugio y no entra ninguna mujer a no ser de la familia Tengo uno más pequeño, pero muy coqueto que me sirve cuando quiero utilizarlo un día de juegos especiales. Después Alfred, mi ayudante personal en casa, se encarga de dejarlo preparado para la próxima vez. Este apartamento está alejado de la zona donde vivo y solo lo conocemos René, Alfred y yo, bueno, y Marc, es el único al que se lo dejaría.
También utilizo los hoteles y cuando quiero una sesión de intercambios me voy a Munich. En Munich vive otro de mis mejores amigos, compañero de juegos sexuales, nos conocimos en un viaje de trabajo allí, en un local que me recomendaron para este tipo de fiestas. Yo iba solo y él estaba con un par de bellezones. Günther, así se llama mi amigo, me invitó a entrar con ellos, lo hice, eso sí, sin confusión, follamos con las chicas, ellas también lo hacen entre ellas, nosotros solo con mujeres y, desde entonces, cuando quiero este tipo de actividad, le llamo, prepara algo y me voy dos o tres día a su casa, él es también empresario, así aprovecho un viaje de trabajo para estar el fin de semana, dándole al cuerpo lo que quiere y vengo nuevo. Günther siempre prepara salidas de dos o tres parejas a la vez.
En París también tengo amigas, pero lo llevo discretamente, mi válvula de escape es Le Grotte, es un bar de copas que abrimos hace cuatro años mi amigo Marc y yo, él tiene una société de gestion, en ella lleva la contabilidad de mis tres restaurantes, aparte de otras actividades que le dan para vivir con soltura, pero un día que iba a ver a uno de sus clientes vio este local cerrado y abandonado, había tenido mucho renombre hacía un montón de años, cuentan que en época de los Beatles, cuando venían a París, habían estado allí, vete a saber. El caso es que le gustó el sitio, está por el barrio latino, es una zona de muchos restaurantes, por lo cual tomar una copa después es casi inevitable. Me lo comentó, le dimos forma a la idea y pensamos que sería bueno para dejar el estrés del otro trabajo, y lo llevamos a cabo. Lo mismo movemos cajas de botellas, que colocamos la vitrina, que servimos copas. Tenemos un público casi fijo, excepto algunos turistas que pasan por la puerta o lo conocen por otros que han estado allí en algún viaje. Abrimos todas las tardes y noches, de lunes a sábado. Así que yo que llego a casa a las siete y media, me doy una ducha, me cambio de ropa en Le Grotte, vamos vestidos todos igual, pantalón y camisa negra, mientras Alfred me prepara un bocado, la verdad es que el pobre cocina poco, así que, algo de pasta, un sándwich o algo que haya dejado preparado Nina, la chica que trabaja también allí, cojo mi moto y llegó allí aproximadamente a las ocho y media, según esté el tráfico. Vuelvo a casa a la una y media o a las dos y a las siete me levanto para ir al despacho, no duermo muy bien. Pero estoy contento. Tengo una vida que me gusta. Gano mucho dinero al año y he conseguido pingües beneficios desde que estoy al mando. Tengo una cuenta corriente muy, muy saneada y con muchos ceros. Me gusta ver por allí a mi padre y a mi abuelo. Los quiero mucho a los dos, pero por mi abuelo siento algo especial, es un tipo duro con un temple único para los negocios con una mente clara, no se le escapa nada. Me gusta pensar que me parezco a él.
También adoro a mi abuela, algún día me enteraré de qué pasó entre ellos, tuvo que ser grave, pero no hablan de ello. Siento también adoración por mi hermana Christine y por mi primo Louis, que siempre está en casa de mis padres, vive más allí que en la suya. Tengo un hermano mayor que se fue de casa para estudiar en Oxford, un par de años después ocurrió un altercado entre nosotros aquí en París y él volvió al Reino Unido un año o dos después; pidió la parte de la herencia que le correspondía a través de un bufete de abogados y desapareció sin decir nada, a mí me dijeron que vivía en algún lugar de Indonesia, pero no me lo creo, en cierta manera me siento culpable. Yo tenía entonces quince años cuando empezó todo y una madre que no me quería, o eso pensaba yo. Me crie entre niñeras y colegios en Suiza hasta que a los quince años me planté y dije que no volvía, ojalá no hubiera tomado esa decisión. Supongo que me moriré sin saber lo que es una caricia de mi madre, Josephine de la Fontaine.
Metí el código en el ascensor que paraba en mi apartamento. Se suponía que nadie podía ir al ático si no sabía el código y hasta la fecha no había fallado. Salí al amplio vestíbulo que repartía las distintas estancias de la casa. De frente unas amplias puertas daban paso al enorme salón que a su vez era también comedor y que nunca se utilizaba, un despacho, una habitación de invitados con baño, una amplia cocina y esta a su vez a una zona de lavado, secado, plancha con un pequeño aseo. Desde el salón una bonita escalera de dos tramos subía al dormitorio principal, muy amplio con un gran vestidor que comunicaba con un baño para dos personas, con una gran bañera con barras para agarrarse. Aparte tenía otra zona de baño con un jacuzzi en forma rectangular al que se bajaba por medio de unos escalones, también con asientos y agarradores y otra ducha. Al otro lado del pasillo se encontraba el dormitorio, había también un pequeño gimnasio. A veces venía mi entrenador personal, otras salíamos a correr. Abajo en el vestíbulo, a la izquierda, había otra puerta que daba a un pasillo y este, a su vez, a la parte de la casa dedicada al servicio. Por esa parte de la casa entraban y salían las personas que trabajaban allí.
—¡Alfred!, Alfred!
Alfred apareció respondiendo a mi llamada con la seriedad británica que le caracterizaba.
—¿Señor?
—¿Tengo la ropa preparada?
—Por supuesto, señor.
—Bien, ¿qué sorpresa me has preparado hoy para cenar?
—El señor viene hoy bromista. Ya sabe que para la cocina, no soy precisamente, como usted diría, un fenómeno.
—¿No ha venido Nina?, siempre deja algo para cenar.
—No, señor, llamó esta mañana, le ha surgido un asunto familiar, pero mañana estará aquí.
—No pasa nada, hombre, estoy acostumbrado; pero hoy estoy de muy buen humor —dije riendo— aunque echo de menos sus guisos. Y bien, qué hay por ahí, no he tenido tiempo casi ni para comer, estoy hambriento.
—Huevos, señor, pasta, le puedo preparar una raclette1, ah, también queda algo de ragú.
—No, raclette es para entretenerse comiendo y no tengo tiempo, huevos como muy a menudo y hoy he tomado carne, hazme un buen plato de pasta con queso, Alfred.
—¿Va a ir esta noche a Le Grotte, señor?
—Sí, voy a darme una ducha, a hacer unas llamadas y bajo a comérmela, tenla preparada.
—Sí, señor.
Cogí mi moto, era una preciosidad y rápida, muy rápida para una ciudad como París, pero me encantaba ir en ella al bar, en aquel barrio no había mucho sitio para aparcar, teníamos un pequeño local al lado del bar y allí dejábamos las dos motos Marc y yo. Mi hombre de seguridad y chófer, René, seguiría en uno de los otros coches que teníamos para estos menesteres. Por la mañana para ir al trabajo íbamos en el Mercedes, y siempre conducía él.
Entré en el bar, Marc ya estaba allí, como siempre. Estaba la sala medio llena, tardaría en completarse. Los fines de semana eran buenos, pero hoy no lo era, sacábamos un buen pellizco, mi parte la estaba guardando para algo especial, pero todavía no sabía el qué. Todos los meses daba una parte para unos cuantos indigentes que dormían en un albergue que había por allí. Ya se me ocurriría algo. Las niñas que iban todos los días ya habían llegado, estaban en la mesa de siempre junto al pasillo. Se ponían en esa mesa para estar más cerca de nosotros, para sobarnos un poco al pasar. Que si: «Hola qué tal, qué guapos estáis», y las manitas arriba y abajo del pantalón. Eran una criajas, pero muy atrevidas. No me hacían gracia, pero tenían la edad permitida, así que no podía prohibirles entrar. Estaba puesta la música, pero de momento nadie bailaba. En alguna ocasión especial traíamos algún grupo o algún solista para actuar en directo. Tenían éxito, pero la verdad es que daba más trabajo, y yo había noches que no iba y le dejaba a Marc todo el marrón. Qué buen amigo era, serio, honesto y fiel. No teníamos el mismo gusto en el tema de mujeres, habíamos salido de rollete alguna vez, pero él tenía otro sentido de cómo ligar, a él sí le gustaría formar una familia, seguro, pero no tenía muchos rollos, era muy cuidadoso a la hora de irse con alguna a la cama.
Llevábamos en el local unas dos horas y estaba prácticamente lleno, quedaba alguna mesa en la zona de los servicios que, por supuesto, era de las últimas que se ocupaban. Se oyó una algarabía en la escalera y entró un grupo de jóvenes de veintitantos años, luego vi que eran siete, españoles, miré distraídamente porque entraban haciendo ruido y al fijarme en el grupo mi mirada se cruzó con la de una chica que iba de las últimas; de repente, mi entrepierna tuvo un espasmo, vamos, que me estaba empalmando. Miré a mi alrededor: «Seguro que alguna de las niñitas de los cojones me ha tocado donde no debía», y yo soy muy sensible con ese tema, pero no tanto, estaban a una distancia prudencial. El grupo de la entrada estaba parado porque una pareja, vamos, la chica que cruzó su mirada con la mía y uno de los chicos venían en deportivas y no está permitido; Marc me comentó que eran turistas, se iban al día siguiente y pedían por favor que les dejáramos pasar. Casi sin levantar la cabeza le dije a Marc que pasaran. No quería mirar hasta que no se me pasara el temita por si acaso.
Había pasado un buen rato cuando vi que uno de los chicos del grupo levantaba una mano en dirección a los camareros, no les habían atendido todavía, el local se había llenado y era el momento de más trabajo, así que me acerqué con mi libreta para tomar nota de lo que querían. Estaban hablando y riendo, menos la chica que observaba con curiosidad el local, al ver que me acercaba se me quedó mirando y yo también fijé la vista y volvió a pasar, mi entrepierna se estremeció. No entendía nada. Era una chica muy joven para mi gusto, con vaqueros, una blusa blanca y una coleta, eso sí, cuando seguí acercándome me fijé en que tenía unos preciosos ojos, no acertaba a concretar el color por la luz del bar, parecían dos tonos de verde y unos reflejos dorados, eran grandes y tenía unas abundantes pestañas. Iba sin maquillar, tenía un rostro agradable, pero al lado de las mujeres con las que salía, no entendía mi excitación al verla. Seguro que necesitaba movimiento y me exaltaba por cualquier cosa, últimamente había tenido mucho trabajo y necesitaba un poco de relax. Retiré mi vista de la chica, porque además el joven que iba con ella le dio un codazo llamándole la atención. Tomé nota de lo que querían, volví con ello y lo puse en la mesa sin mirarla hasta que al retirarme no pude resistirme y la miré haciendo un gesto de afirmación con la cabeza que ni yo mismo sabía qué significaba.
Pasé la noche entre la sala y el despacho, mirando cuentas y ajustando precios con Marc. No le dije nada de lo que me había pasado, era una estupidez. Casi a las doce me avisó de que era la hora del tango. No me apetecía nada, pero, en fin, se había vuelto una costumbre. Salí y a continuación uno de los camareros anunció el empiece de la subasta. Una chica empezó con 30 euros y a continuación de la mesa del fondo 40 euros, alguien dijo «45 euros» y el chico del fondo contestó «50 euros». Llamó mi atención, porque tuve la sensación de que era para la chica y me acerqué a la mesa, alguien dijo «60 euros», pero yo con la mano lo paré: si era para la española, quería bailar con ella. Pregunté qué pasaba y me lo explicaron: parecía que el chico, que era su pareja, no quería. Les conté de buen rollo que no importaba, que había más señoritas, bla, bla, bla, yo quería que vieran que era un inocente caballero que solo quería sacar unos euros para esa pobre gente y tragaron, pero la verdad es que quería bailar con ella para ver qué demonios pasaba conmigo. Mandé traer unos zapatos de baile, con unas deportivas era imposible, y cuando se los quise poner él me empujó y casi me tira al suelo. Esa me la iba a pagar, no sabía cuándo, pero seguro. Salimos a la pista, la llevaba cogida de la mano y temblaba, me gustó cómo olía. Estaba nerviosa.
—Va a salir fatal.
—No te preocupes, déjate llevar, pégate a mí.
—No te arrimes mucho. —Y me hizo una seña por el que yo creí su novio.
—Tú solo piensa en la música, en la letra y baila.
Al tenerla tan cerca vi que sus ojos eran todavía más bonitos, en realidad eran hermosos, tenían una calidez y una luz impresionantes. Menos mal que cuando iba al bar, solía llevar unos calzoncillos muy prietos por el tema del sobo de las niñatas, si no, me hubiera tenido que retirar. Joder con la españolita.
Bailar con ella fue una delicia, sabía bailar, se arrimaba a mí con una sensualidad y un apasionamiento fuera de lo común, era cálida y sentía la música de una manera absoluta, o estaba aprendiendo a bailar en un nivel muy avanzado o daba ella clases. Bailamos un tango magistral, hubiera podido estar bailando con ella toda la noche, aunque no soy de bailes. Al final tuve la tentación de besarla, pero me contuve. Le dije que había sido magistral y era verdad, le besé la mano, la dejé con el cafre de su novio y al darme la vuelta para retirarme vi las alianzas nuevas y brillantes. ¡Vaya!, recién casada. Me dirigí al despacho, muy cabreado, sin saber por qué, y no volví la cabeza, total no la iba a volver a ver.
1. Raclette. Es un queso de origen suizo proveniente del cantón del Valais. Está hecho con leche cruda de vaca y normalmente se presenta en forma de gran rueda varios quilogramos.
Elise
Llegamos a Roma a las doce y media de la noche, fuimos directos del aeropuerto al hotel que estaba en una bonita plaza bordeada de árboles, abrimos las maletas sin colocar nada y salimos a tomar algo. Volvimos tarde, hacía una noche estupenda para dar un paseo, pero al señor no le apetecía, le cogí la mano, pero, haciendo ademán de sacar algo del bolsillo del pantalón, me la soltó. Nos desnudamos en silencio y a dormir. Yo di muchas vueltas, no entendía nada, durante nuestro noviazgo no se comportaba así, era un poco celoso, pero como lo somos todos, me estaba empezando a decir hasta la ropa que me tenía que poner. Después de estar dos horas dando vueltas y oír un: «¡No puedes estarte quieta!», me levanté, me senté en un pequeño sofá recordando los últimos meses y así me quedé dormida.
Al día siguiente recorrimos los sitios típicos que vemos todos los turistas y puesto que Robert no tenía intención de arreglar nada, me propuse quitarle esa noche el enfado. Cenamos en una trattoria que nos habían recomendado en el hotel y volvimos andando. Estuvimos llamando a Madrid para decir que todo estaba bien. Robert se tumbó a leer un periódico español que había comprado y yo me encerré en el baño. Me acicalé, me perfumé, me puse uno de los juegos de noche que había comprado para la ocasión y no pude estrenar porque siempre íbamos con prisa, vamos, saqué toda la artillería pesada y aparecí en la habitación al ritmo de una música morisca que tenía en el móvil. Le hizo gracia, al final caímos uno en brazos del otro y así estuvimos hasta acabar agotados. Cuando terminamos, felices y cansados, en el último beso, me miró, todavía encima de mí, y me dijo:
—¡Ahora pórtate bien y no vuelvas a desobedecerme!
—¿Me lo estás diciendo de verdad?
—¡Por supuesto!
No quise discutir, y me volví hacia el otro lado. Otra noche en vela. ¿Qué estaba pasando?
Habíamos contratado un tour en autobús para ver la mayor cantidad de lugares posible, si luego alguna ciudad nos gustaba más, volveríamos en otro viaje o en algún puente a conocerla mejor, así que recorrimos desde Roma hacia arriba, Florencia, Bari, algo de la Toscana, Venecia, Génova y algunos sitios más. Terminábamos el tour más contentos de lo que lo empezamos y nos sobraban unos días, Robert quería coger un vuelo a Madrid y volver, que era nuestra idea al organizar el viaje, pero yo quería rematarle y dar a mi chico una sorpresa. Sabía que a la primera me iba a decir que no, pero luego cambiaría de idea, así que le dije:
—Tengo una idea.
—A ver, qué idea.
—Por qué no pasamos unos días, no muchos, dos o tres, viendo la Costa Azul, ya que estamos aquí. Podemos ir a Montecarlo, bañarnos en esa playa como los millonarios y conocerla un poco, no creo que sea muy grande, y luego, desde Niza, cogemos el avión a Madrid, todavía nos sobrarían unos días para recuperarnos en casa.
—Nos ha sobrado un poco de dinero y podía servirnos para empezar allí sin tener que sacar del banco.
—Hijo, tú siempre tan romántico.
—Claro, alguien tiene que pensar, tú siempre gastando. Has comprado cosas para todos.
—Tienes razón. Menos para mí, tenía pensado que, como mi tía me ha dado dinero para que me compre un capricho, podíamos alquilar un descapotable de esos que os gustan a los chicos y podías conducirlo.
—¡Coño!, ¿y por qué no has dicho que llevabas más dinero?
—Porque era para mí y lo quiero compartir contigo, tío roña. ¿No te apetece?
—¡Claro! ¿No sé…?
—Bueno, primero vamos a ver en un establecimiento de alquiler de coches lo que tienen, cuánto cuesta y si podemos dejarlo en el aeropuerto.
Tuvimos suerte y en la tercera casa de coches conseguimos uno que le encantó, nos hicieron una rebajita por ser recién casados y emprendimos carretera. La verdad es que se recorría con facilidad, toda esa zona de costa es pequeña, pero con mucho glamour y encanto, todo carísimo, pero nos ajustamos lo que pudimos para pasar esos días. Robert estaba encantado y al verle a él relajado y feliz, yo también.
Encontramos una habitación en una casa de huéspedes que nos recomendó el chófer del autobús, en esa fecha, julio y en la Costa Azul, no íbamos a encontrar nada y menos barato; llamó a una tía suya que tenía una casa de huéspedes a mitad de camino entre la frontera italiana y la francesa y nos consiguió la habitación. Era el último día que estábamos allí, y después de desayunar bajamos las maletas al coche, queríamos recorrer despacio Niza, todavía no me había comprado nada y quería algo especial. Dejamos el coche en un parking que nos costó carísimo y cogidos de la mano nos pusimos a pasear tranquilamente por aquellas calles a las que seguro no volveríamos.
Entramos en una calle comercial, llena de tiendas de calzado, bolsos y no sabía en cuál pararme, esa calle dio a otra de ropa, todo muy elegante y glamouroso, y al pasar un par de manzanas, lo vi. El vestido, teníamos la boda de una compañera en septiembre y ahí estaba el vestido que me iba a poner. Era negro, con un escote barco doble drapeado, no se podría poner con sujetador o tendría que llevar uno sin hombreras. La tela no era ni mate ni con brillo, parecía un tafetán, pero más fino, se ajustaba a la cintura y caía en una media capa que le daba a la vez un aire elegante y juvenil. Llevaba una banda de cuatro dedos de ancho en la cintura que cubría la costura que unía la falda de media capa con el cuerpo, y en la banda llevaba un precioso broche con piedras azul pavo real. No ponía el precio.
Robert no quería entrar ni a preguntar, yo sí, al final me siguió. En la tienda había una señora de mediana edad, muy elegante, no era para menos y puso cara de antipática nada más vernos. No debíamos ir vestidos para la ocasión. La pregunté lo que quería saber y cuando dijo el precio me encogí, pero caray, tenía el dinero, me había gastado en todos menos en mí, tenía hasta para los zapatos, pero nos quedábamos sin dinero. Robert seguro que llevaba algo y los billetes de avión los teníamos, así que dije que me lo probaría. La señora me miró como diciendo: «¡Qué sacrilegio!», encima no llevaba sujetador, a ver, mes de julio en la costa, pantalón corto y camiseta de tirantes. Bueno, yo quería el vestido, así que entré en el probador. Como un guante, me estaba como un guante. Me miraba en el espejo y a pesar del color medio tostado que tenía, sin maquillar, el pelo ni qué decir, hecho una pena, el vestido me estaba perfecto y salí para que me vieran. La señora hizo un gesto de «¡vaya no está mal!», a Robert le cambió la cara y vi asomar una sonrisa.
—¡Reconozco que parece que lo hubieran hecho para ti! —dijo.
Pedí unos zapatos y me trajeron los negros del escaparate con un protector para que no los manchase. Eran los típicos zapatos de salón, elegantes y que le iban muy bien al vestido. Me paseé por el vestidor que era enorme, como para probarse trajes de novia y pregunté si había más zapatos. Me llevaron donde tenían el calzado y los bolsos para que lo viera. La encargada estaba sufriendo por el vestido. Enseguida vi lo que quería, eran unos zapatos del color del broche. Ahí estaban, le daban al conjunto un aire más juvenil y alegre. Mi amiga doña morros se puso a hacer movimientos con las manos, negando que hicieran juego, y mandó a una chica que la seguía a todas partes a la parte interior de la tienda. Unos minutos después apareció un caballero muy elegante y apuesto, que miró solo a Robert pero a mí me ignoró. Venía enfadado porque debía estar haciendo algo importante cuando le interrumpieron. Hablaron entre ellos, Robert es el único que podía pillar algo, y por fin el señor me miró. Primero a la cara, haciendo un gesto de «¡vaya pintas!» Y luego fue bajando al vestido y su expresión cambió. Dio varias vueltas a mi alrededor, me levantó un brazo, luego otro, el largo, y por fin se paró en mis tetas. Preguntó, afirmando a Robert:
—No lleva sujetador —él dijo otro nombre, Robert contesto que no—. ¿Seguro?
«Seguro», contestó mi marido, ya mosqueado y de repente, el señor viene hacia mí y me pone las manos allí, en las tetas, apretando para ver el estado en que se encontraban mis pectorales. Robert iba a tener que ir al dentista cuando llegáramos a Madrid porque el crujir de sus muelas era evidente. «¡Perfecto, merveilleuxe!» Dio más vueltas a mi alrededor, me estaba empezando a caer de lujo. Discutió con la encargada el hecho de que me quisiera llevar los zapatos de otro color que el establecido en el escaparate y, de hecho, me regaló los zapatos y la cartera de fiesta que era negra con un adorno en la solapa del color del broche. Robert no estaba muy contento por lo que habíamos pagado, pero qué leches, era un regalo de mi tía. No habíamos llegado a la esquina de la calle cuando la chica de la tienda vino corriendo a llamarnos: «Monsieur Jean Pierre», quería que volviéramos. Me hicieron una oferta.
Esa tienda pertenecía a un diseñador alemán amigo de Jean Pierre que quería lanzar al mercado una línea de ropa elegante para tallas que no fueran las pequeñas ni las tallas grandes que ya estaban en el mercado. Quería modelos de ropa de diseño, no únicamente un prêt-à-porter, parece que yo me ajustaba a lo que pedía: altura media y kilos, una chica normal de las que te encuentras miles en la calle. Jean Pierre tenía su atelier en París y recibía y trataba con los mejores diseñadores, era muy conocido en la ciudad del Sena, pero le estaba haciendo un favor a su amigo que había tenido un accidente, y mientras se reponía estaba él a cargo de la tienda y los pedidos. Yo le había gustado: la talla, la manera de andar, la desenvoltura y porque además dijo que tenía gusto para los accesorios y la combinación de colores. La oferta era hacerme unas fotos vestida con esa ropa para publicidad, dentro y fuera de la tienda, a ver qué tirón tenía, pero debíamos estar al día siguiente para maquillarme, peinarme, vestirme y hacer las fotos. Firmaría un contrato para la utilización de imagen y cuando se viera el resultado, me llamarían para ampliar el contrato. El problema es que nos íbamos por la noche. Robert me traducía de mala gana; a él, todo lo que fuera sacarle de sota, caballo y rey, como que no. Pregunté si iba a ganar dinero. Jean Pierre me dijo que era nueva, no era conocida, pero era un primer paso, que si se daba bien había una compensación y luego, si se alargaba, era una forma de empezar a trabajar en el mundo de la moda, no era una modelo convencional, pero buscaban más chicas como yo. Comentamos que volvíamos a Madrid, que teníamos los billetes y habíamos dejado la habitación. Ellos se encargaban de solucionarlo todo. Al día siguiente, después de cuatro horas de pruebas, maquillajes y fotos, a las siete de la tarde salíamos para Madrid.
Nos incorporamos poco a poco a la vida rutinaria, con el aliciente de que éramos recién casados. Visitas a los padres, el trabajo, Alguna que otra salida.
Un día recibimos un sobre certificado que venía de París y eran copias de las fotos que me hicieron para el tema de la publicidad. ¡Madre mía, eran fabulosas! Hacen verdaderos milagros, parecía una modelo con muchas tablas. Yo quería enmarcar alguna para darla a la familia y tener alguna en casa, nunca iba a tener unas fotos iguales. Robert protestó: «No había necesidad de dar tantas fotos», pero yo lo hice. No sé qué le estaba pasando, cuando comentamos en la oficina el tema del nuevo trabajo, los compañeros le gastaban bromas, como hacen siempre.
—¡Qué suerte, tío, te va a mantener tu mujer y tú en la tumbona.
—A ver si te la quita un francés.
—A ver qué hacen con las fotos.
Total, que en vez de tomárselo a broma, cada cosa que le decían era un martirio y luego estaba de morros conmigo. Mi suegra no ayudaba mucho, a todos los demás le parecieron preciosas, hasta mi hermana mayor, que siempre me ponía pegas, dijo lo guapísima que estaba, pero su madre no, se ponía de parte del hijo y aumentaba la tensión. Luego Tony, mi cuñado, me dijo una noche que salimos a cenar los cuatro que por lo visto a mi suegro le había tenido en un puño desde que se casaron. Que era muy dominante y celosa y al pobre hombre no le dejaba respirar y luego tampoco le hacía mucho caso, era el perro del hortelano.
Salimos un día con los chicos del grupo, pero Robert no quería verlos por las miradas de Carlos hacia mí, así que no habíamos alternado mucho, quitando la boda en septiembre, nos lo pasamos bastante bien, pero me mantuvo a raya sin dejarme bailar con los compañeros. Hasta ese momento en las bodas bailábamos todos con todos, pero a partir de la nuestra, eso se acabó. No hubo muchas más novedades. Por cierto, el vestido un exitazo.
Un día al volver del trabajo vimos en el visor del teléfono fijo que teníamos diez llamadas desde un número muy largo y completamente desconocido; yo quería llamar, pero Robert, más prudente, dijo de esperar porque si era de otro país nos iba a costar una pasta. A las diez de la noche sonó otra vez, lo cogió él. Era del atelier de Jean Pierre, quería vernos, venía a Madrid a solucionar unos asuntos de ventas a una tienda del barrio de Salamanca y a otra por la Castellana para comunicarles además los nuevos lanzamientos, catálogos y demás. Tenía un cheque para mí, dijo que no era mucho, pero era mío, y que si nos podíamos ver el lunes por la tarde en una de las tiendas. Por supuesto, accedimos. El fin de semana lo pasamos ansiosos por ver qué traía.
